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Biografía de Marx (Parte 18 y última)

Hasta 2025 no culminará la recopilación de las obras
completas de Marx y Engels
Los escritos de Marx y Engels son un iceberg del cual
sólo conocemos una mínima parte. Cuando murieron, tres cuartas partes de ellos,
aproximadamente, seguía inédita. En una carta a Danielson de octubre de 1868
Marx le decía: Yo mismo carezco de una recopilación de mis trabajos,
que fueron escritos en diferentes idiomas e impresos en diferentes lugares
.
Luego, en 1881, en uno de sus últimos años de vida, cuando Kautsky le preguntó
por la posibilidad de publicar una edición completa de sus obras, Marx respondió: Antes
que nada éstas deberían escribirse
. El marxismo, pues, está aún por
escribirse, pero empieza por los propios escritos de ambos que, aún hoy,
permanecen inéditos en una parte muy considerable, especialmente la
correspondencia y las anotaciones y comentarios que Marx y Engels hacían
de los textos que leían.
En particular, la correspondencia que Marx y Engels intercambiaron
en el transcurso de sus vidas y la que mantuvieron con los corresponsales con
los que estuvieron en contacto, es muy voluminosa. El número total de cartas de
este epistolario supera las 10.000 aproximadamente. Los historiadores ya han
encontrado más de 4.000 cartas escritas por ambos, de las cuales 2.500 son las
que se intercambiaron entre ellos y otras 10.000 son las escritas por ellos a
terceros. Además, sabemos de la existencia de otras 6.000, aunque no fueron
remitidas.
Desde los años treinta del pasado siglo, dos tercios de los manuscritos
los tiene el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam; otro
tercio está en Moscú.
La tarea de recopilarlos es ingente, pero no sólo por la enormidad de la
tarea, ni tampoco por motivos técnicos. Desde el principio se cebó sobre ellos
la censura de quienes debían haber impulsado su divulgación. Sobre la
publicación de los trabajos de los dos autores influyó inicialmente la fuerte
corriente reformista dentro del Partido Socialdemócrata alemán, que silenció y
ocultó sus escritos. Luego traficó con ellos: ni los publicaban ni dejaban
tampoco que otros los publicaran, algo especialmente grave porque algunos de
los que circulaban lo hacían en las versiones falsificadas que ellos habían
difundido. Los revisionistas como Bernstein se basaban en ellos para justificar
sus posiciones ideológicas. Entonces eran ellos los que conservaban buena parte
de la documentación y, desde luego, eran también los albaceas de los derechos
testamentarios y de autor de la herencia literaria de Marx y Engels,
incluida la biblioteca personal de ambos. Por ejemplo, Engels había depositado
en manos de Bernstein importantes manuscritos, entre otros, el original de La
ideología alemana
.
El marxista italiano Antonio Labriola exigió a la socialdemocracia
alemana poner al alcance de los lectores toda la obra científica y política de Marx y Engels.
Era un deber del partido alemán ofrecer una edición completa y crítica de todos
los escritos de los clásicos, acompañada en cada caso de prólogos descriptivos
y declarativos, índices de referencia, notas y remisiones. Había que incluir a
los escritos ya aparecidos en forma de libros o de opúsculos, los artículos de
periódicos, los manifiestos, las circulares, los programas y todas las cartas
que, por ser de interés público y general, tuvieran una importancia política o
científica.
En 1902 Franz Mehring divulgó algunos escritos inéditos, pero sobre las
ediciones preparadas por la socialdemocracia alemana de los textos de Marx y Engels siempre
acechó la sospecha de tergiversación que podían sufrir cuando sus contenidos se
cruzaran con los estrechos intereses de los reformistas.
A partir de 1904 los socialdemócratas austriacos (Max Adler, Otto Bauer,
Adolf Braun, Rudolf Hilferding y Karl Renner) empezaron a publicar en Viena Marx
Studien
, una revista ideológica de enorme alcance que dio a conocer algunos
de los documentos inéditos de nuestros clásicos. Hacia 1910 empezaron a
discutir el proyecto de unas obras completas de Marx y Engels.
Al año siguiente, los austromarxistas se reunieron en Viena con Riazanov, cuyo
nombre real era David B. Goldendach (1870-1937), un intelectual de Odessa que
entonces colaboraba con el archivo de la socialdemocracia en Berlín.
Establecieron por primera vez las primeras líneas editoriales para una edición
crítica de las obras de nuestros clásicos.
También aparecieron los primeros problemas de financiación. La
socialdemocracia alemana dejó claro que no estaban interesados en absoluto en
adelantar dinero para la edición.
Hacia 1917 Riazanov publicó dos volúmenes de escritos de los fundadores
del marxismo de la década de 1850, incluyendo alrededor de 250 artículos
desconocidos para el gran público de diarios como The New York TribuneThe
People’s Paper
 y Neue Oder Zeitung.
Tras la Revolución de Octubre los bolcheviques tuvieron,
finalmente, que comprar a precio de oro algunos de aquellos documentos para
darlos a conocer a los proletarios del mundo entero.
El primer intento sistemático de reunir y publicar todos los escritos de
los fundadores del marxismo se remonta a 1921, cuando en la Unión Soviética se
funda el Instituto Marx-Engels bajo la dirección del excéntrico Riazanov. El
Instituto Marx-Engels disponía de una biblioteca, un archivo, y un museo,
dividido en cinco secciones: Marx y Engels, historia del socialismo y
el anarquismo, economía política, filosofía e historia de Inglaterra, Francia y
Alemania. A lo largo de los años se le sumaron otros: Primera y Segunda
Internacionales, historia de la ciencia, historia de la sociología, historia
del derecho, la política y el estado, relaciones internacionales, historia del
marxismo en el movimiento obrero, etc.
El corazón del Instituto era su biblioteca. No sólo incluía estudios
sobre la historia del anarquismo, socialismo, comunismo y el movimiento obrero,
sino libros raros, incunables, diarios, octavillas, manuscritos y primeras
ediciones de clásicos, desde Tomás Moro. El Instituto recopiló esta colección
de diversas formas. Al comienzo, se proveyó exclusivamente de las bibliotecas
expropiadas en la propia Rusia después de 1917, como por ejemplo la de
Tanieiev, que contenía una excelente colección de autores socialistas y una
rara colección de impresos de la Revolución Francesa.
Por supuesto, estos suministros fueron insuficientes por la propia
censura del zarismo, que impidió la importación de libros de autores
prohibidos, incluyendo no sólo a socialistas o anarquistas sino incluso a
autores liberales, como el orientalista Renán, o historiadores sociales de la
Revolución Francesa, como Michelet.
El Instituto buscó otras opciones. Una fue la posibilidad de apropiarse
en otras bibliotecas de la Unión Soviética de libros que el Instituto
consideraba necesarios o únicos. Otra, que el Instituto fue designado el
depósito oficial de toda nueva edición de un libro, una norma equivalente a la
del British Museum. Una tercera es que se le otorgó un importante presupuesto
para viajar o designar corresponsales que compraran materiales por todo el
mundo. El Instituto creó una red internacional de personal extranjero
colaborador y autorizado para adquirir libros raros y manuscritos en todas las
capitales europeas. Además intentó desarrollar contactos permanentes con Japón
(instituto Ohara), España (a través de Wenceslao Roces) e Inglaterra.
En Viena adquirió dos grandes bibliotecas sobre socialismo, anarquismo y
movimiento obrero. Fueron las bibliotecas de Theodore Mautner y Wilhelm
Pappenheim: 20.000 libros más un archivo considerable de documentos,
manuscritos y papeles personales de Lasalle. También la de Carl Grünberg, con
más de 10.000 ejemplares de libros raros, folletos, panfletos y diarios del
movimiento obrero. En 1921 compraron la biblioteca del filósofo neokantiano
Wilhelm Windelband. En 1925 adquirieron la biblioteca más completa dedicada al
filósofo anarquista Max Stirner, propiedad del poeta, novelista e historiador
escocés John Henry Mackay: 300 manuscritos y 1.200 libros únicos. En enero de
1925 la biblioteca poseía 15.628 volúmenes escogidos, además de numerosos
manuscritos de Marx y Engels y miles de documentos capitales de la historia, de
la I Internacional, el sansimonismo, el fourierismo, todo Babeuf, Blanqui
y el movimiento obrero europeo, incluido un periódico obrero editado por
Lasalle en su juventud. Entre los documentos encontrados por el Instituto se
encontraban los periódicos originales en los cuales habían colaborado Marx y Engels,
incluyendo el Vorwärts, publicado por Marx en París en 1844 y el Rheinische
Zeitung
 de 1842-43. Ya en 1930 la biblioteca incluía 450.000
volúmenes, la mayoría raros o incunables.
Fue único en el mundo en su género. En una época de guerra civil y cerco
internacional, la financiación del ingente trabajo cultural del Instituto
soviético fue impresionante. Se transformó en un verdadero laboratorio para
investigadores, académicos, cuadros y militantes, en general. Inició una
política amplia de publicaciones accesorias que acompañaran el proyecto de
edición de las obras completas. Lanzaron dos publicaciones básicas: una anual,
el Archivo Marx y Engels y la revista semestral Letopisi
Marksizma
 (Anales del Marxismo) de que aparecieron trece
números entre 1926 y 1930. En cuanto a Anales del Marxismo, muchos
de sus artículos se publicaron en la versión alemana de Bajo la Bandera
del Marxismo
, que se empezó a editar en alemán en 1925. Aunque ambas se
iniciaron en ruso, inmediatamente se intentó traducirlas al alemán, en un
enorme esfuerzo político-ideológico como Archivo Marx y Engels.
Se preparó la publicación de una Biblioteca del Materialismo,
con ediciones críticas de Holbach, Hobbes, Diderot, La Mettrie, etc.; las obras
completas de figuras claves del movimiento socialista mundial, como Plejanov,
Kautsky (en 21 volúmenes en octava), Antonio Labriola, Karl Liebknecht, Rosa
Luxemburgo o Paul Lafargue. También iniciaron el lanzamiento de una Biblioteca
Marxista
, incluyendo ediciones anotadas de los clásicos del marxismo, entre
ellas una versión del Manifiesto Comunista, una Biblioteca
de Clásicos de la Economía Política
 con Adam Smith, Ricardo, Quesnay.
Por supuesto, ediciones anotadas de Hegel y Feuerbach.
En 1925 el Instituto firmó un convenio con la socialdemocracia alemana y
el Institut für Sozialforschung (conocida como embrión de la Escuela de
Frankfurt
) para constituir una sociedad editora encargada de publicar de
forma conjunta un volumen de estudios marxistas de aparición regular, el Archiv
Marx-Engels
, equivalente en alemán de su versión en ruso.
Otra de las tareas fue la de reunir a especialistas en lenguas
extranjeras (francés, inglés, alemán) para preparar la primera edición de las
obras completas de Marx y Engels.
La obra estaba planificada en cuarenta y dos volúmenes en octava, distribuidos
en cuatro secciones:
— las obras filosóficas, económicas, históricas y políticas, a excepción
de El Capital (17 volúmenes)
— El Capital con todos los borradores y manuscritos inéditos (13
volúmenes);
— la correspondencia de Marx y de Engels reproducida literalmente (10
volúmenes)
— el índice general (2 volúmenes).
Una primera recopilación se publicó en alemán bajo el epígrafe Marx-Engels
Gesamtausgabe
 (MEGA), que aún es la base para las traducciones de los
escritos de Marx y
de Engels que
se difunden en todos los idiomas del mundo. Entre los documentos más
importantes aparecidos entonces estaban La ideología alemana y
los Manuscritos filosófico-económicos.
Entre 1928 y 1946 se publicó en ruso la primera edición de las obras
completas, denominada Sochineniya, que, a pesar de su nombre,
reproducía solo un número limitado de los escritos en 28 volúmenes (33 tomos)
que, no obstante, conformaron entonces la compilación cuantitativamente más
consistente de ambos revolucionarios. La segundaSochineniya apareció
entre 1955 y 1966 en 39 volúmenes (42 tomos).
De 1956 a 1968, en la República Democrática Alemana, por iniciativa del
Comité Central del Partido Socialista Unificado, se imprimieron 41 volúmenes
(en 43 tomos) de la Marx Engels Werke (MEW) con numerosas
introducciones y notas. Sin embargo, aquella edición tampoco era completa,
aunque constituyó la base de numerosas ediciones análogas en otros idiomas,
entre las que están las Opere italianas, que nunca fueron
completadas y aparecieron sólo 32 de los 50 volúmenes previstos.
En 1975 comenzó otro intento de reproducir todos los escritos de ambos
revolucionarios, la llamada MEGA2, que se proponía reproducir de manera fiel y
con un amplio aparato crítico todos sus escritos. El proyecto se suspendió por
el derrumbe de los países socialistas en 1989.
En 1990, con el objetivo de completar la edición histórico-crítica,
distintos institutos de Holanda, Alemania y Rusia conformaron la Internationale
Marx-Engels Stiftung
(IMES, Fundación Internacional Marx Engels) con sede
en Amsterdam, cuyo enlace es:


De esta fundación forman parte la Academia de Ciencias de
Berlín-Brandeburgo, el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam,
el Instituto de Investigación Histórica de la Fundación Friedrich Ebert y los
Archivos de historia social y política de Rusia. Agrupa a investigadores y editores
de tres continentes con el objetivo de completar la edición de las obras
completas de ambos autores.
El proyecto cuenta con la colaboración de 100 editores de todo el mundo
interesados en la publicación de las obras completas. Los investigadores calculan
que podrá terminarse en 2025 y, por tanto, habrán transcurrido 100 años desde
que se emprendió la tarea en la Unión Soviética.
Tras una meticulosa fase de preparación en la que se perfilaron los
nuevos principios editoriales y después del traspaso de la editorial Dietz
Verlag
 a la Akademie Verlag, se retomó en 1998 la
publicación de la MEGA2.
El proyecto integral, en el cual participan investigadores que trabajan
en Alemania, Rusia, Japón, Estados Unidos, Holanda, Francia y Dinamarca, se
divide en cuatro secciones: la primera comprende todas las obras, los artículos
y los bosquejos, excluido El Capital; la segunda, El
Capital
 y todos sus trabajos preparatorios a partir de 1857; la
tercera, el epistolario; la cuarta, los resúmenes, anotaciones y notas al margen.
Hasta hoy, de los 114 volúmenes han sido publicados 52 (12 después de su
reanudación en 1998), cada uno de los cuales consta de dos tomos: el texto más
el aparato crítico, que contiene los índices y muchos datos adicionales.
Según la nueva línea editorial de MEGA2, los volúmenes ya no están
divididos, como en el pasado, en dos partes distintas, una con las cartas
escritas por Marx y Engels, y la otra con las recibidas por
ellos; todas las cartas siguen rigurosamente un criterio cronológico de
sucesión.

