En Palestina los acuerdos “de paz”, anunciados a bombo y platillo, siempre han sido un fraude al servicio de Israel. La única conclusión que cabe obtener de esta dilatada experiencia histórica es que la liberación de Palestina será consecuencia de la guerra, no de los acuerdos “de paz”.
El más conocido de los acuerdos fue el de Oslo, firmado en 1993. Fueron simplemente una distracción, una farsa diseñada para neutralizar la lucha del pueblo palestino y proporcionar a los países árabes un pretexto para normalizar las relaciones con Israel.
El engaño se trabó para poner fin a la intifada, desmantelar la lucha armada y otorgar a Israel el tiempo, el espacio y la cobertura internacional necesarios para completar la colonización de Palestina.
La reciente decisión del gobierno israelí de anexionarse Cisjordania de facto es la culminación de los objetivos estratégicos de Israel, que consisten en socavar los cimientos mismos de cualquier futuro Estado palestino.
Desde el principio, los Acuerdos de Oslo exigieron concesiones inmediatas a los palestinos sin imponer ningún compromiso a Israel. La Organización para la Liberación de Palestina se vió obligada a reconocer a Israel, renunciar a la resistencia armada y a sus derechos fundamentales.
Por otro lado, Israel nunca estuvo obligado a definir fronteras, detener la expansión de los asentamientos reservados para los colonos ni reconocer la soberanía palestina. No fue una omisión, sino la arquitectura misma de la dominación colonial, en la que la “potencia” exigía concesiones inmediatas mientras posponía, renegociaba y rechazaba sus obligaciones a dicreción, dejando a las poblaciones ocupadas languidecer, perpetuamente sometidas a la ocupación militar.
Trump ha superado a Biden en lealtad hacia Israel. Su promesa de bloquear la anexión de Cisjordania es solo un gesto simbólico para apaciguar a los dirigentes de los países árabes, ya que permite a Israel avanzar en su plan colonial.
El presidente de Estados Unidos ha reducido los derechos, la dignidad y la vida de los palestinos a desperdicios desechables en Gaza, Cisjordania y Jerusalén. Al mismo tiempo, ha cortado la ayuda estadounidense a la Autoridad Palestina y a la UNRWA.
La Autoridad Palestina nunca fue concebida como un estado de transición. Israel la concibió como un mero contratista de seguridad y un programa burocrático de contrainsurgencia, un papel de colaborador que ha cumplido diligentemente a satisfacción de Estados Unidos y la Unión Europea.
El apoyo financiero de la Unión Europea a la Autoridad Palestina ha domesticado y transformado a los revolucionarios de antaño en burócratas serviles. Sus dirigentes han invertido más en el privilegio de los pases emitidos por Israel, que en defender a su pueblo de las turbas sionistas.
Israel utilizó los Acuerdos de Oslo como mecanismo para controlar a la población, ganando tiempo para completar su anexión formal de toda Palestina. Protegido por la inmunidad diplomática estadounidense, Israel progresó poco a poco, consolidando su control paso a paso, privando a los palestinos de su capacidad de acción y permitiendo que la Autoridad Palestina se convirtiera en un mero proveedor de servicios para los ocupantes.
Se suponía que Estados Unidos sería el garante de los Acuerdos de Oslo. En realidad, solo ha garantizado la interpretación israelí de sus compromisos. Esta misión fue concebida y revisada constantemente por los partidarios de Israel, quienes, a lo largo de los sucesivos gobiernos estadounidenses, han llegado a dominar comités legislativos clave y el poder ejecutivo.
Tanto con Trump como con Biden, la impunidad se ha transformado en una flagrante colusión. Los partidos o ministros en el poder en Israel declaran abiertamente que nunca habrá un Estado palestino, y cuando los dirigentes palestinos buscan una opinión consultiva del Tribunal Internacional de Justicia, o el tan esperado reconocimiento internacional de su propio Estado, son sancionados, etiquetados como una amenaza para la paz y un peligro existencial para Israel.
El papel de Europa no es menos cínico. Alemania proporciona a Israel los medios para llevar a cabo su genocidio. Reino Unido y la Unión Europea emiten declaraciones superficiales expresando su “preocupación”, mientras mantienen sus ventajosas relaciones comerciales y suministran a Israel las armas necesarias para implementar las políticas que dicen condenar.
Gaza ha expuesto esta situación en su forma más brutal. Estados Unidos y Europa no solo no han logrado detener el genocidio, sino que lo han armado, justificado y normalizado. Han presenciado que hospitales, escuelas, campos de refugiados y familias enteras eran pulverizados. Han presenciado que se utilizaba la hambruna como arma. Han presenciado que decenas de miles de personas morían mientras atribuían el genocidio al “derecho a la legítima defensa” de Israel.
Gaza hoy es Oslo despojado de sus mentiras. Primero viene el genocidio. Luego se habla de “reconstrucción”, “reforma” y “nuevos acuerdos de gobierno”. A los palestinos se les dice que sus derechos llegarán —más tarde— tras su cumplimiento, tras su desarme, tras su sumisión. Los palestinos fueron presionados para aceptar los Acuerdos de Oslo en Cisjordania. Depusieron las armas. Cooperaron. Fueron cooptados. Recibieron promesas para el futuro. A cambio, y desde la firma de los Acuerdos en 1993, Israel ha incrementado la población ilegal de colonos judíos en las zonas designadas para el futuro Estado palestino en un 360 por cien, de 250.000 han pasado a 900.000.
Trump insiste en que la resistencia de Gaza sea “desmilitarizada”, incluso mientras equipa a Israel con armas de destrucción masiva. Europa se hace eco de esa retórica organizando conferencias de donantes condicionadas a la capitulación palestina. Mientras tanto, Israel goza de impunidad por el genocidio y la destrucción de Gaza, pero la reconstrucción se presenta como un privilegio para las víctimas.
Mientras tanto, el genocidio en curso se ralentiza cuando resulta políticamente inconveniente llevarlo a cabo abiertamente. Puede que las bombas hagan menos ruido, pero la muerte sigue golpeando en silencio: los permisos burocráticos israelíes restringen el alojamiento, los medicamentos y los alimentos, convirtiendo a Gaza en un cementerio al aire libre sin lápidas. Cisjordania sigue el mismo camino, sin la fanfarria mediática. Mientras Israel expropia territorios para uso exclusivo de los sionistas, Occidente emite declaraciones vacías de condena y el mundo mira hacia otro lado.
Los libros de historia israelíes registrarán algún día los Acuerdos de Oslo como el acto por excelencia del engaño colonial sionista, facilitado por Occidente y culminado con un genocidio, en parte televisado y el resto llevado a cabo discretamente, con una precisión burocrática bien engrasada, ante la indiferencia de los dirigentes internacionales.
Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea no son meros espectadores pasivos. Armaron el genocidio y protegieron a Israel de cualquier forma de rendición de cuentas. Hoy, observan que Israel borra cultural y políticamente al pueblo palestino. Oslo fue una típica estafa sionista. Los dirigentes palestinos cumplieron con sus obligaciones a cambio de promesas que Israel nunca tuvo la intención de cumplir y que la comunidad internacional nunca tuvo la intención de hacer cumplir.
Bajo el manto de la indiferencia internacional, Israel ha seguido expandiendo los asentamientos coloniales, fragmentando la vida palestina, fortaleciendo el apartheid y transformando la supuesta “paz” en un mandato internacional de subyugación.
Jamal Kanj https://www.middleeastmonitor.com/20260216-oslos-legacy-de-facto-annexation-and-an-international-mandate-for-subjugation/