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El movimiento naonazi «La España en Marcha» mantiene la convocatoria de la provocación contra el Islam para este viernes 23, día de oración musulmana, frente a la mezquita de la M-30 de Madrid, a pesar de estar prohibida por la Delegación del Gobierno.
El pasado viernes, la delegada Cristina Cifuentes esgrimió que prohibía dicha protesta porque «podría suponer un grave riesgo para la seguridad ciudadana, con peligro para bienes y personas, con alteración al orden público», tras pedir respectivos informes a la Abogacía del Estado y a la Policía Nacional.
Los nazis hacen un llamamiento a asociaciones y organizaciones «patriotas» para que se sumen a ella y dicen que el objetivo de la provocación es «la denuncia pública de la presencia del Islam en España y en Europa, que constituye una auténtica invasión de la cristiandad europea».
La resolución de la Delegación del Gobierno señala que el lema atenta directamente contra la libertad religiosa de los musulmanes y supone una provocación a la discriminación contra éstos. Considera que se podría estar incurriendo en los delitos tipificados en los artículos 510 (incitación al odio) y 523 (contra la libertad religiosa).
A Benjamín Netanyahu nadie le invitó a la manifestación multitudinaria celebrada en París. Es más, Hollande le pidió que no asistiera. Pero el primer ministro israelí no lo necesitaba para presentarse entre los defensores de la libertad de expresión… pocos meses después de masacrar a 2.000 palestinos en Gaza y de invitar a los judíos franceses a instalarse en Israel.
Para los sionistas, como para los nazis, cada cual tiene “su hogar”. Siempre hay un hogar en alguna parte que es el que corresponde a cada cual. El de los judíos no es Francia sino Israel, el de los negros está en África, el de los chinos en Asia y así sucesivamente. Cada uno debería volver a “su tierra”. Se llama segregacionsimo o apartheid.
Pero si Wolinski, uno de los dibujantes asesinados, cuya madre era judía, hubiera vivido en Israel no hubiera podido publicar sus caricaturas, dice un humorista israelí, Ido Amin, al diario Haaretz de Tel Aviv. En Israel nunca hubiera podido publicarse una revista como Charlie Hebdo porque hay una ley que prohibe ofender la sensibilidad religiosa. Difícilmente el hogar de Wolinski hubiera podido estar allá.
La ley que reprime las ofensas a la sensibilidad religiosa es una herencia de la época del Mandato Británico en Palestina. No se trata de una ley contra la difamación, la obscenidad o el racismo, sino una ley draconiana, asegura Ido Amin, que prohíbe representar a Moisés, Jesús o Mahoma de una manera que ofenda a los creyentes.
El caricaturista israelí relata un episodio personal, cuando publicó una caricatura en un periódico criticando la ceremonia de los Kapparot, que consiste en girar un pollo vivo por encima de la cabeza. Considerado como una ofensa religiosa, el asunto se llegó a discutir en el Knesset, el parlamento israelí.
El ministro de la Policía, sigue narrando Amin, comparó su caricatura a las que publicaban los nazis en el periódico Der Stürmer. A petición del ministro, el redactor jefe del periódico en el que trabajaba le interrogó, luego le despidió y finalmente tuvo que dejar de dibujar.
También Charlie Hebdo despidió en 2008 a un dibujante que hizo un chiste sobre el hijo del presidente Sarkozy, que se había casado con una judía. La revista no luchaba contra la censura sino a favor de ella.
Algún ingenuo quizá suponga que la movilización de París puede ayudar a reforzar las maltrechas libertades públicas y, en particular, la libertad de expresión. Pero no se va a producir ninguna ampliación de los derechos y las garantías, sino todo lo contrario. Servirá para que una mayor represión sea ampliamente aceptada.
Al periodista francés Eric Zemmour no le han puesto guardaespaldas porque el Estado defienda la libertad de expresión sino porque propugna la expulsión de los musulmanes franceses fuera de su país (no se sabe a dónde). Lo que el Estado quiere es que pueda continuar propagando el fascismo “libremente”.
Hoy la edición de Le Monde repite la aburrida letanía de los “límites” a los derechos, que se ha convertido en la gran coartada: hablar de los límites antes que de los derechos. Pero esto es la ley del embudo. Unos tienen los derechos y los demás sólo los límites. Tenemos las manos atadas; no nos podemos defender de los ataques fascistas.
Veamos un ejemplo: el grupo de prensa belga Sudpresse publica en sus portadas las fotos de los tres autores de la masacre del 7 de enero con el titular: “Se ha hecho justicia”. El redactor jefe de una de las ediciones, Xavier Lambert, plantea a los jefes sus dudas sobre el acierto de dicho titular y le despiden fulminantemente. ¿Alguien hará una campaña en su favor?, ¿considera Sudpresse que a los rehenes de la tienda judía también se les ha hecho justicia?, ¿qué entienden por justicia?Otro ejemplo: si Zemmour hubiera propuesto con los judíos lo mismo que con los musulmanes, la cosa hubiera sido muy distinta porque en Francia la negación del Holocausto (que se debe escribir con mayúsculas porque fue muy grande) es un delito punible.
Una semana después del atentado del 7 de enero, la fiscalía francesa ya ha abierto 54 causas por apología del terrorismo. El humorista negro Dieudonné acaba de ser detenido esta misma mañana acusado de ese “delito”. Lleva años acosado y perseguido por satirizar al judaísmo. En noviembre de 2007 le condenaron por difamación, injurias y provocación al odio racial. En febrero del año pasado por negación de crímenes contra la humanidad, difamación, provocación al odio racial e injurias públicas. ¿Por qué Charlie Hebdo se puede burlar del islam mientras a Dieudonné le condenan por hacer lo mismo con los judíos? La respuesta la expone el mismo Le Monde: en realidad, sugiere, Dieudonné no es un humorista sino un militante.
Exactamente, es un problema de militancia, de tomar partido. Pero eso no cambia las cosas: ¿por qué este verano el gobierno francés prohibió las manifestaciones en solidaridad con el pueblo palestino, que estaba siendo masacrado en Gaza?
Si a los imperialistas les gusta tanto la libertad de expresión, ¿por qué no dejan en libertad a Assange y a Snowden?
Yo tengo que acudir mañana al Juzgado a firmar mi libertad provisional, como hago cada 15 días, por hablar en una charla. ¿Por qué no me dejan en paz?

