Día: 13 de enero de 2016 (página 1 de 1)

Hay juicios y prejuicios. Los primeros se figuran sentencias firmes. Los segundos son peores: son sentencias verdaderas, consuetudinarias. Ambas letales y fulminantes, socialmente hablando, que no jurídicamente. También hay prejuicios lingüísticos de muy difícil erradicación. Tanto que determinan y condicionan actitudes y modos de comportamiento, v.gr: casticismos y «boronismos» (típico tópico costumbrista de vasco rural duro de mollera) de patulea variopinta.
Señala Moreno Cabrera al menos cinco prejuicios sobre el euskera o lengua vasca que, en el fondo, quieren desprestigiar la lengua madre de la nación vasca sin Estado. El primero dice que el euskara es una lengua muy antigua y arcaica. Es cierto que es antigua… como lo son todas. La lástima, para quienes la odian (en realidad se odia más a quien la habla que a la lengua misma), es que es una lengua que se habla, luego es una lengua contemporánea aunque sea preindoeuropea o ugrofinesa o caucásica o bereber (y no nos estamos choteando). Las lenguas romances, por ejemplo, como el castellano, surgieron del latín vulgar y no de la nada. No existe ni hay lengua nueva. Ni el papiamento. El esperanto o el volapuk son otra cosa, otra historia.
El segundo prejuicio expresa la idea de que el euskera es una lengua aislada perteneciente a una sola familia lingüística. Una especie de fósil sobreviviente, que diría Miguel de Unamuno, bilbaíno él y «euskaldunberri» (que aprendió el idioma vasco), para quien, antropomorfizando la lengua -rasgos típicos del positivismo finisecular de la época-, pedía honor y sincero embalsamamiento (sic) y exequias nobles (resic).
Dice el tercer prejuicio que todas las lenguas habladas se manifiestan en multitud de dialectos. Es cierto. Nos parece que el idioma inglés, pongamos por caso, es único (en la escuela) y, sin embargo, está fragmentado en centenares de variedades que incluyen no sólo los dialectos de Gran Bretaña, sino los que existen en África, América, Asia y Oceanía, o sea, lo que fue parte de su Imperio que, como dijera el malhadado, pero humanista, Nebrija, es acompañado por la lengua. Estaba tan en lo cierto que el dominio actual del inglés -como lengua de trabajo, ya que el chino lo habla más gente, pero dentro de la nación china, básicamente- lo prueba de forma irrefutable.
Unido estrechamente a este tercer prejuicio va el cuarto que, con mala baba y con balín, mantiene que el euskara estándar o euskara «batua» (euskera unificado por encima del euskera dialectal) es una lengua artificial (y quienes la hablan, deduzco, robots). También esto es cierto, en parte. Igual que no lo es menos (de cierto) que todas las lenguas actuales son estándares. ¿O qué fue, si no, la Real Academia Española de la Lengua, fundada en 1713 por Felipe V a imitación, como Borbón que era, de la francesa, sino el propósito de dictar -y «fijar, limpiar y dar esplendor»– normas reguladoras? Ni el español o castellano moderno estándar nació entonces ni el euskera en 1968 (año en que se verificó la unificación de la lengua vasca por «Euskaltzaindia» o Academia de la Lengua Vasca).
Y, por último, el quinto prejuicio que proclama que el euskera -siempre oímos esto- es difícil de aprender. No más que el alemán que uno estudiara con sus declinaciones de mozuelo. No -no es difícil- para niños que ni saben de declinaciones, pues ya mamaron la lengua en sus madrigueras vernáculas antes de ir a la escuela. Lo que me lleva a la coda contra el etnismo lingüístico que ni sabe lo que dice. Para mí tiene más mérito quien aprende algo, una lengua, verbigracia, que quien, sin esfuerzo, la mamó «ab initio» y «ab ovo». Y esto en todos los órdenes.
El condecorado contraalmirante Richard Williams aseguró en un correo electrónico, que el presidente Obama había adquirido una mansión junto al mar en la lujosa urbanización de Palm Jumeirah de Dubai, Emiratos Árabes Unidos, cuyo precio de venta es de 4,9 millones de dólares.
La mansión habría sido pagada en los primeros días de enero por el Grupo Podesta, compañía especializada en relaciones públicas y labores de lobby con sede en Washington.
