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Hezbollah se convierte en la fuerza dominante en Líbano

En Líbano un pacto nacional de 1943 no reparte los cargos públicos según los votos sino según las confesiones religiosas. La Presidencia de la República es para los cristianos maronitas, el Primer Ministro debe ser sunita, el Presidente del Parlamento le toca a los chiítas, la Vicepresidencia a los cristianos ortodoxos y el jefe del ejército a los cristianos maronitas.

Dicho reparto confesional ha estado ligado, además, al imperialismo porque los valedores de los cristianos fueron tradicionalmente los colonialistas franceses que separaron al Líbano de Siria y luego a Washington. Este esquema se ha acaba de romper y, después de un largo vacío de dos años y medio, el general Michael Aoun, cristiano maronita ha llegado a la Presidencia contra el dictado estadounidense y con el apoyo de Hezbollah, nada menos.

La prensa israelí ha montado en cólera: gana Hezbollah, luego gana Irán. No sólo la milicia chií jamás se va a desarmar sino que se ha ganado a los que hasta ahora eran los más fieles valedores del imperialismo en un país, como Líbano, que es caja de resonancia de Oriente Medio. Al eje de la resistencia Irán-Siria ya no se le une una parte de Líbano, sino el mismo Líbano.

Hasta el peón de Arabia saudí, Saad Hariri, ha bajado los brazos, dice el periódico “Israel Hayom”, de la corriente de Netanyahu. La unión de los maronitas con los chiítas no presagia nada bueno para Israel. Hezbollah es ya la fuerza dominante en Líbano y por encima de su naturaleza confesional tendrá la oportunidad de demostrar que, además, tiene un proyecto nacional.

El plan imperialista para el Líbano es el mismo que para Irak, Siria y Turquía: la partición del país. Un documento israelí de febrero de 1982 publicado por la Revista de Estudios Palestinos destapó (*) el proyecto de división de Líbano en cinco provincias, religiosamente diferenciadas, militarmente desarmadas y políticamente enfrentadas, sobre las que Israel podría imponer un protectorado.

Lo que cambian los tiempos: el 19 de agosto de 1989, desde el Palacio Presidencial de Baabda, Aoun pidió a Francia que llevara sus tropas a Líbano para acabar con Siria y en 2006 se puso al frente de la resistencia, “renunciando a los maletines llenos de dólares”, dice gráficamente un periódico chiíta libanés. Entonces firmó lo que parecía un rocambolesco acuerdo con Hebollah, por el que nadie daba un duro. Diez años después aquel acuerdo se ha impuesto a las presiones y a los chantajes.

Hace muchos años que el imperialismo no tenía otro objetivo en Líbano que enterrar a Hezbollah que, por su parte, reaccionó apoyando al “Movimiento Patriótico Libre” de Aoun para sostener la unidad y la independencia del país, que poco a poco ha ido ganando terreno por su firme oposición a Israel y a los planes de injerencia de las grandes potencias en Oriente Medio.

Hay que destacar las palabras del ministro Gebran Bassil, presidente del “Movimiento Patriótico Libre”, dirigidas al secretario general de Hezbollah, en la que le dice que es el segundo socio de la victoria: “Jamás hemos dudado de la sinceridad de vuestra posición a nuestro lado. No se trata sólo de la lealtad sino de la sinceridad, a fin de que todos los libaneses comprendan que aún existe una ética en la política del Líbano”. Es algo que nunca se había escuchado por aquella región.

Pero no sólo Aoun ha cambiado. Hay mucha marea de fondo que sólo se aprecia tomando una perspectiva de 25 años, cuando Estados Unidos lanzó el primer ataque contra Irak y Haffez Al-Assad le apoyó. Entonces los imperialistas aún creían poder manejar a Siria permitiéndole ocupar militarmente Líbano y acabar con Aoun, que tuvo que refugiarse en la embajada de Francia en Beirut antes de huir del país.

(*) http://www.renenaba.com/revue-detude-palestiniennes-n-14-fevrier-1982

De Lenin a la guerra de las galaxias

El 23 de octubre del año pasado en Odesa, la ciudad ucraniana del Mar Negro, derribaron una estatua de Lenin que llevaba décadas sobre el pedestal, para sustituirla por Darth Vader, el personaje de la película “La guerra de las galaxias”. ¿Pretendían sustituir los fascistas ucranianos la realidad por la ficción?, ¿nos obligan a elegir entre el malo de la película (Darth Vader) y el malo de la historia (Lenin)?, ¿quién es peor de los dos?

No está tan claro que la saga de películas de George Lucas sea ficción. Hace un par de años la agencia de noticias Europa Press difundía un despacho titulado “¿A qué velocidad vuela el Halcón Milenario?” (1), es decir, la nave espacial de la película. Ya no se trata sólo de una película de Hollywood sino de los medios de comunicación, que no sólo hablan de la realidad como si fuera ficción, sino de la ficción como si fuera realidad.

Era la clásica noticia imbécil con la que las cadenas de televisión abren los noticiarios para hacer publicidad encubierta del estreno de una nueva película de la interminable saga, más galáctica que el Real Madrid. Basta hacer una búsqueda en internet para darse cuenta de que la inmensa mayoría de las “noticias” de prensa sobre “La guerra de las galaxias” son una colección de banalidades convertidas en reclamos publicitarios para vender algo.

En ese mercado está la clave de que en 2012 la multinacional Walt Disney pagara 4.000 millones de dólares por la adquisición de los estudios Lucas, fundados por el cineasta que dirigió las películas galácticas. Uno de los tentáculos de los estudios, Lucas Licensing, no es más que una oficina de gestión y recaudación del dinero generado por las patentes sobre la parafernalia (“merchandising”) asociada a las películas.

