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Mes: junio 2014 (página 2 de 2)

Autonomías y lenguas

Nicolás Bianchi

El llamado Estado de las autonomías, tan cuestionado últimamente, fue un arreglo improvisado en el que nunca creyeron sus propios fautores. Un emoliente y una corma a la vez. La pretensión de rebajar las aspiraciones de las llamadas “nacionalidades históricas” dio como resultado su disolución en lo que se dio en llamar “café para todos” inventando taumatúrgicamente autonomías donde jamás las hubo: una chapuza, otra más. Incapaces de resolver el problema en origen, crean otros. Y se lamentan ahora de que ese Estado autonómico es políticamente inmanejable y financiariamente inviable. En realidad, añoran el Estado concentracionario y fingen quejarse del despropósito que ellos mismos han generado.

Recién tuvo lugar un debate sobre estos temas y surgió la recurrente polémica sobre los “pinganillos”. ¿Cómo puede ser, en qué cabeza cabe, que senadores catalanes, vascos, gallegos hablen en sus lenguas vernáculas y no lo hagan en “español”, idioma que todos saben y hablan? Incluso aducen, evidenciando su nulo lábel democrático, el ahorro que supondría en tiempos de crisis en traductores despreciando la función territorial del Senado, al menos en teoría. ¿Por qué, pues, no hablar en la koiné española? La pregunta es capciosa ideológica y lingüísticamente hablando.

El lingüista madrileño Juan Carlos Moreno Cabrera escribió un libro titulado “El nacionalismo lingüístico”, obra luminosa y coruscante, donde desarticula  la mecánica identificación que se hace entre “español” y “castellano”. O la falsa relación y subordinación que se establece entre dialecto y lengua.

Viene a decir el autor, en síntesis, que se trata de llevar la supremacía o superioridad política, demográfica, militar o económica, al terreno lingüístico, el “español” en este caso. Distingue entre dialectos (incluido el castellano como variedad lingüística derivada del latín), que son lenguas, y las “lenguas estándar”, que son registros elaborados –política e ideológicamente por las élites dominantes en su día-, de manera culta y literaria, en base a un dialecto concreto, el castellano en este caso.

Le importa mucho recalcar que el castellano NO se ha transformado mágicamente en “español”, tesis de Menéndez Pidal, para quien, acabáramos, la lengua castellana es la lengua española por antonomasia “siendo el resto de las lenguas peninsulares ciertamente españolas, sí, pero no el español por antonomasia”. Es este pensamiento pidaliano el que priva y prolifera en el corpus nacionalista –inconfesado- lingüístico español. Un nacionalismo velado que no se pregunta que pueda ser posible hablar en el Senado en español canario o sevillano o argentino, algo impensable. ¿Y acaso no se habla del inglés norteamericano para diferenciarlo del de Oxford, como hacía Oscar Wilde en lo que era algo más que una boutade? Y no lo hace porque está interesado en creer que son dialectos –como el “andaluz”– de la lengua estándar española cuando, en realidad, esta última es una abstracción que no la habla nadie pues que las lenguas no nacen estandarizadas sino que son cultivadas de una determinada manera en una cultura concreta a partir de los usos orales. O sea, primero fue el huevo oral-coloquial y, luego, la gallina estándar, y no al revés. Yo le daré al cocoliche (una jerga, ojo, no una bebida).

¿Cómo es la filosofía marxista?

Juan Manuel Olarieta

Quizá sea posible explicar cómo es la filosofía marxista, el materialismo dialéctico, por comparación con las demás filosofías que ha conocido la historia, poniendo el ejemplo de un partido comunista, que no es otro partido más, de los varios que existen, sino que es un partido distinto. Si tomamos a cualquier otro partido como referencia, un partido comunista no es un partido. Pero lo que diferencia a un partido comunista de cualquier otro no es sólo el hecho de ser comunista, su ideología, sino que como tal partido, como organización, también es diferente, aunque se llame de la misma manera: «partido».

Lo mismo ocurre con el materialismo dialéctico, que no es una filosofía más de las varias que se han propuesto a lo largo de la historia. En ese sentido no es una filosofía sino que es la superación de la filosofía, de todas ellas, del concepto mismo de filosofía. Eso es exactamente lo que dice la Tesis número 11 que Marx escribió sobre Feuerbach: «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de distintos modos, de lo que se trata es de transformarlo».

La burguesía cree que Marx y Engles anuciaron el fin de la filosofía, de toda la filosofía, de cualquier clase de filosofía o, al menos, que expresaban desprecio hacia ella. Lo nuevo sería la práctica, la política, la lucha. Es como decir: ya vale de hablar, pongámonos manos a la obra.

El rechazo a la filosofía se refuerza con otra frase de Engels igualmente tergiversada hasta el aburrimiento: «El marxismo no es un dogma muerto, no es una doctrina acabada, terminada, inmutable, sino una guía viva para la acción» (1). Llegaban momentos de menosprecio para la filosofía, de la que habría que despedirse por completo.

