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Rusia no renovará el acuerdo sobre la exportación de cereales

A 16 días de que expire el acuerdo sobre la iniciativa del grano del Mar Negro, negociado por la ONU y Turquía el pasado mes de julio, las tensiones aumentan. Rusia ha reafirmado que no renovará su apoyo al pacto si no obtiene un levantamiento del bloqueo a sus propias exportaciones agrícolas.

Aunque las sanciones occidentales no se han dirigido explícitamente al sector agrícola ruso, las restricciones en materia de logística, sistema de pagos y seguros representan importantes obstáculos para los envíos de fertilizantes y cereales.

Según Lavrov, este asunto lo trató con su homólogo turco al margen de la cumbre del G20 que se celebró en Nueva Delhi el 2 de marzo. “Insistimos en que la prórroga del acuerdo sobre cereales era posible si se tenían en cuenta los intereses de los productores agrícolas rusos y los fabricantes de fertilizantes, cuyo acceso a los mercados está interrumpido”, declaró Lavrov.

Esta declaración se produce cuando Ucrania hizo un llamamiento a la ONU y a Turquía, el 28 de febrero, para que iniciaran negociaciones sobre la prórroga del acuerdo durante al menos un año, incluyendo los puertos de la región meridional de Mykolaiev.

El 24 de febrero, primer aniversario del inicio de la Guerra de Ucrania, los países miembros de la Unión Europea adoptaron el décimo paquete de sanciones contra Rusia.

Ucrania exporta unos tres millones de toneladas de productos agrícolas al mes en virtud del acuerdo.

Tras alcanzar su nivel máximo después del inicio de la Guerra de Ucrania, los precios del trigo han vuelto a caer a los niveles anteriores. El motivo es la reanudación de los envíos a través del corredor marítimo de la ONU y la perspectiva de una gran cosecha mundial.

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El Fondo Europeo para la Paz se destina a la guerra (a la de Ucrania naturalmente)

Este mes los países de la Unión Europea destinarán 1.000 millones de euros para cumplir su compromiso de suministrar urgentemente las municiones solicitadas por el ejército ucraniano.

Los dirigentes de la Unión Europea prometieron a Zelensky acelerar el suministro de armas y municiones para que el ejército ucraniano pueda repeler la esperada ofensiva de Rusia.

Es una malversación de fondos legalizada e institucionalizada. En un documento Borrell aboga por dedicar 1.000 millones de euros del Fondo Europeo para la Paz al suministro de armas de guerra a Ucrania, especialmente proyectiles de 155 milímetros, que son los que utiliza la artillería ucraniana.

La financiación permitirá la entrega rápida de 250.000 proyectiles de 155 milímetros a un precio de 4.000 euros cada uno. La propuesta será debatida por los ministros de Defensa de la Unión Europea en su reunión informal del martes en Estocolmo. Estonia ha pedido que se asignen 4.000 millones de euros al Fondo para comprar y entregar un millón de proyectiles a Ucrania.

Borrell hizo un llamamiento a los miembros de la Unión Europea para que recurran a sus reservas estratégicas. “Es urgente. Tenemos que movilizar rápidamente los medios que tenemos y tenemos que actuar con lo que tenemos”, dijo el 21 de febrero, durante una rueda de prensa conjunta con el jefe de la diplomacia ucraniana, Dmytro Kuleba, y el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg.

El Fondo Europeo para la Paz ya ha liberado 3.500 millones de euros y los Estados han acordado concederle otros 2.000 millones. El dinero se utilizará para reembolsar a los Estados el suministro a Ucrania de armas y municiones procedentes de sus arsenales.

En su propuesta Borrell sugiere conceder una tasa de reembolso favorable, de hasta el 90 por cien, si la munición se entrega antes de una fecha determinada. Insiste en la extrema urgencia de las entregas, a pesar del agotamiento de las existencias de los Estados miembros.

El presupuesto del Fondo Europeo para la Paz se financia con las contribuciones de los Estados en función de su PIB. Los tres principales contribuyentes son Alemania, Francia e Italia. Tres países -Austria, Irlanda y Malta- no contribuyen a la financiación del suministro de armas letales y sus contribuciones son cubiertas por los otros 24 miembros de la Unión Europea.

Borrell insiste también en la necesidad de realizar compras conjuntas para seguir abasteciendo a Ucrania y reponer los arsenales de los Estados miembros. A más largo plazo, la Unión Europea debe mejorar su capacidad de producción y reforzar su industria de defensa, dice Borrell. El Presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, apoya ese planteamiento y ha anunciado “propuestas operativas” sobre compras conjuntas para la cumbre de la Unión Europea del 23 de marzo.

