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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 3 de 60)

300 años de ‘amenazas rusas’ contra Europa occidental

A la muerte de Pedro El Grande en 1725, su testamento circuló por toda Europa. Entonces los europeos ya seguían los pasos de Rusia atemorizados, sin saber muy bien por qué. Muy pocos años después de la muerte del zar, en 1740, sus últimas voluntades fueron traducidas al castellano por el jesuita José de la Vega, lo cual no es ninguna casualidad.

El testamento se difundió en Europa occidental para asustar: había que tener cuidado con los rusos porque querían apoderarse del Viejo Continente. Rusia era un imperio que, entre otros muchos defectos, era esencialmente expansionista, lo cual parecía una tautología en otro imperio, el español, que se había apoderado de una parte importante del mundo, especialmente en América del sur. El expansionismo ruso daba miedo, mientras el español es un orgullo patrio porque evangelizaron a los salvajes.

Sin embargo, el testamento de Pedro El Grande era falso. Nunca existió tal cosa y es un ejemplo más de que los engaños, los bulos y las mentiras han sido moneda corriente en la historia y, además, siempre los difundieron las clases dominantes.

Una explicación más detallada destaparía una crónica apasionante sobre la pésima imagen de Rusia en Occidente, y luego de la URSS, como un país atrasado, bárbaro, inculto e incluso atávico, donde la población se moría de hambre bajo una dictadura despótica.

Los imperialistas no han inventado nada. Siglos después, les basta con mantener en pie el falso testamento del zar. Cuando en 1812 Napoleón invadió Rusia, llevaba el testamento bajo el brazo, reimprimido una y otra vez como si fuera un gran “best seller” de la literatura. Cada vez que en Europa estallaba un guerra en la que participaba Rusia, el testamento se ponía en circulación, especialmente en inglés, francés y alemán. Rusia no era invadida; era el invasor.

Los propagandistas occidentales siempre miraron a la URSS de la misma manera miserable que se miran a sí mismos. Sin embargo, para ellos nada calibra de manera más precisa la fortaleza de un país que la guerra y en 1945 la URSS derrotó a Alemania, el país más adelantado de Europa. En Yalta las fotos mostraron a Stalin a la misma altura que Churchill y Roosvelt.

Fue un tremendo golpe de efecto, al que siguieron otros muchos. En la posguerra los imperialistas debían cambiar el discurso porque, lejos de hundirse, la URSS se estaba expandiendo. En Europa aparecieron una serie de países “satélites”, se fundó la República Popular de China, Estados Unidos fracasó en la Guerra de Corea…

La URSS también era un Estado expansionista que quería conquistar su propia “zona de influencia”. Además, la política imperialista de posguerra se justificaba a sí misma precisamente por simetría con la soviética. Kennan dijo que el objetivo de la Guerra Fría era la “contención” del expansionismo de la URSS. No hacía otra cosa que emular a Napoléon, algo para lo que no estaba capacitado en absoluto.

La atosigante retórica oficial sigue oscilando hoy entre el desprecio (por el atraso ruso) y el miedo (por el progreso ruso), que los medios siempre acaban personalizando en figuras como Iván el Terrible y Stalin, hasta acabar en (Ras)Putin, que sigue heredando lo peor de la historia de Rusia, de donde nunca salió nada bueno, sobre todo en 1917.

Hoy la “amenza rusa” es una versión cutre de aquel testamento, apañada por personajes de ínfima condición política, como Ursula von der Leyen o Mark Ruttte. Los europeos siguen a medio camino entre el desprecio y el miedo hacia Rusia. La única diferencia es que los farsantes ya no necesitan la imprenta. Les basta la telebasura. El viernes, mientras el foco de la atención estaba en el Desfile de la Victoria en Moscú, las grandes cadenas de comunicación distraían la atención de los espectadores con el circo Vaticano, con un espectáculo de babosadas pocas veces visto y escuchado.

En la guerra moderna todo ocurre por pura casualidad (incluso los apagones)

El domingo 27 de abril la red eléctrica de Reino Unido tuvo dos averías inusuales, según el operador del sistema eléctrico británico (Neso).

El primer incidente ocurrió alrededor de las 2:00 am, con un corte de energía en la planta de gas natural Keadby 2 en Lincolnshire, inaugurada en 2018.

El fallo reúne dos características fundamentales: es inusual y los técnicos no son capaces de determinar los causas, por lo que circulan todo tipo de conjeturas (1).

A la primera a la avería siguió otra en el interconector Viking Link, que conecta Reino Unido con Dinamarca. Este fallo presenta las mismas características que la anterior.

Más tarde, hacia las 6:00 pm se detectó otro cambio en la frecuencia de la red de la misma naturaleza inusual e inexplicable.

Los incidentes fueron resueltos el mismo día por la tarde y no tuvieron impacto en el suministro eléctrico para los usuarios británicos.

Al día siguiente se produjo el apagón en la Península que, además de ser también inusual e inexplicable, no afectó ni a las Islas Canarias, ni a las Baleares, ni a Ceuta y Melilla.

Aunque en Canarias no falló el suministro eléctrico, fallaron las telecomunicaciones. El corte afectó tanto a los teléfonos fijos como a los móviles, e incluso al Servicio de Información y Atención Ciudadana No Presencial (012), es decir, en una situación de emergencia no hubo teléfono de emergencias.

Al día siguiente, explotó una subestación eléctrica de Londres, causando un apagón en varios barrios del centro. También se propagó un incendio, que obligó a intervenir a una dotación de cien bomberos (2).

El mismo lunes las telecomunicaciones (telefonía, SMS e internet) también fallaron en Groenlandia, donde los usuarios perdieron la conexión.

El apagón afectó a Groenlandia por pura casualidad

Como hemos explicado en entradas anteriores, Groenlandia ha revalorizado su papel estratégico para Estados Unidos en el control del Ártico, Rusia y el Atlántico norte.