Se pueden recordar varias frases de Marx y Engels que conducen a ese tipo de conclusiones opuestas a la filosofía. Resucitando viejos fantasmas Marx dijo en «El Capital» que a Hegel le trataban como a un «perro muerto» (2). Pues muerto el perro se acabó la rabia. ¿Para qué continuar?

El rechazo a la filosofía fue -sigue siendo- característico del revisionismo, de la socialdemocracia alemana de finales del siglo XIX. Bernstein separó la teoría de la práctica afirmando que el movimiento obrero era «independiente del destino de las teorías que se han elaborado sobre él […] Lo que el movimiento obrero existente debe a las teorías no pesa más que lo que le deben a él las teorías socialistas. Más que producto, el movimiento es actualmente creador de teorías. Hoy, cuando la lucha de los trabajadores en el campo político y económico es más real y efectiva que nunca, no es realmente necesario ponerse nervioso porque el dogma de la lucha de clases pueda sufrir algún daño». El propio Bernstein resumía su concepción en la tesis de que «el movimiento lo es todo, y nada lo que comúnmente se denomina meta final del socialismo» (3).

Entre otras taras, el revisionismo es puro pragmatismo burgués, que se expresa como tal en afirmaciones que hemos escuchado muchas veces, tales como «la revolución se puede llevar a cabo con cualquier teoría», «todas ellas son válidas», «todas caben en las filas del proletariado», «las teorías dividen y la acción unifica»… Lo contrario era (y es) dogmatismo. El marxismo puede hacer tabla rasa, borrón y cuenta nueva; a cada momento la acción empieza de cero, o lo que es lo mismo: el movimiento se repite, no avanza. Es lo que pretendían (y siguen pretendiendo) los revisionistas.

Bernstein y los suyos se convirtieron en la gangrena del movimiento obrero. Durante un congreso de la socialdemocracia alemana celebrado en 1902 un militante tomó la palabra y, en medio del aplauso generalizado de los asistentes, arremetió contra «las cavilaciones de algunos camaradas que no encuentran resonancia entre la amplia masa». Proponía encerrar a todos los teóricos juntos «hasta que se hayan devorado unos a otros».

A veces la Tesis 11 sobre Feuerbach se reproduce de la manera siguiente: los filósofos se dedican a interpretar el mundo, mientras que nosotros lo que queremos es transformarlo y por eso somos algo distinto a ellos, e incluso opuesto: no somos filósofos. Esto es erróneo y tratándose de algo que está grabado en la lápida mortuoria de Marx, el error es muy importante porque la Tesis número 11 lo que sostiene es exactamente lo contrario: para transformar el mundo hay que interpretarlo, es decir, hay que ser un filósofo, entre otras cosas. Lo que ocurre es que un filósofo que quiere transformar el mundo no es exactamente un filósofo tal y como lo hemos conocido hasta hoy (y como lo seguimos conociendo).

«Transformar el mundo» es a lo que los marxistas llaman «práctica», lo cual facilita un poco la compresión de las cosas. Sin embargo, ¿qué es la práctica?, ¿a qué llamamos práctica? Cuando a un marxista le mencionas la palabra «práctica» inmediatamente la asocia a la teoría y piensa en la unidad entre ambas, e incluso en la contradicción entre una y otra. En este sentido se puede decir que la práctica es todo aquello que no es teoría, es decir, que el marxismo está «mezclando» (uniendo) cosas que son muy distintas, e incluso contrapuestas, algo capaz de sacar de quicio al profesor universitario más asentado.

En efecto, la práctica son muchas cosas distintas aparentemente, y ésa es una de ellas: los filósofos marxistas han sacado (y sacan) su filosofía de las bibliotecas apolilladas, las aulas silenciosas y las lecciones tediosas. La filosofía marxista, a diferencia de la filosofía, se escribe por y para los obreros, los explotados y los hambrientos. Una exposición ejemplar de la filosofía marxista es la de Politzer. Hoy ese tipo de exposiciones se lleva a cabo, por ejemplo, entre los trabajadores de cualquier barrio de cualquier ciudad del mundo, que toman contacto con ella en un local inmundo, húmedo y sin luz. Como manual de iniciación a la lectura utiliza el mismo que todos los revolucionarios del mundo: el «Materialismo histórico y materialismo dialéctico» de Stalin.

Por eso a Stalin los profesionales de la filosofía, los que viven de ella, le consideran dogmático, vulgar y superficial: a diferencia de otros, a Stalin los explotados le entienden. Gracias a Stalin y a otros escritos filosóficos parecidos, y no gracias a las facultades de filosofía del mundo, ni a los filósofos, los explotados conocen lo que es una contradicción, quién fue Hegel, que todo está en movimiento… incluso saben que tienen mucho que aprender, que hay algo que se llama filosofía y que no es tan difícil de entender como los filósofos quieren hacer creer. ¿Por qué? Porque quieren mantenernos en nuestra ignorancia.

