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Un billete de cero euros conmemora los 200 años del nacimiento de Marx

La ciudad alemana de Treveris ultima los preparativos para conmemorar los 200 años del nacimiento de Karl Marx el 5 de mayo de 1818. Dentro de las celebraciones, el ayuntamiento de la ciudad natal ha lanzado un billete de cero euros con la fotografía de quien, junto con Federico Engels, creó el socialismo científico.

El papel, que no tiene curso legal y de edición limitada, es de color morado, por el frente muestra la cara del revolucionario alemán y por el revés contiene imágenes de monumentos europeos como la Sagrada Familia de Barcelona, el Coliseo de Roma, la Puerta de Brandenburgo en Berlín o la Torre Eiffel de París.

¿Dónde encontrar el recuerdo? El billete se vende en la oficina de turismo de Treveris por tres euros y por el momento se han vendido 5.000 unidades, aunque hay planes de imprimir 20.000 más.

“El recuerdo refleja las críticas de Marx al capitalismo y, por supuesto, el billete de cero euros encaja perfectamente con el motivo”, indicó Norbert Kaethler, director gerente de la oficina de turismo de Treveris.

Además de los billetes, la ciudad alemana está vendiendo patos de goma con El Capital bajo el ala, tazas, cambiando las habituales siluetas de los semáforos y ultima la inauguración de una estatua de bronce de tres toneladas, financiada por el gobierno chino.

Marx, que fundamentó científicamente el tránsito del capitalismo al socialismo, pasó los primeros 17 años de su vida en Tréveris y la ciudad está orgullosa de su hijo más famoso.

José Pio Tamayo, pionero del marxismo en Venezuela

José Pío Tamayo
Germán Saltrón Negretti

Fundador del Partido Comunista Cubano y pionero en divulgar el marxismo en Venezuela. El 4 de marzo de 1898, se cumplieron 119 años de su nacimiento, en el Tocuyo Estado Lara,  murió en la ciudad de Barquisimeto a los 37 años, luego de permanecer 7 años en prisión, durante la dictadura criminal y nefasta del General Juan Vicente Gómez. Emigra obligado en 1926, por causa de sus actividades conspiradoras contra el gobierno de Juan Vicente Gómez. Se traslada a Puerto Rico y luego a Nueva York, donde conspira con los opositores al general Gómez. Partió a La Habana, Cuba y participa en la fundación del Partido Comunista. Posteriormente, con algunos de los venezolanos antigomecistas participó activamente en la Liga Antiimperialista de las Américas, colaborando en la publicación El Libertador.

Es detenido en Panamá en 1925, por dirigir una huelga de inquilinos, siendo expulsado del país.  Logra regresar a su país el 1926, al conseguir una amnistía de Francisco Baptista Galindo, quien era Secretario de la Presidencia. En Caracas se incorpora como colaborador en la revista Élite y en el diario Mundial. Participa de la Semana del Estudiante de 1928. En el acto inaugural Pío Tamayo lee en el Teatro Municipal, un poema suyo titulado Homenaje y demanda del Indio, cuyo contenido fue calificado por Juan Vicente Gómez de conspirador, le cuesta la cárcel en la Rotunda y luego en el Castillo Libertador de Puerto Cabello, junto con varios jóvenes estudiantes que participaron en la jornada. En prisión fundó «La Carpa Roja», un espacio para la formación política, el estudio y el debate donde les dicta clases de marxismo a los estudiantes.

Lo recuerda Fernando Key Sánchez, que en las bóvedas del Castillo Libertador de Puerto Cabello, entre de abril y noviembre de 1929, recibieron las primeras lecciones de marxismo dictadas por Pio Tamayo. En mayo de 1929, fue aprobada una reforma constitucional, la cual prohibió la propaganda comunista en todo el territorio nacional y a su vez, declarando «traidor a la Patria a todo aquel que practicara esa doctrina». Por presiones políticas de la sociedad venezolana, muchos jóvenes fueron liberados y enviados al exilio. Pio Tamayo permanece en prisión donde contrae tuberculosis, y en diciembre de 1934, le otorgan la libertad por su gravedad. Muere el 5 de octubre de 1935 en Barquisimeto.

Recuerdo que varios ilustres larenses, entre ellos Frank Ortiz, Yeo Cruz, Ramón Querales, Janette García Yépez, Pedro Rodríguez Rojas, entre otros, se reunieron en la sede de la Biblioteca Pío Tamayo, para crear una Cátedra que rescatara el pensamiento del luchador tocuyano, divulgar su obra y solicitar que sus restos ingresarán al panteón nacional. Dirigieron una carta al presidente Chávez. La Asamblea Nacional aprobó un acuerdo en homenaje José Pio Tamayo el 15 de agosto de 2010 por unanimidad.

El diputado Fernando Soto Rojas leyó el acuerdo. Trascurrido seis años esperamos una respuesta positiva. Pio Tamayo es pionero del socialismo y líder de la generación del 28. Recuerdo que 1931, en la clandestinidad fue fundado el Partido Comunista de Venezuela y espero que también sea recordado para siempre, junto con el Presidente Hugo Chávez Frías como los promotores del Socialismo venezolano.

http://www.alainet.org/es/articulo/183937

El ocaso de la ‘clase media’ en España

La sociología gringa es de pacotilla y sus portavoces se expresan con términos tan absurdos como llamar “sectores vulnerables” al proletariado explotado y esquilmado y “pobreza energética” a quienes no pueden pagar ni el recibo de la luz.

Pero no cabe duda que el vocablo estrella de esos mequetrefes es el de “clase media” y para referirse a que la explotación de la fuerza de trabajo se ha multiplicado exponencialmente en los últimos años, dicen que la “clase media” está desapareciendo.

Así se expresan los genios de la Fundación BBVA y del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas, que han publicado una monografía titulada “Distribución de la renta, crisis económica y políticas redistributivas”, que analiza -a su manera- el hundimiento del nivel de vida de los trabajadores en la década 2003-2013.

