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Un detenido en Málaga por realizar pintadas contra la pandemia

El pasado viernes la policía detuvo a una persona por realizar más de un centenar de pintadas contra la pandemia en varios barrios de Málaga. Se trata de un hombre de 70 años que está acusado de un “delito de daños”, que en estos casos es el invento típico para justificar la represión de la libertad de expresión.

Las pintadas se realizaron en fachadas de viviendas de los barrios de Capuchinos, El Molinillo y El Ejido, con textos como “No hay covid 19”, “El virus está en la tele” o “¿Eres telecreyente?”. Los “daños” causados a los edificios ascienden a más de 25.000 euros, según informó ayer la Comisaría Provincial del Cuerpo Nacional de Policía.

La investigación se la encomendaron nada menos que a la Brigada Provincial de Información que, por lo visto, no tiene otra cosa más importante que hacer que localizar pintadas por los edificios de la ciudad. Naturalmente, para ello hace falta que los jefes y la Subdelegación del Gobierno tomen cartas en el asunto y se preocupen de acallar cualquier voz disonante.

La ardua tarea policial, prolongada durante varias semanas, consistió en llevar a la comisaría a los dueños de los edificios y comercios que han sido pintados para que pongan denuncia, inflen la cuantía de los “daños” causados por la pintura de las fachadas y luego llevar la “nota de prensa oficial” a los medios locales para que amplifiquen el drama que padecen los vecinos afectados por tan horrendo crimen.

Una vez que la policía monta el correspondiente revuelo, pasa a resolver el drama con la detención del pintor “gracias a la colaboración de los vecinos”, que de esta manera se acostumbran a la represión y no a la defensa de la libre expresión, para la cual ya no quedan requicios: la tele no informa, la radio no informa, la prensa tampoco y las redes sociales cierran las cuentas de contenido crítico.

Si en lugar de pintar, el vecino se pone a dar voces por la calle, lo hubieran encarcelado por el crimen de “desórdenes públicos” y llevado a un siquiátrico a fin de que los “expertos” le curen de su adicción a exponer lo que piensa. La nueva normalidad es más de lo mismo: todo el mundo puede opinar lo que quiera, pero que lo guarde para sí porque sólo se pueden expresar los de siempre.

Los primeros drones sanitarios ya vuelan sobre las playas de Roma

Los cielos de la costa de Ostia, en la capital italiana, vieron volar los primeros drones médicos que, por el momento, han fracasado gracias al mal tiempo.

Los drones tenían como misión controlar la temperatura de las personas que tomaban el sol en las playas de Ostia, pero unas horas después el experimento se pospuso debido a las malas condiciones meteorológicas previstas para el fin de semana.

Una empresa hospitalaria había organizado el vuelo de reconocimiento. El dron debía subir a una altura de al menos 25 metros sobre el nivel del mar y a una distancia de al menos 30 metros de los bañistas.

La temperatura debía ser controlada automáticamente por el dron en la playa a través de una cámara térmica de circuito cerrado. Cuando el dron detecta una alteración de la temperatura corporal, supone que el bañista es un riesgo para la salud.

Entonces el dron alerta al personal sanitario de la playa solicitando la intervención inmediata para conocer el estado de salud del que ha disparado la alarma, pidiéndole que se someta a una prueba de coronavirus lo antes posible.

Además de controlar la temperatura corporal, el dron también puede convertirse en un socorrista si es necesario, vigilando a las personas en el agua, o comprobar que se cumplen las normas de seguridad y que los bañistas guardan la distancia, incluso en la arena y en el agua.

El dron está supervisado por dos personas, el técnico que pilota el aparato y un médico que, en caso necesario, puede comunicarse con el personal sanitario y con el teléfono de emergencias.

“Se trata de una forma innovadora e integrada de asistencia sanitaria que permite que un solo sanitario, a distancia, detecte la enfermedad y dirija al socorrista allí donde haya un problema crítico, para prestar una primera asistencia rápida e inmediata y, al mismo tiempo, una primera forma de rastreo”, ha explicado Giulio Maria Ricciuto, responsable de primeros auxilios de Grassi.

El derecho a la intimidad de las personas se va por el sumidero. Alguien vigila tus movimientos, incluso en una playa, y no hay ningún aviso público de que vayan a controlar la temperatura corporal de los que llegan a la playa con su toalla, su bañador y sus cremas solares.

El año pasado los drones de la policía sobrevolaron ciudades, como Roma y Milán, para vigilar y controlar las movilizaciones y concentraciones contra el confinamiento, que fueron prohibidas por el gobierno.

—https://www.ilgiornale.it/news/roma/ostia-volo-dei-droni-misurare-temperatura-ai-bagnanti-1972772.html

Una aplicación informática exige el pasaporte sanitario para reservar mesa en los restaurantes

La semana pasada, OpenTable, la aplicación informática para reservar mesa en los restaurantes, anunció que integrará el estado de vacunación en sus formularios y su página web para que los establecimientos puedan aplicar las disposiciones legales.

