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Stalingrado: 75 años de la tumba del fascismo

Se han cumplido 75 años de la batalla de Stalingrado, la más importante de la Segunda Guerra Mundial y de toda la historia de la humanidad. Stalingrado fue lo que Madrid no pudo: la tumba del fascismo. Comenzó el 23 de agosto de 1942 y finalizó el 2 de febrero del siguiente año.

Con ocasión del aniversario, el viernes el Ministerio ruso de Defensa desclasificó un telegrama del general soviético Konstantín Rokossovski sobre el apresamiento del mariscal de campo Friedrich von Paulus, jefe del Sexto Ejército alemán, quien le regaló la pistola como símbolo de su rendición. Según esa misiva, Paulus se entregó a las tropas soviéticas junto a varios de sus oficiales a las 15.00 del 31 de enero de 1943, tras lo que Berlín ordenó el fin de las hostilidades en esa zona el 2 de febrero tras 200 días y noches de lucha sin cuartel a orillas del Volga.

Además, también publicó documentos originales sobre los dos principales héroes de aquella batalla: Yákov Pávlov y Vasili Záitsev.

En el caso de Pávlov, el informe narra cómo ese sargento en compañía de tres soldados logró recuperar el control de una casa situada en un lugar estratégico desde el que se divisaba toda la ciudad y el Volga. Pávlov, que dio nombre a la famosa casa de cuatro plantas de la plaza Lenin y que se convirtió en un héroe nacional, mató a 90 soldados alemanes y resistió durante todo un mes los contraataques alemanes.

Mientras, en el caso de Záitsev, considerado uno de los más legendarios francotiradores de la historia, mató con su fusil a 225 soldados alemanes entre el 10 de octubre y el 17 de diciembre de 1942.

En julio de 1942 la ciudad que portaba el nombre del dirigente bolchevique, José Stalin, estaba a punto de caer en manos de los alemanes, por lo que Moscú tuvo que movilizar a cientos de miles de reclutas que combatieron bajo un infernal bombardeo alemán. “Es hora de frenar la retirada. Ni un paso atrás”, rezaba la famosa arenga de Stalin a las tropas en julio de 1942.

Los alemanes se vieron empujados a una batalla callejera, una lucha cuerpo a cuerpo en las ruinas de la ciudad, para la que no estaban equipados y en la que su supremacía en tanques y aviones perdió todo valor.

La consecuencia fue que la ciudad de poco más de medio millón de habitantes prácticamente desapareció de la faz de la tierra debido a los bombardeos alemanes y que en sus calles y en los alrededores perecieron más de dos millones de soldados soviéticos y alemanes. Más que una batalla, fue una guerra en sí misma, la más importante que ha conocido la historia.

El viernes Putin viajó a Volgogrado, el nombre actual de Stalingrado, para celebrar el aniversario. Hizo una ofrenda floral en la Sala de la Gloria Militar del memorial de Mamáev Kurgán, una colina que está presidida por una gigantesca estatua de la Madre Patria.

Tras guardar un minuto de silencio en recuerdo de los soldados soviéticos caídos, departió con los veteranos de la batalla, de los que unos 300 aún viven en Volgogrado.

“Siempre nos enorgulleceremos de vuestros logros”, dijo Putin durante el acto conmemorativo. “El destino de la patria, de todo el mundo, se decidió entonces en Stalingrado. Aquí surgió el carácter indestructible de nuestro pueblo, que luchó por cada casa, por la vida de sus hijos. Defendió Stalingrado y salvó la patria”, añadió.

Decenas de miles de personas asistieron al desfile militar en el que participaron 1.500 soldados, algunos vestidos con uniformes de la contienda mundial, y se exhibió armamento pesado, desde los misiles tácticos Iskander a los sistemas de misiles S-300.

Encabezó la marcha el legendario tanque soviético T-34, que hizo estragos en las filas alemanas, y surcaron los cielos de la ciudad medio centenar de aviones y helicópteros.

Entre las delegaciones extranjeras que asistieron a los festejos en Volgogrado figuró una representación del Parlamento alemán.

Putin aseguró también que ese acto de resistencia, la capacidad de sacrificio y la fortaleza espiritual del pueblo ruso en Stalingrado fueron “auténticamente invencibles, insuperables, incomprensibles y terribles para el enemigo” alemán.

Recordó que los nazis habían invadido casi toda Europa y se creían invencibles, pero “fueron derrotados por vez primera en las afueras de Moscú”. “Seguidamente, avanzaron hacia el Volga para tomarse la revancha fuera como fuera. Pero nuestro país se volvió un escollo indestructible para el enemigo. Fue el irreductible Stalingrado”, dijo.

El jefe del Kremlin destacó que los soldados soviéticos convirtieron “en una fortaleza inexpugnable cada calle, cada trinchera, cada casa” de Stalingrado.

41 años del asesinato de Mari Luz Najera en una manifestación por la amnistía

Como cada año, ayer se celebró en Barajas un homenaje a Mari Luz Najera asesinada por la policía en Madrid en 1977 en una manifestación pro-amnistia. Se cumplían 41 años del crimen. Ese mismo día los fascistas asesinaron a los abogados laboralistas de Atocha.

Mari Luz tenía 20 años y era alumna de tercer curso de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Un policía le disparó a quemarropa un bote de humo en la cabeza.

Desde la muerte de Arturo Ruiz el día anterior a manos de los fascistas, las manifestaciones y actos de protesta se sucedieron, especialmente en las universidades de Madrid, donde los paros fueron totales. Unos 100.000 estudiantes se declararon el huelga por la amnistía y más de 30.000 participaron en asambleas y concentraciones, mientras otros 115.000 habrían tomado parte en las manifestaciones que se desarrollaron a lo largo de toda la mañana.

Tras el desalojo de la Facultad de Derecho de la Complutense, realizado por los antidisturbios sobre las once y media de la mañana, arrojando bombas de humo en el interior del centro, los estudiantes se dirigieron en manifestación hacia la Moncloa y la calle Princesa.

Otras zonas afectadas por las manifestaciones fueron las calles adyacentes a la plaza del Calllao, la calle de La Estrella, glorieta de Bilbao y San Bernardo, donde se colocaron barricadas con bancos y otros objetos.

