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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 35 de 60)

El islam en la URSS (2)

La burguesía cuenta la historia de la Revolución Rusa haciendo creer que al llegar al poder, los bolcheviques impusieron su propio programa y, por lo tanto, que llevaron el ateísmo al Estado y desde ahí persiguieron a las religiones, cerraron los lugares de culto y encarcelaron a los predicadores.

Nada más lejos de la verdad. Lo había escrito Lenin mucho antes de la Revolución, en 1905, cuando recomendó no caer “en planteamientos abstractos”, “al margen de la lucha de clases”. Los prejuicios religiosos no se pueden disipar “por medio de la pura prédica”. De ahí que “no prohibimos ni debemos prohibir el acercamiento a nuestro Partido a los proletarios que conservan todavía unos u otros vestigios de los viejos prejuicios” (*).

No había transcurrido un mes de la Revolución cuando los bolcheviques promulgaron una proclama dirigida “A todos los obreros musulmanes de Rusia y de Oriente” en el que se declaraban a su lado y denunciaban que las mezquitas y los lugares de culto, así como las costumbres, habían sido destruidos por el zarismo.

La declaración era un compromiso bien claro hacia ellos: “Vuestras creencias y vuestras costumbres, vuestras instituciones nacionales y culturales son para siempre libres e inviolables. Sabed que vuestros derechos, como los de los demás pueblos de Rusia, están bajo la alta protección de la Revolución y de sus órganos, los soviets de obreros, soldados y campesinos”.

La política religiosa es como cualquier otra clase de política: cambia según la lucha de clases y, por lo tanto, según el lugar y el tiempo. La URSS no fue ninguna excepción. La correlación de fuerzas no siempre fue la misma y no siempre fue igual en todas partes. Así, durante la guerra civil Asia central quedó aislada del resto de Rusia y estuvo gobernada por bolcheviques que, en definitiva, eran los viejos colonos rusos o descendientes suyos, generalmente asentados en las ciudades y con pocas conexiones con el mundo rural, islámico y atrasado.

Se produjeron levantamientos contra el poder soviético, como los de los basmachis y otros de tipo panislamista, panturquista o panturanista, en donde las protestas religiosas se mezclaban con las nacionales, apoyadas por los imperialistas británicos y franceses.

A aquellos bolcheviques les ocurría lo del refrán: “El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”, algo muy frecuente en la lucha de clases. En 1920 Lenin envió una comisión de investigación que, entre otros muchos errores, había cerrado las mezquitas, demolido monumentos o confiscado libros y objetos de culto. El viernes fue declarado día de fiesta en todas las repúblicas soviéticas musulmanas. Se restableció el “paranyah”, un velo islámico parecido al “niqab” que había sido prohibido. Finalmente, llevó a cabo la depuración de quienes, bajo la cobertura de los órganos de poder soviéticos (administración local, escuelas, policía, ejército), seguían manteniendo la dominación colonial rusa en las regiones islámicas.

Las depuraciones fueron muy selectivas, de tal manera que en 1922 en Turkestán fueron expulsados del Partido bolchevique 1.500 rusos, en su mayor parte por su actitud antimusulmana (justificada por el laicismo y el ateísmo), mientras que todos los musulmanes se mantuvieron dentro de las filas.

En 1921 el sistema judicial se desdobló, creándose tribunales islámicos paralelos a los soviéticos que aplicaban la “shariá”, como había prometido Stalin en un mensaje dirigido los pueblos caucásicos. En sus pleitos los musulmanes podía escoger entre unos u otros tribunales.

Desde enero de 1918 los asuntos islámicos se dirigían desde un consejo especial del Comisariado de las Nacionalidades dirigido por Stalin. Además se creó una Comisión de la “shariá” dentro del Ministerio de Justicia. Su tarea fue la de poner el acento de la ley islámica en una interpretación de los principios de perdón y educación, más que sobre la represión, así como en la erradicación de los castigos corporales, el corte de la mano a los ladrones y la lapidación por adulterio (que se aplicaba tanto a las mujeres como a los hombres).

En los años veinte, en las repúblicas islámicas de la URSS entre un 30 y un 50 por ciento aproximadamente de las causas criminales las resolvían los tribunales islámicos, una proporción que el caso de Chechenia alcanzaba el 80 por ciento.

Además, en Asia central el Partido bolchevique creó el departamento Zhendotel de mujeres obreras y campesinas para erradicar la discriminación y el atraso de las mujeres en dichas repúblicas. Las militantes de Zhendotel vestían el “paranyah” para poder realizar su trabajo político.

Con esas medidas y otras parecidas, la URSS no sólo logró la incorporación de los musulmanes, hombres y mujeres, a la revolución sino ser fiel a sus propios principios, que no fueron otros que la federación de repúblicas que en sí mismas eran diferentes unas de otras.

Eso no significa que no se produjeran nuevos problemas, ni aplicaciones retrógradas de la ley que eran de todo punto inaceptables para el nuevo poder soviético. Por eso a finales de 1922 se aprobó un decreto para que toda sentencia injusta pudiera ser de nueva replanteada ante los tribunales soviéticos si una de las partes así lo reclamaba.

El tacto en las relaciones con la población musulmana nunca fue incompatible con la realización de campañas contra el “paranyah” o a favor del divorcio. Con motivo de las celebraciones del Día de la Mujer Trabajadora de 1927, en Tashkent, Samarkanda y otras localidades de Asia central, muchas mujeres empezaron a gritar en contra del “paranyah”, se lo quitaron en público y le prendieron fuego. Bajo la protección de la policía, las mujeres fueron por las calles arrancando el velo a las que lo llevaban y saqueando los almacenes de alimentos.

Los musulmanes lo declararon “kuyum” (ofensa). Se sucedieron varios días de altercados y represalias mutuas que alcanzaron a las familias de unos y otros y provocaron la reacción de los clérigos islámicos. Los antiguos basmachis volvieron a crear una organización contrarrevolucionaria clandestina, llamada Tash Kuran.

El poder soviético no sólo triunfó en las repúblicas islámicas por una acertada política religiosa y nacional sino porque la misma se apoyó en las masas oprimidas que las habitaban, millones de personas que hasta 1917 jamás conocieron ningún tipo de derechos. La URSS no solo les alfabetizó sino que lo hizo en su propio idioma. Para muchos pueblos era la primera vez que su idioma conoció la escritura y, naturalmente, la prensa, la radio y la escuela.

Como consecuencia de ello, ya en los años veinte la mayor parte de las autoridades y funcionarios públicos de dichas repúblicas no eran rusos sino originarios del lugar. Un caso especial y relevante fue el Ejército Rojo, cuyas últimas victorias en la guerra civil se obtuvieron en Asia central. Además de comisarios políticos, los batallones islámicos del Ejército Rojo, integrados por uzbekos, azeríes, kazajos, turcomanos, tayikos, chechenos, tártaros y bashkires, tenían sus propios mullahs y otros dirigentes religiosos.

(*) Lenin, El socialismo y la religión, Obras Completas, tomo 10, pg.81.

