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Bolsonaro: en las elecciones todo es de mentira

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha destituido a su ministro de la Secretaría General de la Presidencia, Gustavo Bebianno Rocha, salpicado por un escándalo de financiación irregular de campaña electoral de su partido.

El general Floriano Peixoto asumirá la cartera vacante. El número de militares en el gobierno asciende ya a ocho.

Bebianno era el presidente del Partido Social Liberal durante la campaña electoral, cuando cometieron un fraude en la utilización del Fondo Especial de Financiación de Campaña para sus candidatos.

El antiguo ministro ha negado en todo momento cualquier irregularidad porque en una campaña electoral todo es mentira, todo es falso y todo es fraude. Pero como los engaños se han normalizado, a nadie le sorprende.

El fraude lo reveló el diario Folha de São Paulo en octubre del pasado año. Una retahíla de multimillonarios ligados a Bolsonaro financió la campaña, en contra de una ley que se acababa de aprobar expresamente para impedir ese tipo de conductas.

Los fascistas contrataron a empresas informáticas para difundir mensajes falsos por las redes sociales, calumnias y fotos trucadas, hasta el punto de crear un auténtico “matrix”, un mundo paralelo que sacudió a millones de votantes un día tras otro.

Los operadores de telefonía y otras grandes empresas vendieron ilegalmente la bases de datos de sus clientes para poder enviarles mensajes falsos en masa.

Tras conocer el fraude, WhatsApp bloqueó cientos de miles de números de Brasil usados para divulgar masivamente noticias falsas a favor de Bolsonaro, además de una serie de números de Estados Unidos que formaban parte del fraude.

La nueva ley brasileña establece la posibilidad de anular las elecciones y, por lo tanto, destituir a Bolsonaro de su cargo, algo que no va a ocurrir, a pesar de que dos de los contendientes del fascista lo han solicitado a los tribunales.

Antes del inicio de la campaña de intoxicación, Bolsonaro aparecía como perdedor en todos los sondeos por una diferencia muy grande de votos respecto a los demás candidatos. Fue subiendo a medida que el fraude empezaba a llegar a las redes sociales, hasta que la última semana la campaña se hizo aún mucho más agresiva.

¿Por qué millones de brasileños se creyeron las mentiras de Bolsonaro? Por la Ley de Goebbels: la confianza en un mensaje no depende de su contenido sino del número de veces que se repite.

Más información:

– Elecciones virtuales, candidatos virtuales, partidos virtuales, democracias virtuales

Brasil otra vez bajo la bota militar yanqui

Darío Herchhoren

En 1964 el ejército brasileño dio un golpe de estado contra el presidente de Brasil Joao Goulart bajo el mando del General Castelo Branco, inauguraba de esa manera la terrible instalación de dictaduras militares en Sudamérica que siguió luego en Bolivia con el general Banzer, en Uruguay con la dictadura cívico militar de Bordaberry, en Argentina con la dictadura de Videla y en Chile con Pinochet.

Ya en años anteriores el presidente de los EEUU Richard Nixon predijo que «a donde vaya Brasil irá Sudamérica». Y se cumplió fielmente. El golpe brasileño tuvo unas características muy particulares, ya que los militares establecieron unas condiciones que les permitieron una gran autonomía con respecto a la injerencia de los EEUU en su política interior. Es así como la dictadura militar brasileña se propuso desarrollar el país sobre todo en materia científica y tecnológica, para lo cual permitió que investigadores venidos de los países limítrofes, sobre todo de Argentina y Uruguay, se instalaran y pudieran trabajar con relativa libertad.

El mentor de esa política fue el jefe de la fuerza aérea brasileña brigadier general Silvio Heck. Es decir que «solo se reprimió a aquellos que se debía reprimir». La represión se centró en líderes sociales, campesinos, estudiantiles, culturales; y con ello demostraba la dictadura militar brasileña una actitud mucho más inteligente que sus homólogas vecinas.

Pero el huevo de la serpiente ya estaba puesto y era solo cuestión de tiempo para que eclosionara, y pariera a otra serpiente.

La dictadura militar brasileña comenzó a soltar lastre, y aflojar la represión y de esa manera surgieron gobiernos civiles como el de José Sarney y el de Henrique Cardoso, que obviamente contaron con el apoyo vigilante del ejército,que dio un paso atrás y permitió la «apertura democrática», que posibilitó el triunfo de Lula Da Silva.