Inmediatamente aparecieron los fascistas armados con objetos contundentes que apoyaron a la policía contra los manifestantes. Muchos de ellos eran fascistas italianos y miembros de la Triple A argentina que actuaban por encargo.

Al entierro de Mari Luz acudieron más de 3.000 personas. El cortejo fúnebre recorrió un kilómetro hasta llegar al cementerio, cantando La Internacional.

Mussolini inició su carrera política como mercenario al servicio del espionaje británico

La historia recuerda a Benito Mussolini como un político fascista italiano, aliado del III Reich durante la Segunda Guerra Mundial, pero no fueron esos sus orígenes. Hay una parte desconocida de su biografía que no quiere salir de la penumbra: el inicio de su carrera política como espía y mercenario al servicio del Imperio Británico, lo que vuelve a confirmar el nulo carácter “nacionalista” de los fascistas, que no dudan en venderse al mejor postor, aunque se trate de un país extranjero.

Como los demás fascistas, Mussolini era un oportunista que empezó cobrando un salario semanal de 100 libras esterlinas pagadas por el MI5, el servicio secreto británico. Fue una buena inversión. En 1917 Europa vivía en plena guerra imperialista, que fue seguida por la Revolución de Octubre en Rusia y Mussolini era un periodista de 34 años que escribía en “Il Popolo d’Italia” dispuesto a garantizar que Italia continuara luchando junto con los aliados en la Primera Guerra Mundial, para lo cual estaba dispuesto a publicar propaganda en su periódico y a enviar matones a “persuadir” a los manifestantes por la paz de que se quedaran en casa.

Los pagos a Mussolini fueron autorizados por Sir Samuel Hoare, diputado y hombre del MI5 en Roma, que en ese momento dirigía un equipo de 100 agentes de inteligencia británicos en Italia.

El historiador de Cambridge Peter Martland, que descubrió los detalles del acuerdo alcanzado con el italiano dijo: “Desde que Rusia abandonó la guerra, el aliado menos fiable de Gran Bretaña en la guerra en ese momento era Italia. A Mussolini le pagaron 100 libras esterlinas a la semana desde el otoño de 1917 durante al menos un año para mantener la campaña en pro de la guerra, equivalentes a unas 6.000 libras esterlinas semanales de hoy”.

En 1954 Hoare mencionó el reclutamiento en sus memorias, pero Martland tropezó con detalles de los pagos por primera vez mientras revisaba los papeles de Hoare. Además de mantener las rotativas en Il Popolo d’Italia, el periódico que editó, Mussolini también le dijo a Hoare que enviaría veteranos del ejército italiano para golpear a manifestantes por la paz en Milán, una carrera en seco para sus unidades fascistas de camisetas negras.

“Lo último que Gran Bretaña quería eran huelgas a favor de la paz que detuvieran las fábricas de Milán. Era mucho dinero para pagarle a un hombre que era periodista en ese momento, pero comparado con los 4 millones de libras que Gran Bretaña gastaba en la guerra todos los días, era dinero insignificante”, dijo Martland. “No tengo pruebas para probarlo, pero sospecho que Mussolini, que era un notable mujeriego, también gastó mucho dinero en sus amantes”.

Después del armisticio, Mussolini comenzó su ascenso al poder, asistido por el fraude electoral y el terror de los camisas negras, imponiendo el fascismo en 1922. Sus ambiciones coloniales en África lo pusieron en contacto con su antiguo jefe de pagos en 1935. Ahora el ministro británico de Asuntos Exteriores, Hoare firmó el pacto Hoare-Laval, que dio a Italia el control sobre Abisinia, la actual Etiopía.

“No hay ninguna razón para creer que los dos hombres eran amigos, aunque Hoare tuvo un romance perdurable con Italia”, dijo Martland, cuya investigación está incluida en la historia del MI5 de Christopher Andrew, “Defence of the Realm”, que se publicó en 2009. La impopularidad del pacto Hoare-Laval en Gran Bretaña obligó a Hoare a dimitir. Mientras, Mussolini se apoyó en su nueva influencia colonial para aliarse con Hitler, entrando en la Segunda Guerra Mundial en 1940, esta vez para luchar contra los aliados.

Depuesto tras la invasión aliada de Italia en 1943, Mussolini fue asesinado junto con su amante, Clara Petacci, por guerrilleros italianos en 1945 cuando ambos trataban de huir de Italia para llegar a Suiza. “Mussolini terminó su vida colgado boca abajo en Milán, pero la historia tampoco ha sido amable con Hoare, condenado como un apaciguador del fascismo junto a Neville Chamberlain”, dice Martland.

Con el fascismo no valen apaciguamientos de ningún tipo.

—https://www.theguardian.com/world/2009/oct/13/benito-mussolini-recruited-mi5-italy

Panamá investiga los crímenes cometidos por las tropas de Estados Unidos que invadieron el país en 1989

El gobierno de Panamá investiga la invasión de su país por 26.000 soldados de Estados Unidos en 1989 y los crímenes que cometieron contra la población del país centroamericano.

Ahora acaba de prorrogar durante otros nueve meses más el mandato de la comisión especial encargada de ello. El presidente de dicha Comisión, Juan Planells, señaló que piensa entregar su informe final probablemente en mayo del año que viene.

La llamada Comisión 20 de diciembre se creó en julio de 2016 con un mandato inicial de dos años y un presupuesto de 900.000 dólares. Su objetivo es descubrir lo ocurrido durante la invasión de Estados Unidos en 1989 y ponerle rostro a las víctimas.

El interés procede de que la versión oficial difundida hasta ahora es la mentira que aparece en la Wikipedia. Según dicha versión, la Operación Causa Justa emprendida por Estados Unidos llevó a Panamá 26.000 soldados para capturar a Manuel Antonio Noriega, requerido por los tribunales estadounidenses por narcotráfico.

Noriega se entregó 13 días después y la Operación Causa Justa dejó detrás entre 500 y 5.000 muertos según las fuentes. Todo para detener a un prófugo…

Pero el verdadero problema siempre estuvo en el Canal, una vía estratégica entre dos océanos, y Noriega no era otra cosa que un agente de la CIA desde que estuviera como jefe de la inteligencia militar panameña.

