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Biografía de Marx (Parte 12)

Los años de la reacción

Después del aplastamiento de las revoluciones de 1848 y 1849 se estableció en Europa la más negra reacción. Las organizaciones revolucionarias fueron destruidas, y muchos de los mejores representantes de la clase obrera se vieron encarcelados a constreñidos a emigrar. Fue aquél un período muy duro para Marx, pues tuvo que hacer frente a las innumerables calumnias de sus enemigos y a grandes privaciones económicas. Los periódicos y las revistas, las editoriales y las cátedras universitarias, todo quedó cerrado para el genial pensador y revolucionario. Sin embargo, su profundísima fe en la justeza de la causa que defendía, su invencible optimismo, basado en la comprensión científica de las leyes objetivas del desarrollo social, y su firmeza y jovialidad no abandonaron a Marx en ningún momento.


En aquellos difíciles años, Marx contó con la gran ayuda y apoyo de Engels, su abnegado camarada. En 1850 Engels se trasladó a Manchester y se colocó en una oficina, sufragando parte considerable de los gastos de Marx y su familia. Los dos amigos se quejaban ahora a menudo de su suerte, que no les permitía vivir y luchar juntos, como en los buenos tiempos de la Nueva Gaceta del RinMe da rabia -escribía Marx a Engels- que ahora no podamos vivir juntos, trabajar juntos, reírnos juntos.

El principal medio de comunicación entre Marx y Engels y la forma de su colaboración creadora pasó a ser en aquel período la correspondencia que mantenían casi a diario y que constituía un verdadero laboratorio del pensamiento científico y político. Señalando el gran valor científico de sus cartas, Lenin definió su contenido fundamental del siguiente modo: Si intentáramos definir con una sola palabra lo que podríamos llamar el foco de toda su correspondencia, es decir, el punto donde se reúnen todas las ideas expresadas y discutidas, esa palabra sería el vocablo dialéctica. La aplicación de la dialéctica materialista a la revisión de toda la economía política desde su nacimiento mismo, así como a la historia, las ciencias naturales, la filosofía y la política y la táctica de la clase obrera, es lo que más interesa a Marx y Engels; y ésa es su aportación más original e importante; en eso consiste su genial paso adelante en la historia del pensamiento revolucionario.

A pesar del marasmo político reinante, Marx no cejaba en su labor de educar a los cuadros revolucionarios del proletariado y seguía manteniendo contacto con sus partidarios residentes en Inglaterra, Alemania, Francia, Estados Unidos y otros países.

Ahora, empero, podía centrar principalmente su atención en la elaboración de su doctrina. Un infatigable trabajo intelectual le permitió sintetizar las experiencias históricas de su época, seguir de cerca los progresos de todas las ramas del saber y asimilar de manera crítica cada nuevo logro del pensamiento científico. Marx valoró con perspicacia la importancia de toda una serie de grandes descubrimientos en las ciencias naturales, y, particularmente, la obra de Darwin sobre el Origen de las especies por vía de selección natural. Este libro -escribía Marx a Engels- da la base histórico-naturalista para nuestras concepciones. Marx seguía interesándose mucho por la historia de épocas y pueblos diversos, y analizó y resolvió toda una serie de importantes problemas teóricos de las ciencias históricas.


Pero el objeto principal de las investigaciones científicas de Marx en los años 50 y 60 fue la economía política. Del mismo modo que en el período anterior a 1848 lo habían sido los problemas de la concepción del mundo -los principios filosóficos del comunismo científico- y en 1848-1852 el desarrollo de las ideas políticas y la estrategia y la táctica del proletariado, ahora pasaba a ocupar el primer plano la parte menos elaborada del marxismo: la ciencia económica.

A pesar de las duras condiciones de vida de Marx en la emigración, Inglaterra, el país capitalista más desarrollado en aquel entonces, era el sitio más conveniente para el estudio de la economía del capitalismo. En la biblioteca del Museo Británico, donde trabajaba casi diariamente desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde, encontró Marx una cantidad de material enorme para sus investigaciones. Su extremada honradez científica y su implacable espíritu autocrítico obligaron a Marx a reunir todo un Mont Blanc de hecho y volver a examinar una u otra cuestión cuando la vida le proporcionaba hechos y materiales nuevos. Para efectuar sus investigaciones económicas, estudió la historia de la técnica, química agrícola, geología, matemáticas y otras ciencias.


Marx pensaba terminar ya para 1851 la obra en tres tomos en que exponía su doctrina económica, pero las circunstancias le impidieron ver cumplido su deseo. La causa de ello no sólo fue la meticulosidad que se imponía en su trabajo, sino también la penosa miseria crónica en que vivía su familia.

Mientras Engels estuvo ganando un modesto sueldo de oficinista, su ayuda a la familia de Marx no pudo ser muy grande. En ocasiones, Marx tenía que empeñar su última levita y condenarse a arresto domiciliario. A veces el pan y las patatas eran, durante semanas enteras, el único alimento de su familia.

La constante lucha contra la miseria costó mucho a Marx y a su esposa: en los primeros años de su vida en Londres perdieron tres hijos. Un golpe particularmente terrible fue para Marx la muerte de su hijo, de ocho años, Edgar Musch, el gorrioncillo, como le llamaban sus familiares. Después de enterrar a su hijo, Marx escribió a Engels: He sufrido muchas desdichas, pero sólo ahora sé lo que es el verdadero dolor… En medio de los sufrimientos horribles que he tenido estos días siempre me ha confortado tu recuerdo, el de tu amistad, y la esperanza de que tú y yo aún hemos de hacer algo razonable en este mundo.

Pero en la vida privada de Marx, no todo eran penas y sufrimientos. Su familia fue feliz como pocas. Un profundo amor le unía a Jenny, la cual no solamente compartía la suerte, el trabajo y la lucha de su marido, sino que, además, tomaba en ellos parte activa con un espíritu altamente consciente y un apasionado entusiasmo. El amor y la amistad unían a todos los miembros de la familia. Era el mejor amigo de sus hijas. Sus parientes y amigos le llamaban El Moro por su pelo, negro como el alquitrán. A medida que crecían Jenny, Laura y Eleonora (nacidas en 1844, 1845 y 1851) Marx les iba dando a conocer toda la riqueza de la cultura humana. Gran conocedor de la literatura mundial, Marx amaba sobremanera las obras de Homero y Esquilo, Shakespeare y Filding, Dante y Cervantes, Diderot y Balzac. El mismo leía a sus hijas Las mil y una noches, el Canto de los Nibelungos, las obras de Homero y, particularmente, las de Shakespeare, que eran objeto de culto en la familia de Marx. Recordando a su padre, su hija Eleonora escribía: A quienes hayan dedicado su vida al estudio de la naturaleza humana no les extrañará que un luchador tan inflexible pudiera ser al mismo tiempo el más bondadoso y tierno de los hombres. Ellos comprenderán que si sabía odiar con pasión era precisamente porque era capaz de amar con toda su alma; que si su pluma mordaz podía llevar a alguien al infierno, como sólo había sido capaz de hacerlo Dante, ello se debía, justamente, a su fidelidad y a su ternura; que si su humorismo sarcástico podía corroer como un ácido, este mismo humorismo tranquilizaba a los menesterosos y a los oprimidos.


Los asiduos de Marx recordaban con cariño a Elena Demuth, a cuyo cargo corrían los quehaceres domésticos y que compartía todas las penas y alegrías de la casa como un miembro de la familia. Una gran dicha para Marx y su familia fue la de tener muchos y fieles amigos, el mejor de los cuales fue siempre Engels.

Cuando, en agosto de 1851, el periódico progresista de mayor tirada de Estados Unidos, el New York Daily Tribune, le propuso ser su corresponsal en Europa, Marx aceptó. Pero como estaba ocupado hasta la coronilla con la Economía política, pidió a Engels que escribiera una serie de artículos sobre Alemania. Así apareció en el New York Daily Tribune el magnífico trabajo de Engels Revolución y contrarrevolución en Alemania. Para que Marx pudiese dedicarse a redactar su obra económica, Engels le ayudaba sistemáticamente escribiendo artículos, particularmente sobre temas militares, a lo largo de los diez años que Marx colaboró en el periódico. Marx confiaba plenamente en su ministerio de la guerra en Manchester. Pero, no obstante, el periódico le restaba mucho tiempo, pues los artículos que él escribía eran verdaderamente científicos, investigando a fondo cada uno de los problemas de que trataba. Seguía siendo fiel al principio que había proclamado ya en los albores de su actividad literaria: El escritor, como es natural, debe ganar dinero para tener la posibilidad de existir y escribir, pero lo que no debe hacer en absoluto, es existir y vivir para ganar dinero.


Su colaboración en el New York Daily Tribune, así como en la Nueva Gaceta del Oder en 1854-1855, daba a Marx la posibilidad de influir, en cierta medida, en la opinión pública. El único afán que inspiraba los numerosos artículos de Marx sobre la India, China, la revolución en España y la guerra de secesión, que aparecían en el New York Daily Tribune, era respaldar toda lucha progresista, revolucionaria, contra la reacción y la opresión nacional, prestar apoyo a todo movimiento democrático y popular, que acrecentaba las fuerzas de la revolución y creaba condiciones más favorables para los futuros combates del proletariado contra la esclavitud capitalista.

En una serie de artículos, Marx analizó el desarrollo económico de Inglaterra y su régimen político. Marx denunciaba coléricamente la hipocresía y el engaño que saturaban toda la vida política de Inglaterra, el sistema de sobornos y coacciones con que la burguesía se aseguraba una mayoría parlamentaria dócil y sumisa.

Marx prestaba gran atención al movimiento obrero inglés. Con Engels, se esforzaba por ayudar a G. Harney y E. Jones, dirigentes del ala izquierda de los cartistas, a que el movimiento resurgiese sobre una base nueva socialista. Escribí a artículos para los periódicos de Jones Notas para el pueblo y la Gaceta popular y le ayudaba también a redactar los periódicos. Pero la situación no era propicia al resurgimiento del cartismo. Además de las causas generales, relacionadas con el período de la reacción que siguió a la derrota de las revoluciones de 1848-1849, había otras específicas que también contribuían a que el movimiento obrero revolucionario inglés decayese. Como señalaban Marx y Engels, los capitalistas ingleses recibían enormes superganancias, fruto de su monopolio industrial y colonial, y dedicaban parte de ellas al soborno de la aristocracia obrera. Esa política hizo que las capas formadas por el proletariado inglés de mayor calificación profesional tomasen la vereda de una lucha mezquina por pequeñas concesiones dentro del marco del capitalismo.

Marx denunció indignado la política colonial que Inglaterra aplicaba en la India y que causaba la depauperización y la muerte de ingentes masas humanas. En 1857, cuando estalló en la India un levantamiento por la liberación nacional, contra los colonialistas británicos, Marx alzó su voz en defensa del pueblo oprimido. Analizando la política colonial inglesa, Marx llegó a la conclusión de que el pueblo de la India no podría liberarse de las calamidades y humillaciones que sufría, mientras el proletariado no subiese al poder en Inglaterra o mientras el pueblo de la India no se hiciera lo bastante fuerte para poder sacudirse el yugo de los colonialistas.


De la misma simpatía a las masas populares en lucha por la independencia de su país están saturados los artículos de Marx acerca de China, escritos con motivo de las guerras anglochinas y de la insurrección de Taiping.

En 1854-1856, con motivo de los acontecimientos revolucionarios en España, Marx escribió una serie de artículos en los que hizo una concisa reseña de la historia de nuestro país y analizó las causas y el carácter de la lucha que se desarrollaba en él.

La crisis económica mundial que empezó en 1857 y la inminencia de grandes acontecimientos políticos en Europa obligaron a Marx a acelerar sus investigaciones sobre economía política. El fruto de su intenso trabajo de muchos años fueron los gruesos manuscritos económicos de 1857-1858 publicados por primera vez en 1939-1941 por el Instituto de Marxismo-leninismo anexo al Comité Central del PCUS, en alemán, con el título de Grundrisse der Kritik der politischen Okonomie (Fundamentos de la crítica de la Economía política). En estos manuscritos se refleja una etapa muy importante de la formación de la teoría económica de Marx, en la crítica de la economía política burguesa. Contienen varias tesis teóricas que, posteriormente, fueron formuladas de una manera clásica en El Capital. Lo principal en estos manuscritos es que, en ellos, Marx expone en rasgos generales los fundamentos de su teoría de la plusvalía. Refiriéndose a este gran descubrimiento, Engels dijo: Marx elaboró él solo la teoría de la plusvalía en los años 50, negándose con tenacidad a publicar datos sobre ella hasta que se aclarasen completamente todas sus conclusiones. Los manuscritos contienen también ideas teóricas de Marx sobre la futura sociedad comunista, sobre el desarrollo, jamás visto, que las fuerzas materiales y espirituales alcanzarán en ella. En el esbozo inconcluso del Exordio a estos manuscritos, Marx dilucida cuestiones decisivas referentes a la economía política, su método, y otros muchos problemas.


Al preparar sus manuscritos económicos para darlos a la imprenta, Marx revisó todo lo que tenía escrito. En junio de 1859 vio la luz el primer cuaderno de la obra de Marx Contribución a la crítica de la economía política, con la primera exposición sistematizada de su teoría del valor, incluyendo la teoría del dinero.

El Prefacio de esta obra tiene enorme valor científico; contiene la siguiente formulación, genial por su precisión y laconismo, de la esencia de la comprensión materialista de la historia, descubierta por Marx: En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. Al llegar a determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de éstas, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, esas relaciones se convierten para ellas en trabas. Y entonces comienza una época de revolución social. El capitalismo es el último régimen social antagónico, de clases. Con él, según palabras de Marx, termina la prehistoria de la humanidad.


Después de haber sido publicado el primer opúsculo de la Contribución a la crítica de la economía política, Marx consideraba necesario efectuar un trabajo complementario para poner en claro para sí mismo ciertas conclusiones y dar a su obra un carácter acabado, pero se lo impidieron los grandes acontecimientos internacionales del año 1859.

Biografía de Marx (Parte 11)

Las enseñanzas de la
revolución
La derrota de la revolución no hizo vacilar ni un instante
la convicción profunda de Marx, científicamente fundamentada, de que la causa a
la que había consagrado su vida era grande y justa. El jefe del proletariado
revolucionario no adolecía del desconcierto, abatimiento y falta de fe tan
peculiares en aquel entonces en los dirigentes de la democracia
pequeño-burguesa. Aguantó igualmente con gran firmeza los duros sufrimientos y
privaciones que hubo de soportar cuando él y su familia se vieron en el
extranjero sin un céntimo en el bolsillo.

En cuanto llegó a Londres, Marx se puso a preparar la
edición de la revista Nueva Gaceta del Rin. Revista política y
económica
. En los seis números de la revista editados en Hamburgo en 1850 se
publicaron algunos trabajos de Marx y Engels que trataban de los
resultados de la revolución de 1848 en Francia y en Alemania.

A fines de 1849, el Comité Central de la Liga de los
Comunistas reanudó su actividad. En marzo de 1850, Marx y Engels escribieron
y enviaron a las comunas de la Liga el Mensaje del Comité Central a la Liga de
los Comunistas. En este documento, de importancia extraordinaria, se analizaban
las enseñanzas de la revolución de 1848-1849 en Alemania y las perspectivas de
una futura revolución, y se esbozaba la táctica del partido proletario en ella.
La conclusión principal a que se llega en el Mensaje es la de que, en la futura
revolución, a diferencia de la de 1848, el partido obrero deberá actuar
de la manera más organizada, más unánime y lo más independiente posible
. En
contraposición a los pequeño-burgueses, que, al llegar al poder, procurarán dar
por terminada la revolución lo antes posible, la tarea del partido obrero
consistirá en hacer la revolución permanente… Para nosotros no se
trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar
los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la
sociedad existente, sino de crear otra nueva
.
La idea de la revolución permanente, cuyos fundamentos
estaban ya en la Nueva Gaceta del Rin, fue formulada en el Mensaje con
mucha más amplitud. Esta idea fue desarrollada en la teoría de Lenin acerca
de la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución
socialista, confirmada en los combates revolucionarios de 1917 y en el triunfo
de la Revolución Socialista de Octubre.
En otoño de 1850, Marx y Engels llegaron a la
conclusión de que la nueva situación histórica de auge económico y de
fortalecimiento de la reacción en Europa excluía el estallido de la revolución
en un futuro inmediato. Sopesando serenamente las particularidades de aquella
nueva situación histórica, los fundadores del comunismo científico exigieron
que se revisara la táctica del partido y se modificaran las formas de lucha. La
nueva situación imponía la necesidad de llevar a cabo una tenaz y escrupulosa
labor de agrupación de fuerzas, de preparación sistemática de estas fuerzas
para una futura revolución. No obstante, algunos miembros de la Liga de los
Comunistas, con Willich y Schapper a la cabeza, propusieron, sin tener en
cuenta las condiciones históricas objetivas, planes aventureros de preparación
de un levantamiento armado en Alemania. En la reunión del Comité Central de la
Liga, celebrada el 15 de septiembre de 1850, Marx hizo una profunda crítica de
la línea conspiradora, sectaria y voluntarista de Willich y Schapper y demostró
lo peligroso que era el aventurero juego a la revolución. Marx,
aunque le apoyaba la mayoría de los miembros del Comité Central, hizo todo lo
posible por mantener la unidad de la Liga de los Comunistas. Pero el grupo de
Willich-Schapper provocó la escisión. El Comité Central se trasladó de Londres
a Colonia para contrarrestar la labor de desorganización de los elementos
ultraizquierdistas y sectarios.