En el caso de Groenlandia, la empresa suministradora local Tusass ha lanzado una conjetura que relaciona el corte con el de las Islas Canarias. La conexión a internet de Groenlandia depende (en parte) de la estación satelital de Maspalomas, que está en las Islas, así como de un satélite de Hispasat, el Nexus Amazonas.

Pero ambas averías no coinciden exactamente en el tiempo. En Canarias las telecomunicaciones quedaron interrumpidas desde las 20:30 hasta las 23:30 horas del lunes, mientras que en Groenlandia se prolongaron hasta el día siguiente.

Estas averías, inusuales e inexplicables, no tienen (casi) ninguna conexión entre ellas. Todo parece ser fruto de la casualidad, o mejor dicho, de varias casualidades.

No obstante, se pueden encontrar algunos paralelismos. Por ejemplo, no parece casualidad que el satélite de Hispasat se llame Nexus Amazonas: presta servicio en el Atlántico a quienes carecen de conexión terrestre, como es el caso de Groenlandia, de los buques de las empresas navieras o los aviones de las aerolíneas.

Otra casualidad: el centro satelital de Maspalomas, conocido como Centro Espacial de Canarias, es administrado por el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), un organismo público de investigación dependiente del Ministerio español de Defensa.

Hispasat proporciona comunicaciones ‘seguras’ al Pentágono

Hispasat parece una empresa comercial que presta un servicio comercial a otras empresas… pero no es así exactamente. El propietario mayoritario del capital, con casi el 90 por cien de las acciones, es… la antigua Red Eléctrica Española, que ahora se llama Redeia.

En 2020 Hispasat firmó un contrato con el operador estadounidense Artel, una empresa certificada por el Pentágono dedicada a integrar redes de comunicaciones mundiales capaces de eludir escuchas ilegales, suplantaciones, interferencias y cortes.

El Pentágono opera sus comunicaciones seguras por medio del satélite Nexus Amazonas, al que Hispasat ha equipado con las aplicaciones de misión Pathfinder 2 de la Fuerza Espacial de Estados Unidos, un sistema de cifrado avanzado que opera en 108 MHz y cumple con los estándares CNSSP-12. Estas reglas están en línea con la Política de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que garantiza el secreto de la información que fluye a través de los sistemas espaciales que Washington utiliza para apoyar sus operaciones militares.

El Comité de Sistemas de Seguridad Nacional dicta las medidas que el Pentágono ha impuesto a la telemetría y telecontrol en banda Ka del satélite español. Esto garantiza que las comunicaciones de voz y datos entre los principales funcionarios políticos y militares del Pentágono son impenetrables y secretas.

El satélite Nexus Amazonas fue puesto en órbita en 2023 por la lanzadera estadounidense Falcon 9 de SpaceX, la empresa propiedad de Elon Musk, desde la Estación de la Fuerza Espacial estadounidense en Cabo Cañaveral (Florida).

El lunes las telecomunicaciones del Pentágono no se interrumpieron (que sepamos), a diferencia de las de Groenlandia, a pesar de que ambas funcionan en el mismo satélite. Pero no hay que buscarle tres pies al gato; todo ha ocurrido por pura casualidad.

(1) https://www.telegraph.co.uk/business/2025/04/29/grid-operator-investigates-unusual-activity-spain-blackouts/
(2) https://la100.cienradios.com/mundo/apagon-masivo-exploto-una-estacion-electrica-en-londres-tras-los-cortes-en-espana-portugal-y-francia/

Ojo con las bandas criminales subcontratadas por Rusia

Las guerras tienden sus propias cortinas de humo, tópicos y percepciones equivocadas, que los medios de comunicación se cuidan de cultivar y propagar con esmero. La primera de ellas, y la más importante, es que el enemigo es exterior. En la guerra los ejércitos luchan contra fuerzas extranjeras.

A partir de ahí los errores se suceden porque a lo que se entiende habitualmente por guerra, una sucesión de choques violentos, no se le añaden nunca otros dos componentes fundamentales: toda guerra va acompañada de un estado de guerra, o ley marcial, como dicen los anglosajones, y toda guerra es una economía de guerra.

La conclusión que se obtiene de ahí es que las guerras modernas son interiores; también van dirigidas contra la propia sociedad o, mejor dicho, contra los trabajadores y la población en general.

El ejemplo más candente de ello es Francia, cuyo gobierno no sólo está impaciente por llevar sus tropas a Ucrania, sino que la semana pasada empezó a implantar el estado de guerra. El jueves una comisión mixta paritaria de diputados y senadores aprobó un proyecto de ley que, con el pretexto de “combatir el narcotráfico”, crea una fiscalía especializada en el “crimen organizado”, con módulos en prisiones de máxima seguridad para los narcotraficantes y reforzando ciertas “técnicas de investigación”.

Aparentemente, la ley tiene poco que ver con una guerra, salvo que incurramos en los excesos retóricos de la llamada “guerra contra las drogas”. Sin embargo, la ley no se refiere únicamente a la “seguridad interior”, ni a la policía y por eso la víspera el ministro de Defensa, Sebastien Lecornu, habló precisamente de la cuestión del “crimen organizado” durante una audiencia en la Asamblea Nacional.

Este tipo de casualidades no saltan al azar y si no se lo creen, escuchen el cenagal en el que se metió el ministro: “Cuanto más avanzamos con los servicios de inteligencia sobre el narcotráfico, más vemos la adhesión a otras redes, ya sean estatales o terroristas. Un servicio extranjero puede estimular desestabilizaciones. Siempre podemos tener un sistema de defensa que vigile el tanque que quiere entrar en el territorio nacional, pero si, mientras tanto, hay una manipulación masiva de una serie de redes, obviamente, la cuestión no va en la dirección correcta”.

