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Fundamentalismo y pragmatismo. La cuestión ideológica

 Juan Manuel Olarieta
Área Crítica, núm.43, mayo-junio de 1992

«Indudablemente, los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo, intentan repetir el milagro» (Carlos Marx)

En la reciente [1990] reunión del Comité Central del PCUS, Gorbachov calificaba de «fundamentalistas» a los que pretendían perseverar en lo que él llamó «viejos errores», a los que se atrincheraban en las ideas de siempre, que él supone ya gastadas, plagadas de fracasos y reñidas con la realidad, o quizá mejor, con el «realismo».

Por su parte, Anguita sostenía lo mismo con otras palabras, también en la última reunión del Comité Central del PCE. Venía a decir que sólo existe aquello que es racional: más o menos aquella frase que se atribuye a Hegel en defensa del absolutismo prusiano: «Todo lo real es racional y todo lo racional es real». En términos castizos: «No hay más cera que la que arde». Hay que dejarse de sueños e ilusiones y atenerse a lo que hay, a lo que verdaderamente existe.

Hace años se decía que todo aquello que desborda la realidad era utopía: no existía y -lo que es peor- nunca existiría. El socialismo utópico estaba desacreditado, pero en beneficio de una forma de socialismo calificado -ni más ni menos- que de científico. Hoy nadie es utópico y al científico se le tacha de fundamentalista, porque verdadera ciencia -dicen- no hay más que a la hora de estudiar la naturaleza. En cuestiones sociales y políticas hay que ser práctico, tecnócrata, moverse por cálculos utilitarios y no por principios o máximas, que solo existen en la religión, en el dogma.

Vamos a tratar de ver cómo, en realidad, lo que constittuye religión pura y simple es este nuevo pragmatismo, tan en boga en todos los ámbitos políticos, ya que si bien antes se reducía a una forma de pensamiento político propio y característico de la derecha, hoy ha contagiado a la izquierda, incluso a los más fervientes y viejos revisionistas. Y vamos a ver también cómo ese pragmatismo es, además, pese a todo su prurito laico, una de las peores y más burdas formas de religión.

La ‘paz’ de Westfalia


En 1648 la «paz» de Westfalia puso fin en Europa a treinta años de guerras religiosas con las que se trató de frenar el avance del protestantismo, o quizá mejor habría que decir, del capitalismo. El tratado coincidió temporalmente con la revolución inglesa, impulsada precisamente por los puritanos, una variante del protestantismo inglés. En Westfalia se establecieron dos principios básicos en materia religiosa: que los reyes tenían competencia para establecer la religión de sus paises respectivos, y que solo serían reconocidas tres religiones: la luterana, la calvinista y la católica.

En realidad las cosas fueron bastante más lejos, porque el protestantismo significó el declive de la religión (de todas las religiones) en Europa, por varias razones. Entre otras, su idea de «sacerdocio universal» hacía de cada creyente un intérprete del dogma y, en consecuencia, inició una diáspora de corrientes, tendencias y movimientos, dogmáticos cada uno de ellos pero anti-dogmáticos en su conjunto. Inició la separación entre la Iglesia -reformada- y el Estado -burgués- lo que constituía un suicidio, porque ninguna teología podía sobrevivir separada -y por tanto no apoyada- políticamente.

La Iglesia no había sido más que una especie de Estado cuando el Estado no existía como tal, tras la caída del Imperio Romano, y la teología, un sucedáneo de las ideologías políticas: dogma cuando provenía de la clase dominante y herejía cuando se trataba de la clase dominada. En cada lucha contra la herejía no había -generalmente- más que represión de un movimiento popular. Así ha venido sucediendo hasta que la filosofía y la política adquirieron su mayoría de edad y se independizaron de todo ropaje bíblico, lo que históricamente coincide con el avance del protestantismo, que no fue más que un repliegue de la religión hacia el mundo privado, de la conciencia, dejando a las ideologías políticas su propio terreno. Pero lo dejaron abonado de escepticismo, de agnosticismo: tanto en teología como en ideología, los protestantes introdujeron la duda, el anti-dogmatismo, la incertidumbre permanente. Al final, la teoría cede en beneficio de la práctica, la teología en beneficio de la ingeniería y el escolasticismo en beneficio del empirismo. El mundo pasa a dividirse en dos campos: los dogmáticos y los escépticos, los fundamentalistas y los relativistas, los fanáticos y los tolerantes. Por supuesto, «nosotros» lo europeos, los «occidentales» somos los de «mente abierta»; lo de los demás es eso: fundamentalismo, un calificativo con pretensiones despectivas al que se trata de asociar lo peor de la intolerancia religiosa (fanatismo, oscurantismo, barbarie, violencia, etc.).

Ortodoxia


El término «fundamentalista» viene a suceder a aquel otro también denostado de «ortodoxo» y al más viejo aún de «sectario». Hasta hace bien poco se podía ser, en efecto, heterodoxo; es decir, se podían profesar determinadas opiniones y creencias siempre que no coincidieran exactamente con las de otro, sobre todo si ese otro había muerto hace años, porque entonces se caía en el pecado de «ortodoxia». Había que seguir pero discrepar; coger algo y criticar otro poco; tomar de aquí y de allí; cristianos por el socialismo; un poco de Marx, otro poco de Freud; una pizca de Keynes y otra de Marshall; media de anarquismo y otra media de ecologismo.

Se trataba del imperio del sincretismo, de la mezcla, del baile eterno de distintas ideologías que nunca llegan a acostarse juntas. Pero había algo: incoherentes, contradictorias y confusas, esas corrientes ofrecían proposiciones positivas. Ahora ya -casi- nadie se atreve a proponer nada por estos lares, ni bueno ni malo ni regular; todos están a la defensiva, a criticar lo que los «ortodoxos» y «fundamentalistas» proponen, para luego llamarles eso precisamente: ortodoxos y fundamentalistas. Pero eso ya lo saben los propios fundamentalistas.

Hoy predomina el vacío ideológico más espantoso; nadie se atreve ya a dar alternativas, a proponer programas, a convocar a nada; todo suena utópico e inútil. Pretenden que no seamos protagonistas sino espectadores, que observemos los sucesos con frialdad, desde la lejanía. Se puede opinar, comentar y hasta criticar, pero siempre que se trate de lo ajeno, de aquello en lo que no se interviene ni participa. Y los acontecimientos se deben analizar tal y como el periodista o el fotógrafo nos presentan la realidad: en la distancia, como árbitros imparciales.

Tal actitud deriva, como decía Lenin, de la posición clasista de los intelectuales en el capitalismo los cuales «ocupan una posición peculiar entre las otras clases, perteneciendo en parte a la burguesía por sus relaciones, por sus concepciones, etc., y en parte a los obreros asalariados, ya que el capitalismo, a medida que va privando a los intelectuales de su posición independiente, los transforma en asalariados dependientes y amenaza con rebajar su nivel de vida. Esta situación de transición, inestable, contradictoria de la capa social que examinamos, se refleja en el hecho de que en su seno se propagan más ampliamente esas concepciones indecisas, eclécticas, esa mescolanza de principios y criterios contradictorios; esa aspiración a elevarse a los dominios de la retórica y a esfumar con bellas frases los conflictos que enfrentran a los grupos históricos de la población» (Obras Completas, tomo IV, pg.205).

Hoy quedas desacreditado como juez si te conviertes en parte, o sea, si participas. Así que debes renunciar a intervenir para poder opinar. Especialmente si lo que propones se sale de los cánones de lo establecido, o no concuerda con el modo de operar unitario.

Todo esto agravado, además, por el hecho de que «hay que ser» demócrata, aceptar, admitir y no salirse de las pautas de la «mayoría». No importa lo que esa «mayoría» proponga, exija o decida: independientemente de ello, hay que hacer lo que esa «mayoría» resuelva. Tampoco importa cómo se forme esa «mayoría»; se supone que todo funciona automáticamente, que la opinión «mayoritaria» se reúne y se forma espontáneamente, que nadie es capaz de influirla, condicionarla o manipularla en su propio interés. Esa «mayoría» no es más que el mercado (o mejor, el supermercado) de las opiniones, creencias e ideologías en su libre y espontáneo desenvolvimiento. En lo político no hay monopolios: cada hombre tiene un voto. Nadie está en posesión de la verdad absoluta -dicen- por lo que hay que sumar las «medias verdades» de cada uno para poder decidir.

Pragmatismo


El «cretinismo parlamentario» que de tales ideas deriva es una pelicular enfermedad cuyos estragos no datan de ahora, sino que se remontan a 1848; Marx en su «18 de Brumario» lo definió como «una enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda compresión del rudo mundo exterior».

A los posesos de dicha enfermedad todo les parece neutro, aséptico y funcional. El pragmatismo se convierte en la filosofía de esa «mayoría». Pero el pragmatismo es la filosofía más estúpida que se ha inventado; es la única que ha tenido su origen en los Estados Unidos y fue elaborada por piadosos protestantes. Es la «filosofía de la praxis» pero sin filosofía. No aporta ninguna solución positiva a nada, carece de soluciones o iniciativas novedosas: trata simplemente de convencernos de que la «democracia» y la «mayoría» son como una botella vacía que se puede llenar con cualquier líquido. No hay democracia burguesa, ni democracia popular, ni democracia parlamentaria, ni democracia cristiana. La democracia -según ellos- carece de adjetivos.

Ese mismo relativismo es el que trata de imponer la burguesía hoy por todas partes. No se puede ser creyente ni ateo; hay que se agnóstico porque de lo contrario te tachan de fundamentalista, de teólogo, cuando son quienes así piensan los que no son capaces de salir de la teología, o mejor quizá, de una determinada forma de teología, aquella que impuso la burguesía hace cuatrocientos años, la de la reforma protestante. Fue el calvinismo quien rompió la teocracia medieval, separó la Iglesia -presbiteriana- del Estado -burgués- sobre la base de dos claves: la Iglesia -protestante- carece de organización y jerarquía; es sólo doctrina y dogma; el Estado -capitalista- es sólo organización y jerarquía: carece de doctrina y dogma.

Este Estado burgués calvinista no sólo admite todas las creencias, opiniones e ideologías, sino que, además, es «neutral» ante ellas, tolerante, abierto y no intervencionista: aconfesal en lo religioso, neutral en lo ideológico y abstencionista en lo económico. Tan aséptico como la máquina de vapor de Watt.

Quisiera, no obstante, hacer una salvedad que juzgo intersante. Me referiré a un piadoso calvinista inglés, padre y teórico del moderno Estado burgués, John Locke, quien en su «Carta sobre la tolerancia» dejó escritos cuáles eran los límites de esa tolerancia burguesa: «No deben ser de ninguna forma tolerados -y cito literalmente- quienes niegan la existencia de Dios. Las promesas, convenios y juramentos, que son los lazos de la sociedad humana, no pueden tener poder sobre un ateo. Prescinir de Dios, aunque sólo sea de pensamiento, disuelve todo».

Los modernos intelectuales agnósticos, objetivos, escépticos y fríos no son más que la correa de transmisión, los portavoces de la ideología oficial del Estado burgués: calvinistas empedernidos, vamos. Naturales como el Estado; pragmáticos como el gobierno; asépticos como el comentarista de un partido de «cricket»; vacíos como una botella de «whisky» escocés presbiteriano; cínicos, en fin, como el luterano que piensa que se salvará no por sus obras, sino por su sola fe. La teología protestante, como la de nuestros intelectuales, se singulariza por la predestinación ¿para que tratar de cambiar el mundo que está «condenado» a ser como es, o sea, capitalista? Así convierten la cultura en el nuevo «opio del pueblo».

Esos intelectuales son, igual que el Estado burgués, indiscutiblemente demócratas, partidarios de «lo que diga la mayoría», encadenados siempre a su palabra favorita: «depende». El invento de la democracia -palabra aborrecida hasta entonces- fue obra de otro ginebrino, Rousseau, seguramente vecino de Calvino y tan neutral como él, como la mismísima Suiza, su Cruz Roja y sus cuentas bancarias numeradas; tan mecánicos y objetivo como sus relojes de precisión.

Rousseau, sin embargo, sólo parcialmente redujo los problemas y discusiones políticas a términos cuantitativos y homogeneos: «cada hombre un voto y a sumar» es algo que sólo después han tratado de imponer. Pero incluso algo tan sencillo como eso envuelve una contradicción insoluble: sólo se pueden sumar cantidades homogéneas; la democracia y las «mayorías» no se basan en la pluralidad, en la diversidad, en la heterogeneidad, sino en todo lo contrario.

La construcción del Estado burgués se lleva a cabo sobre la base de la uniformidad a la que se denomina nación que no es más que la burguesía como clase y de la que se excluyen a todos los demás grupos sociales, incluso mediante el exterminio. Burke (irlandés, de padre protestante y madre católica) la definía como una unidad orgánica de rangos ordenados. La concepción burguesa de la nación como unidad, uniformidad y homogeneidad no sólo excluye, por supuesto, al proletariado, sino que además es lo que da lugar precisamente a las diversas, «cuestiones nacionales», a la opresión de las naciones minorizadas que comienza a producirse ya en los mismos orígenes del capitalismo. Así sucedió en Estados Unidos con los indios, en Alemania con los judíos o en España con los moriscos. Se perseguía una homologación cultural, religiosa, social y nacional. El «Estado representativo» de la burguesía no representa a todos, ni mucho menos, sino solo a unos pocos. Un filósofo tan querido por la burguesía como Kant decía que los trabajadores, por ejemplo, no eran personas, sino sólo peones de la sociedad que, por ello mismo, no podían votar en las elecciones. Nos han repetido hasta la saciedad aquello de que «todos navegamos en el mismo barco» cuando, en realidad, unos viajaban en primera, otros fregaban la cubierta y sólo unos pocos se instalaban en la cabina de mando.