OpenTable ha anunciado que se asociará con la empresa de identificación digital Clear, lo que permitirá a los restaurantes indicar si exigen a los clientes una prueba de vacunación.

A continuación, la aplicación pide a los clientes que creen una cuenta Clear a través de la aplicación OpenTable y conecten su certificado de vacunación, si desean comer en un restaurante que lo requiera.

Si no te vacunas, tendrás que comerr en tu casa o en la de tus amigos. Poco la poco las redes sociales van imponiendo el apartheid sanitario, aunque quedan excepciones, como Texas, donde han advertido a las empresas que pedir una prueba de vacunación contra el coronavirus es ilegal.

El viernes de la semana pasada la OMS publicó una guía para la certificación electrónica de las vacunas en el futuro (*). Incluye la posibilidad de ampliar el seguimiento electrónico a otras vacunas, además del coronavirus, y anima a todos los países miembros a utilizarla.

La alternativa es boicotear masivamente a este tipo de tinglados.

(*) https://apps.who.int/iris/rest/bitstreams/1359417/retrieve

Australia aprovecha la pandemia para aprobar más leyes represivas

El parlamento australiano tramita una legislación sin precedentes que otorga a la policía atribuciones casi ilimitadas para espiar a cualquier ciudadano, al obtener acceso a las redes sociales y cuentas de correo electrónico sin conocimiento del titular, si está calificado como “sospechoso de actividad criminal”.

Con el apoyo del Partido Laborista, la medida ha sido aprobada por el Senado con un amplio número de votos.

Las órdenes emitidas ni siquiera necesitarán ser autorizadas por un juez. Solo deberán ser ratificadas por el Tribunal Administrativo de Apelaciones del gobierno.

El proyecto de ley crea tres nuevos tipos de intervención que la policía y la Comisión de Inteligencia Criminal pueden utilizar para copiar, eliminar y modificar el contenido de las redes sociales de una persona.

La policía podrá usurpar la identidad del titular de la cuenta y enviar correos electrónicos o mensajes a sus corresponsales en línea.

El “terrorismo” fue el pretexto con el que se inició la nueva legislación represiva, en agosto del año pasado, en plena pandemia, cuando la atención estaba puesta en otros puntos de ctualidad. El entonces ministro del Interior, Peter Dutton, afirmó que los nuevos poderes se centrarían en los terroristas, los pedófilos y los narcotraficantes que operan en línea, y que se aplicarían “a esas personas y sólo a esas personas”.

Pero como siempre, la legislación se ha expandido hacia otros supuestos. El diputado laborista Andrew Giles señaló que los laboristas habían pedido que se ampliaran los tipos de delitos que autorizan las nuevas atribuciones, ya que actualmente “todos los delitos de la Commonwealth castigados con una pena máxima de tres años o más desencadenan los poderes”.

Giles advirtió que esto significaba que “los delitos fiscales, las infracciones de marcas comerciales y otra serie de delitos” permitirían las atribuciones especiales, y no sólo los delitos de “abuso y explotación de menores, y el terrorismo” que la coalición de gobierno utilizó inicialmente para justificar el proyecto de ley.

—https://www.theguardian.com/australia-news/2021/aug/25/australian-powers-to-spy-on-cybercrime-suspects-given-green-light

Italia condena a cadena perpetua a 14 criminales implicados en la Operación Cóndor

El mes pasado acabó en Italia un largo proceso judicial contra algunos de los criminales implicados en la Operación Cóndor, la represión asesina llevada a cabo por las juntas militares latinoamericanas en los años setenta y ochenta del siglo pasado.

El proceso comenzó hace dos décadas, cuando el magistrado Giancarlo Capaldo puso en marcha una investigación sobre las decenas de ciudadanos italianos que “desaparecieron” en América Latina. Se necesitaron quince años para completar los trabajos preliminares del juicio, que finalmente sentó en el banquillo a veintiún militares, ministros e incluso estadistas. Uno de ellos, residente en la sureña provincia italiana de Salerno, era Jorge Néstor Troccoli, antiguo oficial del servicio secreto de la marina uruguaya. Unos años antes, había utilizado su nacionalidad italiana para huir de Uruguay con el fin de evitar ser procesado en ese país por los mismos delitos.

Catorce de los acusados, incluido Troccoli, fueron condenados a cadena perpetua. Otros murieron antes de poder ser juzgados. Pero en América Latina y en otros lugares, muchos de estos criminales siguen impunes.

Para entender la esencia de la Operación Cóndor tenemos que retroceder en el tiempo hasta los turbulentos años 70 en América Latina. La ardiente victoria de la revolución cubana, unida a la independencia de muchos países africanos y asiáticos, impulsó las luchas sociales y políticas en todo el continente. Esto, a su vez, alimentó las esperanzas de los partidos y movimientos de izquierda de liberarse seriamente del modelo impuesto por Estados Unidos: una segunda independencia, como reza el título de una famosa canción de Inti-Illimani.