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El islam en la URSS (1)

Desde el 11-S, la invasión de Irak y las posteriores agresiones del imperialismo a los países de Oriente Medio y el norte de África, el islam está en el punto de mira, aunque el mirón suele colocar los prismáticos al revés de tal manera que son los imperialistas los que se consideran atacados, lo mismo que los capitalistas se consideran explotados por sus obreros.

El punto de vista del imperialismo hunde sus raíces en la experiencia propia de la Europa del siglo XVII, las llamadas guerras “de religión” y la paz de Westfalia que dieron identidad religiosa a los Estados absolutistas en base al principio “cuius regio eius religio”. La religión es parte de la dominación, la impone el Estado y es única; al que no le guste que se vaya. Como consecuencia de ello se dice sin sonrojo que Europa es cristiana, España es católica y barbaridades parecidas.

A ese punto de vista se le añade la soberbia derivada del Siglo de las Luces que impuso el relativismo en todos los terrenos ideológicos e incluso, entre las corrientes más progresistas, el laicismo, el agnosticismo y ciertas formas de ateísmo que miran por encima del hombro a los creyentes como personas atrasadas e incultas. Si además alguien es muy creyente, es porque es muy fanático, es decir, mucho más atrasado y, por lo tanto, mucho más despreciable aún.

La mayor parte de los ateos considera que todas las religiones son iguales, o sea, igualmente despreciables. En el caso de los revolucionarios, ese desprecio por la religión se fundamenta también sobre la base de la connivencia de las religiones dominantes con el Estado, con las clases dominantes que, en el caso de las potencias centrales, son cristianas. Cuando pensamos en la religión, en cualquiera de ellas, tenemos al cristianismo como prototipo, es decir, una religión asociada a una dominación económica y política.

Por ejemplo, el Imperio español no sólo impuso la uniformidad religiosa expulsando a los judíos y los musulmanes sino que su colonización latinoamericana estuvo acompañada de la imposición de la religión católica. La espada colgaba de la sotana. Es exactamente lo que el imperialismo pretende hacer hoy en Oriente Medio.

En Europa occidental medimos todos los fenómenos históricos siguiendo nuestra propia experiencia y todo lo juzgamos con ese criterio, que sólo concierne a esta parte del Viejo Continente y a los países herederos de su influencia. En la otra parte de Europa, la oriental, comprendido el Imperio otomano y el Imperio zarista, no existieron las guerras de religión, lo que ofrece una perspectiva diferente de las religiones.

Muchos de los judíos expulsados de España fueron acogidos bajo el Imperio otomano de manera que, en ciudades como Salónica, el castellano fue el idioma dominante hasta 1945. La Carta de Gülhan, aprobada por el sultán Abdul Medjid I en 1839, proclamó la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos del Imperio, sin distinción de religión.

Bajo el Imperio zarista tampoco había una uniformidad confesional, como en España. Sin embargo, a diferencia del Otomano, en el siglo XIX el Imperio ruso estaba en una fase de expansión colonial, que se llevó a cabo en nombre de la Iglesia ortodoxa y en detrimento de otras, como el islam o el budismo. Fue un intento de asimilación política, nacional, cultural, lingüística y religiosa. El Imperio ruso no conoció las guerras religión del oeste de Europa porque una prevaleció sobre las demás y las fue sometiendo implacablemente.

La evolución histórica del islam estuvo, pues, ligada primero al colonialismo y luego al imperialismo y Rusia siempre fue un ejemplo de ambas cosas. El islam era la religión de los colonizados, una condición ligada al atraso histórico, económico, social y cultural.

Ese atraso es relativo; hay que entenderlo en relación con el adelanto, de tal manera que tras la Revolución burguesa de Febrero de 1917 en Rusia las mujeres pudieron votar, algo que en España aún no se conocía.

Se pueden apuntar otros datos para ilustrar esa situación. Por ejemplo, el 1 de mayo de 1917 se celebró en Moscú el Primer Congreso Pan-ruso de musulmanes, en el que los delegados aprobaron la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, algo que en aquella época era poco común, tanto si eran musulmanes como no.

En 1917 en Rusia había unos 16 millones de musulmanes, un 10 por ciento de la población total que, en su mayor parte, habitaban en la periferia, constituyendo sociedades feudales que poco tenían que ver con los musulmanes que en Moscú aprobaban unas resoluciones impecables que eran otros tantos brindis al sol.

Tras la Revolución de Octubre, fueron los bolcheviques quienes se preocuparon de que aquellas resoluciones -que parecían un sueño lejano- se hicieran realidad de forma inmediata. Para ello introdujeron una discriminación positiva entre las religiones, separando a la Iglesia ortodoxa, que había estado vinculada al zarismo, de todas las demás: judíos, musulmanes, católicos, budistas, protestantes…

En Rusia la Iglesia ortodoxa no era sólo una religión sino un poder económico y político, uno de los mayores terratenientes. En octubre de 1917 se produjo una “revolución” en el sentido más literal de la palabra, es decir, se le dio la vuelta a una situación previa. Es justo lo contrario de la Constitución fascista de 1978, que discrimina las religiones para privilegiar a la dominante.

En la URSS, pues, no hubo una política religiosa sino dos políticas opuestas. No se toleró una lucha de religiones, otra más, como en el siglo XVII, ni tampoco una lucha contra las religiones, en general, sino una lucha victoriosa por quebrar el poder de un Estado, y en la medida en que la Iglesia ortodoxa formaba parte del mismo, fue pulverizada: perdió sus tierras y perdió sus privilegios.

Cien años después de la Revolución de Octubre, a eso la burguesía le sigue llamando represión, prohibición, persecución… La realidad fue bien diferente. Sobre todo para las minorías religiosas. A partir de 1917 en Rusia se acabaron los “pogromos”, es decir, las matanzas y linchamientos colectivos de las minorías, por poner un ejemplo, que bajo el zarismo eran habituales.

La Revolución de Octubre inauguró la época de mayor esplendor de la libertad que la humanidad ha conocido jamás y en el terreno religioso no fue una excepción. Si a fecha de hoy la burguesía sigue sin entenderlo es porque la historia le aleja inexorablemente de los principios que ella misma proclamó en 1800.

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Estados Unidos se reconoce como fuerza de ocupación enemiga en Siria

Tropas del Pentágono con uniforme kurdo
Juan Manuel Olarieta

Después de cinco años de guerra, por vez primera, el 24 de agosto el ejército de Estados Unidos anunció al gobierno de Siria que asume en ella la condición de fuerza enemiga de ocupación.

El anuncio se produjo tras el ataque de las fuerzas kurdas al ejército regular sirio en Hasaka, que respondió bombardeando las posiciones kurdas, hasta el punto de que pusieron en riesgo la vida de varios soldados de las fuerzas especiales de Estados Unidos que luchan junto a los kurdos.

El Pentágono transmitió un aviso a Rusia que hay que entender dirigido también a cualquier parte beligerante que apoye al gobierno de Damasco, como Irán.

No cabe llamarse a engaño respecto a lo que realmente está ocurriendo en Siria. Si no utilizara eufemismos tendría que reconocer que se trata de una declaración formal de guerra, clara y rotunda como pocas.