Democracia


Pluralismo y democracia son, pues, términos opuestos. No pueden votar los obreros con sus patronos; los carceleros con sus presos; los alumnos con sus profesores; los insumisos con sus generales; los verdugos con sus víctimas. Para poder votar hay que tener los mismos intereses, las mismas necesidades: hay que pertenecer al mismo grupo, al mismo cuerpo social.

Rosseau decía que no bastaba que las leyes fueran expresión de la «voluntad general» sino que, además, debían estar destinadas al «bien común». No puede haber voluntad general ni intereses comunes entre clases, grupos y colectivos opuestos y enfrentados. Lo que normalmente se califica hoy de «mayoría» no es realidad tal mayoría, sino precisamente una minoría oligárquica economicamente dominante. Quien se atiene al criterio de esa «mayoría» no hace más que seguir la política de la burguesía; quien acata esa «mayoría» está esclavizado por la burguesía.

Ni la democracia ni la mayoría tienen nada que ver con lo que ahora existe. No reflejan la voluntad mayoritaria ni se ejercen en interés de la mayoría. La burguesía sólo concedió el sufragio universal cuando pudo formar «mayorías» a medida de sus intereses, cuando fue capaz de conseguir que las elecciones hicieran de una minoría real una mayoría aparente.

Los mecanismos a través de los cuales se obtiene una mutación de esas características son muy variados y prolijos. Hoy una infinita gama de mecanismos que van desde el terror puro y simple hasta la intoxicación ideológica más sutil y refinada. Hoy no es difícil para el Estado de los monopolios recabar en cada momento la «mayoría» justa que necesita. Dispone del ejército, de la banca, de los medios de comunicación, de la ley electoral, de los partidos y de un largo etcétera de herramientas suficientes como para colocar la etiqueta democrática de un día para otro al despotismo más exagerado.

Y todo esto porque el Estado -según los calvinistas- es neutral y apolítico: un día está al servicio de una dictadura feroz y corrupta, y al día siguiente es un servicial gestor de los intereses de la «mayoría»; un día la policía te tortura y al siguiente te indica gentilmente una calle. Si hay dictadura es por culpa de una minoría; si hya democracia es reflejo de la mayoría. En las dictaduras la minoría aplasta a la mayoría; en las democracias, la mayoría respeta a las minorías. En las dictaduras la minoría es siempre minoritaria; en la democracia la mayoría puede transformarse en minoría, y viceversa.

El carácter fraudulento de esa forma de agnosticismo político no puede ser más descarado. Una mayoría no puede ser siempre más que mayoritaria: los órganos políticos deben expresar sus intereses y la gestión pública debe hacerse en su favor. Si no sucede de esa forma lo que hay que cambiar no es la mayoría, no hay que hacer de la minoría la mayoría, sino cambiar el sistema político.

Hoy la mayoría es la clase obrera: la única democracia posible es la que exprese la voluntad de los trabajadores y la única política la que defienda los intereses de esta clase. No basta que un diputado sea elegido por los trabajadores, sino que debe actuar en cada momento en pro de sus aspiraciones. En consecuencia, debe poder ser revocado por quienes le votaron si no promueve las necesidades de sus votantes. No bastan elecciones periódicas: hay que participar consciente y activamente en las decisiones y en la gestión pública. Si la democracia tiene hoy sentido no es más que ese exactamente, y es todo lo contrario de lo que nos rodea.

El diluvio universal


El sistema político así configurado no es relativista ni neutral; tiene un contenido clasista, un dogma, una doctrina, un rumbo: el de desaparecer. Eso significa, al mismo tiempo, una resistencia de su contrario, presupone necesariamente un antagonista, un oponente. La teología no era más que una divinización de la política; y a la inversa. Desde siempre los análisis políticos y teológicos revistieron un aspecto dialéctico; hay cielo o infierno, burgueses y proletarios, buenos y malos, reaccionarios y revolucionarios; virtud y pecado. La lucha de clases era el fondo; la teología proporcionaba la forma, el argumento: legitimaba la represión de unos, lo mismo que la sublevación de los otros. Los príncipes luteranos alemanes aplastaron en el siglo XVI la sublevación campesina de Thomas Müntzer en nombre de la lucha contra la herejía anabaptista. ¿Acaso vaciló el mismísimo Dios en inundar la tierra, ahogando a todos los pecadores y salvando sólo a Noé y a su familia?, ¿Acaso no incendió Sodoma y Gomorra para acabar con todos sus engolfados pobladores?

Es inconcebible pretender analizar cualquier fenómeno social sin comprender el antagonismo que envuelve. Calvino envió a Servet a la hoguera, pero éste hubiera hecho lo mismo con Calvino: la unidad o la trinidad de Dios no podían resolverla de otra manera, no cabían votaciones, «mayorías», «democracias» ni parlamentos. Si los cistercienses hacian del Estado -feudal- el «brazo armado» de la Iglesia -romana- los luteranos invirtieron los términos: los sacerdotes no eran más que funcionarios del Estado, su «brazo ideológico», idea ésta que fue la que finalmente se impuso, incluso en los Estados católicos, hasta que finalmente tan distinguidos funcionarios fueron relevados por otros más eficaces: la policía, los militares y los recaudadores de impuestos.

Fueron los protestantes, pues, quienes convirtieron a los ministros de Dios en ministros del gobierno burgués. Reirnos del Islam y criticar sus normas y costumbres cuando no somos capaces de evaluar críticamente nuestra propia historia, me parece un «intolerable» ejercicio de petulancia. Eso de cortar la mano por determinados delitos, no solamente no es privativo de los países musulmanes, sino que aparece en el Fuero de Vizcaya (teóricamente vigente según la actual Constitución) y fue Kant quien justificó la «ley de talión»; la blasfemia todavía es delito en España; los repertorios de jurisprudencia aún enseñan cómo nuestro Tribunal Supremo declaraba en 1974 procedente el despido de un maestro que en sus enseñanzas no tenía en cuenta la providencia divina; y el «Jefe del Estado» venía nombrando a los obispos con el beneplácito de Roma hasta hace bien poco. Entonces, ¿de qué podemos vanagloriarnos?, ¿Habrá que recordar que en esta España «democrática», lo mismo que en los Estados Unidos, aún existen los capellanes castrenses?, ¿No es la reina de Inglatera al tiempo la jefa de la iglesia de su país?, ¿No nos dicen los medios de comunicación que lo del Ulster es una guerra entre católicos y protestantes? Todas las constituciones monárquicas europeas han declarado «sagrada» la persona del rey, incluída la de alguien como Alfonso XIII. Y tampoco queda tan lejos la imagen del Papa bendiciendo los cañones que Mussolini enviaba a conquistar Abisinia.

Es más: todos los modernos Estados nacionales europeos son construcciones influenciadas por el cisma religioso iniciado por los protestantes y en base precisamente a sus principios políticos. Las propias lenguas nacionales fueron desarrolladas contra el latín papista; la predicación en el lenguaje popular vernáculo es una idea básica de los protestantes. Lutero y Calvino están considerados entre los forjadores de los idiomas alemán y francés respectivamente. «La traducción que Lutero hizo de la Biblia -escribió Hegel- ha sido de un valor inapreciable para el pueblo alemán. Este ha recibido en ella un libro nacional, como no lo tiene nación alguna del mundo católico. Las naciones católicas tienen un sinnúmero de libritos de oraciones; pero no un libro fundamental para el adoctrinamiento del pueblo». En Euskadi sabemos que nuestro idioma escrito hasta hace bien pocos años consistía en devocionarios, misales y salmos religiosos. Que Sabino Arana, nuestro padre fundador (tanto del nacionalismo como del idioma vasco), establece la ecuación «euskaldun = fededun» (vasco = creyente) y que el ideario «jelkide» (nacionalista) no es otro que «Jaungoikoa eta lege zaharrak» (Dios y leyes viejas).

La religión era el opio del pueblo; su función fue siempre recabar e imponer disciplina a los trabajadores en beneficio de las clases dominantes. Los mayores peligros para la religión han derivado siempre de las revoluciones, de las sublevaciones populares, porque demostraban el fracaso y la ineficacia de la función sacerdotal, el divorcio entre el pueblo y el púlpito. El protestantismo fue la cuna que acabó rompiendo el monopolio ideológico de la Iglesia, de todas las Iglesias cristianas. Es por ello que desde su aparición, el Estado burgués ha tenido que ir recambiando a los predicadores religiosos por otros nuevos predicadores; los intelectuales, esos nuevos funcionarios escépticos y cínicos, esos plumíferos que dicen «pasar» de todo, especialmente de «mullahs», de «ayatollahs» y de «guerras santas». En realidad no pasan de nada: no podrían pasar sin el sueldo que les viene del Estado. Porque ellos mismos no son más sacerdotes secularizados; porque su dogma es el relativismo, el pragmatismo, el escepticismo, el servilismo -en fin- hacia sus amos, hacia quienes les pagan.

La Guerra Santa


Vivimos actualmente en una época revolucionaria, de profunda crisis (económica, política, cultural, religiosa, moral, etc.) de modo que, igual que en todas las épocas históricas de cambio acelerado, las masas se aproximan a todas aquellas ideologías que necesitan para orientar y justificar su lucha. Y si en los países de influencia protestante, que son todos los occidentales, esa ideología reviste una apariencia laica, en aquellos otros, como los musulmanes, reviste apariencias religiosas, fundamentalistas. El auge del chiísmo no es más que un esfuerzo del Islam por no caer derrotado frenta al escepticismo occidentalizante (protestante), por no quedar relegado a un estéril y agonizante «opio del pueblo». Que un agnóstico «socialista» como Sadam Hussein invoque a Dios en su guerra por Kuwait después de ocho años de guerra contra el fundamentalismo del régimen iraní, es un giro de lo más importante, ilustrativo del rumbo de los acontecimientos en el mundo musulmán.

A falta de otros recursos ideológicos, la teología islámica -como todas las teologías- es capaz de proporcionar lo necesario para captar el ánimo de los musulmanes de un bando y de otro, lo mismo que la Biblia servía en Inglaterra tanto a los episcopalianos del arzobispo Laudo como a los presbiterianos del reverendo Knox o a los puritanos de Thomas Cartwright. Entre nosotros: la polémica sobre si la Guerra del Golfo [1990] ha sido una guerra justa o injusta, no ha sido más que una discusión teológica, una vieja discusión en términos teológicos, que incluso Lenin utilizó para referirse a la Primera Guerra Mundial como guerra «injusta», o sea, «imperialista». Que alguien trate de calificarla como «santa» no es más que otra forma de hablar de lo mismo. El problema consiste en discutir precisamente si es o no «santa». La tropa que Cromwell reclutaba por las tabernas para hacer la revolución -burguesa- en Inglaterra acabó transformándose en «el ejército de los santos», al que también se le llamó «ironside» (costilla de hierro) porque jamás se rendía: hoy los llamarían fanáticos y fundamentalistas, pero fueron los forjadores de Inglaterra.

El carácter belicoso de la teología brota por todos los poros. El evangelio de San Mateo (26,51) como el de San Lucas (22,47) cuentan que al ir a detener a Jesús cuando rezaba en el huerto de los Olivos, algunos de sus seguidores pretendieron evitarlo sacando sus espadas, hasta el punto de que llegaron a cortar la orreja de un ayudante del Sumo Sacerdote (San Juan 18, 10): no cabe duda, pues, de que se trataba de una organización armada. En otro apartado, el evangelio de San Lucas cuenta (22,36) cómo Jesús recomendaba a sus seguidores que lo vendieran todo y compraran armas, porque iban a ser perseguidos y debían defenderse.

Las guerras de religión del siglo XVII fueron la expresión más clara de ese intento de resolver los problemas políticos a cañonazos: «La existencia de los protestantes -recurrimos otra vez a Hegel- no podía asegurarse sin lucha en ninguna parte, pues se trataba no de la conciencia como tal, sino del poder político y propiedad privada que los protestantes habían tomado contra los derechos de la Iglesia y que ésta reclamaba».

Las diferencias con la ideología secular actual son evidentes; el intelectual tolerante de nuestros días carece de ideas propias y, por tanto, no está dispuesto a luchar por ellas, a sacrificarse; el fundamentalista está convencido y, pese a padecer tortura y cárcel no cede; por el contrario, la misma práctica, el mismo choque de sus ideas con la realidad y con el antagonista, o le hacen cambiar o se las confirman cada vez con mayor rotundidad. El escéptico no quiere verificar sus ideas; dice que él no es el mesías y que no quiere imponer su forma de pensar a los demás; no puede contrastar su pensamiento, de manera que es siempre errático. Por contra, el fundamentalista acaba transformando en ciencia sus convicciones: solo los fundamentalistas han triunfado en la historia porque sólo ellos han estado dispuestos a luchar, a batirse en la «guerra santa».