Se espera que los países de la Unión Europea destinen 1.000 millones de euros en marzo para cumplir su compromiso de suministrar urgentemente la munición solicitada por el gobierno ucraniano. Los dirigentes de la Unión Europea han prometido a Zelensky acelerar el suministro de armas.

Con un presupuesto de 5.700 millones de euros para el período 2021-27, el Fondo Europeo para la Paz se creó con el pretexto de mejorar la capacidad de la Unión Europea para la prevención de conflictos, no para empeorarlos.

Hasta ahora el Fondo ha entregado 3.500 millones de euros en ayuda militar a Ucrania. Prácticamente no sirve para otra cosa que para atizar la guerra.

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La deuda pública de Ucrania supera los 116.000 millones de dólares

En enero la deuda pública de Ucrania superó los 116.440 millones de dólares, lo que supone un aumento de más de 5.000 millones, según anunció el Ministerio de Finanzas ucraniano.

La deuda pública ucraniana garantizada por el Estado aumentó en 185.350 millones de hrivnias, es decir, 5.060 millones de dólares. A 31 de enero ascendía a 4.258.200 millones de hrivnias, es decir, 116.440 millones de dólares.

El año pasado la deuda pública aumentó un 13,7 por cien (13.420 millones de dólares), hasta los 111.380 millones de dólares a 31 de diciembre.

Según la Rada, el presupuesto ucraniano para este año prevé el aumento del límite de deuda a 172.700 millones de dólares, es decir, el 102,3 por cien del PIB previsto para este año.

El presupuesto también prevé un déficit de 38.000 millones de dólares. Zelensky, ha pedido que el déficit presupuestario ucraniano se cubra totalmente este año.

El país cada vez tiene más dificultades para hacer frente a sus deudas y gran parte del dinero que entra en concepto de ayuda, sale inmediatamente hacia los bolsillos de grandes fondos y bancos.

El fondo buitre BlackRock es el mayor acreedor de Ucrania. Tiene 1.370 millones de euros en bonos públicos del país. En enero de 2021 dicha cifra era de 909 millones, lo que muestra que el fondo se ha ido nutriendo de más deuda ucraniana a medida que la guerra avanzaba.

El gobierno de Kiev también ha emitido bonos de guerra, más deuda para financiar la compra de armamento, pero su cotización se ha desplomado y Standard & Poor’s la ha clasificado al nivel del bono basura.

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La secretaria del Tesoro viaja en secreto a Kiev con el talonario de cheques

A Ucrania hay que viajar con la cartera llena, el talonario de cheques y la tarjeta de crédito. Primero fue BlackRock, luego la banca JPMorgan y, finalmente, la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, que ha viajado en secreto a Kiev porque no hay otra manera de mantener en funcionamiento las escuelas, hospitales y otros servicios esenciales de Ucrania que el dinero de Estados Unidos.

El viaje llega una semana después de la visita de Biden para reafirmar que Washington respaldará al gobierno de Kiev “todo el tiempo que haga falta”. Pero las encuestas muestran un creciente escepticismo entre los estadounidenses sobre el costo y algunos congresistas piden un mayor control del dinero enviado a Ucrania, que está llenando los bolsillos de políticos, funcionarios y altos oficiales del ejército ucraniano.

Sin esa financiación, los ucranianos “no podrían tener niños que siguieran yendo a la escuela y padres que sigan yendo a trabajar”, dijo Yellen en una entrevista antes de su viaje. “No podrían financiar a los equipos de primera intervención ni a los hospitales, ni prestar los servicios básicos del Gobierno que son totalmente necesarios para que el país funcione”.

Yellen, que entró a Kiev cuando aún sonaban las sirenas tras los ataques nocturnos de drones rusos en todo el país, se reunió con Zelensky y el Primer Ministro Denys Shmyhal. También visitó a profesores y administradores de una escuela, cuyos salarios paga directamente Estados Unidos.

La secretaria del Tesoro anunció el desembolso de los primeros 1.250 millones de dólares de la nueva ayuda económica, de un total de 10.000 millones prometidos por La Casa Blanca. Estados Unidos ya ha proporcionado casi 50.000 millones de dólares a Ucrania, la mayoría en ayuda militar.

Yellen también depositó una corona de flores en un muro conmemorativo en honor de los caídos en la guerra, y dedicó varios minutos a contemplar los tanques y la artillería rusos destruidos que estaban expuestos.

“Es realmente importante que los estadounidenses entiendan que necesitamos proporcionar bienes relacionados con la defensa, pero también tienen que entender que este es un país que necesita y se está beneficiando de la ayuda económica, y que es dinero que está bien gastado”, dijo. Yellen elogió al gobierno ucraniano por su comportamiento ejemplar en la lucha contra la corrupción.

