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Día: 14 de agosto de 2017 (página 1 de 1)

Las contradicciones interimperialistas: la crisis del Canal de Suez (y 4)

A medida que la crisis avanzaba, el trío agresor, Gran Bretaña, Francia e Israel, cometía un error tras otro, especialmente uno que hoy sería impensable: en el mundo no se puede atacar a nadie sin avisar antes a la Casa Blanca.

Para preparar la invasión los franceses y británicos acumulan tropas en Chipre, mientras el ejército israelí se despliega en la Franja de Gaza. La CIA comete su enésimo error en muy poco tiempo: cree que los israelíes van a atacar a Jordania.

Pero el 29 de octubre lo que atacan es Egipto. Inmediatamente después, el Estado Mayor israelí lanza la típica cortina de humo: Israel se defiende de los atentados perpetrados por los “fedayin” (guerrilleros) palestinos que operan desde los campos de refugiados sitos en la Franja de Gaza bajo administración egipcia. La prensa israelí asegura que los comandos palestinos están dirigidos por oficiales del ejército egipcio.

Para demostrarlo capturaron a uno de los comandos junto a la frontera de Gaza. Los detenidos hablaban árabe y vestían uniformes egipcios. Era un montaje. Se trataba de cuatro soldados israelíes, nacidos en países árabes, que fueron vestidos y pertrechados como combatientes palestinos para justificar la agresión.

Lo que nadie contó fue lo siguiente: el mismo día que el ejército israelí invadía Egipto, la policía (israelí, militarizada) masacró a 49 campesinos palestinos que por la tarde volvían a su casa en Kafar Kassem después de una jornada de trabajo.

Los franco-británicos recurrieron a sus viejas argucias jurídicas para justificarse. Recurren al acuerdo tripartito de 1950 para llamar un alto del fuego e invaden Egipto pretextando que se trata de tropas de interposición para separar a ambos contendientes (egipcios e israelíes). Quieren un respaldo internacional a su agresión, incluido el de la ONU.

Siguiendo el guión previsto para la comedia, Israel acepta la mediación franco-británica, pero como Egipto no lo hace, su negativa se convierte en una declaración de guerra, absolutamente justa, por lo demás.

Estados Unidos no apoya la agresión y Nasser hace algo que los franco-británicos no esperan: convierte la invasión en una guerra de resistencia contra el imperialismo. Moviliza a todos los egipcios capaces de llevar un fusil y ordena hundir una cuarentena de buques en el canal para interrumpir el comercio mundial.

Junto con China, la URSS ofrece a Egipto el envío de voluntarios para combatir la agresión. Además, amenaza a Gran Bretaña y Francia con un ataque nuclear si no se retiran de Suez y propone a Estados Unidos una alianza, es decir, pretende apoyarse en unas potencias imperialistas (Estados Unidos) en contra de otras (Gran Bretaña y Francia).

En tales términos, Eisenhower teme que el papel de la URSS crezca, no sólo en Oriente Medio sino en todo el mundo y desencadena una revuelta donde los soviéticos menos esperan: en Hungría.

Estados Unidos se considera víctima de una patente humillación por parte de Gran Bretaña y Francia, por no advertir del ataque. Además, sus informes de inteligencia pronostican que la agresión puede ser absolutmente contraproducente.

Eisenhower tiene otros medios para arrojar a los franceses, británicos e israelíes de Suez, sin necesidad de acudir a métodos excesivamente drásticos. Ni Gran Bretaña ni Francia tienen dinero para pagar el coste de la agresión militar y, además, Washington amenaza con sanciones económicas. Por el contrario, si abandonan Egipto, Estados Unidos les promete algo que de lo que dispone en abundancia: mil millones de dólares de aquella época llegaron a las arcas británicas desde el otro lado del Atlántico.

El 27 de diciembre los imperialistas salen de Suez por su propio pie e Israel hace lo mismo en marzo del año siguiente. El Canal de Suez siguió nacionalizado; la lucha contra el imperialismo convirtió a Nasser en uno de los más importantes dirigentes mundiales del siglo pasado y un ejemplo para que otros hicieran lo mismo en el Tercer Mundo.

