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Categoría: Salud (página 37 de 88)

Es ilegal exigir un pasaporte sanitario para acceder a los locales comerciales

Ayer el Tribunal Superior de Justicia de Canarias suspendió cautelarmente la medida impuesta por el gobierno autónomo de Canarias para exigir el pasaporte de vacunas o alguna prueba diagnóstica para acceder a los locales de hostelería.

La decisión fue recurrida tanto por la Asociación Hostelería Unida de Tenerife como por el Círculo de Empresarios y Profesionales del sur de Tenerife y el Tribunal les da la razón.

El Tribunal Superior de Justicia de Canarias también suspende el cierre total entre las 0 y las 6 de la mañana de los locales y el límite de aforo en el interior de los establecimientos.

La Sala ya rechazó otras medidas del gobierno autonómico, como el toque de queda o el cierre en el interior de los establecimientos en las islas.

Por su parte, la sentencia del Tribunal Supremo de 26 de julio deniega el toque de queda nocturno.

En cuanto a la exigencia del llamado “certificado covid” para acceder al interior de la hostelería, la Sala alude a la jurisprudencia tanto del Tribunal Constitucional como del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que consideran los datos relativos a la salud como comprendidos dentro del derecho a la intimidad. por lo que no cabe exigir estos datos “en este contexto”.

En consecuecia, desde el punto de vista científico, esta pandemia es un fraude, y todas y cada una de las medidas implementadas desde marzo del año pasado resultan ilegales. Todos los gobiernos, tanto el central como los autonómicos, están quedando en evidencia.

Los remedios, como ha explicado claramente la izquierda domesticada, son dos. Uno de ellos consiste en cambiar la composición de los trbunales para poner a unos amiguetes que les den la razón. El segundo es cambiar la ley para poder hacer lo que les de la gana, con o sin estado de alarma.

Pero lo que debemos meditar muy seriamente es si deseamos vivir en un país en el que un camarero te debe pedir un pasaporte sanitario antes de tomarte una caña.

Algunas restricciones sanitarias podrían permanecer en vigor durante 15 años

El responsable a cargo de la pandemia en Islandia, Thorolfur Gudnason, ha sugerido que algunas restricciones sanitarias impuestas con el pretexto del coronavirus podrían permanecer en vigor durante 15 años.

La periodista Esther Hallsdottir le preguntó por el tiempo que debían mantenerse las restricciones porque “no hay una salida clara de la epidemia” y, a pesar de las vacunaciones, se siguen imponiendo confinamientos, toques de queda y pasaportes. “¿Podríamos estar con restricciones en los próximos cinco, diez o quince años?”

Gudnason responde afirmativamente: “Podría ser así, nadie puede decir con seguridad cuál será el futuro. Esto es también lo que siempre hemos dicho, que no hay previsibilidad en este ámbito”, fue su sorprendente respuesta.

Este tipo de “expertos” llevan un año y medio haciendo pronósticos, como en las quinielas, pero ahora dicen que la epidemia no es previsible. “Esto no es nuevo y mucha gente se queja de que no es posible dar previsibilidad a las operaciones y demás, pero no es posible cuando el virus es imprevisible y surge algo nuevo que cambia lo que pensabas hace unos meses”, añadió.

Los tipos como Gudnason son curiosos porque, como confesó en otra ocasión, se había estado “preparando para esta pandemia durante 15 años” (1). Les da lo mismo decir una cosa que la contraria. La pandemia era previsible; lo tenían todo preparado, pero es virus es imprevisible.

Nos toman por imbéciles. Susan Michie, una de las asesoras científicas del gobierno británico, es la que ha ido más lejos hasta ahora, asegurando que el distanciamiento social y las mascarillas deberían permanecer para siempre.

Otro médico británico, Richard Taylor, también expresó su deseo de que el confinamiento se mantenga indefinidamente, lamentando que, “por desgracia, no puede ser para siempre” (2).

Si el mundo se descuida un poco, las generaciones sucesivas seguirían lavándose las manos con hidrogel durante siglos y con el tiempo nadie se acordará de cómo empezó todo, ni por qué, ni quién fue el idiota que inventó aquella costumbre ridícula.

