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Día: 27 de marzo de 2016 (página 1 de 1)

El proceso Karadzic ha llegado a su final

Radovan Karadzic
John Laughland

Cuando el antiguo presidente yugoslavo, Slobodan Milosevic, murió en la prisión de Tribunal Penal Internacional en Scheveningen, cerca de La Haya, el 11 de marzo de 2006, los medios se entregaron a una auténtica orgía de denuncia del “verdugo de los Balcanes”. Lo hicieron sin considerar ninguna sesión del proceso, que, sin embargo, había durado 4 años y que estaba en curso cuando Milosevic falleció a causa de una enfermedad cardíaca, que los jueces se negaron a tratar. El proceso pudiera no haberse celebrado, de lo rápido que quisieron cerrar el paréntesis.

Su método consistió en sacar del armario todas las viejas historias que conocían a principios de los años 90, cuando estallaron las guerras yugoslavas, resultado de la política occidental dictada por alemanes y norteamericanos que competían para denunciar a los serbios y para ayudar, también en lo militar, a los secesionistas, primero croatas y eslovenos y luego a los bosnios islámicos.

En realidad, el proceso había causado muchas sorpresas. Numerosos testimonios habían disculpado al ex presidente, incluyendo a parte de los testigos de cargo, algunos de los cuales acusaron a la fiscalía de tortura.

Los jueces se deshonraron, haciendo callar al acusado cada vez que demostraba las mentiras de sus acusadores. La fiscalía fue incluso obligada a abandonar a mitad del proceso su acusación principal, la de que Milosevic hubiera buscado la creación de una Gran Serbia. Como yo fui el último periodista occidental en visitar a Milosevic en su celda, algo de ello sabía. Estaba tan disgustado por la ligereza y la deshonestidad de los reportajes que redacté un libro sobre el proceso, cuyo título resume bien el argumento: “La parodia”, “Travesty” en inglés.

Tras la muerte de Milosevic muchos acontecimientos jurídicos se dieron en el sentido de una reevaluación de las guerras yugoslavas. Nunca se inició ninguna demanda por genocidio en Kosovo, cuando eso fue el pretexto para el ilegal bombardeo de Yugoslavia por la OTAN en 1999. En 2007, tras catorce años de deliberaciones, el Tribunal Internacional de Justicia (la instancia jurídica mas alta de Naciones Unidas, y no un tribunal ad-hoc tramado por razones políticas por los norteamericanos, como el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia) dictó su veredicto en el litigio que enfrentaba a Bosnia-Herzegovina con Serbia desde 1993.

El tribunal dictaminó que Serbia no había jugado ningún papel decisivo en la guerra civil bosnia, y que la inmensa mayoría de las acusaciones de genocidio contra los serbios de Bosnia no tenían fundamento. Bosnia había afirmado que desde el principio de los combates los serbios querían exterminar a los musulmanes, y que Milosevic y los serbios de Bosnia no hacían más que repetir el trabajo emprendido contra los judíos por Adolf Hitler. La misma tesis fue presentada por un académico norteamericano, Norman Cigar, en un libro publicado antes de la toma de la ciudad de Srebrenica, en julio de 1995.

Todos estos desarrollos jurídicos permanecen desconocidos en su mayoría para el gran público, y con motivos. Si el miércoles 24 de marzo de 2016, la sala de prensa del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia estaba repleta para escuchar el veredicto de los jueces en el proceso Karadzic, era la primera vez que sucedía esto desde el inicio del proceso, en 2009. Exactamente igual que en el proceso de Milosevic, los periodistas dieron muestra de un soberbio desprecio en cuanto al verdadero desarrollo del procedimiento contra Karadzic. No asistieron a ninguna sesión. Todos aquellos que se han encargado con deleite de anunciarnos que el antiguo presidente de la República serbia de Bosnia había sido juzgado culpable de genocidio son totalmente incapaces de darnos el nombre de un solo testigo de los 585 que han sido oídos durante los últimos cinco años.

