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Mes: octubre 2014 (página 1 de 4)

El peso específico de la verdad

N. Bianchi

Escribe Engels, ese brontosaurio: «la concepción materialista de la historia parte de la tesis de que la producción, y tras ella el cambio de sus productos, es la base de todo orden social; de que en todas las sociedades que desfilan por la historia, la distribución de los productos y junto a ella la división social de los hombres en clases, es determinada por lo que la sociedad produce y cómo lo produce y por el modo de cambiar sus productos. Según eso, la última causa de todos los cambios sociales [en lo que Antonio Machado discreparía] y de todas las revoluciones no debe buscarse en las cabezas de los hombres ni en la idea que ellos se forjen de la verdad eterna, sino en las transformaciones operadas en el modo de producción y de cambio; han de buscarse no en la filosofía, sino en la economía».

En otras palabras: no es el onanismo mental el que mueve nada, sino el hecho de tener un puesto de trabajo y qué lugar ocupas en la cadena (incluidos los parados). Así, y ya sé que suena mecanicista, pensarás de una manera o de otra. E incluso pensarás que lo que piensas es lo correcto o, en caso de duda, dirás, bueno, vaya, esa es mi «opinión», lo que tranquiliza y te deja muelle, pero, en el fondo, algo te dice que te engañan, que no piensas, sino que-te-piensan- Y eso porque ni te paras ni te-dejan-pararte-a-pensar.

Lo que mueve al mundo es la producción, el trabajo. No lo mueve ni el lujo -lo puede menear y nada más- de la oligarquía ni el dinero negro ni la corrupción ni los «clásicos» Madrid-Barcelona ni la madre que los parió en este podrido sistema capitalista, porque el «sistema» lleva apellido que a veces se olvida. Un sistema (capitalista) que nació chorreando sangre y pudre las conciencias con aquello tan burgués de que «todos tenemos un precio».

Mienten porque no soportan la verdad, una verdad, que, por descontado, se la refanflinfla. La verdad no puede ir desnuda, una desnudez revolucionaria, y es así que, por vergüenza, hubo que vestirse, como se viste la mentira, con el ropaje de las palabras, y saqueando el lenguaje.

Por supuesto, no faltará quien diga, bueno, «esa es tu verdad». Me topé con un «demócrata» que, como vampiro totalitario que soy, me clavó su estaca democrática en mi corazón rojo. Y es que los «demócratas» siempre disparan a «democratizar», igual que los «pacifistas» que siempre disparan a «pacificar».

Buenos días.

Google pone la tecnología al servicio del imperialismo

En su reciente libro «When Google Met Wikileaks», aparecido en setiembre, Julian Assange, el fundador de Wikileaks, reitera los estrechos lazos que unen a Google con el imperialismo. Con la excusa del acceso a la información «libre» Google está contribuyendo a la política imperialista de desestabilización y las «revoluciones» de colores, tanto en Cuba como en el mundo árabe.El libro de Assange confirma, pues, las informaciones que Al-Akhbar anticipara hace dos años, en la que ponía a Google en el primer puesto entre los contribuyentes de la campaña electoral de Obama. Google coordina sus pasos con la Casa Blanca, escribió entonces Al-Akhbar (1).

En numerosos países, las redes sociales se han convertido en el caballo de troya del imperialismo. La Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos financió la creación de un clon de Twitter en Cuba, Afganistán, Kenia y Pakistán. «El Departamento de Estado ha adoptado las redes sociales como una herramienta para la diplomacia del siglo XXI, con el fuerte respaldo de la propia Clinton», decía la BBC hace unos pocos años (2).

Google Ideas, dirigida por Jared Cohen, es otro proyecto imperialista de desestabilización dirigida. Cohen fue consejero diplomático de Condoleeza Rice y Hillary Clinton en el Departamento de Estado. Es especialista en anti-terrorismo en Oriente Medio y el sudeste asiático y miembro del Consejo de Relaciones Internacionales. El año pasado la revista Time le situó entre los 100 personajes más influyentes de Estados Unidos (3), mientras que en 2007 New Yorker hizo un panegírico suyo en el que decía que ya en sus años de estudiante se había desplazado a Irán para ayudar a la juventud en su «lucha» contra el régimen de los ayatolás.

En 2010 se entrevistó en Damasco con Bashar Al-Assad para comunicarle que los monopolios estadounidenses estaban dispuestos a multiplicar sus inversiones en el país, a condición de que el gobierno dejara de bloquear redes sociales como Facebook y YouTube.

Según Al-Akhbar, las sucias actividades de Cohen al frente de Google Ideas le valieron la enemistad de Stratfor, la poderosa empresa privada de seguridad, cuyos correos destapó Wikileaks en 2011. Ambos compiten por el mismo mercado.

Assange menciona un correo interno de Stratfor de 27 de febrero de 2012 en que el responsable de información refería que Cohen se disponía a viajar a la frontera entre Irán y Azerbaián: «Google tiene el apoyo y la protección aérea de la Casa Blanca y el Departamento de Estado. En realidad, ellos hacen las cosas que la CIA no puede hacer. Pero estoy de acuerdo contigo. Se va a hacer secuestrar o matar. Para serte sincero, sería lo mejor para destapar el papel secreto de Google en los levantamientos. El gobierno de Estados Unidos podrá pretender que no sabe nada y sería Google quien cargaría con el saco de mierda».

En su libro Assange describe una constelación de fundaciones y asociaciones que están directa o indirectamente ligadas a Google Ideas, entre ellas cyberdissidents.org y movements.org, creadas por Cohen, que se han fusionado con Advancing Rights Watch, una ONG fundada por Robert Bernstein, que dimitió en 2010 de Human Rights Watch.

