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Rusia también ha ganado la guerra del gas

El 13 de julio Gazprom declaró que, tras una suspensión de diez días por trabajos de mantenimiento programados desde hace tiempo, el flujo de gas a través del Nord Stream podría no reanudarse. La decisión causó pánico entre los operadores, pero no fue una sorpresa. Es otro caso de profecía autocumplida en las relaciones ruso-europeas desde el inicio de la guerra en Ucrania.

La trama es siempre la misma: los Estados miembros de la Unión Europea se ponen duros con Rusia, la sancionan, entregan armas a Ucrania y pretenden golpear su economía. Sin embargo, a cada paso la cuestión del gas vuelve a salir a la palestra, ya que Europa se da cuenta de que es imposible sustituir por completo el gas de Moscú a corto plazo sin enfrentarse a un verdadero terremoto energético. Esto hace que las sanciones sean nulas y ofrece un arma de presión que Rusia puede utilizar sin coste alguno.

Los gestos simbólicos y demostrativos, las interrupciones o cortes de suministro y las declaraciones son calibrados cada vez por Moscú en un hábil juego de guerra psicológica contra Occidente. Sabiendo, como entiende Rusia, que los mercados, en los que se delega en gran medida la necesidad de fijar el precio de la energía en Europa, sufrirán tensiones e incertidumbres.

Los ganadores son los rusos. Europa trata de diversificar sus suministros con cautela, alejándose de la excesiva dependencia actual de Moscú. Pero no puede prescindir por el momento de algunas de las importaciones restantes del este. Gracias a la estrategia de presión de Moscú, los precios se disparan y Rusia puede armarse aumentando su caja energética incluso en un contexto de disminución de los suministros de Europa: al menos 530 millones de euros diarios han sido garantizados por la Unión Europea a Rusia para las compras de energía desde el 24 de febrero. En unos 140 días de guerra, eso supone 74.200 millones de euros.

Las importaciones europeas encabezan los ingresos rusos. Rusia obtuvo 93.000 millones de euros en ingresos por exportaciones de combustibles fósiles, incluido el carbón, en los primeros 100 días de la guerra (del 24 de febrero al 3 de junio). Estamos hablando de un superávit comercial sin precedentes. La Unión Europea importó el 61 por cien, por valor de unos 57.000 millones de euros.

La dependencia es declarada explícitamente por Europa, que no ha entendido la estrategia de guerra sicológica ensayada por Moscú desde el verano del año pasado. La crisis de precios del pasado invierno puso de manifiesto que Rusia suministraba al noroeste de Europa volúmenes de gas inferiores a los de los años anteriores a la pandemia. En concreto, entre septiembre y octubre del año pasado, cayeron alrededor de un 17 por cien. Mientras tanto, la curva de precios ha mostrado una impresionante subida. El 6 de octubre, las noticias sobre posibles problemas en la certificación del Nord Stream 2 hicieron subir los precios un 30 por cien en pocas horas, hasta los 116,83 euros por MWh.

El 21 de diciembre los envíos rusos a Alemania a través del oleoducto Yamal-Europa cayeron sin explicación alguna, provocando el pánico. El precio, que un mes antes era de 87 euros por MWh, se disparó a 179,18 euros. La guerra en Ucrania no hizo más que prolongar lo que ya estaba en marcha desde hace tiempo: en tiempos de tensión política, a Moscú le conviene tirar de la cuerda y desatar el caos.

El 3 de marzo Rusia cortó el suministro tras la decisión de Alemania de no certificar el Nord Stream 2, lo que hizo que el precio del gas europeo superara por primera vez los 200 euros. La misma dinámica se produjo el 26 de abril siguiente, cuando se cortó el suministro de gas a Polonia y Bulgaria: el precio subió más de un 25 por cien en cuestión de horas, después de haber bajado a los niveles anteriores a la guerra, lo que llevó a muchos países a hacer tratos con Rusia para pagar los contratos en rublos. Después de que en mayo se produjera un nuevo parón, bajando el gas a 80 euros por MWh tras las políticas iniciales de diversificación, a mediados de junio se produjo un nuevo repunte cuando, con motivo del viaje de Mario Draghi, Olaf Scholz y Emmanuel Macron a Kiev, Rusia cortó el suministro a Italia y Alemania.

