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Mes: octubre 2014 (página 2 de 4)

Un nuevo grupo guerrillero hostiga al Califato Islámico en Siria

Se ha dado el nombre de «Sudario Blanco» y ha desencadenado una guerra de guerrillas contra el Califato Islámico, especialmente en el este de Siria, utilizando los mismos métodos de acción que los fundamentalistas.

El grupo se compone de 300 militantes jóvenes y está dirigido por Aboud Aboud, quien ha manifestado que sus objetivos no son de tipo político sino que pretenden devolver golpe por golpe al Califato Islámico.

Se han dado a conocer con el lanzamiento de un ataque sorpresa contra Deir Ezzour, el principal bastión del Califato Islámico en el este de Siria. El grupo tiene su base de apoyo en Abu Kamal, una localidad cercana a la frontera con Irak y se ha especializado en fulgurantes ataques nocturnos llevados a cabo por pequeños destacamentos guerrilleros.

Según su portavoz Alí Al Kamali, actúan de manera coordinadada con otros grupos que también combaten al Califato Islámico y hasta la fecha han ejecutado a 100 milicianos de la organización fundamentalista.

«Sudario Blanco»
no es la única organización que actúa de esa forma contra las posiciones del Califato. También se conocen a otros grupos como el «Batallón de los Ángeles de la Muerte» y «Espectro» especializados en la caza implacable de los fundamentalistas.

La perfecta ejecución de las acciones ha desatado la sospecha de que los componentes de estas organizaciones han sido adiestrados por los servicios de inteligencia del gobierno sirio, si bien Offiziere, por el contrario, les relaciona con la oposición (*).

(*) Shadowy Terror Group ‘White Shroud’ Hits Back at ISIS, 31 de julio de 2014, http://www.offiziere.ch/?p=17419

La ingeniería genética multiplica la imbecilidad

Juan Manuel Olarieta

Sin mencionar la fuente originaria, el Insurgente inserta una «información» de Rusia Today según la cual un «científico» llamado Stephen Hsu asegura que la ingeniería genética podría multiplicar la inteligencia. El artículo es una buena síntesis de todas y cada una de las imbecilidades que desde 1900 rodean a la genética, la primera de las cuales es suponer que existe algo así como una «ingeniería genética», otro término que a base de repetirlo acabará incorporándose al diccionario.

No existirá nunca ningún tipo de «ingeniería genética» por un motivo que el materialismo vulgar, tan presente en la genética, no acaba de asimilar: los cambios en los seres vivos no son de tipo mecánico, es decir, no se rigen por las leyes de la mecánica, ni tampoco de la física, sino fundamentalmente por leyes biológicas que son características y propias de ellos. El genoma no se compone de genes intercambiables que se quitan y se ponen como las ruedas de un coche.

Dicho de otra manera: las formas superiores de movimiento de la materia, en este caso, de los seres vivos, no se pueden reducir a las inferiores, como son las mecánicas, aunque estén presentes. Todas las taras de la genética del siglo pasado se pueden resumir en ese empeño reduccionista absurdo.

Lo mismo cabe decir de la inteligencia, que acusa ese mismo reduccionismo. Hace muchos años que las (seudo)ciencias se esfuerzan por reducir una facultad humana, como es la inteligencia, a alguno de sus componentes más simples. Es típico del pensamiento anglosajón positivista que alude a la inteligencia como «mind», lo que se ha colado al castellano con la horrorosa traducción de «mente». Por eso miden la inteligencia por el tamaño del cerebro al más puro estilo del materialismo vulgar de mediados del siglo XIX, tan criticado por Marx y Engels, que sostenía que el cerebro segregaba pensamientos lo mismo que el riñón segrega orina.

El concepto positivista de «mente» conduce la inteligencia al terreno subjetivo: una persona es inteligente lo mismo que es zurda o tiene el pelo rubio. Entonces la inteligencia (o la falta de ella) forma parte de la identidad de cada ser humano. Es un factor de invidualización y diferenciación que, como cualquier otro, también es consecuencia de los genes, al estilo del nefasto artículo de Rusia Today. Uno o varios genes determinados producen humanos inteligentes y otros los producen imbéciles. Su cambiamos unos por otros, como cambiamos de zapatos, entonces obtendremos personas más (o menos) inteligentes.

En este tipo de seudociencia concurre, finalmente, otro rasgo característico del positivismo anglosajón, según el cual sólo hay verdadera ciencia cuando se puede medir, por lo que para estudiar científicamente la inteligencia hay que medirla, es decir, hay que reducir sus aspectos cualitativos a su dimensión cuantitativa. Entonces aparece ese fraude de medición al que la estúpida sicología de las facultades universitarias llama «cociente de inteligencia».

Cada uno de los eslabones de ese tipo de argumentos es falsa. La inteligencia es una facultad humana compleja que no se reduce a sus rasgos síquicos individuales, ni tampoco a su aspecto cuantitativo. Por ejemplo, muchas exposiciones de la teoría de la evolución toman el volumen del cerebro como un índice del desarrollo de los precursores del ser humano. A mayor volumen craneal, más inteligencia y, por lo tanto, más humano o más cercano al hombre.

