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Autor: Redacción (página 776 de 1360)

Las manifestaciones populares en Líbano han puesto a Hezbollah ante un callejón sin salida

Hassan Nasrallah, dirigente de Hezbollah
Líbano es un país singular fabricado por el imperialismo a su imagen y semejanza. En el reparto de mundo que siguió a la Primera Guerra y a la caída del Imperio Otomano, los imperialistas franceses crearon un nuevo país desgajado del resto del mundo árabe y, en particular, de Siria, formado por tres grupos confesionales principales: cristianos, sunistas y chiítas.

Además, entregaron la dirección económica del país a los cristianos, encargados de ser su correa de transmisión sobre el terreno, lanzando la campaña de que Líbano era “la Suiza de Oriente Medio”, un país fuera de las noticias porque nunca pasaba nada.

Lo cierto es todo lo contrario: Líbano es la caja de resonancia de Oriente Medio.

La historia de Oriente Medio en la última posguerra se puede dividir en dos mitades aproximadamente, cuya delimitación está marcada por la revolución iraní de 1979, que en Líbano coincide con la guerra civil. Desde el punto de vista económico, la primera de las etapas se caracteriza por la decadencia de la burguesía cristiana, paralela a la decadencia del imperialismo francés en Oriente Medio.

Mientras, la burguesa sunita, estrechamente asociada al petróleo del Golfo Pérsico (jaliji) y a los capitales generados a partir de ese maná, asciende capitaneada por las familias Hariri y Miqati que, por sí mismas, acumulan el 15 por ciento de la riqueza privada de Líbano.

Cuando la riqueza cambia de religión, a la pobreza le ocurre lo mismo, de tal modo que los antiguos feudos chiítas ya no son los más depauperados de Líbano. Los barrios cristianos y sunitas de Trípoli empiezan a aparecer en las estadísticas de la miseria cada vez con mayor frecuencia. La hermandad que los libaneses nunca alcanzaron por medio de plegarias, lo ha logrado el hambre, el auténtico cemento de las sociedades capitalistas.

Lo mismo ha ocurrido con los chiítas que, sin dejar de ser la población más pobre de Líbano, han experimentado un proceso de polarización social. De la mano del Presidente del Parlamento libanés y dirigente del partido Amal, Nabih Berri, se creó el “holding chiíta” que explota las remesas de capitales procedentes de la diáspora confesional en África, América, Australia y el Golfo Pérsico.

Aparentemente ningún protagonista quiere cambiar el reparto del poder político en Líbano: la Presidencia de la República para un cristiano, el Primer Ministro para los sunitas y la Presidencia del Parlamento para los chiítas. Sin embargo, los cargos en las patronales bancarias, industriales y comerciales han cambiado significativamente y en ellas lo que destaca es la presencia cada vez mayor de chiítas, que antes ni siquiera existía.

Aquí a los burgueses chiítas los calificaríamos de “indianos”, emigrantes de origen muy humilde que se han enriquecido en el extranjero, que controlan una parte del comercio exterior y reinvierten en el interior de Líbano.

El propietario del Middle East and African Bank, Kassem Hejeij, es un ejemplo de nuevo capitalista chií, hoy sometido a las sanciones de Estados Unidos por ayudar a Hezbollah a gestionar sus operaciones financieras en el mundo.

El esplendor económico chiíta es paralelo al político de Hezbollah. La capacidad de resistencia militar de Hezbollah es impensable sin un poderoso apoyo económico y, a la inversa, el holding chiíta también sería inconcebible sin el ascenso de Hezbollah. Son las reglas más elementales del capitalismo monopolista de Estado.

Por más que siga teniendo un carácter confesional, hace tiempo que Hezbollah dejó de ser el “partido de dios” para convertirse en un movimiento nacional. Su diputado Ali Fayyad señaló hace años que “Hezbolá ya no es un partido pequeño, es una sociedad entera. Es el partido de los pobres, sí, pero al mismo tiempo hay muchos empresarios en el partido, tenemos muchos ricos, algunos de los cuales pertenecen a la élite”.

Esta evolución explica la oposición de Hezbollah a las recientes movilizaciones populares en Líbano. Por un lado es cierto, como denunció Hassan Nasrallah, que el levantamiento tenía muchas de las características de las “primaveras árabes” y que, tras su salida de Siria, los imperialistas pretendían desestabilizar Líbano e Irak. Pero también es igualmente correcto, y lo admitió el propio Nasrallah, que las protestas populares eran fundadas y que debían ser atendidas por el gobierno.

En las manifestaciones de Líbano, como en las demás que se han venido produciendo en todo el mundo a lo largo del mes de octubre, se ha puesto de manifiesto el abismo entre los de abajo y los de arriba, es decir, el mundo real y el mundo oficial, los partidos políticos parlamentarios y las instituciones públicas. En una situción compleja, como la de Líbano, todas las confesiones religiosas han protestado unidas por la miseria contra todos los partidos confesionales, incluido Hezbollah. Lo que une a la población no es ya su religión sino sus condiciones materiales de vida y trabajo.

El dato más singular que se puede retener es que en ciertos barrios los militantes de Hezbollah que siguieron las órdenes de la dirección acabaron enfrentados con los manifestantes y que entre ellos había chiítas e incluso otros militantes de Hezbollah.

Las clases sociales están por encima de dios y, naturalmente, también del partido de dios.

La ‘huelga salvaje’ de los ferroviarios franceses es todo un síntoma de la crisis

Como cabía esperar, la huelga de finales de octubre de los ferroviarios franceses ha pasado desapercibida pero sólo tres de cada diez trenes entre París y el oeste de Francia pudieron circular.

200 trabajadores ferroviarios del centro de mantenimiento del AVE de Chatillon pararon espontáneamente, fuera del marco legal de la notificación obligatoria y bloquearon las vías del tren.

El origen de la huelga fue la conclusión del convenio colectivo, que se remonta a varios años atrás y que proporcionó a los trabajadores ferroviarios diez días adicionales de descanso que ahora la empresa quiere eliminar.

La situación en Francia no es tan diferente de la de Ecuador o Chile y las movilizaciones de los “chalecos amarillos” durante un año así lo expresan.

Lo más serio es que a medida que la crisis del capitalismo se exaspera, los sindicatos sólo dan pasos hacia atrás, algo que tampoco sorprende porque en las últimas décadas se han convertido en una parte del control sobre los trabajadores de las grandes empresas.

