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Un asesinato judicial de la Guerra Fría: crónica del proceso contra los Rosenberg

El 19 de junio se cumplió el 66 aniversario del asesinato judicial de Ethel y Julius Rosenberg, una joven pareja de Nueva York, cuya supuesta condición de espías soviéticos nunca se probó, a pesar de las mentiras, falsificaciones y engaños propagandísticos lanzados contra ellos desde entonces.

Acusados de espionaje, Ethel y Julius Rosenberg fueron electrocutados en nombre de lo que el director del FBI, J. Edgar Hoover, llamó “el crimen del siglo”. Fue el apogeo de la era McCarthy y la caza de brujas.

Todo había comenzado en 1948, comienzo de la histeria anticomunista en Estads Unidos. El propio gobierno había establecido un programa de vigilancia de la lealtad de los funcionarios y se habían creado muchos grupos, como el Comité Estadounidense para la Libertad Cultural, para encontrar a presuntos comunistas en el gobierno y los medios de comunicación.

Pero el senador Joseph McCarthy quería ir más allá. Era miembro del subcomité permanente de investigaciones del Senado y buscaba información sobre los comunistas que trabajaban en el gobierno de Truman. Con la ayuda del Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes, McCarthy quería demostrar que el gobierno de Truman estaba infestado de comunistas que espiaban para Moscú.

En medio de la histeria, en 1949 el general George C. Marshall, del Departamento de Estado, fue acusado de haber “perdido” China a manos de Mao Zedong.

Lo que convirtió en particularmente infame al senador McCarthy fue su papel activo en la persecución y el encarcelamiento de miles de comunistas estadounidenses, entre ellos casi 150 dirigentes del Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA), acusados de conspiración para derrocar el sistema constitucional estadounidense mediante una revolución comunista violenta.

Bajo la acusación de “comunistas” había de todo, incluso comunistas de verdad, aunque la mayor parte de las víctimas no sabían ni siquiera lo que era el comunismo. Muchos eran progresistas, pacifistas y sindicalistas, personas que se habían destacado en diferentes luchas.

Al amparo de la Ley Smith, cualquier miembro estadounidense del Partido Comunista podía ser procesado como traidor y espía soviético. Ni siquiera Hollywood se libró de la caza de brujas. Cientos de actores y actrices, directores, guionistas, productores, compositores de música, publicistas e incluso editores de teatro fueron incluidos en la “lista negra”, despedidos de sus trabajos o -como los “Diez de Hollywood”- encarcelados por sus simpatías y afiliaciones “comunistas”. Algunos famosos, como Charlie Chaplin y Bertolt Brecht, optaron por huir al extranjero en lugar de ir a la cárcel.

En 1945 Truman había asegurado repetidamente a los estadounidenses que la URSS no podría fabricar un arma nuclear durante los próximos 10 ó 20 años. Cuando en agosto de 1949 los soviéticos demostraron lo contrario, se buscaron traidores que espiaban para Moscú. Los soviéticos estaban tan atrasados que no eran capaces de fabricar la bomba atómica por sí mismos; alguien les había entregado el secreto desde dentro.

El senador McCarthy y el igualmente infame fiscal adjunto, Roy Cohn, que era el asesor principal de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado, acusaron públicamente a muchos conocidos y desconocidos “comunistas” de espionaje. Uno de los acusados era el oscuro propietario de un pequeño taller mecánico de Nueva York, David Greenglass, un joven sargento del ejército asignado al Proyecto de Manhattan en Los Álamos, Nuevo México, donde se desarrollaron las primeras bombas atómicas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

Las acusaciones de Cohn contra Greenglass eran absolutamente infundadas ya que no había ni un solo testigo ni ninguna prueba que apoyara la acusación de espionaje. Era puro terrorismo legal; el fiscal lo utilizó para intimidarle y, temiendo por su suerte, Greenglass se prestó al típico cambalache judicial: implicó falsamente a su hermana Ethel y a su marido Julius, como admitió muchos años después. Mediante el terror el fiscal fabricó un testigo para la ocasión, alguien que iba a decir en el juicio lo que estaban buscando.

Basándose únicamente en el testimonio de Greenglass, los fiscales detuvieron, encarcelaron y llevaron a los estrados a Julius y Ethel Rosenberg por robar los secretos de la bomba atómica estadounidense y transmitirlos a Moscú. La joven pareja se negó a confesar que habían espiado para la URSS, que era el verdadero objetivo de la farsa judicial. Estados Unidos quería demostrar que los soviéticos no eran capaces de disponer de tecnología tan avazada.

Ante su negativa a confesar, comenzó la farsa. La fiscalía fabricó la mayoría de las pruebas. En flagrante violación de la ley estadounidense, Cohn, el fiscal Irving Saypol y el juez Irving Kaufman se pusieron de acuerdo entre ellos en secreto y con otros altos funcionarios del Departamento de Justicia, incluido el Fiscal General, Herbert Brownell. Jr., para llevar a los acusados a la silla eléctrica de la cárcel de Sing Sing, en Nueva York.

El presidente Eisenhower se negó a conmutar la pena de muerte por la cadena perpetua. Por presiones políticas, el Tribunal Supremo se negó a revisar las sentencias de espionaje de los Rosenberg y rechazó la suspensión de sus ejecuciones para reabrir el caso, a pesar de las protestas nacionales e internacionales y de los llamamientos a su apoyo. Sólo dos meses después, un bombardero soviético lanzó la primera bomba de hidrógeno operativa del mundo (termonuclear) en una prueba de superficie que demostró lo absurdo de la idea de que la URSS necesitara que robar los secretos atómicos de Estados Unidos para producir sus propias armas nucleares.

A lo largo de 66 años no ha aparecido ninguna prueba contra los Rosenberg y, por el contrario, se ha descubierto todo lo contrario. Ha quedado claro que la fiscalía ocultó o retuvo pruebas que confirmaban la inocencia de los Rosenberg. Ahora se acepta ampliamente que Ethel Rosenberg nunca fue una espía soviética y que los fiscales eran plenamente conscientes de ello. Madre de dos hijos pequeños, fue detenida y encarcelada como rehén por el FBI de J. Edgar Hoover, con el único propósito de chantajear a su marido, a fin de que confesara su culpabilidad y denunciara a otros espías soviéticos.

Aparte de una gran cantidad de “pruebas de referencia”, la fiscalía nunca presentó ningún hecho tangible que probara la existencia de una red de espionaje dirigida por Julius Rosenberg, alegando que estas pruebas documentales debían permanecer secretas por razones de seguridad nacional.

Incluso si las acusaciones de espionaje contra Julius hubieran sido verdaderas, se hicieron en nombre del aliado soviético estadounidense en tiempos de guerra y no tenían absolutamente nada que ver con el robo de información atómica. Pero el argumento jurídicamente ridículo del juez era que los Rosenberg habían puesto la bomba atómica en las “sangrientas manos” de Stalin, lo que habría conducido a la muerte de 54.000 soldados estadounidenses durante la Guerra de Corea (1950-1953), lo que importaba más a la furiosa opinión pública estadounidense y sellaba el destino de la pareja acusada.

Pero lo más trágico de este crimen judicial es que los británicos ya habían detenido y encarcelado al científico nuclear alemán Klaus Fuchs, quien les confesó que había enviado información secreta sobre la bomba atómica estadounidense a Moscú mientras trabajaba en el Proyecto Manhattan en Los Álamos durante la Segunda Guerra Mundial.

El frío asesinato de Ethel y Julius Rosenberg es un ejemplo de la atmósfera extremadamente cargada de la Guerra Fría de los años cincuenta. No sirvieron de nada las manifestaciones, las peticiones y las protestas de todo el mundo, plenamente conscientes del crimen que se estaba cometiendo.

Los Rosenberg fueron un chivo expiatorio fabricado para la ocasión. Cuando hacia 1958 la histeria se calmó un poco, los dirigentes del Partido Comunista, condenados y encarcelados al amparo de la Ley Smith, fueron puestos en libertad uno por uno por los tribunales. Es más, el Tribunal Supremo revocó sus condenas porque se habían obtenido de la misma manera que las de los Rosenberg.

El asesinato de los Rosenberg es muy diferente: hasta hoy la fiscalía y los tribunales se han negado obstinadamente a reconocer la inocencia de los dos acusados y a anular su sentencia de muerte.

Más información:
– La caza de brujas contra los comunistas en Estados Unidos
 

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La cultura de las armas siempre ha sido propia de los racistas blancos de Estados Unidos

Ryu Spaeth

El tiroteo masivo en El Paso revela las corrientes oscuras que subyacen al debate sobre el control de armas. La muerte del juez John Paul Stevens [juez del Tribunal Supremo de 1975 a 2010, considerado uno de los más progresistas] a principios de este verano (16 de julio), revirtió lo que consideraba su derrota más cruel en 35 años en el Tribunal Supremo: la sentencia de 2008 en el caso District of Columbia v. Heller, que afirmaba, por primera vez en la historia del Tribunal, el derecho a portar un arma (1). Más que eso: esta decisión asume (como Stevens señaló en su desafortunado voto particular) que los autores de la Constitución querían limitar, para siempre, la capacidad de los funcionarios electos para regular el uso civil de armas de fuego mortales, armas con capacidad para mutilar y matar que serían totalmente inidentificables para los autores de la Constitución.

La última prueba de su poder devastador proviene de El Paso, Texas, donde un hombre armado mató a 20 personas [22 después de morir dos heridos] en un Walmart en lo que parece ser un ataque rabia de inspiración racista, y Dayton, Ohio, donde un hombre armado que llevaba un chaleco antibalas mató a nueve y hirió a docenas con un rifle de asalto.

