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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 8 de 60)

También la ONU traiciona al pueblo saharahui de manera vergonzosa

A pasos agigantados la ONU se está convirtiendo en un organismo vergonzoso, como su predecesor, la Sociedad de Naciones. Pero más vergonzo aún es su secretario general, Antonio Guterres, verdadero pelele de las potencias imperialistas.

El viernes Guterres afirmó en París que el Sáhara Occidental fue descolonizado pacíficamente en 1975, cuando el criminal Franco aún vivía en El Pardo y nadie conocía al Frente Polisario.

Guterres sostuvo que no es la ONU la que bloquea la solución a la interminable descolonización del Sáhara. Lo expresó a la manera estúpida de Rajoy: “Este problema lo bloquean los que lo bloquean”, aludiendo indirectamente a Argelia y al Frente Polisario.

Luego añadió que el Sáhara fue descolonizado en 1975 tras un acuerdo tripartito entre España, Marruecos y Mauritania, es decir, que pasando por encima de la voluntad del principal interesado, el pueblo saharahoui, al que nadie le ha preguntado nunca nada.

Después de eso que Guterres llama “descolonización”, Huari Boumedian (Argelia) y Muammar Gaddafi (Libia) se sacaron de la manga al Frente Polisario. Esta es la pintoresca teoría del secretario general de la ONU.

Si eso fuera cierto, Guterres debería explicar lo inexplicable: por qué la ONU ha estado intentando durante décadas convocar un referéndum de autodeterminación en el Sáhara, que es un principio capital del derecho internacional.

Pero hay algo mucho peor: Guterres descarta cualquier posibilidad de que la ONU vuelva a respetar el derecho internacional en el Sáhara. El referéndum de autodeterminación es inviable, dice, y da la clave del problema: para la ONU la guerra actual es de “baja intensidad”. Traducido al lenguaje tabernario, eso significa que el Frente Polisario mata muy poco. Lleva a cabo una guerra de “baja intensidad”. Si tuviera misiles, tanques y cazabombarderos, es decir, si pasara a una guerra de mayor intensidad, entonces tendría más eco en los foros internacionales porque el “ius in bello” no se rige por normas jurídicas sino por el número de muertos que alguien es capaz de poner encima de la mesa.

De ahí deriva todo lo demás: el papel de la Minurso no es asegurar el derecho de autodeterminación sino el cumplimiento del alto el fuego de 1991, o sea, que la guerra siga siendo de baja intensidad, manejable y fuera del eco mediático. No hay nada de qué preocuparse. Como si el pueblo saharahoui no existiera.

Resulta absolutamente vomitivo.

La guerra del yuan contra el dólar (y más de lo mismo)

Una noticia difundida ayer por la agencia Reuters lleva agua al molino de una opinión tan generalizada como errónea. Se títula “El yuan contra el dólar” y parece un capítulo más de la guerra en ciernes entre Estados Unidos y China.

La noticia dice que a partir de hoy, lunes, cualquiera podrá comprar acciones de empresas chinas, entre ellas las de los monopolios Alibaba y Tencent, y pagar en yuanes en la bolsa de Hong Kong. Las acciones cotizarán simultáneamente en yuanes y dólares de Hong Kong.

Inicialmente esta iniciativa va enfocada a los inversores extranjeros que posean yuanes, aunque posteriormente los inversores de China continental podrán hacer lo mismo.

Evidentemente es una señal de que China quiere internacionalizar su moneda. Con el tiempo la medida se ampliará a otros tipos de valores, como la deuda pública.

Hay otras novedades que refuerzan el papel del yuan en el mercado internacional. Por ejemplo, recientemente Pakistán efectuó su primer pago por la importación de crudo ruso en yuanes, lo que supone otro paso adelante.

Pero es dudoso que el capital financiero internacional se interese por una iniciativa china que no acaba de abrir las puertas de par en par. A diferencia del dólar, el yuan sigue muy atado a la política económica del gobierno de Pekín.

No es casualidad que el dólar esté omnipresente en los mercados internacionales: Estados Unidos es el mercado de destino de una gran parte de las exportaciones mundiales. Se paga y se vende en dólares. Se dice que “China es la fábrica del mundo”, pero olvidan añadir que quien compra la producción es Estados Unidos.

Lo mismo ocurre con los mercados financieros, la banca, los seguros y las bolsas internacionales, que operan en dólares y están absolutamente dominados por los capitales occidentales. China no tiene una bolsa del tamaño de Wall Street.

El papel del yuan como moneda de reserva se ha disparado en los últimos años, pero a fecha de hoy su cuota en el mercado mundial es de un 7 por cien. No puede competir con el dólar y, sobre todo, no debería hacerlo, es decir, no debería repetir los errores del dólar.

El capital ya tiene una moneda fiduciaria y otra más no le aportaría ningún beneficio. La cuestión sería muy diferente si el yuan se vinculara al oro, es decir, si dejara de ser una moneda puramente fiduciaria. Pero en tal caso ya no sería como el dólar.

