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La guerra popular prolongada e ignorada entre Lenin y el general sudista Robert E.Lee

Un domingo, en plena canícula veraniega, no hay nada mejor que despertarse y tomarse un té en bermudas leyendo titulares del Washington Post (portavoz de la CIA, no lo olviden) como “En Seattle la gente protesta contra los monumentos de la Confederación y el comunismo”, acompañados de un vídeo que así lo pretende acreditar (*).

En realidad en el vídeo no aparece “gente” sino sólo siete fascistas en una pequeña plazoleta junto a un gran monumento (cinco metros de alto y siete toneladas de bronce) dedicado a Lenin del que es la primera noticia -y la más importante- que tenemos. La verdadera sorpresa es ésta porque los carteles que portan los descerebrados parecen sacados de los peores tiempos de la Guerra Fría sobre el gulag (“100 millones de muertos”), la neutralidad (“Lenin es Hitler”) y la actualidad (el leninismo se ha reencarnado en el bolivarismo).

El monumento es el más visitado por los turistas de la ciudad. Se instaló en 1995, cuando todos creíamos -ingenuamente- que la Guerra Fría había acabado y que el comunismo era historia, el pasado, el momento ideal para este tipo de conmemoraciones. Para nada. Ahora el alcalde demócrata de Seattle, Ed Murray, da la razón a “la gente” y llama a la retirada del monumento a Lenin.

En contra de lo que dice el -cada vez más infumable- Washington Post, la única “gente”, la verdadera “gente” es la que visita el monumento, no la que quiere derribar una seña de identidad del barrio de Fremont, donde se ubica. Se trata de un barrio “progre” en el que los vecinos presumen de una bohemia a la antigua usanza, un poco trasnochada. Lo mismo que el barrio, la ciudad también es “progre” y por eso ha puesto a tipos, como el demócrata Murray, al frente de la alcaldía.

Una noticia así es como el Pisuerga cuando pasa por Valladolid: aprovecha la marea de movilizaciones (la verdadera “gente”) de costa a costa de Estados Unidos que exige el derribo de los monumentos confederados, símbolos del esclavismo. Cuadra a la perfección con el mensaje “neutral” que Trump emitió tras el crimen de Charlottesville: ni fascistas ni antifascistas, los unos y los otros, todos son iguales…

A diferencia del partidismo leninista, la neutralidad es la divisa del nuevo ocupante de la Casa Blanca (Lee = Lenin, Lenin = Hitler), salvo si se trata de “América” porque entonces, como dice “la gente” en sus camisetas “Make America Great Again” (Hagamos grande otra vez a América).

Puestos a derribar monumentos, hay que aprovechar la ocasión para derribarlos (casi) todos. Con este alarde de neutralidad algún despistado que no lee la letra pequeña puede llegar a confundir a Lenin con el general Robert E. Lee, jefe del ejército confederado porque el cretinismo es la seña de identidad de los políticos eatadounidenses, aún más que los españoles.

El alcalde Murray (demócrata) es tan neutral como Trump (republicano). El jueves llamaba a eliminar todos los símbolos de racismo y de odio (la palabra mágica del momento), “cualquiera que sea su filiación política”. Como ven, es esa neutralidad entre unos y otros (extremos) lo que les sitúa a ellos justo en el centro, que es donde les gusta creerse.

El discurso se lo habían escrito porque un alcalde no es capaz de hablar como habló Murray, con un verbo tan solemne como ridículo: “No deberíamos idolatrar a los personajes que han cometido atrocidades violentas y quieren dividirnos en función de lo que somos o de dónde venimos”.

Murray es centrista, pero ¿dónde está el centro de Seattle? En algún punto intermedio entre Lenin y Lee. Si se mete en el mismo saco al bolchevique ruso con el general virginiano, hay que buscar el punto de equidistancia en el plano, y se acaba encontrando un memorial confederado en el cementerio del lago.

Pero a nosotros aquí nos interesa más el arte que la política, por lo que nos sentimos en la obligación de contar la historia de una escultura tan munumental. Resulta que fue esculpida entre 1978 y 1988 en Eslovaquia por Emil Venkov y llevada a la ciudad de Propad, en la frontera de Checoslovaquia con Polonia en un momento muy malo: justo cuando el Telón de Acero estaba a punto de desplomarse.

Con el Telón cayó también la estatua, hasta que fue redescubierta por Lewis Carpenter, un estadounidense que, como nosotros, es tan aficionado al arte que contrató un préstamo hipotecario para comprarla y llevarla hasta Issaquah, un pueblo a 35 kilómetros de Seattle, hasta que al morir Carpenter en 1994 la trasladaron de nuevo a su ubicación actual.

La estatua es, pues, propiedad privada de los herederos de Carpenter, lo mismo que el memorial sudista del cementerio. La diferencia entre ambos es que los herederos de Carpenter han puesto a la venta la estatua de Lenin. El precio es de 25.000 dólares. Por lo tanto, si alguien quiere quitarla de la calle, no tiene más que comprarla y llevársela a su casa porque vivimos en un mundo de libre mercado.

(*) https://www.washingtonpost.com/video/c/embed/bf34ae10-8426-11e7-9e7a-20fa8d7a0db6

La Segunda Guerra Mundial la ganó Hollywood

Fernando Arancón

[…] El mundo occidental ha distorsionando el tamaño de los distintos actores que participaron en un momento tan importante para la Historia como la caída del nazismo. Con un mínimo de rigor histórico, a nadie escapará que el papel de la Unión Soviética fue, como mínimo, tan importante como el del bando aliado. Sin embargo, la representación de este hecho en la cultura popular es prácticamente inexistente. Como es de esperar, motivos no faltan, desde una medida campaña publicitaria y propagandística proveniente de Estados Unidos por razones geopolíticas a la rentabilidad que todavía hoy suscitan los productos relacionados con la Segunda Guerra Mundial. No es un tema menor; a fin de cuentas se dilucidaba quién había ganado uno de los conflictos bélicos más importantes de la Historia.

El poder del cine es espectacular. Su papel histórico para moldear conciencias ha ido intrínsecamente ligado a una opción de ocio tremendamente popular en los países occidentales desde los años veinte y treinta del siglo pasado. Era lo suficientemente barato como para que las clases trabajadoras pudiesen permitírselo con asiduidad y lo suficientemente popular para que los más pudientes también quisiesen asistir a las proyecciones. Esta afición hizo del cine el primer producto cultural consumido a gran escala en las sociedades desarrolladas. El poder de la imagen le otorgaba una ventaja fundamental sobre la radio, por lo que rápidamente algunos Gobiernos tomaron conciencia de los beneficios que se podían obtener de su instrumentalización política.