Es más, durante décadas la ciencia ha soportado a numerosos imbélices titulados (catedráticos, profesores, maestros) que durante décadas trataron de demostrar que la mujer era un ser inferior al hombre porque el tamaño de su cerebro era menor. Por lo tanto, las mujeres son menos inteligentes que los hombres. Casi no tienen cabeza. Ni luces.

Estas concepciones ideológicas proceden de la burguesía del siglo XVIII, que reduce el ser humano a su inteligencia (animal racional, «Homo sapiens»). Lo propio del humano es la inteligencia. De ahí que la revolución burguesa estuviera presidida por la Ilustración, por el conocimiento, que es un ejercicio de eso que llaman «la razón» y que sobrevalora «las luces», algo que el artículo deja bastante claro: el superhombre tiene que ser alguien superinteligente. Lo que hace avanzar a la humanidad es la inteligencia, la ciencia o los conocimientos. Ya sólo nos falta que nos digan qué es lo que hace avanzar al conocimiento científico. ¿O acaso avanza sólo, por su propio impulso?

El ser humano no es sólo inteligencia, por importante que ésta sea, y la inteligencia no es sólo una facultad síquica, individual, sino social, y por eso está relacionada con el lenguaje, como dijeron Marx y Engels. La inteligencia deriva la capacidad humana de relacionarse mutuamente a través del lenguaje, la comunicación y el intercambio de los seres humanos unos con otros. La inteligencia es social porque es dialéctica y se expresa como tal, dialécticamente, en actos colectivos tales como reuniones, debates, coloquios y polémicas de unos seres humanos con otros.

Si entendemos que la inteligencia es la capacidad para acumular y coordinar conocimientos, de ella podemos decir lo que Leibniz decía de la lógica: que es el arte de debatir. En palabras de Marx y Engels: es el dinero del espíritu. Lo mismo que el dinero sirve para el intercambio de mercancías, la inteligencia sirve para el intercambio de información, de conocimientos.

Del afán reaccionario que obsesiona a determinados científicos desde el siglo XIX por crear superhombres, no quiero ni hablar… de momento. Pero no puedo resistir la tentación de decir que en realidad no tratan de crear superhombres sino superbobos. Para lograrlo no hace falta cambiar de genes; basta pasar el rato mirando la televisión. ¿No queda claro que lo que pretenden es crear superidiotas?

Sobre desobediencia civil

Nicolás Bianchi

La voz «desobediencia civil» se asocia al transcendentalista norteamericano decimonónico Henry David Thoreau. Por el mero hecho de propugnar la desobediencia civil, Thoreau ya, de entrada, nos cae bien -por lo menos a la gente de izquierdas-, simpático, ¿no es verdad? Pero ha transcurrido mucho tiempo y no en balde.

Thoreau, como R. W. Emerson y, más atrás, Thomas Jefferson eran, antes de la Guerra de Secesión, fundamentalmente antiurbanos y enemigos de la ciudad como corpus, entramado y cañamazo tipo Boston, Nueva York y, sobre todo, Filadelfia. Es comprensible su actitud en aquel contexto. Las crecientes ciudades del Este americano se llevaban las tortas de la intelectualidad norteamericana por los vicios que engendraban las ciudades… europeas. Unas urbes europeas (Liverpool, sobre todo) bullentes y bulliciosas (como después lo sería San Francisco, ya al Oeste) en plena expansión y desarrollo gracias a un capitalismo comercial y premonopólico que, como contrapartida, generaba también parias y desheredados: vagabundos, prostitutas, borrachos, rateros, lumpen… Esto es lo que -espíritus nobles como lo eran- les horrorizaba a Thoreau y demás. Creían que la ciudad norteamericana iba a reproducir los males y lacras que segregaba la muy poco romántica ciudad europea. Pero ello sin llegar a criticar, porque no podía ser de otra forma, el capitalismo.

La principal obra de Thoreau, «Walden o la vida en los bosques», es una biblia de antiurbanismo pero también es una diatriba contra la vida de la aldea y de la granja. Los valores que se defienden son los del individuo aislado, que vive en la naturaleza y exento de toda atadura social, como un Jeremiah Johnson, la película de Sidney Pollack protagonizada en 1972 por Robert Redford. «¡Sencillez, sencillez, sencillez!», preconiza Thoreau. Quien anhelara irse a los bosques camino de Oregón -Thoreau- no sólo sentía antipatía hacia la ciudad sino hacia la misma civilización, sin quen eso lo convirtiera, conviene precisar, en un socialista utópico (como los integrantes de la Brook Farm) pero tampoco en un añorante de la época feudal o un furibundo nativista.

Thoreau «passaba» de todo y de todos: de ahí que Henry James (hijo) le describiera como un «personaje selvático».

Un científico ruso anuncia el comienzo de una era glacial

En una entrevista publicada el 19 de setiembre por Ria Novosti (1), el astrofísico ruso Habibullo Abdusamatov aseguraba que en breve comenzará en el hemisferio norte una nueva Pequeña Edad de Hielo y que los primeros efectos de este ciclo frío se comenzarán a notar a partir de este mismo invierno.