El paisaje post-Heller está lleno de cuerpos acribillados a balazos. Desde la masacre de Sandy Hook en 2012, ha habido más de 2.000 tiroteos masivos en Estados Unidos, mientras que la violencia armada ha aumentado. Es totalmente absurdo argumentar que los jueces, con toda su sabiduría, querían privar al gobierno de una forma de detener esta devastación generalizada. Este fenómeno obsceno, que afecta a víctimas de todas las edades, colores y lugares, es quizás mejor entendido como autodestrucción. La sociedad sangra una y otra vez, mientras que nuestra fe en el carácter de la democracia se debilita, si no se rechaza por completo. Es absurdo volver al siglo XVII del derecho consuetudinario inglés -como hizo el juez Antonin Scalia [juez de 1986 a 2016 que argumentó que la Constitución debía interpretarse de acuerdo con el momento de su aprobación] en su triunfante opinión mayoritaria- para justificar el desmantelamiento de la república que está ocurriendo ahora mismo, ante nuestros ojos. También es absurdo, si nos referimos a Heller, pensar que este tipo de jurisprudencia conservadora ha sido tomada en serio en lugar de ser vista como la culminación de décadas de esfuerzos por parte de la NRA (Asociación Nacional del Rifle) y otras instituciones derechistas para transformar el poder judicial en un baluarte antidemocrático al servicio de los intereses de los ricos y poderosos.

La presidencia de Donald Trump, como siempre, ha aclarado las verdaderas motivaciones de la «América conservadora», que ya no pretende preocuparse por las sutilezas de las opiniones de los autores de la Declaración Inglesa de los Derechos Humanos. La razón por la que hay millones de armas en este país, la razón por la que miles de personas son sacrificadas cada año en el altar de las armas, es que una minoría insatisfecha de blancos en estas áreas rurales [pobres], con poca educación, ha hecho de esta arma el tótem tribal más poderoso del país. Estaban encantados de ver al Presidente expresar todos sus horribles sentimientos.

La superposición entre la política racista y la cultura de las armas de fuego se ilustra en color técnico con el tiroteo masivo en El Paso, que parece haber sido inspirado por el miedo y el disgusto del presunto tirador por una «invasión hispana de Texas», de acuerdo con un manifiesto en línea que se cree que es suyo [está confirmado] y que toma claras pistas en la retórica de Trump. La razón emergente es que los nuevos supremacistas blancos galvanizados están chocando con nuestra cultura nihilista de armas de fuego para producir una ola de masacres racistas, desde Charleston (disparando a la Iglesia Metodista Episcopal Africana en junio de 2015), hasta Poway (abril de 2019, disparando en una sinagoga en San Diego) y El Paso. Como escribió David Atkins en el Washington Monthly: «Tenemos un problema con las armas. Tenemos un problema de supremacía blanca. Están cada vez más entrelazados». De hecho, son, y siempre han sido, la misma cosa.

Los tiroteos masivos fueron llevados a cabo, por supuesto, por todo tipo de personas: misóginos violentos, yihadistas, enfermos mentales. Pero no son estos últimos los que se mantienen al margen, con los brazos cruzados, para impedir que el Congreso y las autoridades estatales adopten la reforma de control de armas; los que desarrollan una formidable y abundantemente financiada campaña política en la forma de la NRA, los que castigan a los parlamentarios que se atreven a salirse de la línea; los que tienen un control mortal sobre el alma condenada del Partido Republicano.

No, la cultura de las armas prospera gracias a los conservadores blancos que han invertido la mayor parte de su identidad política y cultural en el derecho a portar armas mortales. Son los conservadores blancos a los que el gobernador de Texas (desde 2015) Greg Abbott (republicano) intentaba hacer cosquillas cuando se divirtió twitteando hace unos años que estaba «avergonzado» de que su estado estuviera detrás de California en la compra de nuevas armas. Es a los conservadores blancos a quienes el senador de Texas John Cornyn tranquiliza cuando dice que «simplemente no tenemos todas las respuestas» cuando se trata de resolver problemas totalmente prevenibles como el asesinato en masa. Fueron los conservadores blancos quienes tomaron el poder sobre uno de los dos principales partidos del país y lo sometieron a sus caprichos retrógrados.

Para ellos, las armas de fuego no son una cuestión de caza o autodefensa, ni una cuestión de espíritu fronterizo u otras hojas de vid que se empuñan cada vez que su verdadera agenda comienza a manifestarse. Se trata de afirmar la superioridad de la identidad de un grupo, protegiéndolo tanto de amenazas reales (cambios demográficos inexorables) como imaginarias (invasiones de violadores y asesinos hispanos).

Sabemos esto porque la NRA transmite estos temores a sus propios asociados todo el tiempo. En 2017, unos seis meses después del comienzo de la presidencia de Trump, la NRA publicó un notorio anuncio en el que Dana Loesch [periodista, presentadora de televisión reaccionaria], la portavoz de la NRA en ese momento, enumeraba todos los crímenes que «ellos» -anonimizados- habían cometido contra «nuestro» modo de vida: comparar a Trump con Hitler, hacer que «su» historia fuera escuchada por las élites hollywoodienses, reclutar a «su» antiguo presidente (Obama) para dirigir la resistencia al hashtag resistencia. «La única manera de frenar esto, la única manera de salvar a nuestro país y nuestra libertad», dice, «es combatir esta violencia de mentiras con el puño cerrado de la verdad». El «nosotros frente a los demás» (la alterización), la paranoia, la llamada no demasiado sutil a las armas, son todas marcas de la propaganda de la supremacía blanca.

La NRA ha trapicheado en los  círculos racistas mucho antes de la era Trump, alcanzando una especie de pico ilusorio bajo la presidencia de Barack Obama («su» ex-presidente). En un anuncio de 2015, el dirigente de la NRA Wayne LaPierre condenó a Obama por no tomar medidas enérgicas contra el crimen en su ciudad natal de Chicago, donde los «gángsters» y los «matones» estaban causando la «carnicería del Tercer Mundo» a través de sus actos violentos. Esto implica que el presidente negro estaba contento de eliminar las armas de los paletos blancos cada vez que se producían asesinatos en masa, pero guardaba silencio sobre el verdadero problema de las armas utilizadas por los criminales negros. «Espera un crimen que coincida con sus intenciones», dice LaPierre, «y culpa a la NRA». LaPierre añade: «Los estadounidenses buenos y honestos que viven en zonas rurales, en Nebraska u Oklahoma, o que tienen dos trabajos en el centro de Chicago o Baltimore… lo ven todo».

Por supuesto, los tiroteos masivos son responsables de sólo una pequeña fracción de las 33.000 muertes (por año) causadas por armas de fuego en este país. Un tercio de todas las muertes por armas de fuego pueden atribuirse a homicidios; la mitad de estas víctimas son hombres jóvenes y dos tercios de esta cohorte son afroamericanos. Pero, una vez más, no son los activistas afroamericanos los que protestan contra el control de armas con el pretexto de razones legales para armarse hasta los dientes y usar pancartas de «noli me tangere» («ni me toques»). Son los conservadores blancos los que lo hacen, con el objetivo de consolidar su dominio mediante la disminución.

Los pistoleros de El Paso y Poway parecen representar una nueva y horrible tendencia, sus abominables actos forman un vínculo inequívoco con las canciones de Charlottesville (2) – «no nos harán cambiar» – y un Presidente que incita regularmente al odio racial y a la violencia. Pero estos tiroteos no habrían sido posibles sin un fenómeno más antiguo, incluso antes de la fundación de este país. El gran regalo que Donald Trump nos dio fue deshacernos de las pretensiones que durante mucho tiempo han rodeado el debate sobre el control de armas en particular, y la confrontación cultural [una especie de Kulturkampf estadounidense] en general. El originalismo constitucional [en el sentido anteriormente explicado por Antonin Scalia], llama a la larga y gloriosa tradición revolucionaria de la cultura de las armas, al «individualismo robusto» [todo el mundo puede tener éxito sin la ayuda del Estado] del ethos conservador al que incluso Obama y otros liberales han rendido homenaje, todo esto forma parte de una superestructura dispuesta sobre la base de que el poder de uno se perpetúa a expensas del otro. Tratar de resolver nuestro problema con las armas, así como muchos otros problemas, desde la atención de la salud hasta la desigualdad, es por lo tanto tratar de oponerse a este problema más amplio y antiguo de la supremacía blanca, que, si la presidencia de Trump nos enseña algo, sigue siendo el hecho esencial de la vida estadounidense.

(1) El demandante, Dick Anthony Heller, de 66 años, un guardia de seguridad armado, reclamó el derecho a mantener su arma en casa para ser usada en defensa propia. Desde 1976, la ley del Distrito de Columbia, sede de la capital federal, prohíbe la posesión de armas de fuego impidiendo su registro: los fusiles de caza deben ser desmontados en casa y durante el transporte, y las armas de fuego compradas antes de 1976 deben ser desactivadas con un candado de seguridad.

(2) En Charlottesville, Virginia, un fascista blanco mató a una mujer al arremeter con su coche contra una multitud de manifestantes que se oponían a los neonazis y racistas blancos el 12 de agosto de 2017. Trump dijo que había «gente muy buena» en ambos lados y que la culpa era compartida.

https://newrepublic.com/article/154652/gun-culture-always-white-supremacy

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Pearl Harbour: los imperialistas crean un mito para ir siempre de víctimas por la vida

El capitán de corbeta Arthur McCollum
A finales del año pasado falleció Robert Stinnett, un marino y fotógrafo que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en la radio de la Armada y luego acabó convertido en periodista. En 1992 buceaba en los Archivos Nacionales de Belmont, California, para escribir un libro sobre la carrera de George Bush en el reconocimiento aéreo durante la campaña del Pacífico Sur (1) cuando topó con unas grabaciones de audio que nadie se había preocupado de catalogar.

Las grabaciones consistían en transmisiones de radio interceptadas a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial que daban una descripción del ataque a Pearl Harbour muy diferente de lo que ha trascendido como “historia”. Stinnett dedicó a ello ocho años de investigación, demostrando que Roosevelt supervisó la elaboración de un plan para alentar el ataque de los japoneses. Las conclusiones aparecieron en 1999 en forma de un libro titulado “Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor” que lleva 47 páginas de apéndices documentales con reproducciones fotográficas de documentos oficiales clave (2).

El plan que condujo al ataque japonés a Pearl Harbor fue implementado a principios de octubre de 1940 sobre la base de un memorando de ocho puntos del capitán de corbeta Arthur H. McCollum, jefe de la Oficina del Lejano Oriente de la Oficina de Inteligencia Naval.

Es poco probable que McCollum las redactara por iniciativa propia, pero ahí está lo interesante, según Stinnett: “Sus ocho acciones exigen en la práctica un ataque japonés contra las fuerzas terrestres, aéreas y navales estadounidenses en Hawai, así como contra los puestos coloniales británicos y holandeses en la región del Pacífico”.

