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La intolerancia de Castelao con el fascismo

Montserrat Fajardo

El último exabrupto de la ultraderecha española consistió en llamar racista a Castelao. La estrategia no es nueva, la vemos cada día: en un intento de vaciar de contenido determinadas palabras, el fascista llama intolerante a quién le combate o el machista se declara víctima de la lucha del movimiento feminista. ¿Qué otra salida le queda a quien no ostenta la razón más que pervertir el lenguaje?

En uno de los debates televisivos de las autonómicas gallegas que se celebran este 12 de julio, el candidato de VOX por la provincia de Pontevedra empleó todo su tiempo en solicitar al resto que condenasen el acoso al que, según denunciaba, les estaban sometiendo los «cachorros» nacionalistas. Lo repitió en cada bloque y así
evitó exponer cuál era su postura en Sanidad, Economía, Educación, Cultura… Había que evitar el contraste de ideas, la confrontación ideológica entre derecha e izquierda, entre centralismo y autogobierno. Había que desviar la atención del programa electoral y para eso nada mejor que insultar a uno de los máximos representantes del nacionalismo gallego.

¿Qué más da si su pensamiento es sustancialmente antirracista? Castelao es molesto para el fascismo español porque siempre lo atacó con argumentos sólidos.

El filósofo e investigador estradense Xosé Carlos Garrido Couceiro, autor del libro «O pensamento de Castelao», explica que las teorías políticas del nacionalista gallego nacen como contrapunto a la homogénea mentalidad europea que consideraba que la diferencia era un defecto a subsanar, y por tanto a perseguir. Es, el de Castelao, un pensamiento anticolonial, antiimperialista y antirracista que le sitúa siempre del lado de los oprimidos ya sea por razón de raza, sexo, clase o identidad.

Como máximo exponente del nacionalismo galego, Castelao adopta una posición antagónica a la imperante: aboga por que todas las naciones puedan defender su idioma, su cultura y su autogobierno. Es un nacionalismo defensivo, no ofensivo. Un nacionalismo de reafirmación que desde el reconocimiento de su propia identidad se alinea con la lucha de otros pueblos oprimidos como el kurdo, el saharaui o el palestino.

Desde esa posición, explica Garrido, el rianxeiro será siempre enemigo de una ultraderecha que entiende que ser español no significa nacer en un territorio determinado sino tener una misión en el mundo: dominarlo, cristianizarlo. Para él, la xenofobia reside, precisamente, en ese imperialismo que demoniza al diferente y le quiere imponer una cultura, un idioma y una toma de decisiones exógena. Que entiende por inclusión hacer desaparecer dentro de su propia estructura la idiosincrasia del otro.

Pero la realidad es que, con lo único que fue Castelao profundamente intolerante, fue con el fascismo. Desde que se produce el golpe de Estado y hasta su fallecimiento en el exilio bonaerense en enero de 1950, jamás hizo concesión alguna ni al franquismo ni a sus símbolos, y se negaba a participar en cualquier acto presidido por la bandera «de pus y sangre» como se llamaba en el exilio gallego a la sustituta de la tricolor. A esa bandera que hoy sigue enarbolando como arma de opresión una ultraderecha que ve representada en ella su ideología y, al contrario de lo que ocurre en otros países europeos, no recurre a la esvástica como símbolo.

Una derecha que califica de intolerante y excluyente al nacionalismo gallego, catalán o vasco con la misma desfachatez con la que denomina inclusión a su intento de borrar la identidad de las distintas nacionalidades. Hablar español en Galicia es una obligación, hablar el idioma propio, como el euskera en Euskadi o el catalán en Catalunya, es una imposición intolerable, un ataque al resto de la humanidad. Desde su imperialista mentalidad, obligar a quedarse es incluir mientras que decidir autogobernarse te convierte en un nacionalismo excluyente.

Es esa misma ultraderecha que defiende inhumanas políticas de inmigración, la que llama racista a Castelao.

A un Castelao que, en septiembre de 1938, dentro de la gira que él y su mujer, Virginia Pereira, realizaron por USA en busca de apoyos para una República en guerra, viajó hasta la cuenca minera del Oeste de Virginia y en la puerta de un bar de comidas se encontró un letrero en el que se podía leer «White only»: sólo blancos; y según él mismo explicó, desde ese momento se consideró, para siempre, «irmán dos negros»: hermano de los negros. Tanto que en 1939 fue nombrado presidente honorario de la Federación Internacional de Sociedades Negras de Nueva York, y en múltiples láminas dejó reflejadas tanto la alegría de los negros de Cuba como el desamparo de los negros de Nueva York.

Pero las palabras se desvirtúan y términos como intolerancia, nacidos para denunciar la opresión del fuerte sobre el débil, dejan de proteger a las minorías y se convierten en arma arrojadiza del opresor. ¿Quién imaginó que el delito de odio se iba a emplear para perseguir una movilización contra, por ejemplo, la monarquía que no tiene nada de minoría oprimida? El lenguaje no es inocente y el fascismo pretende utilizarlo para disfrazarse de víctima y que no veamos su faz de opresor. La mejor manera de combatirlo es no caer en sus maniobras de despiste y defender el discurso político, el debate ideológico entre opciones democráticas plurales.

Cuando en aquel debate televisivo, el representante de la ultraderecha exigió que se condenase los ataques antidemocráticos que su formación sufría, el candidato nacionalista, el parlamentario pontevedrés Luís Bará, le contestó que el mayor ataque a la democracia era permitir que un partido racista, fascista, machista y antigallego, sin representación alguna en un Parlamento autonómico que quería eliminar, estuviese participando en un debate emitido por la televisión pública. Porque, como siempre defendió Castelao, con el fascismo no se dialoga, al fascismo se le combate. Y por eso, es probable, que al rianxeiro le hiciese sentirse orgulloso el hecho de que, setenta años después de su muerte, la nueva ultraderecha le reconozca como enemigo.

https://blogs.publico.es/verdad-justicia-reparacion/2020/07/11/la-intolerancia-de-castelao-con-el-fascismo/

Los apestados no podrán votar en las elecciones autonómicas gallegas

Ana Pontón, cabecilla del BNG
Las personas positivas en coronavirus no podrán votar en las elecciones autonómicas gallegas, salvo que estén en cuarentena. “Puede, con una mascarilla, ir al colegio y regresar a casa para continuar su cuarentena”, explicó el Conselleiro de Sanidade, Jesús Vázquez Almuiña (1).

El Conselleiro dijo ayer que las personas positivas en coronavirus no podrán ir a las urnas en las elecciones autonómicas del 12 de julio, mientras que los contactos cercanos en cuarentena podrán hacerlo, siempre que tomen “medidas de precaución”, que no concretó.

En una conferencia de prensa en la que anunció el cierre de A Mariña, en Lugo, durante cinco días debido a un supuesto “rebrote” registrado en la comarca, Almuiña destacó que los contactos son “personas sanas” que han estado con algunos positivos y tienen que ser monitoreados para ver si desarrollan síntomas, permaneciendo aislados durante ese período.

En tal caso, habría que preguntarle a Vázquez qué enfermedad padecen los que han positivos en un test de coronavirus, que no indica absolutamente nada.

“Esas personas pueden votar. Un contacto obviamente puede votar”, dijo el conselleiro, recordando que votar es “un derecho fundamental”. Con una mascarilla puede ir al colegio y volver a casa para continuar su cuarentena», especificó.  “Un resultado positivo no puede”, dijo a continuación, señalando que estos casos podrían ir si superan su período de confinamiento.  En el caso de que alguien tenga síntomas pero esté pendiente del resultado de la prueba para ver si tiene coronavirus, se considerará «positivo» a los efectos de las restricciones que se aplican a ellos.

Los tarados del BNG, que llevan histéricos toda la cuarentena, han ido más allá que los de la Xunta y quieren suspender las elecciones para todos los vecinos de A Mariña (2), estén enfermos, sanos, contagiados, positivos, negativos y dudosos.

Para evitar que el vecindario esté “sujeto al dilema de elegir entre preservar su salud en medio de un rebrote de la pandemia y su derecho al voto”, hay que privarles de uno de los dos derechos. De esa manera no hay derecho ni tampoco dilema alguno.

Dicen que la “única” prioridad debe ser la salud de las personas. El pretexto es que la comarca acumula 106 positivos y 600 vecinos confinados.