Desde entonces, la victoria de Rusia ha sido definitiva, lo que ya se podía adivinar por las palabras sobre el “desempleo y la pobreza masivos” a los que se arriesgaba Alemania sin el gas ruso, según el ministro de Economía Robert Habeck, pronunciadas el 15 de marzo. ¿El resultado? Los precios subieron de 81 a 181 euros entre el 13 de junio y el 13 de julio.

Cada vez que el precio se estabiliza o baja, Rusia lanza tácticas de presión y una guerra económica híbrida a la que Europa reacciona desordenadamente, poniéndose entre la espada y la pared y haciendo explícita su dependencia de Rusia.

Con las sanciones, el arma energética se ha convertido en un instrumento legítimo (y previsible) de presión para Rusia, y Europa hará bien preparándose para evitar que Moscú lo explote cuando se acerque el invierno. Los países europeos han estado enviado arsenales de armas a Ucrania y no pueden esperar otra cosa que pasar frío, e incluso hambre.

Reticencias en Alemania a poner dinero a disposición de los países europeos del sur

Los países del sur de Europa están endeudados hasta las trancas y durantes décadas se han acostumbrado a que en Bruselas abran un fondo y luego otro para pagarlas con tipos de interés por debajo del mercado. Suponen que la crisis económica es tan grave que Europa no les va a dejar tirados a todos. En la periferia manejan el cálculo de que, aunque quisieran, no podrían.

Sin embargo, cada vez hay más reticencias a seguir poniendo dinero a disposición de los países europeos endeudados. El último manifiesto es el de Joachim Nagel, el presidente del Bundesbank, que se opone a reducir las primas de riesgo entre unos y otros países.

En su reunión del 21 de julio todos esperan que el Banco Central Europeo (BCE) suba los tipos de interés y elabore un nuevo programa de compra de deuda de los Estados periféricos para reducir las primas de riesgo.

Nagel dice que esa política sólo debe tener carácter excepcional, que debería aprobarse en unas condiciones y una duración definidas con precisión, para no dar la impresión de que siempre ofrecen condiciones de financiación favorables.

“Yo advertiría contra el uso de instrumentos de política monetaria para limitar las primas de riesgo, ya que es prácticamente imposible establecer con certeza si una ampliación de los diferenciales de rendimiento está fundamentalmente justificada o no”, ha dicho en un discurso.

Blanco y en botella: Alemania no quiere un fondo antifragmentación que no vaya acompañado de normas estrictas, sobre todo de reducción del déficit, es decir, de austeridad y recortes presupuestarios.

Quizá el dinero fácil y los fondos europeos no se acaben de la noche a la mañana, pero cada vez impondrán exigencias más duras para obtenerlos.

El euro y el BCE no están para luchar contra la fragmentación del mercado común europeo, sino contra la inflación, y en Alemania eso se ha convertido en una prioridad cada vez más acusada. A medida que la preocupación es la inflación, la fragamentación deja de serlo, y si eso acaba con el euro, no importa tanto.

El Banco Central Europeo coloca a España entre los países pobres y sometidos a rescate

Hace tiempo que el Banco Central Europeo habla de la “fragmentación” de lo que antes era un “mercado común europeo”, aunque nunca explicó suficientemente las medidas que pretendía implmentar para evitarlo. Ahora ha expuesto una de ellas, que ya sospechábamos: “El BCE canalizará la liquidez del norte al sur para evitar la fragmentación”.

Por lo tanto, los 19 países miembros de la Unión Europea se dividirán entre el norte (ricos) y el sur (pobres), por lo que también habrá una “clase media”, que no son ni de un tipo ni otro.