La presidencia de Lula significó que muchos de los «farraposos» (harapientos como les llaman las élites de Sao Paulo) salieran de la pobreza y abandonaran los peldaños más bajos de la sociedad. Ese gobierno sacó a 38 millones de brasileños de la miseria y los incorporó a las las clases medias  de la sociedad; y ese hecho hizo que sonaran las alarmas.¿Cómo era posible que los farraposos de ayer fueran a los mismos restaurantes, a las mismas escuelas, a las mismas playas y a los mismos cines que nosotros? La «buena sociedad basileña», profundamente racista, no podía permitir ese desmán. Había que impedir como sea que otra vez ganaran los desarrapados, los marginados, los miserables de siempre. Para ellos bastaba con las comparsas del carnaval, la bossa nova y el futbol.

Algo muy parecido a lo ocurrido en Argentina con el triunfo de Macri, donde la clase media dio el gobierno a ese servidor del imperio. Ese es quizá el mayor de los motivos que llevaron al triunfo de Bolsonaro, un oscuro diputado ex militar y conspicuo fascista, que ocupará el palacio de Planalto sede de la presidencia de Brasil. Esta vez el ejército brasileño, que había jugado la carta nacionalista aunque «ma non tropo» en 1964, prefirió la entrega del país al imperio con tal de que los farraposos no salgan del lugar donde deben estar. Pero esto tiene los pies de barro; y con la pérdida de la cámara de representantes por parte de Trump; el mentor de Bolsonaro, este último quedará colgado de la brocha, y su gobierno pasará con pena y sin gloria.

