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Sexo, mafia y poder en el gobierno de Estados Unidos (6)

Ficha policial de Sherman Kaminsky
Whitney Webb

La mayoría de los registros sitúan el comienzo de la
relación de Hoover con Rosenstiel a principios de la década de 1950, la
misma en la que Susan Kaufman informó que Hoover asistía a las “fiestas
del chantaje” de Rosenstiel. La ficha del FBI de Rosenstiel, obtenida
por Anthony Summers, cita que la primera reunión con Rosenstiel tuvo
lugar en 1965, aunque Summers señala la existencia de pruebas de que se
conocían desde hacía mucho tiempo. Después de solicitar la reunión, en
cuestión de horas se le concedió a Rosenstiel una reunión cara a cara
con el Director. La ficha de Rosenstiel del FBI también revela que el
barón del alcohol presionaba intensamente a Hoover para que le ayudara
en sus intereses comerciales.

Mientras tanto, los detalles
sórdidos de la vida sexual de Hoover ya eran conocidos por la comunidad
de la inteligencia y la mafia de Estados Unidos, y Hoover era consciente
de que estaban al tanto de su sexualidad reprimida y de su afición por
la ropa de mujer. Sin embargo, Hoover parecía disfrutar de las
operaciones de chantaje sexual que comprometían su intimidad, ya que
regularmente se le veía entre los huéspedes de las “fiestas del
chantaje” de Rosenstiel durante las décadas de 1950 y 1960, incluyendo
lugares como la casa personal de Rosenstiel y más tarde el Hotel Plaza
de Manhattan. La afición de Hoover por la ropa de mujer también fue
descrita por dos testigos que no estaban relacionados con Susan Kaufman.

Poco
después de su primera reunión oficial, la relación pública entre los
dos hombres se desarrolló rápidamente, Hoover incluso envió flores a
Rosenstiel cuando estuvo enfermo. Summers informó que en 1957 Hoover
escuchó a Rosenstiel decir durante una reunión: “Tus deseos son
órdenes”. Su relación se mantuvo extremadamente estrecha e íntima a lo
largo de los años sesenta y más allá.

Al igual que Rosenstiel,
Hoover era muy conocido por su acumulación de material comprometedor,
tanto para sus amigos como para sus enemigos. La oficina de Hoover
contenía archivos secretos de muchos personajes poderosos en Washington y
más allá, archivos que usaba para ganar favores y proteger su estatus
como Director del FBI por el tiempo que quisiera.

El propio uso
del chantaje por parte de Hoover sugiere que pudo haber estado más
directamente involucrado en la operación de chantaje sexual de
Rosenstiel, ya que sabía que estaba comprometido y que su participación
en la operación podría ser utilizada para obtener el material
comprometedor que quería para sus propios planes. De hecho, si Hoover
sólo hubiera sido chantajeado y extorsionado por la mafia en relación
con Lansky y Rosenstiel, es poco probable que se hubiera mantenido tan
amistoso con Rosenstiel, Lansky y los otros gángsters presentes durante
estos eventos o que hubiera participado en ellos con la misma
regularidad.

Según el periodista y escritor Burton Hersh, Hoover
también estaba vinculado a Sherman Kaminsky, que dirigía una operación
de chantaje sexual en Nueva York en la que participaban jóvenes
prostitutos varones. Esta operación fue detenida y examinada en una
investigación de extorsión dirigida por el fiscal de distrito de
Manhattan Frank Hogan en 1966, aunque el FBI se hizo cargo rápidamente
de la investigación y las fotos de Hoover y Kaminsky juntos
desaparecieron rápidamente del archivo del caso.

Los lazos
profundos entre Hoover y Rosenstiel continuarían creciendo a lo largo de
los años. Un ejemplo de ello es el reclutamiento por parte de
Rosenstiel del antiguo asistente de Hoover, Louis Nichols, como
vicepresidente de su imperio de alcohol Schenley, y la donación de
Rosenstiel de más de un millón de dólares a la Fundación J. Edgar
Hoover, también administrada por Nichols en ese momento.

Hay más
de un caso documentado en el que Hoover intentó utilizar el chantaje
para proteger a Rosenstiel y a su “comandante de campo”, nada menos que
al notorio Roy Cohn, la otra figura clave en la operación de chantaje
sexual de Rosenstiel con menores.

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Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4 | Capítulo 5 Capítulo 7 | Capítulo 8 | Capítulo 9 | Capítulo 10 | Acusan de pedofilia a Clinton y a altos dirigentes políticos y financieros mundiales | Además de explotar a los trabajadores, los capitalistas violan a su hijas como hacían los señores feudales | De la alta sociedad a la más baja política

Sexo, mafia y poder en el gobierno de Estados Unidos (5)

Hoover y el FBI favorecieron a la mafia
Whitney Webb

Cuando en 1951 se reunió el Comité Kefauver, la mafia era un gran problema, equivalente al terrorismo actual. Pero también era una rama protegida de la CIA, que cooptó a organizaciones criminales de todo el mundo y las utilizó en su guerra secreta contra los soviéticos y los chinos. La mafia había colaborado con el Tío Sam, y salió fortalecida y revitalizada de la Segunda Guerra Mundial. Controlaban ciudades por todo el país.

De hecho, poco después de su creación [en 1948], la CIA forjó vínculos con Lansky por iniciativa del Jefe de Contrainteligencia de la CIA, James J. Angleton. La CIA pronto recurriría a la banda vinculada a Meyer Lansky a principios de la década de 1960, como actor en su plan constantemente fracasado de asesinar al dirigente cubano Fidel Castro, demostrando que la CIA mantenía sus contactos con elementos mafiosos controlados por Lansky mucho después de que se hubiera celebrado la reunión inicial con Lansky.

La CIA también tenía estrechos vínculos con socios de Lansky, como Edward Moss, que estaba a cargo de las relaciones públicas de Lansky y que el entonces Inspector General de la agencia, J.S. Earman, calificó de interés para la CIA. Harry “Happy” Meltzer era también otro asociado de Lansky y agente de la CIA. La CIA le pidió que se uniera a un equipo de asesinos en diciembre de 1960.

Además de la CIA, Lansky también estaba conectado a una agencia de inteligencia extranjera a través de Titor Rosenbaum, un proveedor de armas y alto dignatario del Mosad israelí cuyo banco -el Banco Internacional de Crédito de Ginebra- blanqueó gran parte de los ingresos adquiridos ilegalmente por Lansky, reciclándolos en empresas estadounidenses legales.

El periodista Ed Reid, autor de la biografía de Virginia Hill, “The Mistress and the Mafia” (La patrona y la mafia), escribió que Lansky había intentado atrapar a gente poderosa a través del chantaje sexual ya en 1939. Reid alega que Lansky envió a Hill a México, donde sus conexiones en la Costa Oeste habían establecido un tráfico de drogas que más tarde involucraría a la OSS, la predecesora de la CIA, con el fin de seducir a muchos políticos, oficiales del ejército, diplomáticos y funcionarios de policía.

Finalmente, a Lansky se le atribuyó el mérito de haber obtenido fotos comprometedoras del director del FBI J. Edgar Hoover en la década de 1940, que mostraban Hoover en algún tipo de situación gay, según un antiguo compañero de Lansky que también afirmaba que Lansky había dicho a menudo que “tenía pillado a ese hijo de puta”. Las fotos mostraban a Hoover en medio de un intercambio sexual con su viejo amigo, el Subdirector del FBI Clyde Tolson.