(1) https://www.nosdiario.gal/articulo/social/persoas-positivas-covid-19-non-poderan-votar/20200705155852100816.html
(2) https://www.nosdiario.gal/articulo/politica/bng-pide-suspender-eleccions-marina/20200705181715100822.html

Más información:

– Fascismo terapéutico: cuando la policía encarcela a los apestados por orden de los médicos
– Una nueva profesión represiva creada por la pandemia: los ‘gorrillas’ sanitarios
– 60.000 matones sanitarios para vigilar a los apestados en Italia
– Un juez ordena la busca y captura de un apestado para imponerle el confinamiento forzoso

– Antes la policía nos fichaba por nuestros crímenes, ahora los médicos nos fichan por nuestras enfermedades

– Ya tiene a su disposición su tarjeta de apestado y puede pasar a recogerla en cualquier momento

– Nueva subnormalidad: otro apestado al que los médicos ponen en busca y captura

Sánchez y el austromarxismo

Bianchi

Eso que, indebidamente, se llama «clase política» -la española en este caso-, en lo concerniente a ese diapasón y piedra de toque que es y supone Catalunya (nos negamos a escribir «problema catalán» al igual que no decimos «conflicto vasco»), pelea, colegialmente, por ver quién la tiene más larga y demuestra ser más español -y patriota, por tanto- que nadie. El presidente Sánchez, en lugar de desmarcarse del ultramontanismo cazurro de lo que llaman las «tres derechas» (PP, C,s y VOX), decide competir por ver quién es más montaraz y basto: «Catalunya no será independiente nunca», le oímos decir a este figura que suscribió sin despeinarse con Rajoy, cuando era presidente, la aplicación del artículo 155 de la Constitución española a Catalunya. No les da para más, o así gobierna cualquiera.

Y es que con tal de no admitir que el sintagma «España» es un Estado políticamente fallido (gustan de hablar de «Estados fallidos» y lo tienen delante de sus  narices), el (pen)último asidero de Sánchez ha sido volver a definir, muy de refilón (en 2017 se extendió más) y refiriéndose a Catalunya, como «nación cultural», como si hubiera una reedición de la finisecular Renaixença catalana. Se aviene, a trancas y barrancas, a aquilatar el concepto «España» como, o bien una «nación de naciones», lo cual es una antítesis, o bien un «Estado multinacional», lo cual es cierto, pero deja de serlo en cuanto se despoja a esas naciones de su quintaesencia básica: formar un Estado soberano.

Sospechamos que Sánchez -ni demás psociolistos de pacotilla- no haya oído hablar del «austromarxismo» de principios del siglo pasado cuyo origen fue el Partido Socialdemócrata de Austria con los Karl Renner (que llegó a Presidente), Max Adler, Hilferding, y, sobre todos, Otto Bauer (1881-1938) -no confundir con el amigo coevo de Marx Bruno Bauer-. Fueron ellos -los austromarxistas vieneses- quienes acuñaron la fórmula «autonomía (nacional) cultural» dentro de la estructura de un Estado plurinacional cuyo objetivo era -adviértase- detener la galopante desintegración del vetusto Imperio Austro-Húngaro, es decir, preservarlo, tal y como pretende la oligarquía española, españolista y españolizada. Y ello, repetimos, con tal de sostenella y no enmendalla y no admitir lo evidente, a saber, que Catalunya, Euskadi y Galicia son naciones… sin Estado, que son naciones oprimidas políticamente al margen de su renta per cápita, que lo que no existe es la entelequia llamada «España».

Bauer casi excluía las clases y la lucha de clases en esas «autonomías culturales» que serían una «comunidad de destino» (José Antonio Primo de Rivera añadiría «en lo universal») siempre bajo el capitalismo.

Sánchez, en realidad, y sin proponérselo, por supuesto, es un romántico que piensa en lo que Miguel de Unamuno (en absoluto favorable a ningún tipo de «autonomía» en su tiempo) denominara «regionalismo cultural» (y Fraga Iribarne «peculiaridades regionales» con sus sanas costumbres) evocando la «patria chica» (su Bilbao natal, su «Bocho»), pero también dejó escrito en 1908 que la unión impuesta por la fuerza «desde fuera» no vale. Pues eso.

Bona nit.

La izquierda de Españistán

Rebeca Quintáns

Mientras los catalanes se manifiestan contra la represión de sus docentes, resistiendo todos los ataques del gobierno central con más movilizaciones sociales, después de haber puesto en jaque por primera vez el régimen monárquico del 78 en un process que está lejos de ser vencido…

Mientras los vascos organizan una cadena humana con cerca de 100.000 voluntarios para reclamar el derecho a decidir (“Gure Esku Dago”, está en nuestras manos), reforzando un segundo frente contra un estado que ha torturado y asesinado durante décadas para reprimir su lucha por la independencia…

Mientras los gallegos se rebelan tomando la plaza del Obradoiro en una de las manifestaciones más multitudinarias de los últimos tiempos, contra el proyecto de reabrir una mina de cobre en Touro que pondría en peligro su sistema de vida (las producciones ganaderas y la pesca en la ría de Arousa, que son las principales fuentes de riqueza en el país), desde una perspectiva indefectiblemente identitaria…

La izquierda en Españistán poco menos que hace el ridículo reclamando un poco de atención por parte de Pedro Sánchez, como damisela burlada por un don Juan, mendigando migajas de poder en el nuevo gobierno de tintes indiscutiblemente azul anaranjado. Continúa queriendo vender la burra del Estado plurinacional con el buenismo de “vamos a llevarnos todos bien” con que demuestra no entender en absoluto de qué va la película; y se explaya en el interminable debate sobre si es posible ser de izquierdas y nacionalista a la vez, queriendo inventar un internacionalismo sin naciones tan paradógico e incomprensible como el dogma de la santísima trinidad de los católicos. Excepto algunos grupos pequeños -como Red Roja, Iniciativa Comunista, la coordinadora 25S, Marchas por la Dignidad, Izquierda Castellana, PCPE y poquitos más-, que siempre han defendido el derecho de autodeterminación de los pueblos y reconocido la existencia de presos políticos, los partidos que habitualmente se identifican con la izquierda dosifican la lucha posponiendo cuestiones clave -como el republicanismo o el control por parte del estado de las fuentes energéticas-, mientras piden la unidad de los trabajadores de todas las “regiones” para poder avanzar llegando a acuerdos parlamentarios con los representantes de la oligarquía financiera.

Es frustrante asistir a actos como el que se celebró la pasada semana en el Teatro del Barrio de Madrid, con Ángeles Maestro (Red Roja) y Vidal Aragonés (CUP), sobre “clase obrera y cuestión nacional”, y ver cómo su exposición (excelente y pedagógica) choca contra un muro en buena parte del público, que se aferra a una doctrina izquierdosa exclusiva del Estado español post-franquista: Falsean el marxismo leninista con la pedantería de citas traídas ad hoc, con retórica que justifica la gran traición de PCE y PSOE en la Transición (aceptando la monarquía sin referéndum y una partidocracia encerrada en estrechos límites constitucionales y electorales, en sustitución de una democracia no sólo formal), y dicen aspirar a una revolución proletaria que los procesos de liberación nacional les están estorbando. Deprimente y cabreante si no fuera porque, mal que les pese, en la gente más joven y concienciada su discurso no cala. Los líderes de la izquierda de Españistán caminan solos como clavos ardientes a los que se aferran cada vez menos desesperados. Después del bluff de Podemos, volvemos al punto de partida: Que no, que no nos representan.

Catalunya: una crisis del Estado y del estado de las autonomías

Catalunya, aparta de mí este cáliz (2)

La crisis de Catalunya es la crisis del Estado centralista remozado en 1978, la del Estado de las Autonomías, que fue la reforma más importante realizada durante la transición del viejo Estado que los fascistas habían levantado en 1938 sobre miles de cadáveres, presos y exiliados.

Hace tiempo que dicho Estado ha entrado en una crisis irreversible, que no puede contar ya con los apoyos que tuvo en 1978, entre ellos los de “la izquierda” domesticada, que se prestó a colaborar en el cambio de fachada para echarle un capote a los fascistas.