Los sindicatos ya no son lo que eran. No cumplen su papel de detonante de las reivindicaciones obreras y, lejos de organizar, su objetivo es el contrario. No hay más que ver que las movilizaciones obreras más importantes estallan en nuevos sectores económicos en los que no han conseguido asentarse, o bien con poblaciones obreras precarias o emigrantes.

No cabe duda tampoco de que las huelgas de los ferroviarios llevan agua al molino del gobierno, que pretende desguazar la SNCF, la empresa pública ferroviaria. Tendrá que venderla a precio de saldo porque las empresas privadas pretenderán apretar aun más el dogal de la explotación, subcontratar, bajar los salarios, precarizar el empleo y aumentar la jornada de trabajo.

En todo el mundo la crisis bancaria, la burbuja financiera y el colapso industrial no han hecho más que empezar. La SNCF es una empresa “al borde de la explosión social”, dice la prensa francesa.

El 5 de diciembre han convocado una huelga ferroviaria y el dirigente de los ferroviarios de la CGT, Jean Pierre Farandou, dice que es “reconducible”.

Ecofascismo: la naturaleza reaccionaria de los movimientos verdes

Svástica descubierta en 2001 en Berlín
Mientras la ecología es una ciencia, lo que habitualmente se hace pasar como tal es algo bien diferente y sus raíces son reaccionarias. El ecologismo no es moderno; es posmoderno, es decir, un desafío a la modernidad y al progreso. El origen de las ideologías verdes es el mismo que el del nazismo porque ambos comparten una misma identidad política, filosófica, cultural e ideológica.

Hace ya un cuarto de siglo un estudio de Peter Staudenmaier se extendió sobre ello, con un título definitorio: “Ecofascismo: lecciones de la experiencia alemana”. En 2011 tuvo una segunda reimpresión, recientemente traducida y publicada por la Editorial Virus (*).

La obra de Staudenmaier va acopañada de un artículo de Janet Biehl sobre el mismo asunto titulado “Ecología y modernización del fascismo en la extrema derecha en Alemania”, que lleva el asunto a la actualidad: la presencia de los neonazis en los movimientos ecologistas en Alemania.

Es, pues, un asunto conocido, por más que los ecologistas crean lo contrario de sí mismos: que son progresistas, de izquierdas, o incluso revolucionarios.

Staudenmaier sostiene que el ecofascismo surge en Alemania en la primera mitad del siglo XIX por obra de dos intelectuales herederos del romanticismo. El primero fue Ernst Moritz Arndt, cuya obra combina el nacionalismo xenófobo con el amor al terruño (la “patria chica”). El segundo fue Wilhelm Heinrich Riehl, un autor caracterizado por el repudio al mundo urbano y una visión mística del campo.

En la segunda mitad del siglo XIX el movimiento Völkisch impulsó las teorías de Arndt y Riehl, abogando por un retorno a la vida sencilla de los campesinos y atacando a la Ilustración, el progreso, la ciencia y la industria.

Precisamente fue un científico alemán, Ernst Haeckel, pionero de la ecología, quien más contribuyó a disolverla entre sus concepciones reaccionarias y protofascistas. En los escritos de Haekel la defensa del imperialismo alemán convive con el darwinismo social, el racismo y el antisemitismo. En esta ideología el núcleo, lo realmente importante, no son los seres humanos sino la naturaleza.

Haeckel introduce la palabra “ecología” del griego “oikos” que tanto puede significar “habitat” como “hogar”, aunque lo más importante es que cada pueblo tiene el suyo, que no puede ser invadido por otros.

En torno a Haeckel, al seudoecologismo y al misticismo se forma el movimiento Wandervögels (“aves migratorias”) que, con el tiempo, acaba nutriendo las filas nazis, cuyos dirigentes más conocidos, como Hitler, Himmler o Rudolf Hess, eran lo que hoy calificaríamos como animalistas: “Im neuen Reich darf es keine Tierquëlerei mehr geben”, dijo Hitler (“En el nuevo Reich no hay cabida para la crueldad hacia los animales”).

El III Reich aprobó las primeras leyes para preservar el medio ambiente, creó la primera reserva natural de Europa y mantuvo una política de desarrollo de la agricultura ecológica.

El fascismo ha llegado al siglo XXI sosteniendo esas mismas concepciones seudoecologistas, como se comprueba leyendo el manifiesto redactado por Brenton Tarrant, autor del atentado contra dos mezquitas en Nueva Zelanda en marzo de este mismo año, que se definió a sí mismo como “ecofascista”.

Para los fascistas el medio ambiente está sometido a una presión demográfica creciente de la población que solo se puede resolver mediante los conocidos mcanismos de la “ingeniería social”, a saber, el exterminio de las razas inferiores, la pena de muerte o la esterilización. Es la doctrina del bote salvavidas: cuando el transatlántico se hunde, sólo unos pocos pueden subirse al salvavidas porque si todos quisieran entrar, también se hundiría y morirían todos. Sólo los elegidos se pueden salvar…

(*) https://www.viruseditorial.net/ca/libreria/libros/492/ecofascismo

El control imperialista sobre el petróleo de Siria es un mecanismo de presión en las negociaciones de Ginebra

La ayuda de Rusia a Siria no se ciñe a los campos de batalla porque la economía es parte de la guerra moderna y la situación financiera del gobierno de Damasco es dramática, sobre todo mientras no consiga controlar los yacimientos de petróleo y gas del nordeste.

La decisión de Estados Unidos de mantener fuerzas en el noreste de Siria para proteger los campos petroleros impide que Assad tenga acceso a los fondos que necesita desesperadamente para reconstruir un país devastado después de ocho años de guerra civil.

A ello se suma las conversaciones entre el gobierno sirio y los grupos de la oposición en Ginebra, que comenzaron el miércoles que, según Rusia, podrían ser decisivas para finalizar la guerra.

La ocupación militar de los pozos de petróleo y gas por el ejercito de Estads Unidos es mecanismo de presión para que el gobierno de Damasco ceda en las negociaciones de Ginebra, es decir, gane en los despachos lo que no logrado en el campo de batalla.

