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Día: 19 de junio de 2018 (página 1 de 1)

Argentina: el ferrocarril una herramienta imperial

Darío Herchhoren

En el año 1914, Lenin, el genial Lenin, escribió el libro «El imperialismo, fase superior del capitalismo», una obra imprescindible para todos aquellos que queremos un mundo mejor, donde los hombres no sea explotados.

En ese libro, Lenin se refiere a los ferrocarriles como elemento de progreso, pero hace una excepción y esa excepción es la función del ferrocarril en Argentina.

Llama la atención que un autor europeo como Lenin se ocupe de un país tan lejano de Rusia como Argentina, y también llama la atención de lo bien informado que estaba Lenin sobre lo que pasaba en un país como Argentina.

Argentina era un país independiente desde el año 1810, aunque esa era una independencia puramente formal. Un país es independiente cuando hace su propia política y defiende sus intereses. No basta tener bandera y escudo propios, y acuñar moneda propia. Sin un país no puede utilizar a su voluntad sus recursos naturales y no es dueño de sus industrias, no es independiente. Y este es el caso de Argentina.

El primer ferrocarril que circuló en Argentina lo hizo en 1870, y era una línea que conectaba lo que ahora es el solar que ocupa el teatro Colón con el bario de Flores actual, entonces el pueblo de San José de Flores, a escasos diez kilómetros del punto de partida, y pertenecía a una empresa que se llamaba Ferrocarril de Buenos Aires al Oeste, siendo de propiedad privada.

Pero la inserción real de Argentina dentro del circuito económico mundial recién se produce en los últimos años del siglo XIX, y tiene que ver con la invención por parte del francés Charles Tellier de la refrigeración.

Para comprender mejor todo ese proceso hay que decir que Argentina es un país de 2.700.000 kilómetros cuadrados en su parte continental, y que si sumamos el sector antártico argentino llega a más de tres millones de kilómetros cuadrados.

La principal riqueza de Argentina en esos tiempos era la carne de vacuno conservada en sal, los cueros vacunos salados y, en menor medida, los cereales, sobre todo el trigo y el maíz.

La primera industria argentina era sin duda el saladero, donde se faenaban alrededor de seis mil vacunos al día, y donde se salaban la carne y el cuero. No había otra forma de conservación. Pero esto cambia cuando se aplica el frío industrial a la conservación de los alimentos. Y ello llega con el invento de Charles Tellier. A partir de ese momento la carne ya no es necesario conservarla en sal, ya que se puede enfriar y congelar práticamente sin plazo de caducidad.

Ello implica varios cambios de enorme importancia. Uno de ellos, y no el menor, es el aumento del precio de la carne. Otro de esos cambios es la posibilidad de exportar grandes cantidades de carne prácticamente a cualquier país del mundo. Eso mismo pasa con los cueros.

Todos estos cambios despiertan el interés de los grandes capitales ingleses, que instalan los primeros frigoríficos, con el beneplácito de la oligarquía nacional, que sin arriergar ni un centavo, ve como el ganado que pastaba en sus campos, aumenta vertiginosamente de valor.

Pero para que el negocio fuera redondo faltaba una pieza fundamental. Y esa pieza era el ferrocarril, que llevaría desde el interior del país hacia el puerto de Buenos Aires, las reses a sacrificar para enviar su apreciada carne, principalmente a Inglaterra.

El tendido ferroviario se hizo bajo las instrucciones inglesas y para su beneficio, marginando amplias regiones del país que quedaron totalmente aisladas.

El dedo de un ingeniero inglés señalaba en un plano por donde debía circular el ferrocarril. Era el clásico tendido radial, con centro en Buenos Aires y su puerto, sin interesar la vertebración del país mediante el tendido y el desarrollo de sus ferrocarriles.

Y aquí volvemos a Lenin, cuando pone el ejemplo del ferrocarril argentino (en realidad inglés) como un medio de atar fuertemente a Argentina al imperio inglés. Tanto era así, que a Argentina le llamaban los ingleses «el quinto dominio». Inglaterra tenía cuatro dominios (colonias) que eran Sudáfrica, Canadá, la India y Australia, y Argentina era el quinto, aunque formalmente «gozaba de soberanía».

