La web más censurada en internet

Etiqueta: Ciencia (página 1 de 1)

No es ciencia, es superstición: la muerte del catolicismo y el nacimiento del dogma pandémico

La etiqueta de «negacionista» es ya una realidad, y se ha convertido en el adjetivo preferido de cualquiera que se oponga a un cuestionamiento del relato oficial. Al comienzo de la llamada «pandemia» y de los confinamientos, cuando había únicamente una única versión sobre lo que ocurría, fue necesario investigar un poco para encontrar otras hipótesis científicas. Leer más

De ratones y mujeres

Tengo una amiga con un ratón en casa. No es que haya acudido a mí histérica y me lo haya confesado pidiéndome solución rápida por ser yo defensor de los animales, ni por tanto pretende con ello que le solucione el «problema». Porque no hay tal. El roedor vive en su casa desde hace algo más de un año; emprende sus correrías cuando toca y se abastece de lo que pilla cuando procede. ¿Cómo consiguió el pequeño entrar en la vivienda de mi amiga?, se preguntarán ustedes. (Y si no lo hacen es lo mismo, porque lo voy a contar de igual manera). Pues por la puerta, el sitio más lógico incluso para un ratón. O no tanto. En realidad, nuestro amigo ingresó en su nuevo hogar en estado de semiinconsciencia, tendido cuan largo era sobre el fondo de una caja de zapatos, cubículo perfecto para su traslado desde la calle, donde no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, menos si tenemos en cuenta que acababa de ser rescatado de las fauces de un gato callejero, quien, quizá sin mala intención, dio rienda suelta por un momento a su ancestral instinto. (Nadie le culpa por ello).

Imagino que durante los primeros días le invadiría el desconcierto ―al ratón, digo―, pero enseguida pareció amoldarse con pasmosa naturalidad a su nuevo hábitat. Bien es cierto que a ello ayudó el hecho de que mi amiga le procurase desde el inicio el condumio necesario en cantidad suficiente, y él lo agradece no dejando ni rastro de los presentes. Mi amiga no lo ve con frecuencia, pues es sabido que los ratones son grandes amantes de la discreción, pero escucha a diario sus patitas cuando al anochecer él despierta y se dispone a iniciar su particular jornada. Sabe que le espera su platito de cereales ―de los del desayuno de humanos, de marca, pues a lo bueno se acostumbra uno enseguida―, mas no es ésa su comida favorita, pues tal honor se lo lleva la harina integral: pasión es lo que tiene por ella. Porque en casa de mi amiga se hace pan a diario, con productos naturales y sin conservantes, con lo que es fácil adivinar de dónde le viene al muy pendenciero la salud de hierro de la que parece gozar hasta la fecha, por cuanto conviene aportar como dato adicional que nuestro protagonista pasó en pocas semanas de esmirriado a rollizo.

Durante meses el ratoncito confió en sus anfitriones, dado que estos nunca mostraron hacia él el menor atisbo de agresividad. Pero todo cambió el día en que trataron de capturarlo con el loable deseo de ofrecerle la libertad en el campo. El susto que se llevó el pequeñajo al verse acorralado en el pasillo por la pareja de grandullones hizo que a partir de entonces perdiera toda fe en los humanos, lo que en cierta forma refuerza la tesis de que los animales ―ratones incluidos― poseen una inteligencia bastante mayor que la que nuestro antropocentrismo les atribuye.

No será la primera vez que una visita advierte de repente la presencia del enano y pega un brinco en la silla, situación que mi amiga trata de reconducir con un lacónico “no te preocupes, es de casa”. La visita despeja entonces las exiguas dudas que albergaba sobre el equilibrio emocional de la dueña: piensa que está loca. Y algo de ello debe de haber, pues en una sociedad que masacra a inocentes animales en masa por los motivos más triviales, adoptar a un ratón como refugiado necesariamente tiene que suponer por fuerza algún tipo de síndrome ético no diagnosticado hasta la fecha.

A mi amiga le horroriza pensar que alguien pueda enterarse de su secreto fuera de su círculo más íntimo, y de hecho yo no creo estar desvelándolo si la mantengo a ella en el anonimato. A veces me cuenta entre cómplice y emocionada detalles de su convivencia diaria con un ser que tiene sus horarios, sus preferencias, e incluso sus manías. Me hace partícipe de su particular experiencia: compartir piso con un pequeño duende que con toda seguridad envejecerá con dignidad, a buen recaudo de los monstruos humanos que hemos endosado a los roedores la poco amigable etiqueta de “plaga a exterminar”, como si nosotros no fuéramos de hecho la peste más destructiva que el mundo haya conocido. Él acabará sus días sin haber sentido nunca los insoportables retortijones del veneno, sin haber sido perseguido por una horda de jovencitos con aviesas intenciones, sin haberse visto en la necesidad de vivir exiliado en el permanente destierro de las alcantarillas. Él es un ratón feliz, o al menos todo lo razonablemente feliz que pueda ser un ratón. Porque los ratones sienten, créanme. Eligen entre diferentes posibilidades si se les da la oportunidad. Y ―¿sorpresa?― optan por aquello que les ofrece sensaciones agradables, al tiempo que rechazan el dolor. Ser ratón no implica necesariamente ser imbécil, como ya habrán adivinado.

