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Categoría: Economía (página 77 de 100)

Una nueva fuente de energía menos ‘limpia’ de lo que dicen: el hidrógeno

Lo mismo que otros sectores económicos (financiero, suelo), los problemas de la energía no se pueden resolver bajo el capitalismo con cambios en las fuerzas productivas, ni en nuevas tecnologías, sino en las relaciones de producción, nacionalizando las empresas íntegramente.

La energía es el corazón de los movimientos económicos y está, además, estrechamente vinculada al imperialismo y al control político de las grandes potencias sobre los mercados mundiales. En otras palabras, para muchos países el suministro energético genera dependencia internacional. Aquellos que necesiten sacudirse esa dependencia no pueden poner todos los huevos en la misma cesta; necesitan recurrir a todas las fuentes de suministro: convencionales (carbón, petróleo, hidráulica), alternativas (eólica, fotovoltaica), e incluso nucleares.

El hidrógeno se ha incorporado a las nuevas tecnologías energéticas, aunque aún le queda un importante recorrido por delante. Los grandes bloques económicos, como la Unión Europea, se han puesto a ello después de darse un baño de realismo con las energías eólica y la fotovoltaica. Bruselas ha hecho del hidrógeno su principal objetivo y ha destinado 2.000 millones de euros hasta el año que viene para apoyar la producción de hidrógeno.

El año pasado el gobierno surcoreano destinó 267 millones de euros para apoyar el desarrollo de vehículos de pila de combustible (que producen electricidad a partir del hidrógeno) y estaciones de servicio de hidrógeno. El objetivo es convertirse en un país cabecero en la producción y gestión de este combustible.

Korea Gas ha anunciado su intención de invertir unos 3.600 millones de euros de aquí a 2030 en la construcción de 25 plantas de producción de hidrógeno y 700 kilómetros de gasoductos. En marzo de 2019 el Ministerio de Comercio, Industria y Energía de Corea del sur creó una empresa especializada, HyNet, para construir una infraestructura de carga de hidrógeno.

Una amplia penetración del hidrógeno en el sistema energético sólo puede lograrse de forma gradual, dado el desarrollo actual de las fuerzas productivas y las limitaciones económicas, industriales y políticas. El objetivo de la Comisión Europea es que el hidrógeno represente entre el 13 y el 14 por ciento del combinado energético en 2050. Eso significa que la transición llevará tiempo.

El precio del kilo de hidrógeno dista mucho actualmente de ser competitivo. Para garantizar su rentabilidad, es imprescindible reducir drásticamente este coste hasta alcanzar, en primera instancia, el obtenido con el gas natural. Ahora bien, si los precios de la energía siguen aumentando, la rentabilidad del hidrógeno se podría acelerar.

Los seudoecologistas aseguran que el hidrógeno es una fuente de energía “limpia”, lo cual sólo es cierto sólo en parte. El proceso de fabricación de hidrógeno más barato, con el estado actual de desarrollo de las fuerzas productivas, recurre al metano, un gas tan denostado como el carbón o el petróleo.

En el momento actual, las inversiones necesarias para convertir al hidrógeno en un combustible ascienden a cantidades fastuosas que sólo se pueden emprender con dinero público. Las grandes potencias se lanzan a realizar esos desembolsos como una subvención encubierta de los grandes monopolios energéticos. Gastos pública y beneficios privados.

Tales inversiones también tienen por objeto apoderarse de una nueva tecnología, naturalmente patentada, que mantenga las posiciones de dominio de las grandes potencias sobre el resto del mundo: la inmensa mayoría de países dependientes, resignados a ser calificados de “contaminantes” y “sucios”.

Los titulares apocalípticos llenan las primeras planas de los noticiarios

Lior Ron, director de la división logística de Uber Technologies, ha dicho en una entrevista con CNBC que el colapso del sector del transporte automovilístico de Estados Unidos es un “auténtico Armagedón” (1).

Lo que está ocurriendo ahora resultaba inimaginable: los puertos estadounidenses están experimentando grandes atascos y decenas de barcos hacen colas incapaces de descargar todo lo que llevan. Hacen falta trabajadores para descargar contenedores y conductores de camiones para transportar sus contenidos a los almacenes. Incluso se ha llegado a decir que se producirá una gran escasez de alimentos y otros insumos básicos. La Casa Blanca ha advertido a sus ciudadanos que es posible que los precios de los productos se eleven y que las estanterías estén vacías en Navidad (2).

Según la CNBC el costo de transporte de mercancías se ha elevado en un 300 por ciento. Además, la escasez de contenedores ha provocado que se retrase la llegada de las mercancías compradas a China, por lo que la elevación del precio de los productos afectará gravemente a los consumidores. Un alto ejecutivo de Uber Technologies ha declarado que esta crisis “afecta a todo el sector del transporte por carreteras, nunca habíamos visto algo así”.

La cadena de televisión CNBC ha dado a conocer que no existen suficientes camioneros (3) debido a las restricciones impuestas por el coronavirus. Las razones detrás de todo esto son bastante conocidas: despidos masivos debido a la inactividad y cierre “temporal” de las escuelas de conductores de camiones. Según la Oficina de Estadísticas Laborales, el sector del transporte por carretera perdió el 6 por ciento de sus trabajadores, además de un total de 1,52 de conductores, es decir, al menos 90.000 trabajadores. Ahora faltan casi 100.000 conductores.

El periódico italiano Corriere della Sera culpa de lo sucedido al “cuello de botella” que provocaron las restricciones económicas en todo el mundo: “Han afectado todos los puntos de la cadena logística de transporte de productos elaborados, semielaborados y materias primas, causando la falta de contenedores, buques de carga, congestión portuaria, escasez de camiones y camioneros, además de dañar la capacidad de almacenamiento. A esto se suma la omnipresente escasez de mano de obra, lo cual se hace sentir cada vez más en una amplia variedad de sectores” (4).

Aunque Bloomberg dice que existen otras razones para la crisis de suministros: “Tras las medidas restrictivas impuestas por la pandemia del coronavirus, los fabricantes y los analistas predijeron una caída en la demanda de varios productos. Sin embargo, la demanda de muchos productos se ha mantenido e incluso ha aumentado, por lo que muchas industrias no estaban preparadas para ello” (5).

Las empresas tampoco midieron el impacto que tendría el paso del trabajo presencial al teletrabajo, especialmente si tenemos en cuenta que los gobiernos les dijeron a los consumidores que se quedaran encerrados en casa, por lo que muchos se vieron obligados a comprar teléfonos, ordenadores, consolas de videojuegos, etc., en cantidades inusitadas hasta ahora. El mercado de computadores personales creció en un 11 por ciento en 2020, algo que no había sucedido en 10 años.

Además, se ha producido una reducción de la importación de microchips procedentes de Asia y esto frenó muchas de las industrias que dependen de los microprocesadores como los automóviles, la informática, los celulares, los videojuegos, los electrodomésticos y los dispositivos médicos… Bloomberg dice que “se trata de una pesadilla no sólo para los niños que esperaban recibir consolas de videojuegos en Navidad, sino también para las empresas, dado que esta temporada festiva es la que proporciona la mayoría de sus ingresos”.

Joe Biden tuvo que reunirse con representantes de varias distribuidoras privadas (Walmart, Target) y empresas de transporte, pero también con las autoridades portuarias de Los Ángeles, Long Beach y los sindicatos de trabajadores portuarios para que estuvieran dispuestos a trabajar 24 horas al día y siete días a la semana y de ese modo transportar el 40 por ciento de los contenedores que llegan a Estados Unidos cada día. ¡Al parecer ya no habrá cierres!

