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Día: 14 de marzo de 2020 (página 1 de 1)

Contagio: la invención de una epidemia para imponer la ley marcial en todo el mundo

Giorgio Agamben

Frente a las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debida al coronavirus, es necesario partir de las declaraciones del CNR [Consejo Nacional de Investigaciones Científicas italiano], según las cuales no sólo “no hay ninguna epidemia de SARS-CoV2 en Italia”, sino que de todos modos “la infección, según los datos epidemiológicos disponibles hoy en día sobre decenas de miles de casos, provoca síntomas leves moderados (una especie de gripe) en el 80-90 por ciento de los casos”. En el 10-15 por ciento de los casos, puede desarrollarse una neumonía, cuyo curso es, sin embargo, benigno en la mayoría de los casos. Se estima que sólo el 4 por ciento de los pacientes requieren hospitalización en cuidados intensivos”.

Si esta es la situación real, ¿por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un verdadero estado de excepción, con graves limitaciones de los movimientos y una suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y de trabajo en regiones enteras?

Dos factores pueden ayudar a explicar este comportamiento desproporcionado. En primer lugar, hay una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno “por razones de salud y seguridad pública” da lugar a una verdadera militarización “de los municipios y zonas en que se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o en que hay un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus”.

Una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción en todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se produzcan en otras partes. Consideremos las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto: a) prohibición de expulsión del municipio o zona en cuestión por parte de todos los individuos presentes en cualquier caso en el municipio o zona; b) prohibición de acceso al municipio o zona en cuestión; c) suspensión de eventos o iniciativas de cualquier tipo, actos y toda forma de reunión en un lugar público o privado, incluidos los de carácter cultural, recreativo, deportivo y religioso, aunque se celebren en lugares cerrados y abiertos al público; d) suspensión de los servicios de educación para niños y escuelas de todos los niveles y grados, así como de la asistencia a actividades escolares y de educación superior, excepto las actividades de educación a distancia; e) suspensión de los servicios de apertura al público de museos y otras instituciones y lugares culturales a que se refiere el artículo 101 del Código del Patrimonio Cultural y del Paisaje, según lo dispuesto en el Decreto Legislativo 22 de enero de 2004, n. 42, así como la eficacia de las disposiciones reglamentarias sobre el acceso libre e irrestricto a esas instituciones y lugares; f) suspensión de todos los viajes educativos, tanto en Italia como en el extranjero; g) suspensión de los procedimientos de quiebra y de las actividades de las oficinas públicas, sin perjuicio de la prestación de los servicios esenciales y de los servicios públicos; h) aplicación de la medida de cuarentena con vigilancia activa entre las personas que hayan estado en estrecho contacto con casos confirmados de enfermedades infecciosas generalizadas.

La desproporción frente a lo que según la CNR es una gripe normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, es sorprendente. Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites.

El otro factor, no menos inquietante, es el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad real de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla.

https://www.quodlibet.it/giorgio-agamben-l-invenzione-di-un-epidemia
https://ficciondelarazon.org/2020/02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/

Contagio: con la lepra dios castiga a los pueblos malditos

A lo largo de la historia de la humanidad la lepra ha sido una enfermedad que ha causado estragos entre las poblaciones, por lo que adquirió un aura mítica y mística. Los libros sagrados de las religiones monoteístas hablan de ella porque la consideran como un castigo divino. El evangelio de Lucas (17:11-19) relata el encuentro de Jesucristo con los diez leprosos, que “se pararon de lejos”, es decir, guardando la debida distancia, lo mismo que ahora dice la televisión que debemos hacer: evitar el contacto para evitar el contagio.

En cuanto que, erróneamente, se consideraba una de tantas enfermedades contagiosas, que castigaba a masas y pueblos enteros, la lepra tampoco se consideró una dolencia individual o privada, sino algo que permitía intervenir de una manera draconiana contra minorías, chivos expiatorios a los que calificaban de “apestados”.

La respuesta social frente a los apestados siempre ha sido la misma: el tabú, la prohibición de contacto, el confinamiento o incluso el encarcelamiento. Eso fueron históricamente los lazaretos y las leproserías, como el de la isla de San Simón, en la ría de Vigo, un lugar de confinamiento tanto de leprosos como de otro tipo de enfermedades supuestamente contagiosas.

Tras la guerra, la isla de San Simón se convirtió en una cárcel en la que encerraron a los antifascistas y una de sus características más importantes es que estaba junto a un puerto marítimo porque siempre fue un lugar para confinar en cuarentena a todos aquellos barcos en los que se declaraba un epidemia.

Antes de conocer sus causas, ya en el siglo XVII, la lepra había sido controlada, gracias a una dilatada experiencia empírica.

Sin embargo, el pánico estaba arraigado tanto entre la población como entre los científicos, de manera que, pese a menguar el impacto de la enfermedad, los tratados de medicina empezaron a hablar de que existían dos tipologías: los leprosos auténticos y los semileprosos. Los primeros habían desaparecido en gran medida pero subsistían los segundos.