Si el gobierno de Bashar Al-Assad claudica en Ginebra, Estados Unidos desbloquearía sus fondos y los de sus satélites en el Golfo y Europa. Mientras, Rusia (y posiblemente China) deberá sostener al gobierno de Damasco también en el terreno financiero.

“Si vemos un progreso político, puede haber más interés en apoyar la reconstrucción”, dice a la agencia Bloomberg el consultor Yury Barmin, experto en Oriente Medio del Grupo de Políticas de Moscú (*).

La ONU estima que los costes de reconstrucción en Siria ascienden a 250.000 millones de dólares y los dirigentes sirios no pueden contar con ninguno de sus dos principales donantes, Irán y Rusia, para obtener una financiación significativa.

La intervención militar rusa en Siria desde 2015 sostuvo a Al-Assad en un momento en el que sus fuerzas habían tenido que retroceder ante las huestes de Estados Unidos y sus cóplices.

Arabia saudí ha claudicado. Ya no pide la salida inmediata de Al-Assad, ya que la corrlación fuerzas en Oriente Medio ha cambiado significativamente. El papel de Rusia se ha vuelto cada vez más decisivo y la presencia de Estados Unidos ha disminuido.

La situación se aceleró cuando el presidente Donald Trump ordenó el mes pasado la retirada de las tropas estadounidenses que protegían a las fuerzas kurdas en el noreste de Siria, lo que llevó a una ofensiva turca que obligó a los kurdos a acudir a Damasco en busca de protección.

(*) https://news.yahoo.com/putin-faces-syria-money-crunch-040000435.html

La aplicación informática de una empresa israelí se utilizó para espiar a través de WhatsApp

Una aplicación informática de la empresa israelí NSO Group se utilizó para espiar a través de WhatsApp a funcionarios de al menos 20 países.

Los funcionarios del gobierno de varios aliados de Estados Unidos han sido blanco de software pirata que utiliza los mensajes de WhatsApp para espiar los teléfonos de los usuarios.

El martes WhatsApp presentó una demanda contra el grupo israelí NSO, el desarrollador de estas herramientas de piratería informática. El correo electrónico propiedad de Facebook afirma que el grupo NSO construyó y vendió una plataforma pirata que explota una vulnerabilidad en los servidores propiedad de WhatsApp para ayudar a sus clientes a vigilar los teléfonos móviles de al menos 1.400 usuarios entre el 29 de abril y el 10 de mayo de este año.

La aplicación del Grupo NSO proporcionó acceso a la información almacenada en los ordenadores portátiles de los funcionarios públicos y del personal militar.

Algunos objetivos espiados se encontraban en Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, México, Pakistán e India.

WhatsApp también acusa a NSO Group de vigilar a 100 defensores de derechos humanos, periodistas y otros miembros de la sociedad civil de todo el mundo.

NSO es una empresa con sede en Herzliya, al norte de Tel Aviv, el Silicon Valley de Israel. En mayo admitió que su tecnología fue comercializada mediante licencias a los gobiernos con el único propósito de luchar contra la delincuencia y el terrorismo.

Los piratas explotaron una brecha de seguridad insertando aplicaciones en los teléfonos, simplemente llamando a los usuarios de la aplicación, utilizada por 1.500 millones de personas en todo el mundo.

Pudieron activar el micrófono y la cámara en dispositivos Apple o Android para escuchar o ver el entorno de los propietarios, sin que se dieran cuenta.

https://www.reuters.com/article/us-facebook-cyber-whatsapp-nsogroup-idUSKBN1X82BE

Las claves de la crisis política en Bolivia que ha puesto a Evo Morales contra las cuerdas

Pablo Stefanoni

Las elecciones presidenciales del 20 de octubre sumieron a Bolivia en una crisis política. Ese día, el presidente Evo Morales buscó un cuarto mandato en la contienda más abierta desde su llegada al Palacio Quemado en enero de 2006, con 54 por ciento de los votos. Desde entonces, el “primer presidente indígena” triunfó, elección tras elección, con más de 60 por ciento de los votos y enormes distancias respecto de sus contrincantes, y conectó como ninguno de sus antecesores con la Bolivia indígena y popular. Pero en esta ocasión la coyuntura era diferente: por primera vez, existía la posibilidad cierta de una segunda vuelta. Para evitarla, Morales debía obtener más de 50 por ciento de los votos o 40 por ciento con diez puntos de diferencia sobre el segundo.

La noche del 20 de octubre concluyó con el balotaje (1) como un resultado probable: la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) fue cortada cuando el conteo alcanzaba el 83 por ciento de las actas y la diferencia era de siete puntos. La encuesta en boca de urna de la empresa Viaciencia –la única autorizada– dio resultados similares. Al día siguiente, cuando se completó la TREP, ya se anunciaba un ajustado triunfo en primera vuelta para Morales. Estos guarismos fueron confirmados días después por el conteo oficial, que culminó con Morales obteniendo 47,08 por ciento y Carlos Mesa, 36,51 por ciento; es decir, una diferencia de 10,54 puntos porcentuales, 0,57 por encima de la necesaria para ganar en primera vuelta.

¿Qué pasó entonces? Por un lado, la oposición venía preparada para denunciar fraude en cualquier escenario que no fuera de balotaje. Pero la suspensión de la TREP y el significativo aumento del porcentaje de Morales, junto con el margen exiguo para lograr la fórmula del “40 más 10”, contribuyeron a que, en un clima de fuerte polarización, la mitad de Bolivia quedara convencida de que hubo una alteración de los resultados, más allá de la posibilidad de confirmarlo revisando acta por acta (están en internet), y de que el presidente buscaba quedarse en el poder a como diera lugar.

Que un conteo rápido como la TREP no llegue al 100 por ciento no es necesariamente motivo de alarma. Pero, como mostró el periodista Fernando Molina, en este caso el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y el gobierno dieron al menos cuatro explicaciones diferentes para justificar la suspensión del conteo: que no querían que se superpusiera el conteo rápido con el oficial –que ya comenzaba a esa hora–; que hubo una alerta de ataque cibernético y se paró por seguridad; que siempre se para en alrededor de 80 por ciento; que no se incluyó el 17 por ciento de las actas porque esas regiones alejadas que supuestamente faltaban no tienen internet para poder enviar las fotos correspondientes.