La crisis es total por varias razones que es necesario poner de manifiesto. No es sólo una crisis económica, ni sectorial, ni del bipartidismo, ni de gobierno. Es todo eso y mucho más. Es una crisis del cambio y del recambio que no deja alternativa ni margen de maniobra a la clase dominante. Ya pueden convocar elecciones todos los meses que no van a encontrar ninguna solución, ni en las papeletas ni en las urnas.

En su caída, los fascistas no tienen asidero alguno al que aferrarse. La crisis es internacional, empezando por la Unión Europea. Los medios de intoxicación, que en 1978 también echaron un capote, ahora ya no pueden hacerlo porque, a su vez, también están en crisis. La crisis alcanza a los reformistas, incapaces de embaucar ni siquiera a sus votantes. La crisis es constitucional, de las viejas y nuevas instituciones públicas, empezado por la monarquía y acabando por los ayuntamientos…

En cualquier lugar que uno mire, lo que aparece es un estado de ruina inminente, una situación ya conocida en 1978 que entonces pudieron superar porque -entre otras- contaban con dos buenas cartas para jugar, la de los reformistas y la de los “nacionalistas”. Normalmente se habla mucho de los primeros, de su “traición”, pero nada de los segundos, de sujetos como Josep Tarradellas, Jordi Pujol y otros (catalanes, gallegos y vascos) de la misma catadura que entonces se embarcaron a sostener el Estado fascista en crisis.

Ahora ya nadie habla de ellos, de los “nacionalistas”, como solución sino como problema, e incluso más: como causa del problema. Entonces los centralistas tuvieron que hacer concesiones, muy importantes para ellos y su querida “unidad de la patria”. Es importante recordar un dato capital del que nadie se acuerda: de los viejos partidos institucionales que han sometido a España desde la transición, sólo el PP se negó a votar a favor de la Constitución, mientras que ahora la tienen cada día en la punta de la lengua y se envuelven con ella tanto como con su asquerosa bandera.

A ese dato interesante hay que añadirle su complemento, que es aún más revelador: el PP (entonces AP) se negó a votar a favor de la Constitución porque estaba en contra del Estado de las Autonomías. Por el contrario, ahora el PP se ha convertido en el mayor defensor del sistema autonómico, por no decir el único, justo cuando los demás quieren reformarlo o, simplemente, ya no lo quieren.

Uno de los mayores ineptos que ha pasado por el gobierno, el ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, expresó un punto de vista muy extendido en Madrid: España es uno de los países que más concesiones otorga a las autonomías, más que Alemania, por ejemplo, que es un Estado federal. ¿Qué más quieren esos catalanes? Son voraces, su apetito es insaciable…

No les faltan razones a quienes quieren congelar el reloj en la radiografía de la Constitución y de la correlación de fuerzas que entonces prevalecía y que ahora ha cambiado. Son como el padre amoroso que autoriza a sus hijos adolescentes que salgan de noche, siempre que lleguen antes de las 10 y luego -cuando no queda otro remedio- les amplía el horario a las 11, las 12… ¡Qué más quieren estos jóvenes! El problema inevitable es que, con el transcurso del tiempo, los adolescentes se hacen mayores de edad y, en efecto, lo quieren todo, quieren sacudirse de encima la tutela vigilante de papá.

Ni en 1978 ni después, los fascistas han considerado que las nacionalidades (Catalunya, Galiza, Euskadi) tengan derechos que les corresponden como tales. Por eso metieron en el Estado de las Autonomías el “café para todos”, donde Murcia es otra región igual a Catalunya. Los fascistas no reconocen derechos a nadie; hacen concesiones, que no es lo mismo, y lo hacen, además, forzados por las circunstancias políticas, por la crisis y por el empuje de las movilizaciones. Con ellos las cosas no funcionan de otra manera.

Si en 1978 cedieron a regañadientes, ahora no lo van a hacer. Los “nacionalistas” ya no son una tabla de salvación como entonces. Lo poco más que les podrían dar, éstos ya no lo quieren. Como pronosticó Lenin, bajo el imperialismo se agudiza “el yugo nacional”. Las contradicciones nacionales no se pueden solventar ni con represión, ni con migajas, ni metiendo la cabeza debajo del ala. Para ello es necesario cambiar de Estado y reconocer que las naciones tiene derecho a decidir su futuro por sí mismas.

El imperio de Zara se levantó sobre el trabajo precario de las trabajadoras gallegas

Roi Ribeira

A finales de los años ochenta el sector textil y de la confección en Galiza experimentó una gran expansión. Nombres como Adolfo Domínguez, Caramelo o Roberto Verino son buena muestra del papel y de la visibilidad que la “moda gallega” alcanza en el conjunto del Estado. Pero será Zara —llamada Grupo Inditex después— la marca que mejor ejemplificará el “milagro” del textil en Galiza. El enorme crecimiento de esta compañía propiciará la gran expansión del sector textil en esta comunidad y, en concreto, la constitución de cooperativas y talleres de confección que trabajan para el gigante gallego.

La evolución del textil en las décadas de los 80 y 90 implicó una necesidad creciente de trabajos de manufactura. La estrategia del Grupo Inditex fue incentivar la constitución de industrias subcontratadas, talleres y cooperativas, bajo la promesa de que nunca les faltaría trabajo. Muchas mujeres trabajaban para Inditex, o alguna de sus subcontratas, en sus propias casas. Cuando fue necesario para el mayor crecimiento de la compañía, sus dirigentes impulsaron una red de cooperativas donde poder subcontratar una parte fundamental de la manufactura.

Estas cooperativas, formadas fundamentalmente por mujeres del medio rural, surgieron a iniciativa de Inditex y otras grandes empresas del textil gallego bajo la promesa de una demanda de producción continua. El crecimiento de este tipo de sociedades fue a la par con la facturación del holding. De 1990 a 1995, la facturación pasó de 44.000 millones de pesetas a 183.000. En 1991 había 139 cooperativas de confección en Galiza, en 1997 eran 253. Todas aquellas promesas se esfumaron con el proceso de deslocalización de la producción a partir del año 2005 desde Galiza a países como Marruecos, Bangladesh o Turquía.

En el informe “El sector textil y de la confección”, de 2005, María del Vallejo Fernández Sanz y Estefanía Rodríguez González achacan el crecimiento del sector textil a varias razones, entre otras a la “consolidación de un tejido productivo que suministra básicamente mano de obra para la fabricación de un volumen creciente de producción”. Y afirman que la estructura en Galiza “presenta dos realidades empresariales: un grupo mayoritario de pequeñas y medianas empresas y de cooperativas -que suponen un 90% aproximadamente- que trabajan sobre todo como subcontratas, configurando la base del modelo productivo sectorial, y un grupo reducido de grandes empresas, protagonistas del empuje del sector, tanto a nivel nacional como internacional”.

Las cooperativas surgen por la necesidad de empresas como Inditex de asegurar la producción con un sistema de trabajo flexible, subcontratado y externalizado, con el que implementar el sistema just-in-time en un momento de gran competitividad y de cambios profundos en el mercado producidos por una globalización galopante que abre el mercado español al producto extranjero y viceversa.

La economía sumergida gallega

En 1992, en plena expansión del modelo de la cooperativas de confección, un informe, encargado por la Asociación Textil de Galicia y elaborado por Kurt Salmon Associates, definía las características principales de las cooperativas gallegas. Entre otras señaló que eran cooperativas en las que no existía prácticamente mano de obra contratada, pequeñas, realizaban labores de manufactura y trabajaban para un único cliente y, de existir más, el principal concentraba más del 60% de la producción. A finales de los 90 ese modelo se expande: la carga de trabajo obliga a contratar personal, aunque con una gran eventualidad y un alto nivel de economía sumergida. Una gran parte del trabajo femenino se realiza en los propios hogares.

Las relaciones entre las empresas matrices y las cooperativas se establecen de forma individual y asimétrica, lo que les generaba una relación de dependencia que hacía muy difícil la negociación. El precio por prenda lo estipulaba la empresa y se pagaba por trabajo hecho.

Es evidente que, para que las mujeres del entorno rural, con poca experiencia en la puesta en marcha de empresas, impulsaran las cooperativas, necesitaron el apoyo de determinados o líderes locales. Estos “actuaron de intermediarios entre las empresas, particularmente Zara, la Administración y las trabajadoras”, según escribió la profesora Montserrat Villarino Pérez en un artículo de 2009.