Estados Unidos interceptaba y decodificaba las comunicaciones de radio diplomáticas y navales japonesas y McCollum supervisaba el flujo de comunicaciones a Roosvelt desde principios de 1940 hasta el 7 de diciembre de 1941, proporcionando al Presidente informes de inteligencia sobre la estrategia militar y diplomática de Japón. Todos los informes militares y diplomáticos japoneses interceptados y decodificados para la Casa Blanca pasaron por la sección del Lejano Oriente de la Oficina de Inteligencia Naval que dirigía McCollum.

En el otoño de 1940, mientras hacía campaña en Boston para un tercer mandato, Roosevelt dijo: “Ya lo he dicho antes, pero lo diré una y otra vez: los muchachos no serán enviados a guerras en el extranjero”. El 1 de noviembre en Brooklyn, dijo: “Lucho para mantener a nuestro pueblo fuera de las guerras extranjeras. Y seguiré luchando”. En Rochester el día 2 dijo: “El gobierno nacional… es también un gobierno de paz, un gobierno que pretende mantener la paz para el pueblo estadounidense”. Ese mismo día en Buffalo, dijo: “Vuestro Presidente dice que este país no irá a la guerra”, y al día siguiente, en Cleveland, dijo: “El primer objetivo de nuestra política exterior es mantener a nuestro país fuera de la guerra”.

Roosevelt mintió en la campaña electoral. Quería entrar en la guerra pero, como es habitual, las declaraciones públicas van en una dirección y la política real en otra muy diferente. Según su orden directa de 27 y 28 de noviembre de 1941, Japón debía cometer la primera agresión de manera clara y evidente.

El almirante Richardson, comandante de la Flota del Pacífico, se opuso a las órdenes de Roosevelt de estacionar la flota en Pearl Harbor porque la ponía en peligro, por lo que fue reemplazado por el almirante Kimmel, con el almirante Anderson, de la Oficina de Inteligencia Naval, en el tercer escalón de mando. Sin embargo, este último no informaba a su superior de las comunicaciones de radio interceptadas. El general Walter Short tampoco fue informado de las comunicaciones japonesas. Más tarde ambos, Kimmel y Short, se convirtieron en chivos expiatorios del ataque.

Por su parte, Anderson fue enviado a Hawai para verificar la información, pero estableció su alojamiento personal lejos de Pearl Harbor, fuera del alcance del inminente ataque.

A principios de enero de 1941 los japoneses decidieron que en caso de guerra con Estados Unidos, comenzarían con un ataque sorpresa contra Pearl Harbor. Los servicios de inteligencia estadounidenses se enteraron de este plan el 27 de enero.

Hasta finales de noviembre Estados Unidos siguió bloqueando los intentos de los diplomáticos japoneses para llegar a un acuerdo que evitara la guerra entre ambos.

Desde el 16 de noviembre las interceptaciones de radio revelaron la agrupación de la flota japonesa cerca de las Islas Kuriles en el norte de Japón, y desde el 26 de noviembre hasta la primera semana de diciembre, McCollum vigiló estrechamente cada uno de sus pasos a lo largo del del Pacífico hasta Hawai.

El Jefe de Operaciones Navales, almirante Stark, era uno de los 34 que estaban informados del ataque. Fue quien ordenó a Kimmel que enviara sus portaaviones con una gran flota de escoltas para entregar los aviones a las islas Wake y Midway. Por orden de Washington, Kimmel dejó sus barcos más antiguos dentro de Pearl Harbor y envió 21 barcos de guerra modernos, incluyendo sus dos portaaviones, hacia el oeste a Wake y Midway. Con su partida, los barcos de guerra que quedaban en Pearl Harbor eran en su mayoría reliquias de la Primera Guerra Mundial, de 27 años de edad. Por lo tanto, “los acorazados hundidos en Pearl Harbor con sus tripulaciones fueron utilizados como señuelos”, concluye Stinnett.

El 22 de noviembre de 1941, una semana después de que la flota japonesa comenzara a agruparse y cuatro días antes de partir hacia Oahu, el almirante Ingersoll ordenó a Kimmel que retirara sus patrullas de la zona desde la que se iba a organizar el ataque aéreo japonés.

La fila de acorazados de Pearl Harbor y sus viejos y ruinosos barcos de guerra, escribió Stinnett, eran un objetivo atractivo. Pero fue un gran error estratégico para los japoneses. Los 360 aviones de combate japoneses deberían haberse concentrado en las enormes reservas de petróleo de Pearl Harbor y destruir la capacidad industrial de los diques secos, talleres de maquinaria e instalaciones de reparación de la Armada.

La “investigación“ sobre el ataque a Pearl Harbor comenzó inmediatamente después, poniendo en la picota al almirante Kimmel y al general Short, y continuó luego con ocho “investigaciones” más del Congreso durante y después de la guerra, con una auténtica tramoya, al más puro estilo estadounidense, con eliminación de documentos y declaraciones en falso. Hace 20 años, en el momento de la publicación del libro Stinnett, todavía muchos documentos permanecían ocultos o habían sido objeto de una censura significativa.

Uno de los elementos clave de la investigación de Stinnett fue el descubrimiento de copias duplicadas de las comunicaciones japonesas, descifradas, traducidas y luego enviadas después de la guerra a los Archivos Nacionales de Belmont, California, y que aún se encuentran allí, mucho después de que las copias de los archivos de Washington hayan desaparecido.

Sin embargo, aún hay “historiadores” que aseguran que McCollum no había logrado descifrar los códigos navales japoneses o que la flota japonesa guardaba silencio en la radio. El pretexto de que los códigos navales y diplomáticos japoneses no habían sido descifrados fue desestimado por primera vez en un tribunal federal de Chicago en 1943. Cuando se produjo la batalla de Midway, la prensa estadounidense atribuyó la victoria a la capacidad de la Oficina de Inteligencia Naval para descifrar las comunicaciones japonesas. El Departamento de Justicia decidió acusar al Tribune y al Times-Herald de revelar secretos militares. El Fiscal General consideró que la información periodística equivalía a una traición, ya que daba a los japoneses la posibilidad de cambiar sus códigos. El editor del Times-Herald, Waldrop, fue citado a Chicago para testificar ante un gran jurado. En medio de su declaración la Armada reveló que uno de sus censores había examinado previamente el artículo.

Por lo tanto, se supo desde el primer instante que la Armada estadounidense era capaz de descifrar las comunicaciones japonesas y que les habían dejado hacer porque necesitaban un pretexto para entrar en la guerra. Ese pretexto era Pearl Harbour y lo demás son películas.

(1) George Bush: his World War II years, Washington DC, Brassey’s, 1992
(2) Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor, Simon & Schuster, 1999

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¿Por qué los hongkoneses no están luchando por la independencia?

Carmen Parejo

Hong Kong es un territorio que fue colonia del Imperio Británico hasta 1997. Dentro de los acuerdos para devolver su soberanía a China estaba mantener su modelo económico capitalista y derechos de autonomía para el conjunto del territorio. Al modelo se le llamó “Un país, dos sistemas”.

Estos condicionantes han supuesto durante estos años que Hong Kong haya mantenido una estructura fuertemente estratificada, a través del dominio de varias familias influyentes herederas del imperio británico, que han consolidado la desigualdad social y política en la zona. Esto incluye el control de la mayoría de los colegios y centros educativos, privados, bilingües y adaptados a la difusión del pensamiento colonial británico. Las “nada sospechosas” donaciones a las universidades. Así como el control de los sectores estratégicos, o del acceso a la vivienda a través de un oligopolio que fija al alza los precios al alquiler (solo el 50% de las viviendas en uso son en propiedad), e incluso a través del control sobre los supermercados igualmente por las mismas pocas manos…

“Dos décadas después de que Gran Bretaña entregara la excolonia a China, sus ciudadanos más ricos –multimillonarios como Li Ka-shing y Lee Shau Kee– prosperan, gracias al alza en los precios de los bienes inmuebles y su control oligopólico sobre los puntos de venta minoristas, las empresas de servicios públicos, las telecomunicaciones y los puertos de la ciudad”.

Denunciaba un artículo de EconomíaHoy.mex en 2017 en alusión a que Hong Kong es hoy por hoy el lugar más desigual de todo Asia (*).

En 2018, los datos confirmaban que había más de 1 millón de personas en la pobreza, o el 14,7 por ciento de la población. Datos que no conseguían ser revertidos pese al incremento del gasto en Bienestar social del Gobierno Chino en la región, un gasto que en 2018 llegaba casi al doble del nivel de 2009; y que convertía a Hong Kong en la segunda área de gasto en magnitud después de la educación, según confirmó el propio Secretario Jefe de Administración del Gobierno de Hong Kong, Matthew Cheung Kin-chung. La República Popular China, el país que ha sacado a millones de la pobreza, ni con el sobre esfuerzo destinado conseguía dar la vuelta a esta situación, primando mantener los acuerdos establecidos en 1997.

Es decir, tras dejar de ser colonia los magnates creados al amparo del imperio, se garantizaron por los acuerdos de mantenimiento del sistema capitalista y la autonomía, una acumulación cada vez mayor de capital. Hasta tal punto que la riqueza de los diez individuos más ricos representa en la actualidad casi la mitad de todo el PIB de Hong Kong.

Acuerdos de extradición

La administración de Hong Kong propuso por primera vez estos cambios en febrero de este mismo año, a raíz de la polémica suscitada por el caso de un hongkonés, Chan Tong-kai, que era buscado por el presunto asesinato de su novia embarazada mientras los dos estaban de vacaciones en Taiwán. Las autoridades dijeron que no podía ser enviado de regreso a Taiwán para ser juzgado porque no había un acuerdo formal de extradición entre los dos territorios.

Y efectivamente así es, los acuerdos de extradición de Hong Kong se negociaron en 1997 cuando Reino Unido devolvió el territorio a China. Taiwán, Macao y el continente no fueron incluidos en ese acuerdo. Sin embargo, Hong Kong si tiene tratados bilaterales de extradición con 20 países, incluidos el Reino Unido, EE.UU o vecinos como Singapur.

Por otra parte, a la reforma planteada hay que añadir que contemplaba la inclusión de los delitos económicos y financieros en el proyecto de ley, esto facilitaría que tribunales de China continental pudiesen solicitar a tribunales de Hong Kong congelar y confiscar los activos relacionados con delitos cometidos en China continental. Es decir, un freno al paraíso fiscal oriental enriquecido según múltiples denuncias por la fuga de capitales y el lavado de dinero de actividades delictivas procedentes de diversas partes del mundo. Una de sus víctimas en efecto es el propio Estado Chino.

