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Lo que no han contado sobre el actor Alan Rickman

Del fallecido actor británico Alan Rickman las noticias han contado su participación en algunos trabajos, como “La jungla de cristal” o la saga “Harry Potter”, pero faltan otros.

Además de actor típico de la escuela británica, Rickman era realizador de teatro y, entre otras piezas en 2005 trató de montar la obra “Mi nombre es Rachel Corrie”.

El guión homenajeaba a la militante asesinada por el Estado de Israel en 2003 cuando se opuso al derribo de las viviendas de los palestinos. Fue aplastada por una apisonadora del ejército israelí.

Según cuenta el periódico canadiense The Vancouver Sun, esta obra era un “poderoso golpe” contra el Estado de Israel que, como es lógico, logró censurar el estreno en los teatros de Nueva York.

En 1992 Rickman participó en la película “Ciudadano Bob Roberts”, la primera que dirigió Tim Robbins. Cuenta la historia de un fascista y cantante de folk que anuncia su candidatura al Senado de Estados Unidos por el Estado de Pennsylvania.

La campaña electoral resulta ser una trama de los servicios secretos con oscuros fines económicos, racistas y militares.

Mambrú se fue al fútbol

Bianchi

Y no a la guerra, como cantaban los niños franceses haciendo mofa del inglés Duque de Marlborough (españolizado en «Mambrú»). Y es que tal parece que vaya uno a la guerra, y no a un estadio de fútbol (o «furbo», que diría Villar), a juzgar por las medidas de seguridad adoptadas «por las autoridades» (que estarán en el palco) en el clásico Real Madrid-Barcelona del sábado día 21.

Haremos una pequeña revistilla de prensa donde reproduciremos los párrafos que se nos antojan más significativos. Todos son del sábado, 21. Empezaremos por el matutino diario catalán «La Vanguardia» (con Franco «La Vanguardia Española») donde se dice que «el estadio madridista estará rodeado por tres perímetros de seguridad, donde operarán en total 1. 200 policías nacionales y unos 1.200 agentes privados contratados por el club blanco. A este personal hay que añadir otros agentes de la policía municipal, así como trabajadores de servicios sanitarios». Continúa el editorial con algo digno de subrayar, lean y juzguen ustedes: «La seguridad -dice el rotativo de los Godó- se presenta a menudo como un enemigo de la libertad. Y es verdad que el aumento de una comporta en ocasiones la restricción de la otra. PERO EN ESTA OCASIÓN VAN DE LA MANO» (mayúsculas mías). Suena al latinajo «excusatio non petita…», pero bueno. Y acaba aleccionando al aficionado con este aplastante argumento: «Los aficionados deben ser conscientes de la coyuntura por la que atravesamos. Y, por tanto, deben estar dispuestos a admitir incomodidades en la fase previa al encuentro. Todo indica que así será, que habrá cacheos generalizados y también colas, en un estadio a rebosar». O sea, jódete y baila.

El tabloide catalán, afín al PSOE-PSC, «El Periódico» titula su editorial de manera harto explícita «Blindaje en el clásico del fútbol español» donde podemos leer que «(…) además de ese visible cordón de seguridad se han hecho públicas recomendaciones sobre la conveniencia de llegar con tiempo suficiente al estadio y de no acudir con mochilas y bolsos de grandes dimensiones ( …) Entramos -continúa y remarco esto- en unos tiempos en los que asistir a un espectáculo masivo estará acompañado, todavía más, de un inevitable rigor en el control, QUE PIDE LA MÁXIMA COLABORACIÓN Y COMPRENSIÓN DEL PÚBLICO» (mayúsculas otra vez mías). O sea, que nos van mentalizando … Propósito muy loable, ciertamente. Típico de gente civilizada.

Pero dejémonos de sarcasmos y vayamos al grano porque, como editorializa el monárquico y vetusto «ABC», asistimos -es el titular- a algo que es «MÁS QUE UN PARTIDO, MÁS QUE FÚTBOL» donde se espiga alguna perla como que, para los despistados, «el Estado está poniendo de su parte unos recursos policiales sin precedentes (…) Las aficiones han sido emplazadas a acudir con tiempo al campo porque los cacheos van a ser exhaustivos. Alcantarillado y pisos en alquiler alrededor del estadio madridista han sido revisados al milímetro».

Una vez aliviados, ABC va a lo que le interesa y dice: «Por eso, nadie debe contribuir a generar más tensión de la ya acumulada desde hace una semana, cuando unos grupos terroristas asesinaron a decenas de ciudadanos en el centro de París. Esta petición concierne a las dos aficiones, pero especialmente -y aquí vienen mis mayúsculas- A AQUELLOS AFICIONADOS DEL BARÇA (sic) QUE QUIERAN EXHIBIR LAS BANDERAS SEPARATISTAS DE LAS BARRAS Y LA ESTRELLA». Y remata la faena de aliño con un «al margen de su ilegalidad, la presencia de ‘esteladas’ (comillas de ellos) en el Bernabéu sería un ACTO DE PROVOCACIÓN INTOLERABLE» (mayúscula mía, que se echaban en falta ya).

Bien, ya avisados, el diario EL PAIS nos aconseja cómo debemos ir al ver el -que ahora les ha dado por llamar- «clásico». Presten atención. Las medidas de seguridad, en un partido calificado de «alto riesgo» serán «extremas». Los controles -leemos- empezarán desde el jueves (pasado, se entiende), con registros en el perímetro del estadio con perros adiestrados en la detección de artefactos explosivos. El día del partido -el sábado, a las 18. 15- se dispondrán tres anillos de seguridad en torno al recinto para cachear minuciosamente a cada uno de los asistentes. Como anunció la delegada del Gobierno en Madrid, «SE EXAMINARÁN HASTA LOS BOCADILLOS» (subrayado mío, sí). Estos controles provocarán que las puertas del estadio blanco se abran, de manera excepcional, tres horas antes del partido. En los tres anillos de seguridad se le solicitarán a los aficionados la entrada del partido, el abono y el carnet de identidad o pasaporte como identificación. En todas la puertas de acceso -continúa lo que es información y no editorial- se colocarán detectores de metales y se activarán las medidas habituales estipuladas por Antiviolencia para los encuentros calificados de alto riesgo, como la separación de aficiones en el desplazamiento y la ubicación en el estadio o la grabación de la totalidad del graderío PARA VIGILAR LOS MOVIMIENTOS Y EL COMPORTAMIENTO DE LOS ESPECTADORES (adivinen quién subrayó). Para agilizar el exhaustivo proceso de registros e identificación, la policía aconseja llevar los elementos básicos (teléfono, cartera y llaves), prescindiendo de mochilas, bolsas, ordenadores y otros dispositivos electrónicos como los que hay que separar del equipaje en los controles de los aeropuertos.