Según Abdusamatov, el factor predominante que influye sobre el clima de la Tierra es la actividad solar, que sigue una fluctuación cíclica. En la entrevista sostiene que el ciclo anterior de calentamiento del planeta ha terminado a causa de la reducción de la radiación solar, lo que se transformará en su contrario, un enfriamiento generalizado del clima al que llama “Pequeña Edad de Hielo” que se iniciará en el mes de diciembre.

Los estudios de la alternancia de los períodos de actividad magnética del Sol conducen a pronosticar que el pico de esta nueva Edad de Hielo se producirá alrededor del 2060: “Desde hace más de 17 años la temperatura global no está creciendo, y se está estabilizando. No hay calentamiento desde 1997. La energía de la radiación solar disminuye constantemente desde 1990 y ahora sigue haciéndolo rápidamente. Desde 1990, el sol no calienta la Tierra como antes”.

Abdusamatov reconoce que no puede asegurar con exactitud cuánto disminuirá la temperatura, pero toma como referencia a la Pequeña Edad de Hielo, cuando en la primera mitad del siglo XIX el Támesis, el Sena y otros ríos europeos se congelaban: “Hoy el Támesis fluye durante todo el año, pero en el futuro estará congelado por lo menos durante un par de meses”.

La nueva Edad de Hielo provocará un descenso de un grado y medio de la temperatura, pronostica el científico: “La temperatura media en todo el mundo caerá cerca de un grado y medio cuando empiece la fase de enfriamiento profundo de la Pequeña Edad de Hielo. Se espera aproximadamente entre 2050 y 2070”.

La fase más cruda de frío durará entre 45 y 65 años. Aunque no tendrá las consecuencias que tuvieron las invasiones de hielo en las  eras geológicas anteriores que duraron varios miles de años, la humanidad debe prepararse de antemano para compensar la influencia del enfriamiento en la industria, la agricultura y otros aspectos. Supondrá un retorno a los tiempos prehistóricos glaciales, el último de los cuales apareció hace 80.000 años, en la era Cuaternaria o Pleistoceno.

Durante esa glaciación, en Europa el hielo cubrió la mayor parte de la isla de Gran Bretaña, el norte de Alemania y Polonia y en norteamérica sepultó el territorio de Canadá y la zona de los grandes lagos, en la frontera con Estados Unidos.

Los datos de la Agencia Espacial Europea publicados en diciembre del pasado año (2) apuntan en la línea defendida por Abdusamatov: en contra de las previsiones, la capa del hielo en el Ártico no sólo no ha desaparecido sino que se ha expandido, es más gruesa y más consistente que la media.

La Agencia Europea ha efectuado estas mediciones gracias al satélite CryoSat, que se lanzó en 2010 y que, pese a haber sufrido algunos problemas técnicos el año pasado, ha permitido conocer con exactitud el volumen y el grosor del hielo del Ártico.

La capa de hielo actual es unos 30 centímetros más gruesa que en 2012. Alrededor del 90 por ciento del aumento del volumen de hielo el año pasado se debió al incremento de la cantidad de hielo que ha aguantado más de un verano sin derretirse y solo un 10 por ciento es gracias a la formación de nuevas capas heladas. “No esperábamos que el aumento de la superficie de hielo que ha resistido al verano se reflejara en el volumen, pero así ha sido”, dijo la responsable del estudio, Rachel Tilling.

Últimamente abundan las informaciones sobre el crecimiento del hielo en el Ártico. Un invierno gélido ha dejado 1.580.500 kilómetros cuadrados más de hielo que el año pasado: un aumento del 29 por ciento, un área tres veces el tamaño de España.

En 2009 el director ejecutivo de Greenpeace, Gerd Leipold, tuvo que reconocer a la BBC (3) que erró al predecir que el hielo en el Ártico se derretiría en 2030. Quien no rectificó fue la propia BBC, cuyo pronóstico era que el Ártico se quedaría sin hielo en el verano de 2013.

Está ocurriendo todo lo contrario. No obstante, el hielo en el Ártico se recupera a partir del mínimo alcanzado en 2007.

(1) Ria Novosti, 19 de setiembre, http://ria.ru/interview/20140919/1024726102.html
(2) http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-2738653/Stunning-satellite-images-summer-ice-cap-thicker-covers-1-7million-square-kilometres-MORE-2-years-ago-despite-Al-Gore-s-prediction-ICE-FREE-now.html
(3) http://news.bbc.co.uk/2/hi/programmes/hardtalk/8184392.stm