En 1984 el lacayo se sublevó y cerró la Escuela de las Américas, la mayor universidad del crimen instalada en el Continente.

Miles de manifestantes recordaron en Berlín a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht

Luxemburgo, ‘El Águila del Proletariado
El domingo miles de personas se manifestaron en Berlín en el 99 aniversario del asesinato de los fundadores del Partido Comunista Alemán, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

Ambos fueron ejecutados tras ser detenidos durante una huelga general revolucionaria, el conocido como Levantamiento Espartaquista, entre el 5 y el 12 de enero de 1919. El cuerpo de Luxemburgo fue arrojado al canal berlinés de Landwehr.

La manifestación concluyó ante el Monumento Socialista del Cementerio de Friedrichsfelde berlinés, donde están enterrados los restos de Luxemburgo y Liebknecht. Los participantes depositaron coronas de flores y claveles rojos.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron asesinados por el gobierno socialdemócrata. Sus ministros habían militado en el mismo partido que los asesinados.

La socialdemocracia repitió el crimen cuando en 1976 y 1977 asesinó cobardemente a los dirigentes de la Fracción del Ejercito Rojo recluidos en las cárceles alemanas.

El Monumento Socialista fue levantado en la década de 1920, luego demolido durante el periodo nazi y finalmente restaurado tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Carlos Leibknecht
Carlos Leibknecht y, poco después, Rosa Luxemburgo fueron detenidos el 15 de enero de 1919 y trasladados al hotel Eden de Berlín. De ahí, a culatazos, a Liebknecht le introdujeron en un vehículo que tomó la carretera hacia la cárcel de Moabit, deteniéndose en un tramo oscuro y solitario de la misma. Le sacaron casi inconsciente del vehículo y le dispararon a quemarropa asesinándolo. Luego llevaron su cadáver a un centro asistencial donde lo dejaron como desconocido. La prensa dijo que murió al tratar de huir.

A Rosa Luxemburgo la sacaron del hotel poco después y le destrozaron el cráneo a culatazos. Moribunda, su cuerpo fue arrojado dentro de un vehículo; otro mercenario le propinó un tercer golpe en la cabeza con su fusil y un teniente le dio el tiro de gracia, siendo su cadáver arrojado al canal, donde fue enconrado bastantes semanas después.

La prensa mintió. Dijo que había sido linchada por la multitud. La casa de Rosa Luxemburgo fue saqueada por la tropa y sus escritos arrojados a la hoguera.

Franz Mehring, el veterano dirigente del proletariado alemán, no pudo superar la noticia y falleció.

El 10 de marzo León Jogiches, el compañero de Rosa Luxemburgo, murió de los disparos de un carcelero al tratar de huir, dijo la prensa reaccionaria.

La socialdemocracia abrió el camino al nazismo. Creó el precedente y enseñó el método para acabar con la revolución: asesinar a los dirigentes del proletarado, encarcelar a los más rebeldes, torturar e infundir pánico.

Un centro de torturas: la comisaría de la plaza de la Gavidia en Sevilla

La comisaría de la plaza de la Gavidia en Sevilla es hoy un espacio recogido como Lugar de Memoria. Sin embargo sus instalaciones están abandonadas, con viejos calabozos y tétricos sótanos donde se realizaban terribles interrogatorios y torturas durante el franquismo. Aún continúan intactos.

El documental “Comisaria de la Gavidia. Lugar de Memoria Democrática” realizado por CCOO Sevilla rescata, a través de un proyecto con el Ayuntamiento, las vivencias de los que padecieron vejaciones, insultos y maltrato psicológico, buscando que este edificio no se pierda. Tampoco el rastro de sufrimiento de cientos de víctimas.

Aquel espacio tiene los peores recuerdos de los días más oscuros de la represión franquista. Y sobre todo, la sombra de las arengas que desde el micrófono de Radio Sevilla insuflaba el general Queipo de Llano a la población vencida de Sevilla. En esta misma plaza el último sábado de cada mes se reúnen las asociaciones memorialistas y sus representantes.

Carlos Carreño recuerda que esta comisaría fue “el último reducto de la ciudad contra todo elemento que fuera contrario al régimen”. Por sus oficinas pasaron cientos de hombres y mujeres sevillanos, fundamentalmente. Jóvenes obreros y estudiantes, que durante la década de los sesenta y setenta lucharon por la conquista de las libertades y derechos democráticos.

Construida a principios de los 60, su propiedad ha pasado por manos del Ministerio del Interior. Hoy pertenece al Ayuntamiento de Sevilla sin actividad ni uso desde el año 2003, cuando el Ministerio traslada la comisaría a nuevas dependencias.

La Jefatura de la Gavidia tiene un aspecto curioso. Fue paralela a la creación del Tribunal de Orden Público que cambió de nombre en 1977 por el actual de Audiencia Nacional.

Los agentes que integraban la Brigada Político Social dentro de la Gavidia no han podido ser olvidados por sus víctimas. Francisco Beltrán Ortiz era uno de los más sádicos que sufrió un grave atentado por parte del GRAPO en 1979. Francisco Colina Neto y el inspector jefe José Soriano realizaban también interrogatorios y torturas. El jefe de la Brigada Político Social (la policía política de la dictadura) en aquellos años era José Martín Fernández. Sus testigos recuerdan que este último “no se pringaba en los interrogatorios. Sólo aparecía para ver cómo iban los presos en los sótanos. Vigilaba, hacía gestos para que apretaran más, para decir que ahí estaba él”, dirigiendo al grupo de inspectores que podían tener en los sótanos a los detenidos casi sesenta horas.

Aunque todos torturaban, insultaban y asustaban por igual, cada uno tenía una actuación particular. Dentro del documental se destaca que “todos provocaban para justificar su crueldad. Se metían con el preso y cuando este saltaba encontraban el momento perfecto para torturarlos”.

Soriano es recordado por los detenidos como un hombre “gordo, bajo y con mucha barriga provocado por el alcohol que bebía”. Tenía asignado como vigilancia especial la fábrica de Hispano Aviación y era asiduo a la oficina de personal de dicha fábrica.

