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Día: 12 de octubre de 2015 (página 1 de 1)

Amenazas imperialistas contra Suecia por el reconocimiento del Sáhara

El gobierno socialdemócrata sueco se dispone a reconocer a la República Árabe Saharaui Democrática, el Estado proclamado por el Frente Polisario, que cuenta con el aval de varios países de África y América, pero ninguno de Europa. Suecia sería el primero.

El gobierno de Marruecos ha respondido tan agresivamente como cabía esperar: bloqueando la apertura de la primera tienda de Ikea en el país, prevista para el martes.

Pero mucho más feroz ha sido la del “Washington Post” en un artículo firmado por Adam Taylor, un plumilla londinense: “La política exterior sueca consiste en un ‘totalitarismo feminista’ que quiere resucitar una vieja tradición diplomática sueca de los años años 80 que se basaba en el apoyo ideológico a los movimientos separatistas en los países en desarrollo”.

Sólo un baboso puede escribir algo así. ¿A qué viene eso del “totalitarismo feminista”? Es cierto que la llegada de la socialdemocracia al gobierno a comienzos de este mes ha cambiado la política exterior de Suecia y que eso le ha granjeado la enemistad de países que merece la pena enumerar: Israel, Arabia saudí, Emiratos Árabes Unidos y ahora Marruecos.

Pero, a cambio, se ha ganado nuestra amistad, por si le vale de algo.

No conforme con publicar artículos estúpidos, el “Washington Post” pasa a las amenazas, al más puro estilo imperialista, como la que Marruecos ha puesto en marcha: “La reputación de Suecia como socio comercial y de negocios está en juego”.

En la política exterior todo son chantajes: si no complaces a Estados Unidos y a sus socios vas a tener problemas, o sea, presiones económicas. No podrás organizar unos juegos olímpicos. Tampoco el Banco Mundial te va a conceder un préstamo. Las multinacionales se irán del país…

El periódico califica al gobierno sueco de “radical”, de volver a los vicios diplomáticos de los años 80: “Algunos miembros del partido socialdemócrata miran la política exterior de Olof Palme durante los años 70 y 80 como un ideal. Este antiguo Primer Ministro sueco adoptó una política de [….] apoyo a los movimientos separatistas en los países en desarrollo. Fue asesinado en Estocolmo en 1986 y la muerte no se ha aclarado”.

Es lo que ocurre cuando los chantajes económicos no son suficientes. Entonces llegan los asesinatos y las amenazas de cometerlos. Hay que ser tan canalla como el “Washington Post” para recordar ahora ahora aquel asesinato. Pero mienten cuando tienen que dar el último detalle: el asesinato de Palme está absolutamente claro; lo mató la CIA precisamente por este tipo de decisiones “radicales”.

¿Son los refugiados una inversión rentable?

La semana pasada el diario alemán Bild Zeitung calculaba que Alemana podría recibir este año a un millón y medio de refugiados. Se basaba en un documento confidencial del gobierno federal que, de puertas afuera, habla de sólo 800.000 peticiones de asilo.

Merkel sigue siendo partidaria de la acogida de los refugiados porque Alemania es un país agotado demográficamente. Como en toda Europa, la población alemana envejece. Los países europeos presentan síntomas alarmantes de decrepitud. Son masas de jubilados necesitadas de una asistencia médica y personal permanente.

El capital necesita reponer su ejército industrial de reserva, fuerza de trabajo joven a la que poder explotar durante varias décadas. Pero los alemanes no quieren tener hijos. Un informe de la fundación Bertelsmann dice que la fuerza de trabajo se podría reducir de 43 millones de obreros hoy, a 29 millones en 2050 si no hay nuevas aportaciones de mano de obra externa, inmigraciones y llegadas de trabajadores foráneos.

Para mantener la maquinaria capitalista en marcha, Alemania necesita cada año medio millón de trabajadores emigrantes más. Según el Ministerio de Trabajo si la aportación fuera de sólo 200.000 trabajadores al año, la fuerza de trabajo disminuiría en casi tres millones en 2030.

No obstante, la acogida de esa masa de emigrantes requiere un dispositivo público de asistencia para el que no hay financiación en la actualidad. El ministro del Interior, Thomas de Maizière, ha hablado de la necesidad de encontrar un equilibrio entre las necesidades y las posibilidades.

Según el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung la acogida de un millón y medio de emigrantes costaría 10.000 millones de euros aproximadamente este año, lo que supone cuatro veces más que el desembolso del año pasado.

El gobierno alemán también echa números. Cada emigrante cuesta 13.000 euros al presupuesto público, contabilizando el albergue, la comida, la atención médica y unas migajas de dinero para que puedan ir tirando mientras se tramitan los papeles.

Uno de los desembolsos más importantes son los 500.000 euros que cuesta el adiestramiento del emigrante para que pueda aprender el idioma.