Sirva como ejemplo para comprender este papel histórico de Hong Kong en el movimiento de grandes capitales y delincuencia, el escándalo en 2012 de la Corporación Bancaria de Hong Kong y Shanghai (HSBC), el banco más grande de Europa creado e inflado por los británicos, y que demostraba para sorpresa de los más despistados que quién encabezó el tráfico de opio en el siglo XIX, controlaba entonces el 60% del lavado del dinero del narcotráfico que llegaba a través de México hacia Estados Unidos. Solo tres años después sería además investigado tras aparecer en la famosa Lista Falciani por sus actividades de lavado de dinero esta vez en Suiza.

Es en este contexto en el que se inician unas manifestaciones extremadamente violentas.

Más allá de estos problemas de carácter endógeno, es vital atender también a cuál es la situación internacional en la que se desarrolla el conflicto actual. Sobre todo porque hasta el momento parece ser que China no es el principal problema para la independencia de Hong Kong y los derechos de sus habitantes. De hecho pese a que el gobierno de Hong Kong retiró la reforma prevista las violentas manifestaciones no han cesado.

La gobernanza global y el ciervo herido anglosajón

Aunque habitualmente oímos hablar a modo eufemístico de la política proteccionista estadounidense en realidad de lo que hablamos es de que la economía y hegemonía de EEUU para ser protegida, según su modelo capitalista en fase imperialista, debe someter, expoliar y controlar al resto de los países del mundo. Ese es su modelo de “autoprotección”.

En un mundo cada vez más multipolar, con un fuerte crecimiento económico de países como China o Rusia que apuestan por otro modo de hacer las cosas, donde además las agresiones unilaterales de EEUU y sus títeres de la OTAN pierden fuerza por las alianzas de resistencia que se van creando para hacerle frente (veáse los casos de Siria o Venezuela); el papel hegemón de EEUU como heredero natural de aquel Imperio Británico, cada vez está más cuestionado.

Una muestra de ello son las distintas políticas llevadas a cabo fundamentalmente por los dos últimos presidentes de EEUU, Barack Obama y Donald Trump. El primero a bombazo limpio siendo el presidente, de un país que solo ha estado 6 años en paz de poco más de 200 que tiene, que en más guerras a la vez ha estado implicado. Y tomando el testigo a Donald Trump que además ha endureciendo sanciones y bloqueos criminales a diestro y siniestro. Unas políticas que lejos de demostrar fuerza, si analizamos en profundidad demuestran lo herido que está el ciervo imperial.

La República Popular de China en oposición crece en lo económico, crece en sus relaciones comerciales, saltándose en muchos casos los bloqueos criminales y por tanto apoyando a los países agredidos por el imperialismo estadounidense; y crece también y en consecuencia en influencia política. Siendo objetivamente el único país en el mundo que de hecho puede acabar con el poder hegemón de los EEUU.

Así se inician varias agresiones cada vez menos sutiles contra China, la última y más sonada fue la guerra comercial contra Huawei, de la que EEUU volvió con el rabo entre las piernas incluso antes de empezar la batalla.

No es casualidad que estas manifestaciones, que de tener un sentido es un sentido interno entre Hong Kong y China, estén rodeadas de la marca Washington DC.

Así los violentos manifestantes portaban banderas estadounidenses y británicas (curiosa lucha de independencia que usa de estandarte el símbolo que los colonizó). Así tampoco es de extrañar que en la tarde del 6 de agosto varios organizadores de disturbios se reunieran con personal del consulado general de los Estados Unidos en un hotel siendo fotografiados por ciudadanos de Hong Kong.

Medios como China Daily, afirman que la diplomática que aparece en las fotografías, y que actualmente trabaja en la sección política del consulado en Hong Kong, habría estado previamente destinada en Oriente Medio, tanto en Arabia Saudí como de asistente de prensa en la embajada estadounidense de Bagdad. ¿No os suena este tipo de película?

Espero haber aclarado un poco porqué esto no es un asunto de independencia y de “China imperialista” y otros sinsentidos teóricos y prácticos. De hecho China ha respetado todos los acuerdos, incluso cuando no le han beneficiado, incluso cuando iban en su contra. ¿Han hecho lo mismo los británicos y sus herederos naturales estadounidenses?… ¿No resulta un tanto extraño quien coordina y está detrás de esas protestas? ¿No es al menos un elemento a tener en cuenta el momento en el que surgen? ¿Se puede luchar por una independencia cuando la agenda está marcada por los intereses del imperialismo anglosajón? ¿No os huele un poco feo?

Ojalá los miles de hongkoneses que actualmente están bajo el umbral de la pobreza pudiesen revertir esta situación como pasó en Shenzhen, como está pasando en el Tibet rural… Ojalá los hongkoneses pudiesen de verdad ser independientes, independientes de la influencia del lastre del imperio británico y de la utilización geopolítica de un imperialismo anglosajón en decadencia que piensa morir matando.

(*) https://www.economiahoy.mx/internacional-eAm-mexico/noticias/8429860/06/17/Hong-Kong-la-ciudad-mas-desigual-de-Asia-donde-solo-viven-bien-los-magnates.html

http://www.revistalacomuna.com/internacional/por-que-los-hongkoneses-no-estan-luchando-por-la-independencia/

Más información:
– Hong Kong: una mano negra mueve los hilos de la guerra comercial contra China
– Hong Kong y Moscú: autopsia de las ‘revoluciones de colores’
– El imperialismo estadounidense dirige la desestabilización de Hong Kong

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Macri como se esperaba se ha hundido

Dario Herchhoren

Hace pocos días se celebraron las PASO (Primarias abiertas simultaneas y obligatorias) en Argentina, que son algo así como tomar la temperatura política al país; y como se esperaba y auguraban todas las encuestas, el gobierno de Cambiemos (Macri) perdió las mismas por goleada.

Lamento decir que todos se equivocaron. La paliza fue de tal calibre que hasta los más optimistas de la oposición se asombraron ante ese triunfo enorme del peronismo.

Pero todo esto, que ha llevado algo de esperanza a los sectores populares, tiene una explicación; y vamos por ella.

¿Quienes son los Macri?

La familia de Mauricio Macri, tiene poco arraigo en Argentina. El es un hijo de inmigrantes de primera generación. Su padre Franco Macri había participado en algunas actividades políticas en Italia, y llegó a fundar un partido político, que con el devenir del tiempo se incluyó en el partido fascista de Benito Mussolini.

Pocos años después de ese acercamiento Franco Macri emigra a la Argentina, y se asocia a otro inmigrante húngaro de apellido Kadara, que tiene una fábrica de helados, que se venden en las calles, y que consistían en una barra de helado de chocolate insertada en un palito de madera, y que estaba envuelta en papel. Esos helados se vendían en forma ambulante mediante una «flota» de triciclos que manejaban unos empleados y ofrecían a voz en cuello. Tuvieron mucho éxito, tanto Kadara como Franco Macri ganaron mucho dinero con ello. Era durante el primer gobierno de Perón (1946-1952).

Macri finalmente se separa de su socio, y entra en sociedad con un industrial argentino de nombre Enrique Vera, que fabricaba botones metálicos para todos los uniformes de la administración pública (fuerzas armadas, ferrocarriles, correos, policia federal y de las provincias) donde realmente consigue amasar una enorme fortuna.

Conocí personalmente a Enrique Vera y fui compañero de estudios de su hijo Enrique quienes no dejaban de denostar a Franco por sus artimañas comerciales, y a quien tildaban de estafador. Pero es recién en los años 60, cuando Franco amasa una enorme fortuna, gracias a su sociedad con Enrique Vera. Este le facilita su entrada en el Club Italiano de Buenos Aires, un lugar muy exclusivo donde las grandes familias de la oligarquía, algunos de ellos de origen italiano se reunen, y hacen grandes negocios con el estado, en esos tiempos en manos de los militares golpistas, surgidos de la llamada «revolución libertadora» (el golpe contra Perón de 1955).

Ya a partir de ese momento, Franco Macri pasa a ser un industrial de éxito, y se hace con contratos para proveer al estado de diversos bienes y servicios. MIentras tanto, su hijo Mauricio cursa estudios en el colegio Cardenal Newman, colegio privado que mantiene un equipo de rugby, y donde se aprueban los exámenes casi sin estudiar.

Al finalizar sus estudios de bachillerato, el niño Mauricio ingresa en la carrera de Ingeniería en la Universidad Católica Argentina, lugar donde la gente «de bien», obtiene sus titulaciones con poco esfuerzo pero gracias a una billetera espléndida de los padres, que ven como sus cachorros hacen sus pinitos en el mundo de la empresa.

Mauricio Macri entra en la administración de las empresas de su padre, y bajo su tutela, comienza a volar solo. Es así como se hace con la presidencia del Club Boca Juniors, una institución muy antigua que le da popularidad, y gracias a ello consigue mediante elecciones y una enorme cantidad de dinero hacerse con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
                                                                                                                    
¿Cómo logra el gobierno de la Nación?

Los gobiernos de los Kirchner lograron renegociar la deuda externa argentina, y consiguieron de esa manera quitar el cepo que atenazaba el crecimiento del país. Se aumentaron en forma exponencial los salarios, se implementó una política inclusiva de los sectores populares, se otorgaron créditos blandos de para la industria y  se efectuó un control de las exportaciones y el valor de la moneda, mediante el Banco Central, que comenzó a supervisar las operaciones de cambio de moneda; y el estado recuperó las grandes empresas estatales que estaban en manos de particulares. La familia Macri era; y es todavía dueña del correo argentino al cual vaciaron, y ha sido condenada al pago de una cantidad sideral en concepto de indemnización. Esos fallos judiciales a la fecha no han sido ejecutados.

La clase media argentina

Si hay algo que caracterizó siempre a Argentina frente a otras naciones sudamericanas es la enorme extensión de la clase media, y su enorme peso político, mediático, económico y cultural,  contra el interior del país, en una verdadera guerra de clase, y auque los gobiernos peronistas y luego los Kirchner les favorecieran muchísimo nunca terminó de aceptar
esa  cercanía social. Pero  Macri ha proletarizado a la clase media, que fue el principal apoyo del macrismo.