El uso del cine en la propaganda de la Alemania nazi es bien conocido y supone uno de los primeros ejemplos de cómo este arte se convierte en un pilar clave en la homogeneización del pensamiento, no ya por la censura, que cribaba qué se podía ver y qué no, sino por el despliegue técnico y artístico que hacía de la propaganda un producto agradable de ver. No hay que olvidar que el cine siempre ha sido la suma de un conjunto de elementos y el mensaje es solo uno de ellos, no necesariamente el más importante. Así, el cómo se contaba era tan importante como qué se contaba.

Estados Unidos comenzó a tomar buena nota de aquello en los años previos a su entrada en la Segunda Guerra Mundial (IIGM) y realizó un importante —aunque en muchos casos torpe— despliegue una vez quedó inmerso en el conflicto. Antes del ataque a Pearl Harbor, la división en la sociedad estadounidense entre los que propugnaban la entrada en la guerra y aquellos que reclamaban el aislacionismo más absoluto era evidente, por lo que el entonces presidente Roosevelt y especialmente su Estado Mayor eran conscientes de la acuciante necesidad de que toda la sociedad tuviese una opinión medianamente uniforme en caso de que el país tuviese que entrar en guerra. Huelga decir que la Administración de entonces, si bien tenía inclinaciones intervencionistas, eran más una cuestión estratégica que deseos reales de entrar en el conflicto. Hasta aproximadamente 1942, el único potencial del que gozaba Estados Unidos era el económico-industrial y el naval. Solo cuando la guerra estalló en Europa comenzaron a plantearse en Washington una verdadera modernización y expansión de los efectivos militares.

Ante la inminencia de la guerra, un doble problema se cernía sobre la sociedad estadounidense. Por un lado, la población, en su mayoría ajena a los sucesos que se estaban viviendo en Europa, debía ser puesta al día sobre qué ocurría en el Viejo Continente y cuáles eran los motivos por los que la Alemania nazi —y posteriormente el Imperio japonés— debían ser derrotados. La segunda cuestión consistía en formar adecuadamente a los millones de reclutas que se incorporarían a filas en cuanto fuese firmada la primera declaración de guerra. Para ambos aspectos, el cine se convertiría en una herramienta fundamental, un elemento de cohesión identitaria tanto en el territorio nacional estadounidense como en el frente.

Las Fuerzas Armadas estadounidenses plantearon reclutar a algunos de los directores de cine más reputados de la época, hoy auténticas leyendas de la cinematografía. En aquellos turbulentos cuarenta se unieron a la empresa John Ford —ya consagrado con La diligencia y Las uvas de la ira—, John Huston, William Wyler o Frank Capra, entre otros. Su misión: trascender los hasta entonces simples documentales militares y llegar al público estadounidenses con producciones de calidad, profundas y que revelasen el trasfondo de la guerra —siempre y cuando la censura militar lo permitiese, lógicamente—. Aquel proyecto tuvo una acogida dispar pese a contar con ambiciosos despliegues como el diseñado por Capra, llamado Por qué luchamos. Sin embargo, este episodio, que ha pasado a la Historia de manera bastante discreta, marcó tanto a los directores personalmente —Ford fue herido en Midway y Wyler se quedó sordo tras volar en un B-25— como su filmografía posterior y el propio devenir del cine en décadas posteriores. En absoluto es casualidad que nada más regresar de la guerra, en 1946, Capra se pusiese tras las cámaras con Qué bello es vivir, película merecidamente presente en cualquier clasificación de las mejores producciones de la Historia del cine como un alegato de la bondad humana y la primacía del bien sobre el mal.

¿Conocen Cuando pasan las cigüeñas, Masacre: ven y mira o La infancia de Iván? Las tres son películas soviéticas —de las mejores, según los críticos— sobre la Segunda Guerra Mundial. Un vistazo rápido por repositorios especializados de cine nos muestra que su popularidad es notoriamente más baja entre el público general que largometrajes como El puente sobre el río Kwai, La gran evasión o Patton, contrapartes occidentales de la misma época. Es lógico pensar que esto se puede deber a un simple sesgo de proximidad: durante la IIGM, los europeos occidentales consumen cine más cercano geográficamente, mientras que el público europeo oriental prefiere películas que se desarrollan en el extenso frente ruso. Esto, si bien tiene cierta validez por cuestiones de mercado —el europeo occidental es un mercado numeroso y de alto poder adquisitivo—, choca con la enorme asimetría de filmes que abordan la lucha en los distintos escenarios donde se desarrolló el mayor conflicto jamás visto por el ser humano.

El ejercicio es bien sencillo: ¿cuántas películas conocidas tienen como centro el frente soviético? Puede que la más conocida sea Enemigo a las puertas (Reino Unido, 2001) y Stalingrado (Alemania, 1993) como posible segunda opción. Si hilásemos en extremo, podríamos incluir El pianista, lo que también haría entrar La lista de Schindler, pero estas, temáticamente hablando, tienen más relación con el Holocausto —que sí ha sido tratado en el cine con cierta profundidad— que con la guerra en sí. La ausencia de producciones audiovisuales sobre el frente oriental es, por tanto, abrumadora. Leningrado, Moscú, Járkov, Sebastopol, Kursk, el avance sobre Europa oriental o la batalla por Berlín  aquí aparece El Hundimiento— son logros soviéticos no correspondidos en la cinematografía, por lo que no es extraño que esta tendencia continuada haya favorecido la invisibilización de la labor soviética en el conflicto.

En los años inmediatamente posteriores a la finalización del conflicto hubo en los países europeos una ola importante de cine desde esta perspectiva. En buena medida, era una forma de recomponer la identidad nacional y demostrarse cómo se habían deshecho de la Alemania nazi. Guerrilleros, mártires y héroes se entremezclaban con un costumbrismo de posguerra que intentaba aparentar cierta normalidad. La danesa La tierra será roja o la conocida cinta de Rossellini Roma, ciudad abierta, ambas de 1945, son buenos ejemplos de un estilo que se volvió común en Europa. Sin embargo, la moda no duró mucho tiempo. Conforme los países involucrados entraron en nuevas dinámicas económicas e internacionales, la IIGM, artísticamente e identitariamente hablando, perdió importancia.

En los estudios estadounidenses y británicos sí hubo un goteo constante de películas sobre el tema. Había historias y momentos de sobra para narrar, especialmente en el doble frente europeo —Italia y, posteriormente, Francia—. Sin embargo, esta etapa, que se extiende sobre todo entre los años 60 y 80, es probablemente la de mayor peso propagandístico. La guerra se convierte en algo bastante limpio, sin sangre y sin los niveles de destrucción que se verán en las pantallas a partir de los noventa, y la infalibilidad estadounidense contrasta con la suma torpeza de quienes tienen la desgracia de formar parte de la Wehrmacht —Fuerzas Armadas de la Alemania nazi—. Este cine repasa todas las grandes contiendas en las que los estadounidenses —y quizás algunos de sus aliados— se vieron envueltos en Europa o el Pacífico. Además, la industria no escatima en reunir a las caras más conocidas de la época para cada una de sus películas; La batalla de Midway, con Charlton Heston, Henry Fonda, Glenn Ford y Robert Mitchum, refleja claramente cómo se enfocaban este tipo de películas.