Al mismo tiempo que trabajaba en la Liga de los Comunistas,
Marx dedicaba muchas energías a la síntesis teórica de la experiencia de las
revoluciones de 1848 a 1849. Fruto de esta labor fueron sus obras: Las
luchas de clases en Francia de 1848 a 1850
, escrito en 1850, y El
Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte
, escrito en 1852.

En las obras mencionadas, Marx dio un ejemplo de aplicación
del materialismo histórico al estudio de los acontecimientos históricos
concretos. En ambos trabajos, la profundidad del análisis va unida a la
maestría de un brillante literato, y la objetividad científica del sabio, a la
pasión revolucionaria del luchador político. Sintetizando la experiencia de la
lucha del proletariado y de las masas trabajadoras en la época borrascosa de la
revolución, cuando la actividad, la iniciativa de las masas populares y su
papel creador en el proceso histórico se manifiestan con la mayor fuerza, Marx
enriqueció su teoría con nuevas conclusiones de suma importancia. Éstas se
refieren, principalmente, a dos problemas: a las relaciones entre el
proletariado y los campesinos y a la actitud del proletariado hacia el Estado.
La experiencia de la revolución francesa y de la
insurrección proletaria de junio (1848), en particular, convencieron a Marx de
que la clase obrera no podría destruir el régimen burgués si las masas
campesinas no se levantaban contra la dominación del capital, si no se adherían
al proletariado, aceptándolo como su dirigente. Al poner de manifiesto la
naturaleza doble y contradictoria del campesino, como trabajador y como
propietario, Marx demostró que, comprendidos acertadamente, sus propios
intereses debían impulsar a los campesinos a la alianza con el proletariado
urbano. Los campesinos… encuentran su aliado y jefe natural en el
proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués
. En su
carta a Engels del 16 de abril de 1856, Marx formuló como sigue esta
conclusión política, sumamente importante: Todo el problema, en
Alemania, dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con
una especie de segunda edición de la guerra campesina
. Esta idea de Marx
fue desarrollada en la teoría leninista de la revolución socialista realizada
no por el proletariado aislado contra toda la burguesía, sino por el
proletariado erigido en la fuerza hegemónica y que tiene como aliados a los
elementos semiproletarios de la población, es decir, a los millones de seres de
las masas trabajadoras y explotadas.
La rica experiencia política de las revoluciones de 1848 y
1849 permitió a Marx desarrollar y concretar su teoría del Estado. Marx empleó
por primera vez la fórmula clásica de dictadura del proletariado en
su obra Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Como
demostró Marx, el socialismo científico, contrariamente a las distintas
variedades del socialismo burgués, pequeño-burgués y utópico, es la declaración
de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como
punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en
general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas
descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden
a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que
brotan de estas relaciones sociales. Al definir la actitud del proletariado
hacia el Estado, Marx decía en su obra El Dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte
 que todas las revoluciones anteriores habían reforzado y
perfeccionado la vieja máquina estatal, convirtiendo este aparato
administrativo y militar en un arma, cada vez más potente, de represión contra
las masas oprimidas. La tarea de la revolución proletaria consiste en destruir,
demoler la vieja máquina estatal. Todas las revoluciones perfeccionaban
esta máquina, en vez de destrozarla
. Lenin señalaba que esta
conclusión es lo principal, lo fundamental, en doctrina del marxismo sobre el
Estado
.

La importancia que Marx concedía a su teoría sobre el
Estado, sobre la dictadura del proletariado, se aprecia en su carta a
Weydemeyer del 5 de marzo de 1852, en la que dice: Por lo que a mí se
refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases
en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos
historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta
lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía de éstas. Lo que yo
he aportado de nuevo ha sido la demostración de:

— que la existencia de las clases sólo va unida a
determinadas fases históricas del desarrollo de la producción:
— que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del
proletariado;
— que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la
abolición de las clases sociales
.
Así, pues, la lucha del proletariado y de las masas
trabajadoras en los años de la revolución proporcionó una rica experiencia que
permitió seguir impulsando la teoría revolucionaria del proletariado y los
fundamentos de la estrategia y táctica del partido proletario. Marx y Engels formularon
su teoría de que la insurrección es un arte, partiendo, concretamente, de las
enseñanzas de la insurrección de junio en París y de la insurrección de mayo de
1848 en el suroeste de Alemania.
Al mismo tiempo que sintetizaban la experiencia de las
revoluciones de 1848 y 1849, los fundadores del comunismo científico seguían
desplegando una intensa actividad para agrupar a los obreros de vanguardia,
para consolidar la Liga de los Comunistas. Esta organización dirigida por Marx
inquietaba cada vez más al Gobierno de Prusia. Para poner término a las
actividades de la Liga, la policía prusiana, en mayo de 1851 llevó a cabo
detenciones entre los obreros en algunas ciudades de Alemania y, basándose en
denuncias falsas y documentos torpemente fabricados, amañó un
proceso contra los comunistas en Colonia.


Marx dejó de lado todo su trabajo
para dedicarse a desenmascarar la falsificación de esos documentos y ayudar en
todo a sus camaradas acusados. Pero estos hombres habían sido ya condenados de
antemano, pues ellos representaban al indefenso proletariado revolucionario
ante un tribunal que defendía los intereses de las clases dominantes. En el
folleto Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia,
Marx, puso al desnudo las sucias maquinaciones del Gobierno de Prusia, de su
policía y sus tribunales. Debido a la detención de varios miembros del Comité
Central de la Liga de los Comunistas, residentes en Colonia, quedaron rotos los
lazos que unían a Marx y a Engels con el continente, y, de hecho, la
Liga misma dejó de existir en Alemania. A propuesta de Marx, la Liga de los
Comunistas se declaró disuelta en noviembre de 1852.

Sin embargo, los mejores militantes de la Liga de los
Comunistas, formados por Marx y Engels, continuaron propagando la teoría
revolucionaria, educando a las masas obreras y preparándolas para futuros
combates revolucionarios.

Corrupción y capitalismo

(Antorcha.org)

Se ha abierto la tapa de la alcantarilla y no deja de
salir mierda. Las corruptelas surgen por doquier. Alcaldes y concejales de
todas las latitudes del Estado se muestran muy aficionados a recibir comisiones
por hacer la vista gorda para que las constructoras sigan especulando y
construyendo a mansalva en terrenos urbanizables o no. Es una auténtica
epidemia. Como se suele decir, no se salva ni el tato. Aquí el que no pilla es
porque no quiere. Hasta la Pantoja está metida en el ajo.

¿Pero a alguien le podía extrañar todo esto que está
ocurriendo? El capitalismo es corrupción. Ni más ni menos. La corrupción no es
una anomalía ni una disfunción del sistema. Es su misma esencia. El capitalismo
se erige sobre la corrupción. Su máxima es todo se compra y todo se vende. Y en
un sistema donde todo gira en torno a esta lógica, la podredumbre no puede sino
extenderse y abarcarlo todo.

Y, efectivamente, lo abarca todo. Las corruptelas de
los alcaldes y concejales son sólo la punta de un enorme iceberg. Éstos,
parafraseando el título de una película de Woody Allen, son sólo unos granujas
de medio pelo. Lo más bajo dentro de la escala social de los delincuentes. Son,
además, la coartada tras la que se están ocultando las grandes, gigantescas
corrupciones en las que se mueven, no unos pocos millones de euros, sino
cientos y cientos de millones de euros.

En todos estos escándalos que están saliendo a la luz
sólo se habla de pequeñas o medianas inmobiliarias o constructoras, de
alcalduchos y concejalillos del tres al cuarto, de nuevos ricos horteras y
casposos como Roca y otros. Pero de las corrupciones de las grandes empresas y
los grandes bancos, de los multimillonarios como Botín y compañía, de los
políticos de postín no se oye ni una palabra.

Los grandes trapicheos quedan en la sombra. Este tipo
de basura se esconde bajo la alfombra. No pueden salir a la luz. De otro modo,
se vería hasta qué punto el capitalismo español, al igual que el resto de
capitalismos, es un enorme montón de mierda, una fosa séptica a rebosar.

No se habla de cómo los consejos de delegados del BSCH
o el BBVA roban a sus propios accionistas, ocultándoles beneficios que se
embolsan en sus nunca suficientemente repletos bolsillos; de cómo evaden
impuestos por medio de eso que llaman ingeniería financiera, en la que son unos
auténticos expertos; de cómo blanquean dinero procedente del narcotráfico… El
mismo narcotráfico es otro negocio capitalista, como las finanzas, la
construcción, el turismo, etc. Se diferencia en que está declarado ilegal.
Pero, en el capitalismo, lo legal y lo ilegal se confunden, sus fronteras no son
nítidas. Lo importante es hacer negocio, ganar dinero. El modo en que eso se
haga es una cuestión accesoria. Si para obtener beneficios hay que envenenar a
la gente, sobornar, delinquir, dar golpes de Estado, asesinar, provocar
guerras, bombardear civiles… se hace. El negocio lo es todo. Todo empieza y
termina en el negocio. Fuera de él no hay nada. Esto, y no otra cosa, es el
capitalismo.

No se habla tampoco de los enormes pelotazos
urbanísticos y especulativos de constructoras e inmobiliarias como Dragados,
ACS, Sacyr, Metrovacesa… De esto nada se oye. ¿Acaso alguien piensa que estas
empresas han llegado a convertirse en lo que son sin robar, sin hacer todo tipo
de trampas, sin sobornar? Eso no sucede en el mundo capitalista. El mundo
capitalista es el mundo del hampa. Entre un gran banco o una gran constructora
y la mafia napolitana existen muchas menos diferencias de las que se piensan;
sus diferencias, de hecho, son apenas de matiz.

También permanece en las tinieblas cómo el señor
Polanco, es decir, el grupo PRISA ha llegado a levantar un monopolio mediático
tan inmenso como el que tiene hoy, que abarca periódicos, varias televisiones,
radios, editoriales… El grupo PRISA se ha convertido en lo que es gracias a
su sucursal política, que no es otra que el PSOE, el cual, con González y ahora
con Zapatero, no ha hecho más que abrirle camino para su expansión, suavizando
o reinterpretando determinadas leyes, otorgándole licencias de todo tipo, etc.

Podríamos hablar igualmente de los trapicheos de
Repsol en Latinoamérica, que se ha dejado un buen dinero en sobornos de
funcionarios para seguir robando a manos llenas los recursos naturales de los
empobrecidos países de la zona, para no pagar impuestos…

En fin, que no se salva ni dios. Todos están metidos
hasta las cejas en la misma charca de lodo.

Y si hay que hablar de corrupción, por qué no hablar
de cómo el Estado no es sino el servidor fiel, la prostituta de la oligarquía
financiera, el instrumento del que se vale para mantener en pie su chiringuito,
que tan formidables beneficios le reporta.

Todo el Estado está a su servicio. Ni una sola de sus
instituciones se salva. El parlamento es una farsa, una gran mentira. Allí no
reside ni ha residido nunca la llamada voluntad popular, que, entre otras
cosas, no puede expresarse en un país donde los únicos partidos y proyectos
políticos que están permitidos son aquellos que comulgan con el sistema. Los
partidos parlamentarios, de izquierda o de derecha,
representan siempre a uno u otro sector oligárquico o burgués; no al pueblo. El
parlamento no tiene otra función que gestionar los intereses capitalistas.
Promueve reformas laborales cada vez más restrictivas para con los derechos de los
trabajadores, sus planes económicos no tienen otro objetivo que mantener o
aumentar los márgenes de beneficio de la patronal; aprueba leyes para la
represión del movimiento obrero y popular, como la Ley de Partidos, con la que
se proscribe y criminaliza, aún más de lo que ya estaba proscrita y
criminalizada, toda ideología, toda organización política que se salga de los
estrechos márgenes del pensamiento único, del fascismo constitucional que
heredamos directamente del Caudillo… La Justicia, con la
inquisitorial Audiencia Nacional a la cabeza, y la policía no son otra cosa que
el brazo armado del capitalismo, sus perros de presa, dispuestos a lanzarse
sobre cualquiera que se oponga a este régimen de explotación y opresión. No
están para proteger al ciudadano, como pretenden hacernos creer constantemente.
Sí, todo está corrompido, podrido, viciado. Todo
hiede. Hay que acabar con la corrupción. Hay que acabar con el capitalismo.

Biografía de Marx (Parte 10)