Tome aire el lector, respire, que acabaremos con una «firma», es decir, una pluma de prestigio, que se dice. Se trata del director de «AS», Alfredo Relaño, que nos dice que «hoy -por el sábado- será un poco más incómodo acudir al fútbol, pero merecerá la pena. Lo suyo (o sea, lo de la plebe aficionada, supongo que se referirá Nota mía. Bianchi), ya saben, es ir pronto (…) Y OBEDECER Y RESPETAR A LAS AUTORIDADES EN LOS CACHEOS Y REGISTROS» (ya ni me molesto en decir de quién son las mayúsculas). Y nada de protestar porque, nos instruye Relaño, sería «injusto para con la persona que está haciendo su trabajo en favor de la seguridad de todos. En los tiempos que corren ES MÁS NECESARIO QUE NUNCA OBEDECER A LA AUTORIDAD Y RESIGNARSE A UNAS MEDIDAS DE SEGURIDAD NUEVAS, EN CIERTOS CASOS EXTREMAS».

No queremos fatigar más al lector. Ni tampoco sacaremos conclusiones -no por falta de ganas- salvo una, a saber: ¡¡¡que les den mucho por el bul y que vaya al fútbol su puta madre !!! Y es que van a acabar hasta con la droga del pueblo.

Buenas tardes.

El rock progresivo

N.B.

O «sinfónico», como se dio en llamar en la Península ibérica. O «Prog Rock», en la prensa especializada anglosajona. Y sin, como suele decirse, «buena prensa» por lo que , se decía, tenía de pomposidad, virtuosismo, pretenciosidad, sobre todo si escuchamos los excesos de Rick Wakeman (de «Yes») con el «mellotron». O Keith Emerson (de «Emerson, Lake & Palmer») tocando -y torturando su Hammond- un ¡¡piano volador!! Pero les exoneramos de culpa, sobre todo cuando se valora a, pues no sé, ABBA con una pieza de Robert Fripp (de «King Crimson»), y no, mire usted, son cantidades y magnitudes heterogéneas. Y conste que Fripp, no se nos oculta -y ya habrá adivinado el avispado lector/a que tengo debilidad por esta gente-, cuando se pone «experimental», puede aburrir a las ovejas. Pero escuchas «Formentera’s Lady» y ya estás abducido. Sucede que con el sinfonismo se podía caer en la cursilería, sobre todo si ponías a toda una orquesta detrás tuyo y a tu servicio. Y no hacía falta, no era necesario. Y menos cuando el rock progresivo nació en una época de grandes avances técnicos que posibilitaron una revolución instrumental, si se puede decir así. Antes de 1968 no existía el ya citado «mellotron» ni se programaban «sintetizadores». El primero, instrumento de teclado similar al órgano, guardaba en su interior cintas pregrabadas con diferentes sonidos ya enriquecidos: al dar a una tecla sonaban una docena de violines, un coro de cincuenta voces, una orquesta completa que, por otra parte, y este detalle técnico tiene su importancia crematística, no podías llevar ni desplazar -la orquesta profesional- a cualquier sitio ni a todos los sitios. Bastante que las emisoras de radio aceptaron piezas de veinte minutos, y no de no más de cuatro minutos, como exigía la radio-fórmula ayer… y hoy. Y luego estaba el «sintetizador» que descomponía cualquier sonido en sus elementos originales, sintetizándolos, y los reproducía después (el mellotron era muy limitado y poco flexible).

Si bien la psicodelia nació en los Estados Unidos -esa «expansión de la conciencia» de la que hablamos conseguida mediante chutes varios y onirismos orientalistas-, el Rock Progresivo como concepto y movimiento musical nace en Inglaterra. Los grandes grupos son ingleses: «Yes», «Pink Floyd», «Genesis», «King Crimson» y «Emerson, Lake & Palmer». Desde sus orígenes el Rock Progresivo reivindicará ser música hecha con el cerebro y para el cerebro, una música «intelectual» frente -pecado de lesa musicalidad- al blues y que, al contrario que la psicodelia, no se relacionaba -al menos directamente- con el consumo de drogas. Iban a su bola, y a otra bola, casi música de conservatorio. Experimental, ya decimos, dodecafónica y atonal a lo Schönberg, a veces, y, desde luego, sin ínfulas «rebeldes». Una «rebeldía» adjudicada a otros grupos y movidas que el «Sistema» aprovechó y se sirvió del crimen de la «Familia Manson», en 1967, para asociarlo al hipismo y certificar su defunción, como así fue, y su «inocencia». Después el «Glam Rock», el «Hard Rock», el «Punk», etc. , etc. La frase de la época, el slogan, era: «no se vayan todavía que aún hay más».

Gurús, guiris,‘tripis’, viajes…

N. Bianchi

Decíamos en la anterior entrega que el «Sistema» -por emplear términos más sociológicos burgueses que marxistas- oficiaba de «antisistema» para distraer y desviar la atención de la juventud de posibles preocupaciones de índole sociopolítica mediante la introducción de esoterismos y ocultismos varios, el consumo de drogas y el nuevo sonido rock and roll que a nuestras abuelas les parecía «diabólico» y algo de ello había en los planes de la CIA, aunque por otros motivos, evidentemente.

¿De dónde obtuvieron los antropólogos y sociólogos de la CIA y la inteligencia británica la idea de combinar orientalismos, música rock y drogas? Pues, aunque parezca alucinante, de los rituales de iniciación de diferentes pueblos indígenas y de varias ceremonias de los adoradores de la diosa Isis en los imperios egipcio y romano. Puedo adivinar cierta sorna en el lector ante lo que parece invención y hasta desvarío, pero no se olvide que, por ejemplo, el cristianismo, su liturgia y atavíos, son una amalgama «expropiada», vale decir, de otras religiones y ritos precristianos, como, digamos, el mitraísmo persa (la tiara que lleva el Papa de Roma sin ir más lejos y se pone en la ventana de la Basílica de San Pedro para apacentar a su rebaño, como quien se pone sus mejores galas en un domingo, ¿no es cierto?).