Al mismo tiempo que Gran Bretaña atacaba el Canal, la libra esterlina se desplomaba. Lo mismo que Francia, era una potencia imperialista en declive; no podía dar un paso más sin recurrir a la tutela de Estados Unidos. El informe de la seguridad nacional de 1952 lo deja bien claro:

“Gran Bretaña jugó un rol central en el mantenimiento y la defensa de los intereses occidentales en el Medio Oriente. Pero la rápida decadencia del Imperio Británico en la última década y su insuficiencia para garantizar estos intereses en varios países de la región han empujado a los Estados Unidos a jugar un papel más activo e importante y han creado las condiciones para una revisión y el establecimiento de una nueva política estadounidense hacia la región. En algunos países, como Grecia, cuando los británicos no fueron capaces de asumir sus responsabilidades, fueron los Estados Unidos quienes lo hicieron. La influencia de los Estados Unidos ha crecido y ha reemplazado a Gran Bretaña en lugares donde poseemos grandes intereses militares y económicos, como en Arabia saudí”.

El caso de Francia es muy distinto al de Gran Bretaña. En lugar de someterse a Estados Unidos, el general De Gaulle abandona la OTAN y se lanza a un desenfrenada carrera nuclear. Una fuga hacia adelante que no duró mucho tiempo.

A través de Egipto, la crisis del Canal de Suez muestra la emergencia del Tercer Mundo en los asuntos internacionales. Dio un impulso al proceso de descolonización. Argelia conquistó su independencia.

La URSS propuso el llamado “plan Chepilov” para que los países de Oriente Medio no participaran en ninguna alianza militar ni permitieran la instalación de bases militares extranjeras sobre su suelo.

Como respuesta, en enero de 1957 el Congreso de Estados Unidos escuchó la llamada “doctrina Eisenhower” que sentaba las bases para la política del imperialismo estadounidense en Oriente Medio con la que pretendía llenar el vacío que había supuesto el fin de la influencia franco-británica para que no fuera ocupado por la URSS.

El resultado no es lo que los imperialistas califican como “reparto del mundo” con su usurpación lingüística. Comprueben quién llama a la puerta de quién. Estados Unidos acude a donde nadie le ha llamado. Su dominación regional se sostiene sobre ciertos países, como Israel, Arabia saudí o Jordania que ejercían de pilares; los que nunca aceptaron dicha dominación (Egipto, Siria) se sostenían gracias al apoyo de la URSS. Son cosas completamente diferentes.

El mundo no es un tablero de ajedrez donde los jugadores cambian para jugar la misma partida.

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Las contradicciones interimperialistas: la crisis del Canal de Suez (3)

Los debates parlamentarios habidos en países como Gran Bretaña, aunque aún conservaban algún resquicio de las viejas prácticas democráticas, se inundaron de mentiras, aunque entonces los diputados aún tenían el coraje de burlarse de las torpezas de Eden y de llamarle mentiroso abiertamente.

No hay guerra imperialista sin el apoyo de la prensa domesticada. La crisis del Canal fue otra de las grandes batallas mundiales de intoxicación informativa de la posguerra, donde el papel de la prensa mundial fue el previsto: cualquier parecido con la realidad era muy remoto. Pero (casi) nadie acusó a la prensa de mentir.

Había que preparar a la “opinión pública” para la agresión, estimular el patriotismo, es decir, la conformidad de la población con los planes bélicos del gobierno. Para ello Eden reclutó a dos caciques del “(des)prestigioso” periódico Times para que se encribieran artículos de encargo, al tiempo que impone una auto-censura sutil sobre el resto de los rotativos. La autocensura es el suicidio periodístico; nunca se considera como parte integrante de la falta de libertad de expresión.

De los 100 millones de beneficios que reportaba anualmente el Canal, sólo 3 caían en manos egipcias. Pero la prensa británica puso el asunto del revés. Calificó a Nasser de ladrón: había robado el Canal a sus legítimos propietarios, entre los que estaba Gran Bretaña. En la intoxicación no hay nada más efectivo que asumir el papel de víctima.