Biografía de Marx (Parte 17)

La doctrina de Marx es todopoderosa
porque es exacta
Estas
palabras de Lenin han sido confirmadas plenamente por la historia.
Han transcurrido casi dos siglos desde que nació Marx y más de cien años desde
que dejó de existir. Pero su nombre, al igual que el de Federico Engels,
su gran camarada de lucha, no sólo no ha sido olvidado, sino que es más querido
cada día por todos los trabajadores de nuestro planeta. La doctrina de Marx
muestra cada vez con más claridad su fuerza revolucionaria, transformadora.
El marxismo
es una doctrina viva, en constante desarrollo. Después de poner los cimientos
de esta doctrina, realmente grandiosa, Marx y Engels la fueron
puliendo durante decenas de años, analizando con espíritu crítico todos los
nuevos logros de la ciencia y sintetizando teóricamente las nuevas experiencias
de la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras.
Muertos Marx
y Engels, la historia, al llegar la época del imperialismo, planteó nuevos
y complejos problemas, a los que no se podía hallar una solución directa y
exhaustiva en las obras de los fundadores del marxismo. La tarea de seguir
impulsando el marxismo fue realizada por Lenin, discípulo y continuador de
la causa de Marx y Engels. Lenin consideraba deber suyo y tarea
del partido creado por él, defender el marxismo de todo género de
tergiversaciones y vulgarizaciones, desarrollarlo sobre la base de la rica
experiencia de la clase obrera de Rusia y de todo el mundo y plasmar en una
realidad viva la gran doctrina de Marx.
Un gran
triunfo del marxismo-leninismo fue la victoria en 1917 de la Revolución de
Octubre que abrió una nueva época en la historia de la humanidad: la época
del paso del capitalismo al socialismo en todo el mundo. El Estado socialista
creado bajo dirección de Lenin fue la encarnación de la teoría de
Marx acerca de la dictadura del proletariado, un nuevo tipo de Estado, que
asegura una auténtica democracia a todos los trabajadores. El país de los
soviets, fusionado por la unidad político-moral de sus pueblos y la irrompible
amistad fraterna de las diferentes naciones que lo componían, fue capaz de
resistir el potente empuje de las hordas hitlerianas, asestarles un golpe
demoledor y jugar el papel decisivo en la liberación de los pueblos de Europa
del fascismo.
El triunfo de
la Revolución Socialista de Octubre en 1917 situó a la clase obrera
en el centro de los acontecimientos de la época actual, confirmando la tesis
del marxismo acerca de la histórica misión liberadora del proletariado. La
consolidación del socialismo ejerció una influencia enorme en el movimiento
obrero internacional y acrecentó el prestigio científico del
marxismo-leninismo. Al propio tiempo, la historia demostró la esterilidad del
reformismo y la incapacidad de los gobiernos socialfascistas para consolidar
los cimientos del dominio capitalista.
El
acontecimiento histórico más importante acaecido después de la Revolución
Socialista de Octubre fue el que, después de la segunda guerra mundial, un
grupo de países emprendiese el camino del socialismo. La experiencia de estos
países enriqueció y concretó la comprensión tanto de las leyes generales como
de los diversos métodos y formas de la edificación socialista.
La Revolución
Socialista de Octubre había asestado ya un golpe muy rudo a todo el sistema del
dominio colonial. Después de la segunda guerra mundial vino el derrumbamiento
del sistema colonial del imperialismo. La formación del sistema socialista
mundial generó un tipo nuevo, socialista, de relaciones internacionales, basado
en los principios de la igualdad de derechos, el respeto a la soberanía
nacional, la colaboración multilateral y la ayuda mutua de los Estados
socialistas. Este nuevo tipo de relaciones internacionales es una brillante
encarnación del gran principio del internacionalismo proletario, proclamado por
Marx y Engels. Toda desviación del internacionalismo proletario trae malas
consecuencias para la causa del socialismo.
La historia
ha confirmado en la práctica la tesis marxista-leninista acerca de la necesidad
de que a la cabeza de las masas haya un partido proletario de nuevo tipo,
pertrechado con la teoría revolucionaria. El movimiento comunista, orientado en
sus comienzos por Marx, ha llegado a ser un movimiento verdaderamente mundial,
convirtiéndose en el más consecuente intérprete de los anhelos de todos los
explotados y oprimidos, y lucha por los intereses vitales de los pueblos. Al
elaborar su estrategia y su táctica, la vanguardia comunista impulsa y
enriquece la doctrina marxista-leninista. Los partidos comunistas vinculan
estrechamente la lucha por las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores
con la lucha por su meta final y armonizan sus tareas internacionalistas. La
clase obrera de los países capitalistas refuerza su lucha contra los monopolios
y contra la política reaccionaria y fascista de los gobiernos que les sirven.
La unidad
internacional de los comunistas crece y se robustece en la lucha contra el
imperialismo, contra todas las variedades del oportunismo y contra el
nacionalismo burgués. El imperialismo conduce directamente a las guerras de
rapiña. Al propio tiempo que luchan contra las guerras imperialistas, de
rapiña, los comunistas apoyamos las justas guerras de los pueblos, víctimas de
las agresiones imperialistas, en defensa de sus conquistas revolucionarias, por
la liberación nacional, las guerras de las clases revolucionarias contra las
fuerzas reaccionarias que, con ayuda de las armas, intentan mantener su
dominio.
No obstante,
los revisionistas acabaron prostituyendo, hasta hacerlo irreconocible, el
marxismo-leninismo y tanto la Unión Soviética como los demás países socialistas
sucumbieron y retornaron al capitalismo. Por eso, la defensa del pensamiento de
Marx no es un algo académico ni teórico sino la defensa misma de la clase
obrera internacional y de sus conquistas. Frente a los revisionistas no caben
las medias tintas; hay que desplegar una denuncia en toda línea porque sólo
ellos pudieron lograr lo que los fascistas no habían logrado en la guerra
mundial por la fuerza de las armas: acabar con el socialismo y sembrar la
confusión en el movimiento revolucionario internacional.
La lucha
contra el revisionismo y el reformismo, iniciada también por Marx y Engels,
es otra experiencia que no podemos dejar en el olvido. Dolorosamente, las
derrotas del movimiento obrero nos lo recuerdan a cada paso.

Biografía de Marx (Parte 16)