Beltrán ha sido descrito como un hombre “alto, corpulento, con bigote a lo mejicano y mirada descarada. Golfo y chulo en los interrogatorios y ante los detenidos mostraba un trato totalmente ofensivo”. Su negocio de espartería en la Avenida Marqués de Pickman era muy popular. Recibió un tiro cerca de su negocio que le atravesó la cara por parte del GRAPO. Aún se encuentra con vida.

Colina era el último de los inspectores. “Seco, más cortante e hiriente”. En cada interrogatorio, intentaba a toda costa “asustar al detenido”. Sus víctimas lo califican como un policía “alto, corpulento y moreno”. Vivía en uno de los barrios obreros de Sevilla, el Polígono San Pablo.

En julio la Junta de Andalucía concedió la distinción de Lugar de Memoria. “No queremos que caiga en la especulación urbanística ni que retoquen el edificio. Sería una manera de que los ciudadanos conozcan la verdadera historia de la Sevilla más reciente”. CCOO reclama que los futuros usos deben estar enfocados a la creación de un centro de interpretación de la dictadura. A pesar de la distinción memorialista de la Gavidia, el consistorio no ha revelado qué uso le va a dar a dicho inmueble.

Los testimonios de aquellos días en la Gavidia resultan escalofriantes, como el que de Kechu Aramburu que en aquella época no superaba los 18 años de edad. “En esos años era estudiante de la Universidad y dirigente de la liga comunista revolucionaria. Teníamos un peso muy fuerte en el movimiento estudiantes desde la corriente trotskista”.

Aramburu era menor de edad. Y su familia procedía de la alta burguesía sevillana. “Vivir aquellos días no era fácil aunque no teníamos tanto miedo, el que teníamos estaba interiorizado. Estábamos seguros de estar luchando con un gigante que no nos iba a vencer y sabíamos que aquella policía nunca nos iba a dejar en paz”.

Recuerda a los agentes Colina y Beltrán antes de su detención. “Iban con gabardinas y el cuello subido por la universidad. Nadie podía decir que no sabía quiénes eran. Eran visibles, se hacían notar y teníamos que tener mucho cuidado de que no averiguaran nuestra reuniones”.

Aramburu recuerda con dificultad el año de su detención. 72, 73 o 74. Una reunión nocturna que acabó con la detención de casi veinte jóvenes de la Liga Comunista. “Solo éramos dos mujeres. El restos eran compañeros y a todos nos trataron con la misma dureza”, dice Aramburu.

Kechu sabía que la Gavidia era la casa de torturas por las que muchos amigos habían pasado. Y los sótanos daban un fiel reflejo de lo que allí ocurría. “El franquismo no tenía consideración con nadie y todos éramos enemigos”. Primero los detenidos estaban separados, luego los juntaban en los sótanos a los que subían a través de una campana. “Sabíamos que al no tener pruebas a la mayoría nos tendrían que soltar a las 72 horas pero nadie se libró que de que estos comisarios sanguinarios nos insultaran y nos dieran patadas. Era el método para destrozarnos psicológicamente”.

Después de insultar y llevarnos al límite, a Kechu y sus compañeros los sacaban por los pelos a la ventana. “Allí te decían que podías caer desde alguno de los pisos como un huido y que ellos nunca cargarían con las consecuencias”. La impunidad, el coraje y el rencor de aquellos días ya está disipado. Kechu no ha querido olvidar lo que ocurría en aquel edificio, hoy abandonado.

Paco Sánchez Legrán era también menor de edad y trabajador de la empresa de Hispano Aviación, en Triana. Con 17 años participaría en una asamblea de trabajadores de Comisiones Obreras Juvenil. Aprendía el oficio de oficial tornero.

Su primera detención en la Gavidia sucedería tras las pintadas realizadas ante la fábrica de textil de Hytasa en 1969. “La BPS me pilló y fui directo a los calabozos”. De las 72 horas que se mantuvo dentro de las dependencias a Paco le estuvieron pegando casi 60 horas. “Nunca supe si era de día ni de noche pero nunca lograron que tuviera miedo hasta que me vi la cara destrozada por los puñetazos y las patadas en el estómago”. Un grupo de madres de presos acudieron a pedir clemencia al entonces cardenal Buero Monreal. Así se libraría aquel joven de llegar hasta la cárcel provincial en esta primera detención.

Paco recuerda que en su “paso al juzgado de Sevilla reclamaría ante el juez palizas y torturas por parte de los inspectores”. El magistrado no levantó ni la mirada. Solo se hacía silencio ante aquellas declaraciones. “Si me pude marchar fue porque a pesar de hablar de mi militancia en Comisiones nunca llegaron a conocer mi compromiso político con las juventudes comunistas”.

El comisario Beltrán fue el encargado de practicar la tortura de Paco. “Era un torturador psicológico que venía cuando terminaban de pegarme los de la rueda”. Eso significaba que un grupo más amplio de agentes que “te pisaban, te tiraban al suelo, te volvían a levantar. Eso ocurría en la tercera o cuarta planta y en el sótano estaban los calabozos”.

El comisario Colina y Suárez fueron los que jugaron el rol violento. “Me insultaban y me decían que sabían que mi tío había estado en un campo de concentración. También me ponían la cabeza en la mesa diciendo que sino hablaba detendrían a mi propio padre”.

Ese era el peor momento en los calabozos, la presión psicológica. “Cuando alguien largaba era siempre porque no podía soportar esa tortura psicológica. Las palizas, los puñetazos se soportaban con los ojos cerrados”. En el tercer procesamiento de Paco llegó su condena más larga. “Me condenan a un año de cárcel por asociación ilegal y propaganda ilícita”. Paco destaca con ironía como por ser año santo compostelano, cumpliría solo seis meses de cárcel. “Una obra social del dictador”. Su etapa carcelaria finalizaría en 1972.

A Ramón Sánchez lo detienen en la fábrica de Hytasa a principios de 1968. Lo llevan directamente a la Jefatura de la Gavidia. “Yo estaba trabajando en la textil y estábamos organizando una protesta porque hubo una intoxicación y se organizó una asamblea de trabajadores”.