El Califato Islámico inicia la retirada de Kobani

Según ha anunciado el canal de la televisión libanesa Al-Mayadine, que cita fuentes de las milicias kurdas, el viernes los terroristas del Califato Islámico iniciaron la retirada de la ciudad de Kobani después de intensos combates. Según esas mismas fuentes, los terroristas se han refugiado en los pueblos vecinos.
Los kurdos de Kobani han publicado imágenes que muestran los cadáveres de los terroristas del Califato Islámico, mientras que a su vez la cadena Al-Mayadine difundía las manifestaciones de júbilo por las calles de Kobani.
Walat Dervich, un alto responsable kurdo de Kobani, ha confiado a la cadena Al-Mayadine que los enfrentamientos, que habían llegado a los tres ejes principales de la ciudad, se habían transladado a la parte exterior de Kobani. «Todos los intentos de los terroristas para apoderarse de Kobani han fallado», ha añadido. «Incapaces de infiltrarse en la ciudad, los terroristas están lanzando ataques con mortero», dijo Walat Dervich, asegurando que después de cinco días el equilibrio de poder ha cambiado, porque las fuerzas kurdas, que hasta este momento estaban a la defensiva, ahora han pasado a la ofensiva.
Unos días antes el Observatorio Sirio de Derechos Humanos anticipó la retirada de los fundamentalistas como consecuencia de las elevadas pérdidas que han padecido ambos bandos. El Observatorio, que se opone al gobierno de Damasco y tiene su sede en Londres, cifra en 550 los muertos desde el inicio de la ofensiva a mediados de setiembre, aunque reconoce que el número se podía llegar a duplicar.
Con tanques T-57 el Califato Islámico llegó a apoderarse en el centro de la ciudad de la Plaza de la Libertad, lo que transformó la guerra en un enfrentamiento callejero. Pero no pudo mantener sus posiciones y algunas fuentes hablan de «desbandada».
No obstante, la agencia Reuters ha detectado hoy bombardeos del Califato sobre las posiciones kurdas, así como el lanzamiento de 28 misiles y choques esporádicos entre ambos contendientes, especialmente en los barrios del este y sur de la ciudad, junto al hospital.
La victoria kurda ha supuesto una sorpresa inesperada para los imperialistas. El miércoles el portavoz del Pentágono, James Kirby, pronosticó que Kobani «podía caer» en manos del Califato Islámico y se mostraba «muy pesimista» sobre las posibilidades de defensa de las fuerzas kurdas.

Charlamentarismo

Nicolás Bianchi

Con ese término definía Miguel de Unamuno en un artículo titulado «Sobre el marasmo actual de España» el seudoparlamentarismo de la Restauración borbónica (antes de la II República). No está mal charlar y paliquear en… las tabernas, y muy profundas cosas se oyen a veces. En los parlamentos raras veces se refleja la lucha de clases. En el español en absoluto salvo la época de la II República, cuando Gil-Robles quiso instaurar el fascismo por «vía parlamentaria» (ahora no hace falta ni eso) y, al no poder, vino la guerra civil y una sublevación militar-fascista que no se levantó contra la República, sino contra la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936. De aquella guerra y de sus ganadores y sus barros vienen estos lodos charlamentaristas. El Parlamento español no refleja nada y menos la realidad como cuando ocurrió, por ejemplo, en la huelga general ya de por sí desteñida y «light» habida en 1988, se encaparozonó en sí mismo, aislado, y legislaba ajeno a lo que pasaba ahí fuera al más puro estilo bizantino.

«¡Libertad! Bien entendida, ¡hermosa palabra…! Un pueblo jamás se hace maduro ni prudente, siempre es niño», dice el Duque de Alba en el «Egmont» de Goethe. ¡Libertad bien entendida! dice Unamuno de coña. Y para hacerla entender, ¡palo y tentetieso!, otrosí: te haré libre a ostia limpia.

Eso hacen el PP y el PSOE, que no son partidos sino aparatos del Estado, la «casta», que dirían los penúltimos invitados -Podemos- al festín estatal del rico Epulón a ver qué migas caen. No hay más programa para esta «casta» que la razón de Estado, la Constitución taumatúrgica e hipnótica como camisa de fuerza, los Estatutos sin viagra y la unidad de destino en lo universal. Estos son los embelesos de los «demócratas» ordeñadores de pueblos, de los que hacen del pueblo rebaño, grey. Y todo ello quintaesenciado por la inmarcesible ley del honor (español): «procure siempre acertarla/el honrado y principal/pero si la acierta mal/defenderla, y no enmendarla».

Al-Qaeda agarra la sartén por el mango en Libia

Juan Manuel Olarieta

Tras la intervención imperialista y el asesinato de Gadafi en 2011, decir que en Libia se impuso el caos es una redundancia que, por lo demás, no dice nada: ¿qué es el caos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que cuando emerge, cualquier remedio es mejor. Por lo tanto se puede decir que el caos es aquello que hace bueno a quien venga después, a quien acabe con él. Pues en Libia eso es Abdelhakim Belhadj, al que los imperialistas pusieron de comandante militar de Trípoli durante la agresión.

Belhadj no es el caos, como habíamos creído, sino quien va a acabar con el caos. Además, es el cabecilla del partido Al-Watan (La Nación) a través del cual dirige la coalición Fajr Libya (Amanecer de Libia), compuesta por las milicias fundamentalistas de Misrata y Trípoli que en agosto acabaron con los grupos armados en Zintan, una ciudad situada a unos 160 kilómetros al sur de Trípoli que es clave para el control del aeropuerto.

Esta victoria militar ha puesto a Belhadj en el centro del tablero de ajedrez. Ya sabeis: el poder nace de la punta del fusil, o algo así decía Mao. Tras su hazaña ha saltado de los tiroteos callejeros al universo de la alta diplomacia. Ha viajado a Argel y París y también se ha entrevistado con el enviado especial de la ONU, Bernardino León.