Hasta el New York Times se cae ahora del guindo: quizá Ucrania sea nazi

Al New York Times le ha costado más de un año darse cuenta de que Ucrania es un Estado nazi al más puro y rancio estilo (*). Antes decían que eso era propaganda rusa para justificar la invasión militar de Ucrania.

Como si no tuvieran corresponsales para que lo vieran sobre el terreno, o como si no miraran las fotos. Los soldados ucranianos nunca han escondido los parches de sus uniformes con los símbolos que el III Reich hizo mundialmente famosos.

La iconografía nazi en Ucrania resplandeció en 1941 tras el ataque hitleriano a la URSS. En aquel momento, mientras unos resisten al fascismo, otros se someten a él para crear un Estado “independiente” bajo el paraguas nazi.

La caída de la URSS y el Golpe de Estado de 2014 auparon de nuevo a los nazis a lo más alto, bendecidos por la OTAN y la Unión Europea. Nunca estuvimos más cerca de Hitler que ahora. Desde 1945 nunca los fascistas de todos los colores habían sido proclamados como “héroes nacionales”.

Mientras, en España algunos mendigan votos para poner coto a la “extrema derecha”. El fascismo es bueno para Ucrania, pero malo para los demás países de Europa. Hace falta ser idiotas de remate para aguantar los discursos de los reformistas hispánicos.

La “extrema derecha” es Vox (y sólo Vox), pero no los que en Ucrania portan los emblemas de los guardias de los campos de concentración. Hay que desnazificar España, pero a Ucrania hay que dejarla tal cual está, no sea que le hagamos el caldo gordo a Putin.

(*) https://www.nytimes.com/2023/06/05/world/europe/nazi-symbols-ukraine.html

La pesada carga de los refugiados ucranianos

La Guerra de Ucrania es tan extraña que la mayor parte de los refugiados han escapado para arrojarse en brazos del enemigo. Rusia ha acogido más refugiados ucranianos que cualquier otro de la Unión Europea, e incluso que todos ellos juntos.

Lo que ocurre con la mayor parte de los ucranianos, refugiados o no, es que nadie los considera como tales y los llaman de otra manera, como “prorrusos”, por ejemplo.

Pero en 2014 los “prorrusos” eran “proucranianos” y así lo demostraron firmando los Acuerdos de Minsk.

El éxodo de los ucranianos fuera de su país no es nuevo. Uno de los países más poblados de Europa ha ido perdiendo a una gran parte de sus habitantes en las últimas décadas.

La guerra ha sido la última plaga que ha sacado de Ucrania en masa a la población. Hace un año eran noticia de portada porque no hay nada más triste que esas familias en las paradas de los autobuses y las estaciones de tren, cargados de maletas, con los niños en brazos y los abuelos llorando.

La tristeza siempre busca un culpable, que en este caso era Rusia… siempre que ocultes al espectador que la mayor parte de los refugiados huían hacia el enemigo precisamente.

En la otra orilla, en occidente, los refugiados ucranianos fueron acogidos al principio con los brazos abiertos porque había cámaras de televisión para grabar tan triste momento.

Luego nadie volvió a acordarse de ellos. Ahora ya no hay más imágenes tristes de personas sollozando por la tierra perdida. Lo que hay son números fríos, presupuestos y gastos. Poco a poco los rubios ucranianos se van convirtiendo en los negros senegaleses. Son otra de esas pesadas cargas que tenemos que soportar los europeos para demostrar al mundo nuestro buen corazón.

Porque, además de soportar los gastos de mantenimiento de millones de ucranianos, tenemos que enviarles radares, cañones, obuses, blindados, municiones… un equipamiento que no teníamos y que, además, hemos tenido que reparar, limpiar y repintar.

Le está ocurriendo a toda Europa. Por ejemplo, Rumanía ya no entrega más fondos a los refugiados ucranianos para pagar la vivienda. Ya se han gastado 500 millones de euros y no les queda más dinero. Estamos en crisis.

El programa eslovaco de subsidios al alojamiento para refugiados ucranianos era de 24 euros al día para adultos y 12 euros por niño. Expira a finales de este mes y el Ministerio de Economía ya ha advertido que no hay dinero para más.

Tras haber acogido a 1,6 millones de refugiados en su territorio, Polonia ha eliminado gradualmente las ayudas a la vivienda de unos 10 dólares en moneda local, así como el transporte público gratuito.

La República Checa ha gastado unos 23.000 millones de coronas checas (1.100 millones de dólares) en los cerca de 500.000 refugiados ucranianos que ha acogido. El Estado ya no pagará a las almas caritativas que han acogido refugiados ucranianos en sus casas. Tendrán que buscarse una casa por su cuenta y si están en edad de trabajar, deberán ponerse a la faena o regresar a su país.

Las cámaras de televisión han apagado los focos porque los refugiados ucranianos ya no son noticia y la retirada de las ayudas tampoco. Nadie llora ni se compadece por los presupuestos públicos.

Lo mejor es que los ucranianos vuelvan a su país. Cuando llegaron sollozamos y cuando los expulsemos aplaudiremos. Estamos hartos de ellos. Una vez que vuelvan podrán tomar las armas y defender sus casas, incluso los niños, los ancianos y los inválidos.

La guerra los necesita.

El gobierno golpista ucraniano no puede invocar el derecho internacional a su favor

Al embajador chino en Francia, Lu Shaye, se le ocurrió defender en la cadena de televisión LCI la soberanía rusa sobre Crimea y los grandes medios de intoxicación se han lanzado en su contra. El lunes el Ministerio francés de Asuntos Exteriores le citó para echarle la bronca y muchos eurodiputados exigen su expulsión.

Se llenan la boca con frases favoritas sobre el respeto del derecho internacional y la defensa de la integridad territorial de los Estados. Pero esas frases no se escuchan cuando se trata de Serbia, por poner un ejemplo, a la que tratan de arrebatar Kosovo.

Tampoco se escuchan cuando se trata de Taiwán, de la que oímos que los chinos pretenden invadir. Pero está reconocido que Taiwán es una parte de China, por lo que no cabe hablar de invasión.

En el caso de Crimea, la península nunca quiso formar parte de Ucrania, como demuestran los tres referéndums que se han convocado desde el desmoronamiento de la URSS.

En Ucrania hubo un Golpe de Estado en 2014 que derrocó a un gobierno establecido legítimamente y, a partir de ahí, los sucesivos gobiernos están marcados por aquel “pecado original”. Lo mismo que Pinochet en Chile, los propios golpistas ucranianos se pusieron fuera de la ley, de cualquier ley, y no pueden invocar en su amparo ninguna regla jurídica válida.

En Ucrania el “contrato social” se rompió entonces y a ningún ucraniano se le puede exigir someterse a la disciplina de un gobierno ilegítimo que se hizo con el poder gracias al empleo de la fuerza. Si el gobierno ucraniano no se atuvo a las normas, la población tampoco tiene motivos para someterse a ellas de manera voluntaria.

En el caso del Donbas, el argumento es ún más evidente por cuanto su población ha sido masacrada y bombardeada durante ocho años, con un saldo de unas 14.000 víctimas mortales. ¿Cómo e puede seguir perteneciendo a un Estado cuyo ejército mata y asesina a su propia población?

En los Acuerdos de Minsk la situación se reprodujo. La población del Donbas se mostró dispuesta a permanecer dentro de Ucrania, pero la otra parte volvió a incumplir sus compromisos. En consecuencia, quedó con las manos libres para elegir el destino que estime más conveniente para sus intereses.

Es un auténtico sarcasmo presentar a los golpistas ucranianos como defensores algún tipo de legitimidad o de ley frente a Rusia.

¿Existe una empresa rusa de mercenarios llamada Wagner?

Los revolucionarios siempre se han opuesto a los mercenarios e incluso a los ejércitos exclusivamente profesionales. Un ejército revolucionario se basa en el pueblo en armas que, en suma, es quien debe defender a su país.

No obstante, hoy los ejércitos no sólo garantizan la independencia de los países, según una concepción tradicional. No sólo se asientan en las fronteras o en las costas, sino en algo inmaterial, como la “seguridad”, un principio moderno, difuso, que se extiende por donde quiera que las empresas de dicho país tengan intereses, incluido el extranjero.

Cuando se defienden intereses privados a lo largo de todo el orbe, la seguridad es un negocio que, finalmente, acaba en manos de empresas de la misma factura, es decir, privadas. No hay nada más capitalista que convertir algo tan volátil como la “seguridad” en un mercado y, muy especialmente, en el mercado mundial.

Así han aparecido las empresas privadas de seguridad, como Wagner, que es quizá la menos privada de ellas. En realidad, Wagner no es nada distinto del propio ejército ruso, como la guerra de Ucrania está poniendo de manifiesto. Según la revista Foreign Policy, no existe ningún Grupo Wagner, no hay ninguna empresa registrada con ese nombre que, más bien, describe una red “estrechamente vinculada al aparato de seguridad ruso” (1).

En Rusia no pueden existir oficialmente empresas privadas de seguridad porque lo prohíbe la Constitución. Los asuntos de seguridad y defensa son competencia exclusiva del Estado y, según el Código Penal, servir como mercenario es un delito. Sin embargo, las empresas públicas pueden tener fuerzas armadas y fundaciones de seguridad privadas.

En Rusia existía una empresa privada de seguridad, Moran Security Group, que estaba contratada por el gobierno sirio para acabar con los yihadistas casi desde el principio de la guerra. La empresa fracasó en la tarea y dos de sus miembros crearon otra, Slavonic Corps, en Hong Kong en 2013.

Su primera misión consistió en ayudar al ejército sirio a recuperar las pozos petrolíferos, pero la logística dependía del gobierno sirio y recibió un armamento anticuado y en cantidad insuficiente. Su primera misión de combate en Siria terminó con una derrota cerca de Deir Ezzor. Los supervivientes fueron transportados de vuelta a Rusia y la empresa se disolvió.

Wagner fue el tercer intento. Recibió su nombre del apodo del oficial de las fuerzas especiales rusas que comenzó dirigiendo militarmente a la unidad, Dmitry Utkin, teniente coronel del GRU, el servicio de inteligencia militar ruso, y veterano de la Guerra de Chechenia. Luego estuvo en Moran y en Slavonic, hasta que en Siria pasó a Wagner antes del inicio formal de la intervención oficial del ejército ruso en la guerra (setiembre de 2015).

En 2016 el coronel Utkin fue condecorado públicamente durante una recepción en el Kremlin. Operaba bajo el mando del director del GRU, Nikolay Makarov, que en 2010 defendió públicamente la necesidad de recurrir a empresas privadas “para misiones delicadas en el extranjero” (2).

Actualmente el dirigente militar de Wagner es Anton Yelizarov, alias Lotus (3), también miembro de las fuerzas especiales, con una amplia experiencia en Siria, donde fue herido, así como instructor en la República Centroafricana y comandante de las tropas rusas que operaban en Libia.

Lotus se graduó en varias academias militares rusas en la década de los noventa, entre ellas la escuela de paracaidistas de élite vinculadas al GRU. Encabezó la captura de Soledar y actualmente dirige a las tropas de Wagner en la batalla de Bajmut.

Los oficiales de Wagner son de esa misma escuela, transferidos del ejército regular para ejercer como fuerzas de choque. La base de Wagner está en Molkino, en la región Krasnodar, y es la misma que utiliza la 10 Brigada Especial del GRU. La diferencia más importante es que el cuadro de mandos de Wagner depende directamente del Kremlin.

A partir de aquí la nebulosa es la misma que en cualquier otro servicio de inteligencia, cuyas operaciones son encubiertas por definición. En Estados Unidos lo llaman “negación plausible”. Las acciones encubiertas no existen y quienes las ejecutan nunca llevan uniforme, e incluso son anónimos. Antes se camuflaban con tropas de voluntarios y a veces de asesores que participaban en guerras exteriores después de darse de baja oficialmente de sus ejércitos respectivos.

En última instancia, Wagner le permite al Kremlin tirar balones fuera, desentendiéndose de unas tropas que son como los trabajadores de cualquier empresa privada: sus acciones no pueden comprometer al Estado.

Lo explicó Putin en la Duma en abril de 2012, olvidándose de la Constitución: las empresas militares privadas permiten el logro de objetivos sin la implicación directa del Estado. Dichas empresas podrían proporcionar protección a instalaciones importantes, así como la formación de personal militar extranjero en el extranjero.

Wagner es el taparrabos del GRU.

(1) https://foreignpolicy.com/2021/07/06/what-is-wagner-group-russia-mercenaries-military-contractor/
(2) https://www.fpri.org/wp-content/uploads/2019/12/rfp4-borshchevskaya-final.pdf
(3) https://www.bitchute.com/video/OtfuPlcRGqRr/

Por qué Rusia no es un país imperialista

En 1939 acusaron a la URSS de repartirse Polonia con el III Reich por la firma del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. En 1945 la imputación subió de tono: la acusaron de repartirse Europa en el Tratado de Yalta. Luego se la calificó de país “socialimperialista”.

No es extraño que ahora, a pesar de su desmantelamiento, se mantenga ese calificativo u otros parecidos hacia Rusia, que fue el núcleo fundacional de la URSS. ¿Para qué se desmanteló la URSS?, ¿para convertir a un país imperialista en otro de la misma naturaleza?

Pero nadie es capaz de explicar cómo se producen esas transiciones y retrocesos, que deben tener un carácter histórico tan importante como las propias revoluciones, porque convierten a un país en su contrario.

En ciertos análisiss, como el que ha publicado Izar Gorri (*), ese tipo de fenómenos surgen por arte de magia, casí de la noche a la mañana. A falta de explicaciones, el autor del artículo sale al paso con frases y tópicos trotskistas. En 1939 los trotskistas decían que los soldados alemanes de la Wehrmacht eran proletarios de uniforme, reclutados a la fuerza. El autor dice exactamente lo mismo: los soldados ucranianos “son proletarios secuestrados por el Ejército ucraniano” (pg.10).

Los nazis no son los ucranianos, sino los rusos. “Rusia es el país del mundo donde hay más neonazis”. O quizá habría que matizar: tanto unos como otros son (igualmente) nazis, que no es más que la conclusión de toda una retahíla de tautologías: todos los países capitalistas son iguales (todos ellos son capitalistas) y, a su vez, todos los países capitalistas (o por lo menos, los más grandes) son imperialistas.

A continuación la letanía sigue encadenando una frase detrás de otra: no hay “imperialistas buenos”, una frase caraterística de los falsos internacionalistas, que se lavan las manos y se declaran neutrales entre “unos y otros”. Estamos contra todos, proclaman, porque todos son iguales. “El proletariado necesita la aniquilación total del imperialismo en todas sus formas” (pg.9). Al autor sólo le faltaba añadir que esa aniquilación se deberá lograr en todas partes y al mismo tiempo, o sea el viejo trotskismo de siempre.

Como todo es igual, las intervenciones rusas en el extranjero quedan equiparadas a las del Pentágono. Da lo mismo que entres en la casa de otro con o sin invitación. Si Rusia lleva al ejército ruso a Siria no es para apoyar a un gobierno legítimo de una agresión exterior, sino con segundas intenciones, que nadie ha explicado aún (pero tiene que haberlas).

El ejército ruso mata igual que el estadounidense. En África ha cometido masacres indiscriminadas como la de Moura (pg.6), matando a “200 civiles”, lo mismo que en Alepo también mataban a los civiles porque así se ganan las guerras, sin necesidad de acabar con las tropas enemigas. Es una auténtica vergüenza tener que leer este tipo de falsedades en un medio como Izar Gorri, que están sacadas de la propaganda imperialista francesa.

Los países imperialistas exportan capital, que es uno de sus rasgos económicos característicos, pero no todos los países que exportan capital son imperialistas. Los trotskistas ya lo dijeron también cuando la URSS construyó la presa de Asuán, la mayor obra de ingeniería del siglo pasado en África. Para ello la URSS no sólo tuvo que exportar capitales para pagar un tercio del importe de las obras, sino que envió maquinaria e ingenieros que estuvieron trabajando en el lugar durante once años.

No hay nada más alejado de un saqueo económico imperialista. La presa de Asuán no se construyó para evitar las inundaciones en Leningrado, ni los soviéticos se llevaron la electridad a la URSS. La gigantesca infraestructura se quedó en Egipto y cambió la historia del país para siempre. Nadie en África lo ha podido olvidar.

Cualquiera sabe, excepto el autor del artículo, según parece, que en los mercados financieros internacionales Rusia no tiene ningún peso, ni como inversor público, ni tampoco a través de sus bancos privados. Rusia no pinta nada en ninguna de las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. El rublo nunca ha sido una divisa de reserva para ningún banco central de ningún país y, desde luego, no puede hacer sombra al dólar.

Rusia también vende grandes cantidades de armas a otros países. Es una de sus exportaciones más importantes porque son muchos los países que las demandan. Pero en la venta de armas no sólo importa el volumen o el precio, sino también a quién se entregan y por qué. Las armas entregadas a Vietnam a través de la famosa ruta Ho Chi Minh, se utilizaron para derrotar a los imperialistas estadounidenses. Las armas vendidas a Mali sirven para sacar a los yihadistas y al ejército francés del país.

No cabe duda de que al gobierno ruso se le pueden imputar muchos defectos, empezando por aquellas que tienen relación con su naturaleza capitalista, que es indiscutible. Pero para ese recorrido no hacen falta tantas alforjas, porque lo que se pretende debatir es si Rusia tiene razón al desencadenar una guerra contra la OTAN en Ucrania, y ahí sólo cabe una respuesta posible, no apta para diletantes: la guerra de Rusia es totalmente legítima.

Por consiguiente, no cabe dejarse engañar por las apariencias: con todos sus defectos, Rusia se defiende de una agresión de las potencias imperialistas y, en tal contexto, es absolutamente canallesco calificar a la víctima como país imperialista y equipararla a sus agresores.

El imperialismo es la sustitución de la libre competencia por los monopolios, que son capaces de dominar un mercado mundial. Para ello, a los monopolios no les bastan sus propias fuerzas. Necesitan un determinado tipo de Estado capaz de sostener esa dominación, no sólo frente a la competencia, sino a otros Estados. Es lo que habitualmente se denomina como “hegemonía”, que es tanto económica como política, militar e ideológica.

En 1945 Estados Unidos obtuvo su hegemonía en una parte del mundo, asociado a un reducido grupo de grandes potencias, y desde entonces pretende imponerla, no sólo a los países socialistas, sino al resto del mundo, cualquiera que sea su modo de producción, es decir, incluyendo a otros países capitalistas. Esos países tratan de sacudirse el sometimiento de Estados Unidos y sus socios, cuya forma más atroz es la guerra. Su lucha es absolutamente justa y merece el apoyo de los antimperialistas de verdad.

(*) http://izargorri.info/a-vueltas-con-el-imperialismo-ruso-una-critica-al-antiimperialismo-selectivo/

Una estrategia militar obsoleta: la guerra nuclear

La Guerra Fría se llamó de esa manera porque no había otra denominación mejor. Las agresiones militares contra la URSS se acabaron en 1945 y no estallaron guerras convencionales entre las dos grandes superpotencias por un motivo evidente: ambas disponían de armas nucleares.

A su vez las armas nucleares se llaman “estratégicas” porque están preparadas para ser utilizadas al margen de las batallas de una guerra convencional. No se han diseñado para cortarle las manos al adversario, sino para cortarle la cabeza. El armamento nuclear soviético apuntaba a Washington y el estadounidense a Moscú.

Así como en una guerra convencional hay un margen de improvisación, que depende del curso de la misma, de sus batallas y sus múltipes situaciones, las armas nucleares está predispuestas de antemano para ser utilizadas sólo en determinadas condiciones muy concretas.

Cada parte tiene las suyas, por lo que la estrategia de unos (Estados Unidos) y otros (URSS, Rusia) son diferentes.

Además, cada parte conoce la del contrario, lo que hace de la guerra nuclear un fenómeno de lo más predecible. Incluso las trayectorias balísticas de los misiles son predecibles, como los trenes que siempre corren por la misma vía.

Son fácilmente detectables porque las defensas antiaéreas han evolucionado mucho más rápidamente que los misiles de ataque. Cada potencia dispone de escudos muy superiores a las espadas, y la mejora de los equipos militares se ha centrado en aquellas armas que son capaces de superar las defensas del adversario.

De ahí que las negociaciones sobre reducción de armamento nuclear se volcaran sobre las defensas antimisiles, como el tratado ABM (Anti Misiles Balísticos), firmado en 1972. Estados Unidos se retiró de ese tratado en 2002.

Una de las maneras de superar una defensa antimisiles es poner las lanzaderas lo más cerca del adversario, para que no tenga capacidad de reacción. En 1962 Estados Unidos puso sus misiles Júpiter en Turquía y la URSS respondió de la misma manera, poniendo los suyos en Cuba.

Así comenzó la crisis de los misiles, en la cual se volvió a demostrar que las negociaciones forman parte de la guerra nuclear misma; son una manera de hacer ese tipo de guerra, y si ya no hay más negociaciones de desarme y si los compromisos firmados se han convertido en papel mojado es porque están obsoletas, exactamente igual que las propias armas nucleares.

Las armas estratégicas son los culturistas de la lucha: enseñan mucho músculo pero no podrían retar a ningún boxeador medianamente entrenado. Es el exhibicionismo de la guerra; se basan en el miedo del contrario, en la permanente intimidación de los bíceps, como hace Corea del norte regularmente. Las armas nucleares se han ensayado muchas veces pero nunca han aparecido en una guerra real.

La guerra nuclear destapó sus vergüenzas con la Guerra de las Galaxias que emprendió Reagan a partir de los años ochenta del siglo pasado. Entonces el exhibicionismo fue puramente retórico: nunca hubo tal guerra, ni siquiera un comienzo de despliegue de armas en el espacio. Estados Unidos jugaba de farol porque, como bien saben los jugadores de naipes, los faroles son parte fundamental de una estrategia y, por lo tanto, de una guerra.

Ingenuamente la URSS claudicó; se bajó los pantalones. Estados Unidos accedió a sus armas estratégicas más escondidas y obligó a desguazar muchas de ellas. Gorbachov firmó tratados como el INF de 1987, sobre misiles de Alcance Intermedio (que la OTAN rompió en 2019).

Con la posterior desaparición de la URSS, Estados Unidos creyó que había ganado la Guerra Fría. El farol le había salido bien; ya no necesitaba enseñar sus músculos. Cuando se demostró que la Guerra de las Galaxias era un montaje de opereta, la URSS ya no existía y en Washington creyeron que llegaba una era de hegemonía omnímoda sin necesidad de disparar un tiro.

A Rusia le costó salir del ensimismamiento que había acabado con la URSS. Las concesiones realizadas en todos los frentes no habían servido para nada, ni siquiera el desmantelamieento de la URSS y el emplazamiento de bases de la OTAN en los antiguos países soviéticos y del este de Europa. Los tratados firmados desde el final de la Segunda Guerra Mundial son papel mojado.

Lo mismo que Corea del norte, desde entonces Rusia ha podido sobrevivir gracias al desarrollo de las fuerzas productivas y la tecnología militar, cuyos únicos precedentes son el Goelro, el plan soviético de electrificación, y los planes quinquenales. Lo mismo que hace un siglo, al final Rusia no sólo ha salido del atolladero sino que ha superado ampliamente a Estados Unidos en muy poco tiempo.

Ahora casi todo el arsenal ruso es nuevo, mientras Estados Unidos no ha probado nuevos sistemas de armas desde hace más de 30 años. Por si eso no bastara, en menos de un año ha agotado el material militar antiguo, como demuestra la Guerra de Ucrania. Estados Unidos sólo fabrica aquellas armas que puede vender a terceros. En Estados Unidos las armas son un mercado para las empresas privadas, mientras en Rusia forman parte del mismo aparato del Estado, que no podría sobrevivir sin ellas, lo mismo que Corea del norte.

Aunque exporte armas, en Rusia las fábricas militares no destacan por formar una industria, por perseguir el lucro privado, sino por ser parte del Estado, lo mismo que las comisarías de policía. Las ventas de armas financian una parte de los presupuestos militares de Rusia. Pero su producción no está al servicio de ningún mercado sino de la guerra y por sí mismas dichas fábricas son capaces de producir armas en más cantidad que los 30 países que forman parte de la OTAN juntos.

Por lo tanto, las fábricas militares rusas producen más y mejor armamento que las occidentales. Producen armas convencionales y nucleares en cantidades gigantescas, pero sobre todo producen armas sofisticadas, muy superiores a las de cualquier otro país, quizá con la única excepción de China. Además, no son experimentales. Han probado su nuevo armamento, tanto en Siria como en Ucrania.

No cabe duda de que Estados Unidos tiene suficiente capacidad técnica para ponerse a la altura de Rusia, aunque necesitaría bastantes años para ello. Lo que no tiene es capacidad económica. No le bastaría con desprenderse de sus viejos arsenales, vendiéndolos a terceros países, para financiar un nuevo presupuesto militar aún mayor. Tendría que endeudarse todavía más, en una situación de crisis galopante.

El mercado mundial de armamento que capitaliza Estados Unidos es lo más parecido a una vieja chatarrería repleta de óxido. Pero las mercancías destinadas al desgüace son un negocio muy rentable que, en definitiva, es lo que importa, porque hay compradores capaces de sacar un gran partido de la roña. Si no se lo creen, pueden darse un paseo por el Rastro de Madrid un domingo por la mañana.

Hacia un corralito de alta tecnología

Durante los tres años de pandemia los gobiernos paralizaron deliberadamente la actividad económica. Generaron una cantidad gigantesca de deudas y, para pagarlas, liberaron dinero fiduciario a espuertas.

Esa gran masa de moneda circulante (dólares, euros, libras) aumentó aún más con la Guerra de Ucrania, desatando una inflación galopante. El coste de la energía y los alimentos redujo los salarios reales de los trabajadores.

Para frenar la inflación, los bancos centrales elevaron los tipos de interés, tras lo cual el valor de los bonos se desplomó y el castillo de naipes empezó a tambalearse.

Algunos bancos han quebrado y la respuesta política es reforzar la supervisión “para que no se vuelva a repetir”. En las crisis financieras, los bancos centrales siempre salen absueltos. Los medios ni siquiera hablan de ellos, como si sólo fueran árbitros. Quieren dar la impresión de que no tienen la culpa del corralito, que es consecuencia de los bancos privados.

Es la gran coartada socialdemócrata: lo público es mejor que lo privado, hay que cambiar las reglas del juego, intensificar los controles, regular los mercados…

Las criptomonedas son uno de esos asuntos privados. Dos de los bancos que se han hundido (Silvergate y Signature) habían invertido en ellas, lo mismo que el SVB. Quieren aparentar que las criptomonedas son un peligro para el sistema financiero porque son privadas.

En consecuencia, pretenden regular las criptomonedas y la mejor manera es que sean los bancos centrales quienes las emitan. En la jerga de los expertos se llaman CBDC.

Esa política económica conduce a reforzar el capitalismo monopolista de Estado en los mercados financieros. Del mismo modo que España acabó con las cajas de ahorros (públicas) en beneficio de los bancos (privados), ahora tratan de eliminar a los pequeños bancos en beneficio de los grandes. Habría menos bancos y searán más fáciles de manejar para los bancos centrales.

A su vez, los bancos centrales ya funcionan de manera “independiente” de los gobiernos respectivos, es decir, no son tan políticos ni públicos como antes. El modelo es la Reserva Federal de Estados Unidos, un banco privado: instituciones privadas ejerciendo funciones públicas (de política económica).

En el caso de las criptomonedas, el sistema funcionaría al revés: una institución pública asumiría funciones privadas. Es otro espejismo: a muchos las CBDC les parecen más seguras que las criptomonedas de los bancos privados porque las emite un organismo público (que no tiene ánimo de lucro ni, por lo tanto, un afán de especular con la moneda digital).

Pero si, como ocurre, los fondos de garantía de depósitos cubren las cuentas de los clientes de los bancos quebrados, cualquiera que sea la cantidad, las instituciones públicas ya están sustituyendo a las privadas.

Lo que se está preguntando ahora mismo el capital financiero es: ¿las CBDC serán un factor de estabilización financiera?, ¿cómo afectarían a los futuros corralitos? Eso significa que hay algo que tienen muy claro: el actual sistema financiero internacional es insostenible y puede desatar una crisis económica sin precedentes.

En enero de este año, el Foro Económico Mundial publicó un documento titulado : “¿Pueden las monedas digitales de los bancos centrales ayudar a estabilizar los mercados financieros mundiales?” El Banco de Pagos Internacionales respondió que puede ocurrir todo lo contrario: las CBDC (y el dinero digital en general) pueden agravar las crisis bancarias, pero sólo respecto de los bancos que tengan dificultades. Ahora bien, como permiten transferir dinero de forma instantánea, los depositantes huirían de los pequeños bancos para marcharse a los fuertes.

Por lo tanto, de momento, el capital financiero sólo piensa en crisis bancarias localizadas en los pequeños bancos y juegan con la suposición de que los bancos centrales no van a dejar caer a los grandes, que se beneficiarían de la crisis de los demás, es decir, que se produciría una monopolización aún mayor del mercado financiero.

Con más razón se puede decir eso mismo de las CBDC: los depositantes de los bancos privados comprarían las CBDC de los bancos centrales a golpe de móvil, sin necesidad de guardar cola en la sucursal del banco, ni en el cajero automático.

Los corralitos serían mucho más discretos, sin gritos en las calles, pero mucho más acelerados y, por lo tanto, más graves. Bastaría que los rumores corrieran por las redes sociales para vaciar las cuentas en muy pocos segundos. Las retiradas de fondos serían más frecuentes y más masivas, llevando a los bancos privados a la quiebra.

Con los CBDC los bancos centrales van a hacer exactamente lo mismo que con el dinero fiduciario, creando más inestabilidad financiera y provocando el colapso de los bancos privados, las aseguradoras y, finalmente, las bolsas de valores.

Antes de que esa situación se produzca, quienes estén enganchados a los móviles y sus aplicaciones se encontrarán con una sorpresa desagradable: empezarán a pulsar las teclas pero no podrán recuperar su dinero. El móvil dejará de mover dinero sin esperar a que el corrallito haya aparecido. Es política preventiva. Para evitar una quiebra lo mejor es dejar a los clientes sin su dinero.

Se acabaron las crisis, las quiebras y los corralitos. No es futurología; ya ocurrió con las acciones de GameStop hace un par de años. En lo sucesivo no bastará tener cuidado con los bancos, sino también con las aplicaciones de los móviles, como Robin Hood, que funcionan muy rapido y dejan de funcionar más rápido aún.

La plataforma digital Robin Hood hizo todo lo contrario de lo que cabía esperar de una denominación así: robó el dinero a los pobres para dárselo a los ricos. No sólo los bancos funcionan así; también las empresas tecnológicas, aunque presuman de “alternativas”.

Hay que tener mucho cuidado con los “alternativos”. Forman parte de lo mismo: robar a los pobres para dárselo a los ricos, porque es la manera de paliar las crisis capitalistas.

Para paliar el hambre, Alemania quiere despenalizar el robo de comida en la basura

En Alemania, recuperar alimentos caducados de los contenedores de los supermercados tiene un nombre, “containern”, y se considera un robo, a pesar de que los alimentos hayan sido desechados -en su mayoría- por haber caducado sus fechas de consumo. Cada año se tiran en Alemania 11 millones de toneladas de alimentos.

El gobierno de Olaf Scholz estudia poner fin a esta forma de represión para paliar el hambre de una manera discreta. Un estudio empírico estadounidense realizado por Nicole Eikenberry y Chery Smith descubrió en 2005 que casi el 20 por cien de las 396 personas a las que les preguntaron por sus hábitos alimentarios ya había comido alimentos del cubo de la basura en algún momento de su vida. El motivo más común en las zonas urbanas era el hambre.

Antiguamente en España algunas de estas prácticas se calificaban como “hurto famélico” y eran delito, como su propio nombre indica.

Pero hay quien convierte la necesidad en virtud y doctrina política. Consideran la rebusca en los basureros como una forma de “luchar” contra el despilfarro alimentario. Lo llaman “freeganismo” y lo hacen pasar como un rechazo del consumismo y un boicot a la llamada sociedad de usar y tirar.

Los centros comerciales alemanes se oponen a despenalizar la rebusca que, en caso de que el contenedor esté protegido por alguna valla, se transforma en un robo con fuerza en las cosas, que está penalizado con penas graves.

El motivo de la oposición es que reduciría las ventas. Los más pobres sustituirían algunas compras por los hallazgos en los contenedores.

En todos los países capitalistas, la rebusca va en aumento, en paralelo al hambre y la pobreza. Se ha convertido en un espectáculo cotidiano ver a las personas hurgando en las papeleras, contenedores y basureros.

Sólo en Madrid hay 3.000 personas viviendo en la calle, los bancos de alimentos ofrecen comida a 170.000 personas y hay más de un millón de “pobres de solemnidad”, como se decía antes. Además, acudir a un comedor público es un acto vergonzante, mientras que la rebusca es más discreta: espera a que caiga la noche para recorrer las calles para encontrar alguna basura apetecible.

En Alemania, la penalización de la apropiación de objetos sin valor es un signo característico del capitalismo: la propiedad privada no desaparece porque el objeto no tenga precio ni valor económico alguno, ni tampoco porque haya sido abandonado. Un objeto siempre tiene que tener un propietario.

Comer basura es un delito y a medida que aumente el número de “delincuentes” aparecerán alergias y toda clase de enfermedades y epidemias que los “expertos” atribuirán a algún virus de nombre extraño.

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