(1) https://chapinradio.com/como-islandia-se-convirtio-en-el-primer-pais-de-europa-en-eliminar-al-coronavirus/
(2) https://summit.news/2021/06/11/doctor-who-wants-indefinite-lockdown-says-sadly-it-cant-be-forever/

No soy negacionista, pero…

Con cuatro años me meé en el cole porque una profesora ordenó “no os mováis hasta que vuelva” y nos dejó solos en clase. Tardó tanto que, aunque mi vejiga pedía ir al baño, aguanté como un mercenario hasta que la cosa se desbordó. Cuando por fin regresó al aula y vio el charco, me regañó por haber cumplido sus instrucciones de manera literal. Desde entonces, cada vez que me enfrento a una nueva norma rememoro este pasaje para obligarme a pensar por mí mismo, aplicar el sentido común y no obedecer como un robot. Una obviedad, lo sé, desde niños se nos enseña a desarrollar nuestra capacidad crítica y no hace falta orinarse encima para aprenderlo.

Precisamente por eso sorprende que uno de los efectos sociales de esta pandemia que cumple un año sea el uso de la muletilla esa de “no soy negacionista, pero…” cuando alguien se dispone a criticar algún asunto relacionado con la crisis del coronavirus. Aunque solo sea algo cotidiano como que los fumadores pueden ir sin mascarilla y los niños de más de seis años no. Es como si sintiésemos que es necesario aclarar por adelantado que no estamos chiflados por opinar diferente. Como si hubiese que jurar ante notario que no eres un demente antes de exponer una simple objeción o duda. Me pregunto cómo hemos llegado a este punto y por qué algo tan higiénico como disentir conlleva de pronto un absurdo miedo a ser nominado a loco del pueblo. Un fenómeno intrigante que El Roto resume en una de sus viñetas del diario El País: “Yo digo a todo que sí, para que no me llamen negacionista”.

No sabemos si habrá influido el empacho mediático de la etiqueta “negacionista”, antes reservada para lunáticos que niegan hechos históricos o naturales, pero existe una tendencia a no compartir pensamientos discordantes. Mucha gente prefiere mantenerse en perfil bajo, confundida al ver que la prensa se mofa de que quienes no tienen estudios científicos opinen sobre noticias pandémicas pero a la vez vuelca sobre ella un minuto a minuto de la tragedia con marcadores de contagios, indicios de presiones a la Agencia Europea del Medicamento por parte de la Comisión Europea y los gobiernos o reportajes sobre cómo las farmacéuticas obstaculizan el acceso de los eurodiputados al contenido de sus contratos. Médicos como el investigador Federico Martinón, del Comité Asesor de Vacunas de la OMS, señalan la sobreabundancia informativa y advierten que “la infodemia y la infoxicación que estamos sufriendo es un problema importante”.

Porque si tu vecina del quinto ve el vídeo de la entrevista de la BBC en la que Anthony Fauci, eminencia de la epidemiología y asesor jefe de Biden, acusa públicamente a Reino Unido de emplear atajos para colgarse la medalla de la curación para la Covid-19. Si se le revela que las mismas compañías encargadas de sacarnos de este lío como Pfizer o Johnson & Johnson acumulan multas millonarias por actividades ilegales. Si le cuentan que España, como el resto de países ricos, se opone a liberar las patentes para que así el tercer mundo tenga acceso a la vacuna de la Covid-19. ¿No es esperable que esa persona necesite aclarar su cabeza? ¿O solo debe investigar sobre materias en las que sea experta? ¿Se acusa de llevar capirote de papel de aluminio al ciudadano inquieto que bucea en todas las fuentes oficiales a su alcance para tratar de comprender la realidad? En cuestiones de salud que afectan a la población mundial, ¿lo loco no sería dejar de hacerse preguntas?

Que la actualidad coronavírica sea un dragon khan sin frenos no ayuda demasiado. Un día la OMS se pronuncia en contra del pasaporte de vacunados, al siguiente unos países de la UE lo tachan de discriminatorio y otros lo defienden y más tarde Bruselas acelera su creación para que esté listo antes del verano. El prestigioso British Medical Journal indica en su editorial “Covid-19: politización, ‘corrupción’ y supresión de la ciencia” que “el gobierno y la industria deben dejar de anunciar políticas científicas cruciales a través de notas de prensa” y que “no tiene sentido seguir servilmente la ciencia” sino confiar en ella “solo si está libre de interferencia política y si el sistema es transparente y no comprometido por conflictos de interés”.