La
última década de la vida de Marx
En la actividad teórica de Marx en los años 70 ocupa el
lugar principal su trabajo en el segundo y tercer tomos de El Capital.
Reúne nuevos materiales, escribe nuevas variantes de diversas partes de su
obra. Al tratar de los problemas de la renta del suelo sigue observando el
desarrollo de la química, la biología y otras ciencias. Marx se interesa mucho
por el progreso de la técnica y, en particular, por los primeros experimentos
para la transmisión de la energía eléctrica a larga distancia. Sus trabajos de
matemáticas, iniciados ya en los años 50, adquieren ahora para Marx una
importancia propia. Después de su muerte, Engels tuvo la intención de
publicar sus manuscritos de matemáticas, en los que de una manera nueva,
original, se fundamentaba el cálculo diferencial.
En aquellos años, Marx dedicaba mucho tiempo al estudio de
la historia, sobre todo al de la historia de la propiedad comunal de la tierra.
Valoraba altamente el libro La Sociedad Antigua, de Morgan (1877);
en los vínculos tribales de los indios de la América del norte halló Morgan 1a
clave para comprender la estructura de la sociedad primitiva. Pensando escribir
un trabajo sobre esta obra de Morgan y sobre su trascendencia a la luz de la
comprensión materialista de la historia, Marx tomó muchas notas del libro,
agregándoles sus propias observaciones. Muerto Marx, estos materiales fueron
utilizados por Engels en su obra El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado
, considerada por él, en cierta medida, como
el cumplimiento del legado de su amigo.
Otras pruebas del enorme interés de Marx por la historia son
sus detallados Apuntes cronológicos sobre la India, escritos en
1879-1880, y sus apuntes de historia universal, más amplios aún, hechos en
1881-1882. Los apuntes cronológicos de Marx no son una simple enumeración de
los acontecimientos históricos de diferentes épocas y pueblos. Al examinarlos
desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y los explotados,
en sus comentarios, Marx fustiga a los enemigos de clase.
Cualquiera que fuese la rama del saber que Marx enjuiciara,
lo hacía siempre desde posiciones de partido, desde el punto de vista de la
clase más avanzada, cuyos intereses coinciden con la marcha objetiva del
desarrollo histórico. La ciencia era para Marx una fuerza
históricamente motriz, revolucionaria
, escribió Engels.
Refiriéndose al enciclopedismo de los conocimientos de Marx,
a la amplitud de sus intereses científicos, Paul Lafargue, esposo de su hija
Laura, escribía: El cerebro de Marx estaba pertrechado de una cantidad
inverosímil de hechos históricos, del dominio de las ciencias naturales y,
asimismo, de teorías filosóficas, y sabía utilizar a la perfección toda la masa
de conocimientos y observaciones que había acumulado durante un largo trabajo
intelectual… Su cerebro parecía un barco de guerra, en el puerto, con las
calderas a presión: siempre estaba dispuesto a zarpar en cualquier dirección
del pensamiento
.
El trabajo teórico de Marx estuvo hasta el fin de sus días
orgánicamente ligado a su actividad revolucionaria, pues, Marx era,
ante todo, un revolucionario… Su elemento era la lucha
, recordaba Engels.
Es indudable que El Capital nos revela un intelecto de fuerza
asombrosa y unos conocimientos enormes pero, como escribió Lafargue, todos
aquellos que conocían a Marx de cerca, opinaban que ni El Capital ni
ninguna otra obra suya muestran toda la grandeza de su genio y de su
saber: Él estaba muy por encima de sus obras.
Con la disolución de la Internacional, el papel de Marx como
jefe del movimiento obrero internacional, lejos de disminuir, siguió
elevándose, al tiempo que crecía el movimiento obrero. La I Internacional había
cumplido su misión histórica, dando paso a una época de desarrollo
incomparablemente más potente del movimiento obrero en todos los países del
mundo, a la época en que este movimiento había de desplegarse en amplitud y
crear partidos socialistas de masas sobre la base de cada Estado nacional.
Al plantear la fundación del partido proletario en cada país
como tarea histórica fundamental, Marx entendía que dicha tarea debía cumplirse
tomando en consideración las particularidades de cada país, su economía, su
vida política, la lucha de clases en él y el nivel teórico del movimiento
obrero, así como los obstáculos con que podría tropezarse. Engels, refiriéndose
a la enorme influencia de Marx en el movimiento obrero internacional, escribió
en 1881: Marx, gracias a sus méritos teóricos y prácticos, goza de tal
situación, que los mejores hombres del movimiento obrero de diversos países
confían plenamente en él. En los momentos decisivos le piden consejo y,
habitualmente, quedan convencidos de que su consejo es el mejor
.
En países tan atrasados económicamente como Suiza, Italia y
España, el principal obstáculo para la formación de los partidos proletarios lo
constituían los elementos pequeño-burgueses anarquistas. En un folleto
especial, titulado La Alianza de la democracia socialista, Marx
y Engels dieron a conocer la actividad escisionista de los
bakuninistas en la. Internacional y la labor de desorganización que desplegaban
en el movimiento obrero revolucionario de Suiza, Italia, Francia y Rusia,
España.
En Alemania, el obstáculo principal para la divulgación del
marxismo seguía siendo el lassalleanismo. Su influencia se dejaba sentir
también en el partido de Eisenach, fundado por Liebknecht y Bebel,
manifestándose con fuerza singular en 1875, cuando, a pesar de las advertencias
de Marx y Engels, dicho partido acordó, haciendo caso omiso de todo
principio, unificarse con los lassalleanianos. El proyecto de programa para el
Congreso de unificación que había de celebrarse en Gotha fue fruto de ese
compromiso. En su trabajo Crítica del programa de Gotha, escrito en
1875, Marx dio una caracterización implacable de dicho programa.
Al criticar las consignas y los conceptos erróneos,
anticientíficos y oportunistas de los partidarios de Lassalle, Marx planteó y
resolvió en su obra nuevos y muy importantes problemas teóricos. Los
lassalleanos fueron siempre (y su influencia quedará luego en la
socialdemocracia alemana) un partido político parlamentario que buscaba el control
del Estado y el dominio de las instituciones estatales a base de ir ganando
elecciones. Para Marx tal posición va en contra de su concepto de destrucción
del Estado. Por eso, aunque en el Programa de Gotha aparecían todos los
conceptos marxistas fundamentales, flotaba el Estado como una realidad que se
debía cambiar gradualmente por medios pacíficos y legales.
El primer punto que Marx ataca en su crítica es el trabajo
como fuente de toda riqueza y cultura. Acerca de la naturaleza, dice: El
trabajo es, en sí mismo, sólo la manifestación de una fuerza de la naturaleza,
el poder del esfuerzo humano. El trabajo del hombre sólo se transforma en una
fuente de valores de uso, y por tanto también de riqueza, si su relación con la
naturaleza, la fuente primaria de todos los instrumentos y objetos de trabajo,
es una relación de propiedad desde el principio, y si el hombre la trata como
algo que le pertenece
. Marx sostiene que el hombre es un esclavo porque
tiene que trabajar en la propiedad que pertenece a otros y sugiere una
alternativa: El trabajo llega a ser la fuente de toda riqueza y
cultura, solamente cuando es trabajo social
. Al llegar a este punto,
propone otro enunciado, que declara ser indiscutible: El desarrollo
social del trabajo, como fuente de riqueza y cultura, surge en proporción
directa al desarrollo de la pobreza y depravación entre los trabajadores y de
la riqueza y cultura entre los no trabajadores
.
Partiendo de las leyes del desarrollo histórico descubiertas
por él, Marx penetró a bosquejar la sociedad comunista: Toda la teoría
de Marx 
-decía Lenin- es la aplicación de la teoría del
desarrollo -en su forma más consecuente, más completa, más profunda y más rica
de contenido- al capitalismo moderno. Era natural que a Marx se le plantease,
por tanto, la cuestión de aplicar también esta teoría a la inminente bancarrota
del capitalismo y al desarrollo futuro del comunismo futuro… En Marx no
encontramos el menor intento de construir utopías, de hacer conjeturas en el
aire respecto a cosas que no es posible conocer. Marx plantea la cuestión del
comunismo como el naturalista plantearía, por ejemplo, la del desarrollo de una
nueva especie biológica, sabiendo que ha surgido de tal y tal modo y se
modifica en tal y tal dirección
.
Valiéndose de ese método, Marx en su Crítica del
programa de Gotha
 formuló una serie de tesis sobre el período
transitorio del capitalismo al comunismo y sobre las dos fases del comunismo.
En la primera fase del comunismo (denominada corrientemente socialismo) que
viene a ser el primer peldaño de su maduración económica, debe regir el
principio de distribución según el trabajo. Excepto las partes del producto
total destinadas a ampliar la producción y a los fondos sociales de consumo, el
trabajador recibe de la sociedad tanto cuanto le ha dado: En la fase
superior de la sociedad comunista 
-dice Marx- cuando haya
desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del
trabajo y, con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo
manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera
necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus
aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los
manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente
el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su
bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!
.
La teoría de las dos fases del comunismo fue un nuevo descubrimiento de Marx,
extraordinariamente importante, que muestra la fuerza genial de su previsión
científica.
La revolucionaria teoría de Marx sobre el Estado culmina en
la Crítica del programa de Gotha, donde argumenta la necesidad e
inevitabilidad histórica de un período de transición. El Estado de este período
debe ser la dictadura del proletariado.
En la Crítica del programa de Gotha, Marx,
además de examinar las cuestiones del período de transición y de las dos fases
del comunismo, toca otros problemas teóricos y políticos, cuya importancia y
actualidad perdura hasta ahora. Pone, por ejemplo, al desnudo lo erróneo y
políticamente perjudicial de la tesis lassalleana de que, para la clase
obrera, todas las demás clases no son otra cosa que una masa
reaccionaria
. Tal planteamiento del problema, simplista, esquemático,
conduce a aislar al proletariado de los campesinos y demás masas trabajadoras y
le impide cumplir su papel de luchador avanzado por la democracia y el
socialismo.
La Crítica del programa de Gotha es un
documento marxista esencial, de inapreciable importancia teórica. En él, Marx
da un nuevo paso gigantesco en el desarrollo de su teoría.
Como predecían Marx y Engels, la unificación en Gotha
fue un compromiso que abrió las puertas del partido a distintos elementos
vacilantes, pequeño-burgueses, y rebajó el nivel teórico y político de aquella
organización. Prueba de ello fue que casi todos los jefes de la
socialdemocracia alemana se manifestaron partidarios del sistema
socialista
 inventado por Eugenio Dühring, profesor de la Universidad
de Berlín. Aquel sistema era una mezcla ecléctica de conceptos
científicos anticuados y de teorías pequeño-burguesas.
Con el fin de permitir que Marx pudiera dedicarse a El
Capital
, Federico Engels se encargó de escribir un trabajo
criticando a Dühring. Sin embargo, Marx tomó una parte muy activa en la labor
de su amigo en el Anti-Dühring, escrito en 1878. Antes de entregar
el manuscrito a la imprenta, Engels se lo leyó entero a Marx, quien,
además, escribió el capítulo X de la sección sobre la economía política, donde
expuso concisamente un esbozo de la historia de la economía política. El Anti-Dühring,
original enciclopedia que aclara los problemas principales de la filosofía
marxista, la economía política y el comunismo científico, desempeñó un gran
papel en la defensa, el desarrollo y la propaganda del marxismo.
Marx y Engels advertían al Partido Socialdemócrata
Alemán de que la confusión teórica reinante en él podía acarrearle peligrosas
consecuencias políticas. La vida confirmó que Marx y Engels estaban
en lo cierto. La primera prueba seria, la prueba a que sometió al partido la
ley de excepción contra los socialistas, promulgada por Bismarck en octubre de
1878, reveló en su seno vacilaciones oportunistas tan fuertes, que ponían en
peligro la existencia misma de la socialdemocracia alemana como partido obrero.
En sus cartas a los dirigentes de la socialdemocracia alemana y sobre todo en
la famosa Circular escrita el 17 y 18 de septiembre de 1879, Marx y Engels criticaron
resueltamente tanto a los oportunistas descarados (Hochberg, Bernstein y otros)
como el sectarismo y las tendencias anarquizantes (J. Most y otros) en la
socialdemocracia germana. Los fundadores del marxismo explicaron a los
dirigentes de esta última el gran peligro que representaban en el partido los
elementos oportunistas, que trataban de convertir el partido obrero en un
partido pequeño-burgués reformista. Velando por la pureza de la teoría
revolucionaria y luchando contra todo oportunismo, tanto en el terreno teórico
como en el práctico, Marx y Engels ayudaron a la socialdemocracia
alemana a elaborar en las difíciles condiciones creadas por la ley de
excepción, una línea revolucionaria acertada. La táctica que los fundadores del
marxismo proponían a la social-democracia alemana consistía en crear una
organización ilegal y un órgano de prensa revolucionaria del partido, combinar
el trabajo ilegal con el legal, utilizar la tribuna parlamentaria para desenmascarar
la política del gobierno y hacer agitación entre las masas. Ellos confiaban,
ante todo, en las masas obreras, en su valor e iniciativa.
Como resultado de la crítica implacable de Marx y Engels y
de la presión de las masas obreras, la dirección del partido, que se había
desconcertado a raíz de la entrada en vigor de la ley de excepción, comenzó a
enmendar su línea política. Esto no quiere decir que en el partido cesara la
actividad de los oportunistas. El ala derecha anidó en el seno de la minoría
parlamentaria y de vez en cuando lanzaba ataques contra la línea del partido.
Al analizar las raíces del oportunismo, puesto de manifiesto en el interior del
partido, Marx y Engels las veían en la naturaleza de la pequeña
burguesía, en el espíritu mezquino y filisteo inherente a ella.
Marx y Engels prestaban a la socialdemocracia
alemana una atención particularmente grande porque, después de la derrota de la
Comuna de París, el proletariado alemán había quedado en cabeza del movimiento
obrero internacional. Ellos querían que la socialdemocracia alemana -el primer
partido basado en los principios de la Internacional- fuera un ejemplo para los
partidos obreros que comenzaban a formarse también en otros países.
Siguiendo de cerca la formación de estos partidos, Marx
y Engels deseaban ayudarles con sus consejos. Citaremos como ejemplo
que Marx participó directamente en la redacción del programa del Partido Obrero
de Francia, dictando a Julio Guesde, que le visitó en Londres en 1880, la
introducción al programa. Marx y Engels apoyaban la lucha de Julio
Guesde y Paul Lafargue contra los posibilistas, partidarios del reformismo
pero, al mismo tiempo, los criticaban por su proclividad a la frase revolucionaria,
y por su dogmatismo e insuficiente flexibilidad táctica, defectos inherentes
sobre todo a Guesde. Al producirse en 1882 la escisión entre los partidarios de
Guesde y los posibilistas, Marx y Engels la consideraron un
acontecimiento positivo, un progreso en el desarrollo del partido obrero.
Si en Francia, donde la clase obrera se veía sometida a la
influencia del medio pequeño-burgués circundante, la formación del partido
obrero iba acompañada de una aguda lucha interna, en Inglaterra eran todavía
más difíciles las condiciones para su constitución. En su mayoría, los obreros
ingleses se circunscribían a luchar por reivindicaciones económicas y por
reformas que no rompían las relaciones capitalistas existentes. Eso era porque,
si bien es verdad que desde la década del 70 su monopolio industrial empezaba a
decaer, debido a la competencia de Alemania y Estados Unidos, Inglaterra conservaba,
no obstante, su monopolio colonial, lo que permitía al capitalismo inglés
obtener enormes superbeneficios y arrojar unas migajas a la aristocracia obrera
inglesa. Marx estimaba que una de las causas del atraso político de los obreros
ingleses era su peculiar indiferencia por la teoría.
A comienzos de la década de los ochenta, debido a cierta
reanimación del movimiento obrero inglés y a los éxitos obtenidos por el
movimiento socialista en el continente, en Inglaterra también se manifestó
cierto interés por el socialismo. Por entonces apareció el folleto Inglaterra
para todos
, de Hyndman. Los capítulos de este folleto sobre el trabajo y el
capital no eran sino una versión de los capítulos correspondientes de El
Capital
, aunque ni esta obra ni su autor se mencionaran para nada.
Indignado por este proceder, Marx decía en una carta a Sorge: A todos
estos respetables escritores pequeño-burgueses, no especialistas, les inspira
un deseo irrefrenable: hacer dinero, cobrar fama, amasar capital político sin
pérdida de tiempo, aprovechando cualquier idea nueva, que un viento propicio
haya hecho llegar hasta ellos. En el transcurso de unas cuantas veladas ese
mozo robándome, sonsacándome ideas y deseando aprender del modo más fácil
.
Marx expresó personalmente su indignación a Hyndman. Este se justificó diciendo
que a los ingleses no les gusta que los aleccionen extranjeros.
Cuando el escritor, que se distinguía por lo sumamente confuso y ecléctico de
sus concepciones, quiso ser heraldo de las ideas socialistas y organizador del
partido, Marx, como es natural, acogió sus propósitos con extrema desconfianza.
La formación del partido obrero en Estados Unidos tropezó
con dificultades no menores. Ello se debía a las fluctuaciones en la
composición de la clase obrera norteamericana y a la posibilidad que entonces
se tenía de comprar a bajo precio tierra y hacerse granjero, así como al hecho
de que los obreros autóctonos ocupaban una posición privilegiada en comparación
con los emigrantes, cuyo salario era inferior, y con los negros, cuya situación
era aún peor. Las discordias nacionales y raciales, azuzadas por la burguesía,
dividían a la clase obrera. La lentitud con que las ideas socialistas se
difundían allí se debía también a que la mayoría de los propagandistas del socialismo
eran alemanes, lassalleanos los más de ellos. Los lassalleanos hacían la
propaganda en el espíritu dogmático, estrecho y rutinariamente sectario que les
era propio. Lo mismo que el inglés, el movimiento obrero estadounidense se
distinguía por su carácter eminentemente utilitario, por su indiferencia hacia
la teoría.
La falta de madurez teórica del proletariado norteamericano
hacía que muchos obreros se vieran influidos por reformadores sociales de
todas las especies, que les prometían algo tangible en un futuro inmediato. Uno
de esos reformadores fue Henry George, autor de El progreso y la
pobreza
, escrito en 1880, obra que hizo furor en su tiempo. Posteriormente,
la influencia de Henry George se dejó sentir también en Inglaterra. George
decía que a toda opresión le llegaría su fin en cuanto se nacionalizara la
tierra y fuera el Estado quien percibiese la renta del suelo. Marx decía en una
carta a Sorge: Todo eso no es sino un intento, disfrazado de
socialismo, de salvar la dominación de los capitalistas y, de hecho,
fortalecerla otra vez sobre una base más amplia que la que tiene ahora
.
Criticando la idea de George de que la nacionalización de la tierra era la
panacea contra todas las lacras de la sociedad capitalista, Marx señalaba que,
en determinadas condiciones, esa reivindicación podía presentarse en calidad de
medida transitoria, como se había hecho en el Manifiesto del Partido
Comunista
.
Al mismo tiempo que ponían al desnudo la insolvencia teórica
de las concepciones burguesas y pequeño-burguesas que influían todavía en la
clase obrera de Inglaterra y Estados Unidos, Marx y Engels luchaban
contra el sectarismo de los socialistas ingleses y norteamericanos. En sus
cartas a Sorge y a otros partidarios suyos les aconsejaban que no se
mantuvieran al margen del movimiento obrero -en espera de que éste se elevara a
la altura de un programa teóricamente claro, científico- y se sumaran a él para
predecir a los obreros las consecuencias de sus errores y enseñarles analizando
éstos.
Subrayando el carácter creador del marxismo y luchando
contra la actitud dogmática y libresca hacia su doctrina, viva y en constante
desarrollo, Marx y Engels decían: Nuestra doctrina no es un
dogma, sino una guía para la acción
.
Enriqueciendo sin cesar la teoría revolucionaria y velando
por su exactitud, Marx y Engels luchaban consecuentemente por la
creación de partidos auténticamente proletarios, portadores de teoría
revolucionaria y capaces de dirigir el movimiento del proletariado tanto en la
lucha por los intereses inmediatos, diarios, de los obreros y de las masas
trabajadoras como por su meta final: derrocar el capitalismo. Con sus consejos
y su crítica, Marx y Engels prestaban un apoyo efectivo a los socialistas
de Europa y América.
Lenin decía que en las cartas de los fundadores del
marxismo a los socialistas de distintos países podían apreciarse claramente dos
direcciones de consejos, indicaciones, enmiendas, amenazas e instrucciones.
Ellos exhortaron con la mayor insistencia a los socialistas
anglo-norteamericanos a que se fundiesen con el movimiento obrero y extirpasen
de sus organizaciones el estrecho y rutinario espíritu de secta. Ellos
enseñaron muy insistentemente a los socialdemócratas alemanes a no caer en el
fariseísmo, en el 
cretinismo parlamentario, expresión de Marx
utilizada en la carta del 19 de septiembre de 1879 para expresar el oportunismo
intelectual pequeño-burgués.
Al dar sus consejos e indicaciones a los socialistas de
distintos países, Marx y Engels tomaban en consideración las
condiciones en que se desarrollaba el movimiento obrero de este o aquel país y
las tareas concretas que tenía planteadas su proletariado. Los fundadores del
marxismo esgrimían la poderosa arma de la dialéctica materialista tanto en la
elaboración de la teoría revolucionaria como en el terreno de la política y la
táctica y en la dirección del movimiento obrero internacional.
Las indicaciones de los fundadores del marxismo acerca de
las tareas del proletariado en los distintos países y de los programas y la
táctica de los partidos proletarios encierran enorme interés teórico y
político. En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels hablaron
ya del partido como destacamento de vanguardia del proletariado. Estas primeras
tesis fueron completadas y desarrolladas por ellos basándose en la experiencia
de las revoluciones de 1848-1849, en las enseñanzas, todavía más ricas, de la
Internacional y de la Comuna de París, y, por último, en la experiencia que
aportó la formación de los partidos socialistas en los distintos países.
Estas tesis de los fundadores del marxismo acerca del
partido las desarrolló posteriormente Lenin, al formular su teoría del
partido como arma fundamental de la clase obrera en la lucha por la dictadura
del proletariado y por la construcción de la sociedad comunista.
Preparando a la clase obrera para futuras luchas
revolucionarias, Marx llegó ya en los años 70 a la conclusión de que el país
impulsor de la revolución en Europa sería Rusia. Marx estudiaba numerosos
materiales y libros sobre Rusia no porque le guiase únicamente su interés
teórico por los problemas de la renta del suelo, sino porque sentía también
interés político por un país de tan enormes posibilidades revolucionarias. Marx
seguía con simpatía extraordinaria la lucha de los revolucionarios rusos, que
constituían entonces un grupo bastante reducido, contra la autocracia, y
consideraba que una de sus tareas más importantes era ayudar a los elementos
progresistas de Rusia en sus dificultosas búsquedas teóricas, facilitarles la
comprensión de los objetivos de su lucha de liberación y el cauce que ésta
debía seguir. Por esta causa, la correspondencia que Marx mantenía con los
revolucionarios rusos aumentaba de año en año y éstos encontraban siempre en su
casa buena acogida, consejo y ayuda. En algunas cartas Marx criticaba las ideas
de los populistas, los cuales consideraban que la comunidad campesina rusa
era el embrión y la base del socialismo. En su Prefacio a la edición del Manifiesto
del Partido Comunista
 escrito en ruso y publicada en 1882, Marx
y Engels, a la pregunta acerca de las perspectivas del desarrollo
económico de Rusia y el destino de la comunidad campesina rusa, que preocupaba
mucho a los revolucionarios rusos, le dieron la siguiente respuesta: Si
la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en occidente, de
modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia
podrá servir de punto de partida a una evolución comunista
. Así, pues, Marx
y Engels admitían que, en determinadas condiciones históricas, el
desarrollo de Rusia por un camino no capitalista era posible. En ese mismo
Prefacio definían del siguiente modo el papel que Rusia había comenzado a jugar
en el movimiento revolucionario: Rusia está en la vanguardia del
movimiento revolucionario de Europa
.
Las cartas escritas por Marx en los últimos años de su vida
reflejan el ansia con que esperaba la inminente revolución rusa, que, según él,
debía marcar un próximo viraje en la historia del mundo. Pero las esperanzas de
Marx de ver aún el triunfo de esa revolución no se cumplieron.
Aún tenía en proyecto un trabajo inmenso, al que se dedicaba
cuando su salud se lo permitía. En la época de pleno desarrollo de sus fuerzas,
había trazado el modelo, los contornos y había fijado las leyes fundamentales
de la producción y del intercambio capitalista. Pero no había tenido fuerzas
suficientes para hacer de todo ello una obra viva, terminada, como el primer
tomo de El Capital, que tan brillantemente saca a la luz el
mecanismo de la producción capitalista y la lucha entre capitalistas y obreros
que se desarrolla sobre dicha base.
Pese a que iba perdiendo fuerzas por la enfermedad, su
incontenible afán por la lectura seguía siendo el mismo. No se cansaba de hacer
acotaciones, complementando con ellas sus carpetas con los manuscritos de los
capítulos inacabados de El Capital. Pero no se limitaba a los
problemas de la economía política. Estaba empeñado en utilizar el materialismo
dialéctico en distintas ramas 1a ciencia. Prestó sostenida atención a los
estudios las ciencias naturales, astronomía, química, agroquímica, biología,
geología, matemáticas y física, profundizando en todas estas materias; continúa
asimismo sus investigaciones de historia universal.
Marx estudió con toda meticulosidad libros de fisiología de
las plantas, los animales y el hombre; al leer, los recapitulaba o hacía
acotaciones. Durante muchos años Marx mostró pasión por las matemáticas. Los
estudios sistemáticos le permitieron realizar investigaciones propias en esta
materia. A comienzos de los años ochenta Marx escribió dos manuscritos: La
noción de la función derivada
 y Sobre la diferencial, que
proponía, al parecer, emplear de base para una fundamentación del cálculo
infinitesimal que no le dio tiempo de exponer.
Continuó aumentando el volumen y la variedad de estudios
históricos que acometía, relacionándolos estrechamente con las investigaciones
de economía política y también con el propósito de aplicar los resultados de
estas a otras ciencias sociales. Al descubrir la ley económica del capitalismo,
Marx deseaba presentar la formación capitalista como un organismo vivo, para lo
cual estudiaba los fenómenos de superestructura, la historia política, la
historia de la cultura, etc.
Liebknecht escribió en sus memorias que este tenía una
inteligencia universal y polifacética que abarcaba todo el Universo,
penetraba en todos los detalles, sin despreciar nada ni considerar nada
insustancial o insignificante. Observar esta inteligencia, seguir cómo
experimenta el impacto de las condiciones circundantes y cala cada vez más
hondo en la esencia de la sociedad era de por sí un gran gozo
.
Los participantes del movimiento obrero de distintos países
tenían gran confianza y respeto a Marx. Los obreros comprobaron en la práctica
el valor de los consejos que habían recibido de él respecto a las más diversas
cuestiones de la teoría y práctica del movimiento revolucionario.
La casa de Marx era un centro a donde acudían por cientos
los representantes del movimiento obrero. También se daba cordial acogida allí
a destacados científicos y demócratas. Las puertas de esta casa estaban
abiertas hospitalariamente, y para ser recibido por Mark no se requería ser un
incondicional suyo. Marx era un gran conversador, desarrollaba y aducía razones
en apoyo a su punto de vista. Y pese a que las opiniones no coincidían siempre
en todo, es difícil que entre los visitantes de Marx hubiese quien no quedara
fuertemente impresionado por su personalidad.
Era asombroso su don de gentes -escribió en sus
memorias Eleanor, la hija menor de Marx- su habilidad para inculcar a
los interlocutores lo que les interesaba a ellos. Oí hablar con frecuencia a
personas de condición y profesión diversas que él tenía una capacidad singular
para comprenderlos y para orientarse en los asuntos que les traían. Cuando
creía que uno aspira a algo de verdad, su paciencia no tenía límites. Ninguna
pregunta le parecía desmerecer respuesta; ningún argumento, fútil para ser
abordado. Su tiempo y sus extensos conocimientos siempre estaban a disposición
de cualquiera que quisiera aprender algo
.
En veinte años de vida en el destierro de Londres se
produjeron no pocos cambios en la familia de los Marx. Crecieron Jenny y Laura;
en 1870 cumplió 15 años Eleanor. Las tres hijas de Marx brillaban por sus dotes
y capacidades, por su inteligencia. Era propio de ellas la solidaridad por los
oprimidos y el deseo de contribuir a su lucha emancipadora. La hija mayor de
Marx estudió con entusiasmo la historia del movimiento obrero y las ciencias
sociales. Laura se hizo una excelente traductora: tradujo varias obras de su
padre, entre ellas el Manifiesto Comunista, al francés; canciones
de Béranger, poemas de Eugene Pottier y a otros muchos autores al inglés. En
1868 se casó con el socialista francés Paul Lafargue, y fue para él fiel
ayudante y compañera en sus actividades revolucionarias. En octubre de 1872
abandonó la casa paterna también Jenny, la mayor, como compañera de Charles
Longuet, importante figura de la Internacional. Jenny y Laura continuaron
la vida de refugiados políticos porque ni Paul Lafargue ni Charles Longuet
pudieron hasta 1880 retornar a Francia por el peligro de caer presos.
A Marx le gustaba el vino, lo que es natural en quien había
nacido en Mosela, la Rioja alemana. También tenía pasión por el tabaco. Él
mismo decía, a modo de broma, que El Capital ni siquiera le
había dado para pagar el tabaco que se había fumado preparándolo. Además, como
no tenía dinero, fumaba un tabaco infecto, y de este modo acortó
considerablemente su vida y contrajo la bronquitis crónica que tanto le hizo
sufrir durante sus últimos años.
Un trabajo intelectual excesivo y las constantes privaciones
materiales minaron prematuramente el poderoso organismo de Marx. Se encontraba
profundamente minado por la enfermedad, su organismo estaba completamente
agotado. Su último año y medio de vida fue una muerta lenta. A instancias de
sus parientes y amigos, Marx se trató en 1874, 1875 y 1876 en Carlsbad (Karlovy
Vary, actualmente Chequia). Pero el peligro de verse perseguido por los
gobiernos prusiano y austríaco le impidió seguir tratándose en dicho balneario.
La muerte de su esposa, ocurrida el 2 de diciembre de 1881,
fue un tremendo golpe para él, y Marx empeoró mucho de salud. El viaje que hizo
a Argelia y al sur de Francia para curarse una pleuritis y la vieja bronquitis
que le aquejaba no le reportó ninguna mejoría. Al poco tiempo, una nueva
desgracia se abatió sobre él: murió Jenny, su hija mayor, esposa del socialista
francés Carlos Longuet y madre de cinco hijos, que eran los favoritos de Marx.
No pudo soportar esos dos golpes extremadamente dolorosos. Algo tosco por
naturaleza, Marx, por extraño que parezca, quería mucho a su familia y era muy
tierno en su vida privada. Leyendo sus cartas a su hija mayor, cuya pérdida le
impresionó tan profundamente que sus allegados esperaban que se muriera de un
día a otro, se queda atónito quien las lee ante la sensibilidad y la ternura
extraordinaria de una persona en apariencia ruda.
En enero de 1883, Marx volvió a caer gravemente enfermo, sus
fuerzas empezaron a decaer rápidamente. El 14 de marzo, al pasar de su
dormitorio al despacho, Marx se dejó caer en un sillón y se durmió
apaciblemente para siempre.
En sus cartas dirigidas a todos los confines del
mundo, Engels comunicó a los amigos y camaradas la enorme pérdida que
había sufrido el movimiento obrero internacional: El cerebro más
poderoso de nuestro partido ha dejado de pensar, el corazón más fuerte que yo
he conocido, ha dejado de latir
. También le escribió a Sorge:
Todos los fenómenos, incluso los más horribles, que tienen
lugar según las leyes de la naturaleza, comportan un consuelo. Lo mismo ocurre
en este caso. Quizás el arte de la medicina hubiera podido permitirle vivir dos
o tres años más de un modo vegetativo, con la vida impotente de un ser que se
muere lentamente; pero Marx no habría soportado semejante vida. Vivir teniendo
ante sí una serie de trabajos no realizados, y soportar el suplicio de Tántalo
de pensar en la imposibilidad de llevarlos a cabo, hubiera sido para él mil
veces más penoso que una muerte tranquila. La muerte no es terrible
para el que muere, sino para los que quedan vivos
, solía decir siguiendo a
Epicuro. Ver a este hombre genial, lleno de fuerza, convertido en una ruina,
arrastrando su existencia a la mayor gloria de la medicina y para alegría de
los filisteos, a quienes había fustigado inmisericordiosamente cuando se
encontraba en la plenitud de sus fuerzas y que habrían encontrado ahora la
ocasión propicia para dejarle en el ridículo, hubiese sido un espectáculo
lamentable, y es mil veces mejor que haya sucedido lo ocurrido, que haya
desaparecido y que pasado mañana lo depositemos en la tumba donde duerme su
mujer.
En mi opinión, teniendo en cuenta lo que ha padecido, no
había otra solución; lo sé mejor que todos los médicos.
Que así sea. La humanidad ha perdido un gran hombre. Ha
perdido a uno de sus representantes más geniales.
El movimiento del proletariado seguirá su camino, pero no
contará ya con el jefe a quien reconocieron en sus horas críticas franceses,
rusos, americanos y alemanes, y quien siempre les daba consejos claros y
seguros, consejos que sólo un genio podía dar, consejos propios de una persona
completamente al corriente de la cuestión.
El sábado 17 de marzo de 1883, Marx fue enterrado en el
cementerio de Highgate en Londres. Engels pronunció sobre su tumba un
discurso, hablando de la hazaña titánica de Marx como sabio y como
revolucionario, de su lucha abnegada y heroica por la causa proletaria, por un
futuro mejor para toda la humanidad. Engels concluyó el discurso con
estas palabras: ¡Su nombre y su obra vivirán a través de los siglos!