Como cualquier otro Estado cristiano que merezca tal nombre, el BCE quitará el dinero a los ricos para dárselo a los pobres, es decir, a los Estados que están en quiebra. Este mecanismo tan simple no es exactamente la “cuenta de la vieja”, ya que es pura economía financiera, y cuando se habla de dinero, en realidad son sólo préstamos, es decir, más deudas. Los países cristianos no regalan el dinero; lo prestan a cambio de más dinero.

“El Banco Central Europeo comprará bonos emitidos por Italia, España, Portugal y Grecia utilizando los ingresos de los vencimientos de la deuda alemana, francesa y holandesa que tiene en su cartera, para limitar la ampliación de los diferenciales de rendimiento entre los Estados”, han dicho esta mañana los que han participado en el foro anual del BCE celebrado en Sintra, Portugal.

El objetivo, como ya hemos expuesto, es reducir las primas de riesgo, aunque la jerga tecnocrática lo expresa de una manera mucho más sifisticada. Se trata de evitar la fragmentación financiera en la eurozona, mientras se prepara para subir los tipos de interés básicos.

El 21 de julio el BCE dará más detalles de un nuevo plan, aunque sabemos que las tres “clases sociales” se establecerán en función del tamaño de los Estados y la rapidez con la que han subido sus diferenciales.

“La composición de los tres grupos de países, que se revisará mensualmente, refleja la división entre países ‘centrales’ y ‘periféricos’ de la zona del euro que surgió a principios de la década de 2010 durante la crisis de la deuda de la zona del euro”, añade la agencia Reuters.

Los pobres son los países considerados por los especuladores privados como más arriesgados por el peso de su deuda pública o la debilidad de su economía, a saber, Italia, Grecia, España y Portugal. La lista era originalmente más larga pero fue acortada por el Consejo de Gobernadores.

El grupo de prestamistas incluye media docena de países del “núcleo duro” de la eurozona, entre ellos Alemania, Holanda y Francia, lo cual es un exceso de optimismo por parte del BCE porque Francia acabará entre los pobres sin pasar antes por la “clase media”.

Hasta hace bien poco a esto se le llamaba “rescate”, una palabra de la que ahora en Bruselas huyen como de la peste, lo mismo que en España. En 2012 el BCE acudió en socorro de España, que estaba en quiebra, pero el gobierno de Rajoy negó que hubiera un rescate y el actual sigue en la misma negativa.

Los socios europeos (los países ricos de Europa) no son solidarios. Además de dinero, ponen condiciones para conseguir la devolución de los préstamos. Entonces se dice que el país está intervenido, o sea, que ha dejado de ser soberano.

Las condiciones son siempre las mismas: recortes, es decir, medidas presupuestarias de reducción del gasto y de aumento de los impuestos (del IVA), acompañados de privatizaciones y venta del patrimonio público. A veces se llama también “ajuste”, o “austeridad”, o también “reformas estructurales”. Se supone que si el deudor gasta menos, tendrá más posibilidades de devolver el anticipo recibido.

Cuando nos referimos a privatizaciones (educación, sanidad) y ventas del patrimonio, no sólo hablamos de empresas sino de puertos, aeropuertos, islas, playas, hospitales, castillos, museos… Cuando Bruselas intervino a Grecia, la prensa económica dijo que “todo” estaba a la venta; absolutamente todo.

Por supuesto, el patrimonio público se dilapida a precios de saldo.

Las condiciones son más duras cuando el dinero procede de un organismo público, como el BCE, que compra deuda a precios por debajo del mercado. Entonces el BCE pasa a tener el control sobre las decisiones de política económica de los países pobres y deudores.

Cuando llegue la recesión (y cada vez está más cerca) la solidaridad de los socios europeos se romperá. Durante el rescate de Grecia, las negociaciones estuvieron a punto de acabar con la zona euro. En Italia, la Unión Europea llegó a imponer el cambio del Primer Ministro y el nombramiento de un “gobierno técnico” para ejecutar la política económica que Bruselas exigía.