Es evidente  que Macri mató a la gallina de los huevos de oro y esta vez, la clase media además de la clase obrera muy maltratada y diezmada han dado un triunfo enorme a la izquierda en Argentina.

Esto se verá en las próximas elecciones que se celebrarán en octubre próximo. A ver si esta vez la estúpida clase media argentina aprende la lección, y entiende que su futuro está junto a la clase obrera, y no junto a la oligarquía y el gran capital, que la invita a un banquete para el cual no tiene entrada.

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Te rompen la mandíbula por 200 €

Jon Iurrebaso Atutxa

El derecho a la libertad de expresión y manifestación está proscrito en Euskal Herria cuando “atenta” a la dictadura de las burguesías españolas y francesas. Ni qué decir cuando se trata de salvaguardar a los fascistas más visibles, independientemente del tema en cuestión. La cuestión es que no puede ser de otra forma porque la España actual no ha roto aún con el régimen que proviene del alzamiento fascista y su maquillaje de 1978.

Para empezar, y unido directamente con la protesta ante la comparecencia en Bilbo del partido fascista VOX (13.04.2019), hay que subrayar que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Cada vez que los fascistas vienen a Euskal Herria las vascas y vascos somos multados, apaleados y detenidos/as en nombre de la democracia de quienes nos ocupan y explotan.

Los cipayos (políticos y coercitivos) de los españoles siempre defienden la ley de nuestros ocupantes y enemigos de clase. No es baladí que muchos conozcamos a la variada policía “vasca y navarra” como la Policía Autonómica Española (PAE).

Dicho esto, les preguntaríamos a los que piensan que desde el sistema se pueden hacer muchas cosas vitales para conseguir una Euskal Herria Socialista, ¿por qué el ayuntamiento de Bilbao no se persona como acusación particular ante la salvajada que hizo la PAV el día cuatro de abril del presente año? (entre otras, romperle la mandíbula a una joven y multarle con 200 € por injurias) ¿Por qué ante una violación machista aparece en los medios de comunicación la convocatoria de protesta de los ayuntamientos (todos los partidos a una) antes que las organizaciones feministas y diversos colectivos populares, etc.? La respuesta parece evidente. La mandíbula rota demuestra con el ejemplo quien es el que manda aquí. “Encabezar” las denuncias de las violaciones y el acoso sexual, no es que les salga gratis, sino que les da rédito. Mientras, ocultan de un lado, la cultura y dominación patriarcal y el verdadero planteamiento para acabar con ellas y, de otro, los acuciantes problemas que tiene el pueblo trabajador vasco en general y la clase obrera en particular.

Y si a esta chica el pelotazo le hubiera golpeado en la sien en vez de en la mandíbula (cuestión de muy pocos centímetros) ¿qué hubiera pasado? Que tendríamos otro asesinato por “una actuación proporcionada”. Y nos preguntamos, teniendo las fiestas de Bilbao en ciernes, ¿qué hubiera hecho la clase política oficial y sistémica? Y sobre todo ¿Qué hubiéramos hecho otros y otras? Teniendo tan cerca el llamado G-7, ¿y si ocurre?

Tenemos derecho a opinar, a movilizarnos, a defender nuestras ideas, en pocas palabras, tenemos derecho a defendernos y tenemos derecho a luchar. Los que no estamos alineados con la filosofía del capital y la burguesía no tenemos derecho a dejar pasar situaciones como ésta.

Mencionamos esta situación en concreto por su clara visualización y, con la intención de sacudir nuestras conciencias y nuestras contradicciones. Para terminar, una doble consigna de ayer y de hoy: ¡que se vayan! ¡disolución cuerpos represivos!

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¿Hacia donde va Turquía?

Dario Herchhoren

La nación turca, heredera del antiguo imperio otomano, y obra de Mustafá Kemal “Ataturk” (El padre de los turcos) siempre se ha debatido entre considerase un país europeo, o ser un país asiático. Y esto no significa la pertenencia a un determinado continente; hecho que por cierto es una mera convención. En sus entrañas significa ser un país avanzado, moderno y vinculado a los centros de poder mundial; o ser un país dependiente, ir a la zaga de las grandes potencias y ocupar un puesto subalterno en el concierto de las naciones.

Al fin de la primera guerra mundial, el imperio otomano al que se llamaba “el enfermo de Europa” había sido derrotado junto a los paises centrales (Austria y Alemania) Ello significó el fin del imperio otomano, que se redujo a lo que es el actual territorio de Turquía.

Ante esta situación y el total desbarajuste producido en la nación turca un grupo de militares patriotas encabezados por Mustafá Kemal (Los jóvenes turcos) toman el poder y fundan una nueva Turquía. Obligan a cortarse la barba a los hombres, se prohiben los vestidos a la oriental (se hace obligatorio el uso de que trajes con chaqueta y el uso de corbatas) se separa el clero del estado; el estado pasa a ser laico y quedan abolidas las costumbres otomanas tales como los matrimonios concertados, la circuncición de los hombres, la enseñanza primaria se hace obligatoria, se hace un nuevo alfabeto con letras latinas; y el ejército pasa a ser el verdadero motor del país. Mustafá Kemal visita la URSS en 1921, y aplica en Turquía algunas de las medidas aplicadas por el estado soviétivo; tales como la expropiación de los grandes latifundios, el pase al control del ejército de las fábricas de material estratégico, se crea una empresa estatal de petróleo, y el estado se hace cargo de la electricidad, las comunicaciones telegráficas y los puertos. Se permite una banca privada, pero bajo control del estado.

Todo cambia en Turquía, pero todo sigue más o menos como estaba.

¿Por qué pasó esto? Simplemente por el hecho de que a pesar de las buenas intenciones de Ataturk, no había en Turquía una herramienta política que aglutinara a los sectores populares y los movilizara para respaldar esos ambiciosos cambios.

La vieja oligarquía vuelve a ocupar los cargos de decisión; y el problema kurdo no se termina de resolver dando autonomía a ese pueblo, lo cual significa un conflicto interno permanente, y que no se ha resuelto hasta ahora mismo.

A la muerte de Ataturk, los militares son corrompidos por los británicos, y al finalizar la segunda guerra mundial, son los EEUU quienes reemplazan a los británicos y someten a su control a la República turca. La política interior de Turquía malgasta enormes sumas de dinero, bienes y hombres para reprimir a los kurdos, en un conflicto interminable, que es siempre azuzado y empujado por los EEUU, que están detrás de los kurdos para no permitir nunca que ese conflicto se acabe.

Los diversos gobiernos turcos posteriores a la segunda guerra mundial se han alineado siempre con los EEUU, y Turquía es un miembro de la OTAN muy impostante, ya que posee el mayor ejército de esa organización.

Hubo luego de la segunda guerra mundial una sola excepción, que fue el gobierno de Adnan Menderes, que intentó romper el dogal que lo uniía a los EEUU, que terminó con la vida de Menderes en la horca.

Sus sucesores, Turgut Ozal y Tansu Ciller, y los gobiernos militares que hubo entre medias, se caracterizaron por su servilismo hacia los EEUU, y su represión contra el movimiento obrero, el encarcelamiento y muerte de los líderes populares, y sus flirteos con la Unión Europea para que Turquía sea admitida como socio de esa unión.

No ha sido esto posible, ya que los miembros de la UE, han hecho saber a los gobiernos turcos que la UE es un club cristiano, y que no hay lugar para ellos.

Todo esto hasta la llegada de Abdullah Gulen y Recep Tayip Erdogan al gobierno de Turquía.

Estos dos políticos y conocidos estafadores, asociados con el ministro de exteriores turco Mevlut Cavusoglu, son los propietarios de todas las fábricas que falsifican las grandes marcas europeas tales como relojes Rolex, ropa de Lacoste, perfumes de Dior, etcétera, y que se venden en Europa a precios bajos, han logrado hacerse con el poder; pero en una pelea interna entre Gulen y Erdogan, este último consiguió desplazar al primero y luego de una elecciones discutidas.

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Ciencia

La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

La evolución de la ideología climática (y 6)

Los científicos como Revelle jamás hubieran podido desatar una paranoia, como la climática, sin su estrecha asociación al centro de poder por antonomasia de la Guerra Fría, sito en Washington. Ahora sabemos que, como cualquier otro tinglado de ese tipo, formaban parte de un equipo secreto llamado Jason cuyo objeto eran operaciones ideológicas en masa como las que iniciaron contra Lysenko o las de tipo climático.

Durante aquellos primeros años, la ideología oficial seguía siendo el enfriamiento, que los portavoces ideológicos del imperialismo presentaban con el mismo alarde catastrofista que ahora. Los científicos que hablaban del calentamiento eran una minoría insignificante, incluso dentro del ámbito académico. Eran pocos pero eran el imperialismo o, por lo menos, una parte de él.

Se trataba, pues, de imponer la doctrina dentro de la “ciencia” para luego propagarla como tal a los altavoces mediáticos, es decir, no como una consigna militarista sino como “ciencia”. Naturalmente que tampoco se trataba de unas u otras teorías, como algunos creen, sino que ya se había dado el salto de la “ingeniería climática” al armamento climático.

Con el apoyo de General Electric y el Pentágono, en los años cuarenta los científicos Vincent Schaefer y Irving Langmuir pusieron en marcha el Proyecto Cirrus, luego reconvertido en Stormfury, un plan para modificar el clima con fines bélicos (lluvias, huracanes, tornados, ciclones), que en 1967 se puso en marcha en Vietnam con el nombre de Operación Popeye, un intento de modificar el clima que se prolongó hasta 1974.

Muy pocos años después, en 1978, los mismos imperialistas que habían convertido al clima en un arma de guerra, introdujeron en la ONU un tratado internacional que prohibía el uso del armamento climático en la guerra, otro ejemplo del “doble juego” ideológico que desempeña la paranoia climática: al mismo tiempo que los “científicos” estadounidenses utilizan el clima como arma, previenen sobre el cambio climático.

Los mismos organismos que alertan sobre el cambio climático financian los programas militares de cambio climático. Por ejemplo, entre 1962 y 1983 el Instituto Meteorológico (Weather Bureau, luego denominado National Weather Service) financió el Proyecto Stormfury.