Muchos aseguran que los productos que no han sido enviados desde Asia hasta ahora no llegarán a las tiendas a mediados de diciembre, lo que demuestra que las cadenas logísticas se rompieron con bastante facilidad. En los últimos 12 meses las mercancías que cruzan el Océano Pacífico ya no tardan 13 horas sino 13 días en ser descargadas y ni hablar de que los precios se han disparado. Por ejemplo, ahora cuesta siete veces más que hace un año enviar un paquete de Los Ángeles a Shanghai. Sameera Fazil, subdirectora del Consejo Económico de la Casa Blanca, dijo que es necesario un milagro para resolver este problema. Por otra parte, se ha vuelto muy difícil construir contenedores ya que la “pandemia” ha afectado a la industria del acero y la madera.

En Europa, la situación tampoco es buena: en Alemania faltan 80.000 camioneros, mientras que las ventas y la producción de automóviles han caído alrededor de un 30 por ciento. Según la consultora Alix Partners este año se producirán 7,7 millones de coches menos, lo que equivale a un 10 por ciento de la producción mundial.

La crisis del transporte ha provocado la subida del precio de los alimentos. La FAO ha informado que el precio del aceite vegetal ha batido todos los récords. Mientras tanto, han subido en un 20-30 por ciento los precios de los productos lácteos, la carne importada y los cereales con respecto al 2019 (6).

Esto ha dejado en evidencia la creciente dependencia de Estados Unidos y Europa de los suministros importados de Asia, especialmente de China. Estados Unidos depende de un 90 por ciento de los suministros chinos para la fabricación de ciertos productos médicos y esta cifra se eleva a más de un 80 por ciento con respecto a las tierras raras (7).

En semejantes circunstancias, lo más conveniente no es pregonar el Armagedón o reunirnos con la Casa Blanca, sino combatir la psicosis que ha generado la pandemia.

(1) https://www.cnbc.com/2021/10/14/head-of-uber-freight-says-the-us-is-in-a-shipping-armageddon-and-theres-no-one-solution.html
(2) https://www.reuters.com/world/us/americans-may-not-get-some-christmas-treats-white-house-officials-warn-2021-10-12/
(3) https://news.ati.su/news/2021/10/14/nehvatka-voditeley-vedet-k-krizisu-gruzoperevozok-v-ssha-190400/
(4) https://www.corriere.it/esteri/21_ottobre_14/usa-merci-scarse-collasso-porti-mettera-rischio-natale-7a2422f4-2c5d-11ec-98f9-fbd4bdd13a87.shtml
(5) https://www.bloomberg.com/opinion/articles/2021-03-31/prices-are-going-up-across-supply-chains-will-inflation-come-for-you-too
(6) https://www.fao.org/news/story/ru/item/1393201/icode/
(7) https://asia.nikkei.com/Politics/International-relations/Biden-s-Asia-policy/US-and-allies-to-build-China-free-tech-supply-chain

Vladimir Malyshev https://www.fondsk.ru/news/2021/10/18/pochemu-zapadnye-smi-trubjat-ob-armageddone-54706.html https://www.geopolitica.ru/es/article/por-que-los-medios-de-comunicacion-occidentales-han-comenzado-hablar-del-armagedon

‘Se avecina la mayor crisis financiera de la historia’

“Se avecina la mayor caída de la historia”, advierte el periódico alemán Deutsche Wirtschafts Nachrichten. Los periodistas del diario recomiendan a los inversores alemanes que liquiden sus activos antes de que sea demasiado tarde. “Los mercados de valores recibirán una paliza imparable”, añaden.

El sistema financiero occidental aún no se ha recuperado de la crisis de las hipotecas de alto riesgo de 2008. La ilusión sólo se mantuvo gracias a la generosidad de los bancos centrales, que orinaban el dinero como si fuera llovia. Tanto es así que incluso acabamos olvidándonos de él. Sobredosis garantizada.

“Los bancos centrales han llegado al ‘punto de no retorno’. Con sus inyecciones de liquidez sin precedentes, han salvado a la economía y al mundo financiero de la inflación, pero al mismo tiempo los han convertido en adictos”.

El periódico especula sobre si se podría haber evitado el naufragio. Hubiera sido fácil, dicen, pero ningún “experto” está en condiciones intelectuales de hacerlo, y mucho menos de evitar la explosión final.

Nadie sabe cuándo ocurrirá el apocalipsis financiero, pero hay dos cosas que son seguras. La primera es que la crisis financiera, por no haber cesado nunca, va a entrar en una nueva fase explosiva, seguramente mucho más mortífera que la anterior. La segunda es que el cataclismo será precipitado por el pánico de los especuladores, alimentado por la prensa convencional.

—https://deutsche-wirtschafts-nachrichten.de/515330/Groesster-Crash-der-Geschichte-Experten-empfehlen-Anlegern-schnell-zu-handeln-um-Vermoegenswerte-zu-schuetzen

El suministro chino de magnesio compromete a la industria europea

La industria del metal y los fabricantes de automóviles están preocupados. Si la minería china no se reanuda por falta de energía, Europa se enfrentará a una escasez de magnesio. En vísperas de la cumbre climática, Europa tiene que hacer la vista gorda ante el uso masivo de carbón por parte de China para sostener el mercado mundial.

Mientras las distintas potencias avanzan en sus propios planes para contrarrestar la escasez generalizada de chips electrónicos que está afectando a todo, desde los microondas hasta los aviones, una nueva carestía mundial se vislumbra ya en el horizonte. La Unión Europea depende de China para el 95 por ciento de su suministro de magnesio. Este metal es esencial para la producción de automóviles: es un aditivo esencial para muchas aleaciones.

“Tras la crisis de los semiconductores, ahora tenemos la crisis del magnesio”, augura el primer ministro checo Andrej Babis. “La industria del automóvil se enfrenta a un auténtico desastre”.

La razón de la escasez de magnesio es que la energía es cara, y China ya está regulando la producción en algunos sectores de su economía para ahorrar energía. Como consecuencia, las exportaciones a Europa están paralizadas, mientras que las existencias de mineral de la Unión Europea se agotarán ya en noviembre, según una declaración conjunta emitida por una docena de grupos industriales, entre ellos European Aluminium y European Steel Association.

El gobierno de Pekín insiste en que la escasez de magnesio será sólo temporal. El diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung citó a Sun Qian, secretario general de la Asociación China de Magnesio, diciendo que la escasez sería breve y que China reanudaría las exportaciones de magnesio.

Pero detrás de la cuestión del suministro de esta materia prima, esencial para el ensamblaje de los automóviles, se encuentra la cuestión de la energía y, de rebote, la cuestión climática. Los chinos ven con malos ojos las presiones de Bruselas intenta ejercer para reducir el uso del carbón, que sigue siendo un combustible esencial para la economía china.

Merkel ha pedido a la Unión Europea que no obligue a China a cerrar sus centrales de carbón demasiado pronto. El abastecimiento de Europa depende, en parte, de Rusia y, sobre todo, de China.

El control de la población mundial a través de la ‘nueva agricultura sostenible’

Ningún monoplio ha hecho más daño a nuestra agricultura mundial y a la calidad de los alimentos que la Fundación Rockefeller. Comenzó a principios de los años 50, después de la guerra, con la financiación de dos profesores de la Harvard Business School para desarrollar la integración vertical que llamaron “Agronegocio”. El agricultor se convirtió en el menos importante. A continuación, crearon la fraudulenta Revolución Verde en México e India en los años 60, y la Alianza para una Revolución Verde en África, pro-OGM [organismos transgénicos], desde 2006. El dinero de la Fundación Rockefeller creó literalmente las desastrosas plantas transgénicas con sus pesticidas tóxicos de glifosato. Incluso hoy en día, la Fundación está inmersa en un importante cambio de política en la alimentación y la agricultura mundial y no es bueno.