«El movimiento obrero de Alemania es el heredero de la filosofía clásica alemana», sentenció Engels. Lo mismo podría haber dicho de cualquier clase de filosofía de cualquier otra parte del mundo: que no pertenece a los filósofos sino al proletariado. En eso consiste la superación de todas las filosofías. Lenin lo llamó «partidismo», otra paradoja chocante con la que se superan todas las filosofías: a diferencia de las demás, la filosofía marxista es un asunto «de partido», no de universidad, ni de aulas, ni de masters. Por si alguien está pensando en que la filosofía está fuera, o es ajena, o está en contra de ese tipo de sitios, lo vuelvo a repetir: la filosofía sólo la confinan ahí quienes no quieren que se supere a sí misma.

Pero eso es también sólo una parte del asunto, al que se le debe dar la vuelta: a los herederos, es decir, al proletariado (y muy especialmente a su vanguardia) le corresponde cuidar de esa herencia, lo mismo que de otras herencias que también recibimos y estamos dilapidando. El marxismo no liquida la filosofía sino que la supera. ¿Cómo lo hace? Con filosofía. Pero una filosofía que se ha superado a sí misma es filosofía y no lo es al mismo tiempo…

(1) Engels, carta a Sorge, 29 de noviembre de 1886.
(2) Marx, El Capital, tomo I, Postfacio a la segunda edición, pg.XXIII.
(3) Horst Heimann, Textos sobre el revisionismo. La actualidad de Eduard Bernstein, México, pgs.87, 113, 127, 151 y 152.

Sobre el cooperativismo

Nicolás Bianchi

El cooperativismo ya fue ensayado por socialistas utópicos en el siglo XIX como Owen y Fourier y sus falansterios o el mismísimo Lenin aprobando, en un momento dado y bajo la construcción del socialismo, la colectivización agraria como reorganización de pequeñas economías campesinas individuales transformándolas en grandes haciendas colectivas mecanizadas. Una colectivización que empezó, ya fallecido Lenin, en 1929, con los koljoses, es decir, aplicada a los grandes propietarios campesinos.

Sharryn Kasmir, autora del libro titulado «El mito de Mondragón», sobre el movimiento cooperativista en esa localidad guipuzcoana, se fija, no tanto en lo que acabamos de decir arriba, sino en la identificación entre el cooperativismo y la ideología fascista -mussoliniana, en concreto- en la negación de la lucha de clases. Las cooperativas italianas -dice esta autora- fueron beneficiosas para la propaganda fascista. Mussolini las ponía como ejemplo de los ideales del corporativismo donde habrían unas relaciones no conflictivas entre empleados y dirección.

El Estado español nunca fue hostil a las cooperativas de Mondragón-Arrasate en pleno franquismo. Y eso que en España, la primera ley de cooperativas, se aprobó durante la II República, en 1931. Esta ley fue sustituida en 1942 por otra que integraba más a las cooperativas en la órbita fascista obligando a sus socios a afiliarse al Sindicato Vertical.

El nacionalismo vasco de Sabino Arana pretendía -a la defensiva- refugiarse en un pasado mítico en el que, según imaginaba él, no existía el antagonismo entre clases (sociales). Arana y sus seguidores veían la lucha de clases como un concepto «extranjero» al igual que el socialismo. El Partido Nacionalista Vasco (PNV) imaginaba que el igualitarismo era patrimonio de los vascos. Un igualitarismo que, supuestamente, cumpliría dos funciones: diferenciar al País Vasco de España y, en segundo lugar, desacreditar el socialismo moderno como innecesario para los vascos, igualitarios por naturaleza. Un igualitarismo, pues, comunal y precapitalista orientado más al Antiguo Régimen de corte carlista que al comunismo de una sociedad sin clases.

Algo de esto bullía en la cabeza del padre José María Arizmendiarrieta, sacerdote a quien se le atribuye la fundación del movimiento cooperativista y a quien se le supone como una figura apolítica y no ideológica. Nada más ser ordenado, el padre Arizmendiarrieta llegó a Mondragón en 1941 (él nació en Markina en 1915 y murió en 1976 en Mondragón asistiendo a su funeral Antonio Tejero, entonces gobernador militar de Gipuzkoa) y se encontró con que las organizaciones de trabajadores todavía estaban en activo. La Iglesia Católica, en su «doctrina social», también ha defendido el cooperativismo como un medio para «dignificar» a los trabajadores y, al mismo tiempo, alejarles del comunismo y de la lucha de clases. Arizmendiarrieta se propuso convertir a la clase trabajadora de Arrasate en pequeños propietarios como modo de atenuar -y eliminar- la lucha de clases.