En 2011 dichas patentes reportaron 3.000 millones de dólares a los estudios Lucas. Entre 1977 y 2012 las ventas de juguetes, camisetas, tazas, mochilas y demás habían alcanzado los 20.000 millones de dólares, con 4.400 millones en entradas de cine y 3.800 en DVD, VHS y demás mercancías para las tiendas de chuches, como El Corte Inglés.

La multinacional Fox estrenó “La guerra de las galaxias” en 1977 y hasta ahora la saga es la más taquillera de la historia del cine. La primera película costó once millones de dólares y, sólo en Estados Unidos, acabó recaudando más de 460.

Pero todo esto no tiene nada que ver con el cine. En las Navidades del estreno la empresa Kenner, que había comprado la patente sobre la quincalla galáctica, se vio desbordada por la demanda de chatarrería. Tuvo que expedir unos certificados que le permitían al comprador canjearlos por cuatro figuras cuando el almacén se volviera a llenar de mercancía. Al año siguiente la empresa se embolsó unos cien millones de dólares. Entre 1978 y 1985 se vendieron unos 300 millones de juguetes galácticos.

Para que le financiaran la película, George Lucas renunció a 500.000 dólares de su sueldo como director a cambio de reservarse la patente de la mercadería paralela, algo que, a mediados de los setenta, nadie valoraba en Hollywood.

La saga se retroalimenta de sí misma, de su éxito de ventas y de sus millones de víctimas abducidas por la iconografía. Tiene infinidad de seguidores en todo el mundo, a los que llaman “fans”, o sea, fanáticos porque en esta sociedad uno puede ser “fan” del Sporting de Gijón, de David Bisbal o de “La guerra de las galaxias” pero no en los asuntos políticos porque eso es extremismo, radicalismo y está mal visto. En las manifestaciones los convocantes deberían sustituir el puño en alto, que es una amenaza, por la espada láser y el disfraz de Darth Vader.

A lo largo de la vida, los “fans” nunca se liberan de algo que tiene todo el aspecto de constituir una enfermedad congénita. Es toda una técnica de ingeniería social. El capital primero lava el cerebro a los mayores para luego pasar a atacar a los niños indefensos por medio de los anteriores. Los padres sólo cuidan el cuerpo de los niños, no su cabeza. No dejan que los niños se lleven a la boca un chicle que se les ha caído al suelo pero les regalan el Halcón Milenario, un droide como C3PO o R2D2 o una máscara del clon guerrero.

No hay ningún niño al que sus familiares no le hayan torturado con algún juguete de “La guerra de las galaxias” en Navidades o el día de su cumpleaños. Pero el juguete es de plástico y no vale nada. Los precios astronómicos que pagan los incautos de los padres y familiares por un pedazo de plástico financian patentes internacionales.

Marx diría que la quincalla de “La guerra de las galaxias” no sólo tiene un valor de cambio sino un valor de uso. Las mercancías son iconos de una cultura invasora, lo mismo que las especies exóticas. Pero los ecologistas son como los padres que regalan la espada láser a sus hijos: se preocupan de los seres vivos pero no de los inertes. Nunca han cuidado el ecosistema natural.

El mercado no conoce límites. No son sólo juguetes sino toda una quincalla de corbatas, camisetas, pulseras, pijamas… En 1997 se lanzó al mercado una versión actualizada del Monopoly ambientada en las galaxias, sus personajes y sus gigantescas naves espaciales. En setiembre de cada año, puntualmente, PlanetaDeAgostini, propiedad del fascista Jose Manuel Lara, pone a la venta en los kioskos el típico coleccionable con relatos, muñecos, relojes, DVD, cromos…

Los libros, álbumes, pósters, cromos y tebeos galácticos forman un cosmos. El listado de los libros de la saga da una idea de que la bodega de carga del Halcón Milenario tendría problemas para albergar la quincalla. Con la llegada de la era Disney, muchos de esos libros han sido descartados como “inconvenientes”, pero dan para semanas y meses de lectura.

Tras los libros vienen las viejas grabaciones en VHS y Betamax que se regalaban el día de los Reyes Magos y los cumpleaños y que luego pasaban de mano en mano. La técnica nos condujo de ahí a los DVD, videojuegos…

Hay millones de mercancías-iconos que llegan a millones de víctimas en todo el mundo. Casi nadie se ha librado de aquella invasión. Posiblemente sólo nos quede pedir asilo político en Corea del norte para escapar de Luke Skywalker, Chewbacca y los antidisturbios disfrazados de clones.Los científicos, que viven en las nubes, aún se preguntan si hay vida fuera de este planeta. Precisamente donde hay más vida es allá. Es un universo, pero de patentes y derechos de autor. Los estudios de Lucas tienen una base de datos con 17.000 personajes de la saga y 20.000 años de historia a la que llaman el Holocrón. Hay material para hacer películas sin descanso. Además de una base de datos hay páginas web (2) dedicadas a desentrañar al detalle todos y cada uno de esos datos, naves espaciales, planetas, robots…

La chatarrería de “La guerra de las galaxias” es para niños, no para niñas. En la saga apenas aparecen 800 personajes femeninos, cuando deberían ser la mitad, un fallo garrafal que esperemos que Disney resuelva en el futuro hasta equilibrar los porcentajes con un número suficiente de princesas galácticas.

Gracias a “La guerra de las galaxias” el inglés ha calado entre nosotros. Antes nos referíamos así, en castellano, a la película; ahora decimos “Star wars” porque estamos a la altura de los tiempos. Nos compramos un diccionario en casa para no quedar en ridículo cuando nos hablan de ewoks, droides, jedi, sith… De ahí pasamos al manual, la gramática, los adverbios y el pretérito pluscuamperfecto del verbo to fuck…

Pero la verdadera faena es que vayas a Olot de viaje y los restaurantes tengan el menú en catalán. Hay que poner el grito en el cielo porque de lo contrario los catalanes nos acabarán imponiendo su idioma y su cultura a los españoles.