Todos estos “análisis” comienzan por un punto de vista que es más falso que un billete de tres euros. Consiste en olvidarse del paro y del incremento del número de parados para centrarse únicamente en el descenso de los salarios, es decir, en aquellos obreros que aún conservan su puesto de trabajo.

La segunda falsificación es que, como los propios autores de la investigación reconocen, el 75 por ciento de la renta disponible de los hogares españoles procede del trabajo, es decir, que la referida “clase media” no es otra cosa que la clase obrera.

Según el estudio, la crisis del capitalismo ha cambiado el “mapa socioeconómico”, ya que ha arruinado literalmente a tres millones de trabajadores, a los que los investigadores califican como “clase media”, que han pasado a formar parte de los “estratos más vulnerables de la sociedad”.

A partir de ahí el “análisis” está lleno de tópicos vacíos, como ese tan del gusto del reformismo que consiste en llorar porque “los costes de la crisis se han repartido de forma desigual”. Sin embargo, cuando no había crisis, ¿cómo se repartían los beneficios?, ¿acaso se repartían de manera equitativa o da lo mismo que haya crisis o no?

Pero la duda es más importante es la siguiente: ¿por qué los reformistas sólo hablan del reparto cuando llegan los malos tiempos? Serían mucho más creíbles si en las épocas de bonanza hubieran compartido la tarta con los demás.

A ritmo de rap, Marx también se pone ‘de moda’ en China

Un grupo de académicos chinos se ha propuesto recuperar el marxismo para la juventud. Para ello ha recurrido a un rap con el que pretende transmitir a la juventud que el pensamiento marxista “está de moda” en el país asiático.

Los académicos chinos han elaborado un programa de nueve episodios titulado “Marx es fiable” que comenzará a emitirse en Inner Mogolia, una televisión local del norte del país, según informa la agencia de noticias Xinhua.

Como aperitivo, los académicos han lanzado el hilo musical de “Marx es fiable”, un rap que se ha convertido en un éxito en las redes sociales. “No por el poder, no por el dinero, sino por la confianza, seguimos adelante”, repite uno de los versos, que han sido traducidos al inglés.

La canción usa el lenguaje de la conocida como “generación milenio”, aquellos que han nacido en la China posterior a la década de 1980, para “establecer una conexión entre las cualidades de Carlos Marx y sus aspiraciones”.

“Queremos decir que el marxismo aún está de moda, que no es algo obsoleto”, ha explicado Zhuo Sina, autor del rap.
  
“Esperamos que después de esto los jóvenes vayan a las bibliotecas y librerías para leer a Marx”, ha añadido Feng Wei, uno de los académicos.

En octubre del año pasado la Universidad de Pekín convocó el Primer Congreso Mundial sobre marxismo, en el que participaron 400 especialistas procedentes de 20 países distintos.

En los ochenta en China se impuso el lema de Deng Xiaoping que llamaba al enriquecimiento personal. Ahora, en tiempos de crisis, los vientos se mueven en la dirección opuesta. En la prensa numerosos artículos reseñan los tiempos heroicos de la Larga Marcha, cuando el Ejército Rojo, desnudo, descalzo y hambriento, atravesó el país entero.

Los medios de comunicación vinculan la recuperación del marxismo a la austeridad, a la Revolución Cultural y a los tiempos en que a los generales del Ejército revolucionario sólo se diferenciaban de los soldados rasos por los bolsillos del uniforme.

Hay un clima de añoranza y de recuperación de los orígenes. Lo llaman “la fortuna de las manos desnudas”. Los que se enriquecieron en los ochenta ya no son el modelo, ni están tan bien vistos. “El que se hace famoso es un cerdo que engorda”, se empieza a escuchar en las calles.

Cuando en 2002 la revista Forbes publicó la lista de las personas más ricas de China, no pudo ilustrar el reportaje con sus fotos. Los millonarios chinos se han hecho muy discretos. No quieren publicidad. El reportaje les mostró con la cabeza cubierta por sacos de papel.

Seguramente tienen miedo que China vuelva a dar otra de sus históricas sacudidas.

El partido laborista británico pone a Marx ‘de moda’

En setiembre del pasado año John McDonnell fue nombrado “ministro de finanzas en la sombra” del partido laborista, tras la elección de Jeremy Corbyn como secretario general de la organización.

A finales del año pasado eligió a la ONU para lanzar uno de sus primeros discursos. Se estaban celebrando varias sesiones para abogar por la “redistribución de la riqueza” y otras ideas “socialistas” del mismo calibre, como parte de la lucha contra el calentamiento del planeta.

Luego ante la BBC McDonnell aseguró lo siguiente: “Si observamos la mayoría de las instituciones que hoy enseñan economía, Marx se ha vuelto a poner de moda, porque la gente ha vuelto a sus análisis básicos de cómo funciona el sistema”.

“Si miramos a nuestro sistema capitalista, uno de sus analistas definitivos de su funcionamiento, sin entrar en su condena, o si está acertado o equivocado, sino los mecanismos de su maquinaria, como se formó y como se desarrollaría, fue Marx, desde luego”, declaró a la BBC.

McDonnell es como Varufakis para Syriza. Dentro de Gran Bretaña es un pez gordo. Si los laboristas consiguieran la mayoría, McDonnell sería una de las personas mas influyentes de Gran Bretaña. Ya dispone de una gran influencia en la política nacional.

Pero el partido laborista no asusta a nadie. Al fin y a la postre, para él Marx sólo sirve para “analizar” el capitalismo, no para cambiarlo. Además no es más que una moda, que tan pronto llega como se va.

Si Usted no es un laborista británico sino que se ha tomado a Marx en serio, la cosa cambia mucho. No se le ocurra levantar en público el fantasma de Marx porque le calificarán de antigualla.

Dedique su tiempo a analizar lo mal que van las cosas, y nada más.

Breve homenaje a Suzanne de Brunhoff

El mes pasado se cumplió un año del fallecimiento de la economista francesa Suzanne de Brunhoff, militante comunista y renovadora del pensamiento marxista con una extensa obra científica publicada.