La clave no es más que esa: la práctica. Las teorías y las teologías se esfuman cuando se enfrentan al «rudo mundo exterior» y se tienen que transformar en ciencia. Y la ciencia no está sólo para interpretar el mundo, sino para modificarlo. En contra de lo que los pragmáticos pretenden, solo hay verdaderas ideas cuando el pensamiento tiene relación con la realidad y pretende cambiarla. Eso no sólo no es utopía, sino auténtica ciencia: socialismo científico.

Que esa modificación requiera violencia no depende más que del oponente, del que pretende seguir beneficiándose de lo existente, de lo real. Según Hegel, «el pensamiento se ha convertido en violencia allí donde lo positivo que tenía enfrente era violencia».

La burguesía con ropajes marxistas o CJC sobre Gamonal

«La
sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es
imposible sin una revolución violenta.»[1]
Esta
frase la dijo Lenin en su afamada obra «El Estado y la
revolución», escrita en el año 1917. En este texto, Lenin nos
explica de forma magistral la necesidad de destruir el aparato
burocrático-militar del Estado burgués para poder crear a partir de
ahí el nuevo Estado proletario, el Estado socialista, que
progresivamente irá extinguiéndose conforme los antagonismos de
clase vayan desapareciendo, hasta llegar a la sociedad comunista.
Pues bien, parece ser que después de casi un siglo de este libro, no
se han enterado de esto ciertas organizaciones que se declaran a sí
mismas como «comunistas». En esta ocasión me vengo a
referir a los llamados CJC (Colectivos de Jóvenes «Comunistas»),
organización de ámbito juvenil cuyo referente es el PCPE («Partido
Comunista» de los Pueblos de España), que recientemente ha
publicado un artículo en su órgano de expresión «Tinta Roja»
con un título que por lo menos suena bastante atractivo: «Un
acercamiento al debate sobre el uso de la violencia y la no-violencia
en la lucha popular»
Para
empezar, decir que más que un acercamiento, el texto parece más
bien un distanciamiento. En este artículo nuestros queridos
«tintarojistas» a lo que se dedican es a echar balones
fuera aprovechando los últimos acontecimientos de las luchas obreras
y populares que se han dado en nuestro Estado, en concreto, la lucha
realizada por los habitantes del burgalés barrio de Gamonal. Estos
vecinos se dieron cuenta que las vías pacíficas para conseguir la
paralización de las obras del bulevar que en su barrio se quería
construir eran insuficientes, y tomaron la vía de la lucha violenta
como método para frenar las obras y, de hecho, las consiguieron
frenar. Pero, de este acto de absoluta y ejemplar resistencia,
nuestros «tintarojistas» han querido sacar un artículo,
explicando que, si bien esta vía es útil, no es la única vía, ni
tan siquiera la vía principal, todo ello dentro de un lenguaje
bastante demagogo y poco concreto. Nuestros queridos camaradas han
querido venirnos a explicar que ellos no son ni «pacifistas»
ni tampoco «terroristas itinerantes», que ellos han
encontrado el sagrado equilibrio entre estas dos posturas del
movimiento de masas.
Bien,
si esto último es cierto, nuestros queridos compañeros han
encontrado el camino hacia la revolución de una manera cuanto menos
«novísima», ya que nunca en la historia de la humanidad se
ha dado una revolución como la que ellos predican. Pero bien,
pasemos a examinar cómo es la revolución que nuestros camaradas han
descubierto y que ha estado oculta para todos los
marxistas-leninistas durante siglos. Para ello pasemos a analizar,
cómo nuestros «tintarojistas» dan una «magistral
lección» de «marxismo» a los que ellos llaman
«fetichistas de la violencia»:
«La
violencia se ejerce contra personas o bienes con la esperanza de que
la clase trabajadora, desorganizada, desarmada ideológicamente y sin
ningún contacto con ellos se levantará al observar sus proezas en
las pantallas de televisión… la revolución no se prepara
acumulando fuerzas sino actuando diariamente contra todas las
«manifestaciones» del sistema imperante.»
Me
parece curioso que digan que la violencia se ejerce contra «personas»
o «bienes» pero ¿qué personas? ¿qué bienes? ¿Es acaso
poco legítimo que un vecino de Gamonal que lleva años viendo como
su barrio se arruina poco a poco, quedando cientos de familias en la
calle en la más absoluta de las miserias, decida ahora quemar un
contenedor? ¿Tienen nuestros «tintarojistas» algún tipo
de cariño especial por el mobiliario urbano de esa zona? ¿O no será
acaso que no capaces tan siquiera de organizar toda esa violencia
espontánea que ellos llaman y por eso deciden echar balones fuera y
atacarla sin ninguna piedad? Luego estaría bien que nos explicaran
qué tipo de personas fueron sobre las que se ejerció la violencia,
porque tampoco lo especifican y, que yo sepa, las únicas «personas»
sobre las que los vecinos del Gamonal ejercieron la «violencia»
fueron unos señores llamados policías, antidisturbios, etc. Es
decir, estos vecinos ejercieron su legítimo derecho a la
resistenciaante los atropellos y la represión que sufrieron por
parte de los perros del Estado fascista español. ¿O hay que
recordar todas las detenciones arbitrarias que la policía realizó
durante las protestas, llegando a haber varias decenas de presos e
incluso dos personas con cargos? ¿Está mal ejercer la resistencia
contra todos estos atropellos? Que venga el señor que escribió este
artículo y me lo explique, porque yo no entiendo nada. ¿Los
comunistas a quién defendemos? ¿A la inmensa masa de trabajadores
explotados por el capitalismo o a los antidisturbios? Porque si es a
los segundos, señores, yo me bajo del carro.
La
segunda parte del texto nos habla de que la revolución se prepara
«acumulando fuerzas». Bien, y yo les pregunto a nuestros
queridos periodistas: ¿cómo se acumulan fuerzas? Que yo sepa, la
acumulación de fuerzas es parte de un proceso dialético en el cual
la fuerza dirigente (el partido comunista) debe ligarse estrechamente
a las masas, organizarlas y brindarles todo su apoyo en todas y cada
una de las luchas que hagan. Si bien es cierto que muchas de las
luchas obreras son espontáneas, lo que no se puede hacer es condenar
este carácter espontáneo de las luchas, por muy violento que sea,
sino comprenderlo, organizarlo y darle una dirección política, algo
que nuestros «tintarojistas» no han entendido ni van a
entender jamás. Para ellos, todo lo que vengan de fuera, será
espontaneísmo despreciable al cual hay que denigrar, condenar y
escupir. Si así pretender ganar a las masas, van por el mal camino.
En este sentido hay una frase que siempre me ha parecido muy justa:
«El partido debe de estar allí donde estén las masas y
organizarlas; si las masas están en la desorganización, el partido
debe ir a la desorganización y organizarla». Este cuento
deberían aplicarlo nuestros iluminados camaradas, ya que donde se
acumulan fuerzas es en el día a día de la lucha de masas, en la
vanguardia de esta, dirigiendo esta lucha en primera línea de
batalla, no en la retaguardia escondidos detrás de vuestras banderas
y pegatinas.
«No
tenemos reparos en recurrir a la violencia cuando esta táctica
contribuye al fortalecimiento de nuestra estrategia;por eso estamos
al lado del obrero de Gamonal que decide emplear la violencia para
resistir a las cargas de la Policía Nacional y criticamos al
anarquista que quema un contenedor en una manifestación. No hay
contradicción alguna entre una postura y otra.»
Decir
que no existe contradicción entre una postura y otra, no quiere
decir nada, amigos míos, porque, de hecho, la contradicción existe
¿Condenáis el que un militante anarquista queme un contenedor? ¿Qué
pasa si lo quema (como hemos dicho antes) un obrero del barrio de
Gamonal que no está organizado en nada? ¿Es igual de condenable? Si
al fin y al cabo ninguno de los dos está organizado, ¿qué
diferencia hay? ¿que uno se declara anarquista y otro no? ¿no puede
haber obreros anarquistas en Gamonal? ¿las acciones de estos
anarquistas es espontánea pero la del obrero desorganizado no? Que
alguien me explique esto también, por favor.
Decía
Lenin: «No son las acciones de guerrillas las que desorganizan
el movimiento, sino la debilidad del Partido, que no sabe tomar en
sus manos tales acciones.»[2] Y esto mismo es lo que nuestros
queridos «tintarojistas» no han entendido. Las acciones de
guerrilla urbana en este caso y demás no son malas, ni desorganizan
al movimiento de hecho; estas respuestas son naturales por parte de
la clase obrera, sobretodo ante la represión y las condiciones de
miseria que el Estado capitalista español les impone. Los obreros
llegan a un punto en el que no pueden más, estallan y pasan a la
ofensiva de manera desorganizada y espontánea. Pero el problema no
está en que el obrero pase a la ofensiva, el problema es que los que
se llaman a sí mismos «partido comunista» como nuestro
aclamado PCPE no sepan organizar esta ofensiva y se
dediquen a decir que estos métodos violentos son obra de
individualistas, blanquistas, espontaneístas, anarquistas y una
larga ristra más de adjetivos… Si eres el partido, tienes que
saber organizar estos momentos de ofensiva y de actividad violenta de
las masas y darles una dirección política, pero al parecer a
nuestros «tintarojistas» esto no les importa demasiado y
pasande darle importancia a una cuestión que es fundamental.
Con
todo este párrafo lo que vengo a concluir es que a los CJC les
parece muy bien si tal vez un obrero de un CUO decide quemar una
papelera. Sin embargo, si lo hace una persona de otra organización o
simplemente un obrero que está harto de la situación y que no
milita, les parece un pecado, un ataque contra el movimiento
revolucionario. ¡Y encima lo condena! Todo un ejemplo revolucionario
el que nos dan nuestros CJC.
Sigamos
pues con el resto del artículo:
«A
riesgo de despertar críticas airadas de los fetichistas de la
violencia, diremos que para nosotros es preferible una manifestación
pacífica con miles de obreros a un altercado violento protagonizado
exclusivamente por gente politizada.»
Esta
es una de las partes en las cuales más se retratan. Para ellos,
sacar a miles de obreros a las calles en una manifestación les
parece la cosa más sencilla del mundo, y fácil de hacer además. Es
tan fácil que no les es necesario ni que los obreros estén
politizados: los obreros salen por su propia moral cristiana en
manifestación, no salen debido a su conciencia política para
conseguir un fin político, claro que no. Los CJC tienen
un concepto curioso de lo que significa el movimiento revolucionario.
Ellos no intentan politizar a la gente; ellos sólo quieren sacar una
multitudinaria manifestación a la calle para hacerse la foto y,
después, vuelta para casa. Creo que no hace falta aclarar que
nosotros los marxistas preferimos siempre la calidad antes que la
cantidad y que, además, nuestra finalidad es dar un sentido político
a las luchas obreras (politizar a los obreros). Se ve que el PCPE
prefiere sacar 3000 personas a las calles sin politizar, simplemente
por el mero hecho del movimiento por el movimiento. Ellos no
persiguen un fin como perseguimos los marxistas, ellos sólo
persiguen el movimiento, las manifestación llenas de gente que van
dando vueltas sin sentido por toda la ciudad, como si de zombies se
tratara. ¡Qué curiosa es la línea política de los CJC! ¿He oído
Bernstein?
«Aún
seguimos preguntándonos cómo logran algunos de estos izquierdistas,
aquellos que no se casan con la tradición libertaria pero sí actúan
como si fuesen parte de ella, reivindicar la revolución de octubre
de 1917 si ésta se logró prácticamente sin muertos.»
¿Es
necesario decir que esto es una absurda memez? ¿En serio alguien que
haya leído esto se lo toma enserio? En fin, se habla de hasta de 5
millones de muertos en el bando del Ejército rojo durante la guerra
civil rusa, sólo durante la guerra civil rusa, sin tener en cuenta
todos los acontecimientos de la revolución de octubre y demás. Debe
ser que, para los CJC, 5 millones de heroicos combatientes soviéticos
les parecen pocos y no les importan demasiado. Tal vez hay que
explicarles las diferencia entre muchos y pocos, porque no la han
entendido bien, quien sabe. De igual forma no voy a profundizar más
en este tema porque me parece que este argumento se cae por su
propio peso. Por cierto, los primeros que empezaron a dar una visión
de la revolución rusa como una revolución pacífica y sin apenas
muertos, fueron los jruschevistas ¡Qué embarazoso!
Citemos
de nuevo a Lenin si les parece:
«En
toda guerra, cualquier operación lleva un cierto desorden a las
filas de los combatientes. De esto no puede deducirse que no hay que
combatir. De esto es preciso deducir que hay que aprender a combatir.
Y nada más.»[3]
¿Bien,
algo más que decir? ¿Señores de CJC el problema es de las personas
que combaten al sistema, o de ustedes que no son capaces
de aprender a combatir?
Otra
vez:
«Cuando
veo a socialdemócratas que declaran arrogante y presuntuosamente:
nosotros no somos anarquistas, ni ladrones, ni bandidos; estamos por
encima de todo eso, rechazamos la guerra de guerrillas, me pregunto:
¿comprenden esas gentes lo que dicen?»[4]
¿No
les recuerda extrañamente la posición que los CJC mantienen a la
visión socialdemócrata que Lenin está criticando en este ocasión?
Será que la nueva revolución que los señores de los CJC han
encontrado y que permanecía oculta ¿Es acaso el mismo concepto de
revolución que tenían estos socialdemócratas rusos condenadores de
la guerra de guerrillas? En efecto, podemos concluir que sí, que
esto es así y que es totalmente justa esta afirmación.
Por
tanto, y para ir concluyendo, porque sé que el artículo ya se ha
hecho bastante extenso, me gustaría decirles a nuestros
«tintarojistas» que sacar de contexto frases y demás sin
entenderlas y sin darles un fundamento político, y sin aplicarlos a
la realidad concreta, no sirve de nada, pues son sólo frases al fin
y al cabo. Como decía Lenin, los marxistas debemos saber adaptarnos
a los métodos de lucha existentes del momento concreto en el que
desarrollemos nuestra tarea política y en estos momentos ese tipo de
lucha en el Estado fascista español, si quiere ser consecuente, debe
de ser realizada de manera clandestina, y orientada a dirigir un
movimiento político de resistencia independiente del Estado, puesto
que, en la época que nos ha tocado vivir, el Estado jamás nos
dejará acumular fuerzas de manera pacífica y legal, como ya tantas
y tantas veces nos ha demostrado. Sólo hay que echar un vistazo a
nuestro código penal encontrarte leyes como «La ley de
partidos» o las distintas «Leyes antiterroristas», u
ojear nuestro pasado más reciente con el terrorismo de Estado para
darte cuenta de que la realidad que nos ha tocado vivir. La tarea de
organizar la revolución, es muy distinta a la tarea de los
bolcheviques en el 1917, ya que es una tarea mucho más ardua y
complicada, que posee en nuestro caso un carácter prolongado.En
nuestra realidad concreta, el método de lucha no puede ser legal
como nuestra propia experiencia demuestra. Por mucho que que nuestros
amigos del CJC se empeñen en decirlo. Pero, en fin, esto es lo que
pasa cuando unos filisteos que se hacen pasar por comunistas,
intentan entrometerse en los asuntos de los verdaderos
revolucionarios profesionales, es decir, de los comunistas.
¡Ah,
por cierto! ¡Casi se me olvidaba! Sobre el tema de Blanqui,
solamente decir que para ser una persona totalmente desconocida por
las masas, tuvo uno de los entierros mas multitudinarios que se
recuerdan y consiguió llegar a ser diputado, aun estando en la
cárcel, siendo elegido por las masas populares francesas. Así que,
si Blanqui apenas era conocido, también creo que sería correcto
concluir que el PCPE ni tan siquiera existe, pero eso es otro debate.
Señores de CJC, que una cosa es criticar el blanquismo y otra cosa
es falsear la historia, aunque, bueno, por otro lado, lo de falsear
la historia es algo que ustedes y su partido saben hacer bastante
bien.
José
Guillén.
Notas:
[1]
Lenin: El Estado y la revolución- Capítulo I / Apartado IV:
«La extinción del estado y la revolución violenta»
Edición: http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/estyrev/
[2]
Lenin: Guerra de Guerrillas- Capítulo III / Párrafo VII
Edición: http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/30-ix-06.htm
[3]
Lenin: Guerra de Guerrillas- Capítulo III / Párrafo X
Edición: http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/30-ix-06.htm
[4]
Lenin: Guerra de Guerrillas- Capítulo III / Párrafo XI
Edición: 
http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/30-ix-06.htm