El contraalmirante fue cesado de forma fulminante el sábado 9 de enero por su superior, la vicealmirante Nora Tyson, sólo seis meses de haber sido nombrado jefe del Grupo Naval de Ataque 15, con sede en San Diego (California), debido a una “pérdida de confianza en su capacidad de mando”, basada en los resultados iniciales de una investigación en curso sobre la supuesta “mala utilización de los equipos informáticos del Gobierno”, señala el comunicado.
Para dar verosimilitud a la pérdida de confianza, se filtró que el contraalmirante Richard Williams había visitado páginas pornográficas desde su ordenador oficial. Enseguida fue patente que la Marina trataba de manchar la reputación del mando militar, condecorado con una docena de medallas al mérito, dado que por medidas de seguridad las intranet militares registran los sitios web visitados por cada usuario y el acceso a la red requiere una contraseña personal para evitar usurpaciones de identidad.
Ningún militar, y menos de alto rango, pone en peligro su carrera visitando sitios web comprometidos desde las intranet oficiales, cuando puede hacerlo desde un ordenador personal sin correr riesgos.
El cese fulminante se habría producido por orden directa de la Casa Blanca. La lujosa mansión habría sido pagada por el Grupo Podesta, dirigido por Tony Podesta, amigo personal del presidente, lo que coloca en una delicada situación a Obama. Esta empresa de relaciones públicas y labores de lobby tiene a Arabia Saudí entre sus principales clientes.
Cuesta creer que el alto mando de la Marina hiciera una acusación tan fuerte referida al presidente de Estados Unidos sin prueba alguna. La información manejada por el contraalmirante Williams habría sido obtenida por el servicio de inteligencia de la US Navy, que habría desplegado un equipo en Dubai en una misión relacionada, presuntamente, con la citada mansión.
El cese de Williams es la punta del iceberg de la guerra sorda que libran un número creciente de mandos militares contra la Administración Obama por apoyar al Estado Islámico e involucrar a las fuerzas armadas estadounidenses en nuevas guerras como las de Siria, Irak y Libia.
El primer indicio relevante del enfrentamiento entre una parte del Pentágono y la Casa Blanca tuvo lugar el pasado verano cuando medio centenar de analistas de inteligencia del Mando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos acusaron a sus generales de obligarles a manipular los informes para presentar como un éxito los bombardeos de la coalición internacional contra el Estado Islámico en Siria e Irak.
El New York Times publicó entonces que se cambiaron las conclusiones de los informes de inteligencia sobre el verdadero grado de preparación de las fuerzas de seguridad iraquíes y se presentaron escenarios optimistas de las campañas aéreas en Siria e Irak.
La lucha contra el terrorista Estado Islámico o Daesh dio un giro inesperado a partir del 30 de septiembre con la intervención rusa en Siria. Los bombardeos aéreos rusos cambiaron el signo de la guerra y en los dos primeros meses de campaña aérea consiguieron que los yihadistas se replegasen y se mantengan a la defensiva. Algo que la coalición internacional liderada por Estados unidos no logró en año y medio al centrar sus operaciones aéreas contra el Ejército de Bashar al-Asad en vez de atacar a los islamistas.
Desde el pasado verano mandos militares estadounidenses intercambian información con sus homólogos rusos, al margen de la Casa Blanca, para tratar de acabar con el Estado Islámico, según revelan web especializadas norteamericanas que califican a los militares que se oponen a la política de Obama de verdaderos patriotas.

Me parece toda una declaración de largo alcance por parte de Schulz. Le faltó añadir: como en los viejos tiempos, en la época socialista de Polonia, en donde lo criticable no es que hubiera un “partido único” (porque había varios) sino que hubiera partidos políticos de verdad.
Según Schulz lo que debe prevalecer en un Estado moderno (capitalismo monopolista de Estado) es lo contrario: la inexistencia de partidos de verdad y la subordinación de los que se llaman como tales al Estado. El Presidente del Parlamento Europeo quiere Estados apolíticos.
En su declaración Schulz propone vaciar las elecciones de significado, porque la mera pretensión de que un partido recién llegado al gobierno cumpla con su programa electoral se considera como una aberración, que en Bruselas llaman “putinismo” en referencia al ogro del Kremlin.