En esos rituales se consumían sustancias alucinógenas como el peyote, el mescal para entrar en trance (no conocieron el kalimotxo ni el torombolo), como si estuvieran en los Misterios de Eleusis griegos, acompañados de una música de tambores repetitiva y monorrítmica con la finalidad de provocar un estado alterado de conciencia. En estas faenas y labores destacó el famoso escritor inglés Aldous Huxley, autor de la celebérrima distopía «Un mundo feliz». Huxley colaboró ya desde su juventud con la inteligencia británica y fue miembro fundador de la «Mesa Redonda de Rhodes» (un magnate inglés que fundó en África la Rhodesia, modesto él), una organización entonces comandada por el historiador Arnold Toynbee, que tuviera cierta notoriedad en su día aupado por su clase burguesa, a la que pertenecían los miembros más importantes de la oligarquía británica.

Toynbee perteneció durante casi cincuenta años al consejo del «Real Instituto de Asuntos Internacionales» y dirigió la División de Investigaciones de la inteligencia británica en la II Guerra Mundial, a la vez que hacía de oficial de información del primer ministro Winston Churchill.

Huxley se pasó la guerra tranquilamente en Estados Unidos escribiendo guiones para la Metro, la Warner Bross y la Factoría Disney. Regresó a Gran Bretaña donde permaneció algún tiempo hasta que a principios de 1952 volvió a asentarse en los USA, esta vez acompañado por su médico personal y fiel amigo Humphrey Osmond. En ese mismo año la CIA puso en marcha el programa de control mental «MK-Ultra» bajo la dirección personal del director de la agencia norteamericana, Allen Dulles.

El director de la CIA colocó en un lugar destacado del proyecto a Osmond, quien de este modo empezó a trabajar para el servicio secreto de los Estados Unidos. Pocos meses después, Osmond y su amigo Huxley celebraron una serie de reuniones en la Universidad de Chicago para poner en marcha un plan de experimentación con mescalina y LSD. En esta época Huxley empezó a consumir mescalina lo que le indujo a escribir el libro titulado «Las Puertas de la Percepción», obra que puso de moda la idea entre la juventud norteamericana que los alucinógenos tenían la capacidad de «expandir la conciencia» hacia otras realidades desconocidas, quintas dimensiones, etc. Huxley estaba convencido que la renovación religiosa de USA vendría de las drogas y no de los predicadores, al igual que el alter ego español de Huxley, Sánchez Dragó, decía que lo que había en el Árbol del Paraíso, el fruto prohibido, no era una vulgar manzana, sino un hongo psicotrópico, y si cuela, cuela, y a vivir, qué carajo.

En la base del proyecto MK-Ultra estaba también estudiar los efectos de las drogas en los seres humanos. Entre los voluntarios «conejillos de indias» de Osmond y Huxley se encontraban Alan Watts y Gregory Bateson, de quien ya hablamos. También Stanislav Grof y, cómo no, nuestro viejo conocido Timothy Leary, acusado en múltiples ocasiones de trabajar en el proyecto MK-Ultra junto con su íntimo amigo Richard Alpert. Leary solía decir que en los años 50 la CIA había estado experimentando en Harvard con LSD, de forma secreta, tratando de averiguar qué uso podría dársele a la droga en la «guerra sucia» («silenciosa», le llaman allá). La CIA -continúa Leary- permitió que Harvard «nos financiara por una sencilla razón: pensaban que quizá nosotros podríamos triunfar donde ellos no lo habían hecho» (la CIA descubrió que los efectos de la droga eran demasiado impredecibles para poder darle una utilidad militar. Años antes, en 1947, se fundaría el Instituto Tavistock en Londres, pero esta es otra historia), Leary, junto con Alpert, «demostró» -eso dice él- poder controlar sus efectos que dependían no tanto de la dosis como de las expectativas y el estado mental del consumidor, así como del entorno físico en el que se administra la droga. «Descubrimos» -dice- que era posible «programar un viaje», pero no en función de los deseos de la CIA. De hecho, en 1963 fueron expulsados de Harvard, como ya se dijo, por «experimentar» -voluntariamente, esto sí- con alumnos suyos con drogas.

La vida de Leary se llenó de avatares. Se medio exilió a Europa. En Argelia estuvo con Eldridge Cleaver, uno de los primeros líderes de los Black Panthers quien puso a Leary bajo «arresto» por ser contrarrevolucionaria la promoción del uso de drogas que Leary hacía. Ideó un plan de colonización del espacio. En 1988 recaudó fondos para el candidato «anarcocapitalista» Ron Paul. En la década de los 80, se sintió fascinado por las computadoras, el Internet y la realidad virtual. A principios de los 90, se relacionó con actores liberal-progresistas, vale decir, como Johnny Depp, Susan Sarandon (y su entonces pareja Tim Robbins) o Dan Aykroyd, que iba para sacerdote católico.

Antes de morir de cáncer se pasó los días chutándose óxido nitroso y sus «Galletas Leary» (un snack -pincho o bokata- con queso y un pequeño brote de marihuana), heroína y morfina.

El Proycto MK-Ultra

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana se dedicó, en buena parte de su siniestra historia, a experimentar con todo un complejo arsenal de drogas, implantes electrónicos, hipnosis y otros modos de lavado de cerebro hasta llegar al Proyecto MK-Ultra («MK» es el prefijo de todas las operaciones de control mental («mind control») y «Ultra» provenía de la red de inteligencia organizada por los estadounidenses en la Europa dominada por el III Reich.

En los años 20 del siglo pasado, el doctor Albert Hofmann, que trabajaba en los laboratorios de la empresa farmacéutica Sandoz de Basilea estaba a punto de realizar un hallazgo que cambiaría para siempre la historia de las drogas: la síntesis del LSD, el alucinógeno por antonomasia. Su descubrimiento, como tantos otros, había sido fortuito y se debió en realidad a un accidente de laboratorio. Hofmann trabajaba en un proyecto encaminado a encontrar una cura para la migraña. Suponía que la dietilamida del ácido d-lisérgico, un compuesto sintetizado a partir del cornezuelo del centeno, podría ser parte de la solución al problema. Cierto día, trabajando en el laboratorio, uno de sus guantes de goma se rompió sin que él se diese cuenta, e inadvertidamente su piel entró en contacto con la sustancia. Al principio no notó nada, pero al poco rato se vio asaltado por una serie de alucinaciones que lo acojonaron. Cuando se repuso estaba seguro de que aquello, de curar migrañas, cero, «rien de rien».

