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Día: 11 de junio de 2016 (página 1 de 1)

Liga Joybun: el embrión del nacionalismo kurdo en Djezireh

La fundación de la Liga Joybun en Beirut
En la parte siria de Kurdistán la política colonial francesa fue tan vacilante como la inglesa. Los kurdos también eran un tapón entre las posiciones francesas y el nuevo gobierno kemalista turco, dividido en tres zonas: el Alto Djezireh, el Jerablus y el Kurd Dagh. Además de esas regiones fronterizas, siempre existieron importantes poblaciones kurdas en Hama, Alepo e incluso en Damasco, la capital.

La ocupación de la región por el ejército colonial francés se produjo en la primera mitad de los años veinte del pasado siglo y no tuvieron mayores dificultades, excepto en el Alto Djezireh, poblado por kurdos seminómadas y tribus beduinas.

La resistencia se produjo por la alianza de Turquía con algunos notables kurdos y árabes en contra de los franceses. Quizá el personaje clave de esas alianzas sea el kurdo Hajo Agha que había cooperado con los kemalistas para atacar a los franceses en Siria y en 1925 les ayudó a aplastar el levantamiento de Cheikh Said.

Al año siguiente las alianzas cambiaron y Agha se arrojó en los brazos de los colonialistas franceses para alzarse contra el gobierno turco. En 1926 el capitán Pierre Terrier, de la inteligencia militar francesa, estableció una alianza estratégica con él: a cambio de tierras y armas, los kurdos se encargarían de asegurar la frontera, bien entendido que dicha frontera no era la de ningún Estado kurdo sino la que hay entre Turquía y Siria.

De esa manera Agha se convirtió en una especie de agente de aduanas. En Siria los kurdos también parecían destinados a cumplir el papel que los cosacos habían cumplido en Rusia bajo el Imperio zarista.

Agha no sólo se convirtió en un interlocutor privilegiado del imperialismo francés, sino en el jefe la tribu Heverkan, con un territorio propio. Los franceses trataban de imponer la sedentarización de kurdos y árabes para asegurar la frontera, instalando en ella a refugiados cristianos, armenios y asirios de Turquía. A partir de 1925 a ellos se unieron kurdos, como Hajo Agha, que huían de la represión kemalista tras el fracaso de la revuelta de Cheikh Said.

La colonización francesa de la frontera fue un éxito, pero el grupo de refugiados kurdos que llegó de Turquía no era el que había al sur de la frontera. Se trataba de una población urbana de cierto nivel intelectual que tenía como vecinos a tribus y gente rural. Habían llegado de una gran metrópoli, como Estambul, y en 1927 empezaron a agrupar a los kurdos en la Liga Joybun, una organización nacionalista que desempeñó un papel fundamental en el mantenimiento de la identidad kurda en Siria y el diseño de las primeras reivindicaciones autonómicas, siempre bajo la tutela de los franceses

El objetivo de la Liga Joybun era crear una zona liberada en la frontera para iniciar la lucha armada contra Turquía, algo que no era bien visto por los franceses, que en 1930 castigaron a Agha, como si fuera un niño travieso, por haber participado en una incursión militar de la Liga en territorio turco.

No fue el único castigo que recibió el niño por sus travesuras, poniendo de manifiesto su condición colonial. En 1939 el bloque nacional sirio le retiró provisionalmente la subvención que le pagaban los franceses como jefe de una tribu kurda. Además, en varias ocasiones le amenazaron con extraditarle a Turquía, donde el gobierno kemalista quería capturarle.

Desde el levantamiento árabe de 1925, la administración colonial francesa en Siria trataba de captar a las minorías, exactamente lo mismo que habían hecho antes los otomanos. Siempre “divide et impera”. Para los otomanos y los franceses el enemigo principal eran los árabes y las minorías, religiosas y nacionales, como los kurdos, unos potenciales aliados.

