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Salud

Contagio y guerra imperialista: el caso de la ‘gripe española’ de 1918

Una de las características de las ideologías no es que sean erróneas o falsas sino que consiguen que el mundo mire hacia otro lado. Por ejemplo, la religión consigue que pensemos en el “más allá” para evadirnos del “más acá”. Lo mismo ocurre con la industria del entretenimiento: logra que lo pasemos bien cuando lo estamos pasando mal.

Las doctrinas de los microbios también consiguen que los investigadores no miren el universo que les rodea. Para ellos la realidad se reduce a una minúscula placa de Petri en la que cultivan y observan toda suerte de microrganismos. Luego, en sus escritos, sólo hablan de eso: de una insignificante parte de la realidad que han visto encerrados entre cuatro paredes.

A un virólogo no le puedes preguntar hoy por lo más obvio: el papel que tuvo la Primera Guerra Mundial en la llamada “gripe española” de 1918 porque se encoje de hombros, a pesar de que las primeras noticias que hay en Europa sobre dicha epidemia, el primer “foco infeccioso”, estuvo en las trincheras del pueblo francés de Villers-sur-Coudun.

La burguesía escribe la historia a retazos, con pequeñas pinceladas. Un especialista te hablará del virus H1N1 pero se olvidará del imperialismo y de la guerra, mientras que otro hará miles de relatos de las batallas, pero pasará por encima de que la mayor de ellas, la que más muertos causó, fue una enfermedad.

No hace falta ser un especialista en virología para darse cuenta de que la llamada “gripe española” es un caso único entre las gripes conocidas en el mundo moderno, aunque sólo sea por el enorme número de muertos que causó, donde hay un baile de cifras parecido al actual.

Un siglo después, la epidemia de 1918 se sigue prestando a toda clase de manipulaciones, la más importante de las cuales es para meternos el miedo en el cuerpo: la presentan como norma cuando es una excepción. Se empeñan en ponerla como ejemplo de lo que puede ocurrir ahora, cuando no es una gripe canónica porque no tiene semejanzas con las posteriores.

Fue “la primera pandemia global”, dice National Geographic, lo cual es falso, pero con su típico amarillismo la revista tira por lo alto con otra falsedad: entre 50 y 100 millones de muertos (*). Otros hablan de diez veces menos, aunque los especialistas coinciden en ocultar que aquella “crisis sanitaria” estuvo directamente relacionada con la guerra imperialista. En eso consiste precisamente su carácter excepcional: no en la cepa del virus sino en la guerra.

La burguesía oculta la realidad tras éste o el otro virus mortífero, lo que a su vez oculta una segunda realidad, muy importante a efectos epidemiológicos: la “gripe española” ha sido mucho más mortífera que cualquier otra del último siglo precisamente a causa de la guerra.

Si alguien necesita saber lo que está ocurriendo hoy, tiene que entender lo que ocurrió hace un siglo. Lo mismo que ahora, entonces la propaganda imperialista consiguió que el mundo levantara la vista de una guerra absolutamente impopular para hablar de una enfermedad.

No hace falta añadir que, exactamente igual que ahora, lo que la prensa decía de ella no era más que otro mito, es decir, que sustituyeron un mito (los ejércitos) por otro (los médicos), empezando por la calificación de la gripe como “española”, lo cual tiene también sus pequeñas y grandes explicaciones.

España no formaba parte de la guerra imperialista, así que nada mejor que distraer la conexión de la enfermedad con ella que ponerle el nombre de un país ajeno a la misma. Además en Francia algunos periodistas se aferraron a la típica teoría de la conspiración: la enfermedad la estaban propagando los alemanes desde España a través de las conservas con las que abastecían de alimento a las tropas francesas. Lo que esos periodistas franceses ocultaban es que los soldados alemanes estaban tan enfermos como los suyos.

No obstante, lo fundamental de aquella paranoia mediática es que estaba propiciada por la típica censura militar que caracteriza a cualquier guerra y que, naturalmente, no alcanzaba a España. En plena guerra, una parte de la información que circulaba por Europa tenía su origen en España.

Por lo demás, el tratamiento periodístico de la enfermedad fue, como hoy, el mismo que el de la guerra y no se expresaba en términos médicos sino bélicos: estaban en “lucha” contra una enfermedad y confiaban en poder “derrotarla”.

Al capitalismo la salud le importa un bledo, antes y ahora. Lo que preocupaba de la gripe de 1918 no era la población sino las bajas de efectivos en las trincheras, que debilitaban la capacidad de combate de los ejércitos imperialistas. No obstante, aquella gripe alcanzó tanto al frente como a la retaguardia, especialmente a los trabajadores militarizados, sobreexplotados y subalimentados como consecuencia del esfuerzo bélico.

Es más, en Francia la “gripe española” de 1918 estuvo precedida por lo que allí llamaron la “neumonía de los annamitas”, otra epidemia hoy olvidada que reúne las mismas características que todas las demás: la neumonía tenía su origen en los extranjeros que trabajaban en Marsella y otros puertos de la costa sur, es decir, mano de obra sobreexpolotada procedente de las colonias, especialmente de Indochina, pero también del norte de África y Martinica.

Es imposible resumir la campaña racista que la prensa francesa llevó a cabo como consecuencia de aquella epidemia “extranjera”, aunque lo más característico es que los médicos tampoco fueron ajenos a la xenofobia y a todo tipo de tonteorías, a cada cual más disparatada.

La “neumonía de los annamitas” la atribuyeron a una bacteria y lo mismo hicieron cuando poco después llegó la gripe española, algo que ahora sabemos que es erróneo. En aquella época no había antibióticos, por lo que el tratamiento que recibieron los enfermos, cuando no eran contraproducentes, eran poco más que paños calientes. Como consecuencia de ello, cuando llegó la gripe española, llovía sobre mojado. La guerra imperialista había puesto encima de la mesa todos los ingredientes para una gran matanza sin necesidad de que la artillería empezara a vomitar sus obuses.

Deslindar la gripe de 1918 de la guerra imperialista es, pues, una de tantas aberraciones de la microbiología moderna. Un cuento indo-chino. Los millones de víctimas, sea cual sea la cifra más aproximada, no lo fueron a causa de ningún microbio sino del imperialismo.

(*) https://historia.nationalgeographic.com.es/a/gripe-espanola-primera-pandemia-global_12836

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La policía detiene a un fascista con explosivos en Luxemburgo

Un fascista de 18 años ha sido detenido en Luxemburgo cuando estaba en posesión de explosivos.

Los había obtenido en internet para fabricar una bomba.

La policía no ha dado el nombre del detenido, al que localizó por su actividad en los foros fascistas de internet. Los medios comentan la intervención de un servicio de inteligencia extranjero que proporcionó información a la policía de Luxemburgo.

El ataque en Hanau del fascista Tobias Rathjen precipitó la acción policial, que decidió actuar tan pronto como regresó de una estancia en el extranjero.

La policía llevó a cabo una búsqueda nocturna y utilizó un ejercicio para justificar su presencia. La casa, el jardín y los campos circundantes fueron registrados. Según los vecinos, la calle fue inaccesible durante horas.

Buscaban escondrijos de armas y explosivos aunque, por el momento, las circunstancias no son claras. La policía sólo comunicó cómo se enteró de las actividades de los fascistas.

Al detenido lo han encerrado en la cárcel de Schrassig después de haber sido oído por el tribunal. Su actividad en los foros fascistas y la presencia de explosivos deja pocas dudas sobre sus intenciones.

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Wuhan 400: el virus más mortífero que han inventado los militares chinos

El novelista Dean Koontz
En 1981 una novela de ciencia ficción escrita por un autor estadounidense, Dean Koontz, anticipó una pandemia mundial de virus cuyo foco infeccioso había comenzado en Wuhan (*).

En la primera edición, Koontz llamó al virus Gorki 400, aunque en 2008 lo cambió por otro que ha resultado premonitorio: Wuhan 400, que es mucho más sonoro que el lamentable Covid-19, e incluso que coronavirus.

La novela se titula “Los ojos de las tinieblas”. La publicó inicialmente bajo seudónimo y luego se reeditó en 1989.

Como es natural en la cultura anglosajona, el virus no era de origen natural sino un arma biológica fabricada por los malvados científicos chinos, al servicio del Ejército Popular de Liberación.

Ademas de un mediocre novelista, Koontz es un autor reaccionario, católico y aficionado a las especulaciones paranormales.

El virus novelístico se incuba en 4 horas y es mortal al cien por cien. Nadie se salva a las 24 horas de quedar contagiado.

Uno se puede quedar aterrorizado tanto si ve la televisión como leyendo este tipo de novelas basura.

(*) https://www.amazon.com/Eyes-Darkness-Thriller-Dean-Koontz/dp/0425224864

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El capitalismo va de una recesión hacia otra más profunda

La declaración de la ley marcial y las expectativas sobre las vacunas han frenado la caída de las bolsas, beneficiando a las grandes multinacionales farmacéuticas, que esperan presentarse como salvadoras de la humanidad… para ganar mucho dinero a costa de la paranoia.

Hace 12 años, tras la caída que siguió al colapso de Lehman Brothers, las bolsas tardaron seis meses en tocar fondo, por lo que aún hay que esperar nuevas caídas.

Las próximas víctimas serán los fondos de cobertura especulativos, especialmente H2O, una filial de Natixis.

Pero las bolsas, decía Engels, son un mecanismo para que los especuladores se roben el dinero unos a otros. Por sí mismas, no conducen a la crisis. Son necesarios otros factores.

Las cadenas de producción se ha parado. En Barcelona ha afectado a 7.000 trabajadores de Volkswagen y en la República Checa a Skoda. Pero esto se refiere a empresas individuales y, posiblemente, puramente temporales.

Bajo el imperialismo, la característica más importante de la crisis es que son generales, como decía Lenin. No hay nada que se salve de ellas.

Los Estados, que hace 12 años salieron al rescate de los bancos, también están en crisis o, mejor dicho, en bancarrota. Casualmente, es Italia quien, además del coronavirus, padece una epidemia de deudas que no va a poder pagar.

La duda es si la quiebra de Italia arrastrará a toda la Unión Europea, si los países del sur saldrán del euro, se cerrarán las fronteras y volverán las aduanas y los pasaportes. ¿No es el coronavirus la excusa perfecta para ello? “Francia refuerza sus controles con Alemania pero se niega a calificarlos como un cierre de fronteras”, titula hoy la prensa europea.

Bruselas promete “la máxima flexibilidad” y el Banco Central Europeo se dispone continuar emitiendo más deuda, por encima de los 20.000 millones de euros mensuales actuales.

La “ingeniería financiera” seguirá porque ya no les queda ninguna otra vacuna. Van a recomprar más “activos tóxicos” y bonos de gobiernos en quiebra.

Todos hacen lo mismo porque no pueden hacer otra cosa. En Estados Unidos, la excepcional inyección adicional de 150.000 millones de dólares en el mercado monetario se multiplicará por diez.

El Banco Central Europeo seguirá concediendo préstamos a los bancos para que rescaten a las empresas con un tipo de interés preferencial negativo del -0,75 por ciento.

Los índices de seguridad de los bancos se han suavizado y las pruebas de estrés han desaparecido porque en Bruselas creyeron que la crisis de 2008 era “temporal” y que luego todo volvería a ser como antes.

Pero la situación no es como antes sino mucho peor. Muchos bancos van a quebrar. El capitalismo va de una recesión hacia otra más profunda.

Afortundamente, gracias a la pandemia nos están acostumbrando al terror con pequeñas dosis de miedo cotidiano que refuerzan nuestras defensas.

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Represión

Contagio: las paranoias masivas siempre han justificado el terrorismo de Estado

Mary Mallon fue una de las muchas personas que a lo largo de la historia, a pesar de estar sanas, se la consideró como “portadora de una enfermedad infecciosa” y por lo tanto, transmisora de ella.

Mallon era una trabajadora que no cometió ningún delito, pero fue encarcelada y confinada durante 23 años en un hospital que había en una isla cercana a Nueva York, donde murió. Fue una cuarentena de por vida.

Hace una semana el reportaje de un periódico contaba otra historia parecida, la de Chan Bao, una enfermera de un hospital de Wuhan que fue diagnosticada de coronavirus sobre la base de una exploración torácica. Por lo tanto, no estaba probado que el virus estuviera presente y tampoco presentaba ningún síntoma de ninguna enfermedad. A pesar de estar sana, la confinaron en su casa y la ordenaron que tomara un medicamento antiviral llamado Oseltamivir, más conocido como Tamiflú (que por cierto es un neurotóxico).

Lo mismo que los agotes, Mallon y Bao son mujeres sanas pero las tratan como si estuvieran enfermas, no por ellas mismas sino “por los demás”. En consecuencia, este tipo de situaciones permiten a “los demás” imponerse sobre uno mismo de manera brutal.

Las declaraciones solemnes de derechos humanos dicen que no se puede condenar a nadie que no haya cometido un crimen, pero la letra pequeña dice: excepto si te ponen la etiqueta de que puedes contagiar a otro. Quizá… es posible… Son las consecuencias de la llamada “medicina preventiva”, que se preocupa más por los sanos que por los enfermos.

“Soy inocente. No he cometido ningún crimen… Es injusto. Parece increíble que una mujer indefensa pueda ser tratada así en una comunidad cristiana. ¿Por qué me destierran como un leproso?”, protestó Mallon. Sus quejas no le sirvieron de nada.

Es una condición equívoca que la medicina moderna maneja sin sonrojarse. Los llaman “portadores asintomáticos”, es decir, que no padecen ninguna enfermedad. Sin embargo, la doctrina dice que “transmiten” algo que no tienen, la enfermedad, que es tanto como si nos dicen que pueden vender una vivienda que no es suya.

Según algo que hoy es comúnmente aceptado, a pesar de ser paradójico, la causa no siempre produce el efecto. Según dicen, Mallon tenía la causa (la bacteria Salmonella typhi), pero no tenía el efecto: la enfermedad llamada fiebre tifoidea, que está catalogada como “contagiosa”.

Lo que la doctrina quiere decir es algo distinto a lo que dice, a saber: lo que se contagia no es la enfermedad, sino la bacteria o el virus. Al transmitirla a otras personas, éstas enferman, aunque el “enfermo número 1” no sea tal enfermo sino que esté sano.

Lo malo de este tipo de concepciones equívocas sobre la salud, la enfermedad y el contagio es que la causa (el microbio) no es tal, ya que son muchos en los que aparece y no todos enferman. Por eso a varios científicos del siglo XIX les atribuyen la frase “el microbio no es nada, el terreno lo es todo”.

A ese lema se le ha dado una vuelta de 180 grados: hoy el terreno no es nada, el microbio lo es todo. El terreno somos nosotros mismos, nuestro cuerpo, que es nuestra responsabilidad, pero si echamos la culpa a un microbio, nos quitamos el problema de encima. Aún mejor si ese microbio es de origen chino, mexicano o africano porque nos permite sacar a relucir nuestro racismo y nuestro odio a lo que viene “de fuera”.

Por razones de salud pública, hay que imponer el toque de queda, impedir los contactos, las migraciones, los viajes, el turismo… Todo tipo de reunión colectiva. Hay que cerrar las fronteras, poner barricadas en las carreteras… Volvamos a instalar lazaretos en los puertos… Que cada cual se quede en su casa, en su país…

A lo largo de la historia los contagios siempre han justificado todo tipo de brutalidades, e incluso crímenes, no sólo contra los contagiosos sino contra cualquiera, contra las minorías y los marginados. Ayer un periódico informaba de que en Madrid van a considerar “positivos”, es decir, enfermos, a pacientes sin necesidad de realizarles ninguna clase de pruebas (*). Directamente se les impondrá el confinamiento, como a Mary Mellon, dijo el jueves el Consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, en una rueda de prensa.

No necesitan “pruebas“ de nada. A ellos les importa un bledo si estás sano o enfermo. Aquí no hay ningún problema de salud. La cuestión es si te consideran de una manera o de la otra. Eso es muy funcional porque es la mejor manera de inflar la cifra de enfermos, de muertos y de contagios exponencialmente. Así es como se crea una paranoia de manera artificial.

(*) https://www.eldiario.es/madrid/Comunidad-Madrid_0_1005100590.html

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Interferón: el medicamento que Cuba ha desarrollado con éxito para el coronavirus y que España silencia

Aunque todavía no existe una cura efectiva contra la neumonía viral COVID-19, causada por el nuevo coronavirus, las autoridades sanitarias chinas están desarrollando tratamientos efectivos que reduzcan todo lo posible el número de muertes. 
Uno de los medicamentos utilizados para tratar a los pacientes enfermos es el interferón alfa-2b humano recombinante, que se produce desde el año 2007 en la empresa mixta sino-cubana Changchun Heber Biological Technology (ChangHeber), ubicada en la provincia nororiental de Jilin. 
Li Wenlan, directora ejecutiva de la compañía, indicó que la Comisión Nacional de Salud de China incluyó el interferón alfa-2b en su plan de diagnóstico y tratamiento para la neumonía COVID-19, por lo que aumentó la demanda del medicamento. 
Fabricación cubana a contrarreloj
De acuerdo con la directora, no existían grandes existencias en los almacenes de dicha medicina y el proceso de producción del interferón original y luego el antiviral terminado demora al menos 50 días.

Sin embargo, si se produce directamente con el interferón original, se ahorra por lo menos dos tercios del tiempo. 

 «Al enterarse del grave brote del nuevo coronavirus en China y la urgente necesidad del interferón original para la producción de medicamentos antivirales, el lado cubano aplazó sus pedidos anteriores de importación a China», detalló Li. Además, decidieron designar un grupo de expertos cubanos para brindar ayuda a China. 
ChangHeber inició la producción a partir del interferón original y del 25 de enero al 14 de febrero, en solo 21 días, pusieron en el mercado del país asiático la primera partida del interferón alfa-2b humano recombinante.

Hasta el momento están disponibles 190.000 unidades, aliviando en cierto grado la presión de la demanda del antiviral. 

La experiencia de un hospital sevillano
El interferón ha sido utilizado junto a otros fármacos relativos al tratamiento del VIH/Sida, en el Hospital “Virgen del Rocío” de Sevilla. 
Según explicó el médico del centro
sevillano, Miguel Ángel Benítez el medicamento ha sido catalogado como
un “éxito”, ya que los pacientes responden positivamente al tratamiento
experimental. 
Se trata de la aplicación de lopinavir y ritonavir
—también usado para prevenir el VIH— que  junto al interferón beta, ha
tenido éxito en China y sigue siendo utilizado por varios países
afectados por la epidemia.
El
Interferón alfa 2B, indican los especialistas, posee un mecanismo de
actuación distinto a los otros dos fármcados que se están usando, pero
es igual de efectivo. El medicamento cubano es una proteína que, de
forma natural, producen las células del ser humano cuando son infectadas
por un virus.“El objetivo
es alertar a las demás células, que desarrollan así una mayor
resistencia a la infección”, dijeron los médicos.
Cuba fue uno de los primeros países del Tercer Mundo en desarrollar su propia tecnología para el interferón a finales de la década de 1980. La isla caribeña y el país asiático mantienen diversos proyectos de cooperación en materia de medicina y biotecnología.
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Salud

Contagio y clases sociales: lo que los manuales de medicina no cuentan sobre el carbunco

El carbunco fue una de las primeras infecciones estudiadas a finales del siglo XIX por los fundadores de la doctrina microbiana: Pasteur y Koch.Como la mayor parte de las enfermedades calificadas como “contagiosas”, por no decir todas, el carbunco era una plaga para la clase obrera y para los pobres y marginados en general.

El éxito de la microbiología emergente radicó en el encubrimiento de los problemas sociales como problemas médicos. Según Pasteur y Koch las causas de las plagas que asolaban a los obreros en aquella época no tenían su origen en las insalubres condiciones de trabajo y de vida sino en los microbios.

En la ideología burguesa ninguna enfermedad conoce de clases sociales ni de diferencias de clase, y menos las contagiosas. El concepto de “accidente de trabajo” y el de “enfermedad laboral” no han sido un descubrimiento científico, ni de los médicos, sino una conquista de la clase obrera que, en sí misma, es una denuncia de la explotación capitalista.

El capitalismo no era responsable de la enfermedad y la muerte de los trabajadores y por eso los microscopios de Pasteur y Koch no apuntaban a la explotación sino a una bacteria, el Bacillus anthracis. Naturalmente, una vez conocida la causa, con el progreso científico, la enfermedad tenía cura dentro del propio capitalismo.

La mejor demostración de la condición de clase del carbunco es que Pasteur y Koch no estudiaron la enfermedad porque les preocuparan los trabajadores sino porque les preocupaban los ganaderos. El carbunco destruía las cabañas ganaderas y por eso los veterinarios la conocían mejor que los médicos.

El carbunco se contrae por el contacto directo de los trabajadores (curtidores, peleteros, colchoneros, pastores, traperos, esquiladores o cardadores de lana) con ciertos animales o sus restos. No es una enfermedad infecciosa que se propaga por las poblaciones humanas, sino propia exclusivamente de los trabajadores de determinados sectores económicos.

Tampoco es una enfermedad grave si se contrae por vía cutánea, que representa casi la totalidad de los casos.

En contacto con el aire el Bacillus anthracis forma esporas que se depositan en los pastos, donde son capaces de resistir largo tiempo hasta que son ingeridas por el ganado, desde donde se transmiten a los seres humanos.

Como cualquier otra teoría científica, la microbiología afirma que si se conoce la causa, se le puede poner remedio a la enfermedad y, lo que es aún mejor: prevenirla. Para cualquier enfermedad infecciosa se puede encontrar el microbio que la origina y, por lo tanto, su remedio correspondiente. Incluso el argumento se puede volver del revés: si los remedios médicos lograron erradicar la enfermedad es porque habían combatido eficazmente el microbio que la provocaba.

Sin embargo, el carbunco no es una enfermedad que haya remitido por ningún antibiótico ni vacuna, sino por la modificación de los sistemas de producción fabriles, la sustitución de la lana como materia prima textil por los productos sintéticos, la fabricación de colchones de muelle o el retroceso de la economía pastoril y ganadera.

Antes de Pasteur y Koch, en Inglaterra la enfermedad de los trabajadores textiles por carbunco promovió en 1880 la promulgación de las normas Bradford para la manipulación de las balas de lana, que exigían tomar precauciones y modificar las condiciones de manipulación de la materia prima (1).

En los centros de trabajo donde las normas Bradford se implantaron, los casos de carbunco entre los obreros desaparecieron. Si la desaparición no fue completa, se debió a que hubo capitalistas que no las aplicaron, normalmente porque encarecían o complicaban los procesos productivos en los talleres.

En 1921 la Oficina Internacional del Trabajo celebró en Ginebra una reunión sobre el carbunco, de donde surgieron medidas que seguían teniendo relación con las condiciones de trabajo más que con remedios de tipo médico.

Las expectativas creadas por Pasteur ante la Academia de Ciencias de París sobre el descubrimiento de una vacuna para prevenir el carbunco resultaron absolutamente falsas.

Pasteur, que fue uno de los primeros mercachifles de la medicina, organizó un carnaval público en 1881 con un desproporcionado despliegue mediático que ha pasado a la historia, en la que se omite sistemáticamente el fraude que cometió. El relato anovelado del acontecimiento ha quedado como el “experimentum crucis” de la vacunación y se agota en sí mismo, en su propia ficción. Tomó 50 corderos, vacunando a la mitad de ellos y utilizó al resto de testigos. Luego les inoculó a todos el bacilo, falleciendo exactamente aquellos que no habían sido vacunados. La prensa alabó el milagro que habían contemplado sus ojos atónitos y ahí parece haber acabado la historia, la experiencia y la misma ciencia…

Se trata una narración triunfalista, dice Collier (2), ensalzada hasta la caricatura, característica de los genios que con sus maravillosos experimentos lo dejaron todo atado y bien atado de una vez y para siempre; la ciencia y la medicina triunfaron sobre la enfermedad, porque se trataba justamente de eso, de una enfermedad microbiana carente de otras connotaciones.

El propio éxito publicitario de la vacuna, que recorrió el mundo entero, provocó que a Pasteur le llovieran peticiones de la pócima milagrosa por parte de los ganaderos cuya cabaña diezmaba el carbunco.

Es la parte de la historia que falta por contar: la conversión del experimento crucial en una cruz de experimento. Lo cierto es que nunca se llegó a fabricar una vacuna estabilizada, por lo que cuantas veces se inoculó en todo el mundo, provocó dos consecuencias contradictorias: o bien la atenuación del bacilo era tan grande que no causaba ninguna reacción inmunitaria, o bien en otras era tan pequeña que provocaba la enfermedad que debía prevenir.

Según Paul de Kruif, a medida que se distribuía la vacuna, las quejas de los ganaderos se fueron amontonando sobre la mesa de Pasteur: “Las ovejas morían de carbunco; pero no de la enfermedad natural adquirida en los campos contaminados, sino de carbunco producido por las mismas vacunas que debían salvarlas. De otros lugares llegaban también noticias alarmantes: las vacunas que habían costado tanto dinero, no surtían efecto; ganaderos que después de vacunar rebaños enteros se habían acostado dando gracias a Dios por la existencia de Pasteur, una mañana encontraban los campos cubiertos de ovejas muertas; ovejas que debiendo quedar inmunizadas, habían muerto víctima de las esporas de carbunco escondidas en los pastizales. Pasteur empezó a odiar las cartas; hubiera querido taparse los oídos para no percibir los comentarios irónicos que por por todas partes surgían y, por último, sucedió lo peor que podía suceder: aquel alemán molesto, Koch, publicó un informe científico, frío y terriblemente exacto, en que dejó comprobado que la vacuna anticarbuncosa no tenía ningún valor práctico” (3).

Con la vacuna del carbunco se cumple aquello de que “es peor el remedio que la enfermedad”. Resultaba tan peligrosa que algunos países restringieron su utilización sólo para el ganado. Aunque posteriormente fue mejorada (4), la vacuna siempre fue un fracaso, si bien “en este terreno la verdad no es siempre lo más importante”, escribe Kruif. Gracias a que, incluso en materia de salud, la verdad no es lo más importante, la vacunación contra el carbunco se impuso por decreto en varios países y Pasteur guardó silencio porque el volumen de negocio crecía de manera espectacular.

Entonces la vacuna dejó de ser una cuestión veterinaria para transformarse en política. Como consecuencia del peligro, algunos veterinarios se opusieron a la vacunación de los animales. En España muchos profesores de veterinaria criticaron la vacunación, entre ellos Juan Ramón y Vidal y Braulio García Carrión porque, aseguraba este último que “no había carbunco en España” y que “era muy malo traer virus que pudieran producir la afección” (5).

En 1886 otro catedrático, Santiago de la Villa, llegó a afirmar que con el tiempo la teoría microbiana de la enfermedad sería juzgada “como la más grande vergüenza del último tercio del siglo XIX”. Al año siguiente escribió que las enfermedades amainarían con una higiene rigurosa. Los descubrimientos de Pasteur no sólo eran “innecesarios” sino también “perjudiciales” porque difundían las enfermedades: “¡Jamás, jamás nos haremos solidarios de semejante desatino, siquiera este desatino fuese defendido por todos los reputados sabios del mundo!” (6).

Ya ven que la oposición a las vacunas no ha nacido ahora; es tan antigua como las vacunas y la han defendido tanto médicos como veterinarios.

Para acabar: un siglo después nadie se acordaría de la historia del carbunco de no ser por el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de setiembre de 2001. La paranoia del derribo fue acompañada del envío de esporas de Bacillus anthracis por correo y, según cuentan, varias personas fallecieron a causa de ello.

(1) P.W.J.Bartrip: The Home Office and the dangerous trades. Regulating occupational disease in victorian and edwardian britain, Nueva York, 2002, pgs.233 y stes.; Chris Holmes: Spores, plagues and history. The story of anthrax, Durban, Texas, 2003, pgs.92 y stes.
(2) Sarah Elizabeth Collier: The conquest of woolsorters’ disease (industrial anthrax) that never happened, 2007 (http://www.lib.ncsu.edu/resolver/1840.16/2391). Cfr. M. Bucchi: The public science of Louis Pasteur. The experiment on anthrax vaccine in the popular press of the time, en History and Philosophy of the Life Sciences, vol.19, 1997, pgs. 181 y stes.
(3) Paul de Kruif: Cazadores de microbios, Porrúa, México, 2010, pg.161.
(4) Nicolas Stamatin en 1931 y Max Sterne en 1937 mejoraron la vacuna contra el carbunco que, en cualquier caso, siguió siendo peligrosa y el porcentaje de éxito escaso. En seres humanos A.Sclavo creó otra vacuna con suero procedente de mulos a los que se les inoculó el bacilo, pero los resultados siguieron siendo dudosos, a pesar de lo cual fue adoptado como protocolo médico, hasta que a partir de 1945 se generalizó el empleo de antibióticos (P.C.Turnbull: Anthrax vaccines: past, present and future, en Vaccine, vol.9, 1991, pgs.533 y stes.; E.Shlyakhov, J.Blancou y E.Rubinstein: Les vaccins contre la fièvre charbonneuse des animaux, de Louis Pasteur à nos jours, en Revue de Science et Technologie, vol.15, 1996, pgs.853 y stes.). El ejército de Estados Unidos dispone de una vacuna contra el carbunco registrada desde 1967, pero el estudio científico sobre el que se apoya nunca se ha publicado.
(5) ¿Qué ha hecho la Liga?, en Gaceta Médico-Veterinaria, 28 de enero de 1887.
(6) Microbiazo, en La Veterinaria Española, núm. 1040, 10 de setiembre de 1886; ¡Microbiazo! ¡Microbiazos!, en La Veterinaria Española, núm. 1063, 30 de abril de 1887.

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Contagio: Estados Unidos mantiene la presión contra Irán a pesar de la pandemia de coronavirus

Nosotros no nos creemos ninguna de las “informaciones” sobre la epidemia de coronavirus, y menos si procede de expertos de pacotilla. Sin embargo, no nos queda otra que argumentar a partir de algunas de ellas, como la que afirma que Irán es el país más afectado por la pandemia, después de China e Italia.

Supongamos que esa y muchas más cosas de las que cuentan sean ciertas. Supongamos también que los virus y las epidemias, en contra de lo que siglos de historia muestran, es algo por encima de las clases sociales y las fronteras.

En tal caso, el mundo (o sea el imperialismo) debería estar muy interesado en contener la epidemia, cualquiera que sea el lugar en el que se manifieste.

Del mismo modo que la sociedad nos ha impuesto a cada uno de nosotros un estado de guerra con el pretexto de “contener” la propagación de la enfermedad, deberían de preocuparse de “contenerla” en todos los países del mundo, como Irán, sin ir más lejos.

Sin embargo, lo que está ocurriendo es todo lo contrario: el imperialismo aprovecha la propagación de la pandemia en Irán para apretar las tuercas al gobierno. El bloqueo imperialista no se ha levantado, ni siquiera en materia sanitaria o farmacéutica.

Es más, la epidemia resulta funcional al bloqueo porque el remedio -según dicen- está en el aislamiento, el cierre de las fronteras, la prohibición de viajes y el cese de las importaciones.

Ya ocurrió en los años noventa durante el bloqueo de Irak, que incluyó la prohibición de suministrar material sanitario, medicinas e incluso alimentos, lo que causó la muerte de medio de millón de personas, muchos de ellos niños.

En términos relativos, la muerte de medio de millón de personas en un único país a causa de un bloqueo económico demuestra la insignificancia -al menos cuantitativa- de la epidemia actual, atendiendo al número de muertos.

Ayer Amir Afkhami, un experto en el sistema sanitario iraní pronunció una conferencia en la Universidad George Washington, donde afirmó que “las sanciones de Estados Unidos han contribuido a empeorar una situación ya muy mala”.

La política del imperialismo, que es la política por antonomasia en el mundo, incluida la política sanitaria, no es la “contener” y mucho menos la de “luchar” ni contra la enfermedad, ni contra el virus, ni contra su propagación. Más bien habría que afirmar lo contrario: al imperialismo la propagación de la epidemia le favorece, al menos para intensificar la presión contra ciertos países, como Irán. Estirando el argumento se podría decir que el imperialismo quiere que la epidemia se propague.

La mejor demostración de ello es que la OMS no ha exigido el levantamiento del bloqueo a Irán, siquiera con carácter provisional, lo cual no extraña nada y pone al descubierto que es un organismo ajeno a lo que ella misma ha calificado como una “pandemia mundial”. Si Irán le importa un bledo al imperialismo, la pandemia le importa un bledo a la OMS. Por decirlo con otras palabras: la salud le importa un bledo a los organismos internacionales encargados de protegerla.

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Contagio: la invención de una epidemia para imponer la ley marcial en todo el mundo

Giorgio Agamben

Frente a las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debida al coronavirus, es necesario partir de las declaraciones del CNR [Consejo Nacional de Investigaciones Científicas italiano], según las cuales no sólo “no hay ninguna epidemia de SARS-CoV2 en Italia”, sino que de todos modos “la infección, según los datos epidemiológicos disponibles hoy en día sobre decenas de miles de casos, provoca síntomas leves moderados (una especie de gripe) en el 80-90 por ciento de los casos”. En el 10-15 por ciento de los casos, puede desarrollarse una neumonía, cuyo curso es, sin embargo, benigno en la mayoría de los casos. Se estima que sólo el 4 por ciento de los pacientes requieren hospitalización en cuidados intensivos”.

Si esta es la situación real, ¿por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un verdadero estado de excepción, con graves limitaciones de los movimientos y una suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y de trabajo en regiones enteras?

Dos factores pueden ayudar a explicar este comportamiento desproporcionado. En primer lugar, hay una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno “por razones de salud y seguridad pública” da lugar a una verdadera militarización “de los municipios y zonas en que se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o en que hay un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus”.

Una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción en todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se produzcan en otras partes. Consideremos las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto: a) prohibición de expulsión del municipio o zona en cuestión por parte de todos los individuos presentes en cualquier caso en el municipio o zona; b) prohibición de acceso al municipio o zona en cuestión; c) suspensión de eventos o iniciativas de cualquier tipo, actos y toda forma de reunión en un lugar público o privado, incluidos los de carácter cultural, recreativo, deportivo y religioso, aunque se celebren en lugares cerrados y abiertos al público; d) suspensión de los servicios de educación para niños y escuelas de todos los niveles y grados, así como de la asistencia a actividades escolares y de educación superior, excepto las actividades de educación a distancia; e) suspensión de los servicios de apertura al público de museos y otras instituciones y lugares culturales a que se refiere el artículo 101 del Código del Patrimonio Cultural y del Paisaje, según lo dispuesto en el Decreto Legislativo 22 de enero de 2004, n. 42, así como la eficacia de las disposiciones reglamentarias sobre el acceso libre e irrestricto a esas instituciones y lugares; f) suspensión de todos los viajes educativos, tanto en Italia como en el extranjero; g) suspensión de los procedimientos de quiebra y de las actividades de las oficinas públicas, sin perjuicio de la prestación de los servicios esenciales y de los servicios públicos; h) aplicación de la medida de cuarentena con vigilancia activa entre las personas que hayan estado en estrecho contacto con casos confirmados de enfermedades infecciosas generalizadas.

La desproporción frente a lo que según la CNR es una gripe normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, es sorprendente. Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites.

El otro factor, no menos inquietante, es el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad real de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla.

https://www.quodlibet.it/giorgio-agamben-l-invenzione-di-un-epidemia
https://ficciondelarazon.org/2020/02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/

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Ciencia

Contagio: con la lepra dios castiga a los pueblos malditos

A lo largo de la historia de la humanidad la lepra ha sido una enfermedad que ha causado estragos entre las poblaciones, por lo que adquirió un aura mítica y mística. Los libros sagrados de las religiones monoteístas hablan de ella porque la consideran como un castigo divino. El evangelio de Lucas (17:11-19) relata el encuentro de Jesucristo con los diez leprosos, que “se pararon de lejos”, es decir, guardando la debida distancia, lo mismo que ahora dice la televisión que debemos hacer: evitar el contacto para evitar el contagio.

En cuanto que, erróneamente, se consideraba una de tantas enfermedades contagiosas, que castigaba a masas y pueblos enteros, la lepra tampoco se consideró una dolencia individual o privada, sino algo que permitía intervenir de una manera draconiana contra minorías, chivos expiatorios a los que calificaban de “apestados”.

La respuesta social frente a los apestados siempre ha sido la misma: el tabú, la prohibición de contacto, el confinamiento o incluso el encarcelamiento. Eso fueron históricamente los lazaretos y las leproserías, como el de la isla de San Simón, en la ría de Vigo, un lugar de confinamiento tanto de leprosos como de otro tipo de enfermedades supuestamente contagiosas.

Tras la guerra, la isla de San Simón se convirtió en una cárcel en la que encerraron a los antifascistas y una de sus características más importantes es que estaba junto a un puerto marítimo porque siempre fue un lugar para confinar en cuarentena a todos aquellos barcos en los que se declaraba un epidemia.

Antes de conocer sus causas, ya en el siglo XVII, la lepra había sido controlada, gracias a una dilatada experiencia empírica.

Sin embargo, el pánico estaba arraigado tanto entre la población como entre los científicos, de manera que, pese a menguar el impacto de la enfermedad, los tratados de medicina empezaron a hablar de que existían dos tipologías: los leprosos auténticos y los semileprosos. Los primeros habían desaparecido en gran medida pero subsistían los segundos.

Aunque la experiencia empírica demostraba que la enfermedad no era contagiosa, los manuales de medicina divulgaron que era hereditaria, por lo que a partir del siglo XVII empezó a aparecer -por arte de magia- un supuesto colectivo de semienfermos cuyo mal se transmitía de padres a hijos como la maldición del pecado original.

Se denominaron “agotes” y fueron confinados en los Pirineos, en los pueblos del norte de Nafarroa. Un avance científico abría el camino a una deformación ideológica, con sus lamentables secuelas de marginación, legal y social, seguidas durante siglos (1).

Al igual que los leprosos, los agotes fueron internados, se les marcó con distintivos en sus ropas para que la población no tuviera ningún contacto con ellos y se decía que olían mal (fetidez, halitosis), lo mismo que los gitanos, los moros y los judíos, etc. En castellano la palabra “peste” no sólo designa a una enfermedad sino también al mal olor, e incluso a la suciedad.

Hoy día subsiste el apellido “Agote” o “Argote” que aún recuerda a los descendientes de aquellas poblaciones “apestosas”.

Como a cualquier otro monstruo, los médicos extraían sangre a los agotes e hicieron toda clase de experimentos con ellos, lanzándose las más absurdas teorías acerca de su origen porque -no cabían dudas- tales personas no podían tener el mismo origen que el resto de las personas “normales”: eran una raza distinta y las razas distintas siempre llegan hasta aquí desde algún lugar bien remoto.

Es algo que tienen en común todas las enfermedades consideradas como “contagiosas”: siempre son extranjeros, proceden de fuera, por lo que hay que confinarlos, impedir el contacto con ellos, etc.

De los diez leprosos del evangelio de Lucas, al menos uno de ellos era “extranjero”. Fue el único que se acercó a Jesucristo para agradecerle el milagro de la curación.

Con los agotes también había que adoptar precauciones: sólo podían casarse entre ellos porque -una vez más- la mezcla, el contacto sexual, volvía a presentarse como arriesgada. Lo que se había iniciado como un problema médico, en vías de resolución, degeneró en un problema étnico. La pureza se convertía en una cuestión de salud pública. Los agotes eran falsos enfermos, eso que hoy llamaríamos “un grupo de riesgo”, una condición equívoca impuesta por las seudociencias como un pesado fardo que debieron soportar de padres a hijos poblaciones completas durante siglos porque, como bien saben en Nafarroa, la marginación de los agotes llega hasta los años setenta del siglo pasado.

En 1947 un estudiante de medicina argentino de 22 años, Meny Bergel, defendió la teoría metabólica de la lepra, que chocó con la teoría bacteriana vigente desde que la expuso Hansen en 1873, según la cual la lepra está causada por un bacilo que lleva su nombre.

Con varios libros editados y 215 publicaciones científicas, Bergel es uno de los grandes y más ignorados científicos del siglo pasado. Demostró que la lepra no es una patología infecciosa, ni está causada por el bacilo de Hansen, ni tampoco se trata con antibióticos, sino que la produce el “estrés oxidativo” y, por lo tanto, se trata con antioxidantes (2).

Se inició así una sorda batalla que se prolonga desde hace setenta años, pero en 2005 siete leprólogos de la Universidad de Madras, en India, confirmaron la tesis de Bergel (3), aunque es dudoso que los defensores de la tesis dominante reconozcan un error tan prolongado sin quedar en evidencia.

En occidente los científicos se miran al espejo y se gustan a sí mismos. No conocen otra cosa que su propio universo y, desde luego, no valoran nada que no publiquen sus propias revistas científicas en Estados Unidos. Un investigador argentino que habría merecido el Premio Nobel es un asboluto desconocido y a unos científicos de la India tampoco se les puede tomar ni en consideración.Pero no es necesario leer nada, no hace falta: cualquiera que haya trabajado en una leprosería sabe que esa enfermedad no se contagia. El Che, que era médico, lo sabía y no tuvo ningún inconveniente en asistir a unos leprosos que yacían abandonados y marginados. No le contagiaron nada, ni a él ni a nadie. Jamás.

Es una vergüenza que hayamos llegado al siglo XXI y sigamos igual que siempre.

(1) Christian Delacampagne: Racismo y occidente, Argos Vergara, Barcelona, 1983, pgs.92 y stes.
(2) Una doctrina terapéutica basada en los procesos de óxido-reducción. Su aplicación en el tratamiento de la lepra, en Revista Argentina de Dermatosifilología, 1947, vol.87, pg.513; Metabolic theory of leprosy, Diorky Editores, Madrid, 1998.
(3) R.Vijayaraghavan y otros: Protective role of vitamine E on the oxidative stress in Hansen’s disease (leprosy) patients, en European Journal of Clinical Nutrition, 2005, vol.59, pgs.1121 y stes.; R.Vijayaraghavan y otros: Vitamin E reduces reactive oxygen species mediated damage to bio-molecules in leprosy during multi-drug therapy, en Current Trends in Biotechnology and Pharmacy, 2009, vol.3, pg.4.