Y la producción se fue al sur

Si bien a lo largo de los años noventa la tendencia fue de aumento del trabajo de manufactura, a partir de 2005 se inicia un fuerte proceso de deslocalización del trabajo subcontratado en el rural gallego. Las cifras hablan por sí solas. De las 253 cooperativas que había en el año 1997 se pasa a unas 60 en 2006. Las características que hacían atractiva a Galiza décadas atrás se trasladan a otras regiones mundiales por la mejora en el transporte, las comunicaciones y los bajos salarios. Los talleres y cooperativas son incapaces de ser competitivos contra los bajos salarios de países del Sur, por sus propias características y por las exigencias cada vez mayores de la compañía que sostenía a la mayoría de estas: Inditex.

El documental “Fíos fóra” (Illa Bufarda, 2015) se aproxima a la vida de las obreras gallegas de los talleres y cooperativas de confección desde los 80 hasta la época de la deslocalización. “Uno de los principales atrancos que encontramos en la elaboración del documental fue el miedo de las trabajadoras a hablar delante de cámara. Comprobamos que, aún hoy, a muchas mujeres les costaba admitir que trabajaban para Inditex. Proteger el anonimato fue fundamental para introducir entrevistas de personas que actualmente estuvieran en activo”, comenta Sabela Iglesias, una de las directoras. “El documental fue un encargo de la ONG Amarante-Setem, que quería abordar la problemática de la precariedad que crea el sector textil en otros países. Nosotras quisimos enfocarlo desde aquí, porque al empezar a investigar el papel de grandes empresas como Inditex, observamos que esa precariedad también se había dado aquí”, afirma Adriana P. Villanueva, otra de las directoras.

El documental aborda el proceso de creación y destrucción de los talleres y las cooperativas de confección y nos enseña uno de los pilares sobre los que se levantó la empresa creada por Amancio Ortega: la subcontratación. “Las trabajadoras de las cooperativas no estaban contratadas por Inditex directamente. Esto es clave. La subcontratación provocó que personas autónomas se embarcasen en inversiones para comprar maquinaria y otras cosas por la promesa de tener trabajo durante mucho tiempo. Inditex no era quien hacía ese tipo de inversiones, sino que las hacían microempresas dependientes que actuaban al dictado de lo que la empresa matriz les pedía”, continúa Iglesias. “Hay cosas tremendas que nos contaban algunas personas —dice Villanueva—, como que hoy en día existen cooperativas que subsisten solo para pagar cotizaciones para la jubilación, ya que no obtienen beneficios”.

Muchos talleres empezaron a cerrar sus puertas a partir de 2004, la relación de exclusividad con determinadas empresas les pasa factura. “Cada vez empiezan a exigirles más a las cooperativas, en el documental lo refleja bien una de las mujeres, expropietaria de una cooperativa. Se sentía entre la espada y la pared por el nivel de exigencia que se veía obligada a cumplir ante Inditex y lo que les exigía a sus trabajadoras”, termina Iglesias.

En Galiza sobrevive el mito: el empresario campechano, el hombre hecho a sí mismo, el triunfador en el país donde otros muchos han fracasado… Sin embargo, una de las razones del triunfo de su modelo fue el de contar con la ventaja de una mano de obra mayoritariamente femenina dispuesta a la subcontratación. La constelación de empresas subcontratadas que se extendieron por el rural gallego gracias en buena parte a la expansión del Grupo se redujo radicalmente una vez que le fue posible desplazarse a otros territorios en los que la población está dispuesta a trabajar por salarios más bajos. La deslocalización fue fácil, ya que la clave del modelo sigue siendo la misma: la subcontratación.

https://elsaltodiario.com/inditex/asi-tejio-imperio-amancio-ortega-inditex-mujeres-gallegas-precariedad-sin-derechos

Sobre ‘naciones culturales’

B.

Tratando Pedro Sánchez, recién elegido inopinadamente en las primarias de su Partido, de que no le confundieran con la carpetovetónica y más españolaza que la peineta de Lola Flores (Lola «Flowers», en el extranjero), la sevillana del popular barrio de Triana Susana Díaz, se sacó de la chistera, en referencia a Catalunya, el concepto de «nación cultural» extensible a Euskadi. Patxi López, bizkaino de Portugalete, le preguntó a Sánchez -en un debate a tres, con Díaz- si sabía lo que era una nación, como un maestro de escuela le pregunta a un tímido alumno, y bien pudiera Sánchez haberle respondido a la becqueriana manera algo así como «¿y tú me lo preguntas que eres vasco, anda fuck off! (piérdete)», pero no, habló de «sentimiento» de pertenecer, pues eso, a una nación… cultural.

Después pasó a hablar de «España» como «nación de naciones», lo cual es una antítesis inasumible (si fuera de Estados, sería otra cosa), o un «Estado multinacional», lo cual, ahora sí, es cierto, pero pierde cuerpo en tanto en cuanto se despoja el concepto de lo esencial, de lo primordial dizque formar un Estado soberano, ah, esto no, amigo, esto va a ser que no. O sea, no ir a la raíz del problema e irse, por enésima vez, por las ramas. En España, esa quimera, le dicen «coger el toro por los cuernos». La última en hablar de Catalunya como «nación cultural» -ayer, sábado, la ví por la tele- ha sido Margarita Robles, gente instruida, oiga. La cuestión es no admitir lo evidente: «España» es un Estado políticamente fallido. Hablan de otros países como «Estados fallidos» y lo tienen delante de las narices.

Es más que probable que Sánchez, Robles, y no digamos el zoquete López o la gárrula Díaz, no hayan oído hablar jamás del «austromarxismo», algo no exigible al común de los mortales, pero sí a estos vividores mercachifles a cuenta del Estado.Tienen suerte que aquí estamos nosotros ejerciendo de «petetes». El origen del «austromarxismo», a principios del siglo pasado, fue el Partido Socialdemócrata de Austria con los Karl Renner (que llegó a Presidente), Max Adler, Hilferding (teórico del imperialismo rebatido por Lenin), y, sobre todos, Otto Bauer (1881-1938). Fueron ellos -los austromarxistas vieneses- quienes acuñaron la expresión «autonomía (nacional) cultural» dentro de la estructura de un Estado plurinacional cuyo objetivo era -igual que es el objetivo de Sánchez y cía- detener la trepidante desintegración del vetusto imperio Austro-Húngaro, es decir, preservarlo, evitar su caída, hacerlo durar, tal y como pretende el tetrapartidismo español y a mucha honra en este país llamado España (espero que se note la ironía). Y ello, repito, con tal de no admitir lo evidente, que Catalunya, Euskadi y Galicia son naciones… sin Estado, que son naciones oprimidas políticamente al margen de su renta per cápita, que lo que no existe es la entelequia llamada «España», pero sí su marco con su lucha de clases, es decir, no se lucha contra molinos de viento. Llámese «España» como se quiera, que eso no cambiará el marco, un cuestión «nominalista».

Bauer (no confundir con el contemporáneo de Marx, Bruno Bauer) casi excluía las clases y la lucha de clases en esas «autonomías culturales» que serían una «comunidad de destino» (José Antonio Primo de Rivera, copiándole, añadiría la célebre coletilla de «en lo universal», no quedándose atrás Ortega y Gasset) siempre bajo el capitalismo.

Unamuno (nada amigo de ningún tipo de «autonomía» en su tiempo y fue diputado en las primeras Cortes de la República) lo llamaba «regionalismo cultural» evocando su «patria chica» (sic), su Bilbao (el «Bocho») natal. El franco-falangista Fraga Iribarne hablaría -todavía lo puedo oír- de «peculiaridades regionales con su floklore y sanas costumbres», etc. Claro que Unamuno también dejó escrito (en 1908) que la unión impuesta por la fuerza «desde fuera» no vale.

Justo lo que pretende el fascismo español con respecto a Catalunya, pues, haya o no haya referéndum, lo que se demuestra, por si hacía falta, es el carácter fascista de este podrido Estado.

Arrivederci.

La gran batalla de As Encrobas de 1977

Henrique Mariño

Usted no sólo está viendo un paraguas entre tricornios. Tampoco una mujer en mandilón que se bate en duelo con los capotes de la Guardia Civil. Agudice la vista y desgrane la foto de Xosé Castro. Quizá advierta los cañones de los mosquetones y los cetmes, pero tampoco se trata de eso. Es la tierra que se rebela contra el expolio, que tanto puede adquirir la forma de una excavadora ciclópea, como de un encorbatado señor con maletín. Son todas las gallegas —es decir, todas las mujeres del mundo— defendiendo a su matria. Hay otras Galicias posibles, pero también están en esta. Ahora ya puede girar la vista y observar el coro: “A terra é nosa, e non de Fenosa”. Un grito plural, declinado en femenino.