El sainete del ruin Engels

 Juan Manuel Olarieta

El vínculo entre Marx y Engels es tan estrecho que sus biografías son siamesas. La hija pequeña de Marx, Eleanor, escribió: «La vida y la obra de estos dos hombres está tan estrechamente fusionada que es imposible disociarla». También Lafargue, uno de los yernos de Marx, comentó que ambos «forman, por así decirlo, una sola vida». En lo personal mantuvieron una relación tan íntima que siempre fueron la misma familia.

Lo mismo que la vida, la obra de ambos es una misma obra. Siempre ha resultado imposible editar las obras de uno separadas de las del otro. Muchos de los escritos que se atribuyen a uno, los redactó el otro. Algunos de los libros que uno escribió el otro los revisó. Al acabar de redactar «El Capital» en 1867 Marx le escribió a Engels: «Te debo solamente a tí haber podido hacerlo. Sin tu sacrificio no me hubiera sido posible llevar adelante los enormes trabajos necesarios para estos tres volúmenes».

En las luchas políticas se embarcaron en el mismo empeño, con una coordinación que no tiene parangón en la historia. No se les conoce ningún tipo de divergencias entre ellos, ni permitían que nadie hablara mal de uno en presencia del otro, como demuestra una carta de la hija de Kugelmann dirigida en 1928 al Partido Bolchevique en la que narraba los recuerdos suyos y de sus padres sobre Marx, quien había pasado largas jornadas en su casa de Hannover. Describe a Marx como un hombre al que nunca vio sobresaltarse, excepto una vez que escuchó a un militante hablar mal de Engels: «Las relaciones que existen entre Engels y yo son tan estrechas y cordiales que nadie tiene el derecho de inmiscuirse en ellas», dijo Marx.

No obstante, hay unos cuantos trileros empeñados en sostener lo insostenible: oponer el uno al otro. Creen que Engels es un segundón, un escalón inferior a Marx en el que creen haber encontrado un punto débil para atacar al marxismo. Uno de esos trileros fue Sidney Hook, profesor de la Universidad de Nueva York, que reunía dos condiciones indispensables: además de filósofo era un agente de la CIA y la finalidad de sus cursillos fue la de ofrecer a sus alumnos una interpretación realmente «revolucionaria» de Marx, según confesaba en uno de sus libros, que consistía en liberarla de las formulaciones «anticuadas» de Engels. Hook quería refundir a Marx con el pragmatismo, lo mismo que otros lo han intentado con el kantismo, con el hegelismo, con el sicoanálisis… con cualquier cosa menos con el ruin Engels. Desde entonces el marxismo tiene muchos sabores diferentes.

No es algo reciente sino que la burguesía empezó su batalla ideológica contra Engels durante la vida de ambos camaradas, como le escribió a Bernstein un mes después de la muerte de Marx: «El sainete del ruin Engels que ha falseado al bravo Marx se ha representado un número incalculable de veces desde 1844».

El propio Bernstein, que durante un tiempo tuvo la confianza de Engels, estuvo en el meollo del intento de dividir a ambos. En los últimos años de la vida de Engels, la socialdemocracia alemana manipuló la «Introducción» que escribió para una reedición de «Las luchas de clases en Francia» de Marx. Por consiguiente, el intento de desacreditar a Engels y enfrentarle con Marx es un empeño típico del revisionismo y, sin embargo, la desfachatez llega al punto de que algunos le imputan a Engels la degeneración revisionista de la socialdemocracia alemana: no fue víctima sino responsable de ella.

Pero mientras vivió Engels la socialdemocracia alemana no tuvo el coraje de atacarle de frente en el terreno político. Los primeros en hacerlo, los austriacos Victor Adler y Karl Vorländer, plantearon el ataque en términos filosóficos con la pretensión declarada de sustituir el repugnante materialismo dialéctico de Engels por el kantismo. A finales del siglo XIX en el Imperio Austro-Húngaro el revisionismo político se ligó al kantismo filosófico. El verdadero fundador de la socialdemocracia alemana había sido Kant y su verdadero fundamento no era científico sino ético, un ejercicio de la voluntad y un imperativo categórico disfrazado de «praxis». Adler, Vorländer y sus herederos introdujeron al marxismo en las polémicas filosóficas de la burguesía para convertirlo en otra corriente filosófica (burguesa) más, dentro de las varias que existen.

Los revisionistas austriacos pusieron todos y cada uno de los fundamentos filosóficos del ataque, que otros continuaron luego. Empezaron a hablar del marxismo como si fuera una teoría «crítica» de la sociedad, de la existencia de un «sujeto» revolucionario, denostaron el determinismo de Engels, su naturalismo, su metafísica, su dogmatismo, su cientificismo… Mientras Engels decía que Marx había puesto los fundamentos científicos del movimiento obrero, el socialismo científico, los revisionistas decían (y siguen diciendo) que el marxismo no es ciencia sino conciencia, una «cosmovisión» o ideología (crítica, eso sí) acerca de la sociedad en que vivimos. La ciencia, dicen ellos, es otra cosa diferente que nada tiene que ver con el marxismo.

El ataque dio un verdadero vuelco tras la Revolución de 1917, obligando a la burguesía a emplearse a fondo en la tarea de combatir al marxismo. Los que más se empeñaron en ello fueron los miembros de la Escuela de Frankfurt que llevaron la batalla a un frente distinto. Tras las marrullerías de aquellos autores (Adorno, Horckheimer, Habermas, Marcuse) Marx y Engels dejaron de ser los políticos que había creído la burguesía hasta entonces, elevando el marxismo a la categoría más digna de teoría. Desde entonces un puñado de intelectuales están enfrascados en sacar al marxismo de la práctica para convertirlo en una filosofía capaz de competir con otras. Como consecuencia de ello, a lo largo de un siglo el marxismo se ha convertido en algo tan refinado y exquisito que sólo los pensadores dominan la jerga cabalmente. Los demás son muy toscos y primitivos.

Como remate del proceso, aquel puñado de intelectuales burgueses se viste unos ropajes que en absoluto les corresponden. Se llaman a sí mismos «marxianos». En la medida en que la mayor parte de ellos son funcionarios de los aparatos ideológicos del Estado burgués, especialmente de la universidad, ostentan una imagen impecable: representan al marxismo mejor que nadie y sus obras alcanzan un eco que sólo sorprende por su mediocridad.

La experiencia de 100 años prueba que cuando alguno de esos intelectuales ha ingresado en un partido comunista, ha durado poco y se ha visto obligado a salir por la puerta falsa. El comunismo se ha llevado (y se lleva) muy mal con la intelectualidad, mucho peor de lo que imaginamos. A los académicos no se les suele ver en la reunión de una célula de barrio, haciendo pintadas por la noche o en un piquete. Pero como ellos tienen la sartén (de la producción intelectual) por el mango, han presentado las cosas de tal manera que en el choque el comunismo pierde frente a lúcidos escritores, injustamente vilipendiados por los grises burócratas del aparato.

¿Hay algo que aborrezca más un intelectual «marxiano» que el aparato? Sin embargo, aborrecen mucho menos el aparato del Estado burgués que les paga sus cátedras y sus simposios. El prototipo del «marxiano» es el de un funcionario que habla de luchar contra el Estado que le sostiene para que pueda seguir impartiendo lecciones.

La mayor parte de la intelectualidad burguesa mutila al marxismo de manera que sólo tiene en cuenta las obras de Marx y Engels, no sus biografías. Para ellos lo importante son los papeles, no el trabajo de organización, ni las barricadas, ni las huelgas, ni la Primera y la Segunda Internacionales. Pero mientras Marx y Engels trabajaron para la organización, todos esos intelectuales han trabajado siempre contra la organización, contra cualquier clase de organización y su propósito no es otro que el de desorganizar.

Por lo tanto, no sólo los escritos de los intelectuales burgueses, por más «marxianos» que se disfracen, no valen un pimiento, sino que ellos personalmente tampoco han llevado a cabo ninguna clase de tarea de organización que merezca la pena. En la medida en que su tarea ha sido la contraria, desorganizar, dichos intelectuales merecen el mismo tratamiento que Engels dispensó a Dühring.

En 1877 Dühring era profesor de la Universidad de Berlín, uno de los pocos, por no decir el único, que en aquella época se pronunció públicamente a favor del socialismo, lo cual era tanto como pronunciarse hoy a favor del «terrorismo». Era un autor de reconocido prestigio que podía servir como banderín de enganche de un partido entonces incipiente. Pero los escritos de Engels, especialmente el feroz tono que empleó, cayeron como un jarro de agua fría. No se le podía haber ocurrido nada más inoportuno para la socialdemocracia, que tuvo que incluir los artículos de Engels en Vorwärts (Adelante), su periódico. Si Engels es uno de los más odiados por los «marxianos» se debe en gran parte al Anti-Dühring, una de las obras marxistas más difundidas de todos los tiempos.

Dühring vivió casi 50 años después de que Engels publicara los artículos en su contra. Sus viejas simpatías socialistas habían sido una moda efímera de las que, como tantos otros intelectuales, acabó renegando para convertirse en un chovinista, racista y antisemita, autor de obras reaccionarias realmente repugnantes. Lo mismo le sucedió a Hook. Después de su interpretación «revolucionaria» del marxismo defendió la caza de brujas de McCarthy en Estados Unidos. Es típico de la intelectualidad desarraigada: con el mismo ardor con el que sostienen una teoría, defienden luego la contraria.