Quien llevó a cabo el intento de modificar el clima de Indochina no fue la Fuerza Aérea sino los aviones de la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), un organismo a la vez científico y militar, hoy muy conocido por ser uno de los propulsores de la paranoia climática.

El imperialismo encubría sus planes de cambiar el clima con la manta del CO2. En 1963 el Presidente Johnson aseguró ante el Congreso que a causa de la quema de combustibles fósiles su generación “había alterado la composición de la atmósfera a escala mundial”. Su gobierno encargó un estudio sobre el asunto a su Comité Científico Asesor.

Dos años después el Comité publicó su informe sobre los tópicos favoritos que forman parte de la alarma climática: aumento de los niveles de CO2, la rápida descongelación de la Antártida, el aumento del nivel del mar, el aumento de la acidez del océano… El informe señala, además, que esos cambios requerirán un esfuerzo mundial coordinado para prevenirlos, lo que indica que Estados Unidos comenzaba a imponer su propia política como algo consustancial a la ONU.

Uno de los “científicos” que contribuyeron a desatar la alarma fue Gordon MacDonald, asesor del Presidente Johnson y enlace de la CIA con Jason. En 1968 publicó “Cómo destruir el medio ambiente”, un recetario de las modernas paranoias seudoecologistas. Al mismo tiempo que se preocupaba del medio ambiente, MacDonald colaboraba como geofísico en la guerra contra el pueblo vietnamita.

Como el resto del equipo científico Jason, MacDonald mostraba dos rostros. Por un lado, fue uno de los fundadores de la Agencia de Protección Medioambiental y, por el otro, escribió que “un huracán bajo control se puede utilizar como arma para aterrorizar a los adversarios en partes sustanciales de la población mundial”.

Fue pionero en la SRM (Solar Radiation Management), la manipulación de la radiación solar con fines bélicos. La SRM tiene la pretensión de devolver la radiación infrarroja de nuevo al espacio exterior mediante la dispersión de partículas en la atmósfera, lo que puede impedir el calentamiento, según creían. Para ello, MacDonald propuso recurrir al empleo de misiles en lugar de aviones.

Otro interesante arma ecológica que se le ocurrió a MacDonald fue explotar bombas atómicas para hacer que las capas de hielo polar se deslizaran hacia el océano, causando así maremotos “catastróficos para cualquier país costero”.

También sugirió que la creación de un agujero en la capa de ozono de la atmósfera podría ser un arma eficaz “fatal para la vida”. Según MacDonald las perturbaciones del medio ambiente podían producir, además, cambios en los patrones de comportamiento de las personas, es decir, manipular a la población manipulando el medio ambiente. En cualquier caso, escribe, para Estados Unidos “es ventajoso garantizar su propio entorno natural pacífico para sí mismo y un entorno perturbado para sus competidores”.

Entre 1964 y 1967 formó parte de los asesores de la National Science Foundation para la Modificación del Clima, cuyas conclusiones fueron criticadas por el Journal of the American Statistical Association por la característica manipulación de las estimaciones: “Es deplorable que tales tonterías aparezcan con la cobertura de la Academia Nacional de Ciencias”.

En 1992 el Vicepresidente Al Gore le introdujo en el exótico Comité Medea (Measurements of Earth Data for Environmental Analysis), a medio camino entre el espionaje y la ciencia. Se trataba de recuperar viejos archivos de la CIA y el KGB que contenían información sobre el Ártico tomada por los satélites de vigilancia.

Tanto la Armada como la Fuerza Aérea de Estados Unidos crearon varios escuadrones, conocidos como los “guerreros del clima”,  para militarizar el clima. Algunos de ellos colaboran con la Organización Meteorológica Mundial.

En 1973, tras la guerra árabe israelí, los precios del petróleo se dispararon y, con ellos, las campañas seudoecologistas contra los combustibles fósiles.

El Presidente Carter instaló 32 paneles solares en el techo de la Casa Blanca y los grandes monopolios comenzaron a crear fundaciones contra el cambio climático. Entre ellos destacan Krupp y MacDonald’s, por cuya iniciativa Estados Unidos creó una Oficina sobre los efectos del dióxido de carbono (1). Al calor de las subvenciones las ONG ambientalistas comenzaron a proliferar por todos los países occidentales.

La prensa cambió los titulares que habían predominado hasta entonces: ya no hay que tener miedo el enfriamiento sino al calentamiento. No escatimaron en gastos. En 1958 subcontrataron al director de cine  Frank Capra para que realizara el documental “The Unchained Goddess” que, entre otros temas, ya alertaba sobre el calentamiento mundial (2), un anticipo de la “verdad incómoda” que en 2006 rodaría la Paramount para Al Gore.

En 1977 el equipo Jason envió un informe al Departamento de Energía con las típicas previsiones para el futuro, una vez que se duplique la concentración de CO2 en la atmósfera que, como las demás, es pura ficción.

Estados Unidos internacionaliza la paranoia. En 1979, en la reunión del G-7 en Tokio, las grandes potencias imperialistas firman una declaración solemne comprometiéndose a reducir las emisiones de CO2. Al mismo tiempo, se celebra en Ginebra la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, en la que científicos de 50 países aseguran que es necesario actuar urgentementemente. Son los primeros pasos para llevar el cambio climático a la ONU e institucionalizarlo.

Progresivamente, a los partidarios de la doctrina del calentamiento les ponen al frente de los departamentos universitarios, e incluso los crean para ellos, como la unidad del clima de la Universidad de East Anglia, en Gran Bretaña, financian investigaciones dirigidas, organizan conferencias internacionales de expertos y crean revistas especializadas… En 1981 el New York Times llevó por primera vez el “efecto invernadero” a su primera plana. Aquel año sólo un 38 por ciento de los estadounidenses había oído hablar alguna vez del “efecto invernadero”. En 1989 el porcentaje había subido al 79 por ciento.

El punto de viraje de las ideologías climáticas se produjo en 1988 con las dos compareciencias de James Hansen y el senador demócrata Thimothy Wirth en el Senado de Estados Unidos, aunque las doctrinas climáticas posmodernas deben su triunfo  a Margaret Thatcher, como reconoció en 2006 la revista Nature en un editorial.

El Partido Conservador británico, entonces en el gobierno, quería reducir la dependencia de Reino Unido de las energías fósiles y desactivar los poderosos sindicatos mineros, cerrando las minas de carbón, para potenciar la energía nuclear y el gas escocés.

En 1985 Thatcher aplastó una importante huelga minera que se prolongó durante un año. Tres años después pronunció un famoso discurso seudoecologista ante la Royal Society en el que puso varios tópicos sobre la mesa: calentamiento, agujero de ozono y lluvia ácida, entre otros.

Thatcher fue la primera jefa de gobierno en apadrinar públicamente la lucha contra el cambio climático, una política seguida después por el Partido Conservador durante su conferencia anual.

En 1987 Thatcher fichó a Crispin Tickell, embajador de Reino Unido ante la ONU entre 1987 y 1990, como asesor en cuestiones ecologistas. Diez años antes Tickell había escrito un libro, reeditado en 1986, titulado “Climate Change and World Affair”, donde profetizaba el calentamiento global y en 2001 se presentó a las elecciones generales por el Partido Verde.

Pero para cambiar la ideología climática entonces imperante y presentarlo como ciencia era necesario crear, además, centros de investigación. De ahí que, poco antes de salir del gobierno en 1990, Thatcher creó, a partir de una unidad especial para el estudio de modelos climáticos formada ya en 1988 en el Instituto Británico de Meteorología, el Centro Hadley para la Predicción e Investigación del Clima.

No obstante, el triunfo de las doctrinas posmodernas sobre el clima no hubiera sido posibles sin la creación en 1988 de su propio Vaticano, el IPCC, que contó con el apoyo de Thatcher, Reagan, Tickell y Bert Bolin, su primer presidente.

El IPCC no se crea porque en aquel momento la doctrina del calentamiento fuera una corriente mayoritaria entre los científicos, sino al revés: se creó precisamente para imponer esa doctrina como mayoritaria y con el aval de una institución internacional, como la ONU. Fue un montaje de envergadura que culminó en 2007 con la insólita concesión del Premio Nóbel de la Paz, junto con el vicepresidente Al Gore.

Cuando dos años después se publicaron los correos internos de los climatólogos de la Universidad de East Anglia confesando sus manipulaciones, “el mayor escándalo científico de nuestra generación”, según confesó The Telegraph (3), a nadie pareció importarle. Lo que sostiene las concepciones climáticas actuales no es la verdad ni la mentira sino los padrinos.

En muy pocos años el imperialismo ha podido alterar radicalmente una concepción científica tan arraigada, como el enfriamiento, por su contraria. En  un libro, David F. Noble lo calificó en 2007 como un “golpe de Estado
climático de las multinacionales” (4).

La proliferación de este tipo de doctrinas muestra a las claras la actitud gregaria de la humanidad en general y de los científicos en particular, que disimulan bajo términos grotescos, tales como “consenso científico”, lo que no son más que ideologías trasnochadas.

(1) https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/002194369903600101
(2) http://www.youtube.com/watch?v=0lgzz-L7GFg
(3) https://www.telegraph.co.uk/comment/columnists/christopherbooker/6679082/Climate-change-this-is-the-worst-scientific-scandal-of-our-generation.html
(4) https://www.globalresearch.ca/the-corporate-climate-coup/5568

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El origen de la subcultura carbónica
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

 Las portadas de la revista Time, un altavoz del imperialismo, empezaron asustando por las doctrinas del enfriamiento y ahora hacen lo mismo con las del calentamiento
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El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

La evolución de la ideología climática (5)

La centralidad climática del CO2 adquiere una nueva dimensión como consecuencia de la Guerra Fría, las explosiones nucleares y la radiactividad, una página de la historia de la climatología que ha sido convenientemente descuidada por razones obvias, lo que vuelve a poner de manifesto que no se puede falsificar la ciencia sin falsificar, al mismo tiempo, su historia.

En 1945 Estados Unidos tiene el monopolio nuclear, cuyo mantenimiento requiere la presencia de una industria atómica anexa que, además de suministrar la materia prima del nuevo armamento, confiere superioridad también en el terreno económico y, sobre todo, energético. Nacen así las centrales nucleares, contrapuestas a los viejos métodos productivos “sucios”, basados en la quema de “combustibles fósiles”.