Para ganarse a las minorías había que hacerles toda clase de promesas que jamás se iban a cumplir. Ante las demandas de autonomía de los tres enclaves fronterizo kurdos, en 1928 el capitán Terrier diseñó un plan para formar “un hogar kurdo autónomo” pero no en los tres territorios, ya que “no eran viables”, sino sólo en el Alto Djezireh.

La colaboración de los kurdos con los colonialistas se agotó en 1936, cuando se firmó el Tratado franco-sirio por el cual las tropas francesas se retiraban de las regiones que ocupaban en “Levante” y se reconocía la independencia de Siria. Dicho Tratado se firmó en paralelo con el de Turquía, por lo que el “tapón kurdo” ya no era necesario; la frontera estaba asegurada y a partir de entonces los nacionalistas kurdos eran prescindibles.

Pero tampoco ahora había unanimidad entre los colonialistas. Algunos funcionarios de la inteligencia militar no estaban de acuerdo con el Alto Comisariado y estimulaban al movimiento autonomista kurdo en Alto Djezireh a través de los notables kurdos y las minorías cristianas, de la misma forma que se estaba haciendo con los drusos y los alauitas en otras regiones.

Tras varios desencuentros entre el Alto Comisariado y el gobierno sirio, en 1938-1939 el primero decidió acabar con el movimiento autonomista kurdo que la inteligencia militar estaba promocionando.

En Siria, lo mismo que en Irak, la autonomía de Kurdistán tampoco tendría cabida; ni siquiera tenía cabida un movimiento nacionalista en su favor. En ningún caso las decisiones se tomaron sobre el terreno, sino en Londres y en París y por necesidades que correspondían a la dominación imperialista sobre la región.

Si alguna vez los imperialistas favorecieron las reivindicaciones nacionales kurdas no fue por principios sino por puro oportunismo político, en perjuicio de terceros, los árabes, y, naturalmente, siempre para favorecer el “arbitraje” sobre ambos.

Insana envidia (pildorilla)

Bianchi

Oyendo por la radio una tertulia cavernaria -uno, en su  epicúrea ociosidad, tiene tiempo para todo- un interviniente exclama un «chapó» ante la actitud de los jugadores de fútbol de las selecciones de Francia y Rumanía -primer partido de la Eurocopa- que cantan y tararean sus respectivos himnos nacionales. Otro contertulio, con pretendida ironía que esconde una bilis negra de esputar rabia canina, dice esta coda al scherzzo anterior: «igualico, igualico que aquí» (se refiere a «España»).

Es claro que tiene en mente las recientes, y ya reiteradas, pitadas al himno español y al Rey en las finales de Copa del Generalísimo, perdón, de SM el Rey. ¿Se preguntará este atribulado patriota por qué «aquí» pasa lo que pasa y en otros sitios no? ¿Lo hará? Pregunta bien sencilla, pero no se la harán y preferirán seguir idiotizando a sus oyentes mintiendo como bellacos y, de paso, tratando de creerse sus propias bellaquerías de tanto repetirlas siguiendo el método goebbelsiano. Está uno por decir que responde a un complejo de inferioridad, pero no nos atrevemos porque no somos psiquiatras.

De lo que sí estamos seguros es del infantilismo de que adolece esta purria filofascista cuando, por ejemplo, se ríen en un homenaje a Pep Guardiola -un independentista catalán que no se esconde-, su club, el Bayern de Munich, pone -sin mala intención y creyendo que tiene un detalle- el «Viva España» del nacional-folklórico Manolo Escobar. Se ríen con la malicia de un niño, como diciendo: ¡jódete, cabrón! O el «yo soy español, español, español…», demencial sonsonete de claro diván para hacérselo mirar.

Y es que a la mínima piedra de toque que se les presenta para demostrar lo «demócratas» que son, les sale el facha que llevan dentro y han mamado desde el «Cara al sol…» No lo pueden evitar, les supera, les vence a estos perros rabiosos.