La Unión Europea subirá aún más los precios de la energía por razones seudoecológicas

Las medidas seudocologistas de la Unión Europea levantan una oposición cada vez mayor, como ya hemos informado en otras entradas. En Holanda, esta misma semana, los campesinos y ganaderos llevan varios jornadas de movilizaciones, protestas y cortes de cerretera contra la prohibición de los fertilizantes nitrogenados.

En Luxemburgo, donde se reunían los ministros europeos de Medio Ambiente, flotó el fantasma de los chalecos amarillos, un movimiento nacido en 2018 de la subida de los precios de la gasolina a causa de un “impuesto verde”.

El temor a desencadenar una bomba de relojería social impregnó los debates durante muchas horas. Los ministros debían votar cinco objetivos clave de la Agenda 2030 para reducir un 55 por cien de emisiones de gases de efecto invernadero, incluida la ampliación de la tarificación del CO2 a los carburantes y la calefacción

Hasta que se llegó a un acuerdo de compromiso: van a crear un “fondo social del clima” (FSC), cuyo presupuesto podría alcanzar los 59.000 millones de euros entre 2027 y 2032 para recuperar parte de los ingresos del nuevo mercado del carbono (ETS2). Como la medida volverá a aumentar -aún nás- el precio de los combustibles, hay que apoyar a los más vulnerables para prevenir estallidos sociales como el de los chalecos amarillos.

No sólo habrá limosnas para los más pobres de forma temporal y limitada. Entre ellos hay que contar a los Estados miembros que no son capaces de financiar la renovación de edificios o la descarbonización de la calefacción y el transporte.

A pesar de las previsiones, los burócratas de Bruselas saben que una ola de movilizaciones sociales se extenderá por toda Europa y, en lugar de suprimir los combustibles fósiles, impulsarán su consumo aún más.

El tema divide a los Estados europeos y las posiciones parecen irreconciliables. Mientras Eslovaquia, Hungría, Polonia, Italia, los países bálticos y Grecia exigían un fondo ambicioso para compensar el choque que se avecinaba, negándose a sacrificar su cohesión social en el altar del clima, otros países, como Alemania, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Holanda, quieren acelerar la descarbonización sin financiar la transición de los primeros.

El canciller alemán Eric Scholz se niega a poner mucho dinero en el fondo común para ayudar a los países mendicantes. Incluso llegó a circular una propuesta de presupuesto de 18.000 millones de euros para el fondo, antes de que Berlín se pusiera firme y lo elevara a 48.000 millones de euros ante la oposición.

Pero esa cantidad seguía siendo insuficiente para la mayoría de los ministros, ya que con la ampliación del mercado de CO2, el aumento de los precios de los combustibles y la calefacción promete pesar mucho en los bolsillos, ya que el precio del carbono se ha disparado en los últimos meses, hasta superar los 80 euros por tonelada.

Son los países ricos del norte los que impulsan las medidas seudoecologicas. Quieren que se amplíe el mercado europeo del carbono, mientras que los países que lo van a sufrir lo que quieren es dinero porque no tienen ninguna capacidad para financiar la transición ecológica.

Los países del sur y el este de Europa no pueden pagar la luz y la gasolina a los precios actuales; mucho menos con unos precios inflados por razones seudoecologistas. Las cifras no pueden ser más obvias: el 30 por cien de la población búlgara estaba en situación de pobreza energética en 2019, frente a solo el 2 por cien en Luxemburgo, según las estadísticas de la Unión Europea sobre ingresos y condiciones de vida.

Finalmente la mayoría de los miembros tiró por la calle de enmedio: un fondo de 59.000 millones de euros. Pero el diablo está en los detalles. Mientras que la propuesta del Parlamento Europeo asignaba un presupuesto mínimo al fondo social del clima equivalente al 25 por cien de los ingresos totales generados por el ETS2, el Consejo mantuvo la cifra no fluctuante de 59.000 millones de euros como límite máximo, equivalente al 25 por cien de los ingresos suponiendo un precio de 48 euros por tonelada de CO2 durante el periodo 2027-2032.