Apuesto a que pocos de ustedes conocen una historia como la de mi amiga y su ratón. Y de conocerla, hay muchos boletos para que esté protagonizada por una mujer. Porque es este un apartado especialmente significativo para quienes hemos estudiado en algún grado el fenómeno de nuestro comportamiento con los animales. Tal vez sea una chaladura de las mías, pero me dio por pensar que las mujeres han acabado desarrollando una especial empatía hacia los más débiles: las víctimas humanas y animales. Si algo de eso hay, tengo pocas dudas de que tal virtud les viene dada por conocer bien lo que significa ser pateada, golpeada, expulsada de casa; conocer lo que es verte sin hijos y sin futuro, ser paria entre las parias. Son muchos siglos de estigma de mujer, y eso pesa como una cruz de cemento. Pero sobre todo lo saben por la experiencia ancestral de haber cuidado de la prole, adquiriendo la habilidad de dar la teta al bebé, hacer la comida y mantener la choza en condiciones razonablemente dignas. Otro día hablamos de las habilidades masculinas, que también las hay. Pero hoy tocan las chicas.

Recuerdo haber asistido como público a una conferencia del cineasta Juanma Bajo Ulloa en Barcelona, hace de esto ya unos cuantos años. Confesaba Juanma en un momento dado que en las fiestas brutas de los pueblos donde se martirizan animales él solo veía hombres, que las gradas de las plazas de toros estaban ocupadas fundamentalmente por hombres, que quienes cazan animales por diversión son hombres en su práctica totalidad… y que en aquella sala veía sobre todo mujeres. Podría pensarse que el bueno de Juanma recurría por la siempre fructífera corrección política el aplauso fácil de la audiencia. Apenas le conozco en lo personal (cumplimos con el preceptivo interés mutuo por el otro al cruzarnos en el barrio), pero seguro estoy de que lo decía con absoluto convencimiento, y de que era su corazón quien hablaba por él.

El curiosísimo y decimonónico caso de la señora Kingsford

Aunque los menos, algunos activistas por los derechos animales han llegado a la agresión física de sus oponentes: por ejemplo, fueron objetivos diana los partidarios del uso de animales en experimentación (eso que aún se sigue denominando “vivisección”).

Médicos, farmacéuticos y hasta simples teóricos recibieron en sus buzones cartas amenazantes, e incluso descubrieron horrorizados bajo su automóvil paquetes, que dejaron de ser sospechosos para pasar a ser oficialmente bombas caseras. Los militantes más corajudos se la jugaron, pagaron por ello con la cárcel, y hasta alguno con la propia vida tras varias huelgas de hambre. A buen seguro que cualquiera de ellos daría gustoso sus dedos meñiques por conocer la fórmula secreta de la señora Kingsford, quien se llevó por delante con total impunidad a más de un afamado vivisector. O eso tienden a creer las mentes más fantasiosas.

Ya desde niña, la entonces Annie Bonus aprovechó la condescendencia de su padre, un próspero comerciante inglés, y comenzó a leer… ¡y a escribir! ―mediado el siglo XIX y con vagina de serie, sendas proezas―. La chica era más bien rarita, mas no por las aficiones relatadas, sino por la obsesión que acabó condicionando su vida. Dada al ocultismo, y por zanjar cuanto antes algo tan inevitable en la época como el matrimonio, contrajo nupcias con un clérigo (familiar cercano, por más señas), de quien tomó su definitivo apellido. La pareja consensuó desde el primer momento la absoluta independencia de cada cual, a tal punto que Anna se trasladó a París con la doble intención de estudiar Medicina y continuar con sus investigaciones esotéricas. No gozó de especial simpatía entre la comunidad universitaria, fuera por su convencido vegetarianismo, fuera por sus ideas en general radicales, o quizá debido a su férrea condena de la vivisección. Y sí: para la buena de Anna resultaba del todo compatible estudiar una ciencia empírica y comunicarse con genios y espíritus.