Después de Rosa Luxemburgo la suya es la aportación más importante de una revolucionaria a la economía marxista. En su primera obra, “Capitalismo financiero”, publicada en 1964, Brunhoff analizó el papel económico del Estado en Francia entre 1948 y 1958.

Sin embargo, se dio a conocer dos años después con otra obra magistral, “La moneda en Marx”, varias veces reeditada, que es una referencia obligada en la investigación científica sobre la política económica moderna.

Tras la obra de Hilferding no ha habido muchos marxistas que hayan profundizado y desarrollado la obra de Marx sobre el crédito, las distintas formas de capital financiero, la inflación, la política fiscal y el papel de los bancos centrales y del Estado en la economía actual.

Pero la comparación con Hilferding es odiosa; la obra de Brunhoff es mucho más amplia, más completa y no comete los errores del socialdemócrata austriaco.

En 1971 publicó “La oferta monetaria”, en 1973 “La política monetaria, Un ensayo de interpretación”, en colaboración con Paul Bruini y en 2010 “Estado y capital. Una investigación sobre la política económica” en el que describe de manera exahustiva la crisis del sistema de Bretton Woods en los años setenta del siglo pasado.

Brunhoff explicó claramente la originalidad de la teoría monetaria de Marx, tanto con referencia a los clásicos, especialmente a David Ricardo, como a sus epígonos, incluido Keynes y sus secuaces.

La economista francesa puso a Marx sobre sus propios cimientos, impidiendo cualquier clase confusión al respecto, en especial ese “velo” que puso Say entre la economía “real” y la “monetaria” y que se mantiene hasta el día de hoy, en medio de continuas y estériles polémicas.

Naturalmente que Brunhoff destacó el papel del Estado y de la política económica como parte integrante de la teoría económica y, en especial, de la política monetaria y financiera, así como otros aspectos que la burguesía y sus acólitos universitarios aborrecen discutir, como la especulación.

Suzanne de Brunhoff nació en 1929 con el nombre de Simone Blum en Estrasburgo, de familia judía alsaciana. Sus padres eran León Blum y Teresa Lion, promotores del Comité de Apoyo a Dreyfus.

Su padre era un médico muy conocido, introductor del tratamiento de los diabéticos con insulina en Francia. Su madre era una conocida feminista abogada defensora de las mujeres. Tras la invasión nazi, la familia se cambió los nombres para evitar la deportación y se unió a la resistencia y al Partido Comunista, que se había convertido en su máximo baluarte.

En 1950 se casó con el otro revolucionario francés conocido, el pediatra Mathieu de Brunhoff, miembro del MRAP, de la red “Educación sin Fronteras” y de numerosos colectivos y movimientos reivindicativos.

Cuando el Partido Comunista degeneró, el matrimonio lo abandonó y se unieron a Henri Curiel y la red “Solidaridad” de apoyo a los movimientos de liberación del Tercer Mundo, especialmente de Vietnam y Argelia.

Su lucha revolucionaria le acarreó toda clase de problemas en la universidad. El conocido filósofo de la ciencia, Georges Canguilhem, logró que la expulsaran de la Sorbona.

Pero eso no la detuvo. Además de economía, estudió filosofía y sociología, convirtiéndose en investigadora del CNRS, equivalente francés del CSIC español, en la que alcanzó el grado de directora de investigación, a pesar de las zancadillas de los caciques universitarios franceses.

El pensamiento de Suzanne de Brunhoff es un tesoro que aún está por descubrir.

Política y estrategia

No cabe duda de que el general nazi Reinhardt Gehlen es uno de los personajes más fascinantes, no sólo de la Segunda Guerra Mundial sino, sobre todo, de la posguerra. Estuvo a las órdenes del III Reich, luego de Estados Unidos y, finalmente, de la República Federal de Alemania, lo cual, expuesto de esa manera, parece aludir a tres cosas muy distintas…

Es inevitable que un personaje así escribiera sus memorias tras jubilarse en 1968 como director del servicio secreto alemán (*), bastante decepcionantes por cierto porque no cuenta ni la décima parte de lo que sabía.

Cuando las escribió hacia 1970, el nazi quiso dejar bien claro que, antes que nada, era un anticomunista furibundo. Habría que haberle escuchado en 1940, en plena etapa de esplendor del hitlerismo.

Pero con la derrota nazi y el paso del tiempo, el general se presentaba como un “nacionalista alemán”, quizá escorado hacia eso que llaman “extrema derecha” los que nunca llaman a las cosas por su nombre.

Veamos. Durante toda la guerra Gehlen luchó en el frente oriental contra el Ejército Rojo al mando de algo impropio de un “nacionalista alemán”: las unidades “extranjeras” incorporadas a la Wehrmacht.

En cuanto acabó la guerra se puso, con todos sus hombres y sus medios, al servicio de su anterior “enemigo” (pg.125), una potencia también “extranjera”, Estados Unidos, que ocupaba militarmente el suelo alemán, del que nunca se ha marchado. ¿Dónde está el nacionalismo de los fascistas?

Es ocioso insistir en la naturaleza ideológica de Gehlen. Su “nacionalismo” era como el de todos los fascistas, pura retórica, la misma que le impide referirse a su enemigo en el frente como “soviético”. Lo que él vio en las trincheras eran “rusos”.

Como buen oficial de Estado Mayor, Gehlen entendió a la perfección las causas de la victoria del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial: “Los rusos tenían una inteligencia estratégica y política de formidable calibre y gran astucia”, escribe (pg.81).

Si Gehlen no hubiera estado tan absorbido por su mentalidad chovinista podía haber añadido que en 1941-1945 los verdaderos “alemanes” fueron “los rusos”.

No es, pues, como lo pintan los documentales de la tele. La guerra no la perdieron “los alemanes”, a los que siempre presentan, por su propia naturaleza, como superiores a “los rusos” antes y ahora. Si, como explica Gehlen, la Segunda Guerra Mundial, como cualquier otra guerra, no es más que política (pg.93), la victoria soviética significa que políticamente la URSS estaba por encima del III Reich -faltaba más- y, consiguientemente, por encima de cualquier otro país de aquella época.