En las luchas
revolucionarias
El marxismo se formó y desarrolló como ciencia
indisolublemente ligado a la práctica revolucionaria. Marx y Engels no
sólo enseñaban a las masas, sino que también aprendían de ellas. Contribuyeron
singularmente al auge del marxismo los períodos revolucionarios, los períodos
de desbordante y fecunda actividad histórica de las masas, los momentos
cruciales, los más importantes y decisivos en la historia de la sociedad.
La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió
con la revolución democrático-burguesa de febrero en Francia, que tuvo
repercusiones en otros países de Europa. Asustado por el incremento del movimiento
revolucionario, el Gobierno belga detuvo a Marx y lo expulsó del país. Marx se
trasladó entonces a París para participar allí en la lucha revolucionaria. A su
llegada a París, Marx facultado por los comités de Londres y Bruselas, procedió
a reorganizar el Comité Central de la Liga de los Comunistas, siendo elegido su
presidente. Formaron parte de éste, además de Marx y de Engels, K. Schapper, G.
Bauer, J. Moll y W. Wolff.
Marx y sus partidarios se manifestaron resueltamente contra
el poeta alemán Herwegh, que había formado en París una legión armada alemana
para invadir Alemania y llevar a este país, desde Francia, las llamas de la
revolución. Oponiéndose a esta aventura, a esta exportación de la
revolución
, Marx exhortaba a los obreros, comprendidos los militantes de la
Liga de los Comunistas, a regresar individualmente a Alemania con el fin de
organizar allí a las masas para la lucha revolucionaria.
Al comenzar la revolución en Alemania, Marx y Engels redactaron
marzo de 1848 un documento de gran importancia: Reivindicaciones del
Partido Comunista en Alemania
, aprobadas por el nuevo Comité Central de la
Liga y difundidas luego en todo el país. Este documento resumía las principales
tareas de la revolución en Alemania: la instauración de una república
democrática única; el establecimiento del sufragio universal; el armamento
general del pueblo; la abolición de todas las cargas feudales; la
nacionalización de las fincas de los príncipes y demás posesiones señoriales;
la nacionalización de las minas, ferrocarriles y demás medios de transporte; la
implantación del impuesto de utilidades progresivo; la separación de la Iglesia
del Estado, etc. La realización de la plataforma política de la Liga de los
Comunistas debía llevar a la eliminación del fraccionamiento político y
económico de Alemania, dividida en 38 Estados, grandes, pequeños y minúsculos,
a la supresión radical de todos los vestigios feudales, al triunfo de la
revolución democrático-burguesa y a la creación de condiciones más favorables
para la lucha del proletariado por el socialismo.
A principios de abril de 1848, Marx, Engels y sus
correligionarios más cercanos abandonaron París y se trasladaron a Alemania,
donde había estallado la revolución. Se quedaron en Colonia, centro de la
provincia del Rin, una de las regiones avanzadas de Alemania, donde había
bastantes obreros y cuya legislación vigente ofrecía mayores posibilidades para
la prensa, para realizar el plan de Marx: la edición de un gran diario
revolucionario.
A la par que preparaba la publicación del periódico, Marx
realizaba una enérgica labor política de partido. Ya estando en París, él, por
mediación de los militantes de la Liga de los Comunistas residentes en
Maguncia, había dado los primeros pasos para centralizar las sociedades obreras
y agrupar al proletariado alemán en una organización política de masas. Después
de su llegada a Colonia, varios militantes de la Liga fueron enviados en
calidad de emisarios para que organizasen comunas de la Liga y sociedades
obreras legales. Sin embargo, la organización de comunas tropezó con enormes
dificultades. En Alemania, fraccionada políticamente y atrasada desde el punto
de vista económico, donde la gran industria estaba aún en embrión y predominaba
la artesanía, la clase obrera era todavía demasiado débil, no estaba organizada
y carecía del desarrollo político necesario. Debido a la falta de condiciones
favorables para formar en aquel período el partido obrero, los representantes
de vanguardia del proletariado, encabezados por Marx y Engels, para no
verse convertidos en una secta, únicamente podían actuar en política como ala
izquierda, proletaria, del partido democrático. Por eso, Marx y Engels consideraban
que en aquel período era admisible la colaboración de los comunistas con los
demócratas pequeño-burgueses en el seno de una sola organización, criticando,
no obstante, su inconsecuencia y sus constantes vacilaciones. Marx y Engels exigían
que los comunistas, como combatientes de vanguardia del campo democrático, no
olvidasen, ni por un instante, las tareas particulares del proletariado, para
el que la revolución democrático-burguesa no era sino una etapa imprescindible
de la lucha, y no la meta final. La bandera de la Nueva Gaceta Renana,
fundada por Marx y Engels, era la bandera de la democracia, pero de una
democracia que destacaba siempre, en cada caso concreto, su carácter
específicamente proletario. Ateniéndose a esta táctica, Marx recomendó a los
miembros de la Liga de los Comunistas y a las organizaciones obreras por ellos
dirigidas que ingresaran en las sociedades democráticas que iban surgiendo en
Alemania. El mismo Marx ingresó en la Sociedad Democrática de Colonia y fue
elegido miembro del Comité Provincial Provisional de las sociedades
democráticas de Renania y Westfalia. Simultáneamente, Marx orientaba a sus
partidarios a organizar sociedades obreras y educar políticamente al
proletariado, a crear las condiciones para la formación de un partido
proletario.
El 1 de junio de 1848 empezó a publicarse la Nueva
Gaceta Renana
, con el subtítulo de órgano de la democracia.
Componían la redacción Carlos Marx (redactor-jefe), Federico Engels, H.
Bürgers, E. Dronke, G. Weerth, F. Wolff y W. Wolff. Mediante el periódico, Marx
y los demás miembros de la redacción dirigían políticamente las actividades de
los militantes de la Liga de los Comunistas, diseminados por toda Alemania.
Después de los sucesos de marzo en Alemania la pervivencia de la Liga como
organización secreta había perdido todo sentido. La Nueva Gaceta Renana no
tardó en hacerse muy popular no sólo en Alemania, sino también en el
extranjero. En sus páginas, Marx y Engels analizaban los
acontecimientos más importantes de los borrascosos años de 1848 y 1849 y daban
consignas de lucha, orientando a las masas al logro de los principales
objetivos de la revolución. El periódico defendía, con gran energía y valor sin
precedente, los intereses de las masas populares, que luchaban en las calles de
París y de Viena, en las ciudades y aldeas de Alemania y Francia, de Italia y
Hungría, de Bohemia y Polonia. La Nueva Gaceta Renana no sólo
se titulaba con perfecto derecho órgano de la democracia alemana, sino también
de la europea.
Marx y Engels consideraban que la tarea primordial
de la Nueva Gaceta Renana en Alemania consistía en luchar
infatigablemente para disipar las ilusiones muy difundirlas entre el pueblo, de
que la revolución había culminado con las batallas de marzo y lo único que
quedaba por hacer era gozar de sus frutos. El periódico explicaba cada día a
las masas que las luchas decisivas estaban por venir y fustigaba colérica y
apasionadamente la política traidora de la burguesía alemana, que después de
las jornadas de marzo había empuñado el timón del gobierno orientándose hacia
un entendimiento con la reacción feudal y absolutista de Prusia. Marx y Engels desenmascararon
la traición de la burguesía a los campesinos, al renunciar ésta a abolir sin
indemnización las cargas feudales, y su política de opresión de otros pueblos.
Todos los pueblos que se alzaban en defensa de una causa progresista,
democrática, encontraban en la Nueva Gaceta Renana su fiel más
ardiente defensora.
La Nueva Gaceta Renana denunciaba con
mordaz ironía el cretinismo parlamentario de los diputados de las asambleas
nacionales de Berlín y de Francfort, que, en vez de pasar a acciones
revolucionarias, audaces y decisivas, se entregaban a discusiones vacías.
Marx estimaba que la premisa esencial para el triunfo
efectivo y completo de la revolución era la implantación de la dictadura
revolucionaria del proletariado: Toda estructura provisional del Estado
después de la revolución exige una dictadura, una dictadura enérgica
. Marx
exhortaba al pueblo a que ajustase las cuentas con severidad a los enemigos de
la revolución, que reagrupaban sus fuerzas con el fin de hacer girar hacia
atrás la rueda de la historia. Asignaba al proletariado un papel especialmente
importante en la lucha revolucionaria y laboraba para que la clase obrera de
Alemania se convirtiese en el destacamento más consecuente y decidido de todo
el campo democrático. Marx censuraba la posición sectaria, ultraizquierdista
por su forma y oportunista por su contenido, del socialista auténtico Andreas
Gottschalk, presidente de la Sociedad Obrera de Colonia, y la política
reformista, mezquina, de Stephan Born, dirigente de la Sociedad Obrera de
Berlín, y más tarde de la Fraternidad Obrera, porque, con su táctica errónea,
apartaban a los obreros de la lucha por el logro de los principales objetivos
de la revolución democrático-burguesa.
El carácter proletario de la Nueva Gaceta Renana,
se manifestó con singular brillantez con motivo de la insurrección de junio de
1848 los obreros parisienses. Marx concedió una gran importancia histórica a
esta insurrección, viendo en ella la primera guerra civil entre el proletariado
y la burguesía. Glorificó el valor sin precedente de los insurrectos y
estigmatizó, lleno de indignación, la crueldad de la contrarrevolución
burguesa.
Después de la derrota del proletariado francés, cuando la
contrarrevolución levantó cabeza también en otros países de Europa, Marx
y Engels trabajaron enérgicamente para movilizar a las masas. Marx tomó
parte activa en el Congreso provincial de las sociedades democráticas del Rin,
celebrado en Colonia en agosto de 1848. El Congreso confirmó unánimemente en
sus funciones al Comité provincial anteriormente elegido, uno de cuyos
dirigentes era Marx.
A finales de agosto, Marx hizo un viaje a Berlín y a Viena
para establecer contacto con obreros avanzados y demócratas de izquierda, a fin
de impulsarlos a luchar contra las monarquías prusiana y austríaca. Marx se
proponía asimismo colectar dinero para la Nueva Gaceta Renana, a la
que, por haber salido en defensa de los insurrectos de junio, habían abandonado
los últimos accionistas. En Viena, Marx conferenció con los dirigentes de las
organizaciones democráticas y obreras de Austria. Además, participó en una
reunión de la Sociedad Democrática de Viena e hizo en la Sociedad Obrera dos
informes: uno sobre las relaciones sociales en la Europa Occidental y otro
sobre el trabajo asalariado y el capital.
A su regreso a Colonia, Marx, así como los demás miembros de
la redacción, puso todo su empeño en organizar a las masas populares para que
pudieran rechazar las embestidas de la contrarrevolución. Ya antes de su
llegada, el 13 de septiembre de 1848, la Nueva Gaceta Renana convocó en la
Frankenplatz de Colonia una asamblea popular, en la que se eligió un Comité de
Seguridad, en el que entraron Marx y Engels. Entre los asistentes a la
asamblea se distribuyeron las Reivindicaciones del Partido Comunista en
Alemania. El 17 de septiembre se celebró en Woringen, cerca de Colonia, otra
asamblea de muchos miles de obreros y campesinos, convocada por la Nueva Gaceta
Renana y la Sociedad Obrera de Colonia. El 20 de septiembre, el Comité de
Seguridad de Colonia convocó una asamblea popular más con motivo del
levantamiento en Franckfort. El gobierno, preocupado por el impetuoso ascenso
del movimiento de las masas en Renania y por la enorme influencia que adquiría
la Nueva Gaceta Renana, concentró de antemano sus tropas en espera
de un pretexto para efectuar una sangrienta matanza. El 25 de septiembre fueron
detenidos, con fines de provocación, los más destacados dirigentes de los
obreros de Colonia. Apreciando con serenidad el momento, Marx y sus partidarios
lograron que la indignación de las masas no desembocara en una insurrección
prematura y aislada en la excelente fortaleza prusiana. Fracasada la
provocación, el Gobierno de Prusia declaró el 26 de septiembre el estado de guerra
en Colonia, desarmó y disolvió las milicias populares y suspendió varios
periódicos, empezando por la Nueva Gaceta Renana. Algunos miembros de la
redacción, y entre ellos Engels, tuvieron que abandonar la ciudad para
burlar a la policía, que tenía orden de detenerlos. Una amplia campaña de
protesta obligó al gobierno a levantar el 3 de octubre el estado de guerra. El
12 de octubre, la Nueva Gaceta Renana volvió a venderse en las
calles de Colonia. Marx tuvo que hacer grandes sacrificios materiales para
reanudar la publicación del periódico, invirtiendo en éste la herencia paterna
que acababa de recibir.
La ausencia de Engels hizo que Marx tuviera que
dedicar más tiempo a sus obligaciones de redactor. Consagraba también muchas
energías a la Sociedad Democrática y a la Sociedad Obrera. El Comité de la
Sociedad de Colonia, pidió a Marx que fuese su presidente, pues Moll, dirigente
de ésta, se había visto obligado a emigrar a Londres para evitar que le
detuviesen, y Schapper estaba en la cárcel. Al aceptar provisionalmente este cargo,
Marx, el 16 de octubre, pronunció un discurso en una reunión del Comité de la
Sociedad e informó a los obreros del desarrollo de la insurrección de Viena.
En su artículo La caída de Viena, escrito el 6 de noviembre
de 1848, demostró que la causa fundamental de la derrota de los insurrectos
había sido la traición de la burguesía. Denunciando los planes de la
contrarrevolución, Marx declaró que en Prusia se preparaba un golpe de Estado y
exhortó a las masas a emplear en la lucha contra la ofensiva de la
contrarrevolución los métodos más eficaces y decisivos.
Como Marx había previsto, la reacción prusiana, animada por
el triunfo de la contrarrevolución en Viena, decidió dar un golpe de Estado. El
9 de noviembre, el rey de Prusia firmó un decreto en virtud del cual la
Asamblea Nacional trasladaba su sede de Berlín a la pequeña ciudad provinciana
de Brandenburgo. Se veía claramente que preparaba la disolución de la Asamblea.
Debido a ello, Marx hizo un llamamiento a los diputados de la Asamblea para que
detuvieran a los ministros y pidieran ayuda al pueblo y a los soldados.
A fin de poner en movimiento a las masas populares, Marx
lanzó el 11 de noviembre la consigna de negarse a pagar los impuestos. Esto
hubiera minado la base financiera de la contrarrevolución y movilizado a las
masas populares para una activa resistencia a las autoridades. El 14 de
noviembre, el Comité Democrático Provincial, dirigido por Marx, exhortó a todas
sus organizaciones de la provincia del Rin a incitar a la población a negarse a
pagar los impuestos. Bajo la presión de las masas, la Asamblea Nacional votó el
15 de noviembre un decreto, sancionando la negativa al pago de los impuestos,
que debía entrar en vigor a partir del 17 de noviembre. Con este motivo, el
Comité Regional hizo el 18 de noviembre un segundo llamamiento, en el que se
lanzaban nuevas consignas: resistir en todas partes y por todos los medios a la
recaudación de los impuestos, organizar milicias populares para rechazar al
enemigo, y formar comités de seguridad. Marx, que era el alma del movimiento en
la provincia del Rin, desarrolló una gran actividad a fin de movilizar a las
masas para la lucha contra la ofensiva de la contrarrevolución. Pero la
Asamblea Nacional, que era la única que podía centralizar los focos diseminados
del movimiento, decidió limitarse a una resistencia pasiva, legal. Valiéndose
de ello, la contrarrevolución consumó el golpe de Estado, dando el 5 de
diciembre, el decreto de disolución de la Asamblea Nacional.
En su artículo La burguesía y la contrarrevolución de
diciembre de 1848, Marx hizo un análisis de las enseñanzas de la revolución de
marzo en Alemania y denunció la cobardía y la traición de la burguesía alemana.
Marx cifraba sus mayores esperanzas en el proletariado francés, que con su
revolución triunfante impulsaría de nuevo a la revolución en Europa. Marx veía
un peligro para la revolución europea no sólo en la Rusia zarista -entonces
principal baluarte de la reacción europea-, sino también en la Inglaterra
aristocrático-burguesa. Marx se equivocaba al pensar que en Francia se
avecinaba la revolución proletaria y exagerar la decrepitud del
capitalismo. Pero semejantes errores de los gigantes del pensamiento
revolucionario 
-escribió Lenin, refiriéndose a Marx y Engels- que
trataban de elevar y supieron elevar al proletariado del mundo entero por
encima de las tareas pequeñas, habituales, mezquinas, son mil veces más nobles,
más sublimes e históricamente más valiosos y veraces que la vil sabiduría del
liberalismo oficial
.
A medida que iba fortaleciéndose, la contrarrevolución
prusiana redoblaba las persecuciones contra Marx y la Nueva Gaceta
Renana
. Marx y Engels, que acababan de regresar de Suiza, tuvieron que
comparecer el 7 de febrero de 1849 ante un tribunal, acusados de injurias
a las autoridades
. Al día siguiente, Marx volvió a comparecer ante el
tribunal. Esta vez se le acusaba, al igual que a otros dirigentes del Comité
Democrático de la provincia del Rin, de haber exhortado al pueblo a que no
pagase los impuestos y de incitar a la rebelión. Lo mismo que el
día anterior, Marx no apareció ante el tribunal como acusado, sino como
acusador. El tribunal se vio obligado a emitir fallos absolutorios en los dos
procesos.
Al movilizar a las masas a combatir la ofensiva de la
contrarrevolución, la Nueva Gaceta Renana ponía cada vez más
de manifiesto su carácter verdaderamente proletario. A principios de abril,
Marx empezó a publicar en ella su obra Trabajo asalariado y capital. En esta
obra, uno de sus primeros trabajos de economía, investigó Marx las relaciones
económicas que constituyen la base material de la lucha de clase del
proletariado y de las masas trabajadoras en la sociedad capitalista y mostró
con gran nitidez la explotación capitalista y la depauperación absoluta y
relativa de la clase obrera bajo el capitalismo, conjugando magistralmente el
riguroso análisis científico de los complejos problemas de la Economía política
con una sencilla exposición, perfectamente comprensible para los obreros.
En relación con los cambios en la situación política y con
el aumento de la conciencia política de las masas obreras, en la primavera de
1849 cambió también la táctica de Marx y Engels. La experiencia política
adquirida por las masas obreras en las luchas revolucionarias y el hecho de que
los obreros avanzados se hubiesen apartado de la democracia pequeño-burguesa,
que se había desenmascarado a sí misma, y sus anhelos de unirse en escala
nacional, puestos de relieve en muchos congresos de las sociedades obreras de
distintas regiones de Alemania, permitían ya plantear prácticamente la tarea de
constituir una organización independiente del proletariado. A mediados de abril
de 1849, Marx y Engels, lo mismo que la Sociedad Obrera de Colonia,
dirigida por ellos, se salieron de la Sociedad Democrática, rompiendo
orgánicamente con la democracia pequeño-burguesa, para adherirse a la
organización nacional de los obreros, que se estaba formando, y convertirla en
un partido político, cuyo núcleo debían ser los comunistas. En la preparación
ideológica para crear ese partido desempeñó un gran papel la obra Trabajo
asalariado y capital, publicada en la Nueva Gaceta Renana. Carlos Marx y sus partidarios
procedieron a reforzar los vínculos que les unían con los miembros de la Liga
de los Comunistas dispersos por toda Alemania. A este fin, Marx hizo un viaje
por las ciudades de Westfalia y del Noroeste de Alemania, enviando emisarios al
Centro y al Este del país.
Sin embargo, a la sazón se libraban en Alemania las últimas
batallas entre las fuerzas de la revolución y las de la contrarrevolución. La
insurrección, en cuyas banderas estaba inscrita la consigna de defensa de la
constitución del Imperio aprobada por la Asamblea de Fráncfort, había estallado
a principios de mayo en Dresden, en varias ciudades de Renania y Westfalia, así
como en el Palatinado y Baden. Para ayudar a las masas populares alzadas en
armas, Marx y Engels trazaron un plan orientado a extender todavía
más la insurrección, a centralizar la dirección de la misma y a desplegar las
acciones revolucionarias con audacia y rapidez. Este plan tomaba en
consideración la perspectiva general de la lucha revolucionaria en Europa, el
nuevo ascenso de la revolución en Francia e Italia y la guerra revolucionaria
en Hungría. Sin embargo, los demócratas pequeño-burgueses que encabezaban la
insurrección demostraron una vez más que eran incapaces de acciones
revolucionarias decididas. Su cobardía y constantes vacilaciones permitieron a
las tropas prusianas aplastar, uno por uno, todos los focos de la insurrección.
Después de reprimir los dispersos focos de la insurrección
en Renania, la contrarrevolución, envalentonada, se ensañó con la Nueva
Gaceta Renana
. Pretextando que Marx había renunciado a la ciudadanía
prusiana en 1845, y, a su regreso a Alemania, en 1848 le había sido denegada la
petición de que se le reintegrara ésta, el Gobierno prusiano ordenó que fuese
deportado del país como extranjero, por haber infringido el
derecho de hospitalidad
. Contra los demás miembros de la redacción fueron
incoados inicuos procesos. De hecho, eso era el fin de la Nueva Gaceta
Renana
. El último número del periódico, correspondiente al 19 de mayo de
1849, apareció impreso en tinta roja. En él se publicó un mensaje de despedida
de la redacción A los obreros de Colonia. El mensaje terminaba así: Los
redactores de la Nueva Gaceta Renana se despiden de vosotros dándoos
las gracias por la simpatía que les habéis demostrado. Su última palabra será
siempre y en todas partes ésta: ¡Emancipación de la clase obrera!
Después de una breve estancia en Frankfort, Baden y el
Palatinado, Carlos Marx, que esperaba un nuevo ascenso de la revolución en
Francia, se trasladó a París. En el Palatinado, Engels se alistó en
el destacamento voluntario de Willich y tomó parte en cuatro batallas contra
las fuerzas de la contrarrevolución.
En París, Marx restableció y amplió sus relaciones con los
demócratas franceses y las asociaciones obreras. Cuando fracasó el levantamiento
de los demócratas pequeño-burgueses el 13 de junio de 1849, el Gobierno francés
expulsó de París a Marx, quien, el 24 de agosto, se trasladó a Londres, adonde
poco después llegaban Engels y otros miembros del Comité Central de
la Liga. Así empezó el período londinense de la emigración de Marx que duró
hasta el fin de sus días.
La derrota de la revolución de 1848 se explica por las
particularidades de una época histórica, en que el carácter revolucionario de
la burguesía moría ya en Europa, mientras que el proletariado no estaba aún
maduro para tomar las riendas de la lucha.
Fue durante la revolución cuando se mostró con fuerza singular
el genio de Marx, su gran energía, su indomable voluntad, su abnegación y
apasionamiento de luchador revolucionario por la causa del proletariado, por
los intereses de todos los trabajadores y todos los oprimidos. Era la primera
vez en la historia que un dirigente revolucionario asentaba su política sobre
una base científica. Las revoluciones de 1848-1849 no sólo fueron la primera
prueba histórica del marxismo, sino también un potente manantial para su
desarrollo y enriquecimiento ulteriores.