Pero esta esperanza no duró mucho. Mediante golpes militares, los militares se hicieron con el poder y derrocaron a gobiernos elegidos democráticamente desde el norte hasta el sur del continente. Esto se hizo de acuerdo con las élites económicas, que históricamente han mantenido un firme control del poder político en América Latina, y con Estados Unidos, que temía que los movimientos progresistas y las reformas encabezadas por los gobiernos de izquierda pudieran poner en peligro las inversiones estadounidenses en la región y permitir que los países históricamente alineados con Washington se deslizaran hacia la órbita soviética.

Esto condujo -empezando por Brasil en 1964- a una serie de golpes de Estado que sometieron a la mayor parte del continente a un régimen militar. En 1971 le tocó a Bolivia, seguida de Chile y Uruguay en 1973, y Argentina en 1976. Una vez en el poder, estos regímenes lanzaron feroces campañas de represión contra cualquier forma de disidencia. Las redadas contra los opositores, las detenciones arbitrarias, las torturas, la detención en campos de concentración y las “desapariciones” fueron las medidas sangrientas que se utilizaron constantemente a lo largo de los años de la dictadura. Las víctimas: izquierdistas, músicos, sindicalistas, estudiantes implicados en movimientos sociales, militantes católicos o incluso personas simplemente sospechosas de tener tendencias marxistas.

Pero esto no fue suficiente. La serie de golpes de Estado tardó más de diez años en terminar. Las personas que podían estar en peligro en un país que había caído bajo un régimen militar podían esperar refugiarse en un estado vecino, donde todavía no había una dictadura, para evitar ser detenidos. La policía secreta de los regímenes militares era obviamente muy consciente de este hecho. Para sortear este problema, en otoño de 1975, el coronel Manuel Contreras, jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) de Chile, invitó a sus homólogos de los demás regímenes militares latinoamericanos a Santiago para celebrar la primera reunión interamericana de inteligencia nacional, una cumbre secreta destinada a reforzar los sistemas de seguridad de los países interesados.

La legalización de los escuadrones de la muerte

El signo de interrogación sobre la participación directa de Estados Unidos en la captura y desaparición de disidentes no resta importancia a la considerable responsabilidad de Washington tanto en la creación como en la aplicación del sistema Cóndor.

Al final de la reunión, celebrada en la capital de Augusto Pinochet en noviembre de 1975, los delegados de Chile, Bolivia, Argentina, Uruguay y Paraguay aprobaron un nuevo sistema transnacional de represión, bautizado como Cóndor en honor al ave que simboliza el país anfitrión. La idea era poner en práctica un intercambio multinacional de información sobre los “subversivos” mediante la creación de una oficina de coordinación y una base de datos internacional siguiendo el modelo de Interpol. Brasil se unió al movimiento en 1976, seguido por Ecuador y Perú dos años después.

La recopilación e intercambio de información era sólo la primera parte del acuerdo. La segunda parte fue operativa, con operaciones transfronterizas organizadas conjuntamente por los servicios de seguridad de los Estados Cóndor. Esto permitía que escuadrones de agentes de uno o varios países cruzaran las fronteras nacionales sin obstáculos burocráticos. Estas operaciones transfronterizas permitieron a estos agentes interrogar a uno de sus compatriotas que ya había sido detenido en otro país Cóndor, o incluso capturar al presunto disidente a partir de la información de los servicios de inteligencia locales. Los interrogatorios, basados en la tortura sistemática, solían terminar con la eliminación o “desaparición” del prisionero.

La última parte del acuerdo se refería a la formación de escuadrones especiales para identificar y eliminar a los enemigos que se habían refugiado fuera de los límites territoriales del sistema Cóndor y que podrían socavar la estabilidad de estos regímenes, incluso desde más allá de las fronteras de América Latina.

La complicidad de Washington

En este punto de la historia, conviene aclarar dos puntos. En primer lugar: la Operación Cóndor no es simplemente lo mismo que las dictaduras latinoamericanas de los años 70 y 80, aunque estén estrechamente relacionadas. Una víctima de la represión de las dictaduras no era necesariamente una víctima del sistema Cóndor, aunque estas víctimas también merecen verdad y justicia.

Además, desde el punto de vista de los historiadores, los documentos disponibles no demuestran que esta represión transnacional estuviera directamente orquestada desde Washington. A menudo se olvida que Cóndor tuvo lugar durante dos administraciones estadounidenses -primero la de Nixon-Ford y luego la de Carter- que tenían enfoques divergentes respecto a los regímenes militares latinoamericanos. La administración Nixon-Ford fomentó y financió muchas de las dictaduras que surgieron durante este periodo, en nombre de la realpolitik al estilo Kissinger. La administración Carter adoptó un enfoque muy diferente en materia de derechos humanos, y aunque este enfoque no fue ni incisivo ni eficaz, bastó para que se le acusara de comunismo a los regímenes militares.

Pero el interrogante sobre la participación directa de Estados Unidos en la captura y desaparición de disidentes no resta importancia a la considerable responsabilidad de Washington tanto en la creación del sistema Cóndor como en su aplicación.

Washington era muy consciente de lo que ocurría, pero guardó silencio, como demuestran los numerosos documentos desclasificados por las administraciones estadounidenses a partir de 1999.

