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| Vicente Relaño |
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| Clotilde Ballesteros |
A primeros de los cincuenta, la situación era de devastación. Persistían redes de veteranos militantes y el PCE mantenía contacto con la dirección en Madrid y Francia, pero la actividad era sobre todo de resistencia moral, no dejarse vencer, como primer objetivo. Surgieron dos retos: el primero fue la reproducción generacional, los mayores anteriores a la guerra estaban muertos, prisioneros, en el exilio o agotados, sólo un reducido grupo mantenía la red clandestina. Los más jóvenes, sobre todo los antiguos militantes de las JSU, ahora ya en plena madurez, serían de nuevo fundamentales en la lucha, pero era preciso incorporar a las nuevas generaciones a la militancia. El otro reto era la lucha sindical. El PCE orientó su lucha al frente del trabajo y a la lucha en los sindicatos del régimen. Desde los cincuenta hasta los años 70, la historia del PCE sería sobre todo la lucha en el movimiento obrero; la fabrica de VICASA en Azuqueca de Henáres, atrajo obreros de toda España, principalmente de Extremadura y se convertiría en un punto clave de la nueva organización del partido.


Lo dijo Alfonso Guerra nada más abandonar el escaño que había “okupado” durante más de 35 años: cuidado con esos que quieren re-escribir la historia, en este caso la historia de la transición, que debe quedar como hasta ahora, como un auténtico cambio.
Los que pretenden re-escribirla incurren en un delito de enaltecimiento del terrorismo, ha sancionado el Tribunal Supremo, empeñado en sepultar bajo mil expedientes judiciales a quienes buscan el polvo bajo el felpudo. No hay alternativa: o bien hay que pasar página, olvidarnos, que es lo que han intentado hasta ahora, o bien, en caso contrario, si la memoria nos persigue como una pesadilla, hay que volver al canon, a la versión oficial.
No sólo está ocurriendo en España, sino en toda Europa occidental, que también tuvo su transición un poco antes, en 1945, y en Europa oriental, que tuvo su transición en 1990, un poco después.
Todas estas transiciones tienen algo en común: que -según Lenin- van a contrapelo de la historia real que cabría esperar, a saber, que en los tiempos del imperialismo la tendencia de los Estados es en el sentido opuesto, de la democracia al fascismo. Un tema apasionante, sin duda, para los historiadores (para los de verdad).
En Europa oriental la caída del telón de acero también necesita re-escribir la historia de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, que acabó “contranatura”: quien debió ganar la guerra fue el III Reich y sus aliados. El ejército soviético estropeó el guión porque la propia URSS fue un cuerpo extraño dentro de la historia del siglo pasado que los cronistas no son capacaces de digerir.
“Si no somos capaces de cambiar la historia, cambiemos la manera de contarla”, piensan, y están empeñados en ello. Para eso disponen de los aparatos ideológicos del Estado, de la universidades y de los universitarios que en medio de los archivos polvorientos siguen re-buscando los pelos que Stalin tenía justo en el agujero del culo.
La lucha contra el fascismo, cuyo máximo ejemplo es la Segunda Geurra Mundial, se resume entonces en el desembarco de Normandía, del que La 2 sigue emitiendo un reportaje tras otro, o la máquina Enigma que descrifró los códigos secretos, o los heroicos pilotos de la RAF, o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, o… cualquier cosa que no sea la URSS
Tras el golpe de Estado de Kiev del pasado año, re-calificado como acción cívica y democrática, la historia, o mejor dicho, la manera de contarla, sigue cambiando. Ahora la versión oficial es que al final de la guerra la URSS invadió primero Ucrania y luego Alemania.
Sin embargo, el desembarco de Normandía no fue una invasión de Francia por parte de Estados Unidos. Ni hablar.