Para peor, el vicepresidente del TSE, Antonio Costas, renunció indicando que no fue consultado ni informado sobre la orden de cortar la TREP y señaló que “no fue una buena decisión”. Su renuncia fue enigmática: dijo que lo hacía por una cuestión de principios pero que no había habido una alteración de los resultados. Al mismo tiempo, el gobierno acusaba a la oposición “racista” de querer invisibilizar el voto rural que, supuestamente, explicaba el salto del candidato del Movimiento al Socialismo (MAS) en el último tramo del conteo.

Más allá de la discusión “fina” sobre el escrutinio –el gobierno propuso una auditoría de la Organización de Estados Americanos (OEA)–, hay tres problemas de fondo detrás de una crisis que está provocando una profunda grieta entre la Bolivia rural y la urbana, incluso con enfrentamientos físicos.

Evo Morales llegó a esta elección con su legitimidad erosionada por la derrota en el referéndum del 21 de febrero de 2016 (21F), cuando su propuesta de cambio constitucional para habilitar la reelección indefinida fue derrotada por escaso margen. Tras ese traspié, el oficialismo se dedicó durante meses a evaluar “otras vías” para la reelección y lo consiguió a través de un fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional. Por eso ahora la denuncia de fraude –que debe ser probada– se confunde con la denuncia sobre la “ilegitimidad” de Morales para postularse, lo que construye un enredo de difícil salida. Para “borrar” lo más posible los resultados del referéndum, el presidente boliviano necesitaba un triunfo contundente. Pero si bien obtuvo ventaja sobre Mesa, apenas pasó la barrera mágica de los diez puntos de diferencia para evitar un balotaje (1) en el que podría perder. Es decir, este resultado no solo no logró hacer olvidar el del 21F, sino que lo trajo explosivamente al presente.

El MAS no logra incorporar en su imaginario la posibilidad de salida del poder como un acontecimiento no catastrófico. Evo Morales nunca abandonó fácilmente los cargos que ocupó: fue el único diputado del MAS que internamente tenía la posibilidad de reelección indefinida y tras ganar la Presidencia se mantuvo como máximo ejecutivo de la Federación Especial de Trabajadores Campesinos del Trópico de Cochabamba (organización matriz de los cultivadores de coca). En ese sentido, pese al discurso oficialista, Morales nunca fue “un campesino más”. Y más recientemente, su imagen fue construida incluso como la de un líder excepcional (“Hay un solo Fidel, un solo Gandhi, un solo Mandela y un solo Evo”, dijo en una oportunidad el ahora ex-canciller David Choquehuanca). Esto, sumado a una idea clásica de revolución, aunque construida en un marco democrático, dificulta la idea básica de alternancia democrática, con el MAS como eje potencial de una oposición, que en caso de derrota luche contra cualquier intento de debilitar las conquistas sociales, materiales y simbólicas indudables de estos 14 años de “Revolución Democrática y Cultural”. La democracia seguiría así la metáfora del tranvía, en el que alguien se sube, llega a su destino (el Estado) y luego se baja.

Dentro de una oposición que en líneas generales es democrática (el propio Mesa es un centrista moderado) y hoy más numerosa que en el pasado, aparecen grupos radicales con discursos revanchistas, racistas y violentos. La aparición de cuestionadas figuras del pasado, como el ex-ministro Carlos Sánchez Berzaín (2), prófugo en Estados Unidos por su responsabilidad en la masacre de civiles durante la Guerra del Gas, no ayuda a la oposición y refuerza el discurso oficialista contra la “vuelta al pasado”. La decisión del flamante Comité de Defensa de la Democracia (Conade), que agrupa a las principales fuerzas opositoras, de rechazar la auditoría internacional y luchar por la anulación de las elecciones puede contribuir, también, a radicalizar la situación, posiblemente con escasas posibilidades de victoria opositora. (Extrañamente, Bolivia es el único país de la región en el cual el secretario general de la OEA, Luis Almagro, es visto por muchos como un “populista”, casi chavista, por haber avalado la postulación de Morales).

En este marco, Bolivia puede avanzar hacia una versión soft de lo ocurrido en Venezuela: una situación en la que el gobierno se impone, pero con fuertes déficits de legitimidad, en el marco de un desconocimiento mutuo entre oficialismo y oposición y con una radicalización de esta última. No obstante, como escribió Fernando Molina, es cierto que el nivel de violencia en Bolivia es mucho menor, no hay crisis económica (por el contrario, la macroeconomía es uno de los puntos fuertes de Morales) y la clase política es más pragmática y menos ideológica que la venezolana.

No obstante, existe el riesgo de una mayor polarización y enfrentamientos callejeros entre oficialistas y opositores, así como un excesivo uso estatal de los movimientos sociales como fuerza de choque contra quienes protestan; de hecho ya hubo varios heridos. Morales respondió usando la misma expresión que Lenín Moreno o Sebastián Piñera –golpe, desestabilización–, llamó “delincuente” a Mesa, acusó a los jóvenes de protestar por plata o por “notas” (un supuesto y no comprobado beneficio de los estudiantes universitarios por ir a las marchas) y llevó su discurso al terreno de la dicotomía “Patria o muerte”. Todo esto ocurre tras una campaña electoral estadocéntrica, en la que los movimientos sociales, sin la épica de antaño, se limitaron a seguir las iniciativas trazadas desde el aparato estatal, con sus inercias y formas tradicionales de conservación del poder. La oposición, por su parte, rechaza la auditoría y llama a “radicalizar” los bloqueos y paros en las ciudades para “asfixiar al Estado” (de hecho, ya fueron quemadas algunas sedes locales del tribunal electoral).

Es significativo que referentes como el argentino Juan Grabois argumenten que hay que desechar cualquier observación sobre la elección en nombre de la “estabilidad de Sudamérica” (curiosa figura en la pluma de un líder social). Esta es la otra cara de la moneda de quienes comenzaron a denunciar fraude antes de que se comenzaran a contar los votos. Lo cierto es que Morales tuvo durante sus 14 años de gobierno elevadísimos niveles de legitimidad (hasta el punto de ganar en 2014 en la región de Santa Cruz) y que su erosión se debe, en gran medida, a la decisión de no respetar los resultados de un referéndum.