En Alemania nadie habla de los refugiados como de un drama humanitario. Es una inversión como cualquier otra. Pero, ¿será una inversión rentable? Para que ello sea posible, es decir, para obtener beneficios con la emigración y el asilo, es necesario abaratar los enormes costes sociales. A su vez, eso exige que las ONG acometan la tarea de una manera caritativa, es decir, en base a voluntarios que trabajen gratis para que el capitalismo funcione a pleno rendimiento. Máximo beneficio con el mínimo coste.

De regímenes y dietas

N. Bianchi

De no mucho tiempo a esta parte y en medios, webs, organizaciones y grupos de izquierda y alternativos, se escucha la expresión «el régimen del 78» para referirse, supongo, al que va de la Constitución española de ese año a nuestros días, esto es, que se establece una especie de «corte histórico» (y no sabemos si «epistemológico» a lo Althusser) con respecto al «régimen de Franco», es decir, que habría que hablar, como si de dos momentos históricos diferentes se tratasen, de un año, 1978, que divide y separa casi tajantemente la época de Franco de la actual que, se supone, es «democrática» con sus «imperfecciones», «déficits», etc., porque, ya se sabe, la democracia es, parece ser que dijo Churchill, furibundo anticomunista, «el menos malo de los sistemas», de los existentes en, por supuesto, el «mundo libre» y, claro está, «occidental». El otro mundo es de los «bárbaros» (exónimo peyorativo que los griegos aplicaban a quienes no hablaban su lengua, o sea, el griego, y, por tanto, eran «extranjeros» que «balbuceaban» -bárbaramente- otras lenguas… «bárbaras», como los escitas) que no conocen las bondades de las democracias plurales y representativas occidentales, pueblos a los que, a veces, hay que «exportarles» las delicias de la democracia a bombazo y ostia limpia.

A lo que voy que me lío. Para mí no ha habido un corte o ruptura (democrática) entre la muerte de Franco, vale decir, y lo que vino después, a saber: elecciones, libertades, Constitución, etc., es decir, la «democracia», si se quiere adjetivar, burguesa. Parece que nada más morirse el dictador advino milagrosamente la llamada democracia con, eso sí, una «Transición» por medio. Se acuesta uno una cosa y se despierta otra. No hubo un «antes» y un «después» pues una persona no define -aunque la personifique-una forma de Estado, sino una clase social.

Soy de los que opinan que aquí, en el Estado español no ha habido «ruptura» y, por lo tanto, no  sabe hablar del «régimen del 78», sino del «régimen del 36» cuando empezó la guerra civil que ganaron los fascistas hoy reconvertidos en «demócratas». De aquellos barros estos lodos, que se dice. Que no es exactamente lo mismo es algo que ya sabemos, no somos tan burros.

Escribo estas breves líneas hoy, 12 de octubre, Fiesta Nacional de España, Día del Pilar, de la Hispanidad, de las Fuerzas Armadas, antes de la Raza y de la madre que los parió. Pues bien, no hay forma de eludir y esquivar que el pueblo asocie esta «Fiesta» al régimen franquista, al fascismo vencedor, al patrioterismo de tres centavos (que diría Brecht) ¡¡después de 40 años de muerto Franco y ya con dos generaciones habidas!! Tan es así que el facherío tertuliano, que es la mayoría, y más en estos temas tan «patrióticos», se desgañita por convencer a la gente de que es un error «asociar el desfile militar a Franco», pero no lo consiguen y en su empeño por conseguirlo se delatan freudianamente hablando, pues ¿para qué convencer de algo año tras año que se supone que está claro y es papilla? ¿O es que no está tan claro y el hueso es difícil de roer por aquello de la memoria histórica y que si algo no hay es el olvido? Por no hablar de la impúdica exhibición militar insultante pensada siempre para ser usada contra el «enemigo interior», para acojonar al pueblo o a Catalunya… como en los mejores tiempos de Franco. Hablan de «Estados fallidos» por ahí fuera ¡¡y lo tienen delante de los morros!!

P. S. Todavía estoy esperando que algún «tertulisto» recuerde la anécdota de cuando le pillaron a Rajoy, hace unos años, no muchos, en «off-side» («orsay», que decían nuestros padres) y «off the record», diciendo (pensando que los micrófonos estaban cerrados) aquello de «joder, y mañana tengo que ir al COÑAZO (sic) del Desfile» (militar, por supuesto). Y es que lo que realmente se piensa sólo se puede decir en «off» y no en «on».

Buen día.

El fin del hombre rojo según Svetlana Alexievich

Svetlana Alexievich
Este año el Premio Nóbel de Literatura ha recaído en la escritora Svetlana Alexievich, nacida en Ucrania en 1948 pero con pasaporte bielorruso.

Creo que no es necesario insistir en que un Premio Nóbel es, más que nada, un descrédito para cualquiera, que tendrá que demostrar que, a pesar del galardón, sabe escribir sin faltas de ortografía. Si le hubieran dado el Premio de la Paz, tendría que demostrar que no ha desatado ninguna guerra.