Las previsiones no son realistas. La mayoría de ellas parten de un precio mucho más alto, en torno a los 170 ó 180 euros por tonelada porque el sector energético reacciona muy poco ante la subida de los precios. Cualquiera que sea el precio, hay que mantener la nevera encendida las 24 horas del día.

La fragmentación del ‘mercado común’ en Europa

La crisis económica está bloqueando los mercados mundiales, lo que supone una ruptura de la estructura diseñada en Bretton Woods tras el final la Segunda Guerra Mundial. El mercado mundial se fragmenta y el europeo también, lo que se expresa bajo la forma de distintas primas de riesgo.

Los países europeos pagan intereses diferentes por los préstamos que se ven obligados a contraer, por algo que está en la esencia misma del capitalismo: los tipos de interés son más elevados para quienes más necesitan de ellos.

El Banco Central Europeo (BCE) está dando indicaciones sobre el arsenal diseñado para impedir la fragmentación del mercado financiero en Europa. La presidenta del BCE, Christine Lagarde, lo ha anunciado en la inauguración del Foro de Banca Central en Sintra.

“Esencialmente, la nueva herramienta que se está desarrollando debería evitar un aumento excesivo de los diferenciales de los bonos de la eurozona, al tiempo que [Bruselas] mantiene la presión sobre los gobiernos para que eviten una excesiva desviación fiscal”, ha dicho.

“Evitar los diferenciales entre los tipos de interés de los préstamos soberanos es un requisito previo para la correcta transmisión de la política monetaria en los diecinueve países de la zona euro”, añadió Lagarde.

“Las presiones inflacionistas se están intensificando y generalizando en la economía”, reconoce Lagarde, mientras que el crecimiento se está desacelerando, y “los choques de oferta que afectan a la economía podrían durar más de lo previsto”.

La ruptura del mercado “contribuye a una transmisión desigual de la normalización de nuestra política en las distintas jurisdicciones” y las medidas previstas para “preservar la transmisión pueden utilizarse a cualquier nivel de tipos, siempre que estén diseñadas para no interferir con la política monetaria”, concluyó.

No hay muchas más explicaciones. Se trata de declaraciones políticas para mantener la cohesión interna entre los 27 miembros de la Unión Europea. Para reducir la prima de riesgo los países pedigüeños, que son los del sur de Europa, tendrán que reducir el déficit presupuestario o, en otras palabras, introducir recortes, reducir los gastos sociales, las pensiones, privatizar, etc.

Ahora se trata de apostar si no será pero el remedio que la enfermedad, y no sólo porque en los países mendicantes del sur pueden estallar levantamientos sociales al estilo de Ecuador. También habrá que comprobar si los países ricos del norte, y en especial Alemania, están dipuestos a seguir poniendo dinero encima de la mesa a tipo de interés por debajo del mercado. ¿Hasta cuándo?

La experiencia histórica demuestra que las superestructuras de estilo de la Unión Europea sólo funcionan en las etapas de auge económico. Durante las crisis, la unidad se demuestra ficticia. Por eso el BCE no sabe lo que tiene que hacer y si lo supiera, no podría hacer nada.

La crisis económica está fuera de su alcance y la unidad europea también. Ni los países ricos están dispuestos a poder dinero de manera indefinida, ni los pobres van a aceptar las políticas de austeridad, ni los recortes, ni las privatizaciones.

Ola de huelgas en Europa contra el aumento del coste de la vida

No sólo es en Ecuador. En casi toda Europa también ha comenzado una ola de huelgas. Los trabajadores exigen aumentos de los salarios frente a la inflación galopante y el aumento del coste de la vida.

La situación es especialmente espectacular en Reino Unido, que vive esta semana su mayor huelga ferroviaria en 30 años. Además, hay otras huelgas previstas o en discusión entre los trabajadores de los aeropuertos, los abogados, los profesores, los trabajadores de correos y los de la sanidad.