Después de un tiempo, estas fotos cayeron en manos del jefe de contrainteligencia de la CIA, James J. Angleton, quien las mostró a varios otros funcionarios de la CIA, entre ellos John Weitz y Gordon Novel. Angleton estuvo a cargo de las relaciones de la CIA con el FBI y el Mossad israelí hasta que dejó la agencia en 1972 y, como ya se ha dicho, también estuvo en contacto con Lansky.

Anthony Summers, ex periodista de la BBC y autor de “Official and Confidential: The Secret Life of J. Edgar Hoover”, argumentó que no fue Lansky, sino William Donovan, el Director de la OSS, quien obtuvo las fotos originales de Hoover y luego las compartió con Lansky.

Summers también declaró que para los gángsters Frank Costello y Lansky, la capacidad de corromper a políticos, policías y jueces era fundamental en las operaciones de la mafia. La forma que encontraron para tratar con Hoover, según muchas fuentes de la mafia, incluía esa homosexualidad. La anécdota muestra que Lansky y la CIA tenían una relación secreta que incluía, entre otras cosas, compartir material adecuado para el chantaje, es decir, la inteligencia.

También es posible que Hoover fuera atrapado por la mafia durante una de los “fiestas de chantaje” de Rosenstiel, donde Hoover estuvo a veces presente junto a miembros prominentes de la mafia. Se dice que Hoover había usado ropa de mujer durante algunos de estos eventos y que la esposa de Meyer Lansky afirmó más tarde que su esposo tenía fotos del ex director del FBI travestido. Además, desde 1939 Hoover mostraba una preocupación inusual por la forma en que el FBI manejaba los vínculos de Rosenstiel con el crimen organizado, el mismo año en que su estrecho colaborador Lansky estaba moviendo los hilos del chantaje sexual por parte de figuras políticas clave.

La palanca de chantaje adquirida contra Hoover y la posesión de pruebas por parte de la mafia fueron citados como un factor importante en la negación de Hoover, a lo largo de varias décadas, de que las redes nacionales de delincuencia organizada eran un problema grave. Hoover afirmó que se trataba de un fenómeno descentralizado y local, por lo tanto fuera de la jurisdicción del FBI. Cuando en 1963 Hoover admitió finalmente la existencia de redes nacionales de crimen organizado, se habían integrado tanto en la infraestructura del país que se habían vuelto intocables.

El consultor parlamentario Ralph Salerno dijo a Summers en 1993 que el descuido deliberado de Hoover por el crimen organizado durante la mayor parte de su carrera como Director del FBI, permitió que el crimen organizado se hiciera muy fuerte en términos económicos y políticos, convirtiéndose en una amenaza mucho mayor para el bienestar del país de lo que hubiera sido si el problema se hubiera abordado mucho antes.

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Sexo, mafia y poder en el gobierno de Estados Unidos (4)

Meyer Lansky, un gangster siempre impune
Whitney Webb

Bronfman y Rosenstiel llegaron a ser legendarios en el comercio norteamericano de alcohol, en parte debido a su lucha por la hegemonía en la industria, que a menudo estallaba en amargas batallas personales y corporativas, como dijo el New York Times. A pesar de su enfrentamiento en el mundo de los negocios, lo que más los unió fue su estrecha relación con el crimen organizado, especialmente con el famoso mafioso Meyer Lansky.

Lansky es uno de los gángsters más notorios en la historia del crimen organizado en Estados Unidos, notable por ser el único mafioso conocido que alcanzó fama en la década de 1920 y que logró morir de viejo sin haber pasado un solo día entre rejas en una prisión.

La larga vida de Lansky y su capacidad para evitar la cárcel se debieron en gran medida a su proximidad con prominentes hombres de negocios como Bronfman y Rosenstiel (entre muchos otros), la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) y la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, así como a su papel en la creación de círculos criminales de chantaje y extorsión, lo que le ayudó a mantener la ley a raya. De hecho, cuando Lansky fue finalmente acusado de un delito en la década de 1970, fue el Servicio de Impuestos Internos quien apoyó la denuncia y no el FBI, y fue acusado y absuelto de evasión de impuestos.

Notoriamente, Lansky era cercano a Bronfman y Rosenstiel. Regularmente Bronfman celebraba “cenas suntuosas” en honor de Lansky tanto durante como después de la prohibición. Estas celebraciones dejaron un cálido recuerdo para la esposa de Lansky, y Lansky le hizo favores a Bronfman a cambio, que iban desde la protección exclusiva de sus entregas durante la prohibición hasta la obtención de entredas para los “combates del siglo” codiciadas en los rings de boxeo.

Rosenstiel también celebró cenas regulares en honor de Lansky. Susan Kaufman, la ex esposa de Rosenstiel, dijo que tomó muchas fotos de su ex esposo y Lansky celebrando juntos, fotos que también vio Mary Nichols, del The Philadelphia Inquirer. Además, Lansky, a través de los recuerdos de Kaufman, fue uno de los que Rosenstiel buscó mantener fuera del alcance de la ley como parte de su círculo criminal de prostitución infantil y chantaje contra altos funcionarios, y se le dijo en una conversación que si el gobierno “busca presionar a Lansky o a cualquiera de nosotros, usaremos esto [una grabación específica hecha en una de las fiestas] como un intrumento de chantaje”.

Lansky se dirigía a Rosenstiel como el «Comandante Supremo», un título que más tarde sería utilizado para referirse a Rosenstiel por otro individuo profundamente relacionado con la mafia y las operaciones de chantaje sexual, anteriormente citado en este artículo como el “Comandante de Campo” de Rosenstiel.

Lansky también tenía estrechos vínculos con la CIA y la inteligencia militar estadounidense. Durante la Segunda Guerra Mundial, Lansky, junto con su socio Benjamin “Bugsy” Siegel, trabajó con la inteligencia de la Marina de Estados Unidos en lo que se llamó “Operación Inframundo”, una operación que el gobierno negó durante más de cuarenta años.

El periodista y destacado columnista de las actividades secretas de la CIA, Douglas Valentine, escribió en su libro “The CIA as Organized Crime: How Illegal Operations Corrupt America and the World” (La CIA como crimen organizado: las operaciones ilegales corrompen a Estados Unidos y al mundo) que la cooperación del gobierno con la mafia durante la Segunda Guerra Mundial condujo a su expansión después de la guerra, sentando las bases para su futura colaboración con los servicios de inteligencia estadounidenses.

Según Valentine “los altos funcionarios del gobierno también sabían que el pacto fáustico que el gobierno mantuvo con la mafia durante la Segunda Guerra Mundial permitió que los matones se infiltraran en el corazón de la sociedad estadounidense. A cambio de sus servicios durante la guerra, los jefes de la mafia fueron protegidos de ser procesados en docenas de casos de asesinatos sin resolver”.

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Sexo, mafia y poder en el gobierno de Estados Unidos (3)

En el centro de las operaciones de contrabando de licor de Bronfman durante la prohibición había dos intermediarios, uno de los cuales era Lewis “Lew” Rosenstiel, que aparece , a la izquierda en la imagen de la portada. Rosenstiel comenzó su vida laboral trabajando en la destilería de su tío en Kentucky antes de la prohibición. Tan pronto como entró en vigor la ley que prohibía el alcohol, Rosenstiel creó la Schenley Products Company, que más tarde se convertiría en una de las empresas de distribución de alcohol más grandes de Norteamérica.

