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El principio del fin de la ‘descarbonización’ de Europa

Todas las políticas verdes de la Unión Europea, resumidas en la Agenda 2030, se apoyan en la consigna de “descarbonización” y cierre de centrales eléctricas “no renovables” para lograr las “cero emisiones”. Pero la crisis energética le ha dado la vuelta a esta política por completo y muy rápidamente.

Las empresas eléctricas europeas han confirmado una compra de 50.000 toneladas de carbón ruso con destino a Holanda y han pedido información para comprar más.

Eso significa, entre otras cosas, que habrá que pagar más dinero por los derechos emisión de CO2, lo que está encareciendo el precio de la energía, así que una de dos: o Europa se desvincula del pago de ese tipo de derechos o pasará bastante frío este invierno.

Otra paradoja: España ha cerrado casi todas sus minas de carbón y comienza el repertorio de lamentaciones de regiones enteras. En el momento del cierre de las minas el precio del carbón era de 60 euros la tonelada y ahora es el triple, 180 euros, lo que demuestra que las minas eran rentables.

Por el otro costado, las “energías renovables” empiezan a generar movilizaciones cada vez más importantes. En España ya hay manifestciones contra los parques eólicos en Galicia, Navarra, Cantabria y Granada.

Pero el movimiento comenzó en 2018 en Francia con las protestas de los “chalecos amarillos” a causa de los nuevos impuestos verdes que subieron el precio de la gasolina. El lunes está convocada una de esas protestas, con la que pretenden bloquear las principales carreteras.

Los suizos han votado en contra de una propuesta de aumento de los impuestos sobre el combustible y los billetes de avión por motivos “verdes”.

En Reino Unido una propuesta de prohibición de las calderas de gas por los mismos motivos también ha causado un enorme revuelo.

Uno de los productores de petróleo más importantes, Noruega, está poniendo en práctica la Agenda 2030 de manera acelerada, pero no renuncia a seguir sacando crudo de sus yacimientos, sino todo lo contrario: tiene planeado destinarlo a la exportación.

Lo mismo hace Barbados: muy pronto todos los coches van a ser eléctricos, mientras el petróleo y el gas se destinan a la exportación.

El gobierno australiano ha rechazado un programa de “energía verde” estimado en 36.000 millones de dólares.

En Ontario, Canadá, el gobierno ha cancelado unos 800 proyectos de “energías renovables”, muchos de los cuales ya estaban en marcha.

Miles de agricultores holandeses se han empezado a manifestar con sus tractores contra las políticas climáticas del gobierno.

La Agenda 2030 ha fracasado antes de nacer y lo mismo le espera a la próxima cumbre climática de Glasgow, porque la crisis energética sacude el mundo entero está siendo acelerada por unas políticas “verdes” descabelladas.

De los 100.000 millones para “salvar al planeta” ya nadie se acuerda. La OCDE dice que ya se han entregado 80.000 milllones, pero el truco es muy viejo: todas las viejas partidas de “ayuda al desarrollo” se han incluido ahí para guardar las apariencias… después de pintarlas de verde.

Se podría decir que, incluso, es peor: esas partidas de las que habla la OCDE no son regalos sino préstamos que los países del Tercer Mundo tendrán que devolver más pronto que tarde.

La guerra contra bacterias y virus es autodestructiva

Las dos obras fundacionales que constituyen la base teórico-filosófica del pensamiento occidental contemporáneo, de la concepción de la realidad, de la sociedad, de la vida, y que han sido determinantes en las relaciones de los seres humanos entre sí y con la Naturaleza son “La riqueza de las naciones” de Adam Smith y “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia” de Charles Darwin. La concepción de la naturaleza y la sociedad como un campo de batalla en el que dos fuerzas abstractas, la selección natural y la mano invisible del mercado rigen los destinos de los competidores, ha conducido a una degradación de las relaciones humanas y de los hombres con la naturaleza sin precedentes en nuestra historia que está poniendo a la humanidad al borde del precipicio.

El creciente abismo entre los países victimas de la colonización europea y los países colonizadores, las decenas de guerras permanentes, siempre originadas por oscuros intereses económicos, la destrucción imparable de ecosistemas marinos y terrestres… sólo pueden conducir a la Humanidad a un callejón sin salida. La gran industria farmacéutica se puede considerar, dentro de este proceso destructivo, un claro exponente de la aplicación de estos principios y de sus funestas consecuencias. La concepción del organismo humano y de la salud como un campo para el mercado, como un objeto de negocio, unida a la visión reduccionista y competitiva de los fenómenos naturales ha conducido a una distorsión de la función que, supuestamente, le corresponde, que puede llegar a constituir un factor más a añadir a los desencadenantes de la catástrofe. Un ejemplo dramáticamente ilustrativo de los peligros de esta concepción es el alarmante aumento de la resistencia bacteriana a los antibióticos, que puede llegar a convertirse en una grave amenaza para la población mundial, al dejarla inerme ante las infecciones. El origen de este problema se encuentra en los dos conceptos mencionados anteriormente, que se traducen en el uso abusivo de antibióticos ante el menor síntoma de infección, su utilización masiva para actividades comerciales como el engorde de ganado, y su comercialización con evidente ánimo de lucro, pero, sobre todo, de la consideración de las bacterias como patógenos, “competidores” que hay que eliminar.

Esta concepción pudo estar justificada por la forma como se descubrieron las bacterias, antes “inexistentes”. El hecho de que su entrada en escena fuera debido a su aspecto patógeno, unido a la concepción darwinista de la naturaleza según la cual, la competencia es el nexo de unión entre todos sus componentes, las estigmatizó con el sambenito de microorganismos productores de enfermedades que, por tanto, había que eliminar. Sin embargo, los descubrimientos recientes sobre su verdadero carácter y sus funciones fundamentales para la vida en nuestro planeta han transformado radicalmente las antiguas ideas. Las bacterias fueron fundamentales para la aparición de la vida en la Tierra, al hacer la atmósfera adecuada para la vida tal como la conocemos mediante el proceso de fotosíntesis. También fueron responsables de la misma vida: las células que componen todos los organismos fueron formadas por fusiones de distintos tipos de bacterias de las que sus secuencias génicas se pueden identificar en los organismos actuales.

En la actualidad, son los elementos básicos de la cadena trófica en el mar y en la tierra y en el aire y siguen siendo fundamentales en el mantenimiento de la vida: “Purifican el agua, degradan las sustancias tóxicas, y reciclan los productos de desecho, reponen el dióxido de carbono a la atmósfera y hacen disponible a las plantas el nitrógeno de la atmósfera. Sin ellas, los continentes serían desiertos que albergarían poco más que líquenes”, incluso en el interior y el exterior de los organismos (en el humano su número es diez veces superior al de sus células componentes).