El gobierno quiere cambiar la ley para legalizar a los esquiroles: sustituir a los trabajadores que participen en las huelgas con otros temporales y reducir lo que considera como un impacto desproporcionado de las huelgas.

El transporte aéreo se ve especialmente afectado por las huelgas. En aerolíneas como Ryanair, Brussels Airlines o Easyjet, se han producido varias convocatorias de huelga a principios de verano en España, Italia y Portugal. El aeropuerto de Bruselas-Zavantem se vio obligado a cancelar todos sus vuelos a principios de semana tras una movilización nacional de los sindicatos belgas.

El jueves comenzó la primera jornada de huelga en el sector del metal en Bizkaia, con 52.000 trabajadores reclamando subidas salariales.

En Francia todos los sectores se ven afectados por huelgas, ya sea en la SNCF, el equivalente de Renfe, cuyos sindicatos preparan una huelga general el 6 de julio, o en la RATP (líneas de autobuses) o TotalEnergies el viernes. El aeropuerto de Roissy-Charles-de-Gaulle ya sufrió huelgas el 9 de junio, y las tiendas de Marionnaud el 24 de mayo.

La aceleración de la inflación, que debería alcanzar el 6,8 por cien en septiembre, se deja sentir en los bolsillos de los trabajadores, primero en los precios de la energía y ahora en los estantes de los supermercados. El aumento del coste de la vida empuja a los trabajadores a aumentar la presión sobre sus patronos. La falta de mano de obra en algunos sectores refuerza la fuerte posición de los trabajadores.

Europa marcha hacia el racionamiento del gas y los cortes de electricidad en pleno invierno

La Unión Europea tiene el mismo volumen de reservas de gas que el año pasado, pero tiene que reponerlas antes de que llegue el invierno, para evitar la escasez cuando se dispare la demanda. No obstante, en Bruselas tienen un problema importante: si comienzan ahora a comprar gas en los mercados mundiales pueden subir aún más el precio.

Como consecuencia de la trampa de las sanciones, Unión Europea se encuentra ahora en una carrera contrarreloj para diversificar sus suministros de gas para lograr pasar un invierno calentito porque las previsiones son esas exactamente: la guerra no se acabará entonces y, aunque se acabe, las sanciones seguirán.

Las reservas ajustan la oferta y la demanda. Son una red de seguridad estratégica supervisada por Bruselas, que ha ordenado que los depósitos se llenen al 90 por cien para noviembre. Antes de las sanciones el nivel era del 80 por cien. Se acumulan en verano, cuando la demanda es menor y los precios son más asequibles. Durante el invierno las reservas acumuladas cubren el 25 por cien de las necesidades.

En la actualidad, los niveles de almacenamiento se sitúan en torno al 54 por cien a nivel europeo. Esta cifra oculta, sin embargo, grandes disparidades, ya que en Portugal y Polonia, por ejemplo, es de casi el 98 por cien, frente al 23 por cien de Suecia.

En cualquier caso, los países europeos tienen que llenar los depósitos para el invierno y están comprando gas natural licuado a marchas forzadas. Estados Unidos ha puesto a disposición 15.000 millones de metros cúbicos, pero los problemas se acumulan. Es probable que las entregas procedentes de Estados Unidos se ralenticen tras una extraña explosión en la terminal estadounidense de Freeport LNG, una de las mayores del mundo, ya que se prevé que la planta permanezca cerrada durante tres semanas. La interrupción podría ser más larga, ya que el alcance de los daños aún está por determinar.

El gas licuado es caro y es muy probable que a los países europeos les sorprenda el invierno con las reservas bajo mínimos. Tendrán que seguir comprando gas a unos precios exorbitantes. Si las sanciones persisten, lo más probable es que Rusia no pueda suministrar gas en absoluto y no quedará más que imponer el racionamiento.

En Alemania el gobierno ya no oculta la necesidad de racionar el gas, incluso a las empresas. Hace unos días planteó medidas de ahorro si no lograban aumentar las reservas. Entonces el plan de emergencia entraría en una segunda fase, que permitiría a las empresas de servicios públicos repercutir los altos precios del gas a los clientes para reducir la demanda.

