La clase obrera se enfrenta cada día a las peores consecuencias de la crisis capitalista. Mientras el Estado alimenta el gasto militar y protege los beneficios de bancos y patronal, nos empuja a una vida de miseria: salarios que no alcanzan, alquileres que se comen más de la mitad de nuestra nómina, hipotecas que nos asfixian, suministros que suben y la inseguridad permanente de no saber si el mes que viene seguiremos bajo un techo. Tener empleo ya no garantiza nada. La “normalidad” se ha convertido en elegir entre comer o pagar, siempre con la amenaza del desahucio pendiendo sobre nuestras cabezas.