La mayor parte de ellas son todavía desconocidas y se calcula que su biomasa total es mayor que la biomasa vegetal terrestre. Con estos datos resulta evidente que su carácter patógeno es absolutamente minoritario y que en realidad es debido a alteraciones de su funcionamiento natural producidas por algún tipo de agresión ambiental ante la que reaccionan intercambiando lo que se conoce como “islotes de patogenicidad” una reacción que, en realidad, es una reproducción intensiva para hacer frente a la agresión ambiental.

De hecho, se ha comprobado que los antibióticos no son realmente “armas” antibacterianas, sino señales de comunicación que, en condiciones naturales, utilizan, entre otras cosas, para controlar su población: “Lo que los investigadores conocen sobre los microbios productores de antibióticos viene fundamentalmente de estudiarlos en altos números como cultivos puros en el laboratorio, unas condiciones artificiales comparadas con su número y diversidad encontrados en el suelo”. A pesar de todos estos datos reales, se puede comprobar cómo la industria farmacéutica sigue buscando “nuevas armas” para combatir a las bacterias.

Los virus han seguido, con unos años de retraso, el mismo camino que las bacterias, debido a que su descubrimiento fue más tardío a causa de su menor tamaño. Descubiertos por Stanley en la enfermedad del “mosaico del tabaco” fueron, lógicamente, dentro de la óptica competitiva de la naturaleza, incluidos en la lista de “rivales a eliminar”. Es evidente que algunos de ellos provocan enfermedades, algunas terribles, pero, ¿no estará en el origen de éstas algún proceso semejante al que ya parece evidente en las bacterias? Veamos los datos más recientes al respecto: El número estimado de virus en la Tierra es de cinco a veinticinco veces más que el de bacterias. Su aparición en la Tierra fue simultánea con la de las bacterias y la parte de las características de la célula eucariota no existentes en bacterias (ARN mensajero, cromosomas lineales y separación de la transcripción de la traslación) se han identificado como de procedencia viral. Las actividades de los virus en los ecosistemas marinos y terrestres son, al igual que las de las bacterias, fundamentales.

En los suelos, actúan como elementos de comunicación entre las bacterias mediante la transferencia genética horizontal y en el mar tienen actividades tan significativas como estas: En las aguas superficiales del mar hay un valor medio de 10.000 millones de diferentes tipos de virus por litro. Su densidad depende de la riqueza en nutrientes del agua y de la profundidad, pero siguen siendo muy abundantes en aguas abisales. Su papel ecológico consiste en el mantenimiento del equilibrio entre las diferentes especies que componen el placton marino (y como consecuencia del resto de la cadena trófica) y entre los diferentes tipos de bacterias, destruyéndolas cuando las hay en exceso.

Como los virus son inertes, y se difunden pasivamente, cuando sus «huéspedes» específicos son demasiado abundantes son más susceptibles de ser infectados. Así evitan los excesos de bacterias y algas, cuya enorme capacidad de reproducción podría provocar graves desequilibrios ecológicos, llegando a cubrir grandes superficies marinas. Al mismo tiempo, la materia orgánica liberada tras la destrucción de sus huéspedes, enriquece en nutrientes el agua. Su papel biogeoquímico es que los derivados sulfurosos producidos por sus actividades, contribuye… ¡a la nucleación de las nubes! A su vez, los virus son controlados por la luz del sol (principalmente por los rayos ultravioleta) que los deteriora, y cuya intensidad depende de la profundidad del agua y de la densidad de materia orgánica en la superficie, con lo que todo el sistema se regula a sí mismo. Hasta el 80 por ciento de las secuencias de los virus marinos y terrestres no son conocidas en ningún organismo animal ni vegetal. En cuanto a sus actividades en los organismos, los datos que se están obteniendo los convierten en los elementos fundamentales en la construcción de la vida.

Además de las características de la célula eucariota no existentes en las bacterias que se han identificado como procedentes de virus, más significativo aún es el hecho de que la inmensa mayor parte de los genomas animales y vegetales está formada por virus endógenos que se expresan como parte constituyente de éstos y elementos móviles y secuencias repetidas derivadas de virus que se han considerado erróneamente durante años “ADN basura” gracias a la “aportación científica” de Richard Dawkins con su pernicioso libro “El gen egoísta”. Entre éstas, los genes homeóticos fundamentales, responsables del desarrollo embrionario, cuya disposición en los cromosomas de secuencias repetidas en tandem revela un evidente origen en retrotransposones (capaces de hacer, con la ayuda del genoma, duplicaciones de sí mismos), a su vez derivados de retrovirus.

Una de las funciones más llamativas es la realizada por los virus endógenos W, cuya misión en los mamíferos consiste en la formación de la placenta, la fusión del sincitio-trofoblasto y la inmunosupresión materna durante el embarazo. Pero la cantidad, no sólo de “genes” sino de proteínas fundamentales en los organismos eucariotas (especialmente multicelulares) no existentes en bacterias y adquiridas de virus sería inacabable, aunque, en ocasiones, los propios descubridores, llevados por la interpretación darwinista las consideran aparecidas misteriosamente (“al azar”) en los eucariotas y adquiridas por los virus a los que acusan de “secuestradores”, “saboteadores” o “imitadores” sin tener en cuenta que los virus en estado libre son absolutamente inertes, y que es la célula la que utiliza y activa los componentes de los virus. Por eso, resultan absurdas las acusaciones, que estamos cansados de oír, de que los virus “mutan para evadir las defensas del hospedador”. Las “mutaciones” se producen durante los procesos de integración en el ADN celular debido a que la retrotranscriptasa viral no corrige los “errores de copia”.

En definitiva, e independientemente de la incapacidad para la comprensión de la importante función de los virus en la evolución y los procesos de la vida motivada por la asfixiante concepción reduccionista y competitiva de las ideas dominantes en Biología, los datos están disponibles en los genomas secuenciados hasta ahora. En el genoma humano se han identificado entre 90.0000 y 300.0000 secuencias derivadas de virus. La variabilidad de las cifras es debida a que depende de que se tengan en consideración virus completos o secuencias parciales derivadas de virus. Es decir, también están en nuestro interior. Cumpliendo funciones imprescindibles para la vida. Pero también sabemos que los virus endógenos se pueden activar y “malignizar” como consecuencia de agresiones ambientales. Es decir, por más que la concepción dominante de la naturaleza, la que nos parecen querer imponer los interesados en la lucha contra ella, sea la de un sórdido campo de batalla plagado de “competidores” a los que hay que eliminar, lo que nos muestra la realidad es una naturaleza de una enorme complejidad en la que todos sus componentes están interconectados y son imprescindibles para el mantenimiento de la vida. Y que son las rupturas de las condiciones naturales, muchas de ellas causadas por esta visión reduccionista y competitiva de los fenómenos de la vida, las que están conduciendo a convertir a la naturaleza desequilibrada en un verdadero campo de batalla en el que tenemos todas las de perder.