Ha habido sectores de la izquierda -y también en ETA y sus escisiones- que han visto el cooperativismo vasco como si fueran una especie de «islas» de socialismo, una visión idílica del movimiento cooperativista. Lo cierto es que se encuentra sometido a las leyes del mercado capitalista y que, para sobrevivir, necesitan competir con otras empresas. Bajo el capitalismo -dice Santi Ramírez-, las cooperativas tienden a alejarse cada vez más de sus iniciales principios democráticos y asamblearios; a requerir del trabajo de «expertos» que se superpone al conjunto de trabajadores-cooperativistas. Es decir, que las cooperativas, lejos de ser esas idílicas «islas» de socialismo, tienden a reproducir las relaciones de producción capitalistas.

Arizmendiarrieta fundó, junto a cinco jóvenes procedentes de la Escuela Profesional de Mondragón, la primera cooperativa en 1956: ULGOR, inicio de lo que con los años sería el Grupo Cooperativo Mondragón. En 1974 se produjo la primera y última huelga o protesta masiva de trabajadores cooperativistas en Mondragón. Había huelguistas que veían el nuevo sistema de evaluación como un esfuerzo para «profesionalizar» las cooperativas mediante «la valoración del trabajo intelectual por encima del manual». Algo así como la «reválida» que quiere reimplantar el ministro Wert de Educación.

La huelga sólo duró un día y no llegó a paralizar la producción por completo. Desde 1971, los estatutos de las cooperativas prohibían las huelgas internas de forma que el Consejo Rector tuvo total libertad para sancionar a los huelguistas. Muerto Franco y con la amnistía laboral (readmisión de los que estaban en las «listas negras»), Ulgor no lo hizo porque tenía propia normativa y no readmitió a los trabajadores. Los huelguistas hicieron prevalecer la solidaridad de clase frente a la solidaridad entre vascos de todas las clases sociales.

Se fue extendiendo la idea -que llega hasta hoy- de que cuando hay una huelga, los trabajadores de las cooperativas no quieren salir porque ellos no tienen problemas. Es el intento de Arizmendiarrieta de crear una «clase media» en el seno proletario de Mondragón. Y es que, se supone, el cooperativismo eliminaría la contradicción entre el capital y el trabajo. El ejemplo de Fagor parece desmentirlo.

Frases significativas que se atribuyen a Arizmendiarrieta fueron: «la política hay que dejarla en la taquilla, junto a la txapela. Aquí peleamos todos juntos por el proyecto». O esta otra: «siempre hay que llevarse bien con el que manda». Y otra más: «no os metáis en política. Las necesidades unen; las ideologías separan».

El mito de Normandía, el día D

Juan Manuel Olarieta
¿Qué país contribuyó más a la derrota del III Reich en la Segunda Guerra Mundial? En 1945 cualquier encuesta de opinión pública hubiera respondido a esa pregunta de una manera unánime: la URSS. Medio siglo después le han dado la vuelta a la historia: en un reciente sondeo realizado en Francia el 58 por ciento de los encuestados opinó que el artífice de la victoria fue Estados Unidos (1).

La propaganda logra resultados milagrosos. Es capaz de sacarnos hasta la evidencia de los ojos para poner otra cosa en su lugar y, a medida que pasa el tiempo, la historia deja de ser un asunto político para convertirse en cosa de los archivos, los bibliotecarios, los historiadores y las universidades. Pero para entonces la verdad importa una mierda porque necesitamos la verdad como presente, para la lucha de clases, no como fósil.

Suele ocurrir cuando alguien se ve acorralado y parece que te pregunta, cuando en realidad afirma: ¿te crees en posesión de la verdad? Pues si alguien era poseedor de la verdad, se la han robado, como ese sondeo demuestra. Puestos a robar, la burguesía te roba hasta la verdad. Pero si te roban la verdad es porque existe, lo cual contradice a los agnósticos, esos que van por ahí acusando a los demás de dogmáticos por decir que la verdad existe. Ellos creen que sólo hay opiniones subjetivas, que nada es verdad ni es mentira, que todo es del color del cristal con que se mira…

El robo de la verdad es igual que el de la cartera, es decir, no es una opinión, no es discutible. Lo que ocurre es que cuando la propaganda burguesa va logrando sus objetivos, te ponen contra las cuerdas, te convierten en un bicho raro. En historia a eso le llaman «revisionismo»: cuando hay un canon histórico impuesto por los investigadores, cualquier otro criterio se mira con malos ojos y entonces ocurre lo de siempre: al historiador lo tachan de autor «polémico», «discutido» y «controvertido». Le ocurre a Grover Furr, por ejemplo. A diferencia de los demás historiadores, no se apoya en hechos sino en teorías que no están bien demostradas; no tiene pruebas de lo que sostiene…

¿Os dáis cuenta? Ya podéis poneros a la faena ahora mismo y demostrarles a esa mafia de historiadores, periodistas y tertulianos que fue la URSS quien llevó a cabo el peso decisivo en la derrota del III Reich. ¿Tenéis pruebas o no? Da lo mismo. Una vez que tengáis las pruebas en la mano no cantéis victoria: vuestras pruebas os convencen a vosotros pero no a ellos. ¿Os habéis creído muy listos o qué?, ¿Acaso sabéis vosotros más que un catedrático de la Universidad de Princeton?

