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Categoría: Cultura (página 8 de 9)

Stalin y Eisenstein: un debate abierto sobre cine, historia y batallas políticas

Por aquí es demasiado pedir que alguien sea capaz de escribir algo mínimamente sensato sobre la URSS sin incurrir en una imbecilidad tópica. Ha sido el caso de las reseñas sobre el genial cineasta soviético Serguei Eisenstein, en las que nunca falta una mención a la censura impuesta por Stalin sobre la película “Iván el Terrible”, por una razón obvia: Stalin se veía asimilado a un Iván cuyo apodo lo decía todo. Terrible.

Ninguno de los que escriben esas bobadas tiene ni la más lejana idea de quién fue Iván el Terrible, aunque imaginarán que sería una versión rusa a medio camino entre Calígula y Robespierre. Es como preguntarles si saben quién fue Juana la Loca o si realmente creen que estaba loca. Sin embargo, les consta fechacientemente que Iván el Terrible sí era realmente terrible, que a Stalin le molestaba que le compararan con él y que eso es precisamente lo que pretendía hacer el sibilino de Eisenstein…

En la URSS los debates sobre el arte y la literatura siempre fueron particularmente enconados porque no son otra cosa que los mismos debates políticos metamorfoseados. Esos debates se recrudecieron tras la Segunda Guerra Mundial y Stalin tuvo un papel protagonista en ellos, cuidadosamente silenciado por Jruschov y los suyos a partir de 1953.

Un reflejo de ese debate es el denostado artículo de Zdanov sobre arte y literatura, en el que -además de Stalin- participaron Molotov, Eisenstein y Cherkasov, que es -por cierto- el actor que encarna a Iván el Terrible en la película de Eisenstein.

No es sencillo resumir los términos del debate, pero hay que empezar diciendo que la comparación con el Iván el Terrible no le podía importar lo más mínimo a Stalin porque prefería eso a que le comparan con Pedro el Grande o Catalina la Grande porque mientras estos seguían los cánones occidentales, el zar Iván era un “oriental” y eso a Stalin le parecía bien. No tenía ese tipo de complejos.

Dentro del debate, los participantes estaban de acuerdo en cosas que aquí muchos también pondrían encima de la mesa. El principal de ellos es que para un revolucionario el arte no es un fin en sí mismo (“ars gratia artis”, el lema de la Metro Goldwyn Mayer) sino que está al servicio de las masas y no de los directores, los productores, los actores o los exhibidores.

El segundo es que eso no justifica cualquier mediocridad panfletaria, sino todo lo contrario. El debate de 1947 tenía por objeto elevar la calidad artística del cine soviético, tanto como su contenido político, ideológico e histórico. El PCUS reprocha a Eisenstein que en la segunda parte de la película Ivan el Terrible muestra su ignorancia de la historia que relata, lo cual en un país capitalista no importa, pero en la URSS era fundamental. ¿O debían los comunistas admitir que una película transmitiera cualquier clase de falsedades sobre el pasado con la excusa de que se trata de ficción?

Eisenstein no pintaba al ejército de Iván IV, o Iván Grozni, como le llamaba el PCUS, como un ejército (“oprichnina”) progresista sino como una banda de matones y al propio zar como una especie de Hamlet, un hombre dubitativo, lo cual no era cierto.

Después de criticar la película, el PCUS pasa a criticar al Ministerio de Cinematografía y a su ministro Bolchakov, que “gasta mucho dinero en el cine pero no hace nada por mejorarlo”. El ataque continúa por los vidriosos temas del amiguismo y el compadreo, tan típicos del arte y los artistas, incluso los soviéticos:

“Los trabajadores del arte deben comprender que quienes adoptan una actitud irresponsable y superficial respecto a su trabajo se arriesgan a situarse fuera del alcance del arte soviético progresista, porque las exigencias culturales y las exigencias del público soviético se han desarrollado. El gobierno continuará cultivando entre las personas el buen gusto y estimulará la exigencia sobre las obras de arte”.

Que el PCUS no estuviera de acuerdo con la película y la criticara, no significa que hubiera censura, porque también criticó otras películas de Eisenstein, incluidas las más coocidas, como La Huelga, Acorazado Potemkin, Octubre y La Línea General, todo lo cual está cabalmente documentado entre los acuerdos aprobados. Incluso se conservan actas de las entrevistas de la dirección del PCUS (Stalin, Molotov y Zdanov) con los cineastas.En una de ellas Stalin se disculpa con ellos, que le habían escrito y no había podido responderles de la misma manera. El inicio de la reunión demuestra que no se trataba de censura sino de crítica y que la decisión sobre la película era de los propios cineastas: “¿Qué pensáis hacer con la película?”, una vez recibida la crítica, les pregunta Stalin. Eisenstein le responde que han decidido dividir la segunda parte en otras dos. Pero, ¿habéis estudiado la historia?, insiste Stalin. “Más o menos”, le contesta el cineasta.

Era lo peor que le podía decir. Stalin se da cuenta de que a Eisenstein le pasa como a tantos otros: no tiene ni la más remota noción de lo que tiene entre manos. Ni se ha molestado en documentarse sobre un acontecimiento fundamental en la historia de Rusia que Stalin le detalla, insistiendo en la importancia de la “oprichnina” de Iván el Terrible, que marca el fin de los ejércitos feudales y el surgimiento de un ejército regular, moderno, avanzado.

Cuando Stalin le indica a Eisenstein que ha pintado dicho ejército como si fuera el Ku Kux Klan americano, el cineasta le suelta un chiste: los del Klan llevaban capuchón blanco y nosotros lo hemos puesto negro.

Las actas no dejan lugar a dudas del contenido del debate, así como el tono del mismo, que en ocasiones es de risa. Molotov le reprocha a Eisenstein que ha tratado de hacer un retrato sicológico de Iván el Terrible. Stalin añade que Iván fue un zar “extramadamente cruel” pero que deberían haber explicado los motivos de ello.

Como todos los documentos originales del PCUS, las actas no tienen desperdicio y el lector salta de una sorpresa a otra, como cuando Stalin le recuerda a Eisenstein que en aquella época el cristianismo desempeñó un papel progresista.

El actor Cherkasov admite que la crítica les ha ayudado y que tras recibirla otro director de cine, Pudovkin, había realizado una buena película sobre el almirante Najimov. “Estamos convencido de que nosotros no lo haremos peor”, añade el actor, quien dice que está trabajando sobre la figura de Iván el Terrible tanto en el cine como en el teatro. “Estoy enamorado de este personaje y pienso que nuestra alteración de las escenas será correcta y verídica”, concluye.

En un momento dado, Eisenstein pide un voto de confianza: la primera parte nos ha salido bien y eso nos indica que podemos hacerlo bien también en la segunda, y lanza una pregunta muy significativa: “¿Hay más instrucciones sobre la película?” Es algo muy inusual para lo que estamos acostumbrados, aunque mucho más sorprendente le resultará a más de uno la respuesta de Stalin: “Yo no te doy instrucciones sino que te expreso la opinión de un espectador”.

La segunda parte de la película no fue censurada. Quedó inconclusa porque Eisenstein no pudo acabarla ya que murió pocos meses después de esta reunión.

120 años del nacimiento de Eisenstein, pionero soviético del cine

Recientemente se han cumplido 120 años del nacimiento de Serguei Mijailovich Eisenstein, un director de cine y teatro soviético, considerado un auténtico pionero en la técnica del montaje y edición de películas.

Nacido en Riga (Letonia) en enero de 1898, Eisenstein se crió en el seno de una familia de clase media como un cristiano ortodoxo debido a su madre, una rusa ortodoxa, y pesar de que su padre era judío. En todo caso la religión no fue uno de los pilares de su vida, ya que con el tiempo se acabó haciendo ateo. Estudió arquitectura e ingeniería, en Petrogrado (San Petersburgo) y en 1918 Sergei dejó la escuela y se unió al Ejército Rojo para servir a la Revolución Bolchevique.

Tras mudarse a Moscú en 1920, Sergei Eisenstein comenzó su carrera en el teatro, trabajando en producciones como “Máscara de Gas”, “Hombre sabio”, o “Escucha Moscú”. A partir de 1923 fue cuando comenzaría también su carrera como teórico del cine, realizando en ese año su primera película “El diario de Glumov”, un cortometraje en el que el propio Eisenstein interpretaba uno de los papeles protagonistas.

Poco después, en 1924, Eisenstein dirigía el que sería su primer largometraje “La huelga”, un film que narra los acontecimientos de una huelga ocurrida en 1903 por los trabajadores de una fábrica en la Rusia prerrevolucionaria, y en la que destaca su escena final como uno de los mejores ejemplos de las innovadoras técnicas de montaje de Eisenstein.

Al año siguiente el director soviético estrenaba “El acorazado Potemkin”, una película aclamada en todo el mundo y cuyo éxito le sirvió para poder producir su siguiente gran largometraje, “Octubre” (1928), siendo realizada como parte de la celebración del décimo aniversario de la Revolución de octubre de 1917. En algunos países esta película se tituló “Diez días que transformaron el mundo”.

Siendo un cineasta ya reconocido en todo el mundo, la siguiente película de Sergei Eisenstein sería “La línea general” (1929), realizando poco después un viaje por Europa y posteriormente a Estados Unidos en 1930 para realizar un proyecto con Paramount Pictures que por diversos motivos no llegó nunca a realizarse. También conoció a Charles Chaplin y se especuló con la posibilidad de producir algún proyecto juntos, aunque tampoco se concretó nada finalmente.

En lugar de regresar a Rusia, Eisenstein viajó a México, y allí realizó la película “¡Que viva México!” (1932), aunque el film no se terminó y es una película inconclusa. Décadas después, el material filmado sería utilizado por Grigori Alexandrov para estrenar finalmente la película en 1979.

Tras estos fracasos, Eisenstein regresó a Rusia y su siguiente película fue “El prado de Bezhin” (1937), que sufrió numerosas ediciones sobre el montaje original del director.

Los últimos trabajos del director serían “Alexander Nevsky” (1938), un film sobre el héroe nacional ruso y por el que recibió el premio “Stalin“; y la trilogía “Iván el terrible” durante los años 40, en la que la tercera parte quedó inacabada debido a la controversia que había causado el segundo film y a la repentina muerte del director en 1948 debido a un infarto.

A pesar de todos los contratiempos y problemas que tuvo que afrontar en su trabajo, Eisenstein es reconocido como uno de los mejores directores de cine soviético que ha habido, dejando un importante legado a la historia del cine, cuyas películas y escritos influirían enormemente en otros directores y cineastas posteriores.

Al igual que otras películas soviéticas, que están libres de derechos al alcance de todos, la propia productora Mosfilm con la que trabajó el director durante años, ha sido la encargada de poner a disposición del público la mayoría de películas de Eisenstein, estando disponibles para ver en línea de forma gratuita por internet.

—https://cinelibreonline.blogspot.com.es/2018/01/peliculas-sergei-eisenstein-dominio-publico.html

La ‘movida madrileña’ fue financiada por el PSOE para lavar la cara al franquismo

Una de las cuestiones que más crispan el debate cultural reciente es la implicación del Partido Socialista en aquella juerga pop conocida como La Movida. Las protestas sociales del 15 de mayo de 2011 fueron un cuestionamiento del relato político de la Transición, pero sigue pendiente una revisión de los grandes mitos culturales de aquella época. El sociólogo Fernán del Val se atreve con este espinoso asunto en un libro dinámico y riguroso, titulado “Rockeros insurgentes, modernos complacientes. Un análisis sociológico del rock en la Transición 1975-1985”.

El texto destaca por aclarar un malentendido que enturbia la cuestión: críticos de referencia como Diego Manrique y Jesús Ordovás niegan rotundamente que La Movida fuera “un invento del PSOE”, pero no es eso lo que se está discutiendo. Nadie piensa que Felipe González decidiese el “look” los Pegamoides, ni que Tierno Galván —alcalde de Madrid— escribiese las gracietas de Chus Lampreave en las comedias de Almodóvar. La pregunta es otra, un poco más sutil: ¿favoreció descaradamente la casta cultural del PSOE a los jóvenes artistas posmodernos que brotaron como setas en el Madrid de los primeros ochenta? Las pruebas son abrumadoras.

Hagamos un “zapping” por los testimonios de los propios protagonistas. Edi Clavo, batería de Gabinete Caligari, recuerda que “los políticos no son tontos. Tierno Galván no se enteraba mucho de música, decía aquello de John Lenox en vez de John Lennon, pero se acercaron a aquello porque podía darles votos. Después lo instrumentalizaron todo y lo desvirtuaron”. Más claro, imposible. Pito Cubillas, mánager de Alaska y otras estrellas de la época, confirma la tesis: “Cantidad de ayuntamientos del PSOE nos contrataban, hicimos muchas galas gracias a eso. Los políticos se acercaron a nosotros para salir en la foto”. El periodista José Ramón Pardo recuerda que la llegada de la democracia supuso la rebaja de la edad para votar hasta los dieciocho años, convirtiendo a los jóvenes en un nicho electoral muy codiciado.

También hay que recordar que el PSOE llegó antes al poder municipal que al estatal, adquiriendo el control de los presupuestos locales para festejos. El moderneo popero, alérgico al compromiso político tradicional, transmitía el mensaje de que los socialistas estaban con la noche, la fiesta y el hedonismo. “Teniendo en cuenta que las pérdidas de esos conciertos podían cargarse a los ‘gastos de fiestas’ se empezó a distorsionar el mercado de las galas. Hoy es difícil que un empresario independiente sea capaz de contratar figuras porque él si debe garantizar una rentabilidad económica”, lamentaba Pardo. ¿Traducción rápida? La inyección de dinero público del PSOE para saraos punki-pop fue tan generosa que retrasó una década la articulación de un sector privado de música en directo.

El investigador Héctor Fouce, autor de la tesis doctoral de referencia sobre La Movida, explica bien el espíritu de aquella época. Lo que atrajo al PSOE de las alegres brigadas warholianas fue “su ruptura simbólica con los códigos estéticos del pasado, su espontaneidad e inmediatez y su invitación a vivir el presente”. No eran tan rancios como los franquistas, ni tan solemnes como los simpatizantes del comunismo, amargados por cuarenta años de represión sistemática. La oferta de La Movida “comulgaba con la estrategia discursiva emergente en el ámbito del poder: una democracia en busca de legitimación social e internacional, en busca de una imagen lo suficientemente atractiva como para hacer olvidar que había llegado como resultado de un pacto de supervivientes del régimen, con el consiguiente rechazo del cambio revolucionario y el olvido de los pecadillos del pasado”, explica Fouce.

La opción española ofrece un vivo contraste con la de nuestros vecinos portugueses, que tras la Revolución de los Claveles (1974) optaron por las listas negras de intelectuales fascistas. Allí se marginó culturalmente a quien había legitimado un régimen militar, mientras aquí se prefirió cubrir todo de confeti, poniendo los medios públicos al servicio de una pandilla de jóvenes con la cara pintada de colores y aspecto de “colocados”, como proponía el famoso bando del alcaldem adrileño.

La periodista musical Patricia Godes, que vivió aquellos años en primera fila, define La Movida como “la juerga juvenil más mediática de la historia”. Medios del alcance de Televisión Española, Radio 3, El País, Diario 16 y revistas especializadas como “La Luna” rivalizaban en comentarios eufóricos sobre los jóvenes creadores. Como muestra, podemos citar este discurso de la presentadora Paloma Chamorro sobre el concierto gratuito de The Smiths en el Paseo de Camoens de Madrid. El recital, celebrado en mayo de 1985, fue retransmitido en directo por la televisión pública.

Ojo a la introducción: “En Madrid, en estos últimos años, estamos disfrutando de unas fiestas de San Isidro, que son nuestras fiestas del pueblo, que son la sensación y la envidia de toda España y parte del extranjero. Pero lo que deberían envidiarnos es el alcalde que tenemos, que es el verdadero responsable de esto y de muchas otras cosas. Desde que el primer madrileño es un hombre tan antiguo y con tanta experiencia, tan educado, sensible, culto y tierno, resulta que San Isidro está bailando de alegría al compás de los ritmos para todos los gustos que estos días invaden Madrid. Para los más exigentes, San Isidro y San Tierno nos han traído a los Smiths”. Un empacho de propaganda política digna del No-Do.

Por lo visto, la cosa fue a peor. Tras la muerte de Tierno, varios autores citados por Del Val recuerdan que su sucesor (el socialista Juan Barranco) estableció en el ayuntamiento un despacho de Relaciones Públicas con La Movida. No hay mucha información al respecto, pero el simple hecho de que se plantease algo parecido da una idea de la magnitud del compadreo. Imaginen a Andrea Levy inaugurando un despacho en el Ministerio de Cultura llamado Relaciones Públicas con el Indie.

El libro también recuerda aquella ida de olla que fue el viaje de hermanamiento entre la Movida de Madrid y la de Vigo. El ayuntamiento financió un tren lleno de modernos con barra libre y posteriores jaranas culturales, que terminaron como el rosario de la aurora. Incluso el diario “El País” daba un toque de atención. “En dos días, encuentros, pocos; vanguardia, incierta. Eso sí, muchas copas y mucha algarabía. En la fiesta de despedida, anoche, Teresa Lozano Díez, de Madrid, resultó herida por una botella que lanzó Fabio MacNamara, y en el hospital General de Vigo le dieron tres puntos de sutura”. El redactor recitaba con ironía la lista de invitados, donde se mezclaban Alaska, Joaquín Leguina, Alberto García-Álix y el alcalde de Vigo enfundado en un traje de Adolfo Domínguez. “Nosotros somos comparsas”, admitía el director de “La Luna”, refiriéndose al papel de los creadores respecto al de los políticos. A esas alturas, año 1986, quien no estuviese “colocado” iba a tener mucho más difícil colocarse. Resacón en Rock-Ola.

—https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-12-03/rockeros-insurgentes-movida-ochenta-psoe_1486234/

La Ruta de la Seda: cuando ‘el corazón del mundo’ era un cruce de caminos

Ruta de la Seda es el nombre que en 1877 dio el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen a una red de corredores de 7.000 kilómetros que unían Xian, en China, con Antioquía, un puerto turco del Mediterráneo oriental. El Camino de Santiago era el último apéndice de un recorrido que, por la otra vertiente, llegaba hasta Filipinas.

La seda era la mercancía más valiosa que circulaba por dichos corredores y durante mucho tiempo los chinos la utilizaban como moneda de cambio. Hoy se llamaría la Ruta del Oro. Los chinos eran los únicos que conocían el secreto de su fabricación, que era monopolio del Imperio. Pero la gama de productos era muy variada: jade, ámbar, almizcle, piedras preciosas, coral, lino, lana, porcelana, armas, mármol, especias…

En las caravanas las mercancías se portaban a lomos de caballos, camellos, dromedarios o en carros tirados por yaks, cada uno de los cuales soportaba cargas de hasta 140 kilos, formaban largas hileras con miles de carros, personas y animales.

Los griegos y romanos hablaban del “País de Seres”, un antiguo pueblo de Asia central (los “sedosos”) que fabricaba seda. Plinio el Viejo los describe como personas altas, rubias y de ojos azules en lo que hoy son regiones de China, como el Turkestán oriental, habitado por uigures, donde se han descubierto enterramientos de noreuropeos con muchos miles de años de antigüedad.

Algunos arqueólogos remontan su origen al paleolítico. Las primeras crónicas chinas hablan de ella desde el siglo II antes de nuestra era, durante la dinastía Han. En occidente la conocemos gracias al relato de Marco Polo, un comerciante italiano, que en el siglo XIII la recorrió durante 25 años. Eso fue posible por su socio, Kublai Khan, hijo de Gengis Khan, es decir, gracias al Imperio Mongol, edificado sobre los distintos eslabones de la Ruta, que llegó a ser el imperio continental más grande de la historia. Durante algún tiempo dio unidad política a aquel sistema arterial, desde Corea hasta el Danubio, en plena Europa.

Los corredores decayeron en el siglo XIV tras la caída del Imperio Mongol y en el siglo siguiente con la colonización de América, que a su vez fue consecuencia de la dominación turca sobre el Mediterráneo oriental, que cerró las vías a los mercaderes occidentales. El auge de la técnica de navegación marítima y la época de las grandes expediciones, reduce la importancia de la Ruta de la Seda.

Hace un par de años el profesor de historia de la Universidad de Oxford, Peter Frankopan, publicó un libro sobre las Rutas de la Seda, en plural (1), que fue duramente criticado por el diario The Guardian (2). En su obra el historiador la define como el “corazón del mundo” para remarcar la subjetividad de los relatos occidentales, donde es normal que nos cueste entender las religiones, las migraciones, las Cruzadas, el comercio internacional o el dinero.

Algunos expertos en “geoestrategia” consideran a esta región del mundo, Eurasia, como el factor clave de la diplomacia rusa. Para ellos el Kremlin debería mirar a oriente más que a occidente. En definitiva, una buena parte de la región formó parte de la URSS hasta hace bien poco. Pero actualmente está bajo la influencia económica de China como en otras épocas del pasado. Hoy la seda es gas y petróleo.

Entre los siglos VII y X, cuando imperaba la dinastía Tang, Xian era una urbe gigantesca de unos dos millones de habitantes, diez veces más que Constantinopla o Córdoba. En comparación con otras, era mucho mayor que Nueva York hoy.

En los oasis el recorrido estaba jalonado de ciudades que, al mismo tiempo eran fortalezas militares. En su entrada había gigantescas “áreas de servicio” con restaurantes, moteles de carretera, mercadillos, bazares, baños… Se edificaban en torno a corralas o patios cerrados con cuadras en los bajos para alimentar, dar descanso y cambiar o relevar (“relay”) a los animales de tiro. Cuando estaban dentro de las ciudades se llamaban “khan” (casa en persa) y en turco “han”. En otro caso, si estaban en plena ruta, se llamaban “caravanserai” en persa, un término derivado de las palabras “karvan” (caravana) y “saray” (palacio). En castellano existió hasta hace muy poco la palabra “venta” que tuvo ese sentido múltiple de comercio, restaurante y hospedería.

También cumplían el papel de las aduanas, donde los sogdianos cobraban un peaje a los mercaderes, un tributo que les permitió levantar las imponentes ciudades de Samarcanda y Boujara. Los sogdianos eran un pueblo indoeuropeo, iraní, de origen escita, asentado en la fronteras de los actuales Uzbekistán y Tayikistán. Compraban, vendían, traducían y cambiaban monedas. Fueron ellos los que difundieron el conocimiento, la técnica y religiones como el nestorianismo, el maniqueísmo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam. Lo mismo que el Camino de Santiago, la Ruta de la Seda era un lugar de peregrinaje para los budistas.

La Ruta de la Seda nunca tuvo un carácter exclusivamente comercial. Por ejemplo, siempre fue una universidad (“universitas”). Las enormes caravanas de mercadores iban fuertemente protegidas por ejércitos privados y los sabios de todas las épocas aprovechaban para acompañar en las expediciones. Unos comerciaban y otros aprendían, de donde viene la leyenda bíblica de los Reyes Magos de Oriente que seguían las estrellas (la Vía Láctea).

Pero el conocimiento no sólo circulaba por la Ruta como la sangre por las venas. Lo que la leyenda quiere decir es que -esencialmente- el conocimiento es un recorrido o, como decía Aristóteles, un camino. Por eso cuando se habla de un pensador, se hace referencia a su “trayectoria”. En términos antropológicos, es una romería, un remedo de las antiguas peregrinaciones. Los toxicómanos dirían que es un “viaje”.

La leyenda quiere decir también que el origen del conocimiento está en oriente y que los occidentales se apoderaron de él. Pero nuestra soberbia nos impide reconocerlo así. Grecia no es la cuna de eso que llaman “civilización occidental”, ni de la filosofía, ni de la ciencia, ni del arte modernos. Hasta el Renacimiento, que retorna al clasicismo grecorromano, es consecuencia del auge comercial de las ciudades del norte de Italia en los últimos eslabones de la Ruta de la Seda.

El sabio crea a partir de lo que toma de otros. A lo largo de la historia la humanidad progresó aceleradamente gracias a que hasta hace bien poco tiempo no existía “copyright”, patentes ni derechos de propiedad intelectual o industrial. Los artistas y los pensadores siempre han robado mucho más que los bandidos. Desde finales del siglo XIX los exploradores que se adentraron en la región, además de apoderarse de los conocimientos ancestrales, se llevaron también las esculturas, las joyas y las obras de arte que ahora contemplamos extasiados en los museos de Londres, o de París, o de Berlín, o de San Petersburgo.

En 1895 el sueco Sven Hedin fue el primer explorador de las ruinas del desierto de Taklamakan, de donde se llevó todo lo que pudo cargar en su caravana. Entonces Europa creía que no quedaba nada de aquello, más que recuerdos transmitidos por vía oral. Los descubrimientos convirtieron a Hedin en un personaje de leyenda, uno de los aventureros europeos más conocidos de Europa, hasta que su apoyo al III Reich le arruinó la fama que tenía.

El británico Aurel Stein organizó cuatro expediciones entre 1900 y 1930. Fue de vacío y volvió cargado con 7.000 manuscritos y las telas que decoraban los templos y que hoy el turista puede contemplar en la British Library de Londres.

El francés Paul Pelliot exploró el Turkestán en 1908. En Kucha descubrió un gran número de textos búdicos, algunos de ellos en lenguas que entonces eran desconocidas. También compró numerosos manuscritos descubiertos en las grutas de Mogao.

El Museo Etnológico de Berlín se inauguró con los saqueos del explorador alemán Albert von Le Coq, que viajó por el Turkestán chino. Se llevó frescos y paneles enteros de las grutas de Kizil. Vació por completo todos los templos que se encontró en su camino.

Ahora la Unesco ha declarado tramos enteros de la Ruta de la Seda como “patrimonio de la humanidad” que es tanto como decir que los dueños somos todos los seres humanos. Pero no ha hecho lo mismo con el Louvre, el Museo Británico o el Etnológico de Berlín, cuyos dueños son otros: los ladrones.

Parafraseando a Proudhon hay que admitir que la cultura es un robo. Me refiero a “nuestra” cultura, que no es nuestra, no es de nadie, no puede someterse al imperio de la propiedad privada y el “copyright”.

(1) The Silk Roads: A New History of the World, Bloomsbury, 2015.
(2) https://www.theguardian.com/books/2015/sep/29/silk-roads-peter-frankopan-review

Caravanserai de Qalat El-Mudiq, en Siria

Caravanserai de Qalat El-Mudiq, en Siria

Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo

Llevan un tiempo los medios de comunicación, especialmente los del grupo Prisa, bombardeándonos con el último producto de Javier Cercas Mena, El monarca de las sombras, que para variar vuelve a la guerra civil para seguir hablándonos de Falange. Ya lo hizo una vez sobre un personaje tan relacionado con Cáceres como Rafael Sánchez Mazas y ahora lo hace sobre su tío abuelo Manuel Mena Martínez. Y si en el caso de otra de sus novelas, El impostor, su protagonista Enric Marco venía a ser el Quijote ahora Cercas ha decidido asociar al fascista de su tío abuelo con el mítico Aquiles. Supongo que igual que en El impostor debió creerse Cervantes ahora se verá como Homero. Da igual que la novela sea plana, insulsa e incluso un tanto tediosa o que una vez más quiera convencernos de que sus novelas no son de ficción. Estamos ante la obsesión de un profesor de literatura por aparecer en sus novelas y querer hacerlas pasar por algo más que un mero relato con voluntad de ser literario.

Algunos llaman a esto novela de no ficción, relato real, novela antigénero, metaliteratura, género degenerado, posliteratura o como les venga en gana, pero quizás pertenezca de lleno al territorio de la egoficción. Lo curioso es que en sus declaraciones a los medios Cercas no habla como un novelista sino como un historiador, lo cual no deja de llamar la atención en alguien que está convencido de que la historia nunca es objetiva. Aunque cuando dice esto no se sabe cuál de sus muchos “yo” habla, si el personal, el literario, el pueblerino, el mentiroso, el cosmopolita, el periodístico o el historiador. A saber.

De esta forma ocurre que, sean cuales sean sus intenciones y por muy literarias que parezcan, lo que sus lectores perciben es que lo que leen pretende pasar por Historia. Y así se produce la paradoja: los historiadores llevamos décadas intentando comprender las causas y consecuencias de la destrucción de la II República y por ahí en medio aparece Cercas disfrazado de historiador e inventándose lo que le viene en gana con el aplauso de los que nunca han querido que se conozca ese pasado.

De entrada conviene situar tanto a Cercas como a su tío abuelo Manuel Mena, a quien considera “un niño inocente”. No se cansa de decir allá por donde va que “murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero”. No es una reflexión muy elaborada, pero a él le basta, ya que debe pensar que así se le considerará un hombre de izquierdas, un antifranquista. Pero al decir esto olvida que tanto entre los golpistas como entre los defensores de la República hubo gente muy joven, de la misma edad que Mena, y que muchos de ellos sabían perfectamente, al igual que él, por qué y contra qué luchaban.

Así que ni niños ni inocentes ni pandas de hijos de puta. Manuel Mena pudo elegir entre respetar las leyes o actuar al margen de ellas y decidió lo segundo, lo cual no es mal principio para alguien que pensaba iniciar los estudios de Derecho ese mismo año. Se asombraría Cercas si supiera el papel que tuvieron muchos de esos “niños inocentes” en los pueblos que cayeron pronto, como el suyo, en poder de los sublevados.

Según nos cuenta el propio Cercas, uno de sus antepasados, Juan Mena, padre de Manuel, propietario de tierras y ganado, era el cacique del pueblo. Por otra parte su abuelo Francisco Cercas había sido concejal durante el Bienio Negro y fue destituido en febrero del 36. En fecha imprecisa, aunque supongo que sería en los meses del Frente Popular, ambos fueron detenidos y pasaron por la cárcel “acusados de almacenar armas en una finca”. Javier Cercas, al que este hecho lleva a decir: “A estas alturas todo estaba preparado para que el país entero volase en mil pedazos”, los justifica diciendo que, ante el rumor de que los jóvenes socialistas de la Casa del Pueblo fuesen a realizar una matanza de derechistas, la propia Guardia Civil les aconsejó que se protegieran. ¿Y quién se supone que debía defender a los socialistas de esa gente armada y conchabada con la Guardia Civil?

Además, con ello Cercas da crédito a ese tipo de rumores que circularon a posteriori por todos los pueblos con el único objeto de justificar el golpe y la represión. Lo cierto es que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la Sociedad de Agricultores, fue igualmente el presidente de la gestora el 20 de julio del 36, jefe local de Falange y alcalde de Ibahernando entre 1937 y 1939. “Un período bastante breve”, añade Cercas sin percatarse de la eternidad que representaron aquellos dos años. Por cierto que en dicha gestora también estaba su tío Juan Domingo Gómez Bulnes, yerno del cacique y que también llegaría a alcalde. Tampoco su bisabuela, la madre de Mena, se cubre de gloria cuando la vemos arremeter contra un vecino que ha luchado por la República con el que se cruza por el pueblo echándole en cara que él viva y su hijo no.

Para Javier Cercas su abuelo Francisco era un “labrador instruido”, “hombre cabal” y “dotado de una autoridad congénita y de una congénita capacidad para ejercerla”, don este muy extendido entre quienes accedieron al poder por vía militar. Añade que había simpatizado con el socialismo y que procedía de Unión Republicana, el partido de Manuel Azaña. Sirva esto de muestra de las mal digeridas lecturas que ha hecho Cercas, ya que no hace falta ser un experto en historia de la República para saber que Unión Republicana nació de una escisión del Partido Radical y que el Partido de Azaña era Izquierda Republicana y no el que él dice.

En cuanto a su abuelo, aparte del disparate de asociarlo al socialismo, más bien encaja en aquellos reaccionarios descolocados por la llegada de la República que se metieron en el Partido Radical para no quedar fuera de la vida política. Sería todo lo cabal y lo congénitamente capacitado que su nieto desee pero lo que debería haber hecho es presentarse a las elecciones. La forma en que llegó a la alcaldía no lo deja en muy buen lugar y sería curioso ver todos los informes políticos que llevaban su firma.

Cercas intenta mostrar la bondad de sus familiares contando cómo ayudaron a algunos izquierdistas. Parece no saber dos cuestiones básicas: que quien en esas situaciones puede salvar vidas es muy probable que también haya tenido la potestad de destruirlas y que raro fue el partidario del golpe que, por lo que pudiera pasar, no contaba en su haber con un rojo salvado. Y digo esto porque desde el desastre nazi en Stalingrado a fines de 1942 y la debacle del fascismo italiano en septiembre de 1943 más de uno empezó a pensar en el nuevo signo de los tiempos. Por suerte para ellos la censura franquista les libró de ver los cadáveres de Mussolini y otros afines colgados en una plaza de Milán en abril de 1945.

Para los que apoyaron el golpe militar y se unieron a fuerzas paramilitares como las banderas de Falange, caso de Francisco Cercas y Manuel Mena, su idea de lo que se traían entre manos era similar a la de un paseo triunfal. Tenían ante sí lo ocurrido en Cáceres, una provincia que había caído casi por completo en cuestión de días. Para esta gente su tarea consistía en ocupar el poder municipal, acabar con la vida de una serie de gente muy concreta, expulsar de todas las instancias locales a las personas relacionadas con la República y reajustar la vida local como poco a la situación existente antes del 14 de abril de 1931. La experiencia republicana debía ser destruida y borrada, como si no hubiera existido.

Pero ocurrió que la marcha triunfal terminó de manera abrupta el 7 de noviembre de 1936 en las puertas de Madrid. Contra todo pronóstico el ejército de la República paró en seco a las diferentes columnas que esperaban ocuparla en poco tiempo. Todos ansiaban celebrar la entrada en Madrid, unos con sus consejos de guerra listos para desinfectar la capital y otros con toda la parafernalia para la celebración de misas al aire libre, y resulta que no solo no lo consiguieron sino que el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio. La decepción que sufrieron Francisco Cercas y Manuel Mena de la que habla Cercas no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado.

Nos cuenta Cercas –imposible saber qué hay de verdad en ello– que Manuel Mena, a la altura de 1938, estaba ya harto de la guerra y que si volvía a ella era por un sacrificio personal, para que no tuviera que ir otro de sus hermanos. Lo que le lleva a afirmar que era “un hombre de carne y hueso, un simple muchacho pundonoroso y desengañado de sus ideales y un soldado perdido en guerra ajena”. También “había sido capaz de arriesgar Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismosu vida por valores que […] estaban para él por encima de la vida, aunque no lo estuvieran o aunque para nosotros no lo estuvieran”.

Y añade: “… no murió por la patria… no murió por defenderla… murió por nada…” ¿Le parecerá poco a Cercas que su familia pasase a controlar el pueblo desde el 20 de julio de 1936? ¿No le choca que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la primera gestora fascista y alcalde durante la guerra, considerara ya de mayor a los vencedores como una banda de arribistas y desaprensivos, cuando no maleantes, y que sintiera por ellos el mayor desprecio? ¿Acaso no estaban él y su familia entre ellos? Se trata de un fenómeno conocido y que pasó también a fascistas de toda Europa: con el paso de los años aquel pasado negro les empezó a estorbar.

Otro problema es la terminología. Solo dos apuntes. Cercas y otros como él no se cansan de escribir y de hablar de cuándo estalló la guerra civil. Con ello lo que hacen es cubrir con el manto de la guerra unos meses en los que no cabe hablar de guerra alguna, sino simplemente de golpe militar y de represión. El 17 y 18 de julio no estalla guerra alguna, sino que se produce un golpe de estado contra la República, golpe que, como hoy sabemos, venía preparándose desde el mismo día de su proclamación. La guerra vino luego. Primero fue la sublevación, el trasvase a la península del ejército de África, sin el cual poco hubieran podido hacer, y el plan represivo que produjo en pocos meses un genocidio de proporciones desconocidas en nuestro país. En la zona controlada por los fascistas no hubo paseos, sino un plan de exterminio perfectamente organizado por los militares y civiles que movían los hilos de la maquinaria represiva.

Las personas asesinadas en Ibahernando, unas doce, dos de ellas mujeres, no fueron paseadas por un grupo de incontrolados sino que lo fueron por decisión de un comité local presidido por alguien en funciones de comandante militar, comité que, aunque conocido por todos –máxime en un pueblo de dos mil y pico de habitantes–, solía mantenerse en la sombra. Es posible que el comandante militar de Ibahernando fuese un guardia civil y que este estuviese asesorado en las tareas represivas por algunos vecinos. Los componentes de dicho comité no solían mancharse las manos de sangre, para eso estaban el personal subalterno, ya fueran falangistas, guardias o simples voluntarios. Así pues hablar de paseos es ignorar la mecánica represiva puesta en marcha por los sublevados.

Una de las claves de la novela es la ambigüedad, lo cual no es de extrañar si pensamos en la dificultad de convertir a un fascista común que encuentra la muerte en una batalla nada menos que en Aquiles. Veamos un ejemplo. En un momento se puede leer que la Falange fue “la milicia armada de la reacción en el violento expediente de urgencia segregado por la oligarquía para terminar con una democracia que pretendía reducir sus privilegios…” Esto parece que procede de algún libro. Y en otro se asocia esa misma Falange al “idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vitalismo irracionalista y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en Europa”. Y aquí parece que transcribe a Sánchez Mazas.

Cercas prefiere hablar de falangistas y franquistas más que de fascistas y de fascismo, concepto que solo aparece en relación con Europa. Esta confusión sistemática está en la base de la novela y es continua y obligada, ya que si no existiera no habría forma de salvar al personaje. Parece que este es el destino de Cercas: salvar a fascistas y farsantes como Sánchez Mazas, Enric Marco o Manuel Mena.

El panfleto de Cercas se encuentra en la misma onda de aquella declaración que el gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra realizó en 1986 con motivo del cincuenta aniversario del golpe militar. Según parece, pretendían “honrar y enaltecer la memoria de todos los que, en todo tiempo, contribuyeron con su esfuerzo, y muchos de ellos con su vida, a la defensa de la libertad y de la democracia en España”. Y también manifestar “su respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia”.

Pues bien, este cinismo de calculada ambigüedad es exactamente el mismo que parece inspirar el escrito de Cercas. El PSOE lo hacía por satisfacer a todos, seguir obteniendo más votos que los demás y perpetuarse en el poder. Cercas lo hace para blanquear a través de su tío y de su familia el pasado del fascismo español. También para salvarse a sí mismo de tan negra memoria familiar, con la que no sabe qué hacer. Afirma que solo en la madurez ha dejado de sentir vergüenza por sus orígenes familiares, pero que ya se ha resignado a ellos. Y piensa, imbuido sin duda de la clarividencia histórica que lo caracteriza, que su familia “había sido franquista, o por lo menos había aceptado el franquismo con la misma mansedumbre acrítica que lo había aceptado la mayor parte del país”.

Sin duda le hubiera venido bien un proyecto de investigación similar al que se llevó a cabo en Alemania en los años noventa, titulado “El abuelito no fue nazi. Nacionalsocialismo y holocausto en la memoria familiar”.

Al recordar el entierro celebrado en el pueblo en honor de Manuel Mena Martínez viene a la memoria lo escrito por un vecino de Sanlúcar de Barrameda con motivo de un acontecimiento similar ocurrido allí durante la guerra. Decía: “Rodeada así la vida de este aparato militar y litúrgico, la vida parece una cosa despreciable. Dan ganas de convertirse en muerto”. Eso debieron pensar algunos vecinos de Ibahernando, olvidando que ya había habido muertos.

Desgraciadamente Cercas aporta escasa información sobre los vecinos de su pueblo que fueron asesinados a partir del 20 de julio. Quizás la más citada sea la maestra Sara García, de 22 años, cuyo cadáver apareció en una finca. Como en otras muchas ocasiones el crimen se justifica por motivos externos: porque su novio, un izquierdista, había huido o, también, porque se trató de una venganza de un pretendiente anterior. Conocemos estas historias. Son ya muchos años intentando asociar la represión a cuestiones personales. Hay, sin embargo, otra opción que Cercas no tiene en cuenta: por lo general la gente dedicada a la enseñanza fue asesinada por ser de izquierdas y representar la apuesta más importante realizada en nuestra historia a favor de la educación pública. Por su edad, la maestra Sara García pudo ser una de esas maestras de la generación de la República que no encajaban de ninguna manera en los planes de enseñanza que los sectores más reaccionarios de la sociedad española, con la Iglesia en cabeza, impusieron de inmediato. También fue asesinado otro maestro.

Para justificar el terror que segó vidas en una pequeña localidad en la que hasta ese momento no se había derramado sangre, Cercas recurre a fórmulas que no cuadran con el caso. No se trata ya de dar pábulo a rumores como el de que jóvenes socialistas habían creado una lista con los nombres de los derechistas que había que eliminar, sino de hablar de “la situación explosiva” existente en el pueblo en los meses anteriores al golpe o aludir a los propietarios “asustados por la deriva revolucionaria de la República y sobre todo por la atmósfera de violencia que desde hace meses se respira en Ibahernando”. Tampoco se priva de decirnos que sería raro que Manuel Mena “no respirase allí [Cáceres] la atmósfera de preguerra que se respiraba en todo el país” y que sintiese “la inminencia del estallido violento” que todo el mundo sentía. Cercas está preparando el terreno para el golpe y para su familia.

Al poco tiempo de morir, el nombre de Manuel Mena pasó a denominar una calle del pueblo. Según la ley de memoria histórica esta calle debería desaparecer. Nadie que se sume a un golpe de estado merece una calle. La pregunta que surge ahora, tras la salida al mercado de la novela de Cercas, es quién se atreverá quitar del callejero de Ibahernando al héroe local que su sobrino nieto ha convertido en mito. ¿Qué más da que sirviese por voluntad propia en fuerzas paramilitares como Falange o a las órdenes de golpistas como Yagüe o Barrón? Es más, tal como van los tiempos es muy posible que Javier Cercas, además de dar nombre a la Casa de la Cultura de su pueblo, pase a denominar alguna de las calles cercanas a la de su tío abuelo. El día que eso ocurra se cerrará esta historia. Aquiles y Homero juntos.

La cuestión de fondo del libro de Cercas es dejar sentado que se puede ser “un joven noble y puro y al mismo tiempo luchar por una causa equivocada”, es decir, ser un fascista. Como es lógico, la respuesta del sobrino nieto de Manuel Mena Martínez, en la estela de la declaración del gobierno de González y Guerra en 1986, es que sí.

Este mismo espíritu es el que ha llevado hace poco a un juez de Soria, Carlos Sánchez Sanz, a decidir que el nombre de Yagüe debe seguir unido al de San Leonardo, su pueblo. Esto y un acuerdo de pleno de 2016 en el mismo sentido firmado por PP, PSOE y Ciudadanos. El argumento es similar al de Cercas: una cosa es el Yagüe falangista, guerrero y represor, y otra muy diferente el Yagüe benefactor que convirtió a su pueblo en un oasis soriano. Naturalmente se deja a un lado que la decisión de denominar al pueblo San Leonardo de Yagüe es de enero de 1940, cuando el jefe de la columna de la muerte aún no había derramado su acción benéfica sobre su pueblo.

Y es que Yagüe, como Mena, también entra dentro de ese privilegiado grupo de hombres puros y cabales que dieron vida, cada uno desde su sitio, al fascismo español, igual que “el poeta” Pemán o “el aviador” Ruiz de Alda. ¿Para cuándo la reposición de las plazas y avenidas antaño dedicadas a Franco, el gran benefactor de España? Sería solo el principio. Al fin y al cabo hombres de tan gran corazón como el carnicero de Badajoz no hubo muchos, pero de héroes locales está el país lleno.

Francisco Espinosa Maestre http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Javier-Cercas-mundo-egoficcion_6_622647752.html

Los cultivadores del cretinismo parlamentario

El cretinismo parlamentario, decía Marx, es una enfermedad incurable (*). Desde que apareció a mediados del siglo XIX aún no ha se ha inventado ninguna vacuna que la remedie. Es más, hay medios e intelectuales que cultivan y propagan esa enfermedad meticulosamente, como si acabaran de descubrirla.

Se trata de una dolencia típica de la pequeña burguesía, que no va más allá en sus concepciones políticas que en su sistema de vida material. Ambos son muy limitados, dice Marx, porque la pequeña burguesía no da más de sí. Por eso lleva ese nombre: todo en ella es tamaño pequeño.

Los cretinos se expresan en medios repletos de expresiones cretinas, empezando por “la izquierda” y “la derecha”, un tipo de expresiones introducidas en España por los carrillistas en la transición y que procede de la Revolución Francesa, es decir, de la burguesía.

Leo que en Europa hay un auge de la “extrema derecha” porque han sacado muchos votos. Los cretinos no tienen en cuenta más que ese tipo de datos. Si hay muchos votos, es un éxito y si hay pocos es un fracaso o una crisis.

El termómetro mide la temperatura y los votos la fuerza o la debilidad de un partido político, y ambos son evanescentes: van y vienen. Si al mediodía hace calor, por la madrugada hace frío. Un partido es fuerte en unas elecciones y en las siguientes se ha convertido en flojo.

Los partidos políticos no son nada por sí mismos; lo que son o dejan de ser ni siquiera lo dicen sus votos, sino algo peor: su número de votos. No son otra cosa. Van bien si hay votos y en caso contrario empiezan los problemas internos.

Los cretinos creen que si tienes muchos votos es porque tu actividad institucional ha sido buena y si bajan es porque no lo ha sido. Todo se mueve en torno a esas actividades, no al trabajo sindical, vecinal, juvenil, cultural… Se trata de actividades que no dan votos y, por lo tanto, tampoco los quitan.

El cretinismo parlamentario es como el vudú o cualquier otra concepción mágica. No tiene en cuenta más que unas elecciones que se celebran de vez en cuando, no la realidad cotidiana.

Por ejemplo, antes de tener votos, la “extrema derecha” ha apaleado trabajadores inmigrantes o quemado albergues de refugiados, que son delitos penados con la cárcel, a pesar de lo cual nadie tomó nunca medidas contra los responsables. Es como si a un perro rabioso el Estado no le pusiera un bozal, ni lo sujetara con una correa. A la menor oportunidad el perro fascista va a salir corriendo a morder al primer moreno que encuentre, y eso -a la larga- merece una recompensa electoral.

El cutrerío no ve más que votos que, como decía Marx, son las trompetas de Jericó que van a derribar todas las murallas que se pongan por delante: “Los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo intentan repetir el milagro”.

La izquierda está en crisis porque tiene muy pocos votos. Cuando en 1975 los revisionistas tenían la mitad de los votos en Italia, todo iba muy bien; la izquierda no estaba en crisis, sino todo lo contrario: lo consideran como una etapa de apogeo.

Lo mismo que los cretinos, los místicos y los creyentes creen que las palabras son mágicas. “El verbo se hizo carne”, dice el Evangelio. Las palabras altisonantes (radicales, revolucionarias) alejan a “la gente”, mientras que los eufemismos parece que ayudan a acercarla. Lo mismo ocurre con los programas y las consignas.

Todos los partidos políticos, pero especialmente los de la clase obrera, son como el pescado: se empiezan a pudrir por la cabeza. Su fuerza no sólo son los votos sino -principalmente- su dirección ideológica y política, su estrategia. Por el contrario, los grupos pequeño burgueses alardean de lo contrario: de su falta de dirección, de su horizontalidad. Por eso no se pudren nunca y reaparecen una y otra vez con distintos formatos. No tienen rumbo, no saben lo que quieren. Van a donde los lleva el viento.

(*) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.133.

El Congreso Musulmán canadiense arroja el burka a la basura

En vísperas de las elecciones del 19 de octubre, uno de cuyos caballos de batalla es el islam, el Congreso Musulmán canadiense arroja el burka y el nikab a la basura y pide al gobierno que prohíba su uso en público.

Después de una lectura del Corán, los musulmanes canadienses creen que el burka y el nikab son los símbolos de una secta que se opone a las libertades. En el texto no se dice absolutamente nada de que las mujeres estén obligadas a encubrir su rostro.

Para ellos hay un dato que así lo prueba: el burka está prohibido en la Gran Mezquita de La Meca.

Los musulmanes canadienses consideran que el burka y el nikab son prácticas “medievales” y “misógenas” y apelan a la autoridad del jeque Mohamed Tantawy, decano de la Universidad Al Azahar de Egipto, un reputado imán que en una fatwa reciente asegura que el burka y el nikab no son obligaciones del islam.

Para acabar de rompernos los esquemas, el portavoz del Congreso, Tarek Fatah, ha manifestado incluso que no se opone al matrimonio homosexual.

Los hay más papistas que el Papa porque en Canadá el Tribunal Supremo acaba de rechazar una propuesta para que se deniegue la nacionalidad canadiense a aquellas mujeres que se presenten ataviadas con burka a la ceremonia de naturalización.

Un recorrido rápido por la moda musulmana

Cualquier tipo de vestimenta es un símbolo más bien social que religioso. Depende de los países y de los tiempos.

Entre los asirios el velo cumplía varias funciones sociales. Diferenciaba a la mujer casada de la soltera, a la honorable de la prostituida o a la esclava de la libre.

En Grecia y Roma las mujeres patricias portaban el velo como signo de distinción. La simbología empezó a cambiar con la cristiandad. Inicialmente empezó representando a la mujer virgen, pero luego degeneró rápidamente para simbolizar a la mujer sometida.

Así, en la primera epístola a los Corintios (11:2-16), el apóstol San Pablo dice: “El hombre no debe llevar velo porque él es la imagen de la gloria del Dios, pero la mujer es la gloria del hombre […] y por eso debe llevar la marca de su dependencia”.

A la hora de cubrir la cabeza, la moda cristiana es mucho más simple que la musulmana. Se reduce a la mantilla, el chal, el fulard, la pamela o incluso el echarpe. En otros países es mucho más compleja y la variedad hace que la traducción resulte complicada.

Burka

Es un vestido tradicional de las tribus pashtunes de Afganistán que los talibanes impusieron. Se trata de una pieza única, normalmente de color azul o marrón, que cuelga desde la cabeza y con una rejilla delante de los ojos para que la mujer pueda ver, al tiempo que oculta sus ojos.

Nikab

Es un velo integral que cubre la cara, dejando al descubierto sólo los ojos. Es propio de los musulmanes wahabitas que habitan los medios urbanos. En ocasiones las mujeres lo acompañan con unas gafas de sol y unos guantes.

Chador

Es un vestido tradicional que cubre la cabeza dejando al descubierto el óvalo del rostro. Es típico de Irán y anterior a la llegada del islam al país. Su uso no fue obligatorio hasta el siglo XVIII. El sha lo prohibió en 1936, por lo que se convirtió en un símbolo de protesta política. Actualmente no es obligatorio, ya que basta llevar un velo sobre la cabeza.

Es diferente del “chadri”, que se utiliza en India o Pakistán pero muy parecido al “jilbab” que promocionan los wahabitas de Arabia saudí.

Hiyab

Es un término genérico que procede de la raíz árabe “hayaba” que se puede traducir por “esconder” e incluso por “guardar las distancias”. No cubre todo el cuerpo. Se tata de un pañuelo que sólo oculta el pelo, las orejas y el cuello, mostrando todo el óvalo de la cara. Se complementa con una túnica o un impermeable.

Aunque lo promovió la Hermandad Musulmana, se ha generalizado en el mundo musulmán, reemplazando a otras vestimentas, como el “haik” del norte de África, una pieza única que disimula las formas del cuerpo y cubre la cara.

Hollywood: la fábrica de las pesadillas

El cine es grande. Es el Séptimo Arte, sinónimo de “glamur”. En un país como Estados Unidos donde el dinero es el rey, el arte nunca ha tenido sitio… salvo que se pueda convertir en dinero. El cine es el cine norteamericano y Hollywood es La Meca del cine, la Fábrica de los Sueños, un lugar donde los adolescentes creen que quieren ser “artistas”, cuando lo que quieren es sólo ser famosos. Quieren ser alguien distinto de ellos mismos. Adoran y les gustaría ser adorados. Son jóvenes, guapos y para “triunfar” en la gran pantalla no hace falta otra cosa.

Hollywood es un gran decorado donde todo es falso, todo es de cartón. Los focos apuntan hacia una esquina pero lo demás queda a oscuras. Nadie mira hacia ese lado… excepto un documental estrenado recientemente en Cannes que se titula “Un secreto abierto”. Hasta ahora cuando pensábamos en el lado oscuro de Hollywood, nos venía a la cabeza el alcohol, las drogas, las violaciones, la prostitución y el comercio de carne humana. Ahora este documental le añade la pedofilia.

La realizadora Amy Berg narra los abusos sexuales de cinco niños y adolescentes que llegaron a Hollywood seducidos por el dinero y la fama y acabaron atrapados en las redes de los representantes, productores y directores. Uno de ellos es Michael Egan que con 16 años soñaba con ser el nuevo Tom Cruise y alguien le ofrece la oportunidad de su vida, una de esas que no puedes dejar pasar, conocer a gente famosa, influyente, que te puede introducir… ¿Introducir qué?

Hace ahora casi 20 años se celebró una reunión en una de esas lujosas mansiones con piscina en lo alto de la colina, al aire libre. Allí estarán conocidos productores, como Marc Collins-Rector y Chad Shackley, que buscan caras nuevas. Ambos son socios y amantes embarcados en el nuevo negocio del vídeo en línea. No son los únicos que acuden a la reunión. También está Garth Ancier, el productor que lanzó Los Simpson, 21 Jump Street y Casados, dos hijos. También aparece por la mansión Bryan Singer, director de “Sospechosos habituales” y “El regreso de Supermán” que estaba a punto de rodar un taquillazo: X-Men.

La coartada es hablar sobre una empresa de vídeo digital, pero el relato de Michael Egan es muy confuso. Dice que le emborracharon, le drogaron y le violaron nada menos que durante dos años, en una especie orgía prolongada. Los acusados se defienden diciendo que era un chantaje, que Egan sólo quiere dinero. A pesar del tiempo transcurrido, no se ha cerrado el caso. La fiscalía se ha disculpado con Ancier porque la acusación es infundada. Por su parte, Singer niega la violación pero ha pagado 100.000 dólares para que le retiren la acusación.

Otro de los niños que aparece en el documental es Evan Henzi, quien relata las violaciones de que fue objeto de los 11 a los 17 años por parte de su representante. En 2011 publicó una grabación de audio en la que el responsable confiesa los abusos.

Aquel mismo año murió Corey Haim, una verdadera estrella de Hollywood desde su infancia. La autopsia determinó que lo que acabó con su vida fue una pulmonía, pero en su organismo había antidepresivos, ibuprofeno, relajantes, marihuana, remedios contra la tos… Compartió un programa de televisión con Corey Feldman, conocido por su participación en los Goonies y en Stand by me. Según su amigo, Haim se drogaba para olvidar las violaciones de que ambos fueron objeto por “la industria del espectáculo”.

El representante de ambos era el mismo. Mientras le violaba, cuenta Feldman al diario Sun, simulaba estar dormido… Por eso a Hollywood le llaman “la fábrica de los sueños”. Adormece.

Estamos convencidos de que a este documental nunca le darán un Óscar de la Academia.

Introducción al estudio de la impostura política

Estoy casi completamente convencido de que la mayor parte de los lectores, así como la mayor parte de esta sociedad, entiende que los políticos son «todos» unos impostores, cualquiera que sea el partido al que pertenezcan, y al referirse a «todos» piensan -sobre todo- en aquellos que están o quieren estar en las instituciones oficiales.

Sin embargo, en la Facultad de Ciencias Políticas de Somosaguas, en Madrid, no hay una asignatura llamada «Impostura», no hay cursillos, tesis doctorales, ni manuales sobre impostura que se podrían titular algo así como «Teoría y Práctica de la Impostura Política».

Por lo tanto, con este tratado pretendo que se abra una nueva cátedra en dicha Facultad y que me inviten a pronunciar una conferencia a fin de que a mi ya dilatado currículum pueda añadir la condición de «profesor asociado» de la Universidad Complutense, ya que este manual es histórico: estoy a punto de inventar una nueva ciencia.

Naturalmente que toda ciencia tiene precedentes, que la gente modesta, como yo, tiene que poner de manifiesto porque, además, de esta manera mostramos nuestra erudición, que siempre queda muy bien. Debo consagrar, pues, este primer tomo de la nueva ciencia a esos genios que se anticiparon a mi descubrimiento. Se trata de Molière, que en 1664 estrenó su conocida comedia titulada Tartufo, cuyo subtítulo lo explica todo: Tartufo o el impostor.

La palabra «tartufo» es hija de las peores familias semánticas. Tiene sinónimos como falaz, falso, fariseo, felón (traidor), artificioso, judas, mentiroso, camaleón, desleal, truhán, capcioso, comediante, hipócrita, insidioso o jesuita. En francés hay otros muchos sinónimos de tartufo que no sabría traducir, como “escobar” o “patelin” que designan a quienes exhiben una amabilidad fingida con la que seducen a los demás para ocultar su verdaderas intenciones, que nunca son buenas.

Marx diría que la impostura es un caso de fetichismo, un desdoblamiento en el que hay dos personajes en la misma persona, el que aparece y el que hay que descubrir. En francés «tartuffe» es el nombre de la trufa, ese champiñón que hay que buscar escondido bajo la tierra. En castellano decimos que algo está “trufado” cuando resulta de la mezcla de ingredientes diversos. Se opone a la “pureza”, que nos gusta porque no tiene aditivos, colorantes, ni conservantes. Lo auténtico es lo simple.

No debe extrañar que la representación de la comedia de Molière fuera prohibida en su momento, considerándola como un ataque brutal a la religión. El arzobispo de París llegó a amenazar con la excomunión a cualquiera que la representara o escuchara. Los beatos, los devotos y los meapilas han sido siempre el prototipo del impostor.

Sin embargo, Molière no sólo se refería a la religión sino también a la política. Entonces, como ahora, muchos asimilaban los sinónimos de tartufo al de político e impostor. Pero el argumento de la comedia no es exactamente el personaje de Tartufo sino los que le rodean. ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que es un impostor?, ¿por qué logran engañar a la gente?, ¿por qué suman tantos votos?

El Tartufo es lo que antes en los colegios católicos llamaban el «director espiritual». Es un guía, un dirigente o un «líder» como dicen hoy los anglosajones. El genial Molière le describe a la perfección. Las masas no siguen a un tartufo porque sea listo, o porque sea más listo que el común de las personas, a las que siempre tomamos por idiotas. No es listo, diría Molière: es un listillo, que es bastante diferente.

Como él mismo reconoció, Molière es deudor del teatro de Lope de Vega y en el Tartufo francés revive la picaresca española. El listillo es un engañabobos; se aprovecha del buen corazón de la gente corriente, de las necesidades que tienen las personas humildes y sencillas que no han entrenado su malicia.El Tartufo es, además, un payaso. Para interpretar el personaje, Molière vestía de bufón ridículo y eso no hay que perderlo de vista: lo mismo que los curas, los dirigentes políticos no son más que unos payasos de traje y corbata. No cabe duda de que hacen reir a los espectadores, pero el objetivo de Molière era claramente político e iba mucho más allá: ¿ayudaría la burla a encontrar la trufa escondida bajo la tierra?, ¿cómo lograr que el espectador se aperciba del engaño de que es objeto por parte del impostor?

En el siglo XVII el truco era dios, el paraíso, el pecado original, la virgen María y los arcángeles. En el siglo XXI el truco es Felipe VI, el estado de derecho, las elecciones, el parlamento y la constitución.

En este tratado no perderé ni un minuto en contarle al lector lo que sabe de sobra: detrás de su falsa devoción religiosa (o política), la intención oculta de Tartufo es quedarse con la herencia. Siempre el dinero. Ya lo dijo el ministro Zaplana, otro impostor de libro: él había llegado a la política para forrarse. Sólo le faltó añadir: los votantes me importan una mierda, y los que no votan ni te cuento.

Si a un bufón le quitas el maquillaje no encuentras otra cosa más que esa. En el caso de Pujol es la herencia de su padre, en el otro es una declaración complementaria a Hacienda que olvidó incluir en su momento, a veces son recalificaciones de terrenos, o tarjetas opacas, o contratos blindados, o cuentas en Ginebra, o rescates bancarios, o cursillos de formación, o la prima de riesgo, los bonos subprime, o las cláusulas suelo, o…

Como todo manual, el de la impostura (política) acaba en la economía (también política). Pero esa es una materia que corresponde a otra facultad universitaria, por lo que debo terminar mi nueva ciencia aquí mismo.

Llamamiento a la yihad de la Internacional Comunista

Casi al final de la película “Rojos” de Warren Beaty, estrenada en 1981, John Reed toma la palabra en la Conferencia de Bakú y su alocución es recibida por los asistentes con un aplauso tan cerrado que el comunista americano queda sorprendido. Tras acabar la reunión se dirige a Zinoviev, que había presidido las sesiones, para preguntarle por los motivos por los que su discurso había tenido tan buena aceptación.

— “Ha sido por tu llamamiento a la guerra santa”, le responde Zinoviev
— “Pero yo no he hablado de guerra santa sino de lucha de clases”, replica Reed sorprendido

Aparentemente fue una mala traducción que a Reed no le agradó absolutamente nada, como el conjunto de aquella extraña Conferencia. Más que traducir, habían interpretado sus palabras, algo que suele ser muy frecuente. Es más, cabe pensar que dicha interpretación no era un error sino algo deliberado porque en el discurso de cierre Zinoviev utilizó el mismo término, yihad, para que a los musulmanes que participaban en la Conferencia no les quedaran dudas: “Hay que desatar una verdadera guerra santa contra los capitalistas ingleses y franceses”, dijo Zinoviev.

Era el 8 setiembre de 1920. Zinoviev calificó a la Conferencia de Bakú como la segunda parte del II Congreso de la III Internacional que se había celebrado en Moscú unas pocas semanas antes, la reunión más ambiciosa convocada hasta entonces por el movimiento comunista internacional. Reunió a 1.900 asistentes, de los que 700 no eran comunistas sino nacionalistas, o lo que hoy calificaríamos como antimperialistas o tercermundistas procedentes de muchos rincones del mundo. La mayor parte de estos últimos eran musulmanes (turcos, azeríes, chechenos, árabes, afganos) aunque también había judíos, hinduístas y otras confesiones religiosas.

El malentendido entre Reed y Zinoviev no era un problema técnico de traducción, sino algo peor. Tiene un trasfondo político e ideológico que llega a la actualidad, sobre todo cuando los marxistas se ven ante un auditorio masivo y heterogéneo, como la Conferencia de Bakú, que es el que todo movimiento revolucionario espera encontrar alguna vez. Zinoviev tenía razón. El marxismo no es, como creía Reed, un vehículo de comunicación de unos marxistas con otros, sino precisamente con los que no son marxistas, con las masas y, entre ellas, con los fieles de una u otra religión. El auditorio no aplaudió a Reed, lo que aplaudió fue la traducción. De ahí la sorpresa del propio Reed por la acogida que tuvieron sus palabras.

Pero pasemos ahora a la segunda cuestión, a las palabras del propio Zinoviev que tampoco fueron ninguna casualidad, ya que su discurso fue aprobado por la dirección de la III Internacional. La alusión de Zinoviev a una “guerra” contra los capitalistas no puede extrañar a ningún marxista. Ahora bien, ¿por qué una guerra precisamente “santa”? Si había miembros de varias confesiones religiosas, ¿por qué utilizar una expresión musulmana que podía crear rechazo entre los demás o un enfrentamiento mutuo entre los asistentes?, ¿cómo es posible que un ateo, un dirigente comunista, utilice una expresión de clara raigambre religiosa?

Como siempre la explicación está en una manipulación, en este caso del sentido de la palabra yihad, que es una expresión propia del idioma árabe. Pero el árabe es al islam lo que el latín al catolicismo, por lo que al aparato ideológico del imperialismo le ha resultado muy sencillo saltar del idioma (árabe) a la religión (islam) creando una amalgama, el yihadismo, para consumo -curiosamente- no de los árabes ni de los islamistas sino de las masas occidentales. Esa manipulación no existía en 1920. Por eso las demás confesiones religiosas -lo mismo que los ateos- no podían experimentar ningún rechazo, ni hacia la yihad ni hacia el islam.

Son los estragos de la ideología dominante. Según los imperialistas el Corán es un llamamiento a la lucha, a la guerra contra los infieles, un caso claro de enaltecimiento del terrorismo, de los degollamientos y el salvajismo. Los islamistas no sólo quieren acabar con nuestro “estilo de vida” tan maravilloso sino que quieren hacerlo por la fuerza y “nosotros” no podemos consentirlo. No debemos permanecer con los brazos cruzados.

Pero eso no es todo. Los aparatos ideológicos del imperialismo nos han inculcado hasta el tuétano que el islam tiene algo exclusivo, la yihad, que no existe en las demás confesiones, que no serían tan agresivas o violentas como el islam, que los musulmanes son los únicos que actúan de esa manera. Pues bien, es absolutamente falso. El mensaje de Jesucristo a sus apóstoles, expuesto en el Evangelio de Mateo (10,34-36), contiene un llamamiento terrorífico que Mahoma jamás pronunció: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer la paz, sino la espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa”.

En la Biblia se pueden encontrar multitud de mensajes parecidos a ese. Por el contrario, en contra de una creencia hoy muy extendida, la palabra yihad sólo aparece tres veces en el Corán, carece de estatuto religioso entre sus fieles y no es tampoco una de las obligaciones religiosas de los musulmanes. Ni siquiera es una palabra de género femenino sino masculino, por lo que en todo caso debería decirse “el yihad”. Al convertirla en femenino los imperialistas la acercan mucho más a la palabra “guerra”, que también es de género femenino. Su traducción más inmediata al castellano no tiene que ver con una lucha armada, que en árabe se designa por la expresión “qital”, que es equivalente a lo que en la cristiandad se entiende como “guerra justa”.

Es entonces cuando empezamos a entender algo de lo que significa la yihad: como todas las ideologías y todas las religiones, el islam tiene una serie de principios que le permiten pronunciarse sobre una guerra, es decir, afirmar su legitimidad y, por lo tanto, rechazarla o apoyarla. En la cristiandad la guerra se regula en base a dos principios generales:

— “ius ad bellum”: las condiciones en las cuales alguien tiene derecho de declarar la guerra a otro legítimamente
— “ius in bello”: las normas que rigen la manera justa de llevar a cabo la guerra

En cualquier religión y, por extensión, en cualquier ideología, esas normas son siempre las mismas. A causa del origen teológico de las normas jurídicas, cualquiera que sea la religión, la guerra santa es siempre la guerra justa, y a la inversa. Los marxistas utilizamos exactamente ese mismo lenguaje y consideramos a unas guerras como justas (revolucionarias) y a otras como injustas, como agresiones o como guerras imperialistas. Por eso en Bakú todos entendieron -y aplaudieron- a Reed y Zinoviev, tanto los ateos como los creyentes: la yihad contra el capitalismo es una causa tan justa que para los creyentes se convertía en sagrada, es decir, en un deber.

Quizá sea posible entender mejor la palabra contrastándola con la palabra castellana “militar”, que tiene un significado doble, porque se refiere tanto al soldado, si es sustantivo, como al afiliado a un partido político, si es un verbo. En el idioma castellano son muy numerosas las derivaciones militares de expresiones políticas, empezando por la definición de Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la política por medios violentos”. También son muchos los que asimilan la palabra “revolución” e incluso “lucha” o “huelga” a violencia.

La misma ambigüedad semántica tiene el idioma árabe. En el siglo XII el gran pensador andalusí Averroes (Ibn Rushd) habló de cuatro tipos de yihad: la de la lengua, la de la mano, la del corazón y la de la espada. En el lenguaje árabe corriente la yihad es la disposición interior de alguien para acometer una tarea. Tiene un sentido espiritual: el de mantenerse firme en las creencias religiosas ante un entorno de incredulidad. En el Corán se encuentran expresiones que se pueden traducir como “esfuérzate con toda tu alma” o “haz un esfuerzo en el camino de Dios”.

Pero además de un esfuerzo interior, propio del espíritu, la palabra árabe también tiene el sentido de ejercer una fuerza hacia el exterior. Hay una lucha para cambiar (mejorar) uno mismo (gran yihad) como para cambiar (mejorar) la sociedad (pequeña yihad). Esta última tiene, pues, un claro significado político y, como toda militancia, es un esfuerzo, exige una dedicación y una entrega.

No obstante, aunque no es aceptable una asimilación absoluta entre yihad y violencia o guerra, con el tiempo los ulemas, intérpretes de la ley mulsulmana, fueron ampliando el alcance semántico de la palabra en un sentido más agresivo del que originariamente tenía. Entonces, como los materialistas ya deberíamos saber, el planteamiento del problema cambia significativamente: no se trata de lo que diga la palabra de dios, sino de lo que digan los ulemas, o sea, la historia. ¿Por qué se produjo esa ampliación semántica?, ¿qué factores históricos la provocaron?

La explicación no puede estar en el Corán ni en ninguna creencia sino en la evolución del mundo árabe, su expansión (su emigración) fuera de la Península Arábiga, a la que acompañó el islam (porque junto con los pies también viajan la cabeza y el corazón), así como las escisiones internas que acompañan a toda expansión y, finalmente, el choque con otros pueblos (y con otras creencias y religiones).

Para llevar a las masas a una lucha, a una huelga, a una manifestación o a una guerra, hay que explicar bien claramente que la razón está de parte del convocante, que la decisión es adecuada, acertada y justa. Los creyentes la llaman “santa”, pero eso no cambia las cosas más que para ellos. Pero no nos confundamos. No es la conciencia la que mueve la historia sino al revés. Las masas no van a la lucha por ningún tipo de explicación, ni sindical, ni política, ni militar, ni religiosa. No son los carteles y las octavillas sino las condiciones sociales las que un materialista tiene que averiguar para explicar un determinado acontecimiento.

La consideración de una causa y de una lucha como “sagradas” es lo que -con otras palabras- todo militante discute cada día en sus reuniones: ¿hay que convocar ahora una manifestación?, ¿es conveniente la lucha armada?, ¿en que condiciones es admisible utilizar la violencia?, ¿qué tipo de luchas son acertadas y cuáles contraproducentes?

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