Esta recomendación es útil para digerir la actual retransmisión instantánea de hallazgos científicos. Por desgracia, hasta los reportajes independientes pueden recoger sin saberlo estudios sesgados en materias sensibles, como asegura el Colegio Oficial de Psicólogos delatando investigaciones sobre uso de antidepresivos y el aumento de suicidio en adolescentes que ocultan los resultados negativos por estar patrocinados por la industria farmacéutica.

Hace diez años, durante la pandemia de la gripe A, Noticias CNN+ abrió su informativo con la noticia: “El Consejo de Europa va a investigar la influencia de los lobbies farmacéuticos en la gestión de la OMS”. Contaba que la Comisión de Sanidad denunciaba “intereses ocultos y complicidad de las autoridades sanitarias” y enfatizaba: “gripe A, gripe de beneficios millonarios para los laboratorios con la complicidad de las autoridades sanitarias”. Se preguntaba por qué la OMS modificó la definición de pandemia antes de declararla, ya que “a partir de ahí empezó la psicosis y el negocio de las multinacionales, los países se lanzaron a comprar millones de vacunas”. Cerraba Iñaki Gabilondo con un editorial sobre “El negocio más repugnante: el negocio del miedo”, con alusiones a “pánico planificado” y “gobiernos hábilmente pastoreados”.

Da cierto vértigo escuchar las sentencias del párrafo anterior, supongo que porque nos hemos acostumbrado a que hoy titulares así aparezcan casi únicamente en canales alternativos. Medios que es fundamental cribar pero en ocasiones ofrecen informaciones veraces y de interés que complementan a las de los tradicionales y que, en algún caso, aportan lo que los estos no pueden por compromisos empresariales o políticos. De hecho, hubo momentos en que ambos mundos se dieron la mano, como cuando The New York Times, Le Monde o Der Spiegel publicaron las filtraciones confidenciales de Julian Assange y Wikileaks. O The Guardian y The Washington Post haciéndose eco de los documentos clasificados de Edward Snowden. Assange sigue en prisión (Amnistía Internacional pide que se retiren los cargos que atentan contra la libertad de prensa). Snowden permanece en Rusia, acaba de ser padre y afirmó en una entrevista a Vice que “los gobiernos usan el coronavirus para construir una arquitectura de la opresión”.

¿Lo que antes se consideraban heroicidades periodísticas nivel Watergate se desprecian hoy como arrebatos conspiranoicos? El uso del término “conspiranoico”, al igual que “antivacunas”, se ha disparado desde marzo de 2020 hasta hoy. En este sentido, Rafael Serrano, del CSIC, condena que se tache de antivacunas a quienes simplemente dudan o están confusos: “son grupos totalmente distintos, con motivaciones muy distintas”. Celia Díaz, socióloga de la Universidad Complutense, apunta que “parece que si tienes recelos ya eres un antivacunas pero hay bastantes cosas en juego, como los conocimientos sobre la ciencia, las dudas que despierta esta carrera entre farmacéuticas, los tiempos de desarrollo, la voz del mercado”. El investigador Jeffrey Lazarus defiende que “está muy bien tener dudas, si son legítimas, querer saber qué pasa”. Son declaraciones del artículo de El País “El error de llamar ‘antivacunas’ a quienes dudan sobre inmunizarse” que, como otro texto del mismo periódico sobre el doctor danés Peter C. Gøtzsche (‘Desinformación sobre las vacunas: ni rechazarlas todas ni aceptarlas sin rechistar’), defiende que informarse y buscar respuestas es un acto responsable y no una amenaza.

La comunicadora científica y presentadora de Whaat!? Rocío Vidal anotó en Gen Playz que “hay muchas personas en un mar de dudas” y que “a esas personas hay que dirigirse, divulgar y educar al respecto”. En un momento del programa, ella misma, Manuela Martín de Fridays for Future y Ana Perrote de Hinds sostienen que según numerosos estudios y organismos de salud la dieta vegana es saludable, mientras que el zoólogo Enrique Baquero defiende lo contrario. Cuando alguien como Baquero muestra su visión sin importarle que no sea la predominante estamos ante un debate real. Evitando así la espiral del silencio de Noelle-Neumann, según la cual cierto clima social puede hacer que los individuos no se atrevan a expresar posiciones contrarias a las que perciben como mayoritarias. Si permitimos que una mayoría silenciosa se vea sometida por una minoría ruidosa nos perderemos puntos de vista interesantes, de la generación Z y las venideras.

