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Israel interceptó los ordenadores de los hoteles donde se celebraron las negociaciones entre Estados Unidos e Irán

El servicio de espionaje israelí instaló troyanos en los ordenadores de los tres hoteles de Ginebra, Suiza, donde se celebraron las negociaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán.

La empresa rusa de seguridad informática Kaspersky afirma que, sin embargo, aún quedan interrogantes acerca de la manera que el espionaje israeleí instaló los troyanos así como el volumen de información que han logrado interceptar. No obstante, parece casi seguro que lograron controlar los ordenadores por medio de lo que se conoce como “rootkits”, así como los móviles, los ascensores y las alarmas.

Según el Wall Street Journal, los israelíes tomaron el control del sistema informático de los hoteles antes de incluso de empezar las conversaciones. El diario económico de Nueva York asegura que desde marzo Estados Unidos estaba al corriente de que las negociaciones estaban siendo interceptadas por los israelíes y transmitidas a Netanyahu.

El ministro adjunto de Defensa israelí Eli Ben-Dahan ha desmentido categóricamente la información. Ha calificado la posibilidad de que Israel captara la señal wifi de los hoteles como un “sin-sentido”.

Sin embargo, la Fiscalía suiza ha abierto una investigación criminal para esclarecer el espionaje. El 12 de mayo en Ginebra la policía llevó a cabo varios registros e incautaron diverso material informático.

http://www.wsj.com/articles/spy-virus-linked-to-israel-targeted-hotels-used-for-iran-nuclear-talks-1433937601

Pablo Iglesias no vota en el Parlamento Europeo porque se queda dormido

Cuando el miércoles el Parlamento Europeo votaba sobre el TTIP (Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea), a Pablo Iglesias no se le vió en su “puesto de trabajo”. Se le pasó el arroz y empezó el chismorreo y el pitorreo típicos de este país. Se rumoreó que quizá Iglesias pasaba del escaño y prefería aparecer en alguna televisión, o en alguna radio, o en alguna foto.

Los de Podemos tampoco ayudaron mucho que digamos. Trataron de salir del apuro al más viejo estilo: contando fábulas y culpando de la ausencia al carácter improvisado de la convocatoria. Lo que le había pasado a Iglesias es que no se había enterado de nada, por lo que no pudo llegar a tiempo: entró en el Parlamento después de producirse la votación.

Pero, ¿qué pasa con los demás eurodiputados? La convocatoria fue igual de improvisada para unos que para otros y todos se enteraron, menos uno.

Además Podemos ha convertido al TTIP en uno de esos demagógicos caballos de batalla que le dan vidilla. Se trataba de una votación trascendental para ellos y en plena batalla… ¿donde está el jefe?

El jefe no sólo no estaba sino que los indios perdieron la votación, o sea, la guerra, por sólo tres papeletas de diferencia.

La ausencia del jefe hizo que todos los demás grupos europeos se les echaran encima y se pueden Ustedes imaginar que en Bruselas Podemos ha quedado a la altura del betún. Hasta el PP de Madrid se burla de ellos: Pablo Iglesias se quedó dormido, dice en un tuit.

Pero, ¿acaso le han visto despierto alguna vez?

Las amistades peligrosas de Hillary Clinton con Boko Haram

En su etapa como secretaria de Estado, Hillary Clinton se negó a inscribir a la organización takfirista nigeriana Boko Haram en el listado oficial con el que la Casa Blanca absuelve o condena a diestro y siniestro a los movimientos armados del mundo entero. ¿Por qué los imperialistas asesinan a unos y subvencionan a otros?, ¿cuál es el criterio con el que los discriminan?

El asunto lo han destapado los republicanos cuando Clinton confirmó su candidatura a las futuras elecciones presidenciales por el partido demócrata. El senador republicano David Vitter ha solicitado a John Kerry que desclasifique los documentos oficiales relativos a las relaciones de Clinton con los terroristas nigerianos. Lo mismo ha pedido la asociación Citizens United, que ha presentado una denuncia contra el Departamento de Estado para que explique los motivos por los cuales consideró que Boko Haram no era una organización terrorista, a pesar de atentados, como el que cometió contra la sede de la ONU en Abuja, la capital de Nigeria el 26 de 2011 cuando Clinton era secretaria de Estado.

El 11 de setiembre de 2012 fue asesinado en Bengasi, Libia, el embajador de Estados Unidos y Clinton utilizó su ordenador portátil para intercambiar correos electrónicos, a pesar de que es una práctica prohibida por la diplomacia estadounidense desde 2009. Por eso se sabe que a los ojos de los imperialistas Boko Haram no estaba considerada como una organización terrorista.

Pero faltan muchos datos que no sólo dejarían en mal lugar a Clinton, que es lo que pretenden los republicanos, sino al conjunto del imperialismo. En abril Vitter envió una carta a Kerry en la que le pide el acceso a los archivos oficiales de la candidata, mientras estuvo al frente del Departamento de Estado.

Entre lo poco que se conoce aparece el nombre de Gilbert Chagury, un multimillonario nigeriano, magnate de la construcción y uno de los principales donantes de la Fundación Clinton, el típico tinglado filantrópico, humanitario y ecologista, además del partido demócrata. Financió la campaña electoral a la presidencia de Clinton en 1996.