Aunque en la escuela demostró torpeza y en ese momento no tenía una “agenda” particularmente extensa, Rosenstiel tuvo la “oportunidad” de conocer a Winston Churchill en 1922 mientras estaba de vacaciones en la Costa Azul. Según el New York Times, Churchill le aconsejó que se preparara para la autorización de la venta de alcohol en Estados Unidos. Rosenstiel logró obtener el apoyo financiero de la empresa elitista y altamente respetada de Wall Street, Lehman Brothers, para financiar su compra de las destilerías que habían sido cerradas.

Oficialmente se dice que Rosenstiel construyó su fortuna después de la prohibición, siguiendo el consejo de Churchill de prepararse para ello. Sin embargo, estaba claramente involucrado en operaciones de contrabando e incluso fue procesado por ello en 1929, aunque logró eludir la condena. Al igual que Bronfman, Rosenstiel estaba cerca del crimen organizado, particularmente de los miembros de la alianza de la mafia principalmente judeoamericana e italoamericana conocida como el Sindicato Nacional del Crimen.

Investigaciones sucesivas en el estado de Nueva York sugieren que Rosenstiel formaba parte de un consorcio con miembros del mundo criminal que compraba alcohol en Canadá a Samuel Bronfman, cuyos otros miembros eran Meyer Lansky, el famoso padrino de la mafia, Joseph Fusco, socio del difunto gángster de Chicago Al Capone, y Joseph Linsey, un hombre de Boston que Kelly, una investigadora parlamentaria que prestó declaración, identifica como un traficante de alcohol convicto.

La relación de Rosenstiel con estos hombres, particularmente con Lansky, continuó después de la prohibición y Samuel Bronfman, por su parte, continuó manteniendo sus lazos mafiosos.

Además de sus amigos de la mafia, Rosenstiel también cultivó estrechos lazos con el FBI, desarrollando una relación muy estrecha con el antiguo director del FBI, J. Edgar Hoover, nombrando a la mano derecha de Hoover, Louis Nichols, que fue durante mucho tiempo su asistente en el FBI, vicepresidente del imperio Schenley en 1957.

A pesar de situaciones similares a las de los barones del contrabando, que se habían convertido en hombres de negocios “respetables”, las personalidades de Bronfman y Rosenstiel eran radicalmente diferentes y su relación era, en el mejor de los casos, complicada. Un ejemplo de las diferencias entre estos poderosos barones del contrabando de licores en Estados Unidos es la forma en que tratan a sus trabajadores. Bronfman no era conocido por ser un jefe cruel, mientras que Rosenstiel era conocido por su comportamiento errático y “monstruoso” hacia sus trabajadores, así como por la inusual práctica de colocar micrófonos en sus oficinas para averiguar qué decían de él sus trabajadores durante su ausencia.

Tales diferencias entre Bronfman y Rosenstiel también se reflejaron en sus vidas personales. Mientras Bronfman se casó una sola vez y permaneció fiel a su esposa, Rosenstiel se casó cinco veces y era conocido por sus relativamente discretas aventuras bisexuales, un aspecto de su vida bien conocido por muchos asociados y trabajadores cercanos.

Aunque durante años sólo se encontraron pistas sobre este otro lado del controvertido empresario, los detalles surgieron más tarde en un juicio de divorcio iniciado por la cuarta esposa de Rosenstiel, Susan Kaufman, que apoyó estas acusaciones. Kaufman alegó que Rosenstiel organizó extravagantes fiestas en las que participaron “prostitutas masculinas” que su esposo había elogiado “por el gusto” de algunos invitados, entre los que se encontraban destacados dignatarios del gobierno y destacadas personalidades del mundo criminal clandestino de Estados Unidos. Kaufman repetiría las mismas declaraciones juradas más tarde, durante la audiencia de la Comisión Legislativa Mixta sobre el Crimen en el Estado de Nueva York en la década de 1970.

Rosenstiel no sólo organizó estas fiestas, sino que también se aseguró de que el lugar estuviera lleno de micrófonos que grabaran los caprichos de sus invitados en las orgías. Estas grabaciones de audio, según Kaufman, se guardaban con fines de chantaje. Aunque las declaraciones de Kaufman son escandalosas, su testimonio fue considerado creíble y muy apreciado por el antiguo asesor principal del Comité contra el Crimen, el juez Edward McLaughlin de Nueva York, así como por el investigador del Comité, William Gallinaro, y algunos aspectos de su testimonio fueron corroborados posteriormente por dos testigos distintos que Kaufman no conocía.

Estos “equipos de chantaje” abrieron una ventana a una operación que más tarde sería más sofisticada y crecería enormemente en la década de 1950 bajo la dirección del “comandante de campo” de Rosenstiel (un apodo dado por Rosenstiel a un individuo que pronto será nombrado en esta investigación). Muchas personas vinculadas al “comandante de campo” de Rosenstiel durante las décadas de 1970 y 1980 vieron aparecer sus nombres de nuevo en la prensa, tras la reciente detención de Epstein.

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Sexo, mafia y poder en el gobierno de Estados Unidos (2)

A menudo la era de la prohibición en Estados Unidos [1920] sirve como ejemplo de que la prohibición de las sustancias recreativas no sólo tiene el efecto de aumentar su consumo, sino que también causa un aumento de la actividad delictiva. De hecho, fue la prohibición lo que aumentó considerablemente la fuerza de la mafia estadounidense, mientras que los dirigentes de las bandas más importantes del momento se enriquecieron con el comercio clandestino de alcohol, además de los juegos de azar y otras actividades.

Esta historia comienza con el contrabando de los años veinte y principios de los treinta, que reunió a figuras clave cuyos miembros y sucesores crearían más tarde una serie de círculos criminales de chantaje y tráfico sexual que conduciría al surgimiento de individuos como Jeffrey Epstein, Lolita Express y la Isla de las Orgías.

Samuel Bronfman, que aparece en la imagen de portada, no había planeado convertirse en un gran productor de alcohol, pero fiel a su apellido, que significa “hombre coñac” en yiddish, terminó distribuyendo alcohol como actividad auxiliar de la empresa hotelera familiar.

Durante el período de la prohibición en Canadá, que fue anterior y más corto que el de su vecino del sur, la empresa familiar Bronfman aprovechó las lagunas legales para eludir la ley y encontrar formas técnicamente legales de vender alcohol en hoteles y tiendas de propiedad familiar. La familia dependía de sus conexiones con la mafia estadounidense para introducir alcohol de contrabando en Canadá desde Estados Unidos.

Poco después de que la prohibición cesara en Canadá [1920], comenzó en Estados Unidos y, una vez que el flujo de alcohol cambió de dirección, los Bronfman -cuyas empresas estaban dirigidas por Sam Bronfman y sus hermanos- se dieron cuenta de que se habían quedado atrás en un negocio de contrabando de licor que ya estaba floreciendo.

“Estábamos atrasados en los dos mercados más importantes, el de alta mar y el del río Detroit. Lo que salió del comercio transfronterizo de Saskatchewan fue insignificante en comparación”, dijo Bronfman una vez al periodista canadiense Terence Robertson, quien estaba escribiendo su biografía en ese momento. Sin embargo, “fue entonces cuando empezamos a ganar dinero de verdad”, recordó Bronfman.