Esta es, sin duda, una mala noticia, en un contexto en el que la crisis del “oasis” chileno (con su combinación desigualitaria de colonización mercantil de todos las dimensiones de la vida social y jerarquías de vieja data) y el triunfo del Frente de Todos en Argentina parecen estar dándoles una nueva oportunidad a los progresismos latinoamericanos.

https://nuso.org/articulo/Bolivia-Evo-Morales-Carlos-Mesa-elecciones/

(1) Se denomina “balotaje” a una segunda vuelta de unas elecciones
(2) Carlos Sánchez Berzaín fue ministro de Defensa durante la presidencia de Gonzalo Sánchez de Lozada, que ocupó el cargo de 1993 a 1997. Tuvo que dimitir tras su segundo mandato (2002-2003) a causa de la matanza cometida durante la “guerra del gas” de 2003 y huyó a Estados Unidos.

Bashar Al-Assad no quiere convertir a Turquía en un enemigo de Siria

Ayer en una entrevista a la televisión siria, Bashar Al-Assad aseguró que no quería convertir a la vecina Turquía en un enemigo, a pesar del despliegue militar turco en el norte del país, que ha provocado un enfrentamiento entre ambos ejércitos.

«Debemos asegurarnos de no convertir a Turquía en un enemigo», dijo Assad en la entrevista. «Aquí es donde entra en juego el papel de los [países] amigos», dijo en referencia a Rusia e Irán.

Sin embargo, desde hace dos días se están produciendo combates muy violentos entre soldados sirios y turcos en Tell Al-Ward, cerca de la ciudad de Hassakah, en el norte de Siria.

En la entrevista el presidente sirio calificó a su homólogo turco Erdogan como «enemigo» por su política hostil contra el gobierno de Damasco.

A lo largo de la Guerra de Siria, con más de 370.000 muertos desde su estallido en 2011, Turquía ha apoyado a los grupos yihadistas contra el gobierno de Damasco. El ejército turco y las milicias asociadas a él también han llevado a cabo operaciones militares al otro lado de la frontera.

La ofensiva lanzada el 9 de octubre permitió que Turquía capturara una franja fronteriza de 120 kilómetros a expensas de la principal milicia kurda de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG).

La operación se suspendió en virtud de dos acuerdos separados con el gobierno turco.

Ankara quiere crear una zona de seguridad de unos 30 kilómetros de profundidad en territorio sirio, con el fin de evitar los movimientos kurdos a través de la frontera.

El objetivo es también repatriar a algunos de los 3,6 millones de refugiados sirios acogidos por Turquía desde 2011.

La ofensiva de Ankara dio a Damasco la oportunidad de desplegarse, por primera vez desde 2012, en varias zonas del norte de Siria como resultado de la petición de ayuda de los kurdos, que fueron abandonados por Washington a su suerte. El 7 de octubre Trump ordenó la retirada de sus tropas, lo que fue percibido como una traición por los kurdos.

«La entrada del ejército sirio [en el norte] significa la entrada del Estado», dijo Assad en la entrevista, añadiendo que la recuperación de la soberanía nacional en estas áreas y el desarme de las milicias kurdas será gradual.

En cuanto al acuerdo entre Ankara y Moscú, que prevé patrullas conjuntas turco-rusas a lo largo de la frontera, el Presidente sirio lo calificó de temporal. «Debemos distinguir entre objetivos estratégicos […] y enfoques tácticos», añadió.

Assad también se refirió a la situación en la región de Idleb, en el noroeste del país, que fue objeto de un acuerdo entre Rusia y Turquía en septiembre de 2018, que sigue siendo letra muerta. «Los turcos no han respetado ese acuerdo, pero gradualmente liberaremos Idlib […] mediante operaciones militares», dijo. 

La región de Idleb es el último gran bastión yihadista en Siria.

Monigotes de usar y tirar: tras los kurdos les llega el turno a los ucranianos

Pável Klimkin
Alexandr Zapolskis

La historia reciente de los kurdos sirios ha demostrado que Estados Unidos puede traicionar absolutamente a cualquiera, independientemente de sus relaciones personales o de sus promesas y garantías oficiales. Nada personal, ya sabes, estrictamente profesional…

Por ejemplo, ¿qué tienen en común los ucranianos y los kurdos sirios? A primera vista, su gente, su geografía y su historia son completamente diferentes. Pero qué decir de los tweets de pánico del ex ministro de Asuntos Exteriores ucraniano Pável Klimkin, en los que se pregunta con profunda preocupación si Estados Unidos puede traicionar a Ucrania de la misma manera que ha traicionado a su principal aliado en Siria. ¿Qué queda de la eterna amistad sin límite que prometieron?

Es fácil entender el dilema de Klimkin. La apuesta de Ucrania por el apoyo estadounidense es ahora la última y única piedra angular del fallido Estado ucraniano. No hace mucho tiempo, el bloque occidental, que antes era monolítico, se derrumbó de forma flagrante, obvia y brutal. Washington y Bruselas están inmersos en una guerra de sanciones y la UE considera ahora que la perspectiva de seguir apoyando el proyecto estadounidense en Ucrania es cara. Europa ya ha tomado todo lo que podía desear de los desafortunados ucranianos.

Gracias a los esfuerzos de los bancos europeos, americanos e internacionales, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en particular, los ucranianos se han visto reducidos a una servidumbre contractual permanente. Con un PIB nominal de sólo 124.000 millones de dólares para 40 millones de personas y un enorme déficit presupuestario, la deuda externa del gobierno ucraniano alcanzó los 74.320 millones de dólares en noviembre de 2018, de los cuales 13.000 millones se deben a acreedores internacionales, 21.190 millones a otros propietarios de la deuda ucraniana y 7.290 millones a entidades nominalmente privadas (como la empresa ferroviaria ucraniana), pero con garantías gubernamentales.

La lista de acreedores de Ucrania es larga y variada. Incluye tanto a las instituciones financieras internacionales como a los gobiernos extranjeros. El país debe 500 millones de dólares a Japón, 300 millones a Canadá, 260 millones a Alemania, 610 millones a Rusia, pero sólo 10 millones a su antiguo mejor amigo, Estados Unidos. En otras palabras, incluso si Ucrania se convierte en una ruina total y desaparece del mapa político, Estados Unidos sufrirán pérdidas que, en comparación con los 60.000 millones de dólares vomitados cada mes por las imprentas de la Reserva Federal, no serán perceptibles.