Traducida la parrafada al lenguaje corriente, lo que el ministro dijo es que el enemigo exterior crea el enemigo interior. Es lo que ahora llaman “guerra híbrida” en la que hay un poco de todo, desde narcos a piratas informáticos o terroristas, que son tan enemigos de Francia como los rusos. Para combatir a Rusia hay que atacar a ese enemigo interior porque son prorrusos, es decir, un caballo de Troya.

Pero eso no es todo. Tras el ministro llegó el jefe de los espías, el general Philippe Susnjara, que también compareció en la rueda de prensa para poner su granito de arena. De momento no han detectado “grupos criminales subcontratados por Rusia”, excepto en el caso de “ciertos grupos de ciberdelincuentes”, cuyos vínculos con instituciones públicas rusas han podido ser demostrados.

Afortunadamente para los franceses, el general que preside el DRSD (Inteligencia y Seguridad de la Defensa, el contraespionaje militar) está ojo avizor y, además de cazar ciberdelincuentes, lee con atención esos repugnantes blogs que difunden las mentiras del Kremlin.

A falta de rocambolescas operaciones, como en las películas de espías, el general francés se tuvo que conformar con los carteristas y la pequeña delincuencia urbana. Sólo pudo mencionar acciones de “bajo espectro”: drones, robo de ordenadores y móviles… Resulta que tras el comienzo de la Guerra de Ucrania han aumentado esos delitos de “bajo espectro”, lo cual es algo que nunca fuimos capaces de sospechar siquiera.

Naturalmente, en medio de este gazpacho de imbecilidades sacamos la impresión de que los chorizos y carteristas también son agentes rusos disfrazados, lo mismo que los blogueros que desinforman o los piratas de los ordenadores.

Por si todo eso no les concierne, a tan sagaz general no se le escapó la radicalización de la sociedad, “con grupúsculos cada vez más violentos” que, en efecto, pueden ser instrumentalizados por potencias extranjeras. “Históricamente, esta amenaza estaba vinculada al islam radical […] A partir de ahora, todos los movimientos ideológicos, religiosos y políticos están afectados por esta tendencia a la radicalización: extrema derecha, extrema izquierda, verdes radicales, conspiracionistas, etc.”

Ese cúmulo de grupúsculos que, a primera vista, parece tan variopinto, continúa el jefe del contraespionaje, empieza a converger, “como ha sucedido recientemente entre los antimilitaristas y los movimientos propalestinos, que han, por ejemplo, dirigido su atención a un cierto número de empresas de nuestra base industrial y tecnológica de defensa”.

Son saboteadores que se dedican a peligrosas actividades subversivas, con “acciones simbólicas”, como poner pegatinas en las paredes o distribuir panfletos. Tales actos pueden jugar a favor de una potencia hostil a Francia. Por ejemplo, en Reino Unido la fábrica de Teledyne que fabrica componentes para el cazabombardero F-35, fue vandalizada en octubre por miembros de Palestine Action.

En Francia la “extrema izquierda” ha reivindicado varios sabotajes a eso que llaman “base industrial y tecnológica de la defensa” y el contraespionaje francés está ansioso por demostrar el interés de Rusia por esas acciones porque lo necesitan urgentemente: sería el mejor ejemplo de que, en efecto, Francia está siendo atacada por Rusia.

Las guerras necesitan un pretexto, y si no lo hay tienen que buscarlo en alguna parte. Francia no va a ir a la guerra porque Macron y sus acólitos sean unos belicistas sino porque el país está siendo atacado y tiene que defenderse de una agresión exterior injusta.

La verdadera historia de un perro rabioso: Joschka Fischer

El antiguo ministro alemán de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, quiere “ayudar” a Zelensky. Es normal porque Alemania siempre ha sido el buen samaritano de Europa. A Berlín le gusta “ayudar” a los demás. Durante la guerra civil rusa ayudó a los zaristas a combatir la Revolución de Octubre y en 1941 repitió la experiencia. Es posible que crea que a la tercera va la vencida.

Hubo un tiempo en el que Fischer, que durante siete años dirigió la diplomacia del gobierno de Berlín, fue el político más famoso de Alemania como cabeza visible de los Verdes. Pero su trayectoria comenzó bastante antes, en los convulsos años sesenta, cuando todo el mundo, sobre todo los estudiantes, se colocaba etiquetas feroces en la solapa. Entonces Fischer se oponía la OTAN, defendía a la URSS y a los trabajadores… a su manera.

Pertenecía a Revolutionärer Kamp (Lucha Revolucioniaria), uno de aquellos grupos estrafalarios del momento. Un fotoperiodista le inmortalizó golpeando a un policía con una porra en una de las movilizaciones de entonces. En otro lugar del mundo, eso bastaría para acabar con la carrera política de cualquiera… excepto de Fischer.

Con el paso de los años, sus discursos se suavizaron y se convirtió en una pieza del engranaje. En 1985 el Parlamento de Wiesbaden le nombró ministro de Medio Ambiente y Energía. No obstante, el gran salto llegó cuando la socialdemocracia necesitó apoyos parlamentarios y, con sólo un 7 por cien de los votos, los Verdes fueron la mejor muleta.

Los Verdes, que hasta entonces se consideraban como un “partido antipartido”, eran como todos los demás partidos. En 1998, en plena Guerra de los Balcanes, un “ecopacifista” como Fischer, opuesto a la OTAN, se convirtió en su contrario. El “partido antiguerra” era la expresión de las peores formas de guerra.

Por primera vez desde 1945, era posible oír a un dirigente alemán decir que había que sacar al ejército alemán de sus cuarteles para enviarlos a una Yugoslavia destrozada y troceada. Los alemanes volvían a los Balcanes, donde ya estuvieron con el III Reich. El “ecopacifista” decía que las tropas alemanas debían impedir un genocidio, el de los musulmanes, y lo que hicieron fue organizar otro.