Normandía fue el origen de un mito contemporáneo que dura 70 años: el de Europa «occidental», el del mundo libre y Estados Unidos como su guardián. Si en España le debemos la libertad al rey, en Europa se la debemos a Estados Unidos. El primero nos libró del franquismo y el segundo del nazismo. A ver si os enteráis de una vez. Eso es lo que pone en los libros de historia y no hay más que hablar.

Las universidades no son diferentes a Hollywood, los comics o las tertulias de la tele. Los héroes de la libertad son los que todos conocemos: generales como Eisenhower, Patton, MacArthur y, en segundo plano, el inglés Montgomery. ¿La resistencia? ¿La guerrilla? ¿Las masas son las protagonistas de la historia? Ni hablar. Quien liberó a Francia de la ocupación nazi fue De Gaulle hablando por la radio desde Londres. Sin pegar un tiro. Fue la mejor demostración de que, por difíciles que se pongan, las cosas se pueden cambar pacíficamente, lanzando soflamas por los micrófonos de la BBC.

Stalin, la URSS y el Ejército soviético no salen en las películas. ¿Es posible convencernos de que es a alguien como Stalin al que Europa le debe lo que conquistó en la posguerra? ¿Stalin puede ser el artífice de la libertad? No nos entra en la cabeza. Lo que hizo Stalin fue repartirse el mundo en 1945 con Roosvelt y Churchill como si fuera un pastel de cumpleaños. Porque una vez que estéis a punto de convencer a vuestro interlocutor, se escapará de esa manera: son todos iguales. Cualquier cosa antes que reconocer la verdad.

Es así de curioso. Si en lugar de discutir sobre algo concreto, como Normandía, el debate es más general, no cabe duda de lo que te van a decir: la verdad siempre resplandece por sí misma, estoy dispuesto a dejarme convencer por tus argumentos… Es mentira. Como todo, la verdad es una guerra, una lucha o, por decirlo de otra manera, una contradicción. Ni siquiera es un acto de la inteligencia o del conocimiento, sino también de la voluntad, como decía Gramsci (2). Dejaros de bobadas: no sólo hay quien no quiere saber la verdad sino que no quiere saber nada de nada. Hay quien vive mejor con la mente en blanco. ¿Como os creéis que vais a convencer a alguien así, que no quiere saber nada? Ahora empezar a preguntaros por qué no quiere saber nada…

Ya habéis escuchado las noticias, ahora os contaré la verdad: si las cosas siguen como hasta ahora, los niños en el futuro creerán que la Segunda Guerra Mundial se desató porque la URSS atacó alevosamente al III Reich, que fue derrotado porque Estados Unidos se equivocó de bando, porque Roosvelt debió aliarse con Hitler. Lo leerán en un manual de historia contemporánea de la Universidad de Princeton que escribirá un prestigioso profesor de la misma. Los que no leen ese tipo de libros lo verán en un documental de la tele, o en una entrevista por la radio, o en el Facebook, o en un artículo de la revista Muy Interesante, o en… No se en dónde; de lo que estoy convencido es de que se lo harán leer por cojones.

(1) Frédéric Dabi: 1938-1944: Des accords de Munich à la libération de Paris ou l’aube des sondages d’opinion en France, febrero de 2012, http://www.revuepolitique.fr/1938-1944-laube-des-sondages-dopinion-en-france/

(2) Hay que poner a la voluntad en la base de la filosofía, escribió Gramsci (Antología, pg.435).