La biografía de Robertson sobre Bronfman nunca fue publicada, ya que murió en extrañas circunstancias poco después de informar a sus colegas que había descubierto información desagradable sobre la familia Bronfman.

Una clave para el éxito de Bronfman durante la prohibición estadounidense fueron los lazos que su familia había cultivado con el crimen organizado durante la era de la prohibición canadiense, lazos que llevaron a muchos jefes prominentes del crimen organizado en Estados Unidos a preferir a Bronfman como socio comercial. El alcohol de Bronfman fue comprado en grandes cantidades por muchos jefes criminales cuyas leyendas aún sobreviven en Estados Unidos, como Charles “Lucky” Luciano, Moe Dalitz, Abner “Longy” Zwillman y Meyer Lansky.

La mayoría de los asociados de la mafia de Bronfman durante la era de la prohibición eran miembros de lo que se conoció como la Unión Nacional del Crimen, que una investigación del Senado de los años 50 llamada el Comité Kefauver describió como una confederación dominada por bandas criminales italoamericanas y judeoamericanas. Algunos de los nombres más importantes de la mafia estadounidense identificaron a Bronfman como una figura central en sus operaciones de contrabando. La viuda del famoso padrino de la mafia, Meyer Lansky, incluso recordó que Bronfman organizó suntuosas cenas para su marido.

Años más tarde, con sus lazos familiares con el mundo criminal clandestino intactos, los hijos y nietos de Samuel Bronfman se asociarían estrechamente con Leslie Wexner, presuntamente la fuente de la misteriosa riqueza de Epstein, así como con otros “filántropos” relacionados con la mafia, algunos de los cuales se encargarían de sus propias operaciones de chantaje sexual, incluido el “culto sexual” llamado “Nxivm”, que recientemente ha sido desmantelado. Las siguientes generaciones de la familia Bronfman, en particular sus hijos Edgar y Cahrles, serán discutidas con más detalle en la segunda parte de esta investigción.

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Sexo, mafia y poder en el gobierno de Estados Unidos (1)

Jeffrey Epstein es sólo la última encarnación de una operación mucho más antigua, más grande y más sofisticada que abre una ventana aterradora sobre las profundas conexiones entre el gobierno de Estados Unidos y los modernos equivalentes del crimen organizado.A pesar del “afectuoso acuerdo” de 2008 y de su aparente fuga de la justicia, el multimillonario delincuente sexual Jeffrey Epstein fue detenido a principios de julio de 2019 por una acusación federal de tráfico de menores. La detención de Epstein volvió a atraer la atención de los medios de comunicación sobre muchos de sus amigos famosos, incluido el actual Presidente de Estados Unidos.

Desde entonces han surgido muchos interrogantes sobre lo que los famosos amigos de Epstein pueden haber sabido sobre sus actividades y para saber exactamente lo que estaba haciendo. Este último hecho ha recibió mucha más atención cuando se informó que Alex Acosta -que afinó el “afectuoso acuerdo” de Epstein en 2008 y que recientemente renunció como Ministro de Trabajo de Donald Trump tras la detención de Epstein, había afirmado que el misterioso multimillonario había trabajado en inteligencia.

Investigaciones adicionales han revelado cada vez más claramente que Epstein estaba llevando a cabo una operación de chantaje, ya que había colocado micrófonos y cámaras en la zona para registrar las sudorosas y salácitas interacciones entre sus invitados y las menores de edad que explotaba. Epstein parecía haber almacenado una gran parte de ese material comprometedor en una caja fuerte en su isla privada.

Las declaraciones que exponen los vínculos y la complicidad de Epstein con una operación de chantaje sofisticada y fuertemente financiada llevaron a que pocos medios de comunicación examinaran la historia de las centrales de inteligencia en Estados Unidos y en otros lugares, que llevaban a cabo operaciones similares de chantaje sexual, muchas de las cuales también involucraban a menores de edad prostituidas.

Sólo en Estados Unidos, la CIA ha dirigido numerosas operaciones de chantaje sexual en todo el país, empleando prostitutas para atacar a diplomáticos extranjeros en lo que el Washington Post llamó una vez “trampas de miel”. Si nos remontamos más atrás en los anales históricos de Estados Unidos, resulta que estas tácticas y su uso contra personalidades políticamente poderosas, o por su influencia, son anteriores a la CIA e incluso a su predecesor, la OSS (Oficina de Estudios Estratégicos). De hecho, fueron empleadas años antes nada menos que por la mafia estadounidense.

Un puñado de individuos influyentes en el crimen organizado en Estados Unidos, tanto antes como después de la prohibición [1920], estaban directamente involucrados en operaciones de chantaje sexual que explotaban para alimentar sus propias ambiciones, a menudo negras.

Un empresario vinculado al “medio”, estrechamente ligado al famoso gángster Meyer Lansky, desarrolló estrechos vínculos con el FBI mientras realizaba una operación de chantaje sexual durante décadas, que más tarde se convirtió en un aspecto oculto de la cruzada anticomunista de los años cincuenta encabezada por el senador Joseph McCarthy (R-WI), quien tenía fama en todo Washington de acariciar a los adolescentes cuando estaba borracho.

Sin embargo, fue uno de los asistentes más cercanos de McCarthy quien tomó el control del círculo criminal años después, traficando con menores a medida que expandía su operación de chantaje sexual a medida que su influencia política personal crecía, poniéndolo en contacto cercano con figuras prominentes como el presidente Ronald Reagan y un hombre que más tarde se convertiría en el propio presidente, Donald Trump.

Como se revelará en la segunda parte, tras la muerte de este personaje, la operación de chantaje continuó con varios sucesores en diferentes ciudades y una amplia evidencia indica que Jeffrey Esptein era uno de ellos.

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‘Estamos dispuestos a todo’: la lucha de los trabajadores estadounideses por la subida del salario mínimo

Manifestación de trabajadores de hostelería
Esta historia empieza en los sofás de amigos; el lugar en el que dormían miles de trabajadores del sector de la comida rápida, incapaces de alquilar una habitación. Empieza usando máquinas sin guantes protectores, quemándose al filtrar la grasa de las patatas fritas, o tocando una bandeja de galletas al rojo vivo. Empieza con un consejo del gerente: colócate mayonesa en la quemadura, dado que no hay, en el restaurante, ningún botiquín de primeros auxilios. Y empieza, sobre todo, con el salario mínimo de 7,25 dólares la hora. Brutos. En Nueva York.

«Un día estaba en el metro, e iba rezándole a Dios: tengo 31 años y trabajo en McDonald’s, ¿qué estoy haciendo? Por favor, ayúdame a encontrar una dirección», recuerda Jorel Ware, empleado de la mayor cadena de hamburgueserías del mundo. Ware cavilaba una mañana de 2012. Horas después, según su testimonio, unos activistas entraron en el McDonald’s y le preguntaron: «¿Estás cansado de ganar 7,25 dólares la hora?». «¿Que si estoy qué? ¡Por supuesto!».

Jorel Ware trabajaba 30 horas semanales; después de impuestos, recibía un salario de 720 dólares al mes. En una ciudad donde un piso de una habitación cuesta, de media, casi 3.000 dólares, y un cartón de leche, si quieres que sepa como en Europa, ronda los cinco o seis. ¿Y el seguro sanitario? «Ofrecían uno. Pero te descontaban 75 dólares a la semana».