La coartada de la OTAN no se sostenía: sus bombardeos mataron a más musulmanes que las milicias serbias.

En el Congreso del partido Verde en Bielefeld en 1999, le tiraron bolsas de pintura por enviar soldados alemanes a la Guerra de los Balcanes. En 2021 un comunista alemán, Gerd Schumann, publicó una biografía sobre su carrera política, titulada “¿Me quieren a mí o a sus sueños?”, concluyendo que Fischer era el típico político europeo al que habría que sentar ante un tribunal internacional por crímenes de guerra (*).

Al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, Fischer abrió las puertas a los primeros ucranianos, que empezaron a llegar a Alemania por cientos de miles. Aún estaba en el Ministerio cuando en 2004 estalló la “revolución naranja”, un aperitivo de lo que diez años después, sería el Golpe de Estado de Maidán, la Guerra del Donbás y su posterior extensión a Ucrania.

Hoy en Europa están muy preocupados por eso que llaman “la extrema derecha”. Es una manera de no preocuparse por organizaciones como los Verdes o por políticos como Fischer que sí tienen una práctica política, que cargan sobre sus mochilas historias muy sucias y que no necesitan invocar a Hitler para hacer lo mismo que él cincuenta años después, tanto en Yugoslavia como en Ucrania.

Si realmente estás contra la guerra, no te fíes de los “ecopacifistas” como Fisher.

(*) https://www.amazon.de/gp/product/3360013743/ref=as_li_qf_asin_il_tl

La trampa de Kindleberger (un artículo no apto para gañanes)

Incluso los lectores exquisitos y con título universitario en vigor es posible que no sepan lo que es la trampa de Kindleberger, y que ni siquiera sepan quién fue Charles P. Kindleberger, el economista que diseñó el Plan Marshall, porque esa es otra burla de la historia: el orfebre del Plan no fue el general George C. Marshall sino Kindleberger. “El primer trabajo en economía realizado con ordenadores utilizó los del Pentágono por la noche para elaborar el Plan Marshall”, contó años después en una entrevista.

La trampa de Kindelberger es la respuesta a la pregunta del gañán: ¿quién va a sacar las castañas del fuego?, algo que los piadosos predicadores estadounidenses formularían de manera diferente: ¿a quién corresponde la misión (divina) de salvar al mundo?

En efecto, a un reverendo no se le ocurriría pensar que el mundo debe salvarse a sí mismo; necesita un Salvador (con mayúsculas). Dios ha venido al mundo para salvar a los hombres de sí mismos.

En 1948 Europa fue salvada gracias al Plan Marshall, o sea, a Estados Unidos, que es la misión que desde entonces se atribuyó al Pentágono, al Fondo Monetario Internacional, a la Usaid, a la CNN y demás instituciones benefactoras de la humanidad.

Ahora la pregunta que -por culpa de Trump- todo el mundo se plantea en Washington es: ¿por qué siempre nos toca a nosotros preocuparnos por salvar al mundo? ¿por qué no son capaces ellos de salvarse a sí mismos?

Como en los demás países, en Estados Unidos están cada vez más preocupados por la Gran Depresión de 1929, de la que pronto se van a cumplir cien años. Kindleberger escribió que el remedio para salir de la crisis fue peor que la enfermedad. La política económica creó una espiral de la que sería muy difícil salir y, en efecto, con el tiempo la historiografía ha vinculado el III Reich, el militarismo nipón e incluso la Segunda Guerra Mundial a la crisis económica de 1929.

Kindleberger estaba allí en aquel momento. Trabajó en la división internacional del Tesoro de Estados Unidos. En 1936 se incorporó al Banco de la Reserva Federal de Nueva York y luego al Banco de Pagos Internacionales en Suiza. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) y, al acabar la contienda, le nombraron director de la División de Asuntos Económicos de Alemania y Austria del Departamento de Estado.

Era un economista que ejercía de espía y viajaba por la Europa de la posguerra de la mano del general Omar N. Bradley, de donde pasó a ser el brazo derecho del general Marshall porque en aquellos tiempos los académicos tenían mucho más claro que los fusiles eran tan importantes -por lo menos- como los tipos de interés.

Según Kindleberger, el dólar y la hegemonía son hermanos siameses. Para mantener un sistema monetario internacional estable fuera del patrón oro se necesita un único poder dominante. Hoy diríamos que era un enemigo acérrimo de eso que llaman “multilateralismo”.

La hegemonía era necesaria, pero para alguien pragmático como Kindleberger ese no es el problema principal: al acabar la guerra en 1945, ¿sería Estados Unidos capaz de suplantar la hegemonía británica? La respuesta es negativa: llegaría un momento en el que Estados Unidos tendría más problemas de los que podría resolver.

¿Ha llegado ese momento? ¿Se han hartado los gringos de sacar las castañas del fuego a los demás?

Más exquisiteces: en 2017, durante el primer mandato de Trump, a un antiguo subsecretario de Defensa de los tiempos de Carter, Graham Allison, se le ocurrió formular lo que calificó como la “trampa de Tucídides”, según la cual una potencia dominante (Esparta, Estados Unidos) desafiada por una potencia emergente (Atenas, China) está obligada a entrar en guerra con ella necesariamente.

Aquel mismo año, Joseph S. Nye, profesor de la Universidad Harvard conocido por su teoría del “poder blando”, refundió ambas trampas: con el tiempo Estados Unidos tendría que preocuparse por la trampa de Kindleberger, en la que China aparecería más débil y no más fuerte de lo que realmente es.

Los gañanes explican esto mucho mejor que los universitarios: lo mismo que el poder político, la hegemonía es relativa. Aunque Estados Unidos no se debilite, China se fortalece, lo cual conduce a desequilibrar la balanza internacional de fuerzas exactamente igual.