Biografía de Marx (Parte 15)

La
I Internacional

Marx no sólo veía el objetivo principal de su vida en
demostrar teóricamente la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y del
triunfo de la revolución proletaria, sino también en ayudar al sepulturero de
la sociedad capitalista, al proletariado, a organizar sus fuerzas para el
asalto. Mientras terminaba el primer tomo de 
El Capital, Marx
trabajó para organizar, cohesionar y educar a las masas obreras. Engels decía
que el trabajo de Marx en la I Internacional era la cumbre de toda su actividad
política y de partido.

El desarrollo del capitalismo y el aumento de la explotación
del proletariado y de las masas trabajadoras, así como la crisis mundial de
1857 y la reanimación de los movimientos democrático-burgueses y de liberación
nacional que la siguieron, en particular, la insurrección polaca de 1863,
contribuyeron al despertar político del proletariado, engendraron en él un afán
de actuar coordinadamente. El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres, en
un mitin celebrado en St. Martin’s Hall, la Asociación Internacional de los
Trabajadores. Al éxito de la Internacional no sólo contribuyó la situación
histórica de entonces, sino también el que fuera Marx su verdadero fundador y
organizador, quien la dirigiera e inspirara en el transcurso de toda su
historia.

Se deben a Marx los principales documentos de la
Internacional, entre ellos el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional
de los Trabajadores y los Estatutos Provisionales de la Asociación. Al
redactarlos en 1864, Marx procuró, sin apartarse de sus principios, darles una
forma aceptable para los obreros de países diversos y de un grado de desarrollo
desigual. La táctica de Marx en la Internacional tendía a que se explicase de
modo tenaz y paciente a los obreros, basándose en la experiencia práctica de
las masas, la inconsistencia del reformismo, así como del sectarismo y
dogmatismo y se conquistase paso a paso a las masas, logrando que abrazaran la
teoría auténticamente científica y la táctica revolucionaria del proletariado.

Durante el primer período de la actividad de la
Internacional, Marx centraba su atención en la lucha económica del
proletariado, en la cual veía un poderoso medio para organizar y educar a las
masas obreras. Cuando, en 1865, Weston, un seguidor de Owen, intentó demostrar
en una reunión del Consejo General que las huelgas y los sindicatos no
reportaban ningún provecho a los obreros, Marx rebatió enérgicamente sus falsas
y nocivas ideas. Al mismo tiempo que defendía, en contra de los owenistas,
proudhonistas y lassalleanos la necesidad de la lucha económica cotidiana de la
clase obrera contra el capital, Marx atacaba resueltamente a los dirigentes oportunistas
de las tradeuniones inglesas, que circunscribían las tareas de la clase obrera
a la lucha por las reivindicaciones económicas cotidianas de los obreros,
relegando al olvido los intereses vitales del proletariado, la necesidad de
suprimir la propiedad privada sobre los medios de producción. En 1898, después
de la muerte de Marx, su hija Eleonora publicó, con el título Salario,
precio y ganancia
, el informe que su padre hiciera entonces en el Consejo,
y en el que, de una manera accesible y llana, exponía varias tesis
fundamentales de su futura obra El Capital.

En la primera etapa del funcionamiento de la Internacional,
los principales adversarios del marxismo fueron los partidarios de Proudhon,
contra los que hubo ya que luchar en la Conferencia de Londres (1865) y en el
Congreso de Ginebra de la Internacional (1866). Aunque, por estar ocupado
con El Capital, no pudo asistir al Congreso de Ginebra, Marx dio a
los delegados del Consejo General detalladas instrucciones en las que señalaba
como tareas inmediatas las siguientes: luchar contra la importación de obreros
extranjeros que los capitalistas practicaban durante las huelgas y los cierres
patronales; por la jornada de ocho horas y por limitar la jornada de trabajo de
los niños y los adolescentes, así como por su educación intelectual y física y
por que se les diera instrucción politécnica. Estas instrucciones concedían
gran importancia a los sindicatos, en los que Marx veía centros organizadores
del movimiento obrero, subrayando los indisolubles vínculos existentes entre la
lucha económica y la lucha política, entre la lucha cotidiana de la clase
obrera y el objetivo final de su movimiento. Al explicar el papel que
desempeñaban las cooperativas, Marx indicaba que éstas, a pesar de la gran
importancia que tenían, no podían cambiar las bases del régimen social sin que
el proletariado conquistase el poder.

Después de acalorada discusión, la mayoría de los delegados
al Congreso de Ginebra aprobó el programa práctico de acción trazado por Marx.

El Congreso de Bruselas (1868) y el de Basilea (1869) fueron
otras tantas etapas en la elaboración de un programa teórico unificado de la
Internacional. En ellos se aprobaron las resoluciones relativas a la
socialización de la tierra y la propiedad colectiva de los medios de
producción. El Programa de la Internacional adquirió un carácter netamente
socialista. Esto fue un triunfo ideológico sobre los proudhonianos, defensores
de la pequeña propiedad. Es de notar que el Congreso de Bruselas aprobó una
resolución especial sobre El Capital. En ella se señalaban los
inapreciables méritos de Marx, el primer economista que había hecho un análisis
científico del capital y se exhortaba a los obreros de todas las nacionalidades
a estudiar esta obra.

Mientras que en Francia y en Bélgica los principales
enemigos del marxismo eran los proudhonianos, en Alemania ese papel
correspondía a los partidarios de Lassalle. Cuando se fundó la Internacional,
Lassalle ya no vivía, pero sus adeptos continuaban defendiendo tenazmente sus
equivocadas concepciones y su nociva táctica. En varias cartas y artículos,
Marx y Engels advirtieron a los obreros alemanes lo perjudicial y
peligroso que eran los lazos de Lassalle con la reacción prusiana. Tomando en
consideración que los dirigentes de la Asociación General de Obreros Alemanes y
su órgano de prensa, El Socialdemócrata seguían aplicando la
táctica de Lassalle y respaldaban la política de unificación de Alemania desde
arriba, a sangre y fuego, es decir, la política bismarckista, Marx
y Engels declararon que no podían colaborar en dicho periódico y
condenaron el socialismo gubernamental monárquico-prusiano, que
profesaban los partidarios de Lassalle.

A través de Guillermo Liebknecht Marx y Engels tomaron
medidas para fundar en Alemania un partido obrero distinto del de Lassalle. En
1868, en el Congreso de Nuremberg de las asociaciones culturales obreras,
celebrado bajo la dirección de Guillermo Liebknecht y Augusto
Bebel, se acordó que dichas entidades se adhiriesen a la Internacional. Así fue
cómo la Asociación Internacional de los Trabajadores se abrió también paso
hacia las masas obreras de Alemania. Al año siguiente se fundó en Eisenach el
Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania. Además de la organización obrera
dirigida por Bebel y Liebknecht, entró en dicho partido un grupo
de lassalleanos que se habían desgajado de la Asociación General de Obreros
Alemanes.

Cuando el marxismo había obtenido ya en la Internacional una
victoria ideológica sobre el proudhonismo y grandes éxitos en la lucha contra
el lassalleanismo, salió a escena un nuevo enemigo tan peligroso como los
anteriores, aunque más pérfido: el bakuninismo. Miguel Bakunin, apoyándose
en su organización anarquista, la Alianza de la Democracia Socialista, se
proponía adueñarse de la dirección de la Internacional. Aunque, al ingresar en
la Internacional, Bakunin había declarado disuelta la Alianza, en realidad hizo
de ella una organización secreta en el seno de la Internacional.

Después del Congreso de Basilea, los bakuninistas,
paralelamente a su trabajo de zapa en la Internacional, empezaron a luchar
abiertamente contra el Consejo General y contra Marx, su dirigente. Aspiraban a
agrupar bajo su bandera conspirativa tanto a los partidarios de Lassalle,
los socialistas realistas prusianos, como a los líderes, sumamente
moderados, de las tradeuniones inglesas, con los que Marx empezaba ya a tener
serias divergencias.

Ya antes criticaba Marx la rutina y el espíritu conservador
de estos representantes de la aristocracia obrera de Inglaterra, así como su
arraigada costumbre de ir a la zaga de los liberales burgueses. Las
discrepancias entre Marx y estos representantes de la política obrera liberal
se acentuaron particularmente en la segunda mitad de la década del 60, cuando
el problema irlandés pasó a ser la cuestión central de la vida política
inglesa. A iniciativa de Marx el Consejo General de la Internacional manifestó
su apoyo a la lucha de liberación nacional del pueblo irlandés contra la
dominación colonial inglesa. En este movimiento veía Marx una fuerza dirigida
no sólo contra la aristocracia terrateniente de Inglaterra, sino también contra
la burguesía inglesa. El sojuzgamiento de Irlanda permitía a la burguesía
inglesa escindir a los obreros en dos campos enemigos, sembrar la discordia
entre los obreros ingleses e irlandeses. Marx demostraba que en esa discordia
radicaban la impotencia de la clase obrera inglesa y la clave de la fuerza de
la burguesía de Inglaterra. Marx explicaba a los obreros ingleses que la
liberación de Irlanda era la premisa primordial de su propia liberación: Un
pueblo que esclaviza a otro 
-decía Marx- forja sus propias
cadenas
.

La experiencia de la lucha del pueblo irlandés permitió a
Marx desarrollar las principales tesis de la cuestión nacional y colonial, que
había expuesto anteriormente en sus artículos sobre los movimientos de
liberación nacional en Europa, la India y China. Al elaborar los principios
teóricos de la política del proletariado en la cuestión nacional y colonial,
Marx enseñaba a la clase obrera a que examinase este problema desde el punto de
vista de los intereses de la revolución y fustigaba a los proudhonianos, que
cerraban los ojos a la cuestión nacional y afirmaban que la nación era un
prejuicio anticuado. Al mismo tiempo, Marx luchaba resueltamente contra el
nacionalismo burgués, educando a las masas obreras en el espíritu del
internacionalismo proletario. En éste veía Marx al luchador más consecuente
contra la opresión nacional y el colonialismo.

En su lucha contra los bakuninistas, Marx contó con el apoyo
de la sección rusa de la I Internacional. Dicha Sección, formada en Ginebra a
principios de 1870 por un grupo de emigrados políticos influenciados por las
ideas de Nikolai Chernishevski y Nikolai Dobroliubov, pidió a Marx que fuera su
representante en el Consejo General. A pesar de que desempeñaba ya las
funciones de secretario corresponsal de Alemania, Marx respondió por carta que
aceptaba satisfecho la tarea de representar a la sección rusa en el Consejo
General.

No fue casual que la sección rusa se dirigiese a Marx que,
ya en aquella época, era muy popular entre los jóvenes revolucionarios rusos.
La primera propuesta de traducir El Capital a una lengua
extranjera partió de Rusia. Al comunicar esta circunstancia a Kugelmann, Marx
señaló que otras obras suyas, como Miseria de la Filosofía y Contribución
a la crítica de la economía política
, no habían alcanzado en parte alguna
la difusión que tenían en Rusia. A su vez, Marx manifestaba un enorme interés
por Rusia, estudiando su economía, su cultura, su literatura y la lucha del
pueblo ruso contra el zar y los terratenientes. En 1869, Marx empezó a estudiar
el ruso y leyó en este idioma obras de Pushkin, Gogol, Saltikov-Schedrin,
Flerovski, Herzen, Dobroliubov, Chernishevski y otros autores rusos.

Desde la fundación de la Internacional, Marx trataba ya de
orientar la atención de los obreros hacia los problemas de la política
exterior, hacia los problemas de la guerra y la paz, hacia la lucha contra el
militarismo. Llamaba a la clase obrera a pronunciarse en la arena
internacional como fuerza independiente, consciente de su
responsabilidad y capaz de imponer la paz donde los que se llaman sus amos
incitan a la guerra
. Pero a diferencia de los pacifistas burgueses, el
Consejo General dirigido por Marx establecía una diferencia entre las guerras
de rapiña y las de liberación. Así, en los mensajes escritos por Marx a los
presidentes de los Estados Unidos A. Lincoln (1864) y A. Johnson (1865) se
señala el carácter progresista de la guerra del norte contra los estados
esclavistas del sur por la liberación de los negros.

Cuando comenzó la guerra franco-prusiana, en el llamamiento
del Consejo General, escrito por Marx, definió el carácter de la guerra y trazó
la táctica que el proletariado debía seguir en ella. Definía la guerra de Luis
Bonaparte contra Alemania como una guerra dinástica, como una guerra de rapiña,
y predecía que la contienda costaría la corona al emperador francés. Al
determinar el carácter de la guerra por parte de Alemania, Marx subrayaba la
diferencia entre los verdaderos intereses del país y los objetivos
reaccionarios, de rapiña, que perseguía Prusia. Marx señalaba que tanto los
obreros avanzados de Francia como los de Alemania habían sabido adoptar una
actitud acertada hacia la guerra, una actitud internacionalista: Este
hecho grandioso, sin precedentes en la historia 
-decía Marx- abre
la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja
sociedad, con sus miserias económicas y sus demencias políticas, está surgiendo
una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz,
porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo
.