También está la contribución de Estados Unidos al establecimiento y apoyo de regímenes militares que, a partir de mediados de la década de 1950, hicieron que América Latina fuera políticamente homogénea, una condición clave para el surgimiento del sistema Cóndor. A ello se sumó el entrenamiento en técnicas de contrainsurgencia y tortura impartido por la Escuela de las Américas -a la que asistieron muchos de los funcionarios que, unos años después, crearon el sistema Cóndor-.

Por último, el sistema Cóndor utilizó la infraestructura de comunicaciones estadounidense cerca del Canal de Panamá para coordinar las acciones de los regímenes militares. Por lo tanto, Washington fue claramente culpable tanto de complicidad como de apoyo a Cóndor, especialmente entre 1975 y 1977. Pero también hay una diferencia entre este tipo de apoyo externo a las actividades que los Estados latinoamericanos emprendieron por iniciativa propia y las intervenciones de política exterior como el golpe de Estado de 1954 en Guatemala o la invasión de Bahía de Cochinos.

El asesinato de Orlando Letelier

La cooperación oficial entre todas las dictaduras del Cono Sur, en el marco específico del sistema Cóndor, parece haber durado unos dos años, terminando a finales de 1977 o principios de 1978. La ruptura del pacto se debió a dos factores. El primero fue el asesinato en Washington, el 21 de septiembre de 1976, de Orlando Letelier, diplomático chileno cercano a Salvador Allende. Este crimen tuvo graves repercusiones en las relaciones entre Chile y Estados Unidos, y en todos los Estados Cóndor. El recién elegido gobierno de Jimmy Carter presionó al régimen chileno (y a otros) para que frenara sus políticas represivas, y redujo la ayuda militar a las dictaduras que no cooperaban.

El segundo factor de ruptura fueron las tensiones entre Chile y Argentina, que se agudizaron en 1977 cuando ambos estados volvieron a disputarse el control del Canal de Beagle, en el extremo sur del continente. Este conflicto, que estuvo a punto de desembocar en una guerra abierta, también fue aprovechado por otros Estados para sacar a relucir viejos agravios contra los dos países implicados. La mediación del Vaticano evitó un conflicto directo, pero las relaciones diplomáticas de las dictaduras militares quedaron irremediablemente debilitadas.

Sin embargo, la ruptura del pacto oficial no puso fin a la colaboración entre las policías políticas de todos estos regímenes. Continuaron encarcelando, masacrando, torturando e intercambiando prisioneros hasta principios de la década de 1980. En total, la represión de estos regímenes acabó con la vida de entre 30.000 y 60.000 personas, aunque este total sigue siendo difícil de cuantificar, ya que aún se desconocen los lugares de descanso final de las víctimas.

Miles de crímenes han quedado impunes

A lo largo de los años, se han celebrado muchos juicios relacionados con los crímenes de la Operación Cóndor, sobre todo en América Latina. Ya en 1978 se inició un proceso en Estados Unidos contra el agente de la DINA Michael Townley, nacido en ese país, por organizar el atentado contra Orlando Letelier con la ayuda de terroristas anticastristas cubanos. Hasta ahora, Italia es el único país fuera del continente americano que ha completado un juicio con una relación muy directa con Cóndor hasta el más alto tribunal.

Pero la justicia ha faltado. Muchos autores murieron sin pagar nunca por sus crímenes, es cierto, también debido a la debilidad de las transiciones democráticas en América Latina en la década de 1980: muchos funcionarios de carrera siguieron en sus puestos incluso después del fin de las dictaduras militares. Otros se fueron al extranjero para escapar de la justicia. Del mismo modo, nadie se ha enfrentado a cargos por fomentar y financiar golpes de Estado desde el extranjero, por consentir miles de asesinatos y por intercambiar favores con dictadores a cambio de servicios a Occidente. Un nombre podría representarlos a todos: Henry Kissinger, ganador del Premio Nobel de la Paz en diciembre de 1973, después de haber organizado meticulosamente el colapso del Chile de Allende y haber creado las condiciones para un golpe de Estado que costó miles de vidas inocentes.

En este contexto, el juicio italiano por los crímenes de la Operación Cóndor es una gota en el océano de las víctimas que nunca recibirán la justicia que merecen. Sin embargo, en este trágico contexto, el juicio italiano es crucial en un sentido. La condena de Jorge Néstor Troccoli es la primera vez que se detiene, juzga y condena a un torturador en Italia. Es de esperar que su condena sea el punto de partida de nuevos juicios contra otros torturadores que ahora viven en paz en nuestro país, lejos del escenario de sus crímenes.

Es el caso de Carlos Luis Malatto, un ex militar argentino acusado de haber torturado y asesinado a decenas de personas, pero que ahora vive un tranquilo retiro en Sicilia. También es el caso de Don Franco Reverberi, también argentino, ex capellán militar identificado por muchas víctimas como el sacerdote que ayudaba a los soldados durante las sesiones de tortura. El sacerdote vive ahora (y celebra la misa) en un pueblo de la provincia de Parma.