A principios de los años 60, los medios de comunicación norteamericanos -en especial la revista «Life», cuyo director (o «editor», como le llaman los anglosajones), Henry Luce, ya había probado la droga- comenzaron a divulgar una serie de artículos que promovían descaradamente el consumo de LSD como forma de «abrir la percepción». Luce defendía la absoluta inocuidad del LSD.

La CIA mantenía contactos con los esposos Luce (su mujer, Clare Boothe, también le daba a la cosa) sirviendo de «camello» al matrimonio y sus pudientes e influyentes amigos como, por ejemplo, Ken Kesey, autor de «Alguien voló sobre el nido del cuco» o Huxley.

La CIA no quería depender de una empresa extranjera como Sandoz en el suministro de una sustancia que consideraba vital para la seguridad y los intereses de los Estados Unidos. Así pues, se solicitó a la Eli Lilly Company de Indianápolis que intentase sintetizar un suministro de LSD totalmente gringo. A mediad s de 1954 Eli Lilly obtuvo, no se sabe cómo, la fórmula secreta. Responsables de la firma yanqui aseguraron a la CIA que «en cuestión de meses se podrá disponer de toneladas de LSD». Como anécdota, diremos que fueron científicos de los laboratorios Lilly los que acuñaron la palabra «viaje» («trip» en inglés, como el «Day Tripper» de Los Beatles) para describir la sensación alucinógena. Mientras la élite obtenía el producto mediante recetas médicas, otros acababan tirados.

La LSD fracasó como arma química (se quiso usar la LSD para emponzoñar los depósitos de agua del enemigo pero se comprobó que dicha sustancia se descomponía al entrar en contacto con el cloro utilizado como desinfectante) pero triunfaba como psicofármaco. La experiencia psicodélica era aún una práctica limitada y minoritaria durante la época posterior a la segunda gran guerra, contando con un catálogo de sustancias conocidas bastante reducido, donde la mescalina (aislada en 1897 por Arthur Heffter) era la sustancia más potente conocida hasta la fecha. Fueron varios los autores que hicieron uso de ella como fuente de inspiración tanto artística como mística llegando algunos a escribir sobre ello, como el nazi Ernst Jünger, Henry Michaux o el mismo Sartre.

Una forma de entender la rápida expansión de la LSD entre las capas altas de la sociedad norteamericana es Alfred (Al) Matthew Hubbard, un excéntrico millonario que probó por primera vez la LSD en 1951 y quiso que todo dios la probara para que no se perdiera ese «soma» de la novela de Huxley. Hasta a Nelson Rockefeller le quiso convencer en una reunión privada, pero no.

Leary -no nos olvidamos de los viejos amigos a quien tanto debemos- declaró a la revista «Playboy» que la LSD era un fármaco capaz de curar la homosexualidad, que por entonces se consideraba una patología. En Europa el que pasaría a la pequeña historia como héroe de la «antipsiquiatría», el Dr. Ronald D. Laing, rehusó tratar la esquizofrenia, su fuerte, con la LSD. Otros, no.

Cuando la LSD todavía no era un «accidente» por ocurrir, una serie de etnobotánicos se adentraba en las selvas y poblados de América Central con la intención de redescubrir las plantas mágicas utilizadas por las civilizaciones precolombinas.

En el año 1967 el consumo de LSD era ya masivo y los hippies, término acuñado, por cierto, en 1965 por Michael Fallon del San Francisco Examiner, campaban a sus anchas por «Haight-Ashbury» propagando su mensaje de amor, libertad sexual, no-violencia y expansión de la conciencia. Mejor eso que hacerse otras preguntas más comprometidas e ir a las raíces. Algo típico de la sociología pragmatista norteamericana: cuando te sabes las respuestas, te cambian las preguntas.

El sistema oficiando de ‘antisistema’

N. Bianchi

En los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, se produjeron revueltas estudiantiles que llegaron a incomodar al «establishment». En Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos. las tres naciones más comprometidas contra el «telón de acero» (comunista), se estaba gestando algo que los líderes políticos no comprendían. Sus jóvenes más brillantes, los universitarios que dirigirían los destinos de sus respectivos países por la buena senda la próxima década, se habían transformado en unos radicales antisistema, sintagma hoy muy al uso. En los USA esta situación se agravó todavía más con las protestas contra la guerra de Vietnam (y los muchos desertores, cosa de la que apenas se informaba, que se iban al vecino Canadá, o te metían en la cárcel como al campeón de boxeo de pesos pesados Cassius Clay, futuro Muhammad Ali). Se estaba gestando un movimiento rebelde en el mismo corazón del «mundo libre».

¿Qué hacer? ¿Reprimir a quien, a fin de cuentas, eran sus propios hijos que, como se dice por estos pagos, les «han salido rana»? ¿Será un sarampión pasajero propio de adolescentes encelados? La solución, según algunos limas, no consistió en acabar con el movimiento a las bravas, sino en transformarlo, despojándolo de todo activismo político. Okey, pero ¿cómo? Pues desactivándolos metiendo de matute «filosofías» y conductas supuestamente disolventes con el «statu quo» convencional y el orden burgués ergo: aburrido; en una palabra: ser «antisistema». Lo que no está tan claro es quién propició  las demostraciones «antisistema», es decir, si no fue el propio «sistema» quién las promocionó creando lo que hoy llamaríamos una «disidencia falsa». Y aquí, lo sentimos, como «conspiranoicos» incurables que somos, amén de aguafiestas, dejamos caer que fue la CIA, por aquellos años, junto con los servicios secretos ingleses, quienes se pusieron «fashion» y manos a la obra creando la «New Age» (Nueva Era) y demás corrientes pseudoespirituales.

La finalidad de esta operación de largo alcance era introducir dentro del movimiento juvenil rebelde y travieso, o por qué no, revolucionario, tres nuevos elementos: las creencias esotéricas, mágicas y ocultistas; el consumo masivo de drogas y «petas» y -y aquí me juego el tipo, lo sé- la aceptación del nuevo sonido del «rock and roll».