Biografía de Marx (Parte 9)

La organización del partido obrero

En París Marx y Engels mantuvieron inicialmente un estrecho contacto con Proudhon pero pronto tuvo que pasar a la crítica porque éste se mantuvo siempre en el terreno de la teoría y la utopía, incapaz de avanzar más allá y adoptar posturas realmente revolucionarias. Algunas de las ideas originarias de Proudhon eran innovadoras e influyeron al comienzo sobre Marx y Engels, que en La sagrada familia hicieron una valoración positiva de ellas: Proudhon somete la base de la economía nacional, la propiedad privada al primer examen serio, absoluto, al mismo tiempo que científico. He aquí el gran progreso científico que ha realizado, un progreso que revoluciona la economía nacional y plantea, por primera vez, la posibilidad de una verdadera ciencia de la economía nacional. La obra de Proudhon ‘¿Qué es la propiedad?’, tiene para la economía nacional la misma importancia que la obra de Siéyès ‘¿Qué es el tercer estado?’, para la política moderna.
Pero Proudhon era por completo ajeno al proletariado. Sus tesis expresaban la ruina del artesanado y la pequeña burguesía. Sostuvieron también una lucha implacable contra las nebulosas concepciones idealistas, reformistas y pequeño-burguesas de Proudhon. En diciembre de 1846, Marx ya criticó a Proudhon en una larga carta a Paul Annenkov exponiendo concisamente su propia concepción materialista de la historia. El libro de Marx Miseria de la Filosofía responde a la Filosofía de la miseria de Proudhon, escrito en 1847, con una crítica detallada de sus concepciones.
Miseria de la Filosofía fue otro importante paso de Marx en la elaboración de los fundamentos teóricos del comunismo científico -el materialismo dialéctico y el materialismo histórico-, la primera exposición en letras de imprenta de sus tesis principales. En esta obra hizo Marx el balance de los primeros resultados de la revisión crítica de la economía política burguesa, revisión iniciada ya por él durante su estancia en París. Puso al descubierto el principal defecto de la economía política burguesa, que estimaba inmutables y eternas la sociedad capitalista y las leyes económicas a ella inherentes. Contrariamente a los economistas burgueses y a su acólito Proudhon, Marx consideraba las categorías de la economía política como una expresión teórica de las relaciones sociales, como categorías históricamente transitorias, llamadas a desaparecer con las condiciones que las habían engendrado. Al denunciar la inconsistencia de las recetas proudhonianas de mejoramiento del capitalismo. Marx demostró que la explotación, la miseria y las crisis acompañan necesariamente al capitalismo y sólo pueden ser suprimidas si se suprime el modo de producción capitalista. Concretando su idea de la misión histórica del proletariado, Marx destacó la enorme importancia de la lucha económica de los obreros y su ligazón indestructible con la lucha política, esbozando por vez primera la táctica de la lucha de clase del proletariado.
Tanto en la Miseria de la Filosofía como en las conferencias que dio para los obreros de Bruselas en diciembre de 1847 y que fueron publicadas por la Nueva Gaceta Renana en 1849, con el título Trabajo asalariado y capital, Marx formuló importantes tesis de su economía política. Fueron necesarios muchos años de investigación para desentrañar las claves de la economía de la sociedad capitalista, sintetizar la rica experiencia de la lucha de la clase obrera y dar a su doctrina económica un carácter acabado, rigurosamente científico.
La lucha de Marx y Engels contra el socialismo auténtico, contra la doctrina de Weitling, la de Proudhon y otras tendencias pequeño-burguesas contribuyó a que los obreros avanzados empezaran a comprender el comunismo científico.
Marx se encontraba inmerso en un proyecto de organización de nuevo tipo que agrupara a los comunistas y a los obreros de vanguardia de distintos países sobre la base de un programa revolucionario y una teoría científica. Contando con Engels, aspiraba a hacer su nueva teoría revolucionaria patrimonio de las masas obreras, a pertrechar al proletariado con la comprensión de los objetivos y los medios de la lucha. Entonces Bruselas ofrecía grandes comodidades a este respecto. Bélgica era como una estación intermedia entre Francia y Alemania. Los obreros e intelectuales alemanes que se dirigían a París pasaban habitualmente algunos días en Bruselas. Desde allí la literatura ilegal se repartía clandestinamente por toda Alemania. Entre los obreros residentes temporalmente en Bruselas algunos eran personas extraordinariamente inteligentes.
Desde que Marx comprendió que para transformar radicalmente el régimen social existente había que apoyarse en la clase obrera, en el proletariado, el cual, en su propia existencia, encuentra toda clase de estímulos para su lucha contra este régimen, se dirigió a los círculos obreros, esforzándose con Engels por penetrar en todos sus lugares de reunión, en todas las organizaciones donde se agrupaban. Porque ya entonces existían tales organizaciones, si bien dispersas y sometidas a la influencia de la burguesía.
Muchos historiadores no han reparado en el trabajo de organización de Marx, al cual presentan como un pensador de gabinete. No han captado el papel de Marx en cuanto organizador y, por tanto, no han examinado una de las facetas más interesantes de su fisonomía. Si no se conoce el papel que Marx desempeñó como inspirador del trabajo de organización de 1846 y 1847, es imposible comprender el que tuvo luego como organizador en 1848 y durante la época de la I Internacional.
Desde el fracaso de mayo de 1839, la Liga de los Justos había dejado de existir como organización central. Únicamente quedaron círculos aislados, organizados por antiguos miembros de la Liga de los Justos, uno de ellos en Londres.
Marx y Engels tuvieron que empezar desde cero. En Bruselas crearon la Sociedad de educación obrera, donde Marx dio unas conferencias sobre economía política a los obreros. Además de cierto número de intelectuales entre los cuales destacaban Guillermo Wolf (a quien Marx dedicó más tarde el primer tomo de El Capital) y Weidemeyer, se encontraban igualmente en Bruselas obreros como Stephan Born, Vallau, Seiler y otros.
Apoyándose en esta organización, Marx y Engels lograron estrechar sus relaciones con los círculos de Alemania, Londres, París, Suiza. Poco a poco, el número de militantes partidarios de las tesis de Marx y Engels aumentaba. Con el fin de agrupar a todos los elementos comunistas Marx concibió entonces un plan: transformar esta organización nacional puramente alemana en una organización internacional. Al principio era necesario crear en Bruselas, en París y en Londres un grupo, un núcleo de comunistas, que estuvieran completamente de acuerdo entre sí. Estos grupos tenían que designar comités encargados de mantener relaciones con otras organizaciones comunistas. De este modo se estrecharía la unión con otros países, y se prepararía el terreno para la unión internacional de estos comités. A propuesta de Marx, estos últimos se llamaron comités de correspondencia comunista. Algunos historiadores se han figurado que estos comités eran simples oficinas de corresponsales desde las que enviaban correspondencias litografiadas. O bien, como escribió Mehring en su último trabajo sobre Marx:

Al no tener su propio órgano, Marx y sus amigos, se esforzaban en llenar como les fuera posible esta laguna por medio de circulares impresas y litografiadas. Al mismo tiempo, intentaron asegurarse corresponsales regulares en los grandes centros donde vivían los comunistas. Existían oficinas de este tipo en Bruselas y Londres, y se proponían establecer una en París. Marx escribió a Proudhon pidiéndole su colaboración.

Sin embargo, basta leer la respuesta de Proudhon para ver que se trataba de una institución que no tenía nada que ver con una corresponsalía normal. Y, si recordamos que este intercambio de cartas tuvo lugar en 1846, tenemos que deducir que, mucho tiempo antes de que desde Londres propusieran a Marx que entrara en la Liga de los Justos ya desaparecida, en Londres, en Bruselas y en París, existían ya organizaciones cuya iniciativa emanaba, sin ningún género de dudas, de Marx.
Los comités de correspondencia tenían una larga tradición en el movimiento revolucionario europeo, habiendo surgido de las filas de la propia burguesía revolucionaria. En 1792 por Thomas Hardy había fundado la sociedad londinense de correspondencia; cuando al Club de los jacobinos le prohibieron organizar secciones en las provincias, también organizaron comités de correspondencia. Es el mismo proyecto que luego Lenin puso en funcionamiento en Rusia con el periódico Iskra como método de organización. Al fundar sus sociedades, Marx también tenía intención de convertirlos en comités de corresponsales.
En el segundo semestre de 1846 existía en Bruselas un comité de corresponsales perfectamente organizado, que cumplía las funciones de órgano central y al cual se le rendían cuentas. Comprende un número bastante grande de miembros y, entre ellos, muchos obreros. Formaban parte de él Marx, Engels, Guillermo Wolff, Edgar Westfalen, José Weydemeyer, Fernando Wolff, el comunista belga Felipe Gigot y otros. A mediados de 1846, el Comité Comunista logró entablar relaciones con los cartistas ingleses, con los dirigentes de la Liga de los Justos de Londres, con las comunas parisinas de la Liga y con diferentes grupos comunistas de Alemania. En París existía otro comité organizado por Engels que realizaba una propaganda intensiva entre los artesanos alemanes; en Londres existía otro dirigido por Schapper, Bauer y Moll. Seis meses más tarde éste fue a Bruselas para invitar a Marx a entrar en la Liga de los Justos y, como demuestra una carta de 20 de enero de 1847, acudió a Bruselas no como delegado de la Liga de los Justos, sino como delegado del comité de corresponsales comunistas de Londres, para presentar un informe sobre la situación de la sociedad londinense. Después de este viaje fue cuando Marx se convenció de que la mayoría de los londinenses se habían liberado de la influencia de Weitling. Probablemente, por iniciativa del Comité de Bruselas, resolvieron convocar un congreso en Verviers, ciudad situada cerca de la frontera alemana, de manera que a los comunistas alemanes les resultaría fácil la asistencia. Finalmente se desplazó a Londres, ciudad que presentaba mejores condiciones.
Entonces, dio comienzo una lucha de distintas tendencias. Principalmente en París, donde trabajaba Engels, esta lucha fue muy viva. Una corriente está representada por Grün, quien defiende el comunismo alemán, o verdadero comunismo, del cual encontramos una mordaz caracterización en el Manifiesto Comunista. Engels sostiene otra plataforma. Naturalmente, cada uno de los adversarios se esforzaba por reunir la mayoría de votos posibles. Y Engels cree a menudo hacerse con la victoria no sólo porque ha triunfado, tal como lo comunica al comité de Bruselas, al convencer a los que dudaban.
Durante el verano de 1847, el congreso se reunió en Londres. Marx no asistió. El representante por Bruselas fue Guillermo Wolf y Engels representó a los comunistas parisienses. Los delegados eran poco numerosos, pero nadie se inmutó por ello. El congreso acordó reorganizar la Liga, que pasó a llamarse Liga de los Comunistas. La vieja consigna ¡Todos los hombres son hermanos! fue sustituida, a propuesta de Marx y Engels, por la de ¡Proletarios de todos los países, uníos! A partir de entonces, esta consigna, expresión del principio del internacionalismo proletario, es un llamamiento de combate de los proletarios en su lucha contra la esclavitud capitalista. Adoptaron unos estatutos, redactados por Engels, cuyo primer punto formulaba clara y netamente la idea esencial del comunismo: El objetivo de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, el dominio del proletariado, la supresión de la antigua sociedad burguesa, basada en el antagonismo de clase, y la fundación de una nueva sociedad sin clases ni propiedad individual.
Los estatutos de la organización fueron adoptados con la condición de que serían sometidos al examen de los distintos comités, y que serían adoptados de un modo definitivo en el próximo congreso, con las modificaciones que fuera necesario aportar a los mismos.
El principio del centralismo democrático aparecía como fundamento organizativo. Cada uno de sus miembros debía profesar el comunismo y llevar una vida conforme con los objetivos de la Liga. El núcleo fundamental de la organización estaba constituido por un grupo determinado de miembros. Recibía el nombre de comunidad. Había comités regionales. Las distintas regiones del país se unían bajo la dirección de un centro cuyos poderes se extendían a todo el país. Estos centros tenían que rendir cuentas al comité central.
Esta organización se convirtió en el modelo para todos los partidos comunistas de la clase obrera al principio de su desarrollo. Pero tenía una particularidad que luego desapareció, aunque la encontremos nuevamente entre los alemanes hacia 1860. El comité central de la Liga de los Comunistas no se elegía personalmente en el Congreso. Sus plenos poderes como centro dirigente eran transmitidos al comité regional de la ciudad designada por el congreso como lugar de residencia del comité central. De este modo, si el congreso designaba Londres, la organización de esta región elegía un comité central de por lo menos cinco miembros. Ello aseguraba su estrecha relación con la gran organización nacional. Este es el tipo de organización que más tarde encontramos entre los alemanes, tanto en la propia Alemania como en Suiza. Su comité central siempre estaba ligado a una ciudad determinada designada por el congreso, y que llevaba el nombre de ciudad de vanguardia.
El congreso aprobó igualmente elaborar el proyecto de una profesión de fe comunista, que sería el programa de la Liga. Las diferentes regiones tenían que presentar su proyecto al congreso siguiente. Además, se decidió proceder a la edición de una revista popular. Este fue el primer órgano obrero que se declaró abiertamente comunista. En la primera página de este órgano, aparecido un año antes de la publicación del Manifiesto comunista, figura la consigna: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
La revista no apareció más que una vez. Los artículos del primer y único número fueron escritos principalmente por los representantes de la Liga Comunista de Londres, y ellos mismos realizaron la composición tipográfica del mismo. El editorial está escrito de una forma muy popular, con un lenguaje simple. Expone las particularidades que distinguen la nueva organización comunista de las de Weitling y de las organizaciones francesas. Ni una sola vez se menciona la Federación de los Justos. Se consagra un artículo especial al comunista francés Cabet, autor de la famosa utopía Viaje en Icaria. En 1847, Cabet había realizado intensa propaganda con el fin de reunir a la gente que se establecía en América, y así crear en suelo virgen una colonia comunista, según el modelo de la que había descrito en su novela Icaria. Incluso fue especialmente a Londres para convencer a los comunistas de esta ciudad. El artículo somete su plan a una crítica detallada, y recomienda a los obreros que no abandonen el continente europeo, porque únicamente en Europa se instaurará el comunismo. Hay, también, un artículo que, según Riazanov, fue escrito por Engels. La revista finaliza con un resumen político y social, cuyo autor indudablemente es el delegado del comité de Bruselas en el Congreso, Guillermo Wolf.
A finales de noviembre de 1847, se reunió en Londres el segundo congreso. Esta vez asistió Marx. Antes de la reunión de este congreso, Engels le había escrito desde París que había esbozado un proyecto de catecismo o profesión de fe, pero que creía más racional titularlo Manifiesto Comunista. Marx probablemente aportó al congreso las tesis que había elaborado. En el congreso no todo discurrió plácidamente. Los debates duraron varios días y Marx tuvo muchas dificultades para convencer a la mayoría de la justeza del nuevo programa. Este fue adoptado en sus rasgos fundamentales y el congreso encargó especialmente a Marx que escribiera en nombre de la Liga de los Comunistas no una profesión de fe, sino un manifiesto, como había propuesto Engels.
Al mismo tiempo que actuaban en la Liga de los Comunistas, Marx y Engels contribuían activamente a que se formara en Bruselas la Asociación Democrática, cuya finalidad era la unificación de las fuerzas democráticas de todos los países. Los fundadores del marxismo estimaban que el proletariado debía apoyar todo movimiento progresista, democrático. En la Gaceta Alemana de Bruselas, que gracias a ellos llegó a ser órgano de la propaganda democrática y comunista, Marx y Engels publicaron una serie de artículos en los que preparaban a los obreros alemanes para la revolución democrático-burguesa que iba madurando en Alemania, explicándoles que no debían ver en ella su objetivo final, sino una condición indispensable para iniciar la revolución proletaria. Los artículos que escribieron en este período encierran ya, en germen, la idea, que posteriormente formularon, de la revolución permanente.
Marx y Engels concedían gran importancia a los preparativos del II Congreso de la Liga de los Comunistas, en cuyo orden del día figuraba la cuestión del programa de la organización. En el Congreso, celebrado en Londres a fines de noviembre y comienzos de diciembre de 1847, quedaron aprobados definitivamente los Estatutos de la Liga y se debatió el programa, siendo aceptados por unanimidad los principios que Marx y Engels defendían, y se encomendó a ambos que redactaran el manifiesto.
Aprovecharon su estancia en Londres para fortalecer las relaciones que Engels había establecido ya con los cartistas en 1842-1843 y Marx en 1845, cuando ambos hicieron un viaje a Inglaterra. Marx y Engels ampliaron también sus vínculos con los demócratas y los comunistas de otros países. Asistieron a un mitin internacional consagrado al aniversario de la insurrección polaca de 1830. En el discurso que en este mitin pronunció Marx, abogando por el internacionalismo proletario, desarrolló la idea de que únicamente la victoria del proletariado llevaría a la liberación de todas las nacionalidades oprimidas, a la eliminación de todos los conflictos y guerras internacionales y cimentaría sólidamente la auténtica fraternidad de los pueblos. Engels formuló en este mismo mitin la tesis que después ha sido el principio rector del proletariado en la cuestión nacional, diciendo: Ninguna nación puede ser libre si continúa oprimiendo a otras.
En febrero de 1848 apareció en Londres el Manifiesto Comunista, obra inmortal de Marx y Engels. En este documento programático del comunismo científico, se hizo por vez primera una exposición concisa de la teoría revolucionaria del proletariado: En esta obra -decía Lenin- está trazada, con claridad y brillantez geniales, la nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica, como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria del proletariado, creador de una sociedad nueva, de la sociedad comunista.
El Manifiesto está todo él consagrado a fundamentar científicamente la inevitabilidad histórica de la destrucción del capitalismo y su sustitución a consecuencia de la revolución proletaria y del establecimiento del dominio político del proletariado, por una nueva sociedad, por la sociedad sin clases.
Marx y Engels demostraron que, a medida que las relaciones de producción de la sociedad capitalista fueran convirtiéndose en trabas más y más insoportables para el desarrollo de las fuerzas de producción, la burguesía, que defendía la propiedad privada sobre los medios de producción, iría dejando de ser la clase progresiva que había sido en el pasado y se haría una clase más y más reaccionaria, un freno para el avance de la humanidad hacia un régimen superior, hacia el comunismo.
Desarrollando la idea de la misión histórica del proletariado, Marx y Engels demostraron que la clase obrera cumpliría su misión de sepulturera del capitalismo y de creadora de una nueva sociedad, de la sociedad sin clases, mediante la lucha de clases, la revolución proletaria y el derrocamiento de la dominación de la burguesía.
En el Manifiesto está formulada la idea del papel dirigente del Partido Comunista como condición indispensable para el éxito de la lucha, para la victoria del proletariado, y se muestra que el partido constituye el destacamento más resuelto de la clase obrera, su destacamento de vanguardia, que los comunistas tienen sobre el resto de los obreros la ventaja de estar pertrechados con la teoría revolucionaria que les da una clara visión de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario. Al desenmascarar las calumnias y mentiras difundidas por la burguesía acerca de las ideas y los propósitos de los comunistas, los fundadores del marxismo definen en el Manifiesto los verdaderos objetivos del partido del proletariado, que son el derrocamiento de la dominación burguesa y la conquista del poder político por el proletariado.
El Manifiesto expresa una de las más notables ideas del marxismo en la cuestión del Estado: El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante: eso es, precisamente, la dictadura del proletariado, afirmaba Lenin. La tesis sobre la dictadura del proletariado es núcleo principal del marxismo.
El Manifiesto Comunista analiza el internacionalismo proletario, proclamado por Marx y Engels. Los fundadores del comunismo científico decían: el dominio del proletariado hará desaparecer el yugo nacional, liberará a la humanidad de las guerras de conquista y de rapiña. Marx y Engels subrayan que la nueva sociedad que remplazará al capitalismo será incomparablemente superior a éste. Mientras que en esta última rige el principio: los que trabajan no adquieren nada y los que adquieren no trabajan, en la sociedad comunista, como predecían Marx y Engels, el trabajo será un medio de hacer más holgada y fácil la vida de los trabajadores.
El cese de toda explotación será en ella la base material de la unidad armónica del individuo y la sociedad, de la verdadera libertad de la persona y del desarrollo multifacético del ser humano, de su capacidad y de su talento. En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus contradicciones de clase, vendrá una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos.
Al formular el programa de los comunistas, el Manifiesto critica las distintas doctrinas socialistas de aquella época, que eran un obstáculo para la difusión de las ideas del comunismo científico y la organización del partido proletario.
El Manifiesto no sólo ofrece un programa científicamente argumentado, sino que, además, esboza los fundamentos teóricos de la táctica del partido proletario. El principio fundamental de esta táctica lo define diciendo que los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de este movimiento. Los fundadores del marxismo enseñan a los comunistas a apoyar todo movimiento progresista, revolucionario, dirigido contra los regímenes sociales y políticos reaccionarios. Termina el Manifiesto del Partido Comunista con un valiente llamamiento a la revolución proletaria: Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!
El Manifiesto del Partido Comunista, obra memorable de Marx y Engels, está penetrado de una noble inspiración creadora, de una arrolladora pasión revolucionaria. No sólo es la síntesis de toda la fecunda obra anterior de los fundadores del marxismo, sino también un gigantesco paso adelante en el desarrollo de la teoría revolucionaria del proletariado. Esta obra clásica remata el proceso de formación del marxismo iniciado en 1844 con los artículos de los Anales franco-alemanes, y pone sólidos cimiento para su ulterior desarrollo.
La doctrina de Marx no hubiera podido aparecer si no hubiera estado ya formada la nueva clase revolucionaria, el proletariado, si no se hubiera manifestado las contradicciones internas irreconciliables propias de la sociedad capitalista. El marxismo nació de la profunda síntesis de 1a experiencia del movimiento obrero. Sus fuentes teóricas fueron la filosofía clásica alemana de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la economía política clásica inglesa y el socialismo utópico francés. Lenin decía de la gran proeza científica de Marx: Todo lo que había creado el pensamiento humano, lo analizó, lo sometió a crítica, comprobándola en el movimiento obrero, y sacó de ello conclusiones que las gentes encerradas en el marco burgués o atenazadas por los prejuicios burgueses no podían sacar.
La doctrina de Marx, heredera de todo lo mejor que había creado el pensamiento científico, constituyó una verdadera revolución en la filosofía y la economía política, en el desarrollo del pensamiento socialista. Gracias al nacimiento del marxismo, se crearon, por vez primera, condiciones para unir el socialismo con el movimiento obrero. La doctrina de Marx es el arma espiritual del proletariado en su lucha por liberarse de la esclavitud capitalista.
Engels subrayaba constantemente que era a Marx a quien pertenecía el mérito principal en la elaboración de esta doctrina revolucionaria: Marx -decía Engels- era un genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento. Sin él nuestra teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso es muy justo que lleve su nombre.
Es un documento de agitación modélico, como no se ha escrito otro. Como retórica política, dice Hobsbawn, el Manifiesto Comunista tiene una fuerza casi bíblica, un irresistible poder como literatura. Poco común en la literatura alemana decimonónica, está escrito en párrafos cortos, apodícticos. Sus frases lapidarias se transformaron casi naturalmente en aforismos memorables, que se conocen mucho más allá del mundo del debate político, desde el inicial un fantasma recorre Europa, hasta el final los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. El queda absorbido por su fuerza de convicción, su brevedad concentrada y su atracción intelectual y estilística. Pero sobre todo, el texto atrapa al lector porque entiende fácilmente que el capitalismo que Marx describía en 1848 en esos pasajes de sombría elocuencia, es el mundo en que vivimos 150 años después.
La primera edición del Manifiesto fue reimpresa tres veces en pocos meses, apareció seriada en el Deutsche Londoner Zeitung y corregida y aumentada a 30 páginas en abril o mayo de 1848. Pero desapareció tras la revolución de 1848. Nadie hubiera predicho ningún futuro extraordinario para el Manifiesto en el decenio de 1850 y a principios del de 1860. Un impresor alemán, emigrado a Londres, preparó una pequeña edición privada, probablemente en 1864, y la primera edición alemana, también pequeña, apareció en Berlín en 1866. No parece haber traducciones entre 1848 y 1868, salvo una sueca, de finales de 1848, aparentemente, y una inglesa de 1850. Ambas se esfumaron sin rastro.
La influencia de Marx en la I Internacional, el surgimiento de dos partidos de la clase trabajadora en Alemania, fundados ambos por antiguos miembros de la Liga Comunista, que tenían a Marx en alta estima, condujeron a que resurgiera el interés en el Manifiesto y en sus otros escritos. Por otra parte, en marzo de 1872 el juicio por traición contra los dirigentes de la socialdemocracia alemana Guillermo Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner, le dio al Manifiesto una publicidad inesperada. Entre 1871 y 1873, aparecieron por lo menos nueve ediciones del Manifiesto en seis idiomas y en los siguientes 40 años, ha escrito Eric Hobsbawn, conquistó el mundo, impulsado por el ascenso de los nuevos partidos socialistas, en los cuales la influencia marxista creció rápidamente a partir de 1880. Se convirtió en el documento político más importante de toda la historia. Se lanzaron 55 ediciones en alemán, 34 en inglés (22 traducciones a los idiomas del imperio Habsburgo) y 70 ediciones rusas antes de la revolución de 1917. Incluso antes de la revolución rusa el Manifiesto conoció varios cientos de ediciones en más o menos una treintena de idiomas.