Fuente: Министр здравоохранения Литвы предложила убивать бедных, 20 de noviembre de 2014, http://www.novorosinform.org/news/id/15424

Carta blanca al fascismo. También en Suecia. En todas partes.
Fuente: Svenskarna som strider i Ukraina, 10 de diciembre de 2014,
http://www.expressen.se/nyheter/svenskarna-som-strider-i-ukraina/

Fuente: El Semanal Digital, 6 de enero, http://elsemanaldigital.com/el-vicepresidente-del-fn-frances-se-rinde-al-encanto-populista-de-podemos-139532.htm
* Más información:
Podemos está más cerca del fascismo que del bolivarismo

Fuente: http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/01/01/la-transicion-fue-una-traicion/

Documental sobre la masacre de 1976 en Vitoria
http://www.eldiario.es/norte/euskadi/Adolfo-Garijo_0_340516610.html

Lo mismo ocurrió durante la transición. En lugar de multiplicar las ediciones de libros, se censuraron y las librerías fueron testigo de una escalada de agresiones sin precedentes por parte de grupos fascistas apoyados por los aparatos represivos del Estado, dentro de una «estrategia de la tesión» destinada a sembrar el pánico y paralizar el movimiento de masas.
El 6 de mayo de 1976 el diario El País titulaba una noticia: «Un centenar de atentados a librerías españolas». Unos días más tarde titulaba otra: «Una librería asaltada cada dos semanas». Nada menos que 33 establecimientos habían sido destrozados en los últimos dieciseis meses después de la muerte de Franco. La prensa de la época hablaba de «ola», «espiral» o «escalada» y el período que se extiende desde la muerte de Franco fue calificado como una «etapa negra» para los libreros. Las cifras utilizadas ascienden a 200 establecimientos afectados.
Algunas librerías fueron objeto de ataques en varias ocasiones, así como de intimidaciones de diverso grado, convirtiéndose en víctimas múltiples. La librería Tres i Quatre de Valencia ostenta un récord: el número de ataques fascistas más alto de Europa. A finales de 1976 había sufrido siete atentados. Otra librería, Pórtico, de Zaragoza, era veterana en agresiones: tuvo su primer ataque en 1946 y tres décadas después acumulaba ya cinco en pocos meses. La dos librerías Antonio Machado, tanto la de Sevilla como la de Madrid, también fueron atacadas en muchas ocasiones por los fascistas.
La librería Rafael Alberti de Madrid padeció cinco ataques. A finales de abril de 1976 provocó la cólera de los fascistas tras organizar un acto en el que el cantaor Manuel Gerena firmó sus obras. Primero les enviaron un anónimo: «Lo de Manuel Gerena ha colmado nuestra paciencia. Pronto os visitaremos». Ese primer anónimo se saldó con dos atentados el 30 de abril y el 8 de junio, que destruyeron completamente la librería siete meses después. En el primero utilizaron piedras para romper las lunas, que luego sustituyeron por un bloque de hormigón traido de alguna obra cercana, dada la ineficacia de las piedras. El bloque de hormigón, ante la resistencia de las lunas, tampoco fue eficaz, por lo que utilizaron las pistolas. Se identificaron cinco disparos que consiguieron perforar una de las cinco láminas de las lunas. Luego utilizaron una barra puntiaguda y un martillo. La finalidad era hacer un agujero para introducir una carga explosiva.
La librería fue víctima de dos atentados más. El 9 de julio los fascistas pintaron las paredes de la librería con varias cruces gamadas y una amenaza: «Volveremos». Finalmente estuvieron a punto de perforar con un punzón la luna antibalas.
Los ataques violentos sólo eran la punta de un iceberg. Además las librerías, revistas y periódicos debían hacer frente a los controles de la censura y a los riesgos de secuestros y de multas que la todavía vigente Ley de Prensa de 1966 albergaba.
Durante la transición los libreros fueron amenazados permanentemente. Los fascistas les intimidaron y llenaron sus escaparates de pintadas. La amenaza iba a menudo acompañada de pintadas y el cóctel molotov era avalado por la presencia de cruces gamadas.
Los fascistas justificaban sus crímenes por la presencia en todas las librerías españolas de autores marxistas y progresistas en detrimento de los títulos de los escritores reaccionarios como Menéndez Pelayo, Maeztu, José Antonio y Onésimo Redondo.
En noviembre de 1971 se produjo el primero de los ataques, dirigido contra la librería «Cinc d’Oros» de Barcelona. En esta ocasión varios cócteles Molotov contra los escaparates del establecimiento provocaron un incendio ocasionando la destrucción de libros pero también de una reproducción del «Guernica» de Picasso.
En febrero de 1972 un segundo ataque esta vez contra la librería «Antonio Machado» de Madrid ocasionó el destrozo de las lunas de los escaparates y una serie de pintadas insultantes.