Rápidamente llegó la policía. En aquella fábrica las condiciones laborales eran miserables. El régimen disciplinario dentro de la empresa fue lo que llevó a Ramón a sumarse a la lucha. “Había un régimen muy fuerte y te ponían multa por cualquier cosa o suspensión de sueldo” durante días.

Ramón era también menor de edad como la mayoría de los que pasaban aquellos días por los calabozos de la Gavidia. “Me llevaron a la comisaría de la Gavidia. Y allí empiezan a interrogarme. Estoy 72 horas en comisaría y nunca olvidaré el sonido del timbre que sonaba. El que lo escuchaba sabía que era el momento de la próxima paliza”.

Beltrán fue el inspector encargado de sacudir a golpes al joven Ramón. “Fueron insultos, vejaciones y puñetazos en los costados”. Era un miedo interior. Ramón nunca olvidará aquel camino hacia los sótanos.

No fue su única detención. “A principios del 69, me detuvieron en preventiva dentro del estado de excepción. El año anterior me detuvieron cinco o seis veces. Si estabas fichado ya podías aparecer por la Gavidia cada vez que ellos quisieran”. En una de aquellas ocasiones fue tal la paliza recibida que de una patada en la boca, le desencajaron la mandíbula.

Este militante guarda recuerdos del comisario Colina que hizo en su interrogatorio de “poli bueno”. De Beltrán relata como disfrutaba pegando y amenazando. “Te ponía un Mundo Obrero encima de la mesa y se reía después de darte un puñetazo en la cara y patadas en los testículos”.

Ramón señala de aquellos interrogatorios una escena que se le ha quedado grabada: “Entré a las seis de la mañana en la primera ocasión que llegué a la Gavidia y salí a las cuatro de la tarde. Les dije que tenía sed y hambre después de tantas horas. Y se rieron durante un rato. Era unos sádicos. Y sus miradas te infundían un odio profundo” como enemigo del sistema.

http://www.publico.es/politica/torturaba-vieja-comisaria-gavidia-centro-sevilla.html

No se puede resolver en los juzgados lo que no se ha resuelto en las calles

Juan Manuel Olarieta
Por primera vez en la historia, una jueza de Bergara, en Gipuzkoa, abrió una causa para investigar los crímenes cometidos por los franquistas tras la guerra. Ahora ha llegado otro juez y le ha dado el carpetazo, sin más ni más, no vaya a ser que nos enteremos de algo que no debamos saber. Hay crímenes que tienen que quedar impunes porque los comete el propio Estado que los debe juzgar.

No es la primera vez, ni será la última, que alguien pretende resolver en los juzgados lo que no ha resuelto en las calles. Le ocurrió a la hija de Julián Grimau, dirigente del PCE asesinado en 1963 tras un consejo de guerra nulo porque infringía las propias normas franquistas.

Es necesario recordar que no hicieron una parodia de juicio contra Grimau por ser un dirigente del PCE en la posguerra sino por su papel durante la guerra civil; como a tantos otros. A diferencia de sus enemigos, los franquistas sí tienen memoria histórica y juzgan a los demás por dos motivos: el primero es que ganaron la guerra y el segundo es que la siguen ganando, es decir, porque no ha existido ninguna clase de transición sino la continuidad del mismo régimen impuesto por la fuerza de las armas en 1939.

Por lo tanto, es mentira que en la transición acabara algo y que la lucha contra el fascismo perdiera su significado histórico. Si así fuera, hubiera habido un cambio, una amnistía, una rehabilitación de los antifascistas y una condena -siquiera simbólica- de los criminales que desataron una guerra civil y siguieron matando aún más después de ella.

La guerra civil sigue y seguirá martirizando la conciencia de todos y cada uno de los que tienen un mínimo de ella porque ni se ha resuelto ni se va a resolver jamás por las vías que algunos pretenden: sacando los cadáveres de las cunetas y dándoles una “cristiana sepultura” en otro lugar.

Tampoco se va a resolver en ningún juzgado porque para eso habría que cambiar los juzgados, cambiar los jueces, cambiar los fiscales, cambiar las leyes, cambiar la constitución y cambiar la jurisprudencia o, en otras palabras: derrotar al fascismo, hacer una revolución.

Es la podredumbre de la conciencia actual -de quienes aún tienen algo de eso- lo que hace que aquí impere un estilo tabernario de hablar con grandes palabras de las que muy pocos se esfuerzan por saber el significado, de manera que a cualquier género podrido le llaman amnistía, o genocidio, o independencia judicial, o constitución, o democracia, o libertad, o separación de poderes.

No nos esforcemos en exigir a este Estado que investigue nada porque al final de esa investigación lo primero que va a aparecer ya lo sabemos: el delincuente es el propio Estado, y nadie se pone al soga al cuello a sí mismo y menos todo un Estado fundado sobre el crimen, el saqueo, la represión y el silencio.

Lo segundo que va a aparecer es propio de los amantes de lo jurídico (“doctrina de la fruta del árbol envenenado” lo llaman en Estados Unidos) y también es harto sabido: todas las normas e instituciones derivadas de un acto nulo, como el del 18 de julio de 1936, son nulas, no tienen ningún valor. Ni antes ni ahora. Cabe añadir que por los actos nulos no transcurre el tiempo; no prescriben. Seguirán siendo nulos siempre.

Por eso los republicanos siempre hablaron del franquismo como un régimen “de facto”. También en esto tenían razón.

Los internacionalistas uruguayos en la Guerra Civil española

El impacto de la denominada Guerra de España en países del contexto latinoamericano fue tal que, como bien señalan los autores del libro “Los voluntarios uruguayos en la Guerra Civil española” (Ediciones Banda Oriental, 2017) en su introducción, no sería hasta la Revolución Cubana, a finales de la década de los 50 del pasado siglo, y la aparición de figuras como Ernesto Che Guevara, que gente como Buenaventura Durruti iría desapareciendo, poco a poco, del imaginario político continental.

Si bien las Brigadas Internaciones y el papel que éstas desarrollaron en la contienda española son hoy día conocidas y reconocidas en países como la propia España, Estados Unidos o Francia –aunque esto no fue siempre así y, por ejemplo, en Norteamérica muchos de los integrantes del Batallón Abraham Lincoln fueron posteriormente represaliados por el macartismo–, la participación en ésta y otras unidades militares de la República Española de contingentes latinoamericanos ha gozado de menos difusión entre el público en general.