En plena guerra civil la agencia rusa de noticias Ria Novosti ya denunció que la continua aparición de Belhadj en el canal de televisión Al-Jasira (que pertenece a Qatar, uno de los países implicados en el ataque a Libia junto con Estados Unidos, Francia, Inglaterra) presagiaba su papel clave en la Libia del mañana (*).

Acertaron de pleno. A finales de setiembre de este año Belhadj se entrevistó en Pretoria, Sudáfrica, con Jacob Zuma, que preside el comité de la Unión Africana creado especialmente para tratar la crisis de Libia, confirmándole que si bien había roto sus vínculos con Qatar por atizar la guerra civil en el país, los mantenía con el primer ministro turco Erdogán.

Además de furibundo antiislamista, Zuma siempre fue un valedor de Gadafi. Pero Belhadj le dijo lo que quería escuchar: le habló de reconciliación nacional, de incluir en ella a todos los libios sin distinciones, de perdonar a sus enemigos y, sobre todo, de poner fin al caos.

No hay nada como escuchar lo que uno quiere oir y Zuma salió de la reunión diciendo a los periodistas que Belhadj no era nada de lo que todos creíamos, sino que tenía talla de Jefe de Estado.

¿Qué es lo que hasta entonces creíamos de Belhadj? Pues que era uno de tantos terroristas de manual incubados por la CIA en las montañas de Afganistán, donde combatió a los infieles soviéticos al lado de los talibanes y de Al-Qaeda.

Precisamente por su pertenencia a Al-Qaeda, Francia siempre le denegó el visado de entrada, hasta que, por fin, las cosas se han aclarado: en Libia es posible que los terroristas de antes sean los gobernantes de ahora, así que hace unos pocos meses París invitó al viejo terrorista para ser entrevistado por una cadena de televisión y pronunciar una conferencia que, dicho sea de paso, fue reventada por los partidarios de Gadafi.

En 1992, después de que los talibanes masacraran Kabul, Belhadj se trasladó a Libia para hacer contra Gadafi lo que la CIA le había enseñado. Creó el Grupo de Lucha Islámica para combatir al gobierno, al servicio de los mismos, o sea, del imperialismo. Las Fuerzas Especiales de Estados Unidos entrenaron en secreto durante dos meses a sus milicianos, que lograron capturar Trípoli después de sangrientos combates.

Siempre creimos que Belhadj es uno de tantos peones, carne de cañón, una sospecha que se confirmó cuando las tornas cambiaron tras la voladura de las Torres Gemelas en 2001, momento en el cual Gadafi se arrodilló ante los imperialistas y, a cambio, estos pusieron al Grupo de Lucha Islámica en su listado de organizaciones terroristas, lo cual dejaba las cosas bien claras: eran ellos, los imperialistas, quienes habían estado entrenando a los terroristas. Toda una confesión de culpabilidad.

La carne de cañón, como Belhadj, es la mejor para hacer picadillo y los imperalistas lo aprovechan para cocinar sus guisos: tras el 11-S le sirvieron en bandeja a Gadafi al que hasta entonces había sido un fiel y devoto peón. En 2004 Belhadj fue detenido en el aeropuerto de Kuala Lumpur, Malasia, desde donde fue trasladado a Bangkok, Tailandia, donde estuvo retenido en una prisión secreta que tenía la CIA en el mismo aeropuerto.

Los imperialistas aún cometieron contra él una traición más repugnante, la tercera, cuando le entregaron atado de pies y manos en Libia. Se lo sirvieron en bandeja a Gadafi y permaneció siete años en la cárcel de Abu Salim, hasta que en 2010 fue amnistiado a cambio de renunciar al terrorismo.

En la cárcel de Abu Salim Belhadj fue interrogado por la policía española, que le acusa de ser el instigador del atentado contra los trenes de Atocha el 11 de marzo de 2004. Días antes de las voladuras “El Tunecino”, cabecilla de la célula del 11-M le llamó por teléfono. A su vez Belhadj también llamó a España dos meses antes del atentado. Su interlocutor fue Mohd Othman, un jordano que era socio de “El Tunecino”.

Quizá sea ahora el mejor momento para que la Audiencia Nacional emita una orden internacional de busca y captura. ¿O también le van a dar un visado, como Francia, para que venga aquí a pronunciar una conferencia al más alto nivel?

(*) Ex-líder de un grupo islamista fanático fundamentalista a la cabeza de los ‘rebeldes’ libios, 28 de agosto de 2011, http://www.voltairenet.org/article171236.html

Todos los caminos conducen… ¿a Roma o al fascismo?

La semana pasada el juez antiterrorista francés Marc Trévidic se trasladó a Argel para investigar la decapitación de siete monjes trapenses en 1996, una atrocidad que hasta hace bien poco los medios de intoxicación imputaban a los islamistas del GIA argelino. Es un asunto macabro que abrió la veda islamofóbica en Francia: los islamistas asesinan a los cristianos con sus conocidos y bárbaros procedimientos. Como en el imperio romano, el martirio continúa.

El juez Trévidic reabrió un asunto que su predecesor, el vichysta Bruguière, había tenido enterrado en uno de los muchos cajones de su despacho, hasta que en 2009 el general François Buchwalter, antiguo agregado militar en Argel y miembro del espionaje, declaró ante el juez que el degollamiento no fue obra de los islamistas sino del ejército argelino.

