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Memoria Histórica

El mito de la ‘invasión no provocada’ de Ucrania por Moscú

Casi un año después de que Rusia entrara en Ucrania, la narrativa occidental de un ataque “no provocado” se ha vuelto imposible de sostener.

El pasado mes de febrero, parecía plausible, al menos desde una perspectiva superficial, describir la decisión del Presidente ruso Vladimir Putin de enviar tropas y tanques a su vecino nada menos que como un “acto de agresión no provocado”.

Putin era un loco o un megalómano que intentaba revivir la agenda imperial y expansionista de la Unión Soviética. Si no se contenía su invasión, supondría una amenaza para el resto de Europa.

La valiente y democrática Ucrania necesitaba todo el apoyo de Occidente -y un suministro casi ilimitado de armas- para resistir a este dictador sin ley.

Pero esta narrativa parece cada vez más carente de sentido, al menos si no te limitas a escuchar a los medios del establishment, que nunca han parecido tan serviles a los poderosos, tan decididos a tocar el tambor de la guerra, tan amnésicos y tan irresponsables.

Cualquiera que se distancie de los incesantes esfuerzos de los últimos 11 meses para intensificar un conflicto que está causando innumerables muertes y sufrimiento, precios de la energía por las nubes, escasez mundial de alimentos y la posibilidad de una confrontación nuclear, es acusado de traicionar a Ucrania y apoyar a Putin.

No se tolera la disidencia. Putin es Hitler, estamos en 1938, y cualquiera que pretenda rebajar la tensión no es mejor que el primer ministro británico Neville Chamberlain. Al menos eso es lo que nos han contado una y otra vez, borrando cuidadosamente el contexto que es la clave para entender lo que está pasando.

El fin de las ‘guerras eternas’

Sólo seis meses antes de que Putin invadiera Ucrania, Biden trajo de vuelta a casa al ejército estadounidense de Afganistán tras dos décadas de ocupación. Supuestamente para poner fin a las “guerras eternas” de Washington que, señaló, “han derramado mucha sangre y dinero estadounidenses”.

La promesa implícita era que el gobierno de Biden no sólo sacaría a las tropas estadounidenses de los “cenagales” de Oriente Medio, Afganistán e Irak, sino que también garantizaría que los impuestos estadounidenses dejaran de llenar los bolsillos de contratistas militares, fabricantes de armas y funcionarios extranjeros corruptos. El dinero estadounidense se gastaría en casa, resolviendo nuestros propios problemas.

Pero desde la invasión de Rusia, hemos visto cómo ocurría lo contrario. Diez meses después, parece ridículo haber imaginado que Biden nunca tuvo esa intención.

El mes pasado, el Congreso estadounidense aprobó un colosal aumento del “apoyo” esencialmente militar a Ucrania, que eleva el total oficial a unos 100.000 millones de dólares en menos de un año, sin duda con muchos otros gastos ocultos a la opinión pública. Esta cifra supera con creces el presupuesto militar anual de Rusia, de 65.000 millones de libras.

Washington y Europa han estado vertiendo armas, y cada vez más ofensivas, en Ucrania. Envalentonado, Kiev ha extendido el campo de batalla cada vez más hacia el interior del territorio ruso.

Los funcionarios estadounidenses, al igual que sus homólogos ucranianos, hablan de una guerra contra Rusia que continuará hasta que Moscú sea “derrotado” o Putin sea derrocado, y que adoptará inevitablemente la forma de una nueva “guerra eterna” idéntica a las que supuestamente acaba de renunciar Biden, salvo que tendrá lugar en Europa y no en Oriente Próximo.

Este fin de semana, en el Washington Post, Condoleezza Rice y Robert Gates, dos ex Secretarios de Estado estadounidenses, pidieron a Biden que “aumente urgentemente el suministro de armas y capacidades militares a Ucrania… Es mejor detenerlo [a Putin] ahora, antes de que exija más a Estados Unidos y a la OTAN”.

El mes pasado, el jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, advirtió de que una guerra directa entre la alianza militar occidental y Rusia era una “posibilidad real”.

Pocos días después, el Presidente ucraniano Volodymyr Zelensky fue recibido como un héroe durante una visita “sorpresa” a Washington. La vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris, y la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, desplegaron una gran bandera ucraniana detrás de su invitado, como un par de notorias animadoras, mientras se dirigía al Congreso.

Los legisladores estadounidenses saludaron a Zelensky con una ovación de tres minutos, incluso más larga que la que recibió el israelí Benjamin Netanyahu, también famoso “hombre de paz” y firme defensor de la democracia. El presidente ucraniano hizo un llamamiento a la “victoria absoluta”, utilizando las palabras del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial.

Todo ello no hizo sino subrayar el hecho de que Biden no tardó en hacer suya la guerra de Ucrania, aprovechando la “invasión no provocada” de Rusia para librar una guerra por delegación de Estados Unidos. Ucrania ha proporcionado el campo de batalla en el que Washington puede completar la labor de socavamiento iniciada durante la Guerra Fría.

Uno tiene que preguntarse, sin ser cínico, si Biden no se ha retirado de Afganistán no para centrarse finalmente en la recuperación de Estados Unidos, sino para prepararse para otra confrontación, para insuflar nueva vida al mismo viejo escenario estadounidense de dominación militar total del mundo.

Intenciones hostiles

¿Era necesario “abandonar” Afganistán para que Washington pudiera invertir su dinero en una guerra contra Rusia, sin el riesgo de que sus hijos volvieran a casa en bolsas para cadáveres?

La respuesta consensuada a la pregunta es que Biden y sus ayudantes no podían saber que Putin estaba a punto de invadir Ucrania. Fue decisión del dirigente ruso, no de Washington.

Políticos estadounidenses de alto nivel y expertos en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia -desde George Kennan hasta William Burns, actual director de la CIA de Biden, John Mearsheimer y el difunto Stephen Cohen- llevan años advirtiendo de que la expansión de la OTAN encabezada por Estados Unidos a las puertas de Rusia acabaría provocando una respuesta militar rusa.

Putin advirtió de las peligrosas consecuencias de tal expansión en 2008, cuando la OTAN anunció que Ucrania y Georgia -dos antiguos Estados soviéticos fronterizos con Rusia- proponían su ingreso en la Alianza. Putin no dejó lugar a dudas al invadir Georgia casi inmediatamente, aunque por poco tiempo.

Fue esta reacción inicial “no provocada” la que probablemente retrasó la ejecución del plan de la OTAN. Sin embargo, en junio de 2021, la Alianza reafirmó su intención de acoger a Ucrania en la OTAN. Unas semanas después, Estados Unidos firmó con Kiev sendos pactos de defensa y asociación estratégica, concediendo a Ucrania muchos de los beneficios de la integración en la OTAN sin declararla miembro formal.

Entre los dos anuncios del inminente ingreso de Ucrania en la OTAN, en 2008 y 2021, Estados Unidos no ocultó sus intenciones hostiles hacia Moscú, ni que Ucrania podría contribuir a su agresivo avance geoestratégico en la región.

En 2001, poco después de que la OTAN comenzara a expandirse hacia las fronteras rusas, Estados Unidos se retiró unilateralmente del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM) de 1972, que pretendía evitar una carrera armamentística entre los dos enemigos históricos.

Estados Unidos, que ya no estaba vinculado por el tratado, construyó emplazamientos ABM en la zona más amplia de la OTAN, en Rumanía en 2016 y en Polonia en 2022. Afirmó que se trataba de emplazamientos puramente defensivos, diseñados para interceptar misiles disparados por Irán.

Pero Moscú no podía ignorar el hecho de que estos sistemas de armamento también eran capaces de operar de forma ofensiva y que, por primera vez, podían lanzarse misiles de crucero con armamento nuclear hacia Rusia sin que ésta tuviera tiempo de interceptarlos.

Para agravar las preocupaciones de Moscú, en 2019, Trump se retiró unilateralmente del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio de 1987. Esto dio a Estados Unidos la oportunidad de lanzar un primer ataque contra Rusia, utilizando misiles estacionados en los nuevos miembros de la OTAN.

Cuando la OTAN volvió a coquetear con Ucrania en el verano de 2021, el riesgo de que Estados Unidos lanzara un ataque preventivo, con la ayuda de Kiev, contra el que Moscú no pudiera tomar represalias y que destruyera su disuasión nuclear, debió de atormentar a los responsables políticos rusos.

Las huellas dactilares de Estados Unidos

La Ucrania postsoviética estaba profundamente dividida geográfica y electoralmente sobre si mirar hacia Rusia en busca de seguridad y comercio o hacia la OTAN y la Unión Europea. Esta cuestión estuvo en el centro de unas elecciones muy reñidas. Ucrania es un país sumido en una crisis política permanente y en una profunda corrupción.

