Los cruzados vuelven a Oriente Medio a sangre y fuego

El secretario de la Guerra, Pete Hegseth, presenta el ataque de Trump contra Irán como una guerra santa de venganza y arrogancia a partes iguales. Fanático religioso, ha transformado rápidamente el Pentágono en una plataforma para una cruzada ideológica y cristiana. Ha rechazado cualquier noción de responsabilidad por la guerra, optando por la postura arrogante de un evangelista que predica la violencia como voluntad divina.

Antiguo presentador de fin de semana en la cadena Fox, conocido por defender crímenes de guerra, Hegseth se ha convertido en la encarnación odiosa y hosca de la guerra de Trump. Combinando músculos, alardes teocráticos y una profunda insensibilidad hacia la vida tanto de musulmanes como de soldados estadounidenses, Hegseth hace declaraciones inmaduras en televisión para satisfacer el deseo de Trump de contar con un caudillo militar lo suficientemente grosero para las hordas reaccionarias estadounidenses.

“Estamos negociando con bombas”, advirtió el martes, golpeándose el pecho y encarnando la personalidad agresiva y teñida de testosterona de Trump. Afirmó que sus combatientes “destruirán al enemigo con la mayor ferocidad posible desde el primer momento”.

Trump, de pie junto a este déspota de tebeo, parece mantener las distancias. Trump, ganador del Premio de la Paz de la FIFA, retrató a Hegseth como un belicista y dijo que él y el general Dan Cain, jefe del Estado Mayor Conjunto, estaban “decepcionados” por las negociaciones del alto el fuego: “Creo que esto se resolverá muy pronto y dirán: ‘¡Qué lástima!’. Pete no quería un acuerdo”, dijo Trump. “Solo le importa ganar”.

En una de sus típicas declaraciones absurdas e incoherentes, Trump afirmó, como lo ha hecho desde el comienzo de la guerra: “Ganamos, esta guerra está ganada. Solo las noticias falsas la están alargando”.

Sin embargo, una guerra ganada no requiere más bombardeos, ni más buques de guerra, ni los 200.000 millones de dólares adicionales que Trump exige al Congreso, ni los 5.000 a 10.000 soldados adicionales que sugieren una invasión terrestre potencialmente catastrófica para invadir Irán por tierra o abrir el Estrecho de Ormuz.

‘Esto no pretende ser una lucha justa’

El jueves, al culpar a Hegseth de la guerra, Trump reiteró su decisión de bombardear Irán y se dirigió al Secretario de Guerra, diciéndole: “Pete, fuiste el primero en hablar y dijiste: ‘Adelante’”.

Trump podría estar sufriendo el remordimiento de un beligerante. Porque cuando las cosas van bien, nunca comparte el mérito. El presidente se negó a asumir la responsabilidad por la masacre de casi 200 niños y maestros cuando Estados Unidos bombardeó una escuela el primer día de la guerra. Inicialmente culpó a Irán. Después de que una investigación estadounidense atribuyera el atentado a Estados Unidos, Trump mintió, como siempre, afirmando no saber nada.

Hegseth despidió al 90 por cien del personal del Pentágono responsable de garantizar que Estados Unidos no atacara accidentalmente a civiles. En estas circunstancias, el bombardeo de una escuela no sorprende. Tales actos despreciables contribuyen a reavivar el apoyo al régimen iraní.

Enardecido por los bombardeos, Hegseth se regodea en la devastadora carnicería causada por los ataques aéreos de largo alcance. En un frenesí obsceno, alardeó de que los bombarderos B-2 y los drones Predator sembrarían una implacable “muerte y destrucción. Nuestras reglas de enfrentamiento están diseñadas para desatar el poder estadounidense, no para limitarlo. Esto no pretende ser una lucha justa, y no lo es. Los estamos atacando cuando están indefensos, precisamente como lo exigen las circunstancias”.

‘¡Viva la muerte!’

Dicen que durante el discurso de Miguel de Unamuno en Salamanca en 1936 (“¡Vencereis pero no convencereis!”), el general José Millán Astray respondió con el “¡Viva la muerte!”, que acabó convirtiéndose en el lema de la Legión. Hegseth y sus compinches también glorifican un culto nihilista que fetichiza el asesinato y la devastación.