Y lo que es peor, los jueces parecen haber actuado de la misma forma. Al escuchar la voz robótica del presidente coreano de la Sala de primera instancia, O-Gon Kwin, que leía el resumen del juicio (que consta de 2.600 páginas) se hubiera podido creer que el proceso no había existido. Ni un solo argumento de la defensa ha sido citado o considerado; ni el menor reequilibrio o matiz de los hechos se ha podido observar. Por el contrario, el juicio no ha consistido más que en la repetición de acusaciones de hace 25 años y de temas de la propaganda occidental desde los primeros meses de la guerra.

Este simplismo que roza la debilidad es particularmente estridente en el caso del mayor tabú de todos, el de las masacres que tuvieron lugar en Srebrenica después de tres años de guerra atroz. Con el enorme memorial construido cerca de la ciudad para fijar este suceso en la piedra (frente al cual además, se venden libros y DVD islamistas en un quiosco), Srebrenica constituye una referencia negativa tan fuerte como la de la Shoah, con la que comparan los sucesos de julio de 1995. Pero ¿qué dicen los jueces en el asunto Karadzic sobre Srebrenica? Cuentan exactamente las mismas tonterías que sus predecesores en los otros procesos ante el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia.

Cuentan, en particular, como hizo el Tribunal Internacional de Justicia en 2007, que los serbios de Bosnia no tenían ninguna intención de cometer un genocidio contra los musulmanes de Bosnia en general. Karadzic ha sido absuelto ayer de genocidio en 7 municipalidades, allá en donde la acusación había afirmado su culpabilidad. Desmiente así la afirmación central presentada por Bosnia desde 1992. A cambio, los jueces nos invitan a creer que la voluntad genocida de los serbios de Bosnia no se aplicaba a todos los musulmanes de Bosnia, sino únicamente a los hombres musulmanes de la villa de Srebrenica.

Nos invitan a creer, además, que después de tres años de duros combates el plan genocida fue concebido a las 20:00 horas del 13 de julio de 1995. En el juicio del 24 de marzo de 2016, Karadzic fue absuelto por sus jueces de toda acusación de genocidio anterior a aquel preciso momento.

Si no fuera tan macabro sería para hartarse de reír. Muchas masacres ciertamente sucedieron tras la captura de la ciudad por las fuerzas serbias de Bosnia, nadie lo pone en duda. La mayoría de las víctimas eran combatientes o antiguos combatientes, quienes formaron la columna de muchos miles que intentaron huir de la ciudad para llegar a Tuzla, territorio bosnio. Los serbios los dispararon y ellos respondieron. Pero los jueces no mencionan ninguna respuesta, pretendiendo que en la columna solo había civiles no armados. Lo repito una vez más: que hubo barbarie, nadie lo niega. ¿Pero como puede un genocidio aplicarse únicamente a los habitantes masculinos de una sola ciudad?

Ese no es el significado de “genocidio”, que quiere decir “destrucción de todo un pueblo” o “de toda una raza”, de los hombres y mujeres de una cierta raza o religión, allá en donde se encuentren.

Queriendo preservar a cualquier precio la condena sensacionalista por genocidio, que constituye un gran éxito institucional para el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, los jueces no solamente no han prestado ninguna atención a los centenares de testigos de la defensa, ni a los argumentos de la defensa que probaban que Karadzic había intentado evitar lo peor. Especialmente han cometido un grueso error de análisis que viciará en las próximas décadas la ley de guerra que pretenden reforzar. Lo que sucedió en Srebrenica, en medio del verano de 1995, fueron claramente una serie de actos de venganza, de un furor y una violencia poco frecuentes. Durante tres años, los serbios del entorno de Srebrenica habían sido víctimas de ataques bárbaros por los islamistas bajo el mando de Nasir Oric, gran cortador de cabezas exonerado por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia en 2006, como las muy numerosas tumbas en los pueblos vecinos atestiguan. Odiaban a los que les habían aterrorizado y querían un ajuste de cuentas. Sus actos fueron sin dudas condenables, pero no pueden ser calificados de genocidas, porque el genocidio es una operación planificada y aplicada metódicamente por motivos racistas. No es una explosión espontánea de violencia.