As Encrobas, 1977. Mil almas que viven del campo, ajenas a la crisis del petróleo: la OPEP cierra el grifo y Occidente tiembla al observar cómo se encarece el crudo. Franco, que había anegado valles y pueblos con sus embalses, concede créditos y exenciones fiscales a las empresas que inviertan en el sector minero. Fuerzas Eléctricas del Noroeste S.A. —Fenosa, la eléctrica de Pedro Barrié de la Maza, propietario del Banco Pastor y adepto al régimen— echa la garra a una explotación de caolín que también escondía lignito pardo. La dictadura ha allanado el terreno a la eléctrica, que exprime las aguas de embalses como el de Belesar para obtener su preciado jugo. O sea, la luz, que paradójicamente aún no ilumina algunas aldeas afectadas por el desarrollismo inhumano.

Los ríos y la tierra son víctimas del hurto energético. Hágase la luz para que otras geografías, foráneas y lejos del alcance de la vista, puedan industrializarse. Galicia, ubre. Una tierra ordeñada día y noche para que otros beban su leche. Fenosa quiere el carbón del valle de As Encrobas y paga novecientos millones al concesionario de la mina para hacerse con el tesoro oculto. El franquismo engrasa su maquinaria para saciar al capital: aprueba un decreto de utilidad pública, declara el lugar de interés preferente y brinda a Lignitos de Meirama (Limeisa, filial de la eléctrica) la expropiación forzosa por la vía de urgencia. Las cifras son apabullantes: el yacimiento y la central térmica ocuparán novecientas hectáreas, de las que se extraerán cien millones de toneladas de lignito durante veinticinco años.

“¿Cómo se pudo hacer tanto daño para obtener un beneficio que se acabó tan pronto?”, se pregunta Maricarmen Rodríguez cuarenta años después. Cierra los ojos y sigue teniendo dieciséis, vive en la aldea de A Quintán y los suyos miman la tierra para que, a cambio del abono, les dé su fruto. Así ha sido siempre, y así sea para los siglos de los siglos. La ganadería y la agricultura ocupan los días de los vecinos, cuyo jornal se completa con las nóminas de algunos afortunados que trabajan fuera, en sectores como la construcción, o con las remesas de la emigración en Suiza. En esos casos, las mujeres suplen la ausencia de sus hombres: el hogar, los niños, los abuelos, las leiras, los animales, la vida. Cuando una se va, llega otra. Todo gira, sin más fricción que la muerte. Una existencia, como dicen ahora, sostenible.

Maricarmen abre los ojos. En su carné figura que tiene 56 años y se apellida Rodríguez, aunque para todos es Maricarmen de Hilario da Quintán. Hilario es la casa. Quintán es el lugar. Cuando un gallego habla de una casa, no se refiere a cuatro muros coronados por un tejado, sino a quienes viven dentro —del bisabuelo al nieto— y pastan fuera. La finca que pisan las bestias también es la casa, como casa son las vacas, seres tan sagrados aquí como en la India. Todas tienen nombre, sujeto a modas. Paloma, Rubia o Linda se llevan la palma. Hay quien las trata de igual a igual y, para ello, las humaniza desde la pila bautismal: Elvira, Anacleta, Renata… El santoral pop se ha ido introduciendo con el paso del tiempo en los establos, donde ahora hay Chenoas, Beyoncés y Shakiras. También encarnan la retranca o la subversión de sus dueños, pues los prados son compartidos por Leonores y Prestiges, Letizias y Nunca Máis.

Precisamente, la lucha de Maricarmen y los suyos es un precedente de las protestas populares contra el chapapote y, más recientemente, contra las preferentes. La unión y la solidaridad entre iguales hicieron la fuerza frente a la injusticia. Sin embargo, hay diferencias insalvables: los vecinos de As Encrobas defendieron lo suyo cuando el fantasma de Franco todavía aleteaba y las fuerzas de seguridad del Estado se empleaban con saña. Años antes, hubieran sido sometidos por los culatazos de los picoletos, pero supieron aprovechar las grietas de un sistema que se resquebrajaba para colar sus reivindicaciones, que no eran otras que permanecer allí donde habían habitado sus muertos. O, en su defecto, ser trasladados a un lugar de la región que gozase de las bondades de una tierra fértil, un idioma familiar y, aunque parezca mentira, un clima similar. Si el 70% de un ser humano es agua, el 70% de un gallego es lluvia.

La empresa, en cambio, ofreció por los terrenos expropiados una cantidad irrisoria —entre 50.000 y 80.000 pesetas por ferrado—, que fue rechazada. El cura y el alcalde de Cerceda —municipio enclavado entre A Coruña y Santiago, al que pertenece la parroquia de As Encrobas— trataron de mediar con los vecinos, pero su postura sólo beneficiaba a Limeisa y a los propietarios que vivían fuera y arrendaban las tierras a los lugareños. Los responsables de la empresa y los altos cargos de la Administración pensaban que aquello era pan comido, si bien los afectados se organizaron, montaron una comisión, comenzaron a reunirse tras la misa de los domingos y recabaron apoyos más allá de los marcos de sus fincas. La propuesta de irse con la aldea a otra parte —una exigencia, al margen de la compensación económica, reconocida por la jurisprudencia de la ley de expropiaciones— no era más que un ardid legal para obligar a negociar a Limeisa, cuyos directivos pensaban que podían comprarlos por un fajo de billetes. De hecho, la posibilidad de ser dispersados por varias comarcas de la provincia de A  Coruña fue declinada, pues la condición era trasladar a toda la comunidad a un mismo emplazamiento.

Ahora que está en boga el común, la tribu, la sororidad o lo hiperlocal, no deja de sorprender la petición de los encrobenses allá por 1977: “Para nosotros, el traslado tiene que ser de toda la población, es decir, de la comunidad […] Esto es lo que nosotros valoramos: el aspecto humano, social o comunitario, nuestras costumbres, nuestra forma de ayudarnos unos a otros en la época de cosecha y de la siembra, nuestras tradiciones, nuestros amigos e incluso nuestros muertos”, rezaba un comunicado publicado en la prensa. Nada que ver, lógicamente, con el tópico del gallego indeciso, desconfiado, individualista y seguro de puertas adentro.

O sea, pedían trasladar las casas. No los edificios, sino las gentes que los habitaban, su cultura, su idioma, sus vecinos y hasta la helada que humedecía sus botas. Si la casa es una unidad familiar con sus propiedades, la aldea es la suma de casas. Y todas las aldeas juntas conformaban una parroquia, As Encrobas, que corría el peligro de ser engullida por la corta. Entonces, había casi 250 familias, distribuidas en treinta aldeas. De aquellas 1.150 personas, sólo cuatrocientas siguen viviendo allí en la actualidad, si bien 350 están concentradas en dos aldeas. Eso significa que el resto es un páramo y que algunos lugares, como A Lousa, Burís y Gontón, fueron tragados por la mina. Hasta la iglesia de esta última aldea, construida en el siglo XII y reformada en 1720, tuvo que ser trasladada a Pontoxo después de que comenzase a agrietarse. Con ella, también se fue el cementerio.

Francisca Moar resistió en Gontón hasta hace cinco años, cuando se mudó al municipio limítrofe de Carral. Roza los ochenta y está viuda. “¡Y pensar que una parroquia tan buena como ésta se quedó sin gente ninguna…! ¡Porque aquí no había ni con quien hablar!”, comenta esta encrobesa mientras rememora las reuniones que mantenían no sólo en el atrio de la iglesia, sino también en el templo nocturno La Juventud. Así había bautizado su sala de fiestas Manuel Silveira, un aguerrido paisano y líder vecinal apodado Manolo O Costiñán. “Me murió el marido y me quedé sola con los hijos. Luego me quitaron hasta el agua, y no creas que se lamentaron de mí. Sentí una tristeza muy grande y vertí muchas lágrimas”, confiesa Francisca, a quien no le quedó otra que dejar atrás Gontón. “Hubo gente que murió de pena, porque eran personas muy mayores y no querían salir de aquí. Los jóvenes pronto hacen amistades en otras partes, pero los ancianos están siempre en casa y no conocen a nadie. Esa extrañeza la terminas pagando, porque la sangre se pudre con el disgusto”.