En eso consiste la trampa: el poder dominante ya no es capaz de estabilizar los mercados mundiales y a las fuerzas emergentes les basta con “esperar y ver” que Estados Unidos no es capaz de salir del atolladero. Entonces aceleran los esfuerzos para reducir la dependencia del dólar, lo que exacerba la crisis financiera y debilita la economía mundial.

En el mundo se está produciendo un vacío: Estados Unidos no puede y China no quiere. O quizá sea mejor decirlo de otra manera: China no quiere hacer lo mismo que Estados Unidos venía haciendo hasta ahora. Por eso es una estupidez poner a ambos países (Estados Unidos y China) en la misma balanza, creer que uno quiere sustituir al otro o hablar de un “pulso” entre ambos. No hay ningún “pulso” porque China no lo quiere y si hay guerra será porque la provoca Estados Unidos.

Es algo que ya entendió Kindleberger: Estados Unidos no podría sustituir al imperialismo británico y ahora China tampoco puede sustituir a Estados Unidos. Si tras la crisis de 1929 la política económica creó una espiral de la que no había manera de salir, la actual guerra económica provocará una espiral aún mayor… de la que tampoco van a poder salir. Ni siquiera besándole el culo a Trump.

Quizá Usted aún no se haya dado cuenta de que es un personaje cercano a Putin

Quizá Usted aún no se haya dado cuenta de que es un personaje cercano a Putin. Debe tener cuidado porque le pueden embargar su nómina, o su cuenta corriente, o su vehículo particular, o su vivienda, o la ropa de su armario.

Si Putin se pasea por su pueblo, no se acerque a él para pedirle un autógrafo o hacerse un “selfi” porque acabará convertido en un oligarca ruso. Si tiene una furgoneta, puede formar parte de la “flota fantasma”. ¿Está Usted ayudando a Putin a eludir las sanciones? ¿Sus tarjetas de crédito sirven para blanquear el dinero del Kremlin? ¿Ha viajado en el tren Transiberiano? ¿Lee a Tolstoi? ¿Acude Usted a manifestaciones prorrusas?

Hay muchos más oligarcas rusos de lo que nos creemos. Por ejemplo, los abogados (europeos) siempre participan en los negocios turbios de sus clientes (rusos). Lo importante del caso no es si uno es europeo o no, ni si es abogado o no. Lo ruso contamina.

Por ejemplo, en diciembre dos asociaciones de abogados belgas interpusieron un recurso contra las sanciones que prohíben a los abogados asesorar a personas jurídicas, entidades u organismos establecidos en Rusia. No importa que la empresa sea europea o no; lo importante es que tiene una sede en Rusia, y un abogado europeo que defiende a alguien que tenga una relación remota con Rusia, entra en la lista de negra de los apestosos.

A principios de este mes, el diario belga De Tijd reveló que una parte de los 300.000 millones de euros embargados en virtud de las sanciones contra Rusia pertenecen en realidad a personas particulares, aunque no estén afectadas por las sanciones, ni sean tampoco rusos. ¿Lo pillan Ustedes? No es necesario ser ruso para ser un oligarca ruso.

Algunos de esos “oligarcas rusos” a los que Bruselas ha robado sus propiedades han recurrido al Tribunal de Justicia de la Unión Europea en busca de amparo, por lo que empieza a formarse una pequeña jurisprudencia de casos, a cada cual más sangrante.

Por ejemplo, Nikita Mazepin, antiguo piloto de Fórmula 1, tiene la mala suerte de tener pasaporte ruso y de que su padre, Dmitri Mazepin, fuera uno de esos personajes a los que han colgado del pescuezo la etiqueta de “hombre cercano a Putin”.

Tener un padre así es como el pecado original, un losa que pasa de generación en generación, igual  que la casa del pueblo. Las etiquetas que te cuelgan en Bruselas son hereditarias, aunque por esta vez el Tribunal dijo ”que debe existir un vínculo que vaya más allá de una relación familiar” para que a una persona le puedan robar sus bienes de forma legal. Mazepin sólo podía ser responder de sus propios actos, no de los de su padre.

Pero da igual. Finalmente, a Mazepin no le han devuelto los bienes que le robó la banda de Bruselas.

Otra de las personas robadas es la hermana del millonario uzbeko Alisher Usmanov. En una entrevista concedida al Corriere della Sera, proclama su inocencia: “Soy médico, ginecóloga, hoy jubilada desde hace cinco años. Siempre he trabajado en Tashkent, la capital de Uzbekistán, donde nací, donde crecí y donde todavía vivo con mi familia. Es absurdo que me sancionen por mi hermano Alisher Usmanov: él nunca me ha utilizado para ocultar sus bienes”.

El Tribunal hizo oídos sordos. Sus argumentos no convencieron al Tribunal de Justicia de la Unión Europea y le han expoliado sus bienes.

El peligro marrón

El 21 de febrero el futuro canciller alemán, Friedrich Merz, propuso negociar con París y Londres la extensión del “paraguas nuclear” a Alemania, lo que no es nada reciente. La propuesta se remonta a finales de la década de los sesenta por iniciativa de un partido alemán, el NPD (Partido Nacional Democrático), que entonces disfrutaba de cierto éxito electoral en varios estados alemanes.

No hay nada nuevo bajo sol, por más que los charlatanes se empeñen en ello: el NPD era uno de esos partidos que hoy llamarían “de extrema derecha”. Su máximo dirigente entre 1967 y 1971, Adolf von Thadden, tenía una biografía que no dejaba lugar a dudas: en 1939 se unió al partido nazi y sirvió como teniente en la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial, donde sufrió heridas en combate.

Tras la guerra, formó parte de varios partidos y fue uno de los miembros más jóvenes del Bundestag entre 1949 y 1953, formando parte de organizaciones nazis que entonces se empezaban a camuflar como “extrema derecha”, refundiéndose en 1964 en las siglas NPD.