Y conste que nosotros no somos nacionalistas, pero no ocultamos que se nos eriza la piel oyendo «La Marsellesa» y «La Internacional» nos emociona hasta saltársenos las lágrimas, o «Los remeros del Volga» o «Ay, Carmela» y tantas y tantas músicas revolucionarias.

Buenas noches.

La participación de los kurdos en el genocidio armenio

La caballería kurdo-otomana
Juan Manuel Olarieta

La historiografía kurda -y los que miran el pasado de Oriente Medio a través de sus ojos- padece un problema serio de memoria sobre el papel desempeñado por su pueblo en el genocidio armenio (y asirio), atribuido a los turcos en 1915-1916, durante la Primera Guerra Mundial.

Casi un millón de personas fueron asesinadas y una cantidad aún mayor expulsadas en masa de sus casas y sus tierras. El primer genocidio de la historia también formó parte del reparto de Oriente Medio por los imperialistas, en el que si los kurdos no tenían sitio, los armenios mucho menos.

Una historia escrita de manera muy sesgada ha dejado a los turcos como genocidas, algo que ha interesado mucho a los kurdos pues las promesas imperialistas de un Kurdistán independiente se hicieron sobre suelo armenio y a costa de los armenios.

Por motivos políticos, tampoco la historiografía armenia ha sido muy explícita al respecto. Lo mismo que para los kurdos, para los armenios el enemigo siempre ha sido Turquía.

A pesar de lo que digan los historiadores, que escriben papeles sobre papeles, cualquier vecino de cualquier pueblo kurdo de Turquía, sabe quién cometió el genocidio y cómo se produjo. Desde hace un siglo se sigue hablando con absoluta crudeza de las matanzas, los desalojos y los saqueos de sus vecinos armenios.

Al conmemorar el centenario, el año pasado el alcalde de Diyarbakir prometió la reconstrucción de las iglesias ortodoxas armenias, que eran más numerosas que las mezquitas.

En 1915 en la capital del Kurdistán turco, los armenios constituían la mayoría de la población. Aunque algunas fuentes hablan de 60.000 vecinos, es casi seguro que eran bastantes más.

En España sabemos mucho de silencio; toda la posguerra está llena por ese vacío amargo, que aún tardará años en ser llenado. Pero es el silencio del perdedor. Por el contrario, en capitales como Diyarbakir quienes quedaron fueron los genocidas, por lo que nunca han tenido empacho en hablar acerca de ello.

Sin embargo, las conversaciones nunca llegan a las bibliotecas, por lo que los historiadores han tardado cien años en llevar grabadoras para registrar los relatos de los ancianos.

El silencio siempre tiene evidentes motivaciones políticas. Casi desde el primer momento de la matanza, los militantes del Tachnak, el partido nacionalista armenio, sostuvieron el mismo relato olvidadizo del nacionalismo kurdo porque en 1927 se produjo un pacto entre las dos organizaciones políticas más importantes, el Tachnak y los kurdos de la Liga Joybun, el embrión del movimiento nacionalista kurdo en Turquía y Siria. Se puede decir que, en cierta forma, la Liga Joybun aprendió de los armenios a “ser uno mismo”, que es la traducción del término “joybun”.

Para el movimiento nacionalista kurdo fue una alianza muy provechosa aunque, desde el punto de vista historiográfico, ayudó oportunamente a pasar página. El plan era organizar un levantamiento militar para crear una federación kurdo-armenia dentro de Turquía, lo que obligó a los militantes de Tachnak a hacer propaganda en favor de la causa kurda.

Hoy los nacionalistas kurdos califican como genocidio las matanzas de los armenios, pero les queda por establecer todas las responsabilidades, no sólo las de los demás. Siguen expresando su simpatía por los armenios y hacen causa común con ellos para denunciar a Turquía. Es algo plenamente justo y siempre lo ha sido. Pero…

Armenios camino de la deportación
Los kurdos vivieron en un territorio fronterizo, una “tierra de nadie”, entre los imperios turco, ruso y persa. La expansión del Imperio Otomano y el crecimiento demográfico presionaron a una población que, en buena parte, era nómada, empujándoles hacia las zonas habitadas por armenios, entre otras etnias no kurdas, que eran sedentarias.