Mi sobrino de cuatro años es uno de esos futuros adultos que necesitamos que piensen por sí mismos. El otro día paseando con él por la sierra de Madrid nos encontramos un parque infantil con precinto policial. “¿Puedo jugar?”, me preguntó. “No”, respondí. “¿Por qué?”. Ni un alma a un kilómetro a la redonda. “Porque nos pueden multar”, dije. Enseguida me di cuenta de que le estaba enviando un mensaje erróneo, el opuesto a no ser autómata. Si un policía descubriese que prohibí a un niño jugar en un espacio desierto al aire libre, sin riesgo para él ni para los demás, quizá me echaría la bronca por mi obediencia irracional como hizo aquella maestra de mi infancia. O no, quién sabe.

—Iago Fernández https://www.rtve.es/playz/20210315/silencio-pandemia-negacionista/2082304.shtml

Una responsable médica australiana pide que las personas dejemos de hablar entre nosotros

No es fácil encontrar una explicación de los motivos por los cuales la estupidez está proliferando hasta extremos insólitos entre los médicos que ocupan cargos públicos. Es posible que fueran estúpidos desde hace tiempo, pero sólo nos hemos dado cuenta cuando les han obligado a ponerse delante de las cámaras de la televisión.

Veamos.

La doctora Kerry Chant, jefa de sanidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, convocó una rueda de prensa para recomendar a los australianos “que no se relacionen con otras personas”, aunque lleven mascarilla, con el fin de reducir la circulación del coronavirus.

La doctora Chant hizo estas declaraciones en respuesta a una orden para que los residentes de Nueva Gales del Sur cumplan con otro confinamiento más, impuesto con el ardid de los “nuevos casos” de coronavirus.

“Aunque es propio de la naturaleza humana comprometerse con los demás, ser amigable, lamentablemente este no es el momento de hacerlo”, dijo la doctora.

“Aunque te encuentres con tu vecino en el centro comercial… no inicies una conversación. Es el momento de minimizar tus interacciones con los demás. Aunque tengas una mascarilla, no creas que eso te da una protección total. Queremos estar absolutamente seguros de que en nuestra vida diaria no entramos en contacto con alguien que pueda ser un riesgo”, añadió Chant.

Además de pedir a los ciudadanos que no hablen con sus amigos y vecinos, las personas que viven o han viajado a las zonas afectadas están ahora bajo una orden de confinamiento durante al menos siete días, mientras que las mascarillas volverán a ser obligatorias para los profesores y los escolares.

La población ha reaccionado al confinamiento con protestas, hartos de encierros y restricciones que carecen de ninguna justificación, empezando por la estúpida pretensión política de “covid cero”.

En Australia los confinamientos han duplicado los intentos de suicidio entre personas de 5 a 25 años.

Francia confirma que las nuevas vacunas causan miocarditis

Al principio, la OMS dijo que las nuevas vacunas contra el coronavirus podían causar miocarditis, pero que los casos aparecidos no mostraban una relación clara de causa a efecto.

Lo mismo dijeron al aparecer los primeros casos en Israel y Estados Unidos. Además de que no estaba probado, los casos eran “excepcionales”, por lo que las vacunas tenían más beneficios que riesgos.

Ahora la ANSM francesa, que regula la seguridad de los medicamentos, lo confirma en su último informe, publicado el viernes de la semana pasada: la miocarditis es un efecto secundario causado por la vacuna de Pfizer.

El informe abarca el periodo comprendido entre el 11 y el 24 de junio, en el que aparecieron 45 casos de miocarditis y los clasifica como “señales confirmadas” de la vacuna.

De los 45 casos, hay 14 que han aparecido en personas menores de 30 años y la mayoría de ellos se está recuperando.

El análisis reconoce un “exceso de casos notificados con la vacuna Comirnaty [Pfizer] sobre el número esperado en la población general menor de 50 años” y, por su parte, el comité de seguimiento admite el papel de la vacuna en la aparición de la miocarditis.

Pero la ANSM se retuerce sobre sus propios datos: “Este raro acontecimiento adverso, que tuvo un resultado favorable, no pone en duda la relación beneficio/riesgo de la vacuna”. Es lo más viejo del mundo: mantenella y no enmendalla

Es un argumento absurdo, teniendo en cuenta que sus propias mediciones indican que el “covid” es absolutamente irrelevante en los tramos de edad por debajo de los 30 años y que, además, la miocarditis nunca viene sola, sino acompañada de otros efectos secundarios.