El peligroso avance de la resistencia bacteriana a los antibióticos se puede considerar como el más claro exponente de las consecuencias de la irrupción de la competencia y el mercado en la naturaleza, pero hay otra consecuencia de esta actitud que nos puede dar una pista de hasta donde pueden llegar si se continúa por este camino: Desde 1992 hasta 1999, el periodista Edward Hooper siguió el rastro de la aparición del SIDA hasta un laboratorio en Stanleyville en el interior del Congo, por entonces belga, en el que un equipo dirigido por el Dr. Hilary Koprowski, elaboró una vacuna contra la polio utilizando como sustrato riñones de chimpancé y macaco. El “ensayo” de esta vacuna activa tuvo lugar entre 1957 y 1960, mediante un método muy habitual “en aquellos tiempos”, la vacunación de más de un millón de niños en diversas “colonias” de la zona. Niños cuyas condiciones de vida (y, por tanto, de salud) no eran precisamente las más adecuadas. En un debate en el que el periodista expuso sus datos, Hooper fue vapuleado públicamente por una comisión de científicos que negaron rotundamente esa relación, aunque no se consiguió encontrar ninguna muestra de las vacunas. Parece comprensible que los científicos no quieran ni siquiera pensar en esa posibilidad. Desde entonces, se han publicado varios “rigurosos” estudios que asociaban el origen del sida con mercados africanos en los que era práctica habitual la venta de carne de mono o, más recientemente, “retrasando” la fecha de aparición hasta el siglo XIX mediante un supuesto “reloj molecular” basado en la comparación de cambios en las secuencias genéticas de virus. Lo que ni Hooper ni Koprowsky podían saber era que los mamíferos tenemos virus endógenos que se expresan en los linfocitos y que son responsables de la inmunodepresión materna durante el embarazo. En la actualidad, Koprowsky es uno de los científicos con más patentes a su nombre.

Las barreras de especie son un obstáculo natural para evitar el salto de virus de una especie a otra. Son necesarias unas condiciones extremas de estrés ambiental o unas manipulaciones totalmente antinaturales para que esto ocurra. Y todo esto nos lleva al cuestionamiento de de muchos conceptos ampliamente asumidos que, como ajeno profesionalmente al campo de la medicina, sólo me atrevo a plantear a los expertos en forma de preguntas para que sean ellos los que consideren su pertinencia: Si tememos en cuenta que las secuencias genéticas de los virus endógenos y sus derivados están implicadas en procesos de desarrollo embrionario, se expresan en todos los tejidos y en muchos procesos metabólicos, inmunológicos, ¿cuál es la verdadera relación de los virus con el cáncer o con las enfermedades autoinmunes? ¿son causa o consecuencia? Es decir, ¿existen epidemias de cáncer o artritis o son los tejidos afectados los que emiten partículas virales? Si tenemos en cuenta que la inmunidad es un fenómeno natural que cuenta con sus propios procesos para garantizar el equilibrio con los microorganismos del entorno, la introducción artificial de microorganismos “atenuados” o partes de ellos en el organismo ¿no producirá una distorsión de los mecanismos naturales incluyendo un posible debilitamiento del sistema inmune que favorecería la posterior susceptibilidad a distintas enfermedades?

Y, finalmente, si tenemos en cuenta que la existencia en la naturaleza de “virus recombinantes” procedentes de dos especies diferentes es tan extraña que posiblemente sea inexistente debido a la extremada especificidad de los virus. ¿De dónde vienen esos extraños virus con secuencias procedentes de cerdos, aves y humanos? En el caso hipotético de que los verdaderos intereses de la industria farmacéutica fueran los beneficios económicos, la enfermedad se convertiría en un negocio, pero las vacunas serían, sin la menor duda, el mejor negocio. Ya hemos visto repetidamente hasta donde pueden llegar las dos industrias que, junto con la farmacéutica, constituyen los mercados que más dinero “generan” en el mundo: la petrolera y la armamentística. Sería un duro golpe para los ciudadanos convencidos de que están en buenas manos comprobar que una industria aparentemente dedicada a cuidar la salud de los ciudadanos fuera en realidad otra siniestra máquina acumuladora de dinero capaz de participar en las turbias maquinaciones de sus compañeras de ranking como, por ejemplo, controlar prestigiosas organizaciones internacionales para favorecer sus propios intereses. La concepción de la naturaleza basada en el modelo económico y social del azar como fuente de variación (oportunidades) y la competencia como motor de cambio (progreso) impone la necesidad de «competidores» ya sean imaginarios o creados previamente por nosotros y está dañando gravemente el equilibrio natural que conecta todos los seres vivos. Pero la Naturaleza tiene sus propias reglas en las que todo, hasta el menor microorganismo y la última molécula, están involucrados en el mantenimiento y regulación de la vida sobre la Tierra y tiene una gran capacidad de recuperación ante las peores catástrofes ambientales. El ataque permanente a los elementos fundamentales en esta regulación, la agresión a la “red de la vida”, puede tener unas consecuencias que, para nuestra desgracia, sólo podremos comprobar cuando la Naturaleza recobre el equilibrio.

https://telegra.ph/LA-GUERRA-CONTRA-BACTERIAS-Y-VIRUS-UNA-LUCHA-AUTODESTRUCTIVA-09-22

El número de desastres meteorológicos no se ha multiplicado por cinco

Con el transcurso de los años, el escenario internacional se ha llenado de organismos supranacionales. A ellos hay que añadir los organismos regionales: latinoamericanos, africanos, europeos… Algunos de los más recientes tienen pretensiones científicas y sus informes crean un canon, como ocurre en cualquier religión. Un documento respaldado por un organisno internacional, como la OMS, tiene un peso mucho mayor que cualquier otro, se reproduce con mayor frecuencia y, en el caso de resultar erróneo, es una pesadilla tratar de que se corrija un error.

Uno de esos organismos cientificos interncionales es la OMM (Organización Meteorológica Mundial), que hoy toca poner bajo la lupa en relación con el informe publicado a finales de agosto, titulado “Atlas Mundial de la Mortalidad y las Pérdidas Económicas Causadas por los Fenómenos del Tiempo, el Clima y el Agua” (*). En realidad, los organismos internacionales, como la OMM, no elaboran nada por sí mismos, sino que subcontratan los estudios a terceros. En este caso, el Atlas es obra de 12 autores, está avalada por 6 revisores y, naturalmente, por la cúpula de la organización.

Las tesis siguen el tópico posmoderno de que cada vez hay más desastres naturales y cada vez son más graves, aunque el estudio no se basa en ninguna fuente nueva. Todas las cifras utilizadas proceden de una base de datos establecida a lo largo de los años por el Cred, un instituto de la Universidad de Lovaina, en Bélgica. Se trata, pues, de un estudio nuevo con datos antiguos.