La señora Kingsford sentía verdadero odio hacia las prácticas que sus compañeros de estudios realizaban con toda suerte de animales, y solía retar a los profesores a que experimentaran con ella misma si tenían valor. Le eran insoportables los aullidos desesperados de las víctimas, y sobre ello escribió: “He hallado mi Infierno en esta Facultad; un Infierno más real y terrible que cualquiera que pueda encontrar en otra parte”. En cierta ocasión llegó a espetarle un contundente ¡Asesino! al mismísimo Claude Bernard ―entonces profesor suyo― en plena clase, cuando este explicaba cómo cocinó vivos a unos pobres animales para estudiar la cuestión del calor corporal. Con toda su rabia anheló que el profesor muriese esa misma tarde. Si bien no satisfizo su deseo al completo, apenas tuvo que esperar seis semanas, pues al poco del incidente en el aula Bernard cayó enfermo, y falleció mes y medio después sin diagnóstico médico.

Anna asumió con relativa naturalidad que había sido ella la inductora de la muerte del profesor Bernard, y se prometió en la intimidad de su dormitorio que a partir de entonces, en calidad de “ángel exterminador”, dedicaría parte de su energía a acabar con todo vivisector que se cruzara en su camino, convencida de que con ello no hacía sino impartir una especie de Justicia Divina para la que sin duda había sido elegida. Fijó su próximo objetivo en otro profesor: el Dr. Paul Bert. Tras graduarse con notable éxito, pasaría a la historia como la primera estudiante que objetaba a las horribles prácticas de vivisección. Pero ahora estaba centrada en su particular cruzada. Bert no tenía empacho alguno en dejar agonizando durante toda la noche a los animales objeto de sus experimentos, pavoroso escenario que hasta provocaba el insomnio en parte del barrio. El doctor expiró a finales de ese mismo año.

Si su primer “logro” la convenció de ciertos poderes sobrenaturales ―y hasta justicieros―, el segundo la animó aún más en su particular empresa. Metida en faena… ¿por qué no Louis Pasteur? Desdeñó la lenta y antropocéntrica mano de la Justicia, persuadida de que su método era mucho más eficiente, audaz y rápido. Pero la magia es ante todo caprichosa, y lo mismo te ofrece confianza que te da un disgusto de los gordos. Una tormenta, por ejemplo, al salir a hurtadillas del despacho de quien pretendía fuera su tercera víctima. De aquella incursión nocturna cogió una neumonía de las de hace siglo y cuarto, ninguna broma. Y de ahí a la neumonía y posterior tuberculosis, un paso. Mal asunto. Efectivamente, Anna murió en febrero de 1888. Según contaron quienes la acompañaron en el trance, la pobre pasó sus últimos meses atormentada por los gritos e imágenes de los animales en las mesas de prácticas.

Pasteur le sobrevivió siete años largos, con lo que quedaría en parte desmontada la supuesta habilidad mental de la señora Kingsford. O no. Porque en la época en que la mujer ejercía con todo ahínco su odio hacia el científico, este cayó gravemente enfermo, recobrando la salud al poco de que Anna abandonase este valle de lágrimas.

La caída de la actividad solar está provocando un descenso inédito de las temperaturas

Disminuye la actividad del Sol - Ambientum Portal Lider MedioambienteNo es únicamente el planeta el que está «confinado» y con su actividad clausurada. La actividad del sol también ha caído y varios científicos advierten que esto podría causar un clima helado, terremotos y hambruna, ha publicado el diario The Sun.

A medida que el sol está entrando en su período de «mínimo solar», su actividad ha disminuido, y los científicos informan que ya han pasado 100 días en los que el sol no ha mostrado manchas solares.

Las manchas solares son «áreas frías del tamaño de un planeta en el sol, donde intensos bucles magnéticos asoman a través de la superficie visible de la estrella«, explica la agencia especializada Spaceweather.

Esto significa que podría estar entrando en uno de los períodos más profundos de recesión solar que podría desencadenar largos períodos de frío, hambruna y otros problemas. 

El astrónomo Dr. Tony Phillips ha afirmado que “el mínimo solar está en marcha y es profundo. Los recuentos de manchas solares sugieren que es uno de los más profundos del siglo pasado. El campo magnético del sol se ha debilitado, permitiendo rayos cósmicos adicionales en el sistema solar«.

 

«El exceso de rayos cósmicos representa un peligro para la salud de los
astronautas y los viajeros polares, afecta a la electroquímica de la
atmósfera superior de la Tierra y puede ayudar a desencadenar los
rayos
«.