Ese movimiento de la población fue alentado por el Imperio Otomano, un proceso paralelo al que Rusia llevó a cabo con los cosacos. También los otomanos crearon brigadas de caballería kurda, las “Hamidiye Alaylari” como refuerzo fronterizo contra los rusos y los persas.

Los campesinos armenios fueron sometidos al saqueo en forma de pago de cuantiosos impuestos y luego al expolio de tierras. Los armenios tenían que pagar el “hafir” a los kurdos, una especie de tributo a cambio de asegurarles sus vidas y haciendas.

En 2009 el presidente del Consejo Kurdo de Armenia, Knyaz Hasanov, reconoció la intervención de los kurdos en el genocidio, aunque matizó que fue obra de casos aislados, no de la nación kurda como tal. Otros, como el presidente del Parlamento kurdo en el exilio, hablan de que la responsabilidad fue de “algunas tribus kurdas”.

Tampoco les falta razón. Es cierto que la mayor parte de los kurdos que formaban parte de la caballería de la “Organización Especial” eran nómadas. Pero entonces se me suscitan dos preguntas. La primera es: ¿los kurdos son responsables del genocidio sólo en parte y los turcos lo son en bloque? Y la segunda: si no todos los kurdos son responsables del genocidio, ¿por qué ocultar su intervención?

Entre los muchos relatos orales que circulan por Diyarbakir hay uno que refiere el asesinato de un cura ortodoxo, que le dijo al kurdo que le iba a matar: “Nosotros somos el desayuno pero vosotros seréis la comida”.

No se puede explicar mejor la masacre porque, en efecto, ocurrió así exactamente: los turcos llevaron a cabo, por sus propias manos esta vez, una matanza masiva de kurdos seguida de una deportación, también masiva, de manera que quienes hasta entonces habían sido la fuerza de choque del ejército otomano se volvieron en su contra.

Todo ocurrió en muy poco espacio de tiempo: en 1915 la caballería kurda era parte del ejército turco y en 1927 se crea la Liga Joybun para luchar en su contra.

La participación de los kurdos en el genocidio no exime la responsabilidad de los turcos. Los unos eran la carne de cañón de los otros. Hacían el trabajo sucio para que los “padrinos” turcos quedaran con las manos limpias.

No sólo los nacionalistas kurdos no quieren recordar su historia; los turcos, que sí tienen un Estado propio, mucho menos. También ellos son nacionalistas, tanto por lo menos como los kurdos, con la ventaja adicional para la historia de que no se mancharon las manos porque ese tipo de tareas siniestras siempre quedan para los carniceros.

Entonces los kurdos no veían a los turcos como enemigos, sino todo lo contrario, y a la inversa, muchos de los matarifes kurdos que participaron en el genocidio salieron de las cárceles turcas con amnistías e indultos.

Todo por un plato de lentejas. Los kurdos asesinaron por un pedazo de tierra, por una casa, por unas cabezas de ganado…

Como cualquier otro acontecimiento, el genocidio armenio y asirio se puede desmenuzar tanto como sea necesario. Por ejemplo, la “Organización Especial” que dirigió las matanzas tampoco estaba dirigida por turcos sino por cherkeses, una población caucásica.

Como la cabeza de Jano, la historia tanto mira hacia atrás como hacia delante y por eso el refrán dice -con pleno acierto- que quien olvida la historia está condenado a repetirla. Pero la historia es una ciencia que, como se ha demostrado, los nacionalistas no pueden escribir porque ellos son la burguesía.

La historia sólo la puede escribir el proletariado, que es una clase internacionalista. A diferencia de un nacionalista cualquiera, un internacionalista lucha por los derechos de todas las naciones oprimidas, no sólo de una, y mucho menos lucha por los derechos de una contra la otra, o a costa de la otra.

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