Será durante estos años cuando el trasvase histórico se consolide. Estas películas no son cualitativamente buenas, pero sí suponen un despliegue y un tirón de público elevado. De esta manera, ante la inexistencia de cine sobre el frente oriental en Europa, se crea la percepción de que solo Estados Unidos hizo el esfuerzo necesario para vencer al nazismo. Lo que pasase en lo que en aquellos años era el otro lado del Telón de Acero era irrelevante.

También hay que considerar que, desde un punto de vista cinematográfico, el frente ruso es más homogéneo que la diversidad de escenarios del resto del conflicto. Sin entrar en la narrativa, cuyas posibilidades son siempre prácticamente infinitas, el frente oriental se divide en la gran llanura oriental europea o las ciudades. Por ello, este cine parece haberse atascado en el “Vista una, vistas todas”. Evidentemente, esta lógica no hace honor a la cantidad de situaciones políticas, sociales y bélicas vividas en el este de Europa entre 1939 y 1945; más allá de los filmes centrados en Stalingrado se han conseguido hacer otros tan decentes como La cruz de hierro (1977). No obstante, al contrario que Estados Unidos, la Unión Soviética no consiguió explotar su papel en este episodio histórico.

A pesar de hacer numerosas películas —un largometraje patriótico era un seguro para evitar la censura—, la lógica ideológico-cultural soviética los alejaba de ese escenario. Nada tenía que ver aquel cine con el de Serguei Eisenstein, quien además de introducir grandes innovaciones había fortalecido enormemente la identidad nacional soviética. Ya fuese por los menos recursos disponibles, el menor talento artístico de los directores soviéticos dedicados a este género o la omnipresencia de las autoridades en la producción de las películas —cosa que acabó cansando a directores como Tarkovski, que huyó a Suecia—, en el este de Europa no se generó un relato sólido a través del cine sobre su papel en la mayor de todas las guerras. Otra derrota soviética, como ya ocurriese con la música, en la lucha por la hegemonía cultural.

[…] El público europeo occidental sigue creyendo que la victoria aliada en la IIGM —o, más concretamente, la derrota de la Alemania nazi— fue gracias al esfuerzo estadounidense. Esta creencia está lejos de revertirse, aunque países como Rusia, por ejemplo, en un refuerzo de su identidad nacional, está rescatando episodios de su Historia durante esos seis años en largometrajes, al menos en lo visual, impactantes. Puede que con el tiempo consiga colocar alguna producción entre las más vistas o las más premiadas del año, si bien esto aún se antoja lejano. Entretanto, la Segunda Guerra Mundial la habrá ganado quien Hollywood diga.

http://elordenmundial.com/2017/07/06/hollywood-el-ganador-de-la-segunda-guerra-mundial/

‘Mariano, cómeme la polla’

El dibujante madrileño Le Frère ejecuta sus obras con un bolígrafo Bic de punta fina. Una de sus obras más conocidas es la que estampa a Zapatero, Merkel y Rajoy en tres rollos de papel higiénicos para que nos podamos limpiar el culo con ellos. Una obra maestra:

Tiene un blog al que conviene que los lectores le echen un vistazo, aunque sea de vez en cuando: http://lefrereamipesar.blogspot.com.es/

Este fin de semana le invitaron a participar en el festival de arte erótico dentro de Mulafest, que se celebra en Madrid con motivo de los festejos LGTB.

Se trataba de dibujar algo relativo al “homoerotismo” y al dibujante no se le ocurrió otra cosa que presentar su obra “Mariano, cómeme la polla”:

No fue posible porque el carnaval LGTB se la ha censurado: no es políticamente correcto meterse con la homosexualidad del Presidente del Gobierno. Todos pueden salir del armario excepto ÉL (Mariano). Es un tema tabú en un país que alardea de no tenerlos.
Afortunadamente, Le Frère se saltó la censura por el forro de los cojones y reprodujo su “Mariano, cómeme la polla” pero a lo grande, en un mural. Luego cortó el lienzo en pedazos y los repartió entre el público para que escribieran su mensaje “de amor” a Mariano.
Amados lectores: hagan Ustedes lo mismo, enviénle su mensaje de amor al Excelentísimo Señor Presidente del Gobierno.

‘Nos dijeron que la revolución es el sueño de todos, pero no: es el sueño de cada uno’

En octubre de 1934, obreros y mineros de Aller a Mieres, de Langreo a La Güeria, salieron de la mina en dirección a Oviedo. Secundaban un movimiento huelguístico auspiciado por los grandes sindicatos, pero su ánimo de subversión tenía un cariz mucho más revolucionario. En Asturias el valor de una vida humana era ya una moneda demasiado devaluada, así que si se dirigían a la capital no lo harían sin armas.

Oviedo no esconde las cicatrices de la revolución que vivió entonces. En algunas de sus calles, aún pueden verse fachadas con agujeros de bala que parecen recién hechos. Sus gentes todavía discuten sobre quién voló la Cámara Santa de la Catedral, quién incendió el teatro Campoamor y quién disparó primero. El debate de una memoria histórica aún viva y con infinidad de lecturas se palpa de forma natural.

En esta ciudad desarrolla Alfonso Zapico la mayor parte del segundo tomo de su trilogía “La balada del norte” que acaba de publicar Astiberri. Esta serie de novelas gráficas parece funcionar como una sola por su solidez narrativa y su complejidad temática, aunque las obras se componen de pequeñas vidas cruzadas .

Alfonso Zapico nace en Blimea y aprende el pasado minero desde su más tierna infancia. Los años lo han llevado ya por muchos sitios, y hoy vive en esa amazonía moderna del cómic y el diseño gráfico que es la ciudad francesa de Angulema. Su obra, además, le ha hecho merecedor de reconocimientos como el Premio Nacional del Cómic 2012 por la estimulante Dublinés. Pero todo el mundo mira su pasado en algún momento.

Él lo ha hecho sobre uno de los episodios históricos más convulsos de su tierra: la Revolución del 34, sangrienta insurrección obrera que para muchos tiene su epítome en tierras asturianas. “Los sucesos de Asturias supusieron en realidad el inicio de la Guerra Civil”, describe el periodista Enric González en el prólogo del libro. Según él, “tanto la insurrección como la brutal represión imprimieron en la Segunda República el clima feroz que dos años más tarde desembocó en una guerra”.

Ese gen de la Guerra Civil es el que nace en el primer tomo de La balada del norte, una novela de una profundidad dramática indeleble. En ella, la historia de Tristán e Isolina, el hijo de un marqués y la hija de minero enamorados en el peor momento, es también la de una Asturias en lucha consigo misma.

Su corte de novela clásica se impregna también en su arquitectura interna: páginas de nueve viñetas, sin apenas juegos formales y con disimulado reciclaje visual. Es una estructura sencilla para un estilo que solo obedece a su narrativa. “Lo que más me importa cuando hago un cómic”, confiesa Zapico, “no es tanto el dibujo como saber lo que quiero contar y saberlo contar bien”.