El NPD se caracterizó por exigir la salida de Alemania de la OTAN y Von Thadden lamentó que el gobierno federal no participara en la financiación ni en el desarrollo de infraestructuras económicas para la “defensa europea”, ni solicitara la transformación del “paraguas nuclear” francés en una fuerza nuclear europea independiente de los dos bloques de la Guerra Fría.

En 1969 el NPD estaba en su apogeo, tras sus éxitos en las elecciones estatales de 1966 y 1968, donde obtuvo representación en siete parlamentos locales, con casi el 10 por cien de los votos en Baden-Württemberg. Von Thadden estaba a punto de alcanzar el 5 por cien, que le hubieran vuelto a abrir las puertas del Bundestag en las elecciones, pero la OTAN pegó un sonoro pucherazo para impedirlo.

El NPD se quedó con un 4,31 de las papeletas, gracias a la intoxicación mediática, la manipulación de las urnas y la anulación y falsificación de los votos. Desde principios de 1969, la OTAN movilizó a los más importantes medios alemanes (Der Spiegel, Die Zeit y Frankfurter Allgemeine Zeitung), para desatar una campaña que, por lo demás, era muy lógica: Von Thadden era un nazi.

En agosto de 1969 el periódico Die Zeit publicó un editorial advirtiendo que el NPD amenazaba la estabilidad democrática. En abril Der Spiegel publicó otro, que acabó siendo emblemático de aquella campaña. Se titulaba “Die braune Gefahr” (“El peligro marrón”). Los grupos reformistas, e incluso poderosas organizaciones como la DGB (Confederación Alemana de Sindicatos), colaboraron con la OTAN para amplificar advertencias sobre “el peligro marrón”.

Entonces aún no se conocía la Operación Gladio, ni la complicidad de la OTAN en los crímenes que los nazis estaban cometiendo en varios países europeos. La OTAN jugaba con dos barajas. La de Gladio era una de ellas y demostraba su complicidad con el terrorismo nazi en Europa.

Pero había otro tipo de nazis que la OTAN no admitía: la de aquellos que querían su desaparición. En esos casos, la OTAN jugaban la carta de la posguerra: la Alianza había surgido para acabar con los “nacionalismos” en general, que en Europa eran sinónimo de divisiones y guerras. A través de sus sicarios, la OTAN aplastó al NPD con el pretexto de su “lucha contra los nazis“, es decir, que alardeaba de ser una organización “antifascista”.

A finales de los años sesenta del pasado siglo, la OTAN aún no había logrado crear un apoyo tan unánime a su alrededor, como ahora, ni siquiera entre la reacción. Si recordamos al general Charles De Gaulle, el caso Von Thadden no resulta tan extraño. Por aquellas mismas fechas, a De Gaulle le levantaron el movimiento del “mayo francés” y le acabaron sacando de la Presidencia de la República.

Los motivos son conocidos: De Gaulle expulsó a la OTAN de la sede que tenía en París, sacó al ejército francés de la estructura militar y nuclearizó al país (civil y militarmente). Para conocer la evolución de los alineamientos franceses, no hay más que comparar a De Gaulle con un papanatas de la OTAN, como Macron.

La máquina de fabricar billetes vuelve a ponerse en marcha

Estados Unidos obliga a Europa a financiar su propio rearme y el endeudamiento está a la orden de día, incluso en los países que hasta ahora presumían de ser los más rigurosos con las cuentas públicas, como Alemania, que acaba de eliminar la barrera del 3 por cien del PIB, a la que convirtieron en un principio constitucional, es decir, en un tabú.

Por presiones europeas, en 2011 España tuvo que reformar el artículo 135 de la Constitución para consagrar el mismo tabú, que luego se ratificó por ley para que no hubiera dudas de ningún tipo. Entonces los “expertos” hablaban de principios sagrados como la “estabilidad presupuestaria”. En Europa el endeudamiento no podía superar el límite del 3 por cien.

Pero eso no era suficiente. Además, Bruselas impuso que el pago de la deuda pública era prioritario sobre otros gastos, porque el dinero tiene que acabar siempre en el bolsillo de los bancos, que quieren ser los primeros en cobrar lo que se les debe.

15 años después, el rearme ha cambiado la política económica por completo. Los que antes presionaban a España, ya no se presionan a sí mismos. A Francia las deudas le salen por las orejas y si Alemania elimina el tope, pronto llegará a la misma situación de quiebra.

Cuando hay muchas deudas, hay que preguntar por los tipos de interés, que comienzan a subir, lo cual es la señal más alarmante de que la deuda puede dispararse de manera incontrolable y de que va a ocurrir lo mismo con la inflación.

Pero hay una tabla de salvación: Bruselas podría pedir ayuda al Banco Central Europeo para seguir adelante con el rearme europeo.

Las crisis económicas modernas, típicas de la fase imperialista del capitalismo, como la pandemia, han servido de campo de pruebas para las políticas monetarias denominadas “no convencionales”, como la compra de la deuda soberana italiana y española, o sea, de activos totalmente tóxicos.

En 2016 las compras totales de deuda italiana por el Banco Central Europeo superaban los 150.000 millones de euros. En la pandemia, la cifra se disparó casi hasta los 200.000 millones de euros con un programa especial de Compras de Emergencia Pandémica (PEPP).

Sin los derroches de dinero del Banco Central Europeo no hubiera habido confinamientos.

Pero entonces aparece un nuevo obstáculo legal que tienen que apañar en Bruselas con su habilidad característica: el Banco Central Europeo (y los demás bancos centrales europeos) son independientes, de manera que -teóricamente- podrían negarse a sostener el despilfarro desenfrenado de la Comisión Europea y los Estados miembros (*).

Pues bien, dentro de poco los bancos centrales van a demostrar que, en cuanto los respectivos gobiernos les exijan financiar el rearme y la deuda, no tienen nada de independientes. Desde 1914, con la Primera Guerra Mundial, la experiencia demuestra que en cuanto se afloje el corsé, los agujeros van a crecer exponencialmente porque, sobre todo los países del sur, saben que van a ser rescatados por el Banco Central Europeo, cualesquiera que sean las circunstancias existentes.

Si durante la pandemia el Banco Central Europeo financió los confinamientos con tipos de interés negativos, puede financiar cualquier otro tipo de histeria vírica, como la “amenaza rusa”.

(*) https://core.ac.uk/download/pdf/199197954.pdf

Cómo lograr que las astronómicas deudas de Estados Unidos las paguen los demás

Los acontecimientos se aceleran. Trump ha llegado a la Casa Blanca con un plan bajo el brazo, el mismo que no pudo poner en marcha en 2017. Se trata exactamente de que “América” sea grande otra vez. Para ello debe dejar de lado al resto del mundo y concentrarse en eso: en sus propios problemas internos.

Al mismo tiempo, los problemas de Estados Unidos no se puede decir que sean exactamente “internos” porque derivan de una crisis capitalista, que es de alcance internacional. Si no se toman medidas inmediatamente, la crisis puede ser realmente devastadora.

Obviamente Trump no es un pacifista. Retrocede porque no le queda otro remedio. Ha llegado para gestionar la crisis económica y política del imperialismo estadounidense y su plan es realmente simple: presionar al resto del mundo para que pague la gigantesca deuda que tiene Estados Unidos, que asciende a 34 billones de dólares, de los cuales un tercio está en manos de países extranjeros.

Al plan de Trump lo han llamado “Acuerdo de Mar-a-Lago” porque se aprobó en las reuniones informales mantenidas el 21 y 22 de enero con los ministros de finanzas y banqueros centrales del G7 en su mansión de Florida.

El nombre evoca al Acuerdo del Plaza cuando en 1985 Reagan reunió en el Hotel Plaza de Nueva York a los ministros de finanzas y gobernadores de los bancos centrales de Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido y Francia. Tras años de políticas monetarias restrictivas por parte de Reagan y Thatcher, en los años ochenta del siglo pasado las grandes potencias necesitaban devaluar el dólar para reducir el déficit de la balanza de pagos. Esas políticas económicas entonces se llamaban “aterrizajes suaves”, o sea, provocar la crisis para controlarla de manera conjunta.

Ahora Trump recurre a un formato similar para reestructurar la deuda de Estados Unidos siguiendo el mismo procedimiento: provocar la crisis para intentar controlarla. Como es evidente, las políticas económicas implementadas en 1985 fracasaron, aunque dilataron el problema que, naturalmente, con el tiempo transcurrido es ahora mucho mayor.

Aquel fracaso se reproduce cuatro décadas después. Las medidas son las mismas y, como explicamos ayer, empiezan por debilitar deliberadamente el dólar para impulsar las exportaciones estadounidenses y reducir el déficit comercial. La devaluación del dólar, que los “expertos” explican de una manera ridícula como una desconfianza de los capitalistas hacia Trump, supone la revalorización del oro, entre otras cosas.

Mantener el dominio de un dólar devaluado

A pesar de la devaluación, el plan pretende mantener, al mismo tiempo, el dominio del dólar como moneda de reserva mundial, lo cual es una contradicción: ningún país va a querer un dólar devaluado. Por lo tanto, no parece “lógico” que terceros países paguen las astronómicas deudas de Estados Unidos, pero lo que no es “lógico” sí es político: Estados Unidos tiene que “animar” a los demás a que le saquen las castañas del fuego. Entre varios países, la deuda de Estados Unidos puede ser asumible… hasta cierto punto.

En Florida los cabecillas del G7 negociaron la mejor manera de pagar la deuda de Estados Unidos porque las consecuencias de dejar caer su economía serían mucho peores. En sus diccionarios los “expertos” lo llaman “riesgo sistémico” y traducido al román paladino significa que la economía de Estados Unidos es demasiado grande para dejarla caer. Un hundimiento, que sería mucho peor que el de 1929, los arrastraría todos ellos en su caída.

Para evitarlo, en Mar-a-Lago los del G7 hablaron de crear un fondo soberano con dos tipos de activos. El primero serían divisas extranjeras que permitirían a Estados Unidos intervenir en los mercados cambiarios y presionar el dólar a la baja.

El segundo derivaría de la revalorización del oro que, a su vez, revalorizaría las reservas de Estados Unidos, si es que aún existen, para cambiar la contabilidad: con la misma cantidad de oro, parece que hay más y la deuda se reduce.

Las pataletas por la subida de los aranceles son una pantomima

En Mar-a-Lago estaban representados los países del G7, por lo que las pataletas por el aumento de los aranceles es una pantomima de cara a la galería. Trump les había advertido con antelación y ellos estuvieron de acuerdo, lo mismo que en 1985. Por lo tanto, la subida de los aranceles no está diseñada como una provocación sino como un incentivo para la negociación. El objetivo es forzar a los competidores a pagar la deuda de Estados Unidos, al menos en parte.

Ahora bien, si en Mar-a-Lago se llegó a algún acuerdo, es discutible que se pueda mantener a lo largo del tiempo. La subida de los aranceles indica, más bien, que la crisis no se va a poder provocar de manera conjunta y coordinada entre las grandes potencias. Desde luego que un actor principal, como China, no estuvo en Florida y, en consecuencia, no está comprometida con el acuerdo.

Pero la subida de los aranceles no está diseñada como una provocación sino como un incentivo para la negociación. El objetivo es el mismo que en 1985, cuando Japón pagó los platos rotos de la crisis económica estadounidense, y no ha logrado levantar cabeza desde entonces. Ahora no se va a tratar sólo de Japón, sino de todos los demás. Trump quiere arrojar la crisis de Estados Unidos sobre las espaldas de sus “socios” y, por supuesto, de sus competidores.