Pero junto con el gran negocio del ferrocarril el imperio inglés gracias al trato dilecto que los gobiernos oligárquicos le daban, consiguió que las concesiones ferroviarias fueran acompañadas de no solo el terreno para el tendido, estaciones, playas de maniobras y talleres ferroviarios para reparación del material, sino que se le daba una franja de ¡Una legua a cada lado de la vía! Cinco kilómetros que en realidad eran diez sumando ambos lados de la vía, con lo cual se hizo de un inmenso patrimonio inmobiliario donde tierras de muy escaso valor subieran su precio gracias a la cercanía del tendido, y ello hizo que su parcelación y posterior venta hiciera que la inversión en las instalaciones ferroviarias saliera gratis.

Pero el imperio es insaciable, y ello quedó demostrado también en la fijación de las tarifas del transporte de pasajeros y cargas. Comparado con las tarifas de la metrópoli, estas eran un 70% más caras, y si las comparamos con las de EEUU llegan a ser de hasta un 90% más altas.

Fue el gobierno del General Perón que nacionalizó los ferrocarriles en 1949 y todos los gobiernos que le siguieron fueron recortando kilómetros de vías, con lo cual extensas regiones quedaron aisladas. El gobierno cleptócrata de Carlos Menem, fue el más radical ya que levantó partes importantes del tendido viario. Fueron los presidentes Carlos Kirchner y Cristina Fernandez quienes comenzaron una tarea de reversión de esa política, con el tendido de nuevas líneas, que sirvieran al interés nacional, y es así como se trazó y se tendió la línea Córdoba-Rosario-Mar del Plata de unos mil kilómetros y con el apoyo chino, que proveyó los coches y locomotoras de alta velocidad. El plan nacional de recuperación de los ferrocarriles argentinos quedó paralizado con el gobierno neoliberal (de derecha) de Mauricio Macri, como no podía ser de otra manera.

Pero hay una constante en esas políticas de derechas y de destrucción, y es el interés en privilegiar el transporte por carretera y sobre todo a las grandes transnacionales que fabrican camiones pesados importados, y que no se fabrican en el país. Hagamos una comparación: un camión pesado con trailer carga unas 50 toneladas. Un vagón de carga lleva también 50 toneladas. Es decir, que son iguales. Pero una locomotora arrastra 60 vagones, el equivalente de 60 camiones. Por lo tanto el transporte por ferrocarril es mucho más barato. Hay que fomentar el ferrocarril y hacer cada vez más tendidos de vías. Como vemos la lucha de los pueblos es larga, ardua y fatigosa, y el enemigo es cruel y poderoso. Pero no es invencible.

Lecciones del Estado de Derecho

B.

Deberíamos estar agradecidos a la «democracia» española que nos permite saber, con sus sentencias, que la justicia es igual para todos, incluido usted. Eso se desprende de las valoraciones hechas por una diputada de EH Bildu en la Cortes españolas -como se llamaba con Franco al Congreso- (tienen dos) a raíz de la entrada en prisión del yerno del Rey emérito Iñaki Urdangarin. En primer lugar, le parece «lógico» que haya ingresado en prisión una persona para la que no está pensado el presidio y cuyo ingreso supone echar lastre por parte del sistema y tinglado español para echar carnaza al vulgo, pero, sea lo que sea, la democracia avanza, y, aunque sea tarde, se hace justicia, y es que, seamos sinceros, ¿quién iba a pensar hace diez años que un miembro de la Casa del Rey, bien que plebeyo, iba a entrar en la trena? Pues eso.

En segundo lugar, un «pero». A la diputada abertzale vasca le parece «grave» que el yernísimo haya podido elegir la cárcel donde  purgar un par de añitos, si llega, la pena. Eso no se ha visto en ninguna democracia de corte occidental. ¿Será que la española «is different»? No, simplemente adolece de déficits democráticos que no cuestionan -por esos detalles menores- las firmes estructuras del Estado de Derecho. Y, efectivamente, no será por ese «detalle», otro más, que nosotros pongamos en duda la validez de una democracia, pero tampoco nos escandalizaremos o, mejor, fingiremos escándalo ni haremos aspavientos ni payasadas, a sabiendas de quién está enfrente. Es como decir: «¡Qué escándalo! ¿Cuándo se ha visto eso en una democracia que se precie?», dando por hecho que lo es. Una pena esos fallos…