Por otro lado, conjuntamente al escaso conocimiento de la intervención de cientos de voluntarios del otro lado del Atlántico en la que podemos considerar como la primera guerra contra el fascismo a nivel global, tampoco ha sido frecuente contar con acceso a información abundante y veraz sobre las motivaciones, las organizaciones políticas originarias, los líderes e ideólogos –muchas veces de origen español– o las publicaciones elaboradas por aquellos y aquellas que atravesaron el océano para unirse a la disputa, o bien ya se encontraban en España al no haber tenido el éxito esperado haciendo las Indias.

El objetivo de la obra pasaría, así, por constituir como objeto de estudio –desarrollado como episodio y éxodo de la gran tragedia española– el legado de los voluntarios internacionales uruguayos, miembros de las clases populares, obreras y estudiantiles del país, en nuestra Guerra Civil desde una posición histórica y política clara: aquella que podríamos denominar como de antimemoria, esto es, la relacionada con las víctimas y los vencidos, tal y como señalara el geógrafo Jacobo García.

Y para ello los autores nos embarcan, no en la vida de grandes personajes, de próceres o líderes de grandes movimientos y partidos de masas, sino en la mucho más humilde trayectoria vital de gente como José B. Gomensoro Cabezudo, Virgilio Bottero Mortara y Pedro Trufó Rúa, estudiantes de medicina y derecho, respectivamente; de Roberto Cotelo, autodidacta obrero e hijo de obreros, de padre vasco y madre gallega o de Luce Fabbri, educadora de origen italiano.

Estos, junto a tantos otros en el periodo de entreguerras y en el ambiente cada vez más hostil del Uruguay de la dictadura de Gabriel Terra, impulsan y organizan organizaciones como la Federación Obrera Regional del Uruguay (FORU), primera central sindical uruguaya de carácter nacional, la Asociación Juvenil Libertaria (AJL) o la Unión Sindical Uruguaya (USU), todas de tendencia anarquista. Además, ponen en marcha publicaciones como Caminos o Esfuerzo en un intento no solo de llevar a cabo labores de proselitismo político, sino también de dotar al movimiento libertario de una base teórica y reflexiva apropiada y abundante.

Sin embargo, los protagonistas del libro no son solo miembros de organizaciones y colectivos anarquistas, sino también socialistas y comunistas que viven en sus propias carnes la rearticulación política que supone la desaparición de la II Internacional y el nacimiento de la III, o Internacional Comunista; el surgimiento, desde el Partido Socialista de Uruguay (PSU), del Partido Comunista del Uruguay (PCU), en línea con lo sucedido en otros países, como la propia España, y el diferente apoyo y orientación que van tomando estas organizaciones en relación con las directrices provenientes desde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Mientras esto sucede en Uruguay, en España los generales golpistas Sanjurjo, Mola, Franco y Goded llevan a cabo una sublevación militar que desemboca, poco después, en una cruenta guerra que duraría casi tres años. Gabriel Terra, el dictador uruguayo, inicialmente dubitativo, acaba apoyando los contemporáneos regímenes fascistas italiano, nacionalsocialista alemán y, cómo no, el dictatorial autodenominado Bando Nacional encabezado por Franco en España.

Este hecho supone, entre otras cuestiones, un intento de rebelión contra Terra en la propia Uruguay pero, sobre todo, que decenas de militantes comunistas miren irremediablemente hacía la Madre Patria a la hora de iniciar cualquier lucha contra el incipiente fascismo mundial.

Surgen, de este modo, personajes como Juan José López Silveira, conocido como “El Tape”, condecorado militar y escritor de un conocido manual sobre la táctica de guerrillas, o su hermano mayor Román López Silveira, pero también Abraham Setty, Angel Tzareff, José Facal y tantos otros.

La labor de los autores de “Papeles de Plomo” cobra aquí aun más valor si cabe. Además de la tarea de enmarcar la trayectoria de cada uno de los personajes citados no solo en el desarrollo de la contienda española, sino también posteriormente en los pavorosos campos franceses para refugiados españoles, en el infierno de aquellos de concentración alemanes –como la propia Mauthausen–, en su vuelta a Uruguay, en la organización de Comités de Ayuda diversos e, incluso, en latitudes y momentos tan exóticos como el África de la II Guerra Mundial, en una encomiable investigación archivística llegan a localizar hasta 18 nombres de uruguayos, o nacionalizados uruguayos, participantes en las Brigadas Internacionales, así como en otras unidades del Ejercito de la República.

A la complejidad de cualquier investigación –complejidad de los materiales, falta de medios, de acceso a la información, ausencia de testigos vivos, etcétera– hay que sumarle aquí el hecho de que muchos de los uruguayos y uruguayas que lucharon en la Guerra Civil ya estaban en España al comienzo de la sublevación fascista, tenían pasaporte español, con lo que no se integraron como extranjeros en las citadas Brigadas o, una vez disueltas éstas por Negrín en 1938, permanecieron en España luchando en unidades regulares de lo que iba quedando de resistencia republicana.

Por este y otros motivos, un libro como “Papeles de Plomo” es necesario, ya que viene a cubrir un hueco en la historia y en la memoria de la lucha antifascista y nos permite, además, alejarnos de los caminos más trillados y tópicos recorridos a la hora de acercarnos a la realidad latinoamericana histórica y actual.

En definitiva, “Papeles de Plomo” supone una propuesta fresca y coherente con el renacer del interés por el estudio de la memoria; de su búsqueda en virtud de la necesidad de las sociedades modernas de dotarse, una vez desaparecidas la redes de seguridad que ofrecían las pequeñas comunidades tradicionales y las familias, así como de las grandes certezas de la modernidad, de una identidad colectiva, de una narrativa propia y un lugar en el mundo. Quizás lo último real.

https://elsaltodiario.com/memoria-historica/memoria-voluntarios-uruguay-guerra-civil

Crónica negra de la transición: el asesinato de un albañil por la policía política

Rodríguez Ledesma: el obrero asesinado
Eran las cinco de la tarde de aquel 9 de julio de 1977. Francisco Rodríguez Ledesma. Albañil. Currante y vecino en paro del barrio obrero del Cerro del Águila se encontraba en una de las asambleas celebradas ante el expediente de crisis que amenazaba los dos mil puestos de trabajo de la fábrica textil de Hytasa (Sevilla). La instalación había sido inaugurada cuarenta años antes por el general Gonzalo Queipo de Llano.