Bernstein dijo entonces que Human Rights Watch había sido excesivamente crítica sobre las violaciones de los derechos humanos en Israel. Para el imperialismo la defensa de los derechos humanos es selectiva. No en vano Bernstein inició su carrera junto a Sajarov denunciando la falta de libertades en la Unión Soviética. Del mismo modo, el montaje Advancing Rights Watch pretende ser beligerante sólo con las «sociedades cerradas». En otras palabras: a través de su poderosa red de intoxicación Google, Cohen y Bernstein pretenden apoyar la política sionista de desestabilización del mundo árabe.

«Las aspiraciones geopolíticas de Google -concluye Assange- están firmemente entrelazadas con las de la agenda de los asuntos extranjeros de la superpotencia mundial más grande. A medida que crece el monopolio de Google sobre la búsqueda y los servicios de internet […] su influencia sobre las elecciones y los comportamientos de la totalidad de los seres humanos se traduce en un verdadero poder para influir sobre el curso de la historia».

Junto con el director de Google, Eric Schmidt, Cohen escribió el libro «La nueva era digital» que, en palabras de Assange, es un proyecto de lo que califica como imperialismo tecnocrático.

(1) StratforLeaks: Google Ideas Director Involved in ‘Regime Change’, http://english.al-akhbar.com/node/5222
(2) Diplomacia en tiempos de Twitter… y frapuccinos, http://www.bbc.co.uk/mundo/internacional/2010/07/100705_eeuu_twitter_departamento_estado_clinton_jrg.shtml
(3) http://time100.time.com/2013/04/18/time-100/slide/jared-cohen/

Kamo, el brazo armado del partido bolchevique

Juan Manuel Olarieta

Como Stalin, el bolchevique Simon Aryakovich Ter-Petrosian nació en Gori, Georgia, aunque era tres años más joven. Pero a diferencia de Stalin, Ter-Petrosian era de origen armenio. Ambos se conocieron cuando Stalin trabajaba en el Observatorio de Tiflis y Ter-Petrosian sólo tenía 19 años. Stalin le prestó la novela «Germinal» de Zola para que la leyera y, cuando su padre murió, ocupó su lugar: «el camarada Stalin es mi tutor», solía decir. Formaban parte de la brigada de hierro bolchevique en el Cáucaso, donde sus camaradas le conocían por el apodo de «Kamo».

Padeció su primera detención en 1903, aunque logró escapar de la cárcel al año siguiente, reincorporándose al Partido inmediatamente, como miembro de los comandos armados que dirigía Leonid Krasin, un ingeniero que fabricaba los explosivos en un laboratorio clandestino en Finlandia. «Kamo» se encargó de la compra de armas por toda Europa, así como de su transporte e introducción en el interior de Rusia.

En diciembre de 1905 resultó herido en un enfrentamiento armado con los cosacos. Le encerraron en el castillo de Metej, en Tiflis, donde fue torturado y obligado a cavar su propia tumba. Le llevaron dos veces al pie de la horca, antes de que se escapara de nuevo.

Al año siguiente se trasladó a Finlandia disfrazado de oficial del ejército, donde conoció a Lenin. En compañía de Krasin y vestidos ambos con uniforme del ejército ecuatoriano, compraron un cargamento de armas en Hamburgo que Ter-Petrosian trasladó al Cáucaso junto con un alijo de explosivos fabricados por Krasin. En el Cáucaso Ter-Petrosian dirigió varios asaltos a armerías y bancos, alguno de los cuales resultó fallido y estuvo apunto de perder su ojo izquierdo por la explosión imprevista de una de las bombas que portaba.

Los bolcheviques no sólo mantenían en secreto su actividad armada ante la policía zarista, sino también ante los mencheviques. Estaba a punto de celebrarse el Congreso de Londres, otro intento de unidad entre ambos grupos, y los mencheviques se oponían frontalmente a la lucha armada, especialmente las expropiaciones bancarias, que practicaban los bolcheviques.

Las acciones armadas no sólo salpicaban a los mencheviques sino a la propia socialdemocracia alemana. En un registro la policía descubrió en Berlín el almacén de papel que utilizaban los bolcheviques para falsificar dinero. Detuvieron a varios militantes y la prensa dijo que una parte de aquel alijo de papel se utilizaba para imprimir el periódico «Vorwärts» de la socialdemocracia alemana. Al unísono los reformistas, alemanes y rusos, respondieron insultando a los bolcheviques de la manera que hoy conocemos de sobra en España: anarquismo, terrorismo individual, delincuentes comunes…

En el mes de abril la dirección bolchevique (Lenin, Stalin, Krasin, Bogdanov y Litvinov) se reunió en Berlín para preparar el asalto al furgón blindado de Tiflis, la capital de Georgia. La información del traslado de fondos la llevaba Stalin. Se la había proporcionado Gigo Kasradze, un empleado del Banco del Estado, y Voznesensky, que trabajaba en la oficina de correos. Éste conocía la fecha exacta de un gigantesco movimiento secreto de dinero en efectivo previsto para el 13 de junio de 1907.

Al mes siguiente se celebró en Londres el congreso de unidad de la socialdemocracia rusa. Los mencheviques siguieron con su chantaje. No podían cambiar la línea política de los bolcheviques pero, al menos, podían impedir sus espectaculares golpes de mano. Al fin y al cabo las acciones armadas también les comprometían a ellos, que aún formaban parte del mismo Partido. Para ellos era una fuente de disgustos. A cambio de preservar una cierta unidad, lograron que los bolcheviques se comprometieran a abandonar la lucha armada y disolver los comandos guerrilleros.