“Díme cómo escribes la historia y te diré quién eres”. El gobierno ucraniano (y el polaco) está poniendo de manifiesto su naturaleza fascista al re-escribir la historia de una manera fascista. Lo mismo va a ocurrir dentro de poco en los países de Europa occidental, cuando en el gobierno se consoliden organizaciones como el Frente Nacional, Pegida y similares.
El 27 de enero se cumple el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, el símbolo por antonomasia de la barbarie fascista y el canciller polaco, Grzegorz Schetyna, ha dicho a la radio que no fueron los soviéticos sino los ucranianos quienes liberaron a los antifascistas recluidos en ellos.
¿Cómo es posible esta manipulación? Por una sencilla razón: los soviéticos no podían liberar a nadie de nada porque ellos mismos estaban esclavizados por Stalin y el KGB. La estupidez de los imperialistas y de los “historiadores” a su servicio es monumental. Si los soviéticos padecían una brutal y sanguinaria dictadura, ¿cómo es posible que 30 millones de personas dieran su vida para defenderla? Si la URSS armó hasta los dientes a una población humillada y sojuzgada tan salvajemente como dicen, ¿por qué no volvieron sus armas contra los opresores que los gobernaban?
Dado el escaso alcance de su intelecto, los mercenarios de las universidades no se plantean dudas como las siguientes: ¿por que todos los campos de concentración nazis estaban en el este de Europa y no en países como Bélgica, Francia o Dinamarca? ¿No había judíos en esos países o no sólo los judíos fueron encerrados en ellos?
El 27 de enero se conmemora el Día de las Víctimas del Holocausto (judío) y el diario L’Express titulaba ayer en su portada: “Ambiente de guerra fría en el aniversario de la liberación de Auschwitz”. Para no tener que explicar lo inexplicable, el gobierno polaco, en cuyo suelo se encuentra Auschwitz y la mayor parte de los demás campos de concentración, no ha invitado a Putin a los actos oficiales.
Pues bien, la verdad es revolucionaria y, a la inversa, la revolución es patrimonio de la verdad: la liberación del campo de concentración de Auschwitz fue obra del ejército soviético y, por si alguno aún no sabe lo que significa la palabra “soviético”, aclararé que se trataba de un ejército internacional en el que combatieron, entre otros, ucranianos, polacos, rusos… y judíos.
El nieto de uno de aquellos combatientes soviéticos que liberó Auschwitz, Pinchos Fridberg, un judío de nacionalidad letona que se declara contrario a Putin, manifestaba en Twitter (Russia Insider, 21 de enero) su indignación por la exclusión de Rusia de los actos oficiales:
“Soy ciudadano de la Lituania democrática. Esto me da el derecho no sólo para tener sino también para expresar abiertamente una opinión diferente de la opinión oficial. Auschwitz fue liberado por el Ejército Rojo. Mi padre fue un soldado de ese ejército desde diciembre de 1941 hasta el último día de la guerra. Fue herido en combate tres veces cuando luchaba en el frente.
“Puedo traer aquí las fotocopias de los dos documentos, milagrosamente conservados en los archivos de mi familia. Mi padre murió en 1992. Pero si hoy viviera y se enterara de que el país cuyas fuerzas liberaron Auschwitz no participa en los actos conmemorativos de 2015, creo que se sentiría ofendido.
“Putin tiene que ser invitado a Auschwitz”. Es el título de un reciente artículo de Efraim Zuroff, a quien llaman “el último cazador de nazis”. Otra publicación reciente se llama “Boris Nemtsov: no podemos celebrar la liberación de Auschwitz sin Putin”. Difícilmente Nemtsov puede ser considerado sospechoso de respaldar a Putin. “Estoy de acuerdo con Zuroff. Estoy de acuerdo con Nemtsov…”
Pues no. Hay quien no puede salir en una foto que va a dar la vuelta al mundo. Como dice la prensa de Estados Unidos Putin está aislado y debe aparecer como tal, fuera de juego. Pero, ¿aislado de quién?, ¿aislado por quién?

Fuente: http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/01/01/la-transicion-fue-una-traicion/

Documental sobre la masacre de 1976 en Vitoria
http://www.eldiario.es/norte/euskadi/Adolfo-Garijo_0_340516610.html