Cuenta Gehlen que el proyecto de Hitler era la “destrucción del estado ruso”, la “liberación” del comunismo, lo cual sólo era posible “con la ayuda del propio pueblo ruso” porque las guerras modernas no se entablan entre ejércitos sino entre pueblos (pg.92). “En la política y la guerra modernas no se puede prescindir del factor psico-político”, concluye el general nazi (pg.110) en un capítulo de sus memorias sugerentemente titulado “Cortejando a los rusos”.

Las alusiones de Gehlen ayudan a entender el verdadero proyecto político que los nazis tenían para la URSS tras su rápida victoria militar: ¿a quién cortejar?, ¿a quién poner al frente del nuevo Estado ruso?, ¿quiénes eran sus sicarios en Moscú?, ¿quiénes formaban parte de las redes de Gehlen en la URSS? El general reconoce que en la posguerra uno de sus espías llegó a ministro de la República Democrática Alemania. Pero no dice nada de la etapa anterior a la guerra, ni de sus infiltrados dentro de la URSS.

A la inversa, las redes de Gehlen explican las depuraciones políticas y militares inmediatamente anteriores a la guerra que se llevaron a cabo en el Partido, el Estado, el Ejército Rojo y todas y cada de las instituciones públicas y privadas de la URSS. Los depurados eran esos cómplices rusos que el III Reich pretendía “cortejar” para imponer sus planes de destrucción de la URSS. La conclusión es obvia: en la victoria soviética de 1945 tan importante como los disparos de la artillería fueron las previas depuraciones políticas de finales de los años treinta.

Lo que Gehlen recuerda en sus memorias no sólo es el abecedario de cualquier guerra sino, naturalmente, de cualquier desafío político moderno. Las batallas políticas no sólo las pierden quienes sostienen una estrategia equivocada, sino -sobre todo- quienes no tienen ninguna, quienes la reducen a seguir una táctica tras otra, a eso que ahora llaman “gestión”, a interpretar sondeos electorales y contar votos.

Si en las batallas políticas y militares no sólo triunfan los ejércitos sino las masas, quien se pone incondicionalmente, de verdad, a su servicio tendrá ganada la primera pelea y la más importante.

(*) Servicio secreto. Memorias del jefe del servicio de inteligencia alemán, Barcelona, 1972.

Una de marxismo (con perdón)

 Nicolás Bianchi
Lo genial en Marx (Lenin dixit) es que dio respuesta a los problemas que el pensamiento más avanzado de la humanidad había planteado ya. El marxismo es el heredero de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo (utópico) francés.

La filosofía del marxismo es el materialismo  histórico y dialéctico. Así como el conocimiento del hombre (no digo «y la mujer» porque hablo en transgenérico y se sobreentiende) refleja la naturaleza, o sea, la materia en desarrollo, dizque la vida misma, que existe independientemente de él (¿tendré que decir «y ella»?), así el conocimiento social del hombre (religión, política, filosofía, etc. ) refleja el régimen económico de la sociedad, cualquiera que sea. Las instituciones jurídico-políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica, pero no como «pisos», sino como reflejo y, también, como distorsión o ideología o falsa conciencia otrosí la ideología dominante.

«El Capital», de Marx, está consagrado (quemándose las pestañas y la salud este hombre inconmensurable) al estudio del modo de producción capitalista, al capitalismo, desde el simple trueque mercantil hasta sus formas más elevadas. La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado entonces. Adam Smith y David Ricardo sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo. Marx desarrolló esa teoría consecuentemente. Mostró que el valor de toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción. Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra, un obrero muerto por otro, o sea, otro «objeto»), Marx descubrió relaciones entre personas (capitalista/asalariado; propietario de los medios de producción y el trabajador que no tiene más remedio que vender lo único que tiene: su fuerza de trabajo para mantener a su familia y cebar a su patrón). La teoría de la plusvalía (el trabajo no pagado a la clase obrera y trabajadora asalariada) es la piedra angular de la teoría económica de Marx. La esencia del capitalismo no es tanto la ganancia como la explotación del trabajo no pagado.

La Revolución francesa, que tumbó el feudalismo, reveló que la base de todo desarrollo y su fuerza motriz es la lucha de clases. A Luis XVI, el Rey Borbón, lo guillotinaron no por desfalcos, sino por un único delito, que diría el gran Robespierre: ser rey. No la persona, la institución. Como hoy encarcelan a comunistas y antifascistas o abertzales: por serlo.

Ni un solo país capitalista se formó sin una lucha a muerte entre las diversas clases sociales. Ni uno. Nacieron matando y morirán matando, así se carguen el planeta con tal de mantener la piscina, la querida y las tarjetas black.

Yo sólo conozco un terrorismo:el del Estado y el del capital(ismo). No conozco otro. Y bendigo a quien se le oponga. Vale.

La revolución permanente según Stalin

Bajo el título “La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos” se agrupan una serie de artículos escritos por Stalin en 1924 que habitualmente acompañan a los “Fundamentos del leninismo”, escritos también por el bolchevique georgiano en aquella misma época. Todos esos artículos tienen en común su proximidad al fallecimiento de Lenin y la incorporación al partido bolchevique de una gran cantidad de nuevos militantes obreros y campesinos que fue calificada como la “generación de Lenin”. Era necesario hacer balance de una etapa histórica del partido bolchevique, la primera, aquella que Lenin protagonizó de manera indiscutible, así como de reflexionar sobre la naturaleza de la Revolución de Octubre. A su vez ambas tareas están estrechamente relacionadas con la concepción que del leninismo debía quedar dentro del partido bolchevique. ¿Qué había sido el leninismo y, sobre todo, qué debía ser el leninismo? ¿Cuál es la médula del leninismo? ¿Qué había aportado Lenin al acervo científico marxista?

