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Sobre inundaciones y especulaciones

En diciembre del año 2018, la revista Ecologista núm. 98 publicaba un interesante artículo que titulaba “Inundaciones y construcción de viviendas”, del cual, a raíz de lo ocurrido en Valencia hace unos días, vale la pena reproducir algunos extractos.

“Olas que llegan a la quinta planta de un hotel en Tenerife, viviendas, residencias, centros deportivos y de atención a personas con diversidad funcional inundados, calles y carreteras convertidas en ríos en los que la fuerza del agua se lleva todo. Son algunas de las imágenes que hemos visto en los medios de comunicación recientemente donde se presentan las lluvias torrenciales y tormentas como fenómenos con gran capacidad de destrucción. Lo que no suele aparecer en el foco mediático es que esas construcciones afectadas están casi al borde del mar o en medio del cauce de un río o hay una infraestructura que ha desviado el agua hacia las zonas afectadas…

A partir de los años 50 se empezaron a construir miles de viviendas en zonas de alto riesgo de inundación. En 1996 tuvo lugar la tragedia del camping de Biescas, Huesca, murieron 87 personas por una avenida de agua. Un año después, se dio a conocer que más de 25.000 construcciones estaban situadas en los cauces y zonas de alto riesgo de inundación. Tres meses después, tuvo lugar la tragedia del barrio de Cerro de Reyes, en Badajoz, donde una avenida de agua mató a 25 personas… La inundación de un geriátrico situado en la ribera del río Sió (Agramunt, Lleida), donde murieron cuatro personas… En octubre pasado tuvo lugar la tragedia de Sant Llorenç, en Mallorca, en la que murieron trece personas. La zona donde se produjo estaba considerada como de alto riesgo. Estas tragedias volverán a repetirse con seguridad en otros lugares de España. De hecho, en noviembre se han producido varias trombas de agua de intensidad parecida en Girona, Valencia, Lugo y Murcia con más víctimas mortales. Son tormentas propias de nuestro clima.

El propio Ministerio para la Transición Ecológica estima que 710.000 personas tienen sus viviendas en zonas inundables… Y es muy probable que las avenidas de agua, serán más frecuentes, porque las viviendas y otros edificios no han parado de crecer en estas zonas de riesgo… Ante las lluvias torrenciales, lo único útil es mantener cauces y zonas de alto riesgo de inundación libres” (*).

Y, hoy, tras la tragedia debemos recordar los antecedentes, debido a los desastres urbanísticos que, fruto de la especulación histórica, ha permitido realizar construcciones en los cauces naturales de ríos y torrentes, tanto en ciudades como en los litorales marinos.

Algunos datos para recordar y contradecir a los defensores del ecocapitalismo sobre las inundaciones históricas, entre ellas las del año 1962 en Terrassa, cuya cantidad de muertos todavía hoy es desconocida. La cifra oficial de muertos fue de 617 en apenas unas horas, aunque estudios posteriores aseguran que hubo cerca de mil. Barrios enteros desaparecieron por completo. Coches, camiones y autobuses fueron arrastrados por las riadas.

En el triángulo formado por las ciudades de Sabadell, Terrasa y Rubí, la fiebre especulativa construyó en los cauces de ríos y torrentes que se consideraron secos y urbanizables, pero con el paso de la tormenta volvieron a sus cauces originales cuya agua que se tragó todo lo que encontró a su paso: centenares de viviendas, fábricas y personas.

Pero unos años antes, el 14 de octubre de 1957, se produjo una inundación en Valencia, en la cuenca del Turia, arrastrando vehículos, mobiliario y edificios enteros que causaron oficialmente 81 muertos, pero indagaciones posteriores el número real de muertes pudo ser mayor, llegando hasta los 300.​ Se estima que más de 1.700 personas vieron sus viviendas afectadas, muchas de ellas completamente destruidas.​ Comercios anegados, mercancías perdidas y fábricas inutilizadas, los puentes colapsados, las carreteras destrozadas y el suministro de agua y electricidad interrumpido. Fue el inicio del llamado Plan Sur de desvío del río Turia, salvó Valencia capital de inundaciones, pero dejó en la estacada las localidades colindantes con la Horta Sur.

Aunque con anterioridad hay registros de inundaciones desde el siglo XIV con intervalos de 30 ó 40 años unas de otras, lo que tradicionalmente han denominado los habitantes de estas cuencas como “gota fría”. A pesar de ello se siguió construyendo en cauces y zonas inundables.

En el siglo XIX se produjeron dos de las más graves inundaciones de la historia reciente en el sureste español. En 1802 la rotura del embalse de Puentes, en el cauce del Guadalentín, causó 608 muertes. Y el 15 de octubre de 1897 se produjo la riada de Santa Teresa, cuando el río Segura arrasó Murcia, dejando a su paso 761 muertos y destrozando 24.000 hectáreas de cultivo.

Por aquel entonces, los ecocapitalistas no habían inventado todavía su negocio de capitalismo verde y el discurso a su alrededor de su concepto de “cambio climático” a consecuencia de la elevación de CO2 en la atmósfera y de la superpoblación. Dos cuestiones formales detrás de las cuales está la política eugenésica de disminución de la población y el negocio de las llamadas energías alternativas controladas por las mismas multinacionales que durante años han exprimido el subsuelo del mundo.