Pero para los bolcheviques la lucha guerrillera aseguraba su supervivencia a largo plazo casi tanto como su programa. El asalto al furgón blindado de Tiflis era un operativo que, si salía bien, les podía asegurar las finanzas durante un buen periodo de tiempo. Pero exigía un despliege importante por parte de la «brigada de hierro» del Cáucaso y, por lo tanto, un enorme riesgo. De madrugada «Kamo» había llegado a Tiflis en una carroza, disfrazado de oficial del ejército zarista. En un bar de la capital georgiana llamado Tiliputchuri reune a un equipo de 20 bolcheviques armados con bombas y revólveres para enfrentarse a dos diligencias escoltadas por la caballería zarista.

Mientras algunos se distribuyen por la Plaza de Erevan, hoy llamada Plaza de la Libertad, para esperar la llegada del convoy, otros vigilan desde los tejados. Precedidas por el ruido de los cascos de los caballos, las dos diligencias entran en la Plaza procedentes de la oficina de correos. En la que va el dinero viajan también el cajero y el contable junto con dos escoltas armados. La otra está repleta de policías.

El asalto se inicia con el resplandor de una bomba que estalla, seguida por una potente detonación y luego otras nueve más que se escuchan en toda la ciudad. Las cristaleras de los escaparates y las viviendas caen en pedazos. Con los policías y militares el comando bolchevique emprende un frenético tiroteo. Uno de los bolcheviques intenta entrar en el furgón del dinero. En ese momento uno de los caballos se espanta, arrastrando al furgón, hasta que Kupriashvili, otro de los miembros del comando, le lanza una granada que le detiene.

Entonces «Kamo» se acerca con su carroza y otro miembro del comando, Chibriashvili, introduce en ella las sacas con el dinero, llevándose 341.000 rublos. Quedan dentro otros 20.000 rublos, de los que se apodera uno de los conductores del furgón, que luego será detenido por el robo. En su huida «Kamo» se cruza con un vehículo de la policía, que se detiene para advertirle de que tenga cuidado porque acaba de producirse un ataque armado.

Nunca se había producido una acción armada de semejante envegadura. Fue la portada de toda la prensa del mundo. El zarismo alertó a la policía y a los militares. Se produjeron redadas por todo el país, pero el comando logró romper el cerco.

El problema fue el botín. Del total, unos 90.000 rublos eran billetes pequeños, fáciles de poner en circulación. Pero el grueso estaba en billetes de 500 rublos y la policía disponía del número de serie. Guardaron los sacos en casa de unos amigos de Stalin, donde los camuflaron dentro de colchones para no levantar sospechas. «Kamo» logró sacar una parte a Finlandia, donde entonces vivía Lenin. Con otra estuvo comprando armas y explosivos por Bulgaria, Francia y Bélgica. Pero la policía zarista logró encontrar su pista y cuando se desplazó a Berlín, le detuvieron. Al registrar su maleta le encontraron armas y explosivos.

La caza a los bolcheviques se extendió por toda Europa. Varios militantes fueron detenidos cuando cambiaban los billetes de 500 rublos en Estocolmo, Munich y Ginebra. Lenin tuvo que abandonar Finlandia para trasladarse a Suiza. En París a Litvinov le sorprendió la policía con 12 billetes robados. Krasin y Bogdanov lograron enviar una parte a Estados Unidos. Lenin ordenó quemar el resto.

Los mencheviques montaron en cólera. Se sienten traicionados e insultan públicamente a los bolcheviques en la prensa: criminales, bandidos, terroristas… El escándalo trasciende a la II Internacional y al conjunto del movimiento obrero internacional. Chicherin, que luego fue ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, abrió una investigación interna, de la que se desprendía que «Kamo» se disponía a colocar varios explosivos en la sede central de la banca Mendelssohn en Berlín.

Por consejo de Krasin, en la cárcel de Berlín «Kamo» simuló que estaba loco, por lo que después de un año y medio le extraditaron a Rusia, donde le volvieron a encerrar en el castillo de Metej, desde donde le llevaron a un siquiátrico del que volvió a escapar. Huyó a Alemania y luego escondido en un barco llegó hasta Paris, donde volvió a encontrarse con Lenin y con un panaroma muy desagradable: el partido bolchevique se había escindido. Lenin se fue por un lado y Bogdanov y Krasin por el otro. En lo personal fue una dura situación porque el georgiano se sentía «ardientemente ligado» a los tres, según escribió Krupskaia, la mujer de Lenin.

Pero había que continuar la tarea de comprar armas, así que «Kamo» se desplazó a Estambul donde fue detenido y casi inmediatamente logró ser liberado. De ahí pasó a Bulgaria, donde le ocurrió lo mismo: le volvieron a detener comprando armas pero Dimitri Blagoev, el fundador del comunismo ruso y búlgaro, volvió a lograr que le pusieran en libertad. Finalmente, le detienen en Tiflis en 1912 en un intento de expropiación de una sucursal bancaria. Le condenan a muerte pero, a última hora, le conmutan la pena por la cadena perpetua.

Ya no lograría volverse a fugar de la cárcel. No salió en libertad hasta la Revolución de Febrero de 1917. Cuando tras el triunfo de Octubre estalló la guerra civil, Ter-Petrosian se encargó de organizar la guerra de guerrillas en la retaguardia de los ejércitos blancos. Luego estudió en la Academia Militar de Moscú. En 1922 murió en Tiflis en un accidente de circulación cuando conducía una bicicleta por la calle.

En sus memorias Krupskaia le definió así: audaz sin límites, ingenuo como un niño y de corazón ardiente.