Y, por último, en tercer lugar, remarcó -la diputada- que el «caso Nóos» ha demostrado que «la justicia no es igual para todos». Acabáramos, o que una mano lava la otra, y las dos la cara. Ha tenido que dictarse una sentencia de ese tenor para que, en una sociedad dividida en clases, supiéramos que la justicia no es igual para todos. Y lo sabemos porque nos lo dice gente de acrisolada trayectoria de «izquierdas». Y menos mal que nos lo dicen, porque, si no, lo mismo pensamos vete a saber… Así que debemos estar agradecidos por revelarnos algo que ¡ya sabíamos desde los tiempos en que Franco era cabo! No se dice que, vale decir, «esta sentencia confirma la existencia del fascismo en España». Y no se dice porque en España, para estas gentes, no hay fascismo, ni siquiera «formalizado», sino una «democracia» con sus pegas y tics «autoritarios», de modo que no cabe esperar más de estas voluntariosas y bonhómicas personas. Como si el fascismo no supiera que la justicia no es igual para todos y venga nadie a echárselo en cara…

La portavoz de ERC coincidió con la diputada vasca en su valoración.

Buenas tardes.

Cuatro horas de charla con Putin

En los países capitalistas sólo los banqueros, los grandes oligarcas y grupos de presión tienen acceso a entrevistarse con los ministros y altos cargos políticos.

Por el contrario, en la Unión Soviética una práctica generalizada fueron las comparecencias periódicas de los cargos políticos a las asambleas de trabajadores, de miembros de los soviets, de koljosianos, de sindicatos o de vecinos a responder a las preguntas que se les formularan en público y, naturalmente, a tomas nota de las críticas en su contra.

La obligación de comparecer en ese tipo de asambleas multitudinarias alcanzaba absolutamente a todos, desde el Jefe del Estado, el más conocido de los cuales fue Kalinin, hasta los parlamentarios o los gobernadores locales y alcaldes.

Esa tradición sigue vigente en la Rusia actual. A mediados de junio se celebró un maratón de casi cuatro horas de preguntas y respuestas con Putin. Las poblaciones de todos los rincones de Rusia le lanzaron en directo más de 2,3 millones de preguntas por todas las vías imaginables de comunicación immaginables, desde el teléfono hasta correo electrónico.

El acto fue retransmitido en directo por la televisión y a través de videoconferencia estaban presentes todos y cada uno de los ministros, más 85 gobernadores regionales. Algunas de las preguntas se formularon en directo y con el resto los editores del programa organizaron las preguntas en secciones temáticas.

Algunas de las preguntas se formularon directamente a determinados ministros o a los gobernadores regionales, que siguieron recibiendo preguntas después de terminar el acto. Putin lo llama “personalización de la responsabilidad”, un concepto que repitió tres veces. “La responsabilidad personal debe ser absoluta”, dijo.

El programa acabó cuando, en función de las preguntas, las quejas y las críticas, Putin creó carpetas de color verde dirigidas a cada uno de los responsables con los aspectos más importantes que la gente había denunciado a fin de que trabajaran sobre ellos, con el compromiso de dar luego cuenta de las medidas adoptadas. “Supongo que todo eso se hará”, dijo Putin con gesto grave.

La pregunta más repetida fue sobre los motivos por los que, tras su reelección, no había limpiado la Administración pública sino que seguían las mismas personas en los mismos o diferentes cargos, haciendo referencia expresa al Primer Ministro Medvedev.

La explicación de Putin fue que esas personas eran las que el año anterior habían planificado “el gran salto hacia adelante” que tiene que dar Rusia en los próximos seis años. En ruso, la “shestiletka” (sextenio) ha sustituido a la “pyatiletka” (planes quinquenales soviéticos). Si hubiera reemplazado a los que han elaborado la “shestiletka” por otros que no han participado en su elaboración desde el principio, se habrían perdido dos años, dijo Putin. La tarea es conocida, ellos han aceptado el desafío y ellos van a responder de su ejecución, añadió.

A diferencia de los planes quinquenales, que eran fundamentalmente económicos, la “shestiletka” establece patrones de bienestar social y deben ser cumplidos en gran medida por empresas privadas, pero con tanta participación pública como sea necesaria.

Un grupo específico invitado a hacer preguntas fueron los blogueros. Uno de ellos preguntó si, tras la prohibición de la aplicación Telegram, Rusia también podría prohibir YouTube o Instagram. Putin dijo que ese no sería el caso. Telegram había sido utilizado por los terroristas que planearon el atentado en el metro de San Petersburgo y la policía rusa no pudo seguirlos porque las comunicaciones estaban cifradas. Pero, dijo Putin, es fácil prohibir cosas, excepto que no es particularmente efectivo. Es más difícil pero más eficaz encontrar soluciones que no limiten la libertad.