(1) https://www.europapress.es/cultura/cine-00128/noticia-velocidad-vuela-halcon-milenario-20141214113743.html
(2) https://latino.starwars.com/banco-de-datos

¿Humanitarismo? No, gracias

Nos están tomando por lo que quisieran que fuésemos, por aquello para lo que se gastan nuestro expoliado dinero a fin de que seamos lo que quieren que seamos, o sea: imbéciles o miembros de las fuerzas armadas que custodian la Constitución española que nos borbonea, o juez o fiscal del neoTOP, o volteriano de salón, o periodista “independiente” de los que cobran por proteger la única religión verdadera, esto es, la del Alto Estado Mayor de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, de esa organización humanitaria llamada OTAN, o trabajadores de los que piensan lo que piensa el MARCA, pues faltaría más, que ellos no son ni de derechas ni de izquierdas, como dijeran hace mucho tiempo Mussolini y José Antonio (Primo de Rivera).

Pues no, señoras y señores, aún quedan algunos que nos negamos a ser como el imperialismo quiere que seamos, procura que seamos, invierte para que seamos. Aún quedan algunos que estamos contra la tele y la radio y la prensa y todos los “medios de comunicación” al servicio del imperialismo y amamos a Marx, Engels, Lenin y el vino rojo peleón que no es estupefaciente sino metáfora popular de la razón pura, es decir, de la razón común, o sea, de la razón comunista, por la sencilla razón de que razón, lo que se dice razón, no hay ni puede haber ninguna otra. Sí, sí, aún quedan algunos a los que el nombre “España” no nos provocan suspiros sino arcadas, y nombres como OTAN nos hacen vomitar directamente. Aún quedan algunos que gritamos ¡mecagüen Bill Clinton y Aznar y Felipe González y Solana y la señora Allbright (¿para esto queríamos la liberación de la mujer?).

Aún queda quien se alegra de que un día entrasen en Praga los tanques soviéticos para aplastar a los enemigos de la heroica construcción del socialismo y el comunismo en Europa, a los mismos que hoy forman parte de la muy humanitaria banda terrorista OTAN y masacran al pueblo serbio para arrebatarles su territorio y sus riquezas.

¡Llore usted, señora, llore usted, señor, por los albaneses “refugiados”, porque así se lo ordenan las autoridades, pero no llore si en los alrededores de Belgrado caen bombas humanitarias sobre los campos de refugiados serbios en su día expulsados de sus tierras en Croacia por los nazis otánicos-croatas! Usted a lo suyo: al bakalao, a la coca y sobre todo al éxtasis de pertenecer al primer mundo. ¿Qué más quiere? Enchufe la tele y muéstrese agradecido.

El autor de este artículo fue (murió en 2007, septiembre) Pablo Sorozábal Serrano, hijo del célebre compositor de zarzuelas populares Pablo Sorozábal (donostiarra y republicano). Se publicó en el periódico alternativo EL OTRO PAÍS en mayo-junio de 1999. Un servidor, B., tuvo el privilegio de conocerle y de llorarle.

El Superagente 86 pasa al ataque contra la subversión rusa en todo el mundo

El Superagente 86 contra Rusia
La entrevista que publicó hace un par de días el diario The Guardian (*) con Andrew Parker, el jefe del contraespionaje británico del MI5, ha roto muchos moldes. Desde su creación en 1909, el MI5 ha tenido 17 directores y su identidad siempre fue materia reservada para los medios de comunicación. Hasta 1993 nunca se divulgó su identidad. Tampoco concedieron entrevistas a los medios de comunicación… hasta hoy.

¿Qué tenía que decir el jefe de los espías? Algo que suena a viejo: que Rusia está promoviendo la subversión, como en los viejos tiempos de la Internacional Comunista. Rusia es una gran amenaza para la seguridad de Gran Bretaña, pero es sólo una de ellas. Hay otras, como el islamismo o el nacionalismo irlandés.

Al más puro estilo policial, Parker se pone medallas a sí mismo: en los tres últimos años han logrado deshacer 12 proyectos de atentados terroristas y tienen fichados a 3.000 “extremistas violentos” por si las moscas.

Pero el peor extremismo es el ruso porque también utiliza métodos “cada vez más agresivos” para lograr sus fines. Pero, ¿qué fines son esos?, preguntará alguno. No lo dice, pero los fines de los rusos, a diferencia de los fines franceses o los noruegos, nunca pueden ser buenos. Son malos porque son rusos.

Aunque no habla de los fines, sí habla de los medios para conseguirlos, que son horribles. Uno de ellos es la propaganda. ¿Se dan cuenta qué horror?, ¿no se sienten atemorizados por la propaganda rusa? Pues entonces tengan en cuenta que también utilizan otros métodos espantosos como “el espionaje, la subversión y los ciberataques”, así que si su ordenador se estropea ya saben que la culpa es de los rusos.

“Rusia trabaja por toda Europa y en el Reino Unido. La tarea del MI5 es la cortarle el camino”, dice el jefe del MI5, porque su postura “es cada vez más antioccidental”. Su gobierno “se apoya en todos los órganos estatales y en toda su potencia para hacer avanzar su política exterior de manera cada vez más agresiva”.

Andrew Parker, el jefe de los espías

Luego el espía empieza a largar de manera grotesca sobre los caballos de Troya que tiene Rusia escondidos en las Islas, desde los tiempos de la Guerrra Fría y que por ineptitud del MI5 aún no han descubierto. Su objetivo es informarse de los mismos misterios de siempre: secretos militares, proyectos industriales, información económica y la política exterior del gobierno británica, o sea, algo para lo que no se necesitan topos sino unn buen lector de periódicos.