¿Cómorrrrrr?, que diría Chiquito, que cuando escuchaba «Nights in White Satin» de The Moddy Blues, ¿estaba mordiendo el anzuelo que me tendía el «sistema» y yo dándomelas de melenudo rebelde y «antisistema»? Pues, a tenor de lo hasta aquí escrito, nos tememos que sí. ¿Y esto es grave, doctor? («what’s matter, doc»?) No es grave en tanto en cuanto no elegimos las condiciones sociales y medioambientales al nacer, pero peor sería ignorarlas con el tiempo, aunque la verdad sea desagradable. Que tampoco lo es tanto, ni mucho menos, al menos para quienes somos hijos del «Rhythm&Blues», lo mamamos y no renegamos. Podríamos decir que, si su intención era lavarnos el cerebro («brainwashing»), les salió el tiro por la culata a los aprendices de brujo. Aparte de que, como se dice ahora, es lo que hay.

Y lo que había era que sus planes parecieron tener éxito. La música rock se transformó en un fenómeno juvenil de masas; las drogas se convirtieron en algo habitual en las campus universitarios estadounidenses y las filosofías y sectas orientalistas -hasta los más jóvenes tendrán noticia de los «Hare Krishna» o el Templo del Pueblo y sus túnicas de color naranja-. Es la época de lo «contracultural», los grandes festivales de música, Woodstock, Wight, y, por supuesto, el movimiento hippie.

Se promocionaba, además, de la «cultura de los alucinógenos», a gentes como Alan Watts, un experto en religiones orientales y un defensor del uso místico del LSD con la finalidad de descubrir «nuestro yo interno». Watts también fue uno de los fundadores de la Pacific Foundation, la cual patrocinó a la WKBW en San Francisco y la -en la costa opuesta- WBAI-FM en Nueva York, las dos primeras emisoras de radio en promover el sonido rock and roll de los Rolling Stones, Los Beatles y Los Animals. Las mismas emisoras popularizarían luego al «acid rock» y el «punk rock».

Gregory Bateson, entre otros que irán saliendo en otra entrega, trabajó como antropólogo para la OSS, la agencia de inteligencia estadounidense anterior a la creación de la CIA. (como dato curioso diremos que, por ejemplo, el padre del actor Denis Hooper, que produjera con escasísimo presupuesto, dirigiera e interpretara, junto con Peter Fonda, Jack Nicholson y una impagable Karen Black, la mítica película de 1967 «Easy Rider», trabajaba -su padre, digo- para la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), en China, precursora de la CIA, como ya se dijo. El pintor Jaspers Johns combatió contra la Corea comunista, por no hablar del «expresionismo abstracto» de Jacson Pollock tutelado y financiado por la CIA en los años 60 en plena «guerra fría» en el campo cultural ). Más tarde, Bateson, se haría cargo de la dirección de la clínica experimental de drogas alucinógenas del hospital de veteranos de guerra de Palo Alto, de donde saldrían los primeros ideólogos del «hipismo».

Pero, de todos, el más célebre y famoso, fue, sin duda, Timothy Leary (1920-1996) quien empezara su «carrera», digamos así para entendernos, como director de investigación psiquiátrica en la Fundación de la Familia Kaiser (1955-1958), y luego profesor de psicología en la Universidad de Harvard (1959-63). Asociado a Richard Alpert comenzó un programa en 1960 de investigación conocido como el Proyecto Harvard (en los EE. UU. , siempre que sale la palabra «Proyecto», es para echarse a temblar) Psilocibina fundado junto a Aldous Huxley, de quien trataremos posteriormente. El objetivo fue analizar los efectos de la psilocibina en seres humanos (los prisioneros de Concord y más tarde, los estudiantes -siendo él profesor- de la Andover Newton Theological Seminary, como suena) utilizando una versión sintetizada de la droga, entonces legal, de setas alucinógenas como la Psilocybe mejicana. Les expulsaron, aunque los alumnos sabían lo que pretendía, es
decir, no fueron meras cobayas. El compuesto se produjo de acuerdo con un proceso desarrollado por Albert Hofmann de Sandoz Pharmaceuticals, famosa para sintetizar LSD. Empezaba la psicodelia con Ginsberg y compañía que se unieron de buena gana a la «movida».

Hofmann descubrió por casualidad en un laboratorio de la Sandoz el ácido lisérgico en 1943, pero fue Leary el gurú del LSD siendo su mayor difusor en los años sesenta. Su lema: «turn on, tune in, drop out», o sea, enchúfate (enrróllate, diríamos hoy), sintonízate, (me va la marcha, tío, se diría hoy) y abandónate (déjate llevar, no te comas el koko, diríamos), esto es, la expansión de la mente (otros dirían «adulteración» de la misma mediante sustancias artificiales) El gran Frank Zappa diría, sin que se le hiciera mucho caso, que las drogas sólo sirven para esconderse, y a mí, (o sea, a él) «no me gusta ni esconderme ni la gente que se esconde». Quien lo diría del bueno de Zappa con esas pintas…

Leary se entusiasmó con la variante hedonista del producto que asoció pronto con conurbaciones místicas y orientalistas convirtiéndose, fuera del ámbito universitario, en el gurú, ya se dijo, de la cultura psicodélica. Escribió libros mezclando cuelgues con filosofía tibetana (algo siempre atractivo por lo «exótico»). Fue detenido varias veces y hasta Nixon le declaró «el hombre más peligroso de Estados Unidos». En 1969 se une a la protesta de John Lennon y Yoko Ono en la cama («bed-in»; «sit-in» serían las «sentadas» estudiantiles en los campus que llegarían al tardofranquismo) participando en la grabación de «Give Peace A Chance». No sabemos si «Lucy In The Sky With Diamonds» estaba compuesta bajo los efectos del LSD, pero los «Pretty Things» compusieron la más directa «LSD». O «The Seeker» (El Buscador) de los Who. O el musical «Hair» (cabello, pelo). O, apurándonos, el «Come Together» (vamos juntos) de Lennon como himno que acompañaba la campaña de Leary para gobernador de California teniendo como contrincante a ¡¡Ronald Reagan!!

Tiempos apoteósicos, donde fumarse un porro, un canuto, era lo más «in», y liberador. Pero el Sistema que fungía de «Antisistema» iba a suministrar la droga al hipismo, por ejemplo, mientras, por otro lado, lo desacreditaba y desprestigiaba asociando al hippy con un ser idiotizado y abúlico sobre la del joven comprometido con su tiempo, que era precisamente el objetivo («target»). Eso cuando no se les asoció a la imagen de un Charles Manson y su «familia» de aspecto «hippi» y desaseado asesinando a, en su jerga, «pigs» (cerdos) como la actriz Sharon Tate, esposa del director Roman Polanski. Igual la cosa da para una entrega más de este sin duda apasionante relato.