Engels hizo lo que los intelectuales «marxianos» más repudian: puso al marxismo en movimiento, lo convirtió en una fuerza organizada. Cuando Engels murió no sólo dejó papeles sino cooperativas, sindicatos, partidos y una organización internacional del proletariado con millones de militantes. Esa también es su obra. Ni él ni Marx escribieron para ninguna universidad sino para esa organización, para dotarla de un línea, de un programa y de una ciencia revolucionarias. Su filosofía (que es la misma que la de Marx) es partidista, decía Lenin. Se escribió por y para el proletariado, forma parte integrante de su vanguardia organizada y no tiene ningún sentido fuera de ella.

Los ataques contra Engels van, pues, dirigidos contra las organizaciones del proletariado. Una vez liberado el marxismo de Engels, es decir, de la organización, la burguesía devuelve la filosofía a la teoría, al punto inofensivo en el que puede neutralizarla. De ahí pasa a las universidades, a los libros y a las librerías, en cuyos escaparates compite con otras teorías, otros libros y otras librerías.

Dios los cría y ellos se juntan

Quién
es Pablo Iglesias.
Una
breve
contextualización
del intelectual posmoderno y reformista*

Decía
Gramsci que, a la par que una clase social
fundamental**
nace
(casi siempre, con la única excepción del proletariado, de la
descomposición general del modo de producción anterior -ya se sabe:
la muerte también da vida, que sostenía Engels), a la vez que esta
se forja, crea, asimismo, para consigo, la intelectualidad que
defienda sus intereses de clase (antagónicos con los de otra).
La
crisis del feudalismo empezó con la pérdida de poder económico por
parte de la clase dominante, terreno en el cual sólo conservaba
apenas fuerza en el campo. Los señores feudales tenían que lidiar
en política con el ascenso de una burguesía envalentonada.

Ante
la descomposición del modo de producción feudal, la burguesía, en
su fase incipiente, creó con ella los intelectuales que defendían
sus
intereses
de clase. La Ilustración es el

paradigma
de la filosofía burguesa revolucionaria. Voltaire,
Montesquieu,
Diderot,
Locke, D’Alambert, etc. fueron el cimiento filosófico e ideológico
de la revolución burguesa, que precedió a la revolución política
-la revolución francesa- pero que sucedió a la revolución
económica -la revolución industrial. Un mismo proceso,
evidentemente con sus particularidades, tiene lugar en el seno de
cada clase social
fundamental.

Sin
embargo, no sólo la clase social dominante produce a sus defensores,
sino que, además, en tanto que dominante, produce a los dominados,
con la excepción única del proletariado, ya que la burguesía, a la
que que oprime bajo su dictadura, ya había nacido junto a él. La
condición para que exista la propiedad privada es la privación de
propiedad a un grupo de seres humanos. Más de uno acusaba a la
propiedad privada de «privarnos de todo». La expropiación de la
burguesía a gran parte de la población provoca el surgimiento de la
clase desposeída: el proletariado.

La
clase obrera pronto se organiza. Primero lo hace por motivos de tipo
económico
(salario,
asistencia laboral, condiciones de trabajo, accidentes, etc.); luego,
a medida que se va cohesionando, los socialistas introducen desde
fuera el comunismo y se cambia de miras. La lucha ya no es tanto una
lucha económica como una lucha política, un campo de batalla donde
se hallan dos clases antagónicamente enfrentadas, donde una tiene el
poder y la otra no, y esta última es oprimida de múltiples maneras
por la primera. Los trabajadores han de conquistar el poder mediante
la violencia
para
suprimir su explotación y, con ella, la de toda la humanidad
.

Debido
a la comprensión de la necesidad de la revolución por parte de los
obreros, la burguesía, dueña de todo el poder, se ve obligada a
recurrir a la clase obrera (de nuevo) para perpetuar su orden.
Soborna a una parte de los obreros para que estos introduzcan la
ideología y la política burguesa en el seno de la clase proletaria.

Algo
parecido ocurre en las capas de los intelectuales: muchos defensores
de la política y de la ideología burguesa adoptan el marxismo de
palabra para tergiversarlo, llaman a los obreros (la posmodernidad
hace que ahora sean
ciudadanos
los
apelados) a actos inofensivos, históricamente neutralizados y
asimilados por la clase dominante. Este fenómeno se conoce como
reformismo
o
revisionismo
y
tiene como base social a la pequeña burguesía y, sobre todo, el
grupo mencionado anteriormente, la aristocracia obrera. Sin embargo,
no hay que olvidar que,
aunque
la base social de esta ideología sean los pequeño-burgueses y los
más privilegiados de la clase obrera,

quien produce, quien hace nacer esta política, es la misma
burguesía, la gran burguesía, que siembra la corrupción entre las
filas obreras,
y
es ella quien más sale ganando con esto
.

La
burguesía, creadora del orden económico
y
social
existente, también crea a sus intelectuales.
Es
oportuno, no obstante, hacer una distinción en función de la época
histórica:

los
intelectuales de ahora
no
son de ninguna forma
iguales
a los intelectuales de la Ilustración. Antes de la revolución
burguesa, antes de la toma del poder por parte de la burguesía, esta
necesitaba el conocimiento verdadero del mundo (limitado por el
desarrollo de las fuerzas productivas
y
su posición de clase
)
para transformar la realidad. En este sentido, los intelectuales
burgueses del siglo XVIII y parte del XIX en los países capitalistas
más avanzados eran progresistas, aportaban con su obra a la causa de
la humanidad. Sin embargo, después de haber subido la burguesía al
poder, necesita intelectuales, necesita de ideología que justifique
el statu quo. En este sentido, los intelectuales burgueses se vuelven
reaccionarios. Las distintas ideologías burguesas que tienen lugar
en la fase reaccionaria de
l
dominio de la

burguesía no es más que un
intento
brusco y a la vez rebuscado de legitimar
la
explotación, el saqueo y la masacre del proletariado y de los
pueblos oprimidos.

Ella misma se ve obligada a crear intelectuales de 
distintas
tendencias
 para
controlar
ideológicamente a

la población, pero asimismo cerca el terreno: los 
disidentes de
su orden deben estrictamente encorsetar toda su crítica dentro de
los márgenes 
propios,
es decir, dentro de su Constitución, sus normas y sus leyes.
Las
diferencias no son pues
significativas,
como sí lo eran en su época incipiente.

La
crisis general
en
la que el
capitalismo
se
halla sumergido
exige
a la burguesía
recambiar
las
piezas ya degastadas. El PP y el PSOE, partidos que venían a
sustituir al Movimiento Nacional
(que
ya estaba desgastado en los años 60 y 70, por eso se cambió por el
bipartidismo)
,
se hallan en una profunda crisis. Y sólo desde este contexto podemos
enfocar el auge, promocionados por los poderosos mismos, de muchos
intelectuales
de
izquierda
(Pablo
Iglesias, Juan Carlos Monedero, etc.) que tienen voz en los medios
del régimen, ya sean en formato televisivo (Intereconomía, Cuatro,
La Sexta) o
por
escrito

(Público, El País).
No
son más que un recambio de los actuales políticos decadentes
de
los poderosos; l
a
voz de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía, que no
propone, ni en la teoría ni en la práctica, la superación del modo
de producción capitalista.
Las
tertulias en especial cobran cierto interés respecto a lo que
estamos tratando, donde en un plató televisivo se reúnen todos
los
pregoneros de la clase dominante

a discutir cómodamente
las
distintas maneras de gestionar

un asunto, donde se aparentan incluso
enfados.
Pero
no son más que sillones para todos, charlataneo e incluso risas.
Todo
para distraer al personal, con la que está cayendo
por
otros lares
,
lluvia
de males
que
sólo puede ser combatid
a
por
otra
senda
.
No es más que apariencia: el circo mediático, ahora con
más
mano
izquierda, tiene dueño, tiene Sumo Creador.
Dios
los cría y ellos se juntan
.

Notas:

*
El
autor no se ha encomendado la tarea de elaborar una crítica general
de las concepciones de Pablo Iglesias mediante este artículo, sino
intentar de ilustrar al lector con un esbozo (con las limitaciones
que ello conlleva) de los factores económicos, políticos,
ideológicos, sociales, etc. que propician el actual auge de
intelectuales similares a Pablo Iglesias.
Para
una crítica
algo
más
detallada de este tipo de sujetos, véase el siguiente artículo de
Manuel Navarrete
http://www.insurgente.org/index.php/template/politica/item/9156-el-egorrevisionismo-teor%C3%ADa-y-praxis

**
Cuando
Gramsci dice clase social “fundamental”, se está refiriendo a
aquellas clases que “
históricamente
se
encuentran en disposición de asumir el Poder y la dirección de las
otras clases, como, por ejemplo, la burguesía y el proletariado

(A.
Gramsci,
La
formación de los intelectuales
,
Ed. Grijalbo, Barcelona, 1974)

El fetichismo por los clásicos

 Juan Manuel Olarieta
El 3 de enero en La Haine Frabetti escribe un artículo relativo a un debate que, según interpreto, versa más sobre la validez que sobre la importancia de que los textos marxistas conduzcan a la lectura de Marx y Engels directamente.

Para defender su postura contraria, Frabetti pone los ejemplos de Newton y Darwin que, según mi criterio, demuestran lo contrario de lo que él pretende. Mi opinión, pues, milita a favor de que cualquier texto científico, del tipo que sea, convoque al lector a recurrir a las fuentes, a los clásicos. Soy un fetichista de los clásicos cada vez más convencido, practico el culto a la personalidad como un rito pagano y sostengo que si alguien quiere saber sobre física debe leer a Galileo y Newton, si quiere saber sobre biología debe leer a Darwin y si quiere saber sobre materialismo histórico debe leer a Marx, Engels y Lenin (no sólo a Marx).

Es más, apoyado en una experiencia secular sostengo que los alumnos tienen el vicio de tergiversar las enseñanzas de sus maestros, aún invocando su nombre, es decir, que se aprovechan del nombre de su maestro para introducir sus propias tesis de contrabando. Dado que pocas veces los alumnos llegan a la altura de los grandes maestros de los que estamos hablando, sus imitadores suelen ser muy deplorables. Es el problema de los newtonistas con Newton, los darwinistas con Darwin y de los marxistas con Marx. Los seguidores -en general- se convierten en una verdadera pesadilla.

No puedo estar más en desacuerdo con Frabetti cuando afirma que «si bien la lectura de los libros de Galileo, Newton o Darwin es fundamental para un epistemólogo o un filósofo de la ciencia, no es ni mucho menos imprescindible para un científico actual», y hasta se atreve a añadir -según sus palabras- que es inadecuada para el profano que desea acercarse a la física o a la biología.

Es un lastre que vienen padeciendo los científicos, al menos desde la implantación del positivismo a mediados del siglo XIX que, a su vez, es una de las causas de la profunda decadencia actual de la ciencia. La filosofía y la ciencia (la epistemología y la ciencia) no son universos separados (lo cual tampoco significa que sean el mismo universo). Los mejores filósofos, incluidos Marx y Engels, han construido su filosofía sobre una ciencia, de la cual eran, además, profundos conocedores, de manera que en su obra no es posible separar al filósofo del científico.

Dado que el positivismo introdujo artificialmente esa separación con un basto machete de sierra, y dado que el positivismo se considera hoy como «la» ciencia por antonomasia, cuando no es otra cosa que ideología burguesa, llegamos al lastimoso panorama actual que nos brindan la inmensa mayoría de los científicos actuales. Nos están dando gato por libre.

Iré aún más allá: todos los intentos llevados a cabo por separar a la filosofía de la ciencia conducen a groseras manipulaciones. Por ejemplo, todos los intentos que a la muerte de Newton llevó a cabo la Royal Society (máxima autoridad científica inglesa) por separar al Newton «realmente científico» del Newton político, matafísico y alquimista son -y siguen siendo- un engaño a los lectores que se ha prolongado durante siglos. Por eso más allá de cuatro generalidades seguimos sin saber quién era Newton, cuál fue su exactamente su teoría, por qué llegó a ella y qué es lo que trató de demostrar.

A falta de referencias directas, lo mismo que el marxismo, la ciencia actual acaba convertida en un rumor, en algo impreciso que los institutos y universidades transmiten de unos (profesores) a otros (alumnos) con la misma infidelidad con la que las leyendas se transmiten de padres a hijos.

Así leemos que -según Frabetti- Kohan ha puesto el concepto de fetichismo en el centro de su pensamiento, mientras que, por el contrario, cualquier marxista tiene otras preocupaciones diferentes y muchísimo mayores que esa, las cuales han estado y están en el centro del pensamiento de todos los marxistas, como el concepto de «partido comunista», por poner un caso. La primera manipulación de las muchas de Kohan sobre Marx, es precisamente esa. La burguesía no necesita desprestigiar al marxismo. Para esa tarea ya tiene a muchos anti-fetichistas, como Kohan, sin ir más lejos.

Me niego a sustituir mi fetichismo por Marx con un fetichismo por Kohan. El que quiera beber agua limpia que vaya a la fuente. Lo demás suele bajar bastante mezclado con porquería.