De ahí que el primer tomo de “La balada del norte” funcione tan bien como novela. Las tensiones obreras y las durísimas condiciones laborales de la minería son el marco en el que, poco a poco, conocemos a personajes que forman parte indisoluble de una revolución en ciernes. Unos por vivir sin mirar y otros por estar hartos de morir. “De fondo siempre está la gran historia”, nos cuenta el autor. “Aquí es la Revolución del 34, pero esta me sirve para hablar de una sociedad y de una forma de vida que no son otra que la de Asturias y su gente”, explica.

Alfonso Zapico asume todas las contradicciones de la revolución en su retrato de la lucha de clases vivida a un nivel muy palpable en la minería asturiana. Como si de una novela dickensiana se tratase, la clase obrera sufre los avatares de un destino que no tiene más remedio que afrontar y que, muchas veces, termina con alguien con las manos manchadas de sangre.

La segunda parte de “La balada del norte” sucede en Oviedo, ciudad que casi terminó arrasada en el 34. Esta vez, la guerra y la acción sustituyen el fuego lento que había hecho hervir la primera parte. Aquí ya no hay medias tintas: la gente muere en las calles de la capital asturiana. Y, sin embargo, son varios sus envites. El más obvio es un aumento considerable de la experimentación en su dibujo, que cada vez juega más con sus viñetas, con las formas que lo componen y con el poder visual de una revolución.

La experimentación también crece a nivel narrativo, abordando con elegancia la guerra vivida a muchos niveles. “Quería retratar dos frentes: el que se da en exteriores o campos de batalla, y el que vemos en interiores, entre las paredes de una casa”, nos cuenta Zapico. “En el primero hay gente que se dispara y se mata mutuamente, pero en el segundo se da otra lucha muy distinta y muchas veces más visceral”, asegura.

Así, Zapico no se queda en la epidermis del conflicto y aborda algunos de los temas que llevaron al fracaso de la revolución. La falta de cohesión de la clase obrera fue una de ellas, pero no la esencial. El socialista discutía con el anarquista y el minero con el operario ferroviario, pero también había conflictos que superaban lo político: el vecino de San Martín no se hablaba con el de Mieres, el de El Entrego miraba por encima del hombro al de La Güeria. E incluso en la casa de cada uno, el seminarista se llevaba a matar con su hermano comunista.

“Esto de la Revolución es una milonga, porque nos dijeron que era el sueño de todos”, confiesa uno de los personajes, “pero era mentira. Era el sueño de cada uno”.

A la espera de la tercera y última parte, no sería descabellado decir que “La balada del norte” es la gran novela gráfica asturiana de nuestro tiempo y el de Alfonso Zapico, pues si su obra destila emoción es por que viene de dentro.

“La gente que emigra quiere tener siempre un sitio al que volver, un suelo que pisar”, explica el autor. “Antes de hacer La balada, me di cuenta de que todo lo que yo consideraba que era mi sitio, se me esfumaba debajo de mis pies. Por eso la hice, para tener algo a lo que agarrarme: una identidad y una memoria”, cuenta.

Para él, “la mirada hacia atrás siempre es interesante y suele partir de una voluntad que se despierta en determinado momento“. “Yo no lo busqué. No hago ‘La balada del norte’ con ninguna utilidad práctica definida”, asegura. Aunque añade que “de repente” tuvo “la necesidad de hurgar en el pasado, porque al final uno es de donde viene”.

Alfonso Zapico forma parte imprescindible, desde ya, de una estimulante etapa de la novela gráfica española que se atreve a mirar atrás y a presentar batalla al olvido. Una que engloba el trabajo de autores de varias generaciones, desde Sento Llobell a Paco Roca pasando por  Jaime Martínez y Jose Pablo García. Todos dibujan su pasado para intentar entenderse. De paso, dibujan también el nuestro.

http://www.eldiario.es/cultura/comics/balada-norte-entranas-Revolucion-Asturias_0_649885013.html

El arte de las portadas de libros soviéticos en los años 30

Olivia Camp

A menudo allá donde menos se espera se encuentran cosas magníficas, maravillosas, como una colección de cientos de portadas de libros soviéticos de los años 30 puestas en dominio público por la Biblioteca Pública de Nueva York. Tal vez estuvieran al alcance de cualquiera en algún archivo de la actual Rusia, o tal vez no. Sea como fuere, en enero de 2016 la New York Public Library puso a disposición de quien quisiera prestarles atención un total de 656 portadas de libros soviéticos, fundamentalmente de la década de los 30, perfectamente digitalizadas y en dominio público. Cualquiera puede visitarlas en la excepcional web de la Biblioteca, y descargarlas gratuitamente. El magazine neoyorquino The Paris Review fue el primero en hacerse eco de la noticia.

Se pueden hacer infinitas selecciones entre las más de seiscientas muestras de portadas digitalizadas en Nueva York. Cualquier recorrido por parte o el conjunto de la colección deja una verdad incontrovertible: la calidad artística de un trabajo, en principio, subsidiario de la obra literaria, de funcionalidad artesanal, podría decirse. Lo que en su contexto no debió ser más que algo acostumbrado, el paso del tiempo lo devuelve convertido en arte. Con estas portadas ocurre algo similar a lo que pasa con la cerámica antigua, que un simple vaso o un plato de hace mil quinientos años, industrialmente decorados, son hoy piezas que trascendieron su uso primero para convertirse en símbolos definitorios de una determinada cultura, en forma de medir el desarrollo de una sociedad. Las portadas de los libros soviéticos de los años 30, de la misma manera, dan testimonio del grado de desarrollo artístico de la sociedad que los produjo, más si cabe por tratarse de un arte inserto en objetos de uso cotidiano y masivo, extrañamente… libros. Otra sociedad, por lo que parece, ampliamente desconocida, funestamente distorsionada en su percepción histórica actual. La colección Scrap book of Russian bookjackets, 1917-1942, de la Biblioteca Pública de la Gran Manzana, por lo tanto, es una excepcional fuente de investigación histórica, además de un deleite estético.

Es llamativa no solo la calidad pictórica de las portadas de aquella época, sino la concepción tan moderna y narrativa de muchas de ellas. Constituyen una parte más de la historia que el libro contiene en sus páginas. La portada no es un mero receptáculo con el título y el nombre del autor en cuidada tipografía, sino parte de un trabajo artístico más extenso, que conduce a la contraportada, e incluso a las solapas del libro, cuando las tiene. Hay un diálogo entre la parte delantera y la posterior del ejemplar, es decir, una forma inmediata y original, sorpresiva, de comenzar a leer el libro, de introducirse en la historia o tema que nos vaya a narrar. El grado de experimentación alcanza puntos sublimes, tan valientes que incluso hoy día resultan del todo imposibles, como la edición de un libro sin que aparezca en ninguna parte de sus tapas ni el título de la obra ni el nombre del autor, y más cuando se trata de la edición de una de las afamadas obras maestras de un grande de la literatura como Ánton Chejov. ¿Se imaginan algo así, hoy, con cualquiera de las grandes plumas de la literatura mundial?