Si con anterioridad al siglo XIX, los clérigos decían que los fenómenos atmosféricos eran de voluntad divina, como la sequía o las tormentas, y sacaban la imagen de la Virgen de turno para implorar clemencia, hoy los nuevos clérigos llamados “expertos” o “científicos” a sueldo de estas multinacionales, intentan, todo lo que pueden, ocultar el gran negocio especulativo y urbanístico que ha sido el origen de inmensas fortunas, construyendo en lugares que cualquier científico que no estuviera al servicio del capital, hubiera denunciado y luchado para evitar las consecuencias de la depredación del territorio con fines de lucro.

No por casualidad, la llamada “parte alta” de las ciudades es la residencia de las gentes adineradas, dónde no existe peligro de inundaciones u otros fenómenos atmosféricos. Como ocurrió con el huracán Katrina en Nueva Orleans en agosto del 2005, que el llamado “barrio francés”, ubicado sobre el nivel del mar, al igual que otras zonas de la ciudad urbanizadas antes de finales del siglo XIX en terrenos más altos que los diques de Nueva Orleans, el “barrio francés” apenas se inundó tras el huracán. Las personas pobres y pequeños comerciantes que habitaban la hondonada bajo el nivel del mar sucumbieron ante la rotura de los diques.

No es motivo esencial de estas consideraciones, pero no debemos confundir lo que pueden ser exponentes del hecho de que el clima tradicional está manifestando variaciones, como siempre ha sucedido en la historia, con el llamado “cambio climático” el cual va asociado a una imposiciones de cambios estructurales en procesos industriales, energéticos y de conducta social, que en el fondo solo persiguen reestructuraciones de métodos productivos.

Para no cansar. El problema no es el cambio climático, el problema real es la usura, y pretender desviar la atención con excusas… que si no se avisó a tiempo… que si no funcionaron las advertencias… que, no es más que mantener el stato quo y el poder de la industria constructora aliada a los políticos de turno, los cuales, mientras obtengan beneficios, lo mismo le da construir en el lecho de un río o en un arenal de la costa. El problema es de fondo y debe resolverse mediante la lucha de clases que englobe el tema territorial y urbanístico, al lado de todos los demás que afectan al proletariado.

Mientras no se libre una batalla que enfrente la mayoría social proletaria al capital, solamente queda llorar por las víctimas de estas especulaciones.

(*) https://www.ecologistasenaccion.org/112110/inundaciones-y-construccion-de-viviendas/

Las inundaciones de Valencia no son consecuencia del calentamiento del planeta

Los defensores de la doctrina del calentamiento del planeta han aprovechado las inundaciones de Valencia para poner el carro delante de los bueyes: la causa última de la riada es la subida de las temperaturas, amenazando con un futuro en el que las desgracias seguirán y aumentarán… si no se le pone remedio con la descarbonización.

Sin embargo, las inundaciones no demuestran el calentamiento. Por el contrario, el calentamiento debería demostrar que es la causa de estas inundaciones y de otras que volverán en el futuro, según vaticinan los charlatanes que pululan por las tertulias televisivas, que lo mismo relacionan el calentamiento con las sequias que con los aguaceros.

A ellos, que tanto gustan de las fuentes oficiales, hay que recordarles las conclusiones del IPCC, el organismo de la ONU que sienta doctrina sobre casi todo lo que tiene relación con el cambio climático y que, sin embargo, se muesta muy cauteloso al referirse a las inundaciones:

“Es muy probable que en los últimos 500 años se hayan producido inundaciones mayores que las registradas desde el siglo XX en el norte y centro de Europa, la región del Mediterráneo occidental y Asia oriental. Sin embargo, es moderadamente cierto [sic] que en Oriente Medio, India y el centro de América del norte, las grandes inundaciones modernas son comparables o mayores que las inundaciones históricas en términos de magnitud y/o frecuencia”.

La conclusión del IPCC es que “falta evidencia y, por lo tanto, hay poca confianza con respecto al signo de una tendencia en la magnitud y/o frecuencia de las inundaciones a escala mudial”.

Las inundaciones son fenómenos geofísicos locales. En cada una de las regiones del mundo no responden a los mismos patrones y, en el caso concreto del Mediterráneo occidental, ocurren todos los años, generalmente en otoño. Durante los últimos siete siglos en Valencia se han producido 75 inundaciones.

En la segunda mitad del siglo XVIII el Barón de Maldà ya escribió sobre la “gota fría” y las inundaciones en Barcelona. El Barón ha dado su nombre a las oscilaciones meteorológicas de su tiempo, que se corresponden con lo que ha pasado a la historia climática como “Pequeña Edad de Hielo”.

En Levante las tormentas son un fenómeno meteorológico tan recurrente que están en la cultura popular, desde las canciones, hasta el refranero, pasando por novelas, como “Entre naranjos”, de Vicente Blasco Ibáñez, escrita en 1900. En 1926 Hollywood llevó la novela al cine, con una película protagonizada por Greta Garbo que se distribuyó bajo el nombre de “El torrent”, que indica bien a las claras su trama.

En castellano hay abundantes nombres propios que derivan de la raíz árabe “uadi”, que denota el cauce seco de un río sujeto a inundaciones periódicas repentinas. En el Levante peninsular, la voz “torrent” no sólo designa a algunas localidades, sino que es un apellido muy corriente. Hay registros sobre riadas que se remontan al siglo XIV y en la memoria colectiva ha quedado la de 1957, que causó la muerte de 81 personas y condujo al franquismo a desviar el río Turia.

Toda la costa mediterránea de la Península está afectada por las inundaciones. La de Rubí en Barcelona en 1962 ha sido la peor: mató a más de 800 personas. El elevado número de víctimas se explica por la vulnerabilidad de quienes vivían en las llanuras aluviales de un “uadi”.