Biografía de Marx (Parte 8)

Contra el socialismo utópico
Durante los diez días que Engels estuvo en París con Marx comenzó su colaboración con el plan de su obra común La Sagrada Familia o Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y Cía., que vio la luz en febrero de 1845. Este libro, enfilado contra los hermanos Bauer y otros jóvenes hegelianos, es una crítica demoledora de las posiciones de los neohegelianos. La mayor parte de La Sagrada Familia se debe a la pluma de Marx.

Al hacer la crítica de los conceptos idealistas y subjetivistas de los hermanos Bauer y sus correligionarios, que únicamente consideraban agentes de la historia a unos cuantos elegidos, Marx y Engels formularon una de las tesis principales del materialismo histórico: los auténticos artífices de la historia no son los héroes, sino las masas populares; eran ellas, cada vez más amplias a medida que corría la historia, quienes impulsaban conscientemente el desarrollo histórico de la sociedad.

En La Sagrada Familia se formula, ya casi ultimada, la concepción de Marx y Engels acerca de la misión histórica del proletariado. Contrariamente a los socialistas utópicos, que sólo veían en el proletariado una masa impotente y mártir, Marx y Engels consideraban que la clase obrera era una fuerza social capaz de llevar a cabo la transformación revolucionaria de la sociedad. La idea de la misión histórica del proletariado fue la piedra angular del armonioso edificio del comunismo científico. Lo fundamental en la doctrina de Marx -decía Lenin- es el esclarecimiento de la misión histórica del proletariado como creador de la sociedad socialista Gracias a este descubrimiento genial, el socialismo se convirtió de utopía en ciencia, adquiriendo por vez primera una base real y ligándose a los destinos de la clase revolucionaria en desarrollo. Con La Sagrada Familia se sentaron los cimientos de una nueva concepción revolucionaria y materialista de la ideología del proletariado.

No obstante, la propaganda de esta nueva concepción, que iba madurando en Marx y Engels, tropezaba con grandes dificultades. Después de la publicación del primer número doble, los Anales franco-alemanes dejaron de salir. Ello se debió, principalmente, a las profundas divergencias surgidas en el seno de la redacción entre Marx y el radical burgués Arnold Ruge. Las discrepancias en cuestión llevaron a la ruptura y a una polémica abierta entre ellos -en el periódico alemán ¡Adelante! (Vorwarts!), editado en París- en torno a la apreciación de la insurrección de los tejedores de Silesia (junio de 1844). Ruge decía que aquella insurrección había sido un motín ciego e insensato, mientras que Marx aplaudía con entusiasmo la primera acción del proletariado alemán, advirtiendo satisfecho manifestaciones de conciencia de clase en la actuación de los obreros insurrectos. Influido por Marx, el periódico empezó a adquirir una orientación comunista y una notoria tendencia antiprusiana.

Debido a la presión ejercida por el gobierno prusiano, Marx, lo mismo que algunos otros colaboradores del periódico, fue expulsado de Francia y se trasladó en febrero de 1845 a Bruselas. Al enterarse de que el gobierno prusiano hacía gestiones para que el gobierno belga lo entregase a las autoridades alemanas, Marx renunció en diciembre de 1845 a la ciudadanía prusiana, aunque nunca adoptó ninguna otra nacionalidad.

En la primavera de 1845 llegó a Bruselas Engels, que había concluido su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra. Al sintetizar en este libro la experiencia de lucha de los obreros ingleses, Engels fundamentó la idea de la misión histórica del proletariado. Posteriormente, refiriéndose a sus entrevistas con Marx en la capital belga, Engels escribió: Cuando volvimos a reunirnos en Bruselas, en la primavera de 1845, Marx […] había desarrollado ya, en líneas generales, su teoría materialista de la historia, y nos pusimos a elaborar en detalle y en las más diversas direcciones, la nueva concepción descubierta.

Para elaborar con detalle la ciencia sobre la sociedad, Marx y Engels empezaron a redactar una nueva obra común, La Ideología Alemana. En abril de 1846, la obra estaba casi acabada, pero nadie quiso editarla. No se publicó en su integridad hasta 1932 en la Unión Soviética en alemán.

En La Ideología Alemana aparecen formuladas, en sus rasgos más importantes, las principales tesis del materialismo histórico, gran descubrimiento de Marx, que constituye un cambio radical, una verdadera revolución en el modo de comprender la historia universal. Este descubrimiento transformó la historia en ciencia.

Después de demostrar la tesis del materialismo histórico acerca del papel determinante que tiene la producción de los bienes materiales en la vida de la sociedad, Marx y Engels esclarecieron la dialéctica del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Fueron los primeros en formular, en La Ideología Alemana, su tesis sobre las formaciones económico-sociales. Al poner de manifiesto la regularidad objetiva del proceso histórico, demostraban que, al igual que el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, éste sería sustituido por otro régimen social nuevo: por el socialismo.

En La Ideología Alemana se fundamenta la tesis de que, en las sociedades integradas por clases antagónicas, la lucha de clases es la fuerza motriz del desarrollo. Para el paso del capitalismo al socialismo, son condiciones indispensables la lucha de clase del proletariado y la revolución socialista. Para suprimir la sociedad capitalista, el proletariado, como cualquier clase que aspire al dominio, debe, ante todo, conquistar el poder político. Esta tesis de Marx y Engels encierra el germen de su doctrina sobre la dictadura del proletariado. En La Ideología Alemana se esbozan los contornos de la futura sociedad comunista.

El comunismo, que era para los socialistas utópicos el sueño quimérico en un espléndido futuro, es para Marx y Engels una finalidad condicionada objetiva e históricamente que se alcanza con medidas prácticas de carácter revolucionario. En el libro someten a una profunda crítica la filosofía idealista de Hegel y de los jóvenes hegelianos. Al mismo tiempo que reconocían los méritos de Feuerbach en la lucha contra el idealismo, Marx y Engels demostraron que el materialismo feuerbachiano era contemplativo y metafísico, haciendo hincapié en la ligazón indisoluble entre la teoría y la práctica revolucionarias, así como en el eficaz papel transformador de la teoría. Esta idea está expresada con la máxima concisión y claridad en las Tesis sobre Feuerbach, escrita por Marx en 1845: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

La Ideología Alemana también critica la teoría pequeño-burguesa, reaccionaria y utópica conocida bajo el nombre de socialismo auténtico. La obra constituye una importante etapa en la formación de los fundamentos filosóficos del comunismo científico, o sea, del materialismo dialéctico y del materialismo histórico. Este descubrimiento genial, la mayor conquista del pensamiento humano, hizo por vez primera de la filosofía una ciencia que reflejaba fielmente las leyes objetivas del desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano. La única filosofía auténticamente científica, la filosofía marxista, es un arma no sólo para conocer el mundo, sino también para transformarlo.


La nueva teoría revolucionaria no podía abrirse paso entre las masas obreras más que luchando con intransigencia contra la ideología burguesa imperante en la sociedad capitalista y contra las numerosas formas de comunismo pequeño burgués, entonces tan en boga, que desviaban a los obreros del camino de la lucha de clases y los llevaban al terreno de la utopía y de las quimeras. En las cartas y circulares del Comité de Bruselas, Marx y Engels sometieron a una crítica fulminante el llamado socialismo auténtico (Moses Hess, Carlos Grün, Hermann Kriege y otros), los cuales, con su prédica del amor y la fraternidad, pretendían reconciliar al proletariado con la burguesía. El más importante de los auténticos era Carlos Grün que había conocido a Proudhon en París en 1844. Su obra Die Soziale Bewegung in Frankereich und Belgien fue la primera que dio a conocer a Proudhon a los revolucionarios alemanes. Grün era un hombre de letras polifacético que, como Proudhon, ocupó durante un corto y decepcionante período un puesto de parlamentario en la Asamblea Nacional Prusiana, en 1849 y pasó gran parte de su vida en el exilio, hasta su muerte en Viena en 1887.

Hermann Kriege (1820-1850) era otro de aquellos que irónicamente Marx y Engels calificaban de auténticos. Estudiante y luego periodista, había sido presentado por Feuerbach a la Liga de los Justos para colaborar en el Comité bruselés de correspondencia. La Circular contra Kriege, escrita por Marx y Engels en mayo de 1846 fue un documento muy importante y da perfecta idea de su lucha contra el socialismo auténtico, que sustituyó la lucha de clases por una empalagosa saturación de amor, como escribió Engels muchos años después. En esencia, diría Marx en La ideología alemana que los alemanes habían importado la literatura socialista francesa a Alemania, pero no habían importado las condiciones materiales que habían dado lugar a esa literatura.

Kriege desapareció en Estados Unidos; tras la revolución de 1848 todo el movimiento desapareció, como dijo Mehring sin dejar huella.

Mucho más consistentes e influyentes eran las teorías de Guillermo Weitling (1808-1971). Sastre de profesión, Weitling era uno de los primeros artesanos revolucionarios alemanes, representante destacado del socialismo utópico de aquel tiempo. Como muchos artesanos de aquella época, iba de una ciudad a otra y, en 1835, ya había estado en París, donde en 1837 se instaló durante un largo tiempo. A finales de 1838, escribió, a petición de sus camaradas, el artículo La humanidad tal como es y tal como debe ser, en el cual defendía un tipo de socialismo vulgar e igualitarista. En 1842 publicó su principal obra, Las garantías de la armonía y de la libertad, en la cual exponía las opiniones adelantadas ya en 1838.

En París se afilió a la Liga de los Justos y estudió las teorías de Lamennais, representante del socialismo cristiano, de Saint-Simon y de Fourier. También mantuvo contacto con Blanqui y sus correligionarios. Luego tuvo que huir a Suiza, donde, después de una infructuosa tentativa para llevar la acción propagandística a la zona francesa y luego a la alemana, empezó a organizar con algunos camaradas círculos entre los obreros y emigrados alemanes.

En Suiza encontró a Bakunin, sobre quien ejerció una poderosa influencia. En la primavera de 1943 le detuvieron en Zurich, le abrieron un sumario con varios acusados, entre ellos Bakunin, que se encontró complicado en el asunto y tuvo que huir.