En el segundo manifiesto, escrito después de la capitulación
del ejército francés en Sedán y de la proclamación de la república en Francia,
Marx señaló la profunda razón que asistía al Consejo General cuando predijo en
el primer manifiesto el próximo hundimiento del Segundo Imperio.

Subrayando que la guerra había adquirido por parte de
Alemania el carácter de una guerra de rapiña, Marx dio a los obreros alemanes
la consigna de Paz honrosa para Francia y reconocimiento de la República
Francesa
. Definiendo las tareas de los obreros franceses, Marx decía que
debían aprovechar al máximo las libertades republicanas para reforzar
sólidamente la organización de su propia clase. Marx preveía la agudización de
la lucha de clases en Francia y por ello advertía al proletariado francés que
no debía sublevarse prematuramente sin haberse preparado bien.

Pero, al llegar a Londres la noticia de que había estallado
la revolución obrera del 18 de marzo de 1871, Marx se apresuró a prestar ayuda
a los obreros insurgentes de París. Escribió centenares de cartas a todos los
países en que existían secciones de la Internacional, explicando al
proletariado internacional el verdadero sentido de la revolución del 18 de
marzo y exhortándolo a organizar un movimiento en defensa de la Comuna.

Engels prestó una gran ayuda a Marx en aquel período.
En el otoño de 1870 abandonó la oficina en Manchester y se trasladó a Londres,
entregándose por entero a sus actividades en el Consejo General.

Por medio de cartas e instrucciones verbales que trasmitían
personas de confianza, Marx trataba de ayudar a los comuneros con sus consejos,
previniéndoles contra posibles errores. Sin embargo, sus indicaciones no
siempre llegaban oportunamente a París, pues la ciudad se hallaba sometida a
estrecho cerco. Los proudhonianos y los blanquistas que encabezaban la Comuna
tomaban de muy mala gana y con retraso todas las medidas que estaban en
contradicción con sus dogmas sectarios y esta circunstancia también dificultaba
la labor de dirección desplegada por Marx.

Cuando la Comuna de París estaba aún luchando, Marx supo ver
ya su importancia histórica, poner al descubierto sus errores fundamentales y
sacar conclusiones de suma trascendencia para la teoría y la táctica
revolucionaria del proletariado. En su carta a Kugelmann del 12 de abril de
1871, destacó lo que la Comuna de París había aportado de nuevo a los
principios de la lucha revolucionaria: Si te fijas en el último
capítulo de mi Dieciocho Brumario 
-decía Marx-, verás que expongo
como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a
otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino
demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera
revolución popular en el continente. En esto precisamente consiste la tentativa
de nuestros heroicos camaradas de París
.

Marx limita al continente su conclusión acerca de la
necesidad de destruir la vieja máquina estatal, haciendo por lo tanto de
Inglaterra la única excepción entre los países europeos. Partía del hecho de
que la clase obrera de Inglaterra constituía la mayoría de la población, de que
allí no existía aún el militarismo y la burocracia no desempeñaba todavía un
papel considerable pero, según indica Engels, Marx tampoco se olvidaba
nunca de añadir que no era de esperar que las clases dominantes de Inglaterra
se sometiesen a esa revolución pacífica y legar
. En esta misma carta a
Kugelmann, Marx señaló dos errores fatales de los comuneros:

— se debía haber emprendido inmediatamente la ofensiva
contra Versalles, mientras el enemigo estaba lleno de pánico y no había tenido
tiempo de concentrar sus fuerzas. Esa ocasión se dejó escapar;
— el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes para ceder su lugar
a la Comuna.

En otra carta a Kugelmann, fechada el 17 de abril de 1871,
Marx decía que el solo hecho de haber surgido la Comuna de París era ya una
conquista del proletariado de importancia histórico-mundial. En su obra La
guerra civil en Francia
, escrita en 1871, Marx hizo una síntesis teórica de
la experiencia de la Comuna. Consideraba que el mérito principal de los
comuneros había consistido en que intentaron, por vez primera en la historia,
crear un Estado proletario. Todas las revoluciones anteriores no habían ido más
allá de simples desplazamientos entre las clases dominantes, se limitaban a
cambiar una forma de explotación por otra, y, en vez de demoler la vieja
máquina estatal, se circunscribían a hacerla pasar de unas manos a otras. Pero
la clase obrera -decía Marx- no podía adueñarse simplemente de la máquina
estatal existente y ponerla en funcionamiento para sus propios objetivos. Marx
y Engels consideraban tan importante esta conclusión, que en el prefacio
escrito para el Manifiesto del Partido Comunista en 1872 dijeron
que la estimaban una adición muy esencial a este documento programático del
proletariado.

La Comuna no sólo demostró en la práctica la justeza de la
tesis -formulada por Marx en su obra El Dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte
– que afirma la necesidad de destruir la vieja máquina estatal,
sino que procedió a erigir una organización política de nuevo tipo llamada a
sustituir dicha máquina. Basándose en la experiencia de los comuneros de París,
Marx dio un nuevo paso de importancia extraordinaria en el desarrollo de su
teoría sobre la dictadura del proletariado, llegando a la conclusión de que un
Estado del tipo de la Comuna de París era la forma política
descubierta, al fin, para llevar a cabo dentro de ella la emancipación
económica del trabajo
.

Al analizar en su trabajo las medidas sociales y económicas
adoptadas por la Comuna, Marx destacaba la idea de que, por más tímidas que
hubieran sido, su tendencia principal era la expropiación de los expropiadores.

Marx prestó gran atención a una cuestión que tuvo enorme
importancia para la suerte de la Comuna: a las relaciones de ésta con el
campesinado. El examina las medidas que la Comuna hubiera debido tomar (y no
tuvo tiempo de hacerlo) en favor del campesino francés. Marx demuestra que la
Comuna no sólo era la defensora natural del campesinado, sino también de la
pequeña burguesía urbana, que era la verdadera representante de los intereses
genuinos de la nación francesa. Termina su obra glorificando a la Comuna, como
precursora de la sociedad futura.

La guerra civil en Francia fue una nueva y brillante prueba
del carácter creador del marxismo, de su capacidad de desarrollarse y
perfeccionarse a base de la experiencia de las masas, de su iniciativa
histórica.

Publicada como llamamiento del Consejo General, fue un
trascendental documento político de la Internacional, que pertrechó al
proletariado de todo el mundo con la experiencia de la Comuna.

Después de la derrota de la Comuna, la Internacional pasó
por un período muy duro. Los gobiernos reaccionarios de diversos países
redoblaron las persecuciones contra las secciones de la Internacional y la
campaña de calumnias contra Marx, su dirigente. Los reformistas se asustaron y
se hizo más aguda la lucha en el seno de la Internacional. Odger y Lucraft,
dirigentes de las tradeuniones inglesas, declararon en la reunión del Consejo
General del 20 de junio de 1871 que retiraban sus firmas al pie del Manifiesto de
la Internacional. Fue una traición a la causa del proletariado. En
contraposición a los jefes reformistas de las tradeunionistas ingleses, Marx
declaró en la prensa que él era el autor del Manifiesto y se
hacía plenamente responsable de su contenido.

En aquel período, los más peligrosos enemigos del marxismo
eran los bakuninistas, ideólogos de la pequeña burguesía que negaban la
necesidad de la lucha política, del partido proletario y de la dictadura del
proletariado. La ideología anarquista constituía entonces el mayor obstáculo
para que el proletariado internacional asimilase la experiencia de la Comuna.
Refiriéndose a esta experiencia, Marx y Engels demostraron en la
Conferencia de Londres, celebrada en 1871, lo funesto que sería renunciar a la lucha
política e hicieron ver la necesidad de formar un partido obrero
revolucionario, cuya ausencia fue una de las causas de la derrota de la Comuna.
La Conferencia aprobó una resolución, redactada por Marx y Engels sobre
la lucha política de la clase obrera. Contrarrestando los esfuerzos que hacían
los bakuninistas para minar la disciplina de la Internacional y convertir el
Consejo General en un simple organismo de carácter informativo, la Conferencia
dejó bien sentado en varias resoluciones que el Consejo General era, más que
nunca, el centro ideológico, el Estado Mayor de la Internacional.

En respuesta a la campaña que los bakuninistas emprendieron
contra el Consejo General después de la Conferencia de Londres, se publicó la
circular Escisiones imaginarias en la Internacional. En este documento,
Marx y Engels pusieron al desnudo las intrigas, el doble juego y las
actividades escisionistas de los bakuninistas, que trataban de minar la
Internacional desde dentro. Los fundadores del comunismo científico pusieron al
desnudo la esencia traidora de las consignas bakuninistas y denunciaron su
nocivo y peligroso carácter, ya que era un medio para dejar desarmados a los
obreros frente a la burguesía, armada hasta los dientes.

La lucha contra el bakuninismo fue particularmente
encarnizada en el Congreso de La Haya (1872). En uno de sus discursos ante el
Congreso, Marx estigmatizó, como aliados de los bakuninistas, a los líderes
oportunistas de las tradeuniones inglesas, politicastros sin principios,
sobornados por su burguesía y su gobierno. El Congreso de La Haya incluyó la
parte fundamental de la resolución de la Conferencia de Londres, relativa a la
lucha política de la clase obrera, como artículo 7 de los Estatutos de la AIT.
El punto sobre el papel del partido, que tenía importancia programática,
decía: En su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, la
clase obrera sólo puede actuar como clase organizando su propio partido
político, contrapuesto a todos los viejos partidos creados por las clases
poseedoras
.

Esa organización de la clase obrera en partido político
propio es necesaria para asegurar el triunfo de la revolución y la realización
de su meta final: la supresión de las clases. Después de conocer el informe
presentado por una comisión especial encargada de investigar las actividades
escisionistas de los bakuninistas, el Congreso acordó, por una mayoría
aplastante, expulsar de la Asociación Internacional de los Trabajadores a
Bakunin y a Guillaume, cabecillas de la Alianza. También se acordó, a propuesta
de Marx y Engels, que el Consejo General trasladara su sede a Nueva York.

Cuando el Congreso de La Haya hubo terminado sus labores, se
celebró en Amsterdam un mitin, en el que Carlos Marx hizo uso de la palabra. El
gran jefe del proletariado dijo: No, yo no abandono la Internacional y,
como hasta ahora, dedicaré mi vida al triunfo de las ideas sociales que -de
ello estamos profundamente convencidos- conducirán, tarde o temprano, a la
dominación del proletariado en el mundo entero
.

El Congreso de La Haya fue el último de la Internacional. En
los ocho años que se prolongó su existencia, la Internacional, dirigida por
Marx y Engels, recorrió un grande y glorioso camino. La lucha que los
fundadores del comunismo científico sostuvieron contra las distintas sectas
socialistas y semisocialistas terminó con la victoria ideológica del marxismo.

Después de la derrota de la Comuna se produjeron cambios
radicales en toda la situación histórica, que Lenin caracterizó de la
siguiente manera: La clase obrera de Inglaterra había sido maleada por
las ganancias que los imperialistas obtenían, la Comuna había sido derrotada en
París, el movimiento nacional burgués acababa de triunfar en Alemania (en 1871),
la Rusia semisierva continuaba sumida en su letargo secular. Marx y Engels
supieron apreciar el momento, comprendieron la situación internacional,
comprendieron que la tarea era acercarse poco a poco al comienzo de la
revolución social
. Las persecuciones policíacas y la política escisionista
de los partidarios de Bakunin crearon enormes dificultades a las actividades de
la Internacional en Europa. Además, en las nuevas condiciones históricas, las
viejas formas de la Internacional ya no correspondían a las exigencias que la
historia presentaba a la clase obrera. Tomando en consideración el nuevo clima
internacional, Marx y Engels plantearon al proletariado la tarea de
llevar a cabo una larga preparación para la revolución socialista y, en primer
término, de crear en cada país un partido proletario de masas. La experiencia
de la Comuna demostró con fuerza particular lo importante e inaplazable que era
esta tarea. La Internacional, dirigida por Marx, había ido preparando las
condiciones para darle solución: La victoria ideológica del marxismo en la
Internacional y la preparación en los distintos países de cuadros que podían
ser el núcleo de los futuros partidos proletarios creaban las premisas
necesarias para la formación de éstos. Dirigida por Marx, la Internacional
cumplió su misión histórica, sentando los cimientos de la lucha
proletaria internacional por el socialismo
. La solidaridad internacional
del proletariado continuó creciendo y reforzándose con formas nuevas,
inherentes a la nueva etapa del movimiento obrero.

¿Qué es la conciencia de clase? (III) El grado cero de la conciencia

La conciencia de la clase obrera es una unidad dividida en dos que Marx, a la manera hegeliana, denomina como conciencia en sí y conciencia para sí: “En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política” (1).

El desarrollo del capitalismo, pues, crea una inmensa masa de trabajadores que en el siglo XIX aún se solía denominar en plural como “clases obreras” para destacar su carácter disperso. Lo mismo ocurría con sus organizaciones de clase. Los primeros sindicatos no agrupaban a los trabajadores por empresas sino por oficios, por lo que hoy llamaríamos profesiones, muy cercanos a los gremios de artesanos medievales: eran impresores, zapateros o sastres. No obstante, aunque carecían aún de una sólida cohesión interna, los obreros ya formaban una clase social por sus intereses comunes frente a sus respectivos patronos. Por sí misma, espontáneamente, esa condición social ya convierte a la masa de los distintos trabajadores en una clase social.

Si los obreros formaban en masas compactas, dicen Marx y Engels, no es como consecuencia de la unidad de los propios obreros sino de la unidad de la burguesía (2). En “La Ideología Alemana” Marx y Engels precisaron el concepto de conciencia de clase con otras palabras:

“Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia. Y de otra parte, la clase se sustantiva, a su vez, frente a los individuos que la forman, de tal modo que éstos se encuentran ya con sus condiciones de vida predestinadas por así decirlo; se encuentran con que la clase les asigna una posición en la vida y, con ello, la trayectoria de su desarrollo personal; se ven absorbidos por ella. Es el mismo fenómeno que el de la absorción de los diferentes individuos por la división del trabajo […] Ya hemos indicado varias veces cómo esta absorción de los individuos por la clase se desarrolla hasta convertirse, al mismo tiempo, en una absorción por diversas ideas, etc.” (3).

La conciencia en sí aparece, pues, muy tempranamente en las primeras etapas del movimiento obrero. La adquiere el proletariado espontáneamente en su lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo, es decir, en luchas de naturaleza sindical y económica. Pero aquellas luchas espontáneas de los obreros eran instintivas. En ellas los obreros actuaban en buena parte movidos por sus intereses individuales y concretos. Fuera de sus luchas contra el patrono, los obreros competían y se enfrentaban entre sí. Durante las huelgas algunos ejercían de esquiroles frente a otros. El salto desde los intereses individuales y concretos de unos pocos obreros, hacia los comunes y generales a todos ellos es en todos los países el progreso decisivo de la conciencia de clase, que se expresa en la creación de organizaciones de dicha naturaleza.

El desdoblamiento de la conciencia tiene, pues, un sentido histórico. Al analizar la evolución del movimiento obrero en cada país se observa que la conciencia de clase evoluciona desde las formas de conciencia en sí a otras que, además, son para sí. La conciencia para sí es un progreso con respecto a la anterior, una forma superior que adquiere el proletariado con sus luchas, un ejemplo, en definitiva, de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos. Pero aunque la experiencia histórica del proletariado acumula ambas, no puede confundirlas:

a) mientras la conciencia en sí se pone manifiesto en las luchas sindicales, la conciencia para sí aparece en las de tipo político. La conciencia para sí se expresa en el programa político del proletariado, en su estrategia revolucionaria

b) mientras la conciencia en sí es espontánea y se pone manifiesto en formas de acción más o menos improvisadas, como huelgas y manifestaciones, la conciencia para sí se planifica sistemáticamente, para lo cual es necesaria una organización de clase. La conciencia para sí se expresa también en las distintas formas de organización de la clase obrera

c) mientras la conciencia en sí la adquiere el proletariado por sus propios medios en la lucha sindical, la conciencia para sí procede de fuera porque requiere una teoría científica, el marxismo-leninismo, un añadido cualitativo que el movimiento obrero no puede obtener por sus propias fuerzas

Los oportunistas sólo tienen en cuenta uno u otro de los dos aspectos de la conciencia. Algunos de ellos los confunden y otros los separan como si fueran universos extraños entre sí. Ninguno tiene en cuenta que la conciencia no es más que una unidad que se desdobla, una unidad de contrarios y, por consiguiente, que en el movimiento obrero coexisten formas distintas de conciencia de clase. Lenin decía que lo espontáneo es el embrión de lo consciente y que hay diferentes tipos de espontaneidad (4). La conciencia de clase es, pues, un gradiente; no es que haya o no conciencia de clase, sino que hay grados diversos de conciencia que van desde los inferiores hasta los superiores, recorriendo todo su espectro. Se puede decir que existe un grado cero de conciencia, representado por el movimiento obrero espontáneo, que alcanza su punto más elevado en la conciencia para sí: el partido comunista. De uno a otro hay un salto cualitativo.