Buenas tardes.

Lenny Bruce (1925-1966)

N.B.

Comediante cáustico, áspero y vitriólico norteamericano que fue pionero en los años sesenta del siglo pasado de los llamados «stand-up comedy» en EE.UU., monólogos humorísticos al igual de los que hoy se estilan en la televisión española intitulados «El Club de la Comedia» donde abundan los cómicos solitarios que inciden más en el costumbrismo que en lo «político», y si lo rozan, es a base de lo permisible y «políticamente correcto», salvo excepciones.

No era el caso de Bruce que no estaba dispuesto a que le riesen las gracias, más bien al contrario practicando casi un «anti-humor» por lo desnudo de sus denuncias y críticas a todo lo habido y por haber en una sociedad tan pacata como hipócrita. Lenny fue un rebelde -más que un revolucionario- de los años 60 que empezó a hacer de sus actuaciones -en locales y cafés- pequeños escándalos públicos en los que tocaba temas como la religión (él era judío neoyorkino: Leonard Alfred Schneider, su verdadero nombre), el sexo, el racismo, el KKK (Ku Klus Klan), las drogas, el aborto y lo políticamente incorrecto con un inconformismo absoluto. Una década, la de los 60, convulsa en las universidades y los suburbios, de contracultura, Vietnam, donde Bruce fue una especie de chivo expiatorio siendo detenido múltiples veces por «blasfemias» o por posesión de drogas.

Frank Zappa o Dylan lo reivindicaban. Cuanto más lo molestaban, curas y policías, más se crecía. Se lió con una «stripper» que le dejó (o al revés) y empezó a tener problemas con las drogas. En 1966 apareció muerto en la bañera por una sobredosis.

En 1974 el coreógrafo Bob Fosse (que dos años antes hiciera la célebre «Cabaret» con Liza Minelli y Joel Grey) realizó el biopic «Lenny», una suerte de docudrama enriquecido por el uso del blanco y negro, con un Dustin Hoffman realmente soberbio, imponente.

Ike Turner (1931-2007)

N.B.

Nacido en el Delta del Mississippi, fue famoso por zurrar a su esposa, la explosiva Tina Turner, con quien formó dúo (célebre su «Proud Mary»). Una pena ya que, porlo visto, se puede ser un maltratador y ser el pionero, cuando no el inventor, del rock, and roll, como fue Ike. El primer disco de rock’n’roll, «Rocket 88» (1951) es suyo (con su grupo «Kings of Rhythm» y Jackie Brenston.

Pero tuvo que ser, cómo no, un blanco quién se llevara la gloria: Bill Haley (y sus «His Comets», jugando con el Cometa Haley) y su «Rock Around The clock» (1955).

Turner, pianista precoz, guitarrista, cantante (aunque no le gustaba), se separó de Tina y declinó su estrella volviendo a los tugurios y al blues y a la coca.

Lo dicho: se puede ser un joputa y un tipo talentudo.

Buenos días.

Música enlatada

The Monkees
N.B.

Como la «risa enlatada» de las «soap operas» o «sit-com» norteamericanas, series y comedias donde aparecen las risas enlatadas que te recuerdan cuándo tienes que reírte si no quieres aparecer como un idiota, cosa que si no eres, se corre el riesgo de acabar siéndolo de consumir en exceso estos productos gringos. Como si de un foto-shop se tratara, allá a comienzos de los años 60 del siglo pasado, surgió en Inglaterra la llamada «beatlemanía», de «The Beatles», claro, que los americanos comenzaron a tratar de copiar la idea y surgieron multitud de grupos musicales que intentaban emular el ansiado sonido «escarabajo» (beatle). Era otra invasión británica, esta vez en forma musical, comandada por los ya nombrados Beatles, además de los Rolling Stones, The Animals (de Eric Burdon) y The Hollies (llamados por el sonido «Motown» a ser, o jugar, el papel reservado para ellos y no para Los Beatles, pero la cosa fue al revés), siendo lo curioso que estos se inspiraban en el «rythm & blues» estadounidense de la posguerra, al menos los discos que se oían en los pubs de la ciudad portuaria alemana de Hamburgo llevados por marinos yanquis y que escuchaban, actuando allí, en Hamburgo, en antros y cafetines, Lennon & MaCartney.

Si hubo un grupo americano -la fotoshop de que hablábamos, un «selfie»– que se acercó muchísimo en la copia y réplica a los ingleses fueron «Los Monkees», que a muchos de nuestros jóvenes lectores, sospecho, ni sonarán, pero en este blog tocamos todos los palos siguiendo las enseñanzas del Eclesiastés, que en griego significa «El Predicador», cuando se dice aquello de «nil novi sub sole» (nada nuevo bajo el sol), libro sabio veterotestamentario, cuya lectura recomendamos vivamente desde este modestísimo sitio. ¿Por dónde íbamos?

La idea del conjunto surge del productor Don Kirschner (nombre que olvidaréis en cinco segundos), quien tras ver el éxito del grupo de Liverpool, decide crear unos Beatles a la medida del público -joven- norteamericano. Para ello pone un anuncio en la prensa invitando a los jóvenes a aparecer en una futura serie de televisión, una especie de «cazatalentos» o «Un salto a la fama» a la española manera en los tiempos de la tele en blanco y negro. Se presentaron mogollón de adolescentes a probar suerte siendo muchísimos los rechazados (entre ellos, quién lo diría, el gran Stephen Stills, de «Buffalo Springfield» y «Crosby, Stills, Nash & Young» y también, hay que joderse, Nilsson acudió a la llamada, autor del inolvidable «Everybody’s Talkin’», tema de «Cowboy de medianoche» («Midnight Cowboy», 1969) y de la bella melodía «Without You»). Los elegidos fueron, aunque sus nombres tampoco digan ya nada, pero es nuestra obligación citarlos, que para eso nos pagan millonadas, Micky Dolenz, el británico Davy Jones, Mike Nesmith y Peter Tork, dos de ellos actores sin ninguna experiencia musical. El grupo contó con el apoyo de grandes compositores como Neil Diamond, Carole King que les proporcionaron algunos buenos hits como, por ejemplo, «I’m A Believer».