Desde el año pasado el gobierno ucraniano ha recurrido a los especuladores extranjeros para financiar su presupuesto de guerra. El déficit puede alcanzar unos 38.000 millones de dólares este año y la población no dispone de suministros fiables de electricidad, calefacción y agua.

“Estamos comprometidos a proporcionarle la asistencia de seguridad que necesita para defender a su país”, dijo Yellen en su reunión con Zelensky. “Pero también sabemos que la resistencia en el frente no es posible sin un frente interno fuerte y estable: una economía que funcione y un gobierno que siga prestando servicios vitales”.

En las reuniones del Grupo de los 20 celebradas la semana pasada en Bengaluru, India, Yellen intensificó los llamamientos a otros países para que presten apoyo financiero a Ucrania e instó al Fondo Monetario Internacional a que avance rápidamente hacia un programa completo para el país. En la reunión del G-20 no se llegó a una declaración consensuada.

El FMI y Ucrania han estado estudiando un paquete de ayuda plurianual por valor de hasta 16.000 millones de dólares para ayudar a cubrir las necesidades del país y servir de catalizador para financiación internacional adicional. El G7 instó al FMI a completar las conversaciones sobre un programa para Ucrania y esperan llegar a un acuerdo para una nueva financiación a finales de marzo.

Yellen ha discutido el programa de préstamos con la directora del FMI, Kristalina Gueorguieva, en los últimos días. Los equipos del Tesoro y del FMI están en contacto diario.

—https://www.bloomberglinea.com/2023/02/27/yellen-viaja-en-secreto-a-kiev-para-reforzar-el-apoyo-de-eeuu-a-ucrania/

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Japón es otra bomba de relojería de la economía mundial

Ahora un dólar se compra por 138 yenes, pero en octubre subió por encima de los 150, alcanzando un nuevo máximo en 32 años, a medida que se amplía la brecha entre la política del banco central y la de la Reserva Federal de Estados Unidos. La segunda ha subido repetidamente los tipos de interés para atajar las subidas de precios, mientras que el primero mantiene su política monetaria laxa para impulsar la economía.

La política de la Reserva Federal, junto con las persistentes expectativas de inflación, ha impulsado el rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años hasta el 4 por cien. El Banco de Japón, por su parte, sigue manteniendo el rendimiento de la deuda pública japonesa a 10 años cerca de cero. El banco central japonés realiza operaciones de compra de bonos para mantener el rendimiento en torno a cero.

La diferencia de rendimiento está impulsando a los especuladores a vender yenes y comprar dólares, ejerciendo una fuerte presión a la baja sobre la divisa japonesa.

A mediados de noviembre la economía japonesa se contraía por primera vez en cuatro trimestres, a medida que la inflación y la debilidad del yen golpeaban al país. Sin embargo, la historia económica de Japón en la posguerra muestra una fortaleza extrema de la divisa. Una debilidad excesiva es más fácil de soportar que una moneda demasiado musculosa.

La política flexible del Banco de Japón está bajo presión, ya que la inflación alcanza su nivel más alto en más de 40 años, con un aumento de los precios del 4,2 por cien anual en enero, más del doble del objetivo oficial del 2 por cien.

El viernes el candidato a gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda, volvió a la cuadratura del círculo, prometiendo una “inflación estable”.

A mediados de enero, Japón informó de un mínimo histórico en el déficit comercial anual de 155.000 millones de dólares para el año anterior. No se trata de un resultado repentino para la economía japonesa, sino que ha sido un proceso lento a lo largo de un período de 12 años de flexibilización cuantitativa cada vez mayor.

Los desequilibrios no han hecho más que empeorar y en febrero del año pasado el Banco de Japón se vio obligado a comprometerse a comprar cantidades ilimitadas de bonos del gobierno.

Al mismo tiempo, el banco central limitó los tipos de interés de los bonos a 10 años al 0,25 por cien para reducir el coste de los préstamos. Pero si lanzan cantidades ilimitadas de divisas para monetizar una deuda pública desbocada, y mantienen los tipos de interés por debajo de los niveles del mercado, harán estallar la moneda.

Reagan ataca su famoso ‘neoliberalismo’

En la década de los ochenta Japón era la segunda mayor economía del mundo, por detrás de Estados Unidos. Su moneda, el yen, se contaba entre las más fuertes y en 1985, con el Acuerdo del Plaza, Estados Unidos le obligó a revalorizarlo todavía más. Fue el comienzo de su declive. En la posguerra Estados Unidos ascendió a Japón a la cúspide y Reagan le echó a rodar hacia abajo de una patada.

Junto con Thatcher, los manuales consideran a Reagan como el pionero de eso que llaman “neoliberalismo” y que nunca existió. No solamente lo demostró el Acuerdo del Plaza sino también el Acuerdo sobre semiconductores, firmado con Japón al año siguiente.