Han pasado 40 años, pero hoy, más que nunca, debemos exigir la justicia que toda víctima merece. Esta justicia no conoce fronteras geográficas ni políticas; y puede transmitir la memoria de lo ocurrido más allá de América Latina e incluso entre quienes no sufrieron tales atrocidades en sus propios cuerpos. El 9 de julio, el Tribunal de Casación italiano dio un paso en esta dirección. Es de esperar que este juicio sea el primero de muchos, hasta que el muro de impunidad y omertà que ha rodeado estos crímenes durante demasiado tiempo sea finalmente derribado.

Jacobin Mag y Vito Ruggiero https://jacobinmag.com/2021/07/operation-condor-us-intervention-juntas-military-dictatorships-jorge-nestor-troccoli-trial-italy

Piratas informáticos canadienses revientan los pasaportes sanitarios de los políticos de su país

El ministro canadiense de Transición Digital, Éric Caire, declaró el martes que el código QR no podía ser falsificado ni copiado. Ayer, tres días después, un grupo de piratas informáticos ya lo habían reventado, apoderándose de sus datos sanitarios y de los de otros cinco políticos de Quebec.

Serían un hazmerreir, de no ser porque la información médica es confidencial y los piratas canadienses han demostrado, por si quedaban dudas, que se pueden recabar los historiales médicos de cualquiera.

Los pasaportes de vacunas carecen de seguridad; están a merced de los instrusos y, en consecuencia, pronto se convertirán en una mercancía apetecible para las compañías de seguros y las empresas que trafican con bases de datos.

“El apellido, el nombre, la fecha de nacimiento, el lugar de vacunación… Es fácil de conseguir. No es una información muy segura. Puedes descargar el código QR de cualquier persona”, explicaron los piratas, quienes añadieron que la configuración del sitio web facilita la captura de la información confidencial.

Los piratas canadienses mostraron la información relativa al Primer Ministro de Quebec, François Legault, de su ministro de Sanidad, Christian Dubé, y otros cinco miembros de su gabinete.

La acción demuestra que una persona que no se ha vacunado podría crear fácilmente una identidad digital falsa que le permitiera entrar en los locales para los que se exige el pasaporte sanitario, ya que los códigos QR no están asociados a una fotografía.

—https://www.journaldemontreal.com/2021/08/27/preuve-vaccinale-du-pm-piratee

Australia demuestra que la pesadilla de la ‘nueva normalidad’ no se acabará nunca… si no luchamos

Australia padece el más brutal ataque a los derechos y libertades fundamentales que ha conocido desde su nacimiento como Estado independiente. Es una sociedad fantasmal. No hay bodas. No hay servicios religiosos. Las mascarillas son obligatorias en todas partes para todos.

Las ciudades están completamente confinadas y sometidas a los toques de queda. No es posible viajar de un estado a otro, y mucho menos salir del país. Ni siquiera es posible alejarse más de cinco kilómetros de la casa de cada cual. No se pude salir después de las 9 de la noche o antes de las 5 de la mañana.

El ejército ha desplegado controles de las carreteras para comprobar la documentación de los viajeros y si se han vacunado. La policía irrumpe en los comercios no autorizados y multa a los propietarios, o va de puerta en puerta para asegurarse de que no hay nadie.

A las personas no vacunadas se les dice que no salgan de sus casas. A los que dan positivo en las pruebas de coronavirus les ocurre todo lo contrario: se les obliga a salir de sus casas para recluirse en “hoteles de cuarentena”. No saben cuándo podrán regresar con su familia.

El gobierno recomienda no hablar con los vecinos, no ir de compras, no hacer pedidos por internet y no quitarse las mascarillas, ni siquiera para beber un trago de agua.

La policía reúne a miles de niños en los estadios, sin sus padres, para realizar vacunaciones masivas “voluntarias”.

Los avisos del gobierno se clavan en las puertas de las casas de los que quedan aislados en cuarentena. Las manifestaciones no autorizadas están prohibidas, y si organizas una te arriesgas a una condena de 8 meses de cárcel.

No hay delirio en el que el gobierno australiano no haya incurrido, y cada día la televisión tiene que poner a un “experto” delante de las cámaras para que invente algún pretexto sanitario, que suenan ya absolutamente grotescos. Ha llegado la nueva normalidad.

“Tendremos que seguir viviendo con alguna medida de restricción”, dicen, a pesar de que más del 80 por ciento de la población esté totalmente vacunada. Aunque no haya ningún “caso positivo”, hay que preservar las mascarillas y la distancia social.

Ahora los “expertos” han cambiado de criterio. Dicen que los “hoteles de cuarentena” han sido ineficaces, por lo que están construyendo “campos de coronavirus”. No son temporales y no los llaman “campamentos” sino “centros internamiento”. Ya hay uno en los Territorios del Norte, se está construyendo otro en Melbourne y se acaba de aprobar la construcción de un tercero en Brisbane. Para subrayar que estas normas no son temporales, estos campos no comenzarán a estar operativos hasta el año que viene.