Los siete religiosos fueron secuestrados por el GIA, que pretendía canjearlos por presos pertenecientes a su organización. El cautiverio se prolongó durante dos meses, hasta que en el curso de un rastreo del ejército argelino, los helicópteros localizaron un campamento del GIA, lo ametrallaron, matando a todos, tanto a los islamistas como a los cristianos.

Al comprobar sobre el terreno los “daños colaterales” hicieron la puesta en escena macabra de la decapitación, de manera que sólo aparecieron sus cabezas abandonadas en un camino.

No cabían ninguna clase de dudas: aquello sólo podía ser obra de unos fanáticos religiosos opuestos a religión de las víctimas. Para sostener el fraude el gobierno argelino hizo desaparecer los cuerpos y, con ellos, desapareció la manera en la que habían fallecido.

En el relato completo de los hechos hay, sin embargo, una parte del fraude que corresponde al gobierno francés que, a través del general, conocía la versión exacta de los hechos porque -según contó al juez- él personalmente informó de ello por escrito al Ministerio de Defensa, al Estado Mayor del ejército y al embajador. Pero en los gobiernos europeos -como en la mafia- impera la ley del silencio.

En cualquier mafia un asesinato se tapa con otro y dos meses después del asesinato de los trapenses se produjo el asesinato de Claverie, el obispo de Orán, seguramente silenciado porque sabía la verdad de lo sucedido. Como en el siglo XVII, parecía haber estallado una nueva guerra de religiones.

Otro al que hubo que silenciar fue el canadiense Armand Veilleux, actual abad del monasterio de Scourmont, en Bélgica, que fue enviado a Argel por los cistercienses para informarse de lo sucedido. Para poder ver los cadáveres tuvo que protestar enérgicamente y se se encontró sólo con sus cabezas. El embajador le permitió abrir los féretros a cambio de que guardara silencio… Siempre el silencio.

Así son las cosas. Un poder sólo se resigna ante otro poder y, en este caso, el Estado francés sólo descargó su mala conciencia con el abad Veilleux. De no ser por él nadie hubiera sospechado nunca que aquellos féretros no contenían los cadáveres íntegros sino únicamente las cabezas.

Desde 1996 el asesinato de los monjes es un tema recurrente en los medios franceses. Sobre el asunto en 2010 se estrenó la película “Des hommes et des dieux” (Hombres y dioses) que fue premiada en Cannes. También la cadena Canal+ ha rodado un documental. No cabe duda de que en Francia es un tema tan candente como mal planteado, ya que ahora los medios se refieren a ello como si se tratara de un asunto “interno” del gobierno argelino. Los imperialistas franceses se lavan las manos.

Pero es indudable que el crimen macabro ni es sólo responsabilidad de Argelia ni tampoco tiene ningún carácter religioso sino que replantea por enésima vez -y de una manera dramática- las relaciones entre cierto tipo de organizaciones fundamentalistas y el imperialismo, en este caso el imperialismo francés. En el caso de Al-Qaeda es el imperialismo estadounidense. El asunto no cambia; lo que cambia es el escenario, que se desplaza de la costa atlántica de África a las profundidades de Asia central.

No obstante, es verdad que en este caso también cambia la presencia del Vaticano, al que le interesa imputar el crimen al “islamismo”, por lo que ha guardado silencio (otro silencio) sobre la matanza. Nadie habla de los miembros del GIA que fueron ametrallados y murieron junto con los monjes católicos. Si aquí hay un conflicto religioso el asunto se deberá plantear -en todo caso- al revés: no es una matanza imputable a los fundamentalistas sino dirigida contra ellos. Los islamistas son las víctimas, no los verdugos.

Pero una vez más la intoxicación mediática le ha dado la vuelta a la tortilla. Según el capitán argelino Abdelkader Tigha, la puesta en escena del asesinato de los monjes pretendía conducir a la cristiandad a condenar definitivamente el islamismo, es decir, a poner a los cristianos de todo el mundo a sostener las políticas imperialistas en Oriente Medio y el norte de África, o dicho de otra manera, de llevar adelante la política imperialista en nombre del cristianismo, lo mismo que en la época de las Cruzadas.

No fue el único montaje publicitario sino uno más de la cadena. Otro consistió en una carta remitida en 1995 a la embajada francesa en Argel en la que, además de revindicar un atentado en París, el GIA instaba a Chirac, Presidente de la República, a convertirse al Islam.

Hoy en Francia los fascistas del Frente Nacional hacen de la lucha contra los musulmanes su particular caballo de batalla. Pero no tiene mucho sentido votar a un partido para que haga algo que el propio Estado ya está llevando a cabo. Por ejemplo, en nombre de la laicidad llevar velo ya está prohibido para los musulmanes. Como en el resto de Europa, también en Francia todos los caminos conducen… ¿a Roma o al fascismo?