Con el paso de los años las bases de datos, como la del Cred, se van llenando. Cada vez hay más instituciones que informan de desastres, por lo que parece que cada vez hay más desastres. Al final cualquier acontecimiento meteorológico es un desastre. Es un desastre que llueva poco y es otro desastre que llueva torrencialmente.

En los años 80 y 90, Cred llegaba a 90 países y en 2019 a 120, pero eso es algo de lo que el Atlas Mundial no dice nada, por lo que induce al error.

Los tres parámetros que utiliza la OMM (número de sucesos, número de víctimas mortales, coste de los daños) no tienen ningún sentido y el número bruto de desastres naturales tampoco. Hasta el escolar más distraído sabe que sólo se pueden sumar cantidades homogéneas. No se puede sumar una ola de calor con una inundación catastrófica para obtener dos desastres.

Un país de ciclones tropicales, como Estados Unidos, los clasifica en 6 grupos diferentes, lo que no ocurre con el Atlas Mundial.

Es preferible recurrir al número de muertes como indicador porque es algo homogéneo, cualquiera que sea el desastre y, por lo tanto, se pueden sumar. Pero no en todos los países los registros de defunción son fiables. La fiabilidad de los registros va mejorando en muchos países, por lo que no se deberían comparar las cifras de muertos por un tornado en 1970, con los de la actualidad.

Las muertes plantean otro problema serio: demostrar que han sido causadas por el desastre. Por ejemplo, el Atlas Mundial considera que el desastre más mortífero del mundo en los últimos 50 años ha sido la sequía de 1983 en Etiopía, que causó 300.000 muertos. Pero la sequía coincidió en el tiempo con una violenta guerra contra el gobierno progresista que mató al ganado, destruyó los equipos agrícolas, quemó las cosechas y mató de hambre sistemáticamente a poblaciones enteras. Los 300.000 muertos no se pueden atribuir, pues, a la sequía y, en consecuencia, es posible que no haya sido el peor desastre mundian de los últimos cincuenta años.

El coste de los daños es otra de las varas de medir que utiliza el Atlas Mundial, pero supone salir del terreno meteorológico para ir al económico, a los precios y a la inflación. La OMM pasa ampliamente de indicarlo siquiera.

Con el tiempo se han producido cambios en cada país. Unos son demográficos, otros suponen crecimiento del PIB y, finalmente, cada vez se implementan más medidas contra los desastres. Desde 1975, que el Atlas se toma como referencia inicial, la población mundial aumentó un 81 por ciento. Si la frecuencia y la violencia de las desastres naturales se hubieran mantenido constantes, el número de muertes también se habría duplicado. Sin embargo, el número de muertes ha disminuido un 67 por cien.

El coste de los daños está en función del desarrollo económico, de los edificios, fábricas, puentes o cultivos. A más desarrollo, más daños causará una inundación o un tornado. El Atlas de la OMM tampoco menciona esta circunstancia.

A pesar de las chapuzas, el Atlas Mundial coincide en el tópico posmoderno de la intimidación seudocientífica: el número de desastres naturales se ha quintuplicado. Es el típico documento destinado a la propaganda, a los medios y a comer la cabeza a los estudiantes menos atentos.

—https://public.wmo.int/en/media/news/atlas-of-mortality-and-economic-losses-from-weather-climate-and-water-extremes-1970-2019

Las olas de calor perjudican su salud pero las de frío son aún peores

A comienzos de mes los editores de más de 230 revistas médicas, entre ellas The Lancet, publicaron un editorial conjunto (1) en el que advierten que un calentamiento planetario de 1,5ºC sería catastrófico para la salud humana. Por ello, los gobiernos deberían acelerar la “lucha” contra el aumento de las temperaturas, que está provocado por esa entelequia a la que llaman “el hombre”.

El editorial señala los vínculos entre el calentamiento (“crisis climática”) y una serie de efectos nocivos para la salud en los últimos 20 años, entre ellos, la deshidratación y la pérdida de la función renal, el cáncer de piel, las infecciones tropicales, los problemas de salud mental, las complicaciones en el embarazo, las alergias, las enfermedades cardíacas y pulmonares, y las muertes asociadas. El editorial también menciona que hay efectos adversos en la producción agrícola y, por tanto, hambre.

No hay, pues, problema de salud que no esté relacionado con el calor, por más que la mayor parte de las muertes se produzcan en invierno, a causa de frío, y por ello antiguamente los médicos siempre recomendaron a las personas de salud frágil que se fueran a vivir a un clima más cálido. Ahora es el revés.

Las revistas médicas pecan de oportunismo. Del 1 al 12 de noviembre Glasgow acoge la 26 Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático (COP26) y empiezan a aparecer las presiones. Quieren influir en las votaciones. En otras palabras, no es un artículo científico sino una manipulación política.

Ni los médicos ni las revistas de medicina tienen un criterio propio sobre el clima, por lo que se limitan a repetir la retórica dominante, expresada en los informes del IPCC. Sin embargo, cuando los escandinavos viajan al sur de Europa de vacaciones, la diferencia de temperatura ambiental es muy superior a 1,5ºC y repiten la experiencia cada año, sin que su salud se vera perjudicada, ni mucho menos.

Las olas de calor han matado a muchos ancianos, dice el editorial, aunque calla que las de frío matan mucho más. Por ejemplo, un artículo de 2015 de la propia revista The Lancet aseguró que las olas de frío matan 17 veces más personas que las de calor. “El frío causó más muertes atribuibles a la temperatura (7,29 por ciento, 7,02-7,49) que el calor (0,42 por ciento, 0,39-0,44). Las temperaturas extremas de frío y calor fueron responsables del 0,86 por ciento (0,84- 0,87) de la mortalidad total” (2).

Un científico de verdad lo resumiría de la siguiente manera: los cambios bruscos de temperatura matan a las personas, especialmente a los ancianos y a quienes padecen una salud frágil, sobre todo cuando las temperaturas se reducen.

Las olas de calor están aumentando a escala mundial, dice el editorial. Por lo tanto, habrá más gente que las sufra. Lo que no dice es que el concepto “ola de calor” está muy lejos de ser uniforme, por lo que es muy difícil establecer una media mundial. ¿Hay alguien en su sano juicio que afirme que la subida de 1,5ºC de la temperatura es una ola de calor?

Un estudio científico de 2015 sostenía, por el contrario, que lo que influye en la salud no es tanto el cambio de temperatura sino su duración en el tiempo: “Dentro de la misma región, el riesgo de mortalidad aumentó con el incremento de la intensidad/duración de la ola de calor. Sin embargo, en las diferentes regiones, el efecto conjunto de las olas de calor sobre la mortalidad no mostró una tendencia creciente apreciable con el aumento de la intensidad/duración” (3).