En tiempos de lectura digital es casi un deber reclamar la belleza del libro en papel. En tiempos de confusiones históricas es también un deber romper una lanza por determinados episodios históricos, falazmente tergiversados. En tiempos de tanta atrocidad, es un deber más allá del placer disfrutar con maravillas como las portadas literarias soviéticas de los años 30. Deléitense.

http://drugstoremag.stfi.re/2016/03/el-bello-arte-de-las-portadas-de-libros-sovieticos-en-los-anos-30/?sf=oeprbne
 

El cine como aparato de propaganda del Pentágono

En 2004 el periodista David L. Robb escribió el libro “Operación Hollywood” en el que documenta las relaciones del Pentágono con Hollywood y la industria del cine. A cambio de dinero, el ejército presta helicópteros, tanques, instalaciones o portaaviones y, además, cambia, elimina y añade textos a los guiones originales, así como personajes, escenas, localizaciones…

Las películas del Pentágono son muy conocidas: Top Gun, Forrest Gump, Armageddon, Jurasic Park III, Superman, Black Hawk, Transformers… Si el Pentágono invade cualquier país con sus tanques, Hoolywood invade cualquier pantalla con sus películas. Muchas personas escriben contra las agresiones militares, pero muy pocas sobre las agresiones ideológicas. Simplemente, porque no las consideran agresiones.

En cada película la colaboración del Pentágono está valorada en varios millones de dólares, que es lo que cuesta alquilar un helicóptero de guerra, hacer volar un avión, reproducir un portaaviones nuclear en un estudio… Un acuerdo financiero con el Pentágono es imprescindible para rodar una película de presupuesto elevado.

Es mucho más que censura; es la promoción activa de un cierto tipo de cine, que tiene poco que ver con el arte. En 1927 “Wings” (Alas), de William Wellman, fue la primera película rodada en colaboración con la Fuerza Aérea. Con el tiempo, en el Pentágono se creó un departamento espacial para gestionar la colaboración entre la ideología y la milicia.

En la posguerra el departamento estuvo a cargo de un oficial, Don Baruch, que en 1949 firmó, junto con John Horton, también militar, el primer acuerdo de colaboración del Pentágono con la patronal de la industria cinematográfica.

Para apreciar la intervención del Pentágono en una película hay que mirar a donde nadie mira: los títulos de crédito que aparecen al final. Entonces es posible que encuentre el nombre de Philip M. Strub, que no le dirá nada al lector.

Desde 1989 el oficial Strub dirige el departamento de relaciones del Pentágono con la industria cinematográfica. Empezó a finales de los sesenta de relaciones públicas con la Marina y hoy es un personaje influyente en Hollywood, más que Julia Roberts, Schwarzenegger o Stallone. Cuando alguien quiere la colaboración del Pentágono para una película, lo primero que tiene que hacer es poner el guión encima de la mesa de Strub para que de el visto bueno al proyecto. Sin él la mayor parte de las películas más conocidas de Hollywod de los últimos años no hubieran llegado a las pantallas del mundo entero.

Las películas de interés para el Pentágono son aquellos que contribuyen al reclutamiento de la carne de cañón, la tropa que luego envían a las guerras. La obra maestra de propaganda es “Top Gun”, de Tony Scott, que convirtió a Tom Cruise en una estrella del cine. “Top Gun logró que América amara la guerra”, tituló el Washignton Post (*). Cuando se estrenó en 1986, la Marina instaló mesas de reclutamiento en algunos de los principales cines que la proyectaban para aprovechar el tirón de los jóvenes que salían de verla, y no les fue nada mal: tras el éxito de “Top Gun”, obtuvieron la mayor cantidad de reclutas en muchos años.

Naturalmente que la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos prohibe este tipo de prácticas, pero allá ocurre como acá: todos los días se limpian el culo sucio con ese tipo de papeles.

(*) https://www.washingtonpost.com/opinions/25-years-later-remembering-how-top-gun-changed-americas-feelings-about-war/2011/08/15/
gIQAU6qJgJ_story.html

Josep Renau convirtió la agitación revolucionaria en un arte

Josep Renau (1907-1982) introdujo la técnica del fotomontaje político en el estado español. Fue ilustrador, cartelista, muralista, diseñador de las portadas de libros y revistas. Reunió todas estas cualidades pero no hizo de su obra un artefacto neutral. Militó en el PCE desde los años 30 y su trabajo fue un ejemplo de agitación política y cultural.

Una muestra del legado de este artista y escritor valenciano puede presenciarse hasta el próximo 17 de julio en el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). Son más de 80 carteles, libros, manuscritos, fotomontajes y dibujos que integran la exposición “Josep Renau y la Segunda República”, y que ponen de manifiesto el compromiso político del autor con las ideas democráticas y antifascistas.

Renau no sólo manifestó sus ideas en ilustraciones y fotomontajes. Así, durante los años de la guerra civil ocupó diferentes responsabilidades públicas, por ejemplo, la de director de Propaganda Gráfica del Comisariado General del Estado Mayor del Ejército Popular, a partir de 1938. El artista aplicó entonces la creatividad a la propaganda de guerra, “en el apoyo al soldado y la reflexión sobre los medios gráficos que podía utilizar”, informa la muestra del IVAM. Permaneció en el cargo, que implicaba el contacto con la Subsecretaría de Propaganda, hasta febrero de 1939, en Barcelona. A la época corresponde la serie “Los 13 puntos del presidente Negrín”, que se difundieron en carteles, folletos y revistas. El título y contenido de estos fotomontajes ponen de manifiesto la utilización del arte para apelar a la acción.

El visitante puede apreciar estas ideas en “Liberación de nuestro territorio de las fuerzas invasoras italianas y alemanas” o en “Profunda reforma agraria que elimina el régimen feudal en el campo”. En plena guerra el ilustrador comunista diseñó también numerosos carteles y publicaciones para el ejército de la República, algunos de ellos con finalidad didáctica. Es el caso de las “Instrucciones militares al cabo y al sargento del ejército popular” o la “Cartilla Escolar antifascista”, cuyo proyecto correspondía a otro creador de la época, Mauricio Amster. Pero no toda la obra de Renau reviste contenido político. Las tintas planas y los dibujos geométricos caracterizan los diseños de carteles cinematográficos que realizó para la productora CIFESA, con la que firmó un contrato en exclusiva en diciembre de 1934. La modernidad de las composiciones se aprecia en los carteles de películas como “La Mujer X” (1935), interpretada por María Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles; “El noveno huésped” (1934), con Genevieve Tobin y Donald Cook; o el último de los realizados para la productora, “Mi debilidad” (1936). “CIFESA fue una próspera productora independiente fundada en Valencia en 1932, que hacía filmes de acuerdo con los gustos populares”, destacan los paneles de la exposición. Un año después CIFESA empezó a distribuir en España, en régimen de exclusividad, las películas de Columbia Pictures, aunque después pasó realizar su producción propia.

