Mientras los diplomáticos estadounidenses e iraníes se reúnen en Ginebra para negociar las cuestiones nucleares, los satélites comerciales de Planet Labs capturan, base tras base, la discreta formación de un ejército cuya potencia de fuego supera todo lo que la región ha visto en décadas.
El jueves Trump se dio un plazo diez días para decidir si sigue siendo posible un acuerdo con Teherán; y si la respuesta es negativa, “sucederán cosas malas”. El ultimátum llega al día siguiente de una segunda ronda de conversaciones indirectas en Ginebra, mediadas por Omán, que la Casa Blanca describe con cautela como un “progreso”, aunque especifica que se mantiene “distante en ciertos temas”.
Sobre el terreno la presencia militar estadounidense en el Golfo crece cada semana: dos portaaviones, una veintena de buques de guerra y submarinos, aproximadamente 130 aviones de ataque y alrededor de un centenar de aeronaves de apoyo e inteligencia.
Los satélites muestran camiones con misiles Patriot reposicionados sobre sus ruedas en la base estadounidense de Al Udeid en Qatar, una movilidad inusual que genera dudas. En Jordania, en la base aérea de Muwaffaq Salti, los satélites chinos Mizarvision revelan seis aviones de guerra electrónica, capaces de paralizar las defensas aéreas enemigas. En Diego García, en el Océano Índico, se están acumulando aviones de reabastecimiento y cazas de combate.
El ejército sestadounidense se prepara para operaciones sostenidas que podrían prolongarse varias semanas. Hace unos días el vicepresidente J.D. Vance, hablando desde Azerbayán, ya advirtió: “Trump tiene muchas opciones para atacar a Irán porque contamos con el ejército más poderoso del mundo”. Cualquier posible ataque tendría como objetivo no solo instalaciones nucleares, sino también infraestructuras públicas y de seguridad iraníes.
Esta acumulación de fuerzas se produce ocho meses después de la Guerra de los Doce Días, el conflicto relámpago del año pasado. En la noche del 12 al 13 de junio, Israel lanzó la Operación León Ascendente: 200 aviones, 330 municiones y ataques contra Natanz, Fordow y las instalaciones de la Guardia Revolucionaria en Teherán. Luego, en la noche del 21 al 22 de junio, los bombarderos furtivos estadounidenses B-2 Spirit lanzaron catorce bombas de alto explosivo sobre los mismos sitios como parte de la Operación Martillo de Medianoche. El saldo fue de más de 1.000 iraníes y 28 israelíes muertos por la respuesta iraní.
Pero, en contra de lo que pregonó entonces Trump, el programa nuclear iraní no ha sido destruido. Los propios israelíes han comunicado a sus homólogos franceses que Irán dispone de 450 kilos de uranio, aunque el temor israelí no es por unas armas nucleares que Irán no tiene, sino por las que sí tiene: los misiles convencionales de alta capacidad destructiva.
Así lo ha reconocido Netanyahu: “No se trata solo de la cuestión nuclear, sino también de los misiles balísticos y los grupos armados aliados de Irán”. Como es su costumbre, las declaraciones van envueltas en medio de amenazas: “Si los ayatolás cometen el error de atacarnos, se enfrentarán a una respuesta que ni siquiera pueden imaginar”.
El ejército iraní se atrinchera
Al otro lado del Golfo, las unidades de artillería iraníes se atrincheran, protegidas por redes antidrones. En el complejo militar de Parchin, una nueva instalación ha sido cubierta con hormigón y luego con tierra. Las entradas de los túneles en los emplazamientos nucleares bombardeados el año pasado han sido fortificadas. El 5 de febrero la Guardia Revolucionaria desplegó el misil balístico de largo alcance Jorramshahr-4 en una instalación subterránea, un cambio hacia una postura más ofensiva.
Ante las exigencias estadounidenses respecto a los misiles balísticos, Jamenei descartó cualquier concesión: “Sin armas disuasorias, el país será aplastado por el enemigo”. Por su parte, el jefe del Consejo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, recalcó desde Doha: “En caso de un ataque estadounidense, atacaremos las bases estadounidenses en la región”. El presidente iraní, Massoud Pezeshkian, lo expresó de otra manera: “No queremos la guerra. Pero si quieren imponernos su voluntad, ¿deberíamos doblegarnos a toda costa?”.
Teherán mantiene sus límites: enriquecimiento de uranio garantizado, negociaciones limitadas a programas nucleares civiles y, a cambio, el levantamiento de las sanciones. “Ningún país puede privar a Irán del derecho a beneficiarse pacíficamente de esta tecnología”, reafirmó Mohammad Eslami, director de la Organización de Energía Atómica de Irán.
Las trincheras siguen siendo las mismas. El ultimátum de Trump vence alrededor del 1 de marzo. Washington exige un acuerdo que abarque los programas nucleares, los misiles balísticos y el apoyo iraní a Hezbolah y Hamás. Teherán solo quiere discutir programas nucleares civiles a cambio del levantamiento de las sanciones. El secretario de Estado, Marco Rubio, tiene previsto visitar Israel en las próximas semanas.
Un nuevo torpedo para destruir los portaaviones
El lunes Alí Jamenei declaró en Washington en un discurso que “el portaaviones es sin duda un arma formidable, pero aún más formidable es el arma capaz de hundirlo”. Luego publicó una imagen generada por inteligencia artificial que mostraba al portaaviones Gerald Ford hundiéndose: “El ejército más poderoso del mundo a veces puede ser golpeado tan fuerte que no puede volver a levantarse”.
Según el sitio web israelí Netsiv, el arma al que se refiere el dirigente iraní es el torpedo rápido iraní Hoot (“ballena”), con el que Teherán pretende hundir los dos portaaviones estadounidenses desplegados en la región.
El torpedo Hoot es una versión modificada del torpedo ruso VA-111 Shkval. Utiliza tecnología de supercavitación, moviéndose dentro de una burbuja de gas que reduce la fricción del agua, lo que le permite alcanzar velocidades de hasta 360 kilómetros por hora, más de cuatro veces la velocidad de los torpedos convencionales.
Propulsado por un motor cohete de combustible sólido, el torpedo puede lanzarse desde submarinos, buques de superficie u otras plataformas navales. Lleva una ojiva de aproximadamente 210 kilogramos de explosivo.
La velocidad del Hoot reduce el tiempo de reacción de los buques objetivo, lo que dificulta su interceptación. Sin embargo, es de limitado alcance, estimado entre 10 y 50 kilómetros, y presenta dificultades de guiado debido al alto nivel de ruido generado por su movimiento a través de la burbuja de gas.