El derecho a la vida

Nicolás Bianchi

-GORGIAS: La vida no existe, lo que hay son las condiciones de vida y trabajo. Viven los animales y las plantas y hasta los minerales, la Naturaleza con mayúscula. El ser humano, animal social, no; a lo más, se des-vive. O existe desviviéndose, místicamente hablando.

-EPIMÉNIDES: Tal vez, pero puedo pellizcarme y decir ¡ay!

-G: No sigues viviendo sino que sigues con vida, que no es lo mismo, aunque lo parezca.

-E: Bueno, tengo casa, trabajo, mujer, querida, estoy abonado al Plus y soy bueno al mus. No me quejo, vivo.

-G: Pero no eres libre. Tu queja sería porque no te alcanza para otro superfluo vicio. Os engañan y os confunden.

-E: Me amarga vos.

-G: No es lo mismo trabajar como necesidad realizadora de la persona que, y perdone la licencia del venablo, ¡por cojones!, como pasa bajo el capitalismo. Los animales no trabajan;el hombre, sí. Esta es la diferencia, o una diferencia. Los primeros viven y el segundo se (o lo) desvive pues se «mata» a trabajar siendo explotado. El animal come, bebe y engendra, pero no trabaja. Al igual que hacen los reyes y los parásitos con la diferencia de que para el animal la vida es un medio de vida y ambos (medio y vida) no se distinguen y son indiscernibles. Para un rey -cuya misión es comer, beber y engendrar, pero no robar ni enriquecerse indebidamente y no le pongo ejemplos porque es usted cretense, amigo Epiménides, famoso por su Paradoja- o un parásito la vida no es un medio sino un modo de vida. El rey, como decimos, come, vive y reproduce la estirpe y se toma la vida (que le viene heredada y regalada) como medio para vivir a modo. El parásito, igual, pues aspira a vivir «como un rey» otrosí sin hincarla. Del proletariado (que viene de «prole»: tener muchos hijos) querrían hacer lo mismo.comer, beber, ver fútbol, engendrar y reproducir nuevos proletarios pero tomándose la vida como medio y no como modo. Como veo que no se me entiende, que para eso soy un buen sofista, yo, Gorgias, millonario y patriota, más amante de Agamenón que de su porquero, esto sí, lo diré más claro: yo, capitalista y sujeto, te uso a ti como objeto y como medio y/o instrumento para vivir a modo, como dirían los aztecas o los mejicanos que no conozco todavía ni sé de ellos al no descubrirse cuando hablo el nuevo continente, no hay que pasarse con esto de la sofística, decía, digo, que democracia y capitalismo son conceptos incompatibles, como el agua y el aceite. Lo mismo que legitimidad y monopolio de la violencia. O llamar Estado de Derecho donde se tortura o se desahucia a la gente. Es mentira. Es la Caverna de Platón, mi maestro. La ideología es tan real como la falsa conciencia. Se miente para recrearla y vivir a modo y pues ni modo, cantinflescamente hablando. Inteligencias, diría Carlyle, vulpinas, zorrescas, putos de la pluma. Gente vendida, como yo, pero sin mi elegancia.

-E: Vale, tío, pero todo eso, que no por sabido conviene repetir para que no se olvide, ¿qué coño tiene que ver con el derecho a la vida y tal y tal, etc.?

-G: Recurriré a Marx, sin que sirva de precedente, quien decía esto de los partidos políticos burgueses: «vuestro derecho no es otra cosa que la voluntad de vuestra clase convertida en ley». Yo, burgués, maté, pero, una vez en el poder, a mí no se me puede matar. ESTO ES EL DERECHO A LA VIDA. Y aquí se acaba la historia y no hay más historias. Defiendo tanto el derecho a la vida como el derecho a morirse de hambre, vivir en un palacio o bajo un puente como Carpanta. Soy un liberal…

El próximo Maidan será la Revolución Bolchevique

En relación a las elecciones celebradas en Ucrania, el 25 de octubre el diario británico The Economist, uno de los portavoces del imperialismo, manifestaba su temor a una próxima revolución bolchevique: «El próximo movimiento Maidan, dice The Economist, se parecerá menos a un carnaval y más a la Revolución Bolchevique de Octubre de 1917. He ahí lo que debe concentrar la atención del gobierno ucraniano»(*).

Los imperialistas tienen motivos sobrados para asustarse. Hace unos días, A. Zacarchenko, el Primer Ministro de la República Popular de Donetsk declaró que iba a nacionalizar un número importante de empresas. De momento el Estado ya ha asumido el control de tres empresas importantes, dos de los cuales son propiedad del oligarca R. Ajmetov. La primera fábrica ya ha sido ocupada y está bajo el control de los obreros.

Zacarchenko también se ha comprometido a que el Estado va a controlar los precios de los alimentos y, lo que es más importante: la población va a poder suspender el pago de las deudas contraídas con los bancos.

El Donbass vive un decisivo proceso de radicalización de la clase obrera. Los obreros de Zugres, Obras de Ingeniería de Energía y Mecánica (ZEMZ), se han organizado, poniéndose por encima de los administradores de la empresa. Han puesto la fábrica bajo su propiedad en autogestión. Desde los tiempos de la URSS la fábrica ZEMZ tiene una larga trayectoria. Está especializada en la producción de grúas industriales pesadas que se utilizan actualmente en India, México, Vietnam y otros países en el mundo.

¿Qué intenciones tienen los trabajadores de ZEMZ? Han publicado una declaración a partir de la cual se extraen las siguientes claves:

«La gestión de la fábrica está completamente bajo el control de los trabajadores.

«Los trabajadores tiene derecho a destituir de inmediato al director de su puesto y para la remoción de los administradores son necesarios dos tercios de los votos emitidos por votación directa.