Al ignorar de forma voluntariamente la antropología de la guerra, y en particular el fenómeno del aumento extremista de la espiral de violencia, violencia que, no olvidemos, los musulmanes fueron los primeros en desencadenar, los jueces del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia han deformado la realidad de la guerra. Su enésima condena, basada en semejante deformación y que no toma en cuenta las verdaderas raíces de los problemas que pretende resolver, nunca podrá llegar a ser una referencia. Nunca podrá contribuir a mitigar, y aún menos a evitar, las futuras guerras.

Fuente: Fuente: http://www.interet-general.info/spip.php?article22872

‘Del árbol caído todos hacen leña’

Junto a los jueces, los medios de comunicación son el segundo soporte del golpe de Estado judicial, que no necesita “gorilas” y torturadores sino periodistas “de investigación”, lo cual acaba por encubrir toda la farsa, ya que le da un valor añadido: se utiliza como una demostración del alto grado de libertad que un país ha alcanzado. El lema es “Somos corruptos pero lo reconocemos”. La corrupción no es tan importante; lo realmente importante es que se pueda hablar de ella “libremente”.La corrupción es el mejor maná informativo para los medios de comunicación, la verdadera carnaza política que atrae la atención de los buitres carroñeros. Las noticias de corrupción suman audiencia y, por lo tanto, dinero.

Los amantes de los informativos, los editoriales periodísticos y los programas de debate alardean de su “cultura” y desprecian los “reality shows”. Sin embargo, la información política ya no existe desde hace bastantes años. Las noticias de corrupción no son política sino el morbo de la política y el cotilleo de alto “standing”. Tienen sus propias estrellas y su propio público.

La base de todo es que no hay corrupción si no hay un medio de comunicación que lo denuncie. Sin embargo, los medios forman parte de la corrupción. Son empresas comerciales y se llevan su parte de la mordida. Su intervención es discriminatoria. Los casos de corrupción que ellos divulgan tapan los realmente graves. Por lo tanto, los medios manipulan por activa y por pasiva:

  1. Convierten a determinados sumarios en “escándalos”, es decir que, lo mismo que los demás programas “del corazón”, ellos también practican el sensacionalismo

  2. Hay casos de corrupción que no llegan a los juzgados. Además, hay sumarios judiciales que nunca aparecerán en los medios y si no hay un “escándalo” tampoco hay corrupción.

Al mismo tiempo, los medios transmiten la imagen opuesta: la corrupción (conocida) no sólo no es selectiva sino que “toda” la política es corrupta, “todos” los partidos son iguales, etc. Ahora bien, eso sólo ocurre en el mundo político. Los periodistas, por ejemplo, no tienen que ver con la política y, por lo tanto, no son corruptos.

Lo mismo que los jueces, los medios instrumentalizan y son instrumentalizados. Si los jueces son el “tercer poder”, los medios son el “cuarto”. Ambos se necesitan mutuamente porque de lo contrario no nos daríamos cuenta de que, gracias a la corrupción, el sistema funciona por esos dos motivos:

  1. Porque la libertad de expresión permite que la corrupción salga a la luz
  2. Porque los jueces cumplen con su cometido condenando a los corruptos

Los medios llevan a los jueces al mundo del estrellato y el famoseo. Aunque todo el universo político esté podrido, los jueces son de otra pasta, distintos de cualquier otro funcionario público. Los convierten en un reflejo de sí mismos. Si los periodistas son independientes, los jueces también. Ambos son héroes. No son corruptos sino que denuncian la corrupción e incluso luchan contra ella. La presentan como un pulso desigual puesto que se enfrentan al poder, como si ellos no tuvieran ninguno.

La lucha contra la corrupción lleva el sello de la política estadounidense, en donde las personas, además de “público” son “contribuyentes” que pagan impuestos. Como diría Proudhon, la corrupción también es un robo. Tiene que ver con la propiedad privada. Lo que nos amarga es que nos quiten lo nuestro (con lo que cuesta ganarlo) para quedárselo ellos.