Como tendencia histórica, la conciencia de clase no retrocede sino que avanza irreversiblemente de la conciencia en sí a la conciencia para sí. Aunque esté muy extendida la opinión contraria, en la actualidad la conciencia de clase ha avanzado sustancialmente con respecto a los tiempos de Marx, Engels y Lenin. No cabe duda que la enorme experiencia acumulada por el proletariado internacional impide hoy afirmar que en alguna parte existan movilizaciones obreras en las que no aparezcan determinadas formas más o menos avanzadas de conciencia de clase. Es un importante progreso del movimiento obrero: hoy la lucha de clases no tiene que partir de cero.

Como consecuencia de ello la burguesía se tiene que enfrentar cotidianamente a un hecho consumado, lo que la ha obligado a maniobrar para confundir a la clase obrera y nublar su conciencia. Como en tantas otras tareas, también en ésta ha dispuesto de la inestimable colaboración de los oportunistas para dar marcha atrás a la historia y volver a las etapas incipientes del movimiento obrero. En este punto los oportunistas adoptan la forma de nuevos espontaneístas. Las tesis de los antiguos aún tenían alguna justificación porque procedían de una etapa en la cual los obreros aún no habían acumulado suficientes experiencias prácticas; los nuevos corresponden a un momento en el cual la espontaneidad se defiende a pesar de que la experiencia práctica contradice cada uno de sus postulados.

Antes el espontaneísmo movía los pies pero no la cabeza. Era la inconsciencia viva de la clase obrera o, a lo máximo, ponía de manifiesto una conciencia muy primitiva. El grado cero de la conciencia aún no se había convertido en una teoría, sino todo lo contrario; no era más que una práctica, el activismo ciego, inconsciente e irreflexivo. Los modernos, por el contrario, mueven la cabeza para elaborar una teoría con la in-consciencia, convirtiendo la espontaneidad en todo un proyecto de desarme y des-organización del proletariado.

Hoy la forma principal que reviste el espontaneísmo es la confusión de la organización con la clase o, por mejor decirlo, la reducción de la organización a la clase y lo que es peor: al movimiento de dicha clase. Es también el caso de quienes defienden los partidos de masas, amplios, con numerosos afiliados al estilo de la II Internacional, mientras critican a los partidos comunistas de nuevo tipo porque son “maquinarias burocráticas” alejados de las masas. Ellos quieren crear un “partido-movimiento” (5), disolver las formas de organización en las formas de actuación bajo los nombres de “coordinadoras”, “redes”, “asambleas”, “plataformas” y cualquier otro lo suficientemente ambiguo como para dispersar a las masas en un archipiélago inconexo.

Aunque los nuevos espontaneístas visten sus teorías con los ropajes de la modernidad, frente a lo que califican como “viejas concepciones dogmáticas”, lo cierto es que lo suyo es una apología del primitivismo, de las fases obsoletas del movimiento obrero. Hacen apología del atraso, de los “métodos artesanos de trabajo”, como los llamaba Lenin. Colocan al movimiento obrero en una situación de desventaja frente a la burguesía, que actúa siempre con una conciencia plena, que no dispersa sus energías sino que las centraliza y organiza de una manera meticulosa en ese dispositivo burocratizado que es el Estado, para proyectarlas incluso en la esfera internacional.

La forma de organización (o desorganización) de la clase obrera es, pues, el primer termómetro de su conciencia de clase.

En los cien años transcurridos desde que Lenin redactó el “¿Qué hacer?”, el espontaneísmo ha cambiado su naturaleza de clase. Mientras antes era una parte del movimiento obrero, actualmente es una corriente típicamente pequeño-burguesa que, entre otras cosas se caracteriza también por enfrentar lo social a lo político, e incluso por preconizar el abstencionismo, que es el mismo principio que defiende siempre la burguesía: no mezclar a los sindicatos con la política, ni a la universidad con la política, ni a la cultura con la política, etc. Dicen que las huelgas deben ser puramente económicas y que las de naturaleza política son rechazables. Es el estilo ONG, de la horizontalidad, de los alternativos, los autónomos y autogestionarios. Para la pequeña burguesía los movimientos deben ser exclusivamente “sociales” (desde abajo), jamás políticos (desde arriba) porque “la política” desune, conduce a enfrentamientos ideológicos “partidistas”, lo cual parece que no ocurre en las luchas económicas y sociales.

El rechazo de “la política” demuestra el origen de clase del espontaneísmo porque la única política que conoce la pequeña burguesía es la política burguesa, es decir, que ponen la política del proletariado al mismo nivel que la política de la burguesía. Por su naturaleza de clase, los espontaneístas no entienden que, además de esa, hay otra política, la política comunista, que está directamente enfrentada a ella y que esa es la esencia misma de la lucha de clases y, por consiguiente, de la conciencia de clase.

Los nuevos espontaneístas consideran que la conciencia de clase es inherente a la condición social del obrero como explotado, es decir, que todos los trabajadores tienen conciencia de clase por el hecho de ser obreros. La clase en sí es al mismo tiempo clase para sí. Afirman que la actuación característica de la clase obrera es la sindical y encuentran la conciencia de clase en las luchas económicas de los trabajadores. Piensan que la lucha sindical (o los “consejos de fábrica”, en su caso) debe abandonarse a sus propias fuerzas, que se basta a sí misma para llevar a la revolución.

Esta concepción es errónea. Los trabajadores sólo se convierten en una clase “para sí misma” cuando se empiezan a reunir para defender sus intereses, no de fábrica, ni de oficio sino de toda la clase social en su conjunto. Entonces ya no son los intereses del obrero frente a los del patrón (jornada, salario) sino los de una clase contra otra. A diferencia de los anteriores, que son económicos y sindicales, dice Marx, esos intereses son de naturaleza política. En la lucha de una clase contra otra lo que se resuelven son intereses políticos. La lucha política es, pues, un progreso imprescindible de la conciencia del proletariado, frente a la lucha puramente sindical o económica. El programa político de la organización de la clase obrera (o su ausencia) es, pues, el segundo termómetro de su conciencia de clase.

La conciencia para sí de la clase obrera se define, pues, por dos elementos esenciales: el programa (los fines) y el tipo de organización (los medios). Ambas forman una unidad porque en función de los objetivos perseguidos los obreros se organizan de una u otra manera. Las formas de organización sirven para poner de manifiesto los verdaderos objetivos de la organización, más allá de los que retóricamente reconocen sus documentos oficiales. “Dime de qué organización dispones y te diré qué es lo que realmente pretendes”.

Una organización limitada sólo puede tener objetivos limitados. Sólo un determinado tipo de organización de clase, el partido comunista, carece de límites de ningún tipo, ni ideológicos, ni geográficos, ni económicos, ni legales, ni militares, ni profesionales. Sólo una organización así, de características ilimitadas, está en condiciones de acabar con el capitalismo, lo cual se debe también afirmar del reverso: para acabar con el capitalismo hay que fortalecer el partido comunista, que es un tipo de organización política que no se parece a ninguna otra.

Sin embargo, es bastante corriente que a un partido comunista se le juzgue exclusivamente por su programa político, es decir, que se examine si es comunista o no. Pero tan interesante como lo anterior es examinar si es realmente un partido, es decir, una organización leninista de cuadros profesionales, plenamente dedicados a organizar la revolución socialista.

Los programas de los partidos oportunistas son retóricos, puesto que no se reconocen a sí mismos como tales oportunistas sino que, muy al contrario, pretenden aparentar algo distinto de lo que realmente son.

Por eso llenan sus declaraciones de frases revolucionarias mientras sus formas de organización están acomodadas a la vida legalista, pacífica e institucional. Es la esencia de los “anticapitalistas”, que no pretenden acabar con el régimen de explotación sino convivir bajo él en una actitud de protesta permanente. Los movimientos espontáneos no se preparan para dar la batalla a la burguesía en ningún terreno, sino para lamentarse permanentemente de sus atropellos más sangrantes.

Se trata de grupos de aficionados que dedican al movimiento sólo sus ratos libres. Su radio de acción es típicamente local, propio de pequeños círculos capaces de llevar a cabo sólo tareas muy simples que encierran a los trabajadores en una perspectiva social estrecha, dominada por lo inmediato y el corto plazo.

A diferencia de las organizaciones de masas, la tarea de un partido comunista es la de dirigir, una función que la pequeña burguesía no es capaz de entender porque, al navegar entre dos aguas, cree que existen movimientos sociales no dirigidos por nadie, es decir, autónomos, en los cuales las masas se agrupan y se dirigen a sí mismas de manera colectiva. Es un claro ejemplo de ceguera por su parte. La experiencia pone de manifiesto que en todo movimiento colectivo siempre hay una dirección, por más que no reconozca como tal. Un movimiento puede surgir espontáneamente y, de hecho, así ocurre la mayor parte de las veces. Pero al final alguien lo acaba dirigiendo; si no lo dirige el proletariado, lo dirige la burguesía.

Cuando el proletariado no dirige una lucha a través de su partido comunista, la misma acaba siendo engullida por el reformismo, que es la inercia de la lucha de clases. El espontaneísmo conduce al movimiento obrero siempre por el sendero del reformismo, el sindicalismo y el electoralismo. De ahí que mientras la burguesía perseguía a los partidos comunistas, mantenía las formas de organización más primarias de la clase obrera. Hay múltiples ejemplos históricos de esa inercia. En Inglaterra los sindicatos crearon un partido propio, el partido laborista, una organización típicamente reformista, muy diferente de las propias de la clase obrera. Lo mismo cabe decir de la Iglesia católica, que desde la encíclica “Rerum Novarum”, promovió formas “horizontales” de organización, como las cooperativas, tan apreciadas siempre en los medios reformistas.

Para defender el espontaneísmo en 1972 Eduardo Fioravanti destacó el carácter creador de los movimientos de masas, algo de lo que no puede caber ninguna duda. Ahora bien, él lo contraponía al partido comunista, cuyo objeto era “limitar”, “coartar” o “contener“ al anterior (6). Eso no podría ser posible sin desnaturalizar la esencia misma del partido comunista, que debe ir por delante y no por detrás de los movimientos de masas, es decir, dirigir, impulsar y promover la creatividad de los movimientos de masas.

Otras veces para camuflar su reformismo, los espontaneístas se refugian en el activismo ciego, característico de ese archipiélago de pequeñas organizaciones locales enfrascadas en un zafarrancho de combate permanente por las calles. No es nada distinto de la vieja y gastada consigna del revisionista Bernstein: “El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo”. Es el movimiento por el movimiento mismo, sin ningún programa, ni línea, ni rumbo. El activismo es aventurerismo; a lo máximo puede conducir a estallidos de rebeldía, tan fulminantes como efímeros porque el Estado burgués los aplasta con facilidad. Entre otras cosas, que por sí misma la calle no proporciona, la revolución exige organización.

Es una creencia muy extendida suponer que un movimiento revolucionario puede estallar espontáneamente o que las masas van a lanzarse a luchar por el socialismo por sí mismas, de manera que cuando eso no se produce los que opinan así se quedan perplejos y se preguntan por qué las masas no se sublevan, a pesar del paro y de las difíciles condiciones de subsistencia que padecen. Es una pregunta que ya está respondida hace muchísimos años: la experiencia histórica demuestra que sin organización y dirección, el movimiento de masas no genera revolución sino reformismo, y que si su situación es tan dura que se ven obligadas a levantarse tumultuariamente, sólo se producirán rebeliones, estallidos masivos de cólera más o menos prolongados, pero jamás revoluciones. En todo el mundo el movimiento obrero ha conocido ambas situaciones y sabe que tanto el reformismo como las explosiones de rebeldía son estériles para la revolución.

Como se observa en la actual crisis, el capitalismo conduce a las masas a una situación extrema que las obliga a salir a la calle a protestar, sin lo cual no es posible la revolución. Pero dicha situación, aunque es una condición necesaria, no es suficiente. La conciencia de clase, hay que volver a repetirlo, es una unidad que se desdobla. No basta el movimiento por sí mismo, por más radical que se muestre; además tiene que tener una dirección, un rumbo, que no está en su propio seno sino que, como dijo Lenin, procede de fuera del propio movimiento:

“El error fundamental de todos los ‘economistas’: el convencimiento de que se puede desarrollar la conciencia política de clase de los obreros ‘desde dentro’, por decirlo así, de su lucha económica, o sea, partiendo sólo (o al menos, principalmente) de esta lucha, basándose sólo (o al menos, principalmente) en esta lucha. Semejante opinión es errónea de raíz […]

“Al obrero se le puede dotar de conciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí” (7).

Un avión tampoco determina por sí mismo su rumbo; la navegación aérea la dirige desde tierra la torre de control. Del mismo modo, para determinar el rumbo del movimiento de masas hace falta un partido comunista que las dirija “desde la torre de control” o, como decía Lenin, “desde fuera”. Para estar en condiciones de dirigir un movimiento de masas, un partido comunista se debe diferenciar de las propias masas y de sus organizaciones. El partido comunista es una parte pero no es el movimiento mismo; no puede dirigirlo si se confunde con él, que es otro vicio arraigado del espontaneísmo, que también fue criticado por Lenin:

“El culto a la espontaneidad origina una especie de temor de apartarnos un poquitín de lo que sea ‘accesible’ a las masas, un temor de subir demasiado por encima de la simple satisfacción de sus necesidades directas e inmediatas. ¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización estamos a un nivel tan bajo que es absurda hasta la propia idea de que podamos subir demasiado alto!” (8).

La lucha contra el espontaneísmo es la lucha contra el oportunismo en el terreno de la organización. Cada uno de los pasos que acomete un partido comunista debe ser consciente, lo cual equivale a decir, discutido, planificado y bien meditado. A diferencia de otras, la actuación comunista no se improvisa. Es la única organización de la clase obrera capaz de explicar y argumentar no sólo sus objetivos últimos sino cada uno de sus movimientos tácticos.

Notas:

(1) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.
(2) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pg.31.
(3) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pgs.60-61.
(4) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.139.
(5) Reinaldo Iturriza López: Del partido/maquinaria al partido/movimiento, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=114484
(6) Eduardo Fioravanti: El concepto de modo de producción, Barcelona, 1972, pgs.217 y stes.
(7) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.179.
(8) Lenin, ¿Qué hacer?, pg.223.

Biografía de Marx (Parte 14)