Si la interpretación americana de la palabra “amistad” parece exótica, también lo es la de los ucranianos. Ante la facilidad con la que Trump abandonó a los kurdos sirios a la invasión de tanques turcos, los funcionarios ucranianos de repente empezaron a enfatizar la inviolabilidad de la vieja amistad, habiendo olvidado convenientemente que hace sólo tres años estaban tratando activamente de socavar la posición de Trump al conspirar con sus enemigos. Mientras tanto, la historia de la interferencia política ucraniana en el proceso democrático de Estados Unidos es cada día más cómica y grotesca. Comenzó como un intento de derrocar a Trump acusándolo de ser un usurpador, instalado por la interferencia secreta de los servicios especiales rusos. Pero mientras seguía la búsqueda de pruebas para lanzarlas contra Trump, sus enemigos lograron volcar un armario lleno de esqueletos muy embarazosos.

Todos los esfuerzos por desenterrar las pruebas de la injerencia rusa han fracasado, pero resulta que la injerencia ucraniana sí se produjo. Esto se sabe desde 2017, aunque los medios de comunicación estadounidenses, que son abiertamente parciales contra Trump, han logrado mantener este hecho fuera de la vista pública, destacando la naturaleza no probada de las acusaciones, presentándolas como parte de las interminables batallas burocráticas partidistas en Estados Unidos y mediante otras formas de información engañosa.

Realmente querían encontrar el papel de los rusos en todo aquello e hicieron todo lo posible por ignorar los hechos que no iban en esa dirección. Y todo podría haberse mantenido en secreto, excepto la propensión de los ucranianos a caminar sobre el mismo surco una y otra vez. Durante una aparición en la radio, el ex fiscal general ucraniano Yuri Lutsenko declaró directamente que su país no sólo había interferido en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 de la forma más directa posible, sino que uno de los principales participantes en el proceso no era otro que el actual director de la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania: Artem Sytnik.

Artem Sytnik
Sytnik

Sytnik no violó ninguna ley ucraniana, así que ¿cuál es el problema? Acaba de entregar copias de los documentos financieros de la participación del Partido ucraniano de las Regiones en la campaña de Hillary Clinton. No tenía intención de involucrarse. Simplemente quería cortar la financiación estadounidense para sus enemigos políticos internos, el Partido de las Regiones. Y sus partidarios políticos estadounidenses resultaron ser en su mayoría partidarios de Trump. Y el enemigo de mi enemigo es… ¡oops!

Fue muy listo. El esquema le permitió a Hillary acusar a Trump de colusión con Moscú. Veamos: el Partido de las Regiones es considerado pro-Kremlin, y si los partidarios de Trump lo apoyaban, entonces también apoyaban al Kremlin, mientras que Trump ¿qué recibía a cambio? Puede ser dinero, información secreta, operaciones para influir en la opinión pública y tales acusaciones podrían ser utilizadas para declarar inválidos los resultados de las elecciones.

Los demócratas se metieron con hambre en el paquete de documentos. Habría investigaciones. Los fondos americanos para el Partido de las Regiones se agotarían. Matarían dos pájaros de un tiro: noquearían al Partido de las Regiones (que no tenía suficientes fuentes propias de financiación) y haría que los demócratas (cuya victoria estaba cantada) se sintieran muy agradecidos. A cambio, esa gratitud se traduciría en una afluencia de fondos estadounidenses en apoyo de la “democracia ucraniana”, es decir, en los bolsillos de funcionarios ucranianos corruptos. ¡Todos tenían que ganar!

Más allá del deseo de llenar sus bolsillos con dinero estadounidense, los funcionarios ucranianos también tenían ciertas ambiciones megalómanas. La guerra contra Rusia fue uno de los principales leitmotivs de la campaña presidencial de Hillary Clinton. En eso coincidió totalmente con las tendencias fratricidas de los nacionalistas ucranianos, lo que les llevó a soñar que los estadounidenses les proporcionarían armas, dinero y quizás incluso aparecerían en persona para luchar contra los rusos. Y luego los ucranianos irían a la Plaza Roja subidos en un tanque Abrams. Entonces podrían deshuesar los territorios rusos ocupados. Sus amos de allende los mares reclamarían lo mejor para sí mismos, pero los ucranianos podían esperar algunas migajas de la mesa de los amos.

Si piensas que esta forma de pensar es totalmente ilusoria, tienes razón. El pensamiento de los ucranianos es delirante y divertidísimo. Los ucranianos todavía no pueden entender por qué un proyecto tan prometedor ha fracasado. Si pudieran, se callarían. Pero simplemente no pueden asimilar que, aunque Rusia y Estados Unidos puedan tener intereses divergentes, Estados Unidos bajo Trump no es en absoluto lo que hubiera sido bajo Hillary Clinton.

La América de Trump fue capaz de reconocer que los esfuerzos de Obama para llevar a Rusia a una guerra fratricida con Ucrania fracasaron, haciendo que Ucrania fuera completamente inútil en términos de intereses estadounidenses. Por el contrario, Estados Unidos está ahora mucho más interesados en la desaparición de Ucrania. Ni siquiera es una cuestión de venganza, aunque Trump es conocido por ser compulsivamente vengativo y tiene un buen hacha para cuidar de los ucranianos. Tres factores son aún más importantes.

Volodymyr Zelensky, Presidente de Ucrania
¿Guerra nuclear?

En primer lugar, con su apoyo al régimen anti-ruso de Ucrania, Estados Unidos ya no tiene margen de maniobra. Se ha demostrado que las sanciones anti-rusas sólo fortalecen a Rusia, mientras que militarmente, la única posibilidad es declarar la guerra nuclear a Rusia, y Estados Unidos se opone firmemente a ello. Pero Estados Unidos no puede simplemente agudizar la situación sin perder prestigio en una importante contienda geopolítica.

Más importante aún, Estados Unidos considera ahora a Rusia como un objetivo secundario en su guerra de desgaste económico mucho mayor con China. En esta situación, una retirada táctica brillantemente ejecutada parece ser la mejor opción. Idealmente, esto se haría de una manera que cancelaría todas las declaraciones, acuerdos y compromisos anteriores de Estados Unidos, proporcionando una lista en blanco en la que escribir otras promesas vacías.