Estos interrogantes no sólo se plantearon como consecuencia de la muerte de Lenin a comienzos de 1924; no eran una reflexión necrológica sino un problema candente del partido bolchevique y el movimiento obrero internacional. Aprovechando el vacío provocado por la enfermedad de Lenin, en octubre de 1923 una reducida minoría de militantes desencadenaron una guerra interna que amenazó con llevar al partido bolchevique a la disgregación.

El inicio de las hostilidades se produjo el 8 de octubre de 1923, cuando en una intervención pública Trotski trató de movilizar a todos los descontentos que, desde el inicio de la NEP o nueva política económica y la polémica sindical de 1921, se habían mantenido agazapados dentro las filas del partido pero no acataban las resoluciones aprobadas por una amplia mayoría.

Una semana después esa oposición se agrupó y manifiestó su disconformidad con la NEP. La crítica adoptó la forma de carta dirigida al Buró Político por 46 militantes, entre otros, Piatakov, Preobrajenski, Osinski, Kaganovich y Sapronov. La carta, que se conoce habitualmente como la “Plataforma de los 46”, agrupaba a todos los viejos escisionistas resentidos que sólo habían acatado de palabra las resoluciones entonces aprobadas.

En su carta la “Plataforma” atribuía las dificultades económicas de 1923 (denominada “crisis de la tijeras”) a un apoyo insuficiente a la industria. Exigía reforzar el Gosplan, la planificación centralizada, e incrementar los créditos a la industria pesada. En las condiciones del momento, esto sólo se podía hacer en detrimento de la agricultura y del campesinado. Era una propuesta para debilitar la alianza obrero-campesina, lo que significaba poner en riesgo la dictadura del proletariado.

De la economía los miembros de la “Plataforma” pasaban a la cuestión interna del partido, al que ellos calificaban de “burocrático”, pretendiendo que se toleraran las fracciones dentro del mismo.

Aunque Trotski no firmaba el documento de la “Plataforma”, compartía sus puntos de vista. Su declaración de 7 de diciembre titulada “Un nuevo rumbo”, dirigida a los demás miembros del Buró Político, tenía un contenido muy parecido.

Tanto el documento de la “Plataforma” como la declaración de Trotski fueron distribuidos por los comités y células del partido al margen de los cauces previstos por sus estatutos. No cabía duda, por tanto, de que se trataba de todo un desafío fraccional. Diez días después de aparecer la “Plataforma”, el Comité Central se reunió en pleno con la Comisión Central de Control y con representantes de diez organizaciones del Partido. Por 102 votos a favor, 2 en contra y 10 abstenciones se aprobó una resolución que rechazaba todas las tesis de la referida “Plataforma”.

En enero de 1924 se reunió la XIII Conferencia del Partido para abordar de nuevo las cuestiones planteadas por la “Plataforma”, en la que Stalin pronunció el discurso de resumen del debate interno. La resolución de la Conferencia desentraña la naturaleza pequeño burguesa de la oposición y encuentra en ella dos ramificaciones: una de tipo izquierdista que ataca la NEP y pretende regresar al comunismo de guerra, y  otra derechista, que considera mucho más influyente y que personaliza en Radek, que pretende abrir el país al capital extranjero.

Cinco meses después, tanto en el XIII Congreso y como en el V Congreso de la Internacional Comunista, la oposición es derrotada por amplia mayoría.

En el XIII Congreso del partido bolchevique, celebrado en mayo de 1924, Zinoviev exigió a Trotski un reconocimiento público de sus errores, a lo que Trotski no sólo se negó, sino que pasó a la ofensiva inmediatamente, atacando a Zinoviev. El 6 de noviembre de 1924 publicó un libro provocador titulado “Lecciones de Octubre” en el que atacaba a Zinoviev y a Kamenev por sus vacilaciones durante la Revolución de 1917. A su vez, esta publicación motivó la réplica de Zinoviev y Kamenev.

En este inicio del debate, fue Zinoviev quien tuvo una participación personal más destacada en la lucha contra el trotskismo, y fue precisamente eso, una participación personal porque, en realidad, las posiciones de Zinoviev tampoco eran las más acertadas; más bien al contrario, compartía buena parte de las tesis trotskistas.

La polémica entre ambas fracciones no sólo no cesó sino que se fue alimentando a sí misma, adoptando progresivamente un carácter mucho más agrio. En un discurso pronunciado el 18 de noviembre de 1924 Kamenev acusó a Trotski de subestimar el papel del campesinado, encubriendo sus concepciones con una fraseología revolucionaria. La asamblea del partido a la que se dirigía Kamenev aprobó una moción denunciando “la ruptura por Trotski de las promesas que había hecho en el XIII Congreso”. En otras reuniones del partido se adoptaron resoluciones similares.

El 15 de enero de 1925 Trotski dirigió una carta al Comité Central en la que afirmaba que no había querido reanudar un debate interno y presentó su dimisión de la presidencia del Consejo Militar Revolucionario. Dos días después el Comité Central constataba que en su carta Trotski no reconocía ninguno de sus errores y que había puesto todas sus esperanzas en que los planes del partido y del Estado soviético fracasaran; que entre las tesis leninistas y las de Trotski había una muralla insalvable que concernía a los aspectos fundamentales del bolchevismo. El Comité Central constataba, además, que Trotski había emprendido una “cruzada abierta” contra su línea política, y apuntaba: “En los últimos tiempos, en ningún problema de importancia, Trotski se ha pronunciado junto con el partido, sino con mayor frecuencia contra las opiniones del partido”. Luego afirmaba que “las intervenciones oposicionistas de Trotski en el partido y alrededor del partido han convertido su nombre en bandera de todo lo no bolchevique, de todas las desviaciones y grupos no comunistas y antiproletarios”. El imperialismo se estaba haciendo eco de los ataques de Trotski contra el bolchevismo, a la espera de que el partido entrara en una fase de descomposición interna y la revolución se hundiera.