Se pone así de manifiesto un viraje cardinal de la modernidad fascista, que es la conversión de los partidos políticos, que antes formaban parte de la sociedad civil, en parte del mismo aparato del Estado. Dicho con otras palabras: cuando los partidos políticos se subordinan al Estado, y no al revés, es la sociedad entera la que queda sometida a lo que Marx y Engels califican como “el consejo de administración de los negocios comunes de la burguesía”. La sumisión de los partidos al Estado es la sumisión a la burguesía y, en la época moderna, a la burguesía monopolista.
Lo hemos escuchado mil veces cuando un candidato sale elegido: aunque procede de las listas de un partido político, promete gobernar “para todos”, sin incurrir en “partidismos”, que es como un gran vicio repudiable.
Pero es mentira. Todos esos que hablan de “la ciudadanía”, “la gente”, “los contribuyentes” y cosas parecidas son un hatajo de farsantes. Es imposible gobernar al gusto de “todos”, de los acreedores y los deudores, los propietarios y los inquilinos, los presos y los carceleros y, naturalmente, la burguesía y el proletariado.
Hay asuntos que la modernidad fascista ha puesto por encima de los partidos políticos, asuntos intocables, eso que aquí suelen llamar “cuestiones de Estado”, esas de las que no se habla nunca, por más noticiarios y tertulias que uno escuche cada día en los medios de comunicación.
Un partido que quiera “hacer política” no sólo no puede tocar ninguno de esos pilares sino que no puede hablar de ellos, porque eso supone convertirlos en lo que son exactamente, algo discutible. La política real, la de verdad, es la que versa sobre eso de lo que nadie quiere ni hablar y que acaba cayendo en las cloacas de los “secretos de Estado”, de los fondos reservados y de los manejos turbios.
Cuando en un Estado algo es indiscutible hay que empezar a hacerse muchas preguntas, la primera de las cuales es quién las está imponiendo como tales y por qué todos los demás no se atreven a discutirlas.
Luego hay otro tipo de dudas, como en dónde queda el famoso “pluralismo político” y cómo su cada vez más reducido ámbito de actuación no es otra cosa que el monopolismo trasladado al ámbito de las luchas políticas. El monopolismo moderno también acaba con la competencia en el ámbito político. La falta de pluralismo es la superestructura política del monopolismo contemporáneo.
Si se analiza en concreto, con un mínimo detalle, hasta dónde alcanza el radio de acción del pluralismo en cada país, como España sin ir más lejos, se observará que las “cuestiones de Estado” no sólo lo forman un puñado de pilares básicos (propiedad privada, integración en la Unión Europea, integración en la OTAN, unidad de España, monarquía) sino otro tipo de cuestiones, tales como el reconocimiento de la República saharahui, por poner un ejemplo del que nadie habla y que nadie pondrá en cuestión, ni siquiera si tiene la oportunidad de tomar las riendas del gobierno alguna vez.
En España incluso algo tan elemental como eso, el reconocimiento de la República saharaui, no es un asunto que se pueda resolver por la vía electoral sino que deberá esperar a un cambio revolucionario, por lo que los independentistas deberían empezar a preguntarse: si la España actual no es capaz de reconocer la independencia del Sáhara, ¿cómo vamos a esperar a que reconozca la de Galicia, Euskadi o Catalunya?
Una vez eliminado el pluralismo, la política se ha convertido en politiquería, en algo despreciable, una colección de banalidades, esa morralla que escuchamos cada día en las noticias, que aburre porque son siempre los mismos asuntos repetidos hasta la saciedad, una y otra vez, para ofrecer una falsa sensación de lo que no hay: de pluralismo.
Aún peor que la inexistencia de pluralismo es la criminalización de quienes hacen gala de él, de quienes expresan opiniones diferentes y dan con sus huesos en la cárcel, otro asunto del que nadie habla y del que nadie quiere que se hable. Nadie quiere ni oír hablar de derogar leyes fascistas, como la ley de partidos, o de disolver tribunales fascistas, como la Audiencia Nacional.
Un país, como España, en el que progresivamente se van dejando al margen cada vez más “cuestiones de Estado”, acerca la mecha al polvorín de la revolución. Está abocado a una revolución violenta porque hasta los asuntos más insignificantes se convierten en revolucionarios, es decir, que necesitan de una revolución para solucionarlos.