En 1985 se produjo en Estados Unidos una recesión en el mercado informático, que provocó a Intel la mayor caída en más de diez años. Por el contrario, Japón era un pais puntero en la fabricación de mercancías tecnológicas de gran consumo para Occidente, incluido Estados Unidos a quien había superado en el mercado de memorias DRAM. Gracias a la inversión en medios de producción y automatización, Japón podía fabricar productos más rápidos y baratos que Estados Unidos que, además, eran de calidad superior.

En Washington empezaron a criticar a Japón por sus prácticas comerciales “depredadoras” y “desleales”. En 1986 impusieron la firma del Acuerdo sobre semiconductores y la cuota estadounidenses en el mercado japonés se incrementó hasta el 30 por cien en cinco años. Era lo que necesitaban las empresas tecnológicas estadounidenses para respirar.

Pero Estados Unidos no se conformó con eso. Al año siguiente impuso un arancel del 100 por cien a algunas mercancías japonesas por valor de 300 millones de dólares.

El yen cae y la especulación se dispara

La apreciación del yen sumió a la industria japonesa en la recesión y, en respuesta a ello, el Banco de Japón empezó a bajar los tipos de interés. Pero el dinero barato no fue a parar a la industria sino a la especulación en inmuebles y bolsa.

Entre 1985 y 1989 las acciones subieron en Japón un 240 por cien y los precios del suelo un 245 por cien. ¿Para qué fabricar? Los monopolios se lanzaron a la vorágine especuladora. Nissan empezó a ganar más dinero especulando que fabricando coches. Fue una burbuja gigantesca. El patrimonio inmobiliario total del sector privado se disparó.

En 1989 restringieron los préstamos inmobiliarios. Los precios del suelo y de las viviendas dejaron de subir. Al año siguiente el mercado de valores cayó un 32 por cien, en un momento en que los bancos estaban repletos de activos tóxicos. Cesaron los préstamos especulativos y también los que no lo eran. Más de cinco millones de trabajadores japoneses perdieron su empleo y no encontraron otro. El suicidio se convirtió en la principal causa de muerte en los varones de 20 a 44 años.

Entre 1990 y 2003 quebraron 212.000 empresas. En el mismo periodo, el mercado de valores cayó un 80 por cien. Los precios del suelo en las grandes ciudades cayeron hasta un 84 por cien.

Durante diez años el gobierno trató de impulsar la demanda interna con la típica receta de aumentar el gasto público. La deuda pública alcanzó niveles históricos. En 2011 llegó al 230 por cien del PIB, la más alta del mundo. No sirvió de nada. La economía japonesa marcha hacia el desastre.

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La economía de guerra va viento en popa en una época de recortes

El sábado la empresa de seguridad Thales anunció que se disponía a contratar a 12.000 trabajadores en todo el mundo, de los cuales pata este año habrá 4.000 nuevos empleos.

Los sectores aeronáutico y de defensa buscan personal a mansalva porque, en una época de recortes, sólo hay dinero para la guerra. España ha aumentado un 20 por cien su presupuesto en Defensa en los últimos 5 años.

Pero para el cálculo real del gasto, la OTAN suma a esta cantidad otras partidas que no están incluidas en el apartado del Ministerio de Defensa en los presupuestos, como las misiones militares en el exterior (que se financian en su mayor parte con cargo al Fondo de Contingencia), las pensiones de los militares o actividades sufragadas por otros Ministerios u organismos autónomos (*).

Para este año el presupuesto del Ministerio de Defensa es histórico en la medida que incluye un potencial de inversión productiva sin precedentes.

En Francia Airbus ha anunciado que cuenta con 3.500 nuevas contrataciones, Safran con 4.500 más, Dassault, cuya empresa matriz cuenta con 9.200 trabajadores, prevé contratar a otros 1.000 más este año. El fabricante de equipos aeronáuticos Daher, que tiene una plantilla de 10.500 trabajadores, tiene previsto contratar a otros 1.100 este año, 700 de los cuales serán creaciones netas.

La guerra no sólo necesita carne de cañón para enviarla al frente, sino mano de obra para las empresas de la retaguardia, que no son capaces de abastecer el aumento de los ritmos de producción.

En Francia las 400 empresas de la industria de guerra dan empleo a más de 190.000 trabajadores y quieren contratar a otros 15.000 más este año, según el grupo de industrias aeronáuticas y espaciales (Gifas).

Ni sanidad, ni educación, ni pensiones, ni gastos sociales de ningñun tipo. En todo el mundo los presupuestos de defensa son un pozo sin fondo. La industria de guerra es una profesión inmejorable, sobre todo porque permitirá a muchos escapar del servicio militar obligatorio en caso de que las cosas se pongan realmente feas.