Aprovechando aquel caos, Zinoviev pidió la expulsión de Trotski del Partido o, al menos, del Comité Central. Rechazada esta demanda, Kamenev solicitó la exclusión de Trotski del Buró Político. Estas exigencias tropezaron con la oposición de Stalin y otros dirigentes bolcheviques. En el XIV Congreso del partido, Stalin recordó esas propuestas de Zinoviev y Kamenev y explicó que no fueron aprobadas porque “nosotros, la mayoría del Comité Central no estamos de acuerdo […] A continuación, el pueblo de Leningrado y el camarada Kamenev exigen que el camarada Trotski sea inmediatamente excluido del Buró Político, pero nosotros no estamos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kamenev porque nos damos cuenta de que la política según la cual hay que cortar cabezas implica los más graves riesgos para el Partido […] Es un método sanguinario -es sangre lo que reclaman- peligroso y contagioso; hoy se hace caer una cabeza, mañana otra, después una tercera. ¿Quién quedará en el Partido?”

Finalmente, alimentadas por el cerco imperialista, las contradicciones se fueron agudizando de manera creciente y lo que empezó como una polémica dentro del partido, acabó como una guerra contra el partido que hubo de ser resuelta mediante el recurso a la violencia revolucionaria.

En esa lucha fraccional contra el partido, como he dicho, uno de los elementos fundamentales del debate era la definición del leninismo, cuestión de carácter crucial y decisiva para la estrategia de todo el movimiento comunista internacional. Aunque Stalin utiliza la palabra “táctica” en aquella época se utilizaba con un significado diferente que ahora porque en ella se resumían las cuestiones políticas, económicas e ideológicas más importantes.

Al mismo tiempo que Stalin, Zinoviev ofreció su versión de lo que entendía por leninismo; también Bujarin intervino en el debate para expresar lo que él entendía como leninismo. Únicamente Trotski nunca dio su versión de lo que eso significaba para él, por una razón bien sencilla: él no era y nunca había sido leninista. Él siempre había estado fuera del partido bolchevique, nunca había luchado junto a Lenin, y eso se notaba en su pensamiento. Las concepciones de Trotski hundían sus raíces en el menchevismo y en la ideología reformista de la II Internacional, de donde había importado su singular concepción de la revolución permanente, tratando de introducirla dentro del movimiento comunista internacional, proyecto que fracasó.

Aunque se asocia erróneamente a Trotski, el concepto de revolución permanente es uno de los más importantes del marxismo-leninismo y uno de los peor comprendidos, a causa precisamente del rechazo que provoca su asociación con el pensamiento de Trotski. En consecuencia, el papel de Trotski consistió el desvirtuar la idea de revolución permanente, cuyas raíces estan en los propios escritos de Marx y Engels. A su vez, el concepto de revolución permanente es un aspecto concreto de una problemática mucho más general del materialismo histórico: el problema de la transición, otro de las grandes cuestiones del marxismo-leninismo peor estudiadas.

Cuando Marx y Engels escriben, salvo excepciones, la mayor parte de los países europeos, especialmente Alemania, estaban sumidos en una economía semifeudal, es decir, el capitalismo no había llegado a desarrollarse plenamente, lo cual planteaba al proletariado situaciones extraordinariamente complejas que sólo personalidades realmente geniales como Marx y Engels fueron capaces de solventar con toda la perspectiva estratégica e histórica que involucraba. El proletariado tiene el socialismo como objetivo pero, como digo, la mayor parte de los países ni siquiera habían alcanzado el capitalismo. ¿Cómo pensar en el socialismo en esas circunstancias? Si el capitalismo no se ha desarrollado la clase obrera tampoco ha adquirido la importancia económica y política capaz de convertirla en una fuerza hegemónica, al tiempo que otras capas sociales tienen un protagonismo decisivo. A su vez, la debilidad del capitalismo acarreaba otra serie de deficiencias sin las cuales es impensable la revolución socialista: libertades políticas, unidad nacional, separación de la iglesia y el Estado, etc. Por lo tanto, el atraso capitalista planteaba la cuestión de la revolución democrático-burguesa o, en otras palabras, el programa mínimo de la revolución proletaria.

En determinados estudios esta cuestión se plantea de una manera deformada, como si Marx y y Engels hubieran defendido en alguna ocasión la sucesión histórica ineluctable de una serie de modos de producción (feudalismo, capitalismo, comunismo), o bien bajo el supuesto de que ellos habrían previsto que la revolución proletaria sólo era posible en los países más adelantados, mientras que la historia demostró que empezaba por los más atrasados (Rusia y China). Estas nociones que se imputan al marxismo-leninismo son equivocadas y han contribuido a entorpecer la comprensión de la teoría de la revolución permanente y de otras cuestiones decisivas del materialismo histórico.

Como ya he expuesto, cuando Marx y Engels escriben Alemania era un país atrasado, semifeudal, y ellos ya estaban luchando en esas condiciones por la revolución proletaria, de manera que no se puede decir que ellos plantearan el carácter sucesivo ineludible de los modos de producción. Además, Alemania era entonces un país campesino, de modo que fueron ellos los primeros en destacar el papel revolucionario que podían desempeñar como fuerza de reserva en la revolución proletaria. El desarrollo del capitalismo se inicia en las ciudades y marcha hacia la zonas rurales, cuyo atraso alberga los últimos resto de feudalismo. En consecuencia, desde otro punto de vista, el problema del campesinado es también el problema de la revolución democrático-burguesa. Lo que importa destacar es que Marx y Engels no sólo previeron sino que resolvieron esta cuestión en lucha contra la corriente lassalleana que apareció a mediados del siglo XIX dentro de la socialdemocracia alemana. De modo que quienes, como los mencheviques y los trotskistas, nunca aceptaron el papel del campesinado dentro de la revolución, nada tienen que ver con Marx y Engels porque sus concepciones derivan directamente de Lassalle.