Por ahora, estos “centros de internamiento” están reservados a los viajeros que regresan, que deben someterse a una cuarentena supervisada obligatoria. Pero no es difícil que se conviertan en instalaciones casi permanentes para encerrar a los no vacunados.

El inicio de la revuelta

Pero los australianos han llegando al límite de lo que son capaces de soportar. El 24 de julio, Día Mundial de la Libertad, un gran número de personas salió a la calle a protestar y el pasado fin de semana se produjeron manifestaciones aún mayores en Melbourne, Brisbane y Sídney.

Las protestas públicas son la clave para ganar esta batalla. La negativa a cumplir con las restricciones funciona. El simple hecho de negarse a hacer lo que pretenden imponer, de manera masiva, es invencible. A las personas que tienen que acatar las normas por miedo y por presiones les muestra que no están solas.

Por eso los principales medios de comunicación se esfuerzan por desacreditar las movilizaciones con toda clase de adjetivos, especialmente el de “violentos”. Enumeran el número de policías heridos y no hacen referencia a los manifestantes heridos. Detallan el número de detenciones, manteniendo el anonimato para no humanizar a ningún disidente.

La policía australiana ha enviado cartas amenazantes a periodistas independientes, ha embestido a los manifestantes con sus coches, les han pisado la cabeza, les han rociado con gas pimienta y les han realizado maniobras de asfixia.

En Melbourne 1.500 policías salieron a la calle con equipo antidisturbios, levantaron barricadas por las calles, dispararon balas de goma contra la multitud y rociaron con gas pimienta a los manifestantes.

Huelga de los trabajadores del transporte

El movimiento de protesta es imparable y hay varias luchas en marcha. Los camioneros australianos, muy afectados por el confinamiento, planean una huelga a gran escala para el 31 de agosto y  aconsejan comprar provisiones (*).

Un conductor dijo en un vídeo que los camioneros pretenden “quitar al gobierno de mierda”. Estoy dispuesto a ir a la cárcel para salvar a mi país y a mis hijos, añadió.

Las cadenas de suministro pronto se verán interrumpidas y los camioneros instan a los australianos a abastecerse de víveres para pasar las próximas dos semanas.

Los camioneros de todo el mundo han publicado en internet consejos para impedir que la policía pueda remolcar los vehículos y sacarlos de las autopistas.

Los huelguistas han abierto una página para apoyar económicamente la lucha, que ha sido censurada después de recaudar casi 4.000 dólares para la caja de resistencia.

No es la primera vez que los camioneros australianos bloquean las carreteras para protestar contra las restricciones sanitarias. El mes pasado, varios conductores protestaron por el cierre temporal de una obra en construcción en Sidney aparcando sus vehículos en la autopista y haciendo sonar sus bocinas.

(*) https://www.dailymail.co.uk/news/article-9917753/Australian-truck-drivers-prepare-stage-Covid-protest-blocking-highway.html

Hacia una sociedad de vigilancia, control y exclusión

El 85 por ciento de la población española tiene un dispositivo móvil “inteligente”. Entre la juventud el porcentaje es casi del cien por cien, porque ya están habituados al control y la vigilancia.

Hasta hace muy poco tiempo la población era reacia a constituirse en un objeto de la atención de terceros a los que no conocía. Hoy a casi todos les gusta exhibirse en público. La observación ajena es la norma y no la excepción. Las posibilidades de escapar del control son cada vez más pequeñas porque la vigilancia alcanza a lugares que antes eran de acceso imposible.

El pasaporte sanitario ha barrido con uno de esos escasos lugares que -hasta ahora- era imposible alcanzar: los historiales médicos. Lo mismo que el permiso de residencia o cualquier otro salvoconducto, el pasaporte sanitario es excluyente: sin él no puedes subir a un autobús o ir al teatro.

Quien establece los que pueden subir a un autobús o ir el teatro es el Estado. Por lo tanto, quien controla a los que viajan en autobús o van al teatro es el Estado. Los modernos Estados capitalistas tratan a sus nacionales como a los extranjeros. A cada paso el grifo se abre y se cierra. Un servidor comprueba automáticamente que el registro está en regla, que el certificado ha sido expedido por la autoridad competente, que no ha caducado, identifica al titular, si se ha vacunado, si tiene antecedentes penales, si ha pagado sus impuestos…

Cualquiera ejerce de policía, es decir, que todos se han convertido en policías. Les basta con tener un lector de códigos para saberlo todo sobre una persona. Los movimientos se siguen exhaustivamente, se comprueban una y otra vez: dónde ha estado, con quién, cuánto tiempo, con quién ha hablado…

A comienzos de los noventa comenzó el despliegue de cámaras de videovilancia en los lugares clave de las ciudades, que luego se extiendieron a las carreteras. El control era limitado. Sólo se podían observar determinados puntos en determinados momentos. La policía no podía permanecer detrás de cada cámara las 24 horas del día. La identificación de una persona en una grabación tampoco era nada sencilla.