«El sueldo del director no podrá exceder el salario medio de un obrero. Las gratificaciones serán decididas y votadas por los trabajadores de forma colectiva.

«El director tiene derecho a un período de vacaciones anuales. Su duración su salario durante ellas serán votadas por los trabajadores».

En pocas palabras: los trabajadores han expulsado a sus jefes y les han sustituido con sus propios representantes. Esto significa que ahora ellos tienen el control y el dominio de su puesto de trabajo. La declaración concluye recordando que esta iniciativa ha sido aceptada por el Soviet Supremo de la República Popular de Donetsk.

La nacionalización sin indemnización y colocación de las fábricas bajo el control de los obreros es el comienzo de un cambio real de la situación en Donbass y Lugansk.

Dada la importancia de los trabajadores industriales en el Donbass, es posible que tales iniciativas se extiendan a otros centros de trabajo y, eventualmente, podrían involucrar al resto de la clase obrera en Ucrania, que fue devastada por el capitalismo y las draconianas condiciones laborales impuestas durante años a las masas por el FMI y el gobierno de Kiev.

(*) The battle for Ukraine’s future, http://www.economist.com/news/europe/21627706-country-running-out-time-overcome-corruption-battle-ukraines-future?zid=307&ah=5e80419d1bc9821ebe173f4f0f060a07

De herejes

N. Bianchi

Todas las religiones, exceptuando los ritos iniciáticos, las sociedades secretas (pongamos los Templarios) y discretas (digamos el Opus Dei), esotéricas, etc., una vez organizadas (como la católica), oficializadas y en el co-poder, se convierten de perseguidas en perseguidoras, ineluctablemente, sin solución de continuidad y «sub specie aeternitatis». Esta regla de oro vale igual para la cristiana que la musulmana que la judía (las tres grandes religiones monoteístas) que la budista (que no puede decirse, en rigor, que sea una «religión» y sí, más bien, una filosofía o una «religión laica») que la sintoísta (que tampoco es, en puridad, una religión en Japón). ¿A quién persiguen? A los herejes, palabra que viene del griego airesis y que significa «elección, separación». En los tiempos de Jesucristo (ya casi se antoja baladí saber si fue un personaje histórico o ficticio porque su «densidad histórica» se ha impuesto, «velis nolis, nolens volens», como una verdad a fuerza, quizá, de repetir machaconamente una mentira y una falsedad histórica), con atmósferas más bélico-filosóficas que puramente religiosas y no digamos teológicas, hereje sería un esenio (un «abertzale» de entonces, secta a la que, dicen, perteneció Jesucristo que, de haber existido, repito, hubiera sido un judío patriota antirromano «desjudaizado», después, por el tarsiota Pablo, judío romanizado y este. sí, realmente existente) respecto de un ordenancista saduceo (los de las «trampas saduceas», que decían los políticos franquistas tecnócratas) pero no un nazareno (como era el mítico Sansón, el greñudo, que sería, hoy, y entonces para los romanos, un «terrorista»). Después, y ya con pleno sentido religioso, fue el cristianismo -más bien el agustinismo político-, ya acomodado y apoltronado, quien decidió en sus Concilios, los mandamases, lo que es herejía, lo que es canon y lo que va a misa, nunca mejor dicho. Con el tiempo, la escuela aristotélico-escolástica, tomística, y ya no de Agustín de Hipona que tenía a la filosofía como «ancilla» (esclava) de la religión, se dedicó a justificar las sanciones de la jerarquía eclesiástica con enrevesados argumentos «quodlibetanos» (hala, al diccionario) y de claustro. Al hereje, leña, pero razonada. Era la llamada Segunda Escolástica y la «doble verdad», un intento (imposible) de conciliar razón y fe, o sea, Aristóteles con la Revelación o átame esa mosca por el rabo.

Hubo en la historia montañas de herejías, pero un montón. En la Alta y Baja Edad Media, no tan «oscura» como suele decirse, había donatistas, pelagianos, priscilianos y, mayormente, arrianos (como eran los hispanovisigodos que veis en los reyes de la baraja española). Más tarde, en el siglo XIII, el patarismo (en la Pataria, hoy Padania italiana) y el valdismo y el catarismo («cátaros», en griego «puristas», esto es, aquellos que se veían en la excelente película «El nombre de la rosa» basada en la novela histórico-policíaca-detectivesca de Umberto Eco). O los husitas checos, bogomilos, begardos… Estos herejes (un hereje nunca se llama a sí mismo «hereje», les llaman, les etiquetan) no eran, como diría Durkheim, «anómicos», esto es, aceptaban la religión cristiana pero basada en las puras reglas. Iban a las fuentes. No eran fanáticos. Eran, un poco, si puede decirse así, la quintaesencia de unos principios.

Aquí, afortunadamente, tenemos una Constitución sacra, eterna y perenne para poder meter en cintura (léase «reglas del juego») a los nuevos herejes se disfracen como plazcan: abertzales, comunistas, anarquistas, antifas, ácratas, okupas, antidesahucios, antisistema y, por supuesto, el «entorno». Y hasta gentes de orden como en Catalunya. Lo dijo el siniestro quelonio Alfonso Guerra muy bien: «el que se mueva no sale en la foto». O sea que a ponerse guapos…

Dos líneas sobre el ‘integrismo’

N. Bianchi

Términos que forman ya parte del léxico y el diccionario político internacional son de sabor y cuño inequívocamente español como, por ejemplo, «liberal», «guerrilla», «pronunciamiento» o «quinta columna», casi todos de la España decimonónica. También «integrismo», vocablo que acuñó Ramón Nocedal (no confundir con Cándido, su padre) cuando, hacia el año 1888, fundó el Partido Integrista que, desgajado del carlismo, dejó a este escindido en dos facciones. El programa, diríamos hoy, del integrismo se basaba en el absoluto imperio de la fe católica «íntegra», condena del liberalismo (el de entonces de, por ejemplo, Stuart Mill, y no la ficción actual que funge de tal) como pecaminoso, vaticanismo a ultranza, negación de «los horrendos delirios que con nombre de libertad de conciencia, de culto, de pensamiento y de imprenta abrieron las puertas a todas las herejías y a todos los absurdos extranjeros».