Su
obra cumbre
Previendo un nuevo auge del movimiento obrero, Marx quería
terminar lo antes posible su obra de economía política. Al reanudar en 1861,
después de un intervalo de un año y medio, sus investigaciones económicas,
decidió modificar el plan de su obra y publicarla en volumen aparte, y no como
continuación del libro Contribución a la crítica de la economía política, que
viera la luz en 1859. En 1862, Marx escribió a Kugelmann que su obra tendría
por título El Capital y por subtítulo, Contribución a
la crítica de la economía política
.
Las condiciones en que Marx escribió El Capital fueron
duras en extremo. Debido a la guerra civil en Norteamérica, Marx dejó de
colaborar en el New York Tribune, por lo que perdió su fuente
principal de ingresos. La familia de Marx pasaba de nuevo por una situación
difícil, y, a no ser por la constante y abnegada ayuda económica de Engels,
Marx no sólo no hubiera podido terminar El Capital, sino que
irremisiblemente, habría sucumbido bajo el peso de la miseria.
Al fundarse la Internacional recayó sobre Marx un enorme
trabajo político de partido. Tenía que trabajar de noche para escribir El
Capital
. Su organismo no pudo soportar tal tensión y Marx comenzó a
enfermar cada vez más a menudo.
A fines de 1865, Marx terminó el borrador de El
Capital
. Pero, al empezar la preparación del primer tomo para la imprenta,
volvió a redactar el manuscrito, reduciéndolo. En abril de 1867, Marx llevó
personalmente el manuscrito a Hamburgo para entregarlo al editor. El 5 de mayo
del mismo año, el día de su natalicio, recibió la primera prueba. Las pruebas
siguientes llegaban del editor con gran retraso y tardaba mucho en devolverlas
porque hacía importantes cambios, enviaba el material a Engels para
que lo viese y, a veces, introducía nuevas enmiendas por consejo de su amigo.
El 16 de agosto de 1867, Marx firmó el último pliego de El Capital,
el pliego cuarenta y nueve. Al concluir el primer tomo, Marx escribió a Engels: Así,
pues, el tomo está ya listo. Ello ha sido posible única y exclusivamente
gracias a ti. De no haber sido por tu abnegada ayuda, no hubiera podido
escribir tan enorme trabajo en tres tomos. Te abrazo y te saludo lleno de
gratitud, querido y fiel amigo
.
Después de la publicación del tomo I de El Capital en
septiembre de 1867, su intensa actividad en la I Internacional e importantes
acontecimientos -la guerra franco-prusiana y la Comuna de París- obligaron a
Marx a interrumpir una vez más su famosa obra económica. Hasta principios de la
década del 70 no pudo Marx seguir escribiendo El Capital, pues tuvo
que invertir mucho tiempo en preparar la segunda edición en alemán del tomo I y
preparar la versión francesa del mismo, para la cual rehízo en gran parte su
obra y redactó la traducción. Los demás tomos le llevaron a Marx mucho más
tiempo de lo que al principio pensara. En el prefacio al tomo II de El
Capital
, Engels señala la principal causa, diciendo: La
simple enumeración del material manuscrito dejado por Marx para el II libro
demuestra con qué sin igual meticulosidad, con qué riguroso espíritu de
autocrítica trataba de lograr la máxima perfección de sus grandes
descubrimientos económicos, antes de publicarlos; este espíritu de autocrítica
sólo raras veces le permitía adaptar la exposición, por el contenido y por la
forma, a sus horizontes intelectuales, que se ampliaban más y más debido a que
estudiaba incesantemente
.
El trabajo preparatorio que hizo Marx para escribir la
sección sobre la renta del suelo (tomo III de El Capital)
constituye un ejemplo de lo profunda que era su labor de investigación. Para
esta sección realizó Marx en los años del 70 un detallado estudio de las
relaciones agrarias en Rusia en el período posterior a la reforma de 1861.
Refiriéndose a este trabajo de Marx y a sus proyectos, Engels dice en
el prefacio al tercer tomo del libro: Dadas las múltiples formas de la
posesión de la tierra y de la explotación de los agricultores en Rusia, en la
sección sobre la renta del suelo debía este país desempeñar el mismo papel que
Inglaterra en el tomo I, al analizarse el trabajo asalariado en la industria.
Por desgracia, Marx no pudo realizar ese plan
.
La muerte de Carlos Marx puso término a su trabajo en El
Capital
. Los manuscritos que dejó necesitaban una redacción suplementaria.
Esta tarea recayó sobre Federico Engels, quien realizó un inmenso trabajo,
preparando para la imprenta el segundo tomo en 1885 y el tercero en 1894.
Hablando de estos dos volúmenes, Lenin señalaba que eran obra común
de Marx y Engels. Debía servir de broche a la grandiosa obra económica de
Marx un cuarto tomo, con la historia crítica de la cuestión central de la
economía política: la teoría de la plusvalía. Después de morir Carlos
Marx, Engels pensaba redactar el manuscrito para editarlo aparte, como
tomo IV de El Capital. Sin embargo, Engels no pudo
cumplir su propósito, y dicho trabajo no vio la luz hasta después de la muerte
de Engels, apareciendo en 1905-1910, editado por Kautsky, con el
título Teoría de la plusvalía.
A diferencia de esa edición, en la que el manuscrito fue
arbitrariamente tratado, el Instituto de Marxismo-leninismo, anexo al Comité
Central del PCUS, publicó en 1954-1961 otra, que corresponde al manuscrito
original de Marx. En 1956-1962 salió en Berlín una edición análoga, en alemán.
El Capital es una creación inmortal que coronó
la actividad científica del gran sabio y revolucionario. La hazaña realizada
por Marx fue grandiosa. En una carta a Lachatre, Marx decía: En la
ciencia no existe una vía magna y ancha… y únicamente puede alcanzar sus
deslumbrantes alturas quien, sin temer el cansancio, trepa por sus pedregosos
vericuetos
.
La doctrina económica de Marx constituyó una verdadera
revolución en la economía política. Tan sólo un teórico de la clase avanzada,
el proletariado, libre de la limitación y los prejuicios egoístas de las clases
dominantes, de las clases explotadoras, podía someter a una auténtica
investigación científica la anatomía de la sociedad capitalista,
es decir, su economía.
Marx descubrió la ley económica del movimiento de la
sociedad capitalista, estudió esta sociedad en su surgimiento, desarrollo y
decadencia demostrando de una manera científica su carácter pasajero, su
carácter históricamente limitado. Marx examina a lo largo de toda su obra las
irreconciliables contradicciones internas inherentes al capitalismo y demuestra
que, a pesar de todos los intentos de sus reformadores, burgueses y
pequeño-burgueses, de suavizarlas y borrarlas, éstas se irán agudizando
inevitablemente a medida que la sociedad capitalista se desarrolla.
Mostró que el capitalismo crea en su crecimiento las
premisas materiales de la futura sociedad socialista y que el proletariado es
la fuerza social que ha de dar cumplimiento a la sentencia que la historia ha
dictado contra el capitalismo.
Al poner al desnudo el mecanismo de la explotación
capitalista, Marx descubrió la verdadera fuente de la plusvalía, que consiste
en la apropiación del trabajo no pagado del obrero por la clase de los
capitalistas. La plusvalía es la diferencia entre el valor creado por el
trabajo del obrero y el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de
los medios de vida necesarios para el obrero y su familia. La teoría de Marx
acerca de la plusvalía descubrió el secreto de la explotación capitalista,
cuidadosamente enmascarado por los apologistas del capitalismo, la base
económica del antagonismo entre el proletariado y la burguesía. La teoría
de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. Después de
la creación de la teoría materialista sobre las leyes del desarrollo de la
sociedad humana, la teoría de la plusvalía fue el segundo y más grande
descubrimiento del genial teórico del proletariado.
Según la ley general de acumulación capitalista, descubierta
por Marx, a medida que el capitalismo se desarrolla se van agudizando las
hondas contradicciones internas que le son propias. Una parte cada vez mayor de
la población se va convirtiendo en proletarios desposeídos, mientras que más y
más riqueza se concentra en las manos de un puñado de monopolistas. En las
entrañas de la sociedad capitalista no sólo se crean las condiciones materiales
necesarias para la futura sociedad socialista, sino que se forma también la
fuerza social que llevará a cabo la revolución socialista y liberará para
siempre a la humanidad de todo yugo y explotación.
Haciendo una especie de resumen de todas sus
investigaciones, Marx caracteriza de la siguiente manera la tendencia histórica
de la acumulación capitalista: El monopolio del capital se convierte en
traba del modo de producción que ha florecido con él y bajo él. La
centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo
llegan a un punto en que son ya incompatibles con su envoltura capitalista.
Esta salta hecha añicos. La última hora de la propiedad capitalista, ha sonado.
Los expropiadores son expropiados
.
Si en el primer tomo de El Capital, Marx trata
del proceso de la producción de capital, el segundo examina el proceso de su
circulación. Subrayando la unidad del proceso de producción y el de
circulación, y el papel determinante de la producción, Marx examina aquí el
capital en movimiento y analiza la circulación del mismo en sus formas
principales: monetaria, productiva y mercantil. En el segundo tomo ocupa un
lugar destacado el análisis de la reproducción simple y la reproducción
ampliada bajo el régimen capitalista. Al investigar las contradicciones
inherentes a la sociedad capitalista, la fundamental de las cuales es la contradicción
entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de la
apropiación, Marx demuestra que la anarquía de la producción, las crisis y el
paro son la inevitable secuela del capitalismo.
En el tomo III de El Capital se analiza el proceso
de la producción capitalista tomado en su conjunto. Marx demuestra que el
beneficio industrial del fabricante, la ganancia mercantil del comerciante, el
interés del prestamista y del banquero y la renta del propietario agrícola
tienen todos el mismo origen: la plusvalía. Investiga cómo los capitalistas de
estos diversos grupos se reparten la plusvalía en su forma metamorfoseada, la
ganancia, cómo a base de la ley del valor se forma la cuota media de ganancia
que se embolsan los capitalistas. Debido a la formación de la cuota media de
ganancia, las mercancías se venden a precios de producción que, si bien no
coinciden con el valor de algunas clases de mercancías, sí coinciden con el
valor de toda la masa mercantil en su conjunto.
En El Capital halló su expresión más plena
y acabada la doctrina económica de Marx, que, según Lenin, es donde su
teoría se ve confirmada y aplicada más profunda, plena y detalladamente. Fue un
gigantesco progreso en la elaboración de todas las partes integrantes de la
doctrina de Marx -la filosofía, la economía política y el comunismo
científico-, orgánicamente vinculadas entre sí. Al emplear en sus investigaciones
la dialéctica materialista, Marx la enriqueció creadoramente y perfeccionó aún
más esta poderosa arma del conocimiento científico. El Capital proporcionó al
comunismo científico, a la teoría acerca de la misión liberadora del
proletariado, acerca de la revolución socialista y la dictadura del
proletariado, unos sólidos cimientos filosóficos, económicos e
históricos. El Capital, obra inmortal de Marx, es una poderosa arma
espiritual del proletariado en su lucha contra la esclavitud capitalista.

Gustavo Durán, dirigente del primer servicio republicano de espionaje en Madrid

Juan Manuel Olarieta

Gustavo Durán Martínez (1906-1969) nació en Barcelona, hijo del coronel de artillería retirado José Durán Labad. En 1921 inició sus estudios musicales en el Conservatorio de Madrid, adonde se había trasladado a vivir su familia. Siendo todavía muy joven, frecuentó los ambientes culturales de la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Dalí, Buñuel y García Lorca, entre otros.

Entre 1928 y 1934 residió en París, donde se dio a conocer como compositor y pianista en la compañía de Antonia Mercé, «La Argentina».

Poco antes de la guerra se unió al Quinto Regimiento de Milicias donde en dos meses obtuvo el grado de comandante por su arrojo y aptitudes de mando. Sus acciones en los primeros meses de la guerra las relató Malraux en su novela «La esperanza», escondidas bajo el nombre de uno de sus protagonistas: «Manuel».

Participó el frente de su brigada en importantes batallas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete) y, al tiempo, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas. Ilya Ehrenburg escribió entonces a la prensa soviética que Durán era un ejemplo del intelectual en armas.

En 1937 dirigió en Madrid el Servicio de Información Militar de la República durante un mes, aunque luego Indalecio Prieto, ministro de la Guerra lo sustituyó, pasando a dirigir el XX Cuerpo del Ejército Popular republicano, donde alcanzó el grado de coronel.

Al final de la guerra huyó a Inglaterra desde Denia a bordo del crucero británico Galatea, en el que también viajaba otro coronel, el traidor Segismundo Casado, dirigente del golpe de Estado de marzo de 1939 dirigido contra la República en Madrid y colaborador del espionaje británico.

En Inglaterra Durán quiso enrolarse en el ejército británico para ir de nuevo al frente, lo que no consiguió. A mediados de agosto de 1939 conoció a su esposa, Bonte Crompton, hermana de Belinda Crompton, a su vez casada con Michael Straight. Una tercera hermana, Catherine, fue pareja del escritor británico Graham Green, vinculado a los servicios de inteligencia.

Además de amigos, Durán y Straight eran cuñados. Straight era el único agente norteamericano del grupo de intelectuales vinculados a la red de inteligencia soviética de la Universidad de Cambridge de la que formaban parte Philby, Burgess, Blunt y Maclean.

Gracias a su matrimonio Durán obtuvo el permiso de residencia en Estados Unidos y en diciembre de 1942 la nacionalidad de aquel país, incorporándose en Washington al Departamento de Estado. Su primer destino fue la embajada estadounidense en La Habana que dirigía Spruille Braden.

En la capital caribeña Durán mantuvo una relación muy estrecha con Hemingway, quien le nombró en la conocida novela «Por quién doblan las campanas». Hemingway era amigo íntimo del embajador Braden y, aunque tenía animadversion hacia el FBI, al que equiparaba a la Gestapo, se prestó a trabajar en la Isla como colaborador de los servicios de espionaje para penetrar los círculos nazis y falangistas que entonces infestaban La Habana. Para ello Hemingway pidió ayuda a Durán, creando una red de 26 antifascistas, en su mayor parte republicanos españoles exiliados.

Cuando en 1945 trasladaron al embajador Braden a Buenos Aires, Durán le acompañó a su nuevo destino. En Argentina la situación política era muy tensa en aquel momento. Perón celebraba sus primeras elecciones y Durán redactó el informe donde el departamento de Estado le acusaba de nazi, proponiendo abrir contra él un tribunal parecido al de Nuremberg. Influido por el informe de Durán, el Partido Comunista de la Argentina se posicionó erróneamente contra el peronismo.

A Perón se lo sirvieron en bandeja. Pudo decir que todo era una conspiración urdida por la embajada imperialista con la complicidad de los comunistas, es decir, que la campaña procedía del exterior, de las grandes potencias del momento. Entonces los peronistas acuñaron el lema «Braden o Perón» y respondieron al documento de Washington mencionando expresamente a Durán: «¿Qué razones, sin embargo, han inducido al Partido Comunista de la Argentina a entregarse al imperialismo yanqui?», preguntaba Perón, para agregar: «El Partido Comunista ha pactado con el imperialismo yanqui por intervención del Sr. Braden, ante quien el Sr. Gustavo Durán, su agregado civil en la Embajada de los Estados Unidos y secretario privado antes, durante y después de esa época, ha intercedido más de una vez. La participación del Sr. Durán en la alianza entre el Partido Comunista de la Argentina y el imperialismo yanqui no puede ser objeto de grandes dudas».

Durán se pudo mantener en el Departamento de Estado hasta que la guerra fría cambió las reglas del juego. Desde 1938 el espionaje británico sabía que Durán era un estrecho colaborador del gobierno republicano en la guerra civil española, lo que le valía ser considerado como «
comunista». Pero hasta entonces otras necesidades más perentorias pusieron en cuarentena esa circunstancia, que salió a relucir más tarde, durante la caza de brujas del senador McCarthy, con carácter retroactivo.

En 1938 Galíndez estaba en Madrid al servicio de Irujo como funcionario del Ministerio de Justicia. Al menos desde el siguiente año hay confirmación de que era un confidente (agente DR-10) de la inteligencia militar de Estados Unidos, y posteriormente (como agente Rojas), del FBI. A través de Galíndez el FBI conoció el trabajo de Durán al frente del Servicio de Información Militar, que Walter Krivitski y quizá también Orlov, confirmaron al desertar de la URSS.

Además, Durán fue también denunciado por Indalecio Prieto, su anterior jefe, en un informe dirigido al pleno de la dirección del PSOE reunido en Barcelona en agosto de 1938 que luego se publicó como folleto. En dicho informe Prieto explicaba los motivos de su dimisión al frente del Ministerio de la Guerra, acusando a los comunistas, entre los que mencionaba a Durán, de copar los cargos de responsabilidad en las unidades militares y, en particular, del Servicio de Información Militar, una versión que ha hecho fortuna, como todas las que culpan a los comunistas.

El 28 de diciembre de 1943, desde la embajada estadounidense en la República Dominicana, Edgard J. Ruff confirmó las vinculaciones de Durán con los comunistas y, por consiguiente, con la inteligencia soviética. La fuente de Ruff no era otra que Galíndez, entonces consejero de Trujillo en la República Dominicana.

El FBI transmitió aquellas sospechas al senador McCarthy, que el 28 de marzo de 1946 abrió una causa contra Edward K. Barsky, dirigente de la red de apoyo a los antifascistas refugiados en Estados Unidos. En la investigación aparecía el nombre de Durán como militante comunista, comandante del Ejército Popular de la República y responsable de aquella red solidaria.

El senador McCarthy, y la política exterior de Estados Unidos, empezaba a caminar por la misma senda que el franquismo. En 1946 el espionaje franquista elaboró otro informe, donde Durán figuraba con el apodo de «El Porcelana». El 9 de abril el diario falangista «Arriba» publicó el informe con la apariencia de un artículo periodístico denunciando a Duran como agente del espionaje soviético.

A su vez aquel informe sirvió de base a otro de 4 de junio del coronel Wendall Johnson, agregado militar de la embajada estadounidense en Madrid.

En 1950 Durán volvió a ser investigado y tuvo que comparecer ante la comisión del senador McCarthy, quien concedía una importante tan grande a Durán que durante una cena en Nevada le dio a conocer entre los primeros cuatro agentes soviéticos: John Service, Gustavo Durán, Mary Jane Kenney y el Dr. Harlow Sharpley (Washington Post, 13 de febrero de 1950).

Acosado, Durán tuvo que dejar el Departamento de Estado y trasladar su residencia a Nueva York, donde comenzó a trabajar en la ONU. Luego vivió en Chile unos años encabezando una delegación de la Cepal. En 1960 pasó un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo cuando el avión en el que viajaba Hammarskjold, el secretario general de la ONU, fue saboteado.

Murió en Creta, Grecia, el 25 de marzo de 1969, donde fue enterrado.

Siguiendo a Prieto, una historiografía fabricada «ad hoc» considera que los comunistas (y sólo los comunistas) procedieron a una penetración sobrepticia en los cargos de responsabilidad de la República, aunque sólo fuera durante un mes, como es el caso de Durán. En la II República, con excepción de los comunistas, cualquiera tenía derecho a servir en la función pública.

Naturalmente, esa estúpida historiografía también considera que por encima, por debajo y al costado del PCE estaba la URSS de Stalin, máxime cuando se hace referencia a algo tan emblemático como el Servicio de Información Militar, como también es el caso de Durán.

Esa misma historiografía considera, finalmente, que quienes no se oponen a los comunistas, como es el caso de Durán, son comunistas igualmente. Es la teoría fascista de la «comisión por omisión»: no basta con no ser comunista sino que hay que oponerse a él de manera activa y militante.