En tal caso, la inflación alcanzaría cotas insoportables, aunque no sería el mayor de los problemas porque hay muchos procesos industriales que no pueden funcionar sin gas. La maquinaria industrial dejaría de funcionar.

Los europeos deberían mirar hacia Pakistán, donde en algunas regiones los cortes de electricidad duran más de 12 horas. La mitad del día la población está a oscuras y las fábricas paradas.

El caso de Pakistán no tiene nada que ver con Rusia ni con la Guerra de Ucrania, sino con fenómenos de otro orden. Nos referimos al Golpe de Estado contra Imran Khan y a la especulación de las empresas comercializadoras. Desde octubre del año pasado hasta ahora Eni y Gunvor Group han roto los contratos que tenían firmados y han cancelado más de una docena de envíos de gas licuado a Pakistán.

El 1 de abril un buque cisterna fletado por BP que se dirigía a Asia desde Texas cambió de rumbo tras dos semanas en el mar. Pagó un millón de dólares por dar un repentino giro en medio del Océano Pacífico para vender el cargamento en Europa, donde los precios del gas licuado son mucho más elevados.

Es preferible llenar la atmósfera de CO2 que comprar gas a Rusia

Incluso para los verdes más recalcitrantes, es preferible llenar la atmósfera de CO2 que comprar gas a Rusia. Es el papel que le ha correspondido representar a Robert Habeck, ministro alemán de Economía, perteneciente a Los Verdes, que gobiernan en Berlín de la mano de la socialdemocracia.

Habeck ha anunciado que Alemania tendrá que volver a poner en marcha sus centrales de carbón para generar electricidad. En un comunicado de prensa publicado ayer el gobierno de Olaf Scholz confirmó que las centrales eléctricas de carbón tomarían el relevo.

El objetivo del gobierno alemán es reducir el consumo de gas del país reduciendo la cantidad de gas necesaria para producir electricidad. Para ello sustituirán el gas por el carbón, que emite muchos más gases de efecto invernadero que el gas.

Austria, Bulgaria, Alemania, Italia, Reino Unido, Holanda y Francia van a hacer lo mismo. La generación de energía a partir del carbón alcanzará su punto máximo este mismo año. La famosa Agenda 2030 se ha ido al garete y las política europeas de transición ecológica también. Las pusieron en marcha los seudoecologistas y ellos mismos las han acabado enterrando. Las sanciones económicas a Rusia han tenido ese “efecto boomerang”. Querían poner de rodillas al Kremlin y han acabado arrodillados por partida doble: ante Rusia y ante Estados Unidos.

Naturalmente, dicen en Berlín, se tata de una decisión temporal, a la espera de que luego todo vuelva a su cauce, como si alguna vez la historia diera marcha atrás. Alemania no es un caso aislado; todos los países de la Europea están atrapados por su mansedumbre ante Estados Unidos.

Francia ya no recibe gas de Moscú, excepto por barco. La situación en Italia es crítica. Todos andan recorriendo el mundo en busca de gas. Han estado en Argelia, en Qatar, en Israel y últimamente en Egipto. Han recibido promesas, e incluso han firmado contratos a la desesperada, al precio que fuera.

Algunos efectos de la crisis son, no obstante, paradójicos. La semana pasada Agnès Pannier-Runacher, la ministra francesa de Transición Energética confesó que el gobierno está estudiando la posibilidad de renacionalizar EDF, uno de los grandes monopolios franceses del sector, además de construir más reactores nucleares.

Los farsantes de los medios de comunicación despotrican contra Rusia, a quien culpan de la penosa situación económica en la Unión Europea. Es completamente falso. Bruselas ya tenía proyectos para adelantar la puesta en marcha de la Agenda 2030 e independizarse del gas ruso.

Los funcionarios de la Comisión Europeo pasan la jornada de trabajo haciendo planes para todo. Por la mañana hablan de “cero emisiones” y por la tarde reabren las centrales de carbón.

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