En su último informe, “The True Cost of Food: Measuring What Matters to Transform the U.S. Food System”, muestra que la Fundación Rockefeller lleva a cabo un esfuerzo coordinado para cambiar radicalmente la forma en que producimos los alimentos y calcular su verdadero coste. Afirman que esto forma parte de un consenso mundial, a través de la ONU, para crear una agricultura “sostenible” en el contexto de la actual crisis del covid. Lejos de ser un cambio positivo, este esfuerzo pretende alterar radicalmente nuestro acceso a los alimentos saludables y nuestra elección de lo que comemos. La Fundación, que acaba de publicar su segundo informe sobre la alimentación en dos años, se ha asociado con el Foro Económico Mundial de Davos y las principales empresas alimentarias para encabezar esta campaña. Su nuevo eslogan es “El verdadero coste de los alimentos”.

Rajiv Shah, presidente de la Fundación, escribe: “Hemos pasado el último año trabajando con expertos y defensores de todos los campos para medir el impacto del sistema alimentario estadounidense. El resultado es el primer conjunto de métricas en Estados Unidos que puede ayudarnos a medir el coste de nuestros alimentos con mayor precisión. Con este nuevo análisis, los gobiernos, los defensores, los productores de alimentos y los individuos están mejor equipados para transformar nuestro sistema alimentario para que sea más nutritivo, regenerativo y equitativo”.

La misma Fundación Rockefeller, responsable de nuestra cadena alimentaria industrializada y mundializada y de la destrucción que este proceso ha causado no sólo a la granja familiar, sino también a la calidad de nuestra agricultura y alimentación mundial, culpa ahora a su creación de los enormes costes externos de nuestra alimentación. Sin embargo, escriben como si la culpa fuera del avaricioso agricultor familiar y no de la agroindustria.

Shah afirma: “Este informe es una llamada de atención. El sistema alimentario estadounidense, tal y como está, tiene un efecto perjudicial para nuestro medio ambiente, nuestra salud y nuestra sociedad. Según el estudio Rockefeller de Shah, “la configuración actual del sistema alimentario estadounidense ha provocado costosas repercusiones en la salud de las personas, la sociedad y el planeta. El calentamiento global, la reducción de la biodiversidad, la contaminación del agua y del aire, el desperdicio de alimentos y la alta incidencia de enfermedades relacionadas con la dieta son las principales consecuencias no deseadas del actual sistema de producción. Esto es un mal presagio”.

El estudio añade: “La carga del impacto de estos costes la soportan de forma desproporcionada las comunidades marginadas y desatendidas, a menudo comunidades de color, muchas de las cuales son la columna vertebral como agricultores, pescadores, ganaderos y trabajadores de la alimentación”.

Basándose en un grupo holandés, la Fundación True Price, el informe calcula que el “coste real” del sistema alimentario estadounidense no es el de los 1,1 billones de dólares que los estadounidenses gastan en alimentos cada año, sino más bien el de al menos 3,2 billones de dólares anuales si se tiene en cuenta su impacto en la salud de las personas, los medios de vida y el medio ambiente. Este enorme coste adicional se calcula principalmente a partir de los efectos sobre la salud, como el cáncer y la diabetes, y los efectos sobre el medio ambiente, como las emisiones de CO2, a lo que ellos llaman agricultura “insostenible”.

El consejo de la Fundación True Cost está formado por tres personas: Herman Mulder, ex banquero de ABN Amro, uno de los principales bancos de alimentos del mundo; Charles Evers, ex controlador empresarial y director financiero de Unilever NV (1981-2002), uno de los principales gigantes de la alimentación del mundo; y Jasper de Jong, socio de Allen & Overy, uno de los mayores bufetes de abogados del mundo, con sede en Londres. Fue este equipo el que puso precio a abstracciones como la tonelada de CO2 y otros costes para el informe Rockefeller. El único argumento es que el CO2 es un componente esencial e inofensivo de toda la vida y no es la causa del aumento de la temperatura mundial.

El informe Rockefeller destaca también por el hecho de que los colaboradores son profesores de derecho, economistas académicos, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y la Fundación True Cost. No se incluyó ninguna organización de agricultores.

El informe calcula que los principales costes “ocultos” de la producción de alimentos en Estados Unidos proceden del impacto negativo de la agricultura en la salud y el medio ambiente: “Los mayores costes no contabilizados proceden de los impactos negativos en la salud humana, el aumento de la degradación medioambiental y la pérdida de biodiversidad”. Ponen una cifra a todo esto. Por ejemplo, los impactos ambientales directos, incluidas las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), el uso del agua y la erosión del suelo, costarían 350.000 millones de dólares al año; y el impacto en la biodiversidad por el uso de la tierra y la contaminación del suelo, el agua y el aire costaría a la economía estadounidense 455.000 millones de dólares. Luego calculan los costes sanitarios del sistema alimentario estadounidense. El informe incluye los costes para la economía de la obesidad, las enfermedades cardiovasculares, que son la principal causa de muerte en el mundo, el cáncer, la diabetes y otras enfermedades no transmisibles. Esto supuestamente añade otro billón de dólares a nuestros costes alimentarios “reales”. Si se suman estos dos efectos, tal como se afirma, se obtienen unos 1,8 billones de dólares de los 2,2 estimados de costes externos de la alimentación. Afirmar que los costes en dólares de estas enfermedades en el amañado sistema sanitario estadounidense son únicamente culpa de la agricultura es ignorar la explosión de los costes sanitarios desde que entró en vigor el Obamacare. Por cierto, Rockefeller también creó el sistema médico moderno con su Informe Flexner y la Fundación Carnegie en 1910. Pero esa es otra historia.

Es innegable que la producción de alimentos de la agroindustria industrializada en Estados Unidos desde la década de 1950 ha convertido la otrora productiva granja familiar en un apéndice empresarial de un sistema de granjas industriales, monopolios de semillas transgénicas y agroquímicos como Monsanto-Bayer y DuPont-Dow (Corteva), enormes operaciones de sacrificio como Tyson y Smithfield Foods, y minoristas como Walmart o Whole Foods. Pero el informe sugiere que la culpa la tienen los agricultores familiares tradicionales. Está sentando las bases para una agricultura de Gran Reajuste que será aún más perjudicial, ya que la carne de vacuno que queda en libertad se sustituye por carne de vacuno de origen vegetal cultivada en laboratorio y productos similares. El USDA escribió recientemente que las “principales fuentes de gases de efecto invernadero en la agricultura son la producción de fertilizantes nitrogenados, la quema de combustibles fósiles como el carbón, la gasolina, el gasóleo y el gas natural, y la gestión de residuos”. La fermentación entérica del ganado, o la fermentación que tiene lugar en el sistema digestivo de los rumiantes, produce emisiones de metano.

El mensaje es que la culpa es de la actual producción de alimentos de Estados Unidos y que se necesitan urgentemente cambios radicales y costosos. La dificultad de leer el informe es que el lenguaje es deliberadamente vago y engañoso. Por ejemplo, uno de los componentes más dañinos de la agricultura estadounidense desde la década de 1990 ha sido la introducción masiva de cultivos transgénicos -en particular de soja, maíz y algodón- y el altamente cancerígeno Roundup de Monsanto-Bayer con glifosato. El informe Rockefeller omite el papel directo de la Fundación en la devastación de los cultivos al crear y promover Monsanto y los transgénicos durante décadas, a sabiendas de que eran destructivos. La política de la Fundación Rockefeller consiste en introducir cultivos modificados genéticamente y en destruir la agricultura estadounidense existente en favor de alternativas caras y patentadas con el argumento de que son demasiado caras y no son “sostenibles” o “inclusivas”. El segundo productor mundial de alimentos, la UE, será su próximo objetivo.