En segundo lugar, los que norteamericanos tenían que ganar con la desesperada deuda de Ucrania ya lo han hecho, e incluso su completa y total ruina no les causaría pérdidas significativas. Por el contrario, perjudicaría principalmente a las instituciones que Trump ha prometido repetidamente reformar, en particular el FMI y, lo que es más importante, la Unión Europea.

Estados Unidos no ha firmado los Acuerdos de Minsk, los principales documentos internacionales destinados a obligar al gobierno ucraniano a proseguir los esfuerzos de paz con las regiones secesionistas del este, a transformarse en una federación (y, dadas las diferencias irreconciliables entre estas regiones, a disolverse poco después). Como resultado, Washington puede ahora lavarse las manos de los desórdenes ucranianos, afirmando que se trata de un problema interno europeo.

En tercer lugar, al ampliar el escándalo ucraniano tanto como sea posible, Trump puede ahora asestar un golpe a los demócratas, que ahora están en el centro de atención. Con su reelección dentro de un año, esta es, con mucho, la consideración más importante para él. La expansión del alcance de este escándalo en el período previo a las elecciones de 2020 mejoró sus posibilidades y perjudicó a los demócratas, no sólo porque las posibilidades de Joe Biden fueron destruidas instantáneamente, dejando tras de sí a una Elizabeth Warren mucho más débil, sino también porque la reputación de cualquiera que se uniera al Partido Demócrata se vería automáticamente dañada aunque encontrara un candidato más prometedor.

La investigación de Muller mostró que Moscú no ayudó a Trump y eso es un hecho. Y sin embargo, resulta que el oponente de Trump sí usó interferencias extranjeras. ¡Decir que es desagradable y vergonzoso para los demócratas sería un eufemismo! Pero Ucrania trae buena suerte a todos los que se comprometen con ella, y queda por ver si Trump es la excepción que confirme la regla.

Ucrania: se vende un país

Ucrania ha traído una desgracia especial a los propios ucranianos. Desde la visita de Mike Pompeo a Sochi el pasado mes de mayo, la élite gobernante todavía no ha sido capaz de asimilar el significado de las múltiples advertencias que reciben a través del Atlántico sobre la liquidación del proyecto ucraniano. Algunos funcionarios ucranianos pueden seguir soñando con llenarse los bolsillos cuando se vayan, pero el Estado ucraniano no tiene futuro, literalmente.

Al admitir libre y abiertamente la interferencia ucraniana en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses, las autoridades ucranianas han firmado su propia sentencia de muerte. Consiguieron hacer lo imposible: unificar el espíritu de venganza de Trump y a sus oponentes contra él. No quieren ver sus trapos sucios desempacados en público y ciertamente no quieren arriesgar su propio dinero, como es el caso de la empresa del hijo de Nancy Pelosi.

Lo más divertido es que ninguna de las partes interesadas tiene que hacer nada para facilitar la rápida liquidación de Ucrania. Washington no tiene que apoyar militarmente a Ucrania y puede negarse a influir en el FMI, que se ha vuelto reacio a concederle otros tramos de financiación, ya que su gobierno no ha mostrado ningún progreso en la lucha contra la corrupción o en la venta de tierras agrícolas (una demanda clave del FMI).

Mientras tanto, todos los vecinos de Ucrania quieren obligarle a aplicar los acuerdos de Minsk: una desescalada militar, iniciar negociaciones con las provincias separatistas del este y federalizarse. Pero eso es políticamente imposible, porque la élite gobernante ucraniana no tiene más ideas que un nacionalismo ucraniano radical, que la federalización haría nulo y sin valor.

Incluso si la élite se despertó y se dio cuenta de que de todos modos no tienen futuro, sigue existiendo el problema de los propios nacionalistas ucranianos. Ninguna fuerza política interna puede controlarlos y, aunque el número de manifestantes que se han pronunciado en contra de la aplicación de los acuerdos de Minsk ha sido de sólo unos 10.000, su nivel general de apoyo entre la población no es inferior a 3-4 millones de personas, es decir, el 8-10 por ciento de la población, y no se rendirán sin luchar.

Quizás lo más importante es que toda la clase política ucraniana y la oligarquía ucraniana se oponen de una forma u otra a la paz, porque si se restableciera la paz y el orden público, cabría esperar que todos ellos tengan que asumir su responsabilidad: más de 10.000 muertos, medio millón de heridos, dramáticos daños materiales, ruina económica… ¡todo! Pero todos quieren vivir y no tienen adónde ir.

Tenían una última esperanza: que su padrino en el extranjero les ayudara a salir adelante. Esta esperanza continuó incluso después del desastroso viaje del Presidente Zelensky a Washington, durante el cual Trump le dijo que los europeos no estaban haciendo lo suficiente para ayudar a Ucrania, y que Estados Unidos tampoco haría nada, y más específicamente, que debería hablar con Putin y resolver sus diferencias. Esta esperanza residual se expresaba principalmente en explosiones irracionales y emocionales, tales como: “Pero, ¿cómo pueden hacernos esto?”

Luego vino el abandono de los kurdos sirios, demostrando que Estados Unidos, especialmente cuando está en juego la supervivencia política de su presidente, puede abandonar absolutamente a cualquiera, ignorando todas las promesas y compromisos anteriores. Y fue entonces cuando los ucranianos empezaron a sudar la gota gorda en el vaso, no tanto de los que hoy están en el poder (que todavía creen que pueden salir de este callejón sin salida de su propia creación) como de sus predecesores, como el ex presidente Peter Poroshenko y su ministro de Asuntos Exteriores Pável Klimkin, que ya hemos mencionado. Ahora saben que se han convertido en consumibles y sienten en sus esfínteres anales que sus cabelleras están a punto de ser ofrecidas como pago.

Estos ucranianos pensaron que eran tan inteligentes, que se enfrentaron a Moscú, se pusieron del lado de Washington y manipularon las elecciones estadounidenses. Se sentían más allá del modelo bizantino en términos de astucia y engaño. Pero ahora tendrán que pagar por su estupidez… igual que los kurdos sirios.

https://regnum.ru/news/polit/2745805.html

Más información:
– Los hilos que van del Kremlin a Trump pasan por WikiLeaks pero no conducen a ninguna parte
– Los jueces no encuentran pruebas de la ‘trama rusa’ que interfirió en las elecciones de 2016
– Espías, mamadas y desinformación: Washington es la capital mundial de la degeneración


Las milicias kurdas rechazan su incorporación al ejército regular sirio

Patrulla de la policía kurda
El miércoles el gobierno sirio llamó a las milicias kurdas a unirse al ejército regular tras la ofensiva turca, una propuesta que ayer rechazaron los kurdos.