Según Parker, Rusia no se ha convertido ahora en un enemigo, ya que lo es desde hace decenios. La diferencia es que ahora sus métodos son “cada vez más numerosos” y entre ellos hay que contar la piratería informática.

Esto es de risa. Para llevar agua a su molino el cretino de Parker quiere referirse indirectamente a los ataques informáticos que ha padecido el Partido Demócrata en Estados Unidos, según una denuncia de otro espía de chiste, James Clapper, director del DNI, uno de los múltiples centros de inteligencia del Pentágono.

Pero para espiar al Partido Demócrata no hace falta recurrir a ningún espía rocambolesco porque la mismísima Clinton utilizaba su cuenta de correo personal cuando era secretaria de Estado, por lo que sus mensajes estaban al alcance de cualquier adolescente con tiempo y paciencia suficientes.

Ante las declaraciones de Parker los portavoces del Kremlin han vuelto a responder como franciscanos piadosos. Ni siquiera se les ha escapado una carcajada. El bueno de Dimitri Peskov se ha repetido a sí mismo: se trata de afirmaciones “gratuitas e infundadas”, para defender sus intereses Rusia sólo utiliza los medios previstos en el derecho internacional, etc.

En el Kremlin no deberían esforzarse tanto en las ruedas de prensa. Los personajes como Parker están más trasnochados que el Superagente 86.

(*) https://www.theguardian.com/uk-news/2016/oct/31/andrew-parker-increasingly-aggressive-russia-a-growing-threat-to-uk-says-mi5-head

También Malasia abandona a Estados Unidos y bascula hacia China

Najib Razak, Primer Ministro de Malasia
No sólo Filipinas; también Malasia se decanta por una alianza estratégica con China, abandonando a sus tradicionales padrinos de Washington, que pierde posiciones alarmantemente en una región clave para el comercio marítimo en el Extremo Oriente. Los imperialistas van de fracaso en fracaso, poniéndose en una situación extraordinariamente difícil que no son capaces de reconducir por las vías diplomáticas.

Lo mismo que Filipinas, también Malasia tiene pretensiones jurisdiccionales sobre determinadas islas del Mar de China Meridional que chocan con las de Pekín, por lo que su decisión es igualmente significativa de la deriva que están tomando los acontecimientos, hasta el punto de que recientemente adquirió submarinos Scorpen para defender sus reivindicaciones territoriales.

Con ocasiones de una visita a Pekín, el Primer Ministro malasio, Najib Razak, ha firmado un acuerdo de cooperación naval con el gobierno chino por el que comprará cuatro buques de patrulla costera. “A esto le llamo una decisión histórica”, dijo Razak a la prensa, y no excluyó la firma de otros contratos militares de características parecidas en el futuro.

Es la primera vez que el gobierno de Kuala Lumpur se inclina hacia China para equipar a sus fuerzas armadas, aunque el ministro malasio de Defensa, Hishammuddin Hussein, la justificó por razones económicas, por su precio.

En cuanto a los litigios territoriales, Razak dijo en Pekín que se deben resolver con el diálogo, por lo que reconoció que el gobierno chino estaba dispuesto a discutir la soberanía sobre las aguas jurisdiccionales.

No obstante, hay algo aún peor que el acuerdo con China: las pésimas relaciones de Malasia con Washington causadas por el escándalo financiero con el fondo soberano 1Malaysia Developement Berhars, creado en 2009.

En julio el Departamento estadounidense de Justicia se apoderó de 1.000 millones de dólares propiedad de dicho fondo que, según los tribunales estadounidenses, habían sido distraídos por personas próximas al Primer Ministro malasio Razak.

Al mismo tiempo, la China General Nuclear Power Corporation compró activos del fondo malasio en el sector de la energía por valor de 2.300 millones de dólares, por lo que la cosa está bastante clara: mientras China comercia, en Washington te roban después de acusarte de… robo.

Para entender algo de lo que está pasando con el famoso “neoliberalismo” que han inventado, algún día habrá que hablar de la extraterritorialidad de las leyes estadounidenses, por medio de las cuales no sólo son los gendarmes del mundo sino los jueces, que imponen confiscaciones, multas y sanciones gigantescas a los grandes monopolios, como Volkswagen o el banco BNP Paribas recientemente.

Nada se pierde, todo se transforma

Eso decía el químico francés Lavoisier. Nada se pierde; todo se transforma. Según parece. Lavoisier era un dialéctico sin saberlo. Otro dialéctico sin saberlo fue Francisco Franco, cuando dijo que todo estaba atado y bien atado. Y no se equivocó para nada. En España se dio una de las mayores operaciones de transformación de la historia reciente que dio lugar a los “ejemplares” Pactos de La Moncloa que a su vez fueron el acta de nacimiento de la “democracia” española.

Para comenzar hay que caracterizar al Estado español como un vasallo del imperio USA, lo cual hace comprensible todo el accionar de la política española de los últimos 50 años. La llegada del general Eisenhower a Barajas, marca la fecha de entrega de la soberanía española al imperio USA, que muestra en una foto memorable el abrazo que se dan Paco Franco y Eisenhoer, entre los cuales está el sonriente general Vernon Walters, que fuera jefe de la CIA, y que hablaba perfectamente castellano y servía de lenguaraz en esa lamentable ocasión.

La muerte de Franco significó un punto de inflexión en la historia de España, porque a partir de ese momento comienzan a entrar en escena otros operadores, que ya habían planificado el próximo futuro del país.

Hay que señalar que en el diseño de ese futuro cumplieron un servicio importantísimo los servicios de seguridad del Estado, que desde mucho antes de la muerte del dictador ya habían comenzado a dibujar lo que sería la España sin Franco. Hacía falta hacer creer que el franquismo; o sea el fascismo español había colapsado, y que nunca más se iba a repetir una situación como esa. Y todo ello de la mano de un “demócrata” como Adolfo Suárez, y otro más “demócrata” que era Juan Carlos de Borbón.

Para ello los servicios se encargaron de liquidar las cortes franquistas, que “voluntariamente” decidieron autoinmolarse por el bien de España. No fue así. Las Cortes franquistas se disolvieron por las presiones de los servicios de seguridad que visitaron uno a uno a los procuradores en cortes amenazándolos con las informaciones que tenían los propios servicios sobre ellos. El que no tenía una querida estaba inmerso en sucios negocios inmobiliarios, o en colusiones dolosos con bancos o con operaciones inmobiliarias dudosas. Los únicos resistentes fueron los que se llamaron el “búnker”, que fueron aquellos que los servicios nunca pudieron probarles ninguna felonía.

De esa manera “limpia”, las cortes franquistas se autodisuelven y dan paso al segundo acto de este teatro. Había que formar partidos políticos desde el estado, y para ello contaron con dos siniestros personajes que se prestaron “por la patria” a representar el papel que les dieron. Uno de ellos fue Felipe González, que es sabido que viaja a Suresnes a refundar el PSOE con un capitán de la guardia civil, que lo lleva y lo trae de vuelta; todo ello diseñado por los servicios de seguridad del estado; y el otro es Santiago Carrillo, al cual la Trilateral Comission y Adolfo Suárez le encargan la liquidación del PCE.

Está claro que toda la política española está dictada por los servicios de seguridad del Estado, por delegación del gran poder, que no reside en España, sino en los USA. Es decir, que los partidos políticos están creados desde el Estado, o más bien desde el sistema, el cual utiliza al Estado para llevar a cabo su política.

Los últimos acontecimientos ocurridos en torno al PSOE, vienen a abonar esta tesis. Pedro Sánchez dimite como consecuencia de las presiones del “aparato”. Era necesario que como ocurrió con las cortes franquistas el PSOE se “sacrificara”, absteniéndose para permitir “por el bien de España” que haya un gobierno. Y ese gobierno tenía que ser necesariamente el de Mariano Rajoy.

Esa operación estaba necesariamente apañada por el Estado. Era necesario un gobierno del partido podrido (PP), para que termine su labor de demolición, y para que la figura de Pedro Sánchez se agigante hasta la celebración del próximo congreso del PSOE, donde seguramente será ungido secretario general, y en las próximas elecciones, gane el cargo de primer ministro. El próximo gobierno español será de “izquierdas”, con Pedro Sánchez a la cabeza, y con el apoyo de Podemos, que se convertirá en la otra pata de la mesa. Lo veremos; y suma y sigue. Me comenta mi hijo, que según este plan, Pedro Sánchez será el Alexis Tsipras que hará falta para completar la obra. Estoy de acuerdo con él.

Todo seguirá atado y bien atado, hasta que la clase obrera; aquella que nada tiene que perder, corte ese nudo gordiano, y comience una nueva andadura libre ya de ataduras.

Aquella mañana que el PSOE desató el terrorismo de Estado

Foto policial de Juan Martín Luna
En octubre de 1982 el PSOE llegó al gobierno como parte integrante del golpe de Estado que se había producido el año anterior. Su objetivo era llevar adelante el mismo programa político de los militares golpistas; exactamente el mismo. Entre otras cosas suponía organizar los GAL y desencadenar la guerra contra eso que ellos llaman “terrorismo”, aunque muy pronto iba a quedar al descubierto la cortina de humo orquestada en torno al famoso “terrorismo”.

Hasta 1982 en España nunca se había producido un abismo tan grande entre la política subterránea de los “poderes fácticos” que llevaron al golpe de Estado y al PSOE al gobierno, y la efervescencia popular por un cambio real y una mejora en las condiciones de vida y trabajo que permitieron al PSOE recaudar más de diez millones de votos. La mitad de los votantes votaron al PSOE.

Como consecuencia de esa situación paradójica que rodeó a aquellas elecciones, los GRAPO propusieron una tregua unilateral para que el nuevo gobierno pudiera poner en marcha el programa electoral que había prometido, especialmente, la salida de la OTAN, es decir, que su actividad armada no se pudiera convertir en la típica excusa que siempre encuentran.

Pero el PSOE no tenía ninguna intención de cumplir absolutamente ninguna de sus promesas, sino más bien hacer todo lo contrario, lo que demostró desde el primer minuto al asesinar el 5 de diciembre de 1982 al máximo dirigente de los GRAPO Juan Martín Luna. Fue toda una declaración de intenciones, de lo que se estaba preparando en las cloacas del Ministerio del Interior.

Al dirigente de los GRAPO lo mató la policía a tiros en Barcelona en una emboscada montada por el Mando Único para la Lucha Contraterrorista que dirigía el conocido comisario fascista y torturador Manuel Ballesteros. El crimen a sangre fría era tan evidente que a la Audiencia Provincial de Barcelona no le quedó más remedio que condenar a los inspectores policía que dispararon: David Juan León Romero, Ángel Luis Adame Bernáldez y Valentín Martín Cabello.

Naturalmente que sólo era un paripé para guardar las apariencias. La pena que impusieron a cada uno de ellos no pudo ser más ridícula, la mínima: seis meses y un día de prisión porque actuaron con el atenuante de “cumplimiento del deber”, es decir, que los policías no actuaron por iniciativa propia sino siguiendo órdenes emanadas del gobierno del PSOE. En 1988 el Tribunal Supremo confirmó aquella sentencia.