La producción de samovares y acordeones en la Rusia pre-revolucionaria

Como en el resto de Europa el movimiento revolucionario ruso surge de la revolución de 1848 y, dada la represión zarista, se gesta entre los emigrantes, es decir, fuera de la propia Rusia y en un contacto muy estrecho con las demás corrientes revolucionarias europeas, entre otras la que Marx y Engels encabezaban. El movimiento revolucionario ruso a finales del siglo XIX presenta, pues, tanto rasgos comunes con el resto de Europa junto a otros que son propios y característicos.

En muy poco tiempo, apenas 50 años, ese movimiento atravesó tres etapas fundamentales en las que la influencia del marxismo fue creciendo progresivamente. Inicialmente aparece como un movimiento democrático revolucionario (Chernichevski), posteriormente surge el populismo (Mijailovski), y la tercera etapa se inicia con el grupo Emancipación del Trabajo encabezado por Plejanov, que desemboca en la creación del partido socialdemócrata en 1898.

De dicho partido surgen posteriormente los bolcheviques que, al encabezar la revolución de 1917, desencadenan un proceso de retorno: lo que llegó a Rusia procedente del oeste, regresa de nuevo a Europa occidental, naturalmente profundamente transformado y enriquecido por el leninismo. Desde el punto de vista geográfico, por tanto, a Europa occidental retorna algo de lo que salió de la propia Europa occidental.

La intelectualidad seudomarxista critica ese proceso calificándolo despectivamente como “eurocentrismo”. Pero el marxismo no es una teoría, que es como ellos la consideran, sino una teoría revolucionaria, es decir, deducida de la revolución, un fenómeno que entonces sólo se podía analizar cabalmente en Europa y en ninguna otra parte. Eso es lo que hicieron entonces y lo que hacen ahora los revolucionarios, a diferencia de los profesores de historia, de los escritores y de los diletantes de salón.

A lo largo de varios años Marx y Engels mantuvieron una estrecha relación política, directa e indirecta, con varios exiliados rusos y, como no tenían por costumbre hablar de lo que no sabían, estudiaron ruso para poder conocer mejor el país y discutir con conocimiento de causa. Además de reuniones, ambas partes intercambiaron correspondencia, que en aquella época era una de las principales formas de comunicación. Aquella correspondencia iba dirigida a los personajes de Rusia más insospechados que cabe imaginar y versó sobre los asuntos más variopintos, como es el caso de la carta de Marx a Annenkov (un burgués liberal) sobre Proudhon o la de Engels a Lavrov (un populista) sobre Darwin.

Esa correspondencia demuestra que ya entonces Marx y Engels estaban en el centro del movimiento revolucionario europeo (o sea, mundial) y que sus diferentes corrientes (incluido Bakunin, otro ruso) les consideraban como los más reputados maestros.

Es también remarcable que una correspondencia privada, no destinada a la publicación, resulte de tanta actualidad y tenga tan extraordinaria importancia. En parte esa correspondencia se ha perdido, pero los populistas tradujeron y distribuyeron varias obras, como el Manifiesto Comunista y El Capital, y publicaron en sus revistas algunos artículos de Marx y Engels.

Como no podía ser de otra forma, uno de los debates fundamentales con los rusos fue la singularidad del gran Imperio, un tema recurrente en el movimiento obrero mundial desde siempre, normalmente mal planteado, en la forma de unos supuestos “modelos” (soviético, chino, yugoeslavo), o del “eurocomunismo” y las diversas “vías” hacia el socialismo de Togliatti. En términos filosóficos el debate aludía a la relación entre lo abstracto (modo de producción) y lo concreto (formación histórico-social). Marx y Engels analizan el capitalismo (lo abstracto) en la Inglaterra de su época (lo concreto) y, del mismo modo, el socialismo se analiza en la URSS. Pero al analizar el capitalismo en España no se encuentran “roundsmen” como en Inglaterra, ni al analizar el socialismo en Cuba se encuentran “kulaks” como en la URSS. Un marxista tiene que analizar el capitalismo (o el socialismo) en algún país y en algún tiempo concretos. Lo que no tiene sentido, ni marxista ni de ningún tipo, es hablar del capitalismo como un espectro fantasmagórico, intemporal.

Con el tiempo el mismo vicio ha ido creciendo, cambiando de formato y empeorando cada vez más. Kevin Anderson, uno de los intelectuales seudomarxistas en boga, ha vuelto recientemente al mismo error de la misma manera errónea. Lo llama marxismo unilineal o multilineal (*). Otros dicen que el marxismo es del siglo XIX, que ahora las cosas han cambiado (pero no dicen cuáles) y que hay que retocarlo un poco (o mucho) para poder “aplicarlo” al siglo XXI.

Son variaciones sobre el mismo tema, como el “determinismo” que algunos confunden con el fatalismo, la sucesión inexorable de esos modos de producción que tienen que aparecer por todos los rincones de la historia. En resumen, según algunos el marxismo no es “aplicable” a determinadas sociedades o épocas históricas, que es como decir que la aritmética no es “aplicable” a todos los números.

Los populistas no se oponían al marxismo, sino que decían que no era “aplicable” a Rusia, con lo cual querían decir que Rusia jamás sería un país capitalista. Lo mismo que Togliatti, ellos también creían que el marxismo, lo mismo que el capitalismo, eran “europeos”. Lo verdaderamente ruso era el populismo. Entonces al menos una parte de la cuestión reside en entender lo que es el marxismo.

En 1899 se celebró en San Petersburgo un debate público sobre un tema que llevaba exactamente el título “¿Es posible conciliar el populismo con el marxismo?”, lo cual ya es bastante significativo. Los populistas eran nacionalistas. Lo que preguntaban en realidad era: ¿es posible conciliar a Europa con Rusia?, ¿es Rusia una parte de Europa? Pero es aún más significativo lo que en ella dijo Vorontsov, un populista: los marxistas “europeos” están más ceca del populismo que los “rusos”. Naturalmente que cuando Vorontsov se refería a los “marxistas rusos” ni siquiera se refería a Plejanov sino a oportunistas como Piotr Struvé, presente en aquel acto, es decir, a los “marxistas legales”.

Traer ahora aquel debate aquí puede parecer oportunista en cierta medida porque “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, una de las obras de historia más extraordinarias jamás escritas, a cuya redacción Lenin dedicó tres largos años (1896-1899), dejó las cosas bien claras. El marxismo no sólo se podía “aplicar” a Rusia sino que se “aplicó” de una manera tan magistral que en 1917 condujo al proletariado a la Revolución. Hoy sabemos que los populistas no tenían razón.

Pero aferrarse a esos argumentos “ex post facto” es jugar con ventaja; además de poner las cosas en su sitio, lo cual no es fácil, hay que ponerlas en su época. Una carta de 1877 dirigida por Marx a la revista rusa “El memorial de la patria” trata sobre esto: ¿qué es el marxismo? Afirma que el dirigente populista Mijailovski había “metamorfoseado” su explicación de la génesis del capitalismo en el occidente europeo, convirtiéndola en una “teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impone a todo pueblo, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en que se encuentre”. En otras palabras, los populistas convertían algo histórico en algo suprahistórico.

Los errores de los populistas procedían de dos orígenes distintos: no sólo tenían una concepción distorsionada del marxismo sino que, además, tenían una concepción distorsionada de Rusia, y cuando hoy se leen con un poco de atención esos mismos debates, como el de Anderson, se observa exactamente el mismo error que Marx y Engels observaban en los populistas: son suprahistóricos, es decir, abstracciones, teorías que pretenden suplantar a otras teorías simétricas a ellas. Lo que todas estas teorías tienen en común es que son una exégesis permanente. Están hechas de frases y citas que cuadran casi exactamente con lo que el escritor quiere sostener.

Al leer una obra maestra, como “El desarrollo del capitalismo en Rusia” aparece lo concreto, además de lo abstracto. Más que datos hay detalles. Las publicaciones marxistas son tan exahustivas y minuciosas que al repasarlas un siglo después agobian al lector, como cuando “El Capital” se refiere a los clanes celtas de la alta Escocia, o cuando Lenin dedica un apartado a analizar la orfebrería y la producción de samovares y acordeones en Rusia.

Anderson no habla para nada de acordeones, no habla de nada concreto, no habla de historia sino sobre la historia, después de convertirla en un fantasma. Por ejemplo, larga la siguiente patada: “Un ejemplo común del uso continuado de este modelo unilineal es la máquina de propaganda estatal China, cuando apoda la cultura tibetana como ‘feudal’ y consecuentemente atrasada”. Si los chinos tienen una máquina de propaganda estatal, Anderson tiene el estilo publicitario burgués, que consiste en soltar las frases típicas de los letreros de neón, huérfanas de argumentos, absolutamente vacías, como el resto de su artículo.

Lo de menos es si Anderson tiene razón o no. Lo que es seguro es que no es marxista, lo que se confirma cuando manifiesta las mismas intenciones que Vorontsov en Rusia: conciliar el marxismo con otras corrientes ideológicas, tan oportunistas como él mismo. Es algo típico de quienes no son marxistas, una conclusión que se confirma cuando Anderson busca las diferencias entre Marx y Engels: el primero es multilineal, mientras que Engels cayó en el mismo vicio que la maquinaria de propaganda estatal china.

Un debate o una obra de historia en la que no se habla de cosas como samovares y acordeones podrá resultar interesante, pero no tiene relación con el marxismo. Si además, está repleta de citas de Marx, hay motivos para temer lo peor.

(*) De los ‘Grundrisse’ al ‘Capital’: Temas Multilineales, Marxismo Crítico, 12 de diciembre de 2013, http://marxismocritico.com/2013/12/12/de-los-grundisse-al-capital/

La guerra está cada vez más cerca

El 24 de octubre la revista «Cicero» de Berlín insertó un artículo de Andreas Rinke (*) sobre la vigilancia electrónica de Estados Unidos a los políticos y monopolistas europeos, que expresa la hipocresía continental ante el espionaje a un aliado. ¿Tienen secretos los amigos?, ¿no se fían los europeos de sus aliados? ¿esconden algo a la Casa Blanca?, ¿hay algo de lo que Estados Unidos no se deba enterar?
La amistad es la confianza; el espionaje es la desconfianza. Los amigos se cuentan las intimidades unos a otros espontáneamente. No hace falta vigilarles, y menos a hurtadillas. Si hay secretos es porque los amigos no lo son tanto. Por decirlo de otra manera: si quieres saber los amigos que tienes, enumera los secretos que les cuentas. Si queremos saber los amigos que tiene Estados Unidos, contemos a quiénes vigila y a quiénes no. A sus enemigos les vigila; con sus amigos comparte confidencias. Por lo tanto, tenemos que deducir dos conclusiones. La primera es que si Estados Unidos ha vigilado a Europa (Wikileaks, Snowden, Prism), es porque no prevalece la amistad precisamente. La segunda es que el escándalo que ha organizado la prensa europea (los círculos imperialistas de los que es portavoz) con el asunto es pura hipocresía.
La prensa rusa lo tiene más claro: como Rusia no es precisamente una potencia amistosa hacia Estados Unidos, lo mismo que China, nada de esto les ha sorprendido lo más mínimo. De ahí que su perspectiva sobre el espionaje sea diferente: «A Europa la han puesto en su lugar», titula La Voz de Rusia, quien añade que «los europeos ya no son dueños en su propia casa». Los rusos dicen, además, que Washington no tiene intención de renunciar a lo que califica como un «control total», sobre todo porque invirtieron sumas astronómicas en el espionaje. La vigilancia ha existido, existe y seguirá existiendo, añade un comentarista (28 de octubre). La prensa europea, por el contrario, son unos hipócritas que se rasgan las vestiduras por algo que conocen cabalmente desde hace décadas, mucho antes de los ordenadores e internet.
El control electrónico absoluto de las comunicaciones pone de manifiesto, otra vez, el mito de la neutralidad tecnológica: «los instrumentos no son buenos o malos; depende de cómo se utilicen». Fue un error de moda en los primeros tiempos de internet, cuando la pequeña burguesía intentó recuperar sus viejos sueños de horizontalidad en los que las redes sociales sustituían a las relaciones personales. La realidad iba a quedar engullida por la virtualidad.
El artículo de Rinke va justamente en la línea opuesta y propone una comparación feliz: «Al igual que el primer satélite soviético impulsó a los estadounidenses a salir al espacio, estas revelaciones deben motivar a Europa para subsanar su retraso en las tecnologías de la información».
Pero no es sólo tecnología, ni tampoco retraso exactamente sino algo un poco distinto: al impulsar e imponer el desarrollo de las tecnologías digitales, Estados Unidos tomó la delantera a Europa y por eso monopoliza el tráfico que circula por internet. Lo controla tanto como controlaba antes las comunicaciones vía satélite.
En cualquier país capitalista las comunicaciones son la infraestructura básica del mercado, un sector estratégico. Primero fueron las postas de diligencias, luego los servicios postales y ahora los usuarios postean en los foros. En una guerra no hay bocado más apetecible que el mensajero que lleva el correo, y si los papeles confidenciales no se pueden capturar, se destruyen. Las bombas siempre caen en los nudos de comunicaciones del enemigo, sus estaciones de tren, sus carreteras, sus puertos y sus aeropuertos.
Pero en las guerras, como en todas las demás cosas del mundo, la conciencia marcha con retraso respecto a la realidad presente. Los manuales de Estado Mayor lo expresan diciendo que a ellas los oficiales van con la lección aprendida en la guerra anterior, no con previsiones para la próxima.
Pues bien, no esperes que la siguiente guerra empiece con la invasión de Polonia por una columna de tanques acorazados. Tampoco con un rearme que acumule arsenales de artilugios que quedan obsoletos en muy poco tiempo. Las guerras empiezan cuando los espías se movilizan, observando al enemigo para descubrir sus «verdaderas intenciones» y adelantarse a ellas. La guerra se apoya en la sorpresa. El adversario no va a hacer lo que tú esperas que haga, sino justamente lo contrario. Tu enemigo trata de sorprenderte o, en otros términos: se aprovecha de tu falta de previsión.
Sin embargo, en una guerra no puede haber sorpresas, y la primera sorpresa y, a la vez, la más estúpida es que no esperes su estallido. Cuando logres salir de tu asombro, el enemigo ya te habrá vencido. Tratarás de enviar un mensaje a tu amigo con el móvil para prevenirle y te darás cuenta de que no funciona. Si además te crees la vanguardia de algo, harás el ridículo.
En una guerra el control de las comunicaciones -digitales o no- es el paso previo para su destrucción. Ahora bien, en la actualidad cuando se habla de «destrucción» basta entender «inutilización» en el sentido de que hasta una lavadora tiene en su interior un programa informático para el agua caliente o para lavar en frío, para la ropa blanca o la de color, para el aclarado, el centrifugado, etc. Para destruir una lavadora basta sabotear el sistema informático con el que funciona.
En 2010 Estados Unidos e Israel no necesitaron bombardear las centrales nucleares iraníes para paralizar su funcionamiento. Los drones son ordenadores volantes, los satélites también son ordenadores, los cohetes están teledirigidos y las bombas son «inteligentes». Un componente fundamental de la próxima guerra será, pues, la inutilización de la infraestructura digital del adversario. De ahí que hoy todos los ejércitos imperialistas tengan una división de informática.
Como no le gustaban las sorpresas, Stalin advirtió diez años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, añadiendo que, a diferencia de las anteriores, sería una guerra «de motores». Acertó. Si tú quieres imitarle, adivina si va a estallar otra guerra mundial y en qué se diferenciará de las precedentes. Si quieres imitarle más de cerca, prepárate para ella. No será una guerra informática, pero será un guerra que empiece por la informática.