Aunque la experiencia empírica demostraba que la enfermedad no era contagiosa, los manuales de medicina divulgaron que era hereditaria, por lo que a partir del siglo XVII empezó a aparecer -por arte de magia- un supuesto colectivo de semienfermos cuyo mal se transmitía de padres a hijos como la maldición del pecado original.

Se denominaron “agotes” y fueron confinados en los Pirineos, en los pueblos del norte de Nafarroa. Un avance científico abría el camino a una deformación ideológica, con sus lamentables secuelas de marginación, legal y social, seguidas durante siglos (1).

Al igual que los leprosos, los agotes fueron internados, se les marcó con distintivos en sus ropas para que la población no tuviera ningún contacto con ellos y se decía que olían mal (fetidez, halitosis), lo mismo que los gitanos, los moros y los judíos, etc. En castellano la palabra “peste” no sólo designa a una enfermedad sino también al mal olor, e incluso a la suciedad.

Hoy día subsiste el apellido “Agote” o “Argote” que aún recuerda a los descendientes de aquellas poblaciones “apestosas”.

Como a cualquier otro monstruo, los médicos extraían sangre a los agotes e hicieron toda clase de experimentos con ellos, lanzándose las más absurdas teorías acerca de su origen porque -no cabían dudas- tales personas no podían tener el mismo origen que el resto de las personas “normales”: eran una raza distinta y las razas distintas siempre llegan hasta aquí desde algún lugar bien remoto.

Es algo que tienen en común todas las enfermedades consideradas como “contagiosas”: siempre son extranjeros, proceden de fuera, por lo que hay que confinarlos, impedir el contacto con ellos, etc.

De los diez leprosos del evangelio de Lucas, al menos uno de ellos era “extranjero”. Fue el único que se acercó a Jesucristo para agradecerle el milagro de la curación.

Con los agotes también había que adoptar precauciones: sólo podían casarse entre ellos porque -una vez más- la mezcla, el contacto sexual, volvía a presentarse como arriesgada. Lo que se había iniciado como un problema médico, en vías de resolución, degeneró en un problema étnico. La pureza se convertía en una cuestión de salud pública. Los agotes eran falsos enfermos, eso que hoy llamaríamos “un grupo de riesgo”, una condición equívoca impuesta por las seudociencias como un pesado fardo que debieron soportar de padres a hijos poblaciones completas durante siglos porque, como bien saben en Nafarroa, la marginación de los agotes llega hasta los años setenta del siglo pasado.

En 1947 un estudiante de medicina argentino de 22 años, Meny Bergel, defendió la teoría metabólica de la lepra, que chocó con la teoría bacteriana vigente desde que la expuso Hansen en 1873, según la cual la lepra está causada por un bacilo que lleva su nombre.

Con varios libros editados y 215 publicaciones científicas, Bergel es uno de los grandes y más ignorados científicos del siglo pasado. Demostró que la lepra no es una patología infecciosa, ni está causada por el bacilo de Hansen, ni tampoco se trata con antibióticos, sino que la produce el “estrés oxidativo” y, por lo tanto, se trata con antioxidantes (2).

Se inició así una sorda batalla que se prolonga desde hace setenta años, pero en 2005 siete leprólogos de la Universidad de Madras, en India, confirmaron la tesis de Bergel (3), aunque es dudoso que los defensores de la tesis dominante reconozcan un error tan prolongado sin quedar en evidencia.

En occidente los científicos se miran al espejo y se gustan a sí mismos. No conocen otra cosa que su propio universo y, desde luego, no valoran nada que no publiquen sus propias revistas científicas en Estados Unidos. Un investigador argentino que habría merecido el Premio Nobel es un asboluto desconocido y a unos científicos de la India tampoco se les puede tomar ni en consideración.Pero no es necesario leer nada, no hace falta: cualquiera que haya trabajado en una leprosería sabe que esa enfermedad no se contagia. El Che, que era médico, lo sabía y no tuvo ningún inconveniente en asistir a unos leprosos que yacían abandonados y marginados. No le contagiaron nada, ni a él ni a nadie. Jamás.

Es una vergüenza que hayamos llegado al siglo XXI y sigamos igual que siempre.

(1) Christian Delacampagne: Racismo y occidente, Argos Vergara, Barcelona, 1983, pgs.92 y stes.
(2) Una doctrina terapéutica basada en los procesos de óxido-reducción. Su aplicación en el tratamiento de la lepra, en Revista Argentina de Dermatosifilología, 1947, vol.87, pg.513; Metabolic theory of leprosy, Diorky Editores, Madrid, 1998.
(3) R.Vijayaraghavan y otros: Protective role of vitamine E on the oxidative stress in Hansen’s disease (leprosy) patients, en European Journal of Clinical Nutrition, 2005, vol.59, pgs.1121 y stes.; R.Vijayaraghavan y otros: Vitamin E reduces reactive oxygen species mediated damage to bio-molecules in leprosy during multi-drug therapy, en Current Trends in Biotechnology and Pharmacy, 2009, vol.3, pg.4.

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