En este contexto, en 2014 se produjo un golpe de Estado/revolución que derrocó a un gobierno en Kiev que había sido elegido para preservar las buenas relaciones con Moscú. En su lugar se instaló un gobierno abiertamente antirruso. Las huellas de Washington -disfrazadas de “promoción de la democracia“- estaban por todas partes en el repentino cambio de gobierno hacia uno estrechamente alineado con los objetivos geoestratégicos de Estados Unidos en la región.

Muchas comunidades rusoparlantes de Ucrania -concentradas en el este, el sur y la península de Crimea- quedaron conmocionadas por el golpe. Ante el temor de que el nuevo gobierno de Kiev, que le era profundamente hostil, intentara poner fin a su control histórico sobre Crimea y el único puerto marítimo de aguas cálidas de Rusia, Moscú se anexionó la península.

Según un referéndum posterior, la población local apoyó abrumadoramente esta decisión. Los medios de comunicación occidentales afirmaron que el referéndum había sido fraudulento, pero las encuestas posteriores demostraron que reflejaba fielmente la voluntad del pueblo de Crimea.

Pero fue la región de Donbas, al este, la que se utilizaría como pretexto para la invasión de Rusia el pasado febrero. La guerra civil que estalló rápidamente en 2014 enfrentó a las comunidades rusoparlantes de la región con combatientes ultranacionalistas y antirrusos, en su mayoría procedentes del oeste de Ucrania, incluidos neonazis descarados. Varios miles de personas murieron durante los ocho años de lucha.

Mientras Alemania y Francia negociaban los llamados Acuerdos de Minsk, con ayuda de Rusia, para poner fin a la masacre del Donbas prometiendo a la región una mayor autonomía, Washington alentaba el derramamiento de sangre.

Washington vertió enormes cantidades de dinero y armas en Ucrania. Entrenó a las fuerzas ultranacionalistas ucranianas y trató de integrar al ejército ucraniano en la OTAN mediante lo que denominó “interoperabilidad”. En julio de 2021, en plena escalada de tensiones, Estados Unidos organizó un ejercicio naval conjunto con Ucrania en el Mar Negro, la operación Sea Breeze, en el que Rusia realizó disparos de advertencia contra un destructor de la armada británica que había entrado en aguas territoriales de Crimea.

En el invierno de 2021, como señaló el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, Moscú había “alcanzado el punto de ebullición”. Las tropas rusas se concentraron en la frontera de Ucrania, enviando una señal de que las provocaciones orquestadas por Estados Unidos en Ucrania estaban empezando a ir demasiado lejos.

Zelensky, que parecía incapaz de controlar a los elementos de extrema derecha de su propio ejército, hizo exactamente lo contrario de lo que prometió hacer si era elegido, es decir, la paz en el Donbas.

Las fuerzas ultranacionalistas ucranianas intensificaron el bombardeo del Donbas en las semanas previas a la invasión.

Al mismo tiempo, Zelensky suspendió los medios de comunicación críticos, prohibió los partidos políticos de la oposición y exigió que los medios ucranianos aplicaran una “política de información unificada”. A medida que aumentaban las tensiones, el presidente ucraniano amenazó con desarrollar armas nucleares y tratar de acelerar su ingreso en la OTAN, lo que implicaría aún más a Occidente en la masacre del Donbas y lo pondría en riesgo de enfrentamiento directo con Rusia.

Apagar las luces

Fue entonces, tras 14 años de injerencias estadounidenses en las fronteras rusas, cuando “sin ser provocado lo más mínimo”, Moscú envió a sus soldados al Donbas.

El objetivo inicial de Putin, digan lo que digan los medios occidentales, parecía consistir en hacer lo menos posible, dado que Rusia estaba lanzando una invasión ilegal. Desde el principio, Rusia podría haber llevado a cabo sus actuales y devastadores ataques contra la infraestructura civil de Ucrania, cortando las vías de comunicación y apagando las luces en gran parte del país.

Pero Rusia parece haber evitado deliberadamente embarcarse en una campaña de conmoción y pavor al estilo estadounidense.

En su lugar, se centró primero en una demostración de fuerza. Moscú parece haber supuesto, erróneamente, que Zelensky reconocería que Kiev había exagerado, que se daría cuenta de que Estados Unidos -a miles de kilómetros de distancia- no podía proporcionar seguridad, y que se vería obligado a desarmar a los ultranacionalistas que llevan ocho años atacando a las comunidades rusas del este.

No fue así como ocurrió. Desde el punto de vista de Moscú, el error de Putin no fue lanzar una guerra no provocada contra Ucrania, sino retrasar demasiado su invasión. La “interoperabilidad” militar de Ucrania con la OTAN estaba mucho más avanzada de lo que creían los planificadores rusos.

En una entrevista reciente, la ex canciller alemana Angela Merkel, que supervisó las negociaciones de Minsk para poner fin a la masacre de Donbas, pareció hacerse eco -aunque inadvertidamente- de esta opinión: las conversaciones eran una tapadera mientras la OTAN preparaba a Ucrania para la guerra con Rusia.

En lugar de una victoria rápida y nuevos acuerdos de seguridad regional, Rusia está ahora inmersa en una larga guerra por poderes contra Estados Unidos y la OTAN, con los ucranianos utilizados como carne de cañón. Los combates y las muertes podrían prolongarse indefinidamente.

El futuro se presenta sombrío

Con Occidente decidido a no hacer las paces y a enviar armas tan rápido como puede fabricarlas, el futuro se presenta sombrío: o habrá una nueva y sangrienta división territorial de Ucrania en bloques prorrusos y antirrusos por la fuerza de las armas, o una escalada hacia la confrontación nuclear.

De no haber sido por la incesante intervención de Estados Unidos, hace tiempo que Ucrania se habría visto obligada a llegar a un acuerdo con su vecino, mucho más grande y fuerte, al igual que México y Canadá tuvieron que hacerlo con Estados Unidos. Se habría evitado la invasión. Hoy, el destino de Ucrania ya no está en sus manos. Se ha convertido en un peón en el tablero de ajedrez de las superpotencias.

Lo importante para Washington no es Ucrania, sino destruir la fuerza militar de Rusia y aislarla de China, aparentemente el próximo objetivo en la mira de Estados Unidos para la dominación global total.

Mientras tanto, Washington ha logrado un objetivo más amplio, al echar por tierra cualquier esperanza de compromiso en materia de seguridad entre Europa y Rusia, al reforzar la dependencia europea de Estados Unidos, tanto militar como económica, y al empujar a Europa a unirse a sus nuevas “guerras eternas” contra Rusia y China.

Se gastará mucho más dinero y se derramará más sangre. No habrá ganadores, salvo los halcones neoconservadores de la política exterior que dominan Washington y los grupos de presión de la industria bélica que se benefician de las interminables aventuras militares de Occidente.

Jonathan Cook https://www.middleeasteye.net/opinion/russia-ukraine-us-invasion-paved-how

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Memoria Histórica

¿Quién tuvo interés en desnuclearizar Ucrania tras la caída de la URSS?

Las recientes declaraciones de antiguos funcionarios rusos del entorno del Presidente Boris Yeltsin refutan la narrativa propagandística occidental de que Ucrania se desnuclearizó a cambio de garantías de seguridad.

En Ucrania el ejército soviético había desplegado misiles balísticos intercontinentales fijos y móviles, así como misiles nucleares de corto y medio alcance o municiones de artillería nuclear. En 1991, con la separación de Ucrania de la antigua URSS y su declaración de independencia, el mundo se enfrentó de repente a una nueva potencia nuclear, que resultó ser la tercera del mundo.

El Presidente ruso Boris Yeltsin no estaba en absoluto interesado en Ucrania porque Rusia estaba, en aquel momento, muy sedienta de dinero. Se alegró de no tener ya tantos misiles que desmantelar y destruir en virtud del Tratado sobre Misiles de Corto y Medio Alcance de 1987 y del Tratado Start.

Pero George Bush tuvo un ataque de nervios porque Ucrania no renunciaba a sus armas nucleares. Sugirió que Estados Unidos firmara primero tratados de reducción nuclear con Ucrania, como había hecho con la URSS, ahora Rusia. Kiev también ha reclamado el sexto asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, con derecho a veto. Ante esta situación, Estados Unidos tuvo que pedir ayuda a Yeltsin.

Los generales rusos enviaron al Pentágono detalles de las especificaciones de las cabezas nucleares rusas que mostraban que caducarían en los próximos 7 años. Estados Unidos y Rusia unieron sus fuerzas para impedir que Ucrania obtuviera recambios para el material radiactivo de las cabezas nucleares.