Lo que de hecho propugnaban los nocedalistas era un Estado teocrático, inquisitorial (sic), republicano (o sea, que decirte «republicano» no te convierte automáticamente en «progresista»; también los falangistas lo eran y lo siguen siendo) y enteramente sometido a las consignas religiosas y temporales de Roma. Nocedal le rebasaba al propio Carlos VII, jefe de los carlistas, por la extrema derecha y en quien, incluso, advertía veleidades liberaloides.

Pero con los términos políticos acontece que su abuso no sólo los desgasta, sino que los generaliza y, así, «integrista» (o «radical») se puede confundir con islamismo o… comunismo.

Por cierto, el periódico de Ramón Nocedal desde donde vociferaba sus diatribas, se llamaba sintomáticamente, no sabemos si tautológica o como oxímoron, «El Siglo Futuro».

El vocabulario político internacional haciendo suyos españolísimas voces políticas y aquí hablando de «trending topics». De risa, por no llorar.

La táctica imperialista de la provocación

Para desatar una guerra contra España, en 1898 la marina de Estados Unidos hundió el acorazado USS Maine en el puerto de La Habana, matando a 260 de sus propios soldados, de los que sólo dos eran oficiales. La prensa gringa desató la correspondiente campaña sensacionalista “exigiendo” al gobierno la entrada en la guerra.

Para justificar el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, en 1939 un grupo de soldados hitlerianos vestidos con uniforme polaco asaltaron una estación de radio desde la que emitieron un mensaje antialemán en polaco para justificar así la posterior invasión.

Para justificar su entrada en la Segunda Guerra Mundial, en 1941 Estados Unidos permitió que Japón atacara la base naval de Pearl Harbour y matara a 2.300 soldados de sus propias tropas. Previamente habían sacado del puerto a los portaviones para que no sufrieran daños.

Para justificar un ataque contra Cuba, en 1960 el Pentágono aprobó la Operación Northwoods para desencadenar actos de terrorismo en suelo estadounidense capaces de conmover a la opinión pública para que diera su apoyo a la agresión. El plan incluía población civil estadounidense acribillada a tiros en las calles, navíos con refugiados de Cuba hundidos en alta mar, personas acusadas de atentados que no cometieron y el secuestro de aviones comerciales. Uno de los planes era un accidente en el que un avión cubano atacaba y derribaba a un avión lleno de estudiantes universitarios norteamericanos. Kennedy rechazó el plan, por lo que sumó puntos para ser asesinado.

Para justificar la agresión contra Vietnam, en 1964 Estados Unidos simuló un ataque contra el destructor USS Maddox en el Golfo de Tonkín ampliamente divulgado por la prensa de todo el mundo. Medio siglo después se desclasificaron los documentos confidenciales en los que se detallaba la preparación del simulacro.

Para justificar el golpe de Estado en Indonesia, en 1965 la CIA y el ejército local inventaron otro golpe de Estado previo dirigido por el Partido Comunista. Los comunistas no fueron los victimarios sino las víctimas: un millón de ellos fueron asesinados.

Para justificar el golpe de Estado de Pinochet, en 1973 la CIA y los fascistas chilenos inventaron el Plan Zeta por el que el gobierno de Allende se disponía a dar un autogolpe de Estado. En 1999 los archivos desclasificados de la CIA demostraron que tal Plan jamás existió y que su divulgación a los medios fue una operación de guerra psicológica.

Para justificar el rearme de los talibanes en Afganistán y Pakistán, en 1979 la CIA esparció a través de los medios la infamia de una supuesta ‘invasión’ de Afganistán por el ejército soviético. La URSS fue el primer país del mundo en firmar en 1923 un tratado por el que se reconocía a Afganistán en un plano de igualdad y su ejército siempre estuvo presente allá a petición del propio gobierno porque, al formar parte de los no alineados, no recibía ayuda militar de Estados Unidos.

Para justificar la agresión a Irak, en 1990 una supuesta enfermera de Kuwait compareció ante el Congreso (y la prensa) estadounidense para denunciar, en medio de un mar de lágrimas, que el ejército iraquí había entrado en su hospital, sacando a los niños de las incubadoras para arrojarlos al suelo y dejarlos morir allí. En todo el mundo se desató una ola de indignación. La enfermera no vivía en Kuwait en el momento de los hechos. Era hija del embajador de Kuwait en Washington y pertenecía a la familia real kuwaití.

Para justificar los bombardeos sobre Yugoslavia y la Guerra de Kosovo, en 1999 la OTAN inventó la masacre de Raçak en la cual la policía había asesinado a 46 civiles. Era mentira. De ellos 37 eran mercenarios kosovares de la UÇK que tenían restos de pólvora en las manos, es decir, que habían disparado armas de fuego, y todos los cadáveres habían recibido los disparos a distancia, esto es, en combate.

A partir de 1980 la CIA financió de manera encubierta la contrarrevolución en Nicaragua y otros países latinoamericanos con la venta masiva de drogas en Los Ángeles y otras ciudades de Estados Unidos, para lo cual apoyó a los cárteles colombianos de la cocaína y sembró Afganistán de opio.