Antes de la diáspora, hubo guerra. Para hacer efectiva la expropiación, un representante de la empresa y otro del Estado —Jesús Hervada, ingeniero jefe de la sección de minas de la delegación coruñesa de Industria— tenían que poner un pie sobre el terreno. El primer intento, en mayo de 1976, fue aplazado después de las muestras de adhesión de la sociedad gallega y de su reflejo en la prensa. El segundo, en septiembre, se tradujo en unas conversaciones en las que intermediaron tanto el alcalde como un sargento de la Guardia Civil. En noviembre, diez agentes emplearon la fuerza para acceder al monte vecinal de Pau Rañón, pero el tercer intento resultó infructuoso, por lo que pidieron refuerzos al cuartel de A Coruña. El comandante al mando, tras dialogar con los afectados, desistió de su objetivo. Finalmente, en febrero de 1977, el despliegue policial desbordó a los parroquianos, pertrechados con hoces, varas y paraguas: frente a ellos, ochenta guardias civiles con capote, tricornio y fusiles de asalto, a los que habría que sumar otros tantos agentes de paisano pertenecientes a la brigadilla, o sea, al Servicio de Información de la Guardia Civil (SIGC).

Casi uno por vecino, si bien las fuerzas y las armas eran asimétricas. Además, los campesinos fueron desprovistos de sus aperos de labranza y los picoletos —llegados de los cuarteles de Ordes, Carral, Santiago, A Coruña y Santiago— sólo permitieron acceder al terreno a los propietarios. Desde primera hora de la mañana, los caminos habían sido tomados y los vecinos tuvieron que acceder monte a través para burlar el cordón policial. “Cerramos las puertas de casa y salimos todas hacia Pau Rañón, acompañadas por los hombres que no trabajaban fuera, por lo que muchos de ellos eran mayores. ¡Gente de edad, vaya por dios, que debía pararse cuando subía la cuesta para tomar aliento!”, recuerda Francisca. “Íbamos a pelearnos con gigantes y pasamos muchas calamidades”. A las diez y cuarto se produjo la primera carga. Las metralletas avanzan y las mujeres contienen la embestida. A sus espaldas, empujan los varones. “Mi padre tenía muchos años y llevaba un bastón, pero un guardia le dio una patada y ya nunca apareció. A él le dieron con un fusil en la espalda y lo tiraron al suelo y a mí, después de hacerme lo mismo, me arrastraron fuera del monte. También nos ponían en el pecho los cañones, que me provocaron marcas que tardaron en desaparecer. Yo sólo he visto la guerra en la televisión, pero aquello fue peor.

Francisca afirma que las mujeres iban delante porque los hombres tenían más fuerza para empujarlas y hacer presión. Hay quien lo ha interpretado como una estrategia para que los agentes se emplearan con menos contundencia, aunque Maricarmen matiza que no fue premeditado, sino producto del aprendizaje. “Observamos lo que había pasado previamente y vimos que era más efectivo. Si un guardia civil tiene enfrente a un hombre, lo tumba de un culatazo. Para evitar reacciones violentas, nosotras fuimos primero, porque la cuestión era sobreponerse a sus embestidas y evitar que los detuvieran. Pero no fuimos escudos humanos, simplemente funcionaba mejor con nosotras al frente”, señala. Media hora después —cuando las agujas del reloj rondan las diez de una mañana desapacible de niebla, frío y lluvia— llega la segunda acometida y los labradores alzan sus paraguas y palos. Alguna anciana cae desfallecida, dos hombres son detenidos, los cetmes se repliegan. Es una danza macabra, adelante y atrás, que se va cobrando víctimas de uno de los bandos. A mediodía, un coche evacúa a un anciano inconsciente que sangra por la boca y Moncho Valcárcel, que desde entonces sería conocido como el cura de As Encrobas, es detenido. Según un testigo, el sacerdote de la parroquia de Sésamo e icono de la lucha campesina recibió una paliza tras golpear a un guardia civil al que le tiró el tricornio.

El periodista Manuel Rivas, que cubre el conflicto para la revista Teima, escribe: “La resistencia es fortísima: Disparen si quieren, disparen… Un hombre abre los brazos y se pone de espaldas”. Manolo de Hilario, el hermano de Maricarmen, también es arrestado. “Como cualquier cuerpo de seguridad, actuaba con contundencia. Digamos que llevaban a cabo su trabajo, y lo hacían bien. Después de horas peleando cuerpo a cuerpo, siempre había alguno que te pisaba, te empujaba o te pegaba con el arma. Las fuerzas estaban muy descompensadas y muchas veces nos contuvieron con rudeza”, explica la entonces vecina de Quintán, que se refiere a aquel 15 de febrero como “la gran batalla”. Rivas toma nota de las quejas de los vecinos: “Dicen que esto es para el desarrollo del país, pero ¿nosotros quiénes somos?, ¿qué desarrollo es éste? Otra vez el rico se va a hacer más rico y para el pobre… palos”. Otro tira de ironía: “Decían que la Guardia Civil está para detener a los ladrones, y resulta que ahora colaboran en esto, que es un auténtico robo de los ricos que ya son ricos a los que no tienen nada”. A la hora de comer no se come, aunque algunos guardias civiles han llevado bocadillos, señala el enviado de Teima, quien fija el final de la contienda cuando ya han dado las cinco de la tarde. Los vecinos no han cedido en ningún momento, por lo que los agentes, para doblegarlos, los han ido deteniendo uno a uno. “Por favor, recordad As Encrobas cuando veáis el interruptor de una bombilla, cuando os cobren los recibos de la luz”, pide Manuel Rivas al final de su reportaje.

Cuarenta vecinos son introducidos en un bus. Carmen de Xende, fallecida esta semana, trataba de animar a las detenidas. “Bueno, pues tampoco está tan mal. Nos sacan del monte, nos dejan cerca de casa y vamos a cuidar al ganado”. Sin embargo, el autocar no tomó el camino hacia sus hogares, sino hacia A Coruña. “Cuando pasó de largo, se nos cayó una nube encima y nos quedamos mudas”, recuerda Maricarmen, quien permaneció toda la noche en el patio del cuartel de Lonzas. “Los hombres fueron detenidos y algunos pasaron a disposición judicial, pero a nosotras no llegaron a filiarnos”. Como habían hecho en el monte horas antes, allí también tuvieron que encender fogatas para espantar el frío. La jornada no había terminado en tragedia de milagro:


– ¿Qué portan? —le preguntó el comandante a un secreta, según un testigo.
– Nada, comandante, sólo paraguas y bastones.
– Orden de descargar las armas.

“Menos mal que era una persona formada que había llegado de Madrid, porque si fuese uno de los jefes de los cuarteles de Ordes o Carral, que eran más brutos, habría muertos y heridos”, cree Xosé Castro Pepucho, el autor de las fotografías publicadas en La Voz de Galicia que inmortalizaron a las encrobenses. “El valor de las mujeres, a la vanguardia de la protesta, provocó la reacción de la ciudadanía. Si los hombres protagonizaran las fotos, no tendrían tanta repercusión, pero eran mujeres rebelándose contra la Guardia Civil en una época que para el cuerpo armado seguía siendo la dictadura. Es una historia femenina, porque ellos estaban en un segundo plano. Impidieron que se pisase el terreno y fueron las artífices de su defensa, enfrentándose con valentía a los agentes”.

Lo habían advertido un día antes, cuando cincuenta vecinas entregaron un comunicado, reproducido por El Ideal Gallego, al gobernador civil de A Coruña: “Como madres, esposas, hijas y hermanas, llamamos la atención de V.E. para que trate de evitar lo que puede ser una vergüenza para todos, de lo que nosotras no nos sentiríamos orgullosas, pero sí nos sentimos orgullosas de defender lo nuestro, con uñas y dientes, como lo defendieron nuestros hombres hasta ahora, evitando que los de Encrobas estuviéramos sin trabajo y comiendo de aquellas cuatro perras que nos daban”. Su lucha fue un ejemplo, según la profesora universitaria Nieves Herrero Pérez, autora de As Encrobas. Unha memoria expropiada (Novo Século), de “la capacidad de las mujeres de asumir y llevar a cabo tareas asignadas en exclusiva a los hombres”.