Lo demás no es corrupción y mucho menos es un escándalo. El engaño, el incumplimiento de un programa electoral, no se considera corrupción, ni mucho menos es un escándalo. Todo lo contrario: eso es lo normal. Nos hemos acostumbrado a que nos engañen.

Tanto en Italia, como en España o en América Latina actualmente, la lucha contra la corrupción es un golpe de Estado judicial, una depuración interna que el imperialismo y el capital monopolista de Estado necesitan para superar la crisis política y pueden lograr con un coste insignificante.

La renovación de un Estado moderno es un ejercicio de fuerza del que la España actual es buen ejemplo, incluso en el lenguaje. Aunque los viejos instrumentos políticos (PP, PSOE) están gastados y desacreditados, aún se aferran a sus posiciones. Conservan importantes resortes de poder y se enfrentan a otras fuerzas, consideradas como “limpias” (Ciudadanos, Podemos), llamadas así sólo porque son nuevas, porque aún están por estrenarse.

La denominada lucha contra la corrupción es, pues, subjetiva: se dirige contra determinadas personas, partidos o instituciones para cambiarlas por otras. Para renovarse a sí mismo el Estado necesita personalizar la corrupción, como hizo el PSOE en las elecciones de 1993: a un lado los corruptos, representados por el presidente del gobierno Felipe González; al otro, el juez que luchaba contra ellos, el juez Garzón, un sujeto “limpio” por antonomasia.

De aquellas elecciones podemos entender que el PSOE se aprovechara de una imagen estereotipada del juez para sacar votos. Pero, ¿por qué el juez “limpio” se introdujo en aquella cueva de ladrones y asesinos?, ¿por qué el juez antiterrorista por excelencia se unió a los jefes de los terroristas?

Otro tipo de “puertas giratorias” permitió que un juez pasara de uno al otro lado de la barricada. En realidad, no había (no hay) tal barricada. El Estado monopolista no necesita una parte “limpia” sino una parte “nueva”, capaz de insuflar energías y embaucar a las masas, como en las elecciones de 1993 o ahora la nuevas coaliciones emergentes, de las que Podemos es el prototipo.

Pero que nadie se confunda: una parte “nueva” no significa “limpia” porque si lo fuera no sería “parte”, es decir, no la habrían llevado en volandas al firmamento político en el que está. Aunque son herramientas, los emergentes también comparten el poder. No son nada distinto sino que forman parte de ello.

De lo contrario, la depuración interna no sería posible porque los nuevos tienen que ser capaces de vencer la resistencia que los viejos presentan. Por lo tanto, más que una lucha interna por el poder, es una lucha por el reparto del poder que se basa en el principio “Del árbol caído todos hacen leña”. El árbol cae por la crisis y la leña es la corrupción. Expresado de otra forma, el refrán también recomienda que para hacer leña primero hay que derribar el árbol, que nunca caerá por sí mismo.

Los medios de comunicación se encargan luego de darle la vuelta al asunto y hacer creer a todos que la crisis es consecuencia de la corrupción, y no al revés. Pero sin crisis política, que es una crisis del poder, no habría corrupción, o lo que es lo mismo, no nos enteraríamos de ella.

La primera leña nunca empieza por la corrupción, ni por un sumario judicial, sino por una filtración a la prensa, que es ya la expresión de un choque interno dentro del Estado monopolista. La información es poder o, mejor dicho, son dos poderes en uno. Primero hay que saber y luego hay que publicarlo. La corrupción del anterior rey es el mejor ejemplo de que no se trata sólo de tener la información sino que el contrario también juega y puede censurar la publicación porque tiene su propia cuota de poder. Todo el mundillo periodístico de Madrid supo siempre la corrupción del heredero a la Corona de Franco, pero la veda no se abrió hasta la crisis de 2007. La Monarquía también se desgasta y necesita renovarse antes de morir.

La corrupción regia es otra demostración de que al corrupto no se le purga por una responsabilidad política, sino por una responsabilidad criminal. La responsabilidad política ha desaparecido. Con ella ha desaparecido también la democracia, sustituida por el golpe de Estado judicial.

Más información:
— El golpe de Estado judicial. Primera parte

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