Esta agenda no es sorprendente si se observan los antecedentes de los principales actores de la Fundación Rockefeller. El presidente, Rajiv Shah, procede de la Fundación Bill y Melinda Gates, donde fue director de desarrollo agrícola. En la Fundación Gates, Shah trabajó con la Fundación Rockefeller para crear la Alianza para una Revolución Verde en África. Está íntimamente relacionado con el Foro Económico Mundial (FEM) de Davos del gurú de la Gran Reiniciación Klaus Schwab, donde Shah copresidió recientemente el Consejo Mundial del FEM sobre la Nueva Agenda para el Crecimiento y la Recuperación Económica. Escribió que “los gobiernos deben dirigir activamente los mercados hacia un crecimiento verde e inclusivo”.

La Alianza para una Revolución Verde en África (AGRA) es un proyecto que ha intentado imponer las semillas transgénicas y los pesticidas asociados a ellas con un enorme coste para los pequeños agricultores más pobres de África. Este proyecto ha sido un desastre para los agricultores africanos. El modelo AGRA desempeña un papel clave para entender la agenda tácita de la Fundación Rockefeller y sus aliados, como el FEM y la Fundación Gates. El responsable del programa agrícola en la Fundación Rockefeller, bajo la dirección de Shah, es Roy Steiner, vicepresidente senior de la Iniciativa Alimentaria de la Fundación. Steiner estuvo con Shah en la Fundación Gates y colaboró con él en la creación de la AGRA, que está a favor de los transgénicos en África.

La profunda implicación de Shah y Steiner en AGRA y su agenda OGM [organismos genéticamente modificados] da una muy buena idea de cómo Rockefeller & Co. están planeando la transformación radical de la agricultura americana, y no es buena. El informe dice que se trata de reducir las emisiones de CO2 y metano e introducir alternativas basadas en plantas. Bill Gates cofinanció el lanzamiento de la empresa de carne artificial Impossible Foods, que utiliza carne falsa cultivada en laboratorio y edición de genes. Insiste en que la carne de vacuno sintética es una estrategia necesaria para combatir el cambio climático y afirma que los estadounidenses y otros países occidentales deben cambiar a una dieta de carne de vacuno 100 por cien sintética. Más vacas, más emisiones de gases…

La agenda agrícola de la influyente Fundación Rockefeller, la agenda del FEM de Davos y la ONU convergen en el Gran Reajuste y la Agenda 2030 de la ONU para la “agricultura sostenible”. El 23 de septiembre de 2021, la ONU acogió en Nueva York la Cumbre de Sistemas Alimentarios 2021. La cumbre estuvo presidida por Agnes Kalibata, enviada especial del Secretario General de la ONU para la Cumbre de Sistemas Alimentarios de 2021. Su selección fue objeto de una vehemente oposición por parte de decenas de ONG, ya que es la presidenta de la AGRA Gates-Rockefeller en África. El Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, anunció que la cumbre formaba parte de la Década de Acción para lograr los Objetivos de la Agenda 2030. Olivier De Schutter, ex relator especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación, dijo que la Cumbre de la Alimentación fue el resultado de “acuerdos a puerta cerrada” en el Foro Económico Mundial de Davos.

En junio de 2019, en la ONU, el jefe del FEM [Foro de Davos], Klaus Schwab, y Guterres de la ONU firmaron una asociación formal “para acelerar la implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”. Un año después, en plena pandemia de covid, Klaus Schwab anunció el lanzamiento del Gran Reajuste Tecnocrático con el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, y Kristalina Georgieva, del Fondo Monetario Internacional. Davos, la ONU y la Fundación Rockefeller tienen la misma agenda y eso no es bueno para la salud y la nutrición futuras de la humanidad. Esto no es una teoría de la conspiración, es la verdadera conspiración.

F. William Engdahl https://journal-neo.org/2021/10/21/sinister-rockefeller-food-system-agenda-they-created-it-and-now-want-to-destroy-it/

Más información:
— Rockefeller decidió lo que comemos y lo que no
— El capitalismo ha transformado la medicina en un negocio sometido a las leyes del mercado, no de la salud
— Los alimentos cultivados en laboratorio destruirán la agricultura pero salvarán el planeta
— El envenenamiento con los pesticidas que se utilizan en la agricultura causa 200.000 muertes cada año

Un 8,5 por ciento de los contenedores del transporte marítimo siguen bloqueados en los puertos del mundo

La interrupción de la cadena de suministros mundiales causada por los cofinamientos ha dado paso a una elevada inflación, cuyos efectos se sienten con mayor intensidad en los países en desarrollo. Para el Banco Mundial, el sector marítimo desempeña un papel importante en esta crisis.

Alrededor del 8,5 por ciento de los contenedores utilizados para envíos marítimos están atascados en varios puertos del mundo debido a la pandemia de Covid-19, informa el Banco Mundial.

En una conferencia de prensa celebrada el miércoles, el presidente del Banco, David Malpass, reveló la relación entre este fenómeno y el aumento de los precios de los alimentos posterior a los bloqueos marítimos impuestos desde marzo del año pasado.

“El 8,5 por ciento de los contenedores marítimos del mundo están atascados en varios puertos del mundo, lo que supone el doble de lo estimado por el Banco en enero de 2021. La situación ha afectado a las cadenas de suministro y ha provocado un aumento de los precios de los productos básicos, especialmente de los alimentos”.

El Banco Mundial está trabajando para reducir el número de estos contenedores atascados en los puertos, pero “llevará tiempo que esto se rectifique”.

En la economía real, la inmovilización de contenedores genera costes portuarios adicionales que inflan el coste de las mercancías para los cargadores, que se ven obligados a repercutirlos en los consumidores finales.

El impacto del bloqueo de los contenedores en el coste del transporte marítimo es tal que actualmente para enviar un contenedor de China a Ghana, el cargador tiene que gastar 13.000 dólares, mientras que en agosto de 2020 podría gastar 2.000 dólares por el mismo envío. Esto representa un aumento del 550 por ciento.

El péndulo de la fuerza oscila a favor de los trabajadores estadounidenses

Poco antes de la medianoche del miércoles 13 de octubre, los trabajadores de producción de una planta de John Deere, que fabrica equipos agrícolas desde tractores hasta cosechadoras, en Waterloo, Iowa, comenzaron a cerrar la planta apagando los hornos de fundición. La planta ya estaba prácticamente vacía, ya que Deere había pedido a los trabajadores nocturnos que se quedaran en casa. Tres días antes, los miembros del sindicato United Auto Workers (UAW), reunidos en Iowa, Illinois y Kansas, habían votado abrumadoramente para rechazar una propuesta de convenio colectivo que incluía aumentos por debajo de la inflación y la eliminación de las pensiones para todos los nuevos trabajadores. El rechazo sorprendió tanto a la dirección del sindicato como a la empresa; incluso algunos de los trabajadores que habían votado en contra de la huelga y la habían acordado se sorprendieron de que tuviera lugar. En Deere, los 10.000 trabajadores que abandonaron el trabajo están en huelga por primera vez en 35 años. “Acabo de confirmar que Waterloo ha colocado sus piquetes”, dijo un trabajador antes de que comenzara la huelga. “La mierda está a punto de ser real”.

Se unen a los 2.000 trabajadores de hospitales en huelga en Buffalo (Nueva York), a los 1.400 trabajadores de producción de Kellogg’s en cuatro estados, a los 450 trabajadores del acero en Huntington (Virginia Occidental) y a los 2.000 trabajadores de telecomunicaciones en California que abandonaron el trabajo durante un día, todos ellos desde el 1 de octubre. Un millar de mineros del carbón en Alabama, 700 enfermeras en Massachusetts, 400 trabajadores de una planta de whisky en Kentucky y 200 conductores de autobús en Reno, Nevada, ya estaban en huelga, por no mencionar las huelgas recientemente realizadas por 2.000 carpinteros en Washington, 600 trabajadores de Frito-Lay, una empresa de alimentación que es propiedad de PepsiCo, en Kansas, y 1.000 trabajadores de Nabisco, fabricante de dulces, propiedad de la multinacional Mondelez International, con sede en Chicago, en cinco plantas del país.

Decenas de miles de trabajadores están a la espera, con 37.000 trabajadores sanitarios de Kaiser, atención médica, en Oregón, California y Hawai que han votado a favor de la huelga o están a punto de hacerlo, y varios grandes sindicatos de trabajadores universitarios que también están a punto de ir a la huelga. Más de 60.000 trabajadores del cine y la televisión estaban dispuestos a ir a la huelga, ya que el 90 por ciento de los miembros de la Alianza Internacional de trabajadores de Escenarios Teatrales votaron en un 98 por ciento a favor de la huelga, antes de que se alcanzara un acuerdo provisional el sábado 16 de octubre. La votación sobre la ratificación del acuerdo tendrá lugar en las próximas semanas.

Esta oleada de huelgas no se parece en nada a la de los años 40, cuando uno de cada diez trabajadores de Estados Unidos se ponía en huelga en un año. Pero tampoco es el parón sindical de la década de 2010, cuando las grandes huelgas en el sector privado se redujeron a cero. Hoy en día, los trabajadores son cada vez más militantes -en el sentido de que no quieren aceptar malas condiciones de empleo-, pero no están especialmente organizados. Con la afiliación sindical en su punto más bajo, los sindicatos pueden inspirar un movimiento, pero no son la única fuente de acción. Lo que estamos viendo hoy es un movimiento huelguístico que empieza a levantarse desde un mínimo de décadas, ya que el trabajador “esencial”, una nueva categoría de trabajador nacida de la pandemia de coronavirus, desafía a la dirección a estar a la altura de esa calificación.

Horas extras, agotamiento e inflación

Los trabajadores no son los únicos que toman nota de este posible cambio en el equilibrio de poder. Esta semana, los analistas de Wall Street también dieron la voz de alarma sobre la cotización de Deere. Un analista revisó su previsión a la baja en un 25 por ciento. En una sección de un informe confidencial titulada “El péndulo del poder ha oscilado”, el analista escribió: “Los trabajadores, además de querer concesiones de Deere en un nuevo contrato laboral de seis años, también pueden estar vinculando estas negociaciones a su deseo de cambiar la forma en que se elige a la dirección nacional de la UAW y a un activismo más amplio a nivel nacional (e incluso internacional) al ver que su poder crece en el ajustado mercado laboral”. El informe de este analista de Wall Street a los inversores indica que la clase propietaria está pendiente de lo que ocurre en la UAW.

El pequeño empresario desolado que no consigue atraer a los trabajadores ha sido uno de los protagonistas favoritos de los medios de comunicación en el esfuerzo del gobierno por “reconstruir mejor”, en parte para cubrir al director general de Deere, John C. May, que figura en la lista de directores generales de la revista Fortune 100 que disfrutan del mismo mercado laboral de bajos salarios.

Pero el actual mercado de trabajo, que es un problema desde el punto de vista de los empresarios, refleja una imagen a los ojos de los trabajadores que nunca han abandonado el lugar de trabajo: los trabajadores “esenciales”, “de primera línea” y “héroes”. En el lugar de trabajo, los trabajadores de todos los sectores, desde el transporte público hasta la atención sanitaria, pasando por la logística o la fabricación de alimentos, se enfrentan a la escasez de personal. El resultado son las horas extras forzadas y el agotamiento. En mataderos, residencias de ancianos y otros innumerables lugares de trabajo, la pandemia ha dado una nueva intensidad al “paisaje” de los riesgos laborales. En 2020 el cuidador se convirtió en el trabajo más peligroso de Estados Unidos.

Los trabajadores también sienten el efecto de la inflación en la cesta de la compra. El aumento del 1 por ciento propuesto por Kaiser (además de la introducción de un recorte salarial medio del 26 por ciento para todos los nuevos trabajadores) se convierte en un recorte salarial ante la inflación del 5 por ciento en los bienes de consumo. El aumento de 15 céntimos por hora que los trabajadores de la construcción, organizados en la Hermandad Internacional de Trabajadores de la Electricidad, están obteniendo en Orlando (Florida) está muy por debajo del aumento del coste de la vida. La propuesta de Kellogg prevé una reducción del ajuste por el coste de la vida de los salarios. Esto solía ser un elemento central de la negociación colectiva en las industrias básicas. Nunca recuperó su lugar para los trabajadores de los tres grandes fabricantes de automóviles tras la crisis financiera y las quiebras de 2008. En el centro de varias de estas huelgas -Deere, Kellog’s y Kaiser- estaba la rebelión contra la introducción en la década de 1980 de contratos de “dos niveles” que ofrecían peores condiciones a los nuevos trabajadores. Como dijo Trevor Bidelman, presidente de la rama 3G del Sindicato Internacional de Trabajadores de la Panadería, Confitería, Tabaco y Molinos de Cereales y dirigente de la huelga en Kellog’s: “El futuro no está en venta”.

En el caso de Deere, los trabajadores son muy conscientes de los beneficios récord de la empresa y no les conmueve lo que supone un aumento salarial de un dólar por hora para la mayoría de ellos. Hace tiempo que los miembros se han autoorganizado en un grupo de Facebook llamado “Post 97”, es decir, trabajadores contratados después de 1997, cuyos salarios, “beneficios”, seguro médico en particular, y pensiones son peores. El contrato actual para la mayoría de los trabajadores “post-97” representaría un aumento de sólo 6 centavos de dólar sobre lo que ganaban los trabajadores “pre-97” hace 10 años. La propuesta de la empresa de reducir las pensiones de todos los nuevos contratados -creando una plantilla “post-21”- se enfrenta a una oposición moral acorde con el nuevo contexto económico, lo que ha llevado a muchos trabajadores a plantear una reivindicación central en la huelga: “¡No al tercer nivel! (tercer nivel de trabajadores).

Los trabajadores de John Deere están enfadados por las informaciones de los medios de comunicación que repetían lo que decía la empresa: que ganarían entre 60 y 70.000 dólares al año. Uno de ellos, que lleva más de diez años allí, muestra su nómina de 2020: menos de 40.000 dólares.

Las huelgas están a la orden del día

Pero un mercado laboral ajustado también supone un apalancamiento para los trabajadores. Al saber que son más difíciles de sustituir, los trabajadores individuales son más propensos a decir que no a sus jefes. En la actualidad, los trabajadores abandonan sus puestos de trabajo al ritmo más alto de las últimas décadas, una de las medidas más precisas de su “poder” en el mercado laboral como individuos. Cuando los trabajadores están organizados colectivamente en sindicatos, la rigidez de los mercados laborales hace que haya una mayor disposición a enfrentarse a los empresarios en lo que respecta a las condiciones de empleo, en lugar de limitarse a buscar un contrato mejor en otro lugar. En otras palabras, las mismas fuerzas que hacen que el trabajo sea intolerable para muchos -sin suficientes trabajadores y con demasiado trabajo- están preparando al mismo tiempo a los trabajadores para luchar.

El fin de una movilización nacional (relacionada con la pandemia) también tiende a liberar las presiones acumuladas en el lugar de trabajo. Los trabajadores que soportan una reducción salarial o unas condiciones de trabajo estresantes durante una emergencia esperan que algo cambie después. Como ha observado recientemente Harold Meyerson, en los años 1919 y 1945-1946, es decir, al final de las guerras mundiales, hubo oleadas de huelgas masivas. En el ciclo 1945-1946, en el que más del 10 por ciento de los trabajadores fueron a la huelga, se produjeron acontecimientos que podrían calificarse de huelgas generales en Stamford (Connecticut), Lancaster (Pensilvania), Rochester (Nueva York), Pittsburgh (Pensilvania) y Oakland (California).

La válvula de activación que puede estar abriéndose permite el inicio de una expansión de la actividad sindical prepandémica. La generación anterior a la crisis de 2008 se caracterizó por el estancamiento salarial a largo plazo y la disminución de la participación del trabajo en la renta nacional. La recuperación de las recesiones de los años ochenta, noventa y 2000 ha sido más larga que en años anteriores. Un gran número de trabajadores sigue atrapado en el subempleo permanente o en la inactividad. Estas tendencias culminaron en la Gran Recesión (que comenzó en 2007) y su agonizantemente larga recuperación. Pero el desempleo finalmente cayó por debajo del 4 por ciento en 2018, y tanto ese año como el siguiente se produjo un notable aumento de la actividad huelguística -incluida una oleada masiva de huelgas de profesores-, ya que los “mercados laborales” finalmente se recuperaron de la devastación de la crisis financiera de 2008; los salarios de los profesores, sin embargo, no.

En cuanto a la actividad huelguística, la actual oleada en el sector privado está retomando el camino donde lo dejaron los profesores, tras un interludio de relativa inacción en el momento álgido de la pandemia. En 2020, además, los profesores fueron el primer grupo importante de trabajadores que se negó a aceptar las condiciones impuestas por la patronal para la reapertura del centro de trabajo. Es difícil imaginar a los profesores resistiendo la vuelta al trabajo en condiciones peligrosas tanto como lo hicieron sin la ola nacional de huelgas de profesores militantes de los dos años anteriores. Esta resistencia se ha extendido por toda la economía, tanto de forma organizada como individual.

Hoy en día, la resistencia económica de los trabajadores -ya sea a través de huelgas organizadas o mediante el rechazo de trabajos peligrosos, mal pagados y poco atractivos- está en la agenda política. Muchas de las iniciativas sociopolíticas contenidas en la propuesta presupuestaria de los demócratas, de 3,5 billones de dólares, perseguirían los mismos objetivos que las acciones de los trabajadores, pero en el ámbito de la política social. Las subvenciones propuestas para la asistencia sanitaria a domicilio y el cuidado de los niños, el crédito fiscal por hijos, la ampliación de Medicaid, seguro médico para personas de bajos ingresos, y las inversiones en vivienda y energía verde apoyarían indirectamente la posición de los trabajadores en el “mercado laboral”. El gobierno federal reforzaría la posición negociadora de los trabajadores, ya sea aumentando la demanda de mano de obra o aliviando algunas de las caricaturescas presiones sociales que han obligado a los trabajadores a aceptar las condiciones que les ofrecen los empresarios. Cuando el senador Joe Manchin advierte del peligro de convertirse en una “sociedad de derechos”, está argumentando contra el cambio de poder en el mercado laboral que tales medidas políticas contribuyen a garantizar.

La estabilidad política necesita sindicatos bien domesticados

La mayor interacción entre los conflictos industriales y políticos marca una ruptura con la historia reciente. Durante la mayor parte de la última generación, incluso las acciones industriales militantes a menudo tenían poco significado político explícito. Una huelga importante como la de UPS en 1997 o la de Verizon en 2016 se tradujo en ganancias para los trabajadores, pero estos acontecimientos siguieron siendo cuestiones económicas. Los políticos pueden sentirse obligados a comentarlos -como hizo el ex presidente Bill Clinton en la huelga de UPS-, pero estos conflictos no plantearon ni resolvieron ninguna cuestión política más amplia sobre las relaciones de poder de clase.

En los últimos años, varios demócratas de la corriente principal han llegado a aceptar lo que solía ser un argumento de la izquierda: que el aumento de la desigualdad social y la disminución de la seguridad económica de la clase trabajadora son la causa última de la desestabilización de la democracia estadounidense y deben ser abordados de frente. La posición declarada del gobierno de Biden es que “la disminución de la densidad sindical ha… debilitado nuestra democracia”.

Cuando los trabajadores organizados son más fuertes, el descontento generalizado adopta una forma más coordinada. Con mayores niveles de sindicalización, la combatividad de los trabajadores organizados genera una presión concentrada en las empresas objetivo y desencadena la discordia en la patronal. Algunos empresarios comienzan a agitarse y tratan de aplacar a los trabajadores aceptando reformas sociales progresistas, mientras que otros insisten en mantener su posición. Los que están atrapados en el medio -como algunos trabajadores de Deere- pueden sentir una gran simpatía por los huelguistas mientras se ven obligados a trabajar durante la huelga a pesar de la grave falta de competencias laborales.

En la actualidad, el bajo nivel de organización de los trabajadores -el reducido tamaño de la mano de obra sindicalizada en comparación con una masa enfadada pero dispersa- hace más difícil crear una disidencia con tintes políticos entre la patronal. En los piquetes y en el Capitolio se pone a prueba la capacidad política de un pequeño movimiento obrero. Cuantos más logros concretos consigan los trabajadores en uno u otro ámbito, más verán los beneficios de la unidad los millones de trabajadores no sindicados.

El presidente Joe Biden se presenta como el campeón de los trabajadores y trabajadoras, aspirando a ser “el presidente más pro-sindical que jamás se haya visto”. Días antes de lanzar su campaña presidencial (utilizando un salón sindical de Pittsburgh como escenario), Biden apareció en el piquete de una de las principales huelgas de 2019, frente a la cadena de supermercados Stop & Shop. Recientemente, ante empresas con dificultades para contratar personal, el presidente dijo: “Págueles más”.

Pero cuando se le pidió que tomara partido, mantuvo la neutralidad oficial, citando su secretario de prensa “razones legales” no especificadas. El viernes 15 de octubre, al ser preguntado por la huelga de John Deere, dijo, obviamente: “Tienen derecho a la huelga. Tienen derecho a exigir salarios más altos… No voy a entrar en negociaciones”.

El gobierno ha permitido que expiren disposiciones clave en favor de los trabajadores en la legislación de rescate, como los subsidios para COBRA, que proporciona ayuda condicional para los planes de salud, que son particularmente cruciales para los trabajadores en huelga cuyos empresarios han cortado el seguro de salud. Los trabajadores de Allegheny Technologies Inc, miembros del sindicato United Steelworkers, que han estado en huelga durante cinco meses este año, pudieron beneficiarse del plan COBRA subvencionado por el gobierno federal. Los miembros de la UAW actualmente en huelga en John Deere, cuya empresa planea eliminar su seguro médico para el 27 de octubre, no se beneficiarán. Sin embargo, podrían beneficiarse de otras subvenciones, incluidos los planes de Obamacare fuertemente subvencionados, aunque esto implicaría un cambio de plan de salud y, potencialmente, de red médica.

En última instancia, tras estas huelgas, se plantea la cuestión de si se puede obligar a los trabajadores de Estados Unidos a volver a las condiciones sancionadoras del mercado laboral de la pandemia y de las décadas anteriores a la pandemia, condiciones que hicieron que los efectos de la pandemia fueran tan brutales en los lugares de trabajo, inseguros y desiguales. ¿Se conformarán los trabajadores no sindicados con salarios bajos y condiciones inseguras? ¿Seguirán los trabajadores sindicalizados ratificando contratos de dos niveles con crecientes concesiones a los empresarios? Cuando el trabajador “vuelva” a trabajar, ¿a qué tipo de economía volverá?

Jonah Furman y Gabriel Winant https://theintercept.com/2021/10/17/john-deere-strike-labor-market

Los mercados de energía verde están amañados para beneficiar a los especuladores de los fondos buitre

El precio de la energía de todas las fuentes se está disparando en todo el mundo. Se trata de un plan bien orquestado para colapsar la economía industrial mundial, que ya se ha visto dramáticamente debilitada por casi dos años de la ridícula cuarentena. Lo que estamos presenciando es una explosión de los precios de las principales fuentes de energía: el petróleo, el carbón y ahora especialmente el gas natural.

Lo que hace que esta situación sea diferente de las crisis energéticas de los años 70 es que esta vez se está desarrollando a medida que el mundo de las inversiones empresariales, utilizando el fraudulento modelo de inversión verde, desinvierte en el petróleo, el gas y el carbón del futuro, mientras que los gobiernos de la OCDE abrazan una energía solar y eólica horriblemente ineficiente y poco fiable. La Unión Europea y otras economías industriales están cometiendo deliberadamente un suicidio económico.

Lo que hace pocos años se daba por sentado es que la garantía de una energía abundante, fiable, eficiente y asequible define la economía. Sin una energía eficiente, no podemos fabricar acero, hormigón, extraer materias primas ni ninguno de los otros productos que sostienen nuestras economías modernas. En los últimos meses, el precio mundial del carbón para la generación de energía se ha duplicado. El precio del gas natural ha subido casi un 500 por ciento. El petróleo se dirige hacia los 90 dólares por barril, su precio más alto en siete años. Es una consecuencia esperada de lo que a veces se llama el Gran Reajuste de Davos o la locura de la agenda verde de carbono cero.

Hace unos 20 años Europa inició una importante transición hacia las mal llamadas energías renovables o verdes, principalmente la solar y la eólica. Alemania, el corazón de la industria europea, encabezó la transformación con la mal concebida Energiewende de la ex canciller Merkel, en la que las últimas centrales nucleares alemanas cerrarán en 2022 y las centrales de carbón se están eliminando rápidamente. Todo esto se ha topado ahora con la realidad de que la energía verde no es en absoluto capaz de hacer frente a una gran escasez de suministro. La crisis era totalmente previsible.

Las energías ‘limpias’ no son la alternativa

Con el bloqueo generalizado de la industria y los viajes en 2020, el consumo de gas natural de la Unión Europea ha disminuido drásticamente. El principal proveedor de gas de la Unión Europea, la rusa Gazprom, en aras de un mercado ordenado a largo plazo, ha reducido debidamente sus entregas al mercado comunitario, incluso con pérdidas. Un invierno excepcionalmente suave de 2019-2020 ha permitido que el almacenamiento de gas de la Unión Europea alcance su máximo nivel. Un largo y duro invierno ha hecho desaparecer este pico dos años después.

En contra de lo que afirman los políticos, Gazprom no ha jugado a la política con la Unión Europea para forzar la aprobación de su nuevo gasoducto Nord Stream 2 hacia Alemania. Cuando la demanda de la Unión Europea repuntó en el primer semestre de 2021, Gazprom se apresuró a satisfacerla e incluso superó los niveles récord de 2019, a costa de reponer las reservas de gas ruso para el próximo invierno.

Ahora que la Unión Europea está firmemente comprometida con un programa de energía verde, Fit for 55, y rechaza explícitamente el gas natural como opción a largo plazo, al tiempo que acaba con el carbón y la energía nuclear, se ha puesto de manifiesto la incompetencia de los modelos climáticos de los que justificaban una sociedad eléctrica 100 por cien libre de CO2 para 2050.

Debido a que los inversores financieros de Wall Street y Londres han visto el beneficio de las enormes ganancias de la agenda de la energía verde, trabajando con el Foro Económico Mundial de Davos para promover el risible modelo de inversión verde, las empresas convencionales de petróleo, gas y carbón no están invirtiendo las ganancias en la expansión de la producción. En 2020, el gasto mundial en petróleo, gas y carbón se ha reducido en cerca de un billón de dólares. Este gasto no volverá a producirse.

Mientras BlackRock y otros inversores boicotean a ExxonMobil y otras empresas energéticas en favor de la “energía sostenible”, un invierno inusualmente frío y largo en Europa y una falta de viento sin precedentes en el norte de Alemania desencadenaron a principios de septiembre un pánico de compras de gas en los mercados mundiales de gas licuado.

El reabastecimiento llegó demasiado tarde, ya que la mayor parte del gas licuado, normalmente disponible en Estados Unidos, Qatar y otras fuentes, ya se había vendido a China, donde una política energética igualmente confusa, que incluye la prohibición política del carbón australiano, ha provocado el cierre de plantas y una reciente orden del gobierno de adquirir gas y carbón a cualquier precio. Qatar, los exportadores de gas licuado de Estados Unidos y otros, han acudido en masa a Asia, dejando a la Unión Europea fuera, literalmente.

Desregulación energética

Los actuales mercados de energía verde están amañados para beneficiar a especuladores, como los fondos de cobertura, o a inversores como BlackRock o Deutsche Bank, y penalizar a los consumidores de energía. El principal precio del gas natural que se negocia en Europa, el contrato de futuros TTF holandés, lo vende la bolsa ICE, con sede en Londres. Especula sobre cuál será el futuro precio mayorista del gas natural en la Unión Europea dentro de uno, dos o tres meses. El ICE está respaldado por Goldman Sachs, Morgan Stanley, Deutsche Bank y Société Générale, entre otros. El mercado consiste en los llamados futuros o derivados del gas.

Los bancos u otros agentes pueden especular por céntimos de dólar, y cuando se supo que las reservas de gas de la Unión Europea para el próximo invierno eran escasas, los tiburones financieros empezaron a alimentarse. A principios de octubre, los precios de los futuros del gas TTF holandés se habían disparado un 300 por ciento en pocos días. Desde febrero, la situación ha empeorado mucho, ya que un cargamento estándar de gas licuado de 3,4 billones de unidades térmicas británicas (BTU) cuesta ahora entre 100 y 120 millones de dólares, mientras que a finales de febrero costaba menos de 20 millones. Esto representa un aumento del 500-600 por ciento en siete meses.

A diferencia de la mayor parte del período de posguerra, desde la promoción política de las renovables solares y eólicas, poco fiables y caras, en la Unión Europea y en otros lugares (por ejemplo, en Texas, en febrero de 2021), los mercados y los precios de la electricidad se han desregulado deliberadamente para promover las alternativas verdes y desplazar al gas y al carbón con el dudoso argumento de que sus emisiones de CO2 ponen en peligro el futuro de la humanidad.

Los precios que soporta el consumidor final los fijan los proveedores de energía, que integran los distintos costes en condiciones de competencia. La forma diabólica en que se calculan los costes de la electricidad en la Unión Europea, aparentemente para incentivar las energías solar y eólica ineficientes y desincentivar las fuentes convencionales, consiste en que “la central más cara entre las necesarias para cubrir la demanda (central marginal) fija el precio de cada hora de producción para toda la producción subastada”. Así, el precio actual del gas natural fija el precio de la hidroelectricidad a un coste esencialmente cero. Dada la subida del precio del gas natural, esto define los costes de la electricidad en la Unión Europea. Se trata de una arquitectura de precios diabólica que beneficia a los especuladores y destruye a los consumidores, especialmente a los hogares y a la industria.

Una causa agravante fundamental de la reciente escasez de carbón, gas y petróleo abundantes es la decisión de BlackRock y otros fideicomisos financieros mundiales de forzar la inversión lejos del petróleo, el gas o el carbón -todas ellas fuentes de energía perfectamente seguras y necesarias- para acumular energía solar o eólica sumamente ineficiente y poco fiable. Lo llaman inversión ESG. Es la última moda en Wall Street y otros mercados financieros globales desde que el CEO de BlackRock, Larry Fink, se unió a la junta del Foro Económico Mundial Klaus Schwab en 2019. Han creado empresas de certificación ESG de fachada que asignan calificaciones ESG “políticamente correctas” a las empresas bursátiles, y sancionan a las que no las cumplen. La fiebre de la inversión en ESG ha hecho ganar miles de millones a Wall Street y sus amigos. También ha frenado el futuro desarrollo del petróleo, el carbón o el gas natural en gran parte del mundo.

La enfermedad alemana

Ahora, tras 20 años de inversiones insensatas en energía solar y eólica, Alemania, antaño el buque insignia de la industria europea, está siendo víctima de lo que puede llamarse la “enfermedad alemana”. Al igual que la enfermedad holandesa, la inversión forzada en energía verde ha llevado a la falta de energía fiable y asequible.

Para avanzar en el programa de energía verde de la Unión Europea, los países, con algunas excepciones, han empezado a desmantelar el petróleo, el gas, el carbón e incluso la energía nuclear. Las últimas centrales nucleares de Alemania cerrarán definitivamente el próximo año. Las nuevas centrales eléctricas de carbón, equipadas con los más modernos depuradores, se están desechando incluso antes de ponerse en marcha.

El caso de Alemania es aún más absurdo. En 2011 el gobierno de Merkel adoptó un modelo energético desarrollado por Martin Faulstich y el Consejo Asesor de Medio Ambiente (SRU), que afirmaba que Alemania podría lograr una generación de electricidad 100 por ciento renovable en 2050. Según ellos, no sería necesario utilizar la energía nuclear ni construir centrales de carbón con captura y almacenamiento de carbono (CAC). Así es como surgió la catastrófica Energiewende de Merkel. Según el estudio, funcionaría porque Alemania podría contratar el exceso de energía hidroeléctrica libre de CO2 de Noruega y Suecia.

Pero con la extrema sequía y el caluroso verano, las reservas hidroeléctricas de Suecia y Noruega son peligrosamente bajas a medida que se acerca el invierno, con sólo el 52 por ciento de su capacidad. Esto significa que los cables de alimentación a Dinamarca, Alemania y ahora el Reino Unido están en peligro. Y para empeorar las cosas, Suecia está dividida sobre el cierre de sus propias centrales nucleares, que proporcionan el 40 por ciento de su electricidad. Y Francia tiene previsto reducir el número de sus centrales nucleares en un tercio, lo que significa que la fuente de suministro de Alemania también será incierta.

El 1 de enero de 2021, debido a la eliminación del carbón impuesta por el gobierno alemán, se cerraron 11 centrales eléctricas de carbón con una capacidad total de 4,7 GW. Esto duró sólo 8 días, cuando varias de estas plantas tuvieron que ser reconectadas a la red debido a un prolongado período de vientos bajos. En 2022 la última central nuclear alemana cerrará y otras centrales de carbón cerrarán definitivamente, todo por el nirvana verde. En 2002, la energía nuclear alemana fue responsable del 31 por ciento de la electricidad libre de carbono.

En cuanto a la energía eólica, que es la más deficitaria en Alemania, de aquí al año que viene se desmantelarán unos 6.000 aerogeneradores con una capacidad instalada de 16 GW debido a la expiración de las tarifas de alimentación de las antiguas turbinas. El ritmo de aprobación de los nuevos parques eólicos se ve frenado por la creciente rebelión de la población y los recursos judiciales por la contaminación acústica y otros factores. Se está produciendo un desastre evitable.

La Comisión Europea, en lugar de admitir los flagrantes fallos de su programa de energía verde, ha redoblado sus esfuerzos, como si el problema fuera el gas natural y el carbón. El zar del clima de la Unión Europea, Frans Timmermans, declaró absurdamente: “Si hubiéramos tenido el acuerdo verde cinco años antes, no estaríamos en esta situación, porque seríamos menos dependientes de los combustibles fósiles y del gas natural”.

Si la Unión Europea sigue esta agenda suicida, se encontrará en un páramo desindustrializado dentro de unos años. El problema no es el gas, el carbón o la energía nuclear. Se trata de una energía verde ineficiente procedente de la energía solar y eólica que nunca podrá proporcionar una energía estable y fiable.

La agenda de energía verde de la Unión Europea, Estados Unidos y otros gobiernos, y la inversión ESG promovida por Davos, sólo asegurarán que en el futuro haya aún menos gas, carbón o nuclear a los que recurrir cuando el viento se detenga, haya sequía en las presas hidroeléctricas o falte sol. Es un camino hacia la destrucción económica. Pero, de hecho, es el objetivo de la “energía sostenible” de la ONU para 2030 o el Gran Reajuste de Davos: la reducción de la población a gran escala. Nosotros, los humanos, somos las ranas que se hierven lentamente. Y ahora los poderes fácticos están subiendo la temperatura.

—F. William Engdahl https://journal-neo.org/2021/10/11/the-green-agenda-or-how-this-energy-crisis-is-different-from-all-others/

Auge de las huelgas obreras en Estados Unidos

Decenas de miles de trabajadores estadounidenses, cansados del deterioro de sus condiciones laborales, que se han deteriorado durante el confinamiento, especialmente por un exceso de horas extras.

Es difícil saber el número exacto de huelgas, ya que el gobierno estadounidense sólo registra las que implican a más de 1.000 trabajadores. Pero la tendencia ha sido claramente ascendente desde el movimiento de los maestros de Virginia Occidental en 2018.

Desde el jueves, 10.000 trabajadores del fabricante de tractores John Deere están en huelga, 1.400 del fabricante de cereales Kellogg’s desde el 5 de octubre y más de 2.000 trabajadores del hospital Mercy de Buffalo desde el 1 de octubre.

Unos 31.000 trabajadores del grupo sanitario Kaiser, en la costa oeste de Estados Unidos, también amenazan con dejar de trabajar en breve.

Esta mañana, a última hora, el sindicato audiovisual IATSE ha llegado a un acuerdo con los estudios de Hollywood para desconvocar la huelga de 60.000 trabajadores que estaba convocada para mañana.

En las redes sociales el movimiento ya tiene un nombre: “Striketober”, contracción de “strike” (huelga) y “october” (octubre).

Durante la pandemia, para compensar las numerosas ausencias, “sacrificamos tiempo con nuestras familias, nos perdimos los juegos de los niños, nos perdimos las cenas, para asegurarnos de que las cajas de cereales estuvieran en las tiendas”, dijo Dan Osborn, mecánico de Kellogg’s durante 18 años.

El presidente del sindicato local de la BCTGM se siente engañado. “No pedimos aumentos salariales”, dice. A los trabajadores les importan las largas horas de trabajo y se oponen a la generalización de una categoría de asalariados que no tienen acceso a las mismas prestaciones y a la supresión del ajuste automático de los salarios al coste de la vida, un punto importante en un momento de alta inflación.

La mayoría de los huelguistas “reclaman mejores condiciones de trabajo”, señala una especialista en movimientos laborales de la Universidad de Cornell. “Las empresas obtienen más beneficios que nunca y piden a los trabajadores que trabajen más que nunca”, afirma. Pero ante unos empresarios que se niegan a transigir, los trabajadores “son menos propensos a aceptar convenios colectivos que no satisfagan sus necesidades”, señala.

“Cuantas más huelgas tienen éxito, más huelgas se inician, porque la gente empieza a creer realmente que puede ganar y está dispuesta a arriesgar sus salarios o sus puestos de trabajo”, afirma Josh Murray.

La huelga de Kellogg’s se suma a la realizada en julio por 600 trabajadores de una fábrica de pasteles de aperitivo de Frito-Lay en Kansas, filial de PepsiCo. Dejaron de trabajar durante 19 días para obtener, entre otras cosas, la garantía de un día libre a la semana y aumentos de sueldo.

Tras cinco semanas de huelga, un millar de huelguistas de la empresa de aperitivos Nabisco, filial del monopolio Mondelez, obtuvo en septiembre sus rivindicaciones.

En los últimos años los trabajadores se han beneficiado del auge de diversos movimientos sociales con los que han podido asociarse, como el sindicato de hostelería de Arizona, Unite Here, que ha logrado organizar a los inmigrantes.

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