Lo más curioso es el truco retórico que utilizan los ministros para justificar este dispendio de dinero público, la defensa nacional, porque una buena parte del armamento se exporta a terceros países, por ejemplo a Ucrania. Ya no se habla de “gasto militar” sino de inversiones. La guerra se ha convertido en la locomotora del desarrollo económico.

(*) https://www.europapress.es/nacional/noticia-espana-aumentado-20-presupuesto-defensa-ultimos-anos-sigue-lejos-pib-20220301134826.html

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El monopolio químico alemán BASF despide a más de tres mil trabajadores por la crisis energética

El monopolio químico alemán BASF, uno de los mayores del mundo, atraviesa dificultades económicas porque las sanciones a Rusia le han privado de una materia prima muy barata: el gas.

El año pasado su factura de gas aumentó en 2.200 millones de euros con respecto al año anterior, a pesar de una brutal caída de la producción del 35 por cien, debido sobre todo a las paradas de producción en Ludwigshafen. En 2021, esta fábrica representó el 4 por cien del consumo total de gas de Alemania.

La pérdida de competitividad le obliga a cerrar plantas en Alemania y recortar su plantilla, lo que supondrá la pérdida de 3.300 puestos de trabajo en todo el mundo. En su gigantesca planta de Ludwigshafen, a orillas del Rin, que emplea a unos 39.000 trabajadores, la empresa tiene previsto reducir 700 puestos de trabajo.

El monopolio también quiere reducir sus costes en todo el mundo despidiendo a otros 2.600 trabajadores más. La competitividad de BASF en Europa se resiente de los elevados costes de la mayoría de las materias primas y combustibles y quiere deslocalizar las producciones intensivas en energía.

BASF anunció el año pasado que gastaría 500 millones de euros al año durante 2023 y 2024 para reducir sus costes, señalando que no se espera que los precios del gas vuelvan a los niveles anteriores a la guerra de Ucrania. Los precios del gas han caído desde entonces, pero podrían volver a subir este año a medida que China, que ha puesto fin a su política de “covid cero”, recupere la actividad económica.

Los cierres anunciados afectan a una de las dos unidades de producción de amoníaco del complejo industrial de Ludwigshafen, a otra de producción de caprolactama, que se utiliza para fabricar plásticos y fibras, y a unidades asociadas de fertilizantes. En el futuro, la planta de caprolactama de Amberes (Bélgica) será el único proveedor de la demanda del mercado local y europeo.

También se cerrarán otras unidades de producción de ciclohexanol y ciclohexanona, para la fabricación de nailon, así como de sosa pesada, y una unidad de ácido adípico utilizado para producir materiales sintéticos. La producción de este ácido a través de una empresa conjunta en Francia con Domo en Chalampé (Haut-Rhin) continuará.

Por último, el centro de producción de TDI, en el que se han invertido más de 1.000 millones de euros, se cerrará debido a su infrautilización. Los clientes serán atendidos desde plantas situadas en Estados Unidos y China.

BASF, que produce productos químicos para los sectores de la automoción, la agricultura y la construcción, aspira a obtener un beneficio de explotación de 5.400 millones de euros como máximo este año, por debajo de los 6.900 millones de euros logrados en 2022, que ya supusieron un descenso del 11 por cien. Se espera que las ventas alcancen un máximo de 87.000 millones de euros, lo que supondría el mismo nivel que el año pasado.

El año pasado las cuentas del monopolio cayeron en números rojos: en 627 millones de euros de pérdidas. A causa de las sanciones, ha cerrado sus instalaciones en Rusia. A ello hay que añadir las pérdidas ocasionadas por la voladura del gasoducto Nord Stream.

En la Bolsa de Frankfurt la cotización de las acciones ha bajado un 6,54 por cien.

En el cuarto trimestre del año pasado Alemania registró una caída del PIB del 0,4 por cien.

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Los bancos rusos han aumentado su beneficio neto

Los bancos rusos obtuvieron 258.000 millones de rublos de beneficio neto (3.090 millones de euros) este año, 1,5 veces más que el resultado del año anterior y 1,3 veces menos que el beneficio de diciembre.

Desde febrero del año pasado, el Banco Central de Rusia había suspendido la publicación de los beneficios mensuales de los bancos rusos. El regulador bancario retomó esta práctica el pasado diciembre.

En enero de 2019 el beneficio del sector bancario ruso ascendió a 264.000 millones de rublos. Las cifras para enero de 2023 son casi equivalentes a las del mismo periodo de 2019, antes de las sanciones occidentales de 2020, 2021 y 2022.