Para justificar la invasión de Afganistán, en 2001 Estados Unidos simuló un ataque de varios aviones comerciales dirigidos por fundamentalistas árabes contra tres edificios en Nueva York, así como contra el Pentágono, en los que miles de sus propios ciudadanos fueron asesinados.

Para justificar la invasión de Irak, en 2003 el general Colin Powell presentó en la ONU las “pruebas” del programa de armas de destrucción masiva de Irak, acusando a Sadam Hussein de comprar uranio en Níger y albergar a terroristas de Al Qaeda. Absolutamente todo era falso.

Para justificar una agresión contra Siria, los imperialistas atacaron la ciudad siria de Ghuta con armas químicas, asesinando a 1.300 personas. Las ONU calificó los hechos como un “crimen de guerra” que la prensa mundial, Human Rights Watch, las ONG, los “defensores de los derechos humanos” y los pacifistas aprovecharon para desencadenar la correspondiente campaña de intoxicación responsabilizando al gobierno de Siria. Las propias milicias opositoras confesaron luego a la agencia Associated Press que ellos eran los responsables del crimen, aunque lo atribuyeron a un accidente. También reconocieron que las armas procedían de Arabia saudí.

En la muerte ayer del novelista Ramiro Pinilla

Con 91 años murió ayer el novelista Ramiro Pinilla, una de las plumas más importantes de la literatura vasca del siglo XX. Había nacido en Bilbao en 1923, un mal momento en un siglo de oscuridad casi total. Su nombre y su obra han pasado desapercibidos porque la cultura siempre ha estado reñida con el fascismo. Es posible que nadie recuerde ahora una entrevista en televisión o una reseña de sus novelas en una revista literaria. Su caso demuestra que en el siglo XX ha existido cultura a pesar del fascismo.

Hace ya más de medio siglo que Pinilla obtuvo el Premio Nadal y el Nacional de la Crítica. En 1971 quedó finalista del Premio Planeta. Antes del fallo le llamaron por teléfono para decirle que había ganado y que debía ir a la gala a Barcelona para recogerlo, momento en el cual se consuma el fraude: el primer premio se lo dan al franquista José María Gironella. Para taparle la boca, aquella noche Lara, el propietario de la Editorial, otro franquista, le dio 5.000 pesetas. Así funciona la cultura que, en una sociedad capitalista es un mercancía como cualquier otra.

Un paralelismo entre Gironella y Pinilla daría para mucho. Precisamente para evitar comparaciones entre ambos, la Editorial Planeta demoró seis meses la publicación de “Seno”, la novela finalista de Pinilla.

Gironella fue quien más novelas vendió con el franquismo. Entonces la gente leía aún menos que ahora y, desde luego, casi nadie guardaba novelas en los armarios de su casa, pero es casi seguro que, si había alguna, era “Los cipreses creen en Dios” o “Un millón de muertos” del autor catalán, que forman parte de la mala conciencia del franquismo sobre la guerra civil y sobre sí mismo.

Por el contrario, los escaparates de las librerías ignoraron a Pinilla, que tuvo que crear su propia editorial, Libropueblo, para vender sus novelas llamando a las puertas de las casas porque en un escritor la autenticidad es aún más importante que la veracidad, una sensación que no se puede fabricar y que está en muy pocos autores: Rosalía de Castro, Luis Cernuda, Miguel Hernández…

Como todos los clásicos, Pinilla siempre estuvo fuera del mercado, las modas, la frivolidad y la superficialidad del momento. Sus novelas son lo que siempre fueron las novelas, el arte de contar historias, aunque en su caso la historia no sea más que una: el fin de una época y el inicio de otra distinta. En sus novelas los personajes se repiten y las localizaciones siempre son las mismas, aunque cambia el paisaje: los caseríos se derriban para dejar sitio a los esqueletos de hierro de los altos hornos o los astilleros.

Hay novelistas (Balzac, Zola, Galdós, Sholojov) en los que se describen las clases y la lucha de clases mejor que en cualquier manual. En Pinilla el motor de la historia asume una forma genealógica, biográfica, en un entorno reducido en lo personal, casi exclusivamente familiar, y en lo geográfico, Getxo, un arenal donde una ría y una época se acaban para romperse, como la Santísima Trinidad, en tres pedazos: la oligarquía, la burguesía nacionalista y el proletariado.

En la posguerra el novelista bilbaino tomó partido, formando parte de aquellos comunistas que en 1947, en las condiciones más difíciles que cabía imaginar, desencadenaron una huelga general a lo largo de la ría, la primera que conoció el franquismo. En sus novelas están presentes aquellos acontecimientos, cuando salir a la calle no era divertido sino que significaba quedarse sin pan para comer, o morir defendiendo una barricada, o acabar en la cárcel de Santoña durante muchos años.

No hace tanto que Anasagasti se permitió el lujo de insultar públicamente a Pinilla y su obra. Como buen garrulo, el senador del PNV no tenía ni puta idea, pero ese es otro retrato de los políticos que padecemos. Hace un siglo Pérez Galdós ya dijo que aquí “la política” es una conjugación del verbo comer. Esto no da para más. Es el momento de comerles o de que nos coman, y me refiero al alimento del cuerpo tanto como al del alma.

Podemos defiende la política imperialista de desestabilización mundial

Juan Manuel Olarieta

La defensa del imperialismo estadounidense siempre ha sido una de las señas de identidad del trotskismo, porque esta degeneración del movimiento obrero se ha nutrido siempre, especialmente durante la guerra fría, del apoyo de la CIA. Su presencia es obvia en esos pequeños círculos de intelectuales burgueses que son típicos de los países imperialistas, y se conserva sólo por sus serviles ataques contra el socialismo y el movimiento obrero.

