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Categoría: Resistencia popular (página 7 de 7)

Se duplica el número de huelgas obreras en China

China es hoy un país proletario por excelencia, el mayor del mundo. El número de obreros se estima en 400 millones. Sus condiciones de vida y trabajo son lamentables, por lo que estallan numerosas huelgas y protestas, como las del año pasado en Longmay, en la provincia de Heilongjiang, una zona minera del norte del país.

Acuciada por las deudas, la empresa pública Longmay, la mayor del carbón de China, anunció en setiembre el despido de 100.000 mineros, el 40 por ciento de su fuerza de trabajo.

Aunque centenares de mineros de avanzada edad fueron jubilados, la empresa tuvo que retrasar sus planes ya que el gobierno provincial destinó 600 millones de dólares para cubrir las deudas de la empresa.

La empresa estuvo durante dos años amagando con los despidos masivos, pero no pudo finalmente llevarlos a cabo por el temor de un levantamiento obrero de grandes proporciones. Las manifestaciones han sido continuas. En Hegang en abril desfilaron miles de trabajadores contra el impago de los salarios. Los organizadores de la protesta fueron detenidos y luego encarcelados. En octubre la empresa impidió otra protesta bloqueando a los obreros en las minas el día de la concentración.

En China el número de huelgas y luchas obreras se ha duplicado en el último año: 2.774 frente a 1.379 el año anterior. La mayor parte de las protestas son consecuencia del impago de los salarios, que se demoran durante un mes, algo que antes era frecuente en la construcción y que ahora se ha extendido a las minas, las fábricas y los servicios.

La ley del embudo en Euskal Herria

El señor Gil de San Vicente es un conocido y reconocido demagogo cuya abigarrada escritura es un reciclado de distintos tipos de basuras intelectuales, entre las que prevalece un trotskismo sazonado por encima con virutas vasquistas. La presentación de su última escoria, “El problema español y el nacionalismo del Partido Comunista de España” (*) provoca muchas pésimas sensaciones, la mejor de las cuales es repugnancia.

Es natural que alguien así se haya propuesto “dar la vuelta a la historia del problema español” cuando lo que en realidad hace es dar la vuelta a la historia; y punto. Manipularla, falsificarla, retorcerla, desfigurarla… Inventarse la historia e inventarse historias son típicos tanto del trotskismo como del nacionalismo, del vasco y del español.

Sólo el lenguaje (“el problema español”) ya denota el origen de clase de tales bodrios. Es la terminología de la intelectualidad burguesa que cavila sobre la “España invertebrada”, sobre “España como problema”, sobre el “ser de España” y su “esencia imperecedera”. Toda esta diarrea intelectual sólo demuestra una cosa: que lo mismo que todos los burgueses, Gil no sabe lo que es España.

En el caso de Gil es posible que el problema se haya originado en su cuna pero, en cualquier caso, le conduce a una contradicción: la chabacanería vasquista, de la que él es un buen ejemplo, se lamenta de que los españoles les digan lo que tienen que ser, pero al revés la cosa no funciona, y algunos vascos se han atribuido la tarea de decirles a los españoles lo que han sido, lo que son, lo que deben ser, lo que tienen que ser, lo que pueden y lo que no pueden.

Este tipo de escritos proliferan porque la burguesía de un pueblo expoliado de sus derechos, como el vasco, acumula mucho resentimiento desde hace años y tiene ganas de revancha. Quiere hacer con “los españoles” lo mismo que han hecho con ellos, pagarles con su propia moneda. Por ejemplo, los vascos pueden ser nacionalistas, pero los españoles no.

No seré yo quien niegue que esa discriminación tiene un cierto fundamento porque ambos nacionalismos (el vasco y el español) no se pueden poner en el mismo plano, ya que responden a situaciones políticas opuestas. Como siempre que ocurren ese tipo de simplificaciones (“todos son iguales”) hay que dejar bien claro que uno (el nacionalismo vasco) es reactivo frente al otro (el nacionalismo español), que es dominante sobre él, le oprime y le mantiene en una situación de subordinación.