En enero de 2023, el beneficio del sector bancario ruso se vio impulsado por el resultado operativo: los ingresos netos por intereses y comisiones aumentaron un 26 por cien y un 16 por cien interanual.

En enero el coste del riesgo de los préstamos se situó en torno al 1 por cien, por debajo de la media histórica del 2 por cien. Los bancos rusos han logrado superar el choque de las sanciones occidentales, reforzando su concentración en el mercado local y en los mercados de Asia y Oriente Medio.

A pesar de las sanciones occidentales, el número de bancos rusos rentables pasó de 222 en diciembre (68 por cien del total) a 263 en diciembre (81 por cien del total) y su participación en los activos del sector aumentó del 82 por cien al 98 por cien, respectivamente.

Sin embargo, a pesar de los beneficios, el capital del balance de los bancos se redujo en 77.000 millones de rublos (954 millones de euros) hasta los 12 billones de rublos (149.000 millones de euros) debido al ajuste de los beneficios no distribuidos de años anteriores.

La aceleración del crecimiento de los activos en diciembre se debió a un activo aumento de los préstamos a finales de año, así como a un incremento de la valoración del riesgo operativo.

Según el FMI, el PIB ruso cayó en 2022 un 2,2 por cien (según una previsión realizada en octubre, la caída debería haber sido del 3,4 por cien). Este año el FMI espera que el PIB ruso crezca un 0,3 por cien (según las previsiones anteriores, se esperaba una caída del 2,3 por cien) y en 2024 – un 2,1 por cien. El choque exterior derivado de la guerra de Ucrania ha lastrado el PIB ruso, pero la economía rusa ha demostrado su capacidad de recuperación, gracias al fuerte desarrollo de su industria, la autosuficiencia en materias primas y los sólidos vínculos comerciales con Asia. La fortaleza económica de Rusia se debe también a su pertenencia al grupo Brics.

El 2 de febrero el Banco de Rusia publicó las primeras previsiones de los indicadores macroeconómicos. Los 28 analistas encuestados por el Banco Central han revisado al alza sus expectativas para la economía rusa este año: ahora prevén una caída del PIB del 1,5 por cien, frente al 2,4 por cien previsto en diciembre. En 2022 el descenso del PIB también será menor: un 2,5 por cien en lugar del 2,9 por cien previsto en la encuesta anterior.

Según Rosstat, la agencia estadística rusa, la caída del PIB de Rusia el año pasado, registrada en el 2,1 por cien, fue inferior a la estimada por el Banco Central en febrero (2,5 por cien), a la prevista por el Ministerio de Desarrollo Económico (la previsión oficial del Ministerio era del 2,9 por cien) y a la asumida por los economistas: la previsión de consenso de los expertos a finales de diciembre había estimado una caída del 2,7 por cien.

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En la posguerra Ucrania será carroña para los buitres

Las oportunidades que presenta Ucrania no han pasado desapercibidas. Desde BlackRock (a quien Zelensky ha dado oficialmente la bienvenida) hasta los fondos europeos, el país está siendo observado por los gigantes financieros y por las organizaciones internacionales, decididas a imponer un clima favorable a la inversión privada. El menú es la desregulación, las privatizaciones y una “fiscalidad eficaz”.

El gobierno ucraniano no ha esperado al final de la guerra para aplicar esas reformas.

El final de la guerra no será el final del calvario para Ucrania. En los últimos meses, el jugoso asunto de la reconstrucción de la Ucrania de posguerra ha abierto el apetito.

El pasado noviembre Zelensky firmó un memorando con BlackRock que permite al Consejo financiero de la empresa -una unidad de consultores diseñada para trabajar en países en crisis- asesorar a su ministro de Economía sobre una hoja de ruta para reconstruir el país. En palabras de BlackRock, el objetivo del acuerdo es “crear oportunidades para que inversores públicos y privados participen en la futura reconstrucción y recuperación de la economía ucraniana”.

En el comunicado de prensa del Ministerio, los funcionarios son más directos y explican que quieren “atraer principalmente capital privado”. El acuerdo formaliza una serie de conversaciones mantenidas el año pasado entre Zelensky y el presidente de BlackRock, Larry Fink, durante las cuales el ucraniano subrayó la necesidad de que el país sea “atractivo para los inversores”. Según un comunicado de la oficina del presidente, BlackRock ya había asesorado al gobierno ucraniano “durante varios meses” a finales de 2022.

Ambas partes acordaron centrarse en “coordinar los esfuerzos de todos los posibles inversores y participantes” en la reconstrucción de Ucrania y “canalizar las inversiones hacia los sectores más relevantes y prometedores”. No es la primera vez que el Consejo financiero de BlackRock actúa así. BlackRock es un asesor de los Estados en materia de privatizaciones, “muy activo a la hora de contrarrestar cualquier intento de regularlas”. La empresa utilizó la crisis de 2008 -a su vez resultado de los valores respaldados por hipotecas basura en los que Larry Fink se había convertido en un maestro- para aumentar su poder e influir en los responsables políticos, a través de conflictos de intereses, puertas giratorias entre los sectores privado y público y tráfico de influencias.