Un fenómeno tan recurrente y que ha dado lugar a tal cantidad de literatura popular, también interesa a los científicos. Hoy se ha acumulado una importante bibliografía en torno a las tormentas de Levante. El número de investigaciones aumenta en busca de patrones y regularidades, que son siempre locales y cambiantes a lo largo del tiempo.

Los títulos son ilustrativos, como en el caso de “Inundaciones históricas en el sureste de la Península Ibérica desde el siglo XVI: tendencias y análisis regional de eventos extremos de inundación”, publicado el año pasado por la revista Global and Planetary Change, que analiza las inundaciones en dicha zona desde el año 1500 hasta la actualidad (1).

La frecuencia y la intensidad de las inundaciones del Meditarráneo occidental evolucionan a una escala de varias décadas. Un estudio publicado en Nature, que analizó series históricas de inundaciones en Europa desde 1500 hasta 2016, identificó nueve períodos de inundaciones abundantes (2). Los períodos más notables incluyen 1560-1580 (Europa occidental y central), 1760-1800 (la mayor parte de Europa), 1840-1870 (Europa occidental y meridional) y 1990-2016 (Europa occidental y central).

En la variación secular de las inundaciones en la región occidental del Mediterráneo hay períodos anormales de inundaciones catastróficas concentradas principalmente alrededor del periódo descrito por el Barón de Maldà, la Pequeña Edad del Hielo, es decir, el periodo climático comprendido entre 1760 y 1800.

Durante el siglo XIX y principios del XX, los cambios en la circulación atmosférica llevaron a valores máximos de convergencia del flujo de humedad elevados. La circulación fue más propicia a episodios de precipitaciones intensas y duraderas que a mediados del siglo XX.

Los estudios científicos muestran la amplia variabilidad de los factores que influyen sobre las tormentas. Algunos apuntan a las variaciones de la actividad solar, encontrando correlaciones significativas. Otros sostienen que forman parte de la variabilidad climática a gran escala de la cuenca mediterránea, asociada en parte a patrones de circulación como la Oscilación Ártica y la Oscilación Ártica del Atlántico Norte, que controlan parte de los flujos de humedad sobre las cuencas del Mediterráneo occidental y oriental.

(1) https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0921818123002916
(2) https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/32699397/

Nieva en el desierto de Arabia saudí por primera vez desde que hay memoria

La región de Al Jawf, en Arabia saudí, ha experimentado una nevada que ha convertido el árido paisaje desértico en una rara escena invernal por primera vez desde que hay memoria.

Este fenómeno meteorológico sin precedentes se produce tras un período de intensas lluvias y granizo y ha cautivado tanto a los vecinos como a los turisas y meteorólogos porque desmiente los tópicos convencionales sobre el clima.

Los vecinos de Al Jawf se despertaron con un paisaje cubierto de nieve, con montañas y valles blancos. La Agencia de Prensa Saudita informó de que la nevada formaba parte de un patrón meteorológico más amplio que incluía fuertes lluvias, granizo y la creación de cascadas, que revitalizaron los valles, que suelen estar secos.

El gobierno local estima que estas condiciones podrían dar lugar a una primavera vibrante, con flores de temporada y plantas aromáticas que realzarán la belleza natural de la región.

En respuesta a las nevadas, el instituto meteorológico saudí ha emitido advertencias de que el tiempo seguirá siendo severo en los próximos días. Se espera que persistan tormentas eléctricas, más lluvias intensas, granizo y fuertes vientos en toda la región, lo que podría afectar a la visibilidad y los desplazamientos. Los gobiernos recomiendan a los vecinos que tomen precauciones debido al granizo y la nieve.

Arabia saudí no es el único país que experimenta patrones climáticos inusuales esta temporada. En Emiratos Árabes Unidos, el Centro Nacional de Meteorología informa de condiciones similares, con lluvias, tormentas eléctricas y la posibilidad de granizo que afectan a varias áreas.

Las condiciones meteorológicas son consecuencia de las bajas presiones que se originaron en el Mar Arábigo, que traen un clima más húmedo de lo habitual a la región, que suele ser seca.

La nevada en Al Jawf es un capítulo sin precedentes en la historia meteorológica de Arabia saudí. Ofrece tanto a los vecinos como a los turistas una oportunidad única de experimentar un paisaje invernal en un país conocido por su clima desértico. Sobre todo los vecinos se preparan para las lluvias continuas y unas temperaturas más frías.

—https://economictimes.indiatimes.com/news/international/global-trends/saudi-arabian-desert-turns-into-winter-wonderland-after-first-ever-snowfall/articleshow/114974966.cms

La naturaleza es una fuerza invencible y el hombre no puede con ella

En contra de lo que dicen los intoxicadores, no hay más “fenómenos meteorológicos extremos”, ni tampoco son más graves, como hemos expuesto en entradas anteriores, en las que dimos algunas referencias de los organismos que se dedican al estudio y cuantificación de los mismos.

En 1999 la ONU también creó su propio organismo, la UNDRR (Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres) que, como es típico, dedica un día al año a las catástrofes: el 13 de octubre.

En un comunicado de prensa, el 1 de enero de este año la japonesa Mami Mizutori, la directora de la UNDRR, dijo que “los desastres naturales no existen”. Todos los desastres son “artificiales”, es decir, causados por la intervención del hombre sobre la naturaleza, y no al revés, como la humanidad había creído hasta ahora.