La subsistencia del feudalismo plantea otras cuestiones a la revolución de carácter estrictamente democrático, como la unidad nacional, el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, la separación de la iglesia y el Estado, el derecho de asociación, la libertad de expresión, etc., sin las cuales es impensable cualquier tipo de revolución que invoque el protagonismo de las masas en ella. Estas cuestiones democráticas integran el programa mínimo de la revolución democrática; se trata de un legado que la burguesía no quiere o no puede llevar a cabo. A medida que su revolución se retrasa, la burguesía se ve atrapada en un fuego cruzado. Por un lado, tiene que enfrentarse a la aristocracia feudal para llevar a delante su revolución; pero por el otro la clase obrera comienza a despuntar. En esas condiciones la burguesía bascula y tiende al compromiso con las reliquias del Antiguo Régimen; por consiguiente, la clase obrera tiene que asumir la parte más avanzada y progresiva de la lucha de la burguesía. Esta cuestión es tanto más importante en cuanto que el proletariado es aún débil y, por tanto, está obligado a alcanzar un compromiso político con el campesinado y con sectores de la burguesía que aún están dispuestos a seguir adelante con la lucha.

Este es el planteamiento general que de esta cuestión hicieron Marx y Engels en una etapa del capitalismo que aún no había llegado a su momento imperialista, que es cuando Lenin desarrolla la misma estrategia en condiciones diferentes, en condiciones en las cuales la clase obrera no sólo asume e incorpora dentro de su programa las consignas más avanzadas de la burguesía sino que se pone a la cabeza de la lucha por la revolución democrático-burguesa y cuando, además, no sólo pretende con ello inclinar la balanza en favor del proletariado de ciertos sectores burgueses sino que su objetivo primordial es ganarse un sólido aliado entre los campesinos.

La estrategia leninista demostró su fortaleza durante las revoluciones de 1905 y de febrero de 1917, ambas de naturaleza democrático-burguesa, ambas dirigidas por el proletariado y en las que el campesinado desempeñó un papel fundamental.

Una vez agotada esta etapa, Lenin planteó inmediatamente, en abril de 1917, que la naturaleza de la revolución había cambiado y que a partir de entonces había que luchar por la revolución socialista. Esto coincide en el tiempo, y no por casualidad, con la Primera Guerra Mundial y la entrada del capitalismo en su etapa imperialista, que iba a plantear una nueva perspectiva para el movimiento comunista internacional.

Por lo tanto, la marcha de los acontecimientos, el avance del capitalismo en todo el mundo, que barre los restos de cualquier otro tipo de sociedades, el fortalecimiento de la clase obrera, deja cada vez menos margen para la revolución democrático-burguesa y pone, salvo excepciones, a la clase obrera frente a la necesidad de lucha por el socialismo como tarea inmediata.

Ahora bien, como demuestra el fascismo, el propio imperialismo supone la reacción más despiadada y feroz contra amplias masas de la población, por lo que las reivindiciones democráticas nunca han desaparecido de los programas de las organizaciones de clase del proletariado en todo el mundo. Más bien al contrario, se han reforzado, convirtiendo a la clase obrera en la combatiente de vanguardia por los derechos y las libertades más elementales.

La lucha por el socialismo nunca ha eliminado la perspectiva de conquista de las libertades públicas, sin las cuales las masas obreras no pueden reunirse, organizarse, discutir y difundir sus reivindicaciones y consignas entre las masas. Bajo el imperialismo la burguesía tiende a liquidar los derechos democráticos y, como reacción, el proletariado se organiza para su defensa porque la garantía de los mismos no está en la legislación burguesa sino en su capacidad de combate. Por eso, muchas reivindicaciones del programa mínimo de la clase obrera siguen plenamente activas en casi todos los países capitalistas, si bien por sí mismas no constiuyen, como antaño, una etapa previa a la revolución socialista sino una parte integrante de ella, con la que se confunde: para luchar por la democracia hay que luchar por el socialismo; sólo la dictadura del proletariado garantiza los derechos y libertades fundamentales.

A pesar de su carácter socialista, la Revolución de Octubre de 1917 adoptó numerosas medidas de carácter democrático. Esto demuestra la falsedad de la concepción trotskista que equipara la revolución democrático-burguesa al capitalismo. También demuestra su errónea estrategia que les conduce a pretender saltar en el vacío, como decía Maurín, desde la monarquía absoluta hasta la dictadura del proletariado. El trotskismo califica de «etapista» la concepción de Marx, Engels y Lenin que vincula la lucha por las libertades democráticas, la conquista de la república, la autodeterminación, etc., del socialismo, la expropiación de los explotadores y la socialización de la tierra. No sólo la revolución socialista requiere etapas, más o menos largas, más o menos importantes, sino que es en sí misma una etapa, un proceso que atraviesa distintos momentos diferentes, en cada una de las cuales se deben abordar -sucesiva o simultáneamente- problemas también diferentes. No es posible exponer una receta única que ofrezca soluciones generales a países que se encuentran en condiciones económicas, sociales, históricas y culturales muy diversas. Tampoco se trata de sostener, al modo revisionista, que existen modelos nacionales diversos o vías diferentes para la construcción del socialismo. Se trata de comprender muy bien la situación concreta de cada país y entender que por más que la revolución sea un salto, un cambio cualitativo, es también un proceso prolongado en el tiempo. Las palabras que Marx emplea en El Capital son bastante claras al respecto: “El único camino histórico por el cual pueden destruirse y transformarse las contradicciones de una forma histórica de producción es el desarrollo de esas mismas contradicciones”. Se trata de una expresión contudente que hay que completar con el prólogo que complementa la primera edición de esa misma obra, en el que Marx añade: “Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve –y la finalidad última de esta obra es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna- jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto”.

Pues bien, esta obra de Stalin responde meticulosamente a las dos circunstancias que eran imprescindibles para acometer la construcción del socialismo en la Rusia de 1917: un diagnóstico minucioso, claro y preciso del estado del país en aquel momento y otro, igualmente minucioso, claro y preciso, de las «fases naturales» que necesariamente debían atravesarse para llegar al objetivo perseguido por la clase obrera y su vanguardia dirigente: el socialismo. Es absurdo pretender el socialismo sin saber los caminos y recorridos concretos que conducen hasta él. Quienes, como los trotskistas, dicen luchar por el socialismo pero no quieren esas fases y esos recorridos, tienen una concepción escolástica y libresca del mismo, algo que comparten con todos los utopistas y soñadores que siempre hablan de sus buenas intenciones sin poner nada en práctica para acercarnos hacia ellas.