Pero en aquella época los imperialistas aún no habían afinado su maquinaria criminal como ahora. Tras la nacionalización del Canal, Eden deja pasar un tiempo precioso; aparenta que busca una solución diplomática, mientras en la prensa algunos empiezan a emitir opiniones divergentes, sobre todo por la falta de sintonía de Estados Unidos con el plan de agresión. Quizá Nasser tenga razón, quizá Israel esté involucrado y quiera provocar una agresión contra Egipto…

¿Hace falta recordar que la explotación del Canal de Suez no beneficiaba a ningún país sino a una empresa privada, es decir, que el imperialismo había provocado una crisis internacional de enormes proporciones a causa de los meros intereses económicos de un puñado de accionistas?

Las dudas no tardan en disiparse desfavorablemente para los invasores, que quedan al descubierto. Cuando comienza el ataque, lo primero que aparece a la vista es que, en efecto, Israel forma parte del operativo, lo cual puede conducir a una guerra de vastas proporciones en Oriente Medio. Hasta los vendidos del Times se indignan. En Oriente Medio los árabes juzgan los acontecimientos en función del posicionamiento de Israel. Si Israel forma parte de la agresión, los que luchan en contra, como Nasser, son los héroes.

Eso no sólo ocurre en Oriente Medio. Todo el mundo se vuelve contra los imperialistas franco-británicos y, en especial, contra Eden. Aún no se había secado la tinta de las firmas estampadas sobre la Carta de la ONU, cuando los imperialistas volvían a sus viejas costumbres de siempre.

El Canal de Suez es una de las joyas a la “grandeur” francesa. Los monumentos a Lesseps llenan las plazas de las ciudades y los nombres de las calles. En 1956 el gobierno francés está encabezado por el “socialista” Guy Mollet, lo que suscita unas pésimas relaciones diplomáticas con Estados Unidos. A Francia la crisis del Canal le sorprende en medio de una guerra colonialista en Argelia y Nasser apoya y arma a los combatientes del FLN argelino. En su prensa la socialdemocracia francesa recurre al viejo truco de equiparar a Nasser con Hitler. Eso les ayuda a mostrar su sintonía plena con el Estado de Israel, amenazado por Nasser.

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Las contradicciones interimperialistas: la crisis del Canal de Suez (2)

Tras su fracaso en Egipto, el imperialismo estadounidense queda obligado a buscarse los aliados en otra parte, por lo que crea el Pacto de Bagdad, una especie de OTAN para Oriente Medio.

Al mismo tiempo, los imperialistas restringen el apoyo a Nasser que, como los demás países no alineados, tiene que recurrir a la URSS y otros países socialistas, que comienzan a sumistrar armas a Egipto.

Otro fruto de dicha colaboración es el mayor proyecto africano de ingeniería: la presa de Asuán, que incrementaba en un tercio la superficie regada y en un 50 por ciento la potencia eléctrica instalada.

Cuando en 1956 Nasser nacionaliza el Canal de Suez a la adjudicación franco-británica sólo le quedaban 12 de un total de 99 años de explotación. ¿Por qué adelantarse?, ¿por qué no esperar un poco más? Porque Nasser necesitaba el dinero procedente de la explotación del Canal para financiar la construcción de la presa de Asuán.

El contrato del Canal tenía previsto que en un supuesto parecido, Egipto debía indemnizar adecuadamente a los explotadores, pero Nasser también tenía su estratagema: la Convención de Constantinopla impide a los agraviados acudir a ningún tribunal.

A falta de tribunales recurren a los ejércitos. Con la oposición de Estados Unidos, contra Egipto se forma una coalición entre Gran Bretaña, Francia e Israel.

El 16 de agosto de 1956, el secretario de Estado John Foster Dulles, reúne a 24 países para solucionar las contradicciones entre las grandes potencias sobre el Canal de Suez mediante un acuerdo de explotación conjunta. En setiembre 18 países aceptan el plan y el Primer Ministro australiano, Robert Menzies, queda encargado de que Nasser lo acepte por las buenas. Fracasa.