También firmó anuncios para la limpieza de los dientes: “Jo-Bo-Sil, excelente dentífrico”, que teóricamente dejaba los dientes “blancos como la nieve y fuertes como el acero”. Pero no todos los carteles cinematográficos de Renau se inscribieron en la propaganda comercial. Diseñó por ejemplo el de la película “El pueblo en armas” (1936), de la productora “Film Popular” que controlaban la UGT y la CNT de Valencia. Y de ahí, al diseño de la portada de libros y revistas, que figuran en las vitrinas de la exposición del IVAM. Muchos de los títulos remiten a las inquietudes del artista y los sectores progresistas de la época. “El dolor universal”, de Sebastián Faure (Biblioteca Estudios, 1933); “El Capital de Marx, al alcance de todos”, de Carlo Cafiero (Orto, 1933); “Jesuitismo y Masonería: Dos ideales opuestos”, de Matías Usero (Cuadernos de Cultura, 1932); “Lenin, J. Stalin” (Ediciones Europa-América); “El sindicalismo: historia, filosofía, economía”, de Marín Civera (Tipografía Pascual Quiles, 1931).

En otras ocasiones Renau ilustraba obras de relieve literario: “Gabriel Miró: el escritor y el hombre”, de Juan Gill Albert (Cuadernos de Cultura, 1931). Y también textos que apuntaban contra las ideas más retardatarias: “Paternidad voluntaria. Profilaxis anticoncepcional”, de Hildegart (Orto, 1931); “La cópula. Antología de la felicidad conyugal”, de Van de Velde (Biblioteca de Estudios); o “Las religiones del mundo desenmascaradas”, de Matías Usero (Orto, 1933). En el número cinco de la revista “Orto” Josep Renau estampó uno de sus primeros fotomontajes políticos a doble página. Para esta publicación anarquista también diseñó portadas, al igual que en la revista “Estudios” y en otra de sociología, arte y economía de título elocuente: “Tiempos Nuevos”.

Un Decreto con fecha del nueve de septiembre de 1936 designó al artista valenciano Director General de Bellas Artes. El titular del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes era en aquel momento Jesús Hernández, del PCE. Durante los dos años que permaneció en el cargo, el fotógrafo e ilustrador se centró en dos fines: la protección y difusión del patrimonio histórico-artístico español; y la propaganda cultural y política. La exposición del IVAM recuerda que Renau nombró director del Museo del Prado a Pablo Picasso, así como “el valor otorgado a publicaciones, folletos y otros medios gráficos para comunicar los avances de la República”. Otro hito del periodo fue la participación de España en la Exposición Universal de París (verano de 1937) o el II Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia. Unos meses antes, Renau había publicado un montaje a dos planas en sendos números de la revista “Nueva Cultura”, con un gran titular que apelaba a la batalla contra el fascismo: “Testigo negro de nuestros tiempos”. En las ilustraciones aparecían calaveras y símbolos de la muerte, junto a un texto en el que se reproducían palabras de Hitler en “Mein Kampf”.

“Todo aquel que desee sinceramente la victoria de la idea pacifista en el mundo, debe comenzar por poner toda su energía al servicio de la dominación del mundo por los alemanes”, decía el dirigente nazi. Pero no sólo se trataba de advertir ante la llegada de la bestia. Del contenido, la denuncia y la movilización en un contexto de guerra. Renau fue un innovador. En el número 127 de la revista “Estudios” (mayo de 1934) publicó uno de los fotomontajes de la serie “Diez Mandamientos”, de los primeros en los que introdujo el color. “No tomarás en vano a Dios por testigo”, invoca la composición. La imagen es la de un hombre que acaba de ser decapitado con un hacha; un telón entreabierto con Jesús de Nazaret crucificado anticipa el remate de la obra: una esvástica superpuesta al cristo. Unos años antes, en el número siete de la revista “Orto” (septiembre de 1932) anticipaba posteriores fotomontajes de denuncia social. “¿…? El Amor Humano” es como titula esta obra que atisba el amor del mañana: “Esa sangre –sangre oprimida, reprimida hoy- capaz de amar hasta extremos infinitos, debe derramarse aún a raudales para conquistar su derecho a amar”.

Al frente de la Dirección General de Bellas Artes, el artista y militante comunista puso empeñó en la promoción internacional de la República. La muestra resalta la presentación, en el verano de 1937, del Pabellón Español en la “Exposition Internationale des Arts et Techniques pur la Use Moderne” de París. Los visitantes tuvieron la oportunidad de mirar el “Guernica”. Pero tampoco tuvo una importancia menor el edificio diseñado por Sert y Lacasa. Ni el papel que asumió Renau, “quien fue capaz de convencer a destacados artistas españoles residentes en París, como Picasso, Julio González o Miró para participar y significarse en la causa republicana”. Además diseñó algunos de los fotomontajes expuestos en el pabellón, que pretendían loar el avance en plena guerra del bando republicano. En el archivo personal de Josep Renau, que se halla en el IVAM, los investigadores han encontrado las imágenes empleadas por el autor para montajes sobre la agricultura o la orfandad.

En el apartado de la muestra sobre el pabellón de París, se informa del proceso de realización del “Guernica”, “probablemente uno de los mejor documentados de la Historia del Arte”. Las fotografías de Dora Maar entre mayo y junio de 1937 recogen la evolución en la factura del cuadro, según Picasso avanzaba. En la exposición del museo valenciano puede apreciarse también el “Fotomontaje sobre papel Guernica-Picasso” de Renau (1979), así como el aguafuerte sobre papel “Sueño y mentira de Franco”, realizado en 1937 por el pintor malagueño.

El pequeño recorrido por la obra de Renau termina destacando su labor en la protección del patrimonio artístico del Museo del Prado, entre otras pinacotecas, archivos y bibliotecas, antes de las primeras bombas aéreas sobre Madrid (noviembre de 1936). “Renau declaró que era lo más positivo que había hecho en su vida”, recuerda la comisaria de la exposición, Irene Bonilla. En “Arte en peligro- 1936-1939”, el ilustrador explica que en enero de 1939 “salí por los pelos de Barcelona. El Gobierno de la República y el de la Generalitat estaban ya en Girona (…) La totalidad de las cajas conteniendo las obras de arte cruzaron la línea fronteriza de los Pirineos antes de que ésta fuera totalmente ocupada (10 de febrero de 1939) por el ejército enemigo”. A continuación, relata las razones de la salvaguarda final del patrimonio: “No fue ninguna cadena de azares: se debió a la tensa solicitud que los sucesivos gobiernos de la República mantuvieron para la suerte de nuestro Patrimonio artístico y tesoro nacional”. El espectador puede acercarse a las fotografías sobre los efectos de las bombas en la Sala Velázquez del Museo del Prado, al poco de la evacuación; del bombardeo de Madrid; o del lienzo de El Greco “El martirio de San Mauricio”, que procedía de El Escorial y estaba presto para el control de llegada y evaluación.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225694

La Revolución de Octubre es el tema principal del Festival de Cine de Londres de este año

El centenario de la Revolución de Octubre es el tema principal del London Film Festival, bajo el título “Conquistar el mundo: un siglo de revolución en la pantalla”.