Como potencia hegemónica, Estados Unidos también tiene la pretensión de decidir desde el final de la guerra lo que es ciencia y lo que no lo es, y tanto una (la ciencia) como otra (la seudociencia) son subproductos de la guerra. El Proyecto Manhattan, la fabricación de la bomba atómica, es uno de los ejemplos más conocidos de la manera en que el ejército de Estados Unidos puso a los científicos a su servicio, engendrando un híbrido entre el burócrata y el investigador. No se sabe dónde acaba uno y empieza el otro.

En el caso del clima, la Armada llevó la ideología climática a un terreno hasta entonces inexplorado, el océano. Se había hablado bastante de las emisiones de carbono, pero faltaba otro aspecto capital: su absorción por las plantas y las aguas.

Las explosiones atómicas crean isótopos del carbono, algunos de los cuales son muy inestables, con periodos de vida de milisegundos, mientras que otros permanecen en la atmósfera antes de disolverse en el océano. Había que seguir su rastro tanto en el aire como en el agua. Para ello era necesario explorar el ciclo del carbono a lo largo y ancho de todo el planeta.

Había varias cuestiones conexas que eran del interés de la Armada: ¿se podía convertir el clima en un arma de guerra contra la URSS?, ¿era posible acabar con el Ártico mediante explosiones nucleares?, ¿se podían almacenar residuos radiactivos en el fondo del océano?, ¿podían provocar tsunamis oceánicos las explosiones atómicas?, ¿podían guiar los rayos infrarrojos la trayectoria de los misiles?

Muchos científicos se pusieron al servicio del espionaje y de la guerra nuclear. La Armada subcontrató una parte de las investigaciones atómicas con el Instituto Scripps de California, donde trabajaba el oceanógrafo Roger Revelle, uno de los prototipos de Jason, científicos de nuevo cuño fabricados por la Guerra Fría. Fue muy condecorado y habló mucho de sí mismo. Se definió como el “abuelo del efecto invernadero” y dijo que su mayor contribución a la preservación de la paz mundial fue recomendar a la Armada el programa Polaris: la fabricación de misiles de largo alcance capaces de surcar los océanos.

Había participado en varias expediciones náuticas en buques y guardacostas de la Armada, que le reclutó al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de comandante. Al final de la guerra fue trasladado a la ONR, la Oficina de Investigación Naval, un precedente de la actual Darpa. En 1946 le destinaron a la primera prueba atómica de posguerra en el Atolón Bikini, en el Océano Pacífico, a fin de estudiar su impacto que, desde luego, era mucho más que el puramente ambiental.

Durante las pruebas nucleares en el Pacífico, Revelle dirigió un equipo de 80 científicos especializados en la “lluvia radiactiva”. Estaba surgiendo la “megaciencia” (“big science”), las “cadenas de montaje del conocimiento”, grandes organizaciones científicas financiadas por organismos burocráticos y monopolios.

A partir de 1948, cuando la Unión Soviética, realizó su primer ensayo atómico, el interés por ese tipo de investigaciones se multiplicó. Había que detectarlas y conocer su impacto. Para ello era necesario saber el tiempo que tardan los restos de una explosión atómica atmosférica en disolverse en el océano. Es como el tiempo que tarda la patrulla de policía en llegar al escenario del crimen.

A su vez, para averiguar la antigüedad de cualquier resto, no solo arqueológico, en la posguerra se inventó la datación por radiocarbono, el carbono 14, una forma radiactiva del carbono que, por razones muy distintas de las climáticas, se ponía de actualidad. El austriaco Hans E. Suess era uno de los padrinos de esta nueva técnica de datación. Había descubierto que en los anillos de los árboles quedan trazas de carbono 13, un isótopo estable del carbono, que permiten datar su edad.

Se producen dos fenómenos contrapuestos. Por un lado, las explosiones nucleares aumentan la presencia de radiocarbono, lo que reduce las mediciones, que parecen más recientes. Por el otro, la combustión del petróleo lo que aumenta es la presencia de carbono 12, lo que incrementa las mediciones, que parecen más antiguas.

Revelle incorporó a Suess al Instituto Scripps para investigar los efectos de las radiaciones atómicas cuando las explosiones se llevaban a cabo en las profundides de las aguas oceánicas, descubriendo que la radiactividad se extiende a lo largo de cientos de kilómetros cuadrados de superficie pero sólo en un metro de profundidad. Los elementos químicos radiactivos permanecen diluidos en el agua durante años, pero sólo aparecen en una parte insignificante del océano.

Revelle y Suess calcularon que una molécula de CO2 tarda unos 10 años en pasar de la atmósfera al agua superficial, donde permanece cientos de años. Por dicho motivo la hidrosfera atesora 50 veces más CO2 que la atmósfera.

Las conclusiones más importantes de su investigación son que la absorción por el océano de las emisiones de CO2 no es inmediata y que sólo la parte superficial la lleva a cabo. De ahí Revelle quería deducir que el océano no es capaz de absorber todas las emisiones de CO2, como se creía hasta entonces. Para ello tenía que saber cuánto CO2 se añade a la atmósfera y en 1956 reclutó a Charles D. Keeling para que lo calculara.

Como es típico hoy en determinados científicos, Revelle tenía buenos contactos que le permitían administrar unos recursos gigantescos y pudo fundar un observatorio en Mauna Loa, un volcán de 4.000 metros de altitud, uno de los más altos del mundo, en Hawai, en medio del Océano Pacífico, destinado exclusivamente a medir la evolución de las emisiones de CO2 a la atmósfera, poniendo a Keeling al frente del mismo.

Desde entonces y hasta la fecha el CO2 se mide de una manera sistemática, al instante, casi exactamente igual que la temperatura. Keeling formuló gráficamente sus resultados en una curva ascendente que expresa el incremento exponencial de CO2 en la atmósfera. Los cálculos indican que dicha concentración ha pasado de unas 310 ppm (0,031 por ciento) a unas 410 ppm (0,041 por ciento). Hoy dicha curva se puede seguir en internet de manera continua:

Curva de Keeling: https://scripps.ucsd.edu/programs/keelingcurve/

Las mediciones de Keeling se consideran hoy como referenciales y válidas no sólo para Hawai sino para cualquier lugar del mundo. Sin embargo, no son las primeras, ni las únicas. Como demostró Beck en 2007 (1), desde que se identificó el CO2 a finales del siglo XVIII, los científicos han calculado su concentración en la atmósfera, a pesar de lo cual Revelle y Keeling hacen tabla rasa de los resultados obtenidos. Es como si nunca antes a nadie se le hubiera ocurrir medir la concentración de CO2 atmosférico. Además, esas mediciones se obtienen después de “filtrar información contaminada” y “eliminar información sospechosa”, como reconoció el mismo Keeling en 1986 (2). Había que olvidar ciertos datos para poner otros en su lugar y, en concreto, rebajar lo más posible las mediciones de CO2 de la “época preindustrial” para incrementar las actuales.

Si se examina su curva, es evidente que mezcla las mediciones directas que comenzó en 1958 con otras relativas a épocas pasadas, que se obtienen del hielo por métodos indirectos (proxies). ¿Por qué Keeling recurre a cálculos indirectos cuando tiene cálculos directos encima de la mesa? Es evidente que para llegar al tópico de que “la concentración de CO2 se dispara a una velocidad jamás conocida en la historia de este planeta”. El problema es que este planeta tiene 4.500 millones de años de historia y no es tan fácil reconstruir esas mediciones, ni siquiera de manera indirecta.

Algunos de los cálculos que Revelle, Keeling y el IPCC esconden bajo la alfombra demuestran que en el siglo XIX ya hubo científicos que estimaron concentraciones de CO2 del mismo nivel que las actuales, lo que derriba el núcleo de argumentaciones climáticas vigentes.

Por buena que sea, una estimación siempre puede ser mejorada por otra y, como consecuencia de la paranoia climática, actualmente se llevan a cabo centenares de mediciones del CO2 cada día, muy diferentes unas de otras. Ni el IPCC ni nadie está obligado a conformarse con las de Revelle y Keeling. El año pasado se lanzó un satélite al espacio que realizará 300 millones de mediciones diarias de los niveles de CO2 atmosférico.

(1) Ernst Georg Beck, 180 Years of CO2 gas analysis by chemical methods, Energy & Environment, 2007, vol.18, núm.2, pgs.259 y stes, https://www.geocraft.com/WVFossils/Reference_Docs/180_yrs_Atmos_CO2_Analysis_by_chemical_methods_Beck_2007.pdf
(2) Eric From y Ch.D. Keeling, Reassessment of Late 19th-Century Atmospheric Carbon Dioxide Variations, Tellus, 1986, 38B, pg.101, https://cyberleninka.org/article/n/146215.pdf

El Presidente Bush condecora a Keeling por sus investigaciones sobre el CO2

Serie completa:
— La evolución de la ideología climática
— Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
— El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
— El origen de la subcultura carbónica
— La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

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El origen de la subcultura carbónica

La evolución de la ideología climática (4)

Hacia mediados del siglo XIX la ciencia ya disponía de algunos de los elementos fundamentales para elaborar una teoría embrionaria sobre el clima, aunque sólo ha llegado a desarrollar piezas inconexas de ella, de las que se pueden poner dos ejemplos que se corresponden con otros tantos nombres que, por derecho propio, figuran entre los más grandes de la ciencia de aquel siglo.

El francés Joseph Fourier es uno de ellos y pertenece a la primera mitad del siglo. Además de su obra maestra, la “Teoría analítica del calor”, publicada en 1822, el científico napoleónico prestó mucha atención al clima terrestre en otras obras. De no ser por las limitaciones científicas de su tiempo, se le podría considerar incluso como el fundador de la climatología y hay quien, como el IPCC, le considera como el descubridor del “efecto invernadero”.

No obstante, Fourier no demuestra nada, ni lleva a cabo ningún experimento, ni descubre nada nuevo. Trata de explicar fenómenos ya conocidos anteriormente, especialmente el de Saussure, sobre el que apunta lo siguiente: “El calor del Sol, que llega en forma de luz, posee la propiedad de penetrar las sustancias sólidas o líquidas diáfanas, y la pierde casi enteramente cuando se convierte, por su comunicación a los cuerpos terrestres, en calor radiante oscuro”. Esta distinción entre calor luminoso y calor oscuro, añade Fourier, “explica la elevación de temperatura causada por los cuerpos transparentes” (1).