Según Citizens United, que es una organización que también está considerada como “conservadora” y que le sigue el juego al partido republicano, fueron las presiones de Chagury las que impidieron que Clinton incluyera a Boko Haram en el listado de organizaciones terroristas porque hubiera supuesto un freno a las inversiones extranjeras en el país.

Ni la carta de Vitter ni la denuncia de Citizens United, interpuesta hace un mes, han tenido respuesta, por el momento.

Hillary Clinton abandonó el Departamento de Estado a comienzos de 2013 y desde entonces las actividades terroristas de Boko Haram han ido en aumento, con acciones tales como el secuestro de 276 adolescentes en un instituto del norte de Nigeria, o la matanza de 2.000 habitantes a la orilla del lago Chad el 7 de enero de este año.

Boko Haram se declaró como una organización integrante del Califato Islámico y no se incluyó en el listado de organizaciones terorristas hasta el 13 de noviembre de 2013, cuando el Departamento de Estado pasó a ser dirigido por John Kerry.

Fuente: http://www.frontpagemag.com/2014/dgreenfield/hillary-clinton-covered-up-boko-harams-acts-of-terror/

El arte de debatir

Uno de los más grandes genios que ha conocido la humanidad, Leibniz, decía que la lógica es el arte de debatir. Para Leibniz la lógica era tanto la lógica llamada “formal” como la lógica dialéctica pero, sobre todo, para Leibniz la lógica es el conocimiento mismo, cualquier clase de conocimiento científico. Dialéctica y debate son términos sinónimos. Donde no hay debate no hay ciencia. Por consiguiente, cuando alguien afirma que hay algo por encima del debate, algo indiscutible, está fuera de la ciencia por un motivo elemental: porque no sabe dónde está el debate, porque no lo encuentra. Los grandes científicos se diferencian de los pequeños porque hacen discutible lo indiscutible. Plantean preguntas que otros no saben formular y ven dudas donde otros se aferran a certezas absolutas.

Hasta tal punto el conocimiento es dialéctica que, incluso en su forma, los más grandes pensadores, como el propio Leibniz, expusieron su pensamiento de esa manera: como un diálogo. Es el caso de la obra maestra de Galileo “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” que parece más bien una obra de teatro que un libro rupturista en la historia de la física. Pues bien, en su estudio Galileo expresa el punto de vista de la ciencia en medio de otros puntos de vista que no sólo son diferentes, sino incluso opuestos. La ciencia es, pues, como todo, oposición de contrarios. A toda tesis le sigue una antítesis y luego una síntesis.

Como ejemplo de tesis científica hoy “fuera de toda duda” en la química se puede poner la ley de Avogadro que demostró de manera rotunda, siglos después, el carácter científico del atomismo y, por lo tanto, del materialismo de Demócrito, de Epicuro, de Newton, de Dalton y de tantos otros. Al mismo tiempo pareció que las tesis anti-atomistas de Leibniz eran falsas, de donde alguien podría estar tentado de acusar a Leibniz de no ser un científico o algo peor: de apelar a la Inquisición, a la censura o a la hoguera.

Ahora bien, la ley de Avogadro y todos y cada uno de los principios científicos que se sustentan sobre el atomismo, como la mecánica estadística de Boltzmann, tienen las limitaciones propias de su origen, del atomismo. El problema es que la formación actual de un científico es tan sumamente deficiente que no las conoce porque no sabe lo que es el atomismo. Lo da por sentado y por sabido, de tal manera que cuando alguien lo pone en duda, aunque sea el mismísimo Leibniz, empieza a largar la retahíla de insultos propios de la ignorancia contemporánea: magufería, conspiracionismo, superchería, seudociencia…

Lo que digo respecto de la ley de Avogadro lo repito respecto de cualquier otro concepto científico que por manoseado, repetido y utilizado hasta la saciedad se ha convertido en tan familiar que nadie lo pone en duda, y ese es justamente el momento en el que empieza la mistificación que convierte en absoluto (en una verdad absoluta) algo que sólo es relativo (una verdad relativa). En esa frontera imperceptible es donde se acaba la ciencia y empieza la ideología. Es el punto en el que se borran los límites que toda tesis científica tiene de manera inherente.

A partir de ese punto la ideología convierte un postulado científico en un mito, en eso que Marx y Engels calificaban como “ideología dominante”, que parece adquirir vida propia, por sí misma: no es algo que deba ser demostrado cuantas veces sea necesario, cuantas veces alguien lo ponga en duda. Entonces aparece esa referencia imprecisa que confunde a la ciencia de verdad, objetiva, con su aspecto subjetivo, la “comunidad científica”, lo que todos o casi todos los científicos aceptan, o admiten, o lo que se publica, o lo que se publica en Estados Unidos, es decir, una concepción del saber que, además de subjetivista, es convencionalista: hoy la ciencia es lo que los científicos dicen que es (y mañana dios dirá).

Dejaré aparcado ese feo asunto para referirme a otro aspecto que toda ideología dominante pone siempre de manifiesto por el hecho de serlo, es decir, por el hecho de dominar: los debates no son simétricos, las dos partes no están en el mismo plano porque una de ellas se atribuye a sí misma la representación de la ciencia y los demás no sólo dicen bobadas sino algo peor: no demuestran lo que dicen. Por su parte, ellos lo tienen todo ya demostrado. Como en cualquier mercado capitalista actual, también en la ciencia quienes sostienen la posición dominante actúan como los monopolios: abusan de su posición dominante, lo cual les conduce -en definitiva- a negar la existencia del contrario. No sólo no quieren abrir un debate sino que tratan de impedirlo con todas sus fuerzas. Por si no se dan cuenta de ello, les diré que esa actitud siempre se ha llamado censura, que ha sido, es y será siempre enemiga jurada de la ciencia.

Llegados hasta aquí hay que volver a abandonar este asunto a medias, porque no es posible abordar ahora una teoría de la demostración científica, o de lo que los marxistas califican como “práctica”. Me lo reservaré para un momento posterior.

Lo que quiero poner de manifiesto es que la ciencia avanza en lucha contra la ideología dominante, es decir, que a medida que el conocimiento progresa, el universo de certezas, de teorías absolutas, exactas y perfectas se desmorona y aparecen al desnudo como lo que son: ideología. Entonces lo que es mayoritario (“la comunidad científica”) se convierte en minoritario, y al revés.

El enconamiento que suele acompañar a estas disputas me obliga también a una precisión, que en cualquier otra circunstancia resultaría superflua. En los debates asimétricos, frente a la posición mayoritaria, los demás no suelen formar un bloque sino grupos diversos y dispersos. Por lo tanto, no basta criticar a uno o algunos de ellos para meterlos todos en el mismo saco y así ridiculizarlos más fácilmente. Las triquiñuelas miserables nunca han formado parte del método científico.

Eso tiene también otra consecuencia, que es la fundamental: cuando la ideología dominante se tambalea no es porque las concepciones de todos los demás sean válidas, ni científicas. Lo que se opone a una tesis admitida como científica sólo puede ser una antítesis igualmente científica, y de esa pugna sólo se deduce una única síntesis, que nunca es cualquier mezcolanza de concepciones heterogéneas, sino una unidad articulada de conceptos, definiciones, hipótesis, inferencias y prácticas. Que una corriente minoritaria no tenga las mismas posibilidades que la mayoritaria nunca es excusa para que no se formule con todo el rigor científico que sea posible.

Quizá esa idea se pueda expresar mejor diciendo que la ciencia es un ejercicio de autocrítica. Quien puede criticar una tesis científica no es cualquier otra tesis sino una tesis de la misma naturaleza, esto es, científica. Se me ocurren también otras formulaciones posibles que pueden ayudar a aclarar esta cuestión: cuando alguien critica rigurosamente determinados aspectos de la ciencia, lo que hace no es oponerse a la ciencia; lo que hace también es ciencia y debe tomarse como tal.

Para terminar -por el momento- daré un giro de 180 grados a lo que acabo de decir hasta ahora: los debates y las discusiones a los que son tan aficionados los diletantes y los charlatanes se cierran igual que se abren. Junto a la polémica existe otra cosa que se llama práctica. Los debates se organizan. Cuanto más mejor. Pueden durar una hora, un día, una semana o un mes, pero no se puede estar debatiendo permanentemente. Hay que ir al laboratorio o salir a la calle.

Es comprensible que haya quienes necesiten tenerlo todo claro (“formarse”) antes de hacer nada. Pero es mejor que se queden en casa hasta que se aclaren (que será nunca). A la práctica casi todos vamos con dudas en la cabeza porque es ahí precisamente donde se despejan. Nunca antes, en ningún debate, en ninguna biblioteca.

El mito de la masacre de la Plaza de Tienanmen

Mientras la revista trotskista española “Sin Permiso” sigue ejerciendo de fiel portavoz del imperialismo al denunciar la “tragedia” de Tienanmen (1), ocurrida en Pekín en 1989, el antiguo diplomático australiano Gregory Clark afirma en un reciente artículo que dicha tragedia es un mito y una operación de intoxicación informativa por parte del imperialismo británico (2).

Clark, que actualmente reside en Japón, donde dirige una universidad, la califica como una de las operaciones más espectaculares de desinformación por parte del Reino Unido, casi a la altura del mito de las armas de destrucción masiva con las que justificaron la agresión a Irak. Los hechos, escribe Clark, ni siquiera ocurrieron en la misma Plaza de Tienanmen sino en las calles adyacentes.

El artículo lo escribe Clark con motivo del 26 aniversario de aquella matanza y sostiene que las tropas chinas no ametrallaron a los estudiantes chinos indefensos en la noche del 3 al 4 de junio de 1989, aportando como prueba varios testimonios de testigos presenciales de los hechos, entre ellos un equipo de TVE, un corresponsal de la agencia Reuters y los propios manifestantes, quienes siempre reconocieron que en la Plaza sólo entró una unidad del ejército chino para pedir a los pocos centenares de estudiantes que permanecían en ella que abandonaran el lugar.

La falsificación de la historia comenzó con un artículo publicado seis días después de los hechos en el diario de Hong Kong South China Morning Post, cuando Hong Kong aún era colonia británica, por un supuesto estudiante del que nunca más se supo. Este tipo de historias anónimas y rumores son una de las técnicas tradicionales de los imperialistas británicos encargados de las operaciones de desinformación.

A pesar de ello, el 12 de junio el New York Times retomó el bulo, al que añadió fotos que mostraban 400 autobuses de transporte de tropas incendiados, seguidas por la más conocida, que mostraba a un estudiante plantado delante de un carro de combate en actitud de pretender detener su avance hacia el centro de la Plaza para proteger a los manifestantes.

A raíz de la “noticia” del New York Times, el mito adquirió vida propia y empezó a circular por todas las televisiones, constituyendo una de las noticias más relevantes de Asia en el pasado siglo, e incluso todo un icono del hombre que protesta contra un gobierno despótico, como el de Pekín, o la lucha en condiciones muy desiguales, la humanidad contra la maquinaria de guerra… algo más bien propio de filósofos de cátedra que de las crónicas políticas de finales del siglo pasado.

La intoxicación imperialista transmitió que los estudiantes quemaron los autobuses de tropas encolerizados después de que comenzaran a disparar. En realidad, fueron quemados antes, como se comprobó al observar los cadáveres calcinados y colgados de cuerdas sobre los pasos de cebra de la calzada. Un fotógrafo de Reuters logró tomar las imágenes, que jamás han sido publicadas. Otras fotos muestran a los soldados chinos gravemente afectados por las quemaduras que buscan refugio en las casas vecinas. Algunos de ellos abrieron fuego contra la multitud que se congregaba por los alrededores, causando un número indeterminado de muertos.

La embajada de Estados Unidos en Pekín publicó en internet los informes puntuales de los acontecimientos según se iban produciendo. Inicialmente el gobierno chino quiso enviar tropas desarmadas para evacuar la Plaza de los estudiantes congregados en ella, que eran cada vez menos numerosos. Bloqueados por la multitud, las tropas armadas llegaron en autobús y fueron recibidos por los estudiantes con bombas incendiarias, con un resultado aterrador. Algunas unidades militares trataron de calmar a los soldados, presas del pánico. Uno de los informes de la embajada relata el asesinato por los estudiantes de un soldado del ejército chino que trataba de entrar en la Plaza para explicar la carnicería que estaba ocurriendo en los alrededores.

En lo que concierne al estudiante que se plantó delante de los carros de combate, el propio fotógrafo dijo que tomó la imagen desde la ventana de la habitación del hotel en el que se hospedaba al día siguiente de los hechos y que los tanques no trataban de entrar en la Plaza sino de abandonar la zona.

El conocido escritor taiwanés Hu Dedjian estaba en la Plaza en aquel momento en huelga de hambre y explicó así lo sucedido: “Algunos dicen que 200 personas murieron en la Plaza y otras gritan que fueron 2.000. También hay historias de carros de asalto aplastando a los estudiantes que trataban de salir. Debo decir que yo no vi nada de eso. Esa noche yo estuve en Tienanmen hasta las 6 y media de la mañana. No he dejado de preguntarme: ¿vamos a utilizar la mentira para atacar a un enemigo que miente?”

Un detallado informe de la Columbia Journalist Review, titulado “El mito de la masacre de Tienanmen y el precio a pagar por una prensa pasiva” se lamentaba de la preferencia de los medios de comunicación por las historias sangrientas. Sin embargo, nada de eso parece haber desacreditado la leyenda oficiosa de la masacre de Tienanmen.

Una parte de la responsabilidad incumbe al propio gobierno de Pekín, lo cual siempre fue asumido de manera expresa. Entonces se hallaba más que nunca bajo la férula de Den Xiaoping que dos años antes había expulsado del gobierno a Hu Yaobang, antiguo Secretario General del Partido Comunista de China, porque se había escorado excesivamente hacia Estados Unidos. En 1989 la división interna aún no se había superado y los partidarios de Den Xiaoping seguían temiendo que Estados Unidos manejara ciertas riendas dentro del país, lo cual no era descabellado del todo.

En el desencadenamiento de las protestas Tienanmen concurrió mucha frustración por la deriva capitalista de China, alimentada sin duda por manejos del imperialismo que luego se hicieron típicos en otros países, desde las revoluciones de colorines hasta las primaveras árabes.

No cabe duda que la protesta era absolutamente legítima, ni tampoco que se agrupó de manera pacífica y que inicialmente contra ella no intervinieron ni la policía ni las tropas del ejército. El secretario general del Partido Comunista de China, Zhao Ziyang en persona, trató de negociar con ellos personalmente. Pero a medida que durante seis semanas la concentración se prolongó, fue perdiendo fuelle porque la pasividad del gobierno chino sorprendió a los imperialistas que movían los hilos desde la trastienda. Necesitaban carnaza y empujaron a los peones que aún les quedaban en las calles a la provocación.

No se sabe la manera en que los estudiantes se apoderaron de las bombas incendiarias, ni tampoco quién las fabricó. Pero es un arma completamente desconocida en las protestas chinas.

(1) http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=8055
(2) Tiananmen Square Massacre is a Myth, All We’re ‘Remembering’ are British Lies, http://www.ibtimes.co.uk/tiananmen-square-massacre-myth-all-were-remembering-are-british-lies-1451053

McDonalds vuelve a tratar implantarse en Bolivia

A pesar de una publicidad obsesiva, la cadena de restaurantes de comida basura sólo pudo permanecer 14 años en Bolivia, funcionando con pérdidas todos los años. Inútilmente la multinacional rebajó los precios para hundir a los restaurantes locales, pero no logró convencer a los bolivianos para que consumieran sus BigMacs, McNuggets o McRibs y demás porquerías. Los restaurantes tuvieron que cerrar uno tras otro, hasta desaparecer completamente en 2002.

Lamentablemente han vuelto a la carga en marzo de este año y esperamos que se vuelvan a arruinar de nuevo.

El fenómeno fue tan significativo que se rodó un documental titulado “¿Por qué McDonald quebró en Bolivia?”, presentando testimonios de cocineros, nutricionistas, educadores e historiadores expresando que para ellos la comida ofrecida por la multinacional y su proceso de elaboración eran repugnantes.

El rechazo no se basó en el sabor o el tipo de alimento, sino que más bien en el sistema mismo de comida basura. A diferencia de los españoles, los bolivianos valoran la calidad de los alimentos que ingieren. El tiempo de preparación de la comida basura sirve de advertencia para ellos. Prefieren la comida local y les gusta saber que se ha preparado adecuadamente.

La composición de los alimentos de las cadenas de comida basura siempre ha sido un secreto, hasta que el año pasado McDonalds los publicó y se supo que las tiras de bacon de las hamburguesas llevan “aromatizantes de humo”.

Las patatas fritas incluyen dextrosa, un tipo de azúcar, ácido sodio pirofosfato para mantener el color de las patatas, ácido cítrico como conservante y dimetilpolisiloxano, un derivado de la silicona que sirve de antiespumante.

El McRib se procesa con 70 ingredientes diferentes, que incluyen azodicarbonamida, la misma substancia para blanquear utilizada en la producción de espuma y plástico. McRib está constituido por mezclas de tripas, corazón y estómago. Las proteínas se extraen de la mezcla de esos componentes, con carne de cerdo, lo que facilita su moldeado en las fábricas. A pesar de que se vende como costilla, no hay nada de costillas en la repugnante mezcla.

Además llevan una combinación muy variada de aceites, como aceite de canola, elaborado a partir de semillas de colza modificadas genéticamente, de maíz, de cártamo o de soja hidrogenado con terc-butil-hidroquinona (TBHQ), una sustancia relacionada con enfermedades como el asma, trastornos cutáneos, hormonales, y, en estudios en animales a largo plazo, con ciertos tipos de cáncer y daños en el ADN, es decir, que los consumidores transmiten a las generaciones sucesivas.

La ideología del contagio

Una de las concepciones más extrañas de la medicina es la del contagio, una palabra que procede del latín “contactu” y asegura que las enfermedades se transmiten de unas personas a otras incluso por el simple acercamiento entre ellas. No obstante, la posibilidad de un contagio ha llegado a arraigar de tal forma que está plenamente asumida como normal. No plantea la menor duda. Debo ser de los pocos a los que aquí algo no les cuadra en absoluto.

La teoría del contagio tiene enormes consecuencias políticas, además de médicas, que el Estado (más que los médicos) se encarga de recordarnos a cada paso: cada uno puede hacer consigo lo que quiera, pero hay enfermedades en lo que eso no está permitido porque puedes contagiar tu enfermedad a los demás.

De ahí procede la palabra “viral” que ha pasado a la informática y al lenguaje corriente para referirse a algo que se multiplica o propaga indefinidamente, de boca en boca. Cuando esa expansión se produce, convierten a determinadas enfermedades en “amenazas” que pueden acabar con la humanidad entera o con una parte importante de ella.

Recordar ahora las olas de pánico que han desatado en torno a este tipo de concepciones, cuyo origen es siempre Estados Unidos, resultaría ilustrativo de eso a lo que algunos llaman “ciencia” y del intento de mantener a la humanidad atemorizada de forma permanente, como el lamentable espectáculo de esos asiáticos a los que vemos por las calles con una mascarilla en la boca para no contagiar o contagiarse.

Una vez asimilado que el contagio no sólo es posible sino corriente, es decir, que hay enfermedades que son “muy contagiosas”, se deslizan teorías aún más extrañas según las cuales el origen del contagio puede proceder de animales, como ese origen simiesco atribuido al Sida a causa de las relaciones sexuales de hombres (africanos) con monos o por comer carne de dicho animal.

La teoría del contagio surge en la medicina renacentista europea como consecuencia de la recepción del platonismo, es decir, del idealismo objetivo mezclado con supersticiones heredadas de la Edad Media, el orfismo y otro tipo de concepciones religiosas más o menos oscurantistas. Lo mismo que en la actualidad, tales concepciones no se presentaban como lo que eran realmente sino como auténtica “ciencia”, que se puso inmediatamente en marcha con la epidemia de sífilis que invadió Europa en el siglo XVI.

Hasta entonces el contagio parecía algo más bien propio de la mística: todo el universo está lleno de vida, incluso las cosas inertes, la vida pasa de unos cuerpos a otros, y entonces la vida se equiparaba al alma como hoy se equipara al ADN. Al morir un cuerpo el alma no muere sino que pasa a otro cuerpo… Lo mismo que decían de la vida o del alma se decía también de las enfermedades, que eran parte de la vida y se transmitían de unos cuerpos a otros, o bien de padres a hijos.

Con la sífilis y con las enfermedades venéreas, en general, el contacto se concretó en algo tan tangible como las prácticas sexuales. Si el sexo no era pecado, por lo menos era un peligro, decían los médicos. La historia de la sífilis a lo largo de 400 años, de lo que los médicos han escrito sobre ella y de los tratamientos que impusieron a los enfermos, demuestran que era peor el remedio de que la enfermedad. Es uno de los capítulos más ilustrativos que se pueden poner acerca del contagio, porque la experiencia es muy dilatada. La sífilis, las enfermedades venéreas y contagiosas y, en especial, la viruela en la América postcolombina, tenían relación directa con el colonialismo rampante de la época, con los cambios bruscos del medio ambiente, con los primeros viajes interoceánicos, el cambio en la alimentación o la imposición de trabajos forzosos a los indígenas.

En la medida en que un enfermo contagioso es un apestado en el sentido más literal de la palabra, el Estado se apoyó en los médicos para imponer medidas coercitivas contra ellos, por su propio bien y por el de todos los demás. En nombre de la “ciencia”, los galenos asumieron el papel de policías: impusieron cuarentenas, crearon leproserías y lazaretos en los puertos para encerrar a los apestados, los identificaron para que no se mezclaran con los demás, los confinaron en islas remotas… cualquier medida represiva se justificaba en nombre del “tratamiento”.

La consecuencia de ello y del pánico artificioso que crearon alrededor fue que un sinfín de enfermedades pasaron a convertirse en contagiosas y un sinfín de enfermos pasaron a convertirse en una especie de delincuentes. Incluso la literatura de todos los países del mundo está repleta de relatos escalofriantes de ese tipo de prácticas. El tiempo y la ciencia, la de verdad, han ido demostrando que la mayor parte de las enfermedades tradicionalmente consideradas como contagiosas, como la lepra, no lo son. Pero no sólo han demostrado la falsedad de todo ese tipo de concepciones médicas sino que han puesto al descubierto los verdaderos motivos que se encubren detrás de la paranoia del contagio, que desembocan directamente en el fascismo, como modelo de lo que debe ser la “higiene social”, la limpieza étnica, la pureza racial y la eliminación pura y simple de los tullidos, deficientes y degenerados.

Pongamos un caso reciente, el de la pelagra, que hace 100 años se consideró como una enfermedad contagiosa e incluso alguno como el “científico” estadounidense Charles Davenport, hoy olvidado, la consideró, además, hereditaria. La pelagra es una enfermedad de los pobres, consecuencia de una alimentación deficiente.

Cuando a comienzos del pasado siglo en Estados Unidos se desató una “epidemia” de pelagra, el gobierno ordenó la típica investigación para encubrir sus causas verdaderas, el hambre y la miseria que padecía el país, y sustituirlas por otras ficticias avaladas por los típicos “expertos” bien subvencionados.

La investigación se llevó a cabo con presos utilizados como cobayas humanas. El origen verdadero de la enfermedad, que ya se sabía de antemano, se confirmó una vez más, pero se mantuvo en secreto durante 20 años mientras se engañaba a las masas con la correspondiente campaña desinformativa de bulos y fábulas en la que participaron toda esa cohorte de “médicos prestigiosos”, profesores universitarios y facultativos. Los clásicos argumentos infecciosos estuvieron acompañados de una manera burda con los raciales, porque los más pobres y los más enfermos de pelagra eran los negros y, por consiguiente, no había que mezclarse con ellos: no tratar con ellos, no hablarles y, sobre todo, no mantener relaciones sexuales con negros.

De la sífilis al virus del Ébola, a lo largo de siglos y hasta el día de hoy, en todo el mundo la ideología del contagio encubre al colonialismo y al imperialismo, encubre la pobreza de millones de seres humanos, encubre el hambre, encubre la explotación brutal de las masas, encubre el racismo, encubre la condiciones miserables de vida, encubre la suciedad de los barrios más humildes, encubre el hacinamiento, encubre la contaminación… La única vacuna que cura esas lacras es el socialismo. No conozco otra.

Investigación interna de la ONU sobre las violaciones cometidas por sus cascos azules

Ayer la agencia Reuters divulgó (*) un informe interno de los servicios de control de la ONU fechado el 15 de mayo que relata cientos de violaciones y casos de explotación sexual cometidos por los cascos azules y, por consiguiente, por la propia ONU.

En los países ocupados por tropas del organismo internacional los soldados intercambiaron dinero, joyas, perfumes, teléfonos móviles y otras mercancías a cambio de prestaciones sexuales a pesar de la prohibición formal.

Interrogadas por los investigadores de la ONU, las mujeres declararon haber actuado motivadas por el hambre, la pobreza y el deseo de mejorar sus condiciones de vida.

“Pruebas procedentes de dos misiones de mantenimiento de la paz demuestran que las transacciones sexuales son comunes y están subestimadas”, indica el documento de la ONU.

Es seguro que sólo conocemos la punta del iceberg. En total el documento contabiliza 480 denuncias por violación y explotación sexual contra soldados de la ONU entre 2008 y 2013, de los que un tercio de las víctimas fueron niños. El año pasado se registraron 80 casos de violación.

La mayor parte de los casos registrados se produjeron en el Congo, Liberia, Haití y Sudán del sur.

Los servicios de control de la ONU no sólo reconocen la absoluta impunidad por los delitos cometidos sino que califican, además, la asistencia a las víctimas como “deficiente”.

En Centroáfrica las acusaciones de violación contra los soldados del ejército francés procedentes de niños que fueron explotados a cambio de alimentos han hecho que los fariseos se rasguen las vestiduras. A comienzos de este mes la ONU anunció la apertura de una investigación externa independiente. Al menos 14 soldados franceses están acusados de violar niños entre diciembre de 2013 y 2014.


(*) http://uk.reuters.com/article/2015/06/10/uk-un-peacekeepers-abuse-idUKKBN0OQ2CV20150610

‘En materia de salud pública la verdad no es siempre lo más importante’

A diferencia de las facultades universitarias actuales, imbuidas de ideología anglosajona, el materialismo dialéctico ofrece una ventaja insuperable porque explica los conceptos científicos tal y como son: de una manera histórica. El materialismo dialéctico ha quedado casi como la única corriente que defiende que la historia de la ciencia forma parte de la ciencia misma. Por el contrario, el positivismo está erradicando de las facultades universitarias las disciplinas históricas: historia de la física, historia de la biología, historia de la farmacia, etc. De esta manera la ciencia es como una moda: hay que estar a la última, a lo más reciente, porque lo nuevo incorpora en su seno a lo viejo.

El origen de esta tara es que se ha tomado a la física como la ciencia por antonomasia y la física es una disciplina que ignora una de las categorías fundamentales de cualquier ciencia: el tiempo. Basta leer a Newton para darse cuenta de que apenas menciona al tiempo, a pesar de que el tiempo es una de las magnitudes básicas de la mecánica. Pero hay algo aún peor: en las pocas ocasiones en que Newton se refiere al tiempo, lo hace de una manera errónea, que posteriormente se traslada a la teoría de la relatividad, donde las explicaciones acerca del tiempo están repletas de absurdos: continuo espacio-temporal, la cuarta dimensión, viajes en el tiempo, etc.

A diferencia de la mecánica, el tiempo desempeña un papel primordial en cualquier otro ámbito. Por ejemplo, para las personas el tiempo es su biografía, para las sociedades el tiempo es su historia, para la biología es la teoría de la evolución, e incluso en la geología el tiempo ha llegado a ser una parte integrante de su disciplina. En fin, el tiempo ha inundado las ciencias en una batalla permanente contra la mecánica porque el tiempo es todo lo contrario: dialéctica, movimiento y cambio.

Pero la ciencia no sólo explica los cambios, la evolución y la historia sino que en sí misma es cambiante y, por lo tanto, se debería explicar de esa misma manera: como un desarrollo cambiante de los conceptos, de las teorías y de las corrientes mutuamente enfrentadas que la transforman.

Es posible que haya muchos que crean -erróneamente- que los médicos son los únicos profesionales que estudian las enfermedades. Pero -como todo- las enfermedades son esencialmente historia y los historiadores lo saben bien porque enfermedades conocidas como la “peste negra”, por ejemplo, han desempeñado un papel de cierta relevancia en la historia de las sociedades. Sin embargo, para analizar las enfermedades los historiadores no han mirado por el microscopio en busca de virus o bacterias, sino que han tenido en cuenta factores de otro tipo, como el hambre, el urbanismo, la alimentación, el comercio, la carestía, la meteorología, la agricultura, la ganadería, etc.

Si algún médico tuviera la paciencia de leer un “anticuado” tratado sobre la epidemia de cólera de 1883 en España (1) se llevaría muchas sorpresas. Hoy a un médico le resultaría difícil explicar por qué dicha epidemia afectaba a los barrios pobres y no a los barrios ricos. ¿No es el cuerpo humano igual para todos? Si ya es difícil acudir a una facultad de ciencias económicas y escuchar algo relativo a las clases sociales, en medicina eso es tarea imposible. Como máximo uno puede encontrar algún departamento, convenientemente aislado, en el que estudian “medicina del trabajo” y enfermedades típicas de los mineros, como la silicosis, que no se pueden ocultar. También es posible que encuentre manuales descatalogados, como el de Renzo Ricchi (2), cuidadosamente escondidos.

Pongamos otro ejemplo “histórico”: el carbunco, al que hoy llaman ántrax, una enfermedad que actualmente ha remitido, no por ningún antibiótico ni vacuna, sino por el desarrollo de las fuerzas productivas, la modificación de los sistemas de producción fabriles, la sustitución de la lana como materia prima textil por los productos sintéticos, la fabricación de colchones de muelle o el retroceso de la economía pastoril y ganadera. Es la típica enfermedad que apareció por las fuerzas productivas y desapareció por el mismo motivo.

Antes de que Koch y Pasteur impulsaran la medicina moderna, en Inglaterra la enfermedad de los trabajadores textiles por carbunco promovió en 1880 la promulgación de las normas Bradford para la manipulación de las balas de lana, que exigían tomar precauciones y modificar las condiciones de manipulación de la materia prima (3). En los centros de trabajo donde las normas Bradford se implantaron, los casos de carbunco entre los obreros desaparecieron. Si la desaparición no fue completa, se debió a que hubo capitalistas que no las aplicaron, normalmente porque encarecían o complicaban los procesos productivos en los talleres. En 1921 la Oficina Internacional del Trabajo celebró en Ginebra una reunión sobre el carbunco, de donde surgieron medidas que seguían teniendo relación con las condiciones de trabajo más que con remedios de tipo médico.

A los talibanes de la medicina moderna les gusta asegurar que las vacunas son inocuas y que han salvado muchos millones de vidas. A todos los fantoches les gusta presumir de lo que carecen. Hablan de sus éxitos y no de sus fracasos. La historia dice algo bien distinto. Por ejemplo, el carbunco del que acabo de hablar es también una enfermedad de las ovejas. A medida que se empezó a vacunar al ganado contra el carbunco, las quejas de los ganaderos se amontonaron sobre la mesa de Pasteur:

“Las ovejas morían de carbunco; pero no de la enfermedad natural adquirida en los campos contaminados, sino de carbunco producido por las mismas vacunas que debían salvarlas. De otros lugares llegaban también noticias alarmantes: las vacunas que habían costado tanto dinero, no surtían efecto; ganaderos que después de vacunar rebaños enteros se habían acostado dando gracias a Dios por la existencia de Pasteur, una mañana encontraban los campos cubiertos de ovejas muertas; ovejas que debiendo quedar inmunizadas, habían muerto víctima de las esporas de carbunco escondidas en los pastizales. Pasteur empezó a odiar las cartas; hubiera querido taparse los oídos para no percibir los comentarios irónicos que por por todas partes surgían y, por último, sucedió lo peor que podía suceder: aquel alemán molesto Koch, publicó un informe científico, frío y terriblemente exacto, en que dejó comprobado que la vacuna anticarbuncosa no tenía ningún valor práctico” (4).

Si cambiamos de tercio y en lugar de ovejas empezamos a hablar de personas, el relato puede llegar a ser espeluznante y resulta verdaderamente repugnante que nadie hable de ello en una facultad universitaria, e incluso que los ignorantes hagan alarde de su estulticia.

La vacuna contra el carbunco resultaba tan peligrosa que algunos paí­ses restringieron su utilización sólo para el ganado. Aunque posteriormente fue mejorada, es decir, lograron que fuera menos dañina, la vacuna siempre fue un fracaso, si bien “en este terreno la verdad no es siempre lo más importante”, dice cínicamente Kruif. Gracias a que, incluso en materia de salud pública, la verdad no es lo más importante, la vacunación contra el carbunco se impuso por decreto en varios países y Pasteur guardó silencio porque el volumen de negocio crecía de manera espectacular. Entonces dejó de ser una cuestión veterinaria para transformarse en economía y en política: capitalismo en estado puro.

Pero para enterarse de ello hay que hacer algo que en las facultades de veterinaria tampoco enseñan: leer viejos artículos de revistas descatalogadas. Es otra sorprendente faena porque es posible que más de uno vea clases y lucha de clases hasta en la veterinaria, en el ganado. Sencillamente alucinante.

(1) Philip Hauser: Estudios epidemiológicos relativos a la etiología y profilaxis del cólera, Madrid, 1887.
(2) La muerte obrera. Investigación sobre los homicidios blancos y los accidentes de trabajo, Madrid, 1981.
(3) P.W.J.Bartrip: The Home Office and the dangerous trades. Regulating occupational disease in victorian and edwardian britain, Nueva York; Chris Holmes: Spores, plagues and history. The story of anthrax, Durban, Texas, 2003.
(4) Paul de Kruif: Cazadores de microbios, México, 2010, pg.161.

El día que Israel atacó a Estados Unidos

Es un secreto a voces que la posición de Estados Unidos en Oriente Medio se tambalea. Sus más viejos y fieles lacayos le dan la espalda. De lo contrario no se explica que Al Jazira, una televisión qatarí, publique un documental titulado “El día que Israel atacó América” (porque ya saben que todo un continente, América, se reduce a Estados Unidos).

El documental está realizado por un director prestigioso como el británico Richard Belfield y cuando se emitió desencadenó la correspondiente polémica. Relata que en 1967, durante la Guerra de los Seis Días, el ejército israelí simuló un ataque egipcio contra un buque estadounidense matando a 34 marinos e hiriendo a otros 174.

Los libros de historia militar lo califican como el “incidente del USS Liberty” y, a lo máximo, algunos se habían atrevido a aventurar que hubo un acuerdo entre Estados Unidos e Israel para hundir el buque y echar las culpas a Egipto, un país que entonces reunía lo peor del Eje del Mal: aliado de la URSS, enemigo de Israel e integrante del bloque de los países no alineados.

Un superviviente del ataque, James Ennes, publicó también un libro en 1993 en el que desveló la existencia de un informe militar aprobado dos meses antes de la guerra por el Comité 303, encargado de las operaciones encubiertas que aludía a la presencia de un submarino en aguas egipcias alrededor del USS Liberty.

En 2001 Peter Hounam ya rodó otro documental sobre este asunto, “Dead in the Water”, difundido por la BBC, en el que defendía la existencia de un plan israelo-americano de 1966 llamado Cyanid para derrocar al presidente egipcio Nasser.

Que el asunto sigue candente lo demuestra que en 2005 France Inter también lo abordó durante una entrevista con un antiguo agente anónimo de los servicios secretos.

Una investigación independiente, ignorada por la prensa estadounidense, confirmó varios aspectos importantes que Israel siempre ha negado:

1. El ataque fue deliberado y tenía como objetivo la destrucción total del navío con sus 294 tripulantes a bordo
2. Las frecuencias de radio fueron interferidas justo antes del ataque israelí
3. Las lanchas de salvamento también fueron destruidas por el ataque
4. La Casa Blanca impidió el envío de embarcaciones que ayudaran al navío durante el ataque
5. Los supervivientes fueron amenazados por sus jefes militares con ser enviados a prisión si revelaban información a la prensa

En 2007 el periodista John Crewdson realizó una investigación exhaustiva sobre el ataque para el Chicago Tribune. Aportó como novedad que la Agencia de Seguridad Nacional que supervisaba el espectro radioeléctrico del USS Liberty había descartado grabaciones que fueron esenciales para el ataque.

Analizando los detalles del ataque al USS Liberty es imposible no encontrar semejanzas con otro tipo de provocaciones parecidas del imperialismo estadounidense (2), desde el hundimiento del Maine en 1898 hasta el 11-S.

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