Aquella tarde unas cien personas al grito de “No al cierre de la textil” alterarían, tras meses de protesta, al Seat 1500 color crema que llegaba a cada concentración con tres agentes de la Brigada Político Social. La nota del Gobernador Civil relata al día siguiente de aquella revuelta como “supuestamente lanzaron piedras al vehículo los manifestantes” de Hytasa. Más tarde, cayeron disparos. Gritos. Y un solo herido que termina muerto. A Ledesma, de 54 años de edad, le estalló el bazo y tuvo perforación de colon a causa del disparo de uno de los agentes de la BPS a menos de veinte metros de distancia.

Seis meses de lenta agonía y seis operaciones más no le salvaron de “sufrir un agravamiento considerable, con infección abdominal y una afección renal aguda”. Murió el 4 de enero de 1978. Se cumplen cuarenta años de su asesinato. Casos como el del albañil Francisco Rodríguez Ledesma confirman como a las puertas de la Transición, y con el dictador muerto hacía dos años, el terror no había pasado. Una de sus modalidades eran los tiros al aire en medio de manifestaciones que costaron la vida a trabajadores a plena luz del día.

El escritor Juan José Téllez relata sobre el caso de este albañil del Cerro del Águila la impunidad que nunca ha salido a la luz. El agente “era un tipo con gafas que bajó de un coche policial. Así describieron a su asesino. Nunca identificado, jamás condenado”.

La explicación oficial llegaría días más tarde en uno de los comunicados lanzado por el entonces gobernador civil José Ruiz de Gordoa: “Dispersada la concentración, un grupo de unas 100 personas, identificó un coche policial dirigiéndose contra el mismo y arrojándole piedras con propósitos claramente agresivos, viéndose obligados los ocupantes a salir del coche y efectuar disparos al aire. Posteriormente se tuvo conocimiento de que en la Casa de Socorro de Nervión había ingresado un hombre herido de bala y que resultó ser Francisco Rodríguez Ledesma”.

La prensa de la época se hizo también eco de los terribles sucesos. “Las cargas de la Policía Armada sembraron el desconcierto entre los miles de manifestantes. Entre el tumulto, cinco disparos de bala salieron de la pistola de un policía de paisano hiriendo de muerte a Ledesma”.

Los obreros de la textil de Hytasa, una de las fábricas más grandes del sector, llevaban varias semanas de concentraciones. En sus puertas se reunían miles de vecinos de todos los barrios obreros, los Pajaritos, La Candelaria, Polígono Sur, Su Eminencia, Rochelambert y el Cerro.

Aquella tarde del 9 de julio, Ledesma llegó a la concentración como un trabajador afiliado a Comisiones Obreras, aunque se encontraba en paro y nunca había sido de la plantilla de la textil. Esa tarde había pasado por la bodeguita donde hablaba con otros albañiles de posibles chapuzas que podían salir en el barrio.

Sin dar apenas tiempo a los convocados, comenzaron las carreras, las cargas, el humo, todo por unos gritos que alteraron a aquella Policía Armada. Nadie olvida que los agentes de la BPS estaban a tan solo a veinte metros de distancia de los trabajadores de la textil. “De la calle Héroes de Toledo surgió un Seat 1500 color crema. De él se bajó un hombre que rondaba la cincuentena. Parece que algunas de las personas recriminaban a la Policía su enérgica, incontrolada e inconsecuente represión”, aclaraban los periódicos.

“Nadie olvida aquella tarde. Fue para todos un día muy traumático. La muerte de un compañero que, sin ser trabajador, fue aquella tarde a ayudar a sus vecinos que se veían amenazados a irse a cola del paro”, relata Pepe Verdón, vecino del barrio en aquella época. Ledesma había llegado al barrio junto a sus siete hermanos desde Morón de la Frontera. “Se habían buscado la vida en este barrio obrero y en aquella etapa buscaba por las tardes chapuzas que le salieran en la casa de algún vecino. Sin familia y sin trabajo, este albañil intentaba salir adelante como todos”.

Miguel Rodríguez Ledesma, hermano de Francisco, recuerda como en aquella etapa su hermano mayor tuvo la peor suerte del mundo. “En aquella época vivía con mi madre. Después de tantos meses en el hospital solo queríamos descansar de un episodio tan difícil”, relata. El mayor de los Ledesma pertenecía como trabajador de la construcción al sindicato de CCOO. Su hermana Rosario aún guarda en el cajón de su habitación el carné de afiliado, las gafas y las 50 pesetas que llevaba encima en el momento que se cometió el asesinato.

Verdón habla del dolor de una familia que no vio a los culpables sentarse en el banquillo hasta casi tres años después de su muerte. “El día del juicio estaban sentados en el banquillo el jefe de la BPS en Sevilla que aún está vivo y un agente de Cádiz de la Brigada que recalcó que aquel disparo a 15 metros de la espalda de Ledesma se hizo para salvaguardar su seguridad”. Los responsables no cumplieron condena, quedando otro asesinato de la Transición impune.

Ledesma murió en el Hospital Virgen del Roció donde ingresó la misma tarde del 9 de julio. Seis meses después con el pulmón infectado, el riñón y los intestinos no se pudo hacer nada por él. Hoy su hermana Rosario ha sido la única que ha mantenido su legado y reivindica la lucha de su familia por conseguir una respuesta a pesar del paso de los años.


Rosario Rodríguez Ledesma no olvida el día de la muerte de su hermano, cuarenta años después. “Cientos de personas quisieron acompañar a la familia desde el hospital al cementerio en una especie de cortejo que no fue finalmente permitido”. Cientos de personas fueron de todas formas y vociferaron delante de la policía pidiendo responsabilidad a “aquellos fascistas en una larga caminata hasta el camposanto”.