Además, se han notificado 95 casos de pericarditis desde el inicio del seguimiento. La mayoría de ellos eran mujeres, con una edad media de 61 años, y 51 casos se han recuperado o están en proceso de recuperación.

La ANSM siguen clasificando este tipo de efectos adversos como “potenciales”, es decir, que su vínculo con la vacuna aún no se admite oficialmente. Pero todo es cuestión de tiempo. Basta seguir vacunando a millones de personas más para tener las evidencias que obliguen a los “expertos” a caerse del guindo.

China se opone a la vacunación forzosa de su población

En China algunos gobernadores y alcaldes habían procedido de la manera habitual que conocemos en otros países más cercanos, tratando de impedir el acceso de los no vacunados a determinados lugares públicos.

El viernes de la semana pasada la Comisión Nacional de Salud, máxima autoridad sanitaria del país, ha tenido que reaccionar para impedirlo. La vacunación se debe llegar a cabo voluntariamente, sin recurrir a la coacción. El consentimiento debe ser libre e informado.

Una docena de provincias habían aprobado medidas coercitivas que han causando controversia en el país. La Comisión dijo que había intervenido para proporcionar asistencia y supervisión a los gobiernos que habían adoptado tales medidas.

En China la Ley de Prevención y Tratamiento de Enfermedades Infecciosas estipula que las personas sin contraindicaciones que tengan la edad suficiente para recibir la inyección deben ser vacunadas en la medida de lo posible, pero no menciona la obligatoriedad.

Sin embargo, los gobiernos locales han adoptado normas que prohíben a las personas no vacunadas la entrada en lugares públicos como hospitales, supermercados, restaurantes, lugares de ocio o instituciones públicas.

Algunas ciudades incluso habían regulado sus campus universitarios para exigir a los estudiantes y a los miembros de sus familias que se vacunaran lo antes posible, o de lo contrario no se les permitiría volver a la escuela en septiembre.

El gobierno del distrito de Tanghe, en la provincia central china de Henan, exigió a los funcionarios, incluidos los jubilados, que se vacunaran (a menos que tuvieran contraindicaciones) o no se les permitiría trabajar ni cobrar sus salarios. El gobierno del condado finalmente abandonó estas medidas.

En abril, la ciudad de Wanning, en la provincia de Hainan, restringió el acceso al transporte público a las personas vacunadas, antes de levantar la prohibición tras la intervención de la Comisión Nacional de Salud.

La Comisión central dice que no se puede socavar la confianza de la población. Sin embargo, algunos gobiernos locales pretenden continuar la campaña de vacunación a toda velocidad.

Hasta el viernes el país había administrado más de 1.400 millones de dosis de la vacuna contra el coronavirus, que cubren aproximadamente a la mitad de su población. China espera haber vacunado al 70 por ciento de la población para finales de año.

La derrota de los nazis en 1945 prohibió las vacunas experimentales, que ahora resurgen

Desde hace 2.500 años al menos la práctica de la medicina se basa en el juramento hipocrático: la tarea de un médico es curar al enfermo o, por lo menos, conseguir que su estado de salud no empeore. A partir de la Ilustración este principio fue desapareciendo. La medicina no tenía por objeto curar sino saber. El punto de gravedad comenzó a trasladarse del enfermo al médico. El sujeto es el médico y el enfermo es el objeto; por eso se le llama “paciente”.

El cambio se argumentó con una falsa concepción del “progreso científico” que encubría un problema de clase: los experimentos se llevaban a cabo con marginados, como pobres, presos, internados, esclavos, indígenas, prostitutas… Desde el siglo XVIII los médicos llevaron a cabo experimentos con esclavos negros en las colonias europeas, e incluso les inocularon enfermedades deliberadamente, como la viruela. En 1884 Pasteur escribió al emperador de Brasil para pedirle autorización para infectar de cólera a los condenados a muerte con el fin de probar tratamientos médicos en ellos.