En Estados Unidos, BlackRock ha suscitado una considerable controversia por su gestión del programa de inversión en el mercado de bonos de la Reserva Federal durante la pandemia, que dio lugar a que la mitad de los fondos del programa se invirtieran en… BlackRock.

Ucrania ya se encontraba en una dinámica favorable para la inversión extranjera. En diciembre del año pasado, cuando Kiev y BlackRock ya llevaban varios meses negociando, el Parlamento ucraniano adoptó una legislación favorable al desarrollo inmobiliario que había sido bloqueada antes de la guerra. Su objetivo es desregular la legislación urbanística en beneficio del sector privado, que ha estado codiciando la demolición de lugares históricos.

Se suma a los anteriores ataques del Parlamento a la legislación laboral ucraniana, heredada de la era soviética, que legalizó los contratos de 10 horas, debilitó el poder de los sindicatos y sumió al 70 por cien de la población activa en la informalidad. Estos cambios legislativos no habían sido sugeridos al Parlamento por BlackRock, sino por el Ministerio de Asuntos Exteriores británico y apoyados por el partido de Zelensky. Este último argumentaba: “La regulación extrema del empleo contradice los principios del mercado autorregulado […] crea barreras burocráticas a la autorrealización de los empleados”.

“Estos primeros pasos hacia la desregulación y la simplificación del sistema fiscal son emblemáticos de medidas que no sólo han resistido el impacto de la guerra, sino que se han visto aceleradas por ella”, dijo The Economist. “Con un público nacional e internacional a favor de la reconstrucción y el desarrollo de Ucrania”, suponía el periódico, las reformas se acelerarían después de la guerra, anticipando una mayor desregulación que “suavizaría el flujo de capital internacional hacia la agricultura ucraniana”. La receta para el éxito, afirmaba, era una mayor privatización de las “empresas públicas deficitarias” que “pesan sobre el gasto público”. Esta fase final de la privatización, señalaba amargamente The Economist, “se había detenido con el estallido de la guerra”.

Sin embargo, The Economist no debería haberse preocupado. La privatización es una de las principales prioridades de la Ucrania de posguerra. El pasado mes de julio, una miríada de grandes empresas europeas y funcionarios ucranianos asistieron a la Conferencia de Reconstrucción de Ucrania, diseñada para medir el progreso de la privatización del país, impuesto por Occidente tras el Golpe de Estado de 2014.

Como dejó claro el boletín de conclusiones políticas de la Conferencia, el Estado de posguerra no necesitará a BlackRock de su lado para llevar a cabo este plan de los especuladores y buitres. Entre las recomendaciones políticas se encuentran “un menor gasto público”, “un sistema fiscal eficiente” y, más en general, un avance hacia la “desregulación”. Aconseja seguir “reduciendo el tamaño del gobierno” mediante nuevas privatizaciones, una mayor liberalización de los mercados de capitales para crear un “mejor clima de inversión, más acogedor para la inversión directa de Europa y del mundo”.

La lectura de estos documentos evoca la voracidad capitalista más descabellada. Ucrania se presenta como una empresa emergente favorable a los negocios, en gran parte gracias a los nueve reactores nucleares estadounidenses de la empresa Westinghouse. No tiene nada que envidiar al lema “un país en un smartphone”, propuesto por el propio Zelensky hace tres años.

Un país en crisis que acude a gobiernos e instituciones financieras en busca de ayuda. La historia no es nueva. Luego llega la fase en la que descubre que los fondos que necesita desesperadamente se obtienen al precio de condiciones cada vez menos deseables. Entonces comienzan las reformas destinadas a desmantelar la inversión pública en la economía, abrir el mercado nacional al capital extranjero y aumentar el sufrimiento de la población.

Se trata de la repetición de un escenario que Ucrania ya ha vivido. Tras el Golpe de Estado de 2014, el FMI y representantes occidentales, como Biden, entonces vicepresidente de Estados Unidos, instaron al gobierno de Kiev a llevar a cabo reformas estructurales, como recortar las subvenciones al gas para los hogares ucranianos, privatizar miles de empresas estatales y levantar la antigua moratoria sobre la venta de tierras agrícolas. Durante la pandemia, bajo una intensa presión financiera, Zelensky aprobó esta última petición.

Por desgracia, es probable que el final de la guerra desencadene nuevos asaltos en Ucrania, dirigidos no por hombres con uniforme militar, sino con trajes de tres piezas.

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China denuncia el bloqueo del mercado de semiconductores

En la Conferencia de Seguridad de Munich el jefe de la diplomacia china, Wang Yi, ha lanzado un violento ataque contra Washington. Ha denunciado su proteccionismo económico en materia de semiconductores. El reto para Washington es mantener su hegemonía y limitar los avances chinos en este campo introduciendo nuevas normas internacionales para limitar las exportaciones de chips a China.

A pesar de las promesas de Estados Unidos y China de mejorar las relaciones bilaterales en la cumbre del G20 celebrada en Indonesia en noviembre, las tensiones entre las dos superpotencias siguen siendo elevadas. Wang Yi arremetió violentamente contra Washington, recalcando ayer que las restricciones estadounidenses a las exportaciones de semiconductores fabricados por empresas chinas eran proteccionismo al 100 por cien. Estas restricciones son “100% egoístas y 100% unilaterales”.

“Estados Unidos utiliza todos sus medios para reprimir y insultar a China y anima a otros países a hacer lo mismo”, afirmó. “No tememos la competencia, pero queremos una competencia justa y basada en normas. Estados Unidos no lo está haciendo”, afirmó Wang Yi.

En nombre de la “seguridad nacional”, en octubre Estados Unidos anunció nuevos controles a la exportación destinados a limitar la capacidad de Pekín para comprar y fabricar chips de alta gama con el pretexto de que se utilizan en aplicaciones militares. Pero la política de Washington es dificultar a Pekín el desarrollo de su propia industria de semiconductores.

Los semiconductores son objeto de una encarnizada batalla. Estados Unidos quiere preservar su dominio tecnológico y acusa regularmente a China de espionaje industrial y amenazas a su seguridad nacional, al igual que sus aliados. Por ejemplo, la empresa holandesa ASML, actor clave en la construcción mundial de microprocesadores, anunció recientemente que estaba investigando la apropiación indebida por un antiguo empleado del grupo en China de información confidencial relativa a una tecnología patentada. “Estamos investigando el asunto. Basándonos en nuestras conclusiones iniciales, no creemos que la apropiación indebida sea importante para nuestro negocio”, declaró. ASML es el único fabricante que construye máquinas EUV (Ultravioleta Extremo) del tamaño de un autobús, con las que se fabrican los chips más avanzados.

ASML se encuentra en plena ofensiva de Washington, que pide a Holanda y Japón que se sumen a sus restricciones a la exportación a China. Estos últimos figuran en un acuerdo multilateral firmado por unos 40 países, entre ellos Estados Unidos y Países Bajos, que regula el control de las exportaciones de tecnologías de doble uso civil y militar. Washington, La Haya y Tokio han llegado a un acuerdo para aplicar nuevas normas que endurezcan las restricciones a la exportación a China. Los gobiernos tardarán varios meses en redactarlas y promulgarlas.

A mediados de diciembre, el gobierno estadounidense anunció que añadía 36 empresas chinas, principalmente fabricantes de semiconductores, a su lista negra que les exige obtener una aprobación para poder utilizar tecnología estadounidense en sus productos. Se trata de los principales fabricantes chinos, Yangzte Memory Technologies (YMTC), así como su filial japonesa, y Hefei Core Storage Electronic Limited.

Las empresas incluidas en esta lista deben obtener autorización para beneficiarse de transferencias de tecnología o exportar productos específicos de Estados Unidos o de sus empresas.

Para Washington se trata de limitar “los esfuerzos [de China] para obtener y explotar tecnologías avanzadas, incluida la inteligencia artificial, en la mejora de sus capacidades militares y la violación de los derechos humanos”, justificó el Departamento de Comercio en un comunicado.

China anunció en diciembre que iba a denunciar a Washington ante la Organización Mundial del Comercio por sus restricciones. El Ministerio de Comercio chino acusó en diciembre a Estados Unidos de “obstruir el comercio internacional normal de mercancías, incluidos los chips, y amenazar la estabilidad de la cadena de suministro industrial mundial”. Por ejemplo, el gigante estadounidense Apple se planteó durante un tiempo integrar chips fabricados por YMTC en sus iPhones vendidos en China, antes de dar marcha atrás en esta decisión a mediados de octubre.

Para Pekín se trata de una nueva limitación de las posibilidades de importación de productos tecnológicos de Estados Unidos, tras los controles impuestos a los chips de gama alta por las autoridades americanas en octubre. Para los estadounidenses, las normas de la OMC no se aplican cuando está en juego la seguridad nacional. Pocos días antes de esta decisión, el Departamento de Defensa de Estados Unidos ya había incluido a 13 empresas chinas en su lista negra, entre ellas DJI, empresa de cabecera en el mercado de drones.