Alegoría del transistor

Nicolás Bianchi

En la cancha once contra once disputaban el control del cuero. En las gradas miles de golas permanecian mudas, golletes sin emoción por algún lance del juego, insensibles, ningún aplauso por ese caño meritorio o dribbling plausible del rival. Tampoco, qué menos, abucheo al árbitro que pitó, erróneamente, orsay. Nada. La masa, el público, no rugía. Sólo veía o miraba –que lo aclare Heisenberg- el frufrú del juego. Y, ya se dijo, sin pasmo, sin filosofía, sin asombro. Ningún cántico o sonido, nada. Sólo el garrir de un loro, el humo de los cigarros y el reflejo del sol en el anillo dorado de una bella mujer ajena al partido de fútbol. Hubo chutazo, misil, obús, del volante zurdo que astilló el travesaño y entró unas pulgadas en el útero de la portería, pero el trencilla no lo vio o no lo quiso ver. Un gol-fantasma, como los gobiernos. En los anfiteatros y vomitorios ni protesta ni vehemencia, sólo el segundo principio de la termodinámica, calma entrópica (o neguentrópica). Los jugadores perjudicados no hicieron aspaviento y el juego –que es de lo que se trata- continuó. Sólo volutas de vegueros y tabacos que dibujaban extrañas formas y pompas en el aire de De Chirico que, fantásticas, desaparecían con un tenue ábrego. Sólo en el palco, las élites gesticulaban en soledades sonoras y otros oximorones clamorosos. Gente concienciada. En las barras bravas, robots sin alma. Sólo humo, mucho humo (sense of smoke, not sense of humour). Y soma, abundante soma, el nepenta de A.Huxley. No había pueblo ni nervio, sólo público sociológico abúlico. No había “raza” ni volkisch salvo en el palco de autoridades que, incluso, se contagiaron con tanta desidia y bostezaron. Se justificó la acidia porque hubo gol y nadie festejó. Ni dios, como dice el vulgo. ¿Hubo motivo? No, claro que no. El gol es un orgasmo, un nirvana, pero la gente, el pueblo, el público estaba somatizado, como drogado. Sólo exhalaba humo con los ojos fijos en el campo de juego, moviendo la cabeza como partida de ping-pong. El Stadium, el templo del siglo moderno, la última belleza catártica y sublime arquitectónica de la “arquitextura”, antes del armagedón, alberga las ruinas físicas adiaforéticas y epicenas del homo faber, indiferentes y apáticas. En medio de guerras locales y focales, hambrunas inmisericordes, ni siquiera el deporte-rey, el fútbol, logra despertar a las adormecidas masas y sacarlas del sopor. Pero hubo milagro.

De pronto, en la modorra, se oyó una voz metálica. Procedía de un transistor encendido por un cadáver (se entiende que antes de serlo). Era la voz estentórea de un locutor desatado que, en el páramo, ululaba: “soy español, español, español”. Súbito, el velo del templo se rasgó, los muertos resucitaron y volvieron los amaneceres refulgentes al grito de “a por ellos” y el “viva España”. Volvía, por fin, la alegría de vivir y el derecho a la vida y búscate la vida. Todo gracias a un locutor mediático. El país pareció reanimarse… No sabíamos lo que éramos pero ahora sí lo sabemos gracias a esta estirpe de novela de caballerías que Cervantes pensó que ridiculizó.

¿Nos hemos vuelto todos locos o qué?

Juan Manuel Olarieta
El 18 de mayo del año pasado la Asociación Americana de Psiquiatría presentó la última edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), conocido como DSM-5, en el marco de su congreso anual, celebrado en San Francisco. Como todo lo que tiene su origen en Estados Unidos, han logrado convertirlo en una obra de referencia en la materia. Es la Biblia para los siquiatras del mundo.

La primera edición del Manual, publicada en 1952, tenía 120 páginas y la cuarta, publicada en 1994, casi alcaza las mil. Una edición especial del “Journal of Mental Health” planteaba en 2010 si queda alguien en el mundo al que podamos considerar mentalmente sano.

Lo mismo escribió Allen Frances, que estuvo a cargo de la edición anterior, el DSM-4, en un editorial del diario Los Angeles Times: “Aprendí a través de una dolorosa experiencia cómo pequeños cambios en la definición de los desórdenes mentales pueden crear enormes e indeseadas consecuencias”. Reconoce que con su obra habían contribuído a la creación de tres falsas epidemias que desde entonces se estaban diagnosticando más de la cuenta.

Pero hay algo que nos alivia del este agobio siquiátrico: la transexualidad ya no es un trastorno mental. Por fin se han curado. Antes eran enfermos; ahora ya no. Pero no me preguntéis que pócima mágica les ha curado de su enfermedad, porque el manual no habla de eso para nada.

Otra enfermedad que también desaparece es lo que antes llamaban “trastorno por hiperactividad sexual”, seguramente no porque los enfermos que la padecían se hubieran curado, sino porque no querían curarse por más pastillas de bromuro que les recetaran. En los tiempos de la Viagra era un trastorno demasiado estúpido.

En mi opinión, los transexuales y los hiperactivos sexuales no estaban locos ni antes ni ahora, pero no se si se puede decir lo mismo de los siquiatras, es decir, no se si los que no están bien de la cabeza son ellos que, como tantos otros científicos, se creen sus propias bobadas.