La policía establecía controles de carreteras o se situaba en ciertos lugares críticos para exigir la documentación, comprobar si había una orden de busca y captura o si el permiso de residencia estaba vigente. El control separaba a unos de otros y la discriminación suponía exclusión. Hacía falta un pasaporte, un visado, un permiso de residencia para estar y otro de trabajo para trabajar.

Una montaña de papeles abre y cierra las puertas. Sin papeles no te puedes casar, no puedes votar, no puedes conducir, no te puedes matricular, no puedes tener un arma de fuego ni abrir una cuenta corriente… Te pueden echar del trabajo, e incluso te pueden echar al otro lado de la frontera como si fueras un perro callejero.

Hasta ahora el Estado burgués sólo había podido imponer el control sobre los extranjeros por la complejidad de la maquinaria burocrática. La informática les ha permitido ir un paso más allá y con la pandemia han dado ese salto: un control total e instantáneo. El pasaporte sanitario traduce en represión los avances técnicos que eliminan las viejas barreras y permiten que el control se extienda a toda la población, a una gran variedad de lugares y actividades.

Los códigos de barras y los QR consiguen que la escritura y lectura de la información sean instantáneos. Como el cifrado permite, además, asegurar la integridad y autenticidad de dicha información, el Estado ha adoptado la técnica como propia, logrando resultados impensables hace sólo unos pocos años. En particular, permite a miles de personas que no son funcionarios públicos controlar a toda la población en numerosos lugares públicos, con un coste cero para el Estado, ya que la mayor parte de la infraestructura (los móviles) ya ha sido financiada de forma privada por los encargados del control o por las víctimas del mismo.

En consecuecia, el Estado burgués dispone de los medios materiales para regular el espacio público de manera casi completa. El reforzamiento de la dominación del Estado lleva varios años en marcha y su objetivo es transformar las ciudades regulando el espacio público y las personas que se mueven en él con el despliegue de las nuevas técnicas.

Los drones mejoran a las cámaras de videogilancia porque alcanzan cualquier lugar. El reconocimiento facial logra la identificación casi automática de las personas filmadas en los espacios públicos. No es necesario sentar a un policía detrás de cada cámara y de cada grabación.

La vigilancia del espacio público ni siquiera requiere un control de identidad. Cuando una grabación detecta que alguien hace un pintada en un muro o coloca una pancarta en puente, lo importante no siempre es el autor, sino también el lugar en el que se realiza.

Del mismo modo, originariamente el pasaporte sanitario se diseñó para funcionar sin el nombre del portador y eso mismo es lo que algunas empresas proponen. En otras palabras, lo que le importa al Estado es excluir a determinadas personas, sin que importe nada su nombre. Hay que excluir de la sociedad a quien no se vacune lo mismo que a quien hace una pintada. Finalmente, hay que lograr que las personas que no se someten a las normas, se autoexcluyan.

La adopción masiva del pasaporte sanitario forma parte, pues, de una batalla cultural para acostumbrar a la población a someterse al control y la vigilancia. El hábito facilita al Estado la dominación del espacio público. Lo importante no es tener el documento guardado en el móvil, sino la costumbre de exhibirlo, del mismo modo que lo importante de las mascarillas no es prevenir la ciculación del virus, sino acostumbrar a las personas a someterse a cualquier orden, por absurda que sea.

Hasta hoy los “expertos” de las ONG sólo calificaban a los parias como “personas en riesgo de exclusión social”. De ahora en adelante la “exclusión social” se va a ampliar considerablemente con nuevos parias que, además de mendigos, incluirá a otra categoría social: los reacios y desobedientes.

Matan a tiros a los perros encerrados en un refugio para imponer el confinamiento en Australia

Varios perros encerrados que iban a ser rescatados de un refugio para animales fueron abatidos a tiros por un ayuntamiento rural de Nueva Gales del Sur, en Australia, en virtud de las restricciones sanitarias, lo que ha alarmado a los defensores de los animales y ha dado lugar a la apertura de una investigación por parte del gobierno.

El Ayuntamiento de Bourke, en el noroeste del estado, mató a tiros los perros para evitar que los voluntarios de un refugio de animales con sede en Cobar acudieran a recuperar a los animales la semana pasada saltándose el confinamiento.

En la localidad no se han producido recientemente “casos positivos” de coronavirus, aunque se han encontrado fragmentos del virus en el sistema de alcantarillado de la zona.

“El Ayuntamiento decidió tomar esta medida para proteger a sus empleados y a la comunidad, incluidas las poblaciones aborígenes vulnerables, del riesgo de transmisión del covid-19”, declaró un portavoz municipal.

El portavoz añadió que el gobierno estaba examinando la matanza para averiguar si se habían infringido las leyes sobre animales de compañía y prevención de la crueldad.

Los voluntarios del refugio estaban angustiados y contaban con medidas de seguridad para manejar a los perros, uno de los cuales era una madre reciente.

La militante de Liberación Animal Lisa Ryan pidió una investigación urgente. “Estamos profundamente angustiados y completamente consternados por esta cruel matanza de perros y rechazamos totalmente las inaceptables justificaciones del ayuntamiento de que esta matanza se llevó a cabo aparentemente como parte de un plan seguro de covid”, dijo Ryan.