Para tratar de impedir la solución militar franco-británica, el 19 de setiembre Foster Dulles elabora una segunda oferta pero, con la oposición de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia llevan el asunto a la ONU. Pretenden una solución “a la coreana”: que la ONU avale la guerra contra Egipto. El secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, propone seis principios para un arreglo amistoso del litigio. Nasser se planta y rechaza todas las alternativas propuestas porque no hay tal litigio: el Canal pertenece a Egipto única y exclusivamente.

En una carta a Eisenhower el Primer Ministro británico, Anthony Eden, le dice que la independencia de Egipto sólo puede conducir a la “expansión soviética”, lo que en el diccionario imperialista siempre ha significado lo mismo: en su lucha por la independencia, Egipto y los demás países del mundo árabe no tenían más que un único aliado en el mundo: la URSS y el bloque de países socialistas.

Desde que los imperialistas tuvieron que ponerse de acuerdo con la URSS para ganar la Segunda Guerra Mundial, como en Yalta en 1945, empezaron a utilizar un lenguaje “leninista” y hablan de “expansión”, “influencia soviética” y “reparto del mundo”. En sus argumentaciones esos términos indican que algo que se escapa a su dominación en el mundo, lo cual es una tendencia general de la época imperialista. Su burda explicación no tiene en cuenta a los pueblos mismos, que para ellos no significan nada. Sólo entienden el mundo en términos de dominación, de fuerza y de guerra. Los pueblos se escapan a su dominación, según dicen, porque han caído bajo la de los soviéticos (o los rusos en su caso).

El 2 de setiembre Eisenhower le responde a Eden que está de acuerdo en lo que a la URSS concierne, pero que la agresión militar no impediría a Egipto acudir a su ayuda sino que tendría efectos contraproducentes: “En una generación, e incluso en un siglo, todos los pueblos del Cercano Oriente y África del norte y, en cierta medida, toda Asia y toda África se enfrentarían a Occidente de manera irreversible, sobre todo si tenemos en cuenta la capacidad de lo rusos para crear problemas […] Tenemos dos problemas, el primero concierne a la apertura permanente del Canal y a un trato justo para todas las partes involucradas. El segundo es obrar de manera que Nasser no se convierta en una amenaza hacia la paz y los intereses vitales de Europa”.

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Las contradicciones interimperialistas: la crisis del Canal de Suez (1)

Egipto es un país estratégico como pocos. No sólo es la bisagra entre dos continentes, África y Asia, sino entre dos mares, el Mar Mediterráneo y el Rojo, que abre un camino mucho más rápido para los colonialistas europeos al Océano Índico.En 1854 el francés Ferdinand de Lesseps plantea la posibilidad de abrir un canal a través de la Península del Sinaí para conectar ambos mares, de manera que en sus viajes a Asia los buques europeos no tuvieran que atravesar toda África. Para ello inventa lo que ahora llaman “globalización”: una empresa multinacional que no es ni francesa ni egipcia sino “universal” y que obtiene la concesión de las obras a cambio de su explotación durante 99 años.

Francia logra asentarse en un punto estratégico del comercio mundial y la potencia colonial más importante de la época, Gran Bretaña, queda al margen que, en un principio, se opuso a la construcción del Canal. La corona inglesa veía en el Canal impulsado por Francia una amenaza a sus intereses coloniales en África, Asia y Oriente Medio. Pero en 1875 los egipcios tuvieron que ceder sus acciones a la Corona Británica. En una brillante maniobra de despojo colonial, Gran Bretaña se hizo con el 44 por ciento de las acciones y en la práctica se transformó en su verdadera dueña, administrando y recaudando los cuantiosos pagos en concepto de derechos de paso por sus aguas, dejando de lado a franceses y particularmente a egipcios. Los británicos se apoderan así de una de las más importantes vías de comunicación con la “joya de la Corona”, la India.