A partir de mayo de 1973 las acciones violentas comenzaron a extenderse a otros centros de interés relacionados con la cultura como revistas, editoriales y distribuidoras. Así, «El Ciervo» (1973), «Nova Terra» (1973) y «Enlace» (3 de julio de 1974) respectivamente, fueron objeto de incendios con consecuencias cada vez mayores.
En la madrugada del 14 de octubre de 1975 explotó una bomba en la sede de la editorial Ruedo Ibérico de París. El atentado no constituía un acto aislado contra editoriales en Francia ya que otras empresas habían sufrido la misma suerte: la editorial vasca de Hendaya Mugalde en dos ocasiones, en abril y mayo; la librería «Naparra» en Biarritz, y en París, las Ediciones Ebro.
Tras la muerte de Franco, 1976 fue el año el más intenso en acciones terroristas. De mayo a diciembre se produjeron 55 atentados a librerías, frente a 25 durante los meses de enero a junio del año 1977. Se trataba del envío de anónimos, amenazas verbales, llamadas telefónicas anunciando estallidos de artefactos, incendios provocados, ráfagas de metralleta, lanzamiento de botes de tinta y colocación de cargas explosivas, cuando no utilizan los excrementos para embadurnar los escaparates de las librerías.
El alcance de los ataques a las librerías queda claro en el siguiente telegrama de 1976, firmado por 27 librerías madrileñas y dirigido a los libreros afectados: «Frente actual escalada violencia extrema derecha, que alcanza a todos los pueblos de la Península, enviamos mensaje solidaridad y hacemos constar indignación ante impunidad de los hechos».
Es otra de las constantes que aparece siempre en el terror fascista de la transción: la impunidad de los criminales. La policía se cruza de brazos y los periódicos se limitan a utilizar términos tales como «unos desconocidos» o «incontrolados».
Sólo hubo una detención, que correspondió al incendio de la ya mencionada librería «Rafael Alberti» de Madrid. Sus autores fueron José Alberto García, Alfonso Moreno, Ricardo Manteca y Francisco José Alemany. Eran los mismos que el 5 de noviembre de 1971 destruyeron la galería de arte Theo, comprendidas una serie de litografías de Pablo Picasso. Aunque la prensa reveló entonces la identidad de los fascistas, en ningún momento establecieron sus vínculos con los servicios de información del franquismo, de la Guardia Civil, del Estado Mayor y de la Presidencia del Gobierno. Sus autores eran policías de Madrid: Francisco José Alemany había sido informador de la policía en la universidad y Ricardo Manteca era un asalariado de la Dirección General de Seguridad. La ultraderecha siempre estuvo muy bien controlada.
La impunidad estuvo rodeada de una constelación absurda de siglas que fueron otras tantas cortinas de humo. En cuatro ocasiones la autoría la reivindica un supuesto «Comando Adolfo Hitler». Otra referencia que aparece con cierta frecuencia en los artículos de opinión es la de los Guerrilleros de Cristo Rey y las siglas GAS pertenecientes a los Grupos de Acción Sindical.
Las compañías de seguros se negaron a pagar los destrozos provocados y a cubrir el coste de las reparaciones por el carácter extraordinario de los daños, por lo que la indemnización recaía en el Consorcio de Reasegurados, compañía estatal dependiente del Ministerio de Hacienda que cobraba el 15 por ciento correspondiente a las primas de los seguros normales.
Los ataques a las librerías nunca han cesado. En 1980 los fascistas volvieron a atacar la librería La Oveja Negra en el barrio de Quintana, en Madrid, que ya había sido atacada cuatro años antes. Unos quince o veinte fascistas armados con bates de béisbol y cadenas profirieron gritos de «¡Viva Cristo Rey!» y otros similares, arrojando una papelera a su interior y rompiendo las lunas. Uno de los cristales rotos hirió en la mano a una de las trabajadoras.
En 2005 se produjo otro ataque en Madrid cuando varias decenas de fascistas irrumpieron en la librería Crisol para reventar el acto de presentación del libro «Historia de las dos Españas», agrediendo violentamente a los asistentes y destrozando el local.
A los asistentes los fascistas les metieron panfletos en la boca, además de zarandear e intentar agredirles, entre gritos de “asesinos”, “genocidas”, patadas por doquier y destrozos de las estanterías repletas de libros.
Uno de los atacantes era un sargento en activo del Ejército de Tierra. Todos ellos eran miembros de Falange.
El año pasado se produjo otro asalto fascista a la librería Blanquerna de Madrid, donde la Generalitat celebraba con algunos diputados la Diada de Catalunya. Como los fascistas no se aplican la ley de partidos a sí mismos, este año los asaltantes se presentaron a las elecciones europeas.