Los médicos también se visten de jornaleros para sostener lo siguiente: “El calentamiento global también está contribuyendo a la disminución del potencial de rendimiento mundial de los principales cultivos, que ha caído entre un 1 y un 5-6 por ciento desde 1981”. La tesis no es errónea en sí misma, ya que el rendimiento de varios cultivos se ha estancado en los últimos años. Pero no menciona que la producción mundial agraria está aumentando.

La producción y la productividad son dos cosas diferentes. En su informe “Perspectivas Agrícolas OCDE-FAO 2021-2030”, la FAO y la OCDE afirman que “durante los próximos diez años, se espera que la producción agrícola mundial aumente un 1,4 por ciento anual; esto representa una desaceleración en comparación con el crecimiento de la producción registrado en la década anterior (1,7 por ciento anual). Así que no vamos a pasar hambre, porque la producción está aumentando. Hay que recordar que no sólo la temperatura es importante para los cultivos, sino también el agua, la luz solar, los niveles de CO2, los pesticidas, las técnicas de cultivo, etc. En el futuro, el aumento de la producción de cultivos estará vinculado a una intensificación del uso de insumos, inversiones en tecnología y técnicas agrícolas mejoradas, principalmente en los países de bajos ingresos” (4).

Los “expertos” de pacotilla no cejan en sus esfuerzos por mantener al mundo asustado. Cuando se les agota una tontería, pasan a la siguiente. A lo largo de la historia los científicos nunca habían caído tan bajo.

(1) https://www.bmj.com/content/full-list-authors-and-signatories-climate-emergency-editorial-september-2021
(2) https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(14)62114-0/fulltext
(3) https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/26878285/
(4) https://www.oecd-ilibrary.org/docserver/e32fb104-fr.pdf

El confinamiento ha perjudicado irreversiblemente la formación de los niños en todo el mundo

Esta semana, The Guardian ha publicado dos artículos financiados por la Fundación de Bill Gates, que patrocina al periódico británico. Uno de ellos afirma que cientos de millones de niños se han quedado rezagados en todo el mundo en los últimos 18 meses de confinamiento (1), y el otro que las restricciones aprobadas durante la pandemia pusieron a la educación en riesgo de colapso en una cuarta parte de los países del mundo (2).

Ya se sabía, pero es bueno que se vaya reconociendo abiertamente. Ha hecho falta que uno de esos “equipos de investigación científica” bien pagados certifiquen que los resultados educativos de los niños se verán gravemente alterados por no poder salir de casa o ir a la escuela.

La Unesco lo había admitido desde el principio del confinamiento. El 18 de marzo del año pasado informó de que, a consecuencia de los toques de queda, la mitad de los escolares del mundo no estaban escolarizados, y expuso las posibles consecuencias. Entre ellas se encuentran la interrupción del aprendizaje, la disminución de la nutrición, la erosión de la protección y el cuidado de los niños, y el acceso desigual al aprendizaje digital que conduce a múltiples desigualdades futuras.

Pero los “expertos” de la tele tienen una concepción muy peculiar de la salud y la educación.

Tras 18 meses de desastres sociales y políticos, el daño causado a los niños y a su formación son asombrosas. El artículo de The Guardian menciona el caso de Filipinas, que ha puesto en marcha algunas de las “restricciones más duras del mundo para los niños”. Las escuelas siguen sin abrir desde hace 18 meses. De marzo del año pasado a julio de este año fue ilegal que los niños de entre 5 y 15 años salieran de sus casas.

Un informe de Unicef de enero de este año revela que desde el inicio de las restricciones se han perdido más de 39.000 millones de comidas escolares en todo el mundo.

Un informe de julio de South Africa Business destapó que había medio millón de niños menos en la escuela que el año anterior.

Un estudio del Banco Mundial descubre que el cierre de escuelas por imposición gubernamental había provocado un aumento general del abandono escolar en Nigeria, sobre todo en el grupo de edad de 15 a 18 años, y un espectacular incremento de las tasas de matrimonio y trabajo infantil.

Las repercusiones no se limitan a los países pobres. Otro estudio reciente descubre que los niños pobres y pertenecientes a minorías en Estados Unidos tenían muchas menos probabilidades de haber asistido a clases presenciales en el último año.

Para muchos niños pobres, el reconocimiento de la atrocidad cometida con la pandemia llega demasiado tarde. Un futuro con millones de jóvenes empobrecidos, cruelmente tratados y pedagógicamente destruidos es el balance final de la pandemia.

No somos tan ingenuos como para creer que alguien va a exigir responsabilidades inmediatas, ni a los políticos, ni a los “expertos”, ni a los medios de comunicación. Pero pasarán a la historia con nombres y apellidos por los crímenes que han cometido.

(1) https://www.theguardian.com/global-development/2021/sep/06/their-future-could-be-destroyed-the-global-struggle-for-schooling-after-covid-closures
(2) https://www.theguardian.com/global-development/2021/sep/06/lost-generation-education-in-quarter-of-countries-at-risk-of-collapse-study-warns

En Groenlandia no hay ninguna crisis climática ni pérdida de hielo

La agencia Efe difundió ayer un titular engañoso sobre un deshielo “masivo” en Groenlandia, con temperaturas máximas. Pues bien, el deshielo sólo ha ocurrido “en los últimos días” y el máximo de temperatura sólo se ha alcanzado en el este de la isla, como la propia noticia reconoce en su interior. En consecuencia, es difícil hablar de una “crisis climática”, como pretende el encabezamiento (1).

Las alarmas climáticas se construyen sobre este tipo de subterfugios, sobre datos parciales, en el mejor de los casos, y aprovechando que la mayor parte de los lectores de cualquier medio sólo leen los titulares y se desinteresan ampliamente por la información científica.

La otra forma típica de manipulación también es conocida: sólo se habla de la temperatura del planeta cuando sube y nunca cuando baja; sólo se habla de las olas de calor, pero nunca de las de frío.

Contrastemos la noticia de la agencia Efe con un artículo reciente del NSIDC (National Snow & Ice Data Center) cuyo título no puede ser más chocante: “Primavera de 2021 en Groenlandia, más nieve, menos deshielo” (2). Esa era, en síntesis, la situación de la capa de hielo de Groenlandia a fecha 30 de junio de este año.

El artículo científico proporciona datos de la serie histórica de años anteriores que no dejan lugar a dudas: en la primavera de este año el derretimiento de la capa de hielo de Groenlandia fue inferior a la media de 1981-2010, tanto en superficie como en número de días.

La masa de la capa de hielo es de unos 550.000 millones de toneladas, 41.000 millones de toneladas por encima de la media del periodo 1981-2010. En consecuencia, en Groenlandia hay más hielo ahora que en el promedio anterior de treinta años.

En cuanto a la temperatura del aire, ha subido en el noroeste de la isla, pero ha bajado en el sureste. No se observa, pues, ninguna crisis climática, ni en un sentido ni en el otro, ni en una zona ni en otra.