Finalmente, en 1994 Ucrania cedió a la presión estadounidense y aceptó el Memorándum de Budapest, redactado en Washington, sin previo aviso a Rusia. El acuerdo estaba garantizado por Rusia, Ucrania, Estados Unidos y Reino Unido. La razón aducida por Kiev para renunciar a las armas nucleares fue la falta de capacidad para mantenerlas.

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Memoria Histórica

Una advertencia a Stalin y un ultimátum a Europa: el bombardeo de Dresde en 1945

Las televisiones se inundan de reportajes sobre los bombardeos rusos contra las ciudades ucranianas, e incuso contra la población civil. Lo mismo dijeron en Alepo, en Siria, durante los ataques contra las madrigueras yihadistas. Sin embargo, apenas pueden mostrar cadáveres, lo que no deja de resultar sorprendente. En efecto, Rusia ha llevado ataques devastadores contra instalaciones militares ucranianas y nudos de comunicaciones, pero el número de bajas es muy reducido. Son ataques quirúrgicos.

La táctica rusa es totalmente opuesta a los bombardeos estadounidenses en cualquier otra guerra, como en Indochina, donde masacraron indiscriminadamente a la población civil vietnamita y camboyana. Son prácticas adquiridas por estadounidenses y británicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial por una razón muy evidente: porque no se trataba de derrotar a la Wehrmacht sino de intimidar a la URSS.

En febrero de 1945 la aviación angloamericana destruyó la antigua ciudad alemana de Dresde en tres días de ataques devastadores. La llamaron Operación Rayo y era un anticipo de lo que luego ocurriría en Hiroshima y Nagasaki, aunque en versión convencional.

Dresde era una ciudad del tamaño de otras en Alemania, aunque no contaba con industria pesada. Era una de las capitales culturales de Alemania, famosa por sus monumentos arquitectónicos, museos y teatros. Desde el punto de vista militar era irrelevante, lo mismo que Hiroshima y Nagasaki.

Prueba de ello es que los aliados nunca la habían bombardeado, excepto en una incursión el 7 de octubre de 1944, cuando unas 30 fortalezas volantes estadounidenses atacaron la zona industrial de la ciudad, un objetivo alternativo en el ataque a una fábrica en Ruhland. En aquel bombardeo murieron 435 personas, en su mayoría trabajadores, entre ellos franceses y belgas empleados en las pequeñas fábricas Zeidel-Naumann y Hartwig-Vogel. También hubo muchas bajas entre los prisioneros de guerra aliados que trabajaban en la estación de clasificación.

Una ciudad indefensa, un bombardeo cobarde

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial se instalaron en la capital sajona numerosas baterías antiaéreas pesadas, pero como no la bombardeaban, la gran mayoría de los cañones se trasladaron al Ruhr y al frente oriental, frente al Ejército Rojo.

Muchos de ellos eran cañones antiaéreos soviéticos de 85 milímetros de un modelo de 1939, que habían sido perforados para adaptarse al calibre alemán de 88 milímetros. A mediados de enero de 1945, de los cañones antiaéreos de Dresde sólo quedaban las plataformas de hormigón. La total indefensión de la metrópoli fue un argumento importante en la elección del objetivo a bombardear. Fue un ataque cobarde.

El 2 de febrero de 1945, Hitler ordenó que los aviones de combate de la Luftwaffe sólo atacaran contra objetivos terrestres en el frente oriental, donde las unidades del Ejército Rojo habían tomado cabezas de puente en la orilla occidental del Oder, o contra concentraciones de tropas en al orilla oriental.

Los comandantes británicos y estadounidenses habían planeado de antemano atacar Dresde masacrando a civiles. Se decidió dar a la ciudad el tratamiento que habían dado a Hamburgo en 1943: primero volar tejados y ventanas con bombas explosivas, y luego bombardear bloques, incendiando casas y provocando remolinos de llamas ardientes y resplandecientes a través de tejados y ventanas rotos hasta engullir vigas, muebles, suelos, alfombras, cortinas. Entonces, de nuevo, utilizar bombas de alto poder explosivo para ampliar la zona del incendio y ahuyentar a los bomberos.

“Cuando llegamos a la zona objetivo al final de la incursión, era obvio que la ciudad estaba condenada”, recordó el piloto del Lancaster del Grupo Aéreo 3, que había sido dañado por el fuego antiaéreo y se retrasó. Debía acercarse a Dresde cinco minutos antes del final del ataque, pero llevaba diez minutos de retraso. Probablemente fue el último bombardero que sobrevoló la capital sajona (*).

“Por lo que pude ver, un mar de fuego cubría un área de unas 40 millas cuadradas. De este horno surgía un calor que se podía sentir en la cabina de mi avión. El cielo resplandecía con tonos rojos y blancos brillantes, y la luz del interior del avión era la de un oscuro atardecer de otoño. Estábamos tan horrorizados ante la visión de las monstruosas llamas que volamos solos sobre la ciudad durante mucho tiempo después. Completamente abrumados, imaginando lo que estaba ocurriendo abajo, dimos media vuelta. La luz cegadora de este holocausto era visible desde 30 millas de distancia”.

En la mañana del 14 de febrero Dresde fue atacada por más de 1.300 bombarderos estadounidenses B-17 Flying Fortress y B-24 Liberator. Lanzaron sobre Dresde un total de 1.477,7 toneladas de bombas explosivas, incluidas 529 bombas de fragmentación de 1.800 kilos y una bomba de fragmentación de 3.600 kilos, y 1.181,6 toneladas de bombas incendiarias. En incursiones de distracción, 109 cazabombarderos atacaron Magdeburgo, Bonn, Dortmund, Miesburgo y Nuremberg sin pérdidas. Varias docenas de Fortalezas Volantes se perdieron y alcanzaron Praga por error.

Más de 40.000 civiles murieron en la ciudad, de los cuales 28.736 fueron enterrados en el cementerio de Heidelfriedhof. Se destruyeron monumentos arquitectónicos de valor incalculable. Entre ellos, tres palacios, el antiguo ayuntamiento, el Zwinger construido por Semper, la nueva pinacoteca, cuatro museos y la casa de la iglesia. La mundialmente famosa galería de arte de las Bóvedas Verdes, la obra maestra arquitectónica de Schinkel, el Albertinum -con su valiosísima colección de esculturas- y la Academia de las Artes también fueron pasto de las llamas.

El Ejército Rojo estaba a las puertas de Dresde

El 15 de febrero los dirigentes políticos militares de los aliados recibieron el siguiente mensaje procedente de Moscú: “Tres compañías de tanques al mando del mariscal Konev han realizado un profundo avance hacia Dresde y han hecho retroceder ante ellos a entre 10 y 16 divisiones alemanas derrotadas. El número de prisioneros aumenta cada hora, ya que las formaciones alemanas, debido a su agotamiento, ya no son capaces de replegarse y, por otra parte, la falta de combustible paraliza las columnas de transporte. Esta tarde nuestras columnas de tanques estaban a 80 kilómetros de Dresde”.

Los tanques soviéticos podrían entrar en Dresde en las próximas horas y se hubieran ahorrado 40.000 vidas.

Los británicos afirmarían más tarde que Stalin les había pedido en la conferencia de Yalta que bombardearan Dresde. Era mentira. Ni Stalin ni ningún otro comandante del Ejército Rojo hizo ninguna petición en tal sentido a los aliados.

Los estadounidenses, por su parte, intentaron justificarse diciendo que querían ayudar a la ofensiva del Ejército Rojo destruyendo el nudo ferroviario de Dresde. Pero los ferrocarriles y las estaciones de la ciudad apenas sufrieron daños.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los políticos estadounidenses y británicos cambiaron el discurso. Querían culpar de la barbarie a la Unión Soviética. El 11 de febrero de 1953 el Departamento de Estado estadounidense emitió un comunicado en el que afirmaba que “el devastador bombardeo de Dresde se llevó a cabo en respuesta a una petición soviética de mayor apoyo aéreo y había sido acordado previamente con los dirigentes soviéticos”.

En febrero de 1955, cuando se cumplió el décimo aniversario del bombardeo, el periódico británico Manchester Guardian recordó que las incursiones fueron una operación “llevada a cabo por aviones británicos y estadounidenses en respuesta a una petición urgente soviética de atacar este importante centro de comunicaciones”.

Cometer un crimen de guerra para intimidar a Stalin

Churchill propuso la Operación Rayo a las fuerzas aéreas en la Conferencia de Crimea, celebrada del 4 al 11 de febrero de 1945. Quería intimidar a Stalin destruyendo una gran ciudad alemana. El mal tiempo retrasó el bombardeo y la destrucción de Dresde tuvo lugar una vez finalizada la cumbre de Yalta.

