Hace pocos días hablamos de la “guerra de todos contra todos” en el Golfo Pérsico y ahora hay que insistir porque el enfrentamiento está alcanzando cotas impensables, y no sólo por la Guerra de Yemen.
Emiratos Árabes Unidos mantiene un contubernio con Israel que tiene todas las trazas de un matrimonio de conveniencia. Abu Dhabi quiere remodelar el Golfo Pérsico e incluso el Cuerno de África. Son los funambulistas de la Guerra de Libia, apoyan a las fuerzas paramilitares en Sudán, a las fuerzas secesionistas del sur en Yemen, quieren construir una base militar en Somalilandia, mantienen una base militar en la isla de Socotra…
Arabia Saudí tiene sus propios planes, y no sólo en Yemen, donde ha conquistado grandes extensiones de territorio para las fuerzas secesionistas. Los saudíes también se han pasado de rosca y es normal que acaben chocando con los emiratíes, que han retirado a sus tropas en Yemen y se han marchado con el rabo entre las piernas.
Las relaciones entre los dos sátrapas ya se habían deteriorado en los últimos años debido a la rivalidad de sus proyectos económicos y políticos. El 7 de octubre de 2023 pareció relajar la tensión.
Pero el contubernio entre Israel y los Emiratos sobrevivió, aunque Abu Dhabi hizo el paripé, reforzando sus críticas contra la colonización israelí de Cisjordania.
Israel quiere ser el principal socio de Emiratos Árabes Unidos. Si dejamos de lado la situación en Cisjordania y, en menor medida, la cuestión siria, el contubernio entre Tel Aviv y Abu Dhabi se basa en una visión estratégica común, pero también en intereses económicos.
Los saudíes querían afirmarse como la principal potencia del Golfo Pérsico y del mundo árabe y ahora ve sus intereses amenazados por el contubernio porque Estados Unidos ni está ni se le espera. Simplmente ha arrojado la toalla, lo mismo que en Europa.
Como se comprobó durante el embargo lanzado contra Qatar en 2017, la competencia entre los sátrapas de Golfo va en aumento, lo que aumenta la inestabilidad en la región más inestable que cabe imaginar.
A pesar de su poder financiero, político y simbólico, Arabia saudí sigue dependiendo demasiado de Estados Unidos. Ciertamente, Abu Dhabi ha dado marcha atrás en Yemen, pero no puede haber nada más frágil.
Las apuestas van en una línea muy peligrosa: si Emiratos Árabes Unidos se arroja en los brazos de Israel, Riad va a hacer lo propio en los de Teherán, lo cual son palabras mayores.