Regresó a Brasil el papel tutelar de los militares

Ernesto López
La destitución del Dilma Rousseff se consumó el 30 de agosto de 2016.
Poco apegado a derecho, polémico y contumaz, el Senado concluyó un
proceso que había comenzado nueve meses antes. No existía prueba
suficiente sobre la implicación de la presidenta en el delito por el que
se la acusaba, que pudiera justificar su impeachment. Sin
embargo ocurrió. Un anticipo de lo que terminaría resultando pudo verse
en la sesión de la Cámara de Diputados que trató el asunto. Una mezcla
de insustancialidad y malicia, en ambos casos políticamente orientada
–aunque casi payasesca— fundamentó los votos. “Por mi esposa Paula”,
argumentó uno; “por mi nieto Gabriel”, explicó otro; “por la tía que me
cuidó de pequeño”, arguyó un cuarto; “por los militares del ’64” indicó
un quinto, y así de seguido. El capitán retirado y también diputado Jair
Bolsonaro, actual candidato a presidente, dedicó el suyo al coronel
Brilhante Ustra, un destacado torturador de la última dictadura militar
brasileña.
En este primer momento hubo algo así como una aquiescencia silenciosa
de los uniformados que hicieron llegar por vías no públicas sus
opiniones (o presiones) a diputados y senadores. Boaventura de Sousa
Santos calificó como neogolpe a lo sucedido e indicó: “Hay una
presencia no muy obvia, discreta pero evidente de los militares”, en
declaraciones que ofreció en medio del proceso a BBC Mundo (13/05/17).
Algunos analistas prefirieron hablar de golpe palaciego o legislativo y
otros –entre los que me cuento— de golpe blando. Es que la ausencia de
una participación activa de los uniformados que impusiera por la fuerza
una alteración del orden político vigente descartaba la figura clásica
del golpe militar.
La ofensiva contra Luis Ignacio Lula Da Silva, segunda fase
del ya consumado golpe blando (o como se prefiera llamarlo), no se
desenvolvió en el plano parlamentario sino en el judicial. Y en esta
oportunidad los militares han tenido un papel más perceptible.
Con el proceso contra el ex presidente ya iniciado, pasaron a operar
más abiertamente. El 17 de septiembre de 2017 el general Antonio
Hamilton Mourão, entonces a cargo de la Secretaría de Economía y
Finanzas del Ejército, desarrolló una conferencia realizada en Brasilia
ante una asociación masónica.
Mencionó en ella tres veces la palabra intervención con
referencia a los uniformados. En su parte más saliente afirmó: “O las
instituciones solucionan el problema político por la acción del Poder
Judicial retirando de la vida pública a esos elementos envueltos en
todos los ilícitos o entonces nosotros tendremos que imponer eso
[eufemismo que reemplaza a intervenir (E.L.)]. Entonces si tuviera que
haber, habrá [intervención]. Pero hoy consideramos que las
aproximaciones sucesivas tendrán que ser hechas”. Un tanto elíptico en
aquel entonces, este aviso –transmitido mediante una exposición oral, no
en forma escrita— se hace completamente claro hoy en día y revela una
elaborada maquinación. Ante tamaña expresión de un subordinado, el
general Eduardo Vilas Boas, comandante del Ejército, se mantuvo
impasible en aquel momento. Consultado por los medios se limitó a
elogiarlo en el plano profesional: “Es un buen soldado”, dijo. Mourão,
por su parte, no se detuvo. En diciembre de 2017 volvió a hacer una
defensa de la intervención militar como solución a la crisis política de
Brasil. Entre otras cosas aclaró que el Ejército podría desarrollar un
papel “moderador y pacificador”.
Lo ocurrido en estos días –la negativa del Supremo Tribunal Federal a conceder el hábeas corpus
al ex presidente y la casi inmediata decisión del juez Moro de disponer
su encarcelamiento— pone en evidencia que Mourão no era un antojadizo
opinador castrense sino el expositor de un plan preconcebido que se
había puesto en marcha. En su tramo final vinieron a corroborarlo las
palabras de Vilas Boas, dadas a conocer por Twitter el día previo a la
reunión (y a la decisión) del antedicho Tribunal: “Aseguro a la Nación
que el Ejército Brasileño busca compartir el anhelo de todos los
ciudadanos de bien, de repudiar la impunidad y de respetar la
Constitución, la paz social y la democracia, y el ejército se mantiene
atento a sus misiones institucionales”. Por la misma vía le respondieron
inmediatamente tres generales en actividad: “Tengo la espada al lado,
la silla equipada, el caballo listo y aguardo sus órdenes” (general
Chagas); “Comandante, estamos juntos en la misma trinchera” (general
Miotto); “Estamos juntos comandante” (general Freitas). Otros lo harían
un poco más tarde.
El mensaje estaba mandado. El momento crucial de la acción anunciado
por Mourão había llegado: el Poder Judicial en su más alta instancia
debía retirar de la vida pública a Lula. Sutil –malgré la
grosería de sus tres adláteres, que hacían público lo que el jefe del
Ejército camuflaba—, Vilas Boas, como al acaso, apretó el acelerador.
Anunció que el ejército estaba preparado para intervenir en caso de ser
necesario. La advertencia estaba a flor de agua: o las instancias
judiciales limpiaban el camino para que las instituciones políticas
aceptables retomaran el rumbo o el ejército intervenía. El círculo se
había cerrado y la presión sobre los altos magistrados se hizo muy
intensa. Finalmente fue conseguida la mayoría que se necesitaba para
denegar el hábeas corpus solicitado por la defensa de Lula:
seis a cinco a favor de esto último. (Queda para discernir con
prolijidad y un poco más de tiempo la coherencia del comportamiento de
esos once magistrados; da la impresión prima facie que uno de ellos/as cambió su voto respecto de desempeños anteriores.)
No es del todo sorprendente la actitud del ejército brasileño. El
politólogo norteamericano Alfred Stepan –fallecido en septiembre del año
pasado— dedicó dos de los cuatro capítulos de su acreditado libro Brasil: los militares y la política al
examen de lo que llamó la “pauta moderadora”, esa facultad tutelar,
arbitral e intervencionista de ser necesario que tuvieron los
uniformados entre 1945 y 1964 (años de la caída de Getulio Vargas y del
golpe militar respectivamente). Stepan invoca como antecedentes el
“poder moderador” reservado al emperador en el siglo XIX y algunas
disposiciones de la constitución de 1937 sancionada en tiempos de
Vargas. Dicha pauta caducó durante la larga dictadura militar por la
obvia razón de que los uniformados eran gobierno. Con el desarrollo de
la democracia, la propensión moderadora (o tutelar) menguó pero no
desapareció e hizo una progresiva rentrée ya en tiempos de los gobiernos del PT.
Da la impresión de que llegó para quedarse junto a otros giros
efectuados por los uniformados, como aceptar la realización de
ejercicios antinarcóticos combinados en la Triple Frontera amazónica con
Perú, Colombia y los Estados Unidos, asumir una participación sostenida
en el plano de la seguridad interior y aceptar sin objeciones una vía
de desenvolvimiento neoliberal abierta, por ejemplo, a la explotación
privada del petróleo off shore y de los minerales amazónicos. Son todas decisiones castrenses que se entrelazan con la re-asunción plena del papel tutelar.
Habrá que ver cómo termina de desovillarse el hilo de los
acontecimientos en curso. Aun en el peor de los escenarios habrá
elecciones generales en octubre próximo y en este terreno no está dicha
aun la última palabra.

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