Las condenas levantaron una oleada de indignación dentro el Ministerio del Interior contra los jueces. El ministro, que no era otro que el también fascista José Barrionuevo que luego fue condenado como dirigente de los GAL, el terrorismo de Estado, defendió públicamente el crimen cometido por sus policías en Barcelona.

Por el contrario, la Unión Progresista de Fiscales criticó a la policía por lo que calificó como “actitudes de desobediencia o desestabilización”, es decir, indirectamente decían que un año y medio después del 23-F la policía estaba intentando promover otro golpe de Estado.

Por su parte, en un comunicado el Grupo de Abogados Jóvenes de Madrid consideró insuficiente la pena impuesta a los criminales y criticó las declaraciones del ministro en las que defendía el crimen cometido. El comunicado era muy interesante porque los abogados solicitaban la actuación del Fiscal General del Estado por si algunas de las declaraciones de los miembros de la policía amenazando con que “ante las mismas circunstancias actuaríamos de igual manera” pudieran constituir un delito de apología, equivalente de lo que hoy llaman “enaltecimiento del terrorismo”.

De las decisiones judiciales se desprenden otras reflexiones interesantes. La primera de ellas señala con el dedo al terrorismo de Estado como verdadero “terrorismo” y la segunda muestra claramente que el Ministerio del Interior no quería la paz sino la guerra. Pero no cualquier clase de guerra sino una guerra sucia en la que la policía quedara al margen de posibles sentencias incriminatorias de los tribunales.

A lo largo de los primeros años de gobierno del PSOE, la guerra sucia de los GAL cumplió puntualmente las amenazas que realizó la policía en diciembre de 1982: “ante las mismas circunstancias actuaremos de igual manera”. Felipe González, el ministro Barrionuevo y el PSOE en su conjunto se encontraban en plena fase de preparación de las cloacas del Estado constitucional y los demás partidos parlamentarios callaron como perros todos los crímenes, empezando por el de Martín Luna que sentó un precedente fundamental para entender lo que ocurrió después: que el terrorismo de Estado tenía una dirección política que empezaba por el propio gobierno, que en aquellos tiempos encabezaba el PSOE.

22 oficiales del ejército francés están acusados del genocidio cometido en Ruanda en 1994

Ayer una comisión ruandesa que investiga desde hace más de 20 años el genocidio, publicó un informe titulado “La manipulación del expediente del avión de Habyarimana, una ocultación de las responsabilidades francesas en el genocidio” cometido en 1994 en el país africano de los Grandes Lagos en el que un millón de personas fueron asesinadas y la mayor parte de la población tuvo que huir de sus hogares.El informe pone nombres y apellidos a 22 oficiales del ejército francés implicados en la mayor matanza desde la Segunda Guerra Mundial que, oficialmente, se inició con el derribo del avión en el que viajaba el Presidente Juvenal Habyarimana, que falleció junto con toda la tripulación.

Desde hace 20 años los tribunales franceses y españoles (Audiencia Nacional) han abierto sendas causas que, como es habitual, son otras tantas cortinas de humo para encubrir a los verdaderos responsables.

También se creó un Tribunal Penal Internacional, que cerró las puertas a finales del año pasado y que nació lastrado por una rasgo típicamente imperialista: el Tribunal sólo podía juzgar a los propios ruandeses o a los extranjeros que hubieran estado dentro del país en el momento de cometerse los hechos. Se hizo así para que quedara claro que el genocidio era un “asunto interno” que no dependía de órdenes emanadas de Washington, Londres o París.

La única autoridad que durante años ha investigado a fondo y sin desmayo aquella matanza es el gobierno de Paul Kagame, que ya acusó antes expresamente a los máximos dirigentes del partido socialista francés, entonces encabezados por Mitterrand, así como a varios ministros y al “fontanero” del Elíseo Hubert Vedrine.

Ahora también señala con el dedo al general Jacques Lanxade, antiguo jefe de Estado Mayor y al también general Jean-Claude Lafourcade, que dirigía la fuerza militar Turquoise desplegada en Ruanda bajo el amparo de la ONU.

Aunque se suele poner el origen del genocidio en la muerte del presidente hutu Habyarimana el 6 de abril de 1994, en realidad el país de los Grandes Lagos fue víctima de una lucha entre los imperialistas estadounidenses y franceses, que provocaron un enfrentamiento entre sus aliados tutsis y hutus. El verdadero detonante fue la invasión que, con el respaldo del imperialismo británico, realizó el alto mando del ejército ugandés en octubre de 1990 sobre sus vecinos ruandeses.

Una de las implicaciones más silenciadas del genocidio ruandés es la de la Iglesia católica, cuyos misioneros y órdenes religiosas fueron desde el siglo XIX un  pilar del imperialismo belga y luego del francés. Hay varios sacerdotes y monjas condenados en firme por dirigir el genocidio. Pero en la matanza también están implicados misioneros metodistas, anglicanos y presbiterianos que trabajaban para el bando contrario, es decir, para los imperialistas estadounidenses y británicos.

Más información:
— Un nuevo libro documenta el papel del imperialismo francés en el genocidio de Ruanda
— El imperialismo francés desató el genocidio de Ruanda en 1994
— El jefe del Estado Mayor del ejército francés fue uno de los defensores de los genocidas ruandeses
— Ruanda abre un investigación sobre la intervención de los imperialistas franceses en el genocidio
— Acusan al banco BNP de participar en el genocidio de Ruanda
— Ruanda según la Audiencia Nacional: el mundo al revés
— Historia secreta del teléfono rojo en pleno genocidio ruandés
— La Iglesia Católica ha pedido perdón por la intervención de sus sacerdotes en el genocidio de Ruanda

El fugaz romance entre Hollywood y la Unión Soviética

Ignasi Franch

Después del ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, Hollywood apostó fuerte por el militarismo. Aunque la mayor parte de los grandes estudios habían optado previamente por mantener la neutralidad, se adaptaron inmediatamente al nuevo ciclo: centenares de películas de todos los géneros, desde el cine bélico al musical pasando por la comedia romántica, defendían la intervención en la II Guerra Mundial.