Eso es cierto. Ahora bien, requiere una explicación que Gil no expone, lo cual conduce -por más que con su verborrea disimule cuanto pueda- a una verdadera ley del embudo según la cual los españoles tienen que pasar de ser imperialistas, de tenerlo todo, a no tener nada.

Eso es intolerable y, por mi parte, no estoy dispuesto a admitir ni la más leve insinuación en tal sentido. A los grupúsculos liliputienses y a sus compinches, como Gil, estoy dispuesto a tolerarles su bazofia trotskista, su anticomunismo, su manipulación de la historia, sus fraudes, su patrioterismo chabacano y muchas cosas más, excepto que con sus porquerías pretendan enfrentar a vascos y españoles, y divulgar que la conquista de los derechos de unos supone una pérdida para los otros.

Lo digo por un motivo bien sencillo de entender: se llama internacionalismo de verdad, que nada tiene que ver con las elucubraciones de Gil. Creo que no hará falta reiterar que el internacionalismo es lo contrario del nacionalismo, de cualquier clase de nacionalismo, y que conduce a dejar bien claro lo siguiente:

Primero: somos realmente los internacionalistas (y no los nacionalistas) los únicos que defendemos de una manera consecuente la lucha contra la opresión nacional, entre otras cosas porque no sólo defendemos la de una de ellas, sino las de todas

Segundo: la lucha contra la opresión nacional se dirige contra un Estado, no contra ninguna otra nación, ni pueblo

Tercero: el pueblo español está interesado en lo mismo que los pueblos oprimidos; por lo tanto, no pierde absolutamente nada, sino al contrario, gana, con cuantos derechos conquisten las nacionalidades oprimidas

En todas sus variantes, la burguesía de las nacionalidades oprimidas (la vasca, la catalana, la gallega) no tiene claro ninguno de esos principios elementales que derivan del internacionalismo. Es más: se oponen a ellos. Creen que han patentado la lucha contra la opresión nacional en el Registro correspondiente de la Propiedad Intelectual.

No se trata de un problema ideológico, de dos teorías o puntos de vista diferentes, el nacionalismo y el internacionalismo. Se trata de algo mucho peor: ninguna de las burguesías nacionalistas logrará nunca sus objetivos porque no saben cuál es el origen de su problema, contra quién están luchando. Les duele algo, se lamentan, lloran pero no saben por qué. En consecuencia, tampoco pueden saber cómo remediarlo y de ahí sus peligrosas divagaciones.

En su insondable mediocridad, que denota su marchamo clasista, imaginan que la causa de sus problemas son “los españoles” y quizá todos partidos “españoles” como el PCE u otros que son “españolistas”, como les gusta decir. Quizá sea cosa de diglosia, del idioma español, que se impone al vernáculo y le oprime. O quizá de la cultura española, que solapa a la vasca y no permite que se desarrolle.

El texto de Gil es buena muestra del seguidismo que el patrioterismo vasco hace del patrioterismo español en todos y cada uno de sus pequeños y grandes complejos: el idioma español no es sólo el idioma de España, ni es patrimonio de los españoles.

Cualquiera es capaz de entender que el aprendizaje de otro idioma no va, per se, en detrimento del materno y que una cultura, per se, nunca puede obstaculizar a otra. No se conocen casos así. La opresión nacional no es un problema cultural, y mucho menos es un problema de cualquier tipo de cultura, sino en todo caso de un determinado tipo de cultura que, como cualquier ideología, expresa y sirve a un tipo muy determinado de clase social, de política y de Estado.

Donde hay un oprimido tiene que haber un opresor, y si los primeros quieren liberarse de los segundos deben identificarle exactamente porque de lo contrario inventarán fantasmas, molinos de viento que ocultan a los verdaderos opresores contra quienes deben combatir.

Los diversos grupos patrioteros que forman parte de la burguesía liliputiense prefieren buscarse enemigos ficticios, de cartón, antes que enfrentarse con quien realmente tiene la sartén por el mango, que es España, la única España realmente existente, un Estado con una determinada naturaleza de clase.Las consecuencias son obvias: frente a un enemigo de cartón, coaliciones de cartón, como Iniciativa Internacionalista, y formas de lucha acartonadas, como las electorales.

Con tanto cartón, más que a una batalla política, los liliputienses nos llevan a las fallas. Ya sólo nos queda prenderle fuego a los “ninots” y hasta el año que viene, hasta las siguientes fiestas, o hasta las siguientes elecciones.

(*) https://www.boltxe.eus/2015/12/04/el-problema-espaol-y-el-nacionalismo-del-partido-comunista-de-espaa/#Prlogo-al-libro-El-nacionalismo-imperialista-del-Partido-Comunista-de-Espaa-Crtica-de-una-historia-de-dominacin

En Euskadi el movimiento independentista necesita una aclaración

La situación en Euskadi pivota sobre tres ejes fundamentales, sin los cuales es imposible entender los acontecimientos más recientes. El primero es la persistencia del fascismo, de España como Estado fascista y a eso, y no a otra cosa, es a lo que se enfrenta el movimiento de liberación en Euskadi. El segundo es la degeneración revisionista del PCE, que en Euskadi tuvo su prólogo en los tiempos de la guerra civil con Astigarrabía, es decir, ya antes de 1956, y cuyas consecuencias fundamentales fueron la confusión y el seguidismo respecto del movimiento nacionalista. El tercero es el cambio social ocurrido a partir de los años sesenta, que incorporó al proletariado urbano sectores campesinos rurales, que aportaron sus propias concepciones ideológicas, las cuales acabaron por imponerse porque el revisionismo les abonó el terreno.

Se puede decir, pues, que el movimiento nacional en Euskadi es ambiguo por partida doble y se alimenta a sí mismo con la riada de chovinismo y centralismo que llueve cada día. Por su propia naturaleza de clase todo movimiento nacionalista es ambiguo hasta cierto punto, por lo que el vasco no se diferencia de otros, sino que es una ambigüedad mucho más acusada, cuantitativa y cualitativamente. Dado que la confusión viene de lejos, la mezcolanza está profundamente arraigada, y dado que el movimiento se ha enfrentado de una manera consecuente al Estado, ha tenido una repercusión mucho mayor que otros.

Aunque un movimiento nacional es siempre socialmente amplio, quien lo define es su fuerza dirigente, que es quien impone las formas de organización, las líneas, los programas, e incluso una terminología propia y característica. No obstante su composición social, la masa que lo conforma, en el movimiento abertzale esa fuerza dirigente ha sido la pequeña burguesía, a la que el revisionismo le ha permitido arrastrar tras de sí a una parte importante del proletariado. A eso es a lo que llaman “pueblo trabajador vasco”.

Si hay un lugar en el que la claridad es más necesaria que en otros, ese es Euskadi, y no caben eufemismos; todos los intentos por escurrir el bulto son contraproducentes. No será necesario decir que tal clarificación sólo puede redundar en un reforzamiento y un avance del propio movimiento de liberación nacional. Si hay alguien a quien hay que hablarle claro es a aquel con el que hay confianza, al amigo, al aliado, mientras que con el enemigo no se discute nada. Tampoco creo necesario recordar que con los amigos no valen medias tintas. Yo no puedo ser amigo de nadie que no me hable claro, que piense una cosa y me diga otra, que no sea franco conmigo. Finalmente, tampoco creo necesario puntualizar que no se puede confundir la amistad con el amiguismo. El aliado, el amigo no es el amiguete, ni el colega, es decir, ese tipo de relaciones, más personales que políticas, que tanto abundan en determinados círculos.

Aparentemente ha sido la liquidación de lo que durante estos años ha sido la izquierda abertzale lo que ha creado la confusión, pero no es así. El movimiento de liberación nacional ya ha empezado a liberarse, por fin. Esa liquidación, lo mismo que la liquidación de la URSS en 1991, es lo que va a favorecer una aclaración que era necesaria desde hace mucho tiempo. La izquierda abertzale necesita imperiosamente un ajuste de cuentas consigo misma y veremos la manera en que lo aborda porque si se escuda en el “tono” o en las “formas” de la crítica, o si se las toma como una agresión, sigue por el mal camino, lo mismo que siempre.

En lo que el proletariado respecta, una amplia experiencia histórica demuestra, una y otra vez, que no puede abandonar la dirección ni de la lucha antifascista ni del movimiento de liberación nacional, y para dirigir necesita un partido comunista, que no se parece, ni de lejos, a ninguna otra forma de organización de ninguna otra clase social, que tiene un programa propio, su línea política, su propia ideología y sus propios principios. Ese es el punto de partida, de manera que si en Euskadi no hay un partido comunista, lo primero que hay que hacer es crearlo, y si ya existe hay que unirse a él. No se puede empezar nada por ningún otro sitio, y menos por el final. El partido comunista es el eje de coordenadas; todo lo demás empieza a contar a partir de ahí.

Pero la experiencia del “frente norte” en la guerra civil demuestra que ni siquiera eso es suficiente. A pesar de la demagogia que durante décadas ha alimentado el PNV, en dicho “frente norte” no hubo realmente guerra porque bajo Astigarrabía el PCE entregó la dirección a la burguesía, una tarea que ésta no puede llevar a cabo. En la medida en que la liberación nacional de Euskadi hoy es más de lo mismo, hay que acabar con el seguidismo de los comunistas en Euskadi respecto a la burguesía y al movimiento nacional, o lo que es lo mismo, poner ese movimiento en manos del proletariado y su partido comunista.

Pero no es eso lo que han llevado a cabo en Euskadi la mayor parte de los grupos que se llaman comunistas que, como en los tiempos de Astigarrabía, siguen siendo un apéndice de la burguesía, que se mueven cómodamente dentro de la confusión, de los “frentes” y las “alianzas”, como pez en el charco. Nunca han pretendido ser otra cosa que una parte residual de ese movimiento nacional y en la medida en que dicho movimiento está en trance de liquidación, forman parte integrante de su naufragio.

Las tendencias liquidacionistas siempre han estado presentes dentro del movimiento abertzale, cuya historia es un continuo tejer y destejer de escisiones, corrientes y siglas cuyo hilo conductor es casi imposible seguir a lo largo del tiempo, hasta que, finalmente, se metió en el embudo de sus propias ambigüedades, de las que incluso tanta ostentación ha hecho gala. No se trata de que no haya identificado quiénes son sus enemigos, sino que nunca ha sabido quiénes eran sus amigos, lo cual conduce siempre a tener a los enemigos por amigos y a ver enemigos (“españolistas”) donde no los hay.

Lo nuevo no es que ahora haya liquidadores sino que se han impuesto precisamente en un momento en el que, dada la crisis económica, las condiciones son más favorables que nunca para el movimiento independentista. El momento que han elegido para proclamar su rendición a los cuatro vientos no es ninguna casualidad, coincide con la crisis capitalista de 2007, que ha puesto las cosas en el sitio justo en el que la izquierda abertzale nunca las quiso tener. Ahora el protagonismo corresponde a la clase obrera y eso es justamente lo que la liquidación trata de impedir, vincular las reivindicaciones nacionales a la revolución socialista, que es el núcleo de la olvidada (y nunca aclarada) consigna de “independentzia eta sozialismoa”.

La crisis económica, pues, vuelve a poner al partido comunista en el eje de coordenadas, cuya línea debe ser distinta, cuyo programa debe ser distinto y cuyas formas de organización también deben ser distintas de las del movimiento nacional.

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