La expulsión de los bakuninistas

150 años de la fundación de la Primera Internacional (y 13)

No puede pasar desapercibido el crítico momento elegido por los bakuninistas para atacar a la Internacional. Todos los gobiernos europeos, asustados por la revolución comunera de París, habían hecho causa común. Se abrió el momento de la persecuciones contra todo lo que tuviera el más mínimo sesgo proletario y, en primer lugar, a la Internacional, convertida en cabeza de turco. Como escribió Engels:

«Precisamente en este momento en el que todas las fuerzas de la vieja sociedad se han unido para desorganizar la Internacional por medio de la violencia; en el que la unidad y la cohesión son más necesarias que nunca; precisamente en este momento, un grupo pequeño -y que según propia confesión disminuye de día en día- de miembros de la Internacional en un rincón de Suiza ha considerado necesario lanzar a la luz pública una circular para sembrar la discordia entre los miembros de la Asociación».

Plantear en una situación tan delicada una «guerra abierta» -otra más- a la Internacional era ponerse de parte de la burguesía, hacer el juego a la reacción.

Esa «guerra abierta» de los bakuninistas contra la Internacional pronto se hizo sentir en España. Dos hechos la promovieron: la llegada de Lafargue a España y la prohibición de la Internacional.

Tras el aplastamiento de la Comuna de París, en enero de 1872, el gobierno prohibió la Internacional y la dirección de la sección española planteó correctamente su reorganización clandestina para continuar la lucha, dirigiéndose a los afiliados en los siguientes términos:

«Si después de todos nuestros esfuerzos para conseguir nuestra emancipación por las vías pacíficas se nos cierran la puertas de la legalidad, sabremos cumplir con nuestro deber; que cuando toda la clase obrera se ve privada del derecho de asociación, que es como el centro de gravedad, no le queda otro recuso que el triste y funesto de la revolución armada«.

Esta posición era absolutamente justa pero, desde Suiza, Bakunin ordenó otra cosa porque tras la clandestinidad veía el fantasma del Consejo General y de Marx. Textualmente la Alianza dijo que los pequeños grupos clandestinos eran más difíciles de manipular y lejos de someterse a la Alianza, sería la Alianza la que acabaría sometida a ellos. Una vez más se demostraba que la batalla ideológica contra los anarquistas en la Internacional no era más que un problema de línea y de dirección política y que los bakuninistas estaban dispuestos a todo con tal de que nada ni nadie se les escapara de las manos. Su antiautoritarismo, su hipócrita crítica al Consejo General de Londres, no podía ser más falaz. Lo que se estaba poniendo una vez más al descubierto es que ellos nunca pretendieron luchar contra el dirigismo, sino dirigir ellos.

El otro hecho. Con tres años de retraso respecto a Fanelli, tras la Comuna de París llegó a España Pablo Lafargue, internacionalista y yerno de Marx. Fue detenido por la Guardia Civil al presentarse en la frontera, aunque le pusieron en libertad. De nacionalidad francesa, Lafargue había nacido en Cuba y hablaba castellano. Su sorpresa debió ser mayúscula cuando comprobó hasta dónde eran capaces de llegar los bakuninistas y se puso a la tarea de impedir sus manejos reuniéndose con Mesa, Iglesias y otros, hasta un total de nueve internacionalistas en Madrid. Esto, unido a que por aquellas mismas fechas Engels contacta con Mora, es lo que desata las suspicacias de Bakunin.

La nueva situación se pone de relieve en el giro que experimenta el periódico «La Emancipación» que estaba bajo la influencia de algunos de los nueve amigos de Lafargue. Este periódico se dirige al Partido Federal, un partido republicano burgués, pidiéndole que se defina sobre su actitud con respecto a la Internacional, prohibida por el gobierno. Esta anécdota sirve de excusa para expulsar a los nueve internacionalistas que estaban al tanto de las manipulaciones bakuninistas. El hecho es significativo:

– pone de manifiesto el verdadero carácter de los que alardeaban de antiautoritarios y adoptaban medidas disciplinarias extremas

– la carta, si bien contrariaba a la Alianza, expresaba de manera fiel la línea de la Internacional, por lo que la expulsión era irregular

– la Internacional en España se había convertido en una sucursal de la Alianza, sin ninguna relación con las demás secciones regionales

Lafargue asiste a la reunión de la Federación madrileña el 7 de enero de 1872 en la que se discuten los acuerdos de los bakuninistas de Sonvillier y se abre la primera discusión. Luego, en el mes de abril, se celebra el Congreso de Zaragoza de la sección española de la Internacional, al que los expulsados recurrieron, no sólo por su situación sino para que se adoptara en España un acuerdo equivalente al de la Conferencia de Londres ordenando la disolución de la Alianza. Obtienen lo primero pero no lo segundo.

Una torpeza de Bakunin descubre todo el tinglado que tenía montado en España: considerándole de su cofradía, le escribe una carta a Mesa de la que se desprende que la disolución de la Alianza era mentira. Apoyándose en esto, los nueve del círculo de Lafargue cometen a su vez otra torpeza: escriben a todos -ya no se sabe si de la Alianza o de la Internacional, que en España tanto monta- exigiendo su disolución, en cumplimiento de los acuerdos.

El 9 de junio de 1872 son de nuevo expulsados por ello, esta vez de manera definitiva, y crean el 8 de julio la Nueva Federación madrileña, que obtiene del Consejo General de Londres su reconocimiento. La ruptura era ya un hecho en España; aquí el proceso había empezado más tarde, pero se había resuelto antes.