El colectivo Aire Libre, presidido por Verdón, junto al grupo de trabajo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía de CGT  (RMHSA) han exigido a la Junta que esta “víctima colateral” del régimen tenga su Lugar de la Memoria, concretamente en la esquina donde fue alcanzado, la de la avenida de Hytasa con Diamantino García. Hoy lugar de entrada de un centro de educación primaria.

El colectivo Aire libre repone cada mes una placa improvisada que recuerda a los vecinos del barrio la esquina de su asesinato.

La solicitud trasladada a la Dirección General de la Memoria Democrática, para su inscripción en el Catálogo de Lugares de la Memoria Histórica de Andalucía fue aprobada el pasado mes de julio, aunque Verdón recuerda que “se encuentran a la espera de que se coloque la placa oficial”. La nueva ley de Memoria ha aceptado como víctima de la dictadura a este albañil al haber sido asesinado antes de 1982, tal y como marca la nueva ley de Memoria Democrática andaluza.

Desde 2015, el colectivo Aire libre repone cada mes una placa improvisada que recuerda a los vecinos del barrio la esquina de su asesinato. “Nos la tiran, se cae, se moja con la lluvia pero una vez más la volvemos a poner hasta que llegue la definitiva”.

Cecilio Gordillo, coordinador de la RMHSA, añade la importancia de este caso y de su recuerdo en esta etapa tan oscura. “La necesidad de que las víctimas de la Transición sean víctimas de la represión del régimen, aunque sí podríamos decir que el golpe tiene una fecha concreta, 18 de julio del 36 no así el nacimiento del modelo creado (franquismo) y mucho menos su muerte y represión”.

http://www.publico.es/politica/caso-rodriguez-ledesma-historia-albanil-tiroteado-policia-protesta-plena-luz-dia.html

16 mineros fueron fusilados en Cáceres durante la sangrienta Navidad de 1938

Se cumplen ocho décadas desde que piquetes militares dirigidos por generales golpistas sembraran el terror y segaran a golpe de fusil la vida de 196 republicanos en Cáceres y poblaciones aledañas. El pretexto: un falso complot republicano para tomar la ciudad.

Estaba a punto de despuntar el día cuando los mineros de la barriada de Aldea Moret de Cáceres fueron conducidos a punta de fusil hasta el campo de tiro de la ciudad donde recibieron el impacto mortal de un pelotón de 60 piquetes conformado por 20 guardias civiles, 10 guardias de asalto y 20 falangistas.

Estos hechos ocurrieron en vísperas del día de Reyes Magos del año 1938 como relata el libro “Tragedia y represión en Navidad”, del historiador Julián Chaves Palacios.

El hijo de Mateo Duque Ramos, fusilado el 5 de enero de aquel año, que dejó viuda y cuatro hijos, conoció que el cuerpo de su padre yacía en el cementerio con 14 años. Fue un día que lo llevaron a limpiar hierbas al cementerio y un hombre se lo dijo, según relata su nieto.

“Era mi abuelo y no pertenecía a ningún partido, no se identificaba con ninguna ideología, pero tenía una profesión muy delicada por aquellas fechas: se dedicaba a cargar los barrenos en las canteras de cal” y conocía el uso de la dinamita, lo que valió para relacionarlo con el falso complot.

Fernando Baz, sobrino de Eulogio Baz Marcos, también fusilado, relata que un día, al volver a casa de su hermana Paula, mujer viuda con la que vivía, avisaron a su tío de que la Guardia Civil había ido a buscarle. Eulogio “se arregló y se fue al cuartel sin más y nunca volvimos a saber de él”, lamenta su familiar. “A los pocos días, el 5 de enero de 1938, le fusilaron”.

Un primo de la familia, enterrador y encargado de introducir los cuerpos del fusilamiento en la fosa común fue quien lo advirtió al reconocer los cuerpos de su tío y de otro primo, Julián Baz, minero caído ante el mismo pelotón.

Tras romper años de silencio y temor, los hijos y nietos han contribuido a arrojar mucha luz sobre la sangrienta navidad de hace 80 años en Cáceres. Los 16 mineros –a quienes tan sólo figurar sus nombres impresos en una libreta supuso la pena de muerte– perdieron su vida fruto de “una caza de brujas planificada por un militar africanista” para aterrar a la población.

Desde julio de 1936 Cáceres había caído en manos de los sublevados golpistas y, a pesar de ello, el general africanista Ricardo Rada denuncia un supuesto complot dirigido por Máximo Calvo para tomar la ciudad que desencadena la masacre.

Los fascistas sublevados protagonizaron semanas de represión y escarnio sobre la población cacereña que darían como resultado más de 400 detenciones y el fusilamiento, sin capacidad de defensa, de casi 200 personas. Ocurrió entre el 25 de diciembre de 1937 y el 21 de enero del año siguiente.

El detonante de la inquina fascista, que sometió por aquellas fechas a las poblaciones cacereñas a fusilamientos al amanecer, mediodía y atardecer, resultó un “montaje de los sublevados y falangistas”.

Una operación ficticia dirigida por el militar africanista al mando en Cáceres para someter y erradicar cualquier intento de insurrección entre la población. Lo que evidencia la “represión sistemática” de los golpistas en tierra extremeña.

Los pelotones de piquetes fusilaron a 196 personas (182 hombres y 14 mujeres). Fusilamientos que se registraron en las poblaciones de Cáceres, Arroyo de la Luz, Malpartida de Cáceres y Navas del Madroño, ocasionando las bajas más numerosas en estas dos últimas poblaciones. En Cáceres ciudad destacan dos ejecuciones masivas con 34 personas en el campo de tiro y 16 mineros el día de reyes; y en Navas del Madroño, el drama prácticamente afectó a todos sus hogares puesto que asesinaron a 68 de sus 3.000 vecinos.

Entre las víctimas había padres, hijos y hermanos; maestros, mineros, sindicalistas, y también cargos públicos como el alcalde de Cáceres, el socialista Antonio Canales; y el presidente de la Diputación, Ramón González Cid, de Izquierda Republicana.

https://elsaltodiario.com/saltamos-extremadura/memoria-historica-visperas-reyes-16-mineros-fueron-fusilados-caceres-durante-navidad-1938

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