Egipto aportó casi la mitad del capital necesario para realizar las obras del Canal y cuatro de cada cinco trabajadores que durante diez años estuvieron construyéndolo, eran de origen egipcio. Los campesinos (“falajin”) reclutados para las obras eran los peores pagados y debían realizar las obras más duras. Miles de ellos pagaron con sus vidas la excavación del Canal. En los años setenta del siglo XIX se utilizaron esclavos en diversas actividades, incluso portuarias. Durante decenas de años británicos y franceses negaron a los egipcios cualquier posibilidad de llegar a puestos de responsabilidad en la gestión del Canal.

En 1869 el Canal acoge la llegada de los primeros barcos. En 1888 la Convención de Constantinopla obliga a que, cualquiera que fuera su pabellón, los barcos puedan atravesar el Canal, tanto en tiempo de paz como de guerra.En 1936 el imperialismo británico estrecha el control sobre el Canal: un tratado impuesto a Egipto permite que sus tropas ocupen las orillas, que es el inicio de su militarización unilateral. Junto con el Canal, el ejército británico planta sus cuarteles en Egipto.

En 1948 el imperialismo crea el Estado de Israel y comienza la limpieza étnica de los palestinos de sus tierras. Los egipcios cierran el Golfo de Aqaba (1949) y el Estrecho de Tiran (1950), impidiendo que los buques israelíes accedan a la única salida que tienen al Mar Rojo.

Aquí hay que hacer una pausa para explicar que, frente a las posiciones consolidadas por Francia y Gran Bretaña en Oriente Medio, Estados Unidos tenía otros intereses en la zona, opuestos a los anteriores, especialmente el de quebrar el monopolio de las empresas europeas sobre el petróleo, significado último del Pacto del Quincy (1945) y del derrocamiento de Mossadegh en Irán (1953).

Para ello Estados Unidos aprovecha el proceso de descolonización que se iniciaba entonces. Esas contradicciones entre potencias imperialistas favorecen el golpe de Estado que lleva al coronel Gamar Abdel Nasser al poder en Egipto.

En marzo de 1952 Kermit Roosvelt, el jefe de CIA en Oriente Medio, se reúne con Nasser para preparar el golpe de Estado con el apoyo de la Hermandad Musulmana y explotando los sentimientos anticoloniales ampliamente extendidos entre las masas que, en realidad, no era tal; sólo se centraban en las viejas potencias: Gran Bretaña y Francia.

Estados Unidos abandona el plan porque no es necesario. Pocos meses después, el 23 de julio de 1952, Nasser lleva a cabo el golpe sin su ayuda. No obstante, la CIA aporta su experiencia para que los militares del nuevo régimen organicen su propio servicio de inteligencia e incluso redacta los programas de radio que difunden propaganda del gobierno contra Estados Unidos. Nunca la intoxicación fue tan sibilina.

Como es habitual, en Egipto los oportunistas tampoco entienden el verdadero alcance de la situación. Consideran a Nasser un peón de Estados Unidos y se burlan de él llamándole “coronel Jimmy”.

En 1952 a los británicos les quedaba un plazo de nueve años para evacuar sus tropas. A partir de entonces sólo quedaría una empresa extranjera explotando una riqueza egipcia.

Faltos de experiencia, la información de la CIA sobre Oriente Medio no era tan buena entonces como ahora, sino más bien absurda, lo que encadena los errores, uno detrás de otro. La CIA creía que el apoyo de la URSS en Egipto era la Hermandad Musulmana. Por eso con su ayuda, en 1954 Nasser organiza un atentado contra sí mismo para aplastar a la Hermandad Musulmana.

Sin embargo, la CIA comete su tercer error: se precipita al suministrar armas a Nasser esperando que, a cambio, el coronel egipcio firme un acuerdo reconociendo al Estado de Israel.

Pero el error más importante de los que cometió la CIA fue descubrir que Nasser no es el hombre de paja que ellos creían. Algunos le comparan con el turco Mustafá Kemal. El asunto es aún más serio: en medio de la Guerra Fría, Nasser se declara neutral e inicia el movimiento de los países no alineados.

Además, Nasser no admite la creación del Estado de Israel. Finalmente, no es la CIA quien ha manipulado a Nasser sino al revés. La CIA aún no era entonces lo que conocemos ahora.

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