Pero las espadas aún estaban en alto fuera de España. Los bakuninistas seguían reclamando la convocatoria de un Congreso que resolviera definitivamente la cuestión. Este Congreso se reunió en setiembre de 1872 en La Haya, agrupando a 65 delegados de 15 países diferentes. Por vez primera, Marx participó en él personalmente. Bakunin no estaba presente pero sí estaban sus partidarios. A este Congreso la Nueva Federación madrileña envió sus delegados y los bakuninistas españoles los suyos. Ya aparecen, pues, divididos, aunque en España la desproporción cuantitativa era abrumadora a favor de los anarquistas, que se burlaban de los internacionalistas llamándoles «la Federación de los nueve». Fueron éstos los que, pocos años después, fundaron el PSOE.

Ahora bien, sería un craso error considerar que la fuerza del anarquismo en España fue consecuencia de las manipulaciones bakuninistas. Por el contrario, ellos encontraron unas condiciones objetivas plenamente favorables para la expansión de sus ideas, de las que carecían los socialistas. Esas condiciones favorables pueden reconducirse a dos:

– el atraso económico español, donde predominaba la pequeña burguesía, el artesanado, el pequeño taller, el campesinado famélico y el tendero, un terreno abonado para los postulados bakuninistas

– el reformismo del PSOE, su legalismo a ultranza, que dio alas a la fraseología anarquista, a la que se unieron también buena parte de los revolucionarios honestos.

Los bakuninistas abandonaron la reunión de La Haya y los demás crearon una comisión especial para analizar la labor de zapa de la Alianza que recibió numerosos documentos de muchos países: Lafargue y Mesa enviaron información de España, Becker de Suiza y Danielson de Rusia, entre ellos, la carta amenzante que Nechaeiv envió a Liubavin y que éste entregó a Danielson. Algunos de esos documentos llegaron después del Congreso. Tras examinar los documentos, la Internacional tuvo la certeza de que la Alianza continuaba existiendo como sociedad secreta en su interior; la comisión especial propuso expulsar a Bakunin y Guillaume y la propuesta fue aceptada. En la resolución de expulsión se decía que Bakunin era expulsado además por un «asunto personal», el caso Nechaiev. El documento de expulsión, redactado por Engels en nombre del Consejo General, es de una contundencia aplastante:

«Nos hallamos por vez primera en la historia de la lucha de la clase obrera, ante una conspiración secreta urdida en el seno de la propia clase obrera con el fin de hacer saltar no el régimen explotador existente sino la Asociación misma, que le combate con la mayor energía. Se trata de una conspiración contra el propio movimiento proletario«.

De esta dura experiencia dentro de la Internacional, pues, cabe afirmar al menos lo siguiente:

– no se produjo ninguna escisión dentro de la Internacional, sino que los bakuninistas fueron expulsados, a pesar de que pretendieran luego seguir utilizando para su provecho propio las siglas AIT

– no se trató de un enfrentamiento entre Marx y Bakunin, sino de una enfrentamiento de éste contra todas la demás corrientes que había dentro de la Internacional, a las que traicionó

– no se trató de un enfrentamiento de los autoritarios (o sea Marx) contra los antiautoritarios (o sea Bakunin) porque entre los primeros estaban los proudhonianos, que también eran anarquistas y, por tanto, antiautoritarios

– no hubo ningún bloque homogéneo en la Internacional, salvo los bakuninistas, que trataron de aprovechar la situación para apoderarse de ella

– en aquel momento, mientras Bakunin tenía su propia organización, la Alianza de la Social-Democracia, Marx no disponía de ninguna en la que pudiera depositar su confianza e intervenía en la Internacional en nombre propio.

Sobre la cuestión principal, el Congreso de La Haya confirmó plenamente la resolución de la Conferencia, a la cual añadió la frase siguiente casi literalmente tomada del Llamamiento fundacional de la Internacional: «Como los poseedores del suelo y del capital se aprovechan siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y mantener sujeto al trabajo, la conquista del poder político es el gran deber del proletariado«.

Marx, Engels y Lafargue siguieron trabajando con los documentos reunidos por la comisión y publicaron en julio de 1873 un folleto basado en esos informes que titularon «La Alianza de la Social Democracia  y la Asociación Internacional de Trabajadores». Poniendo al descubierto sus manejos e intrigas, asestaron un golpe definitivo a los intentos de Bakunin de influir sobre el movimiento obrero europeo.

Al terminar sus trabajos, el Congreso de La Haya aceptó la propuesta de Engels referente al traslado de la sede del Consejo General a Nueva York. En esta época la Internacional no sólo había perdido sus bases en Francia, donde a partir de 1872 el simple hecho de pertenecer a la Internacional era un crimen, sino también en Alemania, e incluso en Inglaterra. Este traslado del organismo central de la Internacional a América era considerado como provisional. Pero ocurrió que el congreso de La Haya fue el último que se celebró en la historia de la Internacional. En 1876, el Consejo General publicó en Nueva York un aviso anunciando que la I Internacional había dejado de existir. Sólo subsistieron la siglas en manos de unos usurpadores…

Fuente: censurada web Antorcha.org

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