Biografía de Marx (Parte 13)

El
auge de los movimientos democrático-burgueses
Como Marx había previsto, la crisis económica, que se inició
en 1857, tuvo importantes consecuencias políticas. Los problemas que no se
habían resuelto en la revolución de 1848 resurgieron con fuerza renovada. Su
atención la absorbieron el recrudecimiento de la lucha de Italia por la unidad
del país y su liberación del yugo austríaco y el movimiento por la unificación
de Alemania. Esta vez, lo mismo que en 1848, la principal preocupación de Marx
era que los movimientos democrático-burgueses se hicieran más amplios y más
potentes gracias a la participación de masas más vastas y más plebeyas,
de la pequeña burguesía en general, del campesinado en particular y, por
último, de las clases desposeídas. Todos los artículos de Marx correspondientes
a este período, lo mismo si tratan de Italia o de Alemania que de Polonia o de
Rusia, reflejan esa preocupación.
Durante la guerra austro-italo-francesa de 1859, Marx
desenmascaró a Luis Bonaparte, que intentaba encubrir los egoístas fines
dinásticos que perseguía en la guerra con la consigna de liberación de Italia,
y demostró que el pueblo italiano no podría lograr la independencia y la unidad
del país más que mediante un levantamiento nacional que destronase a todos los
monarcas italianos, acabase con la opresión feudal, lo liberara del yugo
austríaco y le permitiera crear un Estado democrático unificado. Marx
consideraba que toda propaganda en favor del bonapartismo no sólo causaba un
daño directo a la causa de la revolución italiana, sino también a la revolución
alemana, y que ayudaba a las fuerzas reaccionarias en Europa. Por ello, en el
panfleto Señor Vogt, escrito en 1860, atacó a los agentes bonapartistas
infiltrados en el seno de los exiliados pequeño-burgueses.
Es una de sus obras menos conocidas, en la que Marx trabajó
durante casi un año. Profesor de Geología en Ginebra, Carlos Vogt (1817-1895)
era un científico muy conocido en toda Europa, uno de los principales
representantes del materialismo vulgar, un filósofo ateo y con ademanes
radicales que la burguesía suele confundir con el materialismo dialéctico.
Entre otras simplezas decía que el pensamiento brota del cerebro lo mismo que
la orina del riñón. Pero en aquella época, obras de Vogt como La
ciencia y la fe del carbonero
 tuvieron una enorme repercusión.
La crítica científica de Vogt y la corriente filosófica a la
que pertenecía (Büchner, Moleschott) por parte de Engels es conocida.
Los calificó como predicadores viajeros.
Pero, además de científico, Vogt era el más influyente de
los demócratas burgueses en la Alemania de mediados del siglo XIX. Había
participado en la revolución de 1848, fue diputado de la Asamblea de Franckfort
y, como tantos otros, luego tuvo que emigrar a Suiza. Gozaba de inmensa
influencia no solamente entre los demócratas alemanes, sino también entre todos
los círculos de viejos revolucionarios exiliados que vagabundeaban por Europa,
especialmente el ruso Alexander Herzen.
El contexto de la polémica entre Vogt y Marx fue la guerra
entre Francia y Austria en su disputa sobre Italia. Para Napoleón III era importante
ganarse para su causa a un célebre científico que, al mismo tiempo, era un
dirigente respetado entre los demócratas alemanes. Vogt estaba muy ligado a un
hermano de Napoleón III, que se hacía pasar por liberal y protector de la
ciencia. De él recibió Vogt dinero para distribuirlo entre los representantes
de los círculos de exiliados.
Cuando Vogt se manifestó a favor de Napoleón III y de
Italia, causó una profunda impresión entre los revolucionarios. Entre ellos
había algunos muy ligados a Marx y Engels en Londres, uno de los
cuales era Carlos Blind. Éste le contó a Marx que Vogt había recibido dinero de
Napoleón III, acusación que fue publicada por Guillermo Liebknecht en
la Gaceta de Augsburgo.
Sintiéndose desenmascarado Vogt, llevó el asunto ante los
tribunales y aunque perdió el proceso, el periódico no pudo aportar ninguna
prueba de la acusación de corrupción porque Blind desmintió sus afirmaciones
previas. Que Vogt era un agente bonapartista no se pudo confirmar
documentalmente hasta muchos años más tarde, cuando se abrieron los archivos
secretos de Napoleón III.
Vogt pareció haber limpiado su honor y Liebknecht aparecía
como un mentiroso. Los exiliados alemanes en Londres, convencidos de que Liebknecht no
era más que un portavoz de Marx, se volvieron contra él, incluidos algunos de
los incondicionales suyos como Freiligrath, quien tuvo que descubrirse
manifestando en aquel difícil momento que sus relaciones con Marx eran personales.
Veterano de 1848, Freiligrath era entonces director de la sucursal de un banco
suizo cuyo director en Ginebra era amigo de Vogt. No quería arriesgar su
bolsillo. Los viejos como Freiligrath no renegaban de su pasado pero vivían de
recuerdos. Lassalle tenía mucha razón al decir que Marx estaba sólo, y no
solamente en Alemania. Solo pero erguido.
Convencidos de que Vogt estaba comprado, Marx y todos los
revolucionarios se encontraron en una situación difícil, sobre todo cuando
aquel pasó al ataque publicando un folleto en que acusaba a Marx de ser la
cabeza de una banda de ladrones y falsarios que no retrocedían ante nada. Las
más monstruosas calumnias se esgrimieron contra los comunistas. Conocido por su
amor al confort, Vogt acusó a Marx de llevar una vida lujosa a expensas de los
obreros.
Gracias a la fama de Vogt y a la del atacado, que acababa de
publicar la primera edición de su Crítica de la economía política,
el libelo de Vogt armó un gran revuelo y, como era de esperar, tuvo una acogida
excelente en la prensa burguesa. Todos los publicistas burgueses, y
particularmente los renegados del socialismo que habían conocido personalmente
a Marx, aprovecharon la ocasión y vaciaron sus sacos de basura sobre su
adversario.
Marx consideraba que la prensa tenía derecho a ofender a
cualquier político. Su lema eran las palabras de Dante: ¡Sigue tu camino y que
la gente diga lo que quiera! Era un privilegio de cuantos se dedican a una
actividad política recibir elogios o ataques. Marx no respondía a las injurias
personales, de las cuales, sin embargo, se le colmaba continuamente. Se podían
dejar sin respuesta los ataques dirigidos contra Marx, pero no las calumnias
dirigidas contra los revolucionarios. Cuando estaban en juego los intereses de
la causa del proletariado, Marx respondía, y entonces era implacable.
Cuando apareció el libelo de Vogt, los revolucionarios se
preguntaron si era conveniente responder. Lassalle y algunos amigos de Marx
opinaban que era mejor guardar silencio; no se trata de que creyeran una sola
palabra de lo que había escrito Vogt, sino que tenían en cuenta el considerable
prestigio que el proceso le había proporcionado. En su opinión, Liebknecht había
herido en lo más vivo al gran demócrata, el cual al defender su honor había
caído también en excesos. Un nuevo proceso no haría más que confirmar su
triunfo, dado que no había ninguna prueba contra él. Por lo tanto, lo más
racional era dejar que la opinión pública se apaciguara.
En una carta dirigida a Marx el 2 de febrero de 1860, Engels censuraba
a Lassalle que no se posicionara claramente en el conflicto, que tratara de
mantener las distancias entre ambos.
Muchos años después Mehring daba la razón a Lassalle contra
Marx. Según él, Marx no hubiera debido intervenir en la disputa entre Liebknecht y
Vogt, tendría que haberse quitado una preocupación sin ninguna utilidad para la
lucha. Pero en el momento en que Mehring escribió, Vogt carecía ya de toda
influencia política. Además, descuida que la obra dirigida contra Vogt iba
enfilada al mismo tiempo contra otras dos dianas: Lassalle y los exiliados. El
incidente con Vogt disimulaba profundas divergencias tácticas que habían
surgido entre el partido proletario y los partidos burgueses, y que, como
demostraba el ejemplo de Lassalle, en el propio partido proletario se habían
manifestado peligrosas fluctuaciones.
Marx y Engels acordaron responder por escrito. Con
la siempre inestimable ayuda de Engels, Marx asumió esta tarea redactando
un folleto bastante breve, unas 40 hojas que tuvieron que imprimirse fuera de
Alemania donde sólo llegaron una cantidad insignificante de ejemplares.
Desde el punto de vista literario, el libro, asegura
Riazanov, es lo mejor de Marx como polemista. En toda la literatura mundial,
ninguna otra iguala a esta obra. Marx no se limita a destruir a Vogt
políticamente. Su panfleto no es una simple invectiva. Marx se sirve contra
Vogt de un arma en cuyo uso es un maestro: el sarcasmo, la ironía. En vida de
Marx, quienes vivieron directamente en sus propias carnes el período posterior
a 1849 afirmaron que no existe otra obra que ofrezca tanto material para la
caracterización de los partidos de aquella época, como el libro de Marx contra
Vogt. El lector contemporáneo necesitaría un mapa geopolítico de Europa de hace
150 años para orientarse en muchos de los detalles, pero se apercibirá de la
importancia política de este panfleto. El propio Lassalle, cuando apareció,
tuvo que reconocer que Marx había escrito una obra magnífica, que sus
apreciaciones habían sido equivocadas y que como político, Vogt había quedado
al descubierto para siempre.
Como siempre Engels puso su mente enciclopédica y
sus grandes conocimientos geográficos y estratégicos al servicio de Marx para
la redacción de aquel folleto y pudiera orientarse en los problemas de los
eslavos del oeste y desenmascarar el paneslavismo de Vogt.
En Señor Vogt, Marx no se asignó únicamente la
tarea de demoler políticamente a un científico respetado por toda la burguesía.
Ciertamente, cumplió esta tarea con brillantez pero su tentativa de calumniar a
los revolucionarios ofreció a Marx la ocasión de barrer a los partidos
burgueses en el poder o en la oposición y, en particular, caracterizar la
venalidad de la prensa burguesa, convertida en una empresa capitalista que
obtiene sus beneficios de la venta de palabras, al igual que otros las obtienen
de la venta de chucherías.
Contra Vogt, Marx sólo tenía posibilidad de utilizar los
escritos del propio Vogt. Los principales testigos se habían desentendido del
asunto o se habían retractado de sus afirmaciones. Por ello, Marx toma todas
las obras políticas de Vogt y demuestra que no más que era un bonapartista que
repetía literalmente los argumentos desarrollados en las obras políticas de los
agentes de Napoleón III, y deduce que Vogt es o bien un vulgar papagayo que
repite estúpidamente los argumentos de los bonapartistas, o bien un agente
comprado del mismo modo que los restantes publicistas bonapartistas.
Vogt tenía a su lado a la parte más influyente de la
democracia burguesa alemana. Por esta razón, Marx desenmascara la mezquindad
política de esta democracia y, de paso, asesta algunos golpes a los reformistas
incapaces de acabar con el respeto reverencial por las clases
ilustradas
. En 1860, cuando se iniciaba un nuevo movimiento entre la
pequeña burguesía y la clase obrera, y cuando cada partido se esforzaba por
ganarse a los trabajadores, importaba enormemente demostrar que los
representantes de la democracia proletaria no sólo no eran inferiores
intelectualmente a los representantes más populares y eminentes de la
democracia burguesa, sino que eran claramente superiores.
El golpe asestado a Vogt fue mortal para el prestigio de uno
de los principales dirigentes de la democracia burguesa. Lassalle agradeció a
Marx que le hubiera facilitado la lucha contra los progresistas por la
influencia sobre los obreros alemanes.
He aquí en qué consiste la importancia histórica de este
folleto de Marx.
También se pusieron de manifiesto entonces las discrepancias
entre Marx y Lassalle, antiguo demócrata de Dusseldorf, a quien Marx había
conocido en 1848. En la importante cuestión de la manera de unificar Alemania,
Lassalle adoptó una posición completamente errónea. En su panfleto La
guerra italiana y la tarea de Prusia
, Lassalle se manifestaba dispuesto a
apoyar el propósito de Prusia de llevar a cabo la unificación de Alemania desde
arriba, o sea, por vía contrarrevolucionaria, mientras que Marx luchaba por la
unificación del país desde abajo, mediante una revolución democrática.
Estas discrepancias se hicieron todavía más hondas cuando
Lassalle encabezó la Asociación General de Obreros Alemanes y trazó el programa
de ésta. Lassalle orientaba a los obreros solamente hacia la lucha pacífica,
legal, viendo en el sufragio universal la panacea para todas las calamidades
que sufrían los trabajadores. Lassalle inculcaba en los obreros la ilusión de
que el Estado prusiano podría ayudarles a organizar asociaciones de producción
que les liberarían de verse explotados. Lassalle era enemigo de la lucha de
clases, las huelgas y los sindicatos. A diferencia de Marx y de Engels,
que veían en los campesinos trabajadores el aliado de la clase obrera, Lassalle
estimaba que constituían una masa reaccionaria. Lassalle entabló negociaciones
directas con Bismarck, prometiéndole que los obreros apoyarían su política
interior y exterior si accedía a proclamar el sufragio universal. Aunque Marx
no conocía aún sus negociaciones secretas con Bismarck, no podían escapar a su
aguda mirada los coqueteos de Lassalle con la reacción prusiana. En sus cartas,
Marx y Engels decían que Lassalle era un demócrata palaciego
monárquico-prusiano
 con marcados tintes bonapartistas.
Al comenzar Lassalle su labor de agitación entre los
obreros, Marx y Engels se mantenían al principio a la expectativa y
se abstuvieron de momento de criticarle en público, pues Lassalle realizaba
cierta labor positiva ayudando a los obreros a liberarse de la influencia del
partido progresista burgués. Cuando, después de muerto Lassalle, Marx y Engels se
enteraron de que había mantenido negociaciones con Bismarck, calificaron esto
de traición al movimiento obrero y emprendieron una lucha abierta contra el
socialismo realista prusiano
 de los lassalleanos.
En aquellos años, Marx seguía desenmascarando a la Prusia reaccionaria,
labor iniciada ya por él en la Gaceta del Rin y que había cobrado particular
intensidad durante las revoluciones de 1848-1849. La dificultad de esta lucha
consistía en que Marx no disponía de periódico alguno con ayuda del cual
pudiese influir en el lector alemán. Por eso hizo grandes esfuerzos para apoyar
al periódico alemán El Pueblo (Das Volk), que comenzó a ser editado en Londres
en 1859, y convertirlo en un órgano de la propaganda comunista. En el breve
período que existió este periódico, Marx publicó en él una serie de artículos,
entre los que figuraban algunos tratando de la política reaccionaria de Prusia.
Al mismo fin de denunciar al régimen prusiano estaban dedicadas asimismo una
serie de obras inacabadas de Marx, en las que explicaba no sólo el presente,
sino también el pasado de ese Estado reaccionario y militarista, y en
particular su política y la de la Rusia zarista respecto a Polonia. Marx
consideraba que la lucha de los polacos contra Prusia y la Rusia zarista, que
condujo a la insurrección de 1863, sólo se vería coronada por el éxito cuando
estuviese orgánicamente vinculada con la revolución agraria y la lucha por la
democracia.
A fines de los años 50, Marx observaba ya con grandes
esperanzas el despertar del movimiento campesino en Rusia. La derrota en la
guerra de Crimea había aguzado todas las profundas contradicciones existentes
en el interior del país, y el gobierno zarista se vio obligado a empezar los
preparativos para una reforma en el campo. Al examinar los proyectos de reforma
que se discutían en los comités de la nobleza, Marx predijo los males que la
liberación desde arriba
 traería a los campesinos. El veía en el
campesinado ruso, que se levantaba a la lucha contra el régimen de la
servidumbre, un aliado de la futura revolución europea.
La lucha contra la esclavitud en los Estados Unidos a
principios de la década del 60, al igual que el movimiento contra el régimen de
la servidumbre en Rusia, era otro acontecimiento al que Marx atribuía una gran
importancia internacional. En sus escritos demostró que la guerra de secesión
era por su carácter una lucha entre dos sistemas sociales: el esclavista y el
capitalista, más progresivo que el anterior. Marx decía que el Norte no podría
vencer más que en el caso de que su gobierno empezara a desplegar la guerra al
modo revolucionario, promulgara una ley aboliendo la esclavitud, resolviera el
problema agrario en favor de los granjeros, reorganizara el ejército,
limpiándolo de elementos traidores, e hiciera la guerra bajo consignas democráticas
y revolucionarias bien claras. Marx exhortaba a los obreros de Europa a que
frustraran por todos los medios las tentativas de los gobiernos europeos de
inmiscuirse en la guerra civil para favorecer a los esclavistas del sur. Marx
aplaudía a los obreros de Inglaterra, que con sus acciones impidieron al
Gobierno inglés efectuar una intervención en apoyo de los Estados esclavistas.
Su viva repercusión entre los obreros europeos hacía concebir a Marx la
esperanza de que la guerra de secesión volvería a impulsar a la clase obrera,
deprimida por años de reacción, a desplegar enérgicas acciones históricas.

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