Estamos ante una ocupación militar porque así lo reconoce expresamente el ejército de Estados Unidos en su declaración, es decir, que mantiene tropas estacionadas en un país extranjero, sin su consentimiento. En ella establece claramente las coordenadas geográficas de sus posiciones, una franja de territorio en el norte de Siria.

La declaración advierte al país ocupado que, además, ha impuesto una zona de exclusión sobre una parte de su espacio aéreo, de tal manera que amenazan con derribar cualquier avión (sirio o ruso) que sobrevuele dicha zona.

Esa zona comprende el territorio kurdo de Siria, lo que supone un intento de dividir al país en dos entidades soberanas diferenciadas e imponer un protectorado de Estados Unidos sobre una de ellas, la kurda, exactamente lo mismo que en Irak.

El teniente general al mando de dichas tropas en Siria e Irak, Stephen Townshend, ha manifestado a la agencia Reuters lo siguiente: “Hemos informado a los rusos de dónde estamos… Ellos nos han dicho que han informado de ello a los sirios y todo lo que tengo que decir es que nos defenderemos si nos sentimos amenazados”.

El simulacro de los intermediarios, como el Estado Islámico o el Frente Al-Nusra, se ha desplomado, sobre todo tras la caída de Deraa y el avance del ejército regular sirio y sus aliados en Alepo, donde han logrado cercar a las huestes terroristas, así como el fracaso del golpe de Estado que patrocinaron el 15 de julio en Turquía.

Ante la nueva situación, los portavoces mediáticos del imperialismo ya han preparado los nuevos “argumentos” que van a servir de coartada, en donde los kurdos van a desempeñar el papel que en 2011 desempeñaron los sirios para justificar un nuevo reparto de las zonas de influencia en el corazón de Oriente Medio, como ya ha ocurrido en Irak.

El sueño de acabar con el gobierno de Bashar Al-Assad ha terminado; ahora comienza el sueño de arrancarle -siquiera- un pedazo de tierra, lo que ha volteado el posicionamiento de Estados Unidos, que inicialmente se opuso a que los kurdos participaran en las conversaciones de paz de Ginebra y ahora se ha convertido en su mayor aval.

Por el contrario, Rusia trata de mediar con el gobierno de Damasco para que reforme su constitución y conceda la autonomía a las regiones kurdas.

Fuente: http://www.marcha.org.ar/estados-unidos-se-reconoce-enemiga-siria/

El islamismo está más cerca de la empresa que de la mezquita

Juan Manuel Olarieta

Los materialistas siempre empiezan sus artículos recordando que es el ser social lo que determina la conciencia social (incluida la conciencia religiosa). Por el contrario, los idealistas opinan lo contrario. Creen que la conciencia social y religiosa es algo en sí misma. Los desvaríos que se han escrito sobre Erdogan, el AKP y la crisis de Estado en Turquía así lo demuestran: el islamismo disfruta de una vida propia que, además, es independiente de la acumulación de capital, la lucha de clases, la historia de cada país, el Estado o las relaciones internacionales. El islamismo es siempre el mismo. Da igual hablar de Afganistán, Egipto o Arabia saudí.

A esa distorsión se añade otra: la de suponer que el islamismo no es más que una religión, otra más, que consiste en rezar, leer el Corán o ayunar durante el Ramadán. Ese tipo de bobadas encubren lo fundamental: el islamismo es una fuerza (económica, social y política) organizada, y sus integrantes no son precisamente imanes o ayatollahs sino capitalistas. El islamismo está más cerca de la empresa que de la mezquita. Hay bancos islámicos, asociaciones de empresarios islámicos, partidos políticos islámicos, ONG islámicas, universidades islámicas…

Los factores que influyen en la formación de una clase social no son sólo económicos, sino ideológicos, culturales, geográficos, históricos… En ningún otro país es necesario tenerlo en cuenta como en Turquía. Antiguamente los turcos llamaban Rumelia a la región oriental del Imperio Romano, que ellos ocuparon en el siglo XV y que hoy se circunscribe a un pequeño pedazo de tierra en la parte europea de Estambul, que siempre ha sido la vía de entrada en Turquía de la influencia colonial e imperial de las grandes potencias, frente a una península de Anatolia rural, atrasada, marginada y despreciada. En Rumelia está la casta y en Anatolia los indignados.

La penetración del capitalismo cambió esa situación. La emigración del campo a la ciudad hizo el resto. En 1970 Estambul tenía 2 millones de habitantes; ahora tiene 14 y todos ellos han llegado procedentes de Anatolia. Son la clientela islamista.

En 1970 Necmittin Erbakan crea el MNP (Partido del Orden Nacional), el primer partido político islamista, que dos años después se transformó en MSP (Partido de Salvación Nacional), una organización típica de una burguesía de origen anatólico y rural que aspiraba a salir de su marginación.

El partido contó con el apoyo de dos cofradías religiosas, Nakshibendi y Nurcu, con una extensa red de afiliados que en las elecciones de 1973 les otorga casi un 12 por ciento de los votos, un éxito absoluto que les permite entrar en algunos gobiernos de coalición.

A finales de los setenta el Estado turco entra en una profunda crisis económica, a la que siguen importantes luchas revolucionarias del proletariado, hasta que, finalmente, el golpe de Estado de 1980 prohíbe los sindicatos y las huelgas y extiende la represión y la guerra sucia contra las diferentes organizaciones comunistas y revolucionarias.

A partir de entonces los generales del ejército empiezan a apoyar el islamismo, un fenómeno paralelo al que Estados Unidos despliega en Afganistán y otros países árabes para luchar contra los comunistas y revolucionarios. La educación religiosa se introduce en las enseñanza y utilizan al MSP de Erbakan para construir más mezquitas, levantar escuelas coránicas privadas, crear fundaciones…

Después de tres años de represión feroz, accede al gobierno Turgut Özal, quien gobernó durante diez años, hasta que fue asesinado en 1993. Su etapa se puede calificar de muchas maneras paradójicas, como todo lo que concierne a Turquía. Se podría decir que fue un neoliberal al estilo de los de su época (Thatcher, Reagan). El neoliberalismo de Özal perjudicó notablemente a los grandes monopolistas rumelianos que habían medrado a la sombra del Estado. Con las nuevas formas de acumulación de capital de los ochenta emergieron unos capitalistas distintos: los “Tigres de Anatolia”, una burguesía “piadosa” que explota por la mañana y reza por la tarde.

Lo mismo que esa burguesía, en cierta manera Özal, miembro de la cofradía Nakshibendi, también era un islamista de esos que llamarían ahora “moderado” y cuyo discurso se podría calificar también de “populista”. Frente a la oligarquía rumeliana de Estambul, los islamistas turcos alardeaban de representar la voz del pueblo llano, por fin elevado a lo más alto del poder político. No había distinción de clases sociales, ni tampoco había una separación geográfica porque la emigración había poblado Estambul de barrios de obreros, campesinos, artesanos, comerciantes, parados…

Pero sobre todo Özal fue uno de los primeros civiles que en la Turquía moderna se impuso a los militares, de cuyo golpe había sido cómplice y de los que, finalmente, resultó víctima. Es otra paradoja típicamente bizantina. Incluso fue asesinado con veneno, que es otro bizantinismo. Le enterraron junto a Adnan Menderes, otro presidente asesinado por los militares 20 años antes, en plena Guerra Fría, cuando pidió ayuda de la Unión Soviética. En un país de la OTAN eso fue una herejía. Özal se consideraba un continuador de Menderes y, a su vez, Erdogan lo es de Özal. Es como reclamarse heredero de una muerte bizantina.

En los ochenta el islamismo se expande en Turquía tan inconteniblemente como el propio capitalismo. En 1984 se crea el segundo partido islamista, el Refah (Partido del Bienestar), cuyo dirigente en la sombra seguía siendo Erbakan. También fue entonces cuando se expandió la red de Gülen, miembro de la cofradía Nurcus. En 1990 la “burguesía piadosa” crea la Müsiad (Asociación de industriales y hombres de negocios independientes), que es una especie de patronal islamista de las pequeñas y medianas empresas porque la existente, Tusiad, sólo aceptaba a las grandes. Emerge con fuerza la prensa islamista, las cadenas de televisión, las revistas, los vídeos…

El Refah sustituyó al MSP y al ANAP, el partido de Özal, que desapareció con su dirigente. El movimiento islamista fue recaudando cada vez más afiliados y más votos, hasta el punto de que a mediados de los noventa ganó las elecciones locales en Estambul y Ankara. Erdogan fue elegido alcalde de Estambul y a Erbakan le nombraron primer ministro en 1996.

No era islamismo. La fuerza de aquel movimiento no procedía del cielo sino del suelo, del desarrollo de la burguesía misma, una parte de la cual empieza a asomar la cabeza en las instituciones oficiales. Desde el gobierno, Erbakan inicia un nuevo reparto del pastel del Estado: los contratos públicos se empiezan a adjudicar a los “Tigres de Anatolia”, cuyo poder sigue creciendo inconteniblemente… en perjuicio de los viejos rumelianos de siempre, que acuden al ejército para que les ayude.

El poder de la burguesía “piadosa” no puede ser más efímero. Ella tiene el gobierno pero los viejos rumelianos tienen el Estado. Al año siguiente de su llegada, el MGK (Consejo de Seguridad Nacional) y luego el Estado Mayor del ejército exigen a Erbakan que restrinja las actividades de las empresas islamistas que consideran como ilícitas. Acusan a las OFK (Instituciones Especiales de Crédito), es decir, a los bancos islamistas de financiar actividades contra el Estado. Los militares elaboran una lista negra de 100 empresas acusadas de financiar el islamismo. Acuciado por las presiones militares, Erbakan tiene que dimitir y las consecuencias ruedan por la pendiente. El Refah es ilegalizado y la policía detiene a 16 capitalistas de DOST Sigorta, una empresa de seguros islámica, el Tribunal de Seguridad Nacional exige el cierre de la patronal Müsiad, su máximo dirigente es condenado a un año de prisión, a Erdogan, alcalde de Estambul, le condenan a tres años… La burguesía “piadosa” es lapidada implacablemente.

El Refah se refunda con el nombre de “Partido de la Virtud”, pero Erdogan lo abandona y funda el AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) en 2001 y gana las elecciones al año siguiente. La represión no ha servido para nada y las finanzas públicas están al borde de la bancarrota.

Para salir de ella el AKP sigue las instrucciones del FMI: despido de la mitad de los funcionarios, privatización de las empresas públicas, aterrizaje de capitales extranjeros… No tiene nada que ver con el islam; es capitalismo vulgar y corriente. Sólo con las privatizaciones, desde los tiempos de Özal, en Turquía se han movido 42.000 millones de capital, de los cuales 34.000 millones han pasado por las manos del AKP y el gobierno de Erdogan. El control del gobierno ha permitido a una parte de la burguesía lucrarse a costa de otra.

Ahora mismo la burguesía “piadosa” está gritando que no va a cometer los mismos errores de hace 20 años. No sólo no le van a privar de sus ganancias, sino tampoco de la palanca con la que las ha obtenido: el gobierno. Pero eso ya lo tuvo también con Erbakan y no le sirvió de nada. Ahora tiene que asentarse en algo mucho más importante: el aparato del Estado. Ese es el significado último de las profundas depuraciones emprendidas por Erdogan después de la noche del 15 de julio.

Fuente: http://www.marcha.org.ar/el-islamismo-esta-mas-cerca-de-la-empresa-que-de-la-mezquita/

‘Estados Unidos no puede ser amigo de Turquía y de los kurdos al mismo tiempo’

Juan Manuel Olarieta

El populista ruso Anenkov contó que el mismo día que conoció a Marx, hace ya 170 años, le invitó a participar en una reunión en su casa de Bruselas en la que, además de Engels, iban a participar varios destacados dirigentes del movimiento obrero europeo, el más conocido de los cuales era Wilhem Weitling, el sastre que había impulsado el socialismo utópico en Alemania.

En la reunión Engels hizo una de sus resplandecientes intervenciones, diáfana y sintética, de las que no dejan lugar a dudas, mientras Weitling se perdía en el océano de vaguedades típicas del reformismo social de siempre, lamentando las duras condiciones de trabajo y de vida de los obreros. Cuando comenzó a invocar los remedios a esa situación, tales como la justicia social, la fraternidad humana y consignas parecidas, Marx dio un puñetazo encima de la mesa que puso a bailar la cubertería.

Aquel golpe era la demarcación entre el socialismo utópico y el científico, que Marx expuso con toda la crudeza de la que fue capaz. Al movimiento obrero no le basta con tener razón. No es suficiente exponer la lamentable explotación de los trabajadores, ni tampoco llamar a la protesta y a la lucha. Había que elaborar un plan de batalla fundamentado en un conocimiento exacto de aquello a lo que se enfrenta. Cualquier otra cosa es llevar a la clase obrera al fracaso, otro más, y lo que es peor, a una de esas carnicerías que lastran el movimiento durante años.

Los defensores de las causas justas, por honestos que sean, como Weitling, conducen a la frustración y al desengaño, ese mismo que padecemos a nuestro alrededor desde hace tiempo y del que tantas lamentaciones escuchamos a diario: “los obreros no luchan”. Sin embargo, los que tienen razón no son los que se despotrican contra los trabajadores, sino los trabajadores: todo invita a quedarse en casa, empezando por esas monsergas que leemos a esos aficionados a sembrar derrotas y a desmoralizar a las masas.

Hay una corriente de opinión que no ceja de llamar a la lucha por mil y una causas justas, porque las mismas, por el mero hecho de ser justas, se justifican a sí mismas. ¿Cómo podemos permanecer insensibles ante una causa justa, ante el sufrimiento ajeno, ante la explotación de los pobres y la humillación de los débiles? Este tipo de invocaciones son pura metafísica, abstracciones que excusan todo lo demás: la ausencia de organización, de programa o de plan. Ni siquiera les importa llevarnos al matadero porque son como los yihadistas: dicen que seremos mártires, que nos habremos sacrificado por una causa justa.

Es una imbecilidad: nadie va a la batalla para inmolarse sino para vencer, y para ello se necesitan muchas cosas, pero sobre todo una, la misma de la que Marx habló en Bruselas hace 170: un plan, un estado mayor, una disposición de las fuerzas…

Pero aquí aparece otra confusión interesada: cuando criticamos una huelga, no criticamos al movimiento obrero; cuando criticamos a un sindicato, tampoco criticamos al movimiento obrero. No cambiamos de bando por ello, sino todo lo contrario: precisamente porque queremos que el movimiento triunfe, criticamos su plan de batalla, o criticamos que haya acudido a la batalla sin ningún plan.

Toda esa gente, tan voluntariosa como inepta, tampoco sabe que en cualquier batalla las condiciones no se eligen sino que las impone el bando más fuerte, que no son precisamente los trabajadores ni los oprimidos, lo cual supone que el estado mayor de los desheredados debe tener en cuenta que las condiciones suelen ser desafavorables la mayor parte de las veces.

Pero ese estado mayor debe tener en cuenta también que esas condiciones pueden cambiar, se pueden tornar favorables y que eso no significa en absoluto que los bandos hayan cambiado en lo más mínimo o que el enemigo sea otro. Quien no sea capaz de observar un cambio en las condiciones, bien porque mejoren o porque empeoren, es mejor que deje su puesto a otro un poco más capaz.

La historia está llena de casos así y uno de ellos es el que estamos viviendo en Kurdistán delante de nuestras narices: las condiciones han cambiado pero el plan de batalla sigue siendo tan malo como siempre. La carnicería está garantizada. Pronto los medios “alternativos” nos servirán, por un lado, todo tipo de relatos heroicos, de lucha y de sacrificio del pueblo kurdo y, por el otro, de crímenes y masacres cometidas por sus opresores (Erdogan, AKP, islamistas).

Esos medios se nutren de la carroña. Nos seguirán sirviendo más relatos de derrotas, lo cual no puede ser ninguna sorpresa porque los nacionalistas kurdos jamás van a conducir a su pueblo a ninguna victoria porque su objetivo no es ese, sino el de que los imperialistas, los unos o los otros, les dejen un hueco. La liberación nacional de Kurdistán no es algo que puedan dirigir los nacionalistas sino que es una tarea que incumbe a los comunistas.

No hay vergüenza mayor que la que vienen poniendo de manifiesto los comunicados de los distintos estados mayores kurdos desde hace dos semanas. Uno de los presidentes del HDP (Partido Democrático de los Pueblos), Selahattin Demirtas, critica el llamamiento del gobierno turco a que “el pueblo tome las armas”, proponiendo en su lugar un “frente por la democracia”, aunque no dice ni con quién ni contra quién.

Uno de los menos repugnantes es el artículo de opinión escrito el jueves por Kendal Nezan, presidente del Instituto kurdo de París, para el diario Libération, que acaba por donde debería haber empezado: “sería el momento de empezar a reflexionar seriamente sobre la cuestión de la pertinencia de que Turquía pertenezca a la OTAN”, dice.

No es lo que parece; Nizan lo dice “con segundas” porque, por fin, están apostando a caballo ganador: creen que nada beneficia más a Kuridistán que el deterioro de las relaciones de Turquía con Estados Unidos y con la OTAN, porque ellos se ofrecen como recambio, hasta el punto de que algún comentarista les ha calificado como “el Estado de Israel bis” en Oriente Medio, naturalmente con todo el desprecio del mundo hacia una causa que, en definitiva, es justa.

Por lo tanto, sí, ahora es un buen momento para reflexionar sobre varias cosas, entre ellas también la pertenencia de Kurdistán a la OTAN y en este punto también tiene razón Erdogan, una vez más, cuando pone al imperialismo entre la espada y la pared y le dice: “Estados Unidos no puede ser amigo de Turquía y de los kurdos al mismo tiempo”. Pero la suerte ya está echada, no porque cada bando haya elegido a sus amigos y sus aliados sino porque unos -los imperialistas- eligen y los otros son elegidos para desempeñar el papel que los anteriores les tienen reservado.

Hay otra diferencia adicional: unos lo reconocen abiertamente y otros, como los estados mayores kurdos, se callan.

No hay plan de batalla más desastroso que elegir a los amigos y aliados equivocados. Preparémonos, pues, para una nueva derrota y, mientras tanto, sigamos dando puñetazos encima de la mesa, a ver si se enteran esos partidarios de “la lucha” de una vez.

La noche de los cuchillos largos de Erdogan

Juan Manuel Olarieta

Como cualquier otra ciencia, el materialismo histórico dispone de un elenco de conceptos que expresan la realidad que tratan de explicar, uno de los cuales es el de “contradicción principal” que, como la vida misma, afirma que en todo proceso, por complejo que sea, hay determinados aspectos, y a veces uno solo, que explican todos los demás. Son como el meollo de la cuestión, el tronco de la merluza, que dicen los cocineros.

A su vez, en toda contradicción hay dos partes, como en la lucha de clases están la burguesía y el proletariado, de las que una de ellas tiene un peso superior a la otra, es decir, que es dominante y, por lo tanto, tiene una mayor capacidad para influir sobre los acontecimientos que la otra.

Si en un análisis cualquiera los aspectos más importantes del fenómeno ni se mencionan siquiera, como en el golpe de Estado de Turquía, estamos ante una chapuza. Es lo que está ocurriendo con esas exposiciones que se lamentan de la represión que a partir de ahora va a desencadenar el gobierno de Erdogan, que lleva la preocupación hacia un problema interior en el que el protagonismo descansa sobre los kurdos y, secundariamente, sobre los revolucionarios turcos.

Este tipo de planteamientos están desenfocados, por lo que no pueden resolver la marea que, en efecto, se les viene encima pero que en nada es diferente de la que ya tenían con anterioridad. Los revolucionarios turcos han sido masacrados desde la misma fundación del Estado kemalista hace 100 años, una de cuyas primeras matanzas fue la de los dirigentes del Partido Comunista de Turquía, que fueron exterminados implacablemente en el Mar Negro cuando regresaban de la URSS.

Ante una situación así los revolucionarios turcos se pueden seguir lamentando indefinidamente o pueden esforzarse por entender lo que está ocurriendo en su país y aprovechar la nueva situación para avanzar. Desde luego que jamás podrán hacerlo si su línea política no asimila el cambio en la correlación de fuerzas, por lo que su capacidad para hacer frente a esta “noche de los cuchillos largos” que se les viene encina será irrelevante.

Es absolutamente inaudito que en casi ninguno de los comentarios que se están difundiendo acerca del golpe de Estado del pasado 15 de julio se mencione lo más obvio, a saber, aspectos tales como los cinco años de guerra de Siria, como si Turquía hubiera sido ajena a la misma.

Es igualmente insólito que, en plena guerra en Oriente Medio, muy pocos de ellos aludan a las bases de la OTAN en Turquía, por lo que no sólo se rebaja su importancia estratégica sino que están encubriendo de una manera sistemática los verdaderos acontecimientos, algo en lo que no sólo participan los propios medios de propaganda de la OTAN sino esos otros que se consideran como “alternativos” y que en nada se diferencian de los anteriores, con el agravante de que, además, alardean de “internacionalismo”.

La memoria es tan corta que esos analistas que no analizan nada ya no se acuerdan de que hace sólo un mes se produjo un atentado en el aeropuerto de Estambul en el que murieron más de 40 personas, que fue atribuido al Estado Islámico. Pero si Turquía estaba apadrinando a dicha organización, ¿por qué la criatura se vuelve contra su creador?, ¿también aquello fue un autoatentado?, ¿otro montaje de Erdogan?

Hay determinadas explicaciones que no quieren explicar nada. Algo está pasando en Turquía que, por lo demás, no es propio sólo de aquel país sino de todo Oriente Medio. Los autores del atentado contra el aeropuerto de Estambul fueron tres yihadistas de nacionalidad rusa que trabajaban para la CIA. Fue el primero de los avisos dirigidos por el imperialismo contra Erdogan; el intento de golpe ha sido el segundo y habrá más en lo sucesivo.

Como se ve, las circunstancias “exteriores” a un país son también “interiores” y, desde luego, son uno de los factores explicativos fundamentales de una situación que está cambiado tan rápidamente que -si tenemos los ojos abiertos- podemos leer cosas tan impensables hace sólo unas pocas horas, como un tweet de Mohamad Yavad Zarif, el ministro iraní de Asuntos Exteriores en el que expresa su apoyo a la “valiente defensa de la democracia” en Turquía contra los golpistas, justamente cuando la corriente dominante, que es imperialista, no habla de otra cosa que de la falta de democracia en Turquía.

En Oriente Medio se están formando dos bloques y, en el último minuto, Turquía ha cambiado de bando. El más fuerte de ellos es el que encabeza Estados Unidos y aliados regionales suyos, como los del Golfo. En una situación así la ocultación de los hechos en los medios “alternativos” no es fruto de un error de perspectiva sino un intento de poner a los colectivos y grupos políticos bajo el ala del bloque más fuerte, es decir, de los imperialistas.

En lo sucesivo, en la medida en que la “noche de los cuchillos largos” se va a recrudecer, especialmente en Kurdistán, la campaña también va a continuar y lo que nunca ha importado a casi nadie, las matanzas de revolucionarios turcos y kurdos, se va a poner en primer plano como muestra del carácter fascista de Erdogan y de su gobierno.

Pero si se trata de cambiar esa situación, si se trata de luchar contra el fascismo, hay que luchar también contra el imperialismo, no ponerse bajo su sombra. Se me ocurre que si la OTAN está comprometida en el golpe de Estado, hoy es el mejor momento para que los revolucionarios turcos y kurdos exijan la salida de su país de dicha alianza militar y el cierre de las bases existentes sobre su territorio. Es sólo un ejemplo.

Fuente: http://www.marcha.org.ar/la-noche-de-los-cuchillos-largos-de-erdogan/

Un punto de vista viciado sobre el golpe de Estado en Turquía

Las reflexiones que se van publicando sobre el golpe de Estado en Turquía se centran en la personalidad de Erdogan al que, naturalmente, presentan como un dictador, una especie de nuevo sultán que quiere reeditar las glorias perdidas del Imperio Otomano. A partir de ahora, la figura de Erdogan va a pasar a la primera plana de los portavoces del imperialismo.La impresión que quieren transmitir es que el golpe de Estado lo ha dado el propio Erdogan, que no es la víctima sino el victimario de la asonada.

A ello va unida la equidistancia de moda, “ni Erdogan ni los golpistas”, lo que oculta la importancia del antagonismo mutuo entre unos y otros, es decir, infravalora la trascendencia del golpe de Estado que, según dan a entender, no va a cambiar nada.

Este tipo de conclusiones pasa por encima de los hechos que tratan de explicar y sobre todo de las causas que ha conducido a ellos, es decir, el grado de antagonismo al que han llegado las contradicciones en Oriente Medio y cuáles son esas contradicciones (internas e internacionales).

Poner en primer plano a Erdogan es una muestra de idealismo histórico que conduce a eliminar uno de los términos de la ecuación en la que está inmersa Turquía y todo Oriente Medio, el imperialismo, todo ello después de cinco años de una salvaje guerra en las mismas fronteras del país.

Al mismo punto conducen todos esos artículos en los que parece que la población de Turquía se compone sólo de kurdos y que a partir de ahora a los kurdos les espera algo distinto a lo que ya han padecido desde hace muchos años.

Lo mismo que los golpistas, el AKP, los islamistas turcos y Erdogan no sólo son los mismos que antes del golpe de Estado sino que son los mismos que antes de llegar al gobierno en 2002. Exactamente los mismos. “Sólo” ha cambiado la situación interna e internacional.

Las depuraciones tampoco son una novedad. El gobierno de Erdogan no ha iniciado ahora una purga a gran escala de los aparatos del Estado (y de la prensa) sino que la viene implementado desde 2002, lo cual debe tener un significado preciso, a saber, que quiere -siempre ha querido- cambiar la dirección del Estado y que para ello había que cambiar el Estado mismo.

En una tradición viciada que procede de hace 60 años, es decir, de la liquidación del movimiento comunista internacional, ese tipo problemas ni se plantean siquiera porque el revisionismo cree que llegar al gobierno es llegar al poder, lo cual es un error que conduce a otro: analizar la situación política desde el punto de vista de un gobierno, una parte, y no desde el del Estado, el todo.

A partir de ahí los errores se encadenan. Los votos, por más que aúpen a un movimiento al gobierno, no son suficientes para cambiar una correlación de fuerzas; no son la causa sino la consecuencia del cambio en la correlación de fuerzas.

Para entenderlo bastará poner un ejemplo. Los imperialistas (como Obama, el Pantágono o el Fondo Monetario Internacional) no votan pero son parte del poder en un Estado burgués cualquiera. Se trata de componentes muy importantes que, como digo, no se cambian sólo con elecciones.

Como consecuencia de la crisis, en todo el mundo ese tipo de componentes, a los que antes se llamaba “poderes fácticos”, son cada vez más influyentes, lo mismo que los militares de los que, en las épocas recientes, nadie habla siquiera.

Por una serie de motivos, en Turquía esos “poderes fácticos” también tienen un protagonismo creciente y se concentran en el ejército que, a pesar del nacionalismo kemalista, es un apéndice de la OTAN. Asegurar que el reciente golpe de Estado contra Erdogan ha sido instigado por la OTAN no es ninguna novedad: todos los que se han producido desde 1960 han tenido ese mismo origen en el imperialismo, lo cual también debería desatar algunas preguntas porque si en Turquía el Estado y el poder son el ejército, y no el gobierno, ¿de dónde viene la necesidad de tantos golpes de Estado? Evidentemente de la existencia de antagonismos entre Turquía y el imperialismo, de la imposibilidad de resolverlos, ni acabar siquiera con ellos, así como de su desarrollo e intensificación.

El hecho de que en 2002 unos proscritos dentro de los aparatos del Estado de Turquía, los islamistas, ganaran las elecciones invirtió la situación, poniendo a los militares a la defensiva y, tras ellos, a la OTAN  y a los imperialistas.

La Primavera Árabe y la guerra de Siria han velado estas contradicciones que, por lo demás, no son diferentes de las que se han puesto de manifiesto en otros países, como por ejemplo en Latinoamérica, sin ir más lejos, lo cual es una constatación de que Lenin tenía razón cuando previno que bajo el imperialismo se agudizaban todas las contradicciones.

De la misma manera que las contradicciones, el golpe de Estado en Turquía no es ninguna ficción, ni es un autogolpe. No habría más que preguntárselo a los miles detenidos que están en la cárcel y a los que van a entrar en ella en un futuro inmediato, entre los cuales habrá numerosos revolucionarios e independentistas.

Lo mismo que otros países a los que el imperialismo ha conducido a un callejón sin salida, los islamistas turcos también han puesto sus ojos en Rusia, lo que ha empezado a desatar la típica campaña en los medios imperialistas que, en lo sucesivo, también se intensificará. Se ha iniciado con las críticas al plan de restauración de la pena de muerte y seguirá con la represión contra los kurdos.

La caída del Imperio Otomano

Juan Manuel Olarieta

Suele decir Enrique Martínez Montávez, un sabio en estos asuntos, que cuando se habla de Oriente Medio hay que tener en cuenta el componente local, el regional y el internacional. Es lo que corresponde también al analizar el intento de golpe de Estado en Turquía, un Estado que, no lo olvidemos, apenas tiene un siglo de historia y que no hereda al Imperio Otomano, como se supone, sino que se enfrenta a él.

La guerra del Imperio Otomano contra la Turquía republicana fue una verdadera yihad, declarada por las cofradías sunitas contra Mustafá Kemal, llamado Ataturk, el padre de los turcos.

Los comunistas turcos no sólo no tienen la misma concepción del kemalismo, sino que sus posiciones están radicalmente enfrentadas. Hay quien le considera un revolucionario y quien le considera un reaccionario. Hay quien ve la botella medio llena y quien la ve medio vacía.

Pocos Estados modernos se han construido en una guerra permanente consigo mismos como Turquía, de lo que son buena prueba los cuatro golpes de Estado que se han sucedido entre 1967 y 1997, uno cada diez años, en los que los militares siempre han tenido un protagonismo estelar.

El moderno Estado turco es un ejército gigantesco o, dicho de otra manera, el ejército turco es un Estado dentro del Estado. Su fundador desislamizó el país hasta límites que hoy son difíciles de imaginar. Abolió el sultanato y el califato de Estambul, convirtió a la mezquita de Santa Sofía, una de las mayores del mundo, en un museo, abolió “la sharia”, prohibió el velo y las llamadas en árabe de los almuecines en las mezquitas, sustituyó el alfabeto árabe por el latino…

Desde 2002 Erdogan, el AKP y los islamistas gobiernan un Estado que no es el suyo. Son un caballo de Troya, una de las mejores ilustraciones que se pueden poner encima de la mesa para que los reformistas entiendan que el Estado no es un instrumento, ni una herramienta, y que estar en el gobierno no es estar en el poder, como ellos imaginan.

El golpe ha fracasado porque Erdogan aún cuenta con el apoyo del imperialismo. Es otra de las demostraciones de que el origen del moderno islamismo político, desde Afganistán hasta Siria, es otro producto de importación para el mundo islámico.

Es la OTAN la que ha puesto al ejército turco a la defensiva y desde el gobierno Erdogan lleva implementado, por su parte, una purga sistemática de los kemalistas en el interior de sus filas. En 2005 suprimió los poderes políticos del MGK (Consejo Nacional de Seguridad).

Ahora las purgas se intensificarán como consecuencia del fracaso del golpe y los fieles islamistas de Erdogan entrarán en sustitución de los militares golpistas.

Pero las purgas de Erdogan no se han detenido en las fuerzas armadas, sino que se han extendido a otros sectores, como los medios de comunicación o el aparato judicial. Son muchos los que han ido a parar a la cárcel y sobre el resto pesa una amenaza permanente de represalias y despidos.

Tras el golpe llega el contragolpe de Erdogan, que se ha propuesto acabar con los últimos restos de la República laica kemalista. Al imperialismo la liquidación le ha salido mucho más barata que en otros países.

El medio es el mensaje también en las elecciones

El ministro Margallo con Manolo el del Bombo
Juan Manuel Olarieta

Si la lucha de clases es el motor de la historia es porque cada uno de los acontecimientos sociales y políticos que se suceden forman parte de esa lucha, lo que no sólo significa que hay dos partes sino, además, un choque entre ellas.

Una explicación -teórica o retórica- sobre cada uno de los acontecimientos de esa lucha de clases, refleja la misma lucha de clases, muestra un punto de vista sobre ella y también un posicionamiento, esto es, una toma de partido. Cuando alguien dice que no toma partido, que es neutral, que sólo se atiene a los datos y que su explicación es “científica” es porque ha tomado partido por la clase dominante, que actualmente es la burguesía.

Las últimas elecciones son un buen ejemplo de que las explicaciones que se están ofreciendo sobre ellas expresan los intereses políticos ligados a la dominación de clase de la burguesía, empezando por lo más elemental, a saber, que lo que a la burguesía le interesa, a pesar de la retórica, no son las propias elecciones, el hecho de que las personas puedan ejercer (o no) su derecho de voto y expresarse de esa manera, sino los resultados electorales, que es algo distinto.

Dado que ese punto de vista es burgués, también es dominante y se transmite a los medios “alternativos”, “progres”, de “izquierdas” y demás. A ellos también lo que les preocupa no son las elecciones sino los resultados electorales. En este caso se muestran sorprendidos por los resultados electorales, pero no por la campaña electoral.

A lo máximo, las candidaturas “del cambio” suelen decir, al más puro estilo burgués, que no han sabido “comunicar” bien su proyecto o su programa, aunque nunca se sabe a qué se refieren con eso porque aquí quien realmente “comunica” son los medios de comunicación, cuya naturaleza política, económica e ideológica no creo necesario explicar ahora.

Ese tipo de lenguaje alambicado y académico quiere poner de manifiesto, de muy mala manera, dos cosas: que quienes se presentan a las elecciones aspiran a utilizar los mismos medios y que eso se debe a la falta de medios propios. Aquí habría que añadir ahora aquello que dijo el canadiense Marshall McLuhan en los sesenta (“el medio es el mensaje”) que se hizo tan famoso, o dicho de otra manera: los medios no son neutrales, lo cual es una obviedad. Si en unas elecciones alguien quiere exponer un mensaje distinto, debe utilizar otros medios también distintos.

Ni siquiera debería hablar de “medios” en plural porque hoy en las elecciones no hay otro medio que la televisión; sabemos que ha habido elecciones porque lo hemos visto por la tele; fuera de ella no ha habido eso que llaman “actos electorales”. Personalmente, por la calle no he encontrado carteles, convocatorias o actos de ninguna candidatura. Absolutamente ninguno.

La conclusión es que no ha habido tales elecciones, ni tales actos electorales, de manera que ese tipo de debates que se entablan en algunos grupos seudorrevolucionarios sobre si votar o no, sobre si presentar candidatura o no, o sobre si apoyar a unos o a otros, son ridículos.

Si se pone como metáfora la polémica futbolística entre los “resultadistas” y los partidarios del “jogo bonito”, la conclusión no deja lugar a dudas: las organizaciones realmente antifascistas y revolucionarias son partidarias del “jogo bonito”, defienden el principio realmente deportivo y deportista de que lo importante es participar.

… o no participar, que es otra forma de participar a la que se podría aplicar todo lo que acabo de enunciar porque, en efecto, no basta con no votar sino que, si así lo decide, una organización realmente revolucionaria tiene que desplegar una campaña activa en torno al boicot.

Como en cualquier otro aspecto de la lucha, en unas elecciones las organizaciones revolucionarias no sólo tienen que adoptar una postura partidista sino militante y organizada. Lo mismo si se presentan que si llaman al boicot, tienen que hacer, en la medida de sus fuerzas, campaña electoral que, como cualquier otra campaña, se expresa en la forma combativa que es típica: reuniones, carteles, pintadas, folletos, etc.

Las candidaturas que se han llamado del “cambio” no es que hayan engañado a sus votantes sólo por el programa, por sus principios o por sus objetivos, sino que su campaña ha sido idéntica a las del no-cambio. Creen que así “llegan a más gente”, una expresión típica del reformismo hispánico desde los tiempos de la transición.

Una organización que quiera cambiar algo -de verdad- no sólo debe “llegar a más gente” sino “llegar” por otros medios distintos que, además, son más poderosos que la televisión y que las redes sociales porque la burguesía no los puede utilizar: es el contacto directo con las masas, el boca a boca, las reuniones, los debates y la movilización de sus fuerzas, en definitiva.

Habría que empezar a criticar el uso de un lenguaje tan repugnante como el de los reformistas: una organización revolucionaria no “llega” a las masas sino que forma parte integrante de ellas.

¿Por qué el marxismo no es ninguna teoría?

Juan Manuel Olarieta

En la actualidad cada vez más escritos aluden a la teoría marxista del valor, o a la filosofía marxista, o a la teoría marxista de la historia, o a la crítica de la sociología. Como poco, es una manera errónea de expresarse y conduce a equívocos aún más importantes.

El marxismo no es una teoría y, aunque lo fuera, nunca sería una teoría como la de la relatividad, por ejemplo. Cuando Lenin dice que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionaria, no se refiere a cualquier clase de teoría. Una teoría revolucionaria es lo menos parecido a una teoría corriente.

Entre los marxistas es un tópico hablar de la unión entre la teoría y la práctica, una dualidad que sirve precisamente para justificar una teoría y para aseverar, además, que la veracidad de tal teoría se demuestra en la práctica.

Es pura retórica. Cuando alguien termina de leer ese tipo de “teorías marxistas” es imposible entender a qué conducen, dónde está la práctica en medio de ese fárrago de escritos. No me refiero sólo a una práctica de carácter revolucionario, sino a la práctica sin más.

Ese “marxismo” es preocupante no sólo porque a cualquier cosa le llame teoría sino, además, porque a cualquier cosa le llama práctica. En sus documentos se critican muchas teorías pero jamás se critican las prácticas (cuando existen).

Es cierto que hablan de la práctica, pero lo hacen de manera ritual porque la han convertido en otra teoría más. Son teorías construidas sobre otras teorías que acercan al marxismo al kantismo, al sicoanálisis o al keynesianismo.

Si fuera una teoría, el marxismo estaría al lado de otras teorías o en oposición a ellas, al modo “crítico” que algunos catedráticos pretenden, esto es, transformando al marxismo en una “filosofía crítica” o en una “economía crítica” y cosas parecidas. No es nada por sí mismo sino una ideología parásita que vive de la  “crítica” de las demás.

Eso que califican como “crítica” se presenta también como “lucha ideológica” en la que el marxismo aparece en medio de una ensalada de doctrinas, corrientes y opiniones aparecidas a lo largo y ancho de la historia del pensamiento humano.

El colmo del marxismo es el de quienes, precisamente para oponerse al marxismo como teoría, recuerdan aquello de que no es para tanto: “sólo” es una “guía” para la acción.

En 150 años el marxismo ha tenido un vuelco importante. En su época a Marx y Engels nadie les consideraba como unos “teóricos”. Muy pocas de sus obras se publicaron; muy pocos las leyeron y casi no se tradujeron a otros idiomas.

Lo que dio aire a la “teoría marxista” fue la práctica: la Revolución de Octubre. Sin ella nadie se acordaría hoy de Marx y Engels.

Los fundadores del marxismo no tuvieron que vivir toda su vida en el exilio por sus escritos. La policía prusiana no les persiguió por ello sino porque eran “peligrosos agitadores”, como se decía entonces, que es como hoy decir que eran “terroristas”.

Desde entonces, desde 1917 la burguesía está intentando que el marxismo deje de ser lo que es para convertirlo en una teoría que, como cualquier otra, tiene sus seguidores, sus maestros, su enseñanza, su cuerpo de doctrinas… y sus detractores, naturalmente.

La burguesía ha incorporado el marxismo a la manera que dice el refrán: si no puedes derrotar a tu enemigo, únete a él. Si hoy un profesor de instituto tiene que explicar el marxismo, cosa extraña, te enseña con toda naturalidad lo que es la alienación, pero no te habla del hambre, o del desempleo, o de la guerra, ni de sus causas, ni de cómo acabar con situaciones así.

Las diversas “teorías marxistas” han acabado convertidas en nuevas formas de socialismo utópico, de esa sociedad idílica que nunca ha existido, ni existirá. Lo que dicen es que la teoría está bien pero la práctica, la Revolución de Octubre y la construcción del socialismo en la URSS, han sido frustrantes, por no decir contraproducentes.

Justamente cuando llega la práctica, esos “marxistas” se muestran siempre tal y como son. Es una actitud que no se limita sólo a cierta intelectualidad exquisita sino que está mucho más extendida de lo que cabe imaginar. Las teorías se concentran siempre en los objetivos, cuanto más alejados mejor, pero no hablan nunca de la manera de conseguirlos, de la organización, del trabajo político, de la agitación, de las manifestaciones ni de pintar murales.

Las teorías deslumbran. Son propias de grandes intelectuales, mientras que el esfuerzo cotidiano es propio de masas anónimas, sin diplomas, que no escriben y cuya huella, por lo tanto, no es de tipo intelectual. Sin embargo, su obra es la única que pasa a la historia. Nunca hay que olvidar que el motor de los acontecimientos no son los escritos de nadie sino las acciones de las masas.

Si el marxismo no es una teoría, ¿qué es exactamente? Pues es como la música en vivo y en directo, cuya huella tampoco es sólo intelectual. Tan erróneo es creer que en un concierto no hay partitura, que todo se improvisa, como confundir la música con las notas de un pentagrama, ni mucho menos con la crónica que escribe un crítico musical.

Los marxistas no son críticos musicales sino músicos que actúan en vivo y en directo, y quiero hacer hincapié en el significado del término “actuar”. Tienen su orquesta, que es colectiva, su partitura, ensayan una y otra vez, afinan los instrumentos, prueban el sonido, suenan armónicamente y en cada concierto de manera diferente, improvisan, se emocionan y emocionan al público… y muchas cosas más que no están en el manual de ningún crítico musical.

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