(1) https://www.publico.es/sociedad/crisis-climatica-ola-calor-groenlandia-provoca-deshielo-masivo-record-temperatura.html
(2) http://nsidc.org/greenland-today/2021/06/greenlands-spring-of-2021-more-snow-less-melt/

Hay que seguir las instrucciones de los CDC ‘porque lo dicen los expertos’

El tiempo juega en su contra. La inútil prolongación de la represión durante casi un año y medio sigue descubriendo las costuras de la pandemia y todos y cada uno de sus elementos constituyentes, empezando por el confinamiento y acabando por las variantes y las vacunas.

Tras el anuncio oficial de que las personas vacunadas pueden contraer y transmitir la llamada “variante delta”, Emerald Robinson, una periodista de Newsmax, preguntó el viernes a la vicesecretaria principal de la Casa Blanca, Karine Jean-Pierre, si los CDC habían sido capaces de analizar dicha variante.

Como no sabe de lo que está hablando, Jean-Pierre le responde que los estadounidenses deben seguir las instrucciones de los CDC “porque lo dicen los expertos”.

Las personas que aún conservan la capacidad de pensar por sí mismas se hacen muchas preguntas, cada vez más, pero la respuesta es siepre la misma: “Haz lo que decimos porque lo decimos nosotros”.

Volvemos a la Edad Media y a los argumentos basados sólo en la autoridad. Si decimos que las mascarillas no son necesarias, no te la pongas, y si decimos lo contrario entonces puedes hacerlo. Cuando los “expertos” cambian de parecer, todos debemos cambiar.

Las “variantes” del virus están dando mucho juego para estirar el estado de guerra más allá de lo que tenían previsto porque las nuevas vacunas no han cumplido ninguna de las expectativas que tenían puestas en ellas. Más bien al contrario.

Tras fallar la segunda dosis, llega la tercera, y con el fracaso de las vacunas el discurso vuelve a cambiar por enésima vez: las vacunas fallan porque han aparecido nuevas “variantes”, que son siempre peores que las precedentes. Pero si desde 1964 no han sido capaces de secuenciar el genoma de los coronavirus, no hay variantes que valga.

Seguimos como al principio, o peor.

El mito de la ‘comunidad científica’ y el ‘consenso científico’

Los medios tienen reservado para “La Comunidad Científica” (CC) el lugar de sujeto gramatical en casi todas las oraciones que encabezan las noticias ansiógenas. Escuchamos con frecuencia: “La CC vaticina una inminente …”; “La CC predice que…”, “La CC alerta sobre…” No se cansa de localizar y analizar temibles cepas y asustadoras variantes que siguen las letras del alfabeto griego hasta a la épsilon, por el momento. También podemos sorprenderla cuando, como un solo corazón, queda “en ascuas” frente al veredicto de un juicio realizado a unos sismólogos en Italia. Entre sismos y variantes que se multiplican, nuestra desesperanza crece sustentada por la base firme de esa enorme sabiduría.

A pesar de que a muchos nos llama la atención el protagonismo que ha tomado la CC en la sociedad recientemente, esta expresión no es nueva. En el número 6 de la Revista Iberoamericana de Educación de 1994, ya se la mencionaba como una institución con capacidad de influir en “la creación de creencias” asociadas a la discriminación: “Estas creencias se articulan y configuran bajo la influencia de factores relacionados con la comunidad científica, con la familia, con la educación y con la sociedad en general. A partir de ellos se construyen mecanismos que actúan como elementos de discriminación”. Nuevamente, nos invade la desesperanza, esta vez relativa a la convivencia pacífica de la humanidad.

Debido a la gran sapiencia que le atribuimos, la CC interviene certera y eficazmente en asuntos sociales y políticos, tal como ocurre en la siguiente ocasión: “La comunidad científica protestó contra la entrega de un premio a Bolsonaro en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y logró que se cancelara el evento”. Más allá de la posición política que se pueda tener con respecto al presidente de Brasil, llama la atención que la heterogeneidad de la enorme población brasileña en torno a ese tema tan controvertido no se vea reflejada en la certeza con la que la CC expresó su “protesta”.

Esto probablemente se deba a que el consenso está ubicado en el corazón mismo de la CC. De acuerdo con la definición en Wikipedia, se trata de una institución muy abarcadora, pues “consta del cuerpo total de científicos junto a sus relaciones e interacciones”. Pero a diferencia de lo que pasa en todas las familias numerosas, la CC actúa como un solo cuerpo y no conoce el disenso. El consenso científico es su característica principal, según esa misma página de Wikipedia, en la que se agrega que dicho consenso “se rige a partir del método científico. El método científico, implícitamente, requiere la existencia de la comunidad científica, donde los procesos de revisión de pares y reproducibilidad son llevados a cabo”.

Luego de haber tomado cursos de metodología, durante el largo camino que me llevó a la obtención de mi doctorado, me quedó la impresión de que la aplicación del método científico tenía como objetivo garantizar justamente lo contrario. Se debe exigir que los investigadores expliciten su procedimiento metodológico para poner las cartas sobre la mesa, para dar lugar a que sus conclusiones sean posibles de ser discutidas, contrastadas y, eventualmente, confirmadas o rebatidas por cualquier otro investigador.

Algo ha cambiado en la concepción de la ciencia

Pero algo ha cambiado en la concepción de la ciencia. Según se puede leer en una página de la Universidad de Berkeley, la ciencia está inmersa en la comunidad científica. Esto significa que el trabajo de cada científico se subordina al consenso de un colectivo. Un simple silogismo nos lleva a concluir que los científicos que deberían apoyarse en el rigor metodológico deben ahora supeditar sus conclusiones al parecer de su comunidad. Por eso, a la abreviatura CC, de ahora en adelante, le agregará una C correspondiente a la palabra “consensual” (CCC).

El requisito de que exista consenso en la CCC termina por amenazar la preservación del propio método científico, que fue diseñado para la indagación e investigación constantes. Según el análisis de D.A. Díaz sobre el centralismo político “se instala un problema grave y apocalíptico, se plantea un consenso unánime sin fisuras sobre la naturaleza y origen del mismo, sus soluciones, que emanan de la voz de alguna agencia global especializada o de instituciones sin la más mínima existencia ontológica -la “ciencia”, el más utilizado-, y se vincula el problema a todos y cada uno de los aspectos existenciales de los ciudadanos”.

Basta colocar las palabras “comunidad científica” en el buscador para leer sus advertencias sobre una vasta gama de problemas que nos angustian diariamente: el agujero de ozono, el cambio climático, el calentamiento global, el derrumbe del edificio en Miami y la infaltable secuencia de advertencias sobre “nuevas cepas”, que nos recuerdan que esta “pandemia” está siempre vivita y aterrando. Su palabra atemorizante se agiganta a partir de ese consenso, cada macizo mazazo opinatorio nos deja atónitos ante ese saber inmenso ejercido por la totalidad de los científicos de la tierra, que en conjunto nos vaticina un futuro funesto. Apenas escuchamos su nombre en los informativos, nos aprontamos para caer en la más profunda desesperanza sobre el porvenir de la humanidad.