Antes que nada y, sobre todo, antes que sus escritos, lo que hay que decir acerca de Alexievich es lo que nadie va a decir: sus vínculos con la Fundación Soros y el Club Pen, lo cual nos ahorra dar más explicaciones sobre eso que se llama “su posicionamiento” ideológico y político en relación a uno de sus libros: “El fin del hombre rojo”.

Al “hombre rojo” Alexievich lo llama también “Homo sovieticus” porque ella trata más de los soviéticos que de los soviets, lo cual es un punto de vista muy interesante acerca de la URSS. La caída de la URSS no sólo supuso el fin del socialismo (o de lo que quedaba de él) sino de un tipo de personas que existieron en aquella época y ya han desaparecido.

“El fin del hombre rojo” describe el fin de una civilización. Es una vasta encuesta, casi sociológica, de miles de personas que vivieron en la URSS y murieron con ella. ¿Cómo vivían los soviéticos?, ¿se enamoraban?, ¿con qué soñaban?, ¿qué les decepcionaba? En relación a aquel universo privado Alexievich dijo en una entrevista de hace tres años algo muy interesante:

“Era un mundo aparte, con su propia definición del bien y el mal, un mundo donde todo era diferente del oeste. Ponga Usted a discutir a dos personas de 60 años, una ex-soviética y otra occidental. Ellas constatarán que, tras su primer día de vida, sus existencia tienen pocas cosas en común, como si hubieran vivido en dos planetas. Su alimentación, sus temas de conversación, las películas y los libros que les han chocado, sus vacaciones, su habitat, sus héroes, su visión de la carrera profesional y de las relaciones humanas, todo era diferente. En la escuela no les enseñaban las mismas cosas. De hecho, para lo bueno y para lo malo, los comunistas lograron crear un hombre particular, el ‘Homo sovieticus’ con una cultura, una moral y costumbres muy diferentes de los de los occidentales. Si se olvida esto, uno no entiende nada de la Rusia actual”.

Luego la escritora afirma de que en la URSS “casi todo el mundo vivía igual” y hablar de dinero era considerado “indecente”. Por el contrario, los soviéticos hablaban de literatura durante horas, algo que en España, la patria de Cervantes, ignoran por completo.

Los valores que las escuelas inculcaban a los niños soviéticos eran de tipo colectivo, algo por lo que merecía la pena que cada uno de ellos se sacrificara, es decir, pusiera lo individual al servicio de lo social. La URSS enseñaba la importancia de los valores y esos valores eran, además, positivos, lo que tiene que chocar en un mundo que carece de ellos, es decir, de cualquier clase de valores ni principios porque se trata de crear una sociedad completamente amoral.

“Hoy mucha gente vive peor que bajo el poder soviético. Si uno no tiene dinero no puede conseguir que sus hijos estudien, ni tener atención médica. Antes todo eso era posible gratuitamente”, añadía Alexievich en la entrevista.

La URSS, que en otros tiempos fue una gran potencia, “vive de las rentas actualmente”,
dice Alexievich en sus entrevistas. Sin embargo, nadie puede vivir
siempre de las rentas porque tarde o temprano se acaban agotando.

En Rusia “a nadie le gusta la sociedad de hoy”, por lo que “hay una nostalgia muy fuerte por la época soviética, incluso entre los jóvenes que leen de nuevo a Marx y hablan de revolución”, decía la escritora espantada. Pero es lógico, como ella misma explicaba, porque “en la sociedad rusa actual quien hace la ley es el robo y el dinero”. ¿Cómo no sentir la necesidad de rebelarse ante algo así?, ¿cómo no buscar en el pasado las soluciones para el futuro?

Evidentemente una contrarrevolucionaria como Alexievich no hacía apología gratuita de la URSS sino para abalanzarse contra Putin, que es su paranoia personal. Al fin y al cabo la URSS es el pasado y Rusia es el presente. A pesar de haber ganado las elecciones en las que ha participado, a Putin lo califica como un dictador y algo peor: un autócrata. El Huffington Post presentaba así su entrevista con Alexievich en Minsk: “Putin no tiene nada que envidiar a los dictadores que se sucedieron a la cabeza de la URSS”.

Si Putin es un dictador, ¿de dónde procede su enorme popularidad? La admiración de los rusos por los dictadores, desde Lenin hasta Putin, ¿tiene una explicación patológica? Según Alexievich, “para el pueblo ruso Putin encarna una voluntad de renovación”, por lo que vuelve la nostalgia por el pasado: Putin “encarna nuestra grandeza desaparecida”, dijo Alexievich al diario francés Le Figaro.

Este ridículo lenguaje intelectualoide genera muchas dudas: lo que hoy quieren recuperar los rusos, ¿es realmente la grandeza?, ¿la grandeza de quién?, ¿no será que quieren recuperar el socialismo? Dicho en otras palabras: lo que hizo grande a la URSS, ¿no fue el socialismo?

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