Lamentablemente, el mismo día en que lazó su proclama a los cuatro vientos, un terremoto sacudió su país porque los hechos siempre son tozudos y quitan el sitio a las tonteorías muy rápidamente.

En los desastres siempre hay un componente humano, porque su llegada se puede pronosticar y sus consecuencias se pueden paliar, y al revés: los riesgos se convierten en desastres por falta de prevención y de remedios. Por ejemplo, cuando se construye en el cauce seco de un río, tarde o temprano el agua acaba llevándose las casas.

A finales del año pasado el CRED (Centro de investigación sobre epidemiología de las catástrofes), dependiente de la Universidad de Lovaina, actualizó su base de datos, que es pública y cualquiera la puede consultar en línea.

Como cualquier otro recuento, la base de datos tiene sus pequeños trucos que hay que tener en cuenta, como el de incluir a las epidemias entre los desastres, o el de considerar como tales sólo a las catástrofes en las que el número de muertos supera la cifra de 10, ó 100 personas afectadas (daños a personas o bienes), o una declaración de estado de emergencia o un llamamiento de ayuda internacional.

Otro truco: para evitar interpretaciones y extrapolaciones engañosas, el CRED advierte que los datos anteriores a 2000 sólo se incluyen a efectos históricos y no deben tenerse en cuenta en los análisis temporales porque “están particularmente sujetos a sesgos en la presentación de informes”.

Por lo tanto, siguiendo sus consejos, es preferible atender exclusivamente a los datos de este siglo.

El CRED distingue dos grupos de catastrofes. La primera son los accidentes tecnológicos, industriales y de transporte, y la segunda, las naturales, que se relacionan con las ciencias de la vida y de la tierra. A su vez este último se reparte en cinco categorías. La primera son los meteorológicos (tormentas, ciclones, olas de calor o frío); la segunda los hidrológicos (inundaciones, deslizamientos de tierra); la tercera los geofísicos (terremotos, vulcanismo); la cuarta los climatológicos (sequías, incendios forestales o de matorrales); y finalmente los biológicos (epidemias), en las que no vamos a entrar.

Pues, bien, como ya expusimos, entre 2000 y 2023 no se observa ninguna tendencia. El número de desastres se mantiene constante, lo cual es algo a tener en cuenta porque el registro ha mejorado a lo largo de este cuarto de siglo debido a los avances tecnológicos en la observación y la transmisión de datos, sin mencionar una creciente propensión a no omitir ningún acontecimiento significativo.

Durante un período de 24 años el CRED ha registrado 7.500 desastres, lo que arroja un promedio de 300 por año, sin ninguna tendencia a disminuir o aumentar.

El número de muertos se puede considerar como una buena medida de la gravedad del desastre, pero no siempre la letalidad se puede atribuir al desastre. Por ejemplo, como ya expusimos, el Atlas de catástrofes naturales de la Organización Metereológica Mundial considera que el desastre más mortífero ha sido la sequía de 1983 en Etiopía, que causó 300.000 muertos. Pero la sequía coincidió en el tiempo con una guerra contra el gobierno que mató al ganado, destruyó los equipos agrícolas, quemó las cosechas y mató de hambre sistemáticamente a poblaciones enteras. Los 300.000 muertos no se pueden atribuir, pues, sólo a la sequía sino también a la guerra.

Los mayores picos de letalidad corresponden a fenómenos geofísicos (terremotos o tsunamis), seguidos de los meteorológicos (ciclones) y olas de calor o frío. Por ejemplo, la ola de frío de 2012 afectó a 26 estados europeos, lo que explica la elevada cifra de muertos. En enero del año pasado, una ola de frío azotó Afganistán y provocó 70 muertes. Lo mismo se puede decir de la ola de calor de 2022 en Europa, que afectó a 32 países.

Las catastrofes han sido, son y serán parte de la vida diaria de la humanidad. Su distribución está más allá del control humano. Hoy el desarrollo de las fuerzas productivas permite mejorar la prevención con miras a mitigar los daños que causan, y lo mismo cabe decir de la mejora de los servicios de socorro, que pueden paliar los sufrimientos de las poblaciones afectadas.

Lo que no se debe olvidar en ningún caso es la historia. Hace dos mil años Pompeya desapareció bajo la lava del volcán Vesubio. Además, también desaparecieron otras ciudades cercanas, como Herculano, Oplontis, y Estabia. Desde la Antigüedad siete ciudades han sido destruidas por los volcanes.

No obstante, hay quien supone que las erupciones volcánicas ocurren muy esporádicamente. En realidad, cada día hay unas veinte de diferente intensidad.

Tampoco habría que olvidar que, en contra de lo que creen los seudoecologistas, la naturaleza es una fuerza invencible. No hay construcción humana que se le resista. Las avalanchas y corrimientos de tierras sepultan carreteras, puentes, viviendas y poblaciones completas. Las montañas se derrumban y el barro llena los valles. En junio la localidad de Baños de Agua Santa, en Ecuador, fue sepultada por numerosos corrimientos de tierras provocados por las lluvias torrenciales.

En setiembre un corrimiento de tierras sepultó un pueblo en Vietnam.

El año pasado se produjo un incendio especialmente grave en Hawai que devastó la ciudad de Kula y causó 120 muertes, es decir, la mitad de la cifra mundial de aquel año, y la segunda más letal en el período 2000-2023.

El año pasado hubo pocas inundaciones, pero una particularmente grave en el Congo causó casi 3.000 muertes.

El terremoto que sacudió a Siria y Turquía en febrero del año pasado provocó 55.000 muertos y 120.000 heridos. Se trata del más importante desde el de Haití de 2010.

Los huracanes no sólo derriban las murallas más altas, sino que su radio de acción se prolonga por las regiones que atraviesan, dejado un rastro de destrucción. Uno de los más conocidos fue el huracán Katrina, que se desató en 2005. Un millón de personas fueron evacuadas y la población de Nueva Orleans se redujo a la mitad. Resultaron dañadas por la tormenta el 70 por cien de las viviendas ocupadas de Nueva Orleans.

En 2022 el huracán Ian destruyó los rompeolas de Florida y una semanas después otro huracán, el Nicole, derribó numerosos edificios altos que cayeron al Océano Atlántico.

Los lagos se secan y otras regiones se inundan. Hace unos días anunciamos que al sur de Marruecos había reparecido el lago Iriki en medio de las arenas y hace diez años reapareció otro en mitad del desierto tunecino, que cubre un área de 1,5 hectáreas y tiene más de 15 metros de profundidad en algunas zonas.

Lo mismo ocurrió en febrero en una de las regiones más secas de Estados Unidos: el Valle de la Muerte, en California. La aparición del lago se debió a las fuertes tormentas y los medios dijeron que era temporal, aunque en realidad no lo sabían.

En 2022 el lago Sawa, en Irak, se secó por primera vez en siglos y los seudoecologistas se frotaron las manos: era una consecuencia del cambio climático. Pero dos años después, en el mismo Irak, apareció lo que los medios calificaban como un “mar” en medio del desierto. Sin embargo, que un lago aparezca en medio del desierto “es más común de lo que parece”, decía un medio, añadiendo que ya “existía hace cientos de años, tal y como han mostrado algunas escrituras antiguas que han dado datos de cómo era antes. Un mar que es en realidad un lago interior que ha vuelto a aparecer después de años en el que se creía que habría llegado a su fin de forma definitiva”.

Como todo en la naturaleza, los lagos son temporales, se llenan y se vacían. Uno de ellos es el Aral, como ya expusimos. Otro es el Poopó que, con 3.000 metros cuadrados, es la segunda extensión de agua dulce de Bolivia.

A lo largo del siglo pasado, el lago Poopó estuvo completamente seco entre 1939 y 1944 y entre 1994 y 1997, mientras que entre 1969 y 1973 quedó reducido a unos cuantos charcos salados. Pero el lago ha vuelto todas las veces: regresó en los años cuarenta, volvió en los setenta y a principios de 2017.

Hasta el viento tiene también sus límites

Actualmente hay cientos de parques eólicos marinos que producen energía en todo el mundo, con China, Reino Unido y Alemania a la cabeza. Se espera que muchos más entren en funcionamiento durante la próxima década.

En las aguas territoriales de Europa hay 25 GW de potencia eólica instalada, de los que 10 corresponden a Reino Unido. Pero el Plan Estratégico Europeo en Tecnologías Energéticas (SETPlan) quiere poner a la Unión Europea a la cabeza de la energía eólica marina. En 2021 la Comisión Europea aprobó la Estrategia Europea de Energías Renovables Marinas, estableciendo objetivos de más de 60 Gw en 2030 y 300 GW para 2050.

En los últimos años el tamaño y la potencia de las turbinas eólicas también han aumentado, impulsados ​​por las instalaciones marinas. Pero esta carrera no está exenta de límites.

Desde 1999 el aerogenerador terrestre medio ha triplicado su potencia, de 1 a más de 3 Mw, y la altura de su mástil ha aumentado de 60 metros a más de 100, lo que permite captar vientos más fuertes y reducir los relieves de fricción.

En el mar el aerogenerador típico ha pasado de 6 MW en 2016 a 12 Mw, o incluso casi 15 Mw en el caso de las 60 unidades del parque escocés Moray West, con palas de más de cien metros. Un parque eólico es capaz de abastecer a 1,3 millones de hogares.

La empresa estadounidense General Electric ha anunciado que está desarrollando un aerogenerador de 18 Mw y la alemana Siemens Gamesa proyecta cinco modelos aún mayores para dentro de diez años.

Por su parte China anuncia un modelo de 20 MW con un diámetro de rotor cercano a los 300 metros.

En España el Ministerio de Transición Ecológica ha catalogado ya más de 7.500 kilómetros cuadrados de aguas territoriales españolas como “zona de uso prioritario para la energía eólica marina” o “zona de alto potencial” para el desarrollo de esta tecnología.

Además de los parques marinos ya existentes, el plan es levantar dos gigantescos parques eólicos marinos frente a las costas del norte de Galicia, un proyecto que se mantiene vigente desde que, en 2018, los “expertos” de la Escola Politécnica Superior de la Universidade da Coruña, en Ferrol, presentaran un estudio sobre los costes de la instalación de la primera granja flotante en aguas gallegas. Entonces aconsejaron un parque grande de más de 100 Mw.

Galicia cuenta con los mejores valores de velocidad eólica marina de la Península Ibérica, y los “expertos” de las universidades de Vigo, A Coruña y Aveiro (Portugal) han identificado las zonas más aptas para la instalación de aerogeneradores marinos en el noreste de Galicia y al sur de la ría de Vigo.

Esos planes nunca se van a poder ejecutar. Los barcos capaces de manejar palas cada vez más pesadas, de más de 100 metros, son muy pocos y las infraestructuras portuarias tampoco son capaces de albergarlas.

Además, los parques eólicos marinos se instalan cada vez más lejos de las costas, en aguas profundas. Para ello se están diseñando versiones flotantes de los mástiles. Sin embargo, para enviar la corriente eléctrica a tierra es necesario enterrar en el fondo del mar el cable encargado de llevar la corriente a la orilla y, si el parque está alejado, no es barato garantizar su mantenimiento.

El aumento de la potencia de las turbinas eólicas se ha producido a costa de un debilitamiento económico de las empresas europeas, obligadas a diseñar aparatos cada vez más potentes antes de haber hecho rentables los anteriores.

Las consecuecias son obvias. El grupo energético sueco Vattenfall anunció a principios del pasado mes de septiembre, que suspendía el proyecto Kriegers Flak, previsto frente a la costa suroeste de Suecia, alegando que la inversión no era rentable. Se suponía que este parque eólico produciría 2,7 Twh.

La empresa danesa European Energy ha decidido detener el desarrollo de su proyecto Omo Syd de 320 Mw entre las islas de Zelanda y Holanda, a pesar de los largos preparativos y el dictamen favorable de la Agncia Europea de la Energía.

Shell ha anunciado que podría retirarse de un concurso público para construir el primer parque eólico marino en Noruega porque tiene dudas sobre su rentabilidad.

China ha devorado casi por completo el mercado mundial de las energías llamadas “renovables”, incluida la eólica. No tiene rival. Para levantar un parque eólico en Europa es mucho más barato traer las palas de China, incuidos los gasatos de transporte, que construirlas en el Continente.

Nunca llueve a gusto de todos

La doctrina del calentamiento del planeta va asociada a varios fenómenos ambientales, como son las sequías y la desertificación del suelo. A quienes creen en ese tipo de fantasías se les ocurrió construir una “gran muralla verde” en África, plantando una enorme hilera de árboles a lo largo del Sahel (1).

No va a ser necesario. Este año ha llovido torrencialmente en el Sáhara, han reaparecido viejos lagos y desde el espacio las imágenes muestran que el desierto pierde terreno en favor de la vegetación.

La naturaleza es agradecida, incluso en el Sahara, donde la flora ha respondido casi de inmediato a la lluvia. No es un fenómeno tan inusual y, como los últimos meses ha llovido tanto, crecen las plantas, que incluyen arbustos y árboles en las zonas bajas, como los lechos de los ríos (2).

Además de la vegetación, también aparecen lagos en medio de las arenas, como el Iriki en el sur de Marruecos, que había desaparecido hace 50 años (3).

Pero nunca llueve a gusto de todos. Las nubes se mueven de su sitio y, como consecuencia de ello, descargan donde menos se lo esperan los meteorólogos. El agua cae cuando no debe o donde no debe, se lamentan los doctrinarios. A veces llueve mucho y otras no cae ni gota. La atmósfera no cumple con las normas que los “expertos” tienen previstas. Hay partes del desierto del Sahara que son hasta seis veces más húmedas de lo que deberían ser, se lamenta la CNN (4).

Si las sequías no gustan, los aguaceros tampoco, y los académicos se rompen la cabeza para explicar lo que consideran como “anomalías climáticas”. Una vez obtenido un promedio estadístico, todas las mediciones reales son consideradas como “anomalías”: las temperaturas, los vientos, la humedad, los ciclones…

Como suele ocurrir, cuando los hechos no confirman una teoría no sólo no la desautorizan sino que la integran en una ensaladilla indigesta de incoherencias capaz de explicarlo todo o, mejor dicho, de confundirlo todo.

La culpa es siempre la misma, el “cambio climático”, que juega el mismo papel que el “chivo expiatorio” en la Edad Media. Es “el malo” de todas las películas. Por primera vez en la historia de la ciencia, una misma causa, el “cambio climático”, explica un fenómeno y su contrario: tanto las pertinaces sequías como los aguaceros torrenciales.

Además, presentan unos y otros como si fueran extraordinarios. Así está apareciendo un subgénero de la doctrina al que llaman “fenómenos meteorológicos extremos”, como si eso pudiera reforzar sus postulados.

Tanto si son extremos como si no, los fenómenos meteorológicos son parte de la naturaleza. La humanidad los conoce desde siempre y, en ocasiones, sus consecuecias son devastadoras. Pero eso ocurre con las inundaciones tanto como con las sequías. Las “guerras del agua” se producen tanto por exceso como por defecto y las consecuencias de unas y otras son también las mismas: desplazamientos poblacionales, que la CNN calcula en “cientos de miles”. Si no llueve las personas se desplazan hacia un lado y si llueve demasiado regresan al lado contrario.

A la humanidad le gustaría controlar los fenómenos meteorológicos, que lloviera siempre en el momento y en el lugar oportunos, que no hubiera vientos huracanados… Aún no hemos llegado a ese punto.

(1) https://www.sciencenews.org/article/africa-great-green-wall-trees-sahel-climate-change
(2) https://abcnews.go.com/International/parts-sahara-desert-turning-green-amid-influx-heavy/story?id=113927214
(3) https://www.eltiempo.es/noticias/el-lago-iriki-reaparece-en-el-sur-de-marruecos-despues-de-50-anos-debido-a-intensas-lluvias
(4) https://edition.cnn.com/2024/09/13/weather/sahara-desert-green-climate/index.html

Cero emisiones para cero industria: los países europeos cierran las fábricas

British Steel ha cerrado sus altos hornos de carbón, con un plan para reconvertirlos a tecnología de arco eléctrico para finales de 2025. Pero la red eléctrica británica dice que la producción de “energía limpia” no estará disponible antes de 2032. El titular de una revista económica, Energy Live News, anuncia: “Acero ecológico en Reino Unido: el cambio a hornos eléctricos se retrasa hasta 2032 (1).

Ahora bien, si la red eléctrica se compromete a suministrar la electricidad necesaria para 2032, cuando llegue el término se revisará para volverla a retrasar hasta 2045 o incluso más allá. Para entonces las fábricas de British Steel habrán estado cerradas durante demasiado tiempo como para esperar su repertura gracias a la electricidad “verde” prometida.

La economía británica se quedará sin una empresa siderúrgica emblemática.

Pero eso no es todo. “Reino Unido cierra su última central eléctrica de carbón”, titulaba CBS News el 30 de septiembre (2). Así, el gobierno de Londres ha puesto fin a la carrera por alcanzar su objetivo de reducción de las emisiones de CO2.

Lo mismo ocurre en Alemania, donde hace años que se está llevando a cabo una rápida desindustrialización para lograr las cero emisiones. “ThyssenKrupp reexamina sus planes de producción de acero ecológico, las acciones caen”, titula Reuters (3).

El monopolio siderúrgico había planeado convertir una de sus plantas siderúrgicas alimentadas con carbón a hidrógeno “verde”, que a su vez procedería de turbinas eólicas y paneles solares.

Pero el plan no es factible y ThyssenKrupp ha suspendido una inversión de 3.300 millones de dólares en un proyecto basado en el hidrógeno porque, dice Reuters, la planta que lo debía producir en Duisburg “podría costar más de lo esperado inicialmente”.

El cuento de la lechera ha vuelto a fallar.

Lo mismo que en Reino Unido, una fábrica de acero ha quedado paralizada, a pesar de que es la materia prima de muchos sectores productivos.

La historia misma del capitalismo enseña que las energías no son sucesivas sino acumulativas. Las más recientes no sustituyen a las anteriores, sino que su añaden a ellas. Por eso el consumo de carbón no se redujo cuando llegó el petróleo, sino que siguió creciendo.

Por más que se empeñen, las energías llamadas “renovables” no van a eliminar a las llamadas “fósiles” sino que se van a sumar a ellas. Los chinos parecen ser los únicos que lo han entendido.

(1) https://www.energylivenews.com/2024/10/07/uk-green-steel-switch-to-electric-furnaces-delayed-until-2032/
(2) https://www.cbsnews.com/news/united-kingdom-coal-fired-power-station-last-plant-closes/
(3) https://www.reuters.com/markets/commodities/thyssenkrupp-reviews-plans-green-steel-production-2024-10-07/

Inglaterra padece su peor cosecha en 40 años a causa del frío y la humedad

Este año Inglaterra ha padecido su peor cosecha en 40 años a causa de un implacable clima frío y húmedo. Las fuertes lluvias del invierno pasado tuvieron un efecto demoledor en la producción de los cultivos clave: el trigo, la avena, la cebada y la colza, según datos oficiales del Departamento de Alimentación, Medio Ambiente y Asuntos Rurales.

Aparte de la etapa de la pandemia de 2020, las cosechas cayeron a su volumen más bajo de los últimos 40 años. Los agricultores se han arruinado. Podrían perder 600 millones de libras esterlinas (716 millones de euros) solo en esos cuatro cultivos.

Colin Chappell, un agricultor de Lincolnshire, dijo que su negocio ahora estaba “al borde del abismo”. Algunos cultivos en el sur de Inglaterra han perdido sus cosechas por segundo año consecutivo. Muchos dependen ahora del trigo de primavera una vez más este año, que solo produce aproximadamente la mitad que el trigo de invierno.

Para muchos agricultores, la temporada de siembra de este año ha tenido un comienzo incluso peor que el del año pasado, después de una lluvia récord en gran parte del sur, centro y este de Inglaterra.

La cosecha de trigo inglesa será de 10 millones de toneladas, lo que supone un 21 por cien menos que el año pasado. La cebada de invierno fue un 26 por cien menor que el año pasado y la cosecha de colza un 32 por cien menor.

En comparación con el promedio de cinco años, la cosecha de colza fue un 38 por cien menor. En total, la cosecha de trigo, cebada de invierno y primavera, avena y colza fue un 15 por cien menor que el año pasado y un 18 por cien menor que el promedio de cinco años.

Los aumentos en la producción de cebada y avena de primavera no lograron compensar las importantes caídas en los otros cultivos.

La industria vinícola de Inglaterra, que está creciendo rápidamente, se vio particularmente afectada. Los productores estiman que sus cosechas se redujeron entre un 30 y un 75 por cien, según la región.

Ahora aumentan los temores por el impacto que pueda seguir teniendo la caída de las temperaturas el año que viene.

El abandono de los combustibles ‘fósiles’ es una fantasía, según la OPEP

La demanda de petróleo seguirá aumentando al menos hasta 2050, según un informe publicado el martes por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). La demanda aumentará un 17 por cien entre 2023 y 2050, de 102,2 millones de barriles por día (mb/d) a 120,1 mb/d al final del período.

El cártel está revisando significativamente al alza su proyección para 2045, hasta 118,9 mb/d, frente a los 116 mb/d de la edición anterior de su informe sobre las perspectivas de la demanda mundial de petróleo, cuya última versión se dio a conocer el martes.

“Estas previsiones subrayan que la fantasía de una salida gradual del petróleo y del gas no es coherente con la realidad”, subraya la organización encabezada por Arabia saudí, muy crítica con las políticas de transición energética.

Estas previsiones van en contra de las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que prevé un pico de demanda de todos los combustibles llamados “fósiles” (petróleo, gas y carbón) en los próximos años de la década en curso, gracias al salto a las energías “renovables”.

El presidente de la AIE, Fatih Birol, subrayó en una entrevista reciente que el crecimiento de la demanda mundial “se está desacelerando a menos de un millón de barriles por día este año”, una tendencia que se espera que continúe en 2025. Entre los motivos mencionó la desaceleración de los chinos y la electrificación del transporte.

La OPEP no está de acuerdo con esas previsiones. La demanda de carbón se reducirá, pero no ocurrirá lo mismo con el petróleo y el gas, a pesar de que el consumo de energía eólica y solar se multiplique por cinco en el período 2023-2050.

La evolución de la demanda de petróleo es muy heterogénea. Su crecimiento está impulsado por los países no pertenecientes a la OCDE, en primer lugar India, mientras que disminuirá a partir de 2030 entre los países de la OCDE (principalmente los países desarrollados). Sólo India vería aumentar su demanda en 8 mb/d durante el período 2023-2050.

A pesar del aumento de los coches eléctricos, la OPEP cree que los vehículos térmicos “deberían seguir dominando el transporte por carretera”.

El cártel destaca varios “obstáculos” para el desarrollo de vehículos eléctricos: redes eléctricas, capacidad de fabricación de baterías y acceso a minerales esenciales.

El informe de la OPEP se publica un día después del anuncio de 1.600 recortes de puestos de trabajo en el gigante sueco de baterías Northvolt, en particular debido al hundimiento de la demanda de vehículos eléctricos en Europa.

Los tópicos seudoecologistas no engañan por más que se repitan hasta la saciedad

La semana pasada Meteored publicó un artículo que es una colección de tópicos seudoecologistas, empezando por las pertinaces sequías y acabando por el agotamiento de los acuíferos de Ibiza (1).

Para sostener que los acuíferos de la isla se están secando, primero hay que identificar cuántos acuíferos hay, segundo calcular la cantidad de agua que hay en ellos, tercero, las entradas de agua, y cuarto, las extracciones.

Los tópicos seudoecologistas inciden en acusar a un “consumo excesivo”, imposible de cuantificar, seguido de unas “sequías recurrentes” que no son capaces de recargar el volumen de agua de los acuíferos.

Pues bien, a pesar de lo que dice el artículo, en Ibiza la pluviosidad ha aumentado en los últimos años y a comienzos de este mes la Agencia Estatal de Meteorología activó la alerta naranja por tormentas y lluvias torrenciales. Se formaron inundaciones en varios puntos de la isla, como en Puig d’en Valls, muy cerca de la capital.

Si miden ahora el volumen de agua que contienen los acuiferos de la isla, deberían estar al máximo.

En la isla la agricultura ha retrocedido hasta desaparecer casi en su totalidad, por lo que la extracción de agua se ha reducido. También se ha reducido a causa de la construcción de tres desaladoras. Sin embargo, paralelamente han aumentado las extracciones a causa de los más de tres millones de turistas que cada año recibe la isla.

Ibiza tiene seis sistemas con varios acuíferos cada uno de ellos, que estan interrelacionados ente sí, ya que el agua sale de unos y va a parar a los otros.

Según las investigaciones científicas que se han llevado a cabo (2), sólo uno pierde agua: el de la capital. En los de San Carlos la recarga se produce por infiltración en el terreno de agua de lluvia, alcanzando valores anuales cifrados en 3 hectómetros por metro cúbico. La extracción por bombeo es de 0,3 hm3/a, y el flujo subterráneo hacia otras unidades asciende 0,4 hm3/a. Por lo tanto, el acuífero gana importantes volúmenes de agua.

Sistema acuíferos entrada (hm3/a) salida (ídem)
Sant Miquel 2 2,6 0,8
Sant Antoni 2 5 4,6
Santa Eularia 2 4,4+0,4 4,7
San Carlos 2 3 0,3+0,4
San Josep 3 1,5 0,4
Ibiza 2 6,9 8

Las desaladoras han permitido dejar de extraer 1,3 millones de metros cúbicos de los acuíferos. Además, han reducido su salinidad. Lo mismo cabe decir de las depuradoras de aguas residuales.

El consumo de agua desalada en Ibiza alcanzó el año pasado otra cifra récord, con 12,4 hectómetros cúbicos de agua consumida (3).

No obstante, hay quien, como el Institut d’Estudis Eivissencs y otros, se opone a una cuarta desaladora en la isla, aduciendo problemas medio ambientales (4).

(1) https://www.tiempo.com/noticias/actualidad/los-turistas-se-van-y-la-isla-sufre-las-consecuencias-los-acuiferos-de-ibiza-se-estan-quedando-sin-agua.html
(2) https://www.researchgate.net/publication/322696924_La_intrusion_marina_en_los_acuiferos_costeros_de_la_isla_de_Ibiza
(3) https://www.diariodeibiza.es/ibiza/2024/02/26/consumo-agua-desalada-ibiza-alcanza-98646333.html
(4) https://www.noudiari.es/local-ibiza/los-ecologistas-del-gen-tachan-de-irresponsabilidad-construir-una-cuarta-desaladora-en-ibiza/ https://www.diariodeibiza.es/ibiza/2024/02/28/ibiza-institut-agua-desaladora-sostenibles-evitar-98793349.html

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