El hebreo moderno no es la continuación natural de una lengua hablada ininterrumpidamente durante milenios. Durante un periodo de entre 1.600 y 1.800 años, el hebreo careció de hablantes nativos en todo el mundo y, por lo tanto, se ajusta a la definición lingüística clásica de lengua muerta: una lengua utilizada en la liturgia, la literatura y la erudición, pero sin transmisión vernácula ni una comunidad de hablantes nativos.
El hebreo moderno —la lengua oficial del Estado de Israel— no es, por consiguiente, ni un resurgimiento espontáneo ni la evolución orgánica de una comunidad lingüística preexistente, sino una lengua deliberadamente planificada y artificialmente estandarizada, desarrollada a partir de la década de 1880 para servir al proyecto político sionista de colonizar Palestina. Los propios dirigentes sionistas han afirmado repetidamente que debe crearse un “nuevo pueblo” mediante una lengua nacional viva.
Esta lengua, tal como la conocemos hoy, comenzó a desarrollarse sistemáticamente hace poco más de un siglo, particularmente a partir de la década de 1880 con la llegada de los colonos europeos y, de forma más institucional, con la creación del Comité de la Lengua Hebrea (Vaad ha-Lashon, 1890) y posteriormente de la Academia de la Lengua Hebrea (1953), su sucesora directa. Su consolidación tuvo lugar en un territorio donde los judíos autóctonos, el Antiguo Yishuv, formaban una minoría arabizada, culturalmente integrada en el tejido palestino, mientras que el impulso del hebreo moderno procedía del exterior: de los emigrantes a quienes los palestinos llamaban “los europeos”.
El Antiguo Yishuv se refiere a los judíos autóctonos de Palestina antes del sionismo (siglos XVII-XIX y las primeras décadas del siglo XX). Se trataba de comunidades de habla árabe, culturalmente integradas en su entorno local y religiosamente diversas (sefardíes, mizrajíes, norteafricanas, kurdas, georgianas, yemeníes, etc.). Su lengua cotidiana era el árabe judeo-palestino; el hebreo se reservaba exclusivamente para la liturgia, como ocurría con la gran mayoría de los judíos en todo el mundo.
Aquellos judíos árabes fueron posteriormente desarabizados por los sionistas: se les prohibió hablar árabe en las escuelas sionistas, se les cambiaron los apellidos, fueron humillados por su acento y se les reclasificó como “comunidades orientales”, un término inventado para borrar su identidad árabe. A partir de la década de los cincuenta, estas prácticas se reforzaron con políticas públicas explícitas que fomentaban el abandono del árabe para consolidar una identidad judía exclusiva, distinta del contexto palestino.
Los judíos europeos hablaban yiddish, ruso, polaco, húngaro y alemán. Los judíos de Oriente Medio hablaban árabe, ladino, persa, kurdo y bereber. Durante más de dos milenios, el hebreo no fue la lengua materna de ninguna comunidad judía. Tras la destrucción del Segundo Templo (70 dne.) y la revuelta de Bar Kojba (132-135 dne.), el uso cotidiano del hebreo desapareció gradualmente, siendo reemplazado primero por el arameo y luego, en la diáspora, por las lenguas locales.
El sionismo y la creación de una nueva lengua
El sionismo, que surgió principalmente en Europa oriental a finales del siglo XIX, necesitaba una lengua propia para unir al “nuevo pueblo judío” y diferenciarlo tanto del mundo judío de la diáspora como del mundo árabe. El yiddish se percibía como la lengua del exilio y del gueto; el alemán, fuente de división, se asociaba con el judaísmo reformista; el ruso, por otro lado, era la lengua del opresor zarista.
Eliezer Ben-Yehuda y otros ideólogos trabajaron para transformar el hebreo litúrgico en una lengua vernácula moderna, a pesar de la ausencia de una comunidad de hablantes nativos, la falta de una gramática moderna funcional y la ausencia de vocabulario para la vida cotidiana, la administración o la tecnología. En 1881 Ben-Yehuda llegó a Palestina decidido a hablar solo hebreo; en 1885 nació su hijo Ben-Zion (quien más tarde se convertiría en Itamar Ben-Avi), criado exclusivamente en hebreo y considerado el primer hablante nativo moderno en casi dos milenios.
Si bien en los primeros años (1880-1895) el hebreo se presentó como una solución pragmática al caos multilingüe que reinaba entre los colonos europeos, esta justificación pronto quedó obsoleta. A partir de la Segunda Aliyá, de manera explícita, los dirigentes sionistas convirtieron la lengua en una herramienta deliberada para la separación cultural de la comunidad árabe palestina y para la creación de un “nuevo judío” europeo, ajeno a las realidades locales.
Incluso lingüistas israelíes como Ghilad Zuckermann afirman que el llamado “hebreo israelí” no es un resurgimiento del hebreo bíblico o mishnaico, sino una nueva lengua híbrida fuertemente influenciada por el yiddish y el ruso, y parcialmente relexificada sobre una base semítica.
El Comité de la Lengua Hebrea, fundado en 1890 en Jerusalén por colonos europeos, se propuso crear un vocabulario, estandarizar la pronunciación (adoptando la pronunciación sefardí), definir la sintaxis moderna e imponer los estándares educativos.
Ben-Yehuda publicó su monumental Diccionario Completo de Hebreo Antiguo y Moderno (17 volúmenes) entre 1908 y 1959 y fue encarcelado por los otomanos en 1893 por incitar a la difusión del hebreo. Esta obra no se originó en el Antiguo Yishuv ni entre judíos árabes, sino entre emigrantes europeos que importaron un proyecto lingüístico típico del siglo XIX.