El reportero gráfico cree que son fotos irrepetibles, no sólo por el hecho en sí, sino también por la cercanía. “Tuve suerte de que no me golpeasen, porque estaba en medio del lío, entre las mujeres y la guardia civil, levantando el brazo y presionando el disparador”. Castro plasmó en imágenes otras protestas de la época, aunque asegura que la presencia de un fotógrafo no era bien vista ni por los manifestantes, ni por las fuerzas de seguridad. Las tomadas en As Encrobas amplificarían el eco de la causa, que pasó a la historia de las revueltas agrarias y supuso uno de los hitos del nacionalismo gallego, junto a Xove y Baldaio. Tanto Comisións Labregas como la Unión do Povo Galego (UPG) y la ANPG —embrión de lo que sería el Bloque— prestaron su músculo político, organizativo y propagandístico para conseguir, en el segundo caso, paralizar la construcción de una central nuclear y, en el tercero, poner fin a la extracción ilegal de áridos en la marisma ubicada en el municipio de Carballo. Pepucho estuvo en la marcha celebrada en mayo de 1976 en la capital de Bergantiños, que coincidió con el primer intento de ocupación de Pau Rañón, aunque no pudo captar una imagen que él todavía conserva en su retina. Prefirió proteger al reportero que lo acompañaba —Xosé Luis Vilela, hoy director de La Voz de Galicia— cuando estaba a punto de ser golpeado con un fusil por un guardia civil. “En vez de pensar en la cámara, grité: ¡Es periodista, es periodista! Él no resultó herido, pero yo perdí la foto de mi vida”.

La expropiación se ha consumado, pero las imágenes ponen en entredicho los modos de la empresa y la Administración, que se ven forzadas a sentarse a una mesa de negociación en el Gobierno Civil. “El movimiento estaba siendo capaz de erosionar o poner en duda la legitimidad de las autoridades públicas para ejercer el monopolio de la fuerza”, afirma el historiador Daniel Lanero en el artículo Comunidad rural, conflicto socioambiental y organizaciones políticas en la Galicia de la transición. El caso de As Encrobas, publicado en la revista HALAC. Porque, como subraya el autor, ya no era una protesta vecinal, sino un movimiento al que se habían sumado asociaciones, sindicatos, trabajadores, estudiantes y partidos de toda Galicia. La lista es ingente, pero va desde facultades hasta empleados del Banco Pastor, propietario de la mina. El arzobispo de Santiago, Ángel Suquía, recibió a la comisión y se solidarizó con la causa (“hago mío vuestro problema”), un apoyo que se extendió a decenas de curas. Los obreros que construían la central térmica se declararon en huelga y la llama prendió en institutos y centros de enseñanza. Así, Emilio Suárez, un adolescente que estudiaba en la Universidad Laboral de A Coruña, se convirtió en otro de los símbolos de la lucha tras fallecer electrocutado cuando colgaba una pancarta en solidaridad con As Encrobas. “El chico no tenía culpa de nada y murió por nosotros. Sentimos una pena grandísima y durante el funeral que le ofrecimos no paramos de llorar”, recuerda Francisca. Las manifestaciones que se sucedían en las ciudades eran reflejadas en la prensa, aunque la gran batalla trascendió las fronteras gallegas y sus imágenes llegaron a emitirse en televisiones extranjeras. Era un paso adelante, pero aún quedaban muchos que dar.

Las conversaciones se prolongan durante meses, hasta que en julio de 1977 se alcanza un acuerdo, que sería en parte incumplido. “Las mujeres no formaron parte de la comisión porque entonces era impensable que ellas fueran a negociar en el Gobierno Civil”, explica Emi Candal, cuya familia paterna vivía en A Lousa, donde todavía hoy quedan un puñado de casas aisladas entre la central térmica y el almacén de carbón. Sus propietarios siguen sufriendo los ruidos y el polvillo que desprende el lignito, sin que les ofrezcan una solución. “Además, ellas también quedaron excluidas de los empleos que Limeisa ofreció a los vecinos, algo incuestionable entonces porque no se les pasaba por la cabeza su papel como posibles trabajadoras”, añade Candal. “Incluso había debates en las casas sobre la función que debían desempeñar en la lucha y, a veces, iban a defender la tierra sin el consentimiento de los hombres. Tenían arranque, capacidad de decisión y mucho genio”, recuerda la también ayudante de producción del documental A ceo aberto, que le ha dado voz a las protagonistas. Mujeres que dejaban a sus hijos en la escuela unitaria y se echaban al monte, hasta que llegaba la hora de recogerlos y les decían a los guardias civiles: “Tenéis que dejarme marchar porque debo ir a buscar a los niños, o queréis que se queden solos a la salida del colegio”.

Sin embargo, no sólo las mujeres quedaron excluidas de los cuatrocientos puestos de trabajo que ofreció la empresa, sino también los hombres que se habían significado en la protesta. Es el caso del marido y los hijos de Francisca, que sería absuelta tras ser acusada de retener a trabajadores de Limeisa para exigir que se cumpliese lo acordado: “Nos cogieron tirria”. Maricarmen, sin perspectivas laborales, aprobó una oposición y emigró primero a Mallorca y luego a Madrid, hasta que pudo regresar a Coruña dieciséis años después, donde reside y trabaja como funcionaria. “Nos castigaron a unos cuantos y mi familia fue vetada por el director de la central, por lo que nos tuvimos que buscar la vida fuera. Fue un regalito envenenado del señor Francisco Rosado Aznar, quien decía que la comisión le había robado mucho dinero a Fenosa y no nos merecíamos trabajar en la mina. Es fue el pago que nos dieron por un compromiso con la parroquia que alguna gente nunca apreció”.

Xosé Bocixa, vecino de la desaparecida aldea de Gontón, tenía nueve años cuando estalló el conflicto, aunque con el paso del tiempo quiso hacer memoria. “No entendía muy bien lo que pasaba, hasta que de mayor fui consciente de lo sucedido. Entonces me planteé grabar un documental a modo de terapia para curarme de todo aquello”, explica el director de A ceo aberto, quien ya había criticado el expolio de su tierra al frente de Zënzar, una banda de rock de combate en la que ejerce como letrista y cantante. “Jugaron con la dignidad de las personas y decidí contar mi historia y mi verdad. Pese a las traiciones y miedos de algunos vecinos, siempre he pensado que la culpa fue del capital y del poder político que lo permitió”. Quedan fuera de su documental y de estas líneas un rosario de anécdotas que sólo conocen sus protagonistas, algunas de ellas tragicómicas. “La empresa enviaba emisarios para que visitasen a los parroquianos cuando caía la noche. Se presentaban ante sus casas portando maletines, con el objetivo de fomentar la desunión y desarmarnos”, explica Bocixa. Los líderes de la protesta contraatacaban disfrazándose con pelucas y barbas postizas. Aprovechando la falta de luz, llamaban a las puertas y tanteaban a los paisanos, quienes a veces respondían que ya habían pasado por allí otros señores. “A los periodistas también les llamaba la atención que Cesáreo Pena llevase a las reuniones en el Gobierno Civil un misterioso maletín. En realidad, escondía un transistor para que el abogado, que esperaba en un coche en el exterior, pudiese escuchar las conversaciones”.

Él ya ha fallecido, pero los miembros de la comisión que todavía viven, Manolo de Hilario y Antonio Bestilleiro, estarán presentes en la marcha de la memoria que recordará este domingo la lucha que tuvo lugar hace cuarenta años. También estarán Pepucho, Rivas, Francisca, Emi y las vecinas de As Encrobas, provistas de hoces, azadas y paraguas. “La mina se agotó hace años y ahora tienen que importar el carbón. ¡Todo la riqueza de una tierra echada a perder para conseguir tan poco! Porque el destrozo no se llevó a cabo para lograr un bien común y perdurable, sino para explotar un yacimiento con fecha de caducidad”, reflexiona Maricarmen, que vio cómo algunas personas —que habían dejado el valle por la ladera— fueron expropiadas por segunda vez. “Es como encender una cerilla, observar el chispazo, verla arder y nada más. ¿Mereció la pena romper una comunidad y estragar un valle para obtener a cambio tan poco?”, se pregunta. “Es cierto que la empresa dio trabajo y pagas, pero los empleados se jubilan y los mayores se mueren. Así, treinta años después, sus hijos, nietos y bisnietos no tienen nada. Ni tierra ni propiedades, cuando antes esa misma tierra había dado de comer generación tras generación”. La herida de la tierra ha sido cauterizada con el agua que cubre el hueco de la corta, convertida en un lago artificial. “Nosotras, en cambio, tenemos heridas que nunca se cerrarán”.