Tras cumplir su condena, Weitling fue enviado nuevamente a Alemania en mayo de 1844. Después de toda clase de vicisitudes, consiguió llegar a Londres, por Hamburgo, donde fue recibido con grandes honores. En su honor se organizó una gran asamblea a la cual asistieron, además de los socialistas y cartistas ingleses, los emigrados franceses y alemanes. Fue la primera gran asamblea internacional en Londres. Proporcionó a Schapper la ocasión para organizar, en octubre de 1844, una sociedad internacional denominada Sociedad de los Amigos democráticos de todos los pueblos. Se propuso como objetivo el acercar a todos los revolucionarios de cualquier nacionalidad, reforzar la fraternidad entre los distintos pueblos, y conquistar los derechos sociales y políticos. Estaba dirigida por Schapper y sus amigos.

Weitling permaneció en Londres casi un año y medio y, al principio, gozó de gran influencia entre la sociedad obrera londinense, en la cual tenían lugar apasionadas discusiones, especialmente sobre los temas ligados al momento actual. Pero pronto chocó con una fuerte oposición. Durante su separación, sus antiguos camaradas (Schapper, Bauer, Moll) ya se habían familiarizado con el movimiento obrero inglés y habiendo aprendido las doctrinas de Owen. Sin embargo, siempre preservó una gran influencia entre los obreros de toda Europa y seguía siendo uno de los hombres más populares y conocidos no sólo entre los obreros, sino también entre los intelectuales alemanes. El célebre poeta Heine nos dejó una descripción de su encuentro con Weitling:

Lo que más hería mi orgullo era la descortesía de este muchacho respecto a mi persona durante la conversación. No se había quitado el sombrero, y mientras yo permanecía de pie, él estaba sentado en un banco, con su rodilla derecha a la altura del mentón; con la mano libre no dejaba de frotarse la rodilla. Primeramente tomé esta postura irrespetuosa por una costumbre contraída durante el ejercicio de su oficio de sastre, pero pronto me desengañó. Cuando le pregunté por qué no dejaba de rascarse la rodilla, me respondió con todo indiferente, como si se tratara de la cosa más corriente, que, en las diferentes prisiones alemanas donde había estado, le tenían encadenado; pero como la anilla de hierro que le rodeaba la rodilla era a menudo demasiado estrecha, le había quedado una picazón que le hacía rascarse la rodilla… Confieso que retrocedí algunos pasos cuando este sastre, con su repugnante familiaridad, me narró estas historias sobre cadenas de prisiones… ¡Extrañas contradicciones en el corazón humano! Yo, que, un día, besé en Munster respetuosamente las reliquias del sastre Jean de Leyde, las cadenas que llevó, las tenazas con que le torturaron, yo que me entusiasmé por un sastre muerto, sentía una repulsión invencible hacia este sastre vivo, hacia este hombre que, sin embargo, era un apóstol y un mártir de la misma causa por la cual había sufrido el glorioso Jean de Leyde.


Aunque esta descripción no honra al poeta, muestra la profunda impresión que Weitling le produjo. Heine aparece como un gran señor del pensamiento y del arte que considera con curiosidad, no exenta de repugnancia, al tipo luchador que todavía le es extraño. Con esta curiosidad ociosa es como los poetas examinan a un revolucionario. Por el contrario, un intelectual como Marx se comportaba con Weitling de otro modo. Para él, Weitling era el portavoz inteligente de las aspiraciones de este mismo proletariado al cual acababa de formular su misión histórica. He aquí lo que escribía sobre Weitling antes de conocerle:

¿Qué obra sobre el tema de su emancipación política podría oponer la burguesía (alemana), comprendidos sus filósofos y sus publicistas, a la obra de Weitling:

 ¿Las garantías de la armonía y de la libertad? Que se compare la seca mediocridad y el abotargamiento de la literatura política alemana a este brillante comienzo de los obreros alemanes, que se comparen estas botas de siete leguas del proletariado naciente con los zapatos de la burguesía, y descubrirán en el doliente proletariado al futuro atleta de estatura gigantesca.


Marx y Engels consideraban muy importante ganarse a los círculos obreros que se encontraban bajo la influencia de Weitling. Tenían que intentar trabar conocimiento con él. En el verano de 1845, durante su corta estancia en Inglaterra, ambos conocieron a los cartistas ingleses y los emigrados alemanes pero no se sabe si se encontraron también con Weitling, que entonces vivía en Londres. No establecieron estrechas relaciones con él hasta comienzos de 1846, cuando Weitling fue a Bruselas, donde Marx se había establecido en 1845, cuando fue expulsado de Francia.

Marx y Engels realizaron numerosos esfuerzos para ponerse de acuerdo con él en una plataforma común. Hicieron todo lo posible para que renunciara a sus confusas ideas y llegase a comprender el comunismo científico.

Weitling no era un utopista al estilo de Fourier y los demás, sino que -influenciado en parte por Blanqui- no creía en la posibilidad de llegar al comunismo por medio de la persuasión sino únicamente por la violencia. No atribuía ninguna importancia a la acción propagandística. Cuanto más rápidamente se destruya la sociedad existente más rápida será la liberación del pueblo. El mejor medio para conseguirlo es provocar el desorden extremo, la anarquía social existente. Cuanto peor vayan las cosas, mejor. Para atraer a las masas juzgaba necesario explotar el sentimiento religioso. Escribió un Evangelio de los pobres pecadores para hacer de Cristo un precursor del comunismo, al que representaba como un cristianismo desprovisto de todos los ingredientes marginales que se la habían ido añadiendo a lo largo de los siglos.

Había elaborado con todo detalle el plan de una nueva sociedad bajo la forma de una sociedad comunista dirigida por un pequeño grupo de hombres buenos. Era un obrero muy inteligente que se había formado a sí mismo, que poseía un talento literario considerable, pero que tenía todos los defectos de los autodidactas. El autodidacta se dedica a sacar de su interior algo ultranuevo; inventa cualquier aparato extremadamente ingenioso, y, posteriormente, con la experiencia, constata que ha gastado su esfuerzo y un tiempo considerable en descubrir el Mediterráneo. Busca un perpetuum mobile cualquiera, inventa un modo de hacer feliz al hombre, o transformarlo en sabio en un abrir y cerrar de ojos. Weitling pertenecía a esta especie de autodidactas. Quería descubrir un medio que permitiera a los hombres el asimilar casi instantáneamente cualquier ciencia. Quería inventar un idioma universal. Hecho característico: otro autodidacta, un obrero, Proudhon, también había emprendido esta tarea. A veces es difícil discernir qué es lo que más deseaba Weitling, lo que prefería, si el comunismo o el idioma universal. Auténtico profeta, no soportaba ninguna crítica, y alimentaba una particular desconfianza hacia las personas cultas, a quienes sus manías no interesaban.

El elemento más seguro, el más revolucionario, capaz de destruir esta sociedad, era, según Weitling, el lumpenproletariado, los vagabundos e incluso los delincuentes. Para Weitling, el proletariado no era una clase particular con intereses particulares. Era solamente una parte de la población pobre, oprimida y, entre estos elementos pobres, el más revolucionario era el lumpenproletariado. Weitling sostenía que los ladrones representaban uno de los elementos más firmes en la lucha contra la sociedad existente.

Pero Weitling ya no era entonces un joven candoroso, como dijo Engels. Por todas partes veía trampas, rivales y envidiosos de su superioridad. Aunque Marx le acogió en su casa en Bruselas con una paciencia casi sobrehumana, no logró atraérselo a las filas revolucionarias. El crítico ruso Paul Annenkov, que pasó entonces por Bruselas camino de Francia, cuenta que durante una reunión tuvo lugar una violenta discusión entre Marx y Weitling. Dando un puñetazo sobre la mesa, Marx le gritó a Weitling: La ignorancia nunca ha ayudado a nadie y nunca ha tenido ninguna utilidad. Según una carta del propio Weitling, en aquella reunión Marx sostuvo que era necesario depurar las filas de los comunistas y criticar las ideologías inconsistentes; declaró que era necesario renunciar a todo socialismo que se apoyara únicamente en la buena voluntad; que la realización del comunismo debía estar precedida de una época en la cual la burguesía detentaría el poder. Como Bakunin, Weitling estaba en contra del trabajo preparatorio de tipo propagandístico, bajo el pretexto de que los pobres siempre estaban dispuestos para la revolución, y que, por consiguiente, esta última podía realizarse en cualquier momento mientras hubiera jefes resueltos. Por consiguiente, otra de las divergencias de Marx y Engels con Weitling podía resumirse en el principio de que sin teoría revolucionaria no puede haber ningún movimiento revolucionario.

En mayo de 1846 se consumó la ruptura. Weitling partió hacia Londres, de donde pasó a América, lugar en el que permaneció hasta la revolución de 1848. Tras su traslado definitivo a los Estados Unidos en 1849, Weitling renunció al comunismo y se vinculó aún más estrechamente al mutualismo proudhoniano.

La herencia de Carrillo

Juan, desde Puerto III. Puerto Santa María, a 12-2012


La herencia de Carrillo

Hace unos meses murió Santiago Carrillo, ex-Secretario General del PCE. Lo primero que hay que decir es que los elogios y homenajes que recibió de los políticos y próceres del arco constitucional español fueron muy merecidos, dados sus amplios servicios prestados para la institucionalización y legitimación del fascismo sin Franco. Recordemos algunos de estos méritos:

-Socialista de crianza y raigambre (su padre, Wenceslao, fue uno de los dirigentes del PSOE que traicionaron la República entregando Madrid a Franco), tras la formación de las Juventudes Socialistas Unificadas Carrillo pasó a endosarse el honroso título de “comunista”. Nunca llegó a serlo. Tras la guerra y en el exilio, se encaramó a la dirección del PCE y desde allí fue borrando sus señas de identidad comunista en cuanto a funcionamiento, línea política y espíritu combativo, sustituyéndolas por el compadreo, el ordeno y mando, la supeditación a la burguesía, el pacifismo, la reconciliación, etc.

-Liquidó de mala manera la guerrilla popular de posguerra, dejando tirados a no pocos guerrilleros sin la menor explicación política coherente y, sobre todo, sin ofrecerles una línea alternativa para poder proseguir la lucha y la resistencia contra un régimen de miseria, terror y opresión, más allá de la participación en las instituciones fascistas y la preparación de una difusa huelga general.

-Acabó físicamente con numerosos cuadros del PCE, desafectos con la deriva socialdemócrata que imprimía al Partido, por la vía de enviarlos al interior y denunciarlos a la policía y guardia civil.

-Carrillo fue, junto con falangistas notorios como Dionisio Ridruejo, un adelantado en predicar la “reconciliación nacional” con los verdugos y explotadores. Siguiendo esta línea “reconciliadora”, preconizó la alianza y supeditación de la clase obrera a sectores supuestamente “democráticos” del propio régimen fascista, así como con banqueros, empresarios, la iglesia, etc. Todo ello en aras de la “unidad nacional” frente al “franquismo” (a estas alturas, el PCE ya no hablaba de fascismo) y a una no menos falsa “revolución burguesa” pendiente en una España ya plenamente industrializada.

-Toda esta trayectoria de renuncia a la lucha revolucionaria cristalizó en su apoyo incondicional a la farsa de la “reforma” y a la monarquía durante la llamada “transición democrática”, en lo que constituye todo un ejemplo de posibilismo, entreguismo y oportunismo político. La República, la violencia popular frente al fascismo, la revolución socialista, el derecho de autodeterminación, la depuración de cuerpos represivos, la memoria histórica, etc. quedaron atrás, amortajados en la bandera rojigualda; se dio la circunstancia chusca de que el programa del PSOE en la famosa “Transición” llegó a ser más radical que el del propio PCE.

-La culminación de este proceso llegó en la bufonada de la detención pactada de Carrillo y su Comité Central y con la farsa de la legalización del PCE a punto para participar en las primeras elecciones del fascismo coronado. He ahí el premio a su entreguismo: un puesto en las nuevas instituciones supuestamente democráticas donde, a decir del ya degenerado PCE, se podrían resolver “pacíficamente” todos los graves problemas que padecían los trabajadores; unos trabajadores, por cierto, que protagonizaban en esos momentos una efervescencia de huelgas y movilizaciones desconocidas desde la II República y recibiendo, por ello, los tiros y palos de las F.O.P. y los paramilitares.

Seguro que me dejo más “méritos” de Carrillo en el tintero. Baste decir como conclusión que el PCE y el propio Carrillo recibieron una justa, aunque insuficiente, respuesta por parte de los obreros, los jóvenes y demás trabajadores: su “éxito” electoral apenas resistió una legislatura, iniciando un declive institucional que le condujo al cadáver político que es hoy día, diluido en I.U., convertida ésta, a su vez, en la izquierda del PSOE.

El propio Carrillo, al final de su vida, volvió al regazo del PSOE que le vio nacer… un camino, por cierto, similar al de la mayoría de los “polis-milis” en Euskal Herria… Políticas semejantes, destinos semejantes.

Diciembre 2012
Juan García Martín

Biografía de Marx (Parte 7)

Vivir trabajando o
morir combatiendo



Marx decide dejar Alemania, donde las perspectivas son cada
vez más precarias por el propio atraso social del país y por haber agotado los
recursos que intelectualmente el hegelianismo le podía proporcionar. En la
carta de septiembre a Ruge, Marx confiesa que le es cada vez más difícil
respirar en Alemania y piensa irse a Francia, el país de la revolución, en
donde el pensamiento socialista y comunista se desarrollaba profusamente en
todas direcciones.

Ruge estaba estrechamente asociado al proyecto francés que
Marx había perfilado. Cuando Marx se trasladó a París, Ruge le había expresado
su desánimo tras su experiencia con la censura prusiana y la falta de
perspectivas revolucionarias en Alemania. La penúltima carta de Marx a Ruge,
escrita en Colonia en mayo de 1843, está dedicada en parte a levantar el
abatido estado de ánimo de Ruge y da una idea del optimismo de Marx.

A finales de octubre de 1843, Marx se traslada a París,
entonces una ciudad que se debatía entre dos clases sociales, la burguesía y el
proletariado, y entre dos revoluciones, la de 1830 y la de 1848. Tras la
derrota de Napoleón en 1815 había regresado a Francia la reacción Borbónica.
Sólo duró 15 años, hasta que la revolución de julio cambió la dinastía de los
Borbones a los Orleans cuyo jefe, Luis Felipe, era un representante de la
burguesía: su preocupación por la economía era la admiración de los pequeños
comerciantes parisinos.

Mientras la monarquía constitucional enriqueció a la
burguesía, dirigió todas sus fuerzas contra la clase obrera, donde ya se
manifiesta, aunque insuficientemente, una tendencia a la organización
independiente. Después de la revolución fue la época de auge de las sociedades
secretas, compuestas principalmente de estudiantes e intelectuales; los obreros
son únicamente la excepción.

El movimiento más importante de aquella época fueron las dos
insurrecciones obreras que estallaron en Lyon en 1831 y 1834. Durante muchos
días los obreros tuvieron la ciudad en sus manos pero no plantearon ninguna
reivindicación política. Sobre su bandera inscriben su lema: Vivir
trabajando o morir combatiendo
. Se impuso la última opción: fueron vencidos
y sometidos a terribles represalias.

Las insurrecciones de Lyon tuvieron más alcance que la
revolución de 1830 que había actuado principalmente sobre los elementos
pequeño-burgueses democráticos. Pero la doble insurrección lionesa manifestó
por vez primera la importancia revolucionaria de la clase obrera.

De este modo, pues, en esta época, en Francia (también en
Inglaterra), entra en escena una nueva fuerza que comienza a organizarse. Pero
a diferencia de Inglaterra, en Francia los obreros y artesanos no se podían
asociar. Por eso en Francia, y especialmente en París, nacieron muchas
sociedades secretas en las que los obreros acordaban luchar unidos contra la
sociedad burguesa. El representante más genuino de este movimiento es Augusto
Blanqui, quien empieza a organizar comités revolucionarias entre los obreros de
París, en los que participan revolucionarios perseguidos de otros países,
especialmente alemanes.
 
En toda Europa la revolución de 1830 animó levantamientos,
el más importante de los cuales fue la insurrección polaca del año siguiente.
Cada intento revolucionario inundaba París de refugiados, que acudían allí como
otros a La Meca. Con todos ellos los blanquistas formaban grupos de
conspiradores clandestinos para apoderarse del poder mediante un golpe de mano
audaz. En mayo de 1839 desencadenaron en París un intento de insurrección que
fracasó. Entre los conspiradores está el alemán Carlos Schapper quien, junto
con otros, tiene que huir Francia a Londres, donde organiza una sociedad de
educación obrera.



Una de las más importantes y antiguas sociedades secretas
era la Liga de los Proscritos, compuesta por revolucionarios alemanes
refugiados. En parís tuvieron una escisión y una parte de sus miembros, dirigidos
por Schuster, fundó la Liga de los Justos, que subsistió durante tres años, y
cuyos miembros, entre ellos Schapper, participaron en la insurrección de
Blanqui y, al igual que los blanquistas, fueron detenidos y encarcelados. Tras
su liberación, Schapper y sus camaradas se dirigieron a Londres, donde crearon
una sociedad de educación obrera.

Marx seguía el rastro de Schapper desde Alemania. No le
conoció en París pero sí conoció a otros como él, revolucionarios ya curtidos
en numerosas luchas por toda Europa. Visitaba a menudo los suburbios donde
vivían los obreros y refugiados políticos cuyos elementos más avanzados se
reunían en las trastiendas de muchos pequeños cafés y tabernas de las torcidas
callejuelas de París para analizar las experiencias pasadas y extraer las
lecciones correspondientes. Todos estos contactos enriquecieron su experiencia
política. Luego esta sociedad pasó a llamarse Liga de los Justos y Marx entró
en contacto con sus dirigentes, así como con los dirigentes de la mayoría de las
sociedades obreras secretas de Francia. Sin embargo, no ingresó en ninguna de
ellas. También trabó conocimiento con los socialistas utópicos franceses Etiénne
Cabet, Pierre Leroux, Luis Blanc y Pedro José Proudhon. Además se hizo amigo
del poeta alemán Enrique Heine y se entrevistó con el ruso Miguel Bakunin,
iniciándose entre ambos una relación de amistad.

A finales de agosto de 1844 Marx y Engels estuvieron
juntos en París diez días, muy pocos pero los suficientes para apercibirse de
que habían llegado a las mismas conclusiones. Mientras estuvo en Inglaterra,
mantuvo con él correspondencia. Fue entonces cuando empezó su fecunda amistad y
colaboración, sin precedentes en la historia. Como escribió luego Lenin: Las
leyendas de la antigüedad nos muestran diversos ejemplos de emocionante
amistad. El proletariado europeo tiene derecho a decir que su ciencia fue
creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a las más
emocionantes leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres
. En la
lucha por la revolución proletaria, Marx encontró en Federico Engels un
fiel camarada. El artículo Apuntes acerca de la crítica de la Economía
política
, enviado por Engels y publicado en los Anales
franco-alemanes
, incrementó el interés de Marx por los problemas de la
economía política.

Marx tenía en proyecto redactar una gran obra dedicada a la
economía política y por eso analizaba con espíritu crítico obras de los
clásicos burgueses de aquella disciplina, especialmente Adam Smith y David
Ricardo. Los resultados más importantes del trabajo hecho por Marx en aquel
período los conocemos como los Manuscritos filosófico-económicos redactados
en el otoño de 1844, que no fueron publicados hasta 1932 en la Unión Soviética.
Muchos de los primeros escritos de Marx no fueron conocidos por los propios
marxistas, Lenin incluido, durante un largo periodo del movimiento
obrero y luego la burguesía ha pretendido tergiversarlos. Después de la II
Guerra Mundial, en plena guerra fría, toda una legión de estafadores
ideológicos de las más variadas y peregrinas corrientes filosóficas, bajo una
apariencia de progresismo, se dedicó a enfrentar a Marx consigo mismo, a buscar
contradicciones entre el joven y el viejo Marx, que era una forma de enfrentar
a Marx con Engels y, finalmente, a Marx con Lenin, que era el
objetivo final: la Revolución de Octubre no tenía relación con Marx y
el marxismo. En los Manuscritos socialdemócratas y
revisionistas creyeron haber encontrado un verdadero filón. Sólo había que
retorcer un poco el marxismo y, sobre todo, desconectarlo de otros escritos
suyos de la misma época, para acercarlo al reformismo y la charlatanería más
vulgar.

Una de esas burdas manipulaciones de los Manuscritos es
la introducción que redactó Rubio Llorente, en un tiempo presidente del
Tribunal Constitucional español, para presentar su traducción al castellano (1).
Como buen picapleitos mentiroso, Rubio Llorente asegura que los comunistas o
bien ignoramos, o bien atacamos los Manuscritos de Marx,
especialmente los bolcheviques soviéticos, que fueron quienes los sacaron del
olvido en que los habían mantenido -precisamente- la socialdemocracia. Como
escribió Rubinstein, al ser la única obra de Marx que trata de temas
sicológicos, los Manuscritos desde hace mucho tiempo fueron
estudiados a fondo en la Unión Soviética, destacando un artículo suyo de 1934,
dos años después de su publicación (2).

Se pueden poner más ejemplos: Lukács, en su estudio de 1938
sobre El Joven Hegel trató de establecer la continuidad entre
Hegel y Marx basándose precisamente en la lectura que llevó a cabo en Moscú de
los Manuscritos en 1930, dos años antes de que su publicaran.
Por tanto, el interés por aquella obra de Marx ni empieza ni es tampoco
exclusiva de los países occidentales.

En la obra, Marx critica a los economistas burgueses,
poniendo en claro toda una serie de rasgos peculiares de la explotación
capitalista. Fustiga el comunismo primitivo, burdamente igualitarista y examina
desde un punto de vista crítico la dialéctica de Hegel y la filosofía hegeliana
en general. Aún se advierte la influencia de Feuerbach, e incluso Marx utiliza
un lenguaje religioso. La resurrección del hombre, dice, es al mismo tiempo la
resurrección de la naturaleza; si el hombre se hace consciente de sí mismo a
través del proletariado, entonces la naturaleza se hace consciente de sí misma
a través del hombre. Esto es interesante ponerlo de manifiesto porque para
enfrentar a Marx con Engels, la burguesía (Schmidt, Colleti) ha tratado de
hacernos creer que la dialéctica de la naturaleza no existía en el pensamiento
de Marx, y mucho menos en su pensamiento juvenil. Pero no se trata sólo de que
Marx también tenga en cuenta a la naturaleza sino de que, a diferencia de la
burguesía (Kojève, Sartre) no la separa del espíritu. La aportación
de Marx y Engels versa sobre todo acerca de la historia y de la
sociedad, pero ni se puede reducir a un humanismo abstracto ni se puede olvidar
su conexión con la naturaleza.

Marx siguió en París el estudio de las obras de Carlos
Fourier, Henri Saint-Simon, Roberto Owen y otros destacados socialistas
utópicos que había iniciado ya en Alemania. Aunque los utopistas sometieron a
la sociedad capitalista a una dura crítica, no pudieron descubrir las leyes de
su desarrollo ni encontrar la fuerza social capaz de crear una nueva sociedad.
Marx también consagró mucho tiempo al estudio de la revolución burguesa que
tuvo lugar en Francia en las postrimerías del siglo XVIII y, particularmente,
al estudio de la historia de la Convención.

El contacto directo con la vida y la lucha de los obreros
franceses y el estudio crítico de la economía política burguesa y las obras de
los socialistas utópicos contribuyeron a que Marx pasase definitivamente del
idealismo al materialismo y de la democracia revolucionaria al comunismo.

Marx no marcha a París ni a improvisar ni a estudiar. Tiene
un proyecto político muy meditado y definido, publicar los Anales
franco-alemanes
, una revista cuyo título lo dice todo: fundir la dialéctica
hegeliana con el materialismo francés, la profundidad filosófica alemana con la
práctica política revolucionaria de los franceses. Así como la filosofía encuentra
en el proletariado las armas materiales, el proletariado encuentra en la
filosofía las armas intelectuales de su liberación. El proyecto de los Anales
franco-alemanes
, pues, no era continuar una revista que a causa de la
censura no se podía publicar en Prusia, sino algo bien diferente. Tampoco es un
proyecto intelectual, sino político: lograr la colaboración de los utopistas
franceses. Marx había puesto muchas esperanzas en este proyecto que debía
tender lazos estrechos entre los revolucionarios franceses y alemanes. Entre
agosto y setiembre de 1843 Marx redactó un breve proyecto de programa para
orientar de la publicación como expresión de una acción organizada. Por tanto,
la preocupación de Marx era militante. Esta dimensión de la obra juvenil de Marx
-el compromiso con una causa y la necesidad de construir una organización
revolucionaria- es uno de los aspectos más ignorados de Marx.

Los Anales franco-alemanes vieron la luz en
París en febrero de 1844 pero ningún colaborador francés respondió a los
llamamientos y todas las contribuciones vendrían de los alemanes. Al criticar
al hegeliano de izquierda Bruno Bauer por sus conceptos idealistas en la
cuestión nacional, Marx, en el artículo Sobre la cuestión judía, formuló por
vez primera, aunque todavía de una manera abstracta, su tesis sobre la
diferencia esencial entre la revolución burguesa y la revolución socialista.
Cuando en estos primeros escritos Marx habla de una nueva era, hay
que tener en cuenta que en Alemania y en una gran parte de Europa, eso
significaba derrumbe del feudalismo y victoria de la república democrática.
Pero, a diferencia de la burguesía liberal, Marx va más allá de la lucha por la
abolición de las trabas feudales y de las restricciones de los derechos civiles
de los judíos, cuya abolición consideraba un paso adelante, contrariamente a
Bruno Bauer. Marx muestra los límites inherentes a la propia noción de derechos
civiles que no significan otra cosa que los derechos del ciudadano atomizado en
una sociedad de individuos en competencia. Para Marx, la emancipación política
-en otras palabras la revolución burguesa que estaba todavía por realizarse en
una Alemania atrasada– no debía ser confundida con la emancipación social
auténtica que permitiría a la humanidad liberarse de la dominación de poderes
políticos ajenos así como de la tiranía del intercambio. Esto implicaba la
superación de la separación entre el individuo y la sociedad. Marx no se
refería sólo a una lucha puramente transitoria hacia una república burguesa,
sino a una lucha que debía proseguir hacia una sociedad liberada de la
explotación capitalista. El compromiso de Marx y Engels con el comunismo
implicaba, desde el principio, la tendencia a conjugar revolución burguesa y
revolución proletaria y pensaban que ésta vendría rápidamente tras aquélla.
Esto queda claro porque Marx ve al proletariado como el sujeto del cambio
revolucionario incluso en una Alemania atrasada y más claro todavía en el Manifiesto
Comunista
 y en su teoría de la revolución permanente elaborada en la
estela de los levantamientos de 1848. Él habría de reconocer más tarde que la
lucha inmediata por tal mundo no estaba aún a la orden del día de la historia,
que la humanidad debía aún pasar por el calvario del capitalismo para que las
bases materiales de la nueva sociedad quedaran establecidas, pero jamás se
desvió de su inspiración inicial. No utilizó el término comunismo, pero las
implicaciones de su punto de vista son evidentes.

Notas:

(1) Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, 5ª Edición, Madrid,
1974, pgs.7 a 42.
(2) El
desarrollo de la psicología. Principios y métodos
, Grijalbo, Buenos Aires,
1974, pg.267.

¿Qué es la conciencia de clase? (II) Crítica de las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario

En los inicios del capitalismo la burguesía impulsó una nueva corriente filosófica, el idealismo subjetivo, que empalma directamente con las concepciones religiosas tradicionales y, especialmente, con el protestantismo. La clase social entonces en ascenso, la burguesía, es individualista; se mira al ombligo y se redescubre a sí misma, su mundo interior. El cristianismo había reducido el sujeto a su conciencia y luego la burguesía redujo la conciencia a su sujeto. Así considerada, la conciencia es un monólogo interno e incomunicable con otros porque cada uno de nosotros somos seres individuales, singulares y diferentes unos de otros. En nuestro interior llevamos a nuestro más severo juez, el que nos dice lo que está bien o está mal. Nadie sabe mejor que uno mismo lo que debe hacer y lo que debe abstenerse de hacer. En fin, hacemos lo que nos dicta “nuestra” conciencia, porque se trata justamente de eso, de la “nuestra”. Ni siquiera sabemos que no es “nuestra” precisamente.

En los países anglosajones la burguesía concibe la conciencia como “mente” (“mind” en inglés), llevándola al terreno de la sicología y convirtiéndola en un ente que, además de espiritual, tiene vida propia. En inglés, la primera persona singular (“yo”) se escribe con mayúscula (I), como si fuera un nombre propio, distinto de cualquier otro. La conciencia también se personifica y se escribe con mayúsculas: es el Alma, el Espíritu, la Razón o cualquier otra abstracción parecida, naturalmente separada de lo material y lo concreto, de las necesidades y los intereses. La conciencia no tiene que ver con nada ajeno a ella misma; no es sólo subjetiva sino que es el sujeto por antonomasia.

Esta concepción idealista (religiosa y burguesa) es la que prevalece hoy como ideología dominante extendida entre amplios sectores de la sociedad. Algunos filósofos burgueses, como Sartre, la presentan incluso con la apariencia de una teoría revolucionaria. En 1960 Sartre publicó su “Crítica de la razón dialéctica” con la que pretendió adherirse a un marxismo aderezado de individualismo, existencialismo y voluntarismo. A partir de entonces la burguesía difunde la existencia de un supuesto “sujeto histórico” o “sujeto revolucionario” que está empeñada en poner de moda (1) para remarcar que aún tiene algo que decir, que aún no ha salido definitivamente de la historia. Otros utilizan esa terminología para referirse de manera inapropiada a clases, sectores o fuerzas sociales. Esa forma de hablar da un tono libresco a dichas corrientes, que se formulan en nombre de Marx y del marxismo.

No obstante, el concepto de “sujeto histórico” suele ir acompañado del adjetivo “nuevo” para mostrar de manera definitiva el enfrentamiento ideológico de la burguesía con el marxismo. A la manera religiosa, hablan de pobres y ricos, categorías que deducen de una pirámide cuantitativa salarial, lo que les conduce a sostener que las clases se han diversificado, convirtiendo su lucha en algo más complejo de lo previsto por Marx y Engels, cuyas concepciones se han quedado anticuadas. Según ellos, existen otro tipo de “agentes sociales” cuya condición es aún peor que la de la clase obrera, que no sólo no se ha empobrecido, como habían pronosticado erróneamente Marx y Engels, sino que se ha “aburguesado”, especialmente en los países capitalistas más fuertes gracias al expolio imperialista. Incluso afirman que los obreros se han convertido en cómplices de ese expolio. La revolución se debe llevar a cabo también contra esa clase obrera “aburguesada”.

A partir de entonces, el papel revolucionario de la clase obrera lo tienen que asumir los nuevos parias de la tierra, “la multitud”, según Toni Negri, que es otra de esas imprecisiones deliberadas a las que tienen que llenar de contenido seudorrevolucionario. ¿Quiénes son esos nuevos parias de la tierra? Con los fastos del 500 Aniversario de la colonización de América y la comedia zapatista en Chiapas dos años después, los indígenas se pusieron de moda (2). Luego, tras el levantamiento de los suburbios de París en 2005 algunos (3) pusieron al lumpen en primer plano. El teólogo brasileño Frei Betto se ha destacado por inculcar esa concepción, que con las modas bolivaristas y el “socialismo del siglo XXI” se han extendido entre la burguesía latinoamericana (4): los verdaderos revolucionarios no son los obreros sino los marginados sociales, homosexuales, prostituidos, delincuentes o toxicómanos. Incluso el Vicepresidente de Bolivia se permitió el lujo de exponerlo de una manera tautológica, dando muestra de la superficialidad de este tipo de concepciones: “El sujeto revolucionario es el que hace la revolución” (5).

El marxismo sostiene todo lo contrario: que el mundo entero se proletariza progresivamente. Cada día el capitalismo no sólo produce mercancías, levanta fábricas y crea nuevo valor, sino también obreros de manera masiva. En palabras de Marx y Engels, no solo produce las armas que deben darle muerte, sino a aquellos que van a empuñarlas: “La burguesía produce a sus propios sepultureros”, que no son otros que los obreros. El proletariado es el producto más peculiar del capitalismo; sólo él es una clase verdaderamente revolucionaria.

El transcurso del tiempo ha dejado sobradamente claro no sólo que en este punto nada ha cambiado desde hace 150 años, sino que las previsiones de Marx y Engels se han confirmado puntualmente (6). Los demás sectores sociales que se enfrentan a la burguesía pierden energía y finalmente desaparecen con el desarrollo de la gran industria. Como consecuencia de ello, la sociedad actual no es más compleja, como sostiene la burguesía, sino mucho más simple que sus predecesoras. Las contradicciones de clase se han simplificado: “Toda sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado” (7). Pero la actual crisis económica ha sido más implacable que cualquiera de las críticas que se han lanzado contra las teorías burguesas; el objeto ha demostrado que los sujetos no eran tales.

En Europa durante los años sesenta, como consecuencia del ascenso del revisionismo en el movimiento comunista internacional, las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario se propagaron, llegando a convertirse en el rasgo diferenciador de la denominada “nueva izquierda”. El individualismo característico de la pequeña burguesía dio nuevos vuelos al voluntarismo y el espontaneísmo, frente al cual el revisionismo desató una reacción de signo opuesto. Los estructuralistas, como Althusser, criticaron aquellas concepciones subjetivistas, como las de Sartre, a costa de incurrir en otras igualmente erróneas: las del “proceso sin sujeto y sin fines”. Como cualquier otra teoría fría de la conciencia, el estructuralismo reduce la conciencia a una “superestructura”, la ideología a los “aparatos ideológicos” que se presenta como “objetiva”, pasiva y neutral, es decir, cuya naturaleza de clase no aparece por ninguna parte (8).

En cualquiera de sus formas el pensamiento burgués separa lo “objetivo” de lo “subjetivo”, como si se tratara de mundos opuestos uno de otro, lo abstracto de lo concreto, lo inmaterial de lo material, lo interno de lo externo. El marxismo nace de la lucha contra este tipo de “disquisiciones”, porque son “abstracciones vacías” típicas del hegelismo en las que “tenemos juntas todas las ilusiones de la especulación”, un supuesto de pura “contemplación”, decía Marx (9).

El supuesto típico de pura especulación al que se refería Marx aparece cuando alguien afirma de manera retórica que “se dan las condiciones objetivas, pero no las subjetivas”. Si la conciencia refleja una realidad objetiva, para un materialista resulta extraño que ambos marchen por separado, es decir, que las condiciones subjetivas no reflejen las objetivas. Es un motivo de extrañeza por partida doble porque, en el sentido contrario, nadie dice: “se dan las condiciones subjetivas, pero no las objetivas”.

Aunque pueden aparecer con cierto retraso, tarde o temprano las circunstancias subjetivas reflejan siempre a las objetivas, e incluso se deben adelantar a ellas. Por eso a un partido comunista se le denomina vanguardia: porque va por delante. Un comunista jamás puede admitir que estén presentes las condiciones objetivas sin las subjetivas. Lenin habló incluso de una etapa inicial del movimiento revolucionario ruso en el que existía vanguardia pero no existía movimiento (10). ¿Cómo es eso posible? Si no hay movimiento, ¿cómo puede existir una vanguardia suya?