En dicho pasaje no existe nada de lo que hoy el IPCC y algunos historiadores de la ciencia tratan de dar a entender:

1. Fourier no se refiere sólo a la atmósfera, sino también a la hidrosfera y al hielo polar
2. Lo que trata de explicar es el motivo por el cual el calor no se dispersa hacia el espacio exterior sino que se acumula en la superficie terrestre, es decir, el gradiente vertical de temperatura de Saussure así como la relativa uniformidad de la temperatura de la que, naturalmente, no conoce su evolución en el tiempo, aunque supone que se enfría progresivamente
3. El científico francés considera a la atmósfera como un todo y no diferencia entre unos u otros componentes de ella, una tarea que llevó a cabo Tyndall en 1861: no todos los gases de la atmósfera absorben y emiten calor en la misma medida, considerando que el vapor de agua era el más influyente (2)
4. Fourier no tiene una noción clara de lo que es el “calor oscuro” y su interés se centra casi exclusivamente en su absorción por la atmósfera, descuidando la emisión
5. Pero lo más importante es que Fourier suponía -erróneamente- que el calor era un fluido y sabía que era una opinión controvertida. Hay varias hipótesis al respecto, añade, ante lo cual reacciona como la mayor parte de los científicos: no sabemos lo que es el calor pero podemos describir cómo se disipa (3).

Con la climatología de Fourier se cumple el principio de que para falsificar la ciencia hay que falsificar también su historia. El francés está siendo instrumentalizado para inculcar que la hipótesis del “efecto invernadero” no es reciente, lo cual es falso.

El segundo científico que expresa las paradojas de la ideología climática es el sueco Svante Arrhenius, al que le atribuyen una de esas leyes contundentes de la física cuya formulación no deja lugar a dudas: si las emisiones de CO2 a la atmósfera crecen geométricamente, la temperatura crecerá aritméticamente. En un artículo de 1896 el sueco Arrhenius ilustró gráficamente esa ley por la analogía con un invernadero (4).

Por lo tanto, desde Fourier, en el transcurso de casi un siglo el planteamiento climático había cambiado. Ya no se trataba de explicar la retención del calor en la superficie de la Tierra sino el cambio en su temperatura.

El interés de Arrhenius por el cambio de temperatura forma parte de la defensa de su tesis sobre la panespermia: la vida en la Tierra no tiene un origen temporal sino que preexiste desde siempre en todo el universo y seguirá existiendo indefinidamente. Ahora bien, en 1863 el físico alemán Clausius le había dado un vuelo absurdo al segundo principio de la termodinámica, según el cual la equiparación de temperaturas conducía a la “muerte térmica del universo”, de donde deriva todo el conjunto actual de elucubraciones acerca de la entropía, la irreversibilidad, la teoría del caos y otros.

Acertadamente Arrhenius criticó a Clausius apoyándose en las glaciaciones, que mostraban la posibilidad de que los procesos térmicos fueran reversibles. Es más, Arrhenius pensaba que la Tierra se enfriaba y, en consecencia, para retardar el fantasma de una futura glaciación y la “muerte térmica del universo”, había que invertir un fenómeno natural para hacerlo reversible artificialmente. Siguiendo a Tyndall, Arrhenius consideró que el CO2 atmosférico era la clave para ello, no obstante su carácter residual.

Así comenzó la subcultura carbónica. Según Arrhenius si el CO2 explica la retención de calor en la superficie de la Tierra, el aumento de su concentración en la atmósfera aumentará también la temperatura. Más CO2 retiene más calor. La manera de retrasar la futura glaciación es emitir más CO2. Se trataba de algo diferente, un problema práctico: cómo frenar la futura caída de las temperaturas. Con el científico sueco estaba naciendo la “ingeniería climática”, que ponía el acento en la capacidad humana para alterar el clima de la Tierra de manera artificial. Es una doctrina al alcance de la mano. La humanidad puede alcanzar la troposfera, pero no la superficie solar. Es más fácil alterar la atmósfera que los rayos procedentes del Sol.

La “ingeniería climática” es algo más bien propio de las cábalas de la ciencia ficción que de la ciencia propiamente dicha, pero en la misma medida en que algunos científicos se fueron convenciendo de que podían modificar el clima, la ideología del enfriamiento se convirtió en una pesadilla, similar a la actual del calentamiento. El químico alemán Walter Nernst propuso quemar carbón, pero no para incrementar la temperatura de una vivienda sino la de toda la atmósfera. En 1938 el ingeniero inglés Guy Stewart Callendar insistió en lo mismo porque el incremento de CO2 en la atmósfera era beneficioso para retrasar la siguiente glaciación.

Las tesis de Callendar no eran en nada diferentes de las de Arrhenius, aunque su propagación fue notablemente mayor y durante años el aumento de las temperaturas como consecuencia de las emisiones crecientes de CO2 se conoció como “Efecto Callendar”.

Al aludir a los crecimientos geométricos y aritméticos, Arrhenius añade otro problema nuevo de medición: la sensibilidad climática. ¿Cuánto CO2 habría que enviar a la atmósfera para aumentar un grado la temperatura? Para ello antes habría que calcular la cantidad de CO2 que hay en la atmósfera. Aunque el científico sueco introduce varias cifras, no mide nada, ni tampoco demuestra nada; ni siquiera lo intenta porque, siguiendo de nuevo a Tyndall, todos sus experimentos los lleva a cabo con el vapor de agua de la atmósfera.

Los científicos empezaron a interesarse por la capacidad de los diferentes gases atmosféricos para absorber los rayos infrarrojos y surge así el diluvio de mediciones que meten a la climatología en una ratonera: el laboratorio. Tyndall había inventado un espectrómetro diferencial capaz de detectar la absorción de rayos infrarrojos por pequeñas cantidades de gas encerradas en un tubo de ensayo.

Por un lado, no todos los gases atmosféricos absorbían la radiación infrarroja; por el otro, el vapor de agua, la humedad del aire, era capaz de bloquearla por sí misma. El CO2 no absorbía ninguna longitud de onda que no fuera también absorbida por el vapor de agua. Su concentración en la atmósfera es tan pequeño comparado con el del vapor de agua, que su efecto es irrelevante. Es el “efecto de saturación”, el mismo que tendría en un salón de tiro las capas sucesivas de rejillas interpuestas entre la bala y el blanco. A medida que se incrementa el número de rejillas o su densidad, es más difícil que una bala alcance su blanco, hasta que llega un punto en que se hace imposible. A partir de ahí es inútil interponer más rejillas.

Para demostrar el “efecto de saturación”, en 1900 Knut Angström y su colaborador Herr J. Koch hicieron un experimento enviando radiación infrarroja a través de un tubo de 30 centímetros de largo lleno con una determinada concentración de CO2. Luego redujeron la concentración en un tercio y la cantidad de radiación absorbida apenas cambió. En contra de la hipótesis de Arrhenius, a partir de un determinado punto, la emisión adicional de más CO2 no absorbía más radiación y, por lo tanto, no calentaba la atmósfera.

Tras el experimento, la revista que expresaba el punto de vista de los meteorólogos estadounidenses, Monthly Weather Review, advirtió expresamente de que la hipótesis de Arrhenius era falsa (5).

La temperatura de Marte parece confirmar el “efecto de saturación”. La atmósfera del planeta rojo se compone casi en su totalidad de CO2. La cantidad de CO2 en Marte es 50 veces mayor que en la Tierra, a pesar de lo cual la temperatura en la superficie oscila entre -90 grados centígrados y -30 grados.

La validez del experimento sobre el “efecto de saturación” permaneció 50 años, hasta que la Guerra Fría llevó a los aviones de espionaje a las capas altas de la atmósfera. De la mano de los militares, los científicos volvieron a romper otra vez la unidad de la atmósfera, descubriendo que no sólo se componía de gases diferentes sino que no era la misma arriba que abajo. En los estratos más elevados hay menos vapor de agua que en los inferiores.

La atmósfera no es un invernadero; tampoco hay en ella ningún invernadero ni nada parecido. A efectos climáticos, la atmósfera se compone de varios subsistemas y estratos que interaccionan entre sí de manera continua, lo mismo que con una masa sólida (continentes) y otra líquida (océanos).

Gracias también a los militares, en los años cuarenta se desarrolló la espectrofotometría de infrarrojos, que le permitió al canadiense Gilbert Norman Plass descubrir en 1956 que el vapor de agua y el CO2 no superponen sus efectos porque el vapor agua no puede absorber todo el espectro de radiación infrarroja (6). Las balas de determinado calibre no pueden ser frenadas por las rejillas del vapor de agua, pero sí por las del CO2. El “efecto de saturación” no existe; el CO2 es un “gas de efecto invernadero”. Aunque en la atmósfera haya estratos muy secos, el CO2 suple la escasez de vapor de agua y, por lo tanto, aumenta la capacidad de absorción de la radiación infrarroja.

Plass obtuvo sus conclusiones con la ayuda de un ordenador, lo que anunciaba la llegada de una nueva era para la ciencia que había comenzado en 1945, una mezca explosiva de militarismo, laboratorios y ordenadores que sirve para explicar el calentamiento de la Tierra, mientras guarda silencio sobre el enfriamiento de Marte.

(1) Fourier, Mémoire, cit., pg.573.
(2) John Tyndall, On the absorption and radiation of beat by gases and vapour, and on the physical connection of radiation, absorption and conduction, Philosophical Magazine, 1861, 22:167-194, pgs.273 y stes., http://web.gps.caltech.edu/~vijay/Papers/Spectroscopy/tyndall-1861.pdf
(3) Fourier, Théorie, cit., pg.18
(4) Svante Arrhenius, On the Influence of Carbonic Acid in the Air upon the Temperature of the Ground, Philosophical Magazine and Journal of Science, vol.41, 1896, pgs. 237-276. http://www.trunity.net/files/108501_108600/108531/arrhenius1896_greenhouse-effect.pdf
(5) Monthly Weather Review, Knut Ansgström On Atmospheric Absorption, ftp://ftp.library.noaa.gov/docs.lib/htdocs/rescue/mwr/029/mwr-029-06-0268a.pdf
(6) Gilbert N. Plass, The Carbon Dioxide Theory of Climate Change, Tellus, 1956, vol. 8, núm. 2 pgs. 140 y stes.

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle
– La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo