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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 40 de 60)

El incidente de Xian

Con el apodo de “Sverdlov” un lector menosprecia mi artículo sobre los cambios en la política exterior rusa en el que defiendo los derechos de Rusia y Siria, algo que considera opuesto a los del proletariado y de las masas explotadas.Una única frase le sirve al lector para calificar mi artículo de “vomitivo”, de “folclorismo prorruso”, pequeñoburgués e imperialista. Su opinión no merecería mayor atención de no ser porque es típico de determinados grupúsculos empeñados en convertir al marxismo en una caricatura, típica de la moderna cultura de los videojuegos y los comics.

Uno de los rasgos diferenciadores de ese “marxismo” caricaturesco es el repudio de los asuntos nacionales como concernientes a la burguesía y, por lo tanto, ajenos al proletariado, por no decir opuestos. Ante el problema nacional, los amantes de los videojuegos hacen lo que Poncio Pilatos: se lavan las manos.

Su neutralidad es impostada: están con los opresores y su complicidad consiste en ocultar el hecho mismo de la agresión tras el velo de la equiparación entre “los unos y otros”, de que todos son iguales, todos son burgueses, todos son imperialistas, todos hacen lo mismo, se pelean ente ellos mismos, etc.

La esencia del marxismo y, por lo tanto, del proletariado, es el partidismo, y quien no es capaz de tomar partido en una batalla es porque ignora lo que está en juego en la misma. Son como ese tipo de personas reaccionarias que dicen que no son de izquierdas ni de derechas. No cabe duda: ese tipo de gente está con las fuerzas dominantes, sostienen la dominación.

A los amantes de los videojuegos les gustaría que en la lucha de clases los proletarios estuvieran en un lado y los burgueses en el contrario. Serían fácilmente identificables. En la barricada unos vestirían mono azul y otros frac y pajarita.

No obstante, muy pocas veces hemos visto algo tan esquemático a lo largo de la historia. A veces no hay dos contendientes sino tres y la capacidad de dirección de la clase obrera se demuestra precisamente porque agrupa a su alrededor a sectores sociales heterogéneos, incluida la propia burguesía.

Lo expuesto se podría decir al revés: la fuerza de la burguesía también se demuestra por su capacidad para arrastrar tras de sí a una parte, e incluso a la totalidad de la clase obrera, lo cual expone a las claras el nefasto papel que desempeñan las organizaciones que dicen encabezarla.

La opresión nacional es uno de los ejemplos típicos de esas situaciones en las que se dilucida quién dirige a quién y es un asunto muy importante porque, como decía Lenin, la época imperialista conduce a una “intensificación del yugo nacional” (1). Al dejar la opresión nacional en manos de la burguesía, los neutrales le hacen el mejor favor: le ponen al frente de la clase obrera.

Desde la caída del Telón de Acero en 1990 la “intensificación del yugo nacional” ha conducido a esas paradojas que vienen deslumbrando a muchas organizaciones. Por ejemplo, durante la guerra de los Balcanes, algunos equipararon a la OTAN con el gobierno de Belgrado, una ciudad que estaba siendo bombardeada y agredida, como hoy lo está siendo Siria. ¿Había que tomar partido por un gobierno burgués como aquel?

Sólo hacer ese tipo de preguntas es repugnante. Da la impresión de que cabe alguna duda al respecto. Sin embargo, a ciertos paladines de la clase obrera esas situaciones les sacan de su estupor simplista y su esquematismo infantil. La realidad, el mundo, se presenta en todo su esplendor abigarrado y parece que el movimiento obrero nunca hubiera tenido que hacer frente a este tipo de situaciones complejas.

Nada más lejos de la historia, y se podrían poner muchos ejemplos de lo contrario. Uno de ellos es la invasión de China por Japón en 1934, que cambió por completo las coordenadas del país y, por lo tanto, la estrategia de la Internacional Comunista y del Partido Comunista de China.

Desde 1927 los comunistas habían estado en guerra con los nacionalistas de Chiang Kai-chek, el Kuomintang, cuya línea política no cambió, a pesar del ataque japónes. Al Kuomintang le importaba más el exterminio de los comunistas que el de los imperialistas japoneses. En eso se resumía su “nacionalismo”: preferían combatir a los nacionales que a los extranjeros.

Los amantes de los videojuegos quizá entiendan aquella situación nueva como un trío: imperialistas, nacionalistas y comunistas. Quizá piensen que China tampoco tenía (ni tiene) derechos legítimos o que esos derechos eran (son) “burgueses” y que lo procedente era mantener la lucha contra la burguesía “nacionalista” y contra los imperialistas japoneses al mismo tiempo, “contra los perros grandes y los pequeños”, como decía Mao (2). Al fin y al cabo los perros no dejan de ser perros por su tamaño. ¿Se trataba de permanecer neutrales entre unos y otros perros?

La neutralidad podía haberse visto reforzada por la propia actitud del Kuomintang, que cuando el PCCh les ofreció formar un frente unido contra los imperialistas, no se dio por enterado y siguió combatiendo a los comunistas, mientras Japón se apoderaba del país palmo a palmo.

Pero a diferencia de los neutrales, los comunistas saben quién es su enemigo y a partir de la ocupación japonesa no reconocieron más que un único enemigo, por lo que la traición nacionalista no impidió que mantuvieran su propuesta de unidad que, poco a poco, fue calando entre las masas, incluidas las del Kuomintang, hasta el punto de que el 12 de diciembre de 1936 se produjo uno de esos acontecimientos paradójicos que no aparecen en los videojuegos infantiles: con ocasión de una visita de Chiang Kai-chek a las líneas del frente en Xian, le detuvieron los propios generales de su ejército, que estaban de acuerdo con la propuesta de unidad con los comunistas para hacer frente a Japón de manera conjunta.

Aquellos generales hicieron algo más paradógico aún: avisaron a los comunistas de la captura y les invitaron a cruzar las líneas del frente, por lo que Mao y Zhou En-lai se encontraron cara a cara con su mortal enemigo nacionalista Chiang Kai-chek, alguien cuya traición a China merecía la muerte sobradamente.

No fue aquello lo que ocurrió. Delante de su estado mayor Chiang Kai-chek firmó un acuerdo con los comunistas para combatir de manera coordinada al imperialismo japonés, por lo que fue liberado. Naturalmente Chiang Kai-chek no cumplió el acuerdo, como era de suponer. Entre combatir a los comunistas y combatir a los imperialistas, Chiang lo tenía tan claro que también se lo aclaró a las masas.

A diferencia de los neutrales, los chinos conocen muy bien sus derechos, sus intereses y sus necesidades, y no podían admitir la ocupación japonesa, ni asesinatos en masa, como el de Nankín, donde un año después del acuerdo de Xian, los japoneses asesinaron a 300.000 civiles chinos, una de las mayores matanzas que la historia ha conocido.

A los chinos les quedó muy claro para siempre que si querían luchar por sus derechos, incluidos sus derechos nacionales, no podían acudir a los nacionalistas sino a los comunistas, que la lucha nacional estaba indisolublemente ligada a la lucha contra el imperialismo y que sólo los comunistas eran capaces de enfrentarse a un enemigo así.

Entonces la tarea del Partido Comunista de China era la misma que la de ahora: “Desenmascarar a los seudorrevolucionarios y conquistar la hegemonía”, escribió Mao (3). Por consiguiente, lo que se debe discutir no es si Rusia y Siria tienen derechos, ni si son legítimos, algo que a mí me parece obvio, sino la mejor manera de que los comunistas asuman la dirección de la lucha por la defensa de los mismos.

Pero si alguien cree que ahí sólo hay un asunto nacional, propio de Rusia o de Siria, se equivoca. De Putin dicen que es un “nacionalista”, algo que no dijeron de Yeltsin. Pero no se trata sólo de un problema nacional. En el siglo XX las revoluciones respectivas en Rusia (1917) y China (1949) pusieron a ambos países en el centro del mundo y la liquidación del socialismo en ellos no ha cambiado esa situación porque tampoco se trata sólo de un problema de clase.

Tanto Rusia, como China, son países que han pasado del socialismo al nacionalismo y volverán otra vez al punto de partida más rápidamente que ningún otro porque las espadas siguen el alto: en ellos aún no se ha resuelto ni un problema (modo de producción) ni otro (problema nacional). Por el contrario, se han agudizado, como corresponde a la etapa imperialista en la que vivimos, de la que no deberíamos olvidar nunca que -entre otras cosas- supone una “intensificación del yugo nacional”.

(1) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, pgs.142 y 156.
(2) Mao, Sobre la táctica de lucha contra el imperialismo japonés, Obras Escogidas, tomo I, pg.171
(3) Mao, ibid, pg.170.

Los cambios en la política exterior de Rusia desde 1990

Andrei V. Kozyrev
Juan Manuel Olarieta

El ruso tiene una capacidad sorprendente para formar neologismos, algunos de los cuales son tan coyunturales como el tiempo que un ministro permanece en su cargo. Es el caso de “kozyrevtchina” una palabra que designa la etapa en la cual Andrei V. Kozyrev estuvo al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, que va de los tiempos de Chevardnadze (1990) a los de Primakov (1996).

Pero “kozyrevtchina” no sólo designa a una época de la diplomacia rusa, la primera posterior al hundimiento de la URSS, sino que también se puede traducir por el tipo de política exterior que entonces Rusia puso en práctica, caracterizada por el servilismo hacia Estados Unidos. Por utilizar una palabra más gráfica, diríamos que Kozyrev era un vendido o que vendió Rusia a intereses ajenos.

Lo que se predica de Kozyrev al frente de los asuntos exteriores de Rusia, se puede decir de otros departamentos, como la economía, en donde la propiedad socialista no sólo fue saqueada sino subastada a capitalistas que, en buena parte, eran extranjeros.

Pero el primer ministro y ministro de Economía Ygov Gaidar, a pesar de su sumisión, no tiene una palabra acuñada que lo exprese, a diferencia de Kozyrev.

Los neologismos como “kozyrevtchina” expresan, sin ninguna duda, la sorpresa ante el punto al que podía llegar el gobierno ruso en los tiempos de Yeltsin, y un asombro no menor produjo luego el viraje posterior de Putin tratando de remediar el desastre provocado por Yeltsin, Gaidar, Kozyrev y otros parecidos.

Tampoco puede extrañar, por tanto, que tras la “kozyrevtchina” la política de Putin se califique de hegemonismo o expansionismo y que se equipare a la de Estados Unidos, de la cual hay que reconocer que no ha cambiado en todo este tiempo.

Si huimos de los personalismos, de las diferencias entre Yeltsin y Putin, y si no creemos que los gobiernos “elijan” entre unas u otras políticas, y menos en asuntos exteriores, hay que preguntarse por los factores que obligaron a Rusia a cambiar y pasar del servilismo inicial a la firmeza actual.

Desde los tiempos de Gorbachov, es decir, desde la última etapa de la URSS, por no hablar de las anteriores, todo fueron concesiones, incluida la más importante de ellas, la liquidación de un Estado, a pesar de lo cual el imperialismo no cedió -en absoluto- en sus pretensiones, sino todo lo contrario.

Primero los imperialistas sentaron sus campamentos en los antiguos países del Pacto de Varsovia y luego en las antiguas repúblicas que habían pertenecido a la URSS, desde el Báltico hasta el Caspio. Fueron los años que Rostislav Ischenko calificaba recientemente como “guerra invisible”.

Al menos así lo vivieron los rusos “desde dentro”. No sólo Rusia quedó rodeada sino que el tercer escalón era el asalto a la propia Rusia. A finales de los noventa el propio aparato político del Estado tenía varios caballos de Troya en su interior: estaba copado (colonizado) por grupos de presión al servicio de Estados Unidos, incluida la diplomacia, los medios de comunicación y determinados sectores económicos.

La equiparación de Rusia con Estados Unidos o con cualquier potencia imperialista no sólo muestra la errónea comprensión de la política internacional de un país determinado, sino sobre el imperialismo, en general, del imperialismo como “etapa” de la historia.

No sólo es un error equiparar el imperialismo a la dependencia, es decir, a una de sus características, sino que el propio concepto de dependencia es erróneo por varias razones. En primer lugar, porque no se pueden poner a los países dependientes a un lado y los independientes al otro. En el segundo, porque la dependencia es un concepto amplio en el que influyen varios factores, entre ellos el económico.

Lo que caracteriza al imperialismo, decía Lenin hace cien años, es que el capital financiero es una fuerza tan considerable que subordina incluso “a los Estados que gozan de la independencia política más completa”. Entre las grandes potencias y los países coloniales existen toda clase de situaciones intermedias y de formas diversas de dependencia, poniendo Lenin el ejemplo de Argentina (1).

Lenin advirtió sobre la posibilidad de que el imperialismo se convirtiera en una trivialidad vacía de contenido, el tipo que concepciones simplistas que van ligadas a la pobreza y al “Tercer Mundo” en general. Las anexiones, los repartos del mundo, decía Lenin, no son sólo territoriales, geográficos o geoestratégicos, sino “económicos”. Por mi parte, añadiría que a medida que el imperialismo ya tiene al mundo repartido desde hace años, los nuevos repartos tienen cada vez más un significado económico, como Lenin apuntó sagazmente: “Lo característico del imperialismo es precisamente la tendencia a la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino incluso de las más industriales” (2).

El rasgo fundamental por el que Lenin diferencia al imperialismo moderno de otras formas históricas anteriores que se parecen a él son las contradicciones interimperialistas, en las cuales no puede haber equilibrio ni equiparación económica, militar o política. Cuando tal equilibrio existe, es sólo una fase que dará lugar al desequilibrio y, en última instancia, a la guerra.

Es la ley del desarrollo desigual, según la cual el capitalismo crece más rápidamente precisamente “en las colonias”, dice Lenin, entre las cuales aparecen “nuevas potencias imperialistas” de tal manera que en el reparto del botín una parte considerable del mismo “va a parar a países que no siempre ocupan el primer lugar desde el punto de vista del ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas” (3).

Para entender el imperialismo en los últimos años no hay más que mirar un mapa de 1990 para compararlo con otro dibujado 25 años después en regiones como el Báltico, el Cáucaso o Asia central. Un poco de geografía basta para darse cuenta de que en 1990 Rusia perdió tres cuartas parte del territorio y la mitad de la población.

Podemos hacer las comparaciones que se quieran. Por ejemplo, en 1990 Rusia se había reducido incluso respecto a 1725, el año en el murió Pedro el Grande. Con el desmembramiento de la URSS 25 millones de rusos quedaron viviendo fuera de las fronteras de Rusia.

En 1990 Rusia perdió a sus viejos aliados en Europa central y oriental. A partir de entonces aquellos países son una cuña que Estados Unidos tiene introducida entre Europa y Rusia, como se ha comprobado en la reciente crisis de los refugiados.

Pero lo que se le venía encima en un futuro inmediato a Rusia era (es) aún peor. Por si en Moscú aún tenían dudas, la OTAN se lo dejó bien claro durante la guerra de los Balcanes: el futuro de Rusia era el mismo que el de Yugoeslavia, es decir, ninguno.

No obstante, a pesar de las numerosas evidencias, algunos dudan sobre si Rusia está siendo sujeto u objeto de un nuevo reparto del mundo, es decir, si Rusia pretende anexionarse algo o son otros los que pretenden anexionarse a Rusia.

Rusia es hoy el bocado de los imperialistas. Su singular posición en el mundo es lo que la convierte en una especie de paladín de otros países que están en un posición idéntica, como Siria sin ir más lejos. En Siria el ejército ruso no está actuando de manera desinteresada, sino todo lo contrario: está defendiendo sus propios intereses.

Ahora bien, esos intereses coinciden con los de Siria y con los de muchos otros pueblos del mundo y lo que es más importante: esos intereses son plenamente legítimos, tanto por parte de Rusia como de Siria, por lo que no cabe ninguna clase de neutralidad entre los agresores y los agredidos.

Por último, hay que decir que lo de Putin no tiene mérito ninguno, que no ha tenido ninguna clase de opciones, salvo la de adoptar el camino actual de enfrentamiento sin concesiones a los planes de Estados Unidos porque el anterior, la “kozyrevtchina”, conducía a Rusia a convertirse en otro Afganistán, otro Libia, otro Siria, otra Ucrania u otro Estado paria cualquiera envuelto en guerras interminables, necesitado de un protectorado internacional, de la “ayuda exterior” de las ONG y de la presencia de “cascos azules” u otros ejércitos de ocupación.

(1) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.748 y 751.
(2) Lenin, El imperialismo, cit., pg.756.
(3) Lenin, El imperialismo, cit., pg.761.

La ley del embudo en Euskal Herria

El señor Gil de San Vicente es un conocido y reconocido demagogo cuya abigarrada escritura es un reciclado de distintos tipos de basuras intelectuales, entre las que prevalece un trotskismo sazonado por encima con virutas vasquistas. La presentación de su última escoria, “El problema español y el nacionalismo del Partido Comunista de España” (*) provoca muchas pésimas sensaciones, la mejor de las cuales es repugnancia.

Es natural que alguien así se haya propuesto “dar la vuelta a la historia del problema español” cuando lo que en realidad hace es dar la vuelta a la historia; y punto. Manipularla, falsificarla, retorcerla, desfigurarla… Inventarse la historia e inventarse historias son típicos tanto del trotskismo como del nacionalismo, del vasco y del español.

Sólo el lenguaje (“el problema español”) ya denota el origen de clase de tales bodrios. Es la terminología de la intelectualidad burguesa que cavila sobre la “España invertebrada”, sobre “España como problema”, sobre el “ser de España” y su “esencia imperecedera”. Toda esta diarrea intelectual sólo demuestra una cosa: que lo mismo que todos los burgueses, Gil no sabe lo que es España.

En el caso de Gil es posible que el problema se haya originado en su cuna pero, en cualquier caso, le conduce a una contradicción: la chabacanería vasquista, de la que él es un buen ejemplo, se lamenta de que los españoles les digan lo que tienen que ser, pero al revés la cosa no funciona, y algunos vascos se han atribuido la tarea de decirles a los españoles lo que han sido, lo que son, lo que deben ser, lo que tienen que ser, lo que pueden y lo que no pueden.

Este tipo de escritos proliferan porque la burguesía de un pueblo expoliado de sus derechos, como el vasco, acumula mucho resentimiento desde hace años y tiene ganas de revancha. Quiere hacer con “los españoles” lo mismo que han hecho con ellos, pagarles con su propia moneda. Por ejemplo, los vascos pueden ser nacionalistas, pero los españoles no.

No seré yo quien niegue que esa discriminación tiene un cierto fundamento porque ambos nacionalismos (el vasco y el español) no se pueden poner en el mismo plano, ya que responden a situaciones políticas opuestas. Como siempre que ocurren ese tipo de simplificaciones (“todos son iguales”) hay que dejar bien claro que uno (el nacionalismo vasco) es reactivo frente al otro (el nacionalismo español), que es dominante sobre él, le oprime y le mantiene en una situación de subordinación.

Eso es cierto. Ahora bien, requiere una explicación que Gil no expone, lo cual conduce -por más que con su verborrea disimule cuanto pueda- a una verdadera ley del embudo según la cual los españoles tienen que pasar de ser imperialistas, de tenerlo todo, a no tener nada.

Eso es intolerable y, por mi parte, no estoy dispuesto a admitir ni la más leve insinuación en tal sentido. A los grupúsculos liliputienses y a sus compinches, como Gil, estoy dispuesto a tolerarles su bazofia trotskista, su anticomunismo, su manipulación de la historia, sus fraudes, su patrioterismo chabacano y muchas cosas más, excepto que con sus porquerías pretendan enfrentar a vascos y españoles, y divulgar que la conquista de los derechos de unos supone una pérdida para los otros.

Lo digo por un motivo bien sencillo de entender: se llama internacionalismo de verdad, que nada tiene que ver con las elucubraciones de Gil. Creo que no hará falta reiterar que el internacionalismo es lo contrario del nacionalismo, de cualquier clase de nacionalismo, y que conduce a dejar bien claro lo siguiente:

Primero: somos realmente los internacionalistas (y no los nacionalistas) los únicos que defendemos de una manera consecuente la lucha contra la opresión nacional, entre otras cosas porque no sólo defendemos la de una de ellas, sino las de todas

Segundo: la lucha contra la opresión nacional se dirige contra un Estado, no contra ninguna otra nación, ni pueblo

Tercero: el pueblo español está interesado en lo mismo que los pueblos oprimidos; por lo tanto, no pierde absolutamente nada, sino al contrario, gana, con cuantos derechos conquisten las nacionalidades oprimidas

En todas sus variantes, la burguesía de las nacionalidades oprimidas (la vasca, la catalana, la gallega) no tiene claro ninguno de esos principios elementales que derivan del internacionalismo. Es más: se oponen a ellos. Creen que han patentado la lucha contra la opresión nacional en el Registro correspondiente de la Propiedad Intelectual.

No se trata de un problema ideológico, de dos teorías o puntos de vista diferentes, el nacionalismo y el internacionalismo. Se trata de algo mucho peor: ninguna de las burguesías nacionalistas logrará nunca sus objetivos porque no saben cuál es el origen de su problema, contra quién están luchando. Les duele algo, se lamentan, lloran pero no saben por qué. En consecuencia, tampoco pueden saber cómo remediarlo y de ahí sus peligrosas divagaciones.

En su insondable mediocridad, que denota su marchamo clasista, imaginan que la causa de sus problemas son “los españoles” y quizá todos partidos “españoles” como el PCE u otros que son “españolistas”, como les gusta decir. Quizá sea cosa de diglosia, del idioma español, que se impone al vernáculo y le oprime. O quizá de la cultura española, que solapa a la vasca y no permite que se desarrolle.

El texto de Gil es buena muestra del seguidismo que el patrioterismo vasco hace del patrioterismo español en todos y cada uno de sus pequeños y grandes complejos: el idioma español no es sólo el idioma de España, ni es patrimonio de los españoles.

Cualquiera es capaz de entender que el aprendizaje de otro idioma no va, per se, en detrimento del materno y que una cultura, per se, nunca puede obstaculizar a otra. No se conocen casos así. La opresión nacional no es un problema cultural, y mucho menos es un problema de cualquier tipo de cultura, sino en todo caso de un determinado tipo de cultura que, como cualquier ideología, expresa y sirve a un tipo muy determinado de clase social, de política y de Estado.

Donde hay un oprimido tiene que haber un opresor, y si los primeros quieren liberarse de los segundos deben identificarle exactamente porque de lo contrario inventarán fantasmas, molinos de viento que ocultan a los verdaderos opresores contra quienes deben combatir.

Los diversos grupos patrioteros que forman parte de la burguesía liliputiense prefieren buscarse enemigos ficticios, de cartón, antes que enfrentarse con quien realmente tiene la sartén por el mango, que es España, la única España realmente existente, un Estado con una determinada naturaleza de clase.Las consecuencias son obvias: frente a un enemigo de cartón, coaliciones de cartón, como Iniciativa Internacionalista, y formas de lucha acartonadas, como las electorales.

Con tanto cartón, más que a una batalla política, los liliputienses nos llevan a las fallas. Ya sólo nos queda prenderle fuego a los “ninots” y hasta el año que viene, hasta las siguientes fiestas, o hasta las siguientes elecciones.

(*) https://www.boltxe.eus/2015/12/04/el-problema-espaol-y-el-nacionalismo-del-partido-comunista-de-espaa/#Prlogo-al-libro-El-nacionalismo-imperialista-del-Partido-Comunista-de-Espaa-Crtica-de-una-historia-de-dominacin

Religión y dominación política

Juan Manuel Olarieta

Nadie se ve a sí mismo como le ven los otros; ni siquiera se llama igual. Nos llamamos como nos llaman los demás. Los musulmanes suelen llamar “cruzados” a los cristianos, como los cristianos llamaron “mahometanos” a los musulmanes.

El punto de vista está condicionado -entre otros factores- por la experiencia histórica, escribió Marx en una frase conocida: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (1).

Esa “pesadilla” que oprime nuestras cabezas no es la misma en el norte de Europa, que en países, como España, porque la experiencia histórica es diferente: aquí acabaron dominando los que sometieron a los musulmanes en 1492, cuya presencia de ocho siglos calificaron como “ocupación”.

Sin embargo, en la Europa cristiana las Cruzadas no se consideran como “ocupaciones”, ni tampoco como expediciones militares. No fueron impulsadas por intereses comerciales ni estratégicos. Se trataba de proteger los Santos Lugares.

Hasta el siglo XVI, la visión que tenían en el norte de Europa de los musulmanes era exótica, repleta de lugares, como la misma Al-Andalus, que habían sido el paraíso perdido, una Edad de Oro de la humanidad.

La caída de Constantinopla en poder de los ‘turcos’

Ese punto de vista cambió en 1453 con la caída de Constantinopla en poder de los “turcos”. Los cristianos del norte de Europa empezaron a tener la misma visión que los del sur: los “turcos” son un peligro.

En aquella época los “turcos”, como hoy los “moros”, era otra denominación errónea con la que se referían a todos aquellos pueblos de religión musulmana. En el siglo XVI el Imperio Otomano también impulsó, lo mismo que hoy, la “piratería” en el norte de África, una especie de Daesh de aquellos tiempos, una amalgama donde se confundían turcos, con moros y con bereberes.

Las expediciones militares de los “cruzados” habían cambiado de signo; ahora estaban a la defensiva. Los expansionistas eran los “turcos” y si hasta el siglo XVI España había sido el baluarte de la cristiandad frente a ellos, a partir de entonces el Imperio Austro-Húngaro pasaría a desempeñar ese papel. ¿Caería Viena en poder de los “turcos” como había caído Constantinopla?

Para impedirlo, en 1571 España derrotó a los “turcos” en la Batalla de Lepanto y se atribuyó la victoria en exclusiva, pero ni los españoles tenían la patente de la cristiandad, ni los “turcos” la tenían del islam.

Los ‘perros sin fe’ de Cervantes

Cervantes estuvo luchando en aquella cruzada contra los “turcos” y luego cayó preso de los piratas “berberiscos” (bereberes), que le esclavizaron en Argel, a pesar de lo cual en su obra de teatro “Los baños de Argel” incluyó un poema recitado por un esclavo cristiano que dice lo siguiente de sus amos musulmanes:

Y aun otra cosa, si adviertes,
que es de más admiración,
y es que estos perros sin fe
nos dejen, como se ve,
guardar nuestra religión.

Esa admiración de Cervantes por los “perros sin fe” que le esclavizaron es absolutamente inusual, sobre todo en una España que es el santuario de los “matamoros”. La imagen que nos transmite de los musulmanes tiene poco que ver con la yihad y las guerras de religión.

Los cristianos españoles obligaron a los islamistas a cambiar de religión, por las buenas o por las malas. Los moros se convirtieron en moriscos. Pero los “turcos” no procedieron así, ni siquiera con sus esclavos. En algunas obras de Cervantes parece que la ideología actual está vendiendo humo: los tolerantes eran ellos y los fanáticos nosotros.

‘Mahoma o el fanatismo’ de Voltaire

La obra de Cervantes no fue el principio sino el final de un punto de vista sobre el mundo musulmán. El vuelco no puede ser consecuencia del islam, que seguía siendo el mismo antes y después del siglo XVI. Lo que hizo cambiar la percepción europea sobre esa religión fue un acontecimiento político-militar: la caída de Constantinopla. A partir de entonces el islam se convirtió en un tipo muy especial de enemigo de los cristianos que cambiaba según acontecimientos que fueron siempre político-militares, como la posición de la religión en el Estado, lo cual quedó aún más claro tras la paz de Westfalia, firmada en 1648.

Por ejemplo, en Francia las corrientes cristianas minoritarias (protestantes) se hicieron “proturcas” para combatir al catolicismo dominante. Un deísta como Voltaire es un ejemplo de ello, por más que el deísmo no se pueda considerar exactamente como una religión. El caso es que era aún más minoritario que cualquier otra religión.

Un siglo después de la paz de Westfalia, Voltaire escribió un drama, “Mahoma o el fanatismo”, en el que -aparentemente- lanza un duro ataque contra el islam y contra Mahoma en particular. Da la impresión de que Voltaire se sumaba a la corriente dominante, lo cual es bastante extraño conociendo a Voltaire, que tenía muy claro quiénes eran sus enemigos, es decir, quiénes dominaban en Francia.

Cuando el drama se estrenó en Lille sólo tuvo tres representaciones porque la censura también se dio cuenta inmediatamente contra quién dispara Voltaire: tras la aparente satanización de Mahoma se escondía una crítica feroz a la Iglesia católica.

Naturalmente que, en general, en el drama subyace una crítica a determinados rasgos característicos que son comunes en todas las religiones, en tanto que las mismas son o bien dominadas, o bien instrumentos de dominación.

Pero la crítica de Voltaire no es contra la religión, contra todas las religiones, en el sentido en que la exponen hoy de manera corriente cierto tipo de laicistas, agnósticos y ateos.

No nos dejemos confundir una vez más: lo que Voltaire ataca no es la religión sino la dominación. Su Mahoma es como “El Príncipe” de Maquiavelo, un prototipo de político ambicioso. Es algo corriente en las teocracias, en los califatos (islámicos o cristianos), en el Vaticano y en el Reino Unido, donde los Jefes del Estado (Bergoglio o la reina Isabel II) son, al mismo tiempo, dirigentes espirituales.

‘La cuestión judía’ de Marx

El escrito de Marx para la revista Anales Franco-Alemanes titulado “La cuestión judía” es más de lo mismo y tiene poco que ver con el judaísmo. Lo que Marx discute es una religión dominada, el judaísmo, en un Estado en el que prevalecía el protestantismo, y su planteamiento no puede ser más claro: es un problema político que sólo se puede resolver políticamente porque no concierne a un conjunto de ideas sino al Estado, a un tipo determinado de Estado:

“La emancipación política del judío, del cristiano y del hombre religioso en general es la emancipación del Estado del judaísmo, del cristianismo y de la religión en general”, afirma Marx (2).

Lo mismo podríamos decir hoy de quienes hablan de la radicalización de los islamistas en Europa, pero callan la radicalización de los Estados europeos. Hablan de prevenir aquella radicalización, a costa de radicalizar aún más a estos Estados, de reforzar su dominación política, de someter a las masas oprimidas y, en definitiva, de impulsar la fascistización, el racismo, la xenofobia, el miedo y el fanatismo.

(1) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.11.
(2) Marx, La cuestión judía, en Los Anales Franco-Alemanes, Barcelona, 1970, pgs.230 y stes.

El secuestro de las palabras

Cualquier materialista sabe que las ideas (y las palabras que las acompañan) no circulan por sí mismas. Algo y alguien las impulsa, y se trata de averiguarlo, sobre todo cuando las ideas y las palabras empiezan a proliferar por todos los circuitos intelectuales de la noche a la mañana.

Pero no es suficiente con que una teoría se extienda por los estrechos círculos universitarios o académicos. Para la burguesía nada que no llegue a las masas tiene sentido político hoy. A su vez, para que la ideología y el lenguaje burgueses penetren en las masas no es suficiente con que un pequeño grupo de intelectuales y estudiosos asimile como suyos, autóctonos, los conceptos ideológicos del imperialismo fabricados en las universidades de Estados Unidos. Necesitan bisagras: ese es el papel que desempeña la constelación de grupos y colectivos pequeño burgueses radicalizados.

En todo el mundo, esos colectivos “de izquierdas” no son el destinatario final de la ideología burguesa moderna; sólo sirven de puente para que la burguesía llegue hasta el proletariado. Es una traslación ideológica de una clase a otra que requiere dos operaciones simultáneas.

En primer lugar, esos grupos tienen que aparentar una cierta proximidad al proletariado mostrando su oposición a la burguesía. La pequeña burguesía desempeña a la perfección ese papel intermediario, sobre todo cuando desencadena su verborrea radical, que es capaz de ir mucho más allá del movimiento obrero. Ellos (y no las organizaciones de la clase obrera) son los revolucionarios auténticos. A eso responde su búsqueda de otros “sujetos históricos” y de otros asuntos, ajenos a la clase obrera, en torno a los cuales hay exhaustivas enciclopedias y teorías escritas.

Uno de los ejemplos de ese tipo es la “crítica” del papel del PCE en la guerra civil española, que no fue suficientemente revolucionario. Para ellos el PCE debió hacer lo mismo que los fascistas: combatir a la República. Entonces obra la magia: la burguesía convierte a la revolución, y al partido que la dirige, en contrarrevolucionaria.

Pero también puede obrar el milagro contrario, convirtiendo a una contrarrevolución en una revolución. Es el caso reciente de la Primavera Árabe, a la que califican como una “revolución” porque en cuanto la gente se agolpa en las calles, los ojos se les escapan de las órbitas. La simple presencia de una multitud en la calle protestando es, para ellos, el no va más de la revolución.

Como consecuencia de ello, se produce la confusión: el enemigo habla como nosotros y de esa manera parece que ya no es tan inamistoso. La burguesía es capaz de secuestrar el lenguaje ajeno y travestirse con cualquier indumentaria. Puede aparentar cualquier cosa, parecer cualquier otra clase social.

No obstante, además del secuestro, es imprescindible la sustitución del lenguaje, tras el cual hay una suplantación conceptual. La pequeña burguesía usa palabras que parecen decir lo mismo que queremos decir nosotros. Un ejemplo es la palabra “activista”, que sustituye a “militante”. Es un término que procede de la sociología estadounidense de pacotilla y que la pequeña burguesía asimila a través del lenguaje policiaco de las dictaduras militares de Chile y Argentina.

Aunque la consecuencia es siempre la misma, la suplantación y el truque, obedecen a muchos factores inconfesados. Por ejemplo, a la aceptación implícita de que el lenguaje comunista es arcaico, o caduco, o excesivamente directo, y por dicho motivo, suscita rechazo entre ciertos sectores sociales exquisitos. La intelectualidad burguesa es pedante, alardea de sutileza, quiere algo más florido, para lo cual recurre a un lenguaje indirecto.

A veces el origen de las palabras muestra el origen geográfico del pensamiento. La palabra “empoderamiento” (empowerment), por ejemplo, procede de la ideología imperialista que difunden las universidades anglosajonas. Es lo que dijo Albert Rivera de los andaluces en plena campaña electoral: “no les des pescado, enséñales a pescar”. Es el paternalismo de que hacen gala los superiores con aquellos que consideran inferiores. Pero Albert Rivera no sabe ni coger una caña de pescar, ni se ha paseado nunca por la bahía de Cádiz, donde cualquiera le podría darle lecciones.

La pequeña burguesía piensa como Rivera. Incluso han creado una plataforma de peticiones para el empoderamiento ciudadano que tiene una página propia en internet (http://www.exodo.org/) para enseñarnos a valernos por nosotros mismos, porque nos consideran así: menores de edad. Los mismos que llaman a la lucha contra el patriarcado son así de paternalistas.

El empoderamiento se ha convertido en la consigna de moda de las ONG de ayuda al desarrollo del Tercer Mundo: la tarea de los ricos es empoderar a los pobres. Hay que darles la tierra a los indígenas, enseñarles a trabajarla, a buscar agua para regarla, pero si nos piden armas para defenderla, nos meten en un compromiso muy serio.

El verbo “empoderar” ya existía en castellano como variante de “apoderar”. El apoderado es un gestor que actúa en nombre y en interés de otro. Sigue sus instrucciones y defiende sus intereses. El dueño otorga poderes al capataz. El listo enseña al tonto. Es un regalo, aunque está envenenado: quien concede poderes también los puede quitar.

Se pueden poner infinidad de ejemplos parecidos, como la palabra “referente”, con el quieren suplantar al término obsoleto de “vanguardia”, estrechamente relacionado con otro, que es el de “visibilidad”. Es una concepción reformista y legalista del trabajo político revolucionario, del cual queda automáticamente excluido su contrario, la invisibilidad, es decir, el trabajo clandestino, que impide a una organización convertirse en “referente”.

Es algo sociológicamente curioso porque la “visibilidad” de los partidos comunistas es algo bien reciente y la mayor parte de ellos crecieron y se desarrollaron en condiciones de clandestinidad. Precisamente ahora, cuando dormitan en la legalidad y el pacifismo, los partidos comunistas son más “invisibles”.

En la actualidad no son necesarias grandes argumentaciones ideológicas y políticas para descubrir la verdadera naturaleza de clase de las organizaciones que se llaman comunistas. Basta hacer un recuento del vocabulario cutre que utilizan: precariado, sostenibilidad, transversalidad, contrainformación, lucha de líneas, masa crítica, decrecimiento, resiliencia

Pongo como ejemplo el siguiente extracto de una organización comunista española, que en un texto dice lo siguiente: “Sin algo así como una conciencia en sí no puede darse un tránsito a una conciencia para sí […] pero es más difícil imaginarse algo así como una falta de la misma conciencia en sí que abre esta posibilidad”.

Es posible que alguien trate de entender lo que eso significa. Desde luego que deberá tener estudios cualificados de metafísica en alguna universidad alemana. Yo simplemente estoy convencido de que es una gilipollez propia de alguien que dentro de poco empezará a hablar también de “finiquitos en diferido”.

Samir Amin ha quedado fuera de juego

Tras el Mayo del 68 en París, el economista egipcio Samir Amin estuvo de moda en los medios universitarios por sus teorías sobre el subdesarrollo, el Tercer Mundo y las economías llamadas “periféricas”.

Recientemente ha publicado un artículo sobre el imperialismo contemporáneo (*) que reincide en los tópicos favoritos de una corriente de economistas cercana a ese marxismo que circula en los medios académicos.

Aparentemente Amin pretende un sincretismo “marxista” en el que mezcla a Lenin con Stalin, Trotski y Bujarin, o a Mao con Chou En-lai y Den Xiao-ping. En el fondo, tras un tercermundismo imposible, lo que prevalecen son las viejas tesis de Kautski en la socialdemocracia alemana.

Hay que agradecer a Amin su voluntad deliberadamente revisionista, es decir, de modificar el marxismo, aunque en él es una prevención frente a posibles críticas, ya que nunca declara qué concepciones han quedado obsoletas y, además, se preocupa por defender sus propias tesis con invocaciones a Lenin que, más bien, son retóricas.

Por lo tanto, como tantos otros, Amin pretende hacer pasar sus propias concepciones sobre el imperialismo como si fueran leninistas, cuando son antileninistas.

Quien haya leído a Lenin sabe que el imperialismo es, más que nada, un etapa histórica que, como cualquier otra, está acotada en el tiempo. El imperialismo es el capitalismo mismo en su última etapa.

Por el contrario, para Amin la etapa premonopolista del siglo XIX también fue imperialista, por lo que confunde el imperialismo con el colonialismo. “El capitalismo histórico, dice, ha sido siempre imperialista”.

Pero luego para Amin el capitalismo tampoco conoce límites históricos. Toda la historia de la humanidad es capitalista, nada menos que “desde el año 1.000 en China”.

Ese tipo de concepciones no sólo derivan de que Amin no entiende el imperialismo como los marxistas, sino que ni siquiera entiende el capitalismo de la misma manera, lo cual es evidente en concepciones suyas que son típicamente proudhonianas, como la siguiente: “La violencia política internacional ocupa el lugar de la competencia económica”.

Como tantos otros tercermundistas, Amin reduce el imperialismo a una única contradicción (norte-sur, centro-periferia) en la que prevalece el saqueo y la violencia. El desarrollo del imperialismo, así entendido, reproduce esa dualidad, que se ensancha progresivamente como si fuera una maldición. Es una tesis lineal característica: los países del centro lo serán siempre, cada vez más poderosos, a costa de la miseria de los periféricos.

Un buen universitario, como Amin, debe poner de manifiesto su originalidad con la invención de neologismos y nuevos términos para vestir esas viejas teorías que parecen agotadas hace tiempo. En el caso de Amin esas teorías se llaman “capitalismo monopolista generalizado”, “superclase dominante emergente”, sistema de producción disperso o “globalizado”, etc.

Lo que Amin pretende es sostener algo parecido a lo que Kautski y Bujarin sostuvieron hace un siglo: que existe un “imperialismo colectivo” ahora representado por la triada (o troika) que forman Estados Unidos, Japón y Europa, que ese colectivo ha tomado “el lugar de los imperialismos nacionales históricos” y lleva a cabo una “gestión conjunta del mundo”.

Es la vieja teoría del ultraimperialismo, aunque Amin no cree que el centro tenga éxito en su “gestión conjunta del mundo” que, por el contrario, marcha hacia el desorden y el desequilibrio.

En fin, los nuevos conceptos y teorías de Amin no son tales. En su seno se ocultan las gastadas corrientes de la socialdemocracia. Amin quiere romper con las “limitaciones” del leninismo para dar un paso hacia atrás. No sólo está fuera de juego sino que se ha quedado anticuado antes de empezar. Sus explicaciones no sólo no explican los nuevos fenómenos, sino tampoco los antiguos.

(*) http://socialismo21.net/elimperialismo-contemporaneo-segun-samir-amin/

Lo que quiere Catalunya, ¿es una independencia de papel?

Juan Manuel Olarieta

El martes la CUP y Junts pel Sí llevaron al Parlament de Catalunya un escrito anunciando un “proceso constituyente”, al que califican como “no subordinado”, para crear un Estado catalán independiente.

Ese proceso que el escrito llama de “desconexión” parece versallesco, ficticio, como todo lo que llega envuelto en un lenguaje jurídico. La independencia no comienza con papeles, ni haciendo declaraciones solemnes, ni recogiendo firmas, ni tampoco votos.

Pero es muy posible que sea yo quien esté equivocado. En tal caso, haré otro brindis al sol. Iré a algún ayuntamiento, parlamento autonómico o delegación de gobierno y presentaré mis propios escritos anunciando el inicio de un proceso socialista, aboliendo la propiedad privada por decreto e iniciando el primer plan quinquenal.

No digo que ese tipo de simulacros no sirvan para nada, sino que tienen un defecto importante: no van acompañados de otros actos verdaderos y auténticos que demuestren una determinación real de alcanzar la independencia.

Los independentistas catalanes siguen en el limbo de los gestos y, de momento, no van a ir más allá.

No es algo exclusivo de Catalunya. Cada vez se oye hablar más de “proceso constituyente” por todas partes, pero creo que los que hablan así no saben lo que dicen. Me suena a esos que hablan de autogestión, a los que crean toda clase de cooperativas, a quienes okupan pueblos abandonados para crear su propio Nirvana… dentro del pozo séptico capitalista y fascista, y haciendo como que por encima hay un vacío, o como dice la declaración parlamentaria “desconectado” y “no subordinado”.

En su discurso inaugural la nueva Presidenta del Parlament, Carme Forcadell, dio por concluida la “etapa autonómica”, lo cual es obvio, no sólo respecto a la autonomía sino a todo el entramado institucional del Estado fascista creado en 1939.

Dicha etapa no se ha agotado ahora sino hace ya bastante tiempo. Pero lo que no ha concluido es el Estado y muy pronto se lo va a demostrar a los amantes de los aspavientos, lo cual confirma -por enésima vez- algo que también es obvio: los independentistas no saben con quién se juegan los cuartos, no saben quién es su enemigo y hasta qué punto está dispuesto a llegar para mantener la sacrosanta “unidad nacional”.

La verdadera naturaleza política de este Estado se está poniendo de manifiesto una vez más y para ello ha bastado un gesto infantil, ante el cual está reaccionando de la manera acostumbrada, como si en lugar de tener enfrente al Estado catalán de papel tuviera al Estado Islámico.

Francamente, los independentistas no saben lo que les espera. Se van a enterar de cómo los fascistas entienden la “subordinación” y, sobre todo, la insubordinación, que es un delito militar propio de la tropa de a pie.

La CUP y Junts pel Sí advierten ingenuamente que “no se supeditarán a las decisiones de las instituciones del Estado español, en particular del Tribunal Constitucional”. Esta mención a un órgano seudo-judicial les pone en simetría con Rajoy y las cloacas de Madrid, que se llenan la boca apelando a las leyes y, sobre todo, a la Constitución y a sus muchos artículos.

A ver si en Catalunya se enteran y entienden lo que significa esa “desobediencia” a la que apelan y que se contradice de plano con su loable deseo de iniciar negociaciones con alguien que les ha dicho por activa y por pasiva que no está dispuesto a negociar en absoluto.

A lo largo de sus 75 años de historia, el Estado fascista español ha demostrado una y mil veces que no negocia nada jamás… excepto que haya fuerzas (militares, diplomáticas, económicas, sociales o políticas) que le fuercen a ello. Entonces lo hará a regañadientes.

El que quiera negociar debe aglutinar esas fuerzas pero, mientras tanto, el Estado aglutinará las suyas para aplastarlas a sangre y fuego. Por eso los independentistas catalanes se equivocan de plano si lo que esperan de Madrid son leyes y sentencias.

Por si acaso me equivoco y desde Madrid les llueven leyes y sentencias en lugar de misiles, espero que su llamamiento a la desobediencia sea verdad y lo demuestren empezando por el principio: por desobedecer.

Esos pueblos que oprimen a otros pueblos…

Tras la Segunda Guerra Mundial la ola descolonizadora dio lugar al nacimiento de la India que, más que un país, es todo un continente, un mosaico de castas, naciones y religiones, unas dentro de otras.

La dilatada lucha contra el colonialismo británico se prolongó tras la independencia, en cierta manera, convirtiendo a la India en uno de los motores del bloque de países no alineados que siempre mantuvo buenas relaciones con la URSS.

Pero la India también es una buena prueba de las carencias del nacionalismo burgués. Con la independencia la burguesía india no solucionó nada; cambió el problema de sitio.

Del seno de la India surgieron otros movimientos tan nacionalistas como el indio y opuestos a él. Por ejemplo, poco después de que la India lograra su independencia surgió Pakistán que, a su vez, logró su independencia.

No hay más que recordar las guerras de Cachemira para comprender que la independencia de la India no solucionó el problema nacional y la de Pakistán tampoco. Ambos países, poseedores de bombas atómicas, son enemigos mortales. El odio feroz de Pakistán hacia la India lo llaman el “síndrome bengalí”, que ha causado un millón de muertos y diez millones de desplazados.

Aunque tiene un nombre sicopatológico, dicho síndrome no tiene un origen neuronal sino político: lo nutrió el imperialismo británico. No es posible entender ningún movimiento nacional sin poner al descubierto las políticas de los imperialistas.

Pakistán es uno de esos países sin identidad propia. Busca en la religión algo que por sí mismo no tiene. Lo mismo que India, es otro mosaico de pueblos enfrentados al gobierno central de Islamabad a sangre y fuego. En 1971 ya perdió un pedazo al aparecer “Pakistan oriental” (Bangla Desh) y puede perder otros, como Baluchistán, donde hay un importante movimiento guerrillero.

Por reacción frente a la India, el gobierno de Islamabad se ha alineado históricamente siempre con los sectores más negros del imperialismo. No es casualidad que, lo mismo que en Oriente Medio, la reacción pakistaní se haya vestido con las ropas del peor islamismo. No tiene otras… salvo el ejército, la verdadera columna vertebral del Estado.

Desde la década de los setenta del pasado siglo, el ejército pakistaní emprende una profunda campaña de islamización del país para acabar con los movimientos independentistas locales y crear una unidad nacional ficticia.

Como en cualquier otra parte del mundo, en Pakistán los movimientos nacionales son una forma que tienen los imperialistas para repartirse el mundo y, como cualquier otro botín, los bocados siempre pueden ser más pequeños cada vez. Así se demostró en los Balcanes hace veinte años y se sigue demostrando hoy en Kurdistán.

La burguesía local esconde ese aspecto de la lucha nacional porque la independencia es la parte del botín que le corresponde a ella.

Pero bajo un internacionalismo de pacotilla otros también esconden que las naciones tienen un derecho legítimo a decidir su propio futuro y a independizarse.

En la opresión nacional hay dos aspectos fundamentales sin los cuales no es posible entender ni siquiera lo más elemental de la misma en la época imperialista en la que vivimos actualmente. El primero es que la lucha nacional no es más que la forma que adopta la lucha internacional en un punto geográfico determinado. El segundo es que la opresión nacional no es el problema de uno (el oprimido) sino el de dos (el oprimido y el opresor).

Un diputado americano de las Cortes de Cádiz, Dionisio Inca Yupanqui lo resumió así en 1810: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Se lo decía a aquellos diputados españoles que tanto hablaban de libertad y de lucha contra la opresión, en nombre de las nuevas naciones americanas que querían su independencia.

En aquel momento España luchaba por la suya contra Francia. Quería su independencia pero no admitía la de las colonias americanas, que en algunos casos (Filipinas, Cuba, Puerto Rico) se demoró casi un siglo entero.

Como el problema nacional es internacional su única solución es también internacional y, por lo tanto, internacionalista, es decir, es una tarea que corresponde a la única clase social que tiene una dimensión internacional: la clase obrera.

Un pintoresco debate sobre la lucha armada en Francia

Juan Manuel Olarieta

En Francia la lucha armada es algo cotidiano, más de lo que cabría esperar si uno es capaz de ir más allá de las noticias que se publican y lee también las que se esconden debajo del felpudo. Por ejemplo, una entrada de la Wikipedia francesa dice (*) que los disturbios callejeros en Francia son corrientes desde comienzos de los años setenta.

Casi cada día los autónomos queman los cajeros automáticos de los bancos de manera metódica. “Desde 1995 la quema de vehículos se ha convertido en una especie de ‘rito’ de Año Nuevo en ciertas ciudades francesas”, dice la Wikipedia.

No se trata de que se quemen media docena de vehículos, sino de varios miles de ellos. Tampoco es cosa de los excesos de una noche de fiesta; a veces los disturbios, como en Toulouse, se prolongan durante varios días y van acompañados de barricadas y enfrentamientos con la policía.

En París los antidisturbios ya no pueden patrullar las calles de los barrios por la noche; lo dejan para los helicópteros, decía el diario Le Monde en 2008. Ahora los han sustituido por drones. “Uno tiene la impresión de vivir una guerra civil en los barrios”, decía el periódico.

No obstante, a diferencia de España, allá se puede hablar de algo así sin miedo a que a uno le metan en la cárcel, por lo que se puede leer una gama de tonterías mucho más variada que aquí, que van desde el desprecio al “lumpen” hasta la apología de la guerrilla urbana.

Es lo que ha ocurrido con los recientes ataques de los obreros de Air France en huelga a los miembros de la patronal. A un diputado del Partido de la Izquierda, Jean-Luc Mélenchon, no se le ocurrió otra cosa que jalear la violencia de los trabajadores, algo que aquí sería impensable, sobre todo procediendo de un partido que se califica a sí mismo como “eco-socialista”.

Haciendo gala de izquierdismo, Mélenchon pedía más madera a los trabajadores. Para situarnos en la fauna parlamentaria gala, Mélanchon es un antiguo trotskista que pasó al Partido Socialista y luego encabezó el nuevo Partido de la Izquierda, una imitación del Die Linke alemán.

Un colega suyo, Julien Dray, otro parlamentario que comparte con él mucho recorrido político, se asustó y dijo lo siguiente en una entrevista en Canal+ sobre la famosa “espiral” de la violencia:

“Cuando uno comienza a arrancarse la camisa, después pasa a dar palos. Tras dar palos se secuestra y se ejecuta. Lo que él [Mélenchon] cuenta ya ha pasado en la historia.

Para todas las generaciones que están ahí y que aplauden, es un debate que ya hemos tenido: en 1970-71, la extrema izquierda se planteó la cuestión de la violencia. Y en Italia, por ejemplo, basculó hacia el terrorismo”.

En efecto, es una debate que ambos ya habían tenido, porque Dray proviene de las mismas cloacas trotkistas y socialdemócratas de Mélenchon, en las que ambos compartieron mesa y mantel. Pero no fue el debate sino el sabotaje violento de un mitin del desaparecido partido fascista Ordre Nouveau, en compañía de los maoístas del PCMLF, el que condujo a la ilegalización de la Liga Comunista francesa en 1973.

Dray advierte que la lucha armada es algo con lo que no se debe jugar. Mejor no abrir la caja de Pandora. Mejor no hablar siquiera de ello. Cuidado.

Llamémoslo como queramos: lucha armada, guerrilla urbana, motines, disturbios, sabotajes, terrorismo… En Francia nada de eso existe porque alguna organización especialmente radicalizada haya realizado un llamamiento a las armas. Se equivocan, pues, quienes creen lo contrario y hacen depender la lucha armada de tales o cuales siglas.

No hay huelgas porque haya sindicatos, sino al revés. Tampoco hay lucha armada porque haya organizaciones que la propugnen, sino al revés. A ver si nos vamos enterando…

(*)  https://fr.wikipedia.org/wiki/%C3%89meutes_urbaines_fran%C3%A7aises

Cuando Lenin se iba de putas

Sin ningún género de dudas, Lenin fue el personaje más importante del siglo pasado y uno de los más relevantes de toda la historia de la humanidad. Pero tampoco caben dudas acerca de que su atractivo reside en su actividad pública y en sus escritos. Fuera de sus batallas políticas, la vida personal es casi irrelevante, entre otras cosas porque la subordinó deliberadamente a su lucha revolucionaria.

Es algo que la burguesía no entiende porque su concepción de la vida, tanto de la pública como de la privada, es hedonista, naturalmente porque se lo puede permitir. Es una clase social que no duda si tiene que optar entre un revolcón en la cama y una tediosa reunión política.

En el terreno intelectual la burguesía tiene un punto de vista subjetivo de la historia, donde las biografías heroicas y su voluntad personal, desempeñan un papel decisivo. Convierte la historia en un apartado de la sicología, o algo peor: de la sicopatología.

Así lo entiende Helen Rappaport, profesora de la Universidad de Oxford, que en 2009 escribió una obra en la que hasta el título (“Conspirator: Lenin in Exile”) es engañoso porque no trata sobre un “conspirador”, ni tampoco de un exiliado, sino sobre un Lenin doméstico, en donde la vida íntima se reduce a la vida sexual.

Se trata de un libro de cotilleo sofisticado, pulcro y universitario. Demuestra que a la burguesía lo que le preocupa no es el ancho mundo sino algo que tiene bien cerca: la vida privada del vecino.

Una vez que introduce a Lenin entre las sábanas, Rappaport puede proceder al típico dualismo del hombre contra la mujer, en este caso Nadia Krupskaia. Naturalmente que la “historiadora” de Oxford pone de manifiesto un punto de vista de clase, el de la burguesía. Lo que se trata de saber son otras dos cosas: si, además, como mujer, pone de manifiesto también un punto de vista feminista y, finalmente, si algo de todo esto tiene que ver con la historia o sólo son chorradas en las que no merece la pena perder el tiempo.

Empezaré por el último punto, a partir del cual se explica todo lo demás. La “historia” que la burguesía escribe es una fábula. Por ejemplo, en una entrevista sobre su libro, Rappoport confesó sus fantasías disfrazadas de “historia” de la siguiente manera:

“Lenin tenía, estoy convencida de ello, una faceta sexual oscura, que ha sido completamente borrada de los archivos rusos. Estoy convencida que cuando vivía en París frecuentaba a las prostituídas; se encuentran indicios en las fuentes francesas, pero es difícil de probar”(1).

Les ocurre a todos los “historiadores” burgueses: están convencidos de algo pero no tienen pruebas de nada. Buscan pero no encuentran, aunque para ellos eso no es motivo suficiente para mantener la boca cerrada.

La pregunta que hay que hacerles a esos “historiadores” es la siguiente: si no hay pruebas de nada, ¿de donde surge su convencimiento?

Todo se aclara si tenemos en cuenta que, en realidad, sí hay pruebas, aunque los “archivos rusos” las han borrado, lo cual es normal en una dictadura como la soviética en donde todo se manipulaba para ocultar la verdad.

También hay que prestar atención al detalle de que “los rusos” no sólo alteraban la realidad de los acontecimientos para engañar a sus conciudadanos, sino que eliminaban, además, los documentos de los archivos, es decir, ese tipo de papeles que no se pueden leer inmediatamente pero se descubrirán en el futuro.

Pongámonos en situación. Imaginemos que los faraones egipcios (que también eran unos dictadores) hubieran hecho lo mismo con los jeroglíficos de las pirámides para ocultar su vida privada. La tarea de los historiadores resultaría casi imposible.

Lo mismo que los faraones, “los rusos” siempre han tenido la pretensión de engañar a las generaciones futuras, de manera que aunque se abran los archivos a la vista pública, no servirá de nada. Fueron tan previsores que todo lo borraron, lo corrigieron y lo alteraron, incluso los documentos en los que debe constar que Lenin se gastaba el tiempo y el dinero en recorrer los burdeles de París.

Los historiadores de la URSS no pueden fiarse de los archivos y documentos, como en cualquier otro trabajo historiográfico. Deben apoyarse en su olfato, como si fueran perros.

Hay otro aspecto escabroso de la vida privada de Lenin que los archivos de la URSS ocultan: que tenía una “doble vida” con la militante bolchevique Inés Armand, su amante.

Tampoco de eso hay ninguna prueba, pero si alguien se toma la molestia de hacer una búsqueda en internet encontrará las páginas llenas de este idilio romántico, otro “secreto de Estado” en la URSS y otra página borrada de la biografía de Lenin, dice la Wikipedia.

En este caso la desgracia no es tanto para Lenin como para Armand, que sólo es conocida por este episodio, no por su lucha revolucionaria. También aquí la burguesía tiene sus folletines universitarios, como el de Michael Pearson, titulado “Lenin’s Mistress” (La amante de Lenin). Armand es una revolucionaria sin individualidad, sin vida propia.

La trotskista Bárbara Funes empieza así un artículo sobre ella: “Injustamente, Inessa Armand es más conocida por los historiadores como amante de Lenin que como dirigente bolchevique. Lo cierto es que también fue amiga y camarada de Nadhezda Krupskaia, la compañera de Lenin y, lejos de las intrigas pasionales que algunos chismosos de la historia hubieran preferido, ésta –conociendo el amor que había nacido entre su compañero y su amiga– les ofreció hacerse a un lado. Sin embargo, el respeto y el cariño que tanto Inessa como Lenin le profesaban hicieron que resignaran una posible relación amorosa y mantuvieran, hasta la temprana muerte de Inessa, una intensa colaboración política revolucionaria” (2).

Funes incurre en el mismo vicio que denuncia: el chismorreo. No le importa que, como en todo lo demás que concierne a la historia de la URSS, no haya pruebas de nada de lo que dice. No son otra cosa que cotilleos de la burguesía feminista, que recorren luego las páginas de los basureros que los avalan, como Rebelión en este caso.

Tanto Rappaport como Funes comparten la misma ideología, que no es otra que la burguesa, porque es de ahí, de esa clase social, de donde procede la opresión de la mujer, no del hombre. Al mismo tiempo que alardea de “feminismo” y lamenta la invisibilidad de la mujer, es la burguesía la que reduce su papel al de esposa de alguien, amante de alguien, o hija de alguien.

(1) www.bookdepository/interview/with/author/helen-rappaport, esta página ha sido borrada de internet, a pesar de que no es soviética ni rusa.
(2) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=49611

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