(*) Andreas Rinke: Der NSA-Skandal hat auch Vorteile, Cicero, Berlín, 24 de octubre de 2013
http://www.cicero.de/kapital/prism-snowden-angela-merkel-merkelphone-deutsche-industrie-nsa-affaere-hat-auch-vorteile-sputnik-schock/56209

El concepto de transición en el materialismo histórico

El concepto de transición, decía Lenin, es fundamental para entender el movimiento, el desarrollo y el cambio, tanto en la historia, como en la naturaleza: “¿Qué distingue la transición dialéctica de la no dialéctica? El salto. La contradicción. La interrupción de la gradualidad. La unidad (identidad) del ser y el no ser” (1).

A su vez, dicho concepto involucra el de etapa porque los saltos nunca son instantáneos sino procesos que se desarrollan a través de distintas etapas. Así, entre la noche y su opuesto, el día, están los crepúsculos y los amaneceres, etapas intermedias en las cuales la luz aparece y desaparece, unas veces más rápido que otras. En esas situaciones la duda sobre si es de día o de noche es como la botella medio llena o medio vacía: es metafísica. Lo que interesa saber es el movimiento: si está amaneciendo o está anocheciendo.

La historia tampoco conoce cambios instantáneos. La revolución rusa no fue la toma del Palacio de Invierno, sino la revolución de 1905, la guerra mundial, la revolución de febrero, la de octubre y la guerra civil. Dado que todo fenómeno está en movimiento, tanto en la naturaleza como en la sociedad, todo fenómeno es histórico: “La filosofía de la praxis es el historicismo absoluto”, decía Gramsci (2).

En todo proceso histórico hay determinados cambios que son más importantes con relación a los otros que van por delante o por detrás y marcan los puntos de inflexión, los saltos de una etapa a la siguiente. Son los que luego los historiadores toman como frontera entre unos momentos y los sucesivos, aunque en ocasiones, no sean más que símbolos, como el asalto a la Bastilla en la revolución francesa.

Esos puntos de inflexión convierten a la historia en un devenir esencialmente irreversible, sin marcha atrás. Ahora bien, si en la historia no hay cambios instantáneos, tampoco los hay lineales. Que la historia sea una sucesión de acontecimientos esencialmente irreversibles no significa tampoco que no se repitan, que la historia no vuelva sobre sí misma y no se parezca a algo que ya ocurrió antes. Por eso decía Marx que a veces la historia parece repetirse, pero una vez en forma de tragedia y otra de farsa (3). La ruptura y la repetición dividen a la historia en etapas o modos de producción. Es lo que permite clasificar el tiempo histórico, ordenarlo y sistematizarlo en ciclos, entender tanto la continuidad como la discontinuidad.

Las transiciones históricas son los saltos en los cuales los fenómenos cambian cualitativamente su naturaleza, adquiriendo otra diferente. Así, el capitalismo se convierte en socialismo, apareciendo en la historia como un cambio revolucionario, una unidad homogénea y a veces como un momento fugaz: los 10 días que estremecieron al mundo. Entonces todo parece claro y extraordinariamente simple. Pero “de la revolución misma no debe uno forjarse la idea de que sea un acto único […] sino que es una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con periodos de calma más o menos profunda”, escribió Lenin (4).

Al poner la lupa encima de la revolución socialista, por ejemplo, el asunto aparece en toda su complejidad, se dilata en el tiempo y aparecen etapas, como el comunismo de guerra, la NEP o la colectivización. La distinción entre una cualidad y otra es relativa, es decir, que un cambio es cualitativo en relación a otro, que es puramente cuantitativo. Las transiciones, pues, no pueden ser las mismas en un caso que en otro. La transformación del capitalismo premonopolista en imperialismo es un cambio cualitativo del capitalismo, dentro del capitalismo; no lo es si lo ponemos en relación con el socialismo.

Engels lo expuso diciendo que en la naturaleza no hay saltos porque todo procede a la manera de saltos (5), es decir, de cambios cualitativos. Todo fenómeno que cambia experimenta transformaciones que, a la vez, son cuantitativas y cualitativas. Aunque no sean de la misma naturaleza, ambas son necesarias. Una revolución no sólo son grandes cambios sino también pequeñas reformas, modificaciones muchas veces insignificantes de las que luego los libros de historia se olvidan porque sólo tienen en cuenta las anteriores. En ocasiones, esas pequeñas reformas se pueden obtener sin una revolución, pero en otras sólo son posibles si van precedidas o acompañadas de las grandes.

En esto no hay fórmulas. Las revoluciones no son abstracciones sino acontecimientos históricos concretos que jamás se repiten. Por ello, para dirigir una revolución en un determinado país hay que conocer su historia porque en ella se encuentran tanto las coincidencias como las diferencias con respecto a otros países. La historia concreta determina la naturaleza de la revolución que se va a desencadenar y, por lo tanto, sus etapas. Por ejemplo, dado el desarrollo alcanzado en España de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la revolución sólo puede ser de tipo socialista, una declaración que lo dice todo y, a la vez, no dice nada.

Sólo una vanguardia, es decir, una minoría, es capaz de dirigir una revolución, lo cual significa que sólo ella es capaz de anticiparse y, por lo tanto, de prever las etapas que una revolución va a atravesar necesariamente en un determinado país. Pero eso sólo sucede con una minoría; los demás, la mayoría, aspira a soluciones mágicas, inmediatas y perfectas, típicas de las distintas variantes del socialismo utópico en donde la sociedad soñada queda establecida de una vez y para siempre.

El prototipo de utopismo son los que reivindican la dictadura del proletariado, porque dicen que en España la revolución sólo puede ser de naturaleza socialista. Sin embargo, ni en Rusia, ni en China, ni en Vietnam se vieron pancartas en las calles reclamando la dictadura del proletariado o el socialismo. La revolución no se dirige con frases más o menos redondas, por acertadas que sean. En términos hegelianos se puede decir que una vanguardia no sólo necesita entender lo mediato (el objetivo último) sino lo inmediato (el medio existente) y ponerlos en relación. Tan erróneo es cojear de un pie que del otro. Mientras el izquierdismo sólo habla de los grandes objetivos finales, el reformismo se refugia en las penurias de la actualidad presente.

La mayoría siempre se ha negado a admitir que la revolución atraviese ninguna clase de etapas. Los anarquistas, por ejemplo, lo quieren todo y lo quieren ya, ahora mismo. En Rusia los populistas negaron las etapas de la revolución porque negaron que allá se estuviera desarrollando el capitalismo. Según ellos, Rusia iba a saltar al socialismo sin pasar antes por el capitalismo. Es una polémica que se reprodujo en los setenta, cuando algunos acusaron a los comunistas de dogmáticos porque defendían que la sucesión de modos de producción era inexorable y que para construir el socialismo era necesario antes pasar por el capitalismo. Los trotskistas también han sostenido siempre ese tipo de concepciones, calificando a los comunistas de etapistas y falsificando el concepto marxista de revolución permanente.

Las concepciones que niegan las etapas en cualquier clase de revolución son erróneas, lo mismo que aquellas otras que se estancan en las etapas, o las dilatan en el tiempo. Éstos últimos hablan de etapas pero no de la transición de unas a otras, ni del momento oportuno para hacerlo. Por ejemplo, en la URSS Bujarin quiso mantener la NEP de manera indefinida y se opuso a considerarla como una etapa agotada y, por consiguiente, que era necesario pasar a otra etapa diferente: la colectivización del campo. Las etapas son necesarias precisamente para saltar de unas a otras. La revolución se divide en etapas porque no todas las medidas que un gobierno tiene que aprobar se pueden ejecutar simultáneamente y no todas ellas tienen la misma importancia económica y política. Las etapas existen porque la vanguardia no improvisa sino que actúa organizada y planificadamente, porque sabe lo que tiene que hacer en cada momento para avanzar.

El salto de una etapa a otra no sólo determina la discontinuidad y la ruptura entre ambas, sino también la continuidad. Las revoluciones no empiezan de cero sino de lo que hay, de lo que el capitalismo deja. Al dia siguiente de la revolución francesa, la situación de un zapatero de París no había cambiado. Se había producido un salto histórico gigantesco que pocos eran capaces de apreciar. Del mismo modo, el 8 de noviembre de 1917, tras el triunfo de la revolución socialista en Petrogrado, Rusia seguía siendo un país capitalista inmerso en una guerra imperialista. No hay revolución que erradique el feudalismo ni el capitalismo por decreto, aunque lo intente.

Así pues, en una etapa subsisten buena parte de las condiciones propias de la anterior, es decir, existe el feudalismo dentro del capitalismo y éste dentro del socialismo. A causa de ello, por más que la naturaleza de la revolución de octubre fuera socialista, los bolcheviques adoptaron numerosas medidas de tipo democrático o, si se quiere, de tipo democrático burgués. La pureza no existe, ni en la biología ni en la historia. No existen revoluciones exclusivamente burguesas, ni exclusivamente proletarias. Incluso a veces hay revoluciones en las que parece que una clase necesita traicionarse a sí misma, mostrarse impura, como cuando en 1789 la burguesía francesa preservó la monarquía, una institución típicamente feudal.

Los semirrevolucionarios soportan muy mal este tipo de situaciones ambiguas y siguen calificando de etapistas a quienes en España reivindican la República Popular, que ellos entienden de manera opuesta al socialismo, o a la dictadura del proletariado. Lo más corriente, en palabras de Lenin, es entender la contradicción como oposición, la diferencia entre una etapa y otra, pero además de eso es necesario captar la transición de un opuesto a su contrario. Eso es precisamente “lo más importante”, decía Lenin (6). Cualquiera puede entender la diferencia entre el capitalismo y socialismo; lo complicado empieza al trazar el paso de uno a otro, cuando hay que empezar a salir de las abstracciones, las generalidades y las vaguedades que sirven tanto para un roto como para un descosido pero, sobre todo, para quedarse en la nube de los debates y las discusiones vacías.

Quienes necesitan adornarse de frases contundentes desvalorizan la democracia, o la envuelven con adjetivos no menos contundentes, como la de “burguesa” en donde la burguesía queda como el baluarte de las libertades y los derechos, es decir, como algo que nunca ha sido y, paralelamente, los comunistas aparecen como su negación, como partidarios declarados de la dictadura. El planteamiento que hacen los semirrevolucionarios es el mismo que hace hoy la burguesía, que asocia la democracia al capitalismo.

A ellos la democracia les sabe a poco. Su planteamiento no sólo es erróneo sino que, además, se contradice con los hechos. Desde hace un siglo los comunistas han sido quienes se han puesto a la cabeza de la lucha contra el fascismo, es decir, de la lucha por la democracia, una batalla en la que los muertos se cuentan por decenas de millones. Con mucha más razón hoy, sobre todo en España, la lucha contra el fascismo sigue indisolublemente vinculada a la lucha por el socialismo, al proletariado y a los comunistas.