Es decir, una «nueva Historia» que se sacudiera la hipoteca del positivismo decimonónico como simple narración y enumeración cronológica de hechos y acontecimientos desprovistos de «empaque». No en vano fue la escuela histórica francesa la primera en abrirse a otras ciencias en un intento -siempre utópico, ciertamente- de abarcar el proceso histórico en su totalidad. Una renovación que se llamaría «historia total» o «historia de las mentalidades» y confluyeran en la célebre escuela de los Annales de los Henri Berr, Lucien Febvre, Marc Bloch y otros. Sus pautas se pueden resumir, y es Vilar quien habla, en dos puntos centrales: 1) hay una sola historia; no existen compartimentos estancos entre una historia económica por aquí, otra política por allá ni, digamos, más «historias», haciendo chiste malo, y 2) el historiador avanza por medio de problemas: los documentos sólo contestan cuando se les pregunta siguiendo hipótesis de trabajo; la historia lo es de los hechos de masas, no de los simples «acontecimientos».
L. Febvre abominaba del anacronismo en el uso de las palabras. ¿Quién puede decir que los conceptos nación, Constitución, libertad significaran lo mismo en 1400 que en 1800 o en este minuto? Por cierto que el gran Vilar tiene un montón de páginas dedicadas al estudio (histórico) de las nociones nación, pueblo, país… de alegre uso por quienes no saben ni lo que dicen, pero cobran por ello. Igual es por eso.
Pierre Vilar era marxista y lo decía y proclamaba. No lo ocultaba. Sabía, como Marx, que los hombres hacen la historia, las masas,… sin saberlo. Luego les cuentan otra «historia». Vilar no estaba dispuesto a eso. Su gran obra, su tesina, «Cataluña en la España moderna» no la discute nadie.
Nadie salvo la Escuela Lérdica -que me acabo de inventar- cuyos lerdos miembros blasonan, como hiciera en otro tiempo y contexto Michelet de Francia, que España es, no ya una nación, sino una, cágate lorito, persona. Y yo dando ideas…

Hay para quien el fascismo es la ultraderecha montaraz, lo que convierte a la «derechona» en «democrática» (léase: civilizada). Para otros el fascismo fue algo coyuntural y que ya pasó (como pasa un tornado, de manera natural) siendo, pues, lo permanente, la democracia burguesa, o sea, haz como yo y no te metas en «política». Otros asocian fascismo con represión masiva, a la pinochetista manera, que sería lo típico del fascismo y que siempre pasa «ahí fuera». No faltan tampoco quienes consideran, desde la izquierda fetén, que hay una combinación de métodos fascistas y de democracia burguesa, una suerte de neofascismo.
Recuerdo, Nicolás, que recién muerto (en la piltra, aunque de mala manera, dicho sea con consuelo, al menos)) el general Franco, el exquisito Antonio Gala escribió aquello tan original de «muerto el perro, se acabó la rabia», esto es, magia y volavérunt: prestidigitación. José Bergamín, rasgó el velo de Maya para decir que: «muerto el perro, se murió el perro, eso es todo». Grande Don Pepe Bergamín.
Lo de la rabia estaba o quedaba por ver. Antes del 11-S -la voladura controlada de las Torres Gemelas en Nueva York y una tercera Torre y el misil al Pentágono, que ya se olvida esto-, vivíamos en libertad, decía la propaganda occidental. Después, en nombre de la libertad, se exporta la misma -catapultando «libertad» arrasando todo- por esos andurriales de fuera y extramuros. En los años 80 -me niego a decir «del siglo pasado», como si habláramos del pleistoceno o del jurásico y fue ayer, como quien dice, disculpa Nico-, se hablaba de procesos de fascistización en Francia o Italia, pero no en el Estado español que tuvo una «transición modélica», inmaculada (también exportable), del «franquismo a la democracia»: puritito birlibirloque. Es decir, que allí donde, como Italia y Francia, el fascismo fue derribado (en la II Guerra Mundial) y se depuraron responsabilidades, se decía que llegaban tiempos de «involución», en Celtiberia Show, no, iba a ser que no, oiga: se avanzaba, al alba y con fuerte viento de levante, del fascismo crudo a la más pulcra y levítica y levitatoria democracia. Más magia, prestimanía y juego de manos.
El fascismo ya no es la cruz gamada (por cierto: el origen de la svástica no tiene que ver con los nazis; su origen es hindú, como el ajedrez o el parchís) ni las camisas negras ni el cara al sol. El fascismo es compatible con el Congreso, el Senado, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos, las manifestaciones y los «tertulistos». La democracia burguesa es cosa de la burguesía premonopolista. Y el fascismo lo es de la monopolista e imperialista actual. Y no hay vuelta atrás como no existe el túnel del tiempo salvo en Jolivú. Hoy Dreyffus hubiera sido condenado (y no absuelto) y Zola, el escritor naturalista francés, acusado de «colaboración con banda armada». Si Franco veía comunistas hasta en la sopa, la «democracia española» -felipatos, aznaratos, etc.- hace, ve y «construye» terroristas hasta el infinito imaginario. Buena suerte y un abrazo. «Indar Gorri».