El Festival comenzó el viernes y se desarrollará hasta el 15 de abril por inciativa de la fundación cultural Kino Klassika.

Como no podía ser de otra forma, el festival se ha inaugurado con el pase de la mayor obra cinematográfica de la historia del séptimo arte: Acorazado Potemkin, dirigida por Serguei Eisenstein.

El 8 de marzo se exhibirá la película de Andrei Smirnov y Larissa Shepitko “Un comienzo de siglo sorprendente” estrenada en 1967 como encargo para el 50 aniversario de la Revolución. También se pasará una película de 1964, “Soy Cuba”, de Mijail Kalatozov.

El proyecto del Festival es mostrar tanto películas soviéticas como rusas, así como obras de Jean Luc Godard, Glauber Rocha, Andrzej Wajda, Bernardo Bertolucci y Ken Loach.

Para cerrar está prevista la proyección de la otra obra manestra de Eisenstein, “Octubre”, una película muda de 1927 que se acompañará con la música de la Orquesta Sinfónica de Londres.

“Estamos interesados en explorar la historia de la revolución a partir de esta película que, a su vez, es la base del cine ruso”, ha comentado la actriz británica Justine Waddell, pionera de la fundación cultural Kino Klassika. “Creo que el público británico percibe tales acontecimientos con curiosidad. La gente continúa interesándose por el arte ruso, el cine y el diseño”, añadió.

Las proyecciones tendrán lugar en el cine más antiguo de Londres, el Regent Street Cinema, que se abrió en 1848 y se considera como la cuna del séptimo arte británico.

Al mismo tiempo, el 28 de abril la British Library inaugura la exposición “La Revolución Rusa: esperanzas, tragedias y mitos”.

Fuente: http://www.kpu.ua/ru/86140/stoletye_oktjabrskoj_revoljutsyy_stanet_glavnoj_temoj_kynofestyvalja_v_stolytse_brytanyy

El fugaz romance entre Hollywood y la Unión Soviética

Ignasi Franch

Después del ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, Hollywood apostó fuerte por el militarismo. Aunque la mayor parte de los grandes estudios habían optado previamente por mantener la neutralidad, se adaptaron inmediatamente al nuevo ciclo: centenares de películas de todos los géneros, desde el cine bélico al musical pasando por la comedia romántica, defendían la intervención en la II Guerra Mundial.

En títulos destinados a un público juvenil, Tarzán luchaba contra soldados alemanes, el Hombre Invisible se infiltraba en los cuarteles del III Reich y Batman se enfrentaba a un científico japonés que convertía a las personas en zombis. Pero quizá las producciones más sorprendentes fueron las que justificaron la alianza con la Unión Soviética liderada por Josef Stalin.

Según autores como Nicholas J. Cull, la opinión pública estadounidense era partidaria del aislacionismo y desconfiaba de los llamamientos británicos a la colaboración militar. El ataque a Pearl Harbor implicó una entrada en guerra que era deseada por la Administración de Roosevelt. Pero justificar la colaboración con la URSS, satirizada y satanizada apenas unos meses antes, resultaba un desafío estratégico que requirió la colaboración de Hollywood.

El deseo de cultivar la empatía hacia el pueblo ruso, implicado en sangrientas batallas contra el Ejército alemán, comportó la presencia de papeles positivos en multitud de filmes. Algunos otorgaron un protagonismo central a personajes soviéticos o a las relaciones con la URSS: Miss V from Moscow, Misión en Moscú, The Boy from Stalingrad, La estrella del norte, Three Russian Girls, Song of Russia, Días de gloria y Contraataque. Cuatro de estas ocho obras fueron estrenadas en 1943, momento álgido del amor de conveniencia de Hollywood hacia el gobierno bolchevique.

Antes de Pearl Harbor, los estudios Warner Brothers ya se habían significado con diversos títulos antinazis que supusieron conflictos diplomáticos y grandes tensiones con el organismo censor de Hollywood, la Production Code Administration. La productora low cost PRC inició el nuevo ciclo prosoviético con Miss V from Moscow, estrenada en 1942. Su protagonista era una espía rusa que colaboraba con los aliados desde la Francia ocupada. En los tres años posteriores, la mayoría de los principales estudios (Warner, Fox, Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia y RKO) hicieron sus propias aportaciones fílmicas a la fugaz amistad ruso-americana.

Fueron tiempos en que el cine de ficción se acercaba a la actualidad más inmediata. El montaje de muchas películas se modificaba en el último momento para adaptarse a las novedades en el frente. También se recogían discursos reales de figuras relevantes de la política internacional. En Sherlock Holmes en Washington, por ejemplo, el detective victoriano (reconvertido en investigador contemporáneo y antinazi) citaba a Winston Churchill llamando a la cooperación entre Estados Unidos y Reino Unido.

Algunos filmes fueron más allá del atlantismo. En el drama romántico Song of Russia, un actor aparece interpretando a Stalin y recitando fragmentos de un discurso que el líder soviético ofreció el 3 de julio de 1941. A pesar de algunas diferencias, como la eliminación de una referencia a los “alemanes esclavizados por los déspotas hitlerianos”, el grueso de la versión cinematográfica se corresponde con las palabras del gobernante.

Este guiño presente en Song of Russia empequeñece ante las loas a Stalin que incluye “Misión en Moscú”, adaptación del libro testimonial de [Joseph E. Davies] un diplomático cercano al presidente Roosevelt.

El protagonista sirve de nexo con la audiencia: su visión del mundo está basada en el libre mercado y el capitalismo, pero aprende a comprender y admirar los logros de la URSS. A través del filme, no sólo se defiende vehementemente la intervención norteamericana en la guerra, sino que también se justifican las purgas al trotskismo (caracterizado como una quinta columna al servicio de Hitler) y la invasión de Finlandia. Un final con tintes religiosos acaba de redondear un conjunto desconcertante.

Como afirmaron Michael S. Shull y David Edward Wilt en Hollywood War Films, 1937-1945, estas películas solían mostrar simpatía e identificación con los ciudadanos soviéticos y, salvo excepciones, minimizaban la presencia de su gobierno.

Diversos títulos se limitaban a reforzar el autorretrato de los Estados Unidos como gendarme del mundo, mostrando las desventuras de resistentes patrióticos que luchan en inferioridad de condiciones contra un invasor cruel. La pertenencia a la URSS de los protagonistas de Días de gloria o Contraataque, por ejemplo, no resulta demasiado significativa y se asemeja a las representaciones de la insurgencia noruega (“Al filo de la oscuridad”) o francesa (“Pasaje a Marsella”).