En títulos destinados a un público juvenil, Tarzán luchaba contra soldados alemanes, el Hombre Invisible se infiltraba en los cuarteles del III Reich y Batman se enfrentaba a un científico japonés que convertía a las personas en zombis. Pero quizá las producciones más sorprendentes fueron las que justificaron la alianza con la Unión Soviética liderada por Josef Stalin.

Según autores como Nicholas J. Cull, la opinión pública estadounidense era partidaria del aislacionismo y desconfiaba de los llamamientos británicos a la colaboración militar. El ataque a Pearl Harbor implicó una entrada en guerra que era deseada por la Administración de Roosevelt. Pero justificar la colaboración con la URSS, satirizada y satanizada apenas unos meses antes, resultaba un desafío estratégico que requirió la colaboración de Hollywood.

El deseo de cultivar la empatía hacia el pueblo ruso, implicado en sangrientas batallas contra el Ejército alemán, comportó la presencia de papeles positivos en multitud de filmes. Algunos otorgaron un protagonismo central a personajes soviéticos o a las relaciones con la URSS: Miss V from Moscow, Misión en Moscú, The Boy from Stalingrad, La estrella del norte, Three Russian Girls, Song of Russia, Días de gloria y Contraataque. Cuatro de estas ocho obras fueron estrenadas en 1943, momento álgido del amor de conveniencia de Hollywood hacia el gobierno bolchevique.

Antes de Pearl Harbor, los estudios Warner Brothers ya se habían significado con diversos títulos antinazis que supusieron conflictos diplomáticos y grandes tensiones con el organismo censor de Hollywood, la Production Code Administration. La productora low cost PRC inició el nuevo ciclo prosoviético con Miss V from Moscow, estrenada en 1942. Su protagonista era una espía rusa que colaboraba con los aliados desde la Francia ocupada. En los tres años posteriores, la mayoría de los principales estudios (Warner, Fox, Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia y RKO) hicieron sus propias aportaciones fílmicas a la fugaz amistad ruso-americana.

Fueron tiempos en que el cine de ficción se acercaba a la actualidad más inmediata. El montaje de muchas películas se modificaba en el último momento para adaptarse a las novedades en el frente. También se recogían discursos reales de figuras relevantes de la política internacional. En Sherlock Holmes en Washington, por ejemplo, el detective victoriano (reconvertido en investigador contemporáneo y antinazi) citaba a Winston Churchill llamando a la cooperación entre Estados Unidos y Reino Unido.

Algunos filmes fueron más allá del atlantismo. En el drama romántico Song of Russia, un actor aparece interpretando a Stalin y recitando fragmentos de un discurso que el líder soviético ofreció el 3 de julio de 1941. A pesar de algunas diferencias, como la eliminación de una referencia a los “alemanes esclavizados por los déspotas hitlerianos”, el grueso de la versión cinematográfica se corresponde con las palabras del gobernante.

Este guiño presente en Song of Russia empequeñece ante las loas a Stalin que incluye “Misión en Moscú”, adaptación del libro testimonial de [Joseph E. Davies] un diplomático cercano al presidente Roosevelt.

El protagonista sirve de nexo con la audiencia: su visión del mundo está basada en el libre mercado y el capitalismo, pero aprende a comprender y admirar los logros de la URSS. A través del filme, no sólo se defiende vehementemente la intervención norteamericana en la guerra, sino que también se justifican las purgas al trotskismo (caracterizado como una quinta columna al servicio de Hitler) y la invasión de Finlandia. Un final con tintes religiosos acaba de redondear un conjunto desconcertante.

Como afirmaron Michael S. Shull y David Edward Wilt en Hollywood War Films, 1937-1945, estas películas solían mostrar simpatía e identificación con los ciudadanos soviéticos y, salvo excepciones, minimizaban la presencia de su gobierno.

Diversos títulos se limitaban a reforzar el autorretrato de los Estados Unidos como gendarme del mundo, mostrando las desventuras de resistentes patrióticos que luchan en inferioridad de condiciones contra un invasor cruel. La pertenencia a la URSS de los protagonistas de Días de gloria o Contraataque, por ejemplo, no resulta demasiado significativa y se asemeja a las representaciones de la insurgencia noruega (“Al filo de la oscuridad”) o francesa (“Pasaje a Marsella”).

La estrella del norte, en cambio, parece un intento de refutar el escepticismo de una audiencia anticomunista. El resultado defraudó a la misma escritora, la dramaturga afín al comunismo Lillian Hellman (La calumnia).

Las granjas colectivizadas se convierten en pintorescos espacios poblados por trabajadores joviales. En el primer tramo del filme, se incluyen himnos patrióticos y también canciones explicativas de las historias de los personajes, como si de un musical se tratase. En el desenlace, mucho más duro, un doctor ucraniano asesina a un médico alemán algo cínico, ejecutor y a la vez censor de los abusos nazis. Su discurso contra los “hombres que hacen el trabajo de los fascistas mientras fingen que son mejores” parece una advertencia a los partidarios de equidistancias y aislacionismos.

Song of Russia también incluía momentos peculiares. A pesar de tratarse de un drama romántico y no de un biopic político, su lógica propagandística lo acerca a Misión en Moscú. El pueblo soviético recibe a un director de orquesta estadounidense con banderas de Estados Unidos y el himno de las barras y estrellas. Los conflictos entre el capitalismo y el comunismo, trascendentales antes (y después) de la guerra, se convertían en matices superables que no dificultaban la cooperación contra el fascismo.