Los asesores científicos de los gobiernos

La opinión de la CCC calificada y calificadora nos llega a través de sus voceros en el Uruguay. En diciembre 2020, por ejemplo, representantes de la CCC, recibieron el apoyo de los representantes locales en una mesa de discusión en la que hubo escasa discusión. Entre el 16 de abril del 2020 y el 16 de junio del 2021, quedaron registradas las palabras emitidas y escritas por sus representantes legitimados en función de su pertenencia al Grupo Asesor Científico Honorario (GACH). Estas palabras han amplificado y difundido su opinión “unívoca del inicio al fin de su intervención, y han dejado una estela de reproches que nos llenan de culpa por no haber sabido seguir al pie de la letra sus mandamientos”.

Pero ¿a qué se refiere la expresión “comunidad científica” a la cual ellos pertenecen con tanto orgullo? ¿Qué es realmente esa entidad abstracta e imperceptible? No se trata de una persona, pero opina como si lo fuera. Se trata de un colectivo multitudinario que logra acuerdos de modo firme, veloz y certero. Es cierto que la palabra “comunidad” alude a los aspectos que son comunes a determinados grupos de individuos. Todo parece evidente e incluso tautológico. Sin embargo, basta tener algo de experiencia de vida, para saber que, en todo grupo que comparte intereses, existe una enorme variedad de matices, y que lo más difícil en esas unidades colectivas es llegar al consenso. Basta haber estado en grupos de estudio o de viaje, para haber tenido la experiencia de que es imposible lograr un acuerdo a priori y permanente. Las mesas familiares, las conversaciones fraternas, las cooperativas de vivienda, los grupos de militantes, y cualquier agrupación de personas tiene siempre que lidiar con esa piedrita en el zapato a la hora de tomar resoluciones rápidas.

Entonces, ¿cómo puede la CC llegar al consenso que la caracteriza de ese modo tan armónico, vertiginoso, imperceptible? En lo que va de este año y medio, la hemos escuchado opinar incansablemente sin que se le escape “ni un sí, ni un no”. La hemos visto no dudar en momentos de éxito, y tampoco dudar en momentos de fracaso, sin importar los altibajos en los reportes numéricos del MSP [Ministerio de Salud Pública de Uruguay]. La CCC se mantiene siempre firme en sus medidas recomendadas, sea cual sea el resultado de las mismas. Parece inevitable que la miremos con admiración, incluso con algo de envidia ante ese estridente y orgulloso consenso.

El combustible del pensamiento

No hay grupo de personas que actúe como “un solo hombre”, ni siquiera un solo hombre o una sola mujer. Tras haber estudiado cuatro años intensamente, para elaborar una tesis de doctorado, y a partir de mi experiencia clínica y personal, me fui dando cuenta de que convivir con la contradicción es uno de los desafíos que enfrentamos cotidianamente, para mantener la consistencia de nuestro sí mismo a lo largo del tiempo.

Nuestro mundo interno dialógico está poblado de diferentes voces que no siempre están de acuerdo entre sí. Con el objetivo de observar la conversación interna, diseñé un procedimiento metodológico psicodramático. Los datos recogidos mostraron que ni siquiera la identidad de una sola persona es unívoca. Al desplegar el contenido de nuestras reflexiones en el escenario psicodramático, vemos emerger diferentes facetas de nosotros mismos que conviven sin consenso, y que discuten a viva voz en el “teatro de nuestro mundo interno”. Los resultados observados llevan a concluir que lejos de impedir el desarrollo del pensamiento, el debate interno es su principal combustible, lo impulsa y lo mantiene con vida.

De ese debate interno, se nutre también el pensamiento que impulsa la ciencia. De las dudas de los científicos, surgen los problemas y preguntas imprescindibles para iniciar cualquier investigación. Este es el ABC del método que conocemos todos aquellos que alguna vez nos desempeñamos como científicos.

Hay que sembrar un ‘miedo realista’

En el campo de la psicología, el GACH dejó resonando en los oídos de quienes quieran escucharlo, a través de la voz del Dr. Bernardi, la recomendación de que es “necesario un miedo realista hasta que las vacunas hagan efecto”. Su recomendación nos llegó, luego de más de un año de mensajes atemorizantes. También se escuchó la voz de la Dra. Alejandra López Gómez, cuando ella se refirió a la insuficiencia del concepto de libertad responsable para controlar la pandemia.

En tanto psicóloga e investigadora en ese campo científico, me considero integrante de la CCC. La pregunta que me surge es ¿cómo hacemos quienes así nos consideramos, para compatibilizar opiniones que se nos imponen como consensuales, pero que se dan de bruces con todo lo que aprendimos leyendo sobre investigaciones científicas a lo largo de los años?

Como profesora de la materia “Psicología de la Salud” en la Universidad de Ottawa, en la capital canadiense, leí y enseñé sobre los resultados de una enorme cantidad de estudios relacionados con los efectos del estrés prolongado en el desequilibrio hormonal, en la desregulación del sistema inmunitario, en la generación de trastornos psíquicos y fisiológicos. No hay psicólogo ni médico que no haya visto los efectos devastadores del miedo crónico en la vida de niños, jóvenes y adultos. Aún si descartamos el pánico, como sugirió el Dr. Bernardi, todos sabemos que el miedo es eficaz, si y solo si, es puntual. Un miedo que dura un año y medio no es puntual, y tampoco es realista.

Un miedo puntual es la respuesta a una alarma que interrumpe la cotidianeidad. En la normalidad, nuestro sistema funciona en dos modalidades. Cuando surge una alarma, la modalidad que nos permite concentrarnos en las actividades cotidianas se pone en pausa, y se instala una modalidad defensiva. Nuestro sistema se alerta y dispone a afrontar una amenaza real no normal. Si el sentimiento de alerta es prolongado, comenzamos a sospechar que estamos ante una amenaza fantaseada, en el caso de un adulto, o de una situación de abuso infantil. Hasta este año, nunca había escuchado la posibilidad de que un miedo invada la vida cotidiana de personas adultas y que se trate de un “miedo realista”, salvo en casos de “burn out” o de acoso laboral, situaciones de violencia familiar o de vulnerabilidad socioeconómica.

En la Nueva Normalidad, la coincidencia temporal del miedo y la vida cotidiana no puede sino producir lo que se conoce como “estrés tóxico”. Éste provoca una exigencia que sobrecarga los sistemas de respuesta y produce un desgaste del organismo. En el caso de los niños, el miedo prolongado en el entorno familiar, aún si no es intenso, puede llegar a producir una disociación que está en la base de patologías severas.