El mensaje se ha visto amplificado por sórdidos vídeos que glorifican la violencia, difundidos en redes sociales, y que celebran las ejecuciones extrajudiciales cometidas en el mar cerca de Venezuela, que causaron la muerte de 163 personas. En relación con la guerra en Oriente Medio actual, el ministro de la Guerra produce numerosos vídeos de propaganda dirigidos a un público amplio, que combinan fragmentos de éxitos de taquilla de Hollywood como Braveheart, Gladiator, Superman y Top Gun con el personaje de Hegseth, un auténtico icono del cine de superhéroes, e imágenes reales de ataques mortales contra Irán.

Para personajes como Trump y Hegseth, la guerra no es más que un videojuego, un espectáculo para las redes sociales, para sumar puntos contra un adversario inferior. La política, tanto interna como externa, consiste en ganar y humillar al adversario. Eso fomenta el abuso de poder masivo, justificado no por objetivos estratégicos, que Hegseth es totalmente incapaz de definir, sino por impulsos aparentemente incontrolables: una “furia épica” y una sed de venganza que infligen la máxima destrucción y un sufrimiento terrible.

La escalada viene acompañada de la admisión descarada, incluso la ostentación, de que se está violando el derecho internacional, porque es sinónimo de virilidad. Hegseth juró “desatar una violencia abrumadora y punitiva” contra el enemigo y prometió eliminar las “estúpidas reglas de enfrentamiento”, diseñadas para limitar los ataques contra la población civil.

Hegseth es un nacionalista blanco cristiano con todo el arsenal estadounidense de fuerza y la autorización para sembrar el caos donde y contra quien le plazca. Durante años ha cultivó una imagen caricaturesca de masculinidad. Ahora, ante una crisis política que exige sutileza y visión estratégica, se encuentra completamente fuera de lugar.

Guerra sin cuartel

Fiel al deseo de su amo de dominación y exterminio totales, Hegseth incita a la barbarie y anuncia crímenes de guerra inminentes en directo por televisión, declarando: “Seguiremos avanzando, imponiéndonos, sin piedad. Sin cuartel para nuestras víctimas”.

La guerra sin cuartel no hace prisioneros y mata a los combatientes enemigos que se rinden, un crimen de guerra prohibido por la ley estadounidense y los Convenios de Ginebra.

El jefe del Pentágono pretende crear un mundo de fantasía. En lugar de ruedas de prensa, reúne a los periodistas de cadenas afines a Trump, como Newsmax, Epoch Times y Lindell TV, mientras impide el acceso a los fotógrafos que le han tomado fotos poco favorecedoras. Hegseth insiste en la falta de cobertura mediática positiva de los ataques estadounidenses contra Irán y se queja cada vez que se enfrenta a preguntas incómodas.

Denuncia las «noticias falsas» al mencionar a los seis reservistas del ejército estadounidense muertos en un ataque iraní contra un centro de operaciones en Kuwait. Según él, la prensa solo intenta desprestigiar al presidente. Interpreta todos los informes sobre las consecuencias negativas de la guerra como ataques contra Trump.

El largo historial de maltrato a las mujeres

Durante las audiencias de confirmación el año pasado le plantearon dudas sobre sus anteriores comentarios despectivos hacia las mujeres, así como sobre las acusaciones de agresión sexual y embriaguez pública a las que se ha enfrentado. Una exesposa lo acusó de maltrato en una declaración jurada. También ha sido acusado de violación, y aunque no fue procesado, Hegseth pagó para encubrir el caso. Incluso su propia madre lo acusó, en un correo electrónico, de tener un largo historial de maltrato a mujeres.

Como muestra de su desprecio por las mujeres y los negros, Hegseth bloqueó la semana pasada el ascenso militar de cuatro oficiales “ejemplares”: dos mujeres y dos negros. Le dijeron que Trump no quería estar junto a una oficial negra en actos militares.

Durante las audiencias de confirmación en el Senado, el New Yorker informó de que Hegseth y otro hombre gritaron repetidamente “¡Maten a todos los musulmanes!” durante una noche de copas en un bar.

Su propio cuerpo da testimonio de su juramento antimusulmán. La frase en latín “Deus vult” (“Dios lo quiere”), está tatuada en el bíceps del ministro. Es un grito de guerra que ha sido revivido en los últimos años por diversos grupos fascistas. Se puede ver, en particular, en la ropa y las banderas que portaban algunos participantes en el ataque del 6 de enero al Capitolio.

Una cruzada militar y religiosa

Hegseth glorifica aquellas despiadadas guerras medievales en las que guerreros cristianos masacraron a musulmanes para apoderarse de Jerusalén, un episodio que considera uno de los más significativos en la historia del mundo libre. Incluso tituló su libro “La cruzada americana”. Las cruzadas estaban justificadas porque salvaron a la Europa cristiana del ataque del islam.

Tiene un tatuaje en el pecho que representa la Cruz de Jerusalén, un símbolo asociado desde hace mucho tiempo con la iconografía de las cruzadas medievales. Este símbolo está vinculado a los Templarios, un ejército de monjes guerreros fundado en Jerusalén en 1119, que estableció su cuartel general en la Mezquita de Al Aqsa, un lugar de inmenso valor para el islam. Convertir este lugar en un cuartel general militar extranjero se considera como una profanación.

Los tatuajes de Hegseth no son motivos decorativos. Reflejan una visión del mundo enfermiza donde la política se convierte en una “guerra santa” y el mundo moderno en un campo de batalla permanente entre Occidente y el Islam. En su libro, escribe que quienes representan la “civilización occidental” deberían mostrar su agradecimiento a los cruzados y, añadimos nosotros, también a Franco que emprendió su propia cruzada.

El jefe del Pentágono se ha comprometido a reprogramar las fuerzas armadas según una ideología nacionalista cristiana que vincula la identidad religiosa con la nacional. Se supone que los capellanes militares deben servir a todas las religiones, pero Hegseth quiere reescribir su manual para reintroducir al dios cristiano. “Los combatientes de la fe se han alienado por el humanismo secular dentro de las fuerzas armadas”, escribe.

Al organizar un servicio mensual de oración cristiana transmitido en vivo desde todo el Pentágono, la semana pasada hizo un llamado a una “respuesta contundente” contra aquellos que “no merecen piedad”. Leyó una oración implorando a dios que “cada bala dé en el blanco contra los enemigos de la justicia y de nuestra gran nación”.

En febrero invitó a su pastor, el nacionalista cristiano Doug Wilson, a dirigirse a las fuerzas armadas estadounidenses. Hegseth cree que la homosexualidad es un delito, quiere abolir el sufragio femenino y trabaja para convertir a Estados Unidos en una teocracia cristiana.

La guerra del fin del mundo

La Fundación para la Libertad Religiosa Militar, una organización sin fines de lucro que defiende los derechos del personal militar, informó haber recibido más de 200 quejas de miembros de las fuerzas armadas sobre comandantes que utilizan retórica cristiana sobre el “fin del mundo” bíblico para justificar la guerra contra Irán. La retórica de Hegseth presenta la guerra contra Irán como una guerra santa entre una nación cristiana y una nación musulmana.

La guerra replica el patrón de las ocho Cruzadas anteriores, desde el siglo XI hasta el XIII. Es una visión que se hace eco de las declaraciones de Trump sobre el pueblo iraní: “Realmente son una nación de terrorismo y odio”. Afirmó que quería ayudar a los iraníes, pero “eliminaremos los objetivos fácilmente destructibles que privarán a Irán de cualquier capacidad de reconstrucción; la muerte, el fuego y la destrucción les sobrevendrán”.

Hegseth comparte las palabras de Trump. La oposición a los islamistas ha sido un factor determinante en su trayectoria pública. Ha escrito que Estados Unidos se enfrenta a una “cruzada” que recuerda a la invasión cristiana de Tierra Santa en el siglo XI. “No queremos luchar, pero, al igual que nuestros hermanos cristianos hace mil años, es nuestro deber”.

Predijo que Estados Unidos luchará junto a Israel. “Nosotros, los cristianos, junto a nuestros amigos judíos y su extraordinario ejército en Israel, debemos blandir la espada del americanismo inquebrantable y defendernos. Debemos repeler el islamismo cultural, político, geográfico y militarmente”.

Hegseth encarna a un gobierno cuyo único lenguaje es la dominación. El militarismo, la arrogancia civilizatoria y las fantasías de cruzada no son marginales, sino que se encuentran en el centro mismo de la hegemonía. El jefe del Pentágono manda flotas, ejércitos, bombarderos y misiles, y habla como un fanático religioso. Jactancioso, provocador e intoxicado por la violencia, se ampara en una ley divina para matar a cualquiera que no se alinee con su dogma nacionalista cristiano blanco, la agenda sionista o las siempre contradictorias directrices de su presidente.

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