Los trabajadores se pluriempleaban, pedían todo tipo de ayudas sociales, para comer o pagar la calefacción, y concebían estrategias de ahorro. Por ejemplo, compartían el bono mensual de transporte. «Con el billete de viajes ilimitados, si lo pasas, tienes que esperar 18 minutos, y luego puedes pasarlo otra vez. Así que nos organizábamos. Vivíamos así».

Había otras quejas aparte del dinero. La maquinaria vieja y defectuosa y la falta de adiestramiento, causaban accidentes constantes. Según una encuesta, elaborada por Hart Research Associates en 2015, el 87% de los trabajadores de comida rápida habían sufrido algún accidente al año anterior. Ocho de cada diez se habían quemado.

Junto al aumento del salario mínimo, la otra gran exigencia de Fight for $15, el grupo al que se unió Jorel Ware, era el derecho a formar un sindicato. Algo que McDonald’s y otras cadenas han logrado impedir desde hace décadas. «Estos establecimientos ni siquiera nos daban comida, teníamos que comprarla, y mi cheque semanal era de 180 dólares netos», recuerda Ware.

Si era tan terrible, ¿por qué no cambiar de trabajo? «¡Esto está en todas partes! Es la mentalidad de los dueños. No solo en el sector de la comida rápida. Barnes & Nobles, Whole Foods…» y señala a su alrededor, pues estamos tomando un café en el Whole Foods de Union Square, una cadena de supermercados con sede en Texas, dedicada a los productos orgánicos y desde 2017 propiedad de Amazon. Su CEO libró una campaña denodada contra Fight for $15.

La primera protesta de este grupo, formado por activistas de New York Communities for Change y Make the Road New York, con apoyo del sindicato internacional de servicios, reunió apenas un centenar largo de personas. Trabajadores de McDonald’s, Wendy’s, Burger King, Pizza Hut y otros establecimientos dejaron sus puestos de trabajo para exigir un aumento de salario y el derecho a sindicalizarse sin ser hostigados por la empresa. Pese a su limitado alcance, se trató de la mayor huelga del sector de la comida rápida en la historia de Estados Unidos. Solo era el principio.

«Empecé a organizarme con otros trabajadores de la comida rápida, y con el sindicato del sector servicios. Estábamos disparados», recuerda Ware. «Tras la primera protesta, emprendimos acciones por toda la ciudad, frente a las franquicias, dentro de las franquicias. Conseguimos la atención de los medios de comunicación. Fueron los medios los que ayudaron a extender la voz».

Seis meses después, en abril de 2013, hubo huelgas similares en Chicago, Detroit, San Luis, Milwaukee y Seattle. Centenares de activistas, incluido Jorel Ware, se presentaban en la reunión anual de la junta de accionistas de McDonald’s, en Chicago. Había helicópteros, policía, cámaras de televisión. Cada año participaba más gente, hacían más ruido.

En septiembre de 2014 la huelga se dio en 150 ciudades de Estados Unidos. Además de su alcance, también cambió la estrategia. Aquel fue el verano de Ferguson, cuando la muerte de un joven afroamericano desarmado a manos de la policía desencadenó fuertes disturbios y Fight for $15 empezó a usar tácticas de desobediencia civil: a montar piquetes y a parar el tráfico en las principales avenidas. «A veces es necesario. Estamos dispuestos a todo».

Los políticos tomaban nota. «Una vez lograda la atención de los medios, empezamos a lograr la atención de los congresistas, del gobernador, del alcalde. La gente empezó a hacer muchas preguntas», dice Ware. En 2015 varios senadores, entre ellos el aspirante presidencial Bernie Sanders, apoyaron públicamente el aumento del salario mínimo a 15 dólares la hora. En octubre, el presidente de entonces, Barack Obama, invitó a los líderes de Fight for 15$ a la Casa Blanca.

Las empresas contraatacaron. Amazon elaboró un vídeo interno, filtrado a Gizmodo, en el que enseñaba a los gerentes de Whole Foods cómo vigilar a los trabajadores y descabezar las revueltas. «No somos antisindicatos, pero tampoco somos neutrales», decía el narrador, un dibujo animado vestido con el chaleco de la empresa. Luego recomendaba algunas tácticas, bajo el acrónimo, por sus siglas en inglés, de TIPS («consejos»): «Amenazar, interrogar, prometer, espiar».

Lo más importante, según el narrador, era estar atentos a las primeras señales de rebeldía. Por ejemplo, las reuniones de trabajadores en los descansos, la aparición de chapas o gorras con mensajes sospechosos, o el uso de términos tóxicos, como “living wage”: un salario para vivir.

McDonald’s efectuó despidos, muchas veces injustificados, como reflejan los procesos legales que siguieron a continuación. Al propio Jorel Ware le enseñaron la puerta; el gerente lo acusó de haber faltado un día. Ware denunció a la empresa, ganó y fue readmitido.

Poco a poco empezaron a llegar los resultados. El estado de California subió el salario mínimo en 2016, primero a 10 dólares la hora, con el plan de llegar a los 15 en 2022. A día de hoy, nueve estados han aprobado el aumento. Desde el 31 de diciembre del 2018, los trabajadores de la comida rápida en la Ciudad de Nueva York cobran 15 dólares brutos por hora.

Los militantes, que han ido sumando fuerzas con otros grupos de izquierda, como Black Lives Matter, o el ala socialista demócrata, celebraron la victoria. No solo en la cuestión salarial. «Ahora ya no pueden mandarnos a casa sin paga», dice Jorel Ware. «Si lo hacen reciben una multa, 40 dólares, y además nos queda el resto del día libre pagado. Nuestros turnos ahora tienen que tener, al menos, 11 horas de diferencia. Tenemos familia, hijos, citas médicas. Somos humanos».

McDonald’s anunció el pasado abril que tiraba la toalla en esta lucha. «No usaremos nuestros recursos, incluidos lobistas y personal, para oponernos a los aumentos del salario mínimo a nivel federal, estatal o local», dijeron en un comunicado, «ni participaremos en esfuerzos de abogacía diseñados expresamente para evitar aumentos de salario».

Jorel Ware mantiene su empleo en McDonald’s. Sigue siendo un trabajador raso, de los que atienden en caja y echan sal a las patatas fritas. «Tengo 38 años, y esto va a sonar ridículo, pero me gusta el punto de vista del trabajador. No quiero ser un gerente, o director general, no quiero escuchar al dueño. Además», dice, «no me ascenderían».

Este neoyorquino del Bronx, que ya no vive con su madre, todavía visita las otras franquicias de la ciudad, si es posible de incógnito. Entrevista a los trabajadores para comprobar que todo está en orden. Si le cuentan alguna irregularidad, pide hablar con la persona encargada. A veces, dice, le tratan de mala manera y tiene que «volver con poder»: una nueva protesta a la puerta de algún McDonald’s. «Que te respeten y te paguen lo que mereces, es algo maravilloso».

https://www.elconfidencial.com/economia/2019-08-24/salario-minimo-macdonalds-restaurantes-empleo_2191175/

Un asesinato judicial de la Guerra Fría: crónica del proceso contra los Rosenberg

El 19 de junio se cumplió el 66 aniversario del asesinato judicial de Ethel y Julius Rosenberg, una joven pareja de Nueva York, cuya supuesta condición de espías soviéticos nunca se probó, a pesar de las mentiras, falsificaciones y engaños propagandísticos lanzados contra ellos desde entonces.