Los refugiados procedentes del Donbas le preguntaron por los problemas que tenían para obtener el permiso de residencia. La ley les obliga a regresar a su país cada tres meses, un lugar donde hay una guerra y deben marchar con su familia y sus hijos pequeños, lo que les supone un gran riesgo personal.

Para pedir el permiso de residencia tienen que recorrer un calvario de papeles burócráticos, que se complican mucho más si lo que piden es la ciudadanía rusa. Eso les supone un enorme gasto económico, que es como la pescadilla que se muerde la cola: tienen que trabajar y ganar algo de dinero, pero no pueden porque para ello necesitan los permisos de residencia.

Putin se refirió a los proyectos de reforma legislativa que se está tramitando en la Duma, tanto en materia de ciudadanía como de emigración, pero acabó dirigiéndose al ministro del Interior opr videoconferencia: “Usted debe empreder ese camino”, le dijo ante los 20 millones de espectadores y acabó asegurando que, de todas maneras, él personalmente tiene la posibilidad de conceder la ciudadanía rusa por una via expeditiva. Si el problema no se resuelve, podría empezar a entregar pasaportes y documentos de identidad sobre la marcha.

Alguien le preguntó por lo seis años de mandato que le quedan por delante. “¿Piensa en su relevo para entonces”. “A cada momento”, le responde Putin. “Son los votantes los que deciden”, añade.

Del ‘gran tablero’ al ‘anillo de oro’: los países de Asia central unen sus fuerzas con Rusia y China

El viceministro ruso de Asuntos Exteriores ruso, Oleg Syromolotov, ha denunciado que el Califato Islámico está agrupando sus fuerzas en el norte de Afganistán.

Syromolotov participaba en una conferencia de dos días sobre “La lucha contra el terrorismo y la prevención del extremismo violento” en Dushanbé, la capital tayika.

El coronel estadounidense Kone Faulkner ha calificado estas advertencias de “propaganda rusa”. Estados Unidos niega que los yihadistas estén acumulando efectivos en Asia central porque son ellos quienes están dirigiendo el reagrupamiento.

Para Estados Unidos, Moscú manipula la amenaza terrorista para buscar aliados en la región. Los Estados de Asia central colaboran con Rusia a través del Tratado de Defensa Mutua de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y con China a través de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCS), mientas que Washington quiere ser el único “proveedor de seguridad” en la región.

Estados Unidos está tratando de reactivar su asociación estratégica con Uzbekistán, tras la visita de la semana pasada de su Presidente a Washington, donde se reunió con Trump (1).

Es, pues, bastante evidente que la presencia del Califato Islámico en Asica central también tiene como objetivo dividir y sembrar las semillas del caos en Asia central, como ha hecho en Oriente Medio. Si no pueden sacar a Rusia y China de la región, al menos pueden lograrlo al menos con alguno de los países, sacarlos de las organizaciones internacionales de seguridad e impedir el trazado de la Ruta de la Seda.

Hasta ahora la política imperialista no sólo no ha tenido éxito sino que ha provocado efectos tan contraproducentes, como el alejamiento de Pakistán, un aliado tradicional de Estados Unidos que se acerca tanto a China como a Rusia.

El enfrentamiento entre la URSS y Pakistán alcanzó un máximo en los ochenta, durante la etapa de la presencia militar del Ejército Rojo en Afganistán y la alianza se está forjando exactamente en el mismo lugar. El acercamiento ruso-pakistaní había sido hasta ahora el eslabón más débil del consorcio que ambos países forman con China, Irán y Turquía, pero ahora es uno de los más prometedores.

Así se ha acabado trenzando el llamado “anillo de oro” de los países centroasiáticos, una pesadilla para la diplomacia del Departamento de Estado en Washington. Estados Unidos se ha esforzado al máximo para evitar que Rusia y China unan sus fuerzas contra y ha fracasado. Luego ha visto que esas dos potencias unen sus fuerzas, además, con los países del “gran tablero” (2) centroasiático.

Sólo otra guerra regional puede destruir esa coalición de fuerzas. Ese es el significado de la presencia del Califato Islámico en Afganistán: deben desempeñar hoy el papel que desempeñaron los talibanes en los ochenta.

(1) https://www.whitehouse.gov/briefings-statements/united-states-uzbekistan-launching-new-era-strategic-partnership
(2) https://orientalreview.org/2018/03/31/from-bandwagoning-against-eurasia-to-circling-the-wagons-in-the-center-of-i

Yihadistas del Califato Islámico y talibanes capturados por la policía afgana

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