En Estrella del norte y Song of Russia aparecían voluntariosas guerrillas populares. The Boy from Stalingrad fue un paso más allá al relatar las peripecias de una milicia de niños. Es un ejemplo de las anomalías de la autocensura hollywoodiense en tiempos de guerra, durante los cuales se retrataron violencias difícilmente aceptables en otros contextos. La excepcionalidad de la situación trajo consecuencias más positivas, como pequeños cuestionamientos de la división sexista del trabajo: el cine debía incluir guiños a las mujeres para que se sintiesen partícipes de la campaña bélica.

Los discursos sobre fraternidad internacional y países hermanados, tan presentes en el Hollywood propagandístico, no sobrevivieron al final de la contienda. La idea de “hacer de esta la última guerra”, citada en La estrella del norte y muchos otros títulos, resultaría tan fallida como cuando se planteó en la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos y la URSS profundizaron en su antagonismo y no tardaron en estallar conflictos como el coreano.

Lawson encarcelado
La trepidante intriga Berlín express, estrenada en 1948, tiene algo de canto de cisne de la cooperación entre los Estados Unidos y la URSS. En el filme, un soldado ruso ejerce de símbolo de esa potencia desconfiada, cuyas motivaciones son difíciles de entender desde el punto de vista del americano medio, pero con el que hay posibilidades de acuerdo a través del conocimiento mutuo.

Unos meses después, el país cambiaría de enemigo y de nivel de alerta: dejaría de estar en guerra abierta con el fascismo para entrar en una guerra fría contra el comunismo. También se produciría una depuración interna que, en el mundo del cine, afectaría a muchos asociados al politizado Sindicato de Guionistas. Algunos de sus miembros, izquierdistas más o menos cercanos al comunismo, habían firmado escenas con una apariencia de sinceridad poco frecuente en el Hollywood oportunistamente antinazi. Y serían represaliados durante la caza de brujas.

De los once escritores que firmaron las ocho películas mencionadas al inicio de este artículo, ocho formarían parte de listas negras. Coincidirían con ilustres compañeros como Charles Chaplin (El gran dictador), Howard Koch (Casablanca) o Dalton Trumbo (Treinta segundos sobre Tokio). El autor del libreto de Contraataque, John Howard Lawson, incluso fue condenado a prisión por desacato al Comité de Actividades Antiamericanas (*). Lawson había escrito la pionera Bloqueo, que denunciaba los bombardeos sobre la población civil de la España republicana. Tras el final de la II Guerra Mundial, haberse posicionado contra el nazismo antes de Pearl Harbor implicaría un estigma: haber sido “prematuramente antifascista”.

Fuente: http://www.eldiario.es/cultura/cine/Hollywood-Union-Sovietica_0_574293326.html
 (*) Al salir de la cárcel en 1953 tuvo que exiliarse en México.

El búho ucraniano se nutre de los murciélagos rusos

Las insignias de las instituciones que se dedican al espionaje son expresivas de lo que hacen y de lo que les gustaría hacer. La CIA, por ejemplo, pone una rosa de los vientos en su distintivo para indicar a un centro en el que convergen informaciones procedentes de lugares distintos.

Las insignias de los espías indican el país que les paga y, en ocasiones, el mundo entero, para indicar que les interesa cualquier clase de información, cualquiera que sea su procedencia geográfica.

Lo extraño es que los espías ostenten como símbolo distintivo el mapa de otro país, como ocurre con el que acaba de aprobar Ucrania para su servicio de inteligencia militar, GUR, en el que aparece la silueta de… Rusia.

El nuevo distintivo se ha aprobado tras la llegada al cargo del nuevo director, cuya preocupación principal ha sido la de cambiar las insignias de sus oficiales. Es una manera de demostrar que tiene intención de cambiar algo… excepto la arraigada paranoia contra Rusia.

Suele ocurrir hasta en los vecinos que comparten la misma escalera: como a alguno le entre la paranoia contigo, es mejor que te cambies de vivienda. Lo mismo le ocurre a Rusia con sus vecinos ucranianos. Parece un país que ha nacido para hacer lo que el búho en la insignia: clavar una espada sobre Rusia.

La preocupación de los espías ucranianos no es el mundo sino Rusia exclusivamente. El lema de arriba en ucraniano dice dos cosas: primero “Ucrania por encima de todo” y luego abajo pone en latín “Sapiens dominabitur astris” que significa: “el sabio se guía por los astros”, es decir, que los espías ucranianos se consideran a sí mismos como “sabios” pero no lo parecen tanto porque su fuente de información es la misma que la de los Reyes Magos: los astros.

El lector se preguntará: ¿por qué poner un búho en el distintivo? Pues por lo que dicen los libros de biología: los búhos se comen a los murciélagos, que están en el emblema del espionaje ruso.

Naturalmente, el distintivo de los espías ucranianos se ha convertido en objeto de polémica en las más altas esferas políticas del Kremlin. El viceprimer ministro Dimitri Rogozin ha calificado de “idiota” la elección de un búho como distintivo y ha dicho que el lema de los espías ucranianos no es nada original: es el mismo de los nazis: “Deutschland uber Alles” (Alemania por encima de todo).

Hablando astros, en el emblema se puede ver también una estrella de cuatro puntas que, como sabrá el lector es el distintivo de… la OTAN, por lo que llevan a cabo una combinación casi mejor que el gin tonic: la alianza militar actual con el viejo III Reich.

En descargo de los nazis ucranianos hay que decir que Rogozin no tiene razón, al menos en un punto: la consigna de “Alemania por encima de todo” está en la primera estrofa del himno nacional germano compuesto en 1841 por August Heinrich Hoffmann von Fallersleben.

Pero seguro que los espías ucranianos no sabían este último detalle.

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