Si el miedo se vuelve crónico, produce lo que se conoce “estrés tóxico”, una serie de efectos adversos graves que es necesario evaluar y comparar con los efectos nocivos que estamos tratando de evitar. Esta es una tarea que los psiquiatras y psicólogos del GACH no han realizado, quizás porque saben que el miedo crónico, la restricción de la libertad, la disminución del contacto físico, y el aislamiento social, son caminos seguros hacia un grado más o menos elevado de patología a corto, mediano o largo plazo.

El estrés es por definición una respuesta a un elemento estresor. El miedo nunca puede aplicarse como medida preventiva, porque esta emoción disfórica necesariamente aumenta el estrés. No hay científico en este momento, ni mucho menos ninguna CCC, que haya presentado evidencia para rebatir las siguientes afirmaciones: “El estrés eleva el cortisol en el cuerpo. El cortisol es la hormona del estrés que suprime el sistema inmunológico. La adrenalina aumenta en el cuerpo y desorganiza el sistema nervioso. A corto plazo, nos ayudan a pelear o escapar, pero a largo plazo suprimen el funcionamiento corporal. Por eso, no nos llama la atención que las personas que están aisladas y estresadas tienen más chance de enfermarse”.

Para seguir atemorizándonos, la CCC decidió blindar todos los meses del año. Para poder atemorizarnos, a pesar de saber a ciencia cierta los daños que nos causa, debe blindar también su corazón y su conciencia.

—Mariela Michel https://extramurosrevista.com/a-ciencia-cierta-y-corazon-blindado-la-comunidad-cientifica/

Las recientes inundaciones en Alemania no son consecuencia del cambio climático

Las recientes inundaciones en Alemania y Bélgica han causado la muerte o desaparición de más de 200 personas y los medios de comunicación aseguran que este fenómeno meteorológico es consecuencia del cambio climático (1).

Los augures añaden que en el futuro estas catástrofes ocurrirán con más frecuencia por el mismo motivo, el cambio climático, que provoca fenómenos meteorológicos calificados de “extremos”.

Lo cierto es que las inundaciones fueron causadas por un fenómeno meteorológico corriente y muy conocido denominado “gota fría”, en el que una región de bajas presiones coincide con bolsas de aire frío en las capas altas de la atmósfera.

Se trata de algo frecuente. El desbordamiento del río Ahr ya causó 64 muertos en 1804 y 57 en 1910, hasta el punto de que en el siglo pasado todos los puentes, salvo uno, tuvieron que ser reconstruidos.

En su 5 Informe el IPCC, el organismo internacional encargado del cambio climático, admite -con un alto grado de confianza- que “en los últimos cinco siglos se han producido inundaciones mayores que las observadas desde 1900 en el norte y centro de Europa”.

En su informe especial sobre fenómenos meteorológicos “extremos”, el IPCC confirmó que no es posible “evaluar los cambios inducidos por el clima en la magnitud y la frecuencia de las inundaciones”, debido a la falta de observaciones y a los cambios en el uso del suelo (2).

Un estudio publicado en 2017 sobre Europa indica que la evolución de las grandes inundaciones no se pueden atribuir sólo al azar, ya que están dominadas por “variables multidecenales” (3).

En consecuencia, carece de fundamento atribuir al cambio climático este tipo de fenómenos meteorológicos “extremos” y es un fraude evidente sostener que si hay lluvias torrenciales es consecuencia del cambio climático y si hay sequías también.

(1) https://www.elperiodico.com/es/internacional/20210717/inundaciones-alemania-cambio-climatico-11918546
(2) https://www.ipcc.ch/site/assets/uploads/2018/03/SREX_Full_Report-1.pdf
(3) https://doi.org/10.1016/j.jhydrol.2017.07.027

Más información:
— Los mitos de la seudoecología que provocan pánico: los acontecimientos meteorológicos extremos

‘Toda investigación médica es fraudulenta, salvo que alguien demuestre lo contrario’

La revista British Medica Journal se pregunta si toda investigación médica es fraudulenta, salvo que alguien demuestre lo contrario (*). El fraude científico es cada vez más preocupante, admite la revista, aunque eso es algo que no se enseña en las universidades. Los profesores universitarios no imparten cursos sobre el tema, los alumnos se cren que todo el monte es orégano y los profesionales de la salnidad lo mismo.

No hay ningún médico que haya cursado una especialidad en fraude y se imaginan que es algo por completo ajeno a la medicina. A lo máximo se creen que se producen “errores” en ocasiones esporádicas, que son rápidamente corregidos. Se equivocan de plano y por eso han aparecido instituciones, como la Biblioteca Cochran, para depurar el contenido de las publicaciones médicas.

En el capitalismo esto que algunos llaman “ciencia” es un sector productivo que, como todos los demás, cada vez tiene que producir más cantidad y en cualquier proceso de fabricación en masa, una parte cada vez más importante es fraudulenta, ficticia. Por ejemplo, el British Medica Journal asegura que muchas publicaciones se fundamentan sobre ensayos clínicos inexistentes. Los investigadores no se han equivocado: se lo han inventado todo de arriba abajo.

Rebuscar entre las publicaciones científicas es como rebuscar en la basura, dice el British Medical Journal. Las retractaciones van en aumento, pero siguen siendo un porcentaje insigificante del fraude. Algunos cálculos indican que, aproximadamente, el 20 por ciento de los ensayos clínicos referidos en las publicaciones son “zombis”.

Algunos investigadores han inventado técnicas para detectar si una publicación científica es falsa, pero aunque alguien detecte la falsificación, el resto la tiene por fiable. La bola de nieve crece exponencialmente porque esta “ciencia” es una carrera, como la militar. Los trepas que quieren ascender necesitan publicar mucho, sin que a casi nadie le importe el contenido de lo que publican.

A su vez, las publicaciones científicas, que son empresas privadas, deben tener muchos lectores para que su “índice de impacto” suba. El contenido importa mucho menos. Lo mismo que en la telebasura, lo que importa es cuántos espectadores están delante de la pantalla.

Del mismo modo que la telebasura ha acabado saturando a todas las televisión, la basura de las publicaciones científicos está saturando ahora mismo a eso que llaman “ciencia”. A una revista no le interesa reconocer que ha publicado un artículo de mierda, porque se desprestigia. Así que mantiene el fraude contra viento y marea.

Del mismo modo, una universidad no quiere reconocer que uno de sus investigadores ha falsificado sus artículos; también prefiere encubrir la mierda porque ya saben lo que dice el refrán: “los trapos sucios se limpian en casa”.

¿A quién le importa que un médico se apoye en publicaciones científicas fraudulentas para matar a un enfermo o perjudicar aún más su salud?

(*) https://blogs.bmj.com/bmj/2021/07/05/time-to-assume-that-health-research-is-fraudulent-until-proved-otherwise/

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