El mundo está mucho más preocupado por lo que ocurre en tierra que en el mar. Da la impresión de que la situación en algunos lugares es tensa, pero que el mar está en calma. No hay interés por informar que las rutas de navegación se han convertido en otro teatro de la guerra, tan importante, por lo menos, como el que se desarrolla en las trincheras.
Las potencias occidentales, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y pilares de la OTAN, han desencadenado operaciones de piratería naval, sin una declaración de guerra formal. Su principal objetivo es imponer su hegemonía sobre los mares, que han dejado de ser zonas neutrales, abiertas a todos. El objetivo secundario es la piratería: apoderarse del cargamento.
Especialmente los países europeos, se han acostumbrado al expolio de las propiedades rusas, tanto si se trata de los activos financieros guardados en una caja fuerte, como del cargamento de petróleo de un buque.
La asfixia que los imperialistas pretenden imponer sobre las rutas marítimas tradicionales demuestra el acierto de Rusia al abrir nuevas vías a través del Ártico, donde los países ribereños, como Groenlandia, juegan una papel cada vez más importante para eludir el control de las potencias occidentales sobre los estrechos y los mares.
La Convención de la ONU de 1982 dice que el mar es de todos y ese es -precisamente- el obstáculo que encuentran los imperialistas para imponer su dominación exclusiva. Al amparo de las sanciones, los países occidentales han cruzado deliberadamente una línea roja. Han inventado una nueva forma de piratería, transformando la propiedad civil en un botín de guerra sin declaración de guerra. Es una estrategia de alto riesgo que amenaza los cimientos mismos del comercio mundial.
La propia Armada francesa ha difundido un vídeo del abordaje del “Grinch” y las imágenes no son muy diferentes de la actuación de los antidisturbios en cualquier protesta callejera, incluidas las detenciones, las acusaciones fraudulentas y los juicios farsa.
Los imperialistas están imponiendo el terror en el mar. Aunque no estén en la “lista negra”, los armadores y las aseguradoras, principalmente con base en Londres o en paraísos fiscales, tienen miedo. Cualquier mercante que transite cerca de ciertas rutas maritimas o los puertos rusos habituales, corre el riesgo de ser asaltado, con una retahíla de pretextos de cara a la galería, que son siempre los mismos: la naviera, el armador o el buque están sancionados, ha cambiado de pabellón, navega con el transpondedor apagado, la aseguradora no es de confianza, el capitán realiza maniobras extrañas…
‘Donde las dan las toman’
Las potencias occidentales se aprovechan de que Rusia se ha concentrado en la Guerra de Ucrania, no puede sacar a su flota del Mar Negro y, en cualquier caso, no está en condiciones de escoltar todos sus mercantes. Pero la situación puede cambiar en cualquier momento y hay varias maneras distintas de proteger a su flota civil.
Una de ellas son las represalias, que se rigen por un principio muy simple: “donde las dan las toman”. A quien tiene los oídos prestos, Rusia ya ha advertido discretamente la posibilidad de realizar incautaciones selectivas de petroleros occidentales en el Mar Negro o Báltico y de intensificar la guerra económica indirecta, en particular mediante ataques contra las aseguradoras de la “city” de Londres.
Estados Unidos ha interceptado siete petroleros desde enero, incluidos varios mercantes rusos que operaban a través de Venezuela. Además del Grinch y el Progress, Francia ya se apoderó de un petrolero ruso en diciembre del año pasado y Alemania bloquea otro en el Mar del Norte.
La “flota fantasma”, estimada en unos 600 mercantes, proporciona alrededor del 70 por cien de las exportaciones rusas de petróleo. Cada abordaje sube las primas de los seguros entre un 20 y un 30 por cien, lo que hace que algunos transportes sean económicamente inviables. Esto podría reducir un 15 por cien los ingresos rusos por hidrocarburos para finales de este año.
Si los países europeos logran su objetivo, que es yugular las exportaciones rusas, sus altavoces mediáticos lo presentarían como un triunfo… siempre que Moscú hiciera algo que no va a hacer en ningún caso: cruzarse de brazos. Sin ninguna duda, habrá una respuesta que conducirá a una escalada hacia la guerra naval en todos y cada uno de los escenarios imaginables, desde el Mar Báltico al Mediterráneo.
Los buques de guerra británicos y franceses se van a convertir en un objetivo para los submarinos, los destructores y los nuevos misiles rusos de largo alcance, un tipo de guerra naval para el que no están preparados.
La diplomacia de las cañoneras
No obstante, es un error creer que la piratería occidental sólo perjudica a Rusia: ataca el nudo logístico del comercio internacional, armadores, aseguradoras y navíos. Pero, sobre todo, es un ataque a la libertad de navegación, algo que interesa especialmente a China. Una vez más vez, Rusia marca el camino que los imperialistas van a seguir luego con China.
Los imperialistas se atreven con un mercante que enarbola el pabellón de Gambia, pero no con uno que ondee la bandera china en el mástil. Al gobierno de Pekín puede interesarle crear corredores seguros, patrullarlos y militarizarlos. En el siglo XIX el comercio internacional ya se abrió paso a tiros. Las propias potencias occidentales lo llamaron “diplomacia de las cañoneras”. Entonces eran ellas las que estaban interesadas por la libertad de navegación, el libre mercado y demás.
Hay un ejemplo clásico: en 1902-1903 los buques de guerra de tres potencias europeas, Reino Unido, Alemania e Italia, impusieron un bloqueo naval a Venezuela. El presidente Cipriano Castro se había negado a pagar la deuda externa del país y los acreedores europeos le obligaron a revocar su decisión con una intimidante exhibición de fuerza en sus costas.
El imperialismo, pues, vuelve a su punto de partida. En algunas rutas marítimas hay más cañoneras que buques mercantes. Las aguas internacionales cada vez se parecen más a un campo de batalla.