Hay para quien el fascismo es la ultraderecha montaraz, lo que convierte a la «derechona» en «democrática» (léase: civilizada). Para otros el fascismo fue algo coyuntural y que ya pasó (como pasa un tornado, de manera natural) siendo, pues, lo permanente, la democracia burguesa, o sea, haz como yo y no te metas en «política». Otros asocian fascismo con represión masiva, a la pinochetista manera, que sería lo típico del fascismo y que siempre pasa «ahí fuera». No faltan tampoco quienes consideran, desde la izquierda fetén, que hay una combinación de métodos fascistas y de democracia burguesa, una suerte de neofascismo.
Recuerdo, Nicolás, que recién muerto (en la piltra, aunque de mala manera, dicho sea con consuelo, al menos)) el general Franco, el exquisito Antonio Gala escribió aquello tan original de «muerto el perro, se acabó la rabia», esto es, magia y volavérunt: prestidigitación. José Bergamín, rasgó el velo de Maya para decir que: «muerto el perro, se murió el perro, eso es todo». Grande Don Pepe Bergamín.
Lo de la rabia estaba o quedaba por ver. Antes del 11-S -la voladura controlada de las Torres Gemelas en Nueva York y una tercera Torre y el misil al Pentágono, que ya se olvida esto-, vivíamos en libertad, decía la propaganda occidental. Después, en nombre de la libertad, se exporta la misma -catapultando «libertad» arrasando todo- por esos andurriales de fuera y extramuros. En los años 80 -me niego a decir «del siglo pasado», como si habláramos del pleistoceno o del jurásico y fue ayer, como quien dice, disculpa Nico-, se hablaba de procesos de fascistización en Francia o Italia, pero no en el Estado español que tuvo una «transición modélica», inmaculada (también exportable), del «franquismo a la democracia»: puritito birlibirloque. Es decir, que allí donde, como Italia y Francia, el fascismo fue derribado (en la II Guerra Mundial) y se depuraron responsabilidades, se decía que llegaban tiempos de «involución», en Celtiberia Show, no, iba a ser que no, oiga: se avanzaba, al alba y con fuerte viento de levante, del fascismo crudo a la más pulcra y levítica y levitatoria democracia. Más magia, prestimanía y juego de manos.
El fascismo ya no es la cruz gamada (por cierto: el origen de la svástica no tiene que ver con los nazis; su origen es hindú, como el ajedrez o el parchís) ni las camisas negras ni el cara al sol. El fascismo es compatible con el Congreso, el Senado, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos, las manifestaciones y los «tertulistos». La democracia burguesa es cosa de la burguesía premonopolista. Y el fascismo lo es de la monopolista e imperialista actual. Y no hay vuelta atrás como no existe el túnel del tiempo salvo en Jolivú. Hoy Dreyffus hubiera sido condenado (y no absuelto) y Zola, el escritor naturalista francés, acusado de «colaboración con banda armada». Si Franco veía comunistas hasta en la sopa, la «democracia española» -felipatos, aznaratos, etc.- hace, ve y «construye» terroristas hasta el infinito imaginario. Buena suerte y un abrazo. «Indar Gorri».