Fuente: http://www.publico.es/sociedad/conflicto-encrobas-lucha-mujeres.html

La coruñesa que espió a Castelao para la CIA

Alfonso Castelao
Alta, guapa y con estilo. Fue intérprete de Castelao en Nueva York en 1938 y tenía toda una vida por delante pero se le escapó a los 30 años tras las 17 puñadas que le asestó su marido en Arillo (Oleiros) dando origen a uno de los crímenes más sobrecogedores y recordados en la comarca coruñesa a pesar del tiempo transcurrido: casi 70 años.

La oleirense María Docampo es una mujer a la espera de una película y de que la CIA confirme que trabajó para la inteligencia estadounidense como sostuvieron intelectuales como el profesor exiliado Emilio González López, Isaac Díaz Pardo y el ex presidente de la Academia Galega, Xosé Luís Méndez Ferrín.

El documento desclasificado por la CIA en el que reconoce que siguió los pasos de Castelao, líder del Partido galeguista, durante su exilio como consecuencia de la Guerra Civil, viene a reforzar esa teoría, aunque no menciona a María Docampo. Sin embargo, varios autores han apuntado a esta mujer como la responsable de informar de los pasos del insigne galeguista.

La apasionante historia de espionaje de María Docampo, oscurecida por la brutalidad de su asesinato en 1948 en una finca de Oleiros está aún por acabar de escribirse.

El diputado, catedrático en Derecho Penal, historiador y profesor en distintos centros educativos en Estados Unidos, Emilio González López, en su libro Castelao, Propagandista da República en Norteamérica, identifica en una fotografía a la coruñesa María Docampo, al lado de Castelao y su mujer Virxinia Pereira y el escritor y periodista Luis Soto en Central Park (Nueva York) en 1938.

Curiosamente este último, en su libro Castelao, a UPG e outras memorias, utilizó esta misma fotografía en la portada pero sin identificar ni hablar en ningún momento de Docampo.

Docampo y Castelao en Central Park
El padre del nacionalismo gallego, escritor y dibujante Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, ministro del Gobierno republicano en el exilio, llegó a Nueva York en julio de 1938 tras haber visitado la URSS por encargo del Gobierno de Negrín para buscar apoyos contra Franco y en favor de la causa republicana. En la Unión Soviética Castelao terminó acercándose al comunismo, del que lanzó elogios.

Una vez en Estados Unidos, acompañado de su mujer y del escritor y destacado militante comunista Luis Soto, dio mítines y acudió a actos del Frente Popular Antifascista Gallego en lugares como Detroit, Brooklyn, Newark, Boston o Niágara Falls.

Castelao contó en Nueva York con la ayuda de una secretaria que le servía como traductora: María Docampo, «de padres de As Mariñas coruñesas» según cuenta González López en su libro, y que acompañaba al galeguista, a su mujer y a Soto en todas las actividades políticas y sociales a las que acudían. «Era tan eficaz y tan estrecha la relación que mantenían una convivencia de tipo casi familiar», señala el historiador en su libro.

Tras finalizar la Guerra Civil y convertirse Castelao en exiliado, la joven María Docampo desapareció sin dar explicaciones ni avisar. El matrimonio Castelao, según González López, quería mucho a María y cuando Virxinia regresó a Galicia en 1968 fue al cementerio de Dorneda a poner flores en su tumba.

En el verano de 1941 González viajó a Panamá a un curso sobre derecho penal y en el hotel se encontró con el profesor y economista Edmund Peevy que le preguntó si conocía «a una tal María Docampo», de la que le contó que había sido su secretaria en «Servicios Especiales y que pertenecía al servicio de información militar de los Estados Unidos, la posterior CIA».

«Le agradecí al profesor Peevy la información y me di cuenta que la desaparición de María Docampo del ámbito del matrimonio Castelao no era solo un asunto de ingratitud sino que obedecía a órdenes superiores que le indicaban cuándo tenía que abandonar un trabajo y comenzar otro», agrega González López en su escrito.

María Docampo y su hermana Encarnación habían nacido en Estados Unidos al trasladarse a este país su padre Francisco Docampo Pérez cuando tenía catorce años (era natural de Bergondo) y después de trabajar en Inglaterra como marinero.

En Nueva York fue maquinista y fogonero y allí conoció a María Ramos Díaz, nacida en Cabreiroa (Oleiros). Encarnación se casó en Nueva York con Pedro Lema, vecino de Corme (Ponteceso). María dominaba el inglés y trabajó como intérprete de español y portugués en el Banco de Londres de Wall Street. En 1947 se casó en Nuestra Señora de Guadalupe (México) con José García Peña, de 36 años y natural de Jalisco.

Los padres de María Docampo, junto a su hija Encarnación, regresaron a Galicia para vivir en una propiedad que habían comprado en Arillo, la finca conocida como La Brava, al lado de la casa de Josefa, hermana de María Ramos, y la madre de ambas, Manuela.

El 27 de julio de 1948 María Docampo regresó a Arillo sola pero su marido, conocido como O Jalisco, la siguió. El 27 de septiembre sobre las ocho de la mañana, García Peña propinó 17 puñaladas a María Docampo, así como 15 a su suegra y dos a su cuñada Encarnación, que habían acudido a ver lo que sucedía.

José García Peña se hizo a sí mismo cortes en el pecho y en una mano con el cuchillo, prendió fuego a la cama de sus suegros y luego quemó papeles y cartas. Con baúles y arcones atrancó diversas estancias de la casa. Los vecinos que se habían congregado a las puertas de la vivienda avisaron a la Guardia Civil, que logró entrar forzando una puerta.

El vecindario también evitó que ardiese toda la vivienda al apagar el fuego con cubos de agua. O Jalisco fue trasladado a la Casa de Socorro de Santa Lucía y luego al hospital municipal, donde al parecer intentó suicidarse de nuevo.

María, su hermana Encarnación y la madre de ambas, fueron halladas muertas sobre el suelo de una habitación. El único superviviente del triple crimen, Francisco Docampo, el padre de María Docampo, declaró entonces que O Jalisco tenía «el vicio de la marihuana» y en Nueva York había trabajado traficando con mercancía de México a Estados Unidos.

Las tres víctimas recibieron sepultura al día siguiente en el panteón de la familia Docampo en el cementerio de Dorneda. Al sepelio acudieron más de mil personas de toda la comarca. El padre de María falleció en 1966 a los 80 años y en 1998 lo hacía, a los 95, Josefa Ramos, la tía de María Docampo.

En el panteón de los Docampo no suelen faltar flores y en la finca de Arillo sigue viviendo uno de los descendientes, hijo del viudo de Encarnación tras su regreso de Nueva York y conocer a otra familiar de los Docampo.

Un suceso semejante nunca se olvida y la familia no quiere hablar de ello. «No te extrañe que no quieran contar nada, no quieren hablar de eso. Mari era la guapa. El marido, aquel bicho, fíjate tú cómo es la gente que algunos vecinos de aquí, a pesar de todo y de no tener ni para comer, le llevaban cosas a la cárcel, mientras estuvo en A Coruña», cuenta una vecina de la zona.

Un gran muro de piedra rodea la propiedad de los Docampo, una finca de 19.000 metros cuadrados en la que se ubica el pazo de Arillo, una construcción de 1874 catalogada en el Plan Xeral de Ordenación Municipal (PXOM) de Oleiros. En su fachada principal destaca el antiguo patín y el escudo de armas.

El inmueble no es visible desde ningún punto al estar rodeado no solo del elevado muro sino también de un abundante y valioso arbolado de gran porte, sobre todo magnolios y también castaños, palmeras y una araucaria.

La Finca da Brava o Finca del Jalisco hoy en día es una explotación agrícola con terrenos de labor e invernaderos de flores y verduras y hortalizas. La antigua puerta principal (que no se usa) es una gran verja de hierro en la que, en la parte superior, se puede leer: Villa María Docampo Nº14.

http://www.laopinioncoruna.es/gran-coruna/2017/01/29/corunesa-espio-castelao-cia/1147731.html

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