La serie televisiva de Los Monkees se emitió entre 1966 y 1968 alcanzando -era previsible- grandes cotas de audiencia convirtiendo al grupo en un fenómeno de masas. Lo que no obstó, para la crítica musical seria y circunspecta, eludir su imagen de PRODUCTO PREFABRICADO. En otras palabras, MÚSICOS FALSOS (como una «falsa disidencia»), que continuó con engendros como «The Archies» (los dibujos animados que cantaban «Sugar, Sugar», creados, como Los Monkees, por el productor Don Kirschner) o «Milli Vanilli» (quienes ni siquiera, te cagas, ponían la voz, un descojono).

Nada que ver con esa novena maravilla del mundo que fue nuestro genuino «El Príncipe Gitano» y su particularísima versión de Elvis «In the gettho». O El Fary, verdaderas armas de destrucción masiva.

Yo todavía me estoy recuperando de sus letales efectos.

Buenas tardes.

¡Hasta a Félix le censuraban!

N. Bianchi

Félix Rodríguez de la Fuente, por supuesto, ¿quién si no?, doctor en Medicina especializado en estomatología, nada sospechoso de ser antifranquista, y muy popular en los años 70 (murió en 1980 en un accidente de helicóptero en Canadá) por sus programas de divulgación científica en televisión como «Planeta azul» y «El hombre y la tierra». Precisamente de esta última serie se puede ver en la actualidad una reposición al mediodía en La 2 de TVE.

Pero fue en «Planeta azul» (1971) donde hubo problemas con la censura por injerencia (sí, es con jota) directa del asesor religioso del -entonces así llamado- Ministerio de Información y Turismo, Rvdo. Santos Beguiristain -damos el nombre para saciar la curiosidad de los tiquismiquis- quien la consideraba peligrosa. ¿Motivo? La Teoría de la Evolución. Hubo también, a la sazón, artículos de un supuesto -acá su nombre ya es irrelevante del todo y no queremos ofender a su descendencia- ingeniero geógrafo aparecidos en la revista de carácter religioso «Roca Viva» (nunca supimos de ella). A estos personajes se debe sumar al entonces Director adjunto de TVE Luis Ángel de la Viuda, este ya más conocido para los que frisan la cincuentena (siendo director general de TVE, desde 1969 hasta 1973, Adolfo Suárez), reconvertido en «demócrata» y metido en los chanchullos de las televisiones privadas desde su aparición. Un «listo».

Al grano. En marzo de 1971, el burgalés Rodríguez de la Fuente -personaje singular, con carisma, muy caricaturizado e imitado por cómicos- fue requerido por los jefes de TVE para comunicarle que no podía volver a pronunciar la palabra «evolución» ante las cámaras ni repetir cualquier programa que versara sobre antropología o evolucionismo. Según él mismo, la postura de Televisión era «tan rígida e insólita que, en su último programa, dedicado al mar, la censura -dice Félix, al que tuteamos- me cortó dos frases: ‘el mar, cuna de la vida’ y ‘los cetáceos, mamíferos marinos que regresaron al océano’». El programa «Planeta azul», que se emitía los lunes a una hora de máxima audiencia (las 9. 30 pm) -me niego a decir «prime time»-, pasaría a los domingos a las siete de la tarde.

Para quien se piense que estamos delante de un ateo de tomo y lomo, diremos que un estrecho colaborador suyo en el, diríamos, «espíritu» del programa, el paleontólogo partidario de la evolución, Miquel Crusafont, expone todo el sentido finalista con que interpreta la evolución al describirla como la preparación del «advenimiento del Hombre (con mayúsculas) como el ser más perfecto de la Creación (también con mayúsculas)… un proceso que es producto de que Dios (acá ponemos mayúscula para no incurrir en falta de ortografía. Nota mía. NB) dejara a las causas segundas la posibilidad de la formación de las especies en el Planeta (la única mayúscula que se la merece) mismo». Va de suyo que en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, en España (o el Estado español en otra latitudes y longitudes) apenas tenía cabida el pensamiento evolucionista (obsérvese que ni siquiera mencionamos ni de refilón a Darwin, y no por falta de ganas, sencillamente no hizo falta). Aún así, siempre hay rendijas por las que se cuela brisa divulgativa, sobre todo en Catalunya, para un movimiento evolucionista finalista-teilhardista (*) durante las décadas de 1950 y 1960. Por un lado, se aceptaba la explicación darwiniana de la selección natural, y por otro se rechazaba especialmente la influencia de la genética y el azar. Los teilhardistas españoles estaban encabezados por Crusafont.
Buenas tardes.

(*) Teilhard de Chardin (1881-1955), paleontólogo francés -incurso en un semiescándalo en el llamado caso de «El hombre de Piltdown», un supuesto descubrimiento -en los años diez del siglo pasado- del eslabón perdido entre el mono y el hombre que resultó ser un fraude, pero bastantes años después del timo, en los años cincuenta)-, filósofo y jesuita sinólogo (también se puede ser franciscano o dominico sinólogo, por supuesto, e incluso ser sinólogo sin hábito).

Según él, y muy sucintamente dicho, Dios está presente en cada partícula en forma de energía espiritual específica, que es motriz y orientadora de la evolución. Presenta el desarrollo del Universo como una serie de etapas de la evolución del espíritu que se realiza mediante la complicación de la materia. Interpretando la ciencia como variedad de la actitud religiosa hacia la realidad, Teilhard espera eliminar la contraposición entre la fe y el saber. ¿Entendieron?