Para financiar la deuda estadounidense parece que el Tesoro podría emitir bonos a largo plazo que no devenguen intereses (“zero coupon bonds” o cupones cero). Para eso es necesario que los “socios” del G7 lo acepten, es decir, que le paguen la deuda a Estados Unidos de su bolsillo y cambien unos papeles por otros parecidos.

Una emisión de cupones cero, muy típica de Estados Unidos, especialmente en las administraciones públicas, no sólo sería un declaración de quiebra sino, además, una estafa tan burda que pocos pueden caer en ella… si no les empujas un poco para que traguen. Las recientes políticas militares en Europa y Oriente Medio forman parte de ese empujón: Estados Unidos presiona a los europeos y saudíes para que le financien la deuda con “cupones cero” a cambio de mantener el apoyo militar.

Los cupones cero se emiten a un precio significativamente inferior a su valor nominal (o valor a la par) y se pagan al vencimiento por dicho valor completo. La ganancia para el especulador proviene de la diferencia entre el precio de compra y el valor recibido al final del plazo.

Las bravuconadas de Trump, que se suceden unas a otras, no son otra cosa que amenazas y presiones para negociar y el negocio consiste en que los demás paguen por sus deudas.

Casa con dos puertas mala es de guardar

Desde que en el siglo XV se inventó la imprenta, los anónimos han formado parte de la cultura política. La saludable costumbre de colocar carteles mordaces y satíricos en las calles y plazas de las ciudades surgió inmediatamente después. Habían nacido los “pasquines”. Eran mejores en la medida en que nadie conocía al autor. La represión quería saber quién los escribía y los autores se encondían para evadir las represalias.

El anonimato forma parte integral del derecho a la intimidad, mientras que la represión siempre ha tratado de buscar a los autores de los carteles. Lo mismo ocurrió cuando internet sucedió a la imprenta. Como todos los inquisidores, Pedro Sánchez quiere impedir el anonimato en las redes sociales, excepto si se trata de países como Irán, en cuyo caso hay que proporcionarles a los iraníes todo tipo de herramientas informáticas para ocultar su identidad en internet.

Los países occidentales viven sumidos en la hipocresía y el cinismo. Defienden el anonimato en Irán mientras lo combaten en sus propias redes sociales. Por ejemplo, desde 2016 la Ley de Poderes de Investigación permite al gobierno británico acceder a los datos que cualquier usuario tiene almacenados en la nube sin necesidad de recabar ningún tipo de autorización judicial.

Es peor que si pudiera entrar en un domicilio privado sin autorización. Cuando las viviendas tienen un cerrojo es por un motivo muy importante: porque sus moradores tienen derecho a la intimidad.

Lo mismo ocurre en el internet: los usuarios tienen derecho al anonimato y a utilizar claves para cifrar sus mensajes. Si alguien archiva su contabilidad en la nube, debe cifrar sus documentos no sólo para defender su derecho a la intimidad sino, además, porque -de lo contrario- un tercero se la podría manipular muy fácilmente.

En internet la defensa de la intimidad es un derecho del usuario y una obligación de las empresas que prestan los servicios de almacenamiento. El anonimato va ligado a la integridad de los contenidos y al cifrado. Sin embargo, a Apple le han obligado a desactivar el cifrado en iCloud en Reino Unido.

Los documentos y archivos de iCloud se cifran con claves que solo se encuentran en los terminales de sus propietarios y en el sistema.

El gobierno británico le exigió a Apple que instalara una “puerta trasera” para acceder a los datos de los usuarios. Pero “una casa con dos puertas es mala de guardar”, titulaba Calderón de la Barca una de sus obras. Ese tipo de triquiñuelas siempre acaban igual: si el gobierno británico puede entrar, significa que cualquiera puede hacerlo y, finalmente, los archivos quedan expuestos e incluso pueden ser borrados, manipulados, copiados y puestos a la vista de todos, como en un escaparate.

Para Apple es el fin del negocio porque la empresa no sólo cobra por almacenar sino por preservar la integridad de los archivos almacenados. Se opuso a la exigencia del gobierno británico que, al no lograr su propósito, lo quiso hacer por la fuerza, invocando la Ley de 2016.

Se acabó el derecho a la intimidad y se acabó el negocio. Apple dejó de ofrecer el servicio a los usuarios de Reino Unido, donde el cifrado sólo depende de la clave que le haya puesto el usuario.

La Ley de la Nube de Estados Unidos es aún peor. Permite a la policía estadounidense acceder a los archivos incluso fuera del territorio, independientemente de la nacionalidad del usuario.

El alcance de este tipo de normas represivas sorprende incluso a quienes las aprueban. Hace un par de semanas un senador y un congresista estadounidense le enviaron una carta a Tulsi Gabbard, la directora de la inteligencia nacional, para saber si la privilegiada asociación entre Estados Unidos y Reino Unido podría tener como resultado que los británicos se aprovecharan de su Ley de la Nube (1).

La respuesta fue cínica: Gran Bretaña no puede pedir información sobre ciudadanos y residentes de Estados Unidos (2). Sin embargo, las “puertas traseras” no funcionan así: cuando entregas las llaves de tu casa a un tercero, se las entregas a todos. No tienes la seguridad de que no hagan copias, de que no se pierdan, de que no entren en tu casa…

Si las llaves de tu casa las tiene el FBI, también las tiene cualquier amiguete del FBI, cualquiera al que deban un favor… Pero si no eres amiguete del FBI puedes acudir a quienes sí lo son, o quizá a los amigos de los amigos, que harán copias de las copias… Al final las fotos de la boda siempre acaban en el armario del gendarme del pueblo.

(1) https://www.wyden.senate.gov/imo/media/doc/wyden-biggs-letter-to-dni-re-uk-backdoors.pdf
(2) https://www.wyden.senate.gov/imo/media/doc/dni_wyden_biggs_responsepdf.pdf

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