Resulta que en una sociedad capitalista saturada de publicidad, padecemos adicciones de todo tipo. Ahora a las aficiones se les llama adicciones. El que no es adicto a una cosa, es adicto a otra. Estamos trastornados por todo. Somos sicópatas y sociópatas. Somos adictos al juego pero la publicidad de la lotería, el cuponazo, los concursos, los bingos, las apuestas y el póker están por todas partes. Otros son adictos al porno, a las comilonas, a la cocaína, a los videojuegos, a las compras, a la tele…

Lo que está claro es que estas -y otras- enfermedades son inventadas, es decir, no existen en absoluto. Como bien solía decir el doctor Sydney Burwell, profesor de la Universidad de Harvard, “durante los próximos 10 años la mitad de lo que hoy se enseña a los estudiantes de medicina habrá demostrado ser falso, el problema es que ningún profesor sabe qué mitad”(*). ¿Sólo la mitad? Yo creo que bastante más.

Tampoco cabe descuidar otra posibilidad: que los trastornos mentales sean consecuencia del podrido capitalismo que padecemos, es decir, que en lugar de tomar tantas pastillas deberíamos curarnos de nuestros trastornos, delirios y adicciones saliendo a la calle a sujetar una pancarta.

Sobrevivimos gracias a las pastillas. Los especialistas que no las recetan, como los sicoanalistas por ejemplo, padecen todo tipo de ataques por parte de los lacayos de la industria farmacéutica, un negocio que funciona al revés que el resto del mundo: cuantos más enfermos, más saneada marcha su cuenta de resultados. Allen Frances lo ha calificado como “una catástrofe de salud pública”. Un antidepresivo como el Prozac se vende casi tanto como la Coca-Cola: 10 millones de consumidores diarios.

Lo curioso de este asunto es que no vamos al médico para que nos cure nada sino para que nos recete algo, lo que sea, y los médicos recetan lo que antiguamente se llamaba la purga de Benito: cualquier cosa para remediar cualquier enfermedad. Por ejemplo, el Prozac está oficialmente indicado para los deprimidos, para los obsesivo-compulsivos, para la bulimia, para la pérdida de la autoestima, la anhedonia (imposibilidad de sentir placer), el estrés, la ansiedad, la timidez, la tristeza y -sobre todo- para la distimia, que es una especie de depresión de segunda clase.

Una sociedad podrida todo lo pudre. Cualquiera que sea el diagnóstico, quien realmente está enferma es la medicina. Lo mismo te recetan pastillas para que te duermas, que pastillas para que te espabiles por la mañana. Padecemos sobredosis, sobrediagnóstico, sobrefármacos, especialmente con los niños, que no pueden defenderse, no solamente de los médicos sino tampoco de sus padres, que quieren “lo mejor para ellos”. ¿Cada vez hay más niños hiperactivos o cada vez hay más padres que no aguantan a sus hijos en casa?

(*) Cfr. Riding the waves of change together: are we all paying
attention?, Journal of the Medical Library Association, abril de 2008,
vol.96, núm, 2, pgs. 85-87,
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2268220/

Nacionalismo español (y 4)

Nicolás Bianchi

Como afirmara Máximo d’Azeglio, un ministro italiano en la primera reunión del parlamento de la Italia unificada: Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer los italianos”. Y es que los “italianos” coetáneos de Manzini eran italianos sin saberlo. Les tuvieron que “construir” una identidad.

Por estos pagos, la nacionalización del pasado adquirió nítidos signos conservadores conmemorándose a Recaredo (que dejó de ser arriano), Santa Teresa o Calderón de la Barca presentado como prototipo del “alma española”. Integrismo católico.

La generación de intelectuales demócratas de 1868, por su parte, elevó las creaciones culturales de la historia castellana a rasgo definitorio de lo español. Los Giner de los Ríos, Galdós, Azcárate, Juan Valera, Salmerón y el ámbito de influencia krausopositivista (en la península nunca entronizó Hegel) en el medio académico, político y periodístico apuntaló el esencialismo español. Acrecentado por el surgimiento de nacionalismos periféricos en el Estado. Aparecen los “Episodios nacionales” de Galdós.

En estas épocas finiseculares, los nacionalismos recurrieron a las ideas científicas en boga, ya al darwinismo social para justificar la supuesta supremacía de un pueblo, ya al organicismo positivista e incluso a filosofías irracionales. El krausopositivismo era una metodología que ligaba el pasado con el presente porque se consideraba que la evolución de un pueblo funcionaba igual que cualquier ser vivo (nacen, crecen, etc.) Por eso se encuentran en los escritores de estos años tantas metáforas sobre la salud o la enfermedad de España, con una constante obsesión por diagnosticar los “males” de esa “España” que tanto les “duele”. Así, en este contexto, se entiende tal vez mejor lo que escribía Unamuno sobre la “salud” del euskera.

El nacionalismo español –que, repetimos, no se reconoce como tal- ha resultado de la convergencia de cuantos intelectuales articularon y crearon la existencia de una misma “nación cultural” previa a la formación del Estado. La nación, algo natural, sería anterior al Estado, algo artificial (para un marxista es justo al revés). Son tiempos románticos. La españolidad concebida como algo primordial estructurada sobre tópicos esencialistas se forjó tempranamente con los reaccionarios del siglo XIX. Semejante corriente llegó a su máxima expresión con Menéndez Pelayo y el menéndezpelayismo como ideología oficial del catolicismo que, me atrevo a decir, todavía dura pues España siempre tuvo propietario.

Y es que en España, dizque el Estado, salvo cortísimos periodos históricos ahogados en sangre, jamás se ha vivido en democracia en los últimos doscientos años. Podrá haber mayor o menor libertad de expresión, pero de poco sirve ésta si se impide la realización material de las ideas, principio burgués consagrado por la Revolución francesa y hoy, por supuesto, pisoteado. Se diría que llevan tanto tiempo manteniéndose a garrotazo limpio que ni saben ni pueden hacer las cosas de otra manera (ejemplos: el Estatut catalán o el Plan Ibarretxe). Son incapaces –ni quieren ni pueden bajo el capitalismo- de resolver ninguna cuestión a la que anhelen las masas, incluida la nacional. Sólo queda barrerlos y abrir las ventanas. Sería un comienzo.

Asesinados dos espías israelíes en Bruselas

Juan Manuel Olarieta
El sábado 24 de mayo alguien disparó una ráfaga con un Kalashnikov dentro del museo judío de Bruselas, matando a cuatro personas. El País tituló que se trataba de un «atentado antisemita». Naturalmente se trataba también de una acción indiscriminada, terrorista, en vísperas de unas elecciones europeas.

Sin embargo, el lunes un diario judío de Estados Unidos, The Forward, decía que se trataba de un «asesinato político» (*). The Forward ocultaba algunos detalles de cierto interés, como que dos de las víctimas pertenecían al espionaje israelí. Uno de ellos, Emanuel Riva, trabajaba para Nativ, una organización pública clandestina de Israel encargada de promover la deserción de judíos soviéticos.

Miriam Riva, la mujer de Emanual, también trabajaba para el Primer Ministro israelí, lo que sus vecinos han confirmado a preguntas de los periodistas. Ambos trabajaban camuflados como «contables».

Nativ fue creada en 1952, depende directamente del Primer Ministro del gobierno de Tel Aviv y mantiene relaciones muy tensas con los otros dos organismos de espionaje: Mossad y Shin Beth. Tras la caída de la URSS en 1990 Nativ fue considerada como una reliquia del pasado, algo en vías de extinción. En 2005 el diario Haaretez decía que Natv sobrevivía gracias al empeño del primer ministro Ariel Sharon, recientemente fallecido.

Pero Nativ no sólo no desapareció sino que su carácter clandestino se estrechó aún más, como lo prueba el goteo de información sobre el matrimonio asesinado en Bruselas. El 27 de mayo el diario Israel Hayom decía que en 2009 el matrimonio Riva fue destinado a Berlín por el Ministerio israelí de Asuntos Exteriores, donde vivieron dos años.

Aquel año el ministro de Asuntos Exteriores era Avigdor Lieberman, un ultranacionalista judío de origen soviético y dirigente de la extrema derecha israelí, que está enfrentada tanto al Mossad como al Shin Beth. De 2006 a 2008 Lieberman fue ministro de Asuntos Estratégicos. Al llegar a su cargo retomó la línea de Ariel Sharon, anunciando que pretendía seguir utilizando Nativ para favorecer la emigración de los 200.000 judíos rusos que actualmente viven en Alemania.

Desde hace siete años la directora de Nativ es Naomi Ben-Ami, antigua embajadora de Israel en Ucrania y antigua consejera política de Lieberman. En 2008 le acusaron de provocar una crisis política con Alemania por el empeño de su jefe de forzar la emigración judía hacia Israel.

En enero de 2008 un artículo del diario Jerusalem Post informaba de la dimisión de Lieberman del Ministerio de Asuntos Exteriores presionado por su plan de enviar a dos emisarios de Nativ a Berlín.

Pero un año después Liberman volvió al gobierno y a su puesto al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, y fue entonces cuando enviaron al matrimonio Riva a Berlín.

Con el golpe de Estado en Ucrania, en el que Nativ ha participado activamente, el asunto tomó una nueva dimensión. La organización es una cabeza de puente con los antiguos países que formaron parte de la Unión Soviética y sus choques internos con el Mossad son cada vez más evidentes, lo cual es muy pintoresco porque el servicio secreto isaraelí le acusa de «opacidad» y exige el cese de sus actividades.

En fin, que el tiroteo de Bruselas parece un ajuste cuentas interno dentro de la intrincada madeja de espías que Tel Aviv tiene repartidos por el mundo entero. Más que un atentado antisemita parece un atentado semita.

(*) Was Brussels Jewish Museum Attack a Hate Crime — or Professional Assassination?, 26 de mayo
http://forward.com/articles/198889/was-brussels-jewish-museum-attack-a-hate-crime-o/?

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