En los campos de concentración el fascismo llevó la “nueva medicina” a su máxima expresión. La Unidad 731, creada por Japón en 1932, asesinó a más de 10.000 presos utilizados como cobayas humanas. En 1944 el jefe médico del ejército japonés, Nakamura Hirosato, provocó la muerte de 900 indonesios inyectándoles una vacuna experimental que contenía una toxina tetánica modificada químicamente. El III Reich también llevó a cabo experimentos a gran escala con los antifascistas que encerró en Auschwitz, Buchenwald, Dachau y Natzwzeiler. Los médicos nazis inocularon patógenos a los presos, como el tifus, la fiebre amarilla, la viruela, la fiebre tifoidea, el cólera y la difteria para buscar vacunas o desarrollar tratamientos médicos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, veinte médicos y tres nazis fueron acusados de crímenes de guerra y de lesa humanidad y juzgados en Nuremberg. En su defensa, los nazis argumentaron que el juramento hipocrático no se aplica en tiempos de guerra, y que el Estado puede poner los intereses de la ciencia por encima de los del individuo en beneficio de la colectividad. Sin embargo, la sentencia del Tribunal Militar estableció diez criterios para evaluar los experimentos médicos, que hoy se conocen como “Código de Nuremberg”.

La regulación jurídica de los experimentos médicos es consecuencia, pues, de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Es tanto interna como internacional y se ha construido históricamente sobre la base del consentimiento libre e informado del sujeto. El artículo 7 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, adoptado por la Asamblea General de la ONU el 16 de diciembre de 1966 establece que “nadie será sometido sin su libre consentimiento a experimentos médicos o científicos”.

La Asociación Médica Mundial, una organización no gubernamental de médicos creada en 1947, aprobó la Declaración de Helsinki en junio de 1964, que reitera el Código de Nuremberg y recuerda la necesidad de prestar un “consentimiento libre, informado y expreso”. Hay decenas de reglamentos parecidos en cada colegio profesional, en los repertorios legislativos de cada país, en las normas de la Unión Europea, como el Convenio de Ovideo, y en los organismos internacionales.

La conclusión es que el médico que realiza un experimento con seres humanos sin obtener su consentimiento previo comete un delito grave.

En 2002 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que la imposición de un tratamiento sin el consentimiento del paciente es “una violación de la integridad física de la persona afectada“ y que “las vacunaciones obligatorias como tratamiento médico no voluntario constituyen una injerencia en el derecho al respeto de la vida privada”.

Pero la experimentación médica no acabó en 1945, como ya hemos explicado aquí varias veces. En los años cuarenta y cincuenta el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) alimentó a niños que padecían problemas síquicos con cereales radiactivos. Hemos explicado el falso tratamiento de negros con sífilis en Tuskegee entre 1932 y 1972, la contaminación de niños discapacitados mentales con hepatitis por parte de dos médicos en la Wilowbrook State School de Nueva York entre 1956 y 1972. Lo mismo cabe decir de los experimentos en 20.000 estadounidenses con talidomida, un sedante responsable de graves malformaciones fetales, que se prolongaron hasta 1961, la inyección de células cancerosas en pacientes ancianos e indigentes en el Jewish Chronicle Disease Hospital de Brooklyn en 1963… La lista es terrorífica y sorprende la facilidad con la que se olvida.

El 8 de abril del año pasado, en plena pandemia, la sentencia Vavricka del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (1) cambió la jurisprudencia sobre este asunto al establecer que la administración de ciertas vacunas se puede hacer de manera obligatoria, que es la práctica ahora vigente. Lo mismo que el servicio militar, algunas vacunas vienen impuestas por las leyes, por lo que se inoculan de manera masiva e indiscriminadamente, incluso desde el nacimiento.

Ahora bien, la sentencia Vavricka se refiere a un caso de 2015 y a unas vacunas ya experimentadas previamente, no a las que están por experimentar, como es el caso de las que se están administrando en la actual pandemia, que sólo han obtenido una autorización “de emergencia” de la Agencia Europea del Medicamento gracias a la ola de histeria que han desatado en el mundo con la pandemia.

La propia Agencia reconoce que concedió la autorización apresuradamente “sobre la base de datos menos completos de lo que normalmente se requiere”, por lo que el fabricante se compromete a “proporcionar datos clínicos completos en el futuro”. Los informes europeos de evaluación emitidos en la Agencia añaden que las empresas farmacéuticas deben “proporcionar los resultados del ensayo principal” en el plazo de dos años.

Por lo tanto, no cabe ninguna duda de que estamos en presencia de un experimento masivo fuera de un laboratorio que no tiene precedentes en la historia de la medicina. Aparte de la incertidumbre relativa a la nueva técnica de ARNm, la Agencia reconoce que “no se han realizado estudios de carcinogenicidad” para la vacuna Moderna y “no se han realizado estudios de genotoxicidad o carcinogenicidad” para las vacunas de Pfizer, AstraZeneca y Johnson & Johnson.

En consecuencia, estas vacunas no se pueden imponer de forma obligatoria.

Ahora cualquiera que haya acudido a un centro de vacunación puede juzgar si el personal sanitario que atiende a los candidatos les pregunta algo, les pide el consentimiento, les informa del caracter experimental de la vacuna que le van a inocular, o si se trata de ganado que espera salir ileso del experimento.

Las empresas no contratan a trabajadores que no se hayan vacunado y pueden despedir a los que ya están en plantilla. Para ello les basta con introducir las vacunas en los planes de “riesgo laboral”. ¿A eso llaman “consentimiento libre” o es un delito de coacciones?

Pregunten a los que exigen la vacunación para matricularse en una escuela, para viajar, para entrar en una tienda o para acudir a un concierto. ¿Eso es consentir o es un chantaje permanente?

En febrero Galicia trató de imponer la vacunación obligatoria y El Confidencial tituló un reportaje: “Llega la Galicia hitleriana” (2). Afortundamente el Tribunal Constitucional lo impidió, al menos de momento.

En mayo Baleares, una comunidad autónoma presidida por Francina Armengol, farmacéutica y del PSOE, aprobó la vacunación obligatoria, aunque sólo para “ciertos colectivos” de trabajadores, que no definió. Otro gobierno “progre” que se lo vuelve a poner en bandeja a Vox, que recurrió el decreto ante el Tribunal Constitucional.

¡Las vueltas que da la vida! Los “progres” imponen normas nazis y los nazis se oponen a ellas. El enredo no es fácil de aclarar.

(1) https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/articulo.php?id=ANU-L-2021-00000001259
(2) https://www.elconfidencial.com/espana/galicia/2021-02-06/feijoo-galicia-covid-19-antivacunas_2939036/

El 99 por ciento de las muertes atribuidas al ‘covid’ oficialmente padecían afecciones previas

Debía ser algo ampliamente conocido, pero es bueno que lo admitan ahora los CDC, que son el ágora de esta pandemia, por encima incluso de la OMS: la abrumadora mayoría de los adultos hospitalizados en Estados Unidos porque los consideraban “infectados” con el coronavirus padecían una o más afecciones preexistentes.

Más del 99 por ciento de los pacientes registrados como “covid” que fallecieron tenían al menos una afección preexistente.

El estudio lo publicaron la semana pasada los CDC (*). Se basaron en los datos de la base de datos Premier Healthcare, que abarca casi 5.000.000 millones de hospitalizaciones totales en más de 800 hospitales de todo Estados Unidos desde marzo de 2020 hasta marzo de 2021.

De esos casi cinco millones de hospitalizaciones, el once por ciento (540.667) de los pacientes fueron diagnosticados de coronavirus.

La gran mayoría de los pacientes hospitalizados “con covid” tenían al menos dos condiciones médicas preexistentes y cerca de la mitad de todos ellos tenían al menos seis condiciones preexistentes.

Sólo el 5,1 por ciento de los pacientes hospitalizados “con covid” no tenía ninguna enfermedad preexistente, frente al 94,9 por ciento que tenía al menos una. Sólo el 7,4 por ciento tenía una única enfermedad preexistente, mientras que el 39,3 por ciento tenía de dos a seis enfermedades, el 31 por ciento de seis a diez y el 17,3 por ciento más de diez.

De los 540.667 pacientes hospitalizados por coronavirus incluidos en el estudio, 80.174 murieron durante el periodo de observación (de marzo de 2020 a marzo de 2021).

La friolera del 99,1 por ciento de los pacientes que murieron tenían al menos una afección preexistente y solo 740 no tenían ninguna afección previa registrada.

La mayoría de los pacientes cuya muerte atribuyeron al coronavirus tenían múltiples afecciones preexistentes, ya que solo el 2,6 por ciento sufría una sola afección, en comparación con el 32,3 por ciento que tenía de dos a cinco afecciones preexistentes, el 39,1 por ciento que tenía de seis a diez y el 25,1 por ciento que tenía más de diez afecciones preexistentes.

La edad media de los pacientes hospitalizados “con covid” era de 68 años, mientras que la edad media de los fallecidos “con covid” era de 74 años. Casi la mitad (49,8 por ciento) tenía más de 75 años.

Entre los pacientes más jóvenes (menores de 40 años) que fueron hospitalizados “con covid”, más de un tercio (36,9 por ciento) fueron diagnosticados como obesos, el 17,9 por ciento tenía diabetes y el 16,7 por ciento tenía hipertensión esencial (presión arterial alta).

El estudio analiza los factores de riesgo de muerte “con covid” y descubre que, después de la obesidad, el segundo factor de riesgo que más se ha correlacionado con la muerte de los “infectados” por el coronavirus es la ansiedad y los trastornos relacionados con el miedo. Literalmente: los enfermos se murieron de miedo.

Los pacientes obesos presentaban un ratio de riesgo de 1,30 en comparación con los pacientes sin afecciones preexistentes, lo que significa que un paciente diagnosticado de obesidad pero sin otras afecciones tenía un 30 por ciento más de probabilidades de morir por el virus que un paciente no obeso sin afecciones preexistentes.

Los trastornos relacionados con la ansiedad y el miedo quedaron en segundo lugar, con un cociente de riesgo de 1,28, lo que indica que los pacientes que sufrían ansiedad tenían un 28 por ciento más de probabilidades de morir de COVID que los que no sufrían ansiedad.

La diabetes tenía un cociente de riesgo ligeramente inferior al de la ansiedad, con 1,26, seguida de la enfermedad renal crónica, con 1,21, los trastornos neurocognitivos, con 1,18, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, con 1,18, y la anemia aplásica, con 1,17.

(*) https://www.cdc.gov/pcd/issues/2021/21_0123.htm

El confinamiento arruina a los campesinos malayos

A principios de junio el gobierno malayo impuso un nuevo confinamiento de todo el país, que ha tenido un fuerte impacto en el nivel de vida de la población campesina. Los comercios están cerrados y las actividades “no esenciales” se han paralizado.

Los cultivadores de hortalizas, fresas y flores de Cameron Highlands se quejan del colapso de las ventas, las subidas de precios y las dificultades para encontrar trabajadores.

Cameron Highlands es una “Hill Station”, una de las muchas “estaciones de montaña” que se crearon en la época del Imperio Británico para ofrecer a los colonos un refugio más fresco cuando el calor del verano agobiaba las llanuras.

Situada al norte de Kuala Lumpur, alberga muchas plantaciones de té, pero también cultivos que también prefieren el frescor de la altitud.

En la región los campesinos se han visto muy afectados por los confinamientos, que han creado una grave escasez de mano de obra y siguen manteniendo alejados a los turistas.

“Llevo 40 años trabajando y esta pandemia es la peor crisis que he vivido”, afirma Chai Kok Lim, presidente de la Organización de Productores de Hortalizas de Cameron Highlands.

El caso de la plantación Cameron Bharat -que gestiona 240 hectáreas de cultivos de té- es emblemático de las dificultades de toda la región.

El número de turistas que visitan la plantación es ahora casi nulo debido al cierre de fronteras. La plantación ha tenido que clausurar dos tiendas que normalmente acogen a los visitantes, lo que supone un importante ingreso adicional.

El gerente Francis Xavier dice que también le faltan trabajadores para estas ingratas tareas, que atraen a pocos malayos. Normalmente, la mayor parte de la fuerza de trabajo procede del extranjero. Pero el cierre de fronteras impide que estos trabajadores entren en Malasia.

“Si no tenemos suficientes trabajadores, no podremos mantener nuestro programa de producción y eso afectará a nuestro volumen de negocio”, explica.

Parveen Kumar Mohan cultiva crisantemos, una flor utilizada por la minoría india de Malasia en festivales y ceremonias religiosas. A él también le resulta difícil encontrar trabajo. Y de todos modos, dice: “No puedo vender porque no hay demanda. Los templos están cerrados y no hay turistas.

Chai Kok Lim está convencido de que al final la población campesina saldrá perdiendo. “Debido a la falta de mano de obra, estamos produciendo menos verduras y los precios subirán”, advierte.

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