Los batallones hebreos
Las oleadas migratorias conocidas como la Primera Aliyá, principalmente rusos y rumanos (1882-1903) y la Segunda Aliyá (rusos y polacos, 1904-1914) trajeron consigo judíos casi exclusivamente de Europa, ideólogos del nacionalismo lingüístico y sionistas que consideraban el lenguaje como una herramienta de control social.
Aquellos emigrantes no pertenecían al Antiguo Yishuv. Eran recién llegados con un proyecto nacional completamente ajeno a las comunidades judías autóctonas.
Durante el final del período otomano y hasta 1948, los judíos siguieron siendo una minoría en Palestina, incluso teniendo en cuenta a los nuevos emigrantes: 3,3 por cien en 1882, 8 por cien en 1914, 17 por cien en 1931 (censo británico) y 33 por cien en 1947 (estimación de la ONU, la gran mayoría de los cuales eran emigrantes recientes.
La población judía anterior a la expansión sionista, el Antiguo Yishuv, era pequeña y culturalmente árabe. Cualquier aumento en su número se debió exclusivamente a la migración europea organizada políticamente.
Cuando los colonos europeos comenzaron a establecer instituciones técnicas y científicas, surgió un debate sobre el idioma de instrucción. La mayoría de los maestros (y judíos nativos) preferían el alemán o el árabe. Los dirigentes sionistas impusieron el hebreo por la fuerza política, no por elección social. Los “batallones hebreos” patrullaban las calles y castigaban a quienes hablaban yiddish en público; en algunos kibutz, los infractores eran multados o expulsados.
Un idioma para separar a los judíos de los árabes
El papel del hebreo moderno en el proyecto sionista fue explícito: crear una identidad propia, romper la continuidad cultural con el mundo árabe, impedir la arabización de los colonos europeos y consolidar una comunidad separada para justificar la soberanía futura.
El hebreo moderno surgió como un instrumento para crear un “nuevo pueblo” de origen europeo en tierras árabes. Un caso parcialmente comparable —aunque con importantes diferencias— es el del afrikaans en Sudáfrica. Si bien el afrikaans evolucionó gradualmente a partir del neerlandés colonial, ambos idiomas fueron posteriormente institucionalizados por los estados coloniales europeos y utilizados para construir identidades distintas de las de la población originaria y legitimar la dominación.
Después de 1920 bajo el colonialismo británico, los sionistas lograron imponer el hebreo en escuelas, asentamientos agrícolas y la administración interna. También crearon miles de palabras nuevas y excluyeron al árabe como lengua común entre judíos y palestinos.
Para 1948, tras la limpieza étnica de Palestina (“Nakba”) y la creación de Israel, el hebreo ya funcionaba como lengua del nuevo orden político y continuó desarrollándose sistemáticamente por la Academia de la Lengua Hebrea (1953). En 1914 había unos 40.000 hablantes competentes; para 1948, la cifra superaba los 600.000.
El hebreo moderno no es una lengua antigua que resurgió espontáneamente, ni una lengua que se haya mantenido viva —es decir, con una comunidad de hablantes nativos más allá de la liturgia y la literatura especializada—, ni la lengua histórica de los judíos de Palestina. Es una lengua deliberadamente planificada, basada en el hebreo antiguo, pero resucitada artificialmente a partir de finales del siglo XIX por colonos europeos que la utilizaron como herramienta de manipulación social y consolidación territorial.
Incluso académicos israelíes reconocen que el hebreo moderno fue un proyecto lingüístico planificado, estrechamente vinculado al colonialismo. Desde una perspectiva estrictamente lingüística, se trata de un fenómeno sin precedentes: una lengua que había desaparecido durante casi dieciocho siglos se convirtió, en tan solo sesenta años, en la lengua materna de millones de personas y en la lengua oficial de un Estado moderno. Sin embargo, este éxito es inseparable de su contexto político: el hebreo moderno no fue simplemente un medio de comunicación, sino un arma del proyecto sionista.
Al erigirse como la única lengua legítima del “nuevo judío”, el hebreo suplantó no solo las lenguas judías de la diáspora, sino sobre todo el árabe palestino, la lengua hablada por la gran mayoría de los habitantes indígenas del país antes de 1948. La hegemonía del hebreo formaba parte de un esfuerzo más amplio por crear una mayoría demográfica y cultural judía en una tierra donde los judíos habían sido, hasta la década de los cuarenta, una minoría extranjera; una realidad que solo la limpieza étnica de Palestina logró revertir. El precio pagado para que el hebreo volviera a resonar en las calles de Palestina fue, en gran medida, el silenciamiento de la lengua y la desaparición de quienes habían habitado la tierra durante siglos.
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(*) El yiddish es una lengua germánica occidental hablada históricamente por los judíos asquenazíes. El idioma alemán se fusionó con elementos tomados del hebreo y, en cierta medida, del arameo. La mayoría de las variedades de yiddish incluyen elementos de lenguas eslavas, y su vocabulario contiene vestigios de lenguas romances.
(**) El ladino es el idioma castellano que desarrollaron los judíos sefardíes de la Península Ibérica (España y Portugal), sobre todo después de su expulsión en 1492. Estuvo influenciado por el portugués, el hebreo, el arameo y otros idiomas que se hablaban en la península.
(***) Los kibutz son las cooperativas agrarias con las que los sionistas impulsaron la colonización de los territorios palestinos.