Porque el movimiento de masas es discontinuo, se mueve a saltos, mientras la vanguardia realiza tareas que son continuas. A las masas no se les puede pedir lo que los comunistas piden a una vanguardia, a saber, que esté preparada, porque su lucha es instintiva y se mueve a grandes impulsos. Pero además, hay algo aún más importante: una vanguardia no se prepara para las etapas anodinas del movimiento, sino todo lo contrario: para cuando el movimiento esté en su apogeo. Para esas situaciones la vanguardia asume un compromiso muy claro: “nosotros estamos preparados y en cuanto exista una situación propicia dirigiremos la revolución”. Quien tiene el deber de prepararse no son las masas sino la vanguardia. Cuando las masas trabajan a corto plazo, la vanguardia trabaja, además, a largo plazo; cuando las masas hacen un trabajo local, la vanguardia trabaja, además, a escala nacional e internacional; cuando las masas hacen trabajo sindical, la vanguardia trabaja, además, en el terreno político; cuando las masas hacen trabajo legal, la vanguardia trabaja, además, ilegalmente; cuando las masas trabajan pacíficamente, la vanguardia trabaja, además, militarmente; y así sucesivamente.

Lo contrario es propio del reformismo, que profundiza en el atraso (real o ficticio) de la clase obrera. Para que ellos se puedan presentar como “vanguardia” y justificar su claudicación política necesitan insistir en que la clase obrera está rezagada. Los reformistas no pueden reconocer su propio atraso. Raramente pronuncian frases como ésta: “si nosotros, la vanguardia, estuviéramos preparados podríamos encabezar una revolución porque la situación está madura”. Entonces echarían la responsabilidad sobre sus propios hombros, que es la manera de proceder de los partidos comunistas. Por ejemplo, hace más de un siglo Lenin en el “¿Qué hacer?” se autocriticó de esta forma: “Que ningún militante dedicado a la labor práctica se ofenda por este duro epíteto, pues en lo que concierne a la falta de preparación me lo aplico a mí mismo en primer término”. Como en tantos otros países, en Rusia el diagnóstico de Lenin era que la vanguardia no estaba a la altura de las masas. La “causa fundamental de la crisis de los marxistas rusos” era su atraso con respecto al movimiento espontáneo de las masas (11). En realidad, la vanguardia era una retaguardia.

Pero los reformistas jamás reconocerán que los rezagados son ellos, que no son tal vanguardia. Cuando se refieren al atraso de la clase obrera, de las condiciones subjetivas, se refieren a sí mismos en tercera persona. Pero el más somero análisis diagnosticaría que esas condiciones subjetivas no son ajenas: no son nada distinto de ellos mismos. Quieren decir que subjetivamente ellos no están a la altura de las circunstancias objetivas y entonces buscan justificaciones en la subjetividad de los demás, en el atraso o aburguesamiento de la clase obrera.

Por lo tanto, no se trata sólo de una separación entre las condiciones objetivas y las subjetivas, sino de algo peor: de considerar que el partido comunista no es una parte de la clase obrera sino algo distinto o separado de ella. Para ellos el partido comunista tampoco es una condición objetiva ni subjetiva; no parece tener relación con nada. Cuando los reformistas insisten en la “falta de conciencia de clase” ellos no se consideran como una parte de esa clase, ni tampoco como su conciencia. En palabras de Lenin, se trata de “blandengues” amarrados a la inercia del movimiento de masas (12). Están tan aferrados a la espontaneidad de las diversas luchas que son indistinguibles de ellas; han disuelto la vanguardia dentro del movimiento.

Los reformistas tampoco consideran que puedan hacer mucho por cambiar “la situación”, salvo una propaganda rutinaria, “propia de vendedores de enciclopedias”, como decía Gramsci. Para justificar su claudicación proponen esperar pacientemente a que “se den” las circunstancias adecuadas, a que algo o alguien se las sirva en bandeja, a una situación idílica y perfecta: una crisis revolucionaria. Esas circunstancias que los reformistas esperan jamás van a aparecer tal y como ellos esperan porque la historia no es una abstracción. No la hacen la cuota de ganancia, la crisis de sobreproducción o una conciencia (sea de clase o cualquier otra forma de conciencia) que cae llovida del cielo. Según Marx, el motor de la historia es la lucha de clases; los que la forjan son seres humanos de carne y hueso: “Los hombres hacen su propia historia” (13).

La vanguardia que ejerce como tal no se limita a contemplar las condiciones (objetivas o subjetivas) sino que se esfuerza por cambiarlas. La actitud contemplativa es la opuesta a la conciencia en el sentido marxista, que no se limita a reflejar pasivamente el mundo exterior sino que se adelanta a él. Las condiciones, tanto las objetivas como las subjetivas, también se alteran, e incluso se crean. La conciencia de clase no sólo reacciona a la realidad exterior después de que se produce, sino que se anticipa a ella, precisamente porque pretende modificarla. La burguesía intenta conservarla y el proletariado cambiarla. Según Marx, “las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias” (14). En otra obra repitió lo mismo:

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado […] La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria” (15).

Quienes opinan lo contrario no han entendido en qué consiste exactamente la tarea de dirección de la vanguardia, bien porque consideran que esa vanguardia no forma parte del proletariado, o bien, por lo contrario, porque la han confundido con el mismo proletariado.

Tampoco han entendido que “dirigir” no consiste en vender enciclopedias, ni en impartir órdenes que los demás deben cumplir, sino que es una “práctica revolucionaria”.

Notas:

(1) Por ejemplo: La aparición de un sujeto revolucionario es la verdadera y única ‘crisis mortal’ del capitalismo, https://mpr21.info/2012/05/13-derrumbe-del-capitalismo-o-sujeto.html
(2) Félix Pablo Friggeri, El movimiento indígena como núcleo del sujeto revolucionario popular en el proceso contrahegemónico de América Latina, http://seer.fclar.unesp.br/estudos/article/view/5429
(3) Marco Antonio Esteban: Los suburbios franceses y el sujeto revolucionario, Nou Treball, 7 de diciembre de 2005, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=23819
(4) Marcelo Colussi, https://mpr21.info/2010/10/proletariado-o-pobretariado-cual-es-el.html
(5) Álvaro García Linera, El sujeto revolucionario es el que hace la revolución, https://alainet.org/active/35302
(6) Cfr. Los cambios en la composición de la fuerza de trabajo, https://mpr21.info/2007/07/los-cambios-en-la-composicin-de-la.html
(7) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pgs.22, 28 y 34.
(8) Althusser, Lenin y la filosofía, México, 1970, pg.48; Escritos, Barcelona, 1974, pgs.105 y stes.
(9) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 1974, pgs.185, 197 y 204.
(10) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.261.
(11) ídem, tomo I, pgs.200 y 217.
(12) ídem, tomo I, pg. 217.
(13) Marx, 18 Brumario, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(14) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(15) Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo I, pg.427.

Biografía de Marx (Parte 6)



La crítica del idealismo histórico


Antes de salir de Alemania, Marx contrajo matrimonio con
Jenny von Westphalen, amiga suya desde la infancia, a la que se había prometido
siendo estudiante. Pasó el verano y el otoño de 1843 en Kreuznach, muy cerca de
Tréveris, donde inició la redacción de la Contribución a la crítica de
la filosofía del derecho de Hegel
 (2), publicada en los Anales
Franco-Alemanes
 (3) en 1844 y de la
que se conserva el manuscrito inconcluso.

Esta obra, así como la Cuestión judía, redactada
en la misma época y publicada por el mismo medio, más que una crítica son una
autocrítica que Marx y Engels utilizarán a menudo como manera de jalonar
su propio avance ideológico ajustando las cuentas con su pasado a través de
todos aquellos cuya influencia les había servido para superarse a sí mismos. El
primero tenía que ser Hegel. Ambas obras expresan, por tanto, la ruptura con
Hegel y la adopción de posiciones claramente materialistas. Al mismo tiempo,
son obras que están bajo la influencia de Feuerbach, si bien en ellas Marx va
más allá de lo que Feuerbach había alcanzado: si éste había llevado el
materialismo a la filosofía de la naturaleza, Marx se propuso hacer lo mismo
con la sociedad, siempre bajo la forma de una crítica a las tesis de Hegel al
respecto porque él seguía siendo la referencia.

Lo más destacable es que en ella no se critica la filosofía
hegeliana sino los aspectos históricos y sociales de su pensamiento,
especialmente la religión, el derecho y el Estado. Habitualmente, al traducirse
literalmente, el título en castellano no resume bien el contenido de la obra.
Se trata de una crítica a lo que hoy se conoce como Estado de Derecho en
la forma que Hegel lo expone. Es, por tanto, una obra política más que
filosófica. Marx se encaminaba directamente a sentar los fundamentos del
materialismo histórico porque quería presentar un programa de lucha y de acción
revolucionaria. En una carta a Ruge, en alusión a Feuerbach, le dice
Marx: Hace demasiado hincapié en la naturaleza, sin preocuparse en los
debidos términos de la política. Sin esta alianza, la filosofía actual no
llegará a ser nunca una verdad
. En consecuencia, bajo la expresión
tradicional de filosofía del derecho y otros se escondía la
política, los asuntos sociales.

Al comienzo del manuscrito, Marx introduce en la parte más
especulativa, la crítica de la religión, que va más allá de las críticas
racionalistas de la burguesía ilustrada y demuestra que el poder de la religión
proviene de la existencia de un orden social que niega las necesidades humanas.
Al señalar la benéfica influencia de la crítica de la religión llevada a cabo
en Alemania, Marx indica que la misión de la filosofía avanzada consiste en
convertir la lucha contra la religión en lucha contra las condiciones objetivas
que la engendran, en convertir la crítica del cielo en crítica
de la tierra, la crítica de la religión en crítica del derecho y la
crítica de la teología en crítica de la política. Marx subrayaba que dicha
crítica debía ser efectiva y revolucionaria: Las armas de la crítica -decía
Marx- no pueden, claro está, sustituir a la crítica con las armas; una
fuerza material debe ser derribada por otra fuerza material. Pero también la
teoría se convierte en una fuerza material tan pronto como prende en las masas
.

De las conclusiones a que llegó gracias a su crítica de la
filosofía del Derecho hegeliana, Marx dijo posteriormente, en el prefacio a su trabajo
Contribución a la crítica de la Economía Política
Mi investigación
desembocaba en el resultado de que, tanto las relaciones jurídicas como las
formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada
evolución general del espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en
las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el
precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de
‘sociedad civil’, y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la
Economía política
.

Marx no sólo comienza a interpretar con un criterio
materialista los fenómenos sociales, sino que desarrolla la concepción
materialista del mundo que, antes de él, era mecanicista y metafísica.
Basándose en el materialismo, Marx afirma que una teoría no puede prender en
las masas más que cuando refleja sus necesidades cotidianas y sus intereses vitales.

A diferencia de Feuerbach, que rechaza por entero la
dialéctica de Hegel, Marx procede a revisarla críticamente. El método
dialéctico de Hegel encerraba su médula racional: la idea de desarrollo. Hegel
consideraba los acontecimientos y los fenómenos en conexión e interdependencia,
sometidos a un ininterrumpido proceso de surgimiento, cambio y destrucción;
trataba de descubrir la base de ese desarrollo en la lucha de los contrarios.
El método dialéctico era un método progresista comparado con el método
metafísico, que consideraba el mundo como una aglomeración casual de objetos y
fenómenos sin ninguna relación recíproca, algo inmóvil e inmutable. Pero la
dialéctica de Hegel tenía un defecto: era idealista. Hegel estimaba que la base
del desarrollo de la naturaleza y la sociedad era el desarrollo del espíritu,
de la idea absoluta. Poniéndolo todo del revés, Hegel suplantaba el
desarrollo real por el autodesarrollo de la idea, y la dialéctica
de las cosas por la de las ideas.


En la Contribución a la crítica de la filosofía del
Derecho de Hegel
, Marx señaló por primera vez al proletariado como única
clase revolucionaria capaz de conseguir la emancipación social no sólo de sí
misma, sino de todas las clases de la sociedad. Además, por primera vez,
identifica al proletariado como el motor de la revolución y demuestra que es
una clase que, por su situación, puede y debe ser la portadora de la teoría
revolucionaria, de la filosofía avanzada: Del mismo modo que la
filosofía encuentra en el proletariado su arma material, así también el
proletariado encuentra en la filosofía su arma espiritual
. ¿Dónde reside la
posibilidad real de la emancipación humana universal?, se pregunta Marx, y
contesta: En la formación de una clase atada por cadenas radicales, de
una clase de la sociedad civil que no es ya una clase de ella; de una clase que
es ya la disolución de todas las clases; de una esfera de la sociedad a la que
sus sufrimientos universales imprimen carácter universal y que no reclama para
sí ningún derecho especial, porque no es víctima de ningún desafuero especial,
sino del desafuero puro y simple; que ya no puede apelar a un título histórico,
sino simplemente al título humano; que no se halla en ninguna suerte de
contraposición unilateral con las consecuencias, sino en contraposición
omnilateral con las premisas mismas; de una esfera, por último, que no puede
emanciparse a sí misma, sin emanciparse de todas las demás esferas de la
sociedad y, al mismo tiempo, emanciparlas a todas ellas; que representa, en una
palabra, la pérdida total del género humano, por lo cual, sólo puede ganarse a
sí misma mediante la recuperación total del género humano. Esta disolución
total de la sociedad cifrada en una clase especial, es el proletariado
.

La emancipación del proletariado es indisociable de la
emancipación de toda la humanidad: la clase obrera no se libera solamente de la
explotación; no se establece eternamente como clase dominante; actúa como
representante de todos los oprimidos. No se contenta con liberarse y liberar a
la humanidad del capitalismo, sino que debe permitir a la humanidad superar la
pesadilla que sobre ella hacen pesar todas las formas de explotación y de
opresión que han existido anteriormente. De ese modo formula Marx por primera
vez la idea de la misión histórica del proletariado. El pensamiento de servir a
la humanidad, expresado ya por él en la escuela, toma ahora un carácter
revolucionario más concreto y eficaz. Servir a la humanidad es servir al
proletariado, a la clase más avanzada, más consecuentemente revolucionaria. A
partir de entonces, Marx puso todas sus energías y toda la fuerza de su genio
al servicio del proletariado, cuya misión histórica es la de transformar el
mundo mediante la revolución.

Al plantearse la tarea de someter las instituciones sociales
y políticas existentes a una crítica implacable, Marx empezó por un problema
que se le había planteado ya cuando trabajaba en la Gaceta Renana:
el problema del Estado, de su relación e interdependencia con las condiciones
materiales de vida de la sociedad. Era imposible dar una respuesta a este
problema sin una previa revisión crítica de los conceptos idealistas de Hegel
sobre el Estado y el Derecho. Marx fue el primero en someter estos conceptos a
una crítica científica. El primer filósofo materialista que criticó a Hegel,
Ludwig Feuerbach, cuyos trabajos contra la filosofía idealista contribuyeron a
que Marx abrazase el materialismo, sólo era materialista en la interpretación
de los fenómenos de la naturaleza, pero seguía siendo idealista en la interpretación
de la historia, las relaciones sociales y la política. Aunque valoraba
altamente los méritos de Feuerbach, Marx señaló la limitación e inconsecuencia
de su materialismo. A diferencia de Feuerbach, Marx trataba de elaborar una
concepción materialista consecuente, que no sólo abarcara la naturaleza, sino
también la sociedad.

Con 25 años de edad, antes de conocer a los socialistas
utópicos franceses, Marx miraba mucho más allá del ideal de un régimen político
democrático. Las acusaciones de algunos historiadores acerca de una supuesta
veneración de Marx hacia el Estado, hacia toda clase de Estado, procedente del
hegelianismo, no tienen fundamento. Aunque defendía el sufragio universal y la
república democrática como importantes conquistas políticas, Marx consideraba
al Estado –incluso al Estado burgués con su parlamento- como una institución
transitoria que expresaba la alienación de la sociedad humana. Defendía que el
sufragio universal y la democracia anunciaban la superación del Estado e
incluso de la sociedad capitalista: En el Estado político abstracto, la
reforma del derecho de voto es una disolución del Estado, pero también la
disolución de la sociedad civil
. De forma embrionaria en 1843 perfilaba ya
el objetivo final que ha animado al movimiento comunista en toda su historia: la
desaparición del Estado.

Tanto este manuscrito como sus cartas de esta época muestran
de qué modo Marx se fue convirtiendo en el fundador del socialismo científico y
del materialismo moderno, más rico en contenido y más consecuente que todas las
formas anteriores del materialismo, relaborando la dialéctica hegeliana, con el
fin de unir el materialismo y la dialéctica en una concepción única, dinámica y
científica.

Entre los textos de aquella época destaca la carta a Arnold
Ruge, escrita en septiembre de 1843, en la que Marx reitera que no se trata
simplemente de luchar por una nueva sociedad que sustituya al capitalismo, ni
tampoco de la emancipación de la clase obrera. Marx insiste en que estamos en
los inicios de un despertar de la especie humana. Como dijo Engels más tarde,
para el conjunto de la especie humana se trata de pasar del reino de la
necesidad al reino de la libertad
, de liberar la totalidad de las
potencialidades que el hombre contiene en sí mismo y que se encuentran
amordazadas desde la prehistoria, debido, primero, al débil desarrollo de las
fuerzas productivas y de la civilización y, después, a la existencia de la
sociedad de clases.

Notas

(2) Traducida y
publicada en castellano con notas de Rodolfo Mondolfo por la Editorial Nueva,
Buenos Aires, 2ª Edición, 1968.
(3) Los Anales Franco-Alemanes fueron
publicados en 1970 en Barcelona por el editor Martínez Roca.

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