Aroma de gol

Nicolás Bianchi

¿Es el fútbol un mero juego? Sabemos que no desde que, ya en los años 30 del siglo pasado, y aún antes, se impuso la profesionalización del jugador, del player. ¿Será acaso un deporte? Lo dudo en vista de que, sin hablar de los intereses comerciales y, por supuesto, políticos, que rodean el Planeta Fútbol, el romántico «fair play» desapareció e inclusive se guiña el ojo de manera cómplice cuando un futbolista trata de engañar alevosamente al árbitro simulando penalties imaginarios, algo que un gentleman british -pioneros amateurs en la elitistas universidades inglesas- no hubiese tolerado bajo ningún concepto. ¿Concluiremos que el fútbol es un arte? La pregunta es arriesgada e, incluso, en primera instancia, osada, rozando lo ridículo. Me inclinaría por una respuesta afirmativa viendo a Messi o a, entonces, Romario, verdaderos «artistas», ¿no es cierto? Del primero, el entrenador del Arsenal londinense -equipo histórico-, Arsène Wenger, dijo que «es un jugador de play-station». Del segundo, Valdano opinaba que era un futbolista «de dibujos animados». Jugadores de enorme talento que le insuflan belleza al fútbol, pero que no son «cracks». El fútbol es una disciplina colectiva y combinada, pero un «crack» no es un goleador tipo Cristiano Ronaldo (y el otro Ronaldo, mucho mejor y plástico que el portugués, a mi juicio, aunque menos efectivo), sino quien pide la pelota para jugarla tipo Xavi y, antes, el mejor: Cruyff. O el olvidado George Best. Hoy le llaman «fútbol de autor». Estos son los «cracks»; los demás, «killers» del área. Claro que también hay quien cree que -y parece una boutade pero tiene su aquel- «el fútbol es un juego donde se patea con la cabeza y se piensa con los pies». Suena a chiste fácil. Pep Guardiola decía que de su infancia sólo recordaba el balón. O el ditirambo de A. Camus que dijo aprender a filosofar bajo los palos de una portería de fútbol.

Y es que el fútbol, como decía el míster escocés Bill Shankly, descubridor del legendario jugador de los años 60 y también escocés, Denis Law, «no es asunto de vida o muerte, sino algo mucho más importante». Típico british sense of humour. Había un sketch, absolutamente genial, de Monty Python, en el que la selección alemana de fútbol se enfrenta con la griega, pero los jugadores teutones, vestidos con túnicas y clámides helenos, son figuras como Hegel, Leibniz (a Kant no le hacemos pateando el esférico, la verdad) y Heidegger -por un lado- y Sócrates, Aristóteles y Pitágoras (a Heráclito tampoco le vemos rematando de chilena), por el otro. ¿Por qué resulta desopilante el absurdo? Probablemente porque hay pocas cosas que se consideran tan distantes, pero no antagónicas,  como el fútbol y la filosofía. Carlos Goñi Zubieta, doctor en Filosofía, tituló un libro suyo como «Fútbolsofía». Bueno, es ocurrente. Hay más (libros), sobre todo británicos y argentinos y también españoles sin que conste alguno firmado por el «catedrático» Manolo el del Bombo.

Para el polifacético escritor mejicano Juan José Arreola, el fútbol era menos intelectual que, por ejemplo, el tenis o el ping-pong (o pimpón), particularmente porque aquél «carecía de la intermediación de la raqueta». Los movimientos del fútbol -añadía- «ocurren en bruto, sin pasar por un instrumento civilizatorio y, además, prescinde de las manos, fundamento de la cultura»… Para Arreola, la práctica del soccer (sic) era un regreso a la edad temprana del hombre sin utensilios. No se le ve al jalisciense muy entusiasta  (igual que Borges que abominaba de «esa cosa estúpida de ingleses… un deporte estéticamente feo») del deporte-rey, que digamos.

Menos mal que a los que gustamos -otra cosa es entender- del balompié nos redime la bonhomía del recién fallecido Eduardo Galeano señalando -en su ya clásico «El fútbol a sol y sombra»– que «el mundo intelectual siempre ha adoptado una actitud despectiva y arrogante con el fútbol y todo lo que este deporte desata como pasión colectiva. Este juego ha sido condenado por intelectuales de derecha y de izquierda. En la derecha porque, dicen, es la prueba de que el pueblo piensa con los pies; y en la izquierda, porque creen que el fútbol tiene la culpa de que la gente no piense». Más tarde, la «intelligentsia» fue saliendo del armario y declararse forofo de un equipo determinado -aunque no fuese el de tu ciudad- vestía fetén. Eso sí, sin ser fanáticos, eso la plebe, la chusma. El fútbol era el «opio de los pueblos». Tal vez dicho por quienes ni probaron el opio ni sabían lo que era el pueblo. Un fenómeno social de masas, del pueblo, tan universal, y transversal, por fuerza tenía que imponerse más allá de aquella lapidaria frase que lo señalaba allende la religión, como «opio del pueblo», expresión de manifiesta resonancia marxista, como es sabido (en los tiempos de Marx en Londres, se fundó el primer «team» -equipo- de «foot-ball», el Sheffield, en 1855). Incluso aunque así fuese, un opio, igualmente merecería toda la atención del caso. Claro que, como decía el exfutbolista inglés Kevin Keegan, de extracción obrera, no se ha encontrado nada mejor para reemplazar al fútbol.

César Luis Menotti, entrenador campeón de Argentina del Mundial de 1978, con la dictadura, hablaba -desbrujulado socolor de sofisticado, a mi modo de ver- de fútbol «de izquierdas» y otro «de derechas». El primero buscaría el espectáculo (o sea, él) y el segundo el resultado (esto es, Bilardo, Clemente o ahora Simeone, fútbol que no agrada mucho o nada en Argentina, dicho sea de paso), espectáculo y resultadismo. Pier Paolo Pasolini, que le diera patadas a la bola en su Bolonia natal, dividió el fútbol en «poético» (el brasileño con regate y gol, aroma de gol) y el «prosaico» que sería el europeo con «catenaccios» y sin imaginativos gambeteos (dribblings). Son paridas, chorradas, a mi modo de ver. Como la vertiente psicoanalítica que habla de un «nosotros» que forzosamente implica un freudiano «ellos» y de aquí las rivalidades cuasiépicas y semibelicosas que tanto explotan los mass media. O la anulación simbólica de las clases sociales -y ya no hablamos de ninguna tontería- en un estadio animando por igual a tu equipo del alma, algo así como suspender la lucha de clases, una tregua (cuya estratificación refleja la propia grada con tribuna, general, preferencia, etc) por noventa minutos… más el añadido.

Lo cierto, y esto es básico y elemental, es que no hay fútbol sin público, al igual que un partido jugado a puerta cerrada por sanción es un partido-fantasma, sin espíritu, desgarrado (sin garra). Ahora el «stablishment» nos quiere a todos sentaditos en las bomboneras, y ni tan mal, pero calladitos como quien ve, mudo, un partido de tenis. O asiste a la escucha del himno nacional… sin pitada. Y no, oiga, que ya es moda.

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