El llamamiento del gobierno de Bashar Al-Assad se produjo tras el mayor despliegue de tropas del ejército regular desde 2012 en el norte y noreste del país del que se retiraron tras el inicio de la guerra.

A principios de octubre, las milicias kurdas pidieron al ejército sirio que alcanzara sus posiciones en el norte para contrarrestar la ofensiva de Ankara lanzada el 9 de octubre, después de la salida del ejército de Estados Unidos, que dio luz verde al ataque turco.

“El Comando General de las Fuerzas Armadas está dispuesto a recibir a los miembros de las Fuerzas Democráticas Sirias que deseen unirse a sus filas”, dijo el Ministerio de Defensa sirio en una declaración transmitida por la agencia pública Sana.

Todos los sirios, incluida la minoría kurda, se enfrentan a “un mismo enemigo”, añadía el texto en alusión a Turquía.

El Ministerio de Interior sirio también pidió a los miembros de la policía kurda Assayech que se unieran a las filas de la policía siria, según Sana.

Ayer las FDS declararon en un comunicado que no pueden unirse al ejército sirio hasta lograr “un acuerdo político que reconozca y preserve el estatus específico y la estructura” de sus fuerzas.

Una medida de ese tipo requeriría también un “mecanismo para reestructurar” el ejército sirio, agregan.

En una declaración separada, el dirigente de las FDS, Mazloum Abdi, declaró que sus fuerzas habían propuesto un acuerdo “que preserva el estatus especial de las FDS en las zonas donde están presentes”. Esto les permitiría entonces “formar parte” del ejército sirio.

La postura kurda es una medida de presión contra el gobierno de Damasco, que negocia una nueva Constitución en Ginebra, y no tiene ninguna posibilidad de prosperar porque las FDS carecen de políticas propias, especialmente ahora que ya no controlan ningún territorio y sobreviven por la benevolencia del gobierno sirio.

El acuerdo alcanzado la semana pasada entre Turquía y Rusia puso fin a la ofensiva turca con la retirada de las fuerzas kurdas de gran parte del norte y el nordeste del país, lo que permitió reforzar la presencia del ejército sirio en la región.

Ha nacido el ecocolonialismo: las politicas racistas que se justifican con pretextos seudoecologistas

La decisión de exterminar a las manadas de renos del norte de Noruega revela el lado más oscuro de la seudoecología moderna, que pone a la naturaleza por encima de los seres humanos, especialmente si estos no son capaces de defenderse con los mismos medios, como es el caso de las poblaciones autóctonas.El 16 de agosto el gobierno de Noruega ordenó matar a media manada de renos en Finnmark por motivos seudoecologistas, lo que ha levantado numerosas protestas a lo largo del país, e incluso del Comité de Derechos Humanos de la ONU, que ha pedido una aplazamiento de la decisión.

La matanza de renos pone en graves apuros a la población autóctona sami, pero al gobierno le importan más los ridículos pretextos de los “ecologistas” que, una vez más, no son otra cosa que ideología: la matanza de renos en Noruega, lo mismo que la de los búfalos en Norteamérica, es una política colonial que conlleva una agresión racista contra los sami.

Todo comenzó en 2013 cuando a un sami criador de renos llamado Jovsset Ante Sara el gobierno le ordenó reducir su cabaña de 166 a 75 cabezas. El ganadero se opuso y comenzó un pleito en el que los tribunales han dado la razón al gobierno.

Noruega lleva a cabo una política racista contra los sami que, por lo demás, es típica de todos los países nórdicos. Es el III Reich del siglo presente, que se ha encontrado con las protestas de los 85.000 samis que habitan en Noruega. Una mañana 200 cabezas de reno ensangrentadas aparecieron en la plaza frente al tribunal que juzgaba el caso del ganadero Jovsset Ante Sara

A finales de los setenta ya ocurrió algo parecido, cuando los samis se opusieron a la construcción de una presa hidroeléctrica cerca de la ciudad de Alta. La batalla condujo entonces al reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas dentro de la Constitución noruega.

Ante una situación social que empieza a ser preocupante, el gobierno ha rescatado del baúl la palabrería seudoecologista, como “ganadería sostenible”. Un crecimiento de la cabaña ganadera tendría consecuencias negativas para el medio ambiente, dicen, para lo cual han recurrido a una legión “expertos” y “universitarios” de pacotilla que apoye sus órdendes.

Las doctrinas veganas, que se han impuesto en Noruega desde hace años, comienzan a causar estragos en uno de los mayores avances de la humanidad: la ganadería. No obstante, las ideologías seudoecologistas tienen siempre un sesgo racista que en Noruega creían superado. Es absolutamente impensable que una matanza como la que el gobierno noruego pretende llevar a cabo con los renos hubiera prosperado si los ganaderos no fueran samis.

La farsa seudoecologista se ha puesto de manifiesto con la reciente autorización concedida para la explotación de la mina de cobre Nussir, cuyos residuos se verterán en un fiordo vecino que, no por casualidad, afecta a las zonas de pastoreo de los samis.

A finales de septiembre el Relator Especial de la ONU sobre Derechos Humanos pidió a Noruega que redoblara sus esfuerzos para establecer un diálogo en pie de igualdad con el pueblo sami, lamentando la lentitud de los progresos realizados desde que se formularon recomendaciones similares en 2011 y 2016.

Ha nacido el ecocolonialismo, como ya hemos denunciado aquí en relación con los crímenes cometidos contra las tribus de pastores africanos.

Más información:

— Los pigmeos de África acusan al movimiento ecologista WWF de cometer graves crímenes
— Los ‘ecologistas’ de WWF promueven las matanzas de especies en vías de extinción
— Los ecologistas de WWF acusados de ‘colonialismo verde’ hacia los pigmeos del Congo
— Los ‘ecologistas’ de WWF financian a paramilitares que asesinan y violan en diferentes lugares del mundo
— La organización ‘ecologista’ WWF falsifica los informes para crear un parque natural en el Congo

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