La estrella del norte, en cambio, parece un intento de refutar el escepticismo de una audiencia anticomunista. El resultado defraudó a la misma escritora, la dramaturga afín al comunismo Lillian Hellman (La calumnia).

Las granjas colectivizadas se convierten en pintorescos espacios poblados por trabajadores joviales. En el primer tramo del filme, se incluyen himnos patrióticos y también canciones explicativas de las historias de los personajes, como si de un musical se tratase. En el desenlace, mucho más duro, un doctor ucraniano asesina a un médico alemán algo cínico, ejecutor y a la vez censor de los abusos nazis. Su discurso contra los “hombres que hacen el trabajo de los fascistas mientras fingen que son mejores” parece una advertencia a los partidarios de equidistancias y aislacionismos.

Song of Russia también incluía momentos peculiares. A pesar de tratarse de un drama romántico y no de un biopic político, su lógica propagandística lo acerca a Misión en Moscú. El pueblo soviético recibe a un director de orquesta estadounidense con banderas de Estados Unidos y el himno de las barras y estrellas. Los conflictos entre el capitalismo y el comunismo, trascendentales antes (y después) de la guerra, se convertían en matices superables que no dificultaban la cooperación contra el fascismo.

En Estrella del norte y Song of Russia aparecían voluntariosas guerrillas populares. The Boy from Stalingrad fue un paso más allá al relatar las peripecias de una milicia de niños. Es un ejemplo de las anomalías de la autocensura hollywoodiense en tiempos de guerra, durante los cuales se retrataron violencias difícilmente aceptables en otros contextos. La excepcionalidad de la situación trajo consecuencias más positivas, como pequeños cuestionamientos de la división sexista del trabajo: el cine debía incluir guiños a las mujeres para que se sintiesen partícipes de la campaña bélica.

Los discursos sobre fraternidad internacional y países hermanados, tan presentes en el Hollywood propagandístico, no sobrevivieron al final de la contienda. La idea de “hacer de esta la última guerra”, citada en La estrella del norte y muchos otros títulos, resultaría tan fallida como cuando se planteó en la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos y la URSS profundizaron en su antagonismo y no tardaron en estallar conflictos como el coreano.

Lawson encarcelado
La trepidante intriga Berlín express, estrenada en 1948, tiene algo de canto de cisne de la cooperación entre los Estados Unidos y la URSS. En el filme, un soldado ruso ejerce de símbolo de esa potencia desconfiada, cuyas motivaciones son difíciles de entender desde el punto de vista del americano medio, pero con el que hay posibilidades de acuerdo a través del conocimiento mutuo.

Unos meses después, el país cambiaría de enemigo y de nivel de alerta: dejaría de estar en guerra abierta con el fascismo para entrar en una guerra fría contra el comunismo. También se produciría una depuración interna que, en el mundo del cine, afectaría a muchos asociados al politizado Sindicato de Guionistas. Algunos de sus miembros, izquierdistas más o menos cercanos al comunismo, habían firmado escenas con una apariencia de sinceridad poco frecuente en el Hollywood oportunistamente antinazi. Y serían represaliados durante la caza de brujas.

De los once escritores que firmaron las ocho películas mencionadas al inicio de este artículo, ocho formarían parte de listas negras. Coincidirían con ilustres compañeros como Charles Chaplin (El gran dictador), Howard Koch (Casablanca) o Dalton Trumbo (Treinta segundos sobre Tokio). El autor del libreto de Contraataque, John Howard Lawson, incluso fue condenado a prisión por desacato al Comité de Actividades Antiamericanas (*). Lawson había escrito la pionera Bloqueo, que denunciaba los bombardeos sobre la población civil de la España republicana. Tras el final de la II Guerra Mundial, haberse posicionado contra el nazismo antes de Pearl Harbor implicaría un estigma: haber sido “prematuramente antifascista”.

Fuente: http://www.eldiario.es/cultura/cine/Hollywood-Union-Sovietica_0_574293326.html
 (*) Al salir de la cárcel en 1953 tuvo que exiliarse en México.

Intento de censura de un documental palestino en el festival de Cannes

El realizador palestino Nasri Hajjaj
A pesar de la campaña de los grupos de presión sionistas para que su proyección fuera cancelada, el Festival de Cannes Marché du Film exhibió un cortometraje palestino dirigido por Nasri Hajjaj sobre los Juegos Olímpicos de Munich de 1972, que expone la versión palestina de los hechos.

El cortometraje se titula “Munich: una historia palestina” y está realizado por el director de cine libanés de origen palestino Nasri Hajjaj. Fue uno de los cuatro cortometrajes seleccionados por profesionales de la industria en colaboración con el Festival Internacional de Cine de Dubai.

Hajjaj dijo que la proyección de un segmento de 14 minutos transcurrió sin incidentes y recibió una respuesta positiva por parte de los espectadores.

CRIF, el principal grupo de presión sionista CRIF de Francia presionó sobre las autoridades para censurar la película, llegando a lograr el apoyo del alcalde de Cannes.

La campaña sionista sostenía que la película pretende un “revisionismo histórico” acerca del ataque del grupo palestino Septiembre Negro durante los Juegos Olímpicos de Munich en 1972, en el que murieron 11 atletas israelíes, un policía alemán y cinco secuestradores.

Pero los miembros del CRIF no lo podían saber ya que el documental sin terminar nunca se había proyectado públicamente.

Hajjaj afirma que CRIF y otros críticos han hecho una serie de afirmaciones falsas acerca de su película que no han visto.

Roger Cukierman, dirigente del CRIF, incluso afirmó en Twitter que el presidente del Festival de Cannes, Pierre Lescure, le había asegurado personalmente, que la película de Hajjaj no iba a ser exhibida.

Algunos medios de la comunidad judía en Francia han seguido informando falsamente que CRIF logró que la proyección fuera cancelada por la presión sobre la dirección del festival y contactos con funcionarios del gobierno.

Pero el Festival Internacional de Cine de Dubai continuó con su programa anunciado para seleccionar las cuatro obras de realizadores árabes para Cannes.

Hajjaj indicó que ha estado trabajando en la película desde 2011, y, como director de cine independiente, sigue tratando de obtener apoyo financiero con el fin de terminarlo.

El vídeo del evento contó con la participación de Ken Loach, quien ganó el primer premio de Cannes, la Palma de Oro, en 2006 y es un fiel defensor de la causa palestina.

Le Marché du Film es el acontecimiento más importante de la industria del cine y el punto de encuentro de más de 11.000 profesionales, entre 3.200 productores, 2.300 distribuidores, 1.500 vendedores y 790 organizadores del festivales.

El fracaso del CRIF es una victoria contra la censura y el arte relacionado con Palestina.

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