Vivimos en el país de la Inquisición, la llevamos metida en la médula de los huesos. Somos el país de las hogueras. Sin solución de continuidad en España hemos pasado de la Inquisición al franquismo y, a pesar de ello, o quizá a consecuencia de ello, seguimos teniendo con este asunto una confusión importante. Durante generaciones nunca hemos disfrutado ni de libertad, ni de derechos, ni de migajas de nada de eso. Creemos saber de lo que se trata por referencias indirectas; nos lo imaginamos, y algunos imaginan tanto que creen incluso disfrutar de la democracia “burguesa” porque no han recibido los imprescindibles palos en las costillas que les convenzan de lo contrario. No escarmientan en cabeza ajena.

(1) Lenin: Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.255.
(2) Gramsci: Política y sociedad, Barcelona, 1977, pg.58.
(3) Marx: 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.11.
(4) Lenin: ¿Qué hacer, Obras Escogidas, tomo I, pg.258.
(5) Engels: Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1980, pg.215.
(6) Lenin: Cuadernos filosóficos, cit., pgs.124-125.

El alzheimer en el análisis comunista español

José Guillén

Hace unos días
llegó a mis manos, después de mucha insistencia y hasta persecución
por parte de un militante del PCPE, su archiconocido periódico
“Unidad y Lucha”, periódico que en las próximas fechas
realizará una folclórica fiesta en el madrileño barrio de Vallekas
celebrando no sé muy bien el qué, será que el movimiento comunista
español ha dado un salto cualitativo y hay motivos para realizar
celebraciones con cantidades ingentes de banderitas, canciones y
demás, en vez de estar a pie de calle organizando la resistencia
popular contra el Estado español, pero este no es el tema al que
pretendo ceñirme en este texto. Una vez dispuse de un momento de
tranquilidad y sosiego, le eché un ojo a la publicación en
cuestión. No iré artículo por artículo porque me parece que tiene
poco sentido, además de que no valen tampoco mucho la pena, pero
hubo uno de los artículos que me llamó la atención nada más
verlo, por la pomposidad de su título y a posteriori por su
contenido que es lo que pretendo criticar en este artículo, el
título era: “República Socialista: ¿Opción o necesidad?”
En dicho artículo a primera vista, lo que parece entenderse es
que la intención del PCPE/CJC es criticar el etapismo del PCE y su
revisionismo explicando que el partido en cuestión no quiere llegar
al socialismo sino quedarse en una fase intermedia, “la III
República”, hasta aquí estoy de acuerdo con ellos, el PCE no es
ni un partido revolucionario, ni lucha por el socialismo, pero a
partir de aquí comienzan los problemas y se demuestra como el
PCPE/CJC no tiene una línea política para conseguir el poder
político en el estado español, su falta de memoria histórica, y
que además obvia y pasa de largo el desarrollo histórico particular
y propio del Estado capitalista español, yendo a rebufo de los
análisis generales del capitalismo y limitándose a repetir
consignas como: “Llegado el momento, esta misma burguesía
podría acceder a la república sin que ello supusiera ningún
quebranto de su sistema de dominación”
o “Los
revisionistas y oportunistas llaman a convocar a la ciudadanía para
instaurar un régimen republicano a imagen y semejanza de la
república del 31”.

Para nuestros buenos
amigos del PCPE/CJC, parece ser que la monarquía no les afecta, y
que se han tragado el cuento de la transición, del rey como florero
que no pinta nada en las decisiones del Estado. Parece ser que
cargarse la monarquía en este Estado no serviría de nada, todo y
eso cuando tenemos la experiencia de dos repúblicas, la del 1873 y
la de 1931, que han sido los momentos de mayor efervescencia
revolucionaria en este Estado y donde mayor movimiento popular y
democrático ha habido, hasta que a través de golpes de Estado se ha
vuelto a los regímenes anteriores reaccionarios. Pero claro, esto a
PCPE/CJC les da absolutamente igual. Para ellos una república
española es lo mismo que una república francesa, que una italiana y
que una alemana. Una buena clase de historia no les vendría mal:
fíjense que ni el propio fascismo, en su momento de mayor
contrarrevolución en los años 40 y 50, fue capaz de tumbar la
institución monárquica, debido a la influencia que tenía dentro
del propio Estado. Curioso es también que después de tumbar a la
institución monárquica en el 31, todo el sistema caciquil se
viniera abajo y se instaurara la primera y hasta ahora única etapa
donde se respetaban y se daban derechos democráticos a las masas.
Pero claro, tirar a una institución no tumba un Estado, claro que
no, por eso la figura en la que el fascismo español se apoyó para
perpetuarse y hacer que su Estado aguantara fue en el rey, y por eso
el rey es el jefe del Ejército español. Vaya… ¿a que va a
resultar que la monarquía tiene más importancia de la que dicen? En
definitiva dejar claro, que si, en esencia la república española en
sus puntos generales sería igual que cualquier república actual,
pero en su contenido particular, ese matiz revolucionario que tienen
las repúblicas en nuestro país, y que la historia ha demostrado, no
lo tendría ninguna, porque el baluarte sobre el que se apoya el
fascismo en este país y todo sus mecanismos represivos estatales, se
centran en la figura de la monarquía y es indispensable para ello.
Todo el terrorismo de Estado o el golpe de Estado del 23-F ha pasado
por las manos de la monarquía previamente. El Ejército le debe
lealtad a esta institución y la lucha por el socialismo en este país
no puede ir separada de la lucha republicana y antifascista, tumbar a
la monarquía con todo el peso que tiene en el aparato estatal
español no es algo que sea precisamente fácil para los capitalistas
(que ya lo intentaron en su momento) porque en España la palabra
república va ligada a revolución, va ligada a democracia y va
ligada a socialismo, por eso el monopolismo español no puede
defender la república, porque sería estar defendiendo su propia
sentencia de muerte. Esto los revisionista del PCPE/CJC es algo que
no alcanzan a comprender, sencillamente porque caen un mecanicismo
simplista, no hacen uso del materialismo histórico, es decir, no se
paran un momento a analizar nuestro desarrollo histórico, sino a
repetir palabrería que bien valdría tanto para España como para
Grecia, Italia, Turquía o Kazajistán… es necesario explicar a la
gente lo que es la monarquía y lo que fue la transición, aunque
acabará pasando que las masas serán la que se lo acaben explicando
a este partido que se autoconsidera la “vanguardia”.

Debemos extender la
organización y resistencia contra el Estado fascista, no debemos
olvidarnos de nuestras propias experiencias históricas, sino usarlas
de fuente para el análisis, para saber valorar el desarrollo
particular que tiene el Estado español como Estado capitalista, que
si en lo general coincide con el resto de Estados (gobierno de la
burguesía, existencia de la propiedad privada de los medios de
producción, explotación del proletariado, campesinado y capas
populares, etc.), en lo particular lo hace totalmente único. Y para
poder conseguir la toma del poder, se deben analizar también esas
cuestiones particulares y no universales. Saber entender la historia
de un Estado es imprescindible para poder elaborar una línea
política contra él. Claro que no quedan fases intermedias, porque
España ya es un Estado imperialista, y que el único camino es el
socialismo, pero para ello debemos combatir al Estado y por ende a la
monarquía, no subordinarla a un segundo plano, porque es
indispensable acabar con ella para llegar a la república popular y
el socialismo.

Publican en Londres los manuscritos de Marx sobre geología

Juan
Manuel Olarieta



Dentro de la historia del pensamiento
humano, la figura de Marx sobresale y se agiganta a cada momento. La
lenta y laboriosa recopilación de las Obras Completas de Marx y
Engels sigue siendo un filón inagotable de muchas cosas, pero sobre
todo de sorpresas. Marx es un iceberg. No le conocemos, y los
marxistas -con poquísimas excepciones- menos que nadie.



A Marx le está ocurriendo como a
Aristóteles, a quien llegamos a través de Tomás de Aquino y la
Escolástica. También Marx tiene a sus propios escolásticos
empañados en falsificar cada línea de su pensamiento. Con su
insustancial retahíla de citas literales creen que ya está todo
dicho, cuando en realidad todo está por decir y -sobre todo- por
hacer.



Así lo prueba la publicación, por
vez primera, de los apuntes de Marx sobre geología, que datan de
1878, con anterioridad a sus investigaciones etnológicas sobre las
sociedades primitivas no occidentales.



Lo más sorprendente es que el
interés de Marx por la geología no fue nada episódico ya que los
manuscritos ocupan más de 650 páginas en letra impresa.



Al morir Marx los papeles pasaron a
manos de Engels y de ahí fueron a los archivos de la
socialdemocracia alemana, que a mediados de los años veinte entregó
una parte al Partido Bolchevique, previo pago de una cantidad
importante de dinero. Pero se quedaron con otra parte y en 1933 los
nazis se apoderaron de ella, yendo a parar a Copenhague y luego de
vuelta a Londres. Se intentaron editar en 1980, pero el proyecto se
paralizó ocho años después, volviéndose a reanudar la
recopilación en 2003.



Los editores han tardado una década
en llevar los manuscritos a la imprenta y esperemos que no transcurra
otro tanto para leer la traducción.



También hay que esperar que la
estupidez característica de la intelectualidad burguesa no vuelva al
tópico falaz de que la burocracia stalinista escondió estos
manuscritos en un cajón, como hicieron con los de economía y
filosofía o con los de matemáticas…



¿Por qué le interesaba a Marx la
geología? En principio para asentar su tesis sobre la renta de la
tierra, que formaba parte del último tomo de El Capital. Es
característico del estilo marxista exhaustivo, que sus discípulos
-con poquísimas excepciones- no han seguido. En la exhaución
marxista destaca la unión entre la naturaleza y la sociedad que ya
aparecía en los manuscritos sobre filosofía y economía, que echa
por tierra la separación entre ciencias naturales y ciencias
sociales, y entre ellas y la filosofía, que es tanto como decir
entre la teoría y la práctica: «Algún día habrá una sola
ciencia», pronosticó Marx (1)
y lo que hizo fue ponerse a la tarea, lo mismo que Engels, cuyos
manuscritos sobre la Dialéctica de la naturaleza (2)
son otra de las joyas del pensamiento científico de todos los
tiempos.



Pero hay un aspecto en los apuntes
sobre geología de Marx que Martin Hundt pone acertadamente de
manifiesto: la metodología científica (3),
uno de los más tergiversados por su discípulos. Un tópico de la
intelectualidad burguesa acostumbra a comparar (por no decir
equiparar) al marxismo con el evolucionismo, pero se olvidan de la
geología. En 1852 en la Contribución a la crítica de la
Economía Política
Marx el propio Marx ya había comparado a la
geología con la historia. Las reflexiones de Marx sobre la
metodología científica en la misma obra, («El método de la
economía política») tampoco se publicaron en su momento, y el
ponerlas por escrito no ha cambiado la situación: siguen siendo
ignoradas, quizá porque el método aparece al final como un
apéndice, y no al principio, a diferencia del pensamiento burgués.
Quizá el lector llega al final ya muy fatigado por la lectura. O
quizá porque…



… porque una parte de esa
metodología son los geniales añadidos de Engels, que fue uno de
esos poquísimos que no sólo entendió a Marx sino que fue él quien
le llevó de la mano desde que se conocieron. Poco antes de morir, en
su carta inconclusa a Vera Zasulich Marx volvía de nuevo sobre esa
sorprendente comparación entre la geología y la historia (4).



A lo largo del tiempo los modos de
producción se suceden en una forma análoga a los estratos del suelo
(ley de Steno). Pero lo mismo que el geólogo cuando perfora la
tierra, el historiador no investiga los hechos cronológicamente sino
que empieza por el final. En la superficie de la tierra las capas más
superficiales son las más recientes. Excavar es remontar en el
tiempo. En la historia, escribió Marx, «la última forma
considera a las formas pasadas como grados que conducen a ella»
(5).



Otro aspecto importante que Hundt
apunta también con agudeza: la geología está en el origen de la
teoría de la evolución, porque no sólo las especies vivas cambian,
sino también la geografía, la atmósfera, el suelo y los océanos.
Lo que hasta entonces se consideraban objetos «inanimados»
no lo eran tanto. Nada permanece, todo está en continuo desarrollo,
hasta las piedras.



Pero eso no es todo. En geología el
tiempo, los cambios y las diferentes etapas se miden en eones, una
unidad indefinida del orden de miles de millones de años. Dios no
pudo crear el mundo en seis días, ni su duración podía ser de sólo
4.000 años, como decía la Biblia. En fin, la geología descubrió
el tiempo, que es la quintaesencia de la dialéctica, y aún más:
que ese tiempo no era reciente sino de auténtico vértigo.



Referencias:


(1)
Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Alianza, Madrid,
pgs.152 y 153.

(2)
Engels, Dialéctica de la naturaleza, Akal, Madrid,

(3) The
Connection of Mind and Nature: Marx’s 1878 Notebooks on Geology
(http://marxismocritico.com/2013/10/18/the-connection-of-mind-and-nature-marxs/)

(4) Marx
y Engels: Obras Escogidas, Progreso, Moscú, 1978, tomo III, pg.163.

(5) Marx
y Engels: Contribución a la crítica de la economía política,
pg.275.



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