Pequeño homenaje a Labriola 110 años después

Juan Manuel Olarieta

Es una excusa tan buena como cualquier otra, aunque no sea una cifra redonda: se cumplen 110 años de la muerte del marxista italiano Antonio Labriola que -supongo- seguirá pasando desapercibido para que la manipulación de su obra, lo mismo que la del marxismo, continue su camino.
¿Se dejarían algo en el tintero los clásicos del marxismo? Si podemos transitar de Marx y Engels a Lenin, ¿para qué queremos a Labriola? Lo tenemos casi todo ya cocinado, no hay más que repetir las citas de unas obras muy completas…
Con el pensamiento de Labriola ocurre lo mismo que con el cálculo infinitesimal 150 años antes: existían todas las condiciones necesarias que apareciera una nueva ciencia y, naturamente, apareció de forma paralela e independiente en la obra de dos científicos como Newton y Lebniz. Siempre ha ocurrido así en cualquier tipo de disciplina científica. En palabras de Marx se puede decir que la tarea del científico no es la de una parturienta sino la del partero: sacar a la luz algo que está en pleno proceso de gestación.
Es algo que confirma el carácter científico del marxismo: en el siglo XIX existían las condiciones materiales e intelectuales suficientes para alumbrar una nueva ciencia, la historia, a la que Marx y Engels llamaron materialismo histórico. Tenía que aparecer otra ciencia y apareció, no por obra exclusivamente de Marx y Engels sino de ellos y de otros autores de manera paralela e independiente.
Uno de ellos fue Labriola, un autor que es casi una generación más joven que Marx y Engels y que tuvo la fortuna de encontrar en ellos lo que personalmente andaba buscando tiempo atrás: una explicación científica de la historia, que era la asignatura que impartía en las universidades de Nápoles y Roma. Labriola nunca fue un filósofo ni un historiador sino un científico de la historia, alguien que buscaba una explicación a la historia.
Hasta el siglo XIX los historiadores eran como hoy los periodistas: coleccionistas de hechos, más o menos fantásticos, atribuidos a personajes que también eran más o menos del tipo del Cid Campeador en el poema épico. Desde un principio todo el esfuerzo de Marx y Engels estuvo volcado en acabar con ese tipo de relatos que, como Hollywood, «se basaban en hechos reales», pero ahí acababa todo parecido con la realidad. Marx y Engels llevaron a cabo una «revolución intelectual», escribe Labriola. Su gigantesco esfuerzo por desentrañar los resortes del capitalismo, el mayor que ha conocido la historia del pensamiento humano, con diferencia, no tiene otro sentido que el de explicar la historia, lo cual encierra dos descubrimientos decisivos. El primero es que vivimos en la historia, es decir, que toda la realidad es histórica, cambiante. El segundo es que si el hombre es capaz de entender la historia también es capaz de dirigirla, lo cual -como siempre- hay que entender a la inversa: sólo podemos dirigir la historia si la entendemos.
Lo histórico se opone a lo natural, si esto se concibe -erróneamente- algo como fijo e inmutable, otro viejo esquema que también se había derrumbado en el siglo XIX, la «segunda revolución intelectual», dice Labriola. Es un punto en el que resulta imprescindible recordar aquello que Marx escribe en El Capital: la diferencia entre la naturaleza y la historia es que podemos actuar sobre la segunda pero no sobre la primera.
Es la esencia misma del materialismo, que ahora los seudomarxistas combaten. El marxismo defiende el materialismo y, por consiguiente, no sólo pone en el centro a la materia (y no a la práctica) sino que la pone al principio. Para que haya madera antes tiene que haber un árbol. El trabajo, dice Marx, metaboliza las condiciones naturales y las convierte en condiciones sociales. Eso signifca que hay lugares a los que el ser humano no ha llegado, y ni siquiera conoce de su existencia, aunque cada vez llega más lejos y conoce más. Lo que está al principio, pues, no es la práctica sino la materia. No es casualidad que la economía hable de materia «prima», o sea, de la primera materia.
La historia empieza cuando los seres humanos transforman el árbol en madera con su trabajo. Después la práctica no acaba nunca, de tal modo que sigue transformando unas condiciones sociales en otras diferentes, mejores, más favorables. Por eso Labriola pone a la práctica en el centro no sólo de la historia sino de la ciencia de la historia.
La filosofía de la praxis, que es la esencia del materialismo histórico, todo lo pone a ras de suelo. En una comparación muy típica del siglo XIX Labriola pone el ejemplo de la fisiología, cuyo objeto no es el estudio de la vida sino de los seres vivos. De ahí que la historia no sea otra cosa que «la historia del trabajo», entendiendo que eso «abarca a todo el hombre histórico y social» y que no es una pura actividad sino «conocer en tanto obramos». Podríamos decir que no es tanto la vida sino las condiciones de vida, que se componen de pequeñas cosas, no de hazañas ni grandes aventuras. La historia y la ciencia de la historia empiezan cuando alguien como Engels escribe acerca de algo que a nadie le había interesado jamás: la situación de clase obrera en Inglaterra.
El problema de la historia es que padece el pernicioso influjo de la actualidad, que nos arrastra con el espejismo de toda esa inmundicia de personajes y personajillos a los que ponen en primera plana de las noticias. La historia se escribirá en contra de todas esas noticias y no recordará a ninguno de esos energúmenos que aparecen en ellas. La historia empieza a convertirse en ciencia cuando busca a los verdaderos protagonistas de la misma, que son las masas, o sea, esos millones de trabajadores anónimos que están haciendo la historia ahora mismo en las oficinas del paro, en los polígonos industriales, en los desahucios, en las pequeñas reuniones, en las minúsculas concentraciones… en todas esas cosas, en fin, a las que nadie presta ninguna importancia, salvo los marxistas.

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