 

El mundo podría sufrir una hambruna a medida que las temperaturas caen hasta 2 ° C en 20 años.Spaceweather
revela: “En lo que va del año, el Sol ha estado en blanco el 76% del
tiempo, una tasa que solo superó una vez antes en la era espacial.
El año pasado, 2019, el Sol estuvo en blanco el 77% del tiempo. Dos años consecutivos de impecable récord se suma a un mínimo solar muy profundo«.

Según ha informado The Sun, los científicos de la NASA temen una repetición del «Mínimo de Dalton» de 1790 y 1830, que condujo a un período de frío intenso y erupciones volcánicas potentes.

La recesión solar provocó una devastadora erupción volcánica en 1816 en Indonesia, que mató a 71.000 personas.

Aunque el último mínimo solar ocurrió en 2013-2014, se clasificó entre los débiles.

‘Cada vacuna es una inyección de adrenalina en el corazón de la economía africana’

Miren bien la foto adjunta porque resume muchas cosas en una misma imagen. En ella aparecen el financiero Michael Milken, Bill Gates, que no necesita presentación, el Presidente ruandés Paul Kagame, y Tony Blair, el laborista que desató la intervención militar de Gran Bretaña en Irak en 2003 cuando era Primer Ministro.

Hace un año Bill Gates y Paul Kagame escribieron un artículo conjunto para la CNN que se titulaba “Cada vacuna es una inyección de adrenalina en el corazón de la economía africana” (1).

Ya hemos explicado los manejos de Gates en Nigeria, que se pueden hacer extensivos a muchos países africanos que padecen sus experimentos seudomédicos en medio de la indiferencia total y absoluta que, por lo demás, es característica: el Continente Negro y su población le importan un bledo al mundo. Con ellos pueden hacer lo que les venga en gana porque nadie va a levantar la voz.

Sin que hubiera ningún muerto, Ruanda fue el primer país africano en imponer el confinamiento a la población (2), aunque en el Tercer Mundo no se debería utilizar dicho término porque la población vive al día. Confinar no significa otra cosa que reducir mediante el hambre, un instrumento de guerra muy utilizado desde la Antigüedad.

En el Tercer Mundo el confinamiento es una pura imposición del neocolonialismo porque si hay un lugar donde está claro que la pandemia es pura ficción es en el Hemisferio Sur. A fecha de hoy en Ruanda sigue sin haber ni un sólo muerto que imputar a la pandemia (3).

Con el confinamiento llegó el hambre y la muerte y el gobierno de Kagame tuvo que poner a las ONG en marcha para repartir alimentos y cuando los bancos de alimentos agotaron sus existencias, que fue muy pronto, iniciar la “desescalada”, otorgando salvoconductos para que la población pudiera buscarse la vida. De cara a la galería, el gobierno mantenía el guión con los neocolonialistas; el confinamiento seguía, pero la mayor parte de la población estaba en la calle.

En marzo Babyl, la sucursal de Babylon en Ruanda, firmó un contrato de diez años con el gobierno de Kagame por el que cada ciudadano mayor de 12 años tiene acceso a consultas de salud digitalizadas, es decir, registradas, controladas y subvencionadas por Bill Gates.

En Ruanda la pandemia ha servido, pues, para imponer un sistema de dominación donde antes no lo había, siempre con el pretexto de promover la salud, de ayuda a los (inexistentes) servicios de sanidad y, sobre todo, de castración de las poblaciones africanas, o por decirlo más claramente: de exterminio.

Como ya hemos explicado en otras entradas, en la degenerada cabeza de Gates, las vacunas no son un instrumento de salud sino un medio para estimular el crecimiento económico, aunque hay que entender que se refiere a la de las grandes potencias imperialistas, no a la de países como Ruanda. Los países pobres deben seguir siendo pobres para que los países ricos puedan seguir siendo ricos.

Las vacunas que Gates financia no sirven a la vida sino a la muerte. Gates no quiere salvar vidas sino acabar con ellas porque, como él mismo ha repetido en muchas ocasiones, que la reducción de la población mundial es imprescindible para reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera.

“Hay 6.800 millones de personas en el mundo hoy en día. Deberíamos llegar a 9.000 millones. Con muy buenos resultados en nuevas vacunas, atención médica, control de la natalidad, tal vez podríamos reducirlo entre un 10 y un 15 por ciento”, reconoce este criminal en una entrevista.

(1) https://edition.cnn.com/2019/03/22/opinions/african-health-key-economic-growth-paul-kagame-bill-gates/index.html

(2) https://www.dw.com/en/coronavirus-rwanda-imposes-africas-first-lockdown/a-52878787 
(3) https://www.worldometers.info/coronavirus/country/rwanda/

Más información:
– Sobornan con 10 millones de dólares a los diputados nigerianos para imponer la vacunación obligatoria

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies