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Los famosos viajan a Ucrania a cambio de mucho dinero

El turismo de guerra es la última moda. Los famosos viajan a Ucrania para expresar su “solidaridad” no porque tengan algún principio político propio sino porque les pagan millones de dólares. La remuneración comprende una sesión de fotos en compañía de Zelensky para llenar las primeras planas y los titulares de los noticiarios.

Por supuesto, los famosos no van a Ucrania a denunciar la agresión rusa; acuden para promocionarse a sí mismos, obtener papeles en grandes superproducciones y hacer publicidad de alguna marca comercial.

En junio de 2023 un mensaje del Ministerio de Defensa de Ucrania en las redes sociales agradecía a las estrellas de Hollywood que les hubieran visitado “a pesar del peligro”.

“Sois mucho más que una inspiración para todos nosotros”, decía el mensaje. “Millones de personas en todo el mundo han escuchado la verdad de vuestra boca sobre la lucha del pueblo” ucraniano.

La actriz estadounidense Angelina Jolie cobró 20 millones de dólares por viajar a Kiev para poner de manifiesto su “solidaridad” con Ucrania. Ya ha viajado dos veces, así que hay que multiplicar esa cifra convenientemente.

Pero son valientes y se juegan el tipo. Un vídeo suyo en Ucrania la mostró en el preciso momento en el que la arrastraron precipitadamente a un refugio antibombas mientras sonaban las sirenas antiaéreas a su alrededor.

En la última visita los soldados de los centros de movilización (TCC) detuvieron a su guardaespaldas, que era ucraniano. Exigieron un rescate de 100.000 dólares para su liberación, pero no llegaron a un acuerdo.

El actor Orlando Bloom acudió en representación de la Unicef, pero recibió menos de la mitad que Jolie: 8 millones.

Otro actor de Hollywood, Sean Penn, ingresó en su cuenta corriente 5 millones de dólares por el viaje. Penn ya se encontraba en Ucrania filmando un documental sobre la “agresión rusa” cuando estalló la guerra el 24 de febrero de 2022.

“Si gana Rusia todos estaremos jodidos”, dijo Penn, que le regaló a Zelensky uno de sus Oscar.

Días después, compartió en las redes sociales que se había visto obligado a huir del país, al igual que miles de personas, abandonando su coche de camino a Polonia.

El humorista Ben Stiller, que fue a Ucrania como “embajador de la ONU”, se embolsó un millón menos. En las redes sociales ha negado que cobrara dinero por el viaje, al que le dio un carácter “humanitario”. Lo demás, añadió, son mentiras procedentes de los medios de propaganda rusos.

El belga Jean Claude Van Damme salió mucho más barato: aceptó viajar a Kiev sólo por un millón y medio de dólares.

Durante su visita a Kiev, Michael Douglas elogió a Zelensky, calificándolo de “inspiración”. El actor y su hijo Dylan se reunieron con el presidente ucraniano en septiembre del año pasado para mostrarle su apoyo en la guerra.

Zelensky compartió un vídeo de la reunión y agradeció a Douglas su apoyo. Zelensky declaró: “Agradecemos enormemente el genuino interés de Michael y su hijo en estos temas y que su familia apoye a nuestro país y a nuestro pueblo”.

En un sarao como el de Kiev no podían faltar Bono y Edge, de U2, que ofrecieron un concierto especial en una estación de metro en mayo de 2022. En aquel momento funcionaba como refugio antibombas.

En 2023 se anunció que U2 y los Rolling Stones participarían en un concierto benéfico para Ucrania.

La actriz Jessica Chastain habló abiertamente de su “devastador” viaje a Ucrania durante su aparición en un programa de televisión. Documentó su viaje en una serie de mensajes en las redes sociales.

El millonario Richard Branson, propietario de Virgin, también visitó a Zelensky en su despacho oficial en Kiev. Además del presidente ucraniano, se reunió también con el ministro de Asuntos Exteriores del país, Dmytro Kuleba.

El chef José Andrés no podía faltar a la visita ni a la foto en compañía de Zelensky.

¿Quién dijo aquello de que la cultura no tiene nada que ver con la política?

La mitología del ‘holocausto’ en el cine de Hollywood

Durante las primeras décadas del siglo pasado, los emigrantes judíos procedentes -sobre todo- de Europa oriental desempeñaron un papel decisivo en la fundación de los grandes estudios de Hollywood. La nómina es importante, destacando los hermanos Warner (Warner Bros), Adolph Zukor (Paramount), Louis B. Mayer (Metro-Goldwyn-Mayer), Carl Laemmle (Universal) y Harry Cohn (Columbia).

Aquellos estudios crearon la industria cinematográfica que, en su origen, era más europea que estadounidense. No eran sólo productoras, sino que controlaban también la distribución y la exhibición, creando un modelo vertical que convirtió a Hollywood en un poderoso centro económico e ideológico.

Los productores judíos, como los mismos judíos, no formaban una piña. Eran capitalistas que querían ganar dinero con el éxito comercial de sus producciones. Fue a partir de la fundacion del Estado de Israel cuando se volcaron en el sionismo. No sólo produjeron películas sino que hicieron campañas políticas para maquillar al nuevo Estado, a las que llevaron a las estrellas del momento: Humphrey Bogart, Frank Sinatra, Bette Davis, Vincent Price…

La mayor parte de los espectadores no han visto, ni verán, jamás, un película palestina, pero devoran miles fabricadas a la mayor gloria de Israel. Cubren todos los géneros cinematográficos, desde dramas épicos hasta suspenses apasionantes, musicales y comedias. El papel de Hollywood en la glorificación de la creación del nuevo Estado y el encubrimiento de la limpieza étnica se remonta a películas como “La batalla en las arenas” (1949), “El malabarista” (1953) o “La sombra de un gigante” (1966), una película protagonizada por John Wayne. Otra de 1960, “Éxodo”, es característica de esa fábrica ideológica que es Hollywood: un capitán de la organización terrorista sionista Haganah, un papel interpretado por Paul Newman, consigue fletar un barco para llevar emigrantes judíos a Palestina.

Los guiones no pueden ser más simples. Para que haya buenos tiene que haber malos. En la filmografÍa sionista los palestinos y los árabes son retratados como primitivos y brutales, mientras que los colonos judíos son valientes y generosos. Cuanto peores son los malos, mejores parecen los buenos.

La fábrica de sueños… y de pesadillas

No obstante, en la posguerra un género ideológico, el “holocausto”, destaca por encima de los demás. Da la impresión de que Hollywood tiene una cuota de películas y series para sostener este mito. Durante los últimos cincuenta años, cada muy poco tiempo Hollywood produce al menos una película de gran presupuesto para sostener el victimismo: “La lista de Schindler” (1993), “El pianista” (2002), “El niño con el pijama de rayas” (2008), “Malditos bastardos” (2009)… Con su insistencia, Hollywood está logrando convencer al mundo que los nazis desataron la Segunda Guerra Mundial para matar judíos en masa.

Cada nueva película que representa el sufrimiento de los judíos bajo el nazismo, se convierte en un éxito de taquilla. La ceremonia de los Oscar reverencia al sionismo por duplicado, a sus directores, sus actores, sus productores… No importa que se trate de agresores sexuales, como Harvey Weinstein. Las peliculas ayudan a crear una cortina de humo para que Israel implemente su “solución final” contra los palestinos. Son otras tantas herramientas del sionismo que justifican y encubren sus crímenes.

No hay ningún freno ideológico. Por ejemplo, el director de “Resistencia” (2008), Edward Zwick, es un furibundo sionista. Ha declarado que Israel puede cometer un genocidio si así lo decide: si el ejército israelí no mata más es porque no quiere. Es un alarde de “moderación” que no lo haga. La película de Steven Spielberg, “Munich” (2005), es una apología descarada de los crímenes del Mosad. Otra película, “Golda”, fue dirigida en 2023 por un israelí y protagonizada por la actriz Helen Mirren. Se trata de una biografía de Golda Meir, una sionista nacida en Kiev cuyo verdadero apellido era Mabovich.

Para prosperar en su carrera, algunos actores, directores y guionistas se venden, sirviendo de escaparate a Israel. Pero incluso cuando el enfoque sionista no es explícito, persiste la creencia de que la persecución de los judios bajo el III Reich justifica al sionismo y a Israel.

Más allá de sus películas, muchas “estrellas” del celuloide son y siempre han sido fervientes sionistas. Patrocinan eventos y recaudan fondos en apoyo a Israel. Sinatra estaba tan comprometido con la causa que ayudó al grupo terrorista Haganah a sacar de contrabando el equivalente a un millón de dólares de Estados Unidos a bordo de un barco en el puerto de Nueva York. El dinero se utilizó para comprar ametralladoras y armas ligeras para la limpieza étnica de Palestina. Marlon Brando participaba regularmente como orador en eventos de recaudación de fondos para el grupo terrorista sionista Irgún. Hoy en día, actores como Michael Douglas, Ashton Kutcher, Gerard Butler, Andy Garcia, Katharine McPhee, Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger siguen colaboran en la recaudación de fondos para la Asociación de Amigos del ejército israelí, que organiza una gala anual en Beverly Hills.

Una larga lista de actores firmaron una carta de apoyo a Israel tras el 7 de octubre. Esta carta ignora por completo la historia de Israel como un brutal estado colonial.

Quentin Tarantino, director de “Malditos bastardos”, es otro apologista de Israel y ha acabado instalando su residencia en Tel Aviv. En alguna ocasión ha visitado los cuarteles del ejército para “levantar la moral de la tropa”. Una nueva película de la que pronto se oirá hablar es “Eleanor la Grande”, el debut como directora de Scarlett Johansson. Relata la vida de ancianos judíos supervivientes del “holocausto” en Estados Unidos. Por supuesto, Johansson, al igual que muchos otros judíos en Hollywood, no firmó la carta abierta de actores y cineastas de Hollywood e internacionales que se comprometían a boicotear la industria cinematográfica israelí.

El ‘holocausto’ es otra religión con apariencia secular

Es lógico que en los países occidentales la palabra “holocausto” se escriba siempre con mayúsculas, no sólo porque fue una matanza muy grande, sino porque fue la única. Nunca ha habido nada igual en la historia. Se ha creado así en una “religión secular”, nutrida por el apoyo incondicional a Israel. La sobrerrepresentación del “holocausto” en el cine de Hollywood, a diferencia de otros genocidios y campañas de exterminio masivo, ilustra otra verdad fundamental: Hitler es un mal único porque reintrodujo en Europa las herramientas, los métodos y las estrategias de la limpieza étnica y el colonialismo de asentamiento.

El problema de las matanzas es que los nazis asesinaron a millones de personas en Europa. Eran europeos matando a otros europeos, cuando se suponía que debían limitar su brutalidad a los africanos, los asiáticos y los nativos americanos. Los campos de concentración estaban reservados para los pueblos indígenas.

Pero ideológicamente no es posible desarrollar un género cinematográfico con los europeos matando africanos, porque entonces aparecería una mala conciencia. Los europeos serían los malvados. Por el contrario, en la Segunda Guerra Mundial los europeos no quedan mal porque las matanzas eran obra sólo de los nazis y, sobre todo de uno de ellos: Hitler. No todos los europeos son malos.

Ahora bien, entre las ocultaciones hay una que es importante: los nazis no inventaron los campos de concentración, ni las políticas de exterminio sistemático de las poblaciones colonizadas. Aprendieron de la “conquista del oeste” americano y del genocidio de los nativos, por ejemplo, y también de los programas de limpieza étnica llevados a cabo por europeos mitificados, como Winston Churchill.

Israel también es un estado colonial copiado de los proyectos coloniales europeos. Un polaco como Isaak Shamir, séptimo Primer Ministro de Israel, propuso un trato a Hitler y Mussolini: nosotros les podemos ayudar a conquistar Oriente Medio iniciando una guerra contra los británicos, siempre que reconozcan un Estado judío en Palestina y expulsen a los judíos de Europa.

El símbolo nacional de Palestina es la naranja

En otros tiempos el símbolo nacional de Palestina fue la naranja. El primer cítrico que apareció en la región, alrededor del siglo II a.n.e., fue la cidra, cultivada exclusivamente con fines rituales. Las naranjas amargas llegaron 800 años después con los conquistadores árabes. Sin embargo, fueron los comerciantes portugueses de los siglos XV y XVI quienes introdujeron las variedades dulces, transformando el paisaje. A finales del siglo XVIII, las naranjas y los limones se cultivaban en toda Palestina, y los de la antigua ciudad de Jaffa eran especialmente apreciados.

Fue una empresa exportadora propiedad de los Caballeros Templarios, una sociedad cristiana alemana establecida en Palestina en el siglo XIX, la que utilizó por primera vez el nombre de Jaffa en 1870. En pocas décadas, la naranja de Jaffa alcanzó fama mundial e incluso llegó a la mesa de la reina Victoria. Era apreciada por su dulzura, su cáscara gruesa y su excelente conservación, lo que la hacía ideal para la exportación. Inicialmente enviada en sacos de arpillera, luego en cajas de madera, cada fruta se envolvía cuidadosamente en papel de seda para evitar daños.

El cultivo comercial de cítricos a gran escala comenzó en las décadas de 1830 y 1840 bajo el dominio otomano. Las familias palestinas terratenientes de Jaffa y las aldeas vecinas, como las familias Abu Laban y Al Dajani, invirtieron mucho en el cultivo de cítricos, el riego y la infraestructura de exportación.

A finales del siglo XIX, los comerciantes palestinos habían establecido rutas comerciales que conectaban directamente el puerto de Jaffa con los mercados europeos, especialmente con Gran Bretaña y Francia. Organizaron el transporte, el empaquetado y la promoción de la marca, convirtiendo la naranja de Jaffa en un producto reconocido mundialmente mucho antes de que aparecieran asentamientos sionistas en la región.

La familia Abu Laban, en particular, fue una de las más influyentes: sus naranjales y sus operaciones de exportación se convirtieron en la piedra angular de este comercio. Su marca gozaba de una gran reputación en los mercados europeos. Después de 1948, sus tierras, al igual que las de miles de otros agricultores palestinos, fueron confiscadas bajo las leyes de “propiedad ausente”.

El puerto de Jaffa era la arteria de esta economía. Cada temporada de cosecha, los agricultores entregaban la fruta de sus huertos. Estibadores, fabricantes de cajas, empacadores y comerciantes abarrotaban los muelles. Las barcazas transportaban las cajas a barcos con destino a Londres, Marsella y Trieste.

Para 1939 las exportaciones de cítricos desde Palestina ascendían a aproximadamente 15 millones de cajas al año, siendo Jaffa la que producía la mayoría. Gran Bretaña era el principal importador. Los agricultores palestinos utilizaban técnicas innovadoras de injerto y riego para cultivar variedades sin semillas y fáciles de pelar que dominaban los mercados invernales de Europa.

Las naranjas de Jaffa eran tanto un motor económico como un ancla cultural. Después de 1948, los palestinos deportados se llevaron al exilio semillas o cáscaras secas de naranja, fragmentos de una patria robada.

Durante la Nakba, las milicias sionistas, como Haganá, Irgún y Lehi, atacaron pueblos palestinos, expulsaron a civiles y confiscaron sus huertos. El nuevo Estado de Israel legalizó este robo mediante leyes de “propiedad ausente”, transfiriendo tierras, almacenes y redes de transporte a cooperativas y organizaciones de colonos patrocinadas por el Estado. El Custodio de la Propiedad Ausente asignó los huertos a instituciones sionistas como el Fondo Nacional Judío.

Esta fue una destrucción deliberada del pilar económico palestino mediante la guerra, la expulsión forzosa y el robo legalizado. El control de Jaffa y su cinturón cítrico era estratégico. Controlar esta región significaba controlar el flujo de divisas.

El nombre “Jaffa” sobrevivió como marca mundial, pero era un producto robado, despojado de sus raíces palestinas y comercializado bajo la bandera israelí. Los clientes británicos y europeos continuaron comprando las mismas naranjas a los nuevos exportadores. Antes de 1948 la industria era predominantemente palestina. Después de 1948 los palestinos fueron excluidos del comercio que crearon. Como escribe Susan Abulhawa, fue una “falsificación épica”.

Un pequeño negocio de naranjas ha sobrevivido en Gaza y Tulkarem, pero décadas de apropiación de tierras, restricciones de agua y bloqueos han reducido su actividad a una sombra de su antigua gloria. Los huertos restantes son actos de resistencia. Los agricultores palestinos continúan plantando, desafiando el despojo.

Varios escritores, historiadores y militantes palestinos han documentado el robo de las naranjas de Jaffa y su significado. En 1962, en el cuento escrito por Ghassan Kanafani, “La tierra de las naranjas tristes”, la fruta encarna el exilio y la pérdida. Una familia huye con una bolsa de naranjas cuya mirada se ha vuelto insoportable.

Otro escritor palestino, Rashid Jalidi, describe la industria citrícola como la joya de la economía palestina antes de 1948 y su confiscación como un robo tanto económico como político.

Ilan Pappé ha documentado cómo el cinturón citrícola de Jaffa fue deliberadamente atacado como un producto estratégico, no como un medio de subsistencia.

Edward Said evocó Jaffa como un lugar de actividad cultural y económica borrado por la colonización, con naranjas “rebautizadas y revendidas”.

Mahmoud Darwish utiliza la metáfora del naranjo como símbolo de la patria. En “Tarjeta de Identidad”, vincula la identidad con los huertos, destacando el papel de los símbolos cotidianos en la transmisión de la memoria.

Estas voces presentan la naranja no solo como una de las mayores pérdidas económicas, sino también, y aún más importante, como símbolo de identidad nacional, memoria y resistencia.

El mundo sigue consumiendo naranjas de Jaffa. Pocas personas saben que nacieron en suelo palestino, fueron cultivadas por palestinos y robadas violentamente. Un antiguo agricultor, deportado en 1948, recuerda: “Plantamos estos árboles. Recogimos estas naranjas. Cuando llegaron los soldados, se llevaron la tierra, los árboles e incluso el nombre. Pero el aroma de la fruta es nuestro para siempre”.

Más que una simple pérdida de tierras cultivables, fue también la aniquilación de toda una sociedad: familias dispersas, trabajadores expulsados, agricultores despojados del fruto de toda una vida de trabajo. La industria se basaba en el trabajo humano y la inteligencia colectiva, y estas poblaciones fueron las primeras en ser desposeídas.

Esta historia pone de relieve nuestra complicidad como consumidores. El pueblo palestino fundó toda una economía en su tierra. Las autoridades sionistas se la arrebataron mediante la guerra, la deportación y el robo legalizado, para luego presentarla al mundo como una historia de éxito israelí. Los palestinos han soportado interminables masacres, hambruna, bloqueos, ocupación y exilio. Ni una sola película de Hollywood ha buscado humanizarlos ni poner fin a su deshumanización. Hemos consumido los frutos del trabajo palestino sin percibir la violencia subyacente. Cada naranja con el sello “Jaffa” simboliza nuestra complicidad.

Robina Qureshi https://thisisrobinaqureshi.substack.com/p/jaffa-oranges-an-epic-forgery

La rusofobia asfixia a los ‘patriotas polacos’

¿Hay algún país en Europa donde haya más odio hacia todo lo ruso? No lo creo. Todavía no quemamos las obras de Tolstoi y Dostoievski, pero últimamente cancelan los conciertos de Chaikovski e impiden que Chejov se represente en los teatros.

Toda la clase política y la élite mediática se acusan mutuamente de contactos desleales con Moscú, considerándolo un motivo de vergüenza. A veces se producen situaciones cómicas cuando se acusa a los opositores de haber estado en Moscú o San Petersburgo hace diez años y de haber mantenido contactos con rusos, lo que constituye un motivo para excluir a esa persona de las filas de los llamados “patriotas polacos”.

Los medios de comunicación desempeñan un papel importante en la formación de las actitudes de la opinión pública hacia Rusia. La gran mayoría de los periódicos, la televisión y los portales de internet están controlados por Estados Unidos, Alemania y la Iglesia católica. Estos medios presentan el mundo a los polacos a través del prisma de las políticas de sus hegemones, para quienes lo principal es enemistar constantemente a los polacos con sus vecinos. En Polonia, por tanto, los medios de comunicación se centran a menudo en presentar a Rusia como un país autoritario, impredecible y agresivo, mientras omiten los complejos aspectos de las relaciones polaco-rusas.

También se distorsionan masivamente todas las manifestaciones de la presencia de Rusia en la vida de los polacos. Se derriban los monumentos a los héroes de la Segunda Guerra Mundial. Se silencian los grandes logros de los rusos en todos los campos: político, científico, social y religioso.

En Polonia, como en otras colonias americanas de Europa, existe una deliberada marginación social de los rusos y su exclusión de la corriente principal de la vida social y cultural. Los polacos, al igual que otros pueblos de Europa, redoblan sus esfuerzos para crear falsos estereotipos y prejuicios contra los rusos, utilizando los contextos políticos antes mencionados. El objetivo de estas acciones es estigmatizar a los rusos y etiquetarlos como la peor nación del mundo en términos de ética y civismo. Joseph Goebbels también actuó de forma similar. Esta imagen y esta actitud pueden ser útiles a las estructuras occidentales para atraer a los polacos a una guerra contra Rusia si es necesario.

La rusofobia, que es la piedra angular de las élites polacas actuales, debería rechazarse firmemente como condición para el diálogo futuro. Pero quizá debamos esperar a los tiempos en que Polonia vuelva a ser un Estado verdaderamente soberano.

—https://myslpolska.info/2025/04/08/panasiuk-zaprogramowana-rusofobia-w-polsce/

Autobiografía del palurdo que llegó a ser vicepresidente de Estados Unidos

Bastante antes de ser famoso, el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, escribió su autobiografía. Entonces tenía sólo 31 años, lo cual puede parecer pretencioso, pero el título no dejaba lugar a dudas: “Hillbilly Elegy”, que se puede traducir como “Elogio del palurdo”. Él es uno de esos palurdos, a los que en ocasiones en Estados Unidos llaman también “escoria blanca” (“white trash”).

En 2020 la autobiografía dio lugar a una película con el mismo título, con la intervención de la actriz Glen Close, que hace el papel de abuela que tiene que ejercer de madre porque la generación intermedia había caído en la adicción a las drogas. Está disponible actualmente en Netflix.

Procedente de una familia lumpen en una localidad lumpen de los montes Apalache, Vance ingresa en los Marines y estudia Derecho, una carrera de élite, en una Universidad de élite, como la de Yale. El ascenso de Vance es, pues, trepidante. En su persona el sueño americano se cumple. Hacía sólo dos años que le nombraron senador y ahora ya es el “número dos”.

Los que se aferran a los esquemas no tienen en cuenta que la condición de clase no se correlaciona con la conciencia de clase, a pesar de los muchos ejemplos que brinda la historia, además de Vance. Lo que se correlaciona siempre es, más bien, que “la ideología dominante es la de clase dominante”, que es justamente lo contrario del postulado anterior.

En su autobiografía, Vance relata las duras condiciones de vida en los Apalaches, una región deprimida por el cierre de las fábricas en los ochenta, que condujo a la población al alcoholismo y la drogodependencia, como en la familia del vicepresidente.

En una sociedad de clases, siempre hay alguien debajo al que se puede culpar de todo, como la anécdota que cuenta la autobiografía: trabajaba como cajero en un supermercado y veía a algunos beneficiarios de la asistencia social que comían gracias a los cupones públicos, mientras hablaban por el móvil. Él ni siquiera podía permitirse comprar uno.

La moraleja está bastante extendida: algunos “se buscan la vida”, o sea, se esfuerzan para salir adelante y llegan al “número dos”, mientras que otros se arrastran para aprovecharse de la beneficencia y las ayudas sociales.

Otro tópico se repite en muchos otros lugares del mundo: la reconversión industrial en los Apalaches cambió el signo del voto obrero, que pasó de los demócratas (“la izquierda”) a los republicanos (“la derecha”), otro de esos rompecabezas de los seudomarxistas, en donde la condición de clase, determina la conciencia que, a su vez, determina el voto favorable a los “defensores de los obreros”, que son los reformistas más domesticados.

Finalmente, como no podía ser de otra manera, cada uno de los tópicos conducen a criticar a los obreros que no se dejan explotar, esos vagos que trabajan poco, que quieren más vacaciones, más días libres, salarios más elevados… Vance cuenta la historia de un obrero que abandonó su trabajo después de expresar su descontento por las largas jornadas laborales y otro que faltó al trabajo sin excusa, a pesr de que su novia estaba embarazada.

Como se ve, para algunos, como Vance, las soluciones son individuales. Hay que ser “emprendedores”. Para los demás, son colectivas porque la conciencia no es de unos u otros, sino que es la de toda una clase social. Lo mismo que la burguesía, el vicepresidente cree que “todos navegamos en el mismo barco” y que los trabajadores deben hacer causa común con sus patronos. Cualquier otra cosa, cualquier forma de resistencia indica la emergencia de la conciencia de clase.

Cuando ocurre lo contrario, como en el caso de Vance, es porque ha cambiado de bando, lo que el Vicepresidente explica muy torpemente: empezó a creer en sí mismo cuando se entrenaba para entrar en los Marines.

El libro creó polémica cuando se publicó en 2016, con el primer mandato de Trump, sobre todo después de que Vance hiciera una presentación televisiva y produjera la película. Al principio la obra circuló en los medios más reaccionarios, hasta que el New York Times le puso un sello distinto.

En aquella época Vance escribía sobre el fango desde lejos. Se había trasladado a vivir a California y, tras el éxito del libro, creó un fondo de capital riesgo, que es lo más parecido a un fondo buitre, pero peor. Tenía el apoyo de sujetos de los que ya hemos hablado varias veces en entradas anteriores, como Peter Thiel (Palantir) y Eric Schmidt (Google).

Vance es muy joven y le espera una larga trayectoria política, para lo cual el mito del “hombre hecho a sí mismo” ya se ha empezado a cocinar. En su persona reúne todos los tópicos que son necesarios en este momento: no se puede despìlfarrar el dinero con quienes no se lo merecen. Los parásitos no son los fondos buitres o el capital financiero, sino los que viven de la beneficencia, los comedores populares, los albergues municipales, los abonos para el transporte…

Las políticas sociales lo que estimulan es la vagancia. Si el lumpen quiere salir del fango, lo que debe hacer es lo mismo que Vance: alistarse en los marines, estudiar en la Univsidad de Yale y crear un fondo buitre.

El Festival Internacional de Cine de El Cairo rinde homenaje a los palestinos de Gaza

El Festival Internacional de Cine de El Cairo, que preside por el cineasta egipcio Hussein Fahmy, es uno de los más antiguos del mundo árabe y de África. Es el único de la región árabe y africana registrado en la categoría A de la Federación Internacional de Productores Cinematográficos.

También es el evento cinematográfico árabe y mundial más volcado en el apoyo a la causa palestina. A pesar de que en 1979 Egipto claudicó ante Israel, los intelectuales y cineastas egipcios se han negado unánimemente a cualquier normalización con el Estado que sigue ocupando Palestina y los territorios libaneses y sirios. Hace tres décadas el antiguo presidente del Festival, el escritor Saad Eddin Wahba encabezó la movilización de los cineastas egipcios contra la normalización del Estado sionista, al prohibir la participación de películas israelíes en el Festival. Su sucesor, Hussein Fahmy, fue aún más lejos al cancelar por completo la edición anterior en solidaridad con el pueblo de Gaza, víctima de un genocidio atroz, de crímenes de guerra y de crímenes contra humanidad.

Esta edición contó con 190 películas de 72 países y dos series de televisión, incluidas 16 proyecciones en la alfombra roja, 37 estrenos mundiales, 8 estrenos internacionales y 119 proyecciones para la región de Oriente Medio y África.

La gran sorpresa, que no lo es precisamente cuando conocemos el lugar que ocupa la causa palestina en el corazón del pueblo árabe, fue la excepcional asistencia de público, que llenó las salas durante las proyecciones de películas palestinas. Un árabe no puede olvidar nunca el martirio del pueblo palestino, la limpieza étnica, las repetidas guerras de exterminio que tuvieron como objetivo la Franja de Gaza, la destrucción masiva y sistemática de hogares y la hambruna planificada de la población.

Este año el Festival ha decidido reanudar su actividad para expresar mejor su solidaridad con Palestina, transformándose en una plataforma para denunciar el genocidio al ritmo de un “dabka”, el baile palestino, acompañado de la famosa canción Ala dini, interpretada por un grupo folclórico de Gaza vistiendo el “keffiyeh”, el pañuelo blanco y negro, emblema de los palestinos en lucha desde la revuelta árabe de 1936-1939. “La sangre que corre por mis venas es palestina”, dice la letra.

Otro gesto de solidaridad fue la creación de una insignia de metal con la forma del mapa histórico de Palestina con los colores de la bandera palestina. La insignia se distribuyó a todos los participantes del Festival y la usó el propio presidente Hussein Fahmy.

Aún no había comenzado la agresión contra Siria y el Festival comenzó expresando solidaridad con Palestina y el pueblo libanés. Su cierre fue similar. El único segmento musical de la ceremonia fue el del grupo “Watan Al Funun” de Gaza con la voz del fallecido poeta palestino Mahmoud Darwish, recitando versos de su poema “En esta tierra, vale la pena vivir la vida”.

En su discurso de apertura Fahmy explicó que la susensión del festival hasta 2023 fue un gesto de solidaridad con la causa palestina. La decisión de reanudar el festival este año 2024 surgió del mismo deseo de denunciar el genocidio en Gaza. “Durante mis visitas a festivales internacionales en los últimos años me di cuenta de que muchos de ellos, como el Festival de Berlín y Venecia, tratan temas políticos y se centran en la Guerra de Ucrania. En el Festival Internacional de Cine de El Cairo también tenemos derecho a hablar de nuestras causas y, principalmente, de la causa del pueblo palestino y libanés, salvaje y odiosamente atacado por los soldados israelíes”, dijo en una entrevista.

“No habría decidido organizar el Festival este año si no hubiera visto que tenemos derecho a defender nuestras justas causas nacionales a través de nuestra plataforma, a declarar nuestra solidaridad y a convertirlo en una oportunidad para resaltar el sufrimiento de los pueblos palestino y libanés”, añadió.

Fahmy concluyó destacando que “el arte es capaz de contar historias de personas cuyas vidas valen la pena”, agradeciendo al ministro egipcio de Cultura que asistió a los actos de inauguración y clausura.

“Somos los guardianes del cine porque él es nuestra conciencia”, dijo el director egipcio Yousry Nasrallah, al que otorgaron el premio Pirámide de Oro por toda su obra. Agradeciendo la distinción, Nasrallah destacó que “el cine egipcio es mejor este año en términos de ingresos y participación en festivales internacionales”, y no dejó sin saludar a sus colegas cineastas palestinos, “que están pasando por una dura prueba existencial”.

‘Passenger Dreams’ de Rashid Mashharawi

Para dar una idea realista de la vida en Gaza antes del último genocidio, los organizadores decidieron proyectar “From Ground Zero” durante todo el festival. Se trata de una serie de 22 cortometrajes dedicados a Gaza y elaborados por el cineasta palestino Rashid Masharawi. Es un recordatorio muy útil para enseñar cómo era la vida en Gaza a la luz de la guerra genocida contra la población palestina desarmada y que no se ha relajado desde el 7 de octubre del año pasado, provocando decenas de miles de muertes, en su mayoría mujeres, niños y ancianos.

La serie se proyectó con éxito al margen del último Festival de Cannes este año, a pesar del fuerte clima de represión y censura impuesto por el cabildo sionista en Europa contra toda manifestación de solidaridad con la causa palestina.

En otro gesto de apoyo a Gaza y al pueblo palestino, la dirección del festival eligió para la ceremonia de apertura el estreno de “Passenger Dreams”, otra película de Mashharawi. Es quizás una de las pocas que aborda la causa palestina lejos de consignas y operaciones guerrilleras.

Fue recibida con entusiasmo y emoción, sobre todo porque se trataba de un estreno mundial. La película utiliza mucho simbolismo y sigue muchas de las experiencias de Masharawi. Es sin duda una de las mejores obras que ha realizado a lo largo de su carrera cinematográfica, que abarca más de tres décadas.

La película narra el viaje de Sami, de 12 años, acompañado de su tío y su prima mayor, en busca de su paloma perdida, a través de un campo de refugiados en Cisjordania y varias ciudades palestinas, entre ellas Belén, la antigua Jerusalén y Haifa, destacando la difícil vida cotidiana de los palestinos y su impacto en su personalidad y sus relaciones con ellos mismos y con los demás.

La búsqueda de las palomas perdidas representa la búsqueda de Palestina como patria y la belleza del pueblo palestino a pesar de la fealdad y la destrucción que los rodea. La determinación del director de filmar en Haifa, Belén y la Ciudad Vieja de Jerusalén, lugares que simbolizan la antigua Palestina, expresa el deseo de redescubrir las raíces profundas de los palestinos y presentar un lenguaje cinematográfico diferente al que ha imperado hasta ahora en el cine palestino.

Sin lugar a dudas, esta película constituye un salto cualitativo, no sólo para su director, sino también para todas las películas anteriores que abordan la cuestión palestina.

El neopuritanismo oriental va de la mano del occidental

A finales de los años cincuenta la Hermandad Musulmana pretendió imponer a todas las mujeres el uso del velo en Egipto en los espacios públicos. Hoy 70 años después caminando por las calles de cualquier ciudad de mayoría islámica, sobre todo las árabes, lo que se observa es un regreso en las costumbres, en general, y en la vestimenta en particular.

Para los hombres, las galabiehs (túnicas tradicionales) de color gris azulado o arena y las chaquetas de estilo inglés han ido dando paso gradualmente a los qamis blancos y negros de los fundamentalistas del Golfo Pérsico; las barbas crecidas y los niqabs (velos completos) de las esposas respondiendo a las zebibas (marcas en la frente formadas por la fricción contra la alfombra de oración) exhibidas con orgullo.

En occidente hay una opinión muy extendida de que eso tiene motivos religiosos, es decir, que son las ideas (o cierto tipo de ellas) las que determinan el comportamiento. Sin embargo, en países, como Egipto, todas las mujeres se cubren el cabello, incluidas las mujeres de otras religiones, como las coptas, es decir, cristianas ortodoxas.

En septiembre del año pasado el Ministerio de Educación egipcio, con motivo del inicio del año escolar, publicó un decreto que prohíbe a los estudiantes de todas las edades cubrirse la cara, recordando el carácter “opcional” del velo.

El neopuritanismo oriental va de la mano del occidental. En una parte del mundo triunfan los fundamentalistas y en el otro las corrientes que dicen representar al feminismo. Éstas acusan a las anteriores de ser una expresión de las sociedades patriarcales.

Da la impresión de que quieren aparentar que la indumentaria que se viene imponiendo en ciertos países del mundo sólo se imponen a las mujeres y de que se trata de algo atávico, tradicional. Parece que las modas no son historia sino que la trascienden.

Cuando nos referimos al puritanismo, no queremos hablar sólo de sexo, ni de ropajes, sino de comportamientos que antes eran cotidianos, como fumar, por ejemplo, cuyo espacio público se va acotando cada vez más, naturalmente por razones de “salud pública”.

Sin embargo, el problema no es que ciertas sociedades, como la afgana, preserven sus viejas indumentarias, tanto en nombres como en mujeres, sino que otras traten de regresar a una situación que creían superada.

El verdadero problema es que un personaje “tribal”, como Al Jolani, haya sustituido a otro “moderno” como Bashar Al Assad. En términos políticos eso se llama “reacción” y es propio de quienes quieren volver al pasado.

Estos días los medios nos vienen mostrando la espectacular evolución de la indumentaria de Al Jolani, cada vez más occidentalizado. Pero, lo mismo que los talibanes, lo que pretenden los yihadistas, y lo que han impuesto en Idlib, es todo lo contrario: dar marcha atrás a la moda.

Ahora bien, mantener una indumentaria tribal es normal. Lo extraño es ser capaz de dar marcha atrás, de volver a algo que se había superado. Para eso hacen faltan fuerzas muy poderosas que sólo el imperialismo proporciona. Es eso lo que le convierte en algo reaccionario.

A la vieja usanza, podríamos decir que no es la religión la que condiciona determinado tipo de comportamientos humanos, sino que está condicionada por ciertos factores, en los que las luchas políticas tienen bastante que decir.

“Sobre las diversas formas de propiedad y sobre las condiciones sociales de existencia se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los forma derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo suelto, a quien se le imbuye la tradición y la educación, podrá creer que son los verdaderos móviles y el punto de partida de su conducta […] Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y su organismo efectivo y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son” (Marx, El 18 de brumario de Luis Bonaparte).

‘La madre de todas las mentiras’

Junio de 1981 es un mes marcado en negro en el calendario marroquí. Un levantamiento popular ocurrido en Casablanca, conocido como la Revuelta del Pan, fue brutalmente aplastado por el ejército enviado por el rey Hassan II, el padre del actual monarca, a los barrios más pobres, donde la multitud se manifestaba contra el hambre y la carestía.

Los soldados asesinaron a unos mil hombres, mujeres y niños. El ejército se llevó los cadáveres de las calles para enterrarlos en secreto. Prohibieron fotografiar a los muertos.

Décadas después los marroquíes luchan por conocer la verdad. Con el cambio de siglo se creó la típica comisión de investigación “ad hoc” para encubrir los sucesos, para ocultar la brutalidad y la represión llevadas a cabo por el Estado marroquí: miles de detenciones arbitrarias, desapariciones, juicios farsa, torturas, violaciones y represalias.

La cineasta Asmae El Moudir ha rodado una magnífica película: “La madre de todas las mentiras”. Cuando el capitalismo silencia o engaña, los pueblos buscan su propia identidad y su memoria por todos los caminos posibles, incluido el arte y la cultura.

Moudir nació nueve años después de la matanza, pero llegó a considerarla como parte de sí misma, de su vida familiar y de su biografía. La realizadora siempre se preguntó por qué no tenía fotos de su familia; ni siquiera podía verse a sí misma cuando era niña. En 2016, cuando ayudó a su familia en una mudanza, descubrió que se erigían tumbas sobre los restos cerca de su casa. La zona había sido una vez un campo de fútbol donde su padre jugaba como portero. Presionó a su familia para obtener más información y se encontró con la ira, especialmente de su abuela, Zahra, por curiosear demasiado. Moudir descubrió que los restos eran de jóvenes manifestantes y que se estaban erigiendo monumentos musulmanes para honrar a los muertos.

La familia hizo todo lo posible para mantener a raya la curiosidad de la cineasta. Pero, con el tiempo Moudir trabaja con su padre, un hábil albañil, para reconstruir en miniatura el vecindario tal como era durante su infancia, incluida la casa en la que ella creció, con pequeñas figuras humanas. Al mismo tiempo, reúne a su madre y su padre, su abuela y dos vecinos, en un esfuerzo por llegar a la verdad sobre un pasado reprimido u oscurecido. En el espacio se desarrollan diversas conversaciones y pequeños dramas, intercalados con material sobre hechos históricos.

Al narrar la película, la realizadora dice que el modelo de barrio es “un lugar donde se pueden revelar secretos” y expresa su fastidio hacia su abuela, una anciana a la que acusa de “controlar a todos”. El día de los disturbios hizo todo lo posible para mantener a su familia dentro de casa para evitar que sufrieran daños.

La anciana pasó “años espiando a la gente”; fue una “dictadora que oprimió a todos”. Muy a menudo, el espectador la verá apuntando a la cámara con su bastón. Les ladra a otros miembros de la familia y en un momento dado llama “perra” a su nieta. Preguntada sobre el día de las masacres de 1981, la anciana exclama: “No vi nada. ¡Nada en absoluto! No vi nada. Ahora vete”.

Su nieta considera a la abuela como la verdadera directora del documental. Descubre en ella ciertos aspectos represivos de su abuela, en particular su hostilidad a ser fotografiada y a las imágenes en general. No le gustan las fotos, prefiere los recuerdos. El motivo es su sufrimiento personal así como en su miedo a la represión porque son muchos los que ignoran que el miedo puede durar siglos.

La realizadora recuerda muy bien una foto suya cuando era niña, “la única que tuve. Una foto que me dio mi madre para tranquilizarme, pero fue en vano. Estaba convencida de que no era yo la de esa foto y que mi madre me había mentido”.

“La madre de todas las mentiras” tardó diez años en realizarse y se proyectó el 22 de enero en el Festival de Cine de Sundance. Es una mezcla de recuerdos agradables y otros mucho más oscuros, una metáfora del mundo en el que vivimos aún hoy, donde las batallas políticas nunca se construyen sobre aquello de lo que nadie habla, de los silencios y los ocultamientos que, la mayor parte de las veces, versan sobre la represión política.

Algo mucho peor que ‘el opio del pueblo’

A primeros de noviembre el Premio Goncourt, el máximo galardón de la literatura francesa, se adjudicó al escritor argelino Kamel Daoud, columnista del periódico reaccionario Le Point y habitual en las tertulias de las televisiones. El premio indica los derroteros de la ideología dominante en Francia, envuelta en el rechazo virulento del mundo árabe-islámico y, sobre todo, de la “islamización” de Francia.

“No hay peor astilla que la de la propia madera”, dice un refrán y la intelectualidad francesa prefiere que su tarea inquisitorial la lleven a cabo personajes como Daoud. Pero en el mismo saco podría meter también al máximo dirigente de los fascistas franceses, Jordan Bardella, otro renegado del que ya hablamos anteriormente. Los defensores de la “identidad nacional” son personajes así, que llegan de fuera y se identifican tanto con los autóctonos que quieren cerrar la puerta. El cupo se ha agotado. Ya no cabe nadie más.

El argelino es el reverso de Frantz Fanon. En la dialéctica del amo y el esclavo, Daoud se ha puesto del lado del amo y en el “choque de civilizaciones” también. Es un tránsfuga que, además de la cultura árabe-islámica, rechaza a su propio país para ponerse al servicio de la antigua metrópoli. El amo se relaciona con el esclavo a través de este tipo de intermediarios, decía Hegel. Son los “cabos de vara” de la dominación.

Un intérprete tan acabado de la ideología dominante, como Daoud, consigue que sus lectores se identifiquen plenamente con sus escritos y novelas, llenas de tópicos sobre la civilización del otro lado del Mediterráneo, cuyos males no tienen un origen colonial, ni político, ni económico, sino religioso.

Con ese punto de partida, en Francia la ideología dominante es tan cutre como en los demás países europeos. Parece que el islam no es una religión como las demás, que tiene algo distinto, mucho peor que el “opio del pueblo”: atavismo, ocurantismo, machismo, odio la modernidad, a occidente…

El Premio Goncourt ha llegado en el momento político más oportuno. La simbiosis del colonizado con su metrópoli es tan estrecha que alcanza a la defensa de Israel frente a unos vecinos árabes muy belicosos. Los argumentos de Daoud son otra colección de tópicos de amplio espectro para consumo de los tertulianos de las televisiones: Israel tiene derecho a defenderse, Hamas es una organización teocrática…

En su última novela, Houris, el autor relata la historia de Aube, una joven argelina cuyo cuerpo lleva las cicatrices del “terrorismo islamista” que asoló Argelia en los años noventa. Sueña con recuperar su voz para contar su historia, especialmente al niño que espera. Daoud critica a los yihadistas de su país, pero también al gobierno que acabó con ellos después de una década de guerra brutal.

Actualmente se celebra la Feria Internacional del Libro de Argel, que acoge a más de 1.000 editores de 40 países, con 300.000 títulos. Pero Daoud no tendrá la oportunidad de exponer su novela porque si el Premio Goncourt es política, la Feria también: Argelia insiste en mostrar la lucha anticolonial, no la defensa de la colonización.

‘La prodigiosa transformación de la clase obrera en extranjeros’

El festival de Locarno ha estrenado un documental del cineasta suizo-irakí Samir Jamal Al Din que arroja luz sobre la inmigración italiana en la Suiza de la posguerra. Se titula “La prodigiosa transformación de la clase obrera en extranjeros” y es una historia de racismo, xenofobia y resistencia obrera.

Todas las entradas se agotaron para las cuatro proyecciones del documental. Los medios de comunicación suizos e italianos se deshicieron en halagos porque no hay muchas películas así, que expongan la naturaleza clasista del trabajador emigrante, que subyace bajo su apariencia racial.

El cineasta nació en Bagdad en 1955 y en una entrevista (*) relata que su abuelo se inventó el apellido porque se trasladó a la ciudad iraquí de Najaf para estudiar la ley islámica. En árabe Jamal Al Din significa “la belleza de la religión”. El cinesta se ha quitado el apellido y se ha quedado con “Samir”, que designa en árabe al que cuenta historias a la tribu alrededor de una hoguera por la noche en el desierto.

Cuando tenía seis años, Samir emigró a Suiza porque su madre era suiza. Pero había perdido la nacionalidad al casarse con un irakí. La recuperó tras contraer nuevas nupcias con su segundo marido, un ciudadano suizo. Entonces a Samir le concedieron también el pasaporte suizo… después de una paliza de la policía en la que le llamaban “Papierlischwiizer”: le consideraban suizo sólo por los papeles.

Con la mayoría de edad, Samir se trasladó al barrio obrero de Dübendorf, cerca de Zurich, donde frecuentaba los locales de los sindicatos y los partidos de la izquierda domesticada. En la imagen de portada aparece en el centro el cineasta de joven con su hermano pequeño al hombro, en los años sententa, durante una manifestación del sindicato suizo de tipógrafos.

Samir sabe de lo que está hablando y su documental es casi autobiográfico. Denuncia que la destrucción de la clase obrera es obra de las propias organizaciones que se reivindican “de clase”, y se ejecuta en nombre de la propia clase. Las organizaciones reformistas reproducen las políticas dominantes para desarticular a la clase obrera y mantenerla dividida y desorganizada.

Durante décadas, a los trabajadores emigrantes se les abandonó a su suerte, en Suiza como en otros países europeos. No tenían el apoyo ni de las organizaciones obreras locales ni las de su propio país de origen. La mayor parte de ellos eran italianos, pero el Partido Comunista Italiano, por ejemplo, solo se acordaba de ellos durante las elecciones.

Una de las principales aportaciones de la lengua alemana de la posguerra al racismo institucionalizado es el término “Überfremdung”, que significa —literalmente— infiltración extranjera, en referencia a una “inmigración excesiva”. Originalmente la voz se acuñó a principios del siglo XX y en los años treinta la adoptaron los fascistas. En su acepción moderna el término resucitó a mediados de la década de los cincuenta, cuando a las primeras oleadas de “Gastarbeitern” (trabajadores invitados) italianos siguieron otras procedentes del sur de Europa (España, Portugal y Grecia).

En los setenta se convocó un referéndum en Suiza, conocido como la “Iniciativa Schwarzenbach”, por el nombre de un político fascista local, James Schwarzenbach, que quería limitar la población extranjera al 10 por cien del total y expulsar a los “excedentes”, que entonces eran unos 350.000 trabajadores.

La mayoría votó en contra, pero un 46 por cien votó a favor.

En su documental Samir muestra unas imágenes en las que el ministro federal de Economía —el mismo que había invitado a los emigrantes a ir a trabajar a Suiza— dice en la televisión que hay que poner fin a la avalancha de emigrantes.

El capital necesita eso mismo que le repugna, la fuerza de trabajo, y la explotará con tanta más intensidad cuanto más le repugne.

Por su parte, los sindicatos y organizaciones “de clase” siguen como siempre, en Suiza y en el resto de Europa. La nueva presidenta del mayor sindicato suizo, la UNIA, es Vania Alleva, hija de inmigrantes italianos, que también aparece en el documental.

La última ola de emigrantes, procedentes de los países balcánicos o el norte de África, se encuentra a su llegada con el mismo muro. Pero muchos de quienes ahora lo sostienen son los de la primera ola.

(*) https://qantara.de/en/article/interview-filmmaker-samir-iraqi-odyssey

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