Acusados de espionaje, Ethel y Julius Rosenberg fueron electrocutados en nombre de lo que el director del FBI, J. Edgar Hoover, llamó “el crimen del siglo”. Fue el apogeo de la era McCarthy y la caza de brujas.

Todo había comenzado en 1948, comienzo de la histeria anticomunista en Estads Unidos. El propio gobierno había establecido un programa de vigilancia de la lealtad de los funcionarios y se habían creado muchos grupos, como el Comité Estadounidense para la Libertad Cultural, para encontrar a presuntos comunistas en el gobierno y los medios de comunicación.

Pero el senador Joseph McCarthy quería ir más allá. Era miembro del subcomité permanente de investigaciones del Senado y buscaba información sobre los comunistas que trabajaban en el gobierno de Truman. Con la ayuda del Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes, McCarthy quería demostrar que el gobierno de Truman estaba infestado de comunistas que espiaban para Moscú.

En medio de la histeria, en 1949 el general George C. Marshall, del Departamento de Estado, fue acusado de haber “perdido” China a manos de Mao Zedong.

Lo que convirtió en particularmente infame al senador McCarthy fue su papel activo en la persecución y el encarcelamiento de miles de comunistas estadounidenses, entre ellos casi 150 dirigentes del Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA), acusados de conspiración para derrocar el sistema constitucional estadounidense mediante una revolución comunista violenta.

Bajo la acusación de “comunistas” había de todo, incluso comunistas de verdad, aunque la mayor parte de las víctimas no sabían ni siquiera lo que era el comunismo. Muchos eran progresistas, pacifistas y sindicalistas, personas que se habían destacado en diferentes luchas.

Al amparo de la Ley Smith, cualquier miembro estadounidense del Partido Comunista podía ser procesado como traidor y espía soviético. Ni siquiera Hollywood se libró de la caza de brujas. Cientos de actores y actrices, directores, guionistas, productores, compositores de música, publicistas e incluso editores de teatro fueron incluidos en la “lista negra”, despedidos de sus trabajos o -como los “Diez de Hollywood”- encarcelados por sus simpatías y afiliaciones “comunistas”. Algunos famosos, como Charlie Chaplin y Bertolt Brecht, optaron por huir al extranjero en lugar de ir a la cárcel.

En 1945 Truman había asegurado repetidamente a los estadounidenses que la URSS no podría fabricar un arma nuclear durante los próximos 10 ó 20 años. Cuando en agosto de 1949 los soviéticos demostraron lo contrario, se buscaron traidores que espiaban para Moscú. Los soviéticos estaban tan atrasados que no eran capaces de fabricar la bomba atómica por sí mismos; alguien les había entregado el secreto desde dentro.

El senador McCarthy y el igualmente infame fiscal adjunto, Roy Cohn, que era el asesor principal de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado, acusaron públicamente a muchos conocidos y desconocidos “comunistas” de espionaje. Uno de los acusados era el oscuro propietario de un pequeño taller mecánico de Nueva York, David Greenglass, un joven sargento del ejército asignado al Proyecto de Manhattan en Los Álamos, Nuevo México, donde se desarrollaron las primeras bombas atómicas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

Las acusaciones de Cohn contra Greenglass eran absolutamente infundadas ya que no había ni un solo testigo ni ninguna prueba que apoyara la acusación de espionaje. Era puro terrorismo legal; el fiscal lo utilizó para intimidarle y, temiendo por su suerte, Greenglass se prestó al típico cambalache judicial: implicó falsamente a su hermana Ethel y a su marido Julius, como admitió muchos años después. Mediante el terror el fiscal fabricó un testigo para la ocasión, alguien que iba a decir en el juicio lo que estaban buscando.

Basándose únicamente en el testimonio de Greenglass, los fiscales detuvieron, encarcelaron y llevaron a los estrados a Julius y Ethel Rosenberg por robar los secretos de la bomba atómica estadounidense y transmitirlos a Moscú. La joven pareja se negó a confesar que habían espiado para la URSS, que era el verdadero objetivo de la farsa judicial. Estados Unidos quería demostrar que los soviéticos no eran capaces de disponer de tecnología tan avazada.

Ante su negativa a confesar, comenzó la farsa. La fiscalía fabricó la mayoría de las pruebas. En flagrante violación de la ley estadounidense, Cohn, el fiscal Irving Saypol y el juez Irving Kaufman se pusieron de acuerdo entre ellos en secreto y con otros altos funcionarios del Departamento de Justicia, incluido el Fiscal General, Herbert Brownell. Jr., para llevar a los acusados a la silla eléctrica de la cárcel de Sing Sing, en Nueva York.

El presidente Eisenhower se negó a conmutar la pena de muerte por la cadena perpetua. Por presiones políticas, el Tribunal Supremo se negó a revisar las sentencias de espionaje de los Rosenberg y rechazó la suspensión de sus ejecuciones para reabrir el caso, a pesar de las protestas nacionales e internacionales y de los llamamientos a su apoyo. Sólo dos meses después, un bombardero soviético lanzó la primera bomba de hidrógeno operativa del mundo (termonuclear) en una prueba de superficie que demostró lo absurdo de la idea de que la URSS necesitara que robar los secretos atómicos de Estados Unidos para producir sus propias armas nucleares.

A lo largo de 66 años no ha aparecido ninguna prueba contra los Rosenberg y, por el contrario, se ha descubierto todo lo contrario. Ha quedado claro que la fiscalía ocultó o retuvo pruebas que confirmaban la inocencia de los Rosenberg. Ahora se acepta ampliamente que Ethel Rosenberg nunca fue una espía soviética y que los fiscales eran plenamente conscientes de ello. Madre de dos hijos pequeños, fue detenida y encarcelada como rehén por el FBI de J. Edgar Hoover, con el único propósito de chantajear a su marido, a fin de que confesara su culpabilidad y denunciara a otros espías soviéticos.

Aparte de una gran cantidad de “pruebas de referencia”, la fiscalía nunca presentó ningún hecho tangible que probara la existencia de una red de espionaje dirigida por Julius Rosenberg, alegando que estas pruebas documentales debían permanecer secretas por razones de seguridad nacional.

Incluso si las acusaciones de espionaje contra Julius hubieran sido verdaderas, se hicieron en nombre del aliado soviético estadounidense en tiempos de guerra y no tenían absolutamente nada que ver con el robo de información atómica. Pero el argumento jurídicamente ridículo del juez era que los Rosenberg habían puesto la bomba atómica en las “sangrientas manos” de Stalin, lo que habría conducido a la muerte de 54.000 soldados estadounidenses durante la Guerra de Corea (1950-1953), lo que importaba más a la furiosa opinión pública estadounidense y sellaba el destino de la pareja acusada.

Pero lo más trágico de este crimen judicial es que los británicos ya habían detenido y encarcelado al científico nuclear alemán Klaus Fuchs, quien les confesó que había enviado información secreta sobre la bomba atómica estadounidense a Moscú mientras trabajaba en el Proyecto Manhattan en Los Álamos durante la Segunda Guerra Mundial.