En marzo, durante un debate presupuestario, a Shelley Hancock, ministra de Administración Local, le preguntaron si sabía que los ayuntamientos disparaban a los animales para aplicarles la eutanasia. No lo sabía. “Si fuera una práctica, me preocuparía, si se tratara de un gato o un perro”, dijo.

En una respuesta posterior dijo que los ayuntamientos no estaban obligados a informar al gobierno de cómo mataban a los animales a su cargo.

Basándose en las respuestas de la ministra durante la audiencia, Ryan dijo que Hancock era “claramente ajena a la realidad de los graves problemas que afectan a muchas perreras de los ayuntamientos de Nueva Gales del Sur”.

La portavoz de los Verdes para el bienestar de los animales, Abigail Boyd, dijo que el gobierno no había emprendido ninguna acción desde que se plantearon las cuestiones a Hancock durante la audiencia parlamentaria.

“Las perreras municipales son pagadas por las comunidades locales, y está claro que disparar a los perros perdidos y no reclamados alojados en estas instalaciones financiadas con fondos públicos está muy por debajo de las expectativas de los vecinos”.

El portavoz de la oficina municipal dijo que la agencia emitió consejos a todos los ayuntamientos sobre el funcionamiento de las perreras durante la pandemia, incluyendo la modificación de los procedimientos para garantizar la continuidad de estos servicios y mantener la seguridad del personal y los voluntarios.

“También se anima a los ayuntamientos a que sigan trabajando con las organizaciones de realojamiento y los voluntarios para cuidar de los animales”, dentro de las restriccionnes sanitarias, dijo el portavoz.

El 30 de julio el gobierno dijo que las perreras y los refugios de animales podían permanecer abiertos al público y que, como personas implicadas en el bienestar animal, su personal estaba autorizado a trabajar en áreas cerradas.

—https://www.smh.com.au/national/nsw/rescue-dogs-shot-dead-by-nsw-council-due-to-covid-19-restrictions-20210821-p58ksh.html

La política ‘cero covid’ es un descenso a los peores infiernos que ha conocido la humanidad

Aunque no hay “casos positivos” en Canberra, a una mujer le denegaron el salvoconducto para viajar a Queensland para visitar por última vez a su padre moribundo.

El año pasado, en Nueva Gales del Sur, una mujer perdió a su bebé recién nacido al no poder recibir tratamiento médico a tiempo en Brisbane ya que los trámites necesarios para cruzar la frontera del estado y entrar en el hospital para recibir atención de urgencia se prolongaron interminablemente.

A una abuela de Sidney totalmente vacunada también le denegaron un permiso para viajar a Melbourne para cuidar a sus nietos, mientras su hija luchaba contra un cáncer de mama avanzado.

Como ya relatamos en febrero, en un pueblo del interior de Australia, una mujer embarazada publicó en Facebook su apoyo a una protesta contra el confinamiento en Victoria. Fue esposada y detenida en su casa de madrugada por la policía, delante de sus hijos.

Gladys Berejiklian, Primera Ministra de Nueva Gales del Sur, ha anunciado que la población de Sidney permanecerá confinada hasta octubre.

Soldados y helicópteros de la policía patrullan las calles y el cielo de Sidney para vigilar que los residentes cumplan con el confinamiento. El 14 de agosto el Primer Ministro del mayor estado de Australia declaraba que la actual pandemia es “literalmente una guerra”.

En algunos barrios de Sidney han impuesto el toque de queda de las 21 a las 5 horas de la madrugada y el ejercicio al aire libre está limitado a una hora al día.

A los vecinos de la capital australiana les han informado del chantaje: las restricciones no se levantarán hasta que al menos el 70 por ciento de la población haya sido completamente vacunada.

En Australia no ha habido ninguna pademia. El número de fallecimientos atribuidos oficialmente al coronavirus no llega a mil, de una población de más de 25 millones de habitantes.

En Nueva Zelanda tampoco ha habido pandemia. Sólo 26 muertes se atribuyen oficialmente al coronavirus, para una población de cinco millones de habitantes.

La Primera Ministra neozelandesa, Jacinda Arden, mantiene la misma política de “cero covid” que los australianos mediante estrictos cierres de fronteras y confinamientos.

La delirante política de “cero covid” significa que un solo “caso positivo” puede dar lugar a un confinamiento general, como ya explicamos. A principios de esta semana la Primera Ministra anunció un confinamiento que duraría tres días, pero el viernes lo amplió a una semana entera.

Como no ha habido pandemia, el año pasado Australia y Nueva Zelanda eran los modelos de “exito” que los medios exhibían ante sus lectores. Era necesaria “mano dura” para contener la expansión del virus, decían.

Ahora se echan las manos a la cabeza. La brutalidad de las medidas sociales impuestas ha destapado muchas lacras de ambas sociedades australes. Si, en efecto, la pandemia es una guerra, pero no contra ningún virus.

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