Los aliados occidentales siempre excusaron sus bárbaros bombardeos con el pretexto de la ayuda al Ejército Rojo. Por ejemplo, el 3 de febrero de 1945, Berlín sufrió el mayor ataque aéreo de la guerra. Ese día, 937 bombarderos estadounidenses B-17 y B-24, escoltados por 613 cazas, aparecieron en el cielo densamente nublado sobre la capital del III Reich. Durante 53 minutos, lanzaron 2.267 toneladas de bombas sobre los distritos de Tempelhof, Schöneberg y Kreuzberg. Durante esta operación fueron derribados 36 bombarderos y 9 cazas.

Fue la primera incursión aérea diurna estadounidense en zonas residenciales de Berlín, siguiendo el espíritu de las incursiones nocturnas británicas. Cuatro kilómetros cuadrados de la zona quedaron completamente destruidos y unas 23.000 personas murieron.

Los mandos estadounidenses comunicaron a sus pilotos antes del vuelo que el 3 de febrero el 6 Ejército Panzer de las SS pasaba por Berlín en su camino desde las Ardenas hacia el frente oriental y que debían ayudar a los soviéticos. Era otra mentira. El 6 Ejército Panzer de las Ardenas se había trasladado al lago Balaton, en Hungría, y no estaba ni a 100 kilómetros de Berlín. Sin embargo, la mentira se repitió incluso después de la guerra.

En cambio, cuando los comandantes soviéticos pidieron bombardear los barcos y puertos alemanes en las costas del Báltico y Prusia Oriental, Londres y Washington se negaron.

El bombardeo de Dresde, Berlín y algunas otras ciudades alemanas no tuvo ninguna importancia militar, lo mismo que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Los interrogatorios realizados por oficiales estadounidenses y británicos a los soldados de la Wehrmacht capturados en la primavera de 1945 dan testimonio elocuente de ello.

Las incursiones aéreas en Dresde y otras ciudades alemanas pretendían chantajear al gobierno y al pueblo soviéticos. Estados Unidos también planeaba arrasar Alemania, Francia e Italia para convertirlos en países clientelares después de la guerra. Es la política del palo y la zanahoria. Por un lado, destruyen cientos de ciudades en Alemania, Francia, Italia, Austria, Yugoslavia y otros países, y por otro, prometen el Plan Marshall: 13.000 millones de dólares de la época.

(*) https://svpressa.ru/post/article/359968/

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Rusia siempre ha salido fortalecida de los ataques de Occidente

Rusia siempre ha salido fortalecida de los ataques de Occidente, asegura el columnista Bercan Tutar en la edición turca de Sabah (*), que cuenta al menos cinco intentos de agresion a Rusia por parte de Estados occidentales en los últimos 300 años.

En cada una de las ocasiones no sólo ha logrado repeler los ataques, sino que se ha hecho más fuerte.

El primer ataque de Occidente contra Rusia fue la campaña de Napoleón de 1812. La fascinación de los rusos por la cultura francesa tras la revolución de 1789 quedó reducida a la nada. Los sentimientos antioccidentales empezaron a prevalecer en la sociedad rusa.

Tras la revolución de 1917, la llamada “guerra civil” fue el segundo intento de ofensiva occidental contra Rusia. La Guardia Blanca, con ayuda occidental, intentó reprimir el levantamiento obrero y campesino, pero fracasó. Como resultado, nació la URSS, que durante muchos años se convirtió en el principal oponente ideológico de Occidente.

La Segunda Guerra Mundial (“Gran Guerra Patriótica” para los soviéticos) y la Guerra Fría fueron el tercer y cuarto intento de avasallar a Rusia. El último ataque occidental a Rusia, en opinión de Tutar, es el Golpe de Estado fascista de 2014 en Kiev. Como resultado, Rusia ha desatado una guerra que está sacudiendo la estabilidad mundial de las grandes potencias occidentales.

Tutar recuerda que tras cada ataque de Occidente, Rusia actuaba con una nueva identidad política y se hacía más fuerte. Ahora, mientras Estados Unidos, a través del gobierno de Kiev, intenta derrotar a Rusia en el campo de batalla, los rusos recurren a los países que están fuera de la órbita occidental para socavar los cimientos de la hegemonía estadounidense.

A finales del siglo pasado se podía concluir el balance del segundo milenio se resume en lo siguente: los mayores errores del milenio fueron todas las campañas militares contra Rusia.

(*) https://topcor.ru/31070-tureckie-smi-posle-kazhdogo-napadenija-zapada-rossija-stanovitsja-tolko-silnee.html

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Memoria Histórica

Hollande confirma que los Acuerdos de Minsk fueron una tomadura de pelo

El antiguo presidente francés, François Hollande, se ha alineado con Poroshenko y Merkel para confirmar que los Acuerdos Minsk fueron una tomadura de pelo, sobre todo para la población del Donbas.

En una entrevista a Die Zeit, el 7 de diciembre Merkel afirmó que los Acuerdos habían sido “un intento de dar tiempo a Ucrania” para reforzarse militarmente de cara a un futuro enfrentamiento con Moscú.

Ahora Hollande dice lo mismo al Kyiv Independent: “Mientras Vladimir Putin avanzaba en el Donbas utilizando a los separatistas prorrusos […] le llevamos a aceptar el formato de Normandía y a venir a Minsk para negociar” (*).

Es un lenguaje repugnante. Hace ocho años ni había “prorrusos” ni tampoco “separatistas”, que son una creación del gobierno nazi ucraniano, con sus brutales agresiones a la población civil del Donbas.

Oficialmente los Acuerdos, firmados el 5 de septiembre de 2014, se celebraron con el objetivo declarado de restablecer la paz entre Kiev y las repúblicas del Donbas. Durante ocho años los bombardeos del gobierno ucraniano han dejado casi 15.000 muertos civiles.

A la pregunta de si las negociaciones de Minsk pretendían retrasar los avances rusos en Ucrania, Hollande responde afirmativamente: “Sí, Angela Merkel tiene razón en este punto. Los acuerdos de Minsk detuvieron la ofensiva rusa durante un tiempo. Lo importante era saber cómo aprovecharía Occidente este respiro para impedir nuevos intentos rusos”.

Por supuesto, en 2014 no hubo ningún “avance ruso”. Es otro invento cínico de Hollande.

La OTAN y Kiev aprovecharon bien el respiro de ocho años: “Desde 2014 Ucrania ha reforzado sus capacidades militares. De hecho, el ejército ucraniano es completamente diferente al de 2014. Está mejor formada y mejor equipada. El mérito de los acuerdos de Minsk es haber dado al ejército ucraniano esa oportunidad”.

Los Acuerdos también impidieron “la expansión de la zona controlada por los separatistas. En el invierno de 2015 los separatistas estaban a las puertas de Mariupol y acababan de ganar dos batallas decisivas, retomando el aeropuerto de Donetsk y la ciudad de Debaltsevo”, añade Hollande.

Curiosamente, Hollande considera necesaria una solución permanente para la paz en Ucrania y, en otro ejercicio de cinismo, afirma que «los acuerdos de Minsk pueden resucitarse para establecer un marco jurídico ya aceptado por todas las partes”.

Hollande también lamenta las divisiones en el seno de la Unión Europea y la ambigüedad alemana, que se “niega a cuestionar el gasoducto Nord Stream 2”. Se declara hoy partidario de imponer sanciones máximas a Rusia y recuerda que él mismo anuló la venta de buques Mistral a Rusia en 2014.

A comienzos de mes las declaraciones de Merkel provocaron la reacción de Putin dos días después. “La confianza es casi inexistente, pero después de tales declaraciones se plantea una cuestión de confianza: ¿cómo negociar, sobre qué, y si es posible negociar con alguien, cuáles son las garantías?”, se preguntó con plena razón el dirigente ruso.

“Aún esperaba que las demás partes implicadas en este proceso fueran sinceras con nosotros. Resulta que también nos engañaban a nosotros. Sólo se trataba de reforzar a Ucrania con armas, preparándola para las hostilidades”, añadió Putin. A la vista de la experiencia, Moscú “tal vez debería haber lanzado antes su operación militar en Ucrania”.

(*) https://kyivindependent.com/national/hollande-there-will-only-be-a-way-out-of-the-conflict-when-russia-fails-on-the-ground

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Memoria Histórica

La CIA participó en el asesinato de Kennedy según los últimos archivos desclasificados

Los Archivos Nacionales de Estados Unidos hicieron públicos el jueves 15 de diciembre más de 13.000 documentos relacionados con el asesinato de en 1963. La Casa Blanca ha vuelto a bloquear la liberación de otros miles, como ya ocurrió en 2017. Sin embargo, uno de los presentadores de la cadena Fox, Tucker Carlson, ha entrevistado a una fuente que ha tenido acceso a los documentos que permanecen ocultos, quien habría confirmado que, en efecto, la CIA estuvo implicada en el magnicidio.

Ahora el 97 por cien de los aproximadamente cinco millones de páginas del expediente del asesinato de Kennedy están abiertas. Pero al igual que en 2017, cuando también se desclasificaron archivos, parte de ellos se han mantenido confidenciales. En un memorándum Biden ha indicado que un número limitado de documentos no podía hacerse público. Es necesario para evitar daños a la defensa militar, las operaciones de inteligencia, la aplicación de la ley y la política exterior.

Los esfuerzos para mantener la confidencialidad siguen llegando de la CIA y del FBI.

Carlson recuerda los diversos elementos del caso, señalando que el asesinato de Kennedy fue una secuencia de acontecimientos extraordinaria. Un pistolero solitario asesina al Presidente, y luego, menos de 48 horas después, ese mismo pistolero solitario es asesinado a su vez por otro pistolero solitario. ¿Qué probabilidades hay de que eso ocurra?

La explicación oficial del gobierno, a través de la Comisión Warren, una comisión “turbia y corrupta” según Carlson, no era plausible. Un año después del asesinato de Kennedy, la Casa Blanca, bajo la presidencia de Lyndon B. Johnson, hizo público el informe oficial de la Comisión Warren: tanto Lee Oswald, el asesino de Kennedy, como Jack Ruby, el asesino de Oswald, actuaron por su cuenta. Nadie les ayudó. No hubo conspiración de ningún tipo. Caso cerrado.

Fue en aquella época cuando los estadounidenses que dudaban de la versión oficial empezaron a plantearse preguntas. Entonces apareció el término “teoría de la conspiración” que hasta entonces no existía en la terminología anglosajona. En 1964, el año en que la Comisión Warren emitió su informe, el New York Times publicó cinco artículos en los que aparecía la expresión “teoría de la conspiración”. Son estas mismas expresiones las que hoy se utilizan contra quienes hacen preguntas que los portavoces oficiales no quieren responder.

El siquiatra Louis Joylon West declaró “demente” al segundo pistolero solitario. Pero los que le conocían a Ruby sabian que era mentira. El siquiatra trabajaba para la CIA y fue una pieza clave en el programa Mk-Ultra, en el que la CIA suministraba potentes fármacos siquiátricos a los estadounidenses sin su conocimiento.

El New York Times nunca mencionó que el siquiatra trabajaba para la CIA, y mucho menos su estancia en la celda de Ruby.

En 1976 la Cámara de Representantes concluyó que Kennedy fue asesinado “casi con toda seguridad” como resultado de un complot, aunque no mencionaba a los miembros de la conspiración. Obviamente se trataba de la CIA, por lo que es lógico que intente mantener la confidencialidad de los documentos, a pesar de que han transcurrido 60 años.

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Memoria Histórica

Los planes de Estados Unidos para desestabilizar Ucrania datan de la época soviética

Las operaciones estadounidenses para desestabilizar Ucrania y distanciarla de Moscú comenzaron en las primeras fases de la Guerra Fría, al menos en la fase de planificación. Según los estadounidenses, un levantamiento antisoviético habría contado con un amplio apoyo en diferentes partes de la República Socialista Soviética de Ucrania, y la línea “a favor” y “en contra” de Moscú habría seguido aproximadamente la frontera que ahora separa las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk y Crimea del resto de Ucrania.

Es lo que se desprende de un estudio titulado “Factores de resistencia y áreas de operaciones de las Fuerzas Especiales en Ucrania – 1957”, encargado por el ejército estadounidense al Proyecto de Investigación de la Universidad de Georgetown. El estudio recuerda en sus temas y enfoque analítico a los surgidos tras la caída de la URSS y el Pacto de Varsovia, en los que se evaluaban las posibilidades de infiltración de agentes e instigación de levantamientos en los países europeos miembros de la OTAN.

La CIA desclasificó este estudio en 2014 (el año en que el Golpe de Estado condujo al derrocamiento del gobierno de Kiev, afín a Moscú), que fue citado en detalle por la BBC en un artículo de 2017 rastreable hoy en su versión rusa.

Bajo la presidencia de Truman, Estados Unidos afrontó la Guerra Fría aplicando una política de “convertir” a los enemigos derrotados (Alemania y Japón) en amigos y a los aliados de la Segunda Guerra Mundial (la URSS) en enemigos.

En respuesta a la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS por el Eje, fue el mismo Truman, senador en 1941, quien declaró que “si veíamos que Alemania ganaba, debíamos apoyar a Rusia, pero si Rusia estaba cerca de la victoria, debíamos ayudar a Alemania y, de ese modo, dejarlos que se maten todo lo posible”.

La CIA, creada por el propio Truman en 1947, se convirtió en el principal instrumento de las operaciones clandestinas que caracterizaron la política exterior de Washington.

El estudio de 1957 dividía Ucrania en 12 zonas delimitadas en función de la lealtad a la URSS o del apoyo a un posible levantamiento contra el gobierno soviético, teniendo en cuenta el hecho de que desde 1945 hasta mediados de la década de 1950, las organizaciones de resistencia antisoviética permanecieron activas, tanto en Ucrania como en las repúblicas bálticas anexionadas a la URSS. El informe recordaba que sólo se registró una bolsa de resistencia activa después de 1955, en la región de los Cárpatos.

La parte occidental de Ucrania -en particular las regiones de Volyn y Lutsk, que incluyen ciudades como Kovel, Lutsk, Kostopol y Vladimirovets- fue considerada por los analistas estadounidenses la zona más prometedora para lanzar una insurgencia e infiltrar fuerzas especiales.

El informe atribuía los sentimientos antisoviéticos principalmente a Galitzia (Lvov, Ternopil e Ivano-Frankovsk), en la zona que comprende las regiones de Kiev, Cherkasy, Zhytomyr y Jmelnytsk, donde la población local podría proporcionar “un apoyo significativo a las fuerzas especiales estadounidenses”, ya que en esta zona hubo un fuerte movimiento ucraniano en 1917-1921 y una fuerte resistencia armada durante la colectivización.

Las zonas de Ucrania fronterizas con Hungría y Rumanía también parecían interesantes para la infiltración de fuerzas especiales. Según datos estadounidenses, en Transcarpacia, las formaciones de la resistencia antisoviética ucraniana operaron después de la Segunda Guerra Mundial al norte de Uzhgorod y en las zonas montañosas. Una situación similar se dio en la región de Chernovtsyi, donde los rebeldes ucranianos actuaban en las zonas montañosas.

En cambio, Crimea y Donbass se definieron como “poco prometedoras” porque la mayoría de la población local era progubernamental y, de hecho, se consideraba rusa en lugar de ucraniana (zonas I y II).

El conflicto entre las zonas III-XII y las zonas I-II se describe en el informe de 1957 como “muy probable” y potencialmente “factible”, lo que indica la posibilidad de una creciente oposición dentro de la URSS en preparación de su colapso. En el mismo informe, la CIA estimaba que las Zonas 3, 4 y 5 (Odesa, Jarkov, Zaporiya) también se pondrían del lado del Donbas si estallaba un conflicto de ese tipo.

Por lo tanto, es interesante analizar la cartografía de Ucrania creada por la CIA en 1957 en el contexto de la idea de desplegar unidades de fuerzas especiales estadounidenses en apoyo de la insurgencia. Unos 60 años después, existen varias similitudes con la situación actual.

Desde las regiones decididamente prorrusas de Donbas hasta las regiones “tendencialmente” prorrusas de Odesa, Jarkov, Zaporiya (y Jerson), pasando por las regiones del centro-oeste habitados por una población que ahora es mayoritariamente hostil a Moscú como lo fue durante la Guerra Fría hacia la URSS.

Tras analizar la geografía, el sentimiento de la población y los objetivos estratégicos para el sabotaje, el informe destacaba cinco zonas en las que las fuerzas especiales podrían llevar a cabo ataques eficaces, principalmente en las regiones septentrional y occidental, pero también a lo largo de la costa meridional de Crimea, una zona rica en objetivos militares e infraestructuras en la que, según el informe, las fuerzas especiales estadounidenses contarían con el apoyo de los tártaros de Crimea, considerados antisoviéticos.

En este contexto, la región económica más importante, el Donbas, fue descrita como totalmente inadecuada debido a la falta de lugares donde esconderse, la alta densidad de población y “un gran número de rusos y ucranianos”.

El informe no contiene ninguna indicación sobre cuándo o en qué condiciones podrían haberse desencadenado las operaciones de las fuerzas especiales estadounidenses en la Ucrania soviética, sino que aparece principalmente como una contribución analítica a la planificación de operaciones que se implementarían rápidamente en caso de conflicto y confirma cómo, ya en los primeros años de la Guerra Fría, Ucrania era vista por Estados Unidos como la “bisagra” que unía a Rusia con Europa, en la que destacar y prepararse para golpear los puntos débiles de Moscú.

En 1997, cuarenta años después del estudio encargado por el ejército estadounidense, Zbigniew Brzezinski, politólogo estadounidense de origen polaco que fue asesor de seguridad nacional del Presidente Jimmy Carter, teorizó en su libro “El Gran Tablero de Ajedrez” que sin el control de Ucrania, Rusia perdería su papel de poder en Europa.

Gianandrea Gaian https://www.analisidifesa.it/2022/12/gli-stati-uniti-valutavano-di-infiltrare-incursori-e-destabilizzare-lucraina-gia-nel-1957/

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Memoria Histórica

Merkel confiesa que los Acuerdos de Minsk permitieron a Ucrania prepararse militarmente

La antigua canciller alemana Angela Merkel ha confesado que firmó los Acuerdos de Minsk para dar tiempo a que el gobierno ucraniano se preparata militarmente frente a Rusia. “El acuerdo de Minsk de 2014 fue un intento de dar tiempo a Ucrania. También aprovechó este tiempo para fortalecerse, como puede verse hoy. La Ucrania de 2014-2015 no es la Ucrania moderna”, declaró al periódico alemán Die Zeit.

Según ella, “todo el mundo tenía claro” que el conflicto estaba congelado y que el problema no estaba resuelto. “Pero esto es lo que dio a Ucrania un tiempo precioso”. También se pregunta si, entonces, los países de la OTAN hubieran apoyado a Kiev tanto como lo hacen hoy.

Merkel era canciller de Alemania cuando la Estados Unidos dio un Golpe de Estado fascista en 2014 en Ucrania y se inició una guerra civil. La canciller alemana no sólo firmó los Acuerdos sino que se comprometió a garantizar su vigencia. Todo fue una estratagema, reconoce ahora.

El 22 de febrero Putin declaró que los Acuerdos de Minsk habían dejado de existir tras el reconocimiento de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, pero que no era culpa de Rusia. Según él, los Acuerdos habían sido anulados por el gobierno de Kiev mucho antes del reconocimiento de las Repúblicas Populares del Donbas.

Durante varios años la OTAN estuvo preparando al ejército ucraniano para una guerra con Rusia al amparo de los Acuerdos de Minsk. La terminación aparente de las hostilidades en el Donbas permitió pasar de una guerra civil a otra internacional.

El gobierno fascista de Kiev aceptó los Acuerdos de Minsk bajo la presión de Occidente, sabiendo perfectamente que nunca se respetarían. Hace unos meses Petro Poroshenko, que asumió la Presidencia de Ucrania tras el Golpe de Estado de 2014, dijo exactamente lo mismo que Merkel. Necesitaban ganar tiempo.

La firma de ambos, tanto la de Merkel como la de Poroshenko, aparece en los Acuerdos. “Nuestro objetivo era, en primer lugar, poner fin a la amenaza o al menos retrasar la guerra: dar ocho años para restablecer el crecimiento económico y crear unas fuerzas armadas fuertes”, comentó Poroshenko.

Las potencias occidentales intentaron convencer a Moscú de que la situación podía resolverse diplomáticamente. Los años de relativa tregua se emplearon en rearmar y reentrenar al ejército ucraniano para un ataque a Rusia.

La invitación a Ucrania para ingresar en la OTAN fue una provocación. Estados Unidos, Alemania, Francia y Ucrania sabían que era una declaración de guerra contra Rusia.

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Memoria Histórica

El espía misericordioso que informaba a los soviéticos sobre los ataques atómicos

En 1950 un físico estadounidense, Theodore A. Hall, informó a la URSS de un traicionero ataque furtivo de Estados Unidos con bombas nucleares, evitando el estallido de una nueva guerra mundial. Así lo asegura una nueva película documental, titulada “Un espía misericordioso” (A Compassionate Spy), que cuenta la biografía de Hall, un genio de la física que a los 17 años fue seleccionado para ayudar a fabricar la primera bomba atómica.

Ted Hall

Tras licenciarse en la Universidad Harvard, Hall fue el físico más joven en trabajar en las primeras bombas atómicas elaboradas en Los Álamos, Nuevo México. Intervino en la fabricación de la bomba de plutonio utilizada en la prueba Trinity del 16 de julio de 1945, un mes antes de que matara a decenas de miles de civiles en Nagasaki.

Entre los bombardeos de Hiroshima, el 6 de agosto, y Nagasaki, el 9 de agosto, murieron alrededor de 200.000 civiles, y un número similar falleció en los meses posteriores a causa de la radiación.

El documental afirma que Hall compartió sus conocimientos con los soviéticos para evitar que en la posguerra Estados Unidos se encaminara hacia el fascismo y la dominación mundial, embriagado por el monopolio nuclear. Lo pronosticó correctamente porque en 1946 los especuladores de Wall Street y los industriales del armamento habían convencido a Truman, como muestra la película, para fabricar 400 bombas atómicas más para atacar a la Unión Soviética en 1950, matar a millones de sus habitantes y apoderarse de sus enormes tierras y recursos naturales.

Nueve meses después de empezar a trabajar en la bomba, en octubre de 1944, a Hall le permitieron celebrar su 19 cumpleaños en Nueva York. Fue allí donde hizo su primer contacto con un soviético, Serguei Kurnakov, que era escritor y miembro encubierto de los servicios de inteligencia. Hall entregó a los soviéticos planos detallados de la bomba de plutonio, utilizando a veces como correo a su amigo Saville Sax, con quien compartía habitación en Harvard.

La información de Hall corroboró lo que los soviéticos recibían independientemente del científico Klaus Fuchs. Los científicos soviéticos llegaron a hacer una copia virtual de la bomba de Nagasaki, que era la especialidad de Hall.

Los soviéticos hicieron explotar una bomba de prueba el 29 de agosto de 1949, entre dos y cinco años antes de lo previsto por los estadounidenses. Según el documental, Truman se vio entonces obligado a cancelar sus planes de invadir la URSS por las posibles represalias soviéticas.

Kennedy se enfrentó a un dilema similar durante la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962, cuando los capitalistas de Wall Street, el Pentágono y la CIA, creada bajo el mandato de Truman en 1947, vieron la oportunidad de aniquilar a los pueblos soviéticos de varias regiones. Estados Unidos había intentado destruir la Unión Soviética desde que el gobierno de Wilson invadió Rusia tras la revolución bolchevique de 1918. Cuando Kennedy eligió otro camino, un bloqueo naval de Cuba, funcionó. Los misiles fueron retirados. Sin embargo, Kennedy había firmado su sentencia de muerte.

Sin embargo, la política no es el núcleo del documental, sino la historia de amor de Hall y su esposa Joan, entrelazada con la historia de la fabricación de la bomba atómica.

El periodista y productor Dave Lindorff inició la idea de la película en 2018. Junto con el director Steve James y el también productor Mark Mitten, comenzaron entrevistando a Joan, que ahora tiene 93 años. Les entregó una cinta de vídeo que Hall, por sugerencia de su abogado, hizo para la historia, en la que explica su ofrecimiento voluntario como espía soviético en Los Álamos.

Alardeando de ser “la mayor democracia del mundo”, Estados Unidos mató gratuitamente a cientos de miles de civiles japoneses en la Guerra del Pacífico y luego apuntaron a millones más para que murieran en la URSS justo cuando la Segunda Guerra Mundial fue ganada, principalmente por los soviéticos.

Dos científicos, Hall y Klaus Fuchs lo impedieron y merecen el reconocimiento mundial de todos los seres humanos que tengan algún sentido de la solidaridad y la paz mundial.

Los científicos del Proyecto Manhattan

Cuando Hall llegó a Los Álamos, el físico Robert Oppenheimer era el científico al mando, pero todo el Proyecto Manhattan dependía del ejército, con el general Leslie Groves al mando. No había aceras y había que vadear el barro.

Hall odiaba el ejército, pero no tenía elección. En una entrevista grabada, le dice a Joan que los soviéticos eran cálidos, serviciales, encantadores, incluso divertidos; nada autoritarios. Se pusieron de acuerdo sobre cómo llevar a cabo la comunicación, que duró casi dos años. Uno de los métodos consistía en crear códigos a partir de pasajes del poema “Hojas de hierba” de Walt Whitman.

Cuando se produjo la prueba de Los Álamos, el 16 de julio de 1945, los aliados estaban en la Conferencia de Potsdam: Truman, Stalin y Churchill, además de Clement Attlee, que acababa de derrotar abrumadoramente a Churchill para el puesto de primer ministro. Stalin reiteró a Truman el acuerdo con Roosevelt en Yalta de que enviaría tropas soviéticas para ayudar a derrotar a Japón. Pero no era eso lo que Truman quería. Planeaba utilizar la bomba atómica para evitar que los soviéticos compartieran la victoria en la guerra.

Muchos científicos del Proyecto Manhattan no querían que se lanzara la bomba sobre Japón, especialmente sobre los civiles. Cuando el general Groves informó del plan a algunos científicos de alto nivel, uno de ellos, Joseph Rotblat, dimitió. Einstein y el físico danés Niels Bohr, que había recibido el Premio Nobel de Física en 1922, querían que Roosvelt compartiera información sobre la bomba con los soviéticos.

Bohr había huido de Dinamarca al principio de la guerra al enterarse de que las fuerzas nazis de ocupación estaban a punto de detenerle. Pasó a formar parte del Proyecto Manhattan y animó, tanto a Churchill como a Roosevelt, a compartir conocimientos. Roosevelt hizo que el FBI le vigilara.

Justo después de que terminara la guerra en Europa Churchill impulsó su propio plan: la Operación Impensable. Pretendía utilizar tropas alemanas capturadas pero rearmadas y tropas británicas para invadir ciudades de Europa del Este bajo control soviético, y bombardear tres ciudades de la Unión Soviética con bombas atómicas. Truman dijo que tenían que esperar ya que sólo tenía las suficientes para lanzar sobre Japón.

Otros científicos nucleares escribieron una carta a Truman pidiéndole que no lanzara la bomba sobre civiles, sino que invitara a los dirigentes japoneses a presenciar la prueba que se iba a realizar y así fomentar una rendición. Entregaron la carta al general Groves, que decidió no remitirla al Presidente.

Incluso los generales estadounidenses más curtidos no querían que se lanzara la bomba. Acababan de bombardear y devastar 64 ciudades. Sabían de primera mano que Japón estaba acabado.

Eisenhower fue uno de los generales de alto rango que cuestionó la conveniencia de lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki: “El Secretario de Guerra Stimson visitó mi cuartel general de la Secretaría de Guerra en Alemania [y] me informó de que nuestro gobierno se estaba preparando para lanzar una bomba atómica sobre Japón. Yo era de los que pensaban que había una serie de razones de peso para cuestionar la conveniencia de tal acto: lanzar la bomba era completamente innecesario. Yo [también] pensaba que nuestro país debía evitar escandalizar a la opinión mundial con el uso de un arma cuyo empleo, en mi opinión, ya no era obligatorio como medida para salvar vidas estadounidenses. Yo creía que Japón estaba buscando en ese mismo momento alguna forma de rendirse con la mínima pérdida de ‘prestigio’. El Secretario se quedó profundamente perturbado por mi actitud”.

Los generales Douglas MacArthur y Curtis LeMay acababan de bombardear casi todas las ciudades japonesas. Ambos tenían la misma opinión que Eisenhower. Además, su uso podría conducir a una mayor proliferación nuclear. Nueve países poseen hoy bombas nucleares.

Repite la misma mentira mil veces

A pesar de que no era necesario, Truman se mantuvo firme. Afirmó que el bombardeo salvaría la vida de 20.000 soldados estadounidenses de morir en combate. No sabemos cómo llegó a esa cifra, pero era demasiado baja para justificar los cientos de miles de civiles muertos por las dos bombas atómicas. En pocos años, la propaganda inventó la cifra de un millón de vidas salvadas.

Truman y otros dirigentes estadounidenses aprendieron de su principal enemigo, el propagandista nazi Joseph Goebbels. Para ganarte a las masas, di una mentira, una gran mentira, repítela en todas partes una y otra vez. Como dice Joan en el documental: “A la población no se la enseña a pensar. Se forman opiniones según lo que les dicen los medios de comunicación y las escuelas”.

La estremecedora información sobre la crueldad de Estados Unidos hacia los civiles japoneses y sus despiadados planes para diezmar a millones de personas de las 193 nacionalidades de la URSS, se ve respaldada en la película por noticiarios de archivo e información desclasificada, incluidos planes de ataque ilustrados por el Pentágono.

Los principales propietarios de bancos, directores ejecutivos e industriales del armamento instaron a Truman a apoderarse de las 15 repúblicas de la URSS, con el fin de engordar los beneficios de Wall Street.

En aquellos tiempos la propaganda gubernamental y los medios de comunicación se inclinaban hacia los soviéticos favorablemente. Estaban sufriendo muchos millones de muertes y, después de tres años de ocupación de gran parte de la URSS por las tropas nazis alemanas y las tropas finlandesas aliadas del Eje, los soviéticos estaban cambiando las tornas.

Además de muchos noticiarios favorables, “Misión en Moscú” es una película de 1943 basada en un libro de 1941 del antiguo embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética, Joseph E. Davies. Roosevelt, que quería que se difundieran el libro y la película. El libro vendió 700.000 ejemplares y se tradujo a 13 idiomas. El documental utiliza fragmentos de la película de 1943, financiada por el gobierno para relatar las experiencias de Davies en la URSS.

El 14 de febrero de 1945, sólo tres meses antes del final de la guerra en Europa, la revista Life publicó un favorable artículo de portada sobre la Unión Soviética, lo bien que vivía la gente, lo mucho que sufrían con la guerra y lo valientes que eran. Un año después de los elogios de la revista Life, se estaban preparando varias operaciones de guerra nuclear, entre ellas la Operación Dropshot. En ella se preveía fabricar entre 300 y 400 bombas nucleares y lanzar 29.000 bombas altamente explosivas sobre 200 objetivos en 100 ciudades de la Unión Soviética.

El desolador balance de la Segunda Guerra Mundial

La guerra causó entre 70 y 85 millones de muertos (el 3 por cien de la población mundial) y un número incalculable de heridos graves. La mitad de los muertos fueron ciudadanos de la Unión Soviética y China. Los chinos perdieron entre 15 y 20 millones, aproximadamente el 3-4 por cien de su población. Los soviéticos perdieron entre 16 y 18 millones de civiles y entre 9 y 11 millones de soldados, aproximadamente el 14 por cien de su población.

Un número similar resultó gravemente herido. La URSS perdió 70.000 pueblos, 1.710 ciudades y 4,7 millones de casas. De las 15 repúblicas que componían la URSS, perdió el 12,7 por cien de su población: 14 millones, algo más de la mitad eran civiles. Ucrania perdió casi siete millones, más de cinco millones de civiles, un total del 16,3 por cien de su población.

Estados Unidos perdió sólo 12.000 civiles, 407.300 militares, es decir, menos del 1 por cien de su población. Inglaterra perdió apenas el 1 por cien de su población.

En 2015 el Archivo de Seguridad Nacional, ubicado en la Universidad George Washington, publicó documentos gubernamentales desclasificados que revelaban que, en 1956, tras desechar sus planes anteriores de lanzar bombas atómicas sobre la Unión Soviética, Estados Unidos planeó emplear la nueva bomba de hidrógeno contra las poblaciones de la URSS, Europa del Este y China.

El espía se afilia al Partido Comunista

Tras la guerra, Hall se matriculó en la Universidad de Chicago para obtener el doctorado y conoció a Joan, su mujer. Le contó lo que había hecho en Los Álamos y tenía que jurar guardar el secreto. Joan se sintió orgullosa de él. Sus abuelos eran judíos rusos. Se casaron y se afiliaron al Partido Comunista. Veían a los comunistas de Chicago como buenas personas, que defendían la paz mundial y apoyaban a los negros y a los sindicatos obreros.

Hall fue un científico pionero en técnicas de microanálisis de rayos X y se mantuvo en contacto con la inteligencia soviética, hasta que el FBI llamó a su puerta. El Servicio de Inteligencia de Señales del ejército de Estados Unidos había descrifrado algunos mensajes soviéticos. Era el Proyecto Venona. En enero de 1950, descubrieron dos cables, uno que identificaba a Hall y Sax, y otro a Klaus Fuchs, como espías soviéticos.

Hasta la publicación de los documentos cifrados a principios de 1995, casi todo el espionaje relacionado con el programa nuclear de Los Álamos se atribuía a Klaus Fuchs. Había sido detenido en Gran Bretaña por el MI5. Cumplió 9 de los 14 años de condena y al salir se fue a vivir a Alemania Oriental.

El FBI también vigiló al hermano mayor de Hall, Edward, pero la Fuerza Aérea necesitaba protegerle para que pudiera continuar con la fabricación de cohetes. Fue el padre del programa de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) y del misil Minuteman.

El archivo del FBI sobre Edward consta de 130 páginas e incluye comunicaciones entre Hoover y el jefe de la Oficina de Investigaciones Especiales de las Fuerzas Aéreas, el general Joseph F. Carroll, antiguo policía del FBI. En plena caza de brujas del senador McCarthy, Carroll bloqueó la persecución que Hoover pretendía emprender contra Ted Hall, temiendo que su detención obligara a las Fuerzas Aéreas a perder a su hermano, el principal experto en misiles.

En su lugar, las Fuerzas Aéreas ascendieron a Edward Hall a teniente coronel y más tarde a coronel, e impidieron que el FBI detuviera a ninguno de los hermanos. El FBI también necesitaba ocultar a los soviéticos cómo habían descifrado el código. Así que se conformó con interrogar una vez a Hall en marzo de 1951, negándose a responder a las preguntas. Lo intentaron de nuevo unos días más tarde, pero se marchó ante la mirada de los policías. El FBI mantuvo entonces su vigilancia sobre Hall y su mujer Joan, que incluía la intervención del teléfono.

El asesinato de los Rosenberg

Para huir del FBI, Hall dejó Chicago para investigar en biofísica en el Memorial Sloan-Kettering de Nueva York. Un día pasaron por la prisión de Sing Sing, donde Ethel y Julius Rosenberg iban a ser ejecutados ese mismo día. Supuestamente  Julius había participado en la transmisión de información del Proyecto Manhattan a los soviéticos, aunque no trabajaba allí.

Hall se sintió culpable. Debería haberse entregado para salvar a los Rosenberg. Pero su mujer no vaciló. El gobierno, le dijo, le habría apartado de ella y de los hijos, y habrían continuado con la ejecución de Ethel y Julius. Tenía razón.

En 1962 decidieron poner más tierra por medio y se trasladaron a la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, donde le ofrecieron un puesto de investigador en el laboratorio de investigación de microscopía electrónica de Vernon Ellis Cosslett.

Cuando en 1995 se hicieron públicos algunos archivos Venona, Joseph Albright y Marcia Kunstel expusieron en un libro a los científicos que habían espiado para los soviéticos. Los medios de comunicación rodearon la casa de los Hall en Cambridge. Fueron calumniados por los medios como traidores. Samuel T. Cohen, padre de la bomba de neutrones y buen amigo de Hall en Los Álamos, se volvió en su contra. Dijo que debería ser llamado de nuevo al ejército, sometido a un consejo de guerra y ejecutado.

En un fragmento de la serie “Guerra Fría” que la CNN nunca emitió, Hall declara: “Decidí entregar los secretos atómicos a los rusos porque me parecía importante que no hubiera un monopolio que pudiera convertir a una nación en una amenaza y soltarla por el mundo como… si fuera la Alemania nazi. Parecía que sólo había una respuesta a lo que uno debía hacer. Lo correcto era actuar para romper el monopolio estadounidense”.

Hall murió en 1999 de Parkinson y cáncer renal. Una de las últimas declaraciones públicas que hizo justo antes de morir fue animar a las próximas generaciones a exigir que nadie vuelva a poner al mundo en ante el riesgo de una nueva guerra mundial.

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Memoria Histórica

Los crímenes de guerra en los Balcanes vuelven a la actualidad

Una comisión internacional independiente ha investigado el sufrimiento de los pueblos de la región de Srebrenica entre 1992 y 1995, durante la Guerra de los Balcanes. Fue presidida por Gideon Greif, historiador israelí especializado en la historia de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en los Balcanes. Greif es un erudito de renombre mundial. Ha sido investigador y profesor, entre otras, en las universidades de Tel Aviv, Viena, Austin y Miami.

La Comisión también incluyó a Yukie Osa, vicepresidenta de la Universidad Rikkyo de Tokio, experta en Srebrenica y asistencia humanitaria internacional, y al profesor Roger W. Byard, patólogo forense, que ocupa la cátedra de patología de la Universidad de Adelaida, en Australia.

Los demás miembros de la comisión también son todos eminentes especialistas en sus respectivos campos, entre ellos dos estadounidenses, un italiano, un nigeriano, un austriaco, un serbio y un alemán.

Como es imposible detallar las 1.105 páginas del voluminoso informe redactado por la Comisión (1), resumiremos algunos puntos, basados en el artículo publicado por Nikola Mircovic el 11 de julio del año pasado (2).

Las autoridades serbias de la República Srpska encargaron el estudio y pidieron a Greif que lo dirigiera. La formación académica de Greif le otorga autoridad y competencia para este trabajo de investigación, y para evitar las habituales acusaciones de “negacionismo”.

La Comisión critica al Tribunal Penal Internacional para Yugoslavia por recurrir al término “genocidio”, que se ha acabado desvirtuando completamente. En ningún momento hubo voluntad por parte de los serbios de exterminar a todos los musulmanes bosnios, ni en Srebrenica ni en ningún otro lugar de Bosnia-Herzegovina.

La investigación se centra en la zona de Podrinje y en los cinco barrios de la ciudad de Srebrenica: Srebrenica, Bratunac, Zvornik, Milici y Vlasenica. El informe recuerda que el día de Navidad (7 de enero de 1993, Navidad ortodoxa) entre 3.000 y 4.000 soldados del Ejército de Bosnia y Herzegovina (ARBiH) llevaron a cabo un ataque masivo en los alrededores de Bratunac, especialmente en Kravica. Durante la campaña todos los serbios fueron expulsados de sus viviendas y los pueblos fueron saqueados y quemados.

Las incursiones se llevaron a cabo desde la base de retaguardia de la ARBiH en Srebrenica, que se había convertido en una zona exclusivamente musulmana. Al principio de la guerra, pues, los bosnios ya había realizado la limpieza étnica, casi 2.000 serbios habían muerto y muchos estaban desaparecidos. 150 aldeas serbias en la República Srpska habían sido destruidas.

Los medios de comunicación occidentales nunca mencionaron la tragedia sufrida por la población serbia de la región, del mismo modo que los bombardeos ucranianos sobre la población civil del Donbas, que causaron miles de víctimas, también son ignorados hoy.

La tragedia se ocultó deliberadamente para señalar con el dedo acusador únicamente a los serbios. Desde el comienzo de la Guerra de los Balcanes se desató una campaña masiva de intoxicación para demonizar a los serbios. Los imperialistas que patrocinaban la desintegración de Yugoslavia se esforzaron para enfrentar a unos pueblos con otros. El mismo patrón se repetirá unos años después en Kosovo. Los medios de comunicación sirvieron para desacreditar a los serbios ante la opinión pública mundial. Incluso inventaron la existencia de campos de concentración serbios para llevarlos al campo del Eje del Mal.

Ante el Tribunal Penal Internacional sólo compareció un bosnio, Naser Oric, que fue uno de los cabecillas de la limpieza étnica en Srebrenica. Fue absuelto porque el Tribunal se creó para condenar únicamente a los serbios.

Durante su ofensiva sobre Mosul, el 13 de junio de 2014 el Califato Islámico ejecutó sumariamente a 1.700 soldados irakíes que estaban presos en Tikritt (7), pero no hubo ninguna condena por genocidio. Los defensores de los derechos humanos no han considerado oportuno crear un tribunal especial para juzgar las masacres y los crímenes cometidos por los yihadistas. Sin embargo, se preocupan mucho de la Guerra de Ucrania, donde han reservado a los rusos el papel de “malos de la película”.

Las conclusiones de la investigación han provocado, como era de esperar, reacciones violentas por parte del gobierno bosnio, que ha cuestionado la imparcialidad de la Comisión. Greif no se ha librado del habitual linchamiento mediático. El gobierno alemán decidió no concederle la medalla de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania, lo que no es sorprendente porque Alemania fue una de las potencias que destruyo Yugoeslavia y desató la Guerra de los Balcanes.

En una entrevista con el diario israelí Haaretz, Greif dice que le han informado extraoficialmente de que ya no recibiría el premio y acusó a la Hermandad Musulmana de Bosnia de arruinar su reputación.

Sin embargo, la Comisión no exonera en absoluto a las tropas serbias de ser culpables de crímenes de guerra, sino todo lo contrario. Se estima que entre 1.500 y 3.000 combatientes de la 28 División bosnia fueron capturados por el ejército serbio y asesinados.

(1) https://incomfis-srebrenica.org/
(2) https://stratpol.com/guerre-de-bosnie-icsr-est-formel-il-ny-a-pas-eu-de-genocide-a-srebrenica