La eurodiputada de Podemos, Teresa Rodriguez-Rubio, forma parte de esos círculos trotskistas, antes adheridos a Izquierda Unida y ahora a Podemos, como parte integrante de una de esas «corrientes internas» en las que los entristas se mueven como pez en el agua.

Lo mismo que la revista trotskista «Sin Permiso»(1), Rodríguez-Rubio también ha saludado la campaña de desestabilización emprendida por Estados Unidos contra China en Hong Kong bajo el lema «Arriba los que luchan» (2), que no es sólo una consigna característica del trotskismo para sembarar confusión y desorganización, sino una marca del momento que estamos atravesando, de la que se están aprovechando en la forma oportunista que siempre ha sido típica suya: en la forma de la organización de tinglados como Podemos.

Bajo un tufo izquierdista, consignas como «Arriba los que luchan» son las típicas del reformismo de hace un siglo: «los objetivos no son nada, el movimiento lo es todo«, escribió Bernstein, lo que ha quedado como indicativo de un revisionismo despreciable. Me da lo mismo que me hablen de España que de Hong Kong. Personalmente a mí las mareas ciudadanas me han acabado mareando. ¿Hay una lucha en Hong Kong?, ¿quién está luchando?, ¿por qué lucha?, ¿cómo lucha?, ¿contra quién lucha?

Los revisionistas como Bernstein, los partidarios del mogollón y de «la lucha», no sólo no me motivan nada sino que me generan una profunda desconfianza. Hong Kong ha sido una colonia británica durante 150 años dirigida desde Londres por un sátrapa sin escrúpulos y una marina de guerra. Hasta ahora, o sea, hasta que en 1997 a China le devolvieron lo que era suyo, nunca escuché a nadie preocuparse por la democracia en aquel enclave comercial.

Los imperialistas, y esos estudiantes de Hong Kong que son sus tentáculos, no luchan contra nada porque no lo necesitan: lo tienen todo. Los que realmente luchan son los que combaten al imperialismo y a sus monaguillos «occupys», en España y en Hong Kong. No existe ninguna otra lucha.

Desde 1847 bajo el colonialismo británico, Hong Kong, el «puerto perfumado», prosperó mucho. Lo que nadie quiere contar es que esa prosperidad procedía de su conversión en el centro mundial más importante del tráfico de opio. Nadie quiere contar que mientras los imperialistas británicos y sus delegados chinos acumularon fortunas gigantescas, en el continente millones de personas padecían los estragos de los fumaderos de droga, hasta que en 1900 las masas se levantaron contra aquel envenenamiento masivo, desencadenando la guerra de los boxers, un problema que no acabó hasta la revolución socialista de 1949.

Pero en Hong Kong no es oro todo lo que reluce. Si esos estudiantes se hubieran sentado en las calles de un barrio obrero no hubieran salido en los telediarios del mundo entero. Lo que los «ocuppys» han ocupado es Central, el lugar de la bolsa, las finanzas y los negocios de Hong Kong, donde el nivel de vida es engañoso. En contra de lo que dicen los imperialistas a través de los medios de comunicación a su servicio, una quinta parte de la población de Hong Kong vive en la pobreza.

Para paliar las pésimas condiciones de vida de los obreros del enclave, China ha introducido algo que los colonialistas nunca hicieron: un salario mínimo de 3,60 dólares, absolutamente insuficiente para cubrir el astronómico alquiler de una vivienda. La miseria es tan espantosa que los obreros de Hong Kong han tenido que emigrar al continente. Desde que Hong Kong fue devuelto a China, está ocurriendo lo contrario de lo que dicen los medios imperialistas: el antiguo centro comercial colonial ha perdido alrededor de un 80 por ciento de sus puestos de trabajo industriales y las fábricas se han desplazado a la parte continental.

En Hong Kong los obreros no pueden subsistir con el salario que les pagan los capitalistas. Su problema, pues, no es esa «democracia» a la que se refiere Rodríguez-Rubio, «que no tiene nada que ver con las monstruosas experiencias burocráticas del estalinismo»(3), otra típica expresión babosa que siempre está en boca de los trotskistas. A diferencia de los estudiantes de Hong Kong, que pertenecen a la burguesía, los obreros no pueden elegir el sitio en el que viven. No les queda otro remedio que refugiarse en una de esas «monstruosas experiencias burocráticas del estalinismo» que es China. Si no pueden elegir su lugar de residencia, es decir, si tienen que emigrar fuera de Hong Kong, tampoco pueden votar. Hablar de democracia en Hong Kong es un sarcasmo, propio de verdaderos degenerados burgueses: cuando los obreros se hayan ido de la localidad sólo van a poder votar los que tienen los bolsillos llenos; son ellos los que quieren tener todo el poder en sus manos.

Pero eso no es más que una excusa burda, propia de farsantes. En realidad nadie pretende ninguna clase de democracia en Hong Kong: se trata de una campaña imperialista de desestabilización -otra más- dirigida contra China, a la que pretenden atenazar de un extremo (Hong Kong) a otro (Xinjiang). Eso es lo que los caciques de Podemos, como Rodríguez-Rubio, están apoyando.

(1) http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/4izqhk.pdf, http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/hk.pdf
(2) https://twitter.com/TeresaRodr_/status/517782388580290562
(3) http://www.reddit.com/r/podemos/comments/2b1baf/soy_teresa_rodr%C3%ADguezrubio_y_puedes_preguntarme_lo/

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