El frío asesinato de Ethel y Julius Rosenberg es un ejemplo de la atmósfera extremadamente cargada de la Guerra Fría de los años cincuenta. No sirvieron de nada las manifestaciones, las peticiones y las protestas de todo el mundo, plenamente conscientes del crimen que se estaba cometiendo.

Los Rosenberg fueron un chivo expiatorio fabricado para la ocasión. Cuando hacia 1958 la histeria se calmó un poco, los dirigentes del Partido Comunista, condenados y encarcelados al amparo de la Ley Smith, fueron puestos en libertad uno por uno por los tribunales. Es más, el Tribunal Supremo revocó sus condenas porque se habían obtenido de la misma manera que las de los Rosenberg.

El asesinato de los Rosenberg es muy diferente: hasta hoy la fiscalía y los tribunales se han negado obstinadamente a reconocer la inocencia de los dos acusados y a anular su sentencia de muerte.

Más información:
– La caza de brujas contra los comunistas en Estados Unidos
 

La cultura de las armas siempre ha sido propia de los racistas blancos de Estados Unidos

Ryu Spaeth

El tiroteo masivo en El Paso revela las corrientes oscuras que subyacen al debate sobre el control de armas. La muerte del juez John Paul Stevens [juez del Tribunal Supremo de 1975 a 2010, considerado uno de los más progresistas] a principios de este verano (16 de julio), revirtió lo que consideraba su derrota más cruel en 35 años en el Tribunal Supremo: la sentencia de 2008 en el caso District of Columbia v. Heller, que afirmaba, por primera vez en la historia del Tribunal, el derecho a portar un arma (1). Más que eso: esta decisión asume (como Stevens señaló en su desafortunado voto particular) que los autores de la Constitución querían limitar, para siempre, la capacidad de los funcionarios electos para regular el uso civil de armas de fuego mortales, armas con capacidad para mutilar y matar que serían totalmente inidentificables para los autores de la Constitución.

La última prueba de su poder devastador proviene de El Paso, Texas, donde un hombre armado mató a 20 personas [22 después de morir dos heridos] en un Walmart en lo que parece ser un ataque rabia de inspiración racista, y Dayton, Ohio, donde un hombre armado que llevaba un chaleco antibalas mató a nueve y hirió a docenas con un rifle de asalto.

El paisaje post-Heller está lleno de cuerpos acribillados a balazos. Desde la masacre de Sandy Hook en 2012, ha habido más de 2.000 tiroteos masivos en Estados Unidos, mientras que la violencia armada ha aumentado. Es totalmente absurdo argumentar que los jueces, con toda su sabiduría, querían privar al gobierno de una forma de detener esta devastación generalizada. Este fenómeno obsceno, que afecta a víctimas de todas las edades, colores y lugares, es quizás mejor entendido como autodestrucción. La sociedad sangra una y otra vez, mientras que nuestra fe en el carácter de la democracia se debilita, si no se rechaza por completo. Es absurdo volver al siglo XVII del derecho consuetudinario inglés -como hizo el juez Antonin Scalia [juez de 1986 a 2016 que argumentó que la Constitución debía interpretarse de acuerdo con el momento de su aprobación] en su triunfante opinión mayoritaria- para justificar el desmantelamiento de la república que está ocurriendo ahora mismo, ante nuestros ojos. También es absurdo, si nos referimos a Heller, pensar que este tipo de jurisprudencia conservadora ha sido tomada en serio en lugar de ser vista como la culminación de décadas de esfuerzos por parte de la NRA (Asociación Nacional del Rifle) y otras instituciones derechistas para transformar el poder judicial en un baluarte antidemocrático al servicio de los intereses de los ricos y poderosos.

La presidencia de Donald Trump, como siempre, ha aclarado las verdaderas motivaciones de la «América conservadora», que ya no pretende preocuparse por las sutilezas de las opiniones de los autores de la Declaración Inglesa de los Derechos Humanos. La razón por la que hay millones de armas en este país, la razón por la que miles de personas son sacrificadas cada año en el altar de las armas, es que una minoría insatisfecha de blancos en estas áreas rurales [pobres], con poca educación, ha hecho de esta arma el tótem tribal más poderoso del país. Estaban encantados de ver al Presidente expresar todos sus horribles sentimientos.

La superposición entre la política racista y la cultura de las armas de fuego se ilustra en color técnico con el tiroteo masivo en El Paso, que parece haber sido inspirado por el miedo y el disgusto del presunto tirador por una «invasión hispana de Texas», de acuerdo con un manifiesto en línea que se cree que es suyo [está confirmado] y que toma claras pistas en la retórica de Trump. La razón emergente es que los nuevos supremacistas blancos galvanizados están chocando con nuestra cultura nihilista de armas de fuego para producir una ola de masacres racistas, desde Charleston (disparando a la Iglesia Metodista Episcopal Africana en junio de 2015), hasta Poway (abril de 2019, disparando en una sinagoga en San Diego) y El Paso. Como escribió David Atkins en el Washington Monthly: «Tenemos un problema con las armas. Tenemos un problema de supremacía blanca. Están cada vez más entrelazados». De hecho, son, y siempre han sido, la misma cosa.

Los tiroteos masivos fueron llevados a cabo, por supuesto, por todo tipo de personas: misóginos violentos, yihadistas, enfermos mentales. Pero no son estos últimos los que se mantienen al margen, con los brazos cruzados, para impedir que el Congreso y las autoridades estatales adopten la reforma de control de armas; los que desarrollan una formidable y abundantemente financiada campaña política en la forma de la NRA, los que castigan a los parlamentarios que se atreven a salirse de la línea; los que tienen un control mortal sobre el alma condenada del Partido Republicano.

No, la cultura de las armas prospera gracias a los conservadores blancos que han invertido la mayor parte de su identidad política y cultural en el derecho a portar armas mortales. Son los conservadores blancos a los que el gobernador de Texas (desde 2015) Greg Abbott (republicano) intentaba hacer cosquillas cuando se divirtió twitteando hace unos años que estaba «avergonzado» de que su estado estuviera detrás de California en la compra de nuevas armas. Es a los conservadores blancos a quienes el senador de Texas John Cornyn tranquiliza cuando dice que «simplemente no tenemos todas las respuestas» cuando se trata de resolver problemas totalmente prevenibles como el asesinato en masa. Fueron los conservadores blancos quienes tomaron el poder sobre uno de los dos principales partidos del país y lo sometieron a sus caprichos retrógrados.

Para ellos, las armas de fuego no son una cuestión de caza o autodefensa, ni una cuestión de espíritu fronterizo u otras hojas de vid que se empuñan cada vez que su verdadera agenda comienza a manifestarse. Se trata de afirmar la superioridad de la identidad de un grupo, protegiéndolo tanto de amenazas reales (cambios demográficos inexorables) como imaginarias (invasiones de violadores y asesinos hispanos).

Sabemos esto porque la NRA transmite estos temores a sus propios asociados todo el tiempo. En 2017, unos seis meses después del comienzo de la presidencia de Trump, la NRA publicó un notorio anuncio en el que Dana Loesch [periodista, presentadora de televisión reaccionaria], la portavoz de la NRA en ese momento, enumeraba todos los crímenes que «ellos» -anonimizados- habían cometido contra «nuestro» modo de vida: comparar a Trump con Hitler, hacer que «su» historia fuera escuchada por las élites hollywoodienses, reclutar a «su» antiguo presidente (Obama) para dirigir la resistencia al hashtag resistencia. «La única manera de frenar esto, la única manera de salvar a nuestro país y nuestra libertad», dice, «es combatir esta violencia de mentiras con el puño cerrado de la verdad». El «nosotros frente a los demás» (la alterización), la paranoia, la llamada no demasiado sutil a las armas, son todas marcas de la propaganda de la supremacía blanca.

La NRA ha trapicheado en los  círculos racistas mucho antes de la era Trump, alcanzando una especie de pico ilusorio bajo la presidencia de Barack Obama («su» ex-presidente). En un anuncio de 2015, el dirigente de la NRA Wayne LaPierre condenó a Obama por no tomar medidas enérgicas contra el crimen en su ciudad natal de Chicago, donde los «gángsters» y los «matones» estaban causando la «carnicería del Tercer Mundo» a través de sus actos violentos. Esto implica que el presidente negro estaba contento de eliminar las armas de los paletos blancos cada vez que se producían asesinatos en masa, pero guardaba silencio sobre el verdadero problema de las armas utilizadas por los criminales negros. «Espera un crimen que coincida con sus intenciones», dice LaPierre, «y culpa a la NRA». LaPierre añade: «Los estadounidenses buenos y honestos que viven en zonas rurales, en Nebraska u Oklahoma, o que tienen dos trabajos en el centro de Chicago o Baltimore… lo ven todo».

Por supuesto, los tiroteos masivos son responsables de sólo una pequeña fracción de las 33.000 muertes (por año) causadas por armas de fuego en este país. Un tercio de todas las muertes por armas de fuego pueden atribuirse a homicidios; la mitad de estas víctimas son hombres jóvenes y dos tercios de esta cohorte son afroamericanos. Pero, una vez más, no son los activistas afroamericanos los que protestan contra el control de armas con el pretexto de razones legales para armarse hasta los dientes y usar pancartas de «noli me tangere» («ni me toques»). Son los conservadores blancos los que lo hacen, con el objetivo de consolidar su dominio mediante la disminución.

Los pistoleros de El Paso y Poway parecen representar una nueva y horrible tendencia, sus abominables actos forman un vínculo inequívoco con las canciones de Charlottesville (2) – «no nos harán cambiar» – y un Presidente que incita regularmente al odio racial y a la violencia. Pero estos tiroteos no habrían sido posibles sin un fenómeno más antiguo, incluso antes de la fundación de este país. El gran regalo que Donald Trump nos dio fue deshacernos de las pretensiones que durante mucho tiempo han rodeado el debate sobre el control de armas en particular, y la confrontación cultural [una especie de Kulturkampf estadounidense] en general. El originalismo constitucional [en el sentido anteriormente explicado por Antonin Scalia], llama a la larga y gloriosa tradición revolucionaria de la cultura de las armas, al «individualismo robusto» [todo el mundo puede tener éxito sin la ayuda del Estado] del ethos conservador al que incluso Obama y otros liberales han rendido homenaje, todo esto forma parte de una superestructura dispuesta sobre la base de que el poder de uno se perpetúa a expensas del otro. Tratar de resolver nuestro problema con las armas, así como muchos otros problemas, desde la atención de la salud hasta la desigualdad, es por lo tanto tratar de oponerse a este problema más amplio y antiguo de la supremacía blanca, que, si la presidencia de Trump nos enseña algo, sigue siendo el hecho esencial de la vida estadounidense.

(1) El demandante, Dick Anthony Heller, de 66 años, un guardia de seguridad armado, reclamó el derecho a mantener su arma en casa para ser usada en defensa propia. Desde 1976, la ley del Distrito de Columbia, sede de la capital federal, prohíbe la posesión de armas de fuego impidiendo su registro: los fusiles de caza deben ser desmontados en casa y durante el transporte, y las armas de fuego compradas antes de 1976 deben ser desactivadas con un candado de seguridad.

(2) En Charlottesville, Virginia, un fascista blanco mató a una mujer al arremeter con su coche contra una multitud de manifestantes que se oponían a los neonazis y racistas blancos el 12 de agosto de 2017. Trump dijo que había «gente muy buena» en ambos lados y que la culpa era compartida.

https://newrepublic.com/article/154652/gun-culture-always-white-supremacy

‘Los rusos no nos tienen miedo’: los sabotajes cibernéticos de Estados Unidos a la red eléctrica rusa

Estados Unidos intensifica las incursiones digitales en la red eléctrica rusa. Los defensores de una estrategia más agresiva dicen que se planificó desde hace algún tiempo. La operación implica riesgos significativos de una escalada de la Guerra Fría Digital entre Washington y Moscú. Aunque ha estado en marcha desde al menos 2012, la estrategia estadounidense es más ofensiva, con la instalación de aplicaciones piratas potencialmente paralizantes en el corazón de la red rusa de una forma agresiva como nunca se había visto hasta la fecha.

El jefe del Mando Cibernético de Estados Unidos define el ataque a la red rusa (que afecta a todo, desde el suministro de agua, los servicios médicos y el transporte hasta el control de armas nucleares), como una defensa preventiva porque “no nos tienen miedo” (1).

En Estados Unidos saben que juegan con fuego y se pueden quemar. “Puede que tengamos que arriesgarnos a que nos rompan algunos huesos… A veces tenemos que aceptar que nos sangre la nariz para que no nos disparen en la cabeza más tarde”. Por supuesto, son las referencias metafóricas que hacen en Washington a una guerra nuclear.

En este tipo de asuntos Trump pinta menos que nada; ni siquiera le han informado sobre la colocación de “implantes” en la red eléctrica rusa porque podría ordenar su cancelación o discutirlo con mandatarios extranjeros. De hecho, Trump publicó un mensaje alocado cuando leyó el artículo del New York Times.

No hace mucho tiempo los liberales de la corriente mayoritaria y el propio New York Times se habrían indignado por las revelaciones acerca de unos ”implantes digitales” instalados en Rusia sin autorización del Presidente. Ahora ya no hay protestas, ni de los liberales, ni de los demócratas, ni de otras fuerzas convencionales.

Sin embargo, el significado político de todo esto parece bastante claro. Las filtraciones del New York Times y la publicación del artículo llegaron en un momento en el que Trump preparaba una entrevista con Putin aprovechando la reunión del G-20 en Japón (2).

La cumbre entre Eisenhower y Jruschov, que estaba programada para celebrarse en París en 1960, tuvo que ser cancelada cuando un avión espía estadounidense fue derribado sobre la Unión Soviética, un vuelo intrusivo aparentemente no autorizado por el Presidente Eisenhower.

Hoy el sabotaje del gatillo parece repetirse de nuevo. El partido belicista de Washington, entusiasta de la Guerra Fría, está en acción. En repetidas ocasiones Trump ha visto frustrados sus intentos de relajar las relaciones con Moscú, principalmente por las desacreditadas acusaciones del “Russiagate”, que siguen siendo apoyadas por el partido de la guerra, a pesar de la evidente falta de pruebas.

La distensión con Rusia siempre ha sido una búsqueda política marcada por una oposición feroz y una crisis. Ningún presidente estadounidense puede lograrlo sin el amplio apoyo de ambos partidos, del que claramente carece Trump.

(1) https://www.nytimes.com/2019/06/15/us/politics/trump-